Page 1

EL CALLEJÓN DE LAS ONCE ESQUINAS Número 1

Marzo 2017


EL CALLEJÓN DE LAS ONCE ESQUINAS Revista de letras agitadas por el cierzo Número 1 ­ Marzo 2017

EDITA El Callejón de las Once Esquinas Zaragoza (España) ISSN 2530­481X COORDINACIÓN Patricia Richmond FOTOGRAFÍAS DEL CALLEJÓN Esparvero Banco de imágenes: Pixabay

PORTADA "Arco del Deán" AUTOR Alfredo Scaglioni La ilustración se ha reproducido con permiso del autor.

Twitter: @AlfredoScaglion Facebook: alfredo.scaglioni

CONTACTO 11esquinas@gmail.com Blog: callejon11esquinas.blogspot.com.es Twitter: @11Esquinas Facebook: www.facebook.com/11Esquinas Todos los relatos son propiedad de sus autores. "Cruzándome", reproducido con autorización de Fernando Aínsa.

“El Callejón de las Once Esquinas” se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución­NoComercial­ SinDerivadas 4.0 Internacional


Despegamos... CONTENIDOS

Plaza Aragón.................... 4 Fernando Aínsa Calle Predicadores............. 7 Sergio Allepuz Giral Patricia Richmond Esparvero Esteban de Gormaz Raúl Garcés Redondo Laura Vicente Remiro Javier Puchades Sanmartín Belén Gonzalvo Val Cristina Aguas Marco Adrián Sánchez García Mar Blanco Paseo Ruiseñores............. 43 Santiago Eximeno Marta Castaño González Silvina Palmiero Luis J. Goróstegui Ubierna Antonio Bolant Rodríguez Isidro Moreno Carrascosa Carmen Cano Soldevila Rafa Olivares Ángel Saiz Mora Juana Mª Igarreta Egúzquiza Carles Quílez Cunillera Pilar Alejos Martínez Pablo Núñez Malu Giancarlo Omar Ubillús Celi Calle Asalto...................... 85 Alfredo Scaglioni Camino de las Torres........ 91 Sergio Allepuz Giral Raquel Victoria

Aragón es tierra de excelentes cuen­ tistas: Braulio Foz, Ramón J. Sender, Javier Tomeo, José Giménez Corbatón, Soledad Puértolas, Patricia Esteban Erlés… y tantos y tantos más. Tal vez por eso, los aficionados al relato breve, escritores y lectores, abundan en todo nuestro territorio. El Callejón de las Once Esquinas nace con la intención de crear un espacio pa­ ra compartir historias y aprendizaje, abierto a personas de cualquier nacio­ nalidad. Sin ningún ánimo de lucro, nos guía la esperanza de contribuir a crear una comunidad de escritores y lectores que se acerquen al Callejón pa­ ra dejar que nuestro cierzo arrastre sus letras hasta los lugares insospechados a los que se puede llegar a través del mundo virtual. ¿Por qué no derribar las fronteras que la realidad quiere imponer a base de muros y alambradas? Queremos dar las gracias a los agen­ tes culturales que difundieron nuestra primera convocatoria de selección de textos. Sin ellos no hubiéramos conse­ guido iluminar las páginas del Callejón con relatos llegados de toda España, de Argentina, de Perú y de Aragón, espe­ cialmente de Zaragoza, con cuyas calles jugamos para dar contenido y forma a nuestra revista. Han sido muchos los amigos que nos han apoyado y animado a seguir con este proyecto. A ellos dedicamos este trabajo que os presentamos. Gracias, Lidia, Sergi, Raquel Victoria, Alfredo y Pablo Scaglioni y, especialmente, gra­ cias a la Biblioteca Cubit de Zaragoza por su confianza y enorme difusión en las redes sociales, así como a don Fernando Aínsa, nuestro padrino. Aquí tienes el primer número de El Callejón de las Once Esquinas: lee, comparte y escribe… la segunda convo­ catoria ya está en marcha.

3


El Callejón de las Once Esquinas

PLAZA ARAGÓN FIRMA INVITADA Con una enorme satisfacción y alegría veo que un seminario sobre el relato dictado en la Universidad de Zaragoza en 2015 produce tan auspicioso resultado como es el sur­ gimiento de una revista digital con­ sagrada al relato breve, impulsada por una de las asistentes al semina­ rio, Patricia Richmond. Gracias a esa jornada de estudio Richmond ha descubierto una vocación que, con seguridad, solo necesitaba del estí­ mulo que me ha complacido en dar­ le desde que leyera sus primeros textos. Deseo suerte y éxito a este nuevo portal que no dejaré de di­ fundir entre la creciente afición por el género.

Fernando Aínsa Web: enlamarcha.fernandoainsa.com Ensayista, poeta, narrador, periodista y crítico literario español­uruguayo, de origen aragonés, Fernando Aínsa, ha sido Director Literario de Ediciones de la Unesco, miembro del Real Patronato de la Biblioteca Nacional de España y Académico de las Academias de Letras del Uruguay y de Venezuela. Ha recibido premios en España, Uruguay, Argentina y México. En 2013 fue galardonado con el Premio IMÁN de la Asociación Aragonesa de Escritores por el conjunto de su obra literaria. Es autor de novelas, como Con cierto asombro (1968) y Los que han vuelto (2009); de los poemarios Aprendizajes tardíos (2007), Bodas de oro (2010), Poder del buitre sobre sus lentas alas (2012) y Clima húmedo (2013); además de los libros de aforismos y textos breves Travesías. Juegos a la distancia (2000) y Desde el otro lado. Prosas concisas (2014), un conjunto de microrrelatos, cuentos y aforismos. 4


Número 1

FERNANDO AÍNSA Cruzándome Si pudiera recorrer nuevamente esta carretera con la esperanza de rehacer nuestras vidas...

Anochece y regreso con la amarga sensación del equívoco y la derrota. Salí esta mañana con la esperanza de reconciliarme con ella, tras esta se­ paración de la que no puedo aceptar sus efectos: esa desidia que me ha in­ vadido, el desorden del que vivo ro­ deado, el abandono que vengo dando a mi propio aspecto, las obsesionadas visiones de mi rodar insomne en la ca­ ma matrimonial, a lo largo de noches interminables y amaneceres tristes. Quería verla para decirle que regresa­ ra, que todo volvería a ser como an­ tes, durante esos años en que emprendimos con alegría la reforma de la vieja casa solariega y plantába­ mos árboles cada invierno con la mira­ da puesta en la primavera. Oscurece y enciendo las luces largas del automóvil que ilumina la curva y luego la recta interminable que hemos recorrido juntos en tantos viajes de ida y vuelta. Acelero, tal vez por la ra­ bia de haber cedido, a poco de haber llegado, al enredo fatal de una discu­ sión donde sus reproches tropezaron con mis buenas intenciones. Viejas rencillas emergiendo de la ciénaga del pasado donde las creía definitivamente hundidas, palabras hirientes que no supe evitar y que debía haber acepta­ do con calma, para irlas superando y llevarla a mi más íntimo deseo: su re­ greso, aún a costa de cambiar en todo aquello que tanto la molestaba: ciga­ rrillos encendidos en ayunas, apestan­

do el dormitorio; un dejarse llevar por las botellas de buen vino de la bodega, bebido sentados en la terraza o en el porche, donde ella iba cayendo en una progresiva melancolía, mientras yo eufórico construía castillos en el aire. Ni qué hablar del abandono de las fae­ nas de nuestra tierra, la hierba que crecía por doquier y los árboles que se secaban por falta de riego. Debí evitar una palabra que desen­ cadenó su reacción —«resentida»— y luego el modo como nos enzarzamos en reproches mutuos. Si pudiera vol­ ver hacia atrás y regresar a ese mo­ mento en que todo discurría todavía con un control razonado; si pudiera entrar de nuevo en su casa, con una sonrisa más amplia y decirle con entu­ siasmo «me alegro tanto que hayas aceptado verme»; si pudiera recorrer nuevamente esta carretera con la es­ peranza de rehacer nuestras vidas, co­ mo lo hacía al amanecer esta mañana, si pudiera remontar el tiempo, si pu­ diera… Por la recta por la que voy cada vez más rápidamente —entre 150 y 160 kilómetros por hora— clamando contra ese instante en que lo eché todo a perder, repitiendo con golpes en el vo­ lante la palabra maldita —«resenti­ da»— veo venir un automóvil. Lleva también las luces largas y me encan­ dila. Ninguno de los dos las baja y nos acercamos cada vez más el uno al otro. En el momento de cruzarnos veo 5


El Callejón de las Once Esquinas

un auto idéntico al mío, tal vez con la misma matrícula, y creo reconocerme en el perfil satisfecho de su conductor. Un fogonazo estalla en mi cerebro,

cierro los ojos desconcertado y al abrirlos me veo conduciendo en direc­ ción contraria. Respiro y sonrío. Está amaneciendo.

Relato incluido en la obra Desde el otro lado. Prosas Concisas, Pregunta Ediciones, 2014.

6


Número 1

CALLE PREDICADORES

Letras que deambulan por las esquinas de Aragón

PASEANTES: Sergio Allepuz Giral ­ "Salchichas, Chéjov y tiempo" Patricia Richmond ­ "El Centinela y el misterio de la calle del Temple" Esparvero ­ "La ciudad del tiempo" Esteban de Gormaz ­ "A la deriva"

8 12 18 20

Raúl Garcés Redondo ­ "Intervención divina"

23

Laura Vicente Remiro ­ "Ahí está ella"

24

Javier Puchades Sanmartín ­ "Fuimos una infancia acariciada por el cierzo"

25

Belén Gonzalvo Val ­ "El refugio de Rose"

27

Cristina Aguas Marco ­ "Puzle en Super 8"

29

Adrián Sánchez García ­ "El ascenso de Pedro"

36

Mar Blanco ­ "La luz amarilla"

40

7


El Callejón de las Once Esquinas

Salchichas, Chéjov y tiempo Sergio Allepuz Giral Relato ganador del XL Certamen Ciudad de Tudela Somos pobres, pero hemos decidido ser cultísimos... Mamá achicharraba un paquete de salchichas en la sartén, cuando papá entró en la cocina con la radio a todo volumen en su mano. El Barcelona y el Madrid jugaban su enésimo partido del siglo de la temporada y todos sa­ bemos que papá necesita el fútbol pa­ ra respirar: es la mitad de su naturaleza, de su ADN. La otra mitad la ocupa la caza; aunque, lo cierto es que nunca lo he visto jugar al fútbol, sino solo mirarlo desde el sofá, y su vieja escopeta hace lustros que duer­ me el sueño de los justos dentro de su ataúd de lona con hebillas, en un rincón del altillo de la habitación de matrimonio. Las salchichas, esas sí que eran auténticas, las de siempre: las de marca blanca del súper, relle­ nas de trocitos de queso que nadie sabe cómo demonios metieron dentro. Antes las comíamos los sábados. Era una gran celebración familiar con két­ chup, mostaza y refrescos de los bue­ nos. Lo llamábamos «La gran fiesta de las salchichas rellenas de trocitos de queso». Ahora las comemos casi a diario por obligación presupuestaria. Respecto a mi relación con el fútbol: lo cierto es que me importa un rába­ no, porque a los futbolistas yo tam­ bién les importo un rábano o menos que eso. Además, nunca he estado en el Bernabeu o en el Camp Nou. Lo mío son las poblaciones intermedias, ti­ rando a pequeñas o incluso microscó­ picas, según la referencia comparativa que tomemos, claro. Si tomamos a Ciudad de México, por ejemplo, mi 8

población pertenecería al grupo de las microscópicas, como mis expectativas de futuro. Tampoco sé si en Madrid o en Barcelona —que también serían microscópicas comparadas con Ciudad de México— tendrán salchichas de marca blanca rellenas de trocitos de queso, o quizá en eso les ganemos los de las poblaciones intermedias, tiran­ do a pequeñas o incluso microscópi­ cas. De todos modos, si las tienen, seguro que ellos tampoco saben cómo demonios metieron el queso dentro, por muy cosmopolitas que sean y por muchos museos y estadios que ten­ gan. Cuando mamá nos llamó a la mesa, con la cocina llena de un denso humo negro, nos dio la fatídica noticia: la nevera estaba oficialmente vacía. Y es que no quedaba ni una triste cebolla. Mi electrodoméstico favorito había perdido su esencia, su razón de ser en este mundo, y procedimos a de­ senchufarlo para que descansase en paz, amén. Nos lo tomamos como nos tomamos siempre las cosas en mi fa­ milia: haciendo una fiesta temática. Bautizamos al guateque: «La fiesta de la nevera vacía», porque imaginación tenemos más bien poca. Cuando mi abuela, la de Lugo, aún vivía con no­ sotros, se sulfuraba con esta costum­ bre tan nuestra de hacer fiestas con todo. De hecho, le parecía de mal gusto. Su fiesta fue: «El entierro de la abuela gallega». Las salchichas rellenas de trocitos de queso incineradas por mamá estaban


Número 1

perfectas: negras y crujientes por fue­ ra y negras y crujientes por dentro. Las paladeamos muy lentamente, conscientes de que eran las últimas. Abrimos una caja de tinto que guardábamos para alguna ocasión tan especial como aquella, lleno de inten­ sos matices aterciopelados y con un brillante y afrutado color de cereza. Durante la alegre cena departimos so­ bre un libro de Punset, centrándonos en algunos párrafos previamente su­ brayados en lapicero por papá. Desde que los tres perdimos nuestros traba­ jos, las conexiones neuronales y sus influencias en los estados anímicos del homo sapiens nos interesan lo indeci­ ble. Quedarnos en el paro ha sido lo mejor que nos podía pasar; ahora te­ nemos mucho tiempo para ver La 2, ir al parque, visitar la biblioteca y orga­ nizar tertulias literarias en casa con otros amigos desempleados. Somos pobres, pero hemos decidido ser cultí­ simos. Por cierto, al término de la pri­ mera parte el Madrid y el Barcelona empataban a uno. Los goles fueron de Messi por los culés y de Sergio Ramos por los merengues. Más tarde nos repartimos las misio­ nes para el día siguiente: papá iría a entregar unos currículos, no muchos, porque las fotocopias son caras y los currículos hoy en día son meras pre­ guntas retóricas, es decir: no esperan ninguna respuesta; y mamá y yo, mientras tanto, pasaríamos por Cári­ tas a ver cómo funcionaba aquello. Iríamos todos andando, por supuesto. El autobús es un lujo inalcanzable y mi población del valle del Ebro está preciosa en otoño: alfombrada con las hojas secas de los plataneros y en­ vuelta en una capa de niebla —mitad celofán de regalo, mitad aliento géli­ do de oso polar—. Ya en la cama, desvelado por el pla­ nazo del día siguiente, oí en la radio las últimas noticias de un fulano per­ teneciente a las altas esferas de un partido político. Hablaron de cuentas

en Suiza con demasiados ceros para mi cerebro, sobres rellenos de dinero negro saltando como canguros, de mano en mano entre compadres,y amnistías fiscales servidas en bandeja de plata a estafadores millonarios. Pe­ ro, ¿no estábamos todos en crisis?, pensé yo, inocente que soy. Pero re­ gresemos a lo verdaderamente impor­ tante para la humanidad entera: el Barcelona ganó uno a cinco al término de la segunda parte. Marcaron: Messi —tres veces, el muy voraz—, Iniesta y Neymar, por los catalanes y Sergio Ramos, por los madrileños. Los blan­ cos, abatidos y deprimidos, abando­ naron el Bernabeu en sus cochazos descapotables de importación, rumbo a la discoteca de moda a doscientos kilómetros por hora. Por la mañana salí de paseo con mi madre hacia Cáritas. No había niebla, pero soplaba un viento de órdago en el valle. Las hojas de los plataneros despegaban por sorpresa a nuestro alrededor, como cometas en la playa. Formaban unos hermosos remolinos marrones que giraban sobre sí mis­ mos, sin llegar a ninguna parte. Igual que mi vida, pensé. Unos niños se manifestaban con sus padres y profe­ sores en la puerta de una escuela pú­ blica que lloraba lágrimas de tiza por sus ventanas. Querían ayudas para el comedor, los muy sinvergüenzas. Para distraerme me dio por contar mendi­ gos en las puertas de los comercios. Uno, dos, tres, cuatro…, pero me cansé pronto e inicié una conversación con mamá. Primero pensé en sacar el tema de la cartita de desahucio que corría por la mesa del salón desde hacía varios días, medio escondida debajo del libro de autoayuda de Pun­ set; pero, preferí debatir sobre la fa­ mosa pistola de Antón Chéjov. Según el escritor ruso, que era un amante de ir al grano no decorando los relatos con detalles inútiles, no debe introdu­ cirse jamás un arma en una historia si esta no va a dispararse. Yo no estaba 9


El Callejón de las Once Esquinas

de acuerdo y mamá sí. Ella siempre ha sido muy de estar a favor de lo que diga cualquier intelectual ruso y más si es un médico, como Chéjov. Si el buen doctor hubiera dicho que era re­ comendable darse un bañito en gaso­ lina todas las mañanas fumando un cigarrito, mamá se hubiera achicha­ rrado a lo bonzo como una de sus sal­ chichas de marca blanca rellenas de trocitos de queso, feliz por haber obe­ decido al Dr. Chéjov. Yo, sin embargo, fiel a un estilo más hispánico y florido, creo firmemente en despistar al lector yéndome por los cerros de Úbeda —ciertamente bellos en cualquier épo­ ca del año, créanme porque los he visto en internet—, con detalles que pueden ser, o no, de importancia. Ha­ blando de detalles: en Cáritas nos atendieron de cine y todo estaba limpísimo. Nos abrieron una ficha y nos facilitaron productos básicos con cuyo desglose no les voy a aburrir, por respeto a Antón Chéjov y también a los cerros de Úbeda, por supuesto. Acompañé a mamá a casa y tras pasar un minuto por la habitación de mis padres salí a dar una vuelta. Lle­ vaba mi largo abrigo de lana, ese que me da un aire intelectual de lo más ruso, y anduve por la ciudad buscando valor. Bajo el abrigo, la rigidez fría de la escopeta de caza de papá —recién rescatada de su rincón del altillo— me golpeaba la cadera a cada paso. Los bolsillos repletos de cartuchos abulta­ ban como un par de mejillas inflama­ das por las paperas. Con paso firme entré en la sucursal de la entidad con la que mis padres firmaron su hipote­ ca. Era una Caja minimalista de las de ahora: sin cristales blindados, sin vigi­ lante de seguridad y con solamente tres empleados: cajero, interventor y director; que si se forman colas, ¡pues que se esperen los muy jodidos! La mínima inversión para el máximo be­ neficio, tan rentable como los sobres del político de la radio de anoche. Como el tema que yo iba a tratar 10

era importante, con un gesto le pedí permiso al director para pasar a su despachito. Cerré la puerta al entrar, porque yo soy así de educado, sobre todo desde que leo tanto. Le mostré la escopeta abriéndome ligeramente el abrigo y tomé asiento. Entre dos adultos sensatos es imposible no en­ tenderse, máxime si uno de ellos va armado, por lo que le expuse mis ra­ zones con serenidad. Él debía escribir, de su puño y letra, un documento que diese por zanjada la deuda hipoteca­ ria de mis padres, renunciando además a las cuotas impagadas hasta la fecha y al derecho de embargo del inmueble estipulado en el contrato hi­ potecario. El hombre me contestó que eso no tendría ninguna validez legal. Yo le recordé que el primer contrato de Messi con el Barcelona se firmó improvisadamente sobre una serville­ ta en un restaurante y no hubo ningún problema legal al respecto. De algo me tenían que servir las clases de fútbol de papá, pensé mientras el director escribía el texto y lo firmaba. Para tranquilizarle, le aclaré que yo no estaba de acuerdo con la teoría de Antón Chéjov en lo referente a la obli­ gatoriedad de disparar un arma cuan­ do esta aparece en una historia. También le dije que se podía conside­ rar muy afortunado porque no estu­ viese allí mi madre, quien, por obedecer a Chéjov sería capaz de freír a tiros a cualquiera que se le pusiera por delante. Pero él no entendió mis razonamientos; es más, ni siquiera sabía que Chéjov era médico. No obs­ tante, terminó de redactar el docu­ mento, lo firmó, y le estampó un sello que dio un toque oficial al asunto. La negociación había concluido. Ordené al director que no se moviera hasta que yo hubiese salido de la sucursal y él me obedeció. El plan no fue tan mal como pueda alguien pensar. Gracias al papelito manuscrito se paralizó provisional­ mente el desahucio. El juez quería re­


Número 1

visar el caso a tenor de la nueva do­ cumentación aportada por nuestra parte. Hace ya seis meses que de­ beríamos haber abandonado la vivien­ da y aquí seguimos, esperando el veredicto. El director de la sucursal no pudo demostrar coacción alguna por mi parte. Nadie me vio sacar la esco­ peta en la oficina y la cámara de gra­ bación del despachito no funcionaba —por recortes en los gastos para una mayor productividad—. Durante la de­ claración judicial del director vi que estaba muy nervioso por no gestionar correctamente sus emociones. Le re­ comendé por lo bajinis la lectura del libro de Punset que habíamos estudia­ do en casa la noche de «La fiesta de

la nevera vacía». Recordé entonces, emocionado, aquellas últimas salchi­ chas de marca blanca rellenas de que­ so fundido, compradas con nuestro propio dinero, y su agradable sabor a carbonilla dando volteretas por mi bo­ ca, como un hámster regordete en la rueda de su jaula. Pero, sobre todas las cosas, recordé a Messi; quien, tras aceptar un contrato manuscrito sobre una servilleta, ganó cuatro balones de oro. Yo de momento había ganado seis. Seis meses, claro. Y es que algu­ nos solo podemos ganar tiempo. Es lo único que los prohombres nos han de­ jado: tiempo y, con suerte, alguna salchicha rellena de trocitos de queso para echárnosla a la boca.

Sergio Allepuz Giral (Zaragoza) Blog: sergiallepuz.webnode.es

11


El Callejón de las Once Esquinas

El Centinela y el misterio de la calle del Temple Patricia Richmond Nieblas, río, viento, detened la fuerza de las criaturas que habitan el abismo...

Zaragoza, 1772 I Los monjes dormían tranquilos en la Cartuja de Aula Dei, ajenos a la niebla que se había infiltrado en una de las celdas. En ella un hombre se agitaba en el jergón, poseído por una visión. Un sil­ bido apenas perceptible recorría una calle estrecha y oscura, siguiendo el eco de unos pasos. Súbitamente, una sombra sin forma definida, espectral, se abalanzó sobre un caminante, que gritó aterrorizado al ser lanzado con­ tra un rincón. Sintió cómo le salpicaba la sangre del infortunado y despertó. Al abrir los ojos, un rostro que le había estado observando fieramente se desvaneció y el monje tuvo la misma sensación 12

que acompañaba a cada una de sus visiones, la de saber que él continua­ ba buscándole y que no dejaría de ha­ cerlo hasta encontrarle, tal como había jurado. Pero no podía haberle localizado, al menos, no tan pronto. Se incorporó sobre el camastro e, imperturbable, contempló la luna a través de la ventana de la habitación. II El alguacil Florencio Ara llegó al amanecer a la calle del Temple y se abrió paso entre los curiosos que se habían congregado tras la barrera for­ mada por los guardias que no les de­ jaban acercarse. Saludó a sus subordinados y se dirigió al cirujano que estaba examinando el cuerpo que yacía en un rincón. Estaba horrible­ mente mutilado.


Número 1

—¿Qué tenemos, doctor? —Una carnicería. Este hombre ha sido devorado por alguna bestia que no puedo identificar. El alguacil se acercó a mirar el cadáver. —Le advierto que no es agradable —le avisó el médico. Se estremeció al contemplar los restos que quedaban de lo que había sido una persona. Su cabeza era una masa sanguinolenta y los jirones de carne que asomaban entre las ropas rasgadas apenas permitían adivinar que habían perte­ necido a un cuerpo humano. —¿Qué clase de animal ha podido hacer esto? —No puedo estar seguro. Nunca había visto nada igual. Podría ser un felino de gran ta­ maño. Se volvió hacia uno de sus ayu­ dantes. —¿Sabemos quién es? —No, no llevaba encima nada que lo identifique. —¿Testigos? —Algunos vecinos escucharon gri­ tos de madrugada, pero creyeron que serían borrachos de alguna taberna. Ya sabe que las peleas son frecuentes por aquí. —¿Se lo pueden llevar ya, doctor? —Sí, que lo trasladen al hospital. Seguiré examinándolo allí y pediré la opinión de otros colegas. Por la tarde la noticia se había ex­ tendido por toda Zaragoza. Los ven­ dedores ambulantes pregonaban el suceso mientras ofrecían el periódico a los viandantes: ¡La Gaceta de Zara­

goza! ¡Todo sobre el crimen del Tem­ ple! III Al alba un agente fue a buscar al al­ guacil a su casa. Habían encontrado otra víctima en la misma zona, junto a la iglesia de San Felipe. Llegaron a la plaza, en la que ya se agolpaban los curiosos. —Es todavía peor que ayer —le dijo uno de los guardias. —¿Es una mujer? —preguntó al ver el cuerpo. —Sí. Es Elvira Ramos, la partera. Vino anoche a asis­ tir a una parturien­ ta de una casa cercana. El marido ha venido atraído por los gritos del comerciante que la ha encontrado y ha reconocido sus ro­ pas. El cirujano estaba examinando el cuerpo. Se levantó y mandó que lo ta­ paran. —Nos enfrenta­ mos a una bestia. Hay que organizar una batida y aca­ bar con ella. —¿Ha dejado alguna huella? —pre­ guntó el alguacil mirando los restos de sangre pisoteados a su alrededor. —No. No hay nada que me permita especular si se trata de algún tipo de felino, de lobo o de oso. Por los des­ garros que he podido observar, sólo puedo asegurar que se trata de un animal muy grande. Se llevaron el cuerpo. Un lacayo en­ tregó una nota al policía. Debía acudir inmediatamente al arzobispado. Le recibió el canónigo en su despa­ cho. 13


El Callejón de las Once Esquinas

—¿Qué está ocurriendo, Florencio? —Parece que se trata de un animal, señor Pignatelli. Vamos a organizar una batida para cazarlo. Mis hombres ya están formando un grupo de vo­ luntarios y vamos a registrar el ba­ rrio. No encontraron nada en todo el día. Inspeccionaron todos los bajos y bodegas del entorno de la calle del Temple, pero no apareció ninguna evidencia del paso del animal. Al anochecer, algunos guardias se apos­ taron en balcones y tejados y otros se escondieron, preparados para actuar ante cual­ quier señal de avistamiento. El reloj de la To­ rre Nueva dio las dos de la mañana. Un tabernero cerró la puerta de su tasca y se internó por la calle oscura. Antes de llegar a la plaza oyó un débil silbido a su espal­ da. Miró hacia atrás con miedo. No vio nada y aceleró el paso. Dobló la esquina y algo saltó sobre él. Su grito alertó a los guardias que se encontraban cer­ ca y corrieron hacia su voz. Los pri­ meros en llegar se quedaron paralizados. El hombre se retorcía en el suelo bajo un bulto sombrío que, sin ningún ruido, le abría las carnes y esparcía su sangre. Los que llegaron después reaccio­ naron disparando sobre la sombra, pero la munición parecía traspasarle, sin que le causara ningún daño. El misterioso ser desapareció sin que nadie fuera capaz de contar cómo había ocurrido. Corrieron tras él en 14

todas las direcciones pero nadie vio cómo ni por dónde había escapado. IV Por la mañana, una carroza se de­ tuvo ante la entrada de la Cartuja de Aula Dei. El cochero preguntó por el hermano Miguel y esperó. Salió un monje alto y fuerte, cuya apariencia, a pesar del hábito blanco que le cubría de la cabeza a los pies, era más propia de un soldado que de un clérigo. El conductor le señaló el ca­ rruaje y el fraile subió y se sentó frente al hombre que le esperaba. —Hermano Mi­ guel… —dijo Pigna­ telli. ¿O debería decir Michel de Mi­ ravall? —¿Qué quiere? —le preguntó mirándole fijamen­ te a los ojos y reti­ rando la capucha que cubría su ca­ beza. Su pelo riza­ do y negro como el carbón contrastaba con la barba salpi­ cada de canas que enmarcaba su ros­ tro. —No me gusta tenerle aquí pero tu­ ve que acatar la orden del Vaticano. Sé quién es y por qué le esconde la Iglesia. Estoy dispuesto a mantener su secreto, pero ahora necesito su ayuda. Le entregó un ejemplar de la Gaceta de Zaragoza. —Usted es el único que puede en­ frentarse a esto. Pídame lo que preci­ se. Lo que sea. El canónigo abrió la portezuela de la carroza y el monje volvió al monaste­ rio. Entró en la iglesia y contempló un momento el mural en el que estaba


Número 1

trabajando un joven pintor. —Paco, ¿sabes algo de esto? —le preguntó tendiéndole el periódico. —¡El fantasma! Ha matado ya a tres personas. Nadie se atreve a salir a la calle por la noche y el pánico se ha adueñado de la ciudad. —Ven a buscarme esta noche. Me llevarás a la iglesia de San Felipe. —¿Está loco? Dicen que esa cosa se come las carnes de sus víctimas… —No te preocupes. Sólo quiero que me lleves. No tendrás que esperar­ me. V Pasó el día en la biblioteca de la cartuja, consul­ tando planos y manuscritos anti­ guos y, a media­ noche, saltó la tapia del jardín. Paco le esperaba en un carromato. No hablaron en todo el camino. Llegaron a Zara­ goza, cruzaron la Puerta del Ángel y le explicó cómo llegar hasta la iglesia desde allí. —Vete, Paco. Y, pase lo que pase, no cuentes a nadie que me has traído. Las calles estaban vacías y nadie vio la figura que, enfundada en un traje negro y tapada por un gran sombrero, avanzaba resuelta en la oscuridad. Llegó a la plaza de San Felipe y observó la imponente torre que, algo inclinada, se erguía en uno de sus extremos. A pesar de haber sido construida hacía más de dos­ cientos años, seguían llamándola To­ rre Nueva. Se acercó, tocó la puerta de made­ ra y sintió una sacudida en su mano

enguantada. La empujó, pero estaba cerrada. Sacó una ganzúa de un bol­ sillo y la abrió. Del interior de su cha­ queta sacó una vela y la encendió con una caja de yesca preparada junto a la entrada. Se encontraba en una fría sala octogonal. Sabía lo que tenía que buscar y lo halló bajo una estantería que amontonaba cuerdas y herra­ mientas de albañilería. Apartó los bártulos. Cogió una pa­ lanqueta y abrió una trampilla de ma­ dera que ocultaba una escalera. Un viento gélido es­ capó por la abertu­ ra. Se colgó del hombro un rollo de cuerda, protegió la llama de la vela con una mano y bajó los escalones. Llegó a una cáma­ ra muy antigua con una losa blanca en el centro. Inscrip­ ciones en latín, árabe y hebreo lle­ naban la pared circular de adver­ tencias sobre lo que tapaba la pie­ dra: «¡Ay de ti! No abras lo que no puedes cerrar. Y si sucumbes a la ten­ tación, ¡corre! ¡No pierdas tiempo! Por la salvación de tu alma, ¡no mires atrás! ¡Huye, insensato!» Tocó la losa y una sacudida hizo temblar todo su cuerpo. Consiguió moverla lo suficiente para deslizarse por una nueva escalera de piedra. Bajó y acabó en otra sala donde ter­ minaban los cimientos de la torre. En el centro vio un pozo rodeado de co­ lumnas romanas que sostenían un te­ jadillo rematado por figuras demoniacas. Se asomó. La pared se perdía en un abismo de oscuridad y una visión repentina le tiró hacia 15


El Callejón de las Once Esquinas

atrás. Notó la fuerza invisible que salía del pozo y chocaba contra los muros. Ató un extremo de cuerda a una de las columnas y, con dificultad, se descolgó hacia el interior, agarrán­ dose con una mano a la soga y soste­ niendo la vela con la otra. La cuerda no llegó hasta el final y tuvo que sal­ tar varios metros. Una capa de arena amortiguó la caída. El frío y la humedad eran insoporta­ bles. Recuperó la vela, que no se había apagado al caer, y observó la cámara de piedra en la que se halla­ ba. Inscripciones en caracteres íberos cubrían sus cuatro paredes. Michel de Miravall, para el que ninguna lengua muerta tenía secretos, las tradujo sin dificultad: «Padre Melkart, protege la tierra de tus siervos con tu sabiduría». «Madre Tanit, acude a la llamada de las tinieblas y guarda a tus hijos del mal que viene de las entrañas». «Nieblas, río, viento, detened la fuerza de las criaturas que habitan el abismo». Los muros estaban repletos de invo­ caciones a los dioses antiguos. En el centro de la sala un cúmulo de pie­ dras talladas con imágenes de hom­ bres y mujeres en actitud de oración parecía irradiar la fuerza que escapa­ ba por la boca del pozo. Las removió y descubrió que tapaban una roca cua­ drada que mostraba en todas sus ca­ ras unos rostros de gran ferocidad. Con mucho esfuerzo la movió y apa­ reció una nueva entrada que bajaba hacia las profundidades. La fuerza se desató en ese momento y se hizo in­ mensa. Sacó de su bolsillo una piedra negra y, sosteniéndola firmemente, la asomó por el agujero. Eso calmó algo el ímpetu de la energía y saltó dentro de la abertura. Le recibieron risas y lamentos que rebotaron contra las paredes. La luz de la estancia superior iluminaba la pequeña habitación. Un friso sobre 16

una puerta de piedra exhibía una le­ yenda escrita en una lengua olvidada hacía miles de años. Leyó: «Aquí ha­ bito, aquí donde todo comenzó y don­ de todo acabará». Se irguió frente a la puerta. El mal que encerraba había conseguido, des­ pués de siglos de empuje, desencajar­ la. Por las rendijas abiertas se evadía la energía que había trepado hasta la superficie de la ciudad, venciendo a la masa de la torre que guardaba su se­ creto, hasta hacer que se inclinase, cediendo a su fuerza superior. Sacó una piedra gemela de la que guardaba en la mano y extendió los brazos. Las rocas brillaron como el fuego y un rayo salió de cada una de ellas, atravesando la puerta. El suelo comenzó a temblar salvajemente y una guardia de seres espectrales tras­ paso los muros, envolviéndole y gri­ tando en lenguas que ya nadie puede entender. Alzó su voz por encima del estruendo, amenazándoles con la ver­ dadera luz en el idioma de los que construyeron el infierno. Se elevó y giró con ellos, mientras iban cayendo al ser alcanzados por la luz de las pie­ dras. Cayó exhausto y quedó inconsciente sobre el suelo. VI Despertó en su celda. Paco le lim­ piaba el sudor de la frente. —¿Cómo he llegado hasta aquí? —Yo le traje. Le seguí y bajé por los pozos. Fue horrible, ¿qué eran esos monstruos? —No deberías haberlos visto. Olví­ dalo todo. —Hermano Miguel, ¿quién es usted? —Eso no importa. ¿Qué hiciste ahí abajo? —Le saqué a rastras y le dejé en la calle, junto a la puerta de la iglesia, para que San Felipe y Santiago le pro­ tegieran. Volví a bajar y tapé las ren­ dijas de esa puerta con argamasa que


Número 1

encontré en la estancia superior. Hice un buen trabajo, créame. La puerta no volverá a moverse. Dejé las pie­ dras de los rayos frente a ella y cerré todo lo que usted había ido abriendo. ¿Hice bien? —Sí, Paco. Cuando me atacaron las criaturas, ¿te tocaron? —No —mintió—. Yo lo vi todo desde la cámara de arriba. ¿Estamos ya a salvo? —Mientras la torre aguante, sí. Pero si un día cae, que Dios se apiade del mundo. —¿Para eso levantaron la Torre Nue­ va? —Sí. Los Guardianes de la Puerta ordenaron su construcción, preocupa­ dos por el empuje del mal, que iba ganando intensidad. Calcularon cuán­ to debía medir la torre para que su

peso contuviera a la malignidad. Lo que vimos sólo es una pequeña mues­ tra de la inmensidad del poder oscuro aprisionado allí desde hace eones. —¿Y dónde están ahora esos guar­ dianes? —No queda ninguno. La Inquisición los eliminó. Miró a través de la ventana. El vien­ to mecía las ramas de los rosales del jardín y Michel de Miravall se preguntó si, después de haberse enfrentado de nuevo a fuerzas del mal, su presencia no habría sido presentida en alguno de los cuarteles de su enemigo. Estaba demasiado cansado para se­ guir huyendo. ¿Podría seguir respiran­ do la paz que brotaba de los muros que habían accedido a esconderle? Suspiró y se quedó dormido.

Ilustraciones: Alfredo Scaglioni (escenarios) y Miguel Ángel Siles (personajes) Patricia Richmond (Zaragoza) Blog: patriciarichmond.blogspot.com Twitter: @PatriciaRichm_ HECHOS HISTÓRICOS ­ Francisco de Goya (Paco): pintó los muros de la iglesia de Aula Dei entre 1772 y 1774. ­ Ramón de Pignatelli: hombre ilustrado, desempeñó diversos cargos de responsabilidad; fue canónigo del cabildo catedralicio de Zaragoza entre 1753 y 1793. ­ Torre Nueva: fue derribada en 1893 a causa de su peligrosa inclinación, di­ jeron. ­ La Gaceta de Zaragoza: nombre de un diario de la época, de carácter ofi­ cial, del que solo se ha tomado el nombre. 17


El Callejón de las Once Esquinas

La ciudad del tiempo Esparvero Sería lo mismo que la mies libre de malas hierbas... Nyarlad, la ciudad más odiada... Nyarlad, la ciudad enorme, terrible y magnífica, casi un estado... Nyarlad, la ciudad que, según la creencia, no nació ni fue fundada co­ mo las demás... La leyenda de su nacimiento, según se cuenta en las ciudades próximas (Babilonia la más conocida) es intere­ sante, pero imposible. Aunque algo de ello sí que hubo al final... Dice la falsa leyenda que magos muy poderosos de un futuro lejano extrajeron la ciudad de su línea del tiempo y la llevaron al pasado, antes incluso de la fundación de Babilonia. Nyarlad nació, según ese rumor, grande y con futuro asegurado. Y sur­ gió ya próspera, antigua y con la sabi­ duría y maldad de una anciana. De ahí venía —estaban seguros— su prospe­ ridad y el justificado odio hacia ella. Cualquier mago sabio te podría ex­ plicar que eso es imposible. El pasado está hecho y completo, es piedra, es historia. Con el futuro que está por hacer aún hay alguna posibilidad. Sus campos criaban increíbles y ca­ ras frutas, su bahía daba unos magní­ ficos pescados y mariscos, sus artesanos eran hábiles, sus herreros creaban unas espadas que cortaban el acero de las demás espadas y nunca se enmohecían. Sus marinos y comerciantes eran listos y hábiles y sus banqueros pres­ taban dinero con intereses razonables. No necesitaban ejército, pero seguro que sus habitantes se unirían como 18

una piña ante un ataque. Y no hace falta decir que sus magos eran los mejores y conocían bien su trabajo. Las otras ciudades la odiaban, pues no podían competir con ella en nada. Le compraban artículos buenos y ca­ ros y le vendían sus cosas más senci­ llas a precios apropiados. El dinero fue destilando sin prisa y sin pausa hacia la gran ciudad. Tras muchos años, los préstamos concedidos eran ya tan grandes que sus bancos tenían más poder en las demás ciudades que sus reyezuelos y políticos. El odio orquestado por los poderosos y consentido por las masas fue cre­ ciendo. Al fin, unidos en una gran conspiración que unió a todos los ma­ gos de la zona, e incluso a algunos re­ negados de la ciudad, lanzaron un sortilegio tan inmenso y terrible sobre la ciudad odiada, que fulminó a los magos más débiles y agotó la magia de la comarca para milenios. La ciudad completa fue trasladada al futuro mil años. Sus sabios magos que no esperaban tan sucia traición ni se enteraron. Se esperaba con ello que las ciuda­ des crecerían sanas por ellas mismas, sin la mala influencia de Nyarlad. Sería lo mismo que la mies libre de malas hierbas. Así, cuando en el futuro un día vol­ viera a emerger la ciudad odiada en­ tre ellas, todas serían ya tan prósperas, malvadas y sabias como ella. Su orgullo se vería doblegado. Con la ciudad se fueron también


Número 1

—gran fallo de los magos— su gente, sus campos y hasta su bahía. No recogieron cosechas en el inmen­ so erial que se creó. Allí no crecía ya nada por más que se regase. Ni un pez se pescó donde estaba la odiada bahía ni en muchas leguas alrededor. Tras el júbilo y grandes festejos por la victoria contra la ciudad, los políti­ cos y adinerados quedaron muy satis­ fechos, pues al no existir ya aquellos bancos tampoco había deudas. La gente, al cabo de un tiempo, em­ pezó a echar en falta algunos produc­ tos como especias, frutas exóticas, herramientas de calidad, así como compradores para sus mercaderías. Muy despacio, pero sin pausa, las ciudades decayeron y se fueron despoblando. Cuando con un magnífico ¡POP! y mu­ chas luces de colores

emergió en el futuro la ciudad, las otras ya eran polvo y la orgullosa Ba­ bilonia sólo unos tristes cascotes. Los astrónomos vieron las estrellas cambiadas de lugar y calcularon el tiempo pasado. Los magos descubrie­ ron la estúpida traición y todos lo comprobaron al ver los despojos de las ciudades vecinas. Ellos siguieron con sus laboriosas y felices vidas, aunque sin la interesan­ te interacción con sus vecinos cerca­ nos. El comercio marítimo creó nuevos mercados, nuevos amigos y alianzas fieles. Sobre las envidiosas ciudades se erigieron otras más sa­ nas. Al final, la leyenda de la ciudad que viajó por el tiempo resultó ser bastante cierta.

Esparvero (Zaragoza)

19


El Callejón de las Once Esquinas

A la deriva Esteban de Gormaz Mi nombre no importa, nada traje y nada dejo tras de mí... Perdonad el atrevimiento de que muestre mi desacuerdo a vuesa mer­ ced. Sí, Fray Gervasio, no soy hombre instruido como vuesa paternidad, na­ da entiendo de números ni latines, y mi cuerpo es vivo ejemplo de los es­ tragos que causan los años, pero, en contra de vuestro parecer, creo que el tiempo será respetuoso con los poe­ mas que cantan los juglares. Si algo he aprendido a lo largo de estos días conversando en este rincón soleado del claustro o entre las hileras de co­ les de la huerta es a no dudar de la sabiduría de vuestras palabras, mas hay cuestiones que uno debe com­ prender por sí mismo, y tal vez el día en que la tonsura no deba ser rasura­ da cada semana y brote en el cráneo de vuestra paternidad de forma natu­ ral y espontánea lleguéis a idéntico convencimiento. No os falta razón, Fray Gervasio, en asegurar que el tiempo es cruel. Aún añadiría yo que la vida es una faltri­ quera que vamos llenando poco a po­ co durante la juventud y que después, más rápido de lo que nuestros ojos incrédulos pueden dar cuenta, despo­ jamos atropelladamente dejándola arrugada y vacía. Llega un momento en que a pesar de lo mucho que se gane cada día es más lo que se pier­ de. Atrás quedó el tiempo en que mis huesos no sentían la mordedura del invierno de Castilla, atrás los tiempos en que el pulso firme de mi mano so­ bre las cuerdas de la vihuela y la so­ noridad de mi voz bien timbrada, 20

ahora perdidos el uno y la otra en el interior de mil jarros de vino y aguar­ diente, encandilaban al público de to­ das las aldeas entre San Esteban de Gormaz y Medinaceli. Lejos quedó la época en que el brillo de mis ojos desparejos, uno verde y otro azul, fascinaba a las doncellas en los días de romería, y que vuesa paternidad me perdone si escandalizo vuestros oídos. Ahora, cada crepúsculo aumen­ ta la blancura de la telilla que enturbia mis ojos y, si Dios tiene a bien con­ servar mi vida unos pocos años más, terminaré mis días tan ciego como Ramiro, ya sabe vuesa merced, ese mendigo que tiende la mano en la puerta de la iglesia suplicando a los feligreses una moneda de cobre a cambio de una oración por sus difun­ tos más queridos. Con todo, lo peor no es la decaden­ cia física sino la ruina que amenaza mi entendimiento. Desapareció mi ca­ pacidad de componer versos. Antaño, cuando el sol lucía alto, despertaba con la cabeza dolorida y el agrio sabor del vino en la boca, pero bastaba con remojar la frente en el pilón y sentar­ me en la escalinata de la plaza a co­ mer un mendrugo de pan duro o un trozo de queso y los versos se agolpa­ ban a cientos en mi boca, se empuja­ ban unos a otros pugnando por salir con tan gran urgencia que debía ce­ rrar ojos y boca para imponer orden y mesura. Los recitaba en un susurro, repitiéndolos unas cuantas veces para fijarlos en la memoria y después los


Número 1

cantaba de nuevo en alta voz mien­ tras tañía la vihuela al ritmo de las palabras: nuevas estrofas se incorpo­ raban a mi repertorio para asegurar la sopa y el vino de esa noche. Ahora se acabaron los poemas. Mi cabeza es un odre seco del que por más que lo ponga boca abajo y estruje el pellejo no escurren sino gotas que sólo acre­ cientan y burlan las ansias del sedien­ to. A veces pienso que nací con todos esos versos dentro y que ahora nada encuentro porque todos salieron y na­ da queda. Y la mano de la vejez aún llega más lejos. Las cataratas que ciegan mis ojos también parecen oscurecer la memoria. He perdido sin remedio, tanto como la juventud, cantares y poemas compuestos o aprendidos cuando los cabellos no raleaban en mi testa ni los dientes en mi boca. ¿Y qué es de un trovador sin su arte y su me­ moria? No me queda sino esperar a la muerte y mientras tanto arreglar vie­ jas cuentas para que el hatillo que arrastre conmigo al Purgatorio no pe­ se demasiado. Si no incomoda a vue­ sa paternidad y siempre que los muchos pecados de una vida disipada no impidan que mi cuerpo sea entre­ gado a la eternidad en suelo sagrado, dispondría mi tumba en un rincón lu­ minoso del camposanto con una lápi­ da que dijera: «Me nacieron en San Esteban de Gormaz, mi nombre no importa, nada traje y nada dejo tras de mí». Nada salvo algunos bastardos de ojos desiguales, vuesa merced comprenderá que los espíritus débiles sucumben con facilidad a los pecados de la carne, y unos miles de versos cantados en fiestas y romerías. ¡Ay, si como vuesa merced domina­ se el arte misterioso de la escritura! Es como un milagro: una pluma de ganso, un tintero y un pergamino bas­ tan para apresar un retazo de inmor­ talidad. Si yo supiera descifrar esas hermosas letras que los escribanos di­

bujan en la sala capitular jamás hu­ biese olvidado mis versos. Aunque en realidad poco importa porque los ver­ sos, y perdone vuesa paternidad si mis palabras pecan de inmodestia, una vez pronunciados existen para siempre, sin pertenecer a nadie, pro­ piedad de todos. Nunca he visto el mar, pero he hablado con pescadores que aseguran haber permanecido días enteros en barcas de velas deshincha­ das y desnudas de viento, flotando a la deriva, ignorando si podrían regre­ sar a puerto. Así veo los versos: va­ gando, flotando entre las gentes como restos de un naufragio. He oído en calles y mercados a jóve­ nes juglares cantando mis poemas, a veces tan cambiados y estropeados que apenas los reconozco como pro­ pios, otras embellecidos por un talen­ to superior al que Dios se dignó conceder a este siervo indigno. He visto a chiquillos recitando mis histo­ rias por calles y plazas, a mujeres cantando mis versos camino de los campos de trigo en los meses de la siega. Y es por eso, Fray Gervasio, que los cantares no desaparecerán aunque nadie los escriba, así como las persecuciones de los paganos no con­ siguieron matar las creencias de los auténticos cristianos. Pese a todo, es mi deseo, y no quisiera que vuesa merced vea herejía en mis palabras, que algún día los copistas usen sus artes para atesorar, además de los Textos Sagrados y los estudios de los eruditos, el sentir de los aldeanos y las lavanderas, pues eso son los poe­ mas, Fray Gervasio: los cantos y le­ yendas, los sueños y alegrías del pueblo. El pergamino sería la brisa que conduce a los versos a las aguas tranquilas del puerto, la amarra que los mantiene a salvo de las tormentas del olvido, las velas izadas y el timón dispuesto para comenzar un nuevo viaje en los oídos y corazones de quienes escuchen con oídos amables 21


El Callejón de las Once Esquinas

la voz del juglar. Y hablando de escuchar, ésa que suena es la campana del convento lla­ mando a vísperas. Si no importa a vuesa merced yo continuaré aquí dis­ frutando un rato más del sol de la tar­ de. Hablar del pasado parece haber

aflojado mi lengua y mi memoria. Tal vez recitando los pocos versos que aún recuerdo despierte mi inspiración y nuevos poemas nazcan de mi boca. Beso la mano de vuesa paternidad.

En Valençia sedí mio Çid con todos sos vassallos, con elle amos sos yernos los ifantes de Carrión. Yazies en un escaño, durmie el Campeador; mala sobrevienta sabed que les cuntió: saliós de la red e desatós el león. En grant miedo se vieron por medio de la cort; embrazan los mantos los del Campeador, e cercan el escaño, e fincan sobre so señor.

Esteban de Gormaz (Zaragoza)

22


Número 1

Intervención divina Raúl Garcés Redondo Anoche tuve otro sueño...

México, 22 de febrero de 1949 Queridísimo Pepín: Anoche tuve otro sueño. Diferente a aquel del ojo seccionado por una navaja de afeitar o al de Dalí con hormigas pululando por la mano. Se trata a mi parecer de una versión mejorada del Milagro de Calanda. Bien sabes la impresión que me causó este cuento de viejas en mi niñez. Esta historia se me presentó durante la noche con la fuerza de los bombos y tambores calandinos en el mediodía del Viernes Santo. En ella, un pobre tullido con muleta mendiga en la puerta de una iglesia de la ciudad. Se trata de un vencido más de la guerra, estigmatizado por sus ideas políticas.

El párroco, hombre orondo e intransigente, le expulsa de la entrada como a un perro apestoso. Una noche, pongamos la del 29 de marzo, los compañeros de penurias despier­ tan exaltados al mendigo, entregado a un sueño profundo, pues encuentran bajo su roída manta dos extremida­ des, sin detenerse en que una es más rolliza que la otra. Concluye con el pá­ rroco sirviéndose de un monaguillo para caminar pues su pierna diestra termina ahora en un muñón. Y nada más. Un abrazo muy fuerte de BUÑUEL

Raúl Garcés Redondo (Zaragoza) Blog: www.desdesoria.es/tieneunminuto

23


El Callejón de las Once Esquinas

Ahí está ella Laura Vicente Remiro Descubriendo que viviendo nos gana la batalla... Ahí está ella, revolucionando el mundo en cada paso de gigante que da. Alumbrando oscuridades que ni si­ quiera sabe que existen. Dando tre­ gua a guerras entre corazones, imponiendo su sonrisa como moneda de cambio y su mirada como trinche­ ra. Desprendiendo magia y aleteando hacia quién sabe dónde. Cobijando lo­ curas e impidiendo cualquier traspiés. Recreando luz y mojando las aceras de color. Acariciando la felicidad y quemando las brasas del pasado. Re­ flejándose en cada charco de libertad y volando siempre hacia adelante con esa fuerza que sólo ella posee. Arañando a la razón y abriendo almas. Borrando rastros de corazas y atra­ pando latidos. Fotocopiando en su mi­ rada el color del paraíso y enterrando oscuridad. Abrazando corazones. Ce­ rrando calles sin salida y abriéndose paso en nuevas formas de viajar sin moverse del lugar. Caminando de la mano de ese maldito vuelco de estó­ mago que te produce cuando tan sólo te mira, con esa sonrisa que siempre ocupa sus ojos. Des­ congelando heridas para curarlas con algo más que saliva. Igno­ rando que su belleza prende y ardemos por

dentro cuando se deja ver como real­ mente es. Susurrándole al viento que jamás caminará por el camino que le dicte su razón, que su sístole y diásto­ le dirigen sus mañanas y su ansia de libertad, sus noches. Provocando de­ sastres naturales con esa forma de caminar tan segura de que nadie le pisará los pies. Acortando su dolor en tragos de cerveza. Abrigando historias rotas y venciendo al frío dejando en el suelo el corazón. Amansando a las fie­ ras que cada nuevo amanecer le em­ pujan hacia el precipicio de dormir en camas separadas con su corazón. Descubriendo que viviendo nos gana la batalla. Abriendo los pulmones co­ mo si se tratase del corazón verde de la ciudad. Rompiendo cuellos por mi­ rar atrás. Riendo porque no hay por­ qué, y llorando porque se esconde tras cada puerta cuando los mons­ truos acechan. Creando milagros más allá de cuentos. Atragantándose con el corazón cuando la corriente la arrastra a un presente que no siente. Fingiendo ser un folio en blanco reple­ to de interrogantes. Tenéis que verla. La mujer más bonita de la ciudad.

Laura Vicente Remiro (Zaragoza)

24


Número 1

Fuimos una infancia acari­ ciada por el cierzo Javier Puchades Sanmartín De mañanas frías con pasamontañas y pantalones cortos... San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Latassa, Supervía, Barbasán… en esas calles transcurrió nuestra infancia. El río Huerva, nuestra última frontera, lo prohibido; el puente de Los Gitanos era el más allá. Los tres vivíamos allí, en la misma finca, en el mismo portal, el trece, pe­ ro nuestro punto de conexión fue el “Basilio Paraíso”. Aquel colegio era es­ pecial, te llevabas tu silla de casa, te daban de merendar leche en aquellas botellas pequeñas con su tapón de aluminio, y solo había dos clases, la de los pequeños y la de los mayores; era un mundo fácil, simple, de limpiar la tiza de las pizarras con trapos mo­ jados con el agua fría de la fuente del patio. Pero coincidíamos en más, el nom­ bre de los tres empezaba por jota, Jesús, Joaquín y Javier. Fuimos niños de infancia feliz, de vueltas a la manzana, de sentirte ma­ yor cuando te dejaban ir a la escuela solo, pero seguías siendo un renacua­ jo. Fuimos niños de conformarse con poco, tres pesetas eran la felicidad, y con ellas ir a la castañera de la esqui­ na; sí, esa que estaba entre San Juan de la Cruz y Santa Teresa; sí, esa con su caseta de madera de color azul, con aquel brasero en el que asaba sus castañas en invierno; sí, era aquella mujer que siempre llevaba un pañuelo en la cabeza, que te asustaba en un

principio, pero siempre acababas ha­ blando con ella. Fuimos niños acariciados por el cier­ zo, de mañanas frías con pasamon­ tañas y pantalones cortos, de bajar a comprar el pan a la Fiterana y paste­ les a Barbasán, de bollos, merengues, y de meriendas de pan con chocolate. Fuimos niños de La Salle, de espiar a las Franciscanas, de odiar a los cu­ ras por sus capones, pero de misa se­ manal. Fuimos niños de tardes de domingo en el cine de La Salle, de comprar chucherías a través de aquella venta­ na de madera y de vivir la peli. Fuimos niños de envidiar a los ma­ yores por no poder entrar en los billa­ res, pero como rebeldes romper las reglas. Fuimos niños de jugar al fútbol en los campos de cemento que había detrás de los patios de La Salle y de rezar que el balón no cayese al Huer­ va. Ese río era nuestra zona prohibi­ da, ¡ay! si nuestros padres hubieran sabido la de veces que bajamos a sus orillas; ignorábamos el peligro, ocultábamos nuestras aventuras. Fuimos niños de jugar en la calle, de no contar las horas, de vivirlas, de paseos en bicicleta por el Parque Grande, y subir al Batallador para ver el mundo, nuestro mundo. Fuimos niños hasta que la realidad llamó a nuestras puertas, sin avisar, y nos despertó. Y nos hizo descubrir la 25


El Callejón de las Once Esquinas

vida y nos movió a cada uno a su des­ tino, y nos separó. Fuimos niños hasta que al padre de Jesús la vida lo arrastró desde un an­ damio, y ese día descubrimos la muerte, la tristeza, el dolor en el co­ razón, sentir cómo te rompes en tu interior sin saber. Al de Joaquín fue la enfermedad, rápida, cruel. Y al de Ja­ vier fue la carretera, un loco, la mala suerte. Fuimos niños marcados por un mis­

mo destino, como cuando al amanecer el cierzo te rompe la piel y te deja frío, helándote el alma. Fuimos niños casi convertidos en hombres a los once años. San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Latassa, Barbasán, Supervía, Bruno Solano… esas calles siempre me so­ narán a tiempos de felicidad. Fuimos niños de una infancia acari­ ciada por el cierzo.

Alfredo Scaglioni ­ "Casa de la calle Ram de Víu de Zaragoza"

Javier Puchades Sanmartín (en la actualidad reside en Quart de Poblet, Valencia ­ España) Blog: eldecantadordeletras.blogspot.com.es Twitter: @xokotonto

26


Número 1

El refugio de Rose Belén Gonzalvo Val Pasaron los primeros minutos acurrucados en el sillón, su preferido, en el que había vivido montones de aventuras in­ mersa en la lectura de un libro tras otro...

Las nubes negras les empujaron a volver pronto del paseo diario. Hoy no habían podido disfrutar del atardecer al aire libre. Ella siempre detenía su paso para contemplar el juego que la luz del sol compartía con lo terrenal. En cambio, a él no le gustaban ni la noche ni sus preliminares. Cuando de­ saparecía el calor del sol prefería es­ tar ya en casa, tumbado al lado del radiador. Ella miraba por la ventana. El perro permanecía expectante a su lado. La tormenta incrementaba su furia. Vio salir volando los carteles de la úl­ tima campaña electoral y se alegró de la desaparición de aquellas fotos men­ tirosas. Detrás, salieron los postes, también artificiales, que les habían mantenido en alto. Sillas de la terra­ za, ramas, contenedores de basura... nada escapaba a la fuerza del hu­ racán. Rose cerró los ojos asustada. Nunca le había gustado ser testigo de un de­ sastre. Fue a la cocina a por agua fresca y la comida que ya tenía prepa­ rada y bajó con Willow al refugio. El chucho no había entrado nunca, era todavía un cachorro, y tuvo que con­ vencerle con unas cuantas golosinas y su juguete preferido, una pelota de colores. Cerró la pesada trampilla con cuidado. En los simulacros que su pa­ dre le obligó a hacer cuando constru­ yeron aquello, tuvo más de un

accidente. Por eso, siempre que baja­ ba a revisar el estado de las provisio­ nes, el primero de cada mes, evitaba cerrarla. En su día no le gustó la idea de te­ ner un cuarto antitornados y si lo hizo fue solo para que sus padres se fue­ ran a vivir lejos, por fin, sin la preocu­ pación de saber en peligro a su única hija. Siempre se había preguntado por qué no tuvo hermanos. Era evidente que sus progenitores se querían. To­ davía se ruborizaba al recordar los ja­ deos que, años atrás, llegaban a sus infantiles oídos desde el dormitorio de sus padres. Estaba claro que lo habían intentado durante mucho tiempo, al menos todo el que vivieron bajo el mismo techo. —¡Willow, estate quieto! El cachorro intentaba una y otra vez subir por la escalera. —Ven aquí pequeño. No te preocu­ pes. Acabará enseguida y subiremos a dormir. Mientras hablaba, sentía cómo el pequeño cuerpo tembloroso se fundía más y más con el suyo. Pasaron los primeros minutos acu­ rrucados en el sillón, su preferido, en el que había vivido montones de aventuras inmersa en la lectura de un libro tras otro. El asiento que su ma­ dre odiaba por esa misma razón. Miró a su alrededor buscando su pequeña biblioteca, pero no estaba allí. En las 27


El Callejón de las Once Esquinas

estanterías solo había bidones de agua, latas de comida, un maletín de primeros auxilios, mantas y pilas, montones de pilas para alimentar la potente lámpara que les sacaba de la oscuridad. Un violento golpe en la trampilla le hizo salir de los recuerdos. Willow co­ menzó a gimotear presa del miedo. Para calmarlo se puso a jugar con la pelota lanzándola contra la pared. El estímulo era tan fuerte para aquel pe­ queñajo que enseguida empezó a per­ seguirla sin control. En una de sus carreras tiró todo lo que había en la mesilla del rincón, en la que ella ni si­ quiera había reparado: un libro, unas gafas y una caja de bombones. Supo que las gafas eran de su padre y el li­ bro era el último que habían leído jun­ tos. Cuando era pequeña compartieron, cada noche antes de dormir, aventu­ ras, dramas, risas y poesía a partes iguales. Todo antes de que alguien considerara que la niña era demasiado mayor para que le siguieran leyendo cuentos. Fue entonces cuando su pa­ dre, esquivando aquella ridícula prohi­ bición, le escribía fragmentos del libro que leía y se los dejaba en su buzón particular: aquella lata vacía. Como si de un tesoro se tratase, la abrazó en el mismo instante que un ruido atronador sonó sobre sus cabe­

zas. Parecía que, por esta vez, los del tiempo habían acertado: el huracán pasaba por donde habían predicho. Su miedo iba en aumento así que encen­ dió el móvil y puso la música a todo volumen. Solo entonces, Willow salió poco a poco de debajo de la mesilla, alerta por un posible castigo. Temero­ so, como ella el día en que su madre descubrió la lata y, celosa, la tiró a la basura. Pero ahora sabía que su padre no la había abandonado, que le había seguido escribiendo, libro tras libro, fragmentos, frases o una única pala­ bra rescatada de una pésima novela. Salvó la caja de sus recuerdos comu­ nes y la había guardado allí donde sabía, con seguridad, que en algún momento la iba a encontrar. Rose, leyó cada uno de los papeles sin escuchar los ruidos de devastación que habían hecho volar todo. Cuando por fin se hizo el silencio, subió a la superficie de un nuevo lugar, extraño y vacío de estructuras familiares. Abrió de nuevo la caja en la que había estado encerrado el sueño de recupe­ rar a su padre y lo dejó volar, libre, como siempre debió de ser. Willow, desbocado, perseguía cada trozo de papel que una leve brisa mecía a ras de suelo. Hacía un gran esfuerzo para que ninguno volviera a entrar por la trampilla del último refu­ gio de Rose.

Belén Gonzalvo Val (La Puebla de Alfindén ­ Zaragoza)

28


Número 1

Puzle en Super 8 Cristina Aguas Marco Desde un principio, la calle fue un misterio en sí misma: ni era un callejón ni tenía nombre...

Había una vez un callejón con ocho casas. Cosiguel lo llevó siempre en su corazón. Pisó otras aceras, tomó as­ censores de limitado formalismo veci­ nal y fue personaje de un cuadro en fachada impersonal, pero cuando volvía la vista atrás, sus pensamientos se quedaban prendidos en la calle za­ ragozana donde habitó buena parte de su vida, y en la realidad fantástica de sus puertas, sus moradores y sus esquinas. Allá por los años sesenta del pasado siglo la ciudad creció para acoger el éxodo rural. Al sureste, el mundo que había quedado aislado a ese lado del Canal Imperial, vio cómo una revolu­ ción de excavadoras horadaba sus en­ trañas. Se edificó mucho y se pusieron calles en el plano que hasta entonces habían sido caminos de ca­ bras, nunca mejor dicho, porque no se respetó el paso de cabañera que por allí discurría. A día de hoy todavía las cagarrutas de oveja se vengan del as­ falto y los sonidos de las esquilas se carcajean en la noche. No se sabe muy bien si uno de esos cencerros quedó por ahí o se utilizó una campa­ nilla, el caso es que, cierto día de pri­ mavera, con la debida pompa y después del llamamiento con el ins­ trumento que fuese, se procedió a inaugurar la calle. El acto quedó sella­ do también con circunstancia por la entrega de llaves, un vino español y unas jotas yeyés entonadas con emo­

ción por el Sr. Ciento­Quince o Sr. Cinco, que de ambas maneras se le puede llamar. Desde un principio, la calle fue un misterio en sí misma: ni era un ca­ llejón ni tenía nombre. La tapia que lo cerraba no debía haber existido. So­ braba una casa. No figuró nunca como tal en la ordenación urbanística ni la parte accesible a él debió ser la que fue. En cuanto a la identidad, vamos a intentar simplificar porque es un lío monumental. El constructor continuó con la numeración de la calle adya­ cente, vamos, que era una simulación de vengo por aquí, serpenteo tan rica­ mente, y vuelvo a salir a la vía princi­ pal. Después cayó en la cuenta de su error y se puso romántico. Decidió po­ nerle el nombre de su esposa, con lo que se hubiese llamado el callejón de la Mercedes o de la Virgen de la Mer­ ced. Tampoco cuajó. La señora pensó que lo primero parecía el título de una opereta, y no le gustó el regalo, y en cuanto a lo segundo, aunque coincidía con la patrona del gremio en el que él ejercía el pluriempleo, y hubiese ma­ tado dos pájaros de un tiro, pues tampoco. Para quebradero de cabeza de sus vecinos, en ciertos documentos sí que se utilizó alguno de esos nom­ bres. Iluminado el fundador a última hora, no se le ocurrió otra cosa que bautizarla a lo loco como Valle de Te­ na. A pocas manzanas había una agrupación con una docena de calles 29


El Callejón de las Once Esquinas

que atendían también por las mismas referencias pirenaicas. Siempre pare­ ció que unos secesionistas se habían construido unas casas a unos metros de aquellas otras. Para terminar de redondear la cuestión, se supo más tarde de la existencia de otra calle ca­ si homónima allá por la margen dere­ cha del Ebro, pero ya no había remedio. Ambas convivieron pacífica­ mente durante muchos años. El lugar, en resumen, tenía a gala poseer cua­ tro nombres, como los infantes de la realeza, y dos numeraciones distintas según se emplease uno u otro. Esto le dejó una marca indeleble en el limbo, y excepto para sus moradores, a na­ die más le importó, porque desde fue­ ra lo llamaban El Callejón, sin más, y ya está. Con el crepúsculo se sumía en las sombras y quedaba verdaderamente oculto. No había farolas. En los prime­ ros años, indicar a un taxista suponía armarse de paciencia y llevarle de la mano como a Ulises por el ponto, es decir, una verdadera odisea. Inicial­ mente el lugar no le sonaba, y si re­ motamente lo hacía, el Ebro se le viraba. Lo sencillo era directamente mandarle a pasar condena entre pinos y fuegos fatuos, y ya si eso, contarle. Llegando a cierto punto, había que rectificarle la trayectoria porque más de uno escoraba a babor cuando debía de seguir avante toda. Cuando veía la boca de lobo ante la que se le hacía detener, se negaba a entrar. Alguno, temiendo por su vida, despachaba al ocupante pero se quedaba esperando, curioso más que amable, hasta que escasamente le veía detenerse en una casa. Quedaba con la certeza de que había mandado al ocupante a la puer­ ta del infierno. La calle parecía que no tenía o se le borraban por arte de ni­ gromancia las esquinas, ¡pero no! Es el momento de tomar la palabra y presentarnos. —Hola, me llamo Cabriola, la esqui­ na de los pares, y te voy a mostrar lo 30

que incluso los del Google Maps no enseñan, porque tampoco ellos se atreven a fondear. —Hola, me llamo Voltereta, la esqui­ na de los impares, y te voy a llevar al cine, aunque esto es solo un cortome­ traje. José Miguel Ocho recibió las llaves de la casa con ese número. Nunca contó cómo había llegado, si con un mapa hecho a mano o con una brúju­ la. Aquí desembarcó como pichi de pura cepa, con Dora, su estupenda y resuelta señora, la suegra y media docena de hijos. La niña del matrimo­ nio Dos, con su lengua de trapo, le comenzó a llamar Cosiguel, y con Co­ siguel se quedó para todos. Los Cinco eran una pareja de mediana edad. Fernando era un turolense bondadoso y ocurrente curtido en mil empresas. Angustias era una señora adorable en general pero con los arranques y el variable carácter del Moncayo. Tenían una hija casadera, Filomena, que a decir de algunos se parecía a la Loren pero algo más flacucha. Los Seis iban y venían porque la vivienda era de al­ quiler. Por allí pasaron gentes de otras regiones que llegaban destinados por motivos laborales: los seises murcia­ nos y los seises cacereños. Nunca es­ tuvo cerrada. Algunos años incluso hubo falsos Seis, que ya eran más de la tierra, como los Seis+Seis y Medio o la señorita Seis que se cansó de ambas cosas, del tratamiento y del nombre, porque se casó y con la fami­ lia ampliada se fue a vivir al Tres. La señora Siete, doña Leocadia, ejercía de patrona, y los que iban y venían eran sus inquilinos. Los Uno eran mis­ teriosos. Tenían un camión, pero co­ mo si lo intentaban aparcar en la calle se hundía el asfalto por los hábiles cálculos del constructor, que ahí tam­ bién estuvo fino, a riesgo de dejar a los vecinos sin agua durante una se­ mana, digamos que tenían un camión que nadie había visto nunca. La duda de si existía o no quedó despejada


Número 1

diez años después. Los Dos eran cua­ tro, pero luego el señor Mariano Ju­ nior Dos abandonó la vida de casado y se mudó con sus padres, el señor Ma­ riano Senior Tres y la señora Ana Tres. Dada la proximidad de los que antes habían sido las partes contratantes, se vieron en el callejón suculentas anéc­ dotas, porque, al contrario de los per­ sonajes de Shakespeare, en lugar de enviarse requiebros de amor de balcón a balcón, se lanzaban directa­ mente las macetas. Vicente Cuatro era manco y su señora tenía conejos y dos gallinas en el jardín. La fauna era variopinta en el Corral de Noé. Pilar Cuatro criaba conejos. En una ocasión llegó a contar más de una veintena. Los vecinos le dejaban paquetes misteriosos en la puerta con envoltorio de papel de periódico, que contenían las peladuras de las verdu­ ras y las mondas de patata, sin olvi­ dar las hojas exteriores de alcachofa, que por lo visto les volvían locos. En­ tre todos le proporcionaban gratis el sustento necesario, pero nunca tuvo el detalle de compartir un guiso, lo cual nos lleva a la conclusión de que la casa era un matadero clandestino y los exportaba en minicanal hasta algún merendero de los alrededores, aun así, los otros seguían mostrando su solidaridad con una afición que no era tan inusual como parece. Aparte de los conejos, que para redondear contaremos veinticuatro y las dos ga­ llinas, los Ocho tenían un pastor alemán (el guardián de la calle) y quince canarios, Leocadia un gato, los Cinco seis tórtolas y otro gato, y los Uno diez peces de colores. ¿Cuántas patas y picos son? No los cuentes. Ya te lo decimos: 153 patas y 25 picos… ¿Eing? ¿153? Uno de los mininos tenía tres patas. También había un dos ca­ ballos azul y negro con guardabarros delanteros que servían de tobogán a los pequeños, pero ese espécimen no afecta a la suma y por eso no lo he­ mos mencionado.

La flora en el callejón también es digna de describir. Nació como un ver­ gel con setos de una altura de hombre y medio. Se consideraría más apro­ piado plantar la vegetación que ahon­ dar la profundidad de las tuberías de agua y vertidos, porque ya estaban así de crecidos en la entrega de lla­ ves. Los obreros fueron jardineros an­ tes que albañiles. Esta hipótesis es irrefutable. Cuando llovía más de tres días seguidos, las aceras se tornaban de color verde. El musgo despertaba como manto singular porque las semi­ llas debían andar dormidas mezcladas con la arena y el cemento. Pero volva­ mos a los setos. Estaban dispuestos de tal manera que eran ideales para jugar al escondite, abiertos delante de cada puerta, y si divides mentalmente la tapia del fondo en tres a lo ancho, éstos llegaban desde las fachadas del ocho y del siete a un tercio por cada lado. La perspectiva era tan engañosa entre los arbustos mentirosos y las aceras brotadas, que una tarde de marzo una ambulancia se empotró contra el final del callejón, pensando que había encontrado un atajo de ver­ de esperanza para llegar antes al hos­ pital. La flora tuvo que ver recortada su exuberancia. Se dispuso un parte­ rre de rosas de lado a lado, además de pintarse la pared, como no podía ser de otra manera, de color verde, no por nada, sino porque contrastaba con las fachadas que eran así como ti­ rando a tonalidad indefinida de arena desértica. Cosiguel era un hombre apacible. Al llegar a casa colgaba el uniforme de trabajo y enfundaba su barriga con un pantalón azul de mecánico que suje­ taba con tirantes elásticos. Cuando las nuevas tecnologías dominaron el mundo, algunos pensaron que había inspirado a SuperMario, bigote inclui­ do. Estaba todo el día con alguna he­ rramienta en la mano. Lo mismo arreglaba una tostadora que el motor de una furgoneta. Su ansia por la lla­ 31


El Callejón de las Once Esquinas

ve inglesa y el destornillador era tal, que siempre estaba con varios pro­ yectos a la vez y parecía que nunca terminaba lo que empezaba. No era cierto, su falta de fijación se debía a que los impulsos los marcaban sus hi­ jos, que convenientemente le pro­ veían de cosas para reparar, y así el pobre hombre no llegaba a todo. Era también un agitador cultural. El día que el hombre llegó a la Luna to­ dos los vecinos se reunieron en su ca­ sa para ver el acontecimiento, más que nada porque era la única familia que tenía televisor. Los sábados por la tarde había sesión de cine en su jardín trasero. Al principio la pantalla era una sábana. Con el tiempo se so­ fisticó. Sorprendía a los vecinos con Chaplin, alguna del oeste, de miedo, y hasta con un ciclo de Hitchcock. Sus contactos debía de tener por las amé­ ricas porque no estaban dobladas y siempre trabajó el formato NTSC. De Charlot no había mucho que traducir; de las de indios y vaqueros se pillaba el argumento; había risas al ver a Drácula al ritmo de El lago de los cisnes; y con aquellas del señor raro, aunque no se entendiese un pimiento morrón de los diálogos, el debate iba entre los desvaríos de uno que se vestía para matar una mosca y los de una gobernanta disfrazada de Rotten­ meier enamorada. Cosiguel allí estaba al quite con su llave inglesa y su des­ tornillador por si había algún contra­ tiempo con la bobina. Si la concurrencia era abundante, cada cual se llevaba la silla de su casa. Los niños se sentaban por las escaleras del primer nivel. Los canarios y el pe­ rro ponían a veces la música inciden­ tal. Como se estaba en familia y al aire libre, no había intermedio porque toda la sesión era un festival. ¡Nada de palomitas! No se acostumbraban aquellos aperitivos imperialistas. En una mesa lateral había, por ejemplo: una sopera con caracoles (recolecta­ dos de los setos), pan con tomate y 32

ajo, ensaladas, tacos de queso, costi­ llas de cerdo adobadas, olivas, refres­ cos y cervezas. Ya que hablamos de fiestas y otras cosas, es imprescindible mencionar la SECUFO. La primera edición del certa­ men arrancó en julio de 1976, un mes muy soso al que había que dar vidilla. Hay que tener en cuenta que las va­ caciones escolares habían comenzado y los vecinos además habían aprobado el examen de natalidad con nota. Tre­ ce almas nuevas llegaron al callejón en pocos años. Como era un número al que había que tener respeto y el lu­ gar se prestaba, se aprovechó para invitar oficialmente de campamentos a cincuenta jóvenes y niños que ya antes se daban una vuelta por allí. Hay que sumar los adultos residentes que ascendían a veintiséis, más tres argentinos, un sobrino que estaba ha­ ciendo la mili, dos negros de la Base Americana, Mr. Winston y el cabo Tuentiguan, un primo valenciano de los Cuatro, que con Super 8 en mano andaba por entonces falto de imagi­ nación, y una cantidad variable, según los días, de amiguetes y parientes, pongamos que una media de quince, entre ellos mosén Pancracio. ¿Cómo se llamaba el ideólogo de la Semana de la Cultura, el Folclore y Otros, la SECUFO? Cosiguel, ¿quién si no? Filomena Cinco, que con el tiempo llegaría a ser una reconocida modista cuyos trajes se pasearon a lo largo y ancho del país y del extranjero, como París o Nueva York, fue la encargada del vestuario para la Ceremonia de Inauguración. También era fotógrafa y al buen hacer de sus manos se debe la memoria para la posteridad de tal acontecimiento. Es una pena que no haya entregado aquellas fotos. Del programa sí que se han podido encon­ trar varios ejemplares en poder de la segunda o tercera generación de veci­ nos. Después de hojearlo, lo vamos a intentar reproducir ampliado. Todo estaba preparado y la concu­


Número 1

rrencia ansiaba con emoción el co­ mienzo. Ángel Uno llegó con su ca­ mión. Foto. Lamentablemente tampoco se puede mostrar. No entró con él a la calle por el motivo que ya queda dicho. Lo cruzó para impedir el paso a toda persona ajena a los even­ tos. Había entre los vecinos un policía, una enfermera y el químico de una planta de reciclaje, ¡que sí, que esas cosas de la conciencia ecologista ya existían! El agente precintó el lugar donde se iban a perpetrar los hechos. La del hospital colocó en el exterior, como supuesta cuarentena, unos car­ teles de «Prohibido el paso. Solo per­ sonal sanitario». El del reciclado se trajo del almacén dos placas de un producto espantoso, que nos hizo ex­ hibir a nosotras, una con una calavera y la otra con símbolo de radioactivi­ dad. La presentación fue escueta en contra de lo que estás pensando por­ que había prisa en ir al turrón. Cosi­ guel Ocho y Fernando Cinco agradecieron la asistencia a los pre­ sentes desde el escenario y procedie­ ron a dar las debidas explicaciones como representantes del callejón que eran. El lunes tocaba juegos populares. En mesas de camping comenzó el duelo a cartas. Mr. Winston se empeñó en aprender a jugar al guiñote. No consi­ guió entenderlo muy bien. Cada vez que Mariano Junior decía «¡Arrastro!», el americano ponía cara de incom­ prensión y éste le contestaba «¡Que to’pa mí!, ¡que all for me!». Por la co­ rrespondencia que mantuvo con los Ocho, se supo que había llevado el juego a su patria, pero como no había sido buen alumno, en su casa ameri­ cana se jugaba al arustruer con unas reglas de dudoso rigor. En contrapres­ tación, las clases de póker sí que cua­ jaron entre los vecinos del callejón, instaurándose una costumbre todos los primeros lunes de mes que aún perdura. Los niños hacían carreras de relevos, tiro de soga, lanzamiento de

garbanzo con la boca, concurso de globos de chicle, competición de equi­ librio sobre una pierna, lanzamiento de palo al perro, salto de altura por los setos y a ver quién cuela más pe­ lotas en el jardín de Ana Tres. El martes tocaba folclore de lo pro­ pio y de lo ajeno. El sabor añejo ese año corrió a cargo de María Seis que era montehermoseña. Con el ejemplo de sus fotos familiares, expuso la di­ ferencia entre los gorros típicos de las mujeres solteras, casadas o viudas, y les enseñó ciertas danzas de unos ne­ gritos. Se seleccionó a cuatro parejas de chicos entre los jóvenes y se les embadurnó la cara con un corcho quemado. A los militares americanos no se les permitió, a pesar de venir de fábrica, pues no comprendieron el sig­ nificado de tal enmascaramiento. A Lucas, el marido de María, le dejó Fer­ nando un tambor de Semana Santa y Filomena una flauta del cole de los críos. De este modo, el cacereño y los ocho bailarines, fueron de puerta en puerta interpretando lo que San Blas les dio a entender, siendo obse­ quiados con bebidas alcohólicas y pastas, todo de gañote. Los america­ nos, un poco retirados, imitaban res­ petuosos también las evoluciones. Por la tarde hubo taller de chotis a cargo de Dora Ocho y de tango por iniciativa de Margarita la porteña y su hija Cla­ rita. La noche sorprendió a todos con unas jotas a cargo de Fernando Cinco y unas rancheras ejecutadas por Lu­ cas Seis, que se había venido arriba, pues de habitual era muy tímido. Ter­ minó clamando «Guadalajara en un llano / México en una laguna» por en­ tre los setos. Le rescató uno de los hi­ jos de Cosiguel. Para llevarle a casa se le engañó iniciando una conga con todos los vecinos, como el peregrinar de la mañana pero a la inversa, y co­ mo no había farolas, cada uno se quedó en su puerta tan ricamente acompañado. Lucas se resistió bas­ tante a dejar el estrellato ahora que le 33


El Callejón de las Once Esquinas

había cogido gustillo. El miércoles tocaba día de las letras. Fernando Cinco era un poco come­ diante, de hecho era natural de un pueblo que ha dado varios actores re­ conocidos. Se puso en escena una obrita de su cosecha preparada con unos cuantos vecinos. Hubo gritos de ¡que la repitan! ¡que la repitan! No cabían en sí de gozo, hasta que Ángel Uno exclamó ¡que la repitan… hasta que se la aprendan! La nieta de Leo­ cadia recitó sonetos de Calderón de la Barca. Se entregaron los premios al mejor cuento en categoría infantil y juvenil. Durante el día se dejaron li­ bros en una caja y al final cada cual tomó a ciegas lo que la suerte le llevó a la mano. Había fotonovelas, un ma­ nual de jardinería, un libro de espías de los que daban en la caja de aho­ rros, una selección de poemas hispa­ noamericanos, un libro de postres con crema de avellanas, tebeos, un ejem­ plar de “Matar un ruiseñor” en edición de Círculo de Lectores, una guía de Barcelona y “La tesis de Nancy” de Sender, entre otros. El jueves tocaba ciencia. Después de la siesta, o a la vez, los conferencian­ tes fueron Eugenio Dos, Fernando Cinco y Julio el bonaerense como invi­ tado de casa Siete. Eugenio había tra­ bajado en una azucarera, Fernando en unas salinas. El debate versaba sobre qué era más necesario para el cuerpo y el mundo, si la sal o el azúcar. Medió el argentino, que mucho observaba sin decir palabra, pero luego su filo­ sofía innata se desbordó y les ganó a los otros por goleada, concluyendo que lo verdaderamente imprescindible era el agua. Los pequeños hicieron de naturalistas cazando lagartijas y sal­ tamontes. Los echaban en unos fras­ cos y experimentaban con la anestesia introduciendo algodones empapados en colonia, vinagre o lim­ piacristales. Cuando los tenían bien tumbados, se procedía a la momifica­ ción. 34

El viernes tocaba la cosa gastronó­ mica. En cocidos ganó Dora Ocho y en paellas Pilar Cuatro, aunque no lleva­ ba conejo, o eso se cree. Los artistas se dedicaron a pasar el rato con la pintura abstracta o el retrato según sus aptitudes. El día acabó con una hoguera en la que se asaron patatas, panceta y morcillas. El sábado tocaban todos. Era la mo­ dernidad. Por la mañana cada cual ensayaba lo suyo. A Lucas ese día no le dejaron actuar pero se le encargó poner la música para el café­concier­ to. Actuó Marilyn como la vedette ofi­ cial del lugar. Siguió uno al que por vergüenza no ponemos nombre. Se acompañaba con la guitarra que le había tocado en una rifa, un mal palo con cuerdas, pero como tampoco sabía tocar, la golpeaba por la trasera como Peret. Para despedir el es­ pectáculo simpático pero insostenible que estaba dando el innombrado, tu­ vieron que entrar antes de tiempo Fernandico y los Espíritus Pervertidos, precursores del cyberpop étnico. Lue­ go vino Jesucristo Superstar versión española y completa. Fue un tanteo porque iban a salir de gira. La verbe­ na nocturna la amenizó una banda improvisada, germen de lo que al año siguiente sería una revolucionaria pro­ testa contra las fiestas de octubre de la ciudad. A Lucas se le encomendó también la labor de portero en casa Ocho, para que no se colase ningún menor, porque aquel día la película era la del Manuel, que ni era guardia urbano ni superstar. El domingo, clausura, allá va la des­ pedida, y bendición en dosis anual pa­ ra los presentes por mosén Pancracio. Hubo petardos donados por el primo valenciano que había quedado entu­ siasmado. En los años ochenta, la SECUFO pasó a durar cinco días. Es de resaltar la edición de 1985. La inauguró el va­ lenciano aprovechando que rodaba por la provincia. Se le homenajeó con


Número 1

una placa y tres platos de migas. En los noventa comenzaba ya el viernes por la tarde. En el siguiente decenio se redujo al sábado únicamente. Un julio del siglo XXI el certamen se pos­ puso porque los principales impulso­ res faltaban y la calle estaba patas arriba por reasfaltado. No se llegó a celebrar ni ese año ni ninguno más. Aquel verano las obras llevaron a la calle algo más que un lavado de cara. Cuando los operarios pintaban el paso de peatones, Cosiguel Ocho moría en Los Ángeles (USA). Se supo porque las rosas y el seto que abrazaban su casa se secaron de improviso, el mus­ go brotó en su acera como si surgiese tras un diluvio y el timbre de su des­ habitada casa comenzó un tañido fú­ nebre. El océano nos trajo sus últimas palabras: «España limita al norte con los Pirineos». Se fue persiguiendo la pieza de un puzle. El enigma parecía un recuerdo escolar pero estaba dis­ frazado de nostalgia de madurez, de su país y de su valle zaragozano don­ de vivió los mejores años. Algún día el Callejón quedará finalmente cerrado

como reducto privado, y Cabriola y Voltereta nos podremos dar la mano de nuevo como aquellas dos únicas veces que nos unieron con banda de inauguración y con barrera de prohibi­ do el paso. En ese momento Cosiguel encontrará el fotograma que le faltaba y Fernando ya no tendrá que regresar a ver cómo sigue todo cada noche del 31 de octubre, en la que visita puntualmente a su nieta Fina la Memoriosa. (Rótulo) TODOS LOS PERSONAJES Y HECHOS QUE APARECEN EN ESTA PELÍCULA SON EXAGERADAMENTE FICTICIOS. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES PURAMENTE INCONTINENCIA. (Fundido en verde) FIN

Cristina Aguas Marco (Zaragoza) Blog: elbonetedemimi.blogspot.com.es

35


El Callejón de las Once Esquinas

El ascenso de Pedro Adrián Sánchez García No sabía por qué, pero notaba una sensación extraña en su cuerpo... Pedro no solía beber, era una de esas personas que solo beben alcohol cuando tienen algo que celebrar, y anoche tenía un motivo, no todos los días le dicen a uno que el lunes le van a ascender. Su jefe le llamó al despacho una ho­ ra antes de finalizar la jornada labo­ ral. No había motivo alguno de preocupación, que los últimos datos eran positivos y esperanzadores: se habían recuperado. La empresa había sufrido el azote de la crisis, pero des­ de que comenzaron las pérdidas nadie había sido despedido. Sabía que no lo iban a despedir a él tampoco, o al menos eso esperaba, pero los nervios eran notorios. Llamó a la puerta del despacho y entró. —Tranquilo hombre, que nos cono­ cemos de toda la vida —dijo don Emi­ lio, su jefe. Pedro esbozó una sonrisa. Era cier­ to, don Emilio era un viejo amigo de la familia. Había sido amigo de su pa­ dre hasta que este falleció, y pensán­ dolo bien, él también lo consideraba un amigo. —Hombre, don Emilio, es que nor­ malmente las cosas me las dices en mi mesa, rara vez me llamas a tu despacho. Así que… algo tiene que ocurrir. —¡Y tanto que ocurre! —respondió don Emilio—. Tengo que decirte una cosa, pero necesito que no me cortes en ningún momento, ¿entendido? 36

—Vale —emitió tímidamente Pedro. Su garganta estaba seca y en su ca­ beza resonaba la palabra «despedido» a bombo y platillo, aunque esta aún no había sido emitida por su todavía jefe. —Mira, ya sabes que yo no tengo hi­ jos y mi mujer está enferma de cán­ cer. Por ahora todo va bien, pero con esta maldita enfermedad nunca se sa­ be… Conocí a tu padre antes de mon­ tar esta empresa y fui su amigo hasta que pasó a mejor vida. A ti te quiero como a un hijo, y también me consi­ dero tu amigo. Trabajas aquí desde que terminaste la carrera, pero eso no es complicado, ya que fuiste uno de los mejores de tu promoción. Sin em­ bargo, eso va a cambiar a partir del lunes. —Pero don Emilio, usted sabe que yo trabajo como el que más. ¡No pue­ de hacerme esto! —le interrumpió Pe­ dro. —¡Calla! Te he dicho que no me in­ terrumpas. Lo que te tengo que decir no es otra cosa más que el lunes este despacho será tuyo. La fiesta de esta noche no es para celebrar mi cincuen­ ta cumpleaños, que también, sino pa­ ra celebrar que a partir de la semana que viene tú serás la persona que guíe mi empresa. —¿Cómo? Pero… —Pedro no encon­ traba palabras para decir algo con sentido. La noticia lo había dejado atónito.


Número 1

—Ya te he dicho que eres como mi hijo. Yo, y solo yo, he decido quién tiene que seguir a cargo de esta em­ presa. Necesito una persona con ca­ beza, educada, con principios… Un líder que trabaje a destajo y que com­ prenda a sus compañeros. Tú tienes esas cualidades y muchas más, eres el candidato perfecto para ocupar mi puesto. —¿Y entonces usted que va a hacer? —Pedro siempre trataba de usted a don Emilio cuando eran temas relacio­ nados con la empresa. —Por favor, Pedro, trátame de tú. Ya somos casi iguales, tú, el jefe y yo, el dueño, pero ambos somos la cabeza de esta empresa. —¿Y ahora qué vas a hacer? —recti­ ficó Pedro haciendo caso a don Emilio. —Ser el marido de Rosa. Por mucho que la quiera, y la haya querido, no siempre he sido todo lo justo que de­ biera con ella. En mi corazón siempre ha estado Rosa, pero en mi cabeza mi empresa, siempre mi empresa, mi maldita y a la vez querida empresa. Y eso va a cambiar a partir de ahora, espero que no sea demasiado tarde. Rosa es la mujer de mi vida, y pese a estar casado con ella desde hace más de veintisiete años, no me he dado cuenta hasta hace poco de que no se lo he demostrado siempre que he po­ dido. Por eso necesito estar a su lado, y juntos luchar contra las adversida­ des de la vida, que, irónicamente, son las que nos hacen darnos cuenta de cómo son realmente las cosas. —De acuerdo, don Emilio, no le… no te defraudaré —sentenció Pedro. —Eso ya lo sé. El lunes concretare­ mos más, pero ahora vamos a contár­ selo a tus compañeros —dijo don Emilio con una sonrisa en la boca mientras se levantaba de la silla—. Sé que se van a alegrar. No te quieren como a mí, pero casi, y eso también es importante. Al salir por la puerta de su futuro despacho, su todavía jefe comenzó a

reunir a todos los empleados en el pa­ sillo central de la oficina. Hasta ese momento Pedro nunca se había per­ catado de que parte del buen ambien­ te de la empresa, además de por el carácter afable e intransferible de don Emilio, se debía a la organización de la oficina, las plantas, los colores vi­ vos, la luz agradable, y, cómo no, a que había momentos distendidos to­ dos los días. Poco a poco comenzaban a llegar sus compañeros. No sabía por qué, pero notaba una sensación extraña en su cuerpo que se mezclaba con la in­ tensa alegría, una euforia extrema que producía que sus instintos salva­ jes más primarios quisieran descon­ trolarse. —Pedro, Pedro —le llamó don Emilio agarrándole del brazo—. Quizá la no­ ticia te ha dejado un poco desorienta­ do, ¿estás preparado para decírselo a tus compañeros? —Sí, sí, don Emilio. Simplemente es el hecho de pensar las cosas, me que­ do absorto en mis pensamientos. Así que no pasa nada, adelante. —Comencemos pues —dijo don Emi­ lio agarrando el hombro de Pedro—. Bueno, otro día más de octubre todos juntos. Esta noche celebraremos que hace cincuenta años nació una perso­ na que todos vosotros conocéis, pero además tengo otra noticia que tam­ bién es merecedora de esta celebra­ ción. Los vítores que comenzaron al escu­ char hablar sobre la fiesta de esa no­ che desaparecieron dejando paso a murmullos provocados por la curiosi­ dad. La tensión aumentaba a la vez que el cuchicheo y poco a poco se hacía palpable en el ambiente. —El lunes —prosiguió don Emilio— mi despacho lo ocupará otra persona. Yo seguiré siendo el dueño de esta empresa, pero ahora tendrá otra ca­ beza visible. Es una decisión muy me­ ditada, así que espero que todos la respetéis y compartáis. 37


El Callejón de las Once Esquinas

—Entonces ahora, ¿a quién voy a re­ dactar las cartas? —preguntó curiosa Carmen, la secretaria de don Emilio. —A una persona que todas y todos conocéis muy bien. Pedro, Pedro Zue­ co, será mi sustituto —sentenció final­ mente don Emilio mientras le daba unas palmadas en la espalda. En ese momento todo el mundo co­ menzó a felicitar a Pedro. Juan le dio un fuerte abrazo; Carlos, que solo lle­ vaba una semana, le felicitó dándole la mano; Lucía lo hizo con dos besos… Todos le felicitaron con una sonrisa en la boca, salvo Isabel. Ella nunca son­ reía, era muy bella e inteligente, pero fría y calculadora, o al menos eso pa­ recía. Durante la cena, a la cual todos los empleados estaban invitados, don Emilio dedicó a cada uno de ellos dife­ rentes palabras de afecto. Pedro, el otro protagonista de la noche, fue el que más elogios recibió por parte del máximo responsable de la empresa. Don Emilio decidió abandonar la ce­ lebración después de tomar su caraji­ llo. Era una persona de costumbres, por lo que no iba a dejar de tomar su café con unas gotas de coñac. Se ex­ cusó diciendo que la fiesta era para los jóvenes, que él era mayor. Sin em­ bargo, Pedro y otros empleados se dieron cuenta de que no era cierto, que realmente quería estar al lado de su esposa. Pedro también había tomado un ca­ rajillo. No solía beber, pero esa noche había que celebrar el ascenso, así que antes de pasar a los cubatas, decidió tomar un chupito de licor de hierbas con el resto de sus compañeros; me­ jor dicho, con sus futuros súbditos, el lunes él iba a ser el jefe. Después de tomar el segundo chupito de hierbas, recordó que la psiquiatra le aconsejaba no mezclar las pastillas y el alcohol, pero, ¿qué iba a pasar por un día? Entre los efec­ tos adversos figuraban fatiga, insom­ nio, aumento del apetito, irritabilidad, 38

pensamientos suicidas, alucinaciones o psicosis. —¡Todos a bailar! —dijo Pedro—. ¡Cuando vuelva no quiero ver a nadie sin cubata! Mientras se encaminaba hacia el baño sonrió recordando lo que le había pasado de madrugada. Se había despertado a causa de una pesadilla con zombis y tenía unas tijeras en la mano, precisamente las que guarda en el segundo cajón de su mesilla. Llegó a la conclusión de que no tenía que ver más series de zombis antes de irse a dormir, aunque pensándolo bien igual le había dado suerte. Al salir del baño le estaba esperando Isabel, sonriente, con dos copas en la mano. Pedro no lograba adivinar por qué. ¿Acaso ahora que había ascendi­ do le sonreía? —Espero que te guste la ginebra —dijo Isabel con dulce voz. —Nunca diré que no a una copa —dijo Pedro agradeciendo el detalle—. Pero mejor si es con una buena com­ pañía. Isabel y Pedro comenzaron a hablar. En media hora habían intercambiado más palabras que en todo el tiempo que llevaban de compañeros en el tra­ bajo. Después de una hora hablando y bailando prácticamente solo con ella, Pedro comenzó a sentir una fuerte atracción hacia Isabel. Los pensa­ mientos se desbocaban en su cabeza cual caballo sin jinete, mezclándose con deseos que nunca había llegado a imaginar. Algo estaba cambiando en él. Despertó con un fuerte dolor de cabeza. La luz que entraba por la ventana iluminaba tenuemente la habitación. Cada parte de su cuerpo le molestaba sin hacer movimiento algu­ no. Era normal, no solía beber. Aún en la cama, intentó recordar, pero los re­ cuerdos se habían desvanecido des­ pués de la cuarta copa. Entonces miró a su alrededor. Vio en el suelo las tije­ ras y dos copas de vino, rotas.


Número 1

Además, el vino cubría parte del par­ qué con un color rojizo y viscosidad especial. Encima de la cama yacía ella, tan hermosa como nunca, tan gélida como siempre, aunque ahora sí tenía un motivo.

Como cada mañana, comenzó a ves­ tirse con el traje que le había regalado su madre. Iba a contarle la noticia. Lo había logrado, había ascendido. Era feliz.

Adrián Sánchez García (Barrio de Cunchillos, Tarazona ­ Zaragoza) Blog: blogcunchillos.wordpress.com/

39


El Callejón de las Once Esquinas

La luz amarilla Mar Blanco Apoyé mi codo en la barra del bar y allí esperé pacientemen­ te a que se fuera el último cliente...

Llovía cuando salimos del Amanda Bar… y así siguió unas horas más has­ ta que llegó el amanecer, también vestido de lluvia. Fue tras aquel concierto una noche de abril, cuando la descubrí. Yo trabajaba haciendo fotos para un periódico y ella era la camarera del bar. Le pedí una cerveza y ella me sonrió entre tímida y pícara pero lo que en realidad le delató, fue su mira­ da felina. Era una mujer que miraba a los ojos… y cuando lo hizo consiguió algo realmente difícil en mí… comencé a titubear y la seguridad en mí mismo se esfumó como por encanto. No me cansé de contemplar su cin­ tura, siempre como buscando el baile de los vientos, cuando se movía de un lado a otro del alargado mostrador en forma de ele. Hice otra cosa que no suelo hacer cuando estoy trabajando, apoyé mi codo en la barra del bar y allí esperé pacientemente a que se fuera el últi­ mo cliente. Entre la salida y el amanecer, mis manos detuvieron el fuerte aguacero circulando por su cuerpo, recorriendo las recién estrenadas sendas de luna. Así una noche tras otra, hacía mu­ cho tiempo que no me colocaba ahí, al otro lado del dolor. Estar con ella viendo pasar soles y lunas, fue como encontrar la salida a un laberinto, como despertar de una pesadilla. Volví a creer con la fe de un 40

niño. Aquel día salió del piso con su sonri­ sa de siempre, antes me dijo: —Gracias por devolverme los esca­ lofríos y la fantasía. Por conservar mi alegría. Amo tu plenitud, tu sed de creación, tus excesos… a veces me gustaría esconderme aquí (se acu­ rrucó en mi pecho y la rodeé con mi brazo fuertemente) para pasar más tiempo contigo. Le acaricié el cabello, se volvió hacia mí y nuestras bocas se fundieron en un penetrante beso. Cogió su bolso y salió apresurada. De pronto oí un ruido sordo, cómo giraban los planetas… todo daba vuel­ tas y ella… Cuando bajé a la calle, ella ya no estaba allí. Un frenazo, esto fue lo previo a su ausencia. Una breve nota en el periódico, en el apartado de sucesos, es lo que siguió a continuación y ya nada volvió a ser como antes. Otra vez la inmensidad del caos pri­ migenio, cercenado por la oscuridad. Ella no estaba allí, como ahora, siento que no hay nada en esta habi­ tación, ni los muebles, ni las voces… sólo el dolor. El dolor y su retrato barnizado de luz amarilla. Ella y la luz. Y mi mente construyéndola y construyéndome, arqueando los instantes, el recuerdo habitado por mis manos la noche en que le tomé esta fotografía. La obser­ vo semidesnuda, apenas cubierta con


Número 1

un velo transparente y un minúsculo tanga. Sus piernas inocentemente abiertas. Su abundante cabellera ne­ gra cubriendo una parte de sus ojos, sin seguir ninguna consigna. Atrapo su mirada, revivo su cuerpo sobre el mío y me cubro con su oleaje de seda en la oscuridad antes de que el res­ plandor del sol me devuelva a la reali­ dad. Ella corre por mis venas, por mi cuerpo… ella es la única mujer que si­ gue cantando dentro de mí. Mi vida consiste en desandar el ayer sin poder salir de esta habitación. Como quien

se mira al espejo y no ve nada, como si el infinito estuviera concentrado aquí y sólo aquí. La estancia sigue envuelta por la misma música que sonaba aquella fatídica madrugada… Era nuestra can­ ción… «Te recuerdo Amanda, la calle mojada… la sonrisa ancha… la lluvia en el pelo…». Como cada noche… te recuerdo Amanda, entre la lluvia de abril.

Mar Blanco (Zuera ­ Zaragoza) Facebook: mar.blanco.79 Twitter: @MARBLANCO8

41


El Callejón de las Once Esquinas

Cértamenes literarios del Barrio de Cunchillos, Tarazona (Zaragoza) Convocados por la Asociación de Vecinos "Virgen del Pilar" de Cunchillos y BlogCunchillos, están dirigidos a personas de cualquier nacionalidad, a partir de los 16 años de edad. El tema es libre, siempre que se mencione “Cunchillos” o se realice alguna referencia clara a dicha localidad o de algún elemento de la misma. Los plazos de entrega terminan el 25 de marzo de 2017, a las 22h. II CONCURSO DE MICRORRELATOS Extensión: 400 caracteres como máximo (contando espacios y signos de puntuación) y sin contar el título. Bases completas: https://blogcunchillos.wordpress.com/20 17/01/07/ii­concurso­de­microrrelatos­ microcunchillos/ I CONCURSO DE RELATOS CORTOS Extensión: de 480 caracteres (sin contar espacios, pero sí signos de puntuación, a dos páginas. Bases completas: https://blogcunchillos.wordpress.com/20 17/01/14/i­concurso­de­relato­corto­ cunchillos­en­breve/

I CONCURSO DE MICRORRELATOS EN ARAGONÉS Extensión: 400 caracteres como máximo (contando espacios y signos de puntuación) y sin contar el título. Bases completas: https://blogcunchillos.wordpress.com/20 17/01/21/i­concurso­de­microrrelatos­en­ aragones­microcunchiellos/

42


Número 1

PASEO RUISEÑORES

Pista de aterrizaje para letras voladoras de lejanos lugares

PLANEADORES: Santiago Eximeno ­ "POM" Marta Castaño González ­ "Las sirenas" Silvina Palmiero ­ "El barco" Luis J. Goróstegui Ubierna ­ "La amanuense" Antonio Bolant Rodríguez ­ "Las secuelas de la sospecha" Isidro Moreno Carrascosa ­ "Conversación con Cervantes" Carmen Cano Soldevila ­ "Una extraña criatura" Rafa Olivares ­ "Estaciones del 39" Ángel Saiz Mora ­ "La novena" Juana Mª Igarreta Egúzquiza ­ "El retablo" Carles Quílez Cunillera ­ "Un fantasma en mi piso" Pilar Alejos Martínez ­ "Niebla" Pablo Núñez ­ "El hombre más sabio del mundo" Malu ­ "Pacto de fondo" Giancarlo Omar Ubillús Celi ­ "Una historia"

44 47 49 52 56 59 62 64 67 70 73 77 78 81 82

43


El Callejón de las Once Esquinas

POM Santiago Eximeno Nada de abrir la puerta. Sobre todo si llaman solo una vez... Pom, pom, pom. Alicia levanta la mirada del libro de matemáticas cuando oye los golpes en la puerta. Un instante después esta se abre y su madre se asoma al interior del cuarto. Lleva el teléfono móvil en su mano derecha y trata de abrocharse el abrigo con la izquierda. No lo consigue. Alicia deja el bolígrafo sobre el libro y contempla los torpes movimientos de su madre en silencio. Sabe que está nerviosa y no quiere que se enfade y grite y se eche a llorar como hace desde que su padre se marchó. —Cariño, tengo que salir un momento —dice su madre, sin apartar la mirada de la pantalla del teléfono. Alicia se levanta de la silla en la que estaba sentada haciendo los deberes y abre por completo la puerta de su cuarto. Su madre ya ha salido y camina por el pasillo hacia la entrada. Alicia la oye murmurar, algo que su madre hace a menudo cuando está preocupada y no quiere compartirlo con ella. —¿Qué pasa? —pregunta Alicia mientras corretea detrás de ella. —La yaya se ha caído —dice su madre; después abre el bolso, que lo ha dejado sobre el zapatero de la entrada, y busca en su interior—. ¿Dónde coño he puesto las llaves? —¿Se ha hecho daño? La madre de Alicia se mira un momento en el espejo de la pared, colocado justo al lado de la puerta de 44

entrada, y mientras se arregla el pelo contempla el reflejo de su hija, que se muerde las uñas con disimulo. —No te preocupes, Alicia, solo se ha caído, no le ha pasado nada grave. La yaya se ha hecho daño en la cadera, pero no tenemos que preocuparnos. Es solo que ya es mayor y necesita que alguien esté con ella para atender al médico. Si el yayo viviera todo estaría solucionado, pero como no es así me toca a mí hacerlo. Como siempre. Será solo un rato, voy a su casa y vuelvo enseguida. Alicia sabe que la casa de la yaya no está lejos, no más de quince minutos en coche. Pero ellos no tienen coche, ya no. El coche era de su padre y se lo llevó cuando se marchó. Su padre decía que la casa también era suya, pero no tenía razón, eso se lo dejó muy claro su madre. —¿Cuánto vas a tardar? —pregunta Alicia. Le brillan los ojos. Su madre se vuelve, se acuclilla frente a su hija. Coloca sus manos sobre los hombros de la niña, sonríe. Hay algo en esa sonrisa, pequeños detalles que Alicia no sabría explicar, que no la tranquiliza. —No tardo nada, Alicia. Estaré aquí antes de que te des cuenta de que me he ido. Solo prométeme que no abrirás la puerta a nadie, ¿vale? A nadie. —Vale —dice Alicia. —Sé que es la primera vez que te quedas sola, pero antes o después


Número 1

tenía que ocurrir. Ya eres una niña mayor, tienes nueve años. Si no abres la puerta no pasará nada, ¿vale? Nada de abrir la puerta. Sobre todo si llaman solo una vez. Alicia frunce el ceño, pero asiente de nuevo. Su madre se pasa una mano por el pelo y Alicia quiere decirle que así no va a lograr arreglarse el peinado, pero se mantiene en silencio. Prefiere llevarse los dedos a la boca, rozar las uñas con sus dientes, suspirar. Su madre abre la puerta de la casa y sale. El exterior está a oscuras. Las sombras juegan con el rostro de su madre hasta que Alicia enciende la luz del descansillo y las deshace. Se materializan entonces frente a ella el ascensor, la puerta del vecino de enfrente y las escaleras que descienden hacia los pisos inferiores, lugares prohibidos que no debe transitar. —Confío en ti, Alicia. Ya lo sabes. Ah, mira, si quieres, ve ahora a tu cuarto a continuar con los deberes, pero primero mira por la ventana. Así me puedes ver abajo mientras paro un taxi y te digo adiós desde la calle, ¿te parece? —Sí —dice Alicia. —Y no te comas las uñas. Cuando su madre se marcha Alicia se queda un instante de pie en el pasillo, frente a la puerta. La casa está en silencio, ni siquiera se oye el runrún de la televisión en el salón o el rumor de la campana extractora en la cocina. Silencio absoluto, solo roto por su respiración. Alicia deja escapar el aire alojado en sus pulmones con un silbido triste. Después se vuelve y da un paso en dirección a su cuarto. Justo en ese instante llaman a la puerta. Pom. Alicia parpadea. Se acerca a la puerta. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que mamá ha salido? ¿Un minuto? Alicia piensa en correr hasta

la cocina a por el escalón de madera, así puede llegar hasta la mirilla y ver quién ha llamado. Aunque tiene que ser mamá. Que se ha dejado algo, como siempre. No hay día que no salgan de casa y tengan que volver a por algo. A por las gafas de sol, a por el monedero, a por una botella de agua. Cuando su padre vivía con ellas también ocurría, pero era él el que volvía. Y se quejaba, siempre se quejaba. De eso y de muchas otras cosas. —¿Mamá? —dice Alicia en voz alta, y se lleva las manos a la boca porque no quería decirlo. No quería decir nada. —¡Soy yo, cariño! —dice la voz de su madre al otro lado de la puerta—. Anda, ábreme, que al final me he dejado el monedero. Soy un desastre. Alicia deja escapar la bocanada de aire que estaba reteniendo y abre la puerta. Allí está su madre, con el bolso abierto, con el móvil en su mano derecha. Sonríe, entra en casa y le pasa la mano que sostiene el móvil por el pelo. —Creo que me lo he dejado en la cocina —dice—. Voy a por él y salgo corriendo. Alicia ve cómo su madre entra en la cocina y cierra la puerta tras ella. Oye la puerta de la nevera y el sonido característico de una lata cuando se abre. Quizá una lata de cerveza, últimamente su madre bebe al menos una lata de cerveza al día. —¡Sigue con tus cosas, no te preocupes! —dice la voz de su madre desde la cocina. —Vale —susurra Alicia, y vuelve sobre sus pasos hasta su cuarto. Entra y cierra la puerta. El libro de matemáticas la espera sobre el escritorio, abierto. Alicia coge el lápiz, lo mordisquea. Los números bailan delante de sus ojos. No parece que sea un buen momento para retomar los deberes. Alicia camina hasta la 45


El Callejón de las Once Esquinas

ventana de su cuarto y se asoma. Mira abajo, a la calle. Allí está su madre, que sonríe y agita una mano en su dirección. Alicia ve cómo entra en un taxi y sigue el recorrido del vehículo con la mirada hasta que se pierde más allá de su ángulo de visión. Pom. El golpe suena en la puerta de su

cuarto. —Cariño —dice la voz de su madre, y después Alicia oye cómo mastica, como traga con dificultad—. No encuentro el monedero en la cocina. A lo mejor está ahí dentro. Anda, ábreme. Por favor.

Santiago Eximeno (Madrid ­ España) Web: www.eximeno.com Twitter: @SantiagoEximeno

46


Número 1

Las sirenas Marta Castaño González Era un vaso lleno de lágrimas y ellas se morían de risa...

Es el día de Navidad pero a mí me importa un carajo. Me he despertado con una resaca descomunal y lo único que quiero es dedicarme a seguir be­ biendo whisky, a fumar en mi pipa y, como mucho, a recrear imágenes con las formas del humo. No pienso salir del salón en todo el día. He pasado la Nochebuena dur­ miendo en el sofá. Recuerdo haberme dormido con las luces navideñas par­ padeándome en los ojos. Mis ojos, me escuecen mucho. En mi cabeza repi­ quetean cien martillos y una nube muy densa hace remolinos dentro de mi cerebro. No sé qué es lo que pasó la noche anterior pero tengo la ex­ traña sensación de que no fue nada bueno. La niebla de mi cabeza se va disi­ pando y aparecen las imágenes lenta­ mente, como las luces del día tras un túnel en un viaje de carretera. Me veo a mí mismo sentado en el sofá, en­ cendiendo la pipa y comenzando a chupar con fuerza para que prenda bien. El sabor del tabaco inunda mi boca y el humo se introduce por todos los poros de mis pulmones cenicien­ tos. Me levanto a apretar el interrup­ tor de las luces de Navidad. Lleno el vaso con whisky. Ni me molesto en echarle hielos. Se me habían acabado por la tarde y no estaba de humor pa­ ra salir a comprar. Además no quería verle la cara a esa estúpida mujer de

la tienda. Siempre con esa mueca de asco que se le ponía cada vez que mi cuerpo atravesaba a duras penas la puerta del economato. Las mujeres. Ellas son mi perdición. Ellas han sido siempre la causa de mis borracheras y la razón de que no quiera salir de casa nunca, ni siquiera en días tan señalados y festivos. A ellas las veo por todos lados. Cada vez que cierro los ojos están allí. Cada vez que parpadeo aparece alguna en los lugares más insospechados. Recuerdo que en un momento dado había tres nadando en el fondo del vaso. Sus cuerpos blancos y sus cabe­ llos dorados hacían brillar sus figuras en las líquidas ondas. A pesar de la tenue luz de la habitación se podían observar los rasgos de sus delicados rostros. Era un vaso lleno de lágrimas y ellas se morían de risa. Intentaban seducirme pero yo no les hacía caso. Tenía los oídos rebosantes de otras canciones. Entonces empezaron a ahogarse entre ellas. Hicieron algunos espasmos en un último intento de lla­ mar mi atención y se quedaron allí inertes. Las sirenas no tienen alma, así que no me dio pena que murieran de esa manera. Ahora creo que por una parte me hubiera gustado aho­ garme en el vaso con ellas. Total, mi alma tampoco me sirve para nada. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco. 47


El Callejón de las Once Esquinas

Seguí bebiendo whisky hasta acabar la botella. Joder, ahí estaban esas grietas de la pared. Salía humo de ellas, o quizá se filtraba la niebla des­ de la calle. Sabía que algo malo traerían esas grietas. Estoy casi segu­ ro de que por allí había salido también el fantasma de Lorelei1, aquel amor, la bailarina más famosa del barrio. Se movía muy bien. Era la mejor en lo suyo… y en otras tantas cosas. En Na­ vidad ofrecía un espectáculo fuera de lo común en un local de la zona. Su sombra aquella noche tenía los píes ensangrentados, el pelo revuelto y los ojos muy rojos. Como si una maldición la hubiera poseído y su per­ fecto vaivén le infligiera el más horri­ ble dolor. A cada paso de baile mil cuchillos atravesaban sus pies. Ella sí que lloraba. Hacía jue­ go con mi vaso. Des­ pués de un rato sin parar cayó de rodillas suplicándome que la sujetara, pero era tan hermosa su danza… En un arrebato supe que no quería que bailara para nadie que no fue­ ra yo. La odié por ha­ cerlo. Me quedé unos

minutos más mirándola dar vueltas. Parecía que volaba. La intenté agarrar para hacerla mía… Las luces navideñas continuaban con su infinita intermitencia aunque ya era muy de madrugada. Se me había olvi­ dado apagarlas y ya no podía ni le­ vantarme del sofá. Se me fueron cerrando los ojos poco a poco y me quedé dormido. Allí se acababan mis recuerdos. Miro alrededor. Todo se ha vuelto de color negro: las paredes, el suelo, los techos y los muebles. El vaso no es ya un vaso sino una masa líquida, como un charco de lluvia aplastado contra el suelo del salón y la pipa no es una pi­ pa sino la ceniza que siempre llevó dentro. Entonces lo veo, mi cuerpo calcinado descansa para siempre en el sofá. Junto a él está el de Lorelei con los pies corta­ dos y la sonrisa que yo le pinté. Las sirenas siguen cantando en la calle. (1) Sirena del Rhin

Marta Castaño González(Pamplona ­ España) Blog: lascosaspekenyas.wordpress.com Twitter: @Pekenyami

48


Número 1

El barco Silvina Palmiero Llega un momento en la vida, en que tienes que echar anclas...

De todos los recuerdos de mi infan­ cia, los más imborrables y preciados son los de los veranos que pasábamos en Monasterio. Papá, mamá, nuestro perro Fisher y yo, más algún primo, amigo, o cualquiera que quisiera su­ marse, arrancábamos allá por fines de diciembre y nos instalábamos en la playa durante todo enero y, con suer­ te, parte de febrero también. Monas­ terio era una villa a orillas del mar que, a diferencia de sus vecinas, se había negado sistemáticamente a cre­ cer, empeñada en mantener su fiso­ nomía, su estilo y sus habitantes a través del tiempo. Tenía tres cuadras de ancho por cinco de largo, callecitas empedradas y una playa ancha que te acariciaba los pies hasta llegar al mar, que era fresco, pero no tanto. Mi casa tenía más de treinta años. Ya no es más mía, se vendió hace tiempo y yo no he vuelto a esa playa querida desde entonces, aunque a menudo deseo hacerlo más que nada en el mundo. Estoy seguro de que, si regresara, todo estaría intacto es­ perándome, como si yo nunca hubiera dejado de ser niño. En esa misma ca­ sa donde fui tan feliz también había pasado todos los veranos de su infan­ cia y juventud mi padre. En Monaste­ rio se había despertado su pasión por el mar, el surf y la vida bohemia. Re­ cuerdo cómo me fascinaba ver a mi papá —que se mantenía en forma pe­

se al paso de los años— volver a to­ mar su tabla y enseñarme cómo mantener el equilibrio sobre las olas (cosa que nunca logró del todo, a de­ cir verdad). Y en especial, escucharlo contar esas historias maravillosas so­ bre sus años jóvenes; sobre cómo había viajado por las costas más sal­ vajes, desafiado los mares más enfu­ recidos y surcado todos los con­ tinentes en busca de la ola perfecta. Era tan auténticamente feliz cuando se embarcaba en esos viajes imagina­ rios de experiencias y recuerdos, que un día le pregunté por qué no había seguido esa vida de trotamundos y de aventuras extremas, por qué la había cambiado por una existencia rutinaria detrás del mostrador de la caja de un banco. Papá me miró a los ojos con nostalgia y me respondió con una sonrisa que a mí me pareció de resig­ nación: «Es que llega un momento en la vida en que tienes que echar an­ clas». Los años pasaron. Yo fui creciendo en edad y responsabilidades y enten­ diendo un poco más sobre eso de lo que mi padre hablaba: «echar anclas» era arraigarse, afincarse en un lugar y también, por qué no, en el corazón de alguien. Sin embargo, aplicada a su historia, la idea ya no me parecía tan poética. Tal vez por la expresión que vi en su mirada aquella tarde y que se grabó a fuego en mi memoria, nunca 49


El Callejón de las Once Esquinas

pude dejar de sentirme culpable por haber coartado su libertad. Papá y mamá se habían conocido en uno de esos míticos viajes que él siempre re­ cordaba: ella cantaba en un bar de la playa y, cuando se vieron, no se sepa­ raron nunca más. Siguieron de gira juntos por unos años hasta que llegué yo y entonces decidieron (o más bien tuvieron que) establecerse en un lu­ gar fijo… No había mucho que pensar: yo era, oficialmente, ese ancla que el hombre se había visto obligado a echar en cierto momento de su vida. Hace dos años, papá se enfermó. Anduvo entre médicos, tratamientos y clínicas, hasta que se hizo evidente que ya no había nada más que hacer. Entonces, como vivía solo porque mamá ya lo había precedido en el últi­ mo viaje, se mudó a mi casa. Una tar­ de, mientras estaba sentado a su lado, charlando sobre miles de cosas y mirando la puesta de sol por la venta­ na, no aguanté más y le dije: «Papá, perdóname por haber sido tu ancla». Él me miró con el ceño fruncido y des­ pués sonrió, como si de pronto com­ prendiera lo que yo trataba de decirle. Entonces se le llenaron los ojos de lá­ grimas, puso su mano sobre las mías y, suspirando, me dijo: «¿Cómo se te ha ocurrido pensar que tú fuiste un ancla para mí? Hijo querido, tú me diste alas». A mí me pareció una frase muy dulce; una muestra más de la grandeza y la generosidad de ese hombre que, hasta sus últimos mo­ mentos de vida, intentaba allanarme el camino, alegrar mis días, librarme de culpa y cargo. Unos días después de esa charla, mi viejo se quedó dor­ mido plácidamente una noche y ya no despertó a la mañana siguiente. Pasaron varias semanas hasta que pude ir de nuevo a su departamento. Se me partía el alma sólo de pensar que, al entrar, no lo escucharía can­ tando, cocinando, andando en la bici­ cleta fija, o lo que fuera con tal de no 50

quedarse quieto ni un minuto. Pero, al final, tomé coraje. Recorrí rápidamen­ te los cuartos y pasé por el estudio a buscar unos libros. Y ahí me llamó la atención algo en lo que nunca había reparado con anterioridad: en el pri­ mer estante de la biblioteca, sobresa­ lido a medias como si deseara escapar, había un barco tallado en madera. Me acerqué e intenté levan­ tarlo, pero una cuerda lo sostenía fir­ memente al suelo: estaba anclado. En realidad, no era literalmente un ancla, sino una pila de papeles, lo que lo amarraba a tierra firme. Con gran cu­ riosidad, los levanté del piso y fui re­ pasando, como quien mira un viejo álbum o una película casera, una par­ te de la historia de mi familia que yo tenía casi olvidada. Lo primero que encontré fue una foto: en ella se veía a mis abuelos, mi papá y mi tío inau­ gurando el almacén que fue el orgullo y sustento de la familia durante mu­ cho tiempo. El viejo era un niño en esa foto, y su hermano era ya un jo­ ven, puesto que lo pasaba en edad unos cuantos años. Al verla, recordé la historia del negocio, de cómo habían trabajado mi abuelo y mi abuela en él y cómo habían prospera­ do gracias al esfuerzo de ambos y de mi tío, que los ayudaba en todo. Has­ ta que una de las crisis económicas que castigan cíclicamente a nuestro país le pegó de lleno a la pequeña empresa, y también a nuestra familia. Las finanzas comenzaron a ir de mal en peor, el negocio quebró y mi tío, que a esa altura estaba prácticamente a cargo de todo, no soportó el fracaso y la bancarrota y tomó una decisión drástica de la que, en casa, casi no se hablaba. Mi abuelo, que hubiera podi­ do recuperarse de un traspié econó­ mico, no pudo soportar que su hijo se pusiera una bala en la cabeza y cayó en una gran depresión. Todo eso esta­ ba ahí: escritos judiciales referidos a la quiebra del negocio, una carta de


Número 1

despedida y una partida de defunción, papeles de las múltiples internaciones que atravesó el abuelo. Un montón de documentos en los que, en determi­ nado momento (aproximadamente un año antes de que yo naciera), comen­ zaba a aparecer la firma del hijo me­ nor, el bohemio, el que se había ido a recorrer el mundo. Anclas, amarras, ataduras: entonces papá se había vis­ to compelido a regresar para ser el sostén anímico y material de una fa­ milia que se derrumbaba. Había teni­ do que conseguir un trabajo fijo para hacerse cargo del tendal de deudas que dejó el negocio y que tardó años y años en levantar (tantos, que hasta yo lo recuerdo). Había vuelto porque él era todo lo que a sus padres les quedaba. Mamá lo había acompañado y, al poco tiempo, había llegado yo. Entonces, era verdad que nosotros habíamos sido su brú­ jula, su aire y sus alas; el bálsamo que le había ayudado a sobrellevar una situación que de otro modo hubiera sido muy difícil de afrontar. Aún no salía de mi asombro ante el des­ cubrimiento que aca­ baba de realizar,

cuando sucedió algo increíble: al libe­ rarse de todo ese peso que lo oprimía, el barco lentamente se movió, como dotado de vida propia. Lo observé con atención y él se dejó admirar, orgullo­ so. Advertí que era bellísimo y, aun­ que antiguo, todavía brillaba. El mascarón de proa era un joven esbel­ to con el torso desnudo, igual a como se veía mi padre en sus fotos de ju­ ventud, fijos sus ojos en el horizonte lejano. El timón llevaba grabado a fuego el nombre de mi mamá. Las ve­ las, los de mi abuelo y mi abuela. Y de pronto, se desplegaron no sé de dónde dos hermosas alas doradas, y en cada una de esas alas resplandecía mi nombre. No puedo explicar lo que sentí en ese instante, sólo tuve la cer­ teza absoluta de que debía correr a la ventana y abrirla de par en par. En­ tonces resonó en el aire (¿o fue en mi memoria?) la risa diá­ fana de mi padre, y él y su barco, ya conver­ tidos en mucho más que eso y libres al fin, flotaron suavemente en el aire y volaron fe­ lices hacia los mares del más allá.

Silvina Palmiero (Bernal, Buenos Aires ­ Argentina) Twitter: @lacontaok

51


El Callejón de las Once Esquinas

La amanuense Luis J. Goróstegui Ubierna Intuyen que algo ha cambiado, que ella ya no es como antes...

Entre picos escarpados y con el so­ nido del agua de la cascada chocando contra las rocas Emily pastorea las vacas y recorre el valle en busca de la hierba más fresca. Todos los veranos deja la bulliciosa ciudad y pasa unos días de vacaciones en el pueblo con sus padres, ya mayores, ayudándoles con las tareas de la granja familiar, y recuerda cuando era pequeña y aún le gustaba correr tras los corderitos re­ cién nacidos o aprendía a ordeñar las vacas. Ahora lo hace por sus padres, a los que quiere, aunque prefiere el am­ biente de la ciudad y su trabajo, que considera mucho más interesante que vivir en el campo y cuidar animales en la granja. Hoy se ha levantado muy temprano, ha sacado a las vacas y las lleva a pastar a un valle cercano; las conoce a cada una por su nombre: Lucero, Blanca, Despistada, Altanera, Dulce…, y ellas la reconocen por su voz y la obedecen…, bueno, todas menos Despistada, que hace honor a su nombre y va siempre un poco por libre. Mientras las vacas pastan tran­ quilas, Emily recorre los alrededores contemplando el valle, las cimas ne­ vadas circundantes, las cuevas prehistóricas o el río bravo que baña la región. Recorre los senderos sin fi­ jarse en el reloj y llega a la entrada de una gran cueva escondida entre 52

arbustos y árboles frondosos; nunca había andado por esta parte del valle. Curiosa, decide entrar en la cueva e inspeccionarla, al menos un poco; desde que de pequeña se perdió de noche en el bosque tiene la buena costumbre de llevar siempre en su mochila una linterna, una brújula y el teléfono móvil, por si acaso, así que decide entrar. Es como todas las cue­ vas que existen por esos valles: de techo alto, túneles estrechos y, por lo que parece, también ésta es larga y angosta, aunque parece aún inexplo­ rada, quizá por estar tan camuflada entre la floresta. Diez minutos des­ pués llega a un ensanchamiento del túnel y allí, oculto en un hueco en la pared, bajo unas rocas que parecen haber sido removidas, posiblemente por algún temblor de tierras reciente, encuentra por casualidad un pequeño arcón de piedra, con una extraña for­ ma oblonga de bordes suaves, y be­ llamente tallado con extrañas ins­ cripciones. Busca en la mochila los guantes de látex que suele llevar siempre que sale al campo —y sobre todo cuando pastorea vacas—, se los pone y, con cuidado, intenta abrirlo pero no puede; no se ve la cerradura y parece estar herméticamente cerra­ do con algún mecanismo secreto. La cueva no es el mejor lugar para inten­


Número 1

tar forzar el arcón, así que decide vol­ ver a casa; ya volverá por la tarde a recoger a las vacas. Cuando llega a casa se mete en su cuarto, coge su set de manicura e intenta encontrar alguna forma de abrir el arcón; sin embargo, tras varios minutos infruc­ tuosos, decide dejarlo. Intrigada por el insólito objeto, sólo ve una solu­ ción: interrumpir sus vacaciones y volver a la ciudad, al laboratorio de arqueología donde trabaja como crip­ tógrafa; quizá allí, con la ayuda de sus compañeros y mejor material a su disposición, pueda abrir el arcón y desvelar su secreto. Lo que más le lla­ ma la atención es que no es capaz de identificar en qué fecha pudo ser fa­ bricado, aunque sería más exacto de­ cir —debe reconocer—, que lo curioso es que, a simple vista, contiene ins­ cripciones que podrían pertenecer a varias épocas remotas entre sí, tanto física como cronológicamente: algo de jeroglífico egipcio, algo parecido al celta e incluso algo de maya o quizá azteca. Desde luego tiene que anali­ zarlo con mucho más detenimiento, no cabe duda —piensa mientras co­ mienza a hacer el equipaje—. Cuando se lo enseña y les explica emocionada lo sucedido, sus padres comprenden la decisión de su hija de volver a la ciudad; un par de horas más tarde Emily se marcha en su coche: ha que­ dado con sus padres que regresará en cuanto resuelva el enigma del arcón y éstos saben que su hija es así de im­ pulsiva, sobre todo cuando se trata de algo relacionado con la arqueología: por eso no les importa tener que ir a recoger las vacas que siguen pastando tranquilas en el valle, y que ha olvida­ do, enfrascada en sus cavilaciones so­ bre el misterioso arcón de piedra. En el laboratorio, Emily y su equipo someten al arcón a todo tipo de prue­ bas, empezando por las meramente mineralógicas: antes de abrirlo nece­ sitan conocer de qué está hecho, y,

tras algunos días de análisis, descu­ bren que lo que inicialmente parecía simple cuarcita resulta que no es nada parecido, sino que se trata de un tipo de material desconocido en la tierra; y lo más curioso, si cabe, es que parece relativamente nuevo, como si hubiera sido fabricado no hace demasiado tiempo, o como si el paso del tiempo no le afectara. Y someten al arcón a diversos tipos de escaneados y prue­ bas radiológicas, intentando averiguar qué contiene, ya que todos los inten­ tos por abrirlo han resultado infruc­ tuosos; sin embargo, nada parece tener éxito: tras casi un mes de ince­ sante trabajo nada se ha conseguido. Una mañana, Emily, cansada de tanto fracaso, se sienta delante del arcón y lo observa detenidamente; ¿qué se­ cretos contiene? —se pregunta— y, como para distraer su mente, comien­ za a copiar detenidamente los intrin­ cados grabados que rodean toda la misteriosa caja —y eso que antes ya habían hecho fotos de los dibujos, pe­ ro tampoco se había llegado a ningu­ na conclusión más allá de que se trataban de diseños decorativos—. Sin embargo, el hecho de observar dete­ nidamente cada minúsculo detalle mientras los copia le permite discernir un nivel de detalle que habían pasado por alto al estudiar las fotos, quizá por centrar más su atención en el pro­ pio material del arcón y su misterioso contenido. Lo realmente llamativo es que cuando más lo observa es como si más lo entendiera; como si los dibujos le estuvieran hablando, no…, hablando no…, como si el arcón, o más bien lo que contuviera, conectara con su mente, casi como si quisiera formar parte de su propia mente. Emily tarda casi una semana en completar sus di­ bujos, y tan concentrada está en ellos que sus compañeros empiezan incluso a preocuparse por su salud; sin em­ bargo una mañana, muy temprano, los llama a todos y, con una inmensa 53


El Callejón de las Once Esquinas

sonrisa, les muestra la copia, ya con­ cluida, que había estado realizando de los grabados del arcón. «Y eso no es todo», añade misteriosa; y yendo ha­ cia la mesa donde está el arcón, les muestra éste abierto: «Se ha abierto solo cuando acababa de terminar mi dibujo», les explica. Nadie sale de su asombro; no saben si reír o gritar —algunos hacen ambas cosas—, y du­ rante unos segundos todos lo cele­ bran, aunque al instante se dan cuenta: el arcón está vacío; se hace el silencio en el laboratorio. Es una sim­ ple caja vacía —aunque, eso sí, de un material desconocido en la actuali­ dad—, pero no contiene nada dentro: ni oro, ni un mapa del tesoro, ni una espada láser, ni un teletransportador portátil; nada de lo que habían imagi­ nado cuando empezaron a analizarlo. Y sin embargo algo ha cambiado: Emily ya no parece la misma. Durante los siguientes días se la ve… distinta. Antes era inquieta, incluso hiperacti­ va. El interés que antes mostraba por su trabajo parece haber disminuido, casi desaparecido: no es que no le guste, es que empieza a considerar más importante otras cosas. Tal como les había prometido a sus padres regresa para pasar con ellos el resto de sus vacaciones. Les cuenta que no ha pasado nada especial, que el misterioso arcón estaba vacío y que el único misterio es que es de un ex­ traño material desconocido en la ac­ tualidad. Sin embargo su madre se da cuenta que algo ha pasado durante esos días, algo que ha cambiado a su hija. Son los pequeños detalles los que hacen que su madre sospeche: su hija parece más calmada, como si dis­ frutara de la naturaleza como nunca antes lo había hecho: antes Emily casi no prestaba atención a las flores o a los árboles —los consideraba parte del bosque, pero no parte de su vida—; ni contemplaba los peces del río como ahora —como si ahora fuera la prime­ 54

ra vez que los viera—; o daba de co­ mer a las vacas como ahora —como si realmente las comprendiera—. Sí, efectivamente su hija ha cambiado —piensa su madre—, aunque, en todo caso, es un cambio a mejor, sin duda, por lo que no le presta mayor aten­ ción y, a los pocos días, se olvida de ello. Finalizadas sus vacaciones, Emily regresa al laboratorio y, aunque sigue siendo tan eficiente como antes, in­ cluso más, algunos compañeros, los amigos más íntimos, intuyen que algo ha cambiado, que ella ya no es como antes; como si ya no fuera ella mis­ ma; como si fuera otra persona, otra mente. Y es que Emily ya no es sólo Emily, ahora es también alguien más, al­ guien proveniente de otro lugar, más lejano, diferente, alguien que buscaba un nuevo hogar, alguien que huía del infierno de su mundo en busca de un paraíso donde volver a ser, donde vol­ ver a vivir. Y comprende que el arcón no es sólo una simple caja de piedra tallada, no, ahora comprende que es algo que permitió a ese «alguien» lle­ gar a la tierra proveniente de otro lu­ gar, algo que contenía a ese alguien del que ahora ella es anfitriona, de ese huésped que vive en ella y con el cual mantiene ahora como una rela­ ción simbiótica, casi fraternal. Y el ca­ so es que Emily —que poco a poco, como si empezara a compartir nuevas capacidades psíquicas, comienza a comprender que algo ha cambiado en ella y no quiere ser descubierta—, si­ gue actuando casi como antes… salvo en algunos pequeños detalles sin im­ portancia, como ese por el que ahora siempre hace detallados dibujos a mano de los restos arqueológicos que analiza en el laboratorio, como hacían los amanuenses de la antigüedad —antes siempre se limitaba a realizar fotos de los objetos—, y es tanta su dedicación y detalle en sus copias


Número 1

—como si estuviese recordando anti­ guas tradiciones vividas en su otra vi­ da; porque la antigua vida de ese alguien que vive en ella comienza a ser también parte de sus recuerdos, parte de su propia vida— que para

todos sus compañeros ya no es sólo la criptógrafa del equipo, ahora Emily es la amanuense del laboratorio.

Luis J. Goróstegui Ubierna (Madrid ­ España) Blog: observandoelparaiso.wordpress.com Twitter: @ObservaParaiso

55


El Callejón de las Once Esquinas

Las secuelas de la sospecha Antonio Bolant Rodríguez Cuanto más me adentraba en la vida de Aurora, más crecía mi fascinación por ella...

Llevaba meses siguiendo a esa fasci­ nante mujer; una atractiva pelirroja de pelo corto y largas piernas, nada exuberante aunque bien proporciona­ da, de sonrisa amplia y sereno caris­ ma. Contemplar a diario cómo decoraba la ciudad con su presencia hizo que me gustara mi trabajo por primera vez. Me quedaba absorto ob­ servando cómo absorbía la luz del aire cuando andaba, para después dejar huellas de colores sobre el gris de la acera. Pero eran sus manos las que me tenían cautivado, nunca conocí a nadie que las moviera al hablar como lo hacía ella. Daban volumen a sus palabras con un fraseo de formas arti­ culadas que escenificaban sus ideas con una danza incorpórea, como va­ por de teatro. Entendía perfectamente que la per­ sonalidad de Aurora sedujera a Mario, un rico empresario con el atractivo y cultura suficientes para impresionar a una joven hambrienta de experiencias entre la penumbra de un entorno hu­ milde. Ser rescatada de la rutina por un hombre como él, le supuso cruzar el umbral de la utopía, de una en­ soñación que al volverse tangible re­ sultó quebradiza sobre la travesía de la realidad; su gran calado pronto quedó varado en un mar denso y poco profundo. Aquel cazador de sueños subestimó a la muchacha de barrio. La nueva condición social de Aurora 56

le subió tan alto como estrecho re­ sultó el mundo de lujo vacuo al que su matrimonio le condujo. Descubrió que la opulencia era otra forma de cosmé­ tica, donde la oquedad componía una matrioska infinita y la superficie de una persona, todo lo que a esas per­ sonas interesaba. Pronto echó de me­ nos a su vieja rutina con sentido, lubricada de gente que asumía la im­ perfección de lo cotidiano, la prefería a aquel enjambre insustancial repleto de reinas. Dicen que el gris justifica los tedios, y quizá por ello, terminó refugiándose bajo una ropa más pare­ cida a una coraza que a un comple­ mento de su silueta. Usaba vestidos apagados, siempre informales, poco apropiados para una mujer de su pe­ culio. Inevitablemente, se fue desvin­ culando de los ambientes exclusivos, de las amistades de alto standing, y a medida que eso ocurría, Mario hacía lo mismo con ella defraudado por ese comportamiento tan alejado de sus expectativas, casi engañado. O eso se repetía a sí mismo mientras se desli­ zaba hacia el interior de otras piernas, en continuas incursiones que luego detallaba generosamente entre hoyos de golf, restituyendo socialmente la iniciativa que le había arrebatado su excéntrica mujer. Un amor no correspondido no suele sobrevivir con los despojos de la ilu­ sión y Aurora acabó por perderse en


Número 1

los barrios alejados de la fría cumbre social, en lugares donde nadie poseía obras de arte, pero muchos amaban la pintura o se manchaban de barro en los talleres de escultura. Gentes que gustaban de leer más allá de los best­sellers y se retaban a sí mismas tratando de crear sus propias histo­ rias. Se sentía cercana a esas perso­ nas, no dejó nunca de estarlo. Era feliz entre pinceles, espátulas y lápi­ ces, empleando sus dedos para algo más que sostener unas uñas pintadas. Sus manos constituían su otro alma e hizo de ellas su exilio. Aunque la feli­ cidad sólo precisa de las pequeñas co­ sas para acurrucarse a nuestro lado, en ella siempre resultaba efímera; la tristeza permanecía sumergida como un sentimiento freático que le impedía fortalecer cualquier amistad y alimen­ taba a una soledad cada vez más errante. Parecía vagar en tierra de na­ die, sujeta a una estrecha línea tan­ gente entre la burbuja residencial de una urbanización de lujo, donde re­ sidía y la esfera urbana de los barrios empapados de detalles, donde palpi­ taba. Se convirtió en una forastera social; no cuajaba en los barrios a los que ya no pertenecía y nunca perte­ necería a una élite en la que no enca­ jaba. Yo gozaba de cierta reputación como investigador privado entre los miem­ bros del exclusivo club de campo al que pertenecía su celoso marido. Si se precisaba información que comprome­ tiera la vida privada de algún que otro socio molesto o que sirviera de con­ trapeso a la escasa moral de ciertas aficiones, ahí estaba yo para conse­ guirla; discreto como un copo entre la nieve, tan diligente como exigían las circunstancias. No era algo de lo que me sintiera orgulloso, simplemente pagaban muy bien en una profesión que a menudo tan sólo daba para vivir y yo ponía de mi parte tratando de no pensar demasiado en ello. Con seguri­

dad, alguno de esos miembros pro­ porcionó mis señas a Mario y decidió contratarme para conseguir pruebas de la infidelidad de Aurora, de la que estaba totalmente convencido. Cada vez le desquiciaba más el incesante deambular de su mujer por los arra­ bales sociales que tanto despreciaba, tan alejados de las buenas costum­ bres, de los ambientes propios de su posición. Sólo concebía esas intolera­ bles escapadas como una excusa para encuentros furtivos con un más que supuesto amante, opinión abierta­ mente compartida y alentada por los conocidos que componían su círculo de amistades. Mario me obligaba a ser escrupuloso con los detalles y constantemente exigía información de los pormenores de mis investigaciones. Pero a pesar de mi completa dedicación, y cada vez más grata entrega, mis partes sobre la rutina de su esposa durante todos estos meses no incluyeron aventura amorosa alguna, por lo que se mantu­ vieron a raya sus peores augurios y los rumores dentro del exclusivo eco­ sistema del club, asunto nada des­ deñable ya que permitía a su orgullo respirar tranquilo al continuar inma­ culado su señorío. Al principio, me pa­ reció lógica la desconfianza que la actitud de su mujer le suscitaba, en­ cajaba en un caldo de cultivo idóneo para la sospecha, pero cuanto más me adentraba en la vida de Aurora, más crecía mi fascinación por ella y mayor era mi convencimiento del pro­ fundo desconocimiento que Mario tenía de esa extraordinaria mujer. A pesar de no pocos escarceos con sugerentes amantes, este oficio me tenía amarrado a un perpetuo roman­ ce con la soledad. Pero Aurora ejercía tal atracción sobre mi voluntad que el trayecto cotidiano de su intangible proximidad me fue calando hasta la médula del alma. Sabía qué adoraba, de qué huía, qué detestaba. Yo anhe­ 57


El Callejón de las Once Esquinas

laba dejar de ser la estela en el mar de su sombra al otro lado de estos malditos prismáticos que me encade­ naban. No quería limitarme a verla pasar, no soportaba la idea de que sus pasos resonaran para siempre sobre el sepulcro del eco. Decidí reunir el imprudente coraje de franquear imposibles y fingí un en­ cuentro fortuito con toda la torpeza que da la impaciencia, con la impa­ ciencia que proyecta la emoción con­ tenida. Para mi sorpresa, aceptó ese café tendiéndome el puente de su sonrisa, dejándose llevar como cuan­ do el destino se conjura sobre un viento sin aristas. Con el tiempo, me fue regalando su tiempo y se apropió del mío. Ya no hablaba de su marido con la desgarradora presencia del principio, con la cercanía de quien hu­ bo amado. Ahora lo hacía con la dis­ tancia de los sueños rotos, de quien se ha desprendido de la enredadera de la inocencia. A veces, ciertos mo­ mentos parecen cobrar vida propia y las palabras que visten un rostro tiran con fuerza del pecho hasta crear un vínculo. Aquella noche de verano, apenas nos resistimos a desenvolver tantas risas, tantas palabras capaces de ocupar un pasado. En el fondo de aquel acogedor restaurante, bajo el influjo de la aterciopelada trompeta de Chet Baker, la conversación dejó pasar a la atracción mientras el al­ cohol se encargaba de los remordi­ mientos. Llegamos a la entrada del primer hotel que salió a nuestro encuentro, cerca de donde las avenidas no tienen regreso. Ante la puerta de una sencilla habitación, durante un breve momen­ to, sólo las miradas permanecieron

vestidas tanteando lo irreversible, co­ mo faros conscientes de la proximidad de un acantilado que el tacto se en­ cargó de apagar. Entramos, y mi pie cerró el umbral de un portazo, mien­ tras mis manos abrían su blusa y las suyas arrancaban el último botón de mi camisa. Sus senos liberados bus­ caron mi pecho dejando que mis la­ bios descendieran a la profundidad de los viejos sentidos que sólo la piel co­ noce. El corto vuelo de la falda huyen­ do de sus caderas rasgó la última cortina del arrepentimiento y el sudor empezó a destellar con el resplandor anaranjado del crepúsculo que las nu­ bes rompían, como estelas de navío, desplegándose hacia la proa de una noche que hoy se proclamaba acree­ dora de todas las lunas. Las primeras luces del alba se cola­ ron por la ventana cubriendo nuestra desnudez, intentando acomodarse en­ tre las azoteas del barrio viejo y el te­ cho grisáceo de las nubes que cubrían la ciudad. Yo dormitaba sobre mi cos­ tado izquierdo y Aurora me abrazaba por la espalda; su brazo izquierdo pa­ saba bajo mi cuello hasta rodear mi pecho mientras el derecho rodeaba mi cintura. La cadencia de un susurro a las puertas de mi oído terminó de despertarme. Aunque hay palabras que sólo los amantes deben conocer, aquellas que pronunció germinaron en el patrimonio del viento: «Tardaste demasiado en fingir ese encuentro, amor mío; hacía tiempo que te estaba esperando». Mientras me giraba para besar esas palabras, pensé fugazmente en Mario. Me preguntaba cómo informarle de que sus sospechas, finalmente, resul­ taron fundadas.

Antonio Bolant Rodríguez (Requena, Valencia­ España) Twitter: @contuitero

58


Número 1

Conversación con Cervantes (De mi viaje, la visita a don Miguel y cuanto en secreto me narró) Isidro Moreno Carrascosa Con gran desconfianza por su parte y unas cuantas jarras de vino, al diálogo se avino... Nuevamente excuso explicarles có­ mo conseguí viajar en el tiempo, pues me debo al secreto profesional de unos amigos y temor padezco por si el secreto fuese revelado, ya que no podría volverlo a utilizar y quizás, du­ ras penas legales habría de sufrir. Me vi en el año de 1614 y tras algu­ nos intentos fallidos, conseguí captar la atención del mismísimo D. Miguel de Cervantes Saavedra que, a pesar de la fama de su Quijote, seguía man­ teniendo una existencia humilde, casi precaria. Era en una taberna de Valla­ dolid y con gran desconfianza por su parte y unas cuantas jarras de vino, al diálogo se avino. —Joven, ¿cuál es vuestra gracia? —Diego Malacalza —improvisada­ mente respondí suponiendo que de­ seaba conocer mi nombre, aunque pseudónimo le enuncié. —¿De dónde procedéis que tan ex­ traños hábitos exhibís? Le di largas a su comprometedora pregunta y tras unas notas de humor y una nueva jarra de vino peleón, le hablé de mi admiración por sus letras y en especial a su obra “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha”, quedando muy sorprendido al sugerir­ le que debería publicar pronto una se­ gunda parte. Tanta sorpresa llevose, que su desconfianza creció por mo­ mentos quizás considerando que yo sería un espía pagado por alguno de

sus tantos enemigos que, —como él me dijo— «con envidias y malas ar­ tes», le rondaban. También pude deducir que sus rela­ ciones con el gremio literario no eran del todo satisfactorias y que Dios me perdone, pero creo que atisbé un res­ coldo de odios y celos, ya que era ex­ traño el desdén que mostrar quería al hablar de Lope de Vega, Quevedo o incluso Góngora. —Don Miguel, ¿por qué eligió a dos personajes tan dispares como Sancho y Quijote?, pues entiendo que la elec­ ción fuese entre dos seres antagóni­ cos, pero en su caso, me parece que además de antagónicos son completa­ mente… asimétricos. —Apreciado Diego, en género nove­ lesco siempre quise narrar y dejar a la intemperie las grandezas e infortunios del género humano que, actualmente, yo diría que en gran crisis se encuen­ tra, aunque quizá vuestra merced esté de acuerdo conmigo, que eso de las crisis parece inherente a nuestro alocado y mísero existir a juzgar por nuestra historia. Ante tal reto —conti­ nuó don Miguel hablando— hube de buscar la forma, o sea, los personajes que no incomodasen al lector y que éste, como conciencia popular, se en­ contrase superior, en mayor rango o mirando por encima del hombro aun cuando se estuviese exponiendo o in­ sinuando las miserias y honores de los 59


El Callejón de las Once Esquinas

hombres y mujeres actuales. —De esta forma, surgieron de mi mente dos seres que no ofenderían la moralidad: ¡Un paleto y un loco! A ambos se les permiten cualquiera cla­ se de pensamientos con incluso, buen grado de condescendencia y humor, pues hasta reírnos de ellos se puede sin temor a represalia. Deliberadamente quiso don Miguel dejar de hablar de su obra, pues ape­ nas me refirió unas palabras sobre sus tribulaciones habidas con un tal Ave­ llaneda. Comprobé que ambos estábamos esforzándonos sobremanera en pro­ nunciar correctamente las palabras de nuestro ameno diálogo. Sabíamos que el trabalenguas era fruto del vino in­ gerido que ya comenzaba a hacer me­ lla, aunque ambos quisiéramos disimularlo. Su rostro cambió de gesto así como la historia que él mismo iniciaba y que en verdad comenzó a interesarme, pues resumiendo y omitiendo detalles que desafortunadamente mi memoria no quiere acordarse, el ilustre Cervan­ tes me contaba así: —No hace muchos meses, un mer­ cader portugués llegó a estas tierras castellanas preguntando de forma in­ sistente por mi paradero, no siendo difícil localizarme, ya que refiriéndose a tan exitoso autor, obtuvo certera y rápida respuesta —adujo el célebre escitor, con evidente tono de falsa modestia. —Tras una primera entrevista —con­ tinuó narrando don Miguel— consiguió convencerme para una segunda cita en la que me ofrecería una importante posibilidad de negocio, del que no me podía hablar mucho más en ese mo­ mento, por cuestiones de seguridad. —¿Y vuestra merced tuvo a bien ac­ ceder a la convocatoria? —le dije mientras me mordía el labio para evi­ tar la risa que me producía el forzar mi lenguaje al del siglo XVII. 60

—No tengáis vos tanta premura por conocer la historia que narro —dijo don Miguel— pues el gaznate se me seca y los recuerdos se me emborro­ nan, no sé si por lo bebido o por lo no comido. Acto seguido llamé al tabernero para que trajese unos buenos cortes de queso para llenar nuestras tripas y que ayudaran a digerir el tan peleón vino que estragos nos empezaba a hacer. —El lugar previsto para la reunión —continuó narrando— era una vieja y solitaria posada en el páramo caste­ llano y a mitad de camino entre dos aldeas que recordar no puedo. —Llegado el día, viajando a lomos de mi caballo y tras largas horas de entretenidas conjeturas, arribé al vie­ jo caserío y que al ver su aspecto y mugrientas dependencias me dije: «El camino es siempre mejor que la posa­ da», mas debí pensarlo en voz alta, pues el posadero mirome con gesto no muy amistoso. —En la estancia grande de la casa, austera, parca en muebles y junto a una chimenea sin fuego, dos hombres me esperaban; reconocí al mercader luso que muy amablemente me obse­ quiaba una bienvenida con múltiples aspavientos y me presentó al otro personaje como su amigo, al que ha­ blaba en lengua inglesa y que me dijo se llamaba Guillermo. Éste era de no­ ble aspecto y un tanto distinguido quizás por su proporcionada comple­ xión, aunque de rostro completamen­ te ovalado y de frente inmensa, ya que sus largos cabellos surgían y cubrían la mitad trasera de su cráneo. Bigote y perilla de tonos rojizos, ador­ naban el exótico rostro. —Rápidamente comprobé —prosi­ guió don Miguel— que el conocimiento de la lengua inglesa del mercader portugués era muy deficiente, así co­ mo del castellano, pues de no ser por la semejanza de éste y mis conoci­


Número 1

mientos del gallego e italiano, difícil­ mente le hubiese entendido palabreja alguna. —A modo de charlatán de ferias, tras un breve discurso de presenta­ ción de su oferta y con más duda que confianza por mi parte y la del inglés, sacó de un zurrón lo que nos dijo era un manuscrito proveniente de Grecia en el que se recogían casi una docena de inéditas tragedias griegas cuya tra­ ducción del griego, copia y leve adap­ tación, nos podrían aportar suculentos éxitos literarios y beneficios económi­ cos. —It isn´t Mr. Shakespeare? —pro­ nunció el intrigante mercader. —¿Cómo dice vuestra merced? —pregunté yo muy extrañado. —Sí, amigo Diego, en ese momento —dijo don Miguel— comprendí aquella reunión y reconocí al famoso autor teatral inglés del que hacía apenas un año, me habían llegado traducciones de algunas de sus obras. ¡Era el mismísimo William Shakespeare! —En las confusas conversaciones y traducciones a tres bandas —prosiguió don Miguel— deduje que Guillermo, o mejor William, sí que era sabedor de mi nombre y también de mi obra Don Quijote de la Mancha, pues según el traductor —aunque nada fiable— me había dedicado unas palabras de elo­ gio ante tan magna y exitosa obra li­ teraria. —Finalmente tanto William como yo, comprendimos que el portugués pre­ tendía vender al mejor postor aquel grueso mamotreto de roídos papeles manuscritos con signos griegos, ofre­ ciéndonos todo tipo de garantías y ju­

ramentos sobre el carácter inédito y auténtico de las tragedias que allí dor­ mitaban deseando que alguien las pu­ siera en boca de buenos actores de corrala teatral. —Evito contarte, amigo Diego, las múltiples trabas que supuso el desco­ nocimiento de un idioma común, pero finalmente llegamos a la conclusión, tanto William como yo, que nuestro honor y nuestra ética literaria nos in­ vitaban a rechazar la idea de plagiar a otros autores. —Dado que nuestra reacción no fue del agrado de nuestro mercader, am­ bos intentamos relajar la situación y entre otras conversaciones que como intérprete nos tradujo, fue que «nin­ guno de los dos escritores sobreviviría al otro». —Esta sentencia en forma de acuer­ do nos produjo a los presentes unas sonoras carcajadas que provocaron, como amistoso broche de la jornada, el último brindis antes de retirarnos a nuestros aposentos, pues ya sufría­ mos el cansancio del viaje, de las tra­ ducciones y del vino. Ya creo que no me queda nada más interesante por narrar acerca de mi viaje y cita con D. Miguel de Cervan­ tes, pero reconozco la gran sorpresa que me traje a nuestro tiempo al co­ nocer el secreto acuerdo de Guillermo y Miguel, pues cierto fue, que Cervan­ tes y Shakespeare murieron en la misma fecha.

Fdo.: Diego Malacalza

Isidro Moreno Carrascosa (Ciudad Real ­ España) Blogs: isidroantonio.wordpress.com isidromorenocarrascosa.blogspot.com 61


El Callejón de las Once Esquinas

Una extraña criatura Carmen Cano Soldevila Llegó el día inevitable en que decidió salir a la calle con el bebé para que le diesen el aire y el sol...

Da la casualidad de que soy invisible. Es un engorro, pero es así. Y no es esta razón suficiente para que deba ser reducido a pedazos por todos. HERBERT GEORGE WELLS, El hombre invisible

Sus problemas comenzaron el día en que el médico le diagnosticó un em­ barazo fantasma. Sin embargo, a Sa­ rah ni su intuición ni sus entrañas la engañaban. George había partido a la ciudad en busca de mejor fortuna, quizá para siempre. De modo que, cuando llegó la hora del parto, recu­ rrió a su vieja vecina, la señora Wells. —No contaré nada de lo sucedido —comentó de manera sucinta al finali­ zar—. Nadie me creería. Esta extraña criatura puede traerte la desgracia. —¡Oh, Bertie, mi niño! Noto tu calor y oigo tu llanto, pero no puedo verte. Unas lágrimas de impotencia aso­ maron a sus ojos, que contemplaban incrédulos el bulto vacío de la mantita sobre su pecho. Bertie parecía un niño sano, dis­ puesto a extraer con voracidad la le­ che que manaba de los pechos de la madre, pero ella no descansaba, pal­ pando, escuchando y elucubrando qué sería de él. Llegó el día inevitable en que decidió 62

salir a la calle con el bebé para que le diesen el aire y el sol. Cuando alguien se acercaba sonriendo al cochecito, miraba a Sarah con burla. Después la burla se tornó estupefacción y, más tarde, miedo. Las risas de Bertie en el parque, el balón que rodaba solo y el columpio balanceándose en el aire despertaron el terror en la población. Ni siquiera Hellen, la mejor amiga de Sarah, dejaba que sus hijos se acer­ caran a ella. Una noche llamaron a la puerta. Sa­ rah comprobó que un grupo de hom­ bres y sus perros aguardaban afuera. Cogió a su hijo y salió huyendo por la puerta de atrás. Corrió con todas sus fuerzas hasta ocultarse en la arbole­ da. Hasta allí se dirigieron aquellas fi­ guras vociferantes: —¡Sarah, ese niño está maldito! ¡Entrégalo! ¡A ti no te pasará nada! La luz de sus linternas acuchillaba la noche. Los ladridos se oían muy cer­ ca. Sarah le tapó la boca a Bertie, que comenzaba a gemir. Salió de su es­


Número 1

condite y se dirigió hacia el mar. Se detuvo un momento. —¡Sarah! ¡Entrégalo! Apretó con desesperación a su hijo contra el pecho y saltó al vacío por el acantilado. El amanecer descubrió, entre las ro­

cas y el oleaje, el cuerpo destrozado de la madre y el de un pequeño ángel albino con las alas quebradas y trans­ parentes.

Carmen Cano Soldevila (Barcelona ­ España) Twitter: @canocs19

63


El Callejón de las Once Esquinas

Estaciones del 39 Rafa Olivares Paulino se quitó la boina en señal de respeto y escupió al suelo cuando se hubieron cruzado...

Primavera Terminaba el mes de marzo cuando, dos días después de haber salido de Madrid, Anselmo llegaba a Alicante. Al morir el brigada que estaba al mando, por la metralla de un obús, su regi­ miento se dispersó a la carrera ante el avance de los nacionales y la inminen­ te caída de la capital. Entre la multitud de gente de todo tipo que, como él, huía en desbanda­ da, circulaba el rumor de que, desde Alicante, todavía republicana, partían barcos hacia Argelia, Francia o la Unión Soviética, así que hacia allí de­ cidió dirigir sus pasos. Al llegar a la ciudad mediterránea buscó el puerto con la esperanza de que le confirmaran el rumor y de en­ contrar plaza de embarque. Lo que contemplaron sus ojos al llegar al pa­ seo del malecón le dejó casi sin respi­ ración. Miles de personas, tan agotadas y depauperadas como él, se hacinaban en los muelles, sin duda con su mismo objetivo. Sólo el Stan­ brook, un barco carbonero, se encon­ traba atracado y con los accesos fuertemente custodiados por carabi­ neros. Con paso cansado se sumergió entre aquella muchedumbre para tratar de recoger información y hacerse una idea de cómo estaban las cosas. Co­ mentarios muy diversos —y a menudo contradictorios— corrían de boca en 64

boca. —Está arribando una flota de cuatro buques que nos sacará a todos de aquí —decía alguien. —Todos no cabemos, van a dar prio­ ridad a los que tenían cargo público o filiación política —escuchó a otro co­ mentar más adelante. —Los italianos ya están en Villena, en un par de horas pueden llegar aquí —aseveró un joven que vestía un mo­ no de mecánico. Otro afirmaba que Negrín estaba en Villa Marco, una finca señorial en la huerta de El Campello, y el de al lado aseguraba que Alberti y La Pasionaria habían salido en avión, unos días an­ tes, desde el aeródromo de Monóvar rumbo a Orán. La credibilidad de todo lo que se oía era muy escasa y parecía más bien producto del deseo o del temor de quien lo hacía circular. Una detonación seca resonó sobre­ saltándole. Sin duda un disparo. An­ selmo barrió con su mirada el área que podía divisar, tratando de localizar su origen. A su lado alguien, con as­ pecto de llevar allí muchas horas y con voz de hastío, susurró «otro que no aguanta más y se ha quitado de en medio». De cuando en cuando el sonido se repetía y la gente ya apenas se inmu­ taba. Solo alrededor de donde ocurría se generaba cierto arremolinamiento


Número 1

con el doble propósito de dotar de al­ go de dignidad a ese cuerpo sin vida y de aprovechar alguna pertenencia del finado, ya fuera su pelliza, sus botas o el arma aún caliente, quién sabe si para prestar un servicio más. Quizás fue el instinto de conserva­ ción lo que le hizo a Anselmo decidirse a abandonar aquel lugar y dirigirse hacia el norte por la carretera de la costa. Volver a su tierra andaluza sería una temeridad. Aunque al salir de Madrid se había deshecho de su armamento, no le fue difícil encontrar y recoger un Máuser y munición diversa que los excomba­ tientes iban dejando en las cunetas que separaban la carretera de los campos de almendros. Verano Hace unos meses que terminó la guerra, julio ya ha llegado y siguen sin noticias de Pablo, su único hijo. Tendría ya veintidós años y su última carta fue de hace casi un año, desde el frente del Ebro. Se le notaba ani­ mado o quizás solo lo fingía para no alarmarles. Siempre había tratado de ocultar sus preocupaciones a las per­ sonas que le querían. Les informaba de los rumores que corrían por la compañía y que aventuraban que se dirigirían a Madrid para reforzar su defensa. Paulino le había leído la carta a María, su mujer, cientos de veces, en cada ocasión que ella se lo pedía; y otras tantas más, a escondidas, cuando ella no andaba cerca. Pensaban que podría estar prisione­ ro o quizás hospitalizado con alguna herida. Tal vez se había echado al monte, como se decía de tantos otros, para hostigar a las nuevas fuerzas del orden con la esperanza de una ayuda exterior inminente que nunca llegaba. Eso justificaría que no hubiera podido ponerse en contacto con ellos. Aleja­ ban de sus cabezas la posibilidad de que hubiera caído en combate o sido

víctima de cualquiera de los crímenes horrendos que se decía que cometían los vencedores. Cuando se enteraban de alguien de la comarca que había regresado, acudían presurosos a preguntarle si sabía del paradero de Pablo. Siempre fueron infructuosas estas pesquisas, pero no podían evitar que se les ace­ lerara el corazón ante cada nueva po­ sibilidad. Las tareas diarias en la huerta o en la cría de animales no les apartaban ni un momento del recuerdo de su hi­ jo. Otoño Han pasado muchas semanas desde que Anselmo decidió abandonar la ca­ rretera de la costa y adentrarse hacia el interior buscando el refugio de las áridas montañas. Supo por un campe­ sino que aquella comarca era conocida como La Marina Baixa. Su pasado como pastor en las Alpu­ jarras le había dotado de un conoci­ miento profundo de las montañas. Sabía dónde localizar cobijo seguro, sabía leer las huellas de animales o de personas, sabía interpretar los soni­ dos del monte y también sus silen­ cios. Se alimentaba de frutos silvestres o de alguna pieza que cazaba con tram­ pas artesanales que había elaborado. A veces bajaba a los huertos del valle y se procuraba verduras, frutas u hor­ talizas. También alguna botella de vi­ no, una hogaza de pan o una ristra de chorizos que algún labriego olvidaba junto al aljibe o al pie de una higuera y que incorporaba a su zurrón. En ocasiones asaltaba por los cami­ nos al funcionario que llevaba el co­ rreo o al médico que hacía las visitas periódicas, en busca de cualquier cosa que le fuera de utilidad. Nunca les causó daño, sólo esgrimía el arma pa­ ra intimidarles.

65


El Callejón de las Once Esquinas

Invierno Hacía unos días el Jefe Local del Mo­ vimiento, acompañado de un Guardia Civil, les había visitado en su casa preguntando si sabían de un maquis que se movía por la sierra. Paulino y María nada le dijeron. No habían visto a nadie, no habían notado robo de productos ni habían echado en falta nada que les perteneciera. Tampoco de los agricultores vecinos obtuvieron mayor información. Ya habían pasado otra Navidad año­ rando a su hijo cuando Paulino y María, como hacían to­ das las semanas, ba­ jaron hasta el pueblo a entregar los huevos, las hortalizas y algún

conejo que les habían encargado los vecinos. Cuando emprendían el regreso, en aquella fría mañana de diciembre, se encontraron de frente a la pareja de Guardias Civiles custodiando un mulo a cuya grupa iba el cuerpo inerte de Anselmo. Huellas de disparos se re­ partían por su cara y pecho. María se santiguó. Paulino se quitó la boina en señal de respeto y escupió al suelo cuando se hubieron cruzado. Desde aquel día, Paulino no volvió a dejar olvidada una botella de vino, una hogaza de pan o una ristra de chorizos junto al aljibe o al pie de la higuera.

Rafa Olivares (Sant Joan d'Alacant, Alicante ­ España) Blog: potajedepalabras.blogspot.com.es Facebook: Rafa Olivares

66


Número 1

La novena Ángel Saiz Mora Yo cada día estaba más desasosegado, pero a nadie parecía extrañarle esa situación tan fuera de lo común, casi grotesca...

Era lunes y día 9, un dígito ordinal que, en su versión femenina, estaba a punto de marcar mi vida. El butacón, después del almuerzo, tuvo a bien acogerme una vez más para la siesta cotidiana. En esta oca­ sión no elegí sintonizar el televisor con algún documental de probados efectos sedantes. De forma excepcio­ nal, introduje un leve cambio en mi vida rutinaria. Tras repasar una torre con discos compactos elegí la Novena Sinfonía de Beethoven. Pensé entonces que tal vez me invitase al sueño, como tam­ bién que alguna de las escasas perso­ nas que me visitaban podría darse cuenta de que mantener ese CD aún envuelto denotaba escaso interés cul­ tural, propio de un iletrado, desde que algún diario lo adjuntó como obsequio meses atrás. Los acordes del primer movimiento me acompañaron durante el primer cuarto de hora. Aunque en el duerme­ vela no fui muy consciente del Molto vivace posterior, como tampoco de los dos últimas partes, esa música, sin yo saberlo aún, había ejercido en mí una influencia misteriosa. Interiormente repetía las notas con fidelidad poco común cuando des­ perté. Lejos del típico soniquete pega­ dizo que la mente rememora una y otra vez, era una reproducción exacta, de principio a fin y sin escatimar ri­

queza ni matices. No di demasiada importancia a esta repentina capaci­ dad auditiva, por más que no me hu­ biese sucedido nunca. Más tarde, enfundado en ropa de­ portiva y como parte de mi programa­ da monotonía, emprendí media hora de carrera suave por un parque cerca­ no. Un vecino silbaba distraídamente la misma melodía al salir del ascensor. Recuerdo haber pensado que el mun­ do se había vuelto realmente pe­ queño. Recién iniciado el trote llegaron has­ ta mí los timbrazos de algún teclado de dudosa calidad conectado a una batería portátil: un músico callejero tocaba a un lado del sendero, al tiem­ po que pedía la voluntad a los pa­ seantes. Lo curioso fue que, en el repertorio de este autodidacta, nueva­ mente las notas elegidas, con exceso de decibelios, fueron las de la Novena de Ludwig Van. Empecé a razonar que tanta coinci­ dencia quizá sobrepasaba ya los lími­ tes del azar, simultaneidad chocante merecedora de estudio, pese a que la composición fuera una de las más co­ nocidas del mundo, con la que el ge­ nio había alcanzado sus cotas máximas. Esa noche, cuando cené frente al te­ lediario, la noticia sobre una reunión de ministros de los países miembros de la Unión Europea también tuvo de 67


El Callejón de las Once Esquinas

fondo el último movimiento de la sin­ fonía postrera del alemán, himno ofi­ cial de este organismo. Beethoven estaba realmente de ac­ tualidad. Casi cincuentón, en la mitad de mi existencia, si algo creía haber aprendido era que las modas pasan deprisa en este mundo frenético, sus­ tituidas por otras decretadas por el marketing y los ingenieros del consu­ mo, pero no resultó así en este caso. Ese otoño las hojas cayeron al compás de la Novena en Do menor Op. 125 Coral. Algo parecido sucedió con las lluvias del invierno y de la temprana primavera. Negras, fusas, semifusas y demás, al percutir ince­ santemente con un dolor que amena­ zaba taladrar las sienes, ponían a prueba mi razón. Comprendí que una obra hecha para el deleite puede vol­ verse ruido insoportable cuando no es posible elegir. Las emisoras de radio promociona­ ban versiones roqueras o de música electrónica como algo novedoso, para consumo de los jóvenes actuales, quienes de continuo parecían entrega­ dos a unas partituras compuestas ha­ ce tres siglos. Foros en Internet, espacios televisi­ vos monográficos y multitud de best­ seller se preguntaban por qué no llegó el gran maestro a terminar una sin­ fonía después de la Novena. Para demostrar la presencia de ocul­ tas fórmulas demoníacas y cabalísti­ cas algunos programas de radio reproducían hacia atrás las notas. Se­ sudos científicos divulgaron que, en contra de lo comúnmente aceptado, las composiciones de Mozart no au­ mentaban el intelecto ni hacían crecer las plantas, al contrario de los resulta­ dos asombrosos obtenidos a partir de Beethoven. Tomar el tren suponía convivir, ine­ vitablemente, con la presencia de vio­ linistas de la Europa del Este de un vagón a otro y la Novena en sus cuer­ 68

das. También interpretaban esas no­ tas músicos asiáticos provistos de exóticos instrumentos de sus países de origen. Inmigrantes de América del Sur hicieron versiones castellanizadas de la parte coral acompañados de gui­ tarras de pequeñas dimensiones. Era habitual hallar en las aceras cuartetos de jóvenes estudiantes de conservato­ rio que practicaban la misma melodía. La película La naranja mecánica de Stanley Kubrick fue repuesta por to­ das las cadenas de televisión, tanto las llamadas generalistas, como las regionales, digitales y de pago, con su banda sonora claramente beethovia­ na. El público lo reclamaba. Renové mis esperanzas en que todo podría cambiar con la llegada de la estación estival, acompañada siempre de una avalancha de aspirantes a can­ ciones de verano que, pensé, devol­ verían a la Novena su lugar natural: los discos y las acreditadas salas de concierto; pero el número uno de la lista de los 40 Principales fue una nueva versión de la misma interpreta­ da por el trío Las Magistrales, muy di­ fundida en chiringuitos de playa. Tantas coincidencias forzosamente eran parte de un plan maestro que al­ guien, humano o divino, maquinó pa­ ra que la Novena dirigiese el ritmo de la Historia. Yo cada día estaba más desasosegado, pero a nadie parecía extrañarle esa situación tan fuera de lo común, casi grotesca. Aquello constituía un verdadero Apocalipsis sonoro, un infierno repeti­ tivo, las personas ya no eran tales, si­ no autómatas que necesitaban de ese soniquete como el aire, una dictadura cósmica consentida que no quise aceptar y me destruía lentamente. Esas notas se habían incrustado en mi cerebro, una secuencia infinita que martilleaba sin compasión. Durante cualquier tarea, o en el transcurso de una de mis frecuentes siestas, respiré al ritmo de la Novena. Tamborileaba


Número 1

sin poder evitarlo con los dedos enci­ ma de mesas y mostradores. Me ras­ qué compulsivamente la cabeza bajo el mismo ritmo horas enteras. Mis conexiones neuronales estaban seriamente afectadas. Traté de escu­ char otras composiciones, desde fla­ menco a zarzuela, pero las notas del maestro alemán, a ratos virulentas, crecían en intensidad para taponarme los oídos ante cadencias distintas. Ni el más sublime de los torturadores pudo haber ideado suplicio mayor. En el deseo de conocer a mi enemi­ go consulté la biografía del célebre compositor, con la sorpresa de descu­ brir analogías entre nosotros. Ambos nacimos un 17 de diciembre, uno ori­ ginario de Bonn y otro de un barrio urbano casi marginal, pero los dos desgraciados en amores, prendados fatalmente de mujeres inalcanzables, casadas o de condición social más elevada. Mi carác­ ter, como el suyo, también se había vuel­ to retraído y huraño. En un alarde de ge­ nerosidad, nuestro su­ perior hizo un regalo individual a los em­ pleados de la oficina.

Para mí, un busto de Beethoven. A estas alturas tampoco fue una sorpre­ sa. Traté de disimular la desazón al tomarlo entre las manos. Tenerlo de­ lante cada día no fue lo peor, sino so­ portar su mirada socarrona al tiempo que mecía, o eso me pareció, sus me­ lenas pétreas, como agitadas por el cierzo, con el ritmo de esas notas que me desquiciaban la mente y el alma. Tras nueve mañanas así, sucedió. —¿Está contento con su regalo, García? Adorna mucho la mesa y se parece a usted, con esas greñas que se ha dejado de músico loco —fueron las últimas palabras de mi jefe antes de que le atizase con la dichosa esta­ tuilla. Nueve golpes, nueve, fueron suficientes. El alabastro es un arma realmente efectiva si se utiliza por sorpresa y con saña. El juez no entendió mis razones. Al pare­ cer, no terminé con los presos comunes y es­ toy en un pabellón pe­ nitenciario psiquiátrico, junto a los dementes más pe­ ligrosos, por un deta­ lle insignificante, sólo porque soy sordo.

Ángel Saiz Mora (Madrid ­ España) Twitter: @ASaizMora Facebook: www.facebook.com/angelsaizmora

69


El Callejón de las Once Esquinas

El retablo Juana Mª Igarreta Egúzquiza

Al tiempo de guardar la vieja llave en el bolsillo del abrigo, sintió escalofríos y pensó por un momento que no debía haber salido de casa en su estado febril...

Eran las 9 horas en punto de la no­ che cuando Elvira, después de asegu­ rarse de que no quedaba nadie dentro, cerró la puerta de la iglesia, tal como le había pedido don Germán, el cura del pueblo. Éste había tenido que salir apresuradamente para aten­ der a un feligrés agonizante. Al tiempo de guardar la vieja llave en el bolsillo del abrigo, sintió esca­ lofríos y pensó por un momento que no debía haber salido de casa en su estado febril, pero no le pareció pru­ dente dar su negativa a don Germán, con el que últimamente había estre­ chado lazos, sobre todo desde que se había quedado viuda. En vida de Juan, su marido, apenas acudían a la igle­ sia, tan sólo en funerales y algunas ocasiones de compromiso ineludible. Ahora, tenía que reconocer que estar un rato en el templo a solas y en si­ lencio, se había convertido en una ne­ cesidad casi diaria. Era una iglesia de pequeñas dimen­ siones dedicada al culto a San José, siendo su interior de una única nave rectangular. Le gustaba sentarse en el primer banco para poder observar lo más cerca posible el retablo. De tal manera que hasta se había aprendido los 70

nombres de los santos cuyas imáge­ nes componían el mismo. Don Germán le había puesto al corriente sobre la vida y milagros de cada una de aquellas figuras talladas y policro­ madas. Elvira entró en su casa y dejó la lla­ ve de la iglesia sobre el tapete borda­ do de la mesita del vestíbulo, con el ánimo de devolvérsela a don Germán al día siguiente a primera hora de la mañana. Volvió a sentir escalofríos y pensó que lo mejor que podía hacer era to­ marse una aspirina y un vaso de leche caliente con miel y meterse en la ca­ ma cuanto antes. Así lo hizo y no había pasado media hora cuando, en­ tre sueños, le pareció escuchar voces que venían de la calle. Se levantó y se asomó a la ventana. En la calle no había nadie. Sin embargo, al dirigir su mirada al frente, se quedó perpleja cuando descubrió luz en el interior de la iglesia. A pesar de estar presa de una sen­ sación entretejida de sudor frío y mie­ do, una fuerza superior a ella le hizo coger la llave y bajar las escaleras a toda prisa. Una vez en la calle y, para no ser vista, evitó cruzar por el centro de la plaza y atravesando los soporta­


Número 1

les llegó a la iglesia. Era una noche muy clara, con una luna rotunda. Temblorosa, hizo girar la manilla de la puerta de la iglesia y comprobó que ésta continuaba cerrada; introdujo la llave y fue abriendo lentamente hasta colarse dentro. Sigilosa, fue a colocarse al fondo de la iglesia, justo debajo del coro para desde allí poder observar qué estaba ocurriendo. Lo primero que llamó su atención fue la luz; ésta, que iluminaba sólo parte del templo, no era la luz ordina­ ria de las lámparas, de hecho éstas permanecían apagadas. De pronto, escuchó una voz de niño que parecía provenir de la parte de­ lantera, e intentó hacer un recorrido rápido con la mirada, tanto por la zo­ na de bancos como en los pasillos, central y laterales, sin conseguir ver a nadie. Elvira permanecía inmóvil y su co­ razón latía cada vez más agitado. Nuevamente oyó voces, al mismo tiempo que descubría atónita que pro­ cedían del retablo: —José, me prometiste que me harías un tobogán en las escaleras del coro. —Vale, Jesús, no seas impaciente. Tengo que recordar primero dónde dejó don Germán aquellas viejas ta­ blas. Antes estaban en la sacristía, pero, desde que la reformaron, no sé qué habrá sido de ellas… —Creo que están en el cuarto de la caldera, dijo Pedro, yo mismo le oí co­ mentar a don Germán su intención de hacer leña con ellas el próximo invier­ no. —Nosotros también ayudaremos, di­ jeron al unísono Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Entre todos cumpliremos el deseo del Niño. Elvira no salía de su asombro. ¡Eran algunas de las imágenes del retablo que habían cobrado vida! Estaba oyendo a San José, al Niño Jesús, a

San Pedro y a los Cuatro Evangelistas, al tiempo que veía cómo cada uno de ellos abandonaba su hornacina y se agrupaban alrededor del altar. Siguió observando y pudo ver cómo San José se desprendía de su corona y del bastón florido colocándolo sobre uno de los primeros bancos. El resto hizo lo propio con sus complementos ornamentales, dirigiéndose después al cuarto de la caldera, saliendo al rato provistos de tablas y herramientas con los que se encaminaron hacia el coro. A partir de este momento, Elvira no pudo ver nada más, ya que ella se en­ contraba escondida justo debajo del coro. Sí que llegó a la conclusión de que una vez terminado el tobogán, nadie se resistió a deslizarse por él, dado el revuelo que montaron y a los comentarios que hacían entre ellos sobre la conveniencia de recogerse las túnicas mediante nudos, para evitar los enganchones y desperfectos en las mismas. ­­­ Hasta aquí recordaba Elvira cuando se despertó al día siguiente y se juró a sí misma que no contaría a nadie lo sucedido, ni siquiera a don Germán, con el que había quedado para devol­ verle la llave, porque la tacharía de irreverente. Se levantó y se dirigió al vestíbulo para coger la llave de la iglesia, pero… la llave no estaba en la mesita. In­ tentó memorizar… —Al entrar en casa, dejé la llave en la mesita… sobre el tapete… —se dijo en voz alta. Se dirigió al colgador donde estaba su abrigo. La llave estaba en uno de los bolsillos. Elvira, tal como había quedado, de­ volvió la llave a don Germán y pensa­ tiva regresó a su casa. Aquella misma tarde, en cuanto pu­ do, volvió a la iglesia. Nuevamente se 71


El Callejón de las Once Esquinas

sentó en el primer banco; con más embeleso que nunca contempló el re­ tablo y, al detenerse en la carita del Niño, descubrió una expresión risueña

que antes no había observado, como la mirada de cualquier niño que ha visto realizado un sueño.

Juana Mª Igarreta Egúzquiza (Burlada, Navarra ­ España) Blog: palabrasquedanjuego.blogspot.com.es

72


Número 1

Un fantasma en mi piso Carles Quílez Cunillera El día de aquel primer contacto —digamos sensorial— con el fantasma, el mono rojo me atacó en mitad de una clase de Derecho Romano...

La primera vez que percibí que había un fantasma en mi piso, fue a princi­ pios de invierno, un día en el que tuve un fuerte ataque de migraña. Uno de los salvajes, como yo les llamo. Du­ rante todos los años en los que viví en el pueblo donde nací, nunca antes había sufrido migrañas, pero fue mu­ darme a Barcelona para cursar la ca­ rrera de derecho y empezar a padecerlas. Estas migrañas no son co­ mo un dolor de cabeza ordinario. Son mucho más dolorosas y se concentran en un punto muy concreto, justo de­ bajo de la ceja izquierda. La primera vez que sufrí una de estas jaquecas, me imaginé que un mandril se enca­ ramaba a mi espalda e inmovilizaba mi cabeza, sujetándola desde atrás, con una de sus manos peludas, mien­ tras con la otra me clavaba un punzón en la parte superior del párpado. Lue­ go, todo se volvió rojo; y es por eso por lo que a estas migrañas las llamo «el ataque del mono rojo». El día de aquel primer contacto —digamos sen­ sorial— con el fantasma, el mono rojo me atacó en mitad de una clase de Derecho Romano. Recuerdo que el profesor estaba explicándonos el Cor­ pus Iuris Civilis de Justiniano cuando, sin previo aviso, el mandril me clavó

su estilete. No guardé las formas ni un segundo y enseguida empecé a aullar. Tras el velo encarnado que cubría mi mirada observé las caras estupefactas de mis compañeros, pero no me detuve a dar ninguna explica­ ción. Tan solo me levanté y salí co­ rriendo del aula. No sé ni cómo llegué a casa, pero en cuanto abrí la puerta de entrada, me asaltó un insoportable olor a repollo hervido. Naturalmente, en aquel momento yo no podía for­ mularme ninguna pregunta al respec­ to, pues el mono seguía perforándome el ojo con saña y no podía pensar en nada más que en tomarme una de las potentes pastillas azules que mi neurólogo me había prescrito para combatir aquellas jaquecas tan salva­ jes. Aun así, antes de tomarme una de aquellas pastillas, todavía tuve arrestos para abrir la ventana del co­ medor y airear la casa. Luego, me metí en el dormitorio, bajé la persiana y ajusté la puerta, hasta quedarme a oscuras, me tumbé sobre la cama y me abandoné al sueño liberador que siempre me sobrevenía después de tomarme una pastilla azul. Desperté a media tarde, con la puerta de la habitación abierta de par en par, aterido por el aire frío que en­ 73


El Callejón de las Once Esquinas

traba desde la ventana del comedor. El mono y el olor a repollo habían de­ saparecido, pero la luz carmesí que proyectaba el sol en su ocaso me llenó de desasosiego. Sintiéndome vulnera­ ble como nunca antes me había senti­ do, me metí bajo las sábanas y me ovillé. Durante un buen rato, pensé en hacer las maletas y en regresar al pueblo, pero al día siguiente tenía un examen parcial de derecho civil, así que deseché aquel extraño arrebato de nostalgia, me levanté, cerré la ventana del comedor y me puse a es­ tudiar. Los episodios del repollo fueron su­ cediéndose regularmente. Todos los días, a la hora de comer, el olor a col hervida aparecía de la nada. Me resul­ taba tan molesto que durante un tiempo evité comer en casa, pero ca­ da vez que me ausentaba, me venía una migraña. En cambio, las veces que comía en casa, no sufría ningún ataque. Resultaba absurdo, pero al mismo tiempo estaba muy claro: era mil veces mejor soportar el hedor del repollo antes que los embates del mo­ no rojo, de modo que ya no volví a saltarme ni una sola comida en casa. Por aquel entonces, yo todavía no sospechaba que en mi piso habitara un fantasma. Mis padres habían alquilado aquel apartamento para que yo pudiera vivir en él durante los años de carrera. Era pequeño y húmedo, y se veía a la le­ gua que nunca se le había realizado ninguna reforma, pues todas sus ins­ talaciones eran muy viejas, pero cubría todas mis necesidades: estaba situado en una zona céntrica, pero económica, tenía cocina —minúscula, eso sí—, comedor, un baño, un dormi­ torio grande y otro cuarto más pe­ queño, que utilizaba como estudio, con una ventana al fondo, bajo la que había un escritorio antiguo con un cajón cerrado al que, eso sí, le faltaba la llave. Según nos explicó el adminis­ 74

trador de la finca, la anterior inquilina había sido una anciana que había fa­ llecido unos meses atrás. A excepción del escritorio, el propietario se deshizo del resto de muebles del apartamen­ to, le dio una mano de pintura, y lo alquiló al mejor postor. La pintura, sin embargo, debía ser de mala calidad, porque al cabo de unas semanas de mudarme, apareció, sin más, una enorme mancha de humedad en una pared del comedor. La primera vez que vi al fantasma fue la noche en la que invité a mi amiga Alicia a cenar. Me esmeré mu­ cho en aquella cena. Preparé solomillo a las dos salsas y unos sofisticados aperitivos que había visto en internet y compré, además, una buena botella de vino. Alicia, trajo el postre y el ca­ va. Quería que todo fuese perfecto, de modo que dispuse que Alicia se senta­ ra de espaldas a la mancha de la pa­ red, a fin de que no reparara demasiado en la misma. Yo me senté enfrente suyo, en el lado opuesto de la mesa. La música de Van Morrison que sonaba de fondo y la luz de las velas dotaban a la velada de un am­ biente encantador, mágico, podría decirse. La conversación fluía agradablemente entre nosotros y, po­ co a poco, a medida que vaciábamos copas de vino, nos fuimos achispando. Con todo, había algo que me pertur­ baba: proveniente de la cocina, me llegaba el insufrible olor a repollo her­ vido. Me levanté, saqué el cava de la nevera y lo llevé a la mesa, asegurán­ dome antes de dejar bien cerrada la puerta de la cocina. Inspiré hondo y descubrí complacido que el olor a col había desaparecido. Con mi mejor sonrisa y cierta torpeza también, abrí la botella de cava. El tapón salió dis­ parado e impactó contra la pared que había detrás de Alicia, justo en medio de la mancha de humedad. Fue en aquel preciso momento cuando, por primera vez, vi a Matilde. La mancha


Número 1

de la pared cambió de forma ante mis atónitos ojos y se transformó en la si­ lueta de una mujer encorvada. La si­ lueta salió, literalmente, de la pared y adquirió volumen hasta convertirse en una mujer bajita y delgada. Aun a la luz de las velas, pude ver perfecta­ mente su cara. Era el rostro de una anciana, surcado por incontables arru­ gas y con una nariz chata, pero de­ masiado grande para su tez menuda. La mujer me miró a su vez y me pa­ reció advertir también en ella un ges­ to de sorpresa. Alicia, de espaldas a la pared, no se había percatado de nada. La fuerza de las burbujas derramó un buen chorro de cava sobre el mantel. Mi amiga mojó dos dedos en el espu­ moso derramado y a continuación los pasó por mi frente, como si me uncie­ ra, deseándome salud. Por inercia, yo repetí el gesto y mojé también la frente de Alicia con el cava que había caído encima de la mesa. Cuando volví a mirar hacia la pared, la mujer surgida de la mancha había desapare­ cido. Un segundo después, sufrí la mi­ graña más atroz que hubiera padecido jamás. Con cada latido, mi corazón bombeaba una terrible oleada de do­ lor a mi ojo izquierdo. Completamente lívido y cegado por las lágrimas, tuve que suplicarle a Alicia que se marcha­ ra. El día siguiente lo pasé encerrado en casa. La mitad del tiempo estuve pos­ trado en la cama, ora bajo los efectos del mono rojo, ora bajo el de las pas­ tillas azules, sumergido en una suerte de duermevela febril. Empezaba a anochecer cuando mi cabeza se liberó del dolor y logré, al fin, incorporarme. Fui directo al comedor y examiné la mancha de humedad. Ésta había au­ mentado considerablemente de ta­ maño y se extendía hacia el pasillo, abarcando ya toda la pared. La silueta de la mujer, sin embargo, ya no resul­ taba visible. Me aproximé tanto al muro como me permitieron mis ner­

vios, hasta situarme a escasos centí­ metros del mismo. No me atreví a tocarlo, pero desde esa distancia pude percibir perfectamente que desprendía un suave olor a repollo. El rastro de humedad y repollo me llevó por el pa­ sillo hasta el estudio. A través de la tenue luz del sol que declinaba, vis­ lumbré la silueta de la anciana surgida de la mancha de la pared, encorvada sobre el escritorio. Encendí la lámpara que colgaba del techo de la habita­ ción, y al hacerse la luz, la mujer de­ sapareció, aunque en el aire flotaba, irreductible, el olor a repollo. Extraña­ mente, ya no me pareció revulsivo en absoluto. Avancé unos pasos y me acerqué al escritorio. El cajón estaba ligeramente abierto, apenas un dedo. Con mano temblorosa, tiré del asa y lo abrí del todo. En su interior hallé un sobre de un laboratorio clínico. El olor a repollo se intensificó, haciéndome salivar. Comprendí que tenía que abrir el sobre y así lo hice. Contenía un in­ forme muy escueto: Paciente: Matilde Neliza López Edad: 86 años. Sintomatología: Anemia. Náuseas. Migrañas. Resultado del análisis: 23 mcg de plomo por decilitro de sangre. Pronóstico: Muy grave. Causa de la intoxicación: Exposición continuada a polvo de plomo. Tratamiento: Vitamina A. Calcio. Hierro. Agentes quelantes (col hervi­ da, jengibre, etc.). Al día siguiente telefoneé al seguro para dar parte de la mancha de hu­ medad. El perito de la compañía vino al cabo de unas horas y determinó que se debía a un escape en las tu­ berías que había tras la pared. Me co­ mentó que sería conveniente que las sustituyera por unas nuevas de cobre, pues estaba demostrado que las de plomo podían resultar ser altamente 75


El Callejón de las Once Esquinas

tóxicas. Desde que convencí al propietario del piso, tras amenazarle con una de­ manda, de que cambiara las tuberías,

nunca más he vuelto a padecer ningu­ na migraña. Con todo, y por si acaso, una vez a la semana hago repollo pa­ ra comer. Matilde siempre repite.

Carles Quílez Cunillera (Sabadell, Barcelona ­ España) Blog: notincgas.blogspot.com.es

76


Número 1

Niebla Pilar Alejos Martínez Vislumbró de pronto una minúscula luz, que aparecía y desa­ parecía... Aquella noche, a su regreso a casa lo sorprendió rodeándolo de repente. Cada vez espesaba más la maldita niebla, seguir conduciendo era un ver­ dadero suicidio. Necesitaba parar cuanto antes… pero, ¿dónde, si no veía absolutamente nada a su alrede­ dor? Era como estrellarse contra un muro sin fin. El corazón le golpeaba su pecho, como queriendo huir de aquella situación, de aquel miedo irra­ cional ante lo desconocido. Vislumbró de pronto una minúscula luz, que aparecía y desaparecía. Ima­ ginó que podría ser la de un cartel de neón anunciando un motel de carrete­ ra, decidió intentar acercarse hasta allí y esperar a que disipase la niebla. Según avanzaba en su viaje subía su adrenalina, y aumentaba su impacien­ cia por alcanzar su destino, al verla cada vez más cerca. Con los ojos bien abiertos se dejó guiar, era su única referencia, todo era oscuridad. Debía evitar que su pie apretase el acelera­ dor más de la cuenta, por muchas ga­ nas que tuviese de salir de aquel infierno. Se sentía tan frágil entre aquella masa viscosa… De pronto notó que

abandonaba la carretera principal, por el ruido que producían sus neumáticos al rodar por un camino sin asfaltar, y por la estela de polvo que dejaba a su paso, que de inmediato se la tragaba la niebla. El motel no debía de estar muy lejos, extremó sus precauciones, redujo la velocidad y puso más aten­ ción mirando al frente para no perder­ la de vista, ya que brillaba con mayor intensidad pero con intermitencia, quedando durante ese tiempo a mer­ ced de la más completa negrura. En esas condiciones, las luces delanteras del coche no servían para nada, no al­ canzaba a ver más allá de sus narices. Tras un camino interminable, pudo apreciar que la tenía a su alcance. Sin querer aceleró a fondo, por la alegría de saberse a salvo, cuando noto que sus ruedas se deslizaban suavemente al perder su contacto con el suelo. La noche fue la única que escuchó aquellos gritos desgarradores de páni­ co, quedaron amortiguados por la es­ pesura de la niebla y la profundidad del acantilado…

Pilar Alejos Martínez (Quart de Poblet, Valencia ­ España) Blog: versosaflordepiel.blogspot.com.es Twitter: @1961_pilar 77


El Callejón de las Once Esquinas

El hombre más sabio del mundo Pablo Núñez Me encontraba perdido en ambos sitios y, como si fuera un actor, aparentaba no ser yo...

Esperando entre el público a que de una vez proclamen al vencedor, juego con los recuerdos de un pasado no muy lejano y veo a mi padre, absorto, observando un cable lleno de moscas del que pende una mugrienta bombi­ lla, pensando en el inmenso caudal de saber que pasó de largo por su vida mientras él labraba la tierra que había heredado de mi abuelo. Tiene una pe­ na encogida que nunca superará: le hubiera gustado ser reconocido por algún trabajo sacado de su cabeza pa­ ra que al menos, una vez en su vida, se admirase su nombre por ese logro. En cambio, para mí siempre fue un sabio: barruntaba los temporales, sembraba los tomates en el momento oportuno, conocía todos los nombres de pájaros, encontraba el escondite perfecto para cazar conejos… Pero mi padre decía que lo realmente impor­ tante era ser el mejor en un oficio que se forjase a base de esfuerzo. Lo que él hacía lo traía aprendido, como to­ dos los que vivían en el pueblo desde chico, y eso no tenía el mérito de los que descubren, a partir del estudio de unos libros y de escuchar las sabias palabras de doctos profesores, los se­ cretos que la vida tiene escondidos y, una vez encontrados, son capaces de desentrañarlos hasta conseguir ser los mejores en el terreno que abonaron con su dedicación, como los que llega­ 78

ban a ser contables, electricistas, guardias urbanos… Después, en un ni­ vel superior, tenía a los que eran sus verdaderos héroes, aquellos que lle­ gaban a la cúspide de las profesiones que solo estaban al alcance de unos pocos elegidos: maestros, arquitectos, médicos, ingenieros… Parece que empieza a haber movi­ miento en el escenario. Espero que no se demoren mucho o me dará un ata­ que. Mientras, mi mente sigue diva­ gando y se para en aquel año en el que, con el capital que consiguió aho­ rrar durante muchas jornadas al sol, me envió a un internado de la gran ciudad para que yo pudiera culminar su gran obsesión: ser un hombre de provecho. Me alejó todo lo que pudo de la tierra donde vivía para evitar que me apegara a ella y que no deja­ se pasar ese río de conocimientos que a él se le había escapado en sus años mozos. Yo me sentía con una doble responsabilidad: no defraudarlo y conseguir ser lo que él nunca pudo ser. Su ignorancia la llevaba como una enfermedad crónica. La única cura pa­ ra su mal era que yo, su última apuesta, llegase a ser el mejor en lo que el mundo de la sabiduría eligiese para mí. Los primeros años fueron duros: en el colegio estaba fuera de lugar por venir del pueblo y en el pueblo me


Número 1

miraban como el estudiante que ha dejado de ser uno más en la vida ru­ ral. Me encontraba perdido en ambos sitios y, como si fuera un actor, apa­ rentaba no ser yo, lo que me dejaba en un lugar ridículo: una persona que no cuadraba en ningún lugar y que ju­ gaba a ser lo que no era. Y eso me está pasando aquí sentado en mi bu­ taca. Me siento rodeado de caras que se saludan y la mía debe de tener for­ ma de signo de interrogación para to­ dos los que me miran. O quizá les sea invisible. En los años en los que me sentía un extraño en todas partes, me refugié en el mundo ficticio de los libros. Ahí conocí a Dumas, a Dickens, a Cervan­ tes, a Cortázar, a Benedetti… Con ellos me encontraba a gusto. Ponían a mi disposición historias en las que su­ mergirme sin ser juzgado por los per­ sonajes que pasaban ante mis ojos. Desde ese momento, comencé a vivir en una especie de duermevela jugan­ do a crear ficciones a partir de la rea­ lidad cotidiana y, si desde el principio no cuadraba ni en el colegio ni en el pueblo, ahora me había convertido en un chico triste y solitario que dejaba la mirada colgada del aire y que, de repente, sacaba de una cartera, que siempre me acompañaba, una pluma y una libreta donde escribía frases ile­ gibles, apoyado en el primer quicio que tuviera a mano. Le inventé una vida paralela a cada uno de mis veci­ nos, a los compañeros de clase, al profesor y al director del colegio. Cuando llegaba a mi casa, mi padre me preguntaba por las cosas que es­ taba aprendiendo y yo me inventaba también mis aventuras, quedando asombrado ante tantas vivencias in­ creíbles que él creía a pie juntillas. Igual que hoy, que cree que saldré de aquí triunfador por culpa de la ilusión que le he contagiado sin pensar en que de ese modo, nuestra caída será más dura.

Sin pena ni gloria acabé el bachille­ rato y llegó el momento de la verdad. Mi padre me esperaba en la estación con el mismo traje oscuro de siempre, pero su cara dibujaba una expresión de dicha que nunca le había visto. Me abrazó por primera vez y, con los ojos húmedos, me regaló un libro en el que venían todas las profesiones que existían. Esa noche me quedé des­ pierto descubriendo algunos oficios de los que nunca había oído hablar. Pasa­ ban los días, se acercaba el señalado para la matriculación y mi padre em­ pezaba a tener un pequeño temblor en la pierna izquierda resultado del nerviosismo que le provocaba mi in­ decisión. Al final, y por no darle un disgusto, le indiqué con el dedo, sin hablarle, la profesión de abogado. Él asintió con cara de alivio y vendió la mitad de las tierras que nos daban de comer para que no pasase estreche­ ces en mi nuevo periplo universitario. Al mes de empezar mis estudios, me convencí de que aquello no era para mí. Empecé a faltar a clase, a no pre­ sentarme a los exámenes y a vaguear por las calles imitando los andares de los galanes que veía en las pantallas de cine. Así pasaba el primer año has­ ta que una llamada a la pensión me avisó de que una calurosa mañana el sol se le había pegado en las sienes a mi padre, dejándolo postrado en la cama sin habla. Todos los remordi­ mientos que había dejado arrincona­ dos vinieron a despertarme y volví, de golpe, a encontrarme con el reverso de la triste realidad. Para cambiar ese reverso me encuentro aquí sentado. En este lugar que me viene grande y del que, si no salgo vencedor, me con­ vertirá en un eterno fracasado y, lo que es peor, derrumbaré todas las ilu­ siones de mi padre. La decisión de probar fortuna con la escritura la tomé al darme cuenta de que me quedaba poco tiempo para re­ dimirme. Me compré una máquina de 79


El Callejón de las Once Esquinas

escribir, dejando la mentira que me había fabricado de eterno estudiante de derecho en los contenedores de los arrepentimientos. Con un ritmo endia­ blado, comencé a golpear las teclas llenando cientos de papeles en blanco. Por cada capítulo que escribía me lle­ gaban noticias de la poca luz que le iba quedando al hombre que tenía to­ das las esperanzas puestas en mí. Apenas dormí durante los meses que estuve encerrado escribiendo y, con los ojos enrojecidos y el cuerpo lleno de café, una noche terminé mi novela justo a tiempo para enviarla al concur­ so literario más importante del país. Esa era la única baza que me que­ daba y decidí jugármela a caballo ganador. Antes de que lle­ gara el día de hoy, volví a casa y le hablé a mi padre del anhelo que per­ seguía: ser escritor. Le conté que había presentado mi pri­ mer trabajo al con­ curso con más renombre del mundillo literario y, a pesar de que al principio no encajó bien la buena nueva, con el tiempo empezó a desear ese premio tanto co­ mo yo. Comencé a enseñarle de nuevo a hablar y, cada día, fue progresando hasta que consiguió manejar el voca­ bulario suficiente para entendernos entre los dos. Una vez me dijo que no era tan distinto ser abogado y escritor porque los dos trabajaban mintiendo y, al menos, los últimos reconocían que lo hacían. Con esta sentencia des­ cubrí que no solo había recuperado el habla, sino que, además, se le había despertado el ingenio. También me convertí en su entrenador personal. A base de ejercicios inventados fue re­ cobrando las fuerzas y abandonó la 80

cama en la que había pasado tantos días. Apoyado en su bastón, comenzó a dar pequeños paseos que acababan en su mecedora al principio y que al final llegaron hasta los sembrados que se mecían al ritmo de la brisa primaveral. Casi sin darnos cuenta, llegó la fe­ cha esperada y temida. Antes de ve­ nir, le compré una vieja televisión de segunda mano para que pudiera se­ guir el éxito o el fracaso de su hijo. Y ahora estará sentado delante de ella, esperando que algún primer plano me ponga en el centro de la pantalla. La gala comienza al fin, con media hora de retraso, tras soportar los acordes ruidosos de una vieja me­ lodía interpretada por una orquesta de músicos trasno­ chados vestidos de etiqueta. El jurado es anunciado a bombo y platillo. En él puedo reco­ nocer las caras de algunos escritores famosos, periodis­ tas y editores de renombre. El pre­ sentador, muy popular por dirigir un concurso que lleva más de ocho años triunfando en la radio, va descubrien­ do con parsimonia teatral los nom­ bres de los cinco finalistas: Patriciaaa... Richmond, María Lui­ saaa… Gómez, Migueeel… Ibáñez, Carleees... Quílez, y... Enriqueee… Mochón. Son grandes plumas a las que admiro y leo con verdadera de­ voción. En ese momento me imagino la cara de desolación de mi padre en medio de la nada al no ser yo uno de los elegidos. Llega el momento culminante. El presidente del jurado abre un sobre lacrado y, con su voz de barítono ju­ bilado, nombra al ganador. Tampoco


Número 1

soy yo. Había firmado mi obra como José Pereira y es el nombre de mi pa­ dre el que ha llenado los oídos del pú­ blico presente y el de los televidentes. Salgo a recoger los aplausos, los en­ horabuenas y su premio, emocionado. Doy las gracias y disculpo su falta de

asistencia por motivos de salud. Lue­ go, mirando a la cámara fijamente, le hablo como si lo tuviera enfrente: «Gracias por regalarnos tu historia, papá. La de un hombre bueno, lucha­ dor e invencible. El mejor. La historia del hombre más sabio del mundo». Pablo Núñez (Sevilla ­ España) Twitter: @beodo5

Pacto de fondo Malu Me subí en uno de los nubarrones, en el más oscuro...

Haciendo honor a su abominable fa­ ma, comenzó a lanzar esas nubes car­ gadas de deseos insatisfechos, a cual más oscura, a cual más putrefacta. El día se tornó en la noche más desapa­ cible que hasta aquel momento se co­ nocía. Esta vez el olor era tan insoportable que nadie se atrevía a salir de sus casas. Entendí que era el momento, pues se cumplían cien años de su encierro. El atrapador de sueños, ávido de venganza desde entonces, salía casi todos los días para usurpar los anhe­ los más preciados de los que osaban vivir cerca de su reducto. Pero esta vez estaba segura de que solo quería una cosa. Lo dispuse todo y justo a las

doce de la noche salí con mi vestido blanco y mi melena al viento, tan lar­ ga, como los cien años de soledad pactada. Ahora ya estaba dispuesta a cumplir el trato, sabiendo a salvo y en otro mundo a mis hijos y mis nietos. Me subí en uno de los nubarrones, en el más oscuro. Ordené levar anclas y, con una fuerza animal que llevaba guardando todo ese tiempo, arranqué aquel lugar infecto y lo sumergí hasta las profundidades del océano. Dicen que cada cien años emergen millones de burbujas en ese punto del Pacífico. Así pude demostrar que, aunque muy en el fondo, todos aca­ bamos cumpliendo nues­ tros sueños.

Malu (Madrid­ España)

81


El Callejón de las Once Esquinas

Una historia Giancarlo Omar Ubillús Celi Aún no entendía por qué había aceptado hablar con él... Aquella lejana tarde de invierno son­ rió al recordar las frases que, luego de tantos años, se mantenían frescas en su memoria, tatuadas, incólumes al paso del tiempo. La sonrisa se borró súbitamente cuando la voz familiar rompió la tran­ quilidad, cuando retumbó sus oídos y removió todos sus cimientos. —¿Qué nos pasó? Nada complicado. Que nos enamoramos y nos casamos al poco tiempo. No hay mucho que contar al respecto. La historia tú la conoces. Aún no entendía por qué había aceptado hablar con él. ¿Por qué des­ pués de tanto tiempo aparece nueva­ mente? ¿No era un círculo ya cerrado? ¿No era un fantasma ya enterrado? ¿No era el pasado olvidado? Aún recuerda ese día. Estaba ago­ tado después de una larga jornada. Solo quería llegar a casa para verla, abrazarla, conversar y perderse en las divagaciones de siempre. Se acercaba al teléfono para llamar­ la cuando la voz familiar reapareció. ¿Necesitaba hablar conmigo? ¿Era muy importante? ¿Por qué justo aho­ ra? ¿Valía la pena resucitar a un muerto? Sin embargo, vio su posibilidad cuando estuvieron frente a frente. Sus ojos despedían fuego mientras los re­ proches afloraban y disparaba dardos de furia y su corazón se abatía a cada latido, a cada palabra, a cada segun­ do. Había perdido la noción del tiempo. La rabia había cedido paso a la curio­ 82

sidad. Ahora hablaba del pasado, de las calles, de los escritos, de los bue­ nos tiempos. Lejanos ahora y que nunca volverían. De pronto despertó de la modorra y disparó: «¿Por qué desapareciste?» «¿Por qué la abandonaste?» ¿Acaso no sabía cuánto había sufrido por su culpa? Sí, sí lo sabía. ¿Por qué le cos­ taba tanto responder? Siempre fue un patán. Nunca iba a cambiar. Estaba a punto de decírselo cuando recibió un golpe inesperado: «Sé lo que ella piensa de mí. Pero de­ ja que te diga algo, siempre la tuve presente, la quise y la quiero como no te puedes imaginar». Era inútil. Sentía que estaba yendo en círculos. Las respuestas que quería morían antes de nacer. La frustración se apoderó de él. De pronto volvió a recibir otro golpe: «No lo vas a creer, pero me estaba muriendo. Me estoy muriendo. Me estoy consumiendo por dentro y no quería que ella sufriera a mi lado. Fueron tantos años. Tantos». Ahora lo miraba fijamente, absorto, y notó que había tristeza en sus ojos. Era increíble, parecía que se miraba en un espejo. De pronto volvieron la inocencia de la niñez, los amigos y el barrio. «Me robaron mi juventud, mis mejo­ res años, mis sueños. Y todo lo viví con ella, pero nunca lo entendió. Nun­ ca me entendió. La vida no es ni será fácil. Eso es algo que nunca debes ol­ vidar. Todo es una gran mentira. To­ do». Comenzó a excitarse, de pronto levantó la mano y se tocó el pecho.


Número 1

«Hace tanto que no hay nada aquí, hace tanto que no he podido llenar este vacío». Ya no eran sus ojos. Ahora era su voz entrecortada la que asaltaba sus recuerdos. Tuvo la necesidad urgente de huir pero una suave brisa tocó su rostro y reaccionó. «Estaba cansado de morir día tras día. Me cansé de buscar justicia, de esperarla. Si tan solo pudiera retroce­ der el tiempo para arreglar las cosas, si ella te hubiera contado todo esto». Tres días después seguía sin enten­ der. Quería más explicaciones, por eso está nuevamente frente a aquella puerta vieja con los ojos inyectados. Tocó por enésima vez. Un rostro desconocido apareció desde la puerta contigua. «Busco al señor que vive acá pero parece que no está. Volveré más tar­ de, disculpe». Giró lentamente y avanzó, cabizba­ jo. La tarde estaba triste y fría. Le pa­ reció que una fina garúa le acariciaba el rostro. Miró al cielo. «Lima siempre será así, triste, fea, gris», pensó. «Espere». La voz lo devolvió a la realidad. «Hoy en la mañana llevaron al señor que vive allí al hospital. Esta­ ba enfermo desde hace mucho tiem­ po. Creo que vivía solo. Es un hombre bastante huraño y solitario. ¿Lo cono­ ce?» No tuvo tiempo de responder. Ahora corría. Su corazón amenazaba con sa­ lirse de su pecho. La menuda garúa lo golpeaba ahora sin piedad en el ros­ tro. No recordaba que el agua de llu­ via fuera salada. «Te dije que me estaba muriendo. ¿Por qué no me creíste? Cuando ya no queda nada vivo acá dentro, es nece­ sario que muera lo de afuera». «No es justo que me dejes de nuevo ahora que estoy tratando de enten­ derte», dudó por un segundo, «ahora que te estoy entendiendo». Era como una súplica. Como tantas que nunca

fueron escuchadas. Desde el frio lecho intentaba decirle algo. Levantó la mano lenta y torpe­ mente. Le tocó el rostro con infinita ternura. Lo acarició y le secó las lágri­ mas. Los cuerpos se estremecieron. Luego puso su mano sobre su co­ razón y dijo casi desvaneciéndose «Aquí voy a estar siempre. Recuérda­ lo». Minutos más tarde, regresaba a casa con la corbata desanudada, los cabe­ llos revueltos y los zapatos llenos de polvo. «¿Dónde has estado? Mira cómo estás. ¿Qué ha pasado? Cuéntame. Me tenías preocupada». «Tengo miedo» —dijo con voz tem­ blorosa, urgente— .«Miedo a perder­ los. A ti y al niño». «No nos vas a perder, te lo prometo. No te angusties. Pero cuéntame.» Desde el umbral de la puerta con­ templaba al niño mientras los recuer­ dos se abrían en su mente como un abanico. La brisa marina acaricia su rostro mientras las voces se van apagando a su alrededor. Solo quedan una calma infinita y el sonido hipnótico del vaivén de las olas. La inmensidad y la soledad. El sol lo abrasaba pero se mantenía firme. «No puedes conmigo», pensó y sonrió. Caminaba en la gran ciudad amura­ llada con aires de triunfo. Solo él sabía cuánto le había costado estar ahí. Era la oportunidad que estaba es­ perando. Ahora podía vivir sus libros. Y las canciones, los cigarrillos y los poemas pasaban uno a uno. Y el amor y el abandono, y la soledad y la lluvia, los ojos y las conversaciones. Y todo empezó a dar vueltas. Entra­ ba a un remolino sin fin. Rostros co­ nocidos, olvidados, desfilaban frente a él. Momentos, palabras, sonrisas. Sentía que se hundía, que se elevaba, que su alma salía de su cuerpo. «Toda 83


El Callejón de las Once Esquinas

mi vida quise ser alguien que nunca pude». Le dolía el corazón. Respiraba lenta­ mente. Una voz familiar lo regresó a la realidad. «¿Te sientes bien? ¿Qué ha pasado? Por favor, sabes que puedes confiar en mí».

Abrió los ojos. Los tenía inyectados. Intentó disimular una sonrisa y la fue atrayendo lentamente hacia él. Pudo sentir su aroma y su aliento calentan­ do su pecho. Y mientras la abrazaba reconfortado, logró articular con voz entrecortada: «Es mi padre. Mi padre ha muerto».

Giancarlo Omar Ubillús Celi (Lima ­ Perú) Twitter: @gubc Blog: gubillus.wordpress.com

84


Número 1

CALLE ASALTO Si te asomas, pagas...

ALFREDO SCAGLIONI Nacido en la ciudad de Mar del Plata, Argentina, es arquitecto urbanista graduado en la Universidad Nacional de Mar del Plata y especializado en Arquitectura Hospitalaria y Religiosa. Desde pequeño se interesó por el arte, aprendió dibujando con su tío, arquitecto, realizando las perspectivas y fachadas de los edificios que proyectaba. Un posgrado en restauración realizado en Italia, le despierta el interés por la pintura mural. Llegó a realizar una decena de murales de grandes dimensiones centrándose particularmente en los trampantojos, intercalando también con pintura acrílica sobre tabla tratada y lienzo que expuso en diferentes espacios culturales de la ciudad atlántica. Hace catorce años vino a conocer la tierra de su abuela materna, Mas de las Matas (Teruel), y se quedó a vivir en Zaragoza, donde se ha dedicado sobre todo a la pintura al óleo sobre lienzo, exponiendo en varias galerías con diferentes temas como Bares de la Ciudad, Tango, Toros, Retratos y Paisajes. Su afición a dibujar la ciudad le llevó a crear "Zaragoza a Lápiz", cuyas láminas publicó en el libro del mismo nombre, una recopilación de los rincones que ha plasmado, con una breve explicación en español, inglés y chino. Ha expuesto en varias bibliotecas y sigue pintando murales. Alfredo ha escrito para nosotros su primer relato.

85


El Callejón de las Once Esquinas

El juego de la amistad (O «De cómo conseguir amigos hoy día») Cuento corto, casi virtual Alfredo Scaglioni Quedan muy atrás en el tiempo los días en que le costaba levantarse para ir a trabajar...

El Sr. Boia, muy porteño él, es un ti­ po feliz porque tiene una hermosa ca­ sa, un buen trabajo… pero, fundamentalmente, porque tiene mu­ chos amigos en los que ejerce un pro­ tagonismo pletórico de simpatía, voluntarismo... y «VIVEZA CRIOLLA». No deja de estar con ellos varias ve­ ces al día, sin faltar uno. Se prodiga «A FULL», saludando, apoyando, alen­ tando, ayudando. Se preocupa en te­ nerles siempre alguna sorpresa o consejos útiles, trata de asesorarlos en todo lo que puede y les pasa, por qué no, recetas de cocina magistrales gracias a su toque personal, nadie co­ cina como él. Les cuenta cuentos o chistes graciosísimos (a su criterio) y ocurrencias muy porteñas, no muy entendidas por sus amigos españoles. Sí, porque sus amistades no se cir­ cunscriben a Buenos Aires, donde vi­ ve, ni a Argentina, no, trascienden las fronteras, e incluso el Atlántico. Pues sí, tiene muchos amigos aquí, allá y en muchos sitios. Fundamentalmente los une un hobby, pero, curiosamente, de su hobby es de lo que menos hablan; se podría inferir que es la excusa para hacer amigos muy amigos. Les encan­ ta tener cada día más, «coleccionar­ los» y alabarse mutuamente porque, si de algo hacen gala, es de su buen carácter y «BUENA ONDA» o «BUEN 86

ROLLO», como dirían en Argentina o España, respectivamente. Son amigos tan abiertos que, de in­ mediato, acogen a nuevas personas que de pronto irrumpen en su círculo presentándose sin más, sin que nadie los invite, con nombres extraños, tal vez originales. Inmediatamente se brindan a ellos con la mejor buena voluntad; prime­ ro, con todo tipo de frases hechas pa­ ra darles la más calurosa bienvenida y, luego, alabar su esfuerzo o virtuo­ sismo que empeñan al desarrollar su hobby en la rama que sea, aunque a la vista salte su mediocridad que na­ die ve, o mejor, no les importa ver; porque criticar sí, pero no crítica sin­ cera, solo crítica elogiosa y «construc­ tiva» (¿mentira piadosa?)... ¡No sea que se pierda un amigo! Y, en eso, no tiene rivales el Sr. Boia; su «verborra­ gia» argentina le brota de sus poros adulando a diestra y siniestra, ofre­ ciendo su ayuda y consejo que, de pa­ so, evidencie sus habilidades y sapiencia sin falsa modestia. ¡Vamos, que de modesto poco! Le encanta ha­ cerse ver. Es tal el ansia que tienen todos de cosechar amigos que, si no aparece ningún «nuevo amigo», una vez ago­ tados los temas de charla habituales en sus reuniones diarias, más de uno se hace pasar por otro desconocido


Número 1

con nombre ridículo (perdón: «inge­ nioso o divertido») y se presenta co­ mo un «nuevo amigo»; así el resto, simulando no darse cuenta y poniendo cara de falsa alegría por la llegada de un nuevo «falso amigo», puede prodi­ garse en ridículas bienvenidas y ton­ tos comentarios no tan originales como ridículos. ¡Pero, qué divertido! La lista de amistades sigue creciendo. Y... sí... visto de afuera por alguien que no se decidió a irrumpir en ese agraciado círculo que profesa tal jue­ go de amistad a ultranza, todo suena bastante hipócrita y sobre todo eso: ridículo. Pero el Sr. Boia es uno de los pilares de ese círculo con muchísimas aspira­ ciones a ser el centro del mismo y, co­ mo supondrán, con ese objetivo no escatima esfuerzo, se brinda al máxi­ mo. Quedan muy atrás en el tiempo los días en que le costaba levantarse para ir a trabajar; hoy por hoy, se levanta una hora antes para saludar a sus amigos, incluso desayunar con ellos. Luego habrá que salir disparado para no llegar tarde al «laburo», «curro» dirían en España, y, qué largas son las horas de trabajo diario esperando ter­ minar para volver con ellos. No se sienta a cenar sin antes con­ tar algún chiste corto, alabar la ocu­ rrencia de algún compañero, felicitar a alguno por su cum­ pleaños, agradecer a alguien por todo lo bueno que está haciendo por los demás...(?) empleando su mejor de­ magogia alabando sus dudosas virtu­ des, o agradecer sin más por estar y compartir con tan admirable gente. Pero, sobre todas las cosas, lo que más le impulsa a estas «reuniones» rápidas es saber qué opinan sus ami­ gos de los comentarios que soltó por la mañana; en realidad, es lo que es­ peran todos, no solo él; a todos les encanta que les halaguen, y en este círculo el halago está garantizado. A

nadie le interesa demasiado lo que hacen, dicen y les pasa a los demás, es un trámite a superar con algún co­ mentario corto, si es posible de frases hechas que saben encajar de maravi­ lla, lo importante es halagar y esperar de sus amigos su cuota de halago dia­ rio. Con su ego satisfecho trata de cenar lo más rápido posible para tener la úl­ tima reunión diaria con sus compañe­ ros de hobby y simultáneamente explorar en internet (Google, Face­ book, YouTube mediante), para ver qué video simpático o dramático, qué foto, qué curiosidad, qué artículo de su común inquietud pueda compartir con sus contertulios. Así se acuesta a altas horas de la madrugada, ¡pero contento! Y no se duerme, pensando con qué podrá sor­ prender a sus amigos a primera hora de la mañana siguiente, antes de de­ sayunar y cumplir con su rutina. Ruti­ na solo rota por su otra rutina de los fines de semana: pasar todo el día con sus amigos desayunando, com­ partiendo el mate de Argentina, o las porras de España. Regocijándose con sus amigos catalanes que se juntan a compartir su hobby al aire libre en distintos y hermosos parajes, propo­ ner algún juego. Hablando de todo con todos, no importa el tema siem­ pre que sea de buen rollo, buena on­ da, aunque carente de trascendencia como: —Qué lindo olor a café. —Disculpen, me dormí. —Les mando para que prueben este dulce de leche argentino. —Qué buena la tortilla de patatas española. —Ummm... qué aroma el de ese pulpito a la gallega o ese matambrito arrollado. —Por acá llueve y hace frío, o por acá hay sol y mucho calor. Demás está acotar que el Sr. Boia, con toda su suficiencia y arrogancia 87


El Callejón de las Once Esquinas

típica de porteño, no escatima dulces elogios a sus amigas mujeres, sobre todo a una de ellas, @Amapola69, la más simpática, por la cual siente un especial atractivo. Aparentemente, y a los ojos de los demás, el sentir es mutuo. Pero repito: buena onda, que nadie discuta nada, pues inmediatamente saltarían todos los demás para suavi­ zar la cosa suponiendo un mal enten­ dido. Si alguien insiste en disentir, no faltará el amigo que «moderará» la cosa expulsándolo de esa cofradía de la amistad, simplemente «desco­ nectándolo» de su entorno, pero no sin antes ser denostado por todos con cientos de comentarios muy respetuo­ sos pero irónicos, por no decir hirien­ tes, que el pobre disidente no puede rebatir. Es domingo; el Sr. Boia madrugó más que si tuviera que ir a trabajar; es que la noche anterior, después de una larga tertulia con sus amigos, se le ocurrió invitar a todos a que conoz­ can su casa. ¡Será genial! Les da a todos su dirección y les cuenta que está en la calle principal de uno de los barrios más bonitos de Buenos Aires, más bonitos y de gran categoría, por supuesto. Les muestra el portal de entrada de una pintoresca casa de tres plantas, un salón acoge­ dor con el fuego encendido en su ho­ gar, les convida a unos ricos mates en la cocina y se regodea en el estudio donde practica su pasatiempo. No se olvida de los dormitorios, el baño y, por supuesto, de las vistas desde la terraza y su hermoso patio interior, eje de la vivienda a donde se abren todas las estancias de la misma. No quedó un solo rincón sin mostrar a todos sus amigos, no faltó nadie. Yo me atrevería a asegurar que muchísi­ mos extraños que vagaban o «nave­ gaban» por los alrededores también se metieron furtivamente a conocer la bonita casa del Sr. Boia. 88

Los elogios al amigo Boia no se hi­ cieron esperar, ningún amigo se cortó al agradecer la invitación y amabilidad del anfitrión que les abrió hasta el úl­ timo cuarto, no escatimaron palabras de felicitación por su casa tan hermo­ sa, original, decorada con el mejor de los gustos y con rincones tan agrada­ bles que ya conocían al detalle. Conocían la casa más que al propio Sr. Boia. Porque, claro, a esta altura del rela­ to se estarán preguntando quién y có­ mo es el Sr. Boia. Si preguntamos a su gran cantidad de amig@s (parece que se estila poner @ en internet para leer «a» u «o», aunque lo correcto en nuestro idioma para indicar el plural sea la «o» de toda la vida, más allá de todo género), cada uno de ellos tendrá su opinión por lo general muy positiva a partir de cómo se lo imagi­ na, porque... ¿Realmente importa có­ mo y quién es en realidad? ¡Es un amigo! Por ejemplo, para su sevillana amiga María Antonieta (así apodada porque perdió la cabeza en internet) es un ser adorable, y ¡qué acento argentino tan dulce tiene! Así será mientras no la contradiga, porque, entre nosotros, es una viejita bastante rencorosa, o por lo menos así la imaginamos. Para más de uno es el genio de la ci­ bernética que los asesora con la mejor disposición en sus problemas de ma­ nejo de la «compu», sí, el ordenador para navegar por internet. Para las amigas es un sol que no se cansa de regalarles piropos en sus ha­ lagos estándar, para las españolas, además, indexados con ese acento ar­ gentino tan encantador... Para muchos compañeros españoles es un poco macarra, pero qué gracia y simpatía derrocha el argentino... Todos se lo imaginan como un ser admirable, ingenioso, afable, servi­ cial, divertido... y muchos etcéteras más de virtudes inimaginables.


Número 1

Si preguntamos por su aspecto físi­ co, también depende de la imagina­ ción de cada uno de los amigos que lo describa, porque solo lo han visto en­ casquetado hasta las cejas con un go­ rro de visera muy larga, anteojos (gafas) de sol muy grandes, de mar­ ca, por supuesto, barba tupida, pero cuidada... En fin, que solo se aprecia la nariz, no muy discreta, por cierto, pero, ¡qué bien le queda! Luego, si es alto, bajo, gordo e incluso... ¿será hombre? Reitero, ¡a quién le importa! Es un amig@, o tal vez varios amig@s a la vez con distintos y divertidos nombres. Solo lo conocen por esa pequeña fo­ to de su avatar. Es lunes. El Sr. Boia da por termina­ do su primer contacto diario con sus entrañables amigos mientras desayu­ na. Afable como siempre saluda a los que cumplen años, halaga los trabajos y comentarios subidos al foro la noche pasada y, luego de subir su propio co­ mentario original y simpático plagado de emoticonos al uso, apaga la com­ putadora para ir a trabajar. Si no se apura, llegará tarde; eso le impide encender la computadora nue­ vamente... es que se le olvidó dar de comer virtualmente a la mascota del foro. ¿Ridículo, verdad? Es que no es un niño, ya pasa los 40, pero él se va con mal sabor de boca. Sale de casa bufanda al cuello con la que se tapa la cara hasta la promi­ nente nariz, con excusa del frío. En realidad, se «esconde» para no salu­ dar a la vecina, que no está nada mal la «morocha», y le gusta, pero... no se atreve a hablarle. Antes de cerrar la puerta con doble cerradura de seguridad, con su mejor mal humor (más que el usual de todos los días), le pega una patada al gato callejero que duerme en el porche, para su eterno disgusto. Parte caminando lo más rápido posi­ ble, mirando al suelo para que ningún

pesado vecino lo pare con comenta­ rios intrascendentes. Sólo los saluda entre dientes si no lo puede evitar. Cruza la calle para no toparse con el travesti, ese desagradable «maricón» que entra al cibercafé donde desayu­ na todas las mañanas mientras visita un foro de internet en el que tiene muchos amigos. Se sube al «bondi» (el colectivo, el bus) que lo llevara a su oficina, aisla­ do dentro de su MP3; el trayecto no es muy largo, pero nunca falta algún plasta que quiera iniciar una de esas charlas estúpidas que a nadie le im­ porta. Esquiva al portero del edificio donde trabaja; es un tipo insoportable y chusma, cotilla dirían los foreros es­ pañoles. Entra a su oficina, sólo saluda con una mueca altanera al compañero más cercano, no le queda más reme­ dio, y se enfrasca en su tarea diaria sin evitar pensar en sus amigos del foro. Si preguntamos a los vecinos qué opinan del Sr. Boia nos dirán que no se trata con nadie, que es un tipo hosco y desagradable, pedante, nadie sabe a qué se dedica. Si preguntamos a los compañeros de trabajo nos dirán que es el típico porteño fanfarrón insoportable, sabe­ lotodo. Todos lo esquivan y él no hace nada por acercárseles, no están a su altura (según él, claro). Por fin… se hizo largo el día de tra­ bajo, pero se terminó. Ya está entran­ do a su casa, ansioso por conectarse a internet para disfrutar del foro con sus amigos. Va directo al cuarto de la «compu» sin percatarse de que el vestíbulo y el salón por el que pasa están un poco revueltos. Se queda paralizado, pálido como el papel y con la boca abierta… Sin respirar... ¡Su computadora no está! Su «Mac», más que eso, su vida entera, había desa­ parecido. 89


El Callejón de las Once Esquinas

Está todo desordenado: libros, cua­ dros, adornos, notas, todo tirado por el suelo, pero eso es lo de menos... ¡Su computadora «Mac»! La escena se repite por todas las es­ tancias de su casa, pero, ¿por dónde entraron los ladrones? ¡Claro, por la terraza y luego el patio interno! Pareciera que conocieran muy bien la distribución de la casa, ¿pero, có­ mo?, si nadie entro jamás en ella... El Sr. Boia nunca recibe visitas, son una molestia, no le gusta andar atendien­ do a nadie. Su computadora, los cabrones se llevaron su computadora, lo demás es lo de menos, pero su Mac es su vida, ¿cómo podrá ahora reunirse con sus entrañables amigos? No se preocupó por el dinero que faltaba de su pequeña caja de seguri­ dad, oculta tras los libros de la biblio­ teca, no le importó que faltaran sus caros adornos de porcelana, ni el tele­ visor, ni el equipo de audio. No se le ocurrió llamar a la policía, solo salió corriendo al cibercafé de la esquina, (aunque estuviera el travesti desagra­ dable). Sus amigos del foro debían enterarse de sus desgracia, ya no tenía su Mac, ellos lo compadecerían con las más cálidas palabras de apoyo y, sobre todo, @Amapola69, su ci­ bernético amor imposible, lo sabría consolar, tan solo como ella sabe. Los amigos no se hicieron rogar. Cientos de frases hechas entraron al instante. Se lamentaron, lo alentaron, hicieron los más variados comentarios de hechos similares, pero mucho peo­ res, por supuesto, vividos por ellos o por algún amigo de su amigo. Inclu­ so, trataron de sacarlo de su inmensa tristeza con algún chiste tonto. Luego siguieron con sus habituales halagos a cualquiera y subiendo el comentario que realmente le importaba subir a cada uno. ¡Hala, ánimo!, le escribía @Amapo­ 90

la69, la mejor moderadora del foro, con su habitual dulzura; ya te com­ praras otro ordenador, ¡la vida con­ tinúa!, seguiremos compartiendo nuestros días como siempre. Tú eres un sol y lo superarás, este foro no sería lo mismo sin ti... bla, bla, bla... Ya es muy entrada la madrugada cuando el dueño del ciber práctica­ mente echa a sus clientes para poder cerrar. El Sr. Boia se dirige hacia la ca­ ja felicitándose por la fortuna que tie­ ne al contar con tantos buenos amigos. Nunca se imaginó el Sr. Boia que los ladrones, en su computadora «Mac» recién «adquirida», también leyeron en el foro su relato. Pero, cla­ ro, no le contestaron, solo se dester­ nillaron de risa y siguieron esperando que algún otro amigo los «invite» a conocer su casa. En la fila para pagar no había nadie más que el travestido que tanto de­ testaba, ¿es que este día no acabaría nunca?, se preguntó el desdichado Sr. Boia. —Hoy has estado más de la cuenta —apuntó el dueño. —Es que mi mejor amigo tenía un problema —contestó el joven de ta­ cones y minifalda. «Mi amigo tenía un problema», se burló Boia para sus adentros, escon­ dido en su bufanda. —¿Te cobro en metálico o te quito puntos de tu nick? —Mejor de mi nick, @Amapola69.


Número 1

CAMINO DE LAS TORRES La esquina de los libros de autoedición

EL PRADO VERDE DE JAY MCKAY Sergio Allepuz Giral Cuando yo llegué a los EE.UU. Jay McKay ya vivía en una vieja caravana de chapas metálicas, blancas y desteñidas. Todas sus ruedas estaban deshinchadas y se hallaba flanqueada por dos viejos robles, tan imponentes y amenzadores como un par de guardaespaldas de madera maciza. Eso no fue culpa mía. Lo de la caravana, digo. Al menos eso sí que no. De verdad.

Sergio Allepuz lo tiene claro. Cuando ya nadie leía a Bob Dylan, él introdujo cada capítulo de su novela con sus versos… y Bob ganó el Premio Nobel. Aunque muchos le decían que los concursos importantes están amañados, él envió su manuscrito a uno de los más prestigiosos en el ámbito de la narrativa breve… y ganó la XL edición del Premio de Novela Corta Ciudad de Cáceres. Sergio es un escritor que posee algo muy difícil de conseguir, la seguridad de un estilo propio, que despliega brillantemente en “El prado verde de Jay Mckay”. El lector queda atrapado desde las primeras líneas por la historia del adolescente tímido que se traslada a Estados Unidos para realizar un curso de intercambio. El narrador nos va dejando intuir que algo va a estremecer la monotonía de ese rincón apartado del estado de Washington, mientras nos vamos empapando de la filosofía de la vida del singular Jay Mckay. Como el protagonista, no podrás olvidar el final de esta historia que, seguro, te va a conmover. Puntos de venta: http://sergiallepuz.webnode.es/tienda/

91


El Callejón de las Once Esquinas

La reseña de Raquel Victoria En la agitada y mítica década de los ochenta, un chico de apenas dieciséis años, todavía enmarcando los límites de la estrecha línea de la pubertad, sobrevuela el ancho e interminable Atlántico, surcando los cielos a una al­ titud extrema que le llevará a aterri­ zar en tierras lejanas, en un lugar desconocido y totalmente inexplorado para él, dentro de un intercambio de estudios, cultura y costumbres en­ vuelto en el halo de un pequeño pue­ blo granjero del estado de Washington. Imbuido por el penetran­ te aroma de marihuana que expande por los cuatro costados la destartala­ da caravana de su amigo exiliado Jay McKay, se embeberá de las incógnitas de un universo nuevo, poblado por cada rincón del instituto del ansiado sueño americano que crece a veloci­ dad de vértigo entre las gradas del estadio y las notas musicales de Bob Dylan, que resuenan retumbando en esos instantes efervescentes de un despertar en claro tránsito hacia la edad adulta, recorriendo largas dis­ tancias entre la diversión, el placer y los excesos de una carretera que no encuentra límites ni fin. Sin embargo, Jay, Erika, él y su desafiante chica gó­ tica, Cindy o Mandy o algo por el esti­ lo, no sabrán poner freno a sus correrías nocturnas, aquellas delimita­ das entre el boscoso paisaje salpicado de robles que les rodea y el fresco prado verde de las típicas vacas Red Angus, un amplio y extenso pasto que cruzar sin mancharse con el rastro que deja la huella del estiércol, que

intenta imponer numerosos obstá­ culos que saltar, para poder atravesar sin percances la senda soñada por los complicados caminos de la vida, los mismos que inevitablemente conlle­ van al golpe brusco de la madurez y que vuelven a dejar al protagonista pegado a su asiento contiguo en ese país del sur del Mediterráneo, en el cual solo le espera el sombrío hueco de su silla vacía, pintada con el vago color otoñal de un día lluvioso. “El prado verde de Jay McKay” va reconociendo una etapa envolvente y única, donde una explosiva ebulli­ ción de moda, música y cine forjaron la mentalidad de los jóvenes america­ nos con la mirada puesta en la copa del triunfo. El autor, con un lenguaje adaptado plenamente al habitual vo­ cabulario adolescente de aquellos mo­ mentos, nos muestra una doble hoja en el contexto, por el anverso y en clave humorística, nos retrae a esos años locos y rebeldes de la adolescen­ cia estadounidense donde todo era posible engrandeciéndose a su vez, y por el envés, nos lanza un mensaje dramático y social sobre los abusos del alcohol y las drogas, que siempre acarrean sucesos verdaderamente trágicos, desgraciadamente hoy este mensaje sigue en máxima vigencia y va en aumento, algo que interpreta con cruda realidad el protagonista de esta novela, en esa vida de tinte gris que no podrá desterrar ni logrará abandonarle.

Facebook: Reseñas literarias bajo el prisma de Raquel Victoria

92


Número 1

Participa en nuestra próxima convocatoria

Fecha de publicación: 15 de junio

93


CONTACTO 11esquinas@gmail.com Blog: callejon11esquinas.blogspot.com.es Twitter: @11Esquinas Facebook: www.facebook.com/11Esquinas

El Callejón de las Once Esquinas. Número 1  

Marzo 2017

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you