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elcuaderno ISSN: 2255-5730. Mensual de cultura Segunda época. Mayo del 2015 www.elcuadernomensual.es

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CORRUPCIÓN DE CULTO

Joe Dunthorne José-Miguel Ullán Víctor Manuel & Joaquín Sabina Don Juan


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elcuaderno

Número 68 / Mayo del 2015

Desde tiempos tan lejanos como los de Lázaro de Tormes, lejanos solamente desde un punto de vista cronológico, sabemos que la picaresca es una de las costumbres más arraigadas de nuestro ordenamiento social, por decirlo de algún modo. La corrupción, una especie de picaresca de alto standing, premeditada, egocéntrica y sibilina, tiene un carácter más universal y se remonta seguramente al origen de la humanidad. No obstante, en los últimos tiempos se ha convertido en una de nuestras principales señas de identidad. Alguien ya ha lanzado la idea de que podría hacerse en España un parque temático dedicado a la corrupción, contentarnos al menos con su explotación económica. Acostumbrados a desayunarnos con ella en el ámbito económico, político y social, ha pasado más desapercibida en el mundo cultural, seguramente por el poco interés que despiertan las noticias relacionadas con la cultura fuera de su propio ámbito. Con el ánimo de hacer bueno el dicho de que como muestra bien vale un botón, ya que nuestras limitaciones de todo tipo no nos permiten mayor alcance, El Cuaderno ofrece diversas propuestas de reflexión acerca del tema de la corrupción en el ámbito cultural y propone una lectura plural de unos cuantos libros relacionados con el mismo. Para comenzar, Elena de Lorenzo, bajo la trilogía de formas de relaciones sociales de poder establecida en la teoría política de Norberto Bobbio, traza una exhaustiva cartografía de la corrupción como tema en la literatura clásica. Con su habitual amplitud de miras, Enrique del Teso, obviando polémicas de quita y pon, toma como referencia El cura y los mandarines (Akal, 2014) de Gregorio Morán para abrir puertas más permanentes al pensamiento sobre la cuestión: «Como la cultura no subsiste por el mercado y requiere cierto auxilio público, quizá sea también un campo propenso a la infección política del peor estilo». Pablo Batalla Cueto hace recuento de la polifonía de hartazgos en torno a la corrupción que conforman el volumen Hartos compilado por Miquel Seguró. Con un brillante lenguaje de doble fondo, Javier García Rodríguez capta el sinuoso perfil de la impunidad, tan adherida en este país a la lacra de la corrupción, en un retrato mental del macho impune. Guillermo Schavelzon dice lo que todo el mundo sabe de los premios literarios pero que pocos se atreven a firmar en público, como hemos podido comprobar. José Luis Piquero demuestra que el alcance de La mala puta (Sloper, 2014) de Miguel Dalmau y Román Piña, lejos posiblemente de la intención primera de sus autores, no anda muy lejos de ser una novela de desamor. Xandru Fernández desarrolla una contundente argumentación al comparar el concepto de cultura de Malraux como responsable de la política cultural francesa en su momento con el papel que ostenta hoy la sgae en España. Terminamos con una breve selección de poemas que se ocupan de la corrupción, esa lacra que se ha convertido en fenómeno viral de las redes sociales. De las de verdad.

La obra que ilustra la portada de este número es de Samuel Salcedo: Self-Knowledge, pieza única, resina de poliuretano y espejo, 77 µ 20 µ 20 cm, 2015. Forma parte de la colectiva Cinco figuraciones contemporáneas, expuesta hasta el pasado día 3 de mayo en la galería gijonesa Aurora Vigil-Escalera

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La presencia del tema de la corrupción en la literatura es una constante que podría conducirnos a dibujar una extensa ristra más o menos cronológica de autores y una antología más o menos rigurosa de la narración de casos reales e imaginarios. Desde el breve y popular grafiti del coliseo de Cádiz «Latro Balbe» (‘Balbo, ladrón’), que denuncia al político que lo construyó, al desasosegante y contemporáneo Crematorio de Chirbes. Para articular tan amplio campo, y dado que la corrupción se asocia al ejercicio del poder, puede resultar útil la trilogía de formas de relaciones sociales de poder establecida en la teoría política de Norberto Bobbio (Estado, Gobierno y sociedad): el poder político, el poder económico y el poder ideológico. El primero está íntimamente vinculado al gobierno y el manejo de la fuerza; el segundo, a la posesión de los bienes; y el tercero, al ámbito del conocimiento. La corrupción en cualquiera de ellos supondría la ruptura del pacto por el que cada ciudadano cede una parcela de su poder —fundamentalmente, de su fuerza, de sus bienes y de su independencia— para constituir un poder común que los ampare. Esto, según los tiempos, porque la corrupción es un concepto que va moldeándose desde la filosofía moral, la filosofía política y el derecho, y, más recientemente, desde la economía, la sociología y la ciencia política. La idea de abuso o vicio, muy asociada a la transgresión de las virtudes éticas en las épocas paganas y laicas y al pecado en las teocráticas, va llegando paulatinamente a la concreción y casuística de las prácticas que utilizan los recursos del poder en provecho no de la res publica o el bien común, como establece el pacto, sino de intereses particulares y espurios. Tan cierto es que la literatura, y la cultura en general, ha funcionado como un elemento legitimador de esos tres poderes —desde las odas a los poemas épicos— como que ha sabido ser un contrapoder que ha intentado corregir los abusos, dibujando prácticas sociales alternativas, como hacen las utopías, o describiendo las prácticas ilícitas o inmorales, como sucede en las sátiras. Como contrapartida, el poder ha alentado y apoyado determinadas prácticas culturales cercenando otras a través de métodos un tanto burdos pero muy eficaces y por eso arraigados a lo largo de siglos, como la censura —por ceñirnos al castigo del texto y no entrar en el de los autores—. Obviamente, es en la literatura que decide ser ejercida como contrapoder y pese a la censura del poder

donde se perfila con más claridad la representación literaria de lo que hoy llamamos corrupción, que podemos recorrer de la mano de los tres poderes de Bobbio. Ya puestos, por seguirlo en todo y acotar el campo, se puede apostar por lo que él llamaba «la lección de los clásicos», que lejos de ser pasado, son modelos resistentes al tiempo; persistentes.

La corrupción del poder político En los textos literarios, lo que hoy concebimos como corrupción política aparece asociada al ejercicio inapropiado de la fuerza y el poder por parte de aquellos que ostentan su monopolio para garantizar el recto funcionamiento del Estado. Entre estos personajes que abusan de una autoridad delegada en beneficio propio se llevan la palma los representantes del rey y los administradores de la justicia. En el caso de los primeros, son célebres los comendadores de Lope de Vega, que utilizan su fuerza para satisfacer sus deseos sexuales, pero tienen su merecido de manos de villanos y labriegos que a principios del siglo xvii comienzan a reclamar su honra. El comendador de Ocaña, que envía a la guerra a Peribáñez para conseguir a Casilda, se lleva lo suyo y el villano es perdonado por el rey; el comendador de Calatrava, que quiere ejercer el legal pero injusto derecho de pernada en Laurencia, también: «¿Quién mató al comendador? / Fuenteovejuna, señor». En Fuenteovejuna a la tiranía del comendador se suma la dureza del juez que lleva el interrogatorio, que «de cólera ciego» no duda en torturar a niños y mujeres para que confiesen: «¡Que a un niño le den tormento  / y niegue de aquesta suerte!». En El mejor alcalde, el rey es don Tello quien secuestra a la prometida de Sancho de Roelas y el rey, quien se presenta en el pazo y obliga al noble a casarse para luego ajusticiarlo, con lo que Elvira queda honrada y enriquecida. A ellos se une el capitán de El alcalde de Zalamea de Calderón, que secuestra, viola y rehúsa casarse con la hija del labrador

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la corrupción: un clásico

_Elena de Lorenzo Álvarez

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que lo acoge, pero termina siendo condenado a garrote vil por el propio Pedro cuando este es nombrado alcalde. El ejemplarizante esquema es siempre el mismo e invariablemente la corrupción del poderoso termina en el necesario castigo, con lo que la justicia poética genera la tranquilizadora restauración del orden y legitima al poder primero: el rey. Entre los representantes de la justicia, jueces, alguaciles y escribanos van de la mano, y la gravedad de sus actos se gradúa desde la recepción de regalos o de un soborno al cobro de tasas improcedentes y la prevaricación. La crítica a la maquinaria de la justicia es omnipresente en el Lazarillo (1554): la dureza con que son condenados su padre y su padrastro por hurtos menores contrasta con la impunidad de quienes ostentan la administración de la justicia. El alguacil y el escribano, que se presentan en casa del escudero para embargarle la hacienda, amenazan a Lázaro con encarcelarlo y terminan exigiendo a los acreedores el pago de una tasa improcedente: «Los otros decían que habían dejado de ir a otro negocio para venir a aquel. Finalmente, después de dadas muchas voces, cargó el alguacil con la manta de la vieja»; y, sobre todo, se advierte al final en el propio caso de Lázaro, que está siendo juzgado por un tribunal cuyos miembros conocen sobradamente que todo ha sido urdido por el arcipreste. Los secretarios judiciales quedan bien representados en la letrilla 110 de Góngora:

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Viendo el escribano que dan a su legalidad, por ser poco el de verdad, nombre las leyes de fe, su pluma sin ojos ve, y su bolsa aunque sin lengua, por la boca crece o mengua las razones del culpado, la bolsa hecha abogado, la pluma hecha testigo; y digan que yo lo digo.

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Y el juez corrupto es un personaje perfectamente tipificado en las sátiras, al que Quevedo retrató con insistencia y acierto, como al juez untado de su Sueño del Juicio Final: «Vi a un juez, que lo había sido, que estaba a medio del arroyo lavándose las manos, y esto hacía muchas veces. Llegué a preguntarle que por qué se lavaba tanto y díjome que en vida, sobre ciertos negocios, se las habían untado y que estaba porfiando allí por no parecer con ellas de aquella suerte en la residencia universal». O «A un juez mercadería»: Las leyes con que juzgas, ¡oh, Batino!, menos bien las estudias que las vendes; lo que te compran solamente entiendes; más que Jasón te agrada el Vellocino. El humano derecho y el divino, cuando los interpretas, los ofendes, y al compás que la encoges o la extiendes, tu mano para el fallo se previno. No sabes escuchar ruegos baratos, y solo quien te da te quita dudas; no te gobiernan textos, sino tratos.

Pues que de intento y de interés no mudas, o lávate las manos con Pilatos, o, con la bolsa, ahórcate con Judas.

La descripción de las prácticas corruptas de los responsables del orden de la prosa humanista y la sátira barroca da paso en la Ilustración a la reflexión sobre los medios para paliar los abusos. Feijoo denuncia a lo largo de décadas en distintos ensayos el descrédito de la justicia y reclama reformas. Apenas sale a la palestra con su Teatro crítico universal, publica la «Balanza de Astrea» (tcu, iii, d. xi, 1729), en que se recogen los consejos de un anciano togado a su hijo magistrado: «Cualquiera que intenta regalarte te ofende gravemente en el honor; pues con su misma acción da a entender que en tus manos es la justicia venal», le indica; y también que estos obsequios son en realidad agravios, pues solo se ofrecen a aquellos de quienes se depende: «…  toda dádiva es soborno», «…  lo que suena dádiva en el fondo es compra». Feijoo concluye que «…  el juez nunca puede recibir cosa alguna del litigante bien despachado por vía de gratificación, porque como no es capaz de hacerle alguna gracia, tampoco es acreedor a alguna recompensa. […] Su subsistencia corre por cuenta del soberano que los colocó en aquel puesto». Feijoo no solo critica, sino que concreta con claridad el riesgo y establece el protocolo de actuación para garantizar la integridad de los jueces y la confianza en el sistema. Paralelamente, la literatura ilustrada propone modelos de probos ciudadanos que saben estar a la altura de las circunstancias cuando su deber y su deseo no condicen. En el educador teatro dieciochesco abundan los personajes escindidos entre las obligaciones públicas y el ámbito privado, como el juez no en vano llamado Justo de El delincuente honrado (1773) de Jovellanos, quien, conforme a la ley, condena a muerte a su propio hijo, culpable de haberse batido en duelo: al final, como ejemplarizante premio, llega a tiempo el indulto del rex ex machina, que restaura el orden y alivia al agobiado espectador. Jovellanos también dio cuenta, con lucidez y concreción, de cómo funciona la corrupción política, al describir la del último gran valido del Antiguo Régimen: «La esponja de Godoy chupó, en el anterior reinado, la espantosa porción de la fortuna pública que todos saben, y que, por desgracia, se nos escapó con este insigne ladrón». Las estrategias, aunque de hace un par de siglos, incluyen testaferros, partidas reservadas y falsedad documental: «…  primero, alterando el sistema económico de la Real Hacienda y sustituyéndole otro que pudiese dar lugar a manejos y usurpaciones», el valido dividió «…  las entradas del Tesoro y el manejo de sus fondos entre la Tesorería General y la Caja de Consolidación, poniendo aquella a cargo de su mayordomo y esta, al de uno de sus más hábiles y fieles adeptos»; «…  segundo, acordando algunas sumas, bajo el nombre de gastos secretos o para objetos de inversión supuesta, para embolsárselas después; tercero, aprovechándose de algunas sumas decretadas para objetos de verdadera y legítima inversión y cubriendo después el fraude con cuentas supuestas y figuradas» (Memoria en defensa de la Junta Central, 1811). Jovellanos reaccionaba con decisión ante la acusación de malversación de fondos que se imputaba a la Junta Central, a la que perteneció, y defendía un sistema de gestión basado en la recentralización de la tesorería, la aprobación de los gastos en distintas comisiones y el abono a través del Ministerio de Hacienda. Esto dificultaba la corrupción: «Tan


La corrupción del poder económico

La corrupción del poder ideológico Aunque el poder ideológico se asocia desde la Ilustración al ejercicio de la crítica, a los intelectuales y la formación de la opinión pública, forman parte de este grupo todos los que manejan un conocimiento del que los demás carecen. En los textos clásicos esta forma de corrupción se vincularía con el abuso de la ignorancia del resto y con la traición de los códigos deontológicos profesionales por afán de lucro; la tradición encumbra aquí a dos profesionales: el médico y el abogado. Un cirujano de los que sangra enfermos es también el responsable de que la Verdad se halle maltrecha y desfigurada en el xviii canto del Gallo de El crotalón. Había sido golpeada por un anciano juez —porque le dijo que, engañado por la Riqueza, la Mentira y la Codicia, «… por aumentar en gran cantidad su hacienda torcía de cada día las leyes, pervirtiendo todo el derecho canónico y civil»— y herida por un escribano —al que dijo que cobraba más de lo estipulado en el arancel e «interlineaba los contratos»—, pero no fue atendida por el cirujano: «…  al cual rogó [mi madre, la Bondad] con gran piedad que me curase, y él le dijo que mirase que le había de pagar, porque la cura sería larga y tenía hijos y mujer que mantener, y porque no teníamos qué le dar, me lo untó mi madre con un poco de aceite rosado, y en dos días se me sanó». Aunque tienen mucha literatura, los médicos más famosos son los satirizados por Quevedo. Médicos, boticarios y barberos

Muy vinculado al pecado de avaricia y al vicio de usura, aparece con frecuencia literaturizado el abuso de mercaderes y artesanos que poseen ciertos bienes necesarios, o deseados, y adulteran productos para obtener mayores beneficios. El Gallo de El crotalón (h. 1553) —heredero del de Luciano, que satirizaba la ambición de los poderosos ante su humilde amo Micilo— describe cómo la Verdad va desarrapada porque el mercader quería cobrarle lo que «… creía yo ser el costo cargando cada vara de aquel paño cuantas gallinas y pasteles, vino, puterías y juegos y desórdenes habían hecho él y sus criados en la feria, y por el camino de ir y venir allá». También hay lugar para taberneros y pasteleros en las sátiras de Quevedo: «falsificador de las viñas» llama al primero, por aguar tanto el vino que «…  esperaba antes pescar en la copa ranas que soplar mosquitos»; de los segundos dice: «No hubo perro muerto,  / rocines, monas, gatos, moscas, pieles  / que no hallasen posada en sus pasteles» («A un pastelero»). Será la Ilustración quien defina un perfil más «moderno» de la corrupción económica. Jovellanos reivindica en su Memoria sobre educación pública (1802) la necesidad de la enseñanza de la ética, una ciencia de la virtud que garantizaría el correcto Aquello que en cada momento se entiende por corrupción comportamiento de los ciudadanos, y detalla cómo depende de los códigos morales y éticos y de la legislación se comportan los corruptos que carecen de ella. A la de que se dota cada grupo social. De hecho, llevando los desidia política y la prevaricación judicial se suma en matices al extremo, hay teóricos que afirman que solo tiene el ámbito económico la evasión de impuestos, la es- sentido hablar de corrupción en contextos de legitimidad peculación y la adulteración: política con roles y atribuciones bien delimitados y clara diferenciación entre lo público y lo privado, esto es,

Guiado siempre por el interés personal, jamás se cura básicamente, en los sistemas democráticos de sus consocios ni de la prosperidad del Estado, y aun son las tres Parcas infernales asociadas para saquear al enfermira con indiferencia las injusticias, los desórdenes, el peligro y la mo. «Médico fue, cuchillo de Natura», reza el epitafio de uno; ruina de la causa pública, con tal que se salve su conveniencia. ¿Es pero a su incompetencia se suma su afán de lucro y el abuso de ministro público? Pospondrá el bien común a las tentaciones de la ignorancia y confianza de los pacientes, a los que manejan su ambición y preferirá su comodidad y descanso al pronto y exacy epatan con jerga barnizada de latines. Médicos y boticarios to desempeño de sus funciones. ¿Es magistrado? Prostituirá la recetan y preparan medicamentos «… que parecen de demojusticia a las insinuaciones del poder, a los manejos de la amistad nios: buphthalmus, opopanax, leontopelatum», aunque «…  tan o al atractivo del interés. ¿Es hombre opulento? Por satisfacer sus espantosa barahúnda de voces tan repletas de letrones son placeres o los caprichos de un lujo excesivo y ruinoso o bien la sed zanahorias, rábanos y perejil». de una avaricia sórdida, desconocerá la beneficencia y defraudará El tipo del abogado cuenta con tempranos testimonios. a sus pobres conciudadanos del sobrante de su fortuna que les «Danzad, abogado, dejad el Digesto.  / Don falso abogado prepertenece. ¿Es comerciante? Combinará sus especulaciones con varicador  / que de ambas las partes llevaste salario». Así invidetrimento público, suplantará o engañará a sus concurrentes y ta la Muerte a participar en su justiciera Danza (1430-1440) a antepondrá cualquiera tráfico ilícito y lucroso a las negociacioesos letrados que fomentan pleitos y arruinan clientes. Una nes permitidas y honestas. ¿Es, en fin, mercader, fabricante, artede las sátiras más conocidas es la  iii de Jovellanos «Contra sano? No reparará en alterar la medida, contrahacer las marcas, los letrados» (1788), en que se vuelve a la imagen del abogado alterar la calidad de sus géneros y engañar al público, con tal que que prevarica, cohecha y se enriquece sin importarle la causa aumente sus ganancias. En suma, el egoísta promoverá consni el prestigio. tantemente su interés individual a expensas, o por lo menos sin consideración alguna, al interés común.

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difícil me parece que los centrales usurpasen por este medio sumas grandes ni pequeñas sin que lo supiese todo el público como que los legos de un convento se comiesen las raciones del refectorio sin que lo entendiesen todos los frailes». No faltaba mucho para que la novela del realismo hiciera desfilar en sus páginas casos de nepotismo y caciquismo, cohecho y prevaricación, bien ambientados en los salones y casinos decimonónicos.

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Y si de traicionar códigos deontológicos profesionales y de utilizar el poder ideológico se trata, bien pueden entrar aquí tantos eclesiásticos que pululan en la literatura aprovechándose de la religiosidad de los fieles. A la cabeza, los del Lazarillo, donde se narran las tretas y milagrerías del buldero, sobornando al párroco y conchabado con el alguacil, para vender bulas falsas: «¡Cuántas destas deben hacer estos burladores entre la inocente gente!»; o esos otros que hurtan, como su padre y padrastro, pero impunemente: «No nos maravillemos de un clérigo ni de un fraile porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto»; por no remitir al efecto corruptor del fraile de la Merced —«Por esto, y por otras cosillas que no digo, salí de él»— y al propio arcipreste que propone a Lázaro el trato a cambio de estabilidad económica. No es necesario buscar estas críticas entre erasmistas o en el ámbito anticlerical. El propio Feijoo denuncia a los embaucadores que inventan falsos milagros buscando conversiones y réditos económicos.

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¿Pero quién es culpado en este error? ¿El Vulgo mismo? No por cierto; sino los que, teniendo obligación a desengañar el Vulgo, no solo le dejan en su vana aprehensión, mas tal vez son autores del engaño: Pastores eorum seduxerunt eos [sus pastores los extraviaron]. ¡Cuántos párrocos, por interesarse en dar fama de milagros a alguna imagen de su iglesia, le atribuyen milagros que no ha habido! Indemniza en esta materia al rudo Vulgo su sencillez. ¿Pero qué disculpa tienen los que tal vez engañan al Vulgo o causando o fomentando su error? La ansia de un vil interés es quien impele no pocas veces a la fábrica de milagros falsos en que de muchos modos pueden hallar su ganancia los artífices, como a cualquiera será fácil discurrir [«Sobre la multitud de milagros», 1742].

Aquello que en cada momento se entiende por corrupción depende de los códigos morales y éticos y de la legislación de que se dota cada grupo social. De hecho, llevando los matices al extremo, hay teóricos que afirman que solo tiene sentido hablar de corrupción en contextos de legitimidad política con roles y atribuciones bien delimitados y clara diferenciación entre lo público y lo privado, esto es, básicamente, en los sistemas democráticos. Tuviera sentido o no hablar de corrupción en el marco, pongamos, del vasallaje feudal o de una monarquía absoluta, no fueron pocos los autores del Humanismo, el Barroco y la Ilustración que sintieron la necesidad de cuestionar el comportamiento de estos comendadores, jueces, abogados, alguaciles, escribanos, médicos, boticarios, mercaderes, artesanos, políticos y eclesiásticos, a los que no en vano hacen desfilar ante la mirada de sus contemporáneos. ¢

_Enrique del Teso En 1967 Mandelbrot explicaba que no se podía establecer matemáticamente una longitud para la costa de Inglaterra. La longitud varía según la resolución de la medición y cualquier grado de resolución es matemáticamente arbitrario. El poder se ejerce también con un grado de resolución. No puede ser materia del Consejo de Ministros, por ejemplo, el horario de la clase de lengua de todas las escuelas. Eso sería como medir la costa de Inglaterra con una vara tan pequeña que registrase oscilaciones de milímetros en el litoral; demasiada resolución para una distancia que se hace en coche. Concentramos en las instituciones políticas solo las vigas maestras del orden social. Aunque el poder político, e institucional en general, tenga vocación de ejercer el mayor control posible, nunca es tan controlador que la cantidad de asuntos lo hagan inoperante por exceso de resolución. Igual que medimos la costa de Inglaterra en trazos amplios que ignoran un montón de entrantes y salientes, así el poder institucional se proyecta sobre la sociedad ignorando una gran cantidad de ámbitos donde también se dan relaciones de influencia y poder. Estos ámbitos de influencia que se escurren entre los dedos del poder institucional son los espacios de los mandarines. Los mandarines son los que mangonean, los que mandan sin que haya ley o norma que establezca que tienen que mandar. Son los que cierran y abren accesos, los que pagan y pegan, los que no sobresalen en artes, ciencias o gestión, pero dominan los ambientes, el quién es quién, los que son peritos en adulaciones, enredos y lealtades espurias y practican el castigo a la desobediencia o la indocilidad. Es mandarín también el que saca poder de una situación de ventaja: el científico prestigioso cuando emplea su prestigio para mandar, el ministro o el rector que emplea su cargo para mandar en cosas ajenas a su cargo. Gregorio Morán hace un documentadísimo repaso del mundo de las letras entre 1962 (contubernio de Múnich) y 1996 (caída del psoe). El ángulo de la narración es el de las relaciones de los intelectuales con el poder político y las relaciones de poder e

Los mandarines y el tesoro

Huele, rastrea, caza, atisba, acecha, codicilos, reclamos, matrimonios, y haz con tontos y tercos tu cosecha. Urde embustes, falsea testimonios, prevarica, cohecha, y como ganes, da tu fama y tu punto a los demonios.


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de la ciudad sin nombre

la «inteligencia». Ahí rehicieron su historia los que habían heinfluencia que se dieron entre ellos. Nos habla del cho nombre y a veces fortuna en la dictadura, como supuestos mundo de la cultura como uno de esos espacios donsufridores internos de los tiempos oscuros. Ahí se templaron de se dieron estas jerarquías que despectivamente los radicales y sosegaron la revolución que quisieron tanto. El llamamos de mandarines. El libro instala en la menexilio quedó definitivamente sin encaje y apenas fue un rute tres niveles de representación. mor en los nuevos cacicazgos culturales. El diario El País se El primero de ellos es el de la historia propiaconvirtió en el contenedor de la nueva inteligencia orgánica. mente dicha. El segmento histórico que recoge el liA ojos de Gregorio Morán, el psoe secó el potencial que latía bro es el del tardofranquismo, la transición política en la intelectualidad y banalizó la cultura. y los gobiernos del psoe. La historia propiamente Toda la narración es un collar de miserias engarzado en la dicha no es lo que cuenta el libro, aunque la oímos biografía de Jesús Aguirre como si fuera el hilo que les da contodo el rato. El libro habla de unos hechos próximos tinuidad. Cura, confesor de notables, después editor, político a la línea de la historia y entreverados con ella, pero de segunda fila, intrigante de primera y finalmente duque de la historia como tal se presupone. Es como si la tuAlba, el personaje fue elegido por su presencia pertinaz en toviéramos encima y lo que nos llegara de ella fuera dos los escenarios donde algo significativo sucedía. El propio el sonido sordo del exterior que oímos bajo el agua. autor calificó su libro como «brutal». El recorrido que hace de La dictadura se respira en el libro como una guerra autores y pensadores es, ciertamente, descarnado. Cualquier prolongada con una posguerra muy corta. La victomención a cualquier intelectual está desprovista de ese punto ria y su recuerdo eran lo que cimentaba la legitimide protocolo, o prudencia según se mire, con que es normal dad del poder. Por eso todo el período franquista se referirse a estas figuras públicas. Sus palabras oscilan entre el proyectó sobre la cultura con lógica de guerra. El segundo nivel de representación es el libro en sí: la historia e historias de la El ángulo de la narración es el de las relaciones de «inteligencia» española, con sus miserias los intelectuales con el poder político y las relaciones y sus leyendas desmitificadas. Hay espacio de poder e influencia que se dieron entre ellos. Nos para algunas grandezas, pero pocas; Gre- habla del mundo de la cultura como uno de esos espacios gorio Morán más bien quiere señalar con donde se dieron estas jerarquías que despectivamente el dedo, desmentir laureles y ensañarse llamamos de mandarines. con la mezquindad y la impostura. La midesenfado y la fiereza hiriente. Quizá se puedan destacar en seria moral, en diversos grados, tuvo muchas oporeste aspecto las veintitrés páginas que le dedica a Cela («quintunidades en los espacios de la cultura en la recientaesencia del intelectual del franquismo») y las once destite historia de España. Morán recuerda episodios nadas a García de la Concha (que le valieron disgustos con la concretos de distinta gravedad, pero fuertemente Editorial Planeta). O los párrafos impetuosos dedicados a la descriptivos de la época (fusilamiento de Grimau, Real Academia. Solo cuatro figuras tienen un espacio sustanoposiciones a cátedra de Sacristán, estado de extivo dedicado a su reconocimiento y reivindicación: Martín cepción del 69 y otros), en los que asomó en la gente Santos, Max Aub, Vicente Aleixandre y Manuel Sacristán. de la cultura la cobardía, la ambición desaprensiva Hay un silencio en el libro que no podemos considerar meo la embestida brutal más que la entereza o el sentinor. No hay mujeres. Se habla de su ausencia en el contubernio do de justicia. Todos los sucesos van llenos de nombres propios, cada uno con su dedo acusador invisible encima. De hecho, la prosa ágil y con imágenes justas de Morán se ve a veces mordida por tantos nombres propios en cascada como documentan cada avatar y que nos dejan como zumbidos en los oídos. Quizá la referencia a los letrados como un bosque, que figura en el subtítulo, sea apropiada en ocasiones para la propia narración, que por momentos se hace invertebrada y algo desordenada. El trabajo transmite con insistencia el raso cultural que fue la España de la dictadura y la inteligencia desperdiciada en un exilio en el que fue languideciendo por décadas. La época de los gobiernos socialistas se presenta en esta historia no oficial como un desenlace. Al morir Franco y decaer la dictadura, teníamos un hervidero interno y externo de intelectuales radicalizados, un exilio pendiente de encaje en la España que se abría y otros intelectuales orgánicos del régimen enmendando y remediando su pasado y corrigiendo sus recuerdos para flotar en la nueva situación. El psoe creó sin reparar en gastos un océano cultural y en él se desaguaron y mezclaron todos los caudales y remolinos de

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de Múnich. En la página seiscientos y pico aparecen con desgana Zambrano y Rosa Chacel. Hay unos honrosos párrafos para María Moliner y la cerrazón de la Academia. Poco más. Si Morán las ignora, grave pecado. Si simplemente fue característica de los tiempos su ausencia, grave pecado no resaltarlo tanto como se resalta el silencio del exilio. No es menos que el exilio. Y el tercer nivel de representación mental que nos deja el libro es aquel que resulta de generalizar sobre las anécdotas que leemos. El mundo de los letrados en una época determinada no es más que un botón de muestra de cómo funcionan los cacicazgos y las corruptelas en nuestras sociedades. Es interesante la áspera queja de Sánchez Ferlosio en el artículo del año 84 que cita Morán a propósito de la invitación del Ministerio de Cultura para participar en una exposición. La exposición sería un conglomerado de dibujos y ocurrencias plásticas de cualquier tipo hechas por artistas sobre abanicos, y no sobre lienzos, que irían acompañados por textos creativos de literatos, entre los que encontraría Ferlosio a «muchos amigos». El autor subraya el hecho de que el texto que le pedían podía ser sobre cualquier cosa. No se le llamaba porque interesase algo que él pudiera decir con autoridad o estilo, sino que solo importaba su nombre. Y no subraya suficientemente que lo importante no eran las cincuenta mil pesetas que se le ofrecían, sino que en el acto habría «muchos amigos». Ningún autor puede hacer trampas con la posteridad. La historia es ciega y, como decía Borges, pudorosa, oculta sus hechos y su gente hasta pasado un tiempo y no se llega a clásico por influencias, sin haber hecho algo que resuene y perdure. Pero en un momento dado, en una «actualidad», el nivel de un intelectual no puede ser otra cosa que lo que los demás digan de él. Si el estatus de cada uno es la expectativa de conducta que hay hacia él, en el caso de un pensador o un escritor su altura en el momento se reduce a su estatus. El estatus, fama y reputación (tres cosas parecidas sin ser la misma) es el éxito o fracaso del intelectual en un momento dado (un profesor, por poner un contrapunto, tiene hoy un estatus más bajo que hace cincuenta años, pero el acierto o desacierto de su trabajo determina de forma parecida; en la mayoría de los oficios intervienen más cosas que el estatus en el éxito o fracaso de la actividad). En realidad, esa fama no se la dan todos los demás, sino

el grupo que en cada momento marca el canon y la reputación. Esos «amigos» que el poder junta y crea en exposiciones, actos y folletos son la caja en la que hay que resonar para tener el estatus apropiado. Con razón se amargaba Sánchez Ferlosio. El estatus está solo en el nombre y en la condición de cada uno, justo donde anida la vanidad. Seguramente el mundo de los intelectuales, por esta deuda que tienen de lo que otros digan de ellos, tenga una propensión natural a la impostura y las capillas de mandarines. Por eso no es habitual hablar de obras y personas con la libertad e imprudencia con que lo hace Gregorio Morán, aparentemente sin calcular qué va a decir quién. La cultura quizá sea también un campo propenso a la infección política del peor estilo. El mecanismo básico de la oferta y la demanda no hace viable el volumen de poetas, pintores, cines o grupos de teatro que suponemos propios de una sociedad avanzada. Cierta excepción fiscal o legal, cierto mecenazgo institucional directo o indirecto y cierta visibilidad propiciada desde el poder son necesarios para que el tejido cultural se mantenga. Es bastante habitual que el talante de quien tiene el poder sea el del clientelismo y por eso son a veces difíciles la calidad y la independencia. La historia es pudorosa y demasiado lenta. El poder siempre quiere mandarines en esos nichos a los que no llega su control. Donde no llega su mano quiere otras manos menores que mantengan manejables esos ámbitos. Cuando esos nichos son culturales se hacen con facilidad cajas de resonancia propagandística y fuentes de respetabilidad de gobiernos e influencias. No hay poder que no haya querido crear su inteligencia, para dotarse de legitimidad y proyectar un cierto halo histórico a su momento. Puede parecer que los mandarines de la cultura, como en otros ámbitos de corruptelas, se afanan en las migajas que el poder de verdad no alcanza por falta de resolución. Así se esmeraban los protagonistas de La leyenda de la ciudad sin nombre en los residuos de polvo de oro que caían de las bolsas de los mineros. Y así llegaron fortunas, pompas y honras sin obra no pocas veces. Gregorio Morán: El cura y los mandarines Akal, 2014, 832 pp., 27,88 ¤

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Diez pensadores de nuestro tiempo y once clásicos. Tal es la lista de ingredientes de Hartos de corrupción, uno de esos libros tan magros en páginas como densos en contenido que salen a rodar al mundo, como la piedra en el famoso poema de León Felipe, con vocación de honda pero también de ladrillo. Kant sucede a Miguel García-Baró que sucede a Rousseau que sucede a Manuel Cruz que sucede a Cicerón, de quien Miquel Seguró, el coompilador de la cosa, escoge un estracto de las Verrinas que lanzara, en los albores de su carrera política, contra Cayo Verres, tiránico gobernador de una Sicilia varias centurias anterior a El Padrino, película que en otro de los capítulos citará la periodista Margarita Rivière. Poco después, Karl Marx nos explicará que «la burguesía […] ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta [y] ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio», y Antoni Talarn, profesor de psicopatología en la Universidad de Barcelona, recuerda, parece que hace falta recordarlo, que en lo que respecta a combatir la corrupción «no es eficaz poner al zorro a vigilar a las gallinas». Talarn también expone, desde el púlpito de su ciencia, que «[la corrupción viene] de la naturaleza humana […] con todo el sentido filogenético y ontogenético de la palabra» y que «como especie y como individuos llevamos inscritos en nuestro carácter una porción de dominio, de territorialismo, de promoción del propio yo (egoísmo) y de agresión». Herder es la editorial barcelonesa y de orientación cristiana de esta obra que también presta un altavoz al papa Francisco, que firma un texto titulado Corrupción y pecado en el que lamenta lo difícil que es «que el vigor profético resquebraje un corazón corrupto». Con Bergoglio se cierra la polifonía de hartazgos, transversal en tonos, épocas y coordenadas ideológicas, que Seguró comienza, en un breve prólogo, con una exclamación que es una de esas exclamaciones-pueblo circunstancialmente canalizadas a través de una única garganta, de una única pluma: «¡Estamos hartos! Hartos de abrir el

diario y enterarnos de un nuevo caso de corrupción. Hartos de sufrir los abusos de un poder delegado democráticamente que no mira por el bien común. Hartos de ver cómo una y otra vez unos pocos se enriquecen con el dinero público sin, ni siquiera, tener mala conciencia. Y hartos de ver cómo se erosionan bienes sociales como la educación, la sanidad y la cultura, que minan la precaria salud ética de nuestra democracia. Estamos hartos y lo queremos expresar, para que nadie nos pregunte en un futuro: “¿Por qué no hicisteis algo”». «¿Y tú qué opinas?», se pregunta al lector al final del libro, con líneas en blanco para que cada cual rellene aquellas preguntas que previamente se han hecho a Hannah Arendt, a Max Weber o al teólogo gallego Andrés Torres Queiruga, que cita a uno de sus vecinos de mesa redonda intertemporal y concluye que, para la corrupción, «nunca habrá solución total, pues no es posible hacer que ese “palo torcido” que, según Kant, es el ser humano, pueda llegar a enderezarse completamente». Las preguntas son las siguientes. ¿Qué es para ti la corrupción política? ¿Qué sientes ante los casos de corrupción? ¿Qué daño hace la corrupción a la sociedad? ¿Qué es lo peor de la corrupción? ¿En qué nos afecta a nosotros, todos los ciudadanos? ¿Qué se podría hacer para que fuera más eficaz la lucha contra la corrupción? ¿Hay de verdad solución? ¿De dónde viene la corrupción? ¿Se justifica en algún caso la corrupción? ¿Qué le dirías a un amigo corrupto? ¿Es el actual un momento especialmente grave en cuanto a la corrupción? ¿La corrupción irá a más o a menos? ¿Qué quedaría por decir sobre la corrupción? Para la respuesta a esta última pregunta se reservan más líneas en blanco que para las otras, pero poco parece quedar por decir después de que Ortega y Gasset, eterno cul-de-sac de cualquier disertación sobre el escurridizo Volksgeist español, deje escrito ya en los años veinte que «la anormalidad de la historia española ha sido demasiado permanente para que obedezca a causas accidentales», considere que «es un deber oponerse a la idea, avecindada en casi todas las cabezas españolas, de que los gobernados somos mejores que los gobernantes; los electores, que los elegidos; la nación, que el Parlamento» y reflexione que «algunas veces ha acontecido, en efecto, que una nación dotada de una excelente minoría caía presa de unos forajidos. En tales casos la tarea fue muy sencilla; bastó con levantar el pueblo contra el grupo de malvados y de necios e imponer el grupo de los honestos y perspicaces. Pero es preciso reiterar que el caso de España no es ese, sino precisamente el contrario. Aquí no es una cuestión imponer una minoría mejor, sino crearla, porque no existe. Y esa creación de hombres mejores no es principalmente faena política, sino social». Faenemos. ¢ Hartos, V V. A A., Miquel Seguró (comp.) Herder, 2014, 184pp. 9,95 ¤

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_Pablo Batalla Cueto

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_Javier García Rodríguez

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Los impunes visten camisa de rayas mal planchada y pantalón de pinzas corto de pernera y largo de manchas de salsa mayonesa o zumo de naranja de tetrabrik™, de ese zumo que beben a borbotones con los labios mayores haciendo una oooohhh de admiración intrínseca, estragados de boquilla aunque no tengan prisa matutina por llegar a un trabajo cualquiera donde nadie les espera y donde nadie les echaría de menos si faltaran más de lo que faltan.

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En otras ocasiones, otros impunes se adornan, además de con sus tolanos rizados por prescripción gremial, con traje de tres piezas, pañuelo en el bolsillo y corbata discreta, calcetines a juego, gemelos univiperinos univitelinos y zapatos italianos con hebillas brillantes y repujados logotipos con nombres vagamente chic o casual o vintage o demodé o cool, que todo vale aquí en el mercado persa, con los que se desplazan hasta oficinas del centro sin tabiques, bufetes recubiertos con títulos y naftalina, despachos diáfanos amueblados con gusto sueco y funcional, estudios tipo loft, torres de negocios cerca de un McDonald’s. Todos iguales, todos intercambiables. En cualquiera de estos casos, llevan los impunes un hilillo de saliva persistente en la comisaria comisura de los labios, una baba primordial y amniótica, que se limpian con la manga de la cazadorilla reversible azul-beige o que atrapan poniendo los dedos como una pinza doméstica, centollos de cetárea citerior, blog-amantes boboamantes bogavantes indoor, andaricos supurantes e injuriosos, para lanzarla después, disimuladamente, contra los adoquines de la acera de sus barrios alegóricos como estampan los mocos los futbolistas contra el césped; y aplican, además, su halitosis, con cara agarena que roba la calma con gracia chulapa, sobre el rostro menguante de vecinos de ascensor a los que no conocen y de compañeros y amigos que siempre los llaman por el apellido: López, Gimeno, García, Rodríguez, Fidalgo, Serrano. Los impunes son estomagantes y unos cabrones con pinta de cabrón con pintas porque una rosa es una rosa es una rosa. Se te acercan y colocan delante de tus morros un cliché, un tópico, una mentira, una flecha de Cupido escupida bañada en curare, una frase hecha untada en confitura de naranja amarga que aderezan con una variatio en Re-menor de un compositor checo o de Bobiera Baviera, una mentira tramada con molicie malicia sin mirarte a los ojos, bajando los suyos hacia un lugar arqueológico, mítico u órfico que solo ellos conocen. Los impunes clavan su aguijón y envenenan el ambiente con su tono relamido, con su palabra incontinente y necia aunque siempre ajustada como un cruzado mágico, con el verbo a destiempo y destemplado que ellos acompañan de una seriedad extrema y un control en el recto rictus que les sale de oficio, y se alejan silbando mientras dejan un rostro rastro de bilis que se les va cayendo del bolsillo trasero después de lanzarte un puntapié con su pezuña ponzoña de marca. Los impunes tienen barra libre para la veda el vudú localista, para el atropello con palabritas del niño Jesús, para el sindiós de la sandez son-

deada con sandía sandunguera y para el síndrome de la sindéresis lírica de lo que viene siendo del siglo diecinueve. Saben mucho de todo estos impunes, estos aristarcos artistascos infames, estos asomados discípulos de los escapularios. No desaprovechan la ocasión los impunes para enarcar la ceja disuasoria y marcar territorio depredador y sádico. En el saludo tienden desdeñosa la mano, reblandecida, como un reloj de Dalí, por arcanos problemas musculares que afectan también a su entrepierna por mucho que en sus sueños se vean rodeados de púberes canéforas —así lo dicen ellos— de braga floja, compañeras de pupitre en el colegio que son ahora amas de casa con ansias, muchas ansias vivas, y chaperitos hermosos («este es un lugar de ambiente, donde todo es diferente… vamos al Noa Noa», que cantaba Massiel) con el paquete apretando su bragueta pantalón skinny, todos ellos y todas ellas a un tiempo formando parte de la fantasía erótica onírica, hallados en mugrientas calles suburbiales grafiteadas con disposiciones deposiciones perrunas —ellos son tan eufemísticos— que huelen que trascienden (¡cómo trascienden ellos, tras trascendentes!), el hedor de la mierda que ellos identifican, en sublimada salmodia, con el poético aroma —sándalo, mirra, lavanda, cardamomo, mastuerzo, perifollo— de los canales venecianos o de la Esgueva gongorina. Se recrean los impunes en la mediocridad salubre («aurea mediocritas» es el lema que figura en su lábaro), en cafés con magdalena a media tarde, en amores y en sexos más falsos que su humildad sincera, rasurados y rasos como soldados de reemplazo, cuando los había. La aficción ficción les consuela de ser ellos mismos casi en toda ocasión, aunque colocan por delante su deseo de seguir siendo siempre lo que son ahora y lo que han sido por los siglos de los siglos que han durado sus siete vidas. Cuando hacen daño, y hacer daño es el deporte favorito de estos niños sin juegos juguetes o de estos niños estragados de tanto juguete insatisfactorio, asumen que el dolor infligido no es más que una manera de relacionarse con aquellos que son más tontos, menos fuertes, medrosos, ignorantes, carentes de carácter para aguantar al el tipo. Quizás es que recuerdan, y eso les pone a cien, cómo les arrancaban las alas a las moscas para después prenderles fuego con un mechero bic en aquellos veranos de su infancia quemante, con un padre patrón y una gallina en celo. Para ellos todo dolor es atrezo en la farsa lamentable que es su vida. Nunca sabes si los impunes son más listos que nadie o los más tontos del pueblo. Parece que dominan los misterios del cosmos: política, educación, economía, cultura, psicología, física cuántica, enología, gonorrea. Malician Maridan su opinión con raciones de oreja rebozada o con empepinados empecinados gintonics de diseño. Opinan a cada paso sin apenas tomar aliento. De todo sacan punta, de todo extraen un epibrama epigrama. Lanzan víboras esculibiertus por la boca invadida,


Se merecen los impunes, conocidos desde antaño por su valor pigmeo, que un día alguien les entregue ofrezca consagradas obleas, panes como hostias o viceversa, ellos que obligan a diario a comulgar a muchos con sus ruedas de molino

pública pontificando sobre el valor terapéutico del zumo de limón contra el cáncer, en la pescadería contra todo en general y contra la juventud en particular que cuando llueve se moja como los demás, en la sala de espera del dentista perorando entre dientes acerca del modo en que visten los que no visten como ellos, en el autobús camino del trabajo lanzando veneno por el incisivo abierto de la parada solicitada, en el vestíbulo del cine salpicando el ambiente con insidias de sonotone toblerone sobre un vecino en paro que cobra el subsidio o sobre una estrella de Hollywood venida a menos. El impune es una pancarta un carpanta de la desfachatez manipulada y a bocajarro, un bocas que se va de la mui, un rompetechos de la convivencia, un anacleto de la chismografía, un don pantunflo zapatilla de la mala educación, un gurú de la desidia de la insidia. A los impunes, tan ignorantes a veces, les sobran las personas y los verbos, ellos solo quieren público, audiencias entregadas y gregarias, silenciosos acólitos de la iglesia aceptista del séptimo embuste, fieles de la patraña camisa blanca de su esperanza, obstinados ejemplos de aquellos perrillos de juguete que movían la cabeza arriba y abajo, arriba y abajo en la bandeja trasera de los coches con el movimiento del propio vehículo propio. A ellos, tan sedentarios, al impune, nen, les bailan el agua las senescentes ninfas de allende los mares de nuestro pequeño mundo («Oh, sinner man, where you gonna run to») y de aquende la ría de nuestro pequeño pueblo. También danzan al son de sus rincones al son de sus roncones los jaleadores y palmeros voluntariosos que aguardan la propina, el apremio en forma de terrón de azúcar con una bizca pizca de veneno. La cofradía pesca en las revueltas aguas de las actualidades mientras ellos, los impunes, sacan pecho pontificando largo y, a veces, tendidos. Nadie parece reprenderles

responderles: los impunes se crecen, siempre tan intensos, sublimes en ocasiones al decir de su séquito, rectos, correctos, perfectos, ecuánimes siempre, según dice su apocada apocopada peña deportiva de hooligans locales, su club de fans, sus grupis, aspirantes a impunes, impunitos con dientes de leche. Vacían el cargador contra este y aquel, lo mismo les da ocho que ochenta, tirios que troyanos, cabos que golfos. Mean a menudo fuera del tiesto, chapotean en la nata que produce la marea de sus desbarres, nunca miden el defecto efecto de su vejiga natatoria cháchara vejatoria, dejan exquisitos cadáveres que luego pasan a limpio en diarios con cerradura dorada (pues también hay niñitos entre los impunes, y adolescentes ñoños), en libretas de cuadros y de anillas compradas en los chinos, en molesquines negros, en sus páginas web, en sus twitteres, en sus facebooks, en blogs que actualizan cuando toca, en papeles para envolver pescado. Sobre estos últimos, después, una recua de aduladores hace pública progresión profesión de fe en esos inútiles demiurgos y de su devoción inmarcesible por los reyes de los nenucos eunucos locales que reparten capones a mansalva, masoquistas que buscan en los emperadores impunes una dominátrix tenuemente sádica que les azote las nalgas con el látigo de su indiferencia, que les pellizque el pezón con unos alicates de esos de hacer figuri-

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varón raspante y con mengua que quisiera formar parte de una colonia de varones-dandy, vizconde remediado, caballero o inexistente, y tal y tal y tal, o calvino de frente despiojada en su lugar nativo, y tonsura frailuna y cenobítica, y tontura lacrada con sello principesco. Los impunes actúan en la entrada del colegio de tus hijos elevando quejas sobre las muchas vacaciones de los maestros, en la cola del supermercado proponiendo medidas disuasorias contra la proliferación de gente que pide knock knock knockin’ on heaven’s door, en la barra del café matinal despotricando contra los inmigrantes que quitan el trabajo a los españoles al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo, en la televisión

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tas de alambre o les pisotee las sienes con sus zapatitos de tacón de aguja de quince centímetros. Ellos, hablo de los impunes no de los machacas, mientras tanto, acuden al chascarrillo, al chisme, a los dimes y los diretes, al secreto ibérico a voces y a los ecos del correveidile, a la maledicencia transmutada en simpleza o en broma sin importancia. Los impunes se acarician la babilla barbilla, se rascan el exterior de los orificios basales nasales, dejan que desciendan sus gafas en ese cordón colgante hasta el pecho lleno de entorchados de brigadier y medallas de alpaca, enseñan los dientes afilados, y acaparan enemigos como piezas de caza menor que, luego, por la noche, tras la cena frugal dejada por doméstica la chacha, colocan en fila india en su insomnio de apartamento de solteros o en su cama matrimonial de uno cincuenta con edredón o relleno nórdico, y a los que hacen saltar una valla campestre de rayitas blancas y rojas, blancas y rojas, mientras los cuentan, uno, dos, tres, cuatro… hasta quedarse plácidamente dormidos. Con la conciencia tranquila. Si la tuvieran. Se merecen los impunes, conocidos desde antaño por su valor pigmeo, que un día alguien les entregue ofrezca consagradas obleas, panes como hostias o viceversa, ellos que obligan a diario a comulgar a muchos con sus ruedas de molino. Pajarracos de pico enaltecido por tanto tonto inútil útil, y de pluma estilográfica que apunta maneras manieristas, los impunes, deslenguados y bífidos activos, se garantizan un puesto en el panteón privado de los prescindibles y recitan para sí en sus vagabundeos ciudadanos cosmopolitas, menos apesadumbrados que felices ante el asombro de haber alcanzado la suprema memez de su clarividencia, los premonitorios versos de Valente: «compruebo minucioso la fecha de mi muerte / y escasa es, digo con gentil tristeza, / la ya marchita gloria del difunto». ¢

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_Guillermo Schavelzon … y si es que son de justa literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona… Don Quijote, capítulo xviii

Todo premio literario —«concursos» en realidad— convocado por una editorial tiene como principal objetivo vender más. No se trata de una operación literaria, sino comercial. Por ello, salvo escasas excepciones —alguna hay—, la editorial que lo convoca y financia tiene un peso decisivo en la elección de la obra que se va a premiar. Esta costumbre, casi exclusiva de España y Latinoamérica, por la que los llamados «premios literarios» son convocados por la misma editorial que publicará al ganador, no es un fenómeno internacional. En Francia, Reino Unido, Italia o Estados Unidos, los premios más prestigiosos son otorgados por fundaciones privadas, por los Estados y a veces por escritores o libreros. Siempre con un jurado cuyo prestigio y trayectoria garantiza la independencia de la elección, y para novelas ya publicadas con anterioridad. Que no haya intereses comerciales en la elección es lo que da prestigio a un premio, y cuanto más prestigio literario —y no dotación económica— tiene un premio, más se vende el libro que lo recibe. Los convocantes de los premios, al optar entre el prestigio o la dotación económica, están decidiendo a qué tipo de lector quieren captar. Hay premios de todo tipo. Entre los institucionales, los de mayor dotación no premian una obra sino una trayectoria, como el Nobel, el Goethe o el Cervantes. Muy diferente es el Goncourt, probablemente el premio de novela de mayor prestigio literario de Europa, que ofrece solamente 10 euros al ganador. El Pulitzer, 10.000 dólares, el Booker, 50.000 libras, y el Strega, 5.000 euros. El premio que más reflejo tiene en las ventas internacionales de la novela que lo recibe cada año es el Goncourt, los diez euros de dotación se convierten así en un guiño algo humillante para todos los demás. En España este sistema de premios se toma como algo normal, una tolerada «picardía comercial». Pero a medida que pasa el tiempo y la venta de libros sigue bajando, no aparecen aquellos miles de compradores de hace unos años, y el sistema se va haciendo difícil de sostener. Mientras aquellos lectores ocasionales no vuelven a comprar, los lectores de siempre solo se vuelcan a comprar los premios cuya transparencia está garantizada. En los casos excepcionales en que la editorial convocante no interviene en la decisión del jurado,


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más lectores, y sobre todo un alivio a la precaria situación económica de quien se dedica a escribir. Lo que es triste es la situación de los cientos y a veces miles de escritores que, con ingenuidad, responden a las convocatorias enviando sus manuscritos, depositando unas expectativas que terminan en frustración. No creo que los escritores —inéditos o no— que se presentan a los premios deban justificarse por hacerlo, su compromiso literario está en la calidad de la obra, en el manuscrito que entregan, y a partir de ahí la publicación y promoción es cosa del editor. Tampoco se puede pedir a una empresa privada, a cuyos editores se les exigen ventas y no aportes a la literatura, que cumpla la función que corresponde a fundaciones «Señor Lara, se dice que es usted personalmente quien sin fines de lucro, a los Estados y, ocasionalmente, decide a quién se le otorga el Premio Planeta», a lo que el a instituciones o grandes empresas ajenas al sector señor Lara respondió: «Y cómo no voy a decidir yo a quién le de la edición, que encuentran en esto una forma de doy cincuenta millones de pesetas». promover su imagen en el medio cultural, sin vinculación con la venta del libro premiado. obviamente no está garantizado el éxito de venta No pretendo decir que todos los premios son decididos por de la obra ganadora, ya que no ha sido ese el criterio las editoriales que los convocan, ni que todos los que actúan de la elección. En este caso, ¿seguirán los accionisde jurado sean cómplices. Hay excepciones, casos donde el tas invirtiendo en el premio? Como cualquier emeditor no participa del jurado, o los que la integridad moral presa cuyo objetivo es obtener beneficios para los de los mismos asegura su independencia de decisión. Soy tesaccionistas, las editoriales solo los seguirán finantigo de que muchos de ellos trabajan y discuten mucho para ciando si la inversión es redituable. Y eso depende premiar a la que consideran la mejor novela, sin preocuparse de la complicidad y la confianza del lector. por que se vaya a vender o no. Pero por cuestiones prácticas, ¿Los lectores seguirán comprando masivamente siempre tienen que elegir —y suelen dejar constancia en las las novelas premiadas, cuando el mismo editor inteactas y en sus declaraciones— basándose en los cinco o seis gra el jurado, casi siempre formado por otros automanuscritos preseleccionados por la editorial. res de la casa, por lo tanto comprometidos con ella? La mayoría de los periodistas culturales hacen poco caso a El sistema de los premios convocados por las todo esto, lo ven como un fenómeno de promoción literaria, editoriales pareciera ser una de las formas en que una picardía de marketing. Muy pocos se manifiestan indig«la sociedad del espectáculo» entró al mundo de la nados. Que yo sepa, solo un editor ha dicho las cosas con toda edición. El hecho de que una novela premiada, graclaridad: hace como veinte años, vi en Televisión Española una cias a la gran atención mediática que por ello recibe, entrevista a José Manuel Lara Hernández, fundador de la Edise venda mucho más implica que muchos lectores torial Planeta, famoso por su carácter extrovertido y directo. La confían en la intensidad e insistencia de la publicientrevistadora le dijo, con mucho respeto: «Señor Lara, se dice dad como prescripción de la lectura. No es otra cosa que es usted personalmente quien decide a quién se le otorga el que el nuevo principio de valor establecido por GooPremio Planeta», a lo que el señor Lara respondió: «Y cómo no gle: lo más importante es lo más veces visto. voy a decidir yo a quién le doy cincuenta millones de pesetas». Si los lectores de libros (como los espectadores A veces la elección del premio tiene otros objetivos, no solo de cine o televisión) se muestran dispuestos a leer el vender muchos ejemplares del libro ganador. Se eligen para o ver la obra premiada, aunque los Oscar del cine abrir o hacer crecer el mercado en un país de América o, como los otorga la misma industria, y el rating de audienen sus orígenes el Planeta, creado para que toda España se encia lo establecen los mismos canales de televisión, terara de la novela premiada a través de la televisión, para que pareciera que una gran mayoría de lectores cree luego la enorme red de vendedores a domicilio lo ofreciera de que un premio de estos les garantiza algo. regalo, facilitando la entrada en las casas de cada pueblo para ¿O será que, gracias a la gran campaña promovenderles una enciclopedia en cuotas. Algo ingenioso pero cional, los lectores se enteran de que existe ese que hoy no funciona ya, no solo porque no se venden más ennuevo libro y lo compran porque les interesó? Vaciclopedias, sino porque el antiguo vendedor a domicilio ha ya pregunta. Si mucha gente se lanza a comprar sido reemplazado por el big data de Amazon, que penetra en un libro porque gracias a un premio se entera de todos los hogares sin llamar, sin necesidad de regalar una nosu existencia, cabría preguntarse qué sucedería si vela, y obteniendo mucha más información. muchos más de los libros publicados tuvieran una La tendencia a premiar autores que ya tienen un público gran campaña de difusión. A lo mejor también se considerable tiene una doble explicación: por un lado, el favenderían en cantidades similares. moso «ir sobre seguro»; por el otro, es cierto que cuando un Desde el punto de vista del autor, sucede que escritor con oficio y trayectoria presenta un manuscrito, es hoy es tan difícil publicar, que la participación en muy probable que sea el mejor. los premios literarios se ha convertido en una de Pese a las dudas y ambivalencias del sistema, algunas veces las formas de lograrlo. Los escritores que ya publiestos premios nos han descubierto un gran escritor. ¢ can regularmente encuentran en estos premios

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_José Luis Piquero

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Repitamos algunas obviedades: la industria editorial es un negocio en el que, con mucha frecuencia, los aspectos financieros se imponen sobre los creativos. Esta industria, igual que casi todas las demás, ha sufrido en los últimos tiempos el embate de una crisis económica que ha hecho disminuir su volumen de negocio y ha abocado al cierre de multitud de empresas. Más obviedades: los escritores suelen ser vanidosos. Entre ellos, como en cualquier gremio, hay buenas y malas personas, comportamientos éticos y otros que no lo son tanto. Y la última: algunas personas hacen bien su trabajo y otras lo hacen mal, lo que vale para los escritores, los editores, los críticos, los abogados o los albañiles.

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Si Miguel Dalmau y Román Piña Valls hubieran tenido en cuenta que todo lo anterior es aplicable al momento actual de la literatura española y a prácticamente cualquier otro momento histórico de la literatura española desde que se publican libros, tal vez se hubieran ahorrado las 250 páginas de La mala puta (o al menos las  164 de la parte de Dalmau), un ensayo a dos manos que decreta la «muerte inminente» de esa literatura española (de «la Literatura», así, en general y con mayúsculas, si bien el libro se circunscribe solo a la narrativa). Cabe decir, en su descargo, que ambos autores hablan desde la subjetividad de sus experiencias personales (crítico uno, editor el otro y los dos narradores) y no desde un análisis objetivo e imparcial de la cuestión, lo que tal vez haya nublado algo su juicio a la hora de emitir el diagnóstico. Lo que nos da esperanzas de que la «enfermedad terminal» de la que nos advierten no sea más que un catarro mal curado. Abre el fuego Dalmau, cuya contribución se titula «Autopsia a una dama en apuros», que es tanto como diseccionar al enfermo cuando aún no se ha muerto. Dios nos libre de tales médicos. Desde el principio, el tono es apocalíptico: nos hallamos «…  ante el último momento de la historia en que el individuo aún conserva unos pocos instrumentos para combatir los abusos del poder». Aunque «…  no tenemos nazis desfilando por las calles, nuestro arte vive mucho peor que en los años treinta y apenas tiene futuro». Y añade: «A lo largo de los siglos el ser humano ha tenido a veces la sensación de que se hundía su mundo  […]. Luego resultaba que no era exactamente así […] ¿Nos ha tocado finalmente a nosotros? Me temo que sí». Aquí cualquier lector sensato abandonaría la lectura, sin saber que lo peor aún está por llegar. Dalmau, autor de sendas biografías de los Goytisolo y de Gil de Biedma, comienza su alegato con una anécdota personal: la negativa, por parte de los titulares de los derechos de la obra de Julio Cortázar, a concederle el permiso para incluir citas del argentino en la biografía que preparaba sobre este, lo que hizo que finalmente no pudiera ser publicada, tras años

de trabajo. Ello le permite detectar los primeros síntomas de una enfermedad terminal muy reciente, pues «… diez años antes no habría sucedido nada malo por buscar y trasmitir la verdad». En esta anécdota (y en otras que irán apareciendo) vemos el verdadero germen de La mala puta, que tiene, aunque Dalmau lo niegue, mucho de pataleta y de ajuste de cuentas personal. A continuación, pasa a examinar uno a uno a los diversos agentes de la literatura española: escritores, editores, libreros, etcétera. Ninguno sale bien parado. Todos han sucumbido a la infección epidémica. Así, los narradores actuales «…  han reemplazado el gran objetivo artístico por otros fines que traicionan la esencia misma de la escritura», se limitan «…  a presentar su producto con denominación de origen, lacito incluido», ya no quedan «excéntricos ni malditos» y no tienen la valentía de tratar «temas escabrosos como el alcoholismo, el adulterio, la homosexualidad, la drogadicción, la depresión, la ludopatía, la locura o la doble vida», como sí hicieron en otros tiempos y otros pagos Baudelaire, Flaubert, Wilde, Tolstói, Proust, Nabokov, etcétera. Además les falta humildad y sentido del humor y, sobre todo, son unos envidiosos, lo cual comparten con los críticos: todos están esperando el triunfo ajeno para despedazar al triunfador, «…  como esos agentes preparados por la cia que permanecen largos años en el letargo hasta que reciben una orden en su interior —emitida por una instancia del poder o por el miserable que vive en su alma— que les impulsa a cazarte». Según Dalmau y su trazo grueso, los escritores se dividen en dos tipos: los llamados y los elegidos. Los primeros son los que compaginan la escritura con un empleo fijo (profesor o lo que sea) y los segundos, los que han tomado la decisión heroica de dedicarse en exclusiva a la literatura y escribir un gran libro. Huelga decir que sus simpatías son para estos últimos, los idealistas; para los otros solo tiene palabras de desprecio. Similares generalizaciones demagógicas, hipérboles y despropósitos se vierten respecto a críticos y editores, y no entraremos a examinarlos todos para no extendernos. Hay que mencionar, no obstante, tres capítulos especialmente enjundiosos. Uno de ellos se titula transparentemente «Razones para detestar a Gimferrer», la principal de las cuales (de las razones) es que el catalán rechazó en Seix Barral una novela de Dalmau, pese a venir avalada por un buen informe lector y la carta de recomendación de un académico. Otro es el que dedica al crítico Ignacio Echevarría, y del que copio algunas expresiones, todas dedicadas a este: «serial killer», «se parapetó con su kalashnikov», «a favor de la sangre», «ángel justiciero», «degüello», «tarea mortífera», «sábado sangriento», «veneno echevarriano», «dardos ponzoñosos» , «libido perversa, asociada al sadismo del macho», «trabajo sucio», «el Mal», «ecos de la dinámica nazi», «Landrú», «bañarse en sangre como la condesa Báthory», etcétera. La ponderación no es el fuerte de Dalmau.


y las expresiones de indignación que salpican el estilo tabernario de Dalmau. Basten algunos ejemplos: «Está convencido de que tiene grandes cosas que decir cuando en el fondo son cosillas o pajas mentales», «Con la edad no se les pone tiesa» (a los escritores), «¿Quién coño me había robado mi novela?», «¡La hostia, lo que hay que oír!»… Pues sí, lo que hay que oír.

Tras tantos dislates, uno no es que se muera por pasar a la segunda parte de La mala puta, «La trituradora de ilusiones», a cargo de Román Piña Valls, responsable de la Editorial Sloper, que publica el volumen. Y haríamos mal, porque Piña recupera todo lo que Dalmau se había dejado en el tintero: la mesura, la prudencia, el sentido común… Para empezar, desmonta la tontorrona dicotomía de «los llamados y los escogidos», mediante el sencillo expediente de interrogar a los propios narradores. Una docena de ellos, entre los que hay quienes viven (o malviven) de la literatura y quienes tienen además otro trabajo, exponen sus propias experiencias, con una conclusión desalentadora: muy pocos pueden permitirse la Cabe decir, en su descargo, que ambos autores hablan desde la subjetividad de dedicación en exclusiva a sus experiencias personales (crítico uno, editor el otro y los dos narradores) las letras. Para la mayoría, y no desde un análisis objetivo e imparcial de la cuestión, lo que tal vez haya si es que lo han intentado, nublado algo su juicio a la hora de emitir el diagnóstico el heroísmo ha tenido un precio demasiado alto. (Aclaramos que la encuesta no incluye El tercer capítulo que merece resaltarse, «Tocaa figuras consagradas ni a los que podrían llamarse «autores dor de señoras», pide párrafo aparte por la enormide best-sellers».) dad del desatino. Y es que está íntegramente dediPiña sigue la pista de algunos narradores que en su mocado, entre todas las figuras del mundo literario… mento tuvieron cierto éxito editorial y/o económico (como ¿a quién creen? Nunca lo adivinarán: ¡a las mujePedro Maestre o Pablo González Cuesta), y la indagación res de los escritores! No he dicho «cónyuges», no pone de manifiesto la insensibilidad, las malas prácticas y la he mencionado a «maridos»: «a las mujeres de los voracidad de la industria. Algunos ejemplos, de ser ciertos, escritores» («nuestras primeras lectoras, nuestras ponen los pelos de punta, como el de cierto autor en horas primeras jueces»), con lo que venimos a enterarbajas al que una gran editorial propuso la «producción de un nos de que en España no hay escritoras. Atención libro»: querían que «dirigiera» una novela histórica, igual que a esta perla de Dalmau tras retratarlas como seres se hacen las películas. Le darían la documentación y la trapasivos, frustrados, ridículos o sufridores: «Espoma ya hecha y él solo tendría que «ponerle carne al esquelesas, compañeras, amantes… Obviamente no las to, inventar detalles, matizar los personajes». El éxito estaba considero responsables del hundimiento de nuesfuera de toda cuestión, ya que incluso habían hecho estudios tra literatura, pero sin duda son cómplices de su de mercado. Una refinada vuelta de tuerca al clásico oficio de mediocridad». Sin duda. «negro» literario. A la catástrofe del momento actual, Dalmau El resultado es un esclarecedor panorama de los retos y contrapone una supuesta edad dorada en la que esdificultades que aguardan, en el terreno editorial, a cuantos taba claro quién era bueno y quién era malo, había aspiran a dedicarse, con mayor o menor exclusividad, a escriuna crítica respetable y los grandes escritores no bir narrativa. Y aunque el balance parece bastante pesimista, paraban de salir en la tele, no como ahora, que solo es una lástima que Piña lo lleve más allá e incurra, como su ponen fútbol. Por no mencionar que la férrea cencompañero de firma (aunque con menor énfasis), en una visura franquista era, a su parecer, un mero juego de sión catastrofista y apocalíptica: «Se está dando la brusca desniños en comparación con la censura que ejercen aparición de un oficio», «La literatura española está muerta», hoy en día los grandes medios y la autocensura con «Esto se ha acabado», etcétera. la que se medican los propios autores. En suma, La mala puta, aunque aparece en una colección de Ahorraremos al lector los pasajes en los que ensayo, solo lo es en la segunda parte. La primera es memoria Dalmau deja caer algunos éxitos literarios propersonal, sociología de andar por casa, ocurrencias, venganpios (una reseña en un periódico italiano, una enzas… Y en cuanto a la principal tesis del libro, solo cabe pensar trevista en El País, el momento en que adaptaron en esos individuos achacosos que se pasan la vida tomando al cine su biografía de Gil de Biedma…), porque el remedios y guardando cama y acaban enterrando a todos sus autor alega mencionarlos únicamente para ilusrobustos parientes. Motivos de alarma, muchos, y demasiadas trar a continuación la envidia que suscitaron en el disfunciones a la vista. Pero que no cunda el pánico. ¢ medio literario. Tampoco diremos nada del énfasis

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Señales de alarma

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_Xandru Fernández

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En el convento de San Francisco, en Puebla (México), se conserva el cuerpo del beato Sebastián de Aparicio, fallecido en 1600. Lo tienen expuesto en un sarcófago de cristal. No parece un cadáver. Parece un vagabundo a quien hubieran molido a palos, pero cadáver no parece. Si mañana tuviera lugar el tan anunciado apocalipsis zombi, los difuntos incorruptos como el beato Sebastián contarían con una ventaja adaptativa: la de poder infiltrarse entre los vivos sin ser detectados fácilmente.

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Lo que nos aterra de las películas de zombis no es solo que los muertos caminen y ataquen a los vivos, sino que, a pesar de su dieta rica en proteínas, su estado no mejora: siguen pareciendo cadáveres. Un zombi de piel sonrosada, con la dentadura completa y correctamente vestido no se diferenciaría demasiado de Jeffrey Dahmer o de Christine Lagarde. A los cadáveres se les supone cierta incapacidad para recitar versos y tocar el bandoneón. De ahí que la resurrección de Beethoven o de Shakespeare no haya sido el tema de ninguna superproducción de Hollywood. Tampoco lo han sido los zombis incorruptos: ante un cadáver andante que no parece un cadáver, uno no reacciona con horror. Sería de hecho bastante difícil atravesarle el cráneo aun en defensa propia: en cuanto el prójimo deja de parecer carroña, desarrollamos hacia él cierta empatía, incluso compasión. Nos haríamos amigos suyos y nos dejaríamos comer mientras nos jactamos de lo mucho que hemos avanzado en su rehabilitación dietética. Desde luego, no sería imposible que un zombi incorrupto nos produjese algo de repulsión. Después de todo, los cuerpos que no se han descompuesto no se conservan exactamente como estaban cuando estaban vivos, sino cuando se murieron, que no es lo mismo. De un modo análogo, la conservación óptima de una pirámide azteca no implica que esta vuelva a cumplir la función para la que fue construida, sino mantenerla como estaba cuando dejó de cumplir esa función pero aún no había sido atacada y devastada por el tiempo y la usura. En algo así pensaba Malraux cuando definió la cultura como «todo lo que sobre la tierra ha pertenecido al amplio dominio de lo que ya no es, pero que ha sobrevivido». La cultura como resto arqueológico, como patrimonio o, sencillamente, como cadáver. La política cultural, entonces, sería el arte del embalsamador. Malraux hizo política cultural desde la convicción absoluta de que solo lo inactual tiene derecho a ser cultura, e inició un ambicioso proyecto de democratización de la cultura consistente en garantizar a todo el mundo el acceso, el conocimiento y el disfrute intelectual de los grandes cadáveres del arte. Todo lo que no fuese cultura así concebida sería, simplemente, divertimento: ocio. Es un esquema booleano: cultura y ocio duermen en habitaciones separadas, y donde está uno no puede estar la otra. Invitación también al juego de palabras: si lo contrario del ocio es el negocio (nec otium) y si la cultura se opone al ocio, entonces por fuerza toda forma de cultura será negocio, aunque no todo negocio sea cultura.

Es comprensible que la cultura, entendida à la Malraux, sea y tenga que ser un negocio: la conservación y restauración de ese pasado que se resiste a pudrirse requiere grandes inversiones de dinero que, en una sociedad como la nuestra, y no hay otra, obedecerán a la búsqueda de una rentabilidad. fcc nunca invertirá en restaurar retablos barrocos a no ser que, a cambio, obtenga un beneficio superior al de dejar ese capital produciendo intereses en una cuenta bancaria. Hacer negocio con el patrimonio cultural era algo que a Malraux ya se le había ocurrido tiempo atrás, mucho antes de embarcarse en la nave patriótica del general De Gaulle y asumir el papel de ministro de Asuntos Culturales. En 1923, las autoridades coloniales le habían detenido en Camboya, junto a su mujer, por arrancar varios relieves del templo jemer de Banteay Srei con la intención de venderlos. Es sabido que Malraux organizó la defensa de su caso arremetiendo contra la dejadez del Estado francés en materia de patrimonio arqueológico: el delito que se le imputaba no habría podido cometerse si el Estado hubiera hecho los deberes protegiendo adecuadamente el templo. De ahí a la denuncia pública del colonialismo francés no hubo solución de continuidad, pero tampoco coherencia argumentativa: a Malraux el anticolonialismo le vino impuesto por sus experiencias en Indochina, dentro de las cuales el caso Banteay Srei fue tan solo un comienzo desafortunado. Los relieves de Banteay Srei. Su conservación, su exhibición, su venta: ninguna de esas operaciones


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proporciona ninguna rentabilidad a sus ya olvidados autores, entendiendo esta expresión en su sentido más genérico, ni le devuelve al templo jemer una funcionalidad absolutamente extinta. Si el Estado puede y debe asumir la conservación de esos restos del pasado es porque estos poseen un valor incontestable. Un valor económico, seguramente, pero también, y de modo conspicuo, un valor simbólico: dejar que el pasado se corrompa y se diluya o arremeter intencionadamente contra él, como el Estado Islámico en la ciudad de Hatra, requiere tener muy claro qué futuro se desea para esa sociedad, y por regla general a esas claridades no se llega por procedimientos democráticos. Bastaría con asumir, modestamente, que no hay muchas razones para justificar que un Rubens se descascarille: axioma para una política cultural de mínimos. Mientras en Francia era Malraux quien tenía la última palabra en cuestiones de política cultural, en España esa distinción la ostentaba la sgae. Seamos serios: el punto de llegada, con matices, resultó ser prácticamente el mismo, pero entretanto la evolución de la sgae resume, a no pequeña escala, la historia de la política cultural en España durante los últimos tres cuartos de siglo. Así como, durante la dictadura, la afiliación obligatoria a la entidad reflejaba las directrices del sindicalismo vertical, donde solo existía lo que estaba validado por el Estado, ya fuese un matrimonio o un autor dramático, con el advenimiento de la sacrosanta y nunca bien ponderada transición democrática la sgae se convirtió en un poderoso aparato de extracción de plusvalías al amparo del Estado, más o menos como cualquier empresa de las muchas que prosperaban y se mantienen prós- Puesto que corromperse es cosa de cadáveres, no habría peras al calor de las administraciones mucho que temer de una cultura viva, palpitante, en públicas. La sgae es el Talleyrand de la una sociedad inquieta donde no se cerraran centros historia reciente de España: todo cam- autogestionados ni se favoreciera descaradamente la bia, pero ella permanece. promoción pública de negocios privados. Muy otra cosa A los dominios de la sgae pertene- es lo que ocurre cuando un puñado de zombis se dedica a ce todo aquello que Malraux conside- extorsionar, a influir en organismos públicos o a redactar raba divertimento. Si el Estado solo por persona interpuesta leyes de propiedad intelectual. debe proteger aquello que el tiempo La sgae no pertenece al mundo de los vivos ha validado como cultura, ciertamendescaradamente la promoción pública de negocios private hay que acudir a instancias de legitimación exdos. Muy otra cosa es lo que ocurre cuando un puñado de traculturales para defender que haya que gastar zombis se dedica a extorsionar, a influir en organismos púdinero público en financiar proyectos cuyos beblicos o a redactar por persona interpuesta leyes de propieneficios, en caso de haberlos, redundarán en bolsidad intelectual. La sgae no pertenece al mundo de los vivos. llos privados. Puede hacerse si se tienen en cuenta Representa, antes bien, los usos y costumbres de unas forotras variables, como la creación de empleo, o en mas culturales en avanzado estado de descomposición que, atención a una definición de cultura mucho más pese a todo, se resisten a morir. No es uno muy partidario de amplia que la que manejaba Malraux, pero no paque se tomen medidas para su conservación óptima: no hay rece que el recurso a la excelencia artística sea la vitrina para exhibir ese cadáver y llegamos muy tarde para vía más defendible. Mejor dejar que los cadáveres que le sea útil a la investigación médica. Probablemente se las apañen solos y, si consiguen sobrevivir, no Malraux nos haría notar que, en presencia de un zombi, sea a costa de pegarle bocados al erario público. no hay demasiadas opciones. Pero hay que ser francés o Puesto que corromperse es cosa de cadáveres, no padecer el síndrome de Tourette para hablar tan claro. No es habría mucho que temer de una cultura viva, palcostumbre que el mundillo cultural español se exprese con pitante, en una sociedad inquieta donde no se certanta crudeza. ¢ raran centros autogestionados ni se favoreciera

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— Señores cortegiantes, ¿quién sus días de codicioso gasto o lisonjero con todos esos príncipes de acero que me han desempedrado las encías? Nunca yo tope con sus señorías, sino con media libra de carnero, tope manso, alimento verdadero de jesuitas, santas compañías.

de entrar en la Academia, do se trata de convertir en nuncio la Anunciata y su congregación en farándula. Teme la casa quien está mirando entrar en buñuelos y salir apodos y piensa que segunda vez se abrasa. Y la verdad no está muy mal pensando que allí en lenguas de fuego hablan todos. ¡Padre Ferrer, cuidado con la casa!

_Góngora

Con nadie hablo, todos son mis amos; quien no me da no quiero que me cueste, que un árbol grande tiene gruesos ramos. No me pidan que fíe ni que preste, sino que algunas veces nos veamos, y sea el fin de mi soneto este.

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Señores académicos, mi mula, si el pienso ya no se lo desbarata, en los cuadriles pienso que se mata por ser de la Academia de la mula. Su determinación no disimula

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— El cadáver no se queja de los gusanos que le comen, porque él los cría; cada uno mira que no se corrompa, porque será padre de sus gusanos.

_Francisco de Quevedo

POESÍA

OTROS

Camino de las cárceles Luis Fernández Roces El sol tras el bosque Robert Hass Traducción de Andrés Catalán Marco Valerio Marcial. Antología de epigramas Marco Valerio Marcial Traducción de Pedro Conde Parrado Antología poética Stanislaw Baranczak Traducción de Antonio Benítez Burraco y Anna Sobieska Hernán Cortés nº 10 Ricardo Labra

El mono gastronómico. Ensayos de arte y gastronomía Javier Pérez Escohotado Español con estilo. Antología de textos sobre el uso correcto del español Ignacio Gómez Font Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi Alejandro Carantoña Lidiando con sombras. Antología de Benito Jerónimo Feijoo Elena de Lorenzo Álvarez, Rodrigo Olay Valdés y Noelia García Díaz (eds.) Bendice estos animales que vamos a recibir Pepe Monteserín Coedición con el Colegio Oficial de Veterinarios de Asturias

NARRATIVA Camposanto en Collioure Miguel Barrero La reconversión humana Ángel Falcón Instante en Lucio Fontana Ángel Falcón

www.trea.es

A una junta de mancebos en una casa de conversación, que años antes había padecido incendio

Ediciones Trea • C/ María González, la Pondala, 98, nave D • 33393 Somonte, Cenero, Gijón (Asturias), España • Tel.: (34) 985 303 801 • trea@trea.es


Sátira primera (a Rufo) Te has decidido, Rufo, a probar suerte en un certamen de provincias donde ejerzo casualmente de jurado, y encuentro razonable que me llames, al cabo de diez años de silencio, preguntando qué pasa con mi cátedra, qué fue de aquella chica pelirroja con quien ligué el ochenta en Jarandilla, cómo siguen mis viejos, si padezco todavía del hígado y si he visto a la alegre cuadrilla del Pecé. Pues bien, ya que deseas que te cuente de mí y mi circunstancia, has de saber que un punto de Alcalá me la birló, en Jodellanos gran especialista, a quien pago el café cada mañana y sustituyo volontiers los días en que marcha a simposios en San Diego, en Atlanta, Florencia o Zaragoza. Se casó con Gonzalo. El hijo de ambos va al colegio del mío, pero en vano acudo a todas las convocatorias, reuniones, funciones navideñas. La pícara me elude, y yo departo interminablemente sobre fútbol con el cretino del marido, mientras asesinan los críos una sórdida versión del Cascanueces. Bien conoces al pelma de Gonzalo. Creo, incluso, que fuiste tú quien se lo presentó. No pruebo ni una gota últimamente, después de la biopsia. Te confieso que añoro aquellos mares de vermú, aunque el agua es sanísima. Vicente, antiguo responsable de mi célula, es viceconsejero de Comercio por el Partido Popular, y, claro, se mueve en otros medios. Otra gente parece preferir ahora Vicente. Mis padres van tirando. Cree, Rufo, que nada tengo contra ti. Al contrario, te recuerdo con franca simpatía. Sobradas pruebas de amistad me diste

en el tiempo feliz de nuestra infancia. Es cierto que arruinaste mi mecano, que me rompiste el cambio de la bici, que le contaste a mi primera novia lo mío con tu prima, la Piesplanos. Eras algo indiscreto, pero todos tenemos unos cuantos defectillos. Veré qué puedo hacer. No te prometo nada: somos catorce y, para colmo, corre el rumor de que Juan Luis Panero.

_Jon Juaristi

A el mesmo soçio (To criticize the critic: quevediano modo) Por desitinerar vates tirones a base de recetas bien pigmeas, tiras al váter versos, digestiones1 de gran gurú. Tú ya no te meneas de la ácida poltrona de los nones.2 En boca de poetas te recreas, transmútalos así en inquiridiones imberbes, sí, e intonsos. Cual Phileas, fogueando fagots soplas boquillas aquí y allá del universo orbe convertidas en flautas traveseras. Versivagantes, echan las papillas,3 se corren por el verso que no estorbe y ya son como tú, que es lo que esperas.4

_Ludovicus Holmesterius

bgr, ms. 108: degluciones. C.: tú, llano, te meneas  / en la ácima poltrona de los dones. 3 D.1: hechas las papillas. 4 Sabadiego Tabárez postula como variante una frase interrogativa (¿qué es lo que esperas?), que incidiría en el carácter de ficción dialogada del poema. Véase Milton Sabadiego Tabárez: «Usos lingüísticos y microestructura inducida en la sonetística española contemporánea», en Revista Peruana de Estudios Filológicos, núm. 65  (1993): 29-46. 1

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Joe Dunthorne 3 poemas Traducidos por Silverio Moreda

Sobre el autor Nacido y criado en Swansea (Gales). Su primera novela, Submarine, publicada por Hamish Hamilton, ganó el premio Curtis Brown. Se ha traducido a nueve idiomas y una adaptación cinematográfica se estrenó en la primavera de 2011. Su segunda novela, Wild abandon, ganó el premio Encore. Ha publicado poesía en Poetry Review, New Welsh Review y Voice Recognition. Coorganiza y recita con frecuencia en Homework, noche de miscelánea literaria que se celebra una vez al mes. Vive en Londres Sobre el traductor Nacido en Gijón (España). Licenciado en Filología Inglesa por las Universidades de Oviedo y Turku (Finlandia). Cursó estudios de postgrado en Traducción Literaria en Middlesex University. Ha publicado traducciones en Eñe: revista para leer, Passport: The Arkansas Review of Literary Translation, Lletres Asturianes y Campo de los Patos. Como traductor-intérprete ha trabajado y colaborado con Amnistía Internacional, Laboral Teatro o Discovering Latin America Film Festival entre otros. Vive en Londres. smoreda@gmail.com

POESÍA

Número 68 / Mayo del 2015

Sestina for my friends I know what my friends think because of the things they say: «Joe, you are shiny and worthwhile and always thinking of others.» I am not so great. I could name at least five people who are better, overall. Here’s one of my faults: I’m forever calculating, how to present myself in any given situation. Calculating people give W.G. Sebald’s Rings of Saturn as a gift, and think that the person receiving the book will think better of them. After reading it they will say: «Joe - it was beautiful, I mean, he’s like the great gramps I never had. He even made Suffolk compelling.» I always give Rings of Saturn as a gift, sometimes even to boys. Always is too much. I have given it twice, I’m calculating honestly. Once to a girl who thought I was great for just over a month until she suspected, correctly, that I think I am more interesting than her. If I say that the boy I gave it to was far better at football than me, then I think you understand. Better to be left for dead on the right wing, always knowing that the boy who embarrassed you - let’s say his name’s Luke - has this book in his bedroom. I’m calculating that he won’t have sold it because he thinks, nay hopes that one day he might read it, this great and clever book that was a gift from a friend who’s not great at football but by God, he’s got a brain and, ultimately, it’s better to have enormous thoughts than to be almost semi-pro. I think great people don’t have these sorts of thoughts. I always keep my mauled copy somewhere half-inconspicuous, calculating the spot where guests will see it, sure, but they will not say I bet Joe put that there so I see it. More likely, they’ll say, huh, such a clever book just lying there next to his football boots. It’s great to know someone like Joe who’s clever but doesn’t rub your face in it. Calculating people are some of the worst in existence. This poem is better for its honesty. Even when I admit this stuff, my friends can always fall back on my honesty. He thinks too much, they think. We’d better not say anything about that sestina. He’ll always be great to us, better than great, more like excellent. Or this is what I’m calculating.

The actual queen Ma’am, I am imagining you at your worst: watching a wet-lipped girl type-set your cutlery. You’re hating her neediness. You think the girl is certainly attractive, if not exactly beautiful and you imagine an alternative life for her where she is a waitress in a chequerboard pie shop, pickled onions in a clamp jar, glowing like pearls. A dozen older men desire her. Her apron the item they imagine removing. There is just one gent for whom she doles out extra liquor. In the back room, watched by crates of royal russet apples, they struggle to articulate the simple, awkward love that could only grow in a given structure, say that of the waitress and the waited.


Número 68 / Mayo del 2015

Sestina para mis amigos Me doy cuenta de lo que mis amigos piensan por cosas así: «Joe, eres brillante y capaz y siempre piensas en los demás.» No soy tan genial. Pienso al menos en cinco personas que son mejor en cómputo global. Uno de mis errores: siempre estoy calculando, cómo presentarme ante los demás. Calculando que la gente regala Los anillos de Saturno, de W.G. Sebald, para que el obsequiado tenga una opinión mejor de ellos. Tras leerlo, dirán: «Sí que es un libro precioso, Joe. Es como ese abuelo genial que nunca tuve. Incluso Suffolk parece atractivo.» Siempre regalo Los anillos de Saturno, incluso a los chicos. Siempre es exagerado. Un par de veces, calculando más honestamente. A una chica, que me veía como un tipo genial durante un mes, hasta que empezó a sospechar, con razón, que me tengo por más interesante que ella. Si confieso que el chico es mucho mejor futbolista que yo, queda todo dicho. Mejor que te dejen medio muerto en la banda derecha, siempre con la certeza de que el que te ridiculiza - sí, digamos que se llama Luke - tiene este libro en su cuarto. Calculando que no lo habrá vendido porque, piensa, o mejor, desea poder leerlo un día, este libro genial e inteligente que le regaló su amigo, que no es tan genial como extremo pero, madre mía, cuánto sabe y, en definitiva, mejor tener pensamientos super profundos que ser casi Roberto Carlos. Creo que la gente realmente brillante no tiene este tipo de ideas. Yo siempre dejo mi libro en algún lugar medio disimulado, calculando dónde mis amigos lo puedan ver, pero no piensen Sí, seguro que Joe lo dejó ahí para que lo viera. Si bien mira ese libro tan complejo ahí, al lado de sus botas de fútbol. Es genial conocer a Joe, inteligente y modesto. La gente que se pasa el día calculando son lo peor de la existencia. Este poema es mejor por su honestidad. Incluso admitiendo todo esto, mis amigos siempre pueden contar con mi honestidad. Puede que Joe le de muchas vueltas a las cosas. Mejor si no decimos nada acerca de esa sestina. Siempre será genial, más que genial, cojonudo. Esto es lo que estoy calculando.

La reina tal cual Majestá, os estoy imaginando en vuestro peor momento: observando a esa muchacha de labios húmedos repasar la cubertería. Detesta su aire desvalido. Piensa que la muchacha sin duda es atractiva, que no exactamente hermosa, y la imagina llevando una vida diferente, en la que trabaja de camarera en una de esas antiguas confiterías, donde las cebollas encurtidas en botes herméticos resplandecen como perlas. Una docena de hombres mayores la desean. El delantal, la prenda que fantasean con desanudar. Hay tan sólo un señor a quien le sirve un dedo extra de alcohol En el almacén, observados por cajas de manzana reineta, se esfuerzan en articular un amor sencillo, torpe, que sólo puede darse dentro de determinadas estructuras, como la de la camarera y el cliente.

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JOE DUNTHORNE

Cueva submarina «Cada dieciséis metros de profundidad equivalen a una bebida alcohólica». Mauro Bertolini, El Manual del Buceador

Recuerda que tenía seis años, boca arriba, bajo una silla en el suelo de la cocina, observando las fosas nasales de su padre, ignotas, y la falda de su madre ondulando como una raya águila moteada. Bajo la mesa, descubrió unas marcas de lápiz: un cuarto de circunferencia y dos palabras subrayadas. Posible extensión. Aquello era un código o quizá la clave de un código. En el lecho de la cueva, el largo pestañeo de una ballena azul es lo que uno demora en sondear el resultado de uno más uno. El cielo se asoma por entre rendijas verdeazuladas, como los apliques en el cuarto de su niñez. Su mente ralentizada cree que el tiempo es otra superficie más, que puede atravesar las espirales de haloclina que nos separan de nuestros pasados: los recientes y los preservados. Por aquel entonces, en el estudio de su padre, vaciaba una bolsa de canicas sobre la moqueta. Bajo el brillo de la lámpara, sujeta su mejor canicón, y se ve a sí mismo nadando en su arrecife de espiral. Suelta su equipo autónomo, y se siente joven o borracho. De sus labios deja salir esferas de cristal.

Cave dive «Every sixteen metres of depth is equivalent to one alcoholic drink». Mauro Bertolini, The Diver’s Handbook

He remembers being six, lying on his back beneath a kitchen chair, gazing up at his father’s unmapped nostrils, his mother’s skirt riffling past like a spotted eagle ray. Underneath the dining table, he found pencil marks: a quarter circle and two words underscored. Possible extension. Back then, it was a code or perhaps the solution to a code. On the cave bed, it takes a blue whale’s long blink to fathom what one plus one turns into. The sky peers down from blue-green slots like the lamp fittings of his youth. His slow mind thinks time is just another surface, he can pass through the swirling halocline that keeps us from our pasts: the fresh and the preserved. Back in his father’s study, pouring a bag of marbles across the rug. In the glow from the tentacled lampshade, he holds up his Bosser, sees himself swimming in its spiral reef. Letting drift his aqualung, he is either young or drunk. From his lips he scatters balls of glass.


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NARRATIVA

Miguel Catalán La isla del mundo La isla del mundo narra el prodigioso viaje al Gran Norte de un mozo de venta llamado Gastón Varela. Desconcertado cuando un extranjero le hace saber que la aldea que habita no consta en los mapas, Gastón se hace al camino en busca de la capital del mundo, una ciudad levantada sobre el agua que no conoce el pasado llamada Metrópoli de San Flingo. Editorial Arola, 2015 (novedad) 346 pp., 17,00 ¤

Gastón preguntó si había llegado ya a las Montañas Perfumadas. —Desde luego —dijo Urbano—. ¿De dónde cree que viene ese aroma errante de agua de violetas? Urbano condujo al emigrante desde las empalizadas de anémicas cañas puntiagudas hasta la cima del Escombro, un monte estercolario que olía sin embargo a gloria. —¿Siempre huele así de bien? —preguntó Gastón. —Más o menos, pero cada día es distinto. Ayer olía a madreselva y anteayer a narciso porque estamos en el mes de los aromas florales. Cada treinta de diciembre, los contribuyentes de San Flingo votan sus 365 perfumes favoritos para el año entrante a partir de una lista de aromas clasificados por meses: en diciembre eligen aromas madereros como el de corteza o el de resina; en junio, aromas frutales como el de pasas o cerezas; en septiembre, balsámicos como el de vainilla o incienso. Conforme subían entre detritos estrujados y allanados, Gastón iba admirando la extraordinaria calidad en la laminación de la mugre y el agradable olor que desprendía. El erudito Urbano le explicó: —Una flota de camiones atraviesa el subsuelo del Pomerio cada mañana con toda la basura del mundo comprimida en sus capaces volquetes y luego se interna por los cañones concéntricos del Sistema Estercolario hasta alcanzar la parte opuesta del escorial. Mire, hace dos horas descargaron en aquella ladera. —Señaló una pendiente de color negruzco que daba al llano por el lado de poniente—. El convoy de la Agencia Anular se compone de tres grandes grupos de vehículos que avanzan por secciones: en primer lugar los camiones que transportan la basura en sus volquetes y luego la dejan caer en el lugar marcado alzando sus puertas cromadas de apertura hidráulica; en segundo, los vehículos apisonadores que la allanan con sus cilindros de acero vibrante y las prensadoras de desguace; y, en tercero, los tanques que dispensan el aroma del día con sus potentes pulverizadores. A la vista está el resultado. Durante la casi media hora que tardaron en completar el ascenso del Monte Escombro, chabolista y emigrante fueron pisando cáscaras de huevo, alambres de cobre, láminas de arte rajadas, embalajes de albaricoque, pañales, clínex húmedos, brazos de muñecas de porcelana, últimas voluntades, billetes de autobús, cajitas chinas, pellejos de perro, tubos de dentífrico, jirones de camisetas de poros,

paquetes de tabaco, circuitos integrados, latas de refresco, esqueletos de gato, manuscritos inéditos, yogures fermentados, cartuchos de videojuegos, raspas de merluza, fundas de almohada con amarillentas manchas de forma elíptica, somieres, patas de silla, añicos de servicios de té, condones usados, chasis de bicicleta, pilas alcalinas, parrillas refrigerantes de nevera y hasta la partitura a lápiz de una pavana para piano. Al llegar a la cumbre tras una escarpada pendiente, Gastón pudo contemplar a su gusto toda una cadena montañosa hecha solo de basura. Jadeando aún, no podía dar crédito desde lo alto del Escombro a aquella inmensidad, pero sin duda los arrabales del mundo consistían en una descomunal sierra cuyas montañas de despojos más elevadas medían un kilómetro de altura. Urbano dijo con la lengua entre los dientes: —Esta Cordillera Estercolaria rodea la megápolis del centro del mundo llamada San Flingo. Como los desechos aumentan en la urbe cada año en modo exponencial, las montañas alcanzan mayor altura por término medio cuanto más se alejan del

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centro. Todos esos campos incultos con las flores silvestres que ve allí abajo a pie de monte —añadió volviendo su rostro curtido por el sol hacia la tierra campa de los Territorios Exteriores—, así como las sabinas, tomillos, romeros y alhucemas, se desplazarán hacia el sur dentro de unos meses. Los albañales donde desembocaban otrora las aguas fecales de San Flingo son hoy límpidos riachuelos que corren por las quebradas gracias a los sistemas depurativos de las aguas residuales. El Sistema Escorial o Estercolario crece siempre hacia fuera a un ritmo constante, de forma que cuando nuevos expulsados del mundo colonicen ese tapiz natural de flores silvestres, nosotros dejaremos de ser los últimos montanos. Gastón se volvió para contemplar de nuevo a lo lejos, en dirección al mundo, el inmenso basural montuoso: nunca había experimentado una sensación parecida de grandeza panorámica. Aquel simulacro de la corteza terrestre figuraba suaves laderas de leguas de extensión con chamizos diseminados y agrupaciones de chabolas en terrazas y explanadas, pero también cortados de vértigo medio ocultos por las nubes de nata suspensa en el cielo. En ciertos puntos estratégicos se fingían caprichosas grutas, estrechas gargantas, profundos

Durante la casi media hora que tardaron en completar el ascenso del Monte Escombro, chabolista y emigrante fueron pisando cáscaras de huevo, alambres de cobre, láminas de arte rajadas, embalajes de albaricoque, pañales, clínex húmedos, brazos de muñecas de porcelana, últimas voluntades, billetes de autobús, cajitas chinas, pellejos de perro, ... desfiladeros o acuchilladas explotaciones mineras ya abandonadas. Urbano dijo: —Impresionante, ¿no es cierto? —Pero… toda esta cadena de montañas, ¿es artificial? —Por completo artificial, amigo mío, aunque mejor que artificial debiéramos decir artística: la obra de arte más grandiosa jamás abordada por el espíritu humano. Centenares de geólogos, biólogos, ingenieros, estratígrafos y mineralogistas y también de tallistas, pintores, arquitectos, escultores, perfumistas y artesanos vienen trabajando de forma coordinada desde hace generaciones en esta joya de la humanidad. Algunos montes misceláneos como este del Escombro mezclan los desechos más dispares en un desorden aparente, pero es solo una rareza, una especie de broma grutesca en el seno de un sistema orográfico perfectamente racional. Fíjese por ejemplo en aquellas formaciones de rodeno: el tono rojizo de la cuesta en zigzag se ha conseguido con sangre coagulada. Las lascas de rodeno son en realidad cartonajes endurecidos y rociados con sangre de los mataderos industriales, pero también de los hospitales (y no solo de enfermos y fallecidos, sino asimismo de plasma pasado de fecha de donantes desinteresados). En vez de baldear con ella el laberinto de los desagües, aquí rinde homenaje a la sangre derramada. Esparciendo la mirada a poniente, Gastón señaló un amplio terraplén blanquecino. —¿Tampoco es verdadera aquella mina? —Es verdadera, aunque artificial. Tenga presente que el plano vertical de una montaña cortada a pico resulta muy fácil de imitar: basta con


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MIGUEL CATALÁN

tirarlo a plomo. En cuanto al blanco del caolín artificial, proviene de toneladas de leche excedentaria con la que se formó en su día una película cristalizada. A la misma secreción de las tetas de la vaca obedecen las aparentes nieves perpetuas de las cumbres al otro lado de San Flingo, así como las falsas galerías de antimonio. Mire la Cresta Alegre —señaló al noreste tres sombríos picos de lustre metálico—; las envolturas de celofán de las revistas para adultos, debidamente troceadas y prensadas, conforman aquellas láminas traslúcidas de falsa mica que hacen brillar la roca. También hemos creado más arriba perfectas imitaciones de yacimientos de fósiles marinos compactando, entre otros desechos de restaurantes marisqueros, conchas de moluscos tales como ostras, almejas o mejillones. Y vaciando millones de ceniceros en montañas artificiales huecas hemos erigido asimismo medio centenar de volcanes a lo largo de todo el Sistema Estercolario; el polvo gris del tabaco fumado por los mundanos a lo largo de incontables años ha ido rellenando las oquedades de nuestros contenedores en forma de montaña para formar macizos cenicientos. —Son volcanes apagados… —aventuró Gastón. —Volcanes apagados que nunca estuvieron

Al llegar a la cumbre tras una escarpada pendiente, Gastón pudo contemplar a su gusto toda una cadena montañosa hecha solo de basura. Jadeando aún, no podía dar crédito desde lo alto del Escombro a aquella inmensidad, pero sin duda los arrabales del mundo consistían en una descomunal sierra cuyas montañas de despojos más elevadas medían un kilómetro de altura encendidos. Nada hay que temer de ellos, pues la ceniza que colma sus cráteres no procede de la combustión del centro de la tierra, sino de la quema controlada de plantas de olor narcótico en pequeños cilindros de papel. Algunas noches de fiesta, eso sí, provocamos erupciones explosivas lanzando fuegos artificiales desde el disparadero del cráter. Como puede usted observar, esta Cadena Montañosa es una biografía anónima del Mundo. Aunque no caen por aquí, no puede imaginar la de montañas que se adornaron con flores de raso y organza cuando el gusto por la imitación floral empezó a decaer en las mansiones flinganas. También en los picos más altos encontrará usted abetos enanos, pero solo si se acerca verá que no son naturales, sino artificios de plástico donados por sus dueños cuando las bárbaras costumbres navideñas cayeron en el olvido. En sus laderas se ha obtenido asimismo un terreno abonado para las setas gigantes plantando en orden aleatorio tubos catódicos de imagen de antiguos televisores. Descansemos un poco en esas piedras de cajón. Tras sentarse en dos peñas vecinas perfectamente rectangulares, Gastón, que no había entendido la mitad de las palabras de Urbano, se pasó un dedo por el párpado: —Todo es desperdicio. —En efecto. Aunque reciclado y hermosamente renovado, todo es desperdicio. El emigrante cogió entonces por el tallo una florecilla blanca y, como agitado por un viento interior, preguntó: —¿Las murallas de San Flingo son tan altas como dicen? —Esas murallas no deben arredrarlo. Yo mismo

Juan Ugalde › Vaca, 2015, técnica mixta/lienzo, 100 µ 81 cm › World as a stage › Aurora Vigil-Escalera Galería de Arte (Gijón) › Hasta el 3 de mayo volveré un día, quizá no tan lejano, a atravesarlas —hizo una pausa—. Al contrario del Sistema Estercolario, donde algunas metáforas mundanas como Una Montaña de Basura se han convertido en una expresión recta, en San Flingo no pocos objetos reales han terminado por convertirse en puras metáforas, como les ocurre a los espejos ciegos, las ratas de alcantarilla o las propias defensas de la ciudad. Las murallas medievales que rodean San Flingo no son sino colosales imágenes tridimensionales proyectadas por rayos láser. Gastón seguía dando vueltas en su mano a la blanca flor, con aquel parasol de docenas de diminutos pétalos, cuando el chabolista se fue a fijar en ella: —Ha tenido usted suerte —sonrió el erudito—, pues la flor que ha cogido no es de raso, sino auténtica; un caso único, como especie, no solo en los escoriales de las Montañas Perfumadas, sino también en la historia natural de la botánica. ¿Me permite?

Gastón cedió la flor a su anfitrión, quien la tomó del tallo para elevarla ante sus ojos: —Fíjese qué belleza. Es un ejemplar de Flos estercolaria, especie que debe su existencia al Gran Experimento mundano. Sin que nadie lo previera, esta flor se abrió paso un buen día en la nutritiva costra de los basurales. Se han registrado dos variedades: la Flos alba estercolaria, que es esta, y otra más modesta, de pétalos lilas. Su semilla solo arraiga en el humus de la impureza. Gastón la puso bajo su nariz y constató: —No huele. —Mejor así, teniendo en cuenta el mantillo que la sustenta. No sé cómo —se oxeó una mosca de reflejos verdes que revoloteaba cerca de su cara—, pero las moscas han desarrollado un sentido tan fino del olfato que huelen los excrementos bajo las fragancias más renombradas. Sobre todo hacia mediodía es cuando se ponen más impertinentes. Lo mejor será que declinemos ya. ¢


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ENSAYO

José-Miguel Ullán O, dicho de otro modo, Chillida A lo largo de cuarenta años de una escritura fundada en la utilización de materiales mixtos, la pintura ha estado siempre ligada a la obra de José-Miguel Ullán (Villarino de los Aires, Salamanca, 1944-Madrid, 2009). Dejándose calar por «la pintura (esa lluvia)», Ullán escribió sobre arte en libros, catálogos y artículos, además de colaborar creativamente con diversos artistas. Recién llegado a la mesa de novedades, Los nombres y las manchas recoge gran parte de los textos en prosa que Ullán escribió para acompañar la obra de diferentes artistas, como Álvarez Bravo, Broto, Brinkmann, Javier Fernández de Molina, Luis Fernández, Tàpies, Frida Kahlo o Eduardo Chillida. El Cuaderno ofrece a continuación el texto íntegro dedicado a este último. Los nombres y las manchas: escritos sobre arte Edición de Manuel Ferro con la colaboración de Marta Agudo Galaxia Gutenberg, 2015

I

Alguien abre un viejo cuaderno, de negras tapas de hule, para observar el ritmo de la caligrafía allí empleada por el joven amanuense, a finales de los años cuarenta, a la hora precisa de anotar —de apropiar a la discusión— aquello que podríamos haber llamado, hace mucho, una epístola dirigida a la conciencia poética de quien leyere. Caligrafía: dibujo, adhesión, escultura en calma. Con el ritmo seguro del que descubre en el consejo del otro, en su ambiciosa autodefensa, el aroma de la orientación propia para experimentar la música interior de la certidumbre. Y ese otro —el antepasado, el cantor— pudo tener la voz de Ovidio o de fray Luis, de René Char o de Omar Khayyam, de Rilke o de Novalis. Pero pudo tener también el vozarrón de don Miguel de Unamuno, tan perturbador siempre y hoy tan desdibujado. Imaginemos, pues, que alguien abre de nuevo aquel cuaderno, de negras tapas de hule, y en él descubre, un día desdibujado: hoy mismo, por investigación o por ensoñación, que aquel joven

amanuense era Eduardo Chillida, escriba de lo aquí imaginado en todo detalle. E imaginarlo así es mi sola manera de dialogar con su invención más plena: la de hacernos palpable la versatilidad espiritual, armoniosa, del sentimiento. Y alguien abre de nuevo aquel cuaderno, de negras tapas de hule y, a cada tropezar, ve bien que lo fijado en sus breves páginas cuadriculadas es un escrito de Unamuno, remitido al azar en el año 1900 y netamente exclamado: «¡Adentro!». El lector se demora en los párrafos subrayados con lápiz. Como si ya entonces la debilidad, delicadeza para atrapar lo firme, hubiera resultado un instrumento idóneo en el caso de hacer hincapié o de querer realzar, por si acaso, la fortaleza. Y eso, lo virtual de una mano subrayándose en la fe poética, en lo insinuado con determinación por otro, es lo que ese lector o cualquier otro, al tiempo que se lo imagina, termina por leer a partir de ahora mismo:

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• Pon en tu orden muy alta tu mira, lo más alta que puedas, más alta aún, donde tu vista no alcance, donde nuestras vidas paralelas van a encontrarse: apunta a lo inasequible. • Tu vida es ante tu propia conciencia la revelación continua, en el tiempo, de tu eternidad, el desarrollo de tu símbolo; vas descubriéndote conforme obras. Avanza, pues, en las honduras de tu espíritu y descubrirás cada día nuevos horizontes, tierras vírgenes, ríos de inmaculada pureza, cielos antes no vistos, estrellas nuevas y nuevas constelaciones. Cuando la vida es honda, es poema de ritmo continuo y ondulante. No encadenes tu fondo eterno, que en el tiempo se desenvuelve, a fugitivos reflejos de él. Vive al día, en las olas del tiempo, pero asentado sobre tu roca viva, dentro del mar de la eternidad; al día en la eternidad, es como debes vivir. • Que nunca tu pasado sea tirano de tu porvenir: no son esperanzas ajenas las que tienes que colmar. ¿Contaban contigo? ¡Que aprendan a no contar sino consigo mismos! ¿Que así no vas a ninguna parte, te dicen? Adondequiera que vayas a dar será tu todo, y no la parte que ellos te señalen. ¿Que no te entienden? Pues que te estudien o que te dejen; no has de rebajar tu alma a sus entendederas. Y, sobre todo, en amarnos, entendámonos o no, y no en entendernos sin amarnos, estriba la verdadera vida. Si alguna vez les apaga la sed el agua que tu espíritu mana, ¿a qué ese empeño de tragarse el manantial? Si la fórmula de tu individualidad es complicada, no vayas a simplificarla para que entre en tu álgebra; más te vale ser cantidad irracional que guarismo de su cuenta. • (Prepárate) a soportar mucho, porque los cargos tácitos que con nuestra conducta hacemos al prójimo son los que más en lo vivo te duelen. Te atacan por lo que piensas; pero los hieres por lo que haces. Hiéreles, hiéreles por amor. Prepárate a todo, y para ello toma al tiempo de aliado. Morir como Ícaro vale más que vivir sin haber intentado volar nunca, aunque fuese con alas de cera. Sube, sube, pues, para que te broten alas, que deseando volar te brotarán. Sube, pero no quieras, una vez arriba, arrojarte desde lo más alto del templo para asombrar a los hombres, confiado en que los ángeles te lleven en sus manos, que no debe tentarse a Dios. Sube sin miedo y sin temeridad. ¡Ambición y nada de codicia! • No sea tu pesar por lo que hiciste más que propósito de futuro mejoramiento; todo otro arrepentimiento es muerte y nada más que muerte. Puede creerse en el pasado; fe solo en el porvenir se tiene, solo en la libertad. Y la libertad es ideal y nada más que ideal, y en serlo está pre-


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cisamente su fuerza toda. Es ideal e interior, es la esencia misma de nuestro posesionamiento del mundo, al interiorizarlo. Deja a los que creen en apocalipsis y milenarios que aguarden que el ideal les baje de las nubes y tome cuerpo a sus ojos y puedan palparlo. Tú, créelo verdadero ideal, siempre futuro y utópico siempre, utópico; esto es: de ningún lugar, y espera. Espera, que solo el que espera vive; pero teme al día en que se te conviertan en recuerdos las esperanzas al dejar el futuro y, para evitarlo, haz de tus recuerdos esperanzas, pues porque has vivido, vivirás. • No te metas entre los que en la arena del combate luchan disparándose a guisa de proyectiles afirmaciones redondas de lo parcial. Frente a su dogmatismo exclusivista, afírmalo todo, aunque te digan que es una manera de todo negarlo, porque, aunque así fuera, sería la única negación fecunda, la que destruyendo crea y creando destruye. Déjalos con lo que llaman sus ideas cuando en realidad son ellos de las ideas que llaman suyas. • Las (ideas) que tengas, tenlas como los huesos, dentro, y cubiertas y vedadas con tu carne espiritual, sirviendo de palanca a los músculos de tu pensamiento, y no fuera y al descubierto y aprisionándote como las tienen las almas-cangrejos de los dogmáticos, abroqueladas contra la realidad que no cabe en dogmas. Tenlas dentro sin permitir que lleguen a ellas los jacobinos que, educados en la paleontología, nos toman de fósiles a todos, empeñándose en desollarnos y descuartizarnos para lograr sus clasificaciones conforme al esqueleto. • Las buenas obras jamás descansan; pasan de unos espíritus a otros, reposando un momento en cada uno de ellos, para restaurarse y recobrar sus fuerzas. Haz cada día por merecer el sueño, y que sea el descanso de tu cerebro preparación para cuando tu corazón descanse; haz por merecer la muerte. • No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de las ideas, que andan solas. No en el progreso de las ideas, no, sino en el crecimiento de las almas, en cada alma, en una sola alma y basta. Lo uno es para vivir en la Historia; para vivir en la Eternidad, lo otro. Busca antes las bendiciones silenciosas de pobres almas esparcidas aquí y allá que veinte líneas en las historias de los siglos. O, más bien, busca aquello y se te dará esto de añadidura. No quieras influir sobre el ambiente ni eso que llaman señalar rumbos a la sociedad. Las necesidades de cada uno son las más universales, porque son las de todos. Coge a cada uno, si puedes, por separado y a solas en su camarín, e inquiétalo por dentro, porque quien no conoció la inquietud jamás conocerá el descanso. Sé confesor más que predicador. • Busca, (pues,) tu mayor grandeza, la más honda, la más duradera, la menos ligada a tu país y a tu tiempo, la universal y secular, y será como mejor servirás a tus compatriotas coetáneos. • Sé serio. Lleva seriedad, solemne seriedad a tu vida, aunque te digan los paganos que eso es ensombrecerla, que la haces sombría y deprimente. En el seno de eso que como lúgubres depresiones se aparecen al pagano es donde se encuentran las más regaladas dulzuras. […] Chapúzate en el dolor para curarte de su maleficio; sé serio. Alegre también; pero seriamente alegre. La seriedad es la dicha de vivir tu vida asentada sobre la pena de vivirla y con esta pena casada. Ante la seriedad que las funde y al fundirlas las fecunda, pierden tristeza y alegría su sentido.

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JOSÉ-MIGUEL ULLÁN • Considera que no hay dentro de Dios más que tú y el mundo, y que si formas parte de este porque te mantiene, forma también él parte de ti, porque en ti lo conoces. En vez de decir, pues, ¡adelante! o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar, deja llenarte para que rebases luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso. «Doy cuanto tengo», dice el generoso; «Doy cuanto valgo», dice el abnegado; «Doy cuanto soy», dice el héroe; «Me doy a mí mismo», dice el santo; y di tú con él, y al darte: «Doy conmigo el universo entero», buscándolo dentro de ti. «Adentro.» Ahora cierra el cuaderno de negras tapas de hule. Lo cierra la certeza de un instante iniciático: la orientación poética de raíz. Bajo esa luz primera de fondo, ya cerrado el cuaderno, se abre un paréntesis personal. Me veo escribiendo un libro, Maniluvios, donde el tacto vacila, se adentra, ve y ordena. Y por aquel entonces, a principios de los desdibujados años setenta, concebí Adoración, un poema de claroscuros, admirablemente grabado por Chillida. Allí, entre fragmentos de comentarios de san Juan de la Cruz y versos del libro de la Sabiduría, se deslizan las posibles palabras epilogales a la visión primera de aquel cuaderno de negras tapas de hule: He robado el abism o y si mi mano paso po r su piel q uién podarla podrá.

Eduardo Chillida: Usma III, 1971. xilografía, ejemplar P. A., firmada y justificada a mano, 105 µ 91 mm (pisada), 280 µ 265 mm (papel). Obra catalogada en Eduardo Chillida: catálogo completo de la obra gráfica. Opus P. I: 1939-1972, de M. van der Koelen (Munich; Chorus-Verlag, 1997). Tirada de 58 ejemplares: 50 + 8 pruebas de artista.

II

La desorientación tiene también su espacio en aquello de lo que hablamos. Del otro lado de esa luz, yo escribí una Ventana melancólica para Eduardo Chillida. En el blanco central del poema, no exactamente escritas, las palabras de Walter Benjamin, su voz bajo el efecto de la mescalina, el 22 de mayo de 1934: Si sintiese, ya muerto, añoranza por algún objeto cualquiera de la vida anterior, por ejemplo esta ventana, se me aparece tal y como ahora la veo. Los objetos muertos y presentes pueden despertar una añoranza que no se conoce más que al mirar a una persona amada. Más tarde: Acariciar: hacer que no haya sucedido lo sucedido, lavar la vida en el flujo del tiempo. Este es el auténtico reino de la madre. Peinar: el peine saca por la mañana los sueños de los cabellos. Y luego: Mi mano es ahora tanto una fuente pública como la reina de Saba. Tiene un pedestal sobre el que puede escribirse lo que se desea como epitafio: «Mi mano es muchas manos. / Y se la llama mi mano». Entre la ventana y la voz, el frágil balbuceo, el instante complementario: el de la indeterminación poética.

III

No habrá instante tercero, sino bajo la forma de la reafirmación del lazo sustancial entre lo uno y lo otro.


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MÚSICA

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JOAQUÍN SABINA VÍCTOR MANUEL A pesar de la imparable evolución que ha afectado a la producción y difusión musical desde que ambos se subieron por primera vez a un escenario, siguen siendo un fenómeno de masas en sus conciertos.

rodar y rodar

Fernando Menéndez Entre el manzano y la brocha El cantautor asturiano culmina una gira en la que celebró sus cincuenta años de música entre garcilasos y oteros

No es la manera de empezar que ustedes desearían. Lo imagino. Pero me pongo H.G.Wells del todo cuando pienso en las canciones que uno ha escuchado en su vida. No sé lo melómano que sería el autor de El hombre invisible, pero a un escritor de su imaginación no le hubiera costado adivinar que la memoria es una ficción y la ciencia un laberinto para regresar al pasado. Como Michael J. Fox cuando

Javier García Rodríguez Lo malo de Sabina no es Sabina (esta noche, concierto) Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina es tanto fan / que piensa en el Gran Rex y llama mina / a la muchacha que le amasa el pan. / Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina es esa esposa / que cree que el cantante, con la espina / de una simple canción, transforma en rosa / una vida con hijos e hipoteca, / un marido mostrenco y con corbata, / un discurrir los días de la ceca / del mercado del barrio hasta la meca / de un empapado sueño con la nata / inundando pezones, y ella peca. // Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina es el colega / sabinero de pro que, en tu cocina, / hay que ver la tabarra que te pega / entonando estribillos de quinina / para curar los males y las fiebres / de tanta pretty woman que en la esquina / nunca te servirá gatos por liebres. / Nos persigue esta secta alucinógena, / la de los que se saben de memoria / toítas las canciones de su flaco, / héroes de futbolín, progres a saco, / tíos vivos de burdel, burros de noria / que se cuidan las manos con Neutrógena. // Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina son los pichis / Pasillo y Arganzuela: hada madrina / buscan en los Madriles, y hasta hay michis / paneros o churreros cosa fina / toreando de salón como Antoñete, / como José Tomás, como si en Lina- / res reapareciera Manolete / para encender las luces de su traje. / Canallitas de chotis y estatuario, / chulaponas con tanga y tatuaje, / macarras suburbiales de diario / comprando en Cortefiel bragas de encaje, / Torrente opositando pa’ notario. // Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina es la leyenda / de London, de la harina, de la venda / puesta antes de la herida. Golosina / de república grana y de menina, / chistes de bodeguiya y de letizia / que deleita al cantante y que le envicia / en el arte de Onán que no termina / con una copla de Mingo Revulgo / sino con un posado en la portada / de Interviú presumiendo

en Regreso al futuro da un salto hacia atrás para asistir al momento en que sus futuros padres se conocieron en un baile de fin de curso. En mi particular paseo entre ciencia y ficción, o dicho de otro modo, en mis vaivenes entre memoria y pasado, no recuerdo con exactitud cuándo escuché por primera vez una canción de Víctor Manuel. Queridos Wells y Zemeckis: no hay máquina del tiempo más aus-

tera y eficaz que una simple canción. Y canciones, qué les voy a contar yo a ustedes, las hay para todos los gustos. Como en los terrenos fronterizos siempre están a punto de ocurrir los sucesos más estimulantes, situémonos entonces en ese terreno fértil y resbaladizo; vigilado y poblado, que va de lo popular a lo exquisito; de lo cantado a lo recitado y viceversa. El vínculo entre canción y poema es inherente a

de bombines / y de vulgar minga. Lunfardo pulgo / se empeñó en llamarte la manada / de los que te tocaban los cojines. // Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina son los fuegos / de campamento fatuo, y los juegos / de salón con guitarra y pegatina. / Lo malo de Sabina es la rutina / del prado donde pasta algunas veces / el talento. Los ripios se hacen heces, / señal de poetín de cartulina / que igual duerme en tienda de campaña / que coloniza la tarima espesa / de un infecto garito en Malasaña. / El que copia su estilo, el que apresa / metáforas gastadas y se extraña / del fétido olor que hay en la mesa. // Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina es que nos dieron / las diez, las once, las doce, La Ina, / tan fino como aquel que nos sirvieron / en la última boda, donde hicieron / que la orquesta tocara, Lexatina, / la adaptación nupcial, y nos pusieron / a marchar cual soldado en Salamina / y desnudos al amanecer nos / encontró, a la luna de Valencia, / tan panchos, tan varonas, tan de diegos, / el maître, el encargao, mecagüen ros / bien jodidos tal vez o viceversa, / borrachos quizás no, mas sí muy pedos. // Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina siempre han sido / las chicas del visón, las elegantes / cachorras del pepé, pelos de setas, / cachondas cuarentonas, marionetas / de Gucci y Cartier, reinas picantes, / solteras de alquiler, frisos parlantes / del Partenón de El Viso, bicicletas / estáticas en ático, con tetas / rellenas de alcanfor: unas bacantes / con mechas cospedal, frente muy alta, / biedmas esperanzas, tiovivo, / muy deshechas de tienta y burladero. / Pasión con mercromina, cruz de Malta, / manola en procesión tras el cautivo / la niña de papá, Jesús Quintero. // Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina siempre han sido / los guiños a la ceja y a la pana, / la troupe cultureta, el rojerío / militonto y tenaz como la cana / del brujo de la tribu malherío / a causa de un contrato hiperblindado / en empresa del ibex 35. / Los roqueros viejísimos de vado / permanente y voy trinco que trinco / una mordida aquí, allí un sueldito, / más allá un maletín, allá una caja / atestada de fajos de billetes. / Y la revolución pendiente —mito / de lo que queda por hacer—, de naja, / sin importar los dimes y diretes. //


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la lírica desde sus orígenes. Los que hoy se conocen por el exageradamente controvertido nombre de cantautor, se pasan la vida emulando el antiguo y noble oficio de trovadores y juglares: darle a la metáfora la sencilla y necesaria forma del pan; convencer al esforzado ciudadano nif de pedir la paz y la palabra, animarlo a descubrir que quien canta, su mal espanta. Víctor Manuel, aquel chaval de El cobarde y El Portalín de piedra, cumple cincuenta años de carrera empeñado en convencernos de que una buena canción no deja de ser un poema dicho en voz alta y que un poema memorable es una canción que no ha roto su pacto de silencio. Es en los años 60 y 70 cuando se forja la generación de cantautores que, hoy en día, seamos judíos o gentiles; nos guste o nos disguste, forma parte de la banda sonora de este país cada vez más parecido a un esperpento de Valle-Inclán. A menudo, ya se sabe, las etiquetas provocan una falsa homogeneidad; un gustirrinín para estudiosos con espíritu cinegético que no responde a la realidad: bajo el epíteto «cantautor» conviven autores tan dispares, por poner sólo tres ejemplos célebres, como Luis Eduardo Aute, Joan Manuel Serrat o Joaquín Sabina. En la mudanza de sustantivo a epíteto del término «cantautor» es donde se alimenta buena parte de los reproches que padecen los juglares de la llamada Cultura de la

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SABINA / VÍCTOR MANUEL Transición. En el camino que va de tocar en el metro a invitar a cenar a unos enamoriscados príncipes, se va desmigando la hogaza y se subestiman las conciencias; pues, ¿qué importa más: la canción o el cantante? En la discreción con la que suele manejarse a este respecto el autor de Sólo pienso en ti está la evidente respuesta. Solemos saber de dónde son

una canción a otra es el obligado paso que va de la voz en alto al mutis a punto de quebrarse. A partir de aquí no sería difícil comprobar que la geografía de Víctor Manuel está habitada casi a partes iguales de Garcilasos y Blas de Oteros; de dulces bocas y patrones de aburridos gestos. Elegir como preámbulo a Tu boca una nube blanca el célebre soneto

Galán le recordaba que canciones como Paxarinos o La romería ya son parte de las fiestas de prau. Afirmación que, a día de hoy, podría extenderse a la mayoría de los temas de Víctor Manuel. Sólo basta con acudir a cualquiera de las «fiestas de prau» que son sus multitudinarios conciertos para comprobarlo las canciones. Ahora bien, los cantantes, ¿de dónde son los cantantes?, que diría el gran Severo Sarduy. En el caso de Víctor Manuel es fácil de saber y no es una circunstancia banal: la forja de un cantante suele estar en sus raíces: tengo a mano una lista de spotify con 89 temas del de Mieres ordenados más o menos por orden cronológico: el primer corte de la lista es La romería, el segundo, En la Planta 14. El tiempo y el espacio que van de

Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina es el hatajo / —también sin hache puede hacerse el verso— / de poetas-legión con vaselina / tirándole al cantante del badajo. / Poetas-cantautor de tos ferina, / hackers del corazón, salitre al catre / del micrófono en vena y la estricnina / en cápsulas compradas en Montma(r)tre. / Intimissimi vates, nerudianos / de juegos reunidos, siderales / vallejos de gong y stratocaster. / Trampantojos de web y del disaster, / rabín de nata, gores, viscerales / horteras, sí, y abono de hortelanos. // Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina son los bustos / parlantes, las intensas, la colina, / pueblo mío que estás buscando gustos. / Las chochonas de chapa y de pintura / que ven en la canción una itv, / los perritos pilotos, la cultura / de preguntar a qué sabe una nube. / Los ausentes palmeros melancólicos, / los del registro del Hammond serrano, / los de la triste, triste, triste vida. / Vade retro los vates hiperbólicos, / el embutido rancio, aquel verano / en que volví a tu bar y ya eras Aída. // Lo malo de Sabina no es Sabina. / Lo malo de Sabina son los años / que se han echado encima de este modo / tan cabrón, tan simpar, tan por cansarme, / para ponerme gris, para robarme / el mes de abril. Y así, codo con codo / de la mano del tiempo y de la parca / conducirme siguiendo al fiel Caronte / allende Lavapiés, allende el monte / de Venus. Ay, quién maneja mi barca. / Los años, sí, las veces que he entonado / las coplas y los bastos, las espadas / también y hasta los oros. Purpurina / para tapar arrugas, que ha dejado / mi perfil para orla o para foto / de empleado del mes en un McDonald’s®. // Lo malo no es Sabina, ya se sabe. / Lo malo es querer encomendarse / al «bálsamo falaz de la memoria», / que decía el maestro Ángel González, / echarle salfumán a las heridas, / hacerle una vez más a contratiempo / la señal de la cruz al sonsonete. // Esta noche Sabina, compañeros. / Esta noche, al concierto, como siempre. / ¿Para salvar el mundo?, ¿para pasar el rato? / Por si no lo sabían, yo por Sabina, ¡mato! // ¢

de Lope «Desmayarse, atreverse, estar furioso», confirma de manera casi etimológica la evidente médula amorosa del cancionero de Víctor Manuel. «Creer que un cielo en un infierno cabe»: encajar el idealismo amoroso, ese don de la ebriedad tan clásico de nuestras letras, entre las alambradas de los titulares de prensa: «Vienen del Sur», «Sin memoria», «Cruzar los brazos», «España, camisa blanca…»

En una estupenda entrevista para Jot Down que Eduardo Galán hizo al músico de Mieres, éste afirmaba que «lo mejor que le puede pasar a una canción es que pase a formar parte del folclore». Y lo afirmaba porque Galán le recordaba que canciones como «Paxarinos» o «La romería» ya son parte de las fiestas de prau. Afirmación que, a día de hoy, podría extenderse a la mayoría de los temas de Víctor Manuel. Sólo basta con acudir a cualquiera de las «fiestas de prau» que son sus multitudinarios conciertos para comprobarlo. Desear que la suerte de una canción dependa del folclore popular es tanto como preguntarse aquello que ya deslicé: ¿de dónde son los cantantes? Porque a partir de un momento dado, a nadie le importa si los cantantes van o vienen. A partir de un momento dado, lo importante es que los cantantes estén y que las canciones tengan al menos tanta vida como nosotros y a ser posible, más. Tal es así que un autor como el dramaturgo y poeta Bertolt Brecht adelanta en unos versos de su Malos tiempos para la lírica muchas de las ocurrencias aquí dichas y defendidas: «En mí luchan / el entusiasmo por el manzano en flor / y el espanto ante los discursos del pintor de brocha gorda. / Pero sólo lo segundo / me impulsa a escribir». Sabemos que Víctor Manuel no ha dudado en dar réplica al espanto de los discursos de brocha gorda. También sabemos que nunca ha evitado el entusiasmo por el manzano en flor. Recuerden lo de Lope: «creer que un cielo en un infierno cabe.» ¢

Samuel Salcedo › Crash 5, 2014, resina de poliéster y grafito, 140 µ 140 µ 70 cm › Rostros, cuerpos, mundos: cinco figuraciones contemporáneas › Aurora Vigil-Escalera Galería de Arte (Gijón)


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TEATRO

Número 68 / Mayo del 2015

Un don Juan con mucho cómic

Entra en escena el papel más arriesgado de Blanca Portillo Roberto Corte Uno va al teatro a ver el don Juan de Zorrilla como quien va a la ópera, con otros muchos donjuanes bailando en la cabeza y a ver qué pasa (si se sortea bien este o aquel pasaje, si son convincentes los espectros, si doña Inés aparenta los dieciséis abriles, si la adaptación traiciona o no lo suficiente). Quisiera uno ir virgen como la primera vez, pero… hay una edad en la que todos los esfuerzos son insuficientes para imponerse a los fatídicos prejuicios. Don Juan Tenorio es una pieza difícil de afrontar. De ordinario, o se cae en la archimanida estampación lopesca con retórica de ruiseñor para regurgitar el verso —es el romanticismo de guardarropía que caracteriza el mito popular— o se despacha libérrimo en una radiografía atrincherada en claves simbólicas y vanguardistas con lecturas muy especulativas —el mito culturalista con sus múltiples perspectivas—. Y tal parece que no hay otras maneras o maña para el término medio. Algo que sería del todo cierto si no fuera porque hay montajes como el de Blanca Portillo para desmentirlo, que se esfuerzan en situar los temas y la estética en una realidad contemporánea. Y dicho sea esto al margen de lo cruzados y paradójicos que sean los resultados o de las pertinentes críticas y reproches que le queramos lanzar.

El montaje

El trabajo de Blanca Portillo posee el atractivo y el empaque de las producciones solventes, esa «monumentalidad» que es para el espectador garantía de calidad y rigor. Tiene la escenografía —también de su autoría— una verticalidad de fondo con mucha presencia, un espacio vacío con practicables y unos laterales fijos, fantasmagóricos, realizados con gasas gigantescas que caen del telar como si fueran los vendajes arrancados a una momia. Todo en tonos cenicientos muy oportunos para crear conjunto, al igual que la iluminación de Pedro Yagüe, tan precisa. Aunque el vestuario de Marco Hernández apunta ya signos transculturales de indeterminación, que será también la nota característica del montaje en otros asuntos. Porque hay pañuelo musulmán para las novicias, uniformes de inspiración bolchevique para la policía, lencería de puticlub para los momentos calientes —de pacotilla,

tes es firme, resuelto. Hay actores y actrices excelentes que seducen desde el principio. Como José Luis García-Pérez haciendo de don Juan —pese a que su voz es aguardentosa, demasiado rota—, Miguel Hermoso haciendo de Mejía, Beatriz Argüello, de Brígida, Ariana Martínez, de doña Inés, Rosa Manteiga, Tania Watson, etcétera; o incluso Eva Martín, que canta en los entreactos, embarazada, y que representa a La Mujer en un añadido simbólico de gran belleza y ternura, ad hoc, como una afirmación de género.

La piedra de la discordia que dividió a la crítica ya desde su estreno en Madrid fue Blanca Portillo. El trazado avieso y retorcido, provocador, que tiene su propuesta no ha pasado desapercibido. Es un desmarque que adquiere visos de un ajuste de cuentas personal con el mito. Como si se tratase de una venganza todo hay que decirlo, como esa Brígida nada celestinesca masturbando a don Juan— y cazadoras y tejanos para unos macarras que andan entre lo skin y lo hipster, con bates de béisbol y peleas muy efectistas, coreografiadas como si fueran muñecos de lucha libre mexicana. Hay, pues, un poco de todo en la estética de este divertido cómic zorrillesco que es como la viña del Señor. Pero si hay cierta variedad de formas en el plano «plástico» de exposición, mucho más acusados son los contrastes que conciernen a la interpretación. Porque se trata de una amplia gama de acentos irónicos y paródicos, en combinación con una exquisita y sentida naturalidad en la manera de decir el verso, que es el antípoda de los rancios y acartonados clichés que dicta la convención (que, paradójicamente, serían los tonos ideales para lograr la plenitud del tebeo). Intencionalidades que a veces se sueltan cruzadas en una misma tirada por el mismo personaje, con cierta ingenuidad, como si fuese un ejercicio de demostración en una escuela dramática. Y que es algo que yo cuestiono porque lo tengo ya muy visto, aunque sé que a muchos jóvenes y parte del respetable el cóctel de oposiciones binarias y composiciones geométricas les encanta. Por lo demás el espectáculo va con garra y a buen ritmo. El equipo de intérpre-

La versión es de Mayorga, pero no se nota. Quiero decir, que no hay nada que la identifique o la desmarque de otras. Recuerdo que Aguilar ya tenía ediciones para el común de los lectores donde aparecían con asterisco los versos que se suprimían en las representaciones. Es posible que una pequeña manipulación «dermoestética» realizada al texto, a pie de obra, tan atrevida como la propuesta de dirección, y en la misma línea —aunque imprecisa—, hubiera dado un resultado sugestivo.

La polémica

Pero la piedra de la discordia que dividió a la crítica ya desde su estreno en Madrid fue Blanca Portillo. El trazado avieso y retorcido, provocador, que tiene su propuesta no ha pasado desapercibido. Es un desmarque que adquiere visos de un ajuste de cuentas personal con el mito. Como si se tratase de una venganza. Y que a muchos nos ha recordado a Boadella y a su cachondo y controvertido Ensayando Don Juan, con Arturo Fernández de reclamo, donde había un personaje, Angie, que era una directora feminista-vanguardista-radical, dispuesta a pasarse el don Juan de Zorrilla por los ovarios, en un intento de explosionar de una vez por todas el tópico de arraigo sociológico que tiene la fábula como representación genuina del machismo. Y es cierto que algo de esa An-

gie tiene Blanca Portillo, porque cuesta explicarse el interés que pone en mostrarnos al burlador burlado, recordándonos lo ridículo de su actuación, en caricatura, en momentos que no vienen a cuento. Sobre todo cuando se sostienen también otras claves que los contradicen, al igual que ocurre cuando doña Inés, por ejemplo, en ese auto sacramental que es el final de la pieza y que aquí se presenta demasiado aséptico, escupe con odio el cadáver de don Juan tras haberlo perdonado y redimido por amor. En fin, bolillos de difícil encaje que aparecen y desaparecen como elementos jocosos, distanciadores, que hacen que las costuras del lienzo se resientan, aunque como el tapiz es de muchos mimbres, sin llegar a romperse. Don Juan es el burlador de la ley, de Dios y del amor. La irreverencia suma. Un mito que nos viene dado. Cuando se va en serio, no entenderlo en su complejidad es pescar el rábano por las orejas. Y es en este gráfico general de comprensión de elementos que entran en juego donde las líneas deformantes de Blanca Portillo se presentan más confusas y reduccionistas. Pero los mitos no son intocables, ya los griegos los desmitificaban con un teatro de acoso y derribo, muy expeditivo. Y en esto Blanca lleva razón. Aunque no es fácil, claro. Uno piensa que, en una ofensiva de emancipación total con armas de destrucción masiva, quizá lo que tendría que haber hecho es una huida hacia delante, es decir, ser más atrevida y destroyer aún con lo grotesco… para obtener resultados más acordes. Pero ¿quién sabe lo que hubiera ocurrido? Recuerdo haber leído hace mil años una crítica en la revista Lui sobre el don Juan del Grupo Caterva, en su gira por el Madrid de mediados los setenta. Como era una astracanada absurda y devastadora, lo ponían fatal. Y es que si se tensa la parodia hay un momento en que el don Juan deja de ser don Juan para ser otra cosa: un pretexto. Porque hay gente a la que no le gusta ni Zorrilla ni el Don Juan Tenorio. Y están en su derecho. Lo único que cabe reprocharles es: ¿entonces por qué lo haces? Pero basta de anécdotas improcedentes, que este no es el caso. El espectáculo coproducido por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, hay que verlo por su calidad contrastada, defendida también por miles de espectadores. Aún está de gira por España. ¢


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ALFREDO HERNÁNDEZ /STIRNER

Número 68 / Mayo del 2015

VARADOS EN LA INSATISFACCIÓN Diez relatos situados al sur del lago Constanza, lugar de origen del autor Peter Stamm A espaldas del lago Traducción de José Aníbal Campos Acantilado, 2014 160 pp., 16,00 ¤

Aitor Francos

Nacido en 1963 en Scherzingen, en el cantón suizo de Turgovia, a Peter Stamm se le ha etiquetado de maestro del minimalismo. Y es que, en efecto, no es para menos, pues su estilo transmite una impresión constante de serena humanidad y de franca y reflexiva sinceridad. Sus relatos crecen en el lector de un modo insidioso y desasosegante, y permanecen, una vez concluidos, resonando como círculos de piedras que caen en un lago. José Aníbal Campos, el traductor del volumen, se ha decidido no por la literalidad sino por la connotación, al representar Seerücken, título original del libro y lugar

geográfico, como A orillas del lago, para darle un doble sentido y referirse también a lo que hay oculto y detrás del lago, los argumentos menos esperables que subyacen a la belleza de ese paraje idílico. Stamm es un potente y experto creador de atmósferas; el periodismo y la psicología le proporcionaron la posibilidad de acopiar una cantidad relativamente grande de material. Y de educar la mirada. A pesar de que sus personajes habitan todos en las proximidades del lago (el de Constanza o Bodensee, en el punto geográfico en que confluyen Alemania, Austria y Suiza), en una región específica de un país, las situaciones son lugares comunes, los personajes experimentan las mismas dificultades y problemas que cualquiera de nosotros. La prosa es transparente, pero afilada como un cristal roto. Son historias que en una primera impresión pueden parecer anodinas, de ex-

VIDA DE UN ERMITAÑO Denis Johnson regresa con una novela corta Denis Johnson Sueños de trenes Madrid, Random House, 2015 144 pp, 14,90 ¤

José Ángel Barrueco

En la literatura contemporánea estadounidense hay una especie de tradición consistente en recrear los pasos de algún personaje ficticio que se fusiona con la naturaleza y acaba perdiéndose en ella, no sólo física sino también metafóricamente, alejándose de casi todo contacto con otros seres humanos y dedicándose a agotar su tiempo de vida en actividades que consisten en procurarse alimento, hogueras nocturnas, cobijo perpetuo y una vida que se va hundiendo entre el tedio y la supervivencia. Son relatos en los que sus autores parecen decirnos: «Esto es lo que hay: vivir día a día en una rutina que nos va devorando». Suelen ser personajes silenciosos, un poco hoscos, reacios a entablar lazos con la comunidad (tal vez porque la muerte exterminó

a sus familias o porque no son capaces de estrechar vínculos perdurables con nadie), y que terminan por diluirse en un entorno agreste, de bosques, montañas, silencio, bestias salvajes y ríos revueltos. Se me ocurren, como ejemplos y con las variaciones pertinentes, la novela Los Vagabundos del Dharma de Jack Kerouac, algunas de las narraciones de David Vann, el extraordinario Suttree de Cormac McCarthy (sin olvidarnos de otros libros suyos, como Hijo de Dios) y, en menor medida, La benévola de Laird Hunt. De los títulos citados arriba, sin embargo, creo que la novela breve de Denis Johnson tiene más puntos en común con la extensa novela de Cormac McCarthy. Y ahí, en la cantidad, reside una de las diferencias fundamentales: allá donde McCarthy se

trema sencillez y claridad de observación, pues el estilo es lacónico y de pulso ágil, en apariencia más directo que intelectual. El autor evita consecuentemente la verbosidad y las narraciones prolijas; apenas necesita unas líneas para trazar situaciones psicológicas penetrantes y dotar a sus personajes de una dimensión de asombrosa extrañeza. Así, Stamm retrata la soledad de las parejas y la incomunicación, y mide el malestar contemporáneo de una soledad condenada a la indiferencia de sentimientos y a la plácida levedad de una vida deprimente. Desde la apatía, desciende al núcleo de las relaciones humanas, desde la sutilidad de un lenguaje sin énfasis, pero en el que se exploran los límites de la moralidad y la frustración, y exige en el lector una profundidad emocional. Detrás de esa escritura medida y cristalina, en permanente tensión, depura su estilo circunspecto y ahonda en el pesimismo de individuos carentes de reacción que esperan ser perdonados en su apatía. Pero estos, lejos de resultar antipáticos, conforman ejemplos de soledad plácida y de criaturas indefensas.

extendía durante páginas y páginas (muy bellas, muy sólidas, aunque tediosas para el lector de a pie) en su historia sobre Cornelius Suttree, en cambio Johnson apuesta por una especie de minimalismo (si descontamos las páginas de cortesía y de los últimos títulos publicados por la editorial, Sueños de trenes ronda sólo las 130 páginas), de condensar toda una vida en nueve capítulos, eligiendo los momentos puntuales de una biografía, un poco al estilo de Richard Linklater, que poste-

De vez en cuando sucede así, que los autores norteamericanos hacen una pausa en sus frecuentes novelas voluminosas y optan por ofrecernos estupendas novelas breves riormente nos ha contado la crónica de un muchacho en su espléndida Boyhood. La historia sigue los pasos de Robert Grainier a principios del siglo xx. Sus desplazamientos de un

Los diálogos y los sucesos nos descubren una dinámica moral; no moral porque es juzgada desde una apariencia de opacidad e incomprensión, sino porque hay algo que subyace soterrado y en proceso de franco hundimiento en cada uno de los episodios que se evocan en A orillas del lago. El universo de Stamm es el de escribir en el escenario del deshielo, pues deja en-

Stamm retrata la soledad de las parejas y la incomunicación, y mide el malestar contemporáneo de una soledad condenada a la indiferencia de sentimientos y a la plácida levedad de una vida deprimente trever en cada frase una acuosidad latente, tras la cual la historia se precipita muy lentamente sobre los propios personajes, como una lluvia fija, pero menuda y poética. A la parquedad y contención verbal, les sigue el laconismo emocional y el uso generalizado de la elipsis; estos elementos favorecen la existencia de una tensión entre lo que se dice en la narración y lo que piensan los personajes, [•]

lugar a otro, en pos de trabajo: en los bosques, en la línea ferroviaria, donde está a punto (al inicio del libro) de asesinar a un empleado chino al que sus compañeros acusaban de haber robado en el almacén de la compañía… El hombre chino se salva por los pelos de sus captores, pero aquello marcará en cierta manera la visión de la vida de Grainier porque cree que el tipo los ha maldecido en su lengua. Y lo cierto es que, a partir de entonces, y aunque Grainier parece haberse establecido con una mujer y una hija, en su entorno no dejará de encontrarse con la Muerte. Es especialmente llamativa la visión que, en la novela, presenta el autor de la Muerte. Muchos de los hombres fenecen por una tontería: un golpe que les conduce a la fiebre y a morir rápido, o alguna clase de enfermedad que los fulmina, o caen sin explicaciones, como en el caso de Hank, un personaje que apenas ocupa media página:

Pero solamente llevaban dos sacos cargados cuando Hank dejó caer al suelo de tierra del cobertizo el tercero que llevaba a hombros y dijo: «Menudo mareo que tengo hoy». Se sentó en el montón de sacos, se quitó el sombrero, se desplomó de lado y se murió. [•]


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PETER STAMM / DENIS JOHNSON

personales de su esposa, que posible- esencia del bosque cuando se pierde mente ya no los necesite, pues ha sido y difumina en él; notar una plenitud internada en un hospital y es inmi- vital, un sentimiento de consciencia nente su muerte. Es probablemente total. Vivir en el entorno natural del el mejor reflejo de nuestra impotencia bosque es lo que hace posible que Anja experimente una vitalidad que le defrente a los acontecimientos. Entre los cuentos, por emotivo, niegan, primero, sus padres y, más tardestaca «En el bosque», protagoniza- de, la residencia en un anónimo edifido por una joven de pasado trágico, con cio de viviendas recién construido con padres irresponsables y alcohólicos, un marido infiel y dos hijos. Stamm Anja, que ha estado tres años sobre- convierte el bosque en el refugio real viviendo en un bosque, hasta que es y simbólico de una adolescente arrodelatada (y alcanzada) por un cazador. jada y menospreciada por la sociedad Anja vivía en ese bosque cercano sin y la familia. Es la realidad fría y desdejar de asistir a clase. Parte todo de una cita La escritura de Stamm no nos agobia con de Henry D. Thoreau: adjetivos ni descripciones inútiles; la trama limpia «Si ha vivido de forma verdadera, solo pue- le vale para profundizar y abrir ramificaciones de haberlo hecho en de sucesos. Uno, como lector, no sabe en ningún territorios lejanos». momento frente a qué está; pero se puede Con el tiempo, una imagen asedia los percibir la vida que hay debajo del silencio de pensamientos de la todos y cada uno de los pasajes literarios chica: el cazador que tiene el poder de matarla, ya que esta carnada la que acecha siempre a los idea es para ella no un motivo de mie- personajes. La incapacidad de estos do sino una fuente de consuelo. Años para afirmarse y cobrar una identidad después, rehecha su vida, escucha estable, para decir lo que son y mantecada vez con mayor insistencia la lla- nerse íntegros en su realidad. Al lector mada del bosque, como una señal que le queda la libertad de imaginar los escrece en ella de un modo impredeci- cenarios y completar los sentimientos ble. Pero Anja no había huido de nada de las figuras humanas y las mutuas al bosque, más bien había ido en busca relaciones y acciones. Nos acerca así de algo. Y es eso lo que quiere recupe- a unos seres que luchan por recobrar rar; ya que solo le es posible abarcar la el control de sus vidas y desterrar la soledad, el miedo y el sentimiento de fracaso o de pérdida. Protagonistas emocionalmente incompletos, buscan en sus semejantes una felicidad [denis johnson •] Grainier termina (que a mí me gusta bastante, pero ideal que no encuentran en sí mismos. por convertirse en un ermitaño, un que suele considerarse un título Vidas tecnificadas e intrascendentes, tipo sin apenas posesiones, que sue- menor dentro de su bibliografía), abocadas al desencuentro, y sobrediña a menudo con trenes en marcha opta aquí por una prosa despojada mensionadas, esos hombres y mujeres y afronta, como un superviviente, de ornamentos, en una narración destruyen sus anhelos y los colman de una época plagada de cambios, con el tan pulida que nada se le puede reinsustancialidad. eco de la Primera Guerra Mundial al prochar, salvo (quizá) que sus per«Al principio lo que aparece a mefondo, con encuentros con extraños sonajes sean más próximos a la frialnudo es un personaje, otras veces es personajes y con espíritus, con circos dad que, por ejemplo, al entusiasmo un lugar o una pregunta que yo mismo de criaturas y con seres locos capaces de Dave Eggers. me hago; lo menos frecuente es que De vez en cuando sucede así, de sostener que su propio perro les se trate de una vivencia personal. La que los autores norteamericanos ha disparado con una escopeta. dificultad reside en identificar esa hisDenis Johnson, tras libros muy hacen una pausa en sus frecuentes toria, el detalle que le diga algo a uno, venerados como Hijo de Jesús, El novelas voluminosas y optan por con el que se pueda hacer algo desde nombre del mundo, Ángeles derro- ofrecernos estupendas novelas un punto de vista literario. Cuando tados y Árbol de Humo y, en menor breves. La traducción, por cierto, es tomo una decisión, empiezo a escribir medida, su noir Que nadie se mueva de Javier Calvo. ¢ y voy viendo lo que pasa. La mitad de esos comienzos no llevan a nada. Pero eso es algo que uno no sabe por anticiUn fragmento: pado. Es preciso echar a andar, ponerse en camino, y a veces uno se da cuenEn la última parte de su larga vida, Grainier ya confundía la cronología ta, al final de la carretera, de que se ha del pasado y estaba seguro de que el día en que había visto al Hombre metido en un callejón sin salida.» Más Gordo del Mundo –aquella misma noche– era el mismo día en que Nada es una coincidencia en los se había detenido en la calle Cuatro de Troy, Montana, a cuarenta y un relatos de Peter Stamm; el encadekilómetros al este del puente, y se había quedado mirando un vagón de tren namiento de sucesos ha sido confecque llevaba a aquel joven y extraño artista llamado Elvis Presley. El vagón cionado como una máquina bien arprivado de Presley se había parado por alguna razón, tal vez para hacer ticulada, como una instantánea de un reparaciones, en aquel pueblito diminuto que ni siquiera tenía estación momento, que retrata pero no juzga ni propia. El famoso joven había aparecido brevemente en una de las ventanillas ofrece soluciones claras, no habrá, por y había levantado la mano a modo de saludo, pero Grainier había salido de tanto, certezas ni convicciones en lo la barbería de la otra acera demasiado tarde para verlo. Se lo habían tenido narrado. Un ejemplo, al comienzo del que contar los lugareños que había allí plantados, en pleno anochecer, relato «Sweet Dreams», se lee: «Era codesplegados a lo largo de la calle entre el retumbar grave del motor de diesel mo si el sol hubiera quedado atrapado en ralentí, hablando muy bajito o bien sin hablar, contemplando el misterio y en las imágenes, el sol de la infancia, la grandeza de un muchacho tan elevado y solitario.

[peter stamm •] en un ejemplo de neutralidad inquietante. Esto se ve ya desde el primer relato, «Los veraneantes», donde un escritor se dirige a un hotel apartado de las montañas, en el que espera poder trabajar con cierta comodidad en un artículo acerca de Máximo Gorki. Para ello ha dispuesto de un espacio de una semana; sin embargo, al llegar, una auténtica empleada del hotel (o un fantasma), única habitante del lugar, decadente y remoto, donde no hay nada, ni electricidad ni comida, le incomoda y obsesiona. El inquilino y ella establecen una relación llena de desencuentros misteriosos. La escritura de Stamm no nos agobia con adjetivos ni descripciones inútiles; la trama limpia le vale para profundizar y abrir ramificaciones de sucesos. Uno, como lector, no sabe en ningún momento frente a qué está; pero se puede percibir la vida que hay debajo del silencio de todos y cada uno de los pasajes literarios. Cada una de las diez historias de A orillas del lago tiene independencia y vida propias. Los temas literarios más universales perfeccionan la reflexión narrativa en torno al pesimismo de individuos carentes de ambición y fuerza, sin independencia posible ni salvación o impulso en el transcurrir de los acontecimientos cotidianos. En «La maleta», un hombre arrastra consigo en un viaje a ninguna parte los enseres

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luminoso e implacable». Mediante sutiles recursos estilísticos y breves diálogos y descripciones, logra intuir una comprensión de la existencia, acerca de distintos dilemas reconocibles universalmente en torno a la vida y las relaciones humanas. Demuestra ser un maestro en dilucidar el fracaso vital, aunque sus personajes ocasionalmente disfruten de algún breve momento de iluminación o de conexión momentánea con otros seres humanos. Así pues, los relatos de Stamm se dedican a capturar momentos y pensamientos fugaces de unas vidas que se hallan en un estado permanente de fluctuación e incertidumbre. La narración se queda en el ambiente, inacabada; sus prosas son acotaciones sobre las vivencias humanas, por eso recuerda tanto a Dostoyevski en su profundidad psicológica, a Chéjov y Carver. Stamm hace en sus relatos una exploración del paisaje del hombre y mide desde ese panorama el pulso de una sociedad que se debate entre el malestar vital y el intento de entender los misterios de la identidad. No es imprudente traer aquí lo que Stamm esgrimiera en una entrevista:

Lo mágico también ocupa un lugar en mi imagen del mundo, pero busco ese elemento mágico en lo cotidiano, en lo habitual. […] Con frecuencia se sobrevalora la importancia de la fantasía o de la imaginación para la escritura. Cualquier niño tiene imaginación. El arte consiste en controlar la propia imaginación».

Uno, desde el título, se imagina las praderas inmensas, montañas de una suavidad impecable moteadas de rastros de nieve, y casas de madera; poco de eso hay. El lector se encuentra, a decir verdad, ante una atmósfera de una nitidez abrumadora, de encierro y rendición. Es el caso de «Luna de hielo», la historia del portero de una fábrica que rescata su antigua vocación incumplida, emprende con coraje sus aspiraciones y cuando fracasa se convierte en un extraño y emocionante eremita en el interior de la frágil caseta de una portería. O el de «El último romántico», donde una profesora de piano pierde a su mejor alumno y fracasa como concertista. Varados en la insatisfacción, la duda y la complejidad de las relaciones interpersonales, en vidas en apariencia insignificantes, pero llenas de tensiones, de fracasos, de alegrías ínfimas, los personajes de este libro controlan a su manera el tiempo de cada historia como medidores físicos, en un pulso, profundo y conmovedor. Perdidos bajo el peso del desencanto y la frustración, en su incapacidad para darse una respuesta convincente, acaban perdiéndolo todo, arrastrados por el oleaje de un lago que solo parece sereno en su superficie, pero que es hondo y desesperanzador. ¢


EXPEDIENTE KADARÉ

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LENGUAS VIVAS Y MUERTAS Kadaré elabora un nuevo puzle de Albania con piezas antiguas Ismaíl Kadaré La provocación y otros relatos Trad. de María Roces González y Ramón Sánchez Lizarralde Alianza Editorial, 2014 208pp., 16 ¤

Moisés Mori

La literatura de Ismaíl Kadaré (Gjirokastra, 1936) ha partido siempre de la realidad histórica de su país y buena parte de sus novelas pueden ser consideradas como una suerte de episodios nacionales, pues el escritor ha analizado (y dado a conocer) las etapas más significativas de la historia de Albania: desde la Arbería medieval (El puente de los tres arcos) y los cuatro siglos posteriores de dominación turca (El nicho de la vergüenza) hasta el nacimiento del Estado moderno tras la Primera Guerra Mundial (El año negro), la tiranía estalinista de Enver Hoxha (El gran invierno) y las tensiones y transformaciones habidas tras la caída del muro de Berlín (Frías flores de marzo). Albania es hoy un país que trata de restablecerse, que aguarda a las puertas de la Unión Europea, y Kadaré -entre París y Tirana- sigue siendo un cronista excepcional, su figura intelectual más relevante. Ahora bien, sus obras narrativas no pueden asimilarse de ningún modo a los patrones adocenados de la novela histórica, a la mera recreación, más o menos documentada, de hechos concretos. La literatura del escritor albanés desborda ampliamente esos limitados presupuestos, persigue propósitos de mayor calado y, sobre todo, su escritura (imaginación, estilo) supera los cauces comunes, dialoga con los grandes clásicos, con la mejor literatura contemporánea. En La provocación reúne ahora Kadaré once textos muy diversos: cuentos y novelas cortas. Una muy pertinente «Nota de la traductora», María Roces, nos indica sus fechas de composición, la distinta procedencia de cada uno de ellos. Y resulta en verdad curioso el mosaico textual que el escritor ha formado finalmente en este volumen; no solo por desdeñar en él cualquier orden cronológico o agrupamiento temático, sino por recoger junto a los relatos más recientes (los de un escritor consagrado), textos muy anteriores, incluso un cuento firmado en 1953, es decir, a sus diecisiete

años. Por otra parte, Kadaré incluye asimismo en este conjunto algunas novelas cortas que ya habían formado parte de otros libros suyos (de, por ejemplo, El concierto o Réquiem por Linda B.), de modo que el mosaico de La provocación está compuesto tanto por textos juveniles como del siglo xxi, por fragmentos ya conocidos como por inéditos, y todo ello ordenado seguramente con algún propósito, sobre algún eje estructural, si bien el lector no acaba de reconocer un criterio claro en la selección y disposición de esos materiales.

(«La lectura de Hamlet»); aquí están, por tanto, los terribles días de Hoxha (horresco referens), las difíciles relaciones (enfrentamientos, alianzas) establecidas entonces con otros países, fueran vecinos traidores («La provocación») o grandes potencias («La muerte de una mujer rusa»), tampoco falta, en fin, el siglo xxi, esa tarde en que un escritor albanés exiliado en Francia, mientras toma café en casa de otros amigos refugiados, considera con ellos las salidas futuras para su país, su posible destino como miembro de la Unión Europea («Conversación sobre brillantes en una tarde de diciembre»). Hasta cuando nos remontamos a los mitos clásicos, al teatro inmortal o a las leyendas tradicionales, se oye siempre un murmullo albanés que conduce el relato a una realidad histórica concreta, y así en «El expediente de Orfeo» se ofrece un

Ismaíl Kadaré

Pese a la ausencia de un orden cronológico, la historia de Albania se impone en el libro, significa algo más que el decorado común de estos once textos Por lo demás, tampoco puede descartarse que la elaboración de este volumen responda en principio a necesidades editoriales, a la conveniencia de aparecer periódicamente en las librerías (y en los medios) con un nuevo título. No obstante, la figura estética que finalmente ofrece La provocación se sostiene por sí misma, se carga con su propia energía: es una imagen nueva, muy sugestiva. Pese a la ausencia de un orden cronológico, la historia de Albania se impone en el libro, significa algo más que el decorado común de estos once textos: aquí están una vez más la aguerrida Arbería y la posterior invasión otomana, esa islamo nox -ha escrito Kadaré- que cubrirá a Albania durante siglos («El informe secreto»), o los ecos de la Segunda Guerra Mundial, cuando el niño de Gjirokastra descubría la vida y la literatura (fantasmas de Shakespeare) al tiempo que iba cobrando cuerpo el régimen comunista

retrato del artista bajo la dictadura, y las manos de Macbeth y lady Macbeth («El último invierno del asesino») están manchadas con sangre conocida, con otros cadáveres políticos (vae victis!); es suficiente, en fin, una fecha repetida («14 de enero»: muerte de Skanderbeg, el héroe que en el siglo xv hizo frente al imperio turco) para que en la leyenda popular, en esa extraña boda entre una bella joven y un reptil («Las nupcias de la serpiente») observemos asimismo las líneas de una parábola. Ismaíl Kadaré insiste en estos motivos, en la identidad histórica y cultural de su país, rescata así a Albania de su posición marginal en el mapa de Europa, da vitalidad a una lengua quizá olvidada por muchos. La interminable noche islámica aparece como la causa primera de este secular desplazamiento (religión, absolutismo, lengua extraña) y, ya en la etapa contemporánea, la dictadura de Enver Hoxha —en la que se ha formado el niño de los

elcuaderno 31 fantasmas y bajo la que ha publicado, en fin, el escritor la parte sustancial de su obra— viene a ser la causa inmediata de la situación actual, del estancamiento y el olvido. En realidad, ambas etapas, la del sometimiento medieval y la tiranía moderna, presentan similares e inhumanas características: crueldad, terror, cautiverio, y con frecuencia se cruzan intencionadamente: una remite a la otra, suponen una misma muerte para la tierra y la lengua albanesas. Pero el discurso de La provocación señala asimismo la dirección europea, apunta a ese deseado ámbito político y cultural, esto es, al verdadero origen, al lugar natural que se le ha hurtado a la nación. Estos recorridos históricos o el armazón ideológico que los sustenta no harían por sí mismos, sin embargo, que la obra del novelista albanés representara para nosotros algo más que un documento, una valiosa fuente de información. Pero con esos componentes Kadaré ha creado un universo imaginario, complejo y brillante, muy personal; y, en realidad, es solo a partir de esa elaborada ficción, de su entraña literaria o poética, como podemos acercarnos a las coordenadas históricas que en esa misma escritura se trazan. Y así, entre las páginas de La provocación, reencontramos no tanto los acostumbrados motivos históricos como el pulso vivo de esa lengua, su potencia literaria. De modo, por ejemplo, que en «Conversación sobre brillantes en una tarde de diciembre» (2008), quizá el texto más significativo del libro, la meditación sobre el futuro político de Albania, esa amistosa sobremesa de exiliados en algún lugar de Francia, discurre principalmente sobre la rememoración de hechos concretos del pasado (la monarquía, los prisioneros políticos de la dictadura, etc.), pero adquiere su verdadero alcance entre los pensamientos del narrador, quien nos lleva de las prisiones comunistas a Anna Karénina, de la embajada albanesa en Angola a los violines Guarnerius, de los agentes de la Sigurimi (policía política) al horresco referens («¿Sabe latín?»), del Pacto de Varsovia a esa mujer que ahora mismo toma café a su lado, al empeño que ella debió hacer en Tirana de su más valiosa joya, «la parte más preciada y secreta de su intimidad». Y estos plurales elementos insertados en el relato, enredados delicadamente en el hilo la conversación (sean violines, un anillo de brillantes, un país africano o voces latinas), por más que puedan ser simbólicos («Para resucitar un violín que hubiera estado un siglo en silencio se necesitaban como mínimo cuarenta años») no constituyen una carga, un peso narrativo; al contrario, abren vías, enriquecen la significación: «Era el paradójico pensamiento de cómo una lengua muerta como el latín podía erotizar a una mujer». ¢


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elcuaderno

exposición

Número 68 / Mayo del 2015

ANTÓN PATIÑO el hombre en el laberinto Juan Carlos Gea

«El hecho de que no sepamos descubrir un orden no quiere decir que no exista». En ese tono de concentración y claridad aforística que tan bien maneja, Antón Patiño (Monforte, 1957) comenta la constelación de manchas, líneas, signos, símbolos, texturas y color que se despliega en uno de los cuadros que componen Laberintos líquidos, la individual que expone en Gema Llamazares. Y podría añadir perfectamente: «Y no quiere decir que el orden no pueda instaurarse mediante el ejercicio de la pintura». Todo lo que pinta Patiño podría acogerse a este principio. Su obra entera consiste en una proliferación incesante de entidades pictóricas que brotan y colonizan un espacio disponible que es, a su vez, pintura, y que se halla comprendido, en términos físicos, en el recinto del cuadro, pero también entre dos dimensiones-límite: el cuerpo del pintor y la pura materia pictórica. Patiño acota ese universo apelando a lo que considera su «linaje», los dos manes tutelares de su generación: Pollock y su estallido creativo puro como proyección del cuerpo en la pintura, y Rothko, quien consuma la disolución de todo rastro de subjetividad un absoluto pictórico, una estado terminal en cuyo ruido de fondo se resuelven de todos los procesos susceptibles de acontecer en un cuadro. En el vasto intersticio de esos dos límites queda lo que, con afortunado neologismo, Patiño ha bautizado como caosmos, una amalgama palpitante en perpetua autogeneración que es a la vez caos y cosmos, que participa de la fulguración e instantaneidad del acontecimiento y de la duración y la fijeza de la inscripción; que es estado inestable y captura de lo que fluye mediante una escritura plástica con su morfología y sintaxis, su (muy reconocible) léxico, su estilo y su poética. Pero no necesariamente con un sentido.

• Secuencia de ciclistas, 2014, pintura sobre tela, 52 µ 60 cm • Volúmenes en laberinto, 2014, pintura sobre tela, 40 µ 40 cm

La pintura es «un hábitat» —dice Patiño— en el que pintar con todo tu cuerpo. Y con toda la memoria; la individual, la del lugar, la del tiempo al que se pertenece, la memoria profunda de la especie, depósito abisal de símbolos y de relaciones La imagen del laberinto líquido que gravita sobre estas pinturas y papeles recientes emblematiza esa ambigüedad. Un laberinto, por confuso que llegue a ser, es siempre una arquitectura estable, y el estado líquido no acepta, al final, ningún orden concluyente. Salvo, claro está, que se lo congele. Y no es el caso. Patiño no busca entrar

o salir sino instalarse en la confusión, ensayar sus formas, como el personaje de la novela de Silverberg, vivir en el laberinto. A través de su ontología de cruces, «signos telúricos» y residuales, retículas y mallas de líneas, de sus temblorosos dados e ideogramas, embalsamientos de barniz, líneas y manchas, aspira en cada cuadro a

«mantener la tensión de lo que nace, de lo germinal» y favorecer «la proliferación, el brote»; pero también a «capturar» lo que arrastra el flujo de las cosas «en la tela de araña de la pintura», que es análoga a las «mallas neuronales» de la mente, y cuyo mejor emblema son esas redes de líneas entrecruzadas que lanza una y otra vez sobre el magma semilíquido de la materia pictórica. En términos casi autobiográficos, la pintura es a su vez el lugar y el testimonio vivo de ese empeño, «un hábitat» —dice Patiño— en el que pintar con todo tu cuerpo. Y con toda la memoria; la individual, la del lugar, la del tiempo al que se pertenece, la memoria profunda de la especie, depósito abisal de símbolos y de relaciones. Ahí es donde bucea y echa una y otra vez las redes el pintor gallego. O, cambiando a otras analogías de su gusto, la playa en bajamar donde rescata pecios, el humus que se trabaja con artes que son a la vez las del agricultor y las del arqueólogo en sementera o en busca de formas plásticas siempre a punto de disolver sus contornos y convertirse en otra cosa. Se trata, en fin, nada más que de «hacer poesía con todo eso, de hacer poesía con muy poca cosa». Podría haberlo dicho así de sí mismo uno de los referentes de siempre del pintor gallego, Samuel Beckett, una de cuyas Letanías parece escrita para describir toda la pintura de Antón Patiño: «flujo causa de que/ cada cosa/ sin dejar de ser/ cada cosa/ por consiguiente aquella/ incluso aquella/ que sigue siendo/ no lo es». ¢ Antón Patiño Laberintos líquidos Galería Gema Llamazares (Gijón) Hasta el 30 de mayo

El Cuaderno 68  

Portada… Samuel Salcedo: Self-Knowledge, pieza única, resina de poliuretano y espejo, 77 x 20 x 20 cm, 2015 • Dossier: Corrupción de culto /...

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