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El rataplastazo

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Hola!, me llamo Olaia y os voy a contar una historia increíble que me pasó este fin de semana. Tengo seis años y vivo con mis aitas en una casa cerca del mar, donde tenemos una playa grande y bonita. Me encanta mi ciudad, la ikastola, mi casa, mis aitas y bueno, también mi hermano Unai. Tiene sólo 4 años y es un trasto, pero eso ya lo vais a ver vosotros solitos.

Pero dónde realmente me lo paso bien en Caseda. Sí, habéis adivinado, Caseda es un

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pueblo. Eh, no corráis tanto, que no es un “pequeño” pueblo. Mirar si es grande que tiene una iglesia arriba del todo, unas piscinas junto al río abajo del todo, una plaza en el medio de todo donde las gemelas hacen las mejores croquetas del mundo y una estupenda casa de colores en el centro de todo. La casa es de mi tía Arantza, y tiene hasta un pozo dentro. Cuando hace calor, casi siempre hace calor en Caseda, en la casa se está fresquito. Es una casa de colores, por fuera es naranja pero el salón es color fuego y las habitaciones: teja, violeta, azul y roja. La mía es la violeta pero prefiero dormir en la de color fuego con mi tía Arantza. Tiene una cama enorme y tele en el cuarto y me deja ver “Frank de la jungla” por las noches!. Es lo que más me gusta, Frank de la jungla y los cuentos de Dora la exploradora. Por eso

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tengo mi kit de exploración siempre preparado: mis croc rojos antibichos como Frank y mi mochila de exploración como Dora. Y claro, también tengo mi pandilla. Alina se llama la más alta, ella y su hermana pequeña Mireia que viven en mi misma calle. Mireia siempre se está riendo y es muy simpática, pero mi favorita es Alina. También es exploradora y tiene su mochila de exploración como yo, aunque sus padres no le dejan llevar crocs antibichos. Dicen que vuelve con los pies negros.

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Y es verdad, porque mi amona me dice lo mismo todas las noches. Pero Frank dice que es lo mejor para entrar en las charcas. Dice que así los bichos entran por un agujero y salen por el otro y no les da tiempo de picarte. Eso dice, aunque la verdad es que le han picado un montón de serpientes y siempre termina diciendo alguna palabrota. Yo hago como que no oigo pero me encanta. Y con Alina, Mireia y Unai salimos el sábado a la tarde de exploración. Os voy a contar un secreto, a Unai le gusta Alina y siempre que la ve se pone chulito. Es una pesadez, y encima no nos deja tranquilas para poder coger lagartijas o lagartijos, que nunca se sabe. Ya sabéis que las lagartijas o lagartijos salen por los muros de las huertas al calorcito y hay que ir despacito con el salabardo para poder cogerlas. Te quedas quieta y cuando la lagartija o el lagartijo, nunca se sabe, está

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bronceándose al sol, ZAS! le lanzas el salabardo. Y a ver si hay suerte.

Pues nada justo entonces, Unai siempre trata de cogerla él primero y sólo con la mano con lo que la lagartija o el lagartijo, depende, sale como un rayo. Yo creo que se van riendo, pero el que ha acabado más de una vez con el salabardo en la cabeza es Unai. Y a veces, se pone bruto y le da por pegarnos. Como dice la amona, a estos hombres no hay quién les entienda. Pero la amona se ríe mucho cuando lo dice y Unai también. No sé porque será.

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Pero bueno os voy a contar lo que nos pasó esa tarde en que a la hora de la siesta salimos de exploración. Pegadita a la casa hay una pequeña plaza donde la pandilla nos juntamos para jugar. Los mayores como todos los sábados, se fueron a la siesta y nosotros a nuestra plaza. Pero no era día de lagartijas y decidimos irnos de exploración calle arriba, hacia la iglesia. No había nadie por la calle porque hacía un calor de muerte. Unai enseguida empezó a quejarse, pero como Alina sacó su lupa de la mochila y dijo que el que se rajara era un cobardica, se calló “ipso facto”. Eso dice mi amona cuando se enfada “que me calle “ipso facto”” y aunque Unai se cayó, bien bien no sé lo que significa eso. Alina iba delante con su lupa y su mochila, Mireia detrás sonriendo, yo con mis crocs y

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mi mochila y tirando de Unai que iba dando patadillas a las piedras. Cuando de repente vimos una casa vieja con la puerta tapada con tablones. Nunca habíamos llegado hasta allí. Era una casa pequeña de un piso y se le habían caído un montón de tejas que estaban por el suelo. Pudimos ver que estaba vacía porque entraba el sol por todos lados.

Alina movió uno de los tablones que cerraban la puerta y antes de que nos diéramos cuenta se coló dentro. Mireia le

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siguió, siempre le seguía, aunque esta vez no sonreía tanto. Allá que iba a entrar yo por el agujero cuando se me coló Unai. No sé si le daba más miedo entrar o quedarse sólo fuera y además creo que pensó que Alina no le iba a volver a decir que era un cobardica. Cuando conseguí entrar estaban Alina, Mireia y Unai en el centro de la casa mirando a un agujero grande que había en la pared. Alina hizo lo que hacen las grandes exploradoras, abrió su mochila y sacó todo lo necesario para iniciar una exploración.

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Primero sacó un mapa de Pamplona de cuando estuvo con sus padres el verano pasado. Luego un abrelatas de los rojos con la cruz blanca que le cogió a su abuelo un día que se despistó. Un jersey, 3 clics, un cello, una tijera de papel, un cuento para colorear, 2 pinturas roja y verde y por fin, lo que estaba buscando: una linterna. Nunca había entendido porque en el lateral ponía Kutxa si era una linterna y no una caja. Pero la tenía como el mayor de sus tesoros. Y lo mejor, funcionaba!. El agujero tenía el tamaño de un tubo pequeño, Unai entraba de pie pero las demás tendríamos que agacharnos.

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Alina encendió la linterna y la metió en el agujero. Detrás Mireia, Unai y yo estábamos casi uno encima del otro sin atrevernos a decir nada. Alina dio un par de pasos hacia lo oscuro y los demás agachados y bien pegaditos detrás suyo, sin atrevernos a decir nada.

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Cuando Alina movió la linterna pudimos ver que el pasadizo después de unos pocos pasos se ensanchaba y parecía un túnel como si fuera para que pasara el tren txutxú. Pero no se veía más que a poca distancia. De repente, Mireia dijo: - Aggg! Qué es eso que me ha tocado?

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- Deja de decir tonterías, aquí no hay nada, no te ha podido tocar nada - le dijo su hermana Alina. - Yo me voy, le contestó Mireia, me ha tocado un bicho volador Fue entonces cuando noté que algo me rozaba la cara y grité con todas mis fuerzas: - AAAAAAAAAHHHHHHHH, es un murciélagooooooooo! Y todo fue muy rápido, tras mi grito, todas empezamos a gritar, hasta que sentí algo como: - PLAST, PLAST, RATAPLASTAZO! Y luego la voz de Unai: - Tranquilas. Ya está! Le he dado un buen rataplastazo Había cogido su jersey y ni corto ni perezoso le había dado un zurriagazo al murciélago que había sonado así:

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- PLAST, PLAST, RATAPLASTAZO!

Mi amona siempre nos decía que un rataplastazo es mejor que un plast, porque es una mezcla entre un plast y un tortazo bien dado. Aunque también decía que a estos hombres no hay quién les entienda. Unai que era un cagueta para todo, en vez de ponerse a gritar se había quitado el jersey y se había cargado al murciélago de un buen rataplastazo.

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Salimos del túnel hacia el patio de la casa y cuando nos juntamos todos, vi como Alina le sonreía a Unai que estaba mirándonos con aire de campeón. Nos prometimos que no íbamos a contar nada que era nuestro secreto. Total para qué, si los mayores no entienden de túneles, de murciélagos, de exploraciones y menos de rataplastazos. En cuanto nos hiciéramos con más linternas volveríamos a nuestro túnel secreto. Había que ver si nos llevaba al centro del pueblo como decía Alina o al centro de la tierra como decía yo. Mireia no decía nada, sólo sonreía. Unai no podía decir nada de tanto como miraba a Alina. La exploración nos había dado hambre y nos fuimos a merendar cada uno a su casa. Cuando entramos en la casa de colores la amona y Arantza estaban comentando de

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dónde habrían venido esos gritos que se habían oído por el pozo. Unai y yo nos miramos y nos sonreímos. Era nuestro secreto. ¿Se conectaría el pozo con nuestro pasadizo?¿Sería el camino del centro de la tierra?. Lo que sí había sido, un sábado emocionante.

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Olaia rataplast  
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