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revista el camaleón es una publicación 100% independiente, anárquica y sin fines de lucro.

Director: Fernando Vérkell Diseño: Bibo No Aozora Ilustración de cubierta: Toshio Saeki ISBN: 9780463478523 Guatemala, CA. Todos los derechos reservados.


Kalton Harold Bruhl EL ÚLTIMO CONCURSO


El último concurso │ Kalton Harold Bruhl

El

programa favorito de mi padre era el concurso de conocimientos que transmitían los sábados por

la noche en la XKY. Llevaba tanto tiempo escuchándolo que casi siempre acertaba en las respuestas. Cuando surgía alguna pregunta que no lograba contestar, la anotaba rápidamente en una libreta y en cuanto el programa finalizaba, se dirigía al librero donde guardaba sus enciclopedias. No importaba cuánto tiempo le tomara, no descansaba hasta encontrar la respuesta. Muchas veces le animé a participar, pero invariablemente respondía que necesitaba prepararse un poco más.

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El último concurso │ Kalton Harold Bruhl

«Todavía no —me decía, revisando sus apuntes—. Hay algunas materias que no domino por completo». Elaboró un esquema de estudios, basándose en la continuidad con los

temas.

Todavía

que

me

se

parece

repetían verlo,

sentado frente a un grueso volumen de historia y luchando por no quedarse dormido. «Estoy listo», me dijo sonriente una mañana. Señaló sus libros y me pidió que realizáramos un ensayo. Me tomé mi tiempo para encontrar las preguntas más difíciles, las que estaba seguro no podría responder. Después de unos minutos tuve que darme por vencido. Parecía imposible que cometiera un tan solo error.

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El último concurso │ Kalton Harold Bruhl

Tomó el teléfono y marcó el número de la emisora. Yo estaba a su lado expectante, sin poder reprimir una incipiente sonrisa de orgullo. «Lo entiendo —dijo mi padre con un hilo de voz—. Muchas gracias por atender la llamada». Recuerdo la desolación que ensombreció la mirada de mi padre cuando colgó el teléfono. Dio un largo suspiro antes de decirme que la emisora cerraría sus transmisiones. Me quedé callado, sin poder encontrar las palabras adecuadas para ese momento. Lo miré a los ojos, con la esperanza que pudiera encontrar en los míos

la frase de aliento que necesi-

taba escuchar.

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El último concurso │ Kalton Harold Bruhl

A partir de ese día intentó llenar el vacío viendo la televisión o leyendo algún libro; sin embargo, cada día resultaba más evidente que nunca podría encontrar un sustituto. Muy pronto volvió a sentarse en su sillón, mientras encendía su vieja radio y movía el dial para ajustarlo en la frecuencia precisa. Permanecía así, atento y callado, las dos horas que solía durar su programa, sin que pareciera importarle que lo único que surgiera del parlante fuera estática. Yo me quedaba en el umbral de la puerta, sin atreverme a entrar, pensando que mi presencia podría avergonzarlo. No quería que al verme se sintiera incómodo y cambiara de estación, mientras se esforzaba por encontrar cualquier

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El último concurso │ Kalton Harold Bruhl

excusa. Además, me decía a mí mismo, ese momento era suyo y de nadie más. Mi padre murió pocos años después. El infarto lo sorprendió durante la madrugada. No escuché ni un ruido. Se marchó en silencio, sin darme la oportunidad de una despedida. Su funeral fue un sábado por la tarde. El cielo estaba gris o quizás, simplemente, así sea como quiero recordarlo. Cerré los ojos y, mientras el ataúd descendía, volví

a

verlo sonriente y atento,

aguardando la siguiente pregunta del locutor. Esa noche, cuando regresé a casa, no pude resistir el impulso de sentarme en su sillón y encender la radio. Hice un gesto de sorpresa, ya que, en lugar de escuchar el monótono zumbido

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El último concurso │ Kalton Harold Bruhl

de la estática, la sala se llenó con las notas de una melodía. Meneé la cabeza, pensando en la ironía de que la emisora hubiera encontrado la forma de volver al aire, precisamente ahora que mi padre había muerto. De pronto, extrañado, fruncí el ceño al reconocer la música. Era la introducción de aquel programa de concursos. El locutor agradeció la sintonía de todos los radioescuchas y el indispensable patrocinio

de varias

em-

presas. Luego, sin más preámbulos, dio por iniciada la siguiente ronda de preguntas. El corazón me dio un vuelco cuando, al anunciar al próximo participante, dio el nombre de mi padre.

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Felipe A. García ROQUE IMAGINARIO


Roque imaginario │ Felipe A. García

D

e pequeño tuve un amigo imaginario. Se llamaba Roque. No siempre fue imaginario. Antes de morirse

de neumonía para las vacaciones de fin de año, él era real. A Roque le gustaba nadar. Le gustaba tanto que, para su cumpleaños número ocho, su papá le organizó la fiesta en un club privado con piscina. Yo, quien siempre fui un chico enfermizo, no pude asistir a su fiesta por culpa de mi sinusitis crónica. Por eso y porque, por mala suerte, el día de su cumpleaños cayó una tormenta con la que Mamá temió que agravara mi salud. Intenté comunicarme con él para disculparme y decirle que le tenía un regalo, pero nunca atendió a mis llamadas. Ni siquiera me contestaban en su casa. Y como ya estábamos en

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Roque imaginario │ Felipe A. García

las vacaciones de fin de año, no pude ni entregárselo en el colegio. Me quedé con el presente en las manos. No tuve noticias de Roque hasta el año siguiente, al inicio del segundo grado, cuando Benjamín, otro amigo, me preguntó si me había dado cuenta de la muerte de Roque. No supe qué decir ni cómo reaccionar. Rodrigo, con quien hablaba minutos antes de enterarme, comenzó a burlarse de Benjamín y a llamarlo mentiroso. “Eso no es cierto”, exclamó con seguridad Rodrigo, “la muerte es esa cosa que sólo les pasa a los viejos”. En aquel momento decidí creerle. Sus palabras sobre la muerte me parecieron más lógicas. Pero cuando entramos al salón de clases, el director del colegio pidió un minuto de silencio por Roque. Mientras todos

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Roque imaginario │ Felipe A. García

estaban callados, sentí que los ojos se me humedecieron un poco, pero comencé a parpadear tantas veces como me fue posible para evitar a como dé lugar llorar. No podía llorar frente a todos. No quería que me llamaran marica por hacerlo. Cuando llegó la hora del recreo me fui a los arbustos que quedaban frente a la piscina del colegio. Aquel era el lugar donde acostumbraba jugar con Roque antes, cuando él estaba vivo. Jugábamos a que éramos agentes secretos. Imaginábamos que salvábamos el mundo. Él había elegido ese lugar porque le gustaba el olor de agua clorada. Nos reuníamos todos los recreos y en la salida, hasta que su papá llegaba a buscarlo para llevárselo a casa. El día que me di cuenta de la noticia no quise jugar. No sólo porque

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Roque imaginario │ Felipe A. García

estaba triste, sino también porque ya no tenía con quién hacerlo. Pasé muchos días escondido en nuestra base de operaciones sin hacer nada más que extrañar a Roque, hasta que un día me lo imaginé ahí conmigo. Me lo imaginé jugando a los agentes secretos. Y así, sin más, yo me le uní al juego. Retomamos nuestras aventuras para salvar al mundo, venciendo villanos con nuestras pistolas láser y viajando en el tiempo. Una tarde después de clases, mientras jugaba con Roque imaginario, vi a su papá sentado en la gradería del patio de recreo. “Ahí está tu papá”, le dije a Roque. Y le señalé a ese hombre que había llegado por su hijo para llevarlo a casa. Sin ponernos de acuerdo, el papá de Roque y yo decidimos imaginar que su hijo no estaba

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Roque imaginario │ Felipe A. García

muerto. Desde entonces, en los recreos y a la salida, yo corría a nuestra base de operaciones para jugar todo lo posible con Roque antes que su papá llegara por él. Cuando finalmente llegaba al colegio, se sentaba en una esquina del patio de recreo, siempre ocultando sus ojos llorosos detrás de unos lentes de sol, a esperar que Roque imaginario terminara de jugar conmigo. Entonces yo le decía: “creo que ya vienen por vos”. “Ahí está tu papá”, se lo señalaba. Y luego veía cómo Roque tomaba su mochila y se iba corriendo hacia donde su padre se encontraba. Así fue por muchos meses. Hasta que un día Rodrigo comenzó a burlarse de mí. Me llamó loco por estar jugando con un muerto. Enojado, le di un empujón a Rodrigo con el que conseguí

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Roque imaginario │ Felipe A. García

botarlo. Él se puso de pie y me devolvió el empujón. Empezamos a pelear. Una maestra, a lo lejos, nos vio y sopló su silbato para detenernos. “¿Qué está pasando acá? ¿Por qué están peleando?”, nos preguntó mientras nos sujetaba a ambos por un brazo. “¡Es que él me está molestando!”, me defendí. “¡Es que él está loco! ¡Está jugando con un muerto!”, me puso el dedo Rodrigo. “Eso no es cierto”, refuté. “Claro que sí. Dice que está jugando con Roque, el niño que se murió”. Me quedé callado porque no supe qué más decir. “¿Es eso cierto?”, me preguntó la maestra. “Sí”, respondí con la vista en el suelo. La maestra me pidió que la acompañara. Fue a buscar a mi profesora titular, la seño Vilma, y le contó todo. La seño Vilma escribió una nota y

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Roque imaginario │ Felipe A. García

me ordenó que se la entregara a mis papás. Ellos llegaron al día siguiente y se reunieron con ella. Ahí les contó de mi amigo imaginario. Les sugirió que me llevaran a hablar con una psicóloga. Recomendó la del colegio. Al salir de clases tuve que reunirme con ella para hablar de Roque. No quería hacerlo. Menos cuando sabía que él me estaba esperando en nuestra base de operaciones. La psicóloga trató de convencerme de que Roque no estaba ahí. Que él ya no estaba en ninguna parte de este mundo. Que él ya era un “angelito”. Pero yo no quería hacerle caso. Me cruzaba de brazos y miraba al suelo con los ojos húmedos, parpadeando a cada rato para reprimir el llanto. “Roque sí está aquí. Si no, ¿por qué su papá sigue viniendo por él?”, le pregunté a la

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Roque imaginario │ Felipe A. García

psicóloga. Ella se extrañó de mi comentario. Me rogó que se lo repitiera porque quería entenderlo. Cuando lo hice, me pidió que la llevara a donde estaba el papá de Roque. Salimos a buscarlo. Lo encontramos en el mismo lugar. Ella intentó hablar con él, no sé de qué. Sólo recuerdo ver al papá de Roque negar con la cabeza una y otra vez. Ella trató de calmarlo pero el hombre seguía alterado, descontrolado. “No”, le gritó antes de irse. Entonces ella regresó a mí y me explicó que muchas veces negamos las pérdidas. Y si estamos en negación no podemos avanzar. “¿Avanzar a dónde?”, le pregunté. Pero su respuesta no la entendí. No estoy muy seguro de cuánto tiempo seguí hablando con la psicóloga del colegio. Sólo recuerdo que entre más

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Roque imaginario │ Felipe A. García

hablaba con ella, más borroso era el recuerdo de Roque, mi amigo imaginario. Un día, finalmente, la psicóloga me dijo que ya no era necesario que la visitara en su oficina. Me lo dijo la misma mañana en que me vio jugando con mi nuevo amigo. Sin embargo, ella seguía preocupada por aquel hombre que todos los días llegaba al colegio para llevarse a su hijo a casa. En repetidas ocasiones vi que ella lo esperaba a la salida para hablar con él. Pero cuando él la veía desviaba su camino. Otras veces vi cómo ella lo sorprendía y cómo él se tapaba los oídos y se iba para no escucharla. Hasta que la psicóloga se cansó de tratar de ayudarlo. Dejó que aquel hombre siguiera llegando al colegio a buscar a su hijo imaginario. La última vez que vi al papá

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Roque imaginario │ Felipe A. García

de Roque fue el día de nuestra graduación. Fue en el gimnasio del colegio. Él estaba en la gradería, sentado al lado de los otros padres. Cuando el acto terminó, se quedó sentado donde estaba, fantaseando con Roque sujetando ese diploma que todos nosotros teníamos en mano. Quise acercarme y saludarlo, pero no me atreví a interferir en su imaginación. Desde ese día no he vuelto a verlo. No sé qué fue de él. A veces creo que todavía sigue llegando al colegio. Pero otras veces, me temo, creo que no pudo con aquella pena y se mató. Me lo imagino ahorcado, frente a su hijo imaginario.

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Sergio Inestrosa UN DISPARO


El último disparo │ Sergio Inestrosa

N

adie sabía dónde se había metido Serafín, aquel joven jovial que había sido parte de la palomilla desde

que llegó del DF. Solo sabíamos que de repente había desaparecido, sin decir esta boca es mía. Algunos incluso lo dábamos por muerto dada la violencia que reina en el país y por el silencio de la familia que respondían con evasivas cuando preguntábamos por él. “Por allí anda”, “Está tan ocupado con el trabajo, el pobre”. Cosas así nos decían y terminamos por dejarlos en paz y no preguntar más, quizá con el paso del tiempo sabríamos que le había pasado a Serafín o quizá no lo sabríamos nunca.

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El último disparo │ Sergio Inestrosa

Otros de la pacotilla pensaban que, como muchos, se había ido para el norte y no había querido decirle nada a nadie por si lo agarraban y lo mandaban de vuelta; los más mal pensados, del grupo, incluso creían que andaba metido en el narco. “Tal vez es uno de los zetas”, rumoraban por lo bajo, pues con esas cosas no se juega. Y esta opción no era del todo improbable porque él era el único del grupo que había estado, por año y medio, en el ejército. “El que anda con lobos a aullar aprende”, dijo un día Manuel con mala leche. Pero una tarde de mayo, un poco después del día de la madre, lo vimos venir hacia nosotros atravesando el parque. Lo reconocimos

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El último disparo │ Sergio Inestrosa

desde la mesa en que jugábamos una partida de dominó por su inconfundible caminado, dando brincos cortos. Por ello mismo lo apodábamos Serafín Brincón. Al acercársenos detuvimos la partida para saludarlo y expresarle nuestra alegría de volverlo a ver. “¿Qué pasó raza?”, dijo antes de terminar de llegar al portal donde jugábamos. “¿Qué pasó carnal?”, le dijimos en coro. “¿Dónde te habías metido?”, le preguntó mi hermano sin preámbulos. “Es una larga historia”, dijo y se calló. “Estamos apenas empezando la primera partida”, dije yo, “tenemos todo el tiempo del mundo”, añadí. Pero él no dijo nada.

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“Te hacíamos del otro lado”, dijo Juanjo. “No… no, para nada, qué otro lado ni que ocho cuartos, no ves que los gringos no nos quieren, nos consideran inferiores”, dijo y volvió a callar. “Eso es cierto”, dijo mi hermano, “hasta están levantando un muro impenetrable”, añadió. De todos, mi hermano era asiduo a las noticias de Televisa. “¿Entonces?”, dijimos en coro. “En realidad vengo de donde nunca he estado”, añadió. “¿Y dónde queda eso?”, dijo Manuel. En ese momento llegó el mesero con la segunda ronda de Victorias bien heladas, justo

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El último disparo │ Sergio Inestrosa

para mitigar un poco el calor que se hacía sentir desde esta época del año. “¿Te traigo una?”, le preguntó a Serafín. “No gracias. He dejado el trago”, respondió señalando el libro que traía en su mano derecha. “¡Coño! ¿Cómo está eso?”, repliqué yo. “Como lo oyen, ni trago ni mujeres ni juego ni nada que pervierta mi alma y ponga en riesgo mi nueva fe”, añadió. “¿Cuál fe? si a ti ni a misa te gustaba ir”, dijo mi hermano. “Eso era antes, pero ahora soy otro. Volví a nacer; hasta mi nombre es otro”. “Y ahora ¿cómo te llamas?, preguntó intrigado el mesero y no se movió de su lugar.

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El último disparo │ Sergio Inestrosa

“Yusuf Alsalami”. “¡Carajo!”, dijo el mesero. “¿Salami como el salami?”, dije yo con sorna. “¿Te has vuelto musulmán?”, dijo mi hermano. “Sí, me he convertido a la verdadera fe, ya se los dije”. “Entonces tú has andado por Siria entrenándote para algo grande”, dijo el mesero bajando la voz. “No”, replicó él un poco molesto. Y ante nuestro interrogador silencio añadió: “El Islam es la religión del amor; nada de terrorismo, ni de odiar a los demás, ni causar

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El último disparo │ Sergio Inestrosa

daño a la madre naturaleza; nada malo puede venir de la fuente absoluta del amor que es Dios. Todo eso que vemos en la tele es pura propaganda Yanki, ganas de tener a alguien a quien culpar de sus metidas de pata”, añadió. “Pero si aquí en Jalapa ni musulmanes hay”, dije yo. “Hay muchos libaneses entre nosotros, Salma, Slim y muchos otros, pero creo que todos son católicos”, añadí. “Los hay”, dijo él; “muchos todavía tienen miedo al rechazo y por ello han ocultado su fe; pero ahora es distinto…” dijo, pero no terminó la frase pues Juanjo lo interrumpió: “Pero si ni siquiera tienen donde reunirse para el servicio religioso”, dijo mi hermano.

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El último disparo │ Sergio Inestrosa

“Ya tenemos un lugar pequeño, no es una mezquita, pero los viernes nos reuniremos en el Centro Veracruzano de Cultura, ellos nos han rentado una de sus salas”. “¡Qué interesante!”, dijo el mesero con sinceridad. “Es cosa de tener paciencia”, dijo. “Alá es misericordioso y él nos proveerá recursos para construir un lugar apropiado cuando llegue el momento. Jalapa será el centro desde donde se expanda la fe”. “Hasta se me pone la piel de gallina de solo verte convertido en otro”, volvió a decir el mesero. “Bueno muchachos”, dijo a punto de irse. “Me da gusto volverlos a ver y si quieren conocer

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El último disparo │ Sergio Inestrosa

más, ya lo saben, todos están invitados el viernes en el Centro Cultural Veracruzano. El primer rezo es antes de que salga el sol. “Eso es muy temprano”, dijo mi hermano bromeando. “Hay que sacrificarse para lograr la salvación”, dijo Yusuf ya de camino. “Hasta luego, mi buen”, dijimos todos en coro, mientras lo veíamos perderse al doblar la esquina donde está el almacén del turco Saca y nos dispusimos a seguir jugando nuestra partida de dominó. No había pasado más de un minuto cuando oímos el sonido sordo y seco de un disparo que se extendió por todo el centro de Jalapa, e hizo volar las palomas que comían cerca

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El último disparo │ Sergio Inestrosa

de la fuente, y se fue extendiendo con el paso lento del tiempo. Después se hizo un silencio compacto, ese que le sigue a la muerte.

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Marcelo Sรกnchez CURA EN SALUD


Cura en salud │ Marcelo Sánchez

T

an sólo un año atrás, nada hacía suponer que, yo, Heinz Friedrich, adoptaría un enfoque que muchos

han dado en tildar de pacifismo. Por aquel entonces, apenas comenzada la guerra, me alistaron como soldado de infantería. De no haber sido convocado tan pronto, me habría ofrecido como voluntario. Uno debe luchar por su país en época de guerra. Lo único que ha cambiado en mi forma de pensar –y no es poco –es cómo veo al enemigo. A mediados de 1940 mi regimiento atacó exitosamente la ciudadela de Lille. Tras la batalla quedé lisiado: un cañonazo enemigo impactó cerca de mí, arrancándome la pierna izquierda. También perdí la visión del ojo derecho. A raíz

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Cura en salud │ Marcelo Sánchez

de mis heridas, tuve que acostumbrarme a caminar con muletas y a recubrir el ojo malo con un parche, que desde entonces una cinta elástica ciñe de día a mi cabeza, cruzándome la frente. Cuando me dieron de alta volví a Bremen, donde antes de la guerra trabajaba como vendedor en una librería. Había conseguido el trabajo a través de un tío mío, que había conocido al dueño de la librería peleando a su lado en la guerra anterior. Después de Lille, intenté reincorporarme a la misma librería, pero esta había quebrado. Las pocas librerías que aún funcionaban en la ciudad no querían contratar a un vendedor con muletas. Así que decidí trasladarme a Ratisbona, a la casa de mi familia

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Cura en salud │ Marcelo Sánchez

donde había sido criado. Al mudarme, allí vivía sólo mi madre. Mi padre había muerto hacía poco en la frontera Este, desempeñándose como enfermero – ocupación que había sido la suya incluso en épocas de paz. Tras morir mi padre, mi madre había abierto una panadería en la parte de la casa que daba a la calle. Había contratado también a dos muchachas para que trabajaran con ella. Ocupé el cuarto de huéspedes, que había sido ampliado en una remodelación. Originariamente (esto es, antes que me fuera por trabajo a Bremen seis años atrás), en esa área había estado, con tamaño más reducido, mi cuarto de niñez y primera adolescencia. Tras regresar a Ratisbona, me quedaba todo el día en casa. Abandonaba mi cuarto para

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Cura en salud │ Marcelo Sánchez

las cuatro comidas del día, que mi madre nos servía a ambos (a ella misma y a mí) en el comedor, que también hacía las veces de living. Siempre que la panadería siguiera abierta a la hora de una comida, mi madre delegaba en una ayudante la atención del negocio. Durante mi breve participación en la guerra, compartía con los demás soldados el odio al enemigo. Mi odio sólo se incrementó al ser yo herido y tener que pasar por penosas intervenciones quirúrgicas. Nada disminuyó mi odio mientras estuve buscando, infructuosamente, trabajo en Bremen. Entonces, al deambular por la ciudad – recorridos que casi siempre se cruzaban con la gigantesca estatua del “Bremen Roland” – yo solía pensar, y a veces

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soltaba, algún insulto contra los franceses. (Esta estatua de Roldán, el héroe franco del Alto Medioevo, está situada delante del edificio municipal, en el corazón mismo de Bremen.) Fue en Ratisbona que mi actitud hacia el enemigo empezó a cambiar. ¿No amaban su patria los soldados franceses como nosotros la nuestra? Y si así era, ¿no era su deber causar daño al enemigo, como nosotros habíamos buscado causárselo a ellos? Poco a poco, este tipo de preguntas y mis tentativas respuestas me hicieron comprender que el odio al enemigo era injustificado. Se podía amar la patria sin odiar al enemigo; más aun, podía respetárselo independientemente de que ellos nos respetaran o no a nosotros. Pero no caí en un pacifismo

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ingenuo, que buscara la paz a toda costa. No entro en si la guerra actual es justa; sí es, a esta altura, inevitable. Lo que más me interesa es otra cosa: cuando la paz vuelva, cuando tenga que volver, la única forma de que se mantenga en el tiempo será si todos aprendemos a conjugar nuestro valor patriótico con el respeto por nuestro adversario. En semejante estado de conciencia, un día de otoño de 1940 decidí comunicar al mundo mi peculiar visión de la guerra. El tema concreto se me ocurrió mientras recordaba mis últimas semanas en Bremen, y especialmente, la estatua de Roldán. Precisamente, escribiría sobre el heroísmo de Roldán, enfrentando a los sarracenos en el duro campo de batalla.

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Tratándose en su caso de un guerrero encarecido por el célebre clásico de la literatura francesa, el que la historia esta vez la contara yo, un alemán, habría de contribuir – aun de forma modesta – a combatir el odio ciego y destructor que es una de las más importantes fuerzas motrices de la presente guerra. Le pedí a mi madre que fuera a la biblioteca de Ratisbona y me trajera todo lo que hubiera escrito sobre Roldán. Estudiando esos materiales los últimos meses, me surgió la pregunta de qué lengua usar para reescribir la historia. En un principio, pensé hacerlo en lengua francesa e intitular la Gesta como en la versión original: La Chanson de Roland. Dadas mis limitaciones, la escribiría en alemán y luego

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conseguiría un traductor que la vertiera al francés. Es decir, la publicaría no en aquella lengua en que la escribiría (alemán), sino en la versión traducida (francés). Enseguida me di cuenta de que decir “francés” no era del todo preciso, ya que se debían considerar dos casos relevantes: el francés actual (más accesible al público en general) y el francés arcaico (mejor adaptado al tema en cuestión). Posteriormente, se me ocurrió que publicar mi obra en francés podría interpretarse como una muestra de arrogancia de mi parte. Tampoco la opción de publicar la obra directamente en alemán estaba libre de problemas: podría objetárseme que estuviera buscando una apropiación, para el mundo germano, de un

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espacio cultural típicamente francés. Obviamente, esto es exactamente lo último que mi proyecto se propone realizar. En caso de descartar el francés y el alemán como las lenguas más pertinentes, pensé en diseminar mi obra (a mi nombre, pero vertido del alemán por un traductor) en castellano. Aunque de entrada no había detectado mayores problemas con esta opción, después me preocupó el hecho de que tanto en mi país como en España gobiernan actualmente regímenes fascistas, que además son aliados entre sí. Así, no faltaría quien interpretara erróneamente que intento celebrar esa ideología a escala internacional. Eso sí, también existen argumentos a favor de usar la lengua española. Para empezar,

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hay una versión arcaica – si parcial – del Cantar de Roldán, el “Cantar de Roncesvalles”, en esa lengua. Asimismo, la tradición española tocante a novelas de caballerías es extensa, concluyendo en un pico de la literatura universal: el homenaje (antes que parodia) que constituye El Quijote. Una razón más íntima en favor de usar el castellano se remonta a mis épocas de estudiante en Ratisbona. Un profesor del Gymnasium (enseñanza secundaria) nos dijo una vez que el más grande literato que escribió en la ciudad fue un español. No tendremos una casa de Goethe, dijo, pero bajo Carlos V vivió aquí un escritor italianista que cambiaría para siempre la literatura de su país. Pedí a mi madre que, en una escapada a la biblioteca, recabara el

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nombre: Garcilaso de la Vega. (Los bibliotecarios también le dijeron que nuestro Carlos V es Carlos I de España.) En estas y otras cuestiones estuve pensando hasta la alta noche de ayer. Me sentí incapaz de decidirme por una lengua en particular para dar a conocer mi obra. Me propuse dejar esa decisión crucial para más adelante. Me fui a dormir, con la idea de levantarme temprano al día siguiente a fin de continuar mis elucubraciones. Dejé sobre la mesa del comedor, esparcidos algo desordenadamente, todos los materiales relevantes para mi labor. Antes de acostarme, apoyé las muletas sobre un lado de la mesita de luz, junto a la cama.

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Al despertar esta mañana, sentí una presión sobre las sienes. Debí de haberme dejado puesto el parche, pensé. En efecto, había olvidado quitármelo. Atribuí el descuido a la fatiga de la jornada anterior. Estiré el brazo izquierdo para tantear el borde de la mesita de luz. Para mi asombro, no pude dar con las muletas. Levanté la cabeza y confirmé que las muletas no estaban donde debían. Llamé a mi madre una y otra vez, cada vez más fuerte, pero no acudió en mi ayuda. Eran las seis y media de la mañana. A esa hora, ella suele levantarse para ir organizando su día. Quizás estuviera en el baño, pensé, o durmiendo algo más de la cuenta. Desistí de seguir gritando.

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¿Cómo iba a incorporarme desde la cama sin apoyarme en las muletas? Era tanto mi interés por reanudar mi trabajo que evalué arrastrarme hasta la mesa del comedor. Allí podría comenzar a trabajar, sentado, sin necesidad de muletas. Cuando mi madre fuera a despertarme para el desayuno, se sorprendería al verme ya en el comedor. Y ahí podría preguntarle si vio mis muletas. Como no encontré mejor plan que ese, intenté girar sobre mí en la cama, con miras a sacar la pierna (derecha) de abajo de la colcha y apoyarla en el piso. Una cosa impedía la rotación: ¡era mi pierna izquierda, que no debía estar ahí! Con dos piernas, no tuve mayores inconvenientes para incorporarme, incluso sin muletas.

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Cura en salud │ Marcelo Sánchez

Una vez de pie, me acerqué al espejo de cuerpo entero que hay en mi cuarto, para verme con mi ojo bueno. Pude verme sostenido sobre dos piernas, con el parche tapando la depresión del ojo muerto y la cinta elástica cruzándome la frente. Mi instinto me llevó a hacer algo imprudente, algo que sólo hacía de noche, en la oscuridad del cuarto. Retiré el parche y cuál no fue mi sorpresa al descubrir que el ojo derecho, como antes de la guerra, me miraba, lo mismo que el izquierdo, desde la parte alta del espejo. Fui hasta el comedor. Sobre la mesa no había rastros de los libros ni de las notas que yo dejara ahí ex profeso antes de acostarme. Fui hasta el cuarto de mi madre. Golpeé suavemente en la puerta. Como nadie respondía, entorné la

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Cura en salud │ Marcelo Sánchez

puerta y, por el hueco, vi que ella seguía durmiendo. Por un rato, no supe bien qué hacer. Renovadas fuerzas parecieron de pronto apoderarse de mí. Fuerzas que mi cuerpo no controlaba en absoluto, y que me tomaban por sorpresa. (Nunca hubiera imaginado que una transformación así pudiera ocurrir en la realidad; era como si, de un momento a otro, me hubiera desplazado al mundo de la ficción.) Sin pensarlo, salí a dar una vuelta por el barrio, cosa que no hacía desde mi adolescencia. Mientras caminaba, la parte de mi mente que aún sentía mía, sobre la que aún creía tener cierto control, me dictó una única línea de pensamiento: “De regreso a casa, veré la forma de recuperar los materiales de trabajo y comenzar a

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Cura en salud │ Marcelo Sánchez

escribir mi obra, en la lengua que entonces decida”. Mi milagrosa renovación corporal, con todas sus consecuencias favorables, no servía de nada si se interponía entre mi obra socialmente necesaria y yo. Trataba de aferrarme a estas ideas, pero pronto comencé a sentir, sin comprenderlo del todo, que ya nunca tendría la ocasión de escribir sobre Roldán y que acabaría decantándome por otras aventuras. Que otro, aquel que estaba apoderándose de mi cuerpo y de mi mente, tenía sus propias ideas sobre lo que me tocaría hacer a partir de entonces. Con todo, intuí que yo de alguna forma seguiría siendo el mismo Heinz Friedrich, que ciertos rasgos fundamentales de mi carácter y de mi historia nunca podrían ser eliminados, rasgos

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Cura en salud │ Marcelo Sánchez

mucho más profundos que los que pueden resumirse en las palabras “joven alemán que peleó en la guerra”. En lo más mínimo me importó entender cómo es que había logrado recuperar mi aspecto físico anterior a la guerra. Lo único que contaba para mí era que mi obra se realizara, independientemente de cómo yo hubiera acertado a concebirla – tan convencido estaba, por razones morales, de su capital importancia para los tiempos que corrían. No se trataba de si mi vida, como hasta entonces yo la conocía, tenía algún valor para otras personas, o de si ella podía resultar de mayor interés cambiando este o aquel otro detalle biográfico. Lo único que yo anhelaba era que, en los planes del otro – planes que, llegué a sospechar, también eran

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Cura en salud │ Marcelo Sánchez

literarios – cupiera la escritura de mi proyectada obra, que es la mejor contribución que podría ocurrírseme hacer por el bien de mi país y por la paz mundial.

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Jorge Adalberto Cabrera LA INQUIETUD DEL ROSAL


La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

A

vanzaba el automóvil por la carretera mojada. La tempestuosa lluvia no cesa. Los ojos verdes de la mujer

se perdían en los arbustos florecidos a la vera del camino. Silenciosa, sus manos juegan con la vieja estilográfica, testigo inerte de emborronadas páginas níveas. Su corto cabello cano revolotea con el hilo de viento que se cuela por la ventana. Nada interrumpe sus pensamientos. Sabe que en esta época habrá poca gente en el balneario, tal vez dos o tres desocupados que se toman unos días para descansar del ajetreo de sus labores. La lluvia arrecia conforme se acercan al balneario, pero ella permanece inalterable. Cuando finalmente el auto se detiene frente al pórtico del balneario, un asistente corre con un paraguas

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

para ayudarle a descender. Toma su bolso de piel, sus zapatillas de tacón corrido se posan sobre una poza de agua, su amplia y larga falda plisada casi toca el suelo, mientras se acomoda sobre la cabeza un chal negro. La esperan como todos los inviernos. Su habitación está preparada con folios blancos, una botella de vino y unos chocolates de cortesía. Dentro, una joven ha salido a esperarla. Le comenta que ha llegado el cardenal Alberto Massara, que se ha tomado unos días antes de viajar a Roma. También ha llegado Virginia, su amiga, una sutil escritora cuyas inigualables descripciones siempre le han provocado una admiración inconfesable. Se reunirá con ellos más tarde, para tomar una copa de vino mientras

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

admiran el oleaje y se deleitan con la brisa marina. Toma, poco más o menos inconsciente, una hoja membretada del escritorio de admisión, abre de prisa su pluma y anota, casi ilegible «orlada de lirios». Continúa caminando, sin mediar palabra con nadie, hacia su habitación, con la pluma y la hoja en la mano. Su equipaje ya debe estar en su habitación. Su silencio es severo, porque su pensamiento se ha concentrado en una nueva historia. Le empleada le comunica que esperan otros huéspedes, pero ella sigue inmutable. «Madame» le pregunta la empleada, «a qué hora bajará, para avisarle a la señora Fontana y al cardenal Massara». «A las cinco», responde ella, seca, imperturbable.

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

La habitación está impecable. Coloca su bolso sobre el sofá, y su pluma con la hoja sobre la mesa ratona. Se quita ceremoniosamente el chal, y retoca su peinado con las manos. Lleva su pluma y la hoja hasta el escritorio preparado para ella, junto al legajo de folios. Camina hacia el ventanal, abre las cortinas. El chubasco golpea los cristales. Camina hasta su bolso y saca de él una cigarrera de cuero y un encendedor plateado. Enciende su cigarrillo. Se sienta en el sillón orejero a contemplar el vendaval. Marguerite dormitaba en el sillón orejero, cuando algo golpeó los cristales de la ventana. Exaltada abrió los ojos, y vio en su reloj que ya eran las cinco. Se incorporó y se preparó para bajar a la terraza, donde la estarían esperando. El

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

primero en bajar había sido el cardenal Massara. Vestía una simple sotana negra orlada con una cruz pectoral dorada con cinco zafiros, y su anillo pastoral también dorado con un zafiro. Sus mancuernillas doradas hacían juego con la cruz y el anillo. En el brazo del sillón había colocado cuidadosamente su tabarro negro, y sobre éste su solideo púrpura. No había pedido nada para tomar, pues esperaba a sus acompañantes. Marguerite bajó de prisa, casi corriendo, con su chal sobre los hombros. Virginia bajó en seguida. Vestía un traje sastre gris, con una gargantilla de perlas y unos aretes a juego. Su elegante abrigo de piel colgaba en su antebrazo, mientras su pequeño bolso de piel gris reposaba en su mano izquierda. A lo lejos, Marguerite vio entrar al hotel

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

a Alfonsina Hasler, amiga de sus años juveniles, y compañera de viajes. «Madame Fontana», irrumpió un mozo, «¿qué desea tomar?». «Worlock», respondió ella. «Me apellido Worlock», le dijo impetuosa. «Un vino tinto» le indicó. «¿Y usted, madame Boivineau?», continuó el mozo. «Lo mismo», dijo ella, sin perder de vista a Alfonsina. «Pediré lo mismo», se apresuró el cardenal Massara, antes de que le preguntara. Marguerite hizo un guiño para llamar la atención de Alfonsina, pero ésta no la vio. Nadie se dio por enterado de lo que estaba sucediendo. El cardenal Massara les hablaba de los problemas por los que atravesaba la Arquidiócesis, y de su próxima visita a Roma. Virginia

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

intentaba explicarse sobre el uso de su apellido de soltera, en lugar de su apellido de casada. Su cara alargada y pálida de transformaba con el furor que la invadía. Marguerite, en cambio, no podía dejar de pensar en Alfonsina. La imaginaba sentada en el escritorio de su habitación, pensando palabra por palabra, intentando escribir un poema nuevo. O sentada en su sillón orejero, viendo el mar, mientras construía en su mente cada verso. Escuchaba a ambos, pero su imaginación viajaba hasta la habitación de Alfonsina. Entre charla y charla fue cayendo la noche. Después de la cena, pensativa, Marguerite recorrió los pasillos del hotel buscando a Alfonsina. La buscó en vano. Seguramente se le fue el tiempo escribiendo. Volvió a su habitación.

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

Sentada de nuevo en su sillón orejero, fumando insaciable, vislumbró a Alfonsina vestida de blanco, con su corto cabello rubio ornamentado con un tocado de orquídeas, descalza, caminando sobre la tibia arena. Imagen que contrastaba con sus simples vestidos de un solo corte, siempre negro, sus zapatillas corridas con una correa y su collar de perlas. Se sabían tan distintas.

En la penumbra de la habitación, la estilográfica recorría de prisa la página blanca, mientras la mirada se perdía en el paisaje de rato en rato. «Me dicta el deseo una constelación de caracolas,

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

Un murmullo, un tajo sobre mis manos, un vidrio quebrado, Capullos que no florecerán, edredón de musgos que cubrirán mis huesos, Aletazos de la soledad, aciagas sombras de disolutos días.»

Ultrajado el folio, ensangrentado, fingía que la vigilia era otro sueño. Un sueño que exigía otra copa, otra pluma, otro ensueño.

«Pétalos dispersos, cofia de rocío; en mi jardín florecerán las amapolas. Alma como el viento inquieto, sé golondrina Que no conoce valladares, pacífica nodriza. Bájame la lámpara para tener piedad de mi corazón rendido»

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Encendió otro cigarrillo. Se sirvió una copa más. La pluma le exigía más versos, más palabras inescrutables, un holocausto de su agonía, un último sacrificio.

«Oye romper los brotes, nodriza, de las buganvilias, Su fragancia, su suspiro, una unción de cirios, Nostalgia blanca de mi agonía. Me iré en la blanca noche, Bajo el claro de la luna nueva, orlada de lirios Y no volveré más.»

Por la mañana Marguerite tropezó con Alfonsina en un pasillo. Se saludaron. Bajaron a la terraza

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

para tomar un café, y conversaron de los temas más triviales que les venían a la mente. Caminaron por la playa, bajo la lluvia insaciable. Empapadas volvieron a sus habitaciones. Convinieron tomar una copa a las cinco, y luego cenar. Había tanto de qué hablar, tantos años sin saber una de la otra. A las cinco, el cardenal Massara se encontraba en la terraza bebiendo a sorbos su copa de vino. Virginia no había bajado. Un inesperado resfriado, le comentó el cardenal a Marguerite. Tampoco Alfonsina bajó. Supuso que bajaría para cenar con un vestido de noche de un solo corte, sobrio, como ella. Pero no bajó. El cardenal entretuvo a Marguerite con una tertulia avispada sobre los rumores de la Curia Vaticana.

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

El cardenal se encontraba realmente cansado. Con la cortesía se siempre, se disculpó y se retiró a su habitación. Marguerite siguió sentada, tomando un vaso de vino y viendo el oleaje desde el restaurante. Después de un rato dispuso retirarse también. Caminaba pensando en un complejo relato sobre Eco y Narciso, cuando se encontró con Alfonsina. Ésta le dijo a Marguerite que había pedido una ensalada y un vino en la terraza. Se había distraído revisando un poema. Cuando reaccionó ya había pasado el tiempo. Caminaron juntas. Al llegar a la terraza ya estaba la mesa servida. Marguerite se acomodó su chal negro. Alfonsina no llevaba abrigo. Iba con su sobrio vestido negro de un solo corte. Se sentaron. Minutos después, un mozo se acercó a la

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

mesa, viendo hacia todos lados, y tímidamente preguntó «¿Madame Boivineau, desea tomar algo?», «Si», dijo ella, «una copa de vino». Cuando el mozo regresó con el vino, Marguerite hablaba, como para sí misma, sobre unos versos de Alfonsina. Después de un rato, Marguerite dijo «supe que habías hecho un convenio con Leopoldo». Alfonsina asintió. «Pero se tardó mucho», le respondió. «Hay cosas que deben hacerse cuando se tiene la valentía y la decisión», le dijo, «no habría podido esperarlo más». Y continuaron hablando de sus escritos por largo tiempo. Marguerite se paró para ir al baño. Tardó unos minutos. Al volver, Alfonsina ya no estaba. No había dejado ni una nota, ni un recado, nada.

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

Marguerite ansiaba conversar con Alfonsina, pero no volvieron a coincidir.

Una, en penumbras, contemplaba el mar desde su sillón orejero, mientras fumaba y vaciaba botellas de vino. La otra, leía sus versos a la luz de los faroles del balcón, con el cigarrillo en una mano, y una copa de vino en la otra. Con el cigarro en mano, y dando sorbos de vino, se puso su negro vestido de noche, liso y largo, sus zapatos de tacón con correa, su tocado de orquídeas blancas y su largo chal tejido a gancho. Bebió de un solo trago la última copa de vino. Encendió otro tabaco. Abrió la puerta del balcón, y lentamente, como quien realiza un ritual, bajó la breve escalinata hasta la playa. Recorrió la arena

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La inquietud del rosal │ Jorge Adalberto Cabrera

hasta sentir la fría agua del mar en sus pies. Continuó caminando hasta desaparecer dentro del impetuoso océano. La otra, sentada en su sillón, a media luz, cigarro y copa en mano, permaneció mirando el mar.

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Dulcinea Carpatia LA RESACA DEBERÍA SER UN SENTIMIENTO PARA LOS ABATIDOS


La resaca… │ Dulcinea Carpatia

Q

uerido amigo, el problema que tengo es que me tomó la cerveza muy rápido y no espero a los demás. Aunque me

encanta el gesto célebre de alzar la copa y brindar con los amigos nadie me quita el derecho de beber sola en la barra de un bar. El propósito perfecto que tiene la barra es que realmente es un espacio para uno mismo, es decir, para sentarse sólo y está debe tener la distancia perfecta entre un bebedor y otro de tal manera que ninguno pueda rozarse los codos. En el primer sorbo podés dejar caer todo lo miserable de tu vida, una cerveza o un trago a las rocas se declara tu única compañía. No hay clichés. No se conversa en los primeros tragos

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La resaca… │ Dulcinea Carpatia

sólo te sumerges en tu moral de establecer lo que te aqueja en esa puta silla sin respaldar. Son los codos lo que te sostiene y cualquier agobio, pero allí te tenés observando la velocidad con que el bartender prepara cocteles para la gente que vino feliz. Eso te distrae un poco observando a tu alrededor y te hace sentirte engreído cuando alcanzas a ver por encima de tu hombro aquel hombre que se queda sólo en una mesa con su botella, él si está derrotado. Podes beber una copa más a su nombre y desear que la gente no pida las tres sillas libres de su mesa pues, esa es la escena más triste de un borracho.

El que gusta de tragos no siente nada amargo ni nada caliente sólo que prefiere la calidad porque

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La resaca… │ Dulcinea Carpatia

un buen trago mejora cualquier desvarío. Y así mismo al que le gusta servir tragos, entrega su consuelo en la simpleza y elegancia de servir a quién lo necesita. En algún chance el bartender será habilidoso y hará cualquier comentario del clima o del deporte, el más imprudente intenta coquetear pero tu pesimismo lo detiene y se solidariza con un trago de cortesía de la casa. Estas totalmente convencido de que hablarás de tu problema sólo para enterarte de que hay otros más jodidos que vos. Te pones bondadoso e invitas a un trago o te invitan, eso es según quién haya hablado primero. Podes hacer esto con la frecuencia que querrás los del bar te pueden hasta abrir una cuenta. Debes beber mientras tengas seco el

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La resaca… │ Dulcinea Carpatia

corazón y la barra es el lugar especial donde te verás a penas las ojeras en el espejo en el que reposan las surtidas y exóticas botellas. Dejá que el bartender seque la argolla de agua que deja tu bebida, dejalo que te sirva otro trago sin preguntarte o sin que se lo hayas pedido, confía en él mientras te ponga la misma dosis de alcohol. Contá el dinero después de eso, guardá aparte lo del taxi y asegurate de regresar a casa plenamente borracho.

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Edwin Soria Juรกrez PUTARE (INSTRUCCIONES PARA HACER UN BONSรI)


Putare │ Edwin E. Soria

A

ntes de iniciar, imagine la forma que desea lograr en el modelo a trabajar. Si la imagen no es grotesca,

usted está ante un buen potencial y posee un buen estómago. En principio, se ha de hacer conciencia en el espécimen sobre la importancia en la minimización y la poda (excluir el término mutilación). Es recomendable que el ejemplar posea un alto umbral de dolor. Se ha de tomar como primera medida, hacer torniquetes en las muñecas y en los tobillos. Puede iniciarse removiendo los dedos de la mano y posteriormente los del pie. Los cortes deberán efectuarse en la unión de las falanges con sumo cuidado. Por ejemplo, para cortar entre la falange y la falangina, haga un nuevo torniquete

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Putare │ Edwin E. Soria

en la falange y corte en la unión con la falangina. Recuerde que no es necesario dejar la misma cantidad de huesos en cada dedo; pueden hacerse combinaciones o dejarse el dedo completo; en cuyo caso, por razones de estética y atractivo, deberá removerse la yema del mismo. Seleccione el nuevo tamaño del miembro y pódelo. Luego se debe cerrar la herida. Preferiblemente use suturas absorbibles (auto disolventes). El Cat Gut Simple puede resultar suficiente (fibra trenzada natural, formada de la submucosa de los intestinos de ovejas o vacas; la traducción literal es “tripa de gato”). Posteriormente, aplique violeta de Genciana mezclada al dos por ciento con agua desmineralizada.

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Putare │ Edwin E. Soria

La poda de cada extremidad debe espaciarse de un mínimo de setenta y dos horas, para evitar el desangrado del ejemplar. En este período, debe mantenerse elevado el miembro que ha sido reducido. No utilice ejemplares que posean piel queloide o hipertrófica, ya que desmerece la belleza final del resultado. Forme nuevas imágenes y disfrute. No olvide que la diferencia entre podar y mutilar está en el arte.

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Tania HernĂĄndez No eras distinto a mĂ­


No eras distinto a mí │ Tania Hernández

No eras distinto a mí, ni eras lo mismo. Eras, cuando estoy triste, mi tristeza. Jaime Sabines

T

odas las noches, semana tras semana, una voz ronca, masculina, traspasaba la pared de mi casa y me

sacaba del sueño más profundo. Iniciaba con insultos, y un amplio repertorio de palabras soeces. Luego venían las súplicas “noooooooo, noooo, váyanse, váyanse por favor”, “mamaíta liiiinndaaa, por favor, dígales que se vayan”. Así hasta las tres o cuatro de la madrugada. Mis ojeras se confundían ya con las arrugas que se acentuaban cada vez más en la comisura de los labios, dándome una apariencia de buldog o de una

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No eras distinto a mí │ Tania Hernández

payasa triste. Trabajar sin dormir era un martirio. Bajó tanto mi efectividad laboral que mi jefe decidió enviarme una carta de amonestación amenazando que si seguía cabeceando durante las reuniones de trabajo me suspendería por tiempo indefinido. Yo había hablado ya varias veces con doña Rosa, diciéndole que si no lograba tranquilizar a su hijo llamaría a la policía para que se lo llevaran. - Téngame paciencia Adelita– me decía con los ojos aguados - ya mis primos están averiguando en dónde lo podemos ingresar. Doña Rosa me contó que desde niño su hijo había sido un poco raro. Aconsejada por la sicóloga del colegio, lo había llevado al siquiatra en su adolescencia y este le había diagnosticado

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No eras distinto a mí │ Tania Hernández

un trastorno mental que, con el tratamiento adecuado, podía tenerse bajo control. Le recetaron unos medicamentos que surtieron el efecto deseado y así pudo terminar el bachillerato y luego hacer trabajos sencillos, que le aseguraban el apoyo del seguro social y así poder obtener la medicina necesaria. Sin embargo, hacía un año la habían descontinuado. La siquiatra le había recetado unas pastillas nuevas, pero no le estaban haciendo efecto. Ante esa situación, la doctora le había recomendado ingresarlo en un hospital siquiátrico en lo que encontraban el medicamento y la dosis adecuada, pero en el privado pedían un dinero que ella no tenía y en el público no tenían capacidad de atenderlo por falta de espacio.

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No eras distinto a mí │ Tania Hernández

Eso sí, el Loco Sampedro, como le decían al hijo de doña Rosa y el finado Luis Sampedro, no siempre era violento. A veces podía ser muy simpático. Entonces me llamaba Señora López y me abría la puerta del carro, o me ofrecía ayuda para bajar mi compra del supermercado y entrarla a mi casa. Yo le agradecía con una sonrisa y alguna pequeña propina, aunque nunca lo dejé entrar a casa porque no era tan fácil distinguir en qué momento estaba de buenas y en qué minuto cambiaría de carácter, le empezaría a gritar a una la nada o nos acusaría a las mujeres de hacerle brujería y a los hombres de conspirar contra la paz mundial. Si bien Doña Rosa me daba mucha pena, el peligro inminente de perder mi trabajo limitaba muchísimo mi solidaridad y mi

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paciencia. Varios vecinos también se quejaban de su agresividad y los niños de la cuadra le tenían mucho miedo. La paciencia de los vecinos del residencial llegó a su límite el día en que Sampedro salió, cuchillo en mano, a amenazar a cualquiera que pasara cerca de su carro. Nos responsabilizaba a todos de unos rayones que había encontrado en una de las puertas. Luego de ese incidente, el comité de vecinos nos invitó a todos a una reunión de urgencia. A todos menos a los Sampedro, por supuesto. El administrador había apuntado los nombres de quienes nos habíamos quejado en algún momento. Me sorprendió saber que fuéramos tantos. A muchos de los asistentes los conocía de vista, pero no sabía sus

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nombres. A otros era la primera vez que los veía. Todos estábamos tan ocupados con nuestras rutinas diarias y con proteger de la mirada chismosa las incongruencias que suceden detrás del portón de nuestras casas, que apenas nos dábamos los buenos días si nos topábamos en la calle. No recuerdo con detalle todo lo que se discutió. Lo que recuerdo es que había mucho desorden, hablaban todos al mismo tiempo, como si fuera un concurso donde el premio lo ganaba quien presentara la queja más terrible, o como si fuera una subasta de querellas. Al principio eran acusaciones pequeñas: −¡No saluda! −¡Grita en la calle! −¡A veces tiene la mirada perdida!

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−¡Pasa días sin bañarse! Luego pasaron a hablar de las agresiones, empujones, rayones en los carros (el suyo incluido), robarse espejos, entrar a casas. En un momento de la reunión tuve la impresión de que se le achacaba todos los males del mundo. Solo faltaba que lo culparan de la lluvia con granizo que cayó y destruyó flores, jarras de barro mal puestas que se quebraron al caer y que dejó manchas en los asientos de cuero de un descapotable. Un foráneo que hubiera escuchado la discusión de pasada, habría pensado que estábamos hablando de un dios vengativo con el temperamento y el poder de destrucción de un tornado. Debo confesar que hasta yo me dejé llevar por el torbellino de la discusión. De pronto me

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escuché decir: - Creo que le pega a su madre-. No, no lo creía, pero eso fue lo que dije. Todos callaron por un momento. Yo había ganado la subasta. Y la euforia de la victoria nos llevó a traspasar el punto en el que habría sido posible el retorno. Después del asombro comenzó de nuevo el caudal de acusaciones, miedos y predicciones a futuro. −Si no respeta a su madre, qué respeto va a tener hacia nuestras mujeres− sí, eso recuerdo bien que alguien lo dijo, tal vez fue el administrador o el catedrático de la universidad. Y entonces vino la palabra “sicario” y eufemismos como “darle un susto”, “solucionar el problema” y de nuevo: -tenemos que defender a nuestras mujeres -.

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Dicen que al final de la reunión estuve de acuerdo con la “solución planteada”. Yo aún no me lo creo. No soy así. Aunque quién sabe. No hay que menospreciar lo que te provoca la falta de sueño, el miedo de perder el trabajo y la presión del grupo. He tenido que ir al siquiatra para que me recete pastillas para poder dormir. Después que callaron los gritos del vecino, una voz interior no me dejaba conciliar el sueño, o me hacía despertar en medio de pesadillas terribles. Gracias a las pastillas, las pesadillas ya no me despiertan, pero aún las tengo. Veo a doña Rosa encadenada a la cama; veo al sicario haciendo pulsos con Sampedro y riéndose de algún chiste que no acabo de comprender; me veo a mí misma empuñando un arma contra Sampedro,

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con música triste de fondo y las súplicas de doña Rosa en voz en off. Hace unos días vinieron los primos de Sampedro a revisar si hay que hacer alguna reparación en la casa antes de ponerla a la venta. Les pregunté por doña Rosa. Me dijeron que aún no despierta del coma. Me contaron que el administrador del residencial le lleva flores cada semana; que Sampedro está en el siquiátrico estatal. Es todo lo que saben de él. Ellos también piensan que fue él quien disparó contra doña Rosa, aunque él sostenga que fue un ladrón que entró a su casa, ató a su madre a la cama y que él intentó ayudarla, pero, al forcejear con el intruso, el arma se disparó e hirió a la madre. Cuando llegó la policía doña Rosa seguía atada a

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la pata de la cama y Sampedro estaba desmayado a la par suya con el arma de fuego en la mano. Ni mis vecinos ni yo vimos ni oímos nada. Yo estaba visitando a una amiga en esos momentos así que no sé cuál versión sea cierta. Eso le dije al policía que me interrogó. Aparte del administrador, ninguno de nosotros ha ido a visitar al Loco Sampedro ni a su madre. Desearía que hubiera voces que lo acompañaran ahora que está absolutamente solo. Y quisiera que las mías se fueran. Ahora que en el vecindario ya ni siquiera nos atrevemos a mirarnos a la cara, nos hemos quedado más solos, pero poblados de las voces que aún nos retumban en la cabeza a quienes acudimos a aquella reunión infame. Mi jefe dice que ahora ando sin

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ojeras, pero desconcentrada. Mi siquiatra opina lo mismo.

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Zack M. Salas SCIENTITIA


Zack M. Salas │ Scientitia

E

l hombre de bata ingresó al área de iniciales sin detectar la más mínima indiscreción en el pensamiento de

alguno de ellos. El mayor llevaba poco menos de dos meses en ese lugar. Si pasa más tiempo, tendrá que ingeniárselas para hacerlo avanzar: ¿una entrevista o un paso forzado al área dos? Ya decidirá luego. Mientras tanto, lo deja entretenido con su máquina musical. No debería preocuparse por un pequeño de trece años. Sabe, además, que le gusta Marion y que pasará poco tiempo para que empiece a notar sus pequeños pechos y sus ligeramente abultadas caderas como una epifanía del deseo. En ese momento podrá retirarla también a ella, a quien ha retenido en el área con el único propósito de

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provocar el avance del inocente de Glen. Marion, a diferencia de él, lleva un par de semanas tocándose cada noche, aunque lo oculta de sus compañeros. Esta pequeña historia entusiasma un poco al hombre de bata, quien espera hacer el cambio de área de ambos en la siguiente semana. Camina acompasado por su área favorita, disfruta saber que casi ninguno de ellos sospecha en lo más mínimo que es capaz de hurgar en sus cabezas con tan solo mirarlos. Pero debe pasar a inspeccionar el área número cuatro, donde lo espera la parte más espantosa de su trabajo. No es para nada normal permanecer en la granja más de cinco años, por eso está determinado que cualquiera que exceda el límite de edad en cada área sea forzado a pasar a la siguiente

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después de una entrevista. Él, junto a otros cien, toma estas importantes decisiones en cuatro de las cinco áreas de la granja. La quinta está reservada para la observación de los iniciados y su respectiva liberación a la sociedad. Cuando alguno de los sujetos a su cargo en cualquiera de las áreas tiene su primer encuentro sexual, el sistema los retira de manera casi inmediata a esta área. No hace falta evaluación alguna. La cuatro, por su lado, es la menos numerosa; considerada el área residual de la granja, sus huéspedes pasan mucho tiempo en ella, y generalmente sus salidas se asocian con eventos que la mayoría de ellos preferiría olvidar. Así, al ingresar a la cápsula subterránea para llegar al área cuatro, el hombre de bata

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respira hondo, preparándose para la serie de pesadillas que está a punto de ver sin ninguna posibilidad de censura. En su viaje de cinco minutos, enciende la pantalla en su muñeca para atender las notificaciones de afuera. El ruido de las elecciones planetarias y el nombre de uno de sus sujetos de observación de hace poco más de cinco años lo hacen reconsiderar su negativa idea sobre el área residual: hay excepciones. Llegado a la cuatro con dieciocho años y ningún logro más allá de su anticuada afición al mundo de las historietas del siglo veinte, sorprendió a la granja saliendo tan solo un año después, completamente inspirado por un personaje poco importante de alguna de estas ficciones. Con él salió también la mujer más antigua del área

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residual, alguien en quien todos habían perdido la esperanza y que ahora lo acompañaba en su campaña a la presidencia de la Tierra, llegando a ser también, por su propio mérito, una ingeniera social respetadísima allá donde fuera, principalmente si visitaba alguna granja humana, donde siempre se la recibía con gran entusiasmo. Además de este caso, pensó, el área cuatro es mucho más segura que hace quince años. Apagó la pantalla al percatarse de que se encontraba cerca de su destino. La puerta de la cápsula se abrió y dejó ingresar un torrente de pensamientos pesimistas y contradictorios. Una mano se le posó en el hombro sin que pudiera preverlo. La mente que no podía leer le pertenecía a Frieda, una de sus compañeras de trabajo.

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Luego de estar tanto tiempo entre pensamientos abiertos, la presencia de un ser humano salido de la granja, y por tanto ganador de su propia libertad y privacidad, era una muralla amenazante. «Te esperan en el 3C», le oyó decir. Entre tantos otros con bata, el hombre de bata era un engranaje más, su paso acompasado reverberaba los pasos acompasados de los demás en ese edificio, que sería un espacio de absoluta calma sin ellos; y cualquier disonancia, por pequeña que fuese, con seguridad se debía a la presencia de algún observado. Al llegar a la sala 3C un escalofrío recorrió su cuerpo. El lugar, completamente hermético, albergaba a una mujer mayor de treinta años cuyo rostro se parecía al de las mujeres que suele

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ver en el área residual. Su mente era confusa, difícil de leer por tan ruidosa. «¿Vas a sentarte?». El hombre de bata procedió a hacerlo, no le quitaba la mirada de encima, intentando descifrar una sola cosa de la memoria de su acompañante. «¿Por qué...?», estuvo a punto de preguntar, pero la respuesta llegó antes: «Porque ya era hora». Revisa en su bata y extrae un prisma de memoria, que coloca sobre la mesa, de la que con un par de movimientos de manos invoca una pantalla holográfica. «Entonces eres de Marte», dice y la mira brevemente. La mujer no se inmuta. Incomodidad. En su mente, confirma esta información. «Y tu última vez aquí fue hace quince años...», una vez más la mirada, el semblante inmutable y mayor

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incomodidad. Avista recuerdos de hace quince años. El sistema era otro, rompieron la seguridad y escaparon juntos. El miedo los hizo enrumbar en distintas direcciones con la única promesa de buscarse. «¿Entonces era hora de volver?, ¿quince años después de ese fracaso?». Mirada e incomodidad. «No tenemos un protocolo para estos casos, pero volverás al área cuatro a menos que se confirme un encuentro sexual en tu memoria». Las evocaciones en la mente de la mujer se resumen en manos y miradas, la sensación de un beso al interior de una nave robada, saliendo de la atmósfera terrestre. Unas manos desconocidas sobre su cuerpo y una huida, muchos años después. No hubo contacto sexual, no califica para el área cinco. Es una residual.

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«¿Aún lo conservas?», dice por fin la mujer, investigando su rostro desde su lugar, «un hombre con bata... debes habértelo quitado hace mucho. Yo lo conservo aún, supongo que no hace falta que lo diga». El hombre se toca la sien izquierda, siente una cicatriz detrás de sus patillas. Parpadea cinco, diez veces, con fuerza. La cirugía tomó diez minutos, como todas las demás. En un salón como el 3C, con un bisturí y una máquina que conecta los nervios. Tres pequeños puntos industriales, perfectos. «No es esa la cicatriz que buscas», lee en la mente de la mujer, sino una más simple. Otra habitación, más amplia, con cientos de niños temerosos, algunos lloran. La operación es rápida, dura unos segundos, un minuto considerando la preparación. Una pistola

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en la nuca y listo. Salían dormidos. Horas más tarde se encontraban en el área uno. Hay dos formas de liberarse: la normal y más segura, la cirugía de precisión del área cinco; la otra forma es la radiación electromagnética, capaz de inutilizar estos microdispositivos para siempre con un alto riesgo de muerte cerebral. La cirugía de extirpación deja también tres puntos. En una nave de carga de contrabando, con anestesia pobremente administrada, un médico sin licencia le habla para confirmar que no ha muerto. Al verlo parpadear, le indica que es necesario realizar una falsa cirugía. Su nuca tiene estos tres puntos. «Lo conservo...», parece recordar, «pero no sirve».

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«¿Estuviste aquí todo este tiempo?», le pregunta, apenada. «No, al principio te busqué, pero era peligroso y decidí camuflarme». Ella se alegra de que esté vivo, él lo sabe. También sabe que lo buscó, y mucho, y que su búsqueda tardó quince años en consumarse. Vuelve los ojos a la pantalla. «Entonces ya es hora», suspira, quitándose la condición de hombre de bata.

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Arturo Santana Vigilante


Arturo Santana │ Vigilante

Son las doce. Algunos dirían que ya es un nuevo día; otros, apenas están cerrando los ojos para adentrarse en un mundo lejano. También hay quienes van por su tercera taza de café o botella de alcohol, no sienten pesadez alguna en su cuerpo, solo en el alma y en esa parte de la cabeza que martilla donde las emociones (digámosle locura o estupidez) nacen. Por ejemplo, tres viviendas más abajo, hay una fiesta de jóvenes adultos que tratan de olvidarse de sus sueños frustrados y la bilis que obtienen en la oficina o en ese castillo de naipes que llaman hogar. Uno de ellos no llegará al amanecer. En el noticiero de la mañana dirán que fue por exceso de velocidad. Por su parte, el hombre del carro gris, el que puedes ver parqueado desde acá si te asomas a la

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ventana, entrará ebrio en un par de horas, por quinta vez en el mes. Habrá una discusión que llegará a los golpes. Después, un caso no tan mediático porque no habrá tanta sangre, pero sí tan grande para arruinar la dizque carrera y la dizque vida de ese tipo. Claro, no hay que olvidar a los anfitriones. En medio del hedor irán a la habitación para dar vida sin pensarlo. No imaginan eso ni el lazo roto en unos cuantos años. En fin, todo eso no importa. Al menos no a ellos. ¿Y a ti? Ni siquiera sabes que existen. Deberías salir un poco más. Asomarte a la puerta sería un buen inicio. ¿Has pensado en hacer ejercicio? Podrías dar algunas vueltas a la cuadra. Eso te ayudaría a despejarte, a conocer nuevos rostros y a tener una excusa para dormir antes

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de medianoche. En cambio, no eres de los que van por su segundo sueño o de los que “celebran” por los motivos más banales; menos aún de los que se dicen artistas cuyos “hijos” ven la luz en plenas sombras. Eres alguien que no ha soñado en varias noches. Mejor dicho, en toda una vida. Estás tumbado en la cama, mirando el techo y cómo algunas formas alargadas se cuelan por la ventana. Cada una de ellas se convierte en algo que no entiendes hasta que empiezas a descender. Eso sí, es curioso, puedes caer cientos de metros, llegar a ese punto que la luz no alcanza, y no sentir la opresión en el pecho hasta que pequeños círculos alumbran las frentes de los terrores de las profundidades.

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En un recóndito espacio de tu minúsculo cerebro, piensas que eso suena a cuando eras niño. Bajo el pálido resplandor de la luna, el closet parecía abrirse; la ropa sucia tenía forma de alguien sentado observando cómo te quedabas dormido para arrebatarte algo que no sabías qué era pero que atesorabas con todas tus fuerzas. Y no solo el ojo te jugaba una mala pasada. Podías escuchar al monstruo debajo de tu cama. Su respiración se hacía más fuerte. Entonces, tenías la idea de que debías taparte por completo, sin dejar pies o manos al aire porque en cualquier momento unas enormes garras te atraparían para nunca soltarte. Sin embargo, eso no es nada ahora, ¿verdad? De hecho, desearías que esos seres

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estuvieran aquí, pues ellos no eran invencibles. El ancla que te arrastra parece un titán imposible de rasguñar. Bueno, si lo intentaras… La cuestión es que no quieres hacerlo. A pesar de que tu cuerpo empieza a pagar el precio, puede que también esa parte racional que todavía se aferra a la superficie con una sola mano, piensas en lo que fue, pudo y podría ser. Recorres las mismas estaciones cada noche, a la espera de que estén diferentes o de que el tren se descarrile. ¿Sabes que una nunca va a pasar y que la otra solo es posible si el piloto se da cuenta de quién es? ¿Por qué no le dije que esperara un momento? Tenía que perder el control…

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Arturo Santana │ Vigilante

Sí, lo sé. Lo has repetido como cien veces en los últimos días. Creo que no escuchas tu propia voz. Una amiga tuya, si es que todavía se le puede llamar así, diría que tienes un problema. Estoy seguro de que le responderías que no, aunque en el fondo gritarías que son varios. Siempre guardando todo para ti, en especial cuando es malo. No te negaré que eso me encanta. Hasta sonrío y no lo hago seguido.

II Es la una de la mañana. Hasta aquí puedo escuchar que no ha terminado el carnaval tres casas más abajo. Mientras tanto, en este lugar siguen sus quejidos y las miles de vueltas sobre la cama. Ya recordó la parte en que está solo porque no

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pudo actuar en el momento adecuado. También pasó por esa parada en que lamenta aquella oportunidad de irse a otro lado para intentar cumplir un objetivo que no era suyo, lo cual no acepta aún. Si tan solo hubiera respondido de otra forma… O a lo mejor debí llegar más temprano. Sí, creo que entonces habría… No entiendo por qué insiste en eso. No debería cuestionarlo, después de todo, debo subsistir. Pero me parece fascinante la inclinación humana hacia el daño autoinfligido. Claro, puedo mencionar la idea de abrirse las venas, tragarse un montón de píldoras o lanzarse al vacío. Hace tiempo era un deleite. Recuerdo a un adolescente que decoró el baño de su casa con su

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propia sangre, a la joven que dijo que solo tomaría una para dormir bien y a aquel hombre divorciado que saltó frente a un camión. Era lo más exquisito. No obstante, ahora me refiero más a los pasos antes de llegar a tales escenarios. No todos son capaces de percibirlo. Digamos que uno debe educarse. No obstante, creo que no he alcanzado la madurez o educación suficiente para comprenderlos. Me cuesta hallar sentido en que teniendo una máquina casi divina en la cabeza puedan perforar sus cráneos, lentamente, con agujas que ellos mismos fabrican. ¿Acaso ese don que los diferencia de otros seres resulta su perdición? Aquella vez le dije que se veía bien. Era cierto, ¿por qué no dije nada más?

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“No soy un experto, pero me parece que ellos son tan peligrosos como nosotros, quizá más. Solo que… creo que no pueden verlo, o no quieren, y esos instintos tienen que liberarse de alguna manera”, me dijo alguien una vez. Si es cierto, a lo mejor la necesidad de matar es tan grande que, con esa barrera llamada ética, solo queda el propio cuerpo. No suena tan descabellado, aunque algo no me termina de convencer. Tampoco soy un experto, D.

III Son las dos y cuarto. Has dormido casi media hora, a pesar de que no lo sientas así. Has murmurado y te has movido como poseso todo ese tiempo. Decías sus nombres, los llamabas, les

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ofrecías disculpas y no sé qué otras tonterías. Has llegado a la estación en la que ya puedo percibir sin problema alguno tu hedor. Es más fuerte que las noches anteriores. Normalmente, esta es la parte que disfruto más. La “fragancia” que ustedes emanan es tan diferente a la de quienes cortan su propio hilo por cualquier razón. Tiene una dulzura que no todos soportan y que muy pocos saben (¿sabemos?) apreciar. Pero, justo ahora, no hay goce en ello. ¿Será que ya me estoy ablandando por estar a su lado? No lo creo. Hay un extraño vaho que se mezcla con las aflicciones. Resulta familiar, pero no logro encontrar el recuerdo. Ahora cambias de posición para intentar reconciliar el descanso. ¿No es la misma

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estrategia que has usado últimamente? Te veo y pienso en aquellas personas que salen en plena tormenta con una sombrilla parchada. Parece que no te das cuenta de las grandes goteras. Corrijo: no te importa que el agua se filtre; diría que hasta lo deseas. Crees que es mejor así. La culpa de las indecisiones te pesa tanto que prefieres ahogarte a seguir nadando. No eres el primero, pero debo admitir que nadie había llegado a esta zona del mar por callar o dejar pasar el autobús que estuvo detenido durante veinte minutos con la puerta abierta y un letrero de “Pasaje gratis”. Me das lástima…, en cualquiera de sus acepciones. Eres tan patético que, si fuera como ustedes, te abrazaría y te diría que todo estará bien. Suerte para mí que no.

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Solo esperaba que fuera diferente… “Yo prefiero ya no quebrarme tanto la cabeza por tratar de entenderlos. Solo disfruto de una buena cena y una noche tranquila”, agregó D. No lo culpo, estos seres son tan complejos, desde sus frágiles cuerpos hasta los rincones más oscuros de su cerebro, que comprender por qué son así, más allá de su diseño original (asumiendo que no se trata de un “defecto de fábrica”, como ellos mismos dirían), sería un suicidio o, al menos, una espiral hacia la locura. Y no, no estamos tan dementes, D. Ojalá estuvieran aquí, creo que podría dormir mejor… Si sigues con eso, no me contendré y terminaré todo hoy mismo. No me creerías, pero no es mi

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deseo que te consumas. Como dije, debo subsistir. En solo unas noches me he sentido mucho más joven gracias a ti. Me hubieras visto antes del accidente: totalmente demacrado, cansado y hambriento. Me costó un poco encontrarte; has sido un regalo que no quisiera arrojar a la basura tan pronto…, aunque tu aroma y tu resplandor no son como antes.

IV Corría sin detenerse en medio de la ciudad. Sentía que esa calle, que tantas veces había atravesado a lo largo de los años, era tan extensa como el universo. Por más que apresuraba su andar, el asfalto se extendía más allá del horizonte. Arriba, los celajes adquirían un tono tan intenso,

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casi rojo, y se perdían de igual manera. Si dejaba volar su imaginación, creía ver cómo fluía un río hacia el infinito. Puede que fuese alguien demasiado normal para entender aquella metáfora, mas de algún modo sabía que estaba ahí, con cada zancada. Un destello a sus espaldas le hizo detenerse. El sonido del impacto le llegó en cámara lenta. A pesar de ello, reconocía cada detalle. Siempre lo hacía. Aun así, le sorprendía en cada ocasión. Sudaba a mares, sentía un temblor en todo el cuerpo y el aire pesado que intentaba escapar de sus pulmones. El hecho de correr por saber cuánto tiempo no tenía nada que ver. Se dio la vuelta hasta que sus ojos se toparon con la misma escena: el sedán, que ya era parte del

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autobús, empezaba a arder mientras los fragmentos de metal y vidrio volaban en todas direcciones. El zumbido y los crujidos, aunque lo intentaran con cierto desprecio, no podían tapar sus oídos. Los gritos de miedo, dolor y desesperación se abrían paso entre los escombros. Emprendió la carrera hacia aquel infierno. De nuevo, sentía un camino eterno. Un paso representaba más combustible al fuego y otro pedazo de chatarra desprendido. No importaba. Si tenía que emplear hasta su última gota de energía para sacarlos, lo haría. Si él resultaba en una copia macabra de un personaje de historietas, daba igual. Solo quería hacer algo bueno, para variar. Ya les había fallado demasiado. Decían que era una promesa, que llegaría a ser importante. Sin

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embargo, en cada aspecto de su vida había alguna deuda: trabajo, estudio, amor, amistades, liderazgo… y sobre todo, familia. Sí, por eso la discusión. Había dicho que no quería ir, que no era parte del grupo. Sus quejas y excusas hacían eco y se perdían entre los lamentos que las llamas no aplacaban. Y justamente eso deseaba: apagar el incendio que él mismo había provocado. Solo debía… Llegó el momento en que fallaba. Como en las noches anteriores, cuando creía alcanzar el vehículo, una bola incandescente aparecía de pronto. Los restos sobre la calle se esfumaban ante sus ojos. Aún podía escuchar (o eso pensaba) sus tenues voces que no parecían sino alucinaciones, a diferencia del fuego que empezaba

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a tocar su cuerpo. Mientras los recuerdos y las ilusiones de cadáveres reduciéndose a cenizas desfilaban frente a él, su piel se cocinaba. Lo curioso: le dolía más la impotencia que la carne.

V Abrió los ojos de golpe. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo claramente. Su respiración era pesada y cada vez se volvía más difícil. Quiso incorporarse sobre la cama. Intentó abrir la boca, emitir algún gemido. Sus labios estaban sellados. Por más que se esforzara, no podía moverse ni un centímetro. Su cuerpo estaba paralizado. Sentía como si lo hubiesen envuelto en un montón de sábanas, lo hubiesen amarrado y arrojado en un barranco. Pensó en un muerto a

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la espera de que alguien lo encontrara para contar su historia. Trató de mantener la calma. Cuando tenía nueve o diez años y eso pasaba, el pánico se apoderaba de sí. Literalmente, sentía que algo, el zombi o el hombre lobo que acababa de ver en sueños, lo sujetaba con fuerza y lo mataría ahí mismo. Con el tiempo, aprendió a controlarse. Ya de adulto, tras leer un poco sobre el tema, solo esperaba que sus extremidades reaccionaran. Aunque pudiesen parecer varios minutos, eran segundos. Lo sabía. Nada de fantasmas, duendes, zombis, hombres lobo o criaturas de otro mundo. “Solo es cansancio”, se repetía a sí mismo. Era consciente de que llevaba muchas noches sin dormir bien, con miles de imágenes que lo atormentaban desde hacía mucho tiempo.

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Trató de recuperar las escenas más recientes. El rastro del fuego iluminó su aturdida memoria poco a poco. Había soñado con el accidente, igual que casi todas las últimas veces en que había logrado dormir. Como en esas ocasiones, primero huía; luego, al intentar salvarlos, fallaba. Por más que corriera, nunca llegaba a tocar el auto. Mucho menos veía sus rostros cubiertos de sangre, moretones y puede que de algunas quemaduras. Pero sí tenía sus lamentos metidos en el cerebro. Esos nunca salían, ni siquiera cuando regresaba a su habitación, tan desordenada como su mente. De hecho, no se quedaban en simples murmullos. Al percibirlos, tuvo problemas para respirar otra vez. Quiso moverse, no podía. Trató de mantener sus ojos abiertos, tenía

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miedo de volver a ese escenario imposible (en el fondo, le aterraba más que la idea de morir asfixiado). Con cada movimiento que intentaba, se debatía entre un mundo y otro. También hizo lo posible por hablar, no porque esperaba que alguien lo escuchara (nadie lo haría), sino para activar su organismo. Dentro de sí empezó a repetir “no quiero volver”. Entonces, de la nada, una voz llegó hasta sus tímpanos. Era bastante grave y calmada. Le resultaba vagamente familiar y a la vez podía percibir un acento muy extraño. Creyó por un fugaz momento que era uno de ellos, hablando antes de que las llamas lo consumieran por completo. Sin embargo, su sorpresa y sobresalto aumentaron al darse cuenta de que no venía de

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alguna dimensión onírica. Aquellas palabras, estaba seguro, provenían de algún lugar de su habitación. Pese a ello, no sintió terror hasta que algo frío se posó sobre su cabeza y aquel ser, o lo que fuera, volvió a hablar: Ya recordé. Hueles igual que el hombre del camión.

VI Es una pena, supongo que tienen razón cuando dicen que nada es para siempre. Al menos pude recobrar un poco de vigor, lo necesitaba. Si lo vuelvo a ver, debería darle las gracias. Dudo que eso ocurra. No pienso regresar ahí, no tengo motivo. Además, por la forma en que el miedo, la frustración y la culpa emanaban, estoy seguro de

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que jamás será de los que buscan un rastro de desgracia en este mundo. En un par de semanas, será otro más del montón. Lástima, él mismo lo busco desde hace años. Eso pasa con ellos, más cuando lo que tienen adentro es débil. Parece que algunos soportan más sus propios embates mentales. Cuando intentaba despertar, el hedor de la muerte se desató. Su contador alcanzó el límite. El dique ya no pudo contener la marea. Ahora solo le queda dejarse arrastrar hasta el final del camino. La única pregunta es cómo llegará. Dudo mucho que busque una vía sin luz durante la madrugada. Apostaría a que ni siquiera se asomará a la ventana. Creo que D estaría de acuerdo. Como sea, ya no es mi asunto.

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En aquel cuarto, él seguía debatiéndose entre el sueño y la realidad; entre fantasmas y monstruos. Al llegar la mañana, solo recordaría las tragedias que le atormentaba y, como un rumor de otra vida, una figura pálida que lo miraba con sus ojos brillantes. Afuera, a la luz de la luna, una esencia se perdió antes de los primeros rayos del sol.

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BIOGRAFÍAS (POR ELLOS MISMOS)

Kalton Harold Bruhl (Honduras, 1976) ha publicado los libros de relatos El último vagón (2013), Un nombre para el olvido (2014), La dama en el café y otros misterios (2014), Donde le dije adiós (2014), Sin vuelta atrás (2015), La intimidad de los Recuerdos (2017), El visitante y otros cuentos de terror (2018), La llamada (2019); Novela: La mente dividida (2014). Es premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia de la Lengua. Felipe A. García (San Salvador, 1991) Estudió la Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Ha publicado las novelas Hard Rock y Diario mortuorio en la Editorial Los Sin Pisto (2018). Roque imaginario, fue incluido en Diario mortuorio, fue seleccionado por el Fondo Municipal para las Cultura y las Artes de San Salvador (FOMCASS) para su adaptación cinematográfica.


Sergio Inestrosa (San Salvador, 1957). Profesor de español y Asuntos Latinoamericanos, Endicott College, Beverly, MA, USA. Sergio acaba de participar en La Habana del Festival Internacional de poesía, mayo 2019, y en octubre participará en el XXII de poesía dedicado a San Juan de la Cruz, convocado por la Universidad de Salamanca. Su último libro de poemas se titula Luna que no cesa, Obsidiana, 2018, USA; esa mi editorial publicó su libro de cuentos La calle de la laguna, 2017. Marcelo Sánchez 27.01.67. Argentina.

Jorge Adalberto Cabrera (Jalapa, Guatemala, 1973) Psicólogo clínico por la Universidad Mariano Gálvez de Guatemala. Docente de psicología y filosofía en la Escuela Normal de Educación Física de Jalapa. Alisson Sakina Figueroa Espinoza. Nació en la Ciudad de Granada, Nicaragua el 20 de mayo de 1988. Al escribir, prefiere ser conocida como Dulcinea Carpatia. Creció en un hogar


fracturado, siendo la única mujer de 3 hermanos convirtiéndose en el mayor apoyo de su madre. Se graduó a los 21 años como ingeniera en Recursos Naturales Renovables, carrera que dejó a un lado para incursionarse en diferentes puestos de trabajos y sobre todo en la fortaleza que le ha generado su independencia, viajar. Edwin Enrique Soria Juárez Soy inspector de soldadura. Empecé a escribir a los 13 años buscando contar cosas que me hubiera gustado leer. En el 2000 fundamos un colectivo (Histéresis) en conjunto con Renato Buezo. En el 2004 fundamos la editorial Adverbium para autopublicarnos. En un taller impulsado por Alfagurara, donde no había logrado espacio para estar, entré de colado y conocí a Rafael Menjívar Ochoa. A ese taller asistió Vanesa Núñez, Denisse Phé-Fúnchal, Renato Buezo y otros. Visité a Rafael un par de veces en El Salvador. Allí, gracias a él localicé mi voz. Soy un fanático de los relatos cortos. Mis textos de 4 páginas a veces resultan, luego de años de corrección, en dos líneas. Una selección de ellos está en un libro sin publicar aún. El Dintel.


Tania Hernández nació en Guatemala, Ciudad. Es ingeniera en Sistemas e Informática, con estudios de Filología Latinoamericana y Análisis Fílmico. Ha participado en la curaduría y producción del Festival de Cine Latinoamericano en Frankfurt «Días de cine». Es coorganizadora del grupo literario guatemalteco «Literatas que dan lata». Ha participado en varias publicaciones antológicas como Cuerpos de F&G Editores, Paseo bajo la luna creciente de La Décima Letra, Lectures du Guatemala, Leer es Soñar de Casimiro Bigua Cartonera y Letras adolescentes y Poética del reflejo de Letralia. Cuenta con tres libros de cuentos cortos publicados: Love veinte diez de Editorial Sin Tecomates, Desnudar santos de edición conjunta de La Maleta Ilegal y Alas de Barrilete, y Cuentos para adultos fantásticos de Editorial Alambique. Arturo Santana. Nació el 10 de mayo de 1994 en Ciudad de Guatemala. Desde pequeño se interesó por la literatura, especialmente por el terror, el misterio y la ciencia ficción. Tiene pensum cerrado de Licenciatura en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Ha trabajado como corrector de textos en un medio de comunicación. Ha publicado poemas y cuentos en revista Mandrágora y en La Fabrik.


Zack M. Salas (Lima, 1992) estudió Comunicación Social en la UNMSM y la maestría en Escritura creativa de la misma universidad. Actualmente trabaja como coordinador de la editorial española Punto de Vista Editores. Aficionado del anime, de la cultura japonesa y de David Bowie.


Ilustraciones por: Wouter Gort James Jean Frank Heiler Clocktowerman Mattias Adolfsso Sachin Teng Rion Wang Ed Repka

© Todos los derechos reservados. El camaleón agradece a los autores, ilustradores y lectores. © Guatemala, noviembre 2019.

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El camaleón 01  

El primer número de la revista literaria «El camaleón» está dedicado a la narrativa contemporánea hispanoamericana. Textos de Kalton Bruhl (...

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