El Callejón de las Once Esquinas #10

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El Callejón de las Once Esquinas

de un edificio. Piensas que si fuera como las Cien latas Campbells, ese afán por lo repetitivo, no sería tan tétrico el hecho único de la muerte. —Bueno, no es que no me gustes; al contrario, pienso que eres una muchacha muy guapa. —Error: no puedes decir a la niña que no quieres lastimar que es guapa o inteligente o bondadosa o cualquiera de esas verdades que, a la postre, te recriminará con lágrimas deformando su rostro—. Creo que te aburrirías conmigo, no te gustaría mi estilo de vida; si quieres, podemos ser amigos… —Y todos esos pendejos lugares comunes a los que uno no tendría que recurrir pero a los que termina acudiendo porque sientes que la fulana en cuestión merece un poco de tu cariño. ¿Has visto El club de la pelea? Pues sí, siempre hay alguien que tiene que recibir toda la basura que los demás ya no quieren en sus almas. Siempre me he preguntado, ¿en qué momento la felicidad cruza la frontera hacia la infelicidad? ¿En qué momento los días felices de la primavera se convierten en los lluviosos días de mayo? Siempre he querido pararme justo en la frontera del sol y la lluvia. Tengo la necesidad de ser feliz y llorar al mismo tiempo. Para mí eso es un misterio, así que no lo puedo contar; es inefable, como dicen los intelectuales. Creo, realmente creo, que soy muy rencoroso. Pero después del olvido viene el perdón. Esa es la razón por la que veo el mundo, en conjunto, como una gran bola de mierda. Con todo, de las personas con las que he convivido, con las que he compartido el pan y el llanto, procuro guardar lo mejor. Pero no nos adelantemos. Por fin llegamos al punto. Ahora sabemos su 22

nombre: Norma, lo cual lo vuelve más real, más crudo, menos poético. Justo un año antes había conocido a Delia, una mesera en un bar del sur; rumbosa, fuerte frente a la vida, con las caderas marcadas por los buenos y los malos tratos, una mujer que para ser mujer no portaba banderas ni lemas ni escudos. Una mujer que nunca debí abandonar. Pero esa es otra historia. Recuerdo que la primera vez cantamos unas canciones de Sabina y luego atravesamos la ciudad hasta su departamento. No había leído mucho, pero ponía libros de Benedetti junto a los platos, «para alimentar el alma». Son esos momentos los que te atrapan. Una frase apenas dicha por casualidad y de pronto adquiere, al menos para ti, una trascendencia poética que importa poco si es un lugar común o la quintaesencia de la creación. En ese instante sabes que has podido cambiar el mundo. Una vez alguien me observó que tendía a enamorarme con demasiada facilidad. Y yo que creía que me tocaban puras locas. Quizá eso fue. Otra vez alguien preguntó: «¿Qué se siente al lastimar a quien amas?» Todas las veces que me sorprendo pensando en Norma y en Delia estoy tratando de responderme la pregunta. Por extraño que parezca, puedo practicar el arte de la infidelidad (lo que implica ser fiel a las propias convicciones e infiel a los ajenos deseos de encerrarme) pero no la insana costumbre de mentir. Imaginé mil escenas posibles para la despedida. Como siempre, imaginé que ella lo aceptaba y éramos amigos. Imaginé que me quedaba porque realmente podía salvar la relación. Imaginé mundos posibles en que no nos conocimos. Pero no. Estábamos en el hotel, nues-