Page 1

3

L a Europa q u e no e s Europa. L o s grandes interrogantes del euro Juan Francisco Martín S e c o Economista

RESUMEN la creación de la Unión Monetaria sin una unión política previa conduce al estrangularniento progresivo del Estado Social Se arre­ bata el control de la política monetaria a los órganos democráticos y se entrega a una institución políticamente irresponsable: el Banco Central Europeo. la integración de los mercados monetarios y de capitales sin armo­ nización fiscal, social y laboral, propiciará que los distintos Estados pretendan ganar posiciones competitivas a través de aligerar las car­ gas fiscales, sociales y laborales a las empresas. El resultado serán sistemas fiscales regresivos la Unión Monetaria generará desequilibrios entre los países, sin que se disponga de los mecanismos de ajuste que los distintos Estados poseen para paliar las desigualdades regionales. Al quedar fijados de forma irrevocable los tipos de cambios, todos los ajustes por las perturbaciones que de manera diferenciada sufra un país recaerán sobre el mercado de trabajo.

Documentación Social 123 (2001)

I 59


Juan Francisco Mart铆n Seco

ABSTRACT The creation ofa Monetary Union without a previous political uni贸n leads to strangulation ofthe Welfare State. The control of monetary policy has been taken away from the democratic institutions and given to an institution with no political responsibility: the Central European Bank The integration of monetary and capital markets, without fiscal, social and labour harmonisation, will bring about that member states try to gain competitiveness by decreasing fiscal, social and labour burdens of business companies. The result will be regressive tax systems. The Monetary Union will gen茅rate imbalance between countries, without the readjustment instruments that member states have to fight inner regional imbalance. Because the exchange rates are irrevocably set, all the adjustments, suffered by a country in a differential manner, will only fall on the labour market.

60

| Documentaci贸n Social 123 (2001)


La Europa que no es Europa. Los grandes interrogantes del euro

3

Europa es una realidad compleja, heterogénea. En cierto modo, un concepto vacío que cada uno tiene que rellenar. Hay muchas concepciones de Europa. Europa ni empieza ni termi­ na en eso que se ha dado en llamar Mercado Común o la Unidad Europea. La Europa del Acta única y de Maastricht tiene muy poco que ver con cualquier finalidad trascendente o de superación civilizadora, a pesar de las frases altisonantes de las que a menudo se revisten los tratados, o de las concepciones visionarias de algunos de sus fundadores. Se trata, por el con­ trario, de un proyecto totalmente pragmático, enmarcado en los intereses de las grandes empresas y del capital. Se ha habla­ do de la Europa de los mercaderes, como contraposición a la Europa de los ciudadanos, y en clara referencia a que lo que se está construyendo en realidad es un gran espacio mercantil y financiero, estableciéndose exclusivamente aquellos instrumen­ tos, tales como la unidad monetaria, que se juzgan necesarios para que ese gran mercado funcione. En ningún caso se pre­ tende la creación de una unidad política, de un verdadero Estado europeo. Las críticas al proceso actual pueden obedecer precisamente a la fidelidad a los valores que han caracterizado la realidad europea. Porque, digámoslo sin ambages. La actual Unión Europea, tal como se ha estructurado, ni es Europea ni va a constituir en realidad una Unión. No es europea porque traiciona lo más distintivo de Europa: ese proceso que comienza en la Revolución Francesa y va desarrollándose y evolucionando hacia el Estado social y democrático de Derecho. Pero son precisamente estos valores -democracia y Estado Social- los que ponen en cuestión la Unión Europea tal como se ha programado.

Documentación Social 123 (2001)

I 61


Juan Francisco Martín Seco

Se ha dicho, por activa y por pasiva, que en Europa existe un fuerte déficit democrático. Es casi un tópico afirmarlo. Este déficit se hace tanto más peligroso cuantas más competencias se transfieren de los Estados nacionales a los órganos de Bruselas. Las principales decisiones se adoptan por el Consejo, y en la práctica diaria son los aparatos burocráticos de la Comisión los que determinan la solución de infinidad de cuestiones aparentemente menores, pero que acumuladas pueden condicionar de modo sustancial la orientación de toda la política comunitaria. Una sociedad democráticamente madura está acostumbrada a exigir responsabilidades a sus gobernantes por las medidas que adoptan y a castigarlos electoralmente si éstas se alejan de las preferencias de los ciudadanos, pero precisamente es este principio el que se quiebra en la pretendida unidad europea. Las competencias de la Comisión, carente de legitimidad democrática, son amplísimas y, en el Consejo, cada Gobierno se escudará en los demás para justificar aquellas medidas sobre las que se le demanden responsabilidades políticas. A su vez, el único órgano verdaderamente democrático, el Parlamento, carece prácticamente de competencias. Este vacío político y democrático se ha percibido incluso durante todo el proceso de decisión y aprobación en el que los distintos Gobiernos, y no sólo el español, han procurado que la opinión pública estuviese ausente e ignorante de lo que se estaba jugando. Se ha configurado como exclusiva competencia de los Gobiernos, sólo ellos, y tal vez los «lobbies» económicos que actúan detrás parecían realmente enterados. Se ha rehuido la discusión y el debate; se ha ofrecido como algo hecho, pletórico de bondades, sin costes aparentes. La ratificación se presentó como un trámite de menor importancia. El mismo hecho de que para decisiones tan trascendentales e irreversibles no se exigiese mayoría cualificada en los Parlamentos, abunda en la misma idea.

62

| Documentación Social 123 ( 2 0 0 1 )

~


La Europa que no es Europa. Los grandes interrogantes del euro

3

Que esta filosofía antidemocrática subyace detrás de toda la construcción de la Comunidad aparece de manera nítida en el diseño del Banco Central Europeo, al que se configura como órgano autónomo e independiente. ¿Independiente de quién?, ¿de dónde le viene su legitimidad?, ¿ante quién responde democráticamente?, ¿en función de qué criterios ideológicos adopta sus decisiones? Existe una predisposición clara a la tecnoestructura y una desconfianza radical hacia todo poder político y democrático, como si la técnica y cierta ciencia económica fuesen neutrales. Aun conociendo el sesgo economicista de la Unión Europea y los intereses que subyacen tras todas sus normas e instituciones, resulta difícilmente comprensible cómo doce países, teóricamente paradigmas de la democracia occidental, han alumbrado un sistema tan profundamente antidemocrático como la Unión Monetaria. Al Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC), formado por el Banco Central Europeo (BCE) y los bancos centrales nacionales, se les asigna en exclusiva la competencia en materia monetaria (art. 105, & 2) y al mismo tiempo, en el ejercicio de estas facultades, se les prohibe solicitar o aceptar instrucciones de ninguna institución u organismo comunitario ni de los Gobiernos y Estados miembros. Es decir, sólo responden ante Dios y ante la Historia. La política monetaria (y con ella en cierta forma toda la política económica) se coloca así al margen de los avatares políticos, de las ideologías, de las preferencias sociales y de la voluntad popular. La teórica estabilidad de precios se ubica como objetivo primario y esencial de la política económica, y a ella tiene que subordinarse cualquier otra finalidad. Y para dejar atado y bien atado este axioma, su instrumentación se separa del control de los órganos democráticos y se entrega a instituciones pretendidamente neutrales. Los Gobiernos y Parlamen-

~

Documentación Social 123 (2001)

| 63


Juan Francisco Martín Seco

tos deben conformar el resto de su política económica a las coordenadas monetarias establecidas por el SEBC, y cualquier desviación del mapa trazado será castigada con la recesión y el desempleo. Las organizaciones sindicales quedan apresadas en una fuerte tenaza: pagarán con un incremento en el nivel de paro salirse, en sus reivindicaciones salariales, de la senda mar­ cada por la institución monetaria. Pero lo que es aun más grave, el desempleo será el coste a soportar no sólo cuando el aumen­ to de precios obedezca a una falta de moderación salarial, sino cuando se produzca por la pretensión de mayores beneficios de los empresarios, o cuando los «sabios monetarios» se equivo­ quen, cosa que suele ocurrir con bastante frecuencia sin que se les puedan exigir responsabilidades. El modelo que se perfila constituye una clara involución de lo que ha sido el proceso europeo de desarrollo, enmarcado en las coordenadas del Estado social de Derecho, y tiende clara­ mente a los esquemas económicos norteamericanos en su ver­ sión más exacerbada, la del presidente Reagan. La ausencia de una política social comunitaria genera el riesgo, e incluso la certeza, de que los países miembros inten­ ten mejorar sus respectivas posiciones competitivas basándose en bajos costes laborales, y los sindicatos nacionales se encon­ trarán cautivos en la difícil encrucijada de o bien renunciar a toda mejora laboral o social, o bien ser tildados de responsa­ bles del deterioro de la inversión, del crecimiento y del desem­ pleo. La libre circulación de capitales, sin una armonización fiscal previa, implica la condena a muerte de un sistema fiscal progre­ sivo. Todos los países tenderán, lentamente, pero de manera continuada - c o n el fin de atraer capital o simplemente de que éste no emigre a otras zonas fiscales más benignas-, a reducir

64

| Documentación Social 123 (2001)

"


La Europa que no es Europa. Los grandes interrogantes del euro

3

la tributación de las rentas no salariales. Esta mutua emulación desembocará, indefectiblemente, en sistemas tributarios basa­ dos en impuestos sobre las nóminas e indirectos sobre el con­ sumo, y por lo tanto regresivos. La situación creada en Europa por el Acta Única apunta en esa dirección. Se ha iniciado un proceso de consecuencias inimaginables - o más bien perfectamente imaginables, pero difíciles de creer-, porque resulta muy duro aceptar que Europa pueda retornar a situaciones de épocas que creíamos totalmen­ te superadas. El liberalismo económico pretende imponerse por la fuerza de los hechos. Defiende un mercado transnacional, pero se niega a la existencia de cualquier unidad política al mismo nivel internacional, e incluso boicotea cualquier acuerdo entre los Estados que sirva de norma y regla para el juego mundial del mercado. Aceptar estos principios es sin duda perder la batalla, asumir que la economía es autónoma y que el Estado nada tiene que hacer o, más bien, nada puede hacer para corregir las desigualdades creadas por el mercado. Pero tampoco constituye un proceso hacia la unidad sino más bien hacia la divergencia. Si no se quiere cerrar los ojos a lo evidente, hay que aceptar que un modelo como el resultante del Acta Única y del Tratado de Maastricht puede incrementar en el futuro las diferencias hoy existentes entre los distintos Estados y regiones, o dificultar paradójicamente el proceso de convergencia real. La Unión Europea no está formada por un haz homogéneo de países. Sus diferencias son considerables y la renta per cápita de los Estados más ricos casi dobla la de los más pobres. El miedo a que estas diferencias pudieran poner en peligro el futuro de la Comunidad ha estado presente desde el inicio. En

Documentación Social 123 (2001)

| 65


Juan Francisco Martín Seco

atención a ello, el Acta Única recogía ya entre sus objetivos una mayor cohesión social y económica entre los diversos países; pero lo cierto es que la cohesión social y económica ha quedado reducida, en gran medida, a buenas palabras. Los fondos estructurales y de cohesión apenas representan el 0,3 por ciento del PIB conjunto de la Comunidad, y el presupuesto comunitario es una proporción muy pequeña de la suma de los presupuestos nacionales. Se ha huido expresamente de constituir una verdadera Hacienda Pública comunitaria que pudiera instrumentar una política común, encaminada a disminuir poco a poco las diferencias; pero he aquí precisamente la contradicción y la debilidad del proceso, porque al mismo tiempo se les va negando paulatinamente a los Estados miembros la capacidad de realizar una política económica autóctona y en armonía con los intereses derivados de sus especiales peculiaridades. La Unión Monetaria significa la renuncia por los distintos países a practicar no sólo una política monetaria propia, sino también, y en buena parte, una política fiscal. En un puro esquema abstracto podría pensarse que las condiciones de convergencia se logran de forma espontánea y paulatina como efecto natural desde el momento en que se adopta una moneda única, que en definitiva es un sistema de cambios fijos sin posibilidad de ajustes y de realineamientos. Es decir, podríamos hablar de una convergencia a posteriori como la que se da entre las distintas regiones de un país, o la que se ha producido entre las dos Alemanias. Si el capital puede moverse libremente y sin riesgo de cambios, es lógico pensar que los tipos de interés real terminen aproximándose, y que la libre circulación de mercancías y servicios concluya también por acercar las tasas de inflación con pequeñas diferencias, tal como ocurre en la actualidad entre las distintas regiones de un Estado.

66

| Documentación Social 123 (2001)


La Europa que no es Europa. Los grandes interrogantes del euro

3

Esta uniformidad en variables monetarias traslada, no obs­ tante, el ajuste a las variables reales de actividad y paro, es decir, la convergencia monetaria provoca y aumenta la divergencia real; las diferencias entre las distintas regiones o comarcas pue­ den hacerse más acusadas y la desertización en materia indus­ trial, agrícola o ganadera afectar a determinadas regiones en beneficio de otras. Estos desequilibrios regionales no son nue­ vos dentro de los antiguos Estados y su solución tan sólo ha venido de manos de una emigración masiva o por la transfe­ rencia de fondos públicos como parte de una política presu­ puestaria equilibradora. El fenómeno de la unificación alemana es un buen ejemplo de lo que decimos. Pero en Europa el problema es más arduo y complicado. Las diferencias culturales y lingüísticas hacen mucho más difí­ ciles y dolorosas las migraciones masivas y se carece, como ya hemos indicado, de una auténtica política presupuestaria den­ tro de la Comunidad. Es más, los acuerdos de Maastricht, exi­ giendo a los distintos Estados políticas previas de convergen­ cia en materia monetaria, significaban el reconocimiento explí­ cito de que no existía la disposición a realizar una verdadera cohesión social y económica, más allá de las declaraciones de intenciones o de incrementar débilmente los fondos estructu­ rales o de cohesión. La tormenta financiera que a principio de los noventa azotó los mercados de divisas tuvo la virtud de confirmar en la prác­ tica los temores siempre intuidos acerca de las deficiencias de un sistema de cambios fijos; puso en claro los problemas que le aquejan y también cómo estos problemas se incrementan al implantar la libre circulación de capitales. El SME saltó por los aires y aún cuando los Gobiernos se negaron a darlo por muer­ to formalmente, lo cierto es que se vieron obligados a ampliar

Documentación Social 123 (2001)

| 67


Juan Francisco Martín Seco

de tal manera las bandas de fluctuación que en la práctica quedó anulado. La experiencia debería haber sido suficiente para desistir de la idea de la unidad monetaria o al menos haber retrasado su implantación. Pero la reacción de los mandatarios internacionales fue la contraria. El voluntarismo político se antepuso a la lógica económica. Cuando nos movemos en un sistema de cambios fijos y los países tienen condiciones económicas divergentes, aquellos con mayores tasas de inflación perderán competitividad. La situación se se hace insostenible a medio plazo si el diferencial permanece. El ajuste, desde luego, puede retrasarse mediante el mantenimiento de altos tipos de interés que atraigan dinero caliente. Pero antes o después llegará un momento en que los mercados pierdan confianza, cualquier acontecimiento entonces puede actuar de catalizador y generar la huida. Ante la creencia de que la devaluación es ineludible y más o menos inmediata, no habrá tasa de interés que pueda detener la desbandada, porque ninguna compensará la pérdida o ganancia futura que se obtendrá en función de en qué moneda se hayan tomado posiciones. Esto fue lo que le ocurrió en aquellos años a la peseta. En épocas pasadas, los Gobiernos contaban con el control de cambios como instrumento valioso para retrasar el ajuste hasta el momento que estimaran apropiado y en el que juzgasen que se daban las condiciones idóneas. Después de establecer la libre circulación de capitales, es muy difícil que se pueda sostener una divisa que el mercado, seriamente, considere que debe ser devaluada. La filosofía que subyace tras los postulados de los defensores de la Unión monetaria es la creencia un tanto ingenua de que con ese corsé será imposible la divergencia económica

68

| Documentación Social 123 (2001)


La Europa que no es Europa. Los grandes interrogantes del euro

3

entre los países. Hay en sus planteamientos un cierto voluntarismo y una confianza excesiva en las variables monetarias. La pertenencia a un sistema de cambios fijos no garantiza por sí mismo el control de los precios ni la convergencia en las tasas de inflación. La experiencia acumulada durante el período en que la peseta ha permanecido en el SME y los dos años y medio de Unión monetaria confirman la posibilidad de divergencia. Es un hecho asumido que un sistema de cambios fijos no puede neutralizar los shocks reales, sino tan sólo los que tienen un origen monetario, y ni siquiera -añadiría y o - es efectivo contra todos los de esta última clase. La inflación es un fenómeno altamente complejo, tanto más dadas las características de las economías actuales, en las que la libre competencia ha quedado reducida a puro principio y el grado de concentración y monopolio en los mercados es elevado. Su reducción no depende exclusivamente de la política monetaria, ni siquiera de la política fiscal, o al menos no con un coste mínimamente asumible por algunos países. Las economías de los diferentes Estados son heterogéneas, y existen múltiples factores estructurales que están actuando sobre el ritmo de crecimiento de los precios. Por eso resulta pretender que la convergencia en las tasas de inflación pueda lograrse automáticamente con la disciplina impuesta por un sistema de cambios fijos. Empecinarse en estos planteamientos puede arrastrar a algunos países a situaciones no demasiado halagüeñas.

candido

Una pregunta de más calado queda sin contestar: ¿es posible mantener un sistema de cambios fijos entre países económicamente tan heterogéneos? ¿Es sostenible a largo plazo la

Documentación Social 123 (2001)

| 69


Juan Francisco Martín Seco

Unión monetaria?, ¿no van a pagar un alto coste por su pretensión de alcanzar una convergencia nominal? Debemos plantearnos con seriedad si no estamos comenzando la casa por el tejado. ¿Es posible una convergencia monetaria sin una homogeneidad previa en los parámetros reales de la economía? ¿No es ésta una pretensión condenada al fracaso? y, en todo caso, ¿cuál va a ser su precio? Con la Unión monetaria las distintas economías van a verse obligadas a trasladar al campo real todos los ajustes derivados de cualquier perturbación económica. No es de extrañar, por tanto, que desde distintos ámbitos del saber económico - a l menos desde aquellos que no están entregados a la propaganda oficial- se haya asegurado que la creación de la moneda única incrementaría la divergencia real entre los países de Europa y elevaría de forma alarmante las tasas de paro de los países menos desarrollados. La inviabilidad del proyecto se evidencia cuando especulamos acerca de en qué se habría convertido la unión alemana si se hubiese regido por las mismas pautas que se intentan imponer para la Unión Europea. Supongamos que entre la Alemania del Este y la Federal se hubiese creado un espacio de libre competencia, libre circulación de capitales, una moneda única emitida por una institución aséptica y neutral -dominada lógicamente por los principios del Bundesbank-, pero sin integración en materia presupuestaria y fiscal; imaginemos que la única canalización de recursos de la Alemania occidental a la oriental fuese el equivalente al 0,5 por ciento anual del PIB de esta última. Además, y en consonancia con los sacrosantos principios de la convergencia, se hubiese obligado a los alemanes orientales a someterse a una dura disciplina monetaria y a limitar su déficit y su capacidad de endeudamiento. ¿Podemos sospechar

70

| Documentación Social 123 (2001)

"


La Europa que no es Europa. Los grandes interrogantes del euro

3

cuál hubiera sido el nivel de desempleo alcanzado por la Alemania del Este? ¿Qué grado de miseria y pobreza se habría generado? ¿Hasta qué límite habría llegado el desmantelamiento de su tejido productivo? Tan sólo los intereses económicos que se ocultan tras el mercado europeo y la moneda única pueden explicar la obcecación de la práctica totalidad de los jefes de Estado y de Gobierno en llevar adelante un propósito tan claramente disparatado. Los hechos, broncos y tozudos, indicaban día a día la inviabilidad de este proyecto tal como estaba diseñado y, lo que es más preocupante, las graves consecuencias —muchas de ellas irreversibles- que se derivarían si al final los distintos Gobiernos se empeñaban en construir la unidad a «martillazos». En cinco años, y a pesar de la aplicación de las políticas más duras y regresivas con un claro coste en desempleo y en integración social, poco o nada se avanzó en la convergencia nominal. Pocos meses antes de la entrada en vigor del euro tan sólo Luxemburgo cumplía todas las condiciones de convergencia. Y era también este país el único que observaba el criterio conjunto de déficit y deuda pública. Pero llegó la primavera de 1998 y ioh, portento!, de forma taumatúrgica casi la totalidad de los Estados habían hecho los deberes y estaban en condiciones de incorporarse a la moneda única. Aprobado general. Tan acelerada metamorfosis lo único que indica es la relatividad de los propios criterios y cómo, por encima de cualquier consideración de tipo económico, se primó la voluntad política e ideológica de los Gobiernos y de los grandes grupos financieros y empresariales de llevar a cabo a toda costa la tan ansiada unidad monetaria, de fuerte rentabilidad política para los primeros y económica para los segundos.

Documentación Social 123 (2001)

|

71


Juan Francisco Martín Seco

La condición de permanecer dos años como mínimo sin modificar la paridad dentro del Sistema Monetario Europeo quedó abolida hace tiempo, desde el instante en que los Gobiernos se reconocieron incapaces de mantener las cotizaciones de las monedas dentro de un margen de fluctuación razonable y decidieron incrementar la holgura entre las bandas de tal modo que, en la práctica, dejaron las divisas en libre flotación. En vista de que casi ningún país cumplía el límite de endeudamiento público (60% del PIB), se optó por interpretar tal criterio de manera laxa, tan laxa que se aceptó que hubiera Estados que prácticamente doblasen tal porcentaje. Y eso que, puestos a condicionar las finanzas públicas, tal vez sea este concepto el único que tenga sentido, pues indica el recurso de cada sector público al ahorro global de la Unión, y desde luego es mucho más significativo que el déficit de un año, que tiene tan sólo un carácter coyuntural. La teórica limitación del déficit público también ha sido objeto de una interpretación totalmente permisiva, desde el momento en que la Comisión autorizó la aplicación de normas y criterios contables muy poco ortodoxos, con lo que esta variable se ha maquillado en todos los Estados y aparece con valores inferiores a los reales. Lo cierto es que, amañados unos, reales otros, los criterios de convergencia nominal se cumplieron, al menos teóricamente, por once Estados, que se adentraron por la senda del euro al comenzar 1999; eso sí, a espaldas de sus respectivas sociedades, que miran con rechazo, resignación, curiosidad o indiferencia, según los casos, eso que llaman la aventura europea, por más que todos los canales oficiales de propaganda, tanto de los poderes políticos como de los económicos, se hayan conjurado

72

| Documentación Social 123 (2001)


La Europa que no es Europa. Los grandes interrogantes del euro

3

para bombardear constantemente a los ciudadanos con las bondades que traerá aparejadas ese nuevo maná que se cierne sobre Europa. Han transcurrido ya algo más de dos años de la constitución de la Unión monetaria. El euro se ha depreciado frente al yen y al dólar en más de un 30%. Lo que ha venido a confundir a los apologistas de la Unión monetaria que fundamentaban gran parte de su discurso en la conveniencia de tener una moneda fuerte capaz de competir con el dólar. Pero lo que quizás alarma más a los teóricos es la ausencia de razones consistentes que justifiquen tal devaluación. Desde la óptica puramente teórica, el tipo de cambio debería asociarse más bien con las diferencias en la inflación y con la posición relativa en la balanza de pagos. Lo lógico sería que aquellas monedas cuyas economías presenten una mayor inflación tendiesen a devaluarse, compensando en los mercados exteriores vía tipo de cambio el diferencial en precios. Y, asimismo, parece normal que aquellos países con déficit estructural en su balanza de pagos tiendan a depreciar su divisa cerrando de tal manera su brecha en el sector exterior, mientras que el efecto sería el opuesto en aquellos que presenten superávit. Pues bien, en las relaciones euro-dólar las cosas están sucediendo al revés de las prescripciones del modelo teórico. Es el dólar el que se revaloriza con respecto al euro, a pesar de que la inflación en Europa es menor que en EEUU, y que este país presenta un abultado déficit comercial frente al superávit europeo. Y es que en la realidad difícilmente se cumplen los análisis matemáticos creados, en condiciones ideales, en los servicios de estudios. Difícil tarea la de los economistas de cámara. Tienen que explicar lo inexplicable. Al principio echaron mano del creci-

Documentación Social 123 (2001)

| 73


Juan Francisco Martín Seco

miento económico. Si la moneda americana se apreciaba era porque la economía de este país crecía más que la europea. Eso sí, tuvieron buen cuidado de obviar cualquier referencia al yen, que hubiera desbaratado su tesis, ya que Japón bordeaba la recesión. Pero la ingrata realidad está empecinada en dejarles en ridículo. La economía americana cae en picado y el euro, lejos de recuperarse, continúa su senda decreciente. Tampoco les ha sido posible apelar al argumento de los tipos de interés. La Reserva Federal reacciona con celeridad reduciendo el precio del dinero, mientras el BCE se resiste a hacerlo. Su último recurso, invocar las expectativas, siempre aleatorias. Todo menos aceptar la anarquía de los mercados y reconocer el disparate de la Unión Monetaria, una moneda virtual, sin Estado que la respalde. Vaya por delante que no soy de los que consideran una tragedia que el euro se haya depreciado con respecto al dólar. Pienso, más bien, que el saldo ha sido positivo. Es verdad que a través del tipo de cambio se puede estar importando inflación, pero en ningún caso es este el problema de los países europeos, con incrementos de precios excepcionalmente bajos, incluso en Irlanda o en España las dificultades no provienen de las tasas absolutas sino de la diferencia con respecto a la de los otros países del área del euro. Su situación no empeora o mejora si todos ellos evolucionan en la misma dirección. Por el contrario, la depreciación del euro ha incrementado la competitividad de las economías europeas. Ciertamente de países como Alemania o Francia, con una parte importante de su comercio exterior fuera de la Unión monetaria; pero también para España en que la apreciación frente al dólar puede estar compensando la pérdida de competitividad, por el diferencial de inflación con el resto de la Unión monetaria.

74

| Documentación Social 123 (2001)


La Europa que no es Europa. Los grandes interrogantes del euro

3

Es hora de que vayamos siendo conscientes de que mientras se mantenga la absoluta libertad de capitales, nada o muy poco se puede hacer contra los mercados cuando han puesto en su ojo de mira a una moneda, y es claro que hoy por hoy el euro no despierta ningún entusiasmo. No existen razones económicas pero, tal vez, sí políticas. El dólar tiene tras de sí un Estado fuerte, dispuesto a imponer su ley y su voluntad en el resto del mundo. El euro carece de una unidad política que le respalde. Es una moneda virtual, casi de cuentos, apatrida, sin Estado que le dé soporte. Hemos querido cuadrar el círculo, unidad monetaria antes que política. Ahora no podemos extrañarnos.

Documentación Social 123 (2001)

I 75


LA EUROPA QUE NO ES EUROPA. LOS GRANDES INTERROGANTES DEL EURO  

Juan Francisco Martín Seco. LA EUROPA QUE NO ES EUROPA. LOS GRANDES INTERROGANTES DEL EURO. La creación de la Unión Monetaria sin una unión...