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HISTORIA Y POLÍTICA EN EL SINDICALISMO ARGENTINO PROLOGO Por primera vez se ha encarado en nuestro país, un trabajo de estas características, no sólo por la extensión del mismo, sino por la particularidad de analizar la evolución del movimiento obrero a través de una interpretación tanto social como política. El trabajo tiene como base, documentos e informaciones, ya sean de libros, revistas y lo diarios. En su lectura podemos observar cómo fue evolucionando —a juicio de los autores— e influenciando las distintas corrientes políticas sobre la organización del Sindicalismo, y el impacto que significó la "irrupción" de Perón en la escena política y social de la Argentina. Sostienen los autores que a partir de ese momento la estructura sindical argentina sufre una verdadera revolución, porque ya no tendrán un papel decisivo las corrientes foráneas en la formación sindical. Un fuerte sentimiento nacional empuja al nuevo proletariado industrial el cual apoya masivamente la política de Perón. Para los autores no es válido decir que en 1945 se dio una síntesis pueblo-ejército, sino que hubo una gran identificación de los sectores populares, fuertemente organizados y movilizados en sus Sindicatos, con Perón. La fortaleza y vigencia del sindicalismo argentino estuvo a prueba en el orden internacional tanto durante el primer gobierno peronista, como a partir del derrocamiento de Perón —en 1955— ante las permanentes acusaciones de que era el sindicalismo argentino, un apéndice del régimen peronista, una parte del modelo corporativo creado por Perón. Los hechos demostraron que tanto el sindicalismo como el peronismo tenían identidad y peso propio. De nada valieron —dicen— las intervenciones, proscripciones, cárcel y asesinatos, para disminuir su importancia e influencias. Los autores insisten reiteradamente en la necesidad y el derecho de que los trabajadores argentinos tengan un rol protagónico en la vida política y social de la Nación. Esta convicción en la necesidad y derecho de participar en la toma de decisiones, llevó a que, a partir de 1973, una Empresa Eléctrica de la importancia de SEGBA, iniciara bajo la presidencia de uno de los autores —Juan José Taccone— un modelo inédito en la Argentina "AUTOGESTION". Conviene recordar que en esos momentos el peronismo acababa de asumir la conducción del país, a través del voto popular, y fue el propio Juan Domingo Perón quien alentó a Taccone a pilotear una experiencia de tamaña magnitud.

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CAPITULO I LAS IDEOLOGÍAS DEL SOCIALISMO

EL "SOCIALISMO UTÓPICO" Para las corrientes socialistas que penetraron a través de la inmigración, la organización obrera era el resultado de la Revolución Industrial y del desarrollo del capitalismo propiamente dicho. Sostienen que, el movimiento obrero, tiene su origen paralelamente con el desarrollo de las maquinarias, al ponerse en acción el trabajo colectivo. Esta realidad evidenció, en la propia vida de los trabajadores, la necesidad de organizarse y de actuar en forma conjunta. Tres son las etapas que, desde el punto de vista del socialismo, atraviesa el movimiento obrero en su organización. Estas etapas fueron propugnadas desde variados periódicos revolucionarios y difundidas por ideólogos que al recorrer el país predicaban a los trabajadores entre persecución y persecución de las que, frecuentemente eran víctimas. Ellas son, en primer lugar, la lucha contra la mecanización. Consideraban que la máquina era el rival más importante de los trabajadores, pues al depender el hombre de la misma, ésta se constituyó en su principal verdugo, representando la ruina y alienación del obrero. Suponían que el maquinismo ejercía una presión constante amenazando la propia existencia de los productores. La segunda etapa fue la lucha por el reconocimiento legal de los derechos al trabajo, a la asociación de trabajadores y a la acción sindical dentro de las reglas establecidas por el sistema capitalista. En esta etapa, el desarrollo del gremialismo recorre caminos económicos y comerciales antes que políticos. Así, nacen sociedades de ayuda mutua, uniones profesionales y las cooperativas. La tercera etapa, es donde se pueden diferenciar las tendencias hacia una participación "dentro" del sistema capitalista y las que buscan forjar el socialismo con sus consecuencias ideológicas en sus distintas versiones que más adelante se verán, tanto en el contexto nacional como en el plano internacional. Los socialistas, los primeros dirigentes obreros que se llamaron socialistas, buscaban el establecimiento de un orden social totalmente nuevo con relación al mundo que imperaba en aquel entonces. El orden social buscado por éstos consistía en una sociedad sin clases sociales, donde el valor social más importante era la igualdad nominal "de punto de partida" —derechos sociales similares a las libertades políticas de la democracia liberal— donde el fruto del trabajo se repartía equitativamente entre todos, refirmando la vigencia del salario digno y de las condiciones humanas justas producidas sobre la base del trabajo. Este ordenamiento, la estructura social pretendida, se basaba, necesariamente, en la colectivización de los medios de producción.

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Los primeros grupos de dirigentes y de organizaciones socialistas se erigieron sobre las bases ideológicas de Saint-Simón, Fourier y Owen. Las coincidencias entre estos teóricos que concitaron la adhesión de los trabajadores europeos y que, a través de éstos, influenciaron las ideas del movimiento obrero no sólo argentino sino también latinoamericano, estaban relacionados con los valores tradicionales del capitalismo. Así, se oponían al orden social fundamentado en el lucro individual, competitivo y proponían su recambio por otro, que tras solucionar la "cuestión social", instaure la solidaridad, la cooperación y la unidad de los trabajadores en el plano mundial. Sus disidencias eran, precisamente, los medios para lograr esta contrapropuesta al capitalismo. Los partidarios de Owen y de Fourier pensaban que la solución radicaba en el establecimiento de comunidades sociales, donde existan las condiciones precitadas a fin de lograr la felicidad del hombre. Por su parte, los partidarios de Saint-Simon estaban de acuerdo en lograrlo a través de la planificación y la sustitución de la organización política, la disolución del Estado, y su reemplazo por corporaciones gobernadas por técnicos y científicos que dirigieran el desarrollo social y económico. Una especie de anticipo de lo que actualmente se puede llamar "tecnocracia anárquica".

Saint-Simon afirmó: "no hay cambios en el orden social sin un cambio en la propiedad".

Sin embargo, las corrientes del socialismo utópico pusieron gran acento sobre el campesinado a quien consideraron como la clase social más numerosa y pobre. Si bien la doctrina socialista no contenía la tesis de la lucha de clases como motor de la historia —como más adelante lo hará el marxismo— ni tampoco era el proletariado el protagonista principal de la lucha social, defendían al campesinado contra la explotación a través de una propuesta de regulación en la propiedad de la tierra. Las primeras doctrinas socialistas no fueron revolucionarias sino grandes reformadoras morales. No lograron conformar una doctrina de cambio a través del movimiento social y político, pues terminaron limitando toda su acción al plano de la educación. Lograron la igualdad política a través del Estado liberal, pero ello no les garantizó ni su trabajo ni su pan. Graco Babeuf, en quien más adelante se inspiraría el marxismo, puede ser considerado como un verdadero precursor del socialismo; fue el primero en relacionar los derechos del hombre y del ciudadano como provenientes de la propiedad. Tal concepción teórica lo llevó a pensar en las desigualdades socio-económicas del mundo y —por supuesto—, a concebir la lucha entre las clases para alcanzar mayores grados de propiedad y, por ello, de libertad. En realidad su prédica sobre la supresión de la propiedad privada y la instauración de la dictadura del proletariado para sojuzgar a todas las demás clases sociales, evidenció lo relativo de las libertades que ofrecía el sistema capitalista. Como lo señala Colé, en su "Historia del Pensamiento Socialista" (FCE). "Nació el socialismo moderno y como realidad manifiesta, mostró al desnudo la lucha de clases, incorporándose el proletario, como elemento nuevo, en el desarrollo histórico de la sociedad occidental". Su intensivo desarrollo teórico, sobre todo la tesis del tecnocratismo anárquico ya señalada, los llevó a inducir un gobierno ejecutado por quienes ellos consideraron los más capacitados para dirigir: los grandes industriales. Su función, socialmente valorada, sería la de planificar la nueva sociedad. La naciente plutocracia en el poder sería la responsable de reemplazar el egoísmo natural de la sociedad burguesa por la solidaridad, llegándose, por este camino, a la felicidad de los hombres y de las naciones. Confundieron una parte del proceso, creyeron que la revolución política era solamente la modificación del sistema de valores y creencias, dejando de lado toda consideración sobre la verdadera estructura de poder. El sentido del término "industrial" equivale a productor, por ello, Saint-Simon afirmó: "no hay cambios en el orden social sin un cambio en la propiedad".

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Los seguidores de Saint-Simon profundizaron su pensamiento hasta transformarla en una verdadera doctrina de socialismo de Estado plasmada en el libro de Saint-Amand Bazard titulado "La doctrina saint-simoniana" en el que propicia que la abolición de la herencia sostenida por Saint-Simon permitirá que la propiedad vaya pasando a manos del Estado, llegándose a un sistema en el cual toda la estructura económica, especialmente los medios de producción, estuvieran bajo control estatal. Esta tesis específica, convertía a los técnicos y científicos en la clase más capacitada para cumplir con las tareas de organización y planificación que exigía el Estado. Así, se fueron incorporando al movimiento importantes personalidades como, por ejemplo, Fernando Lesseps, Eduardo Charton, Charles Duveguier, Michel Chevalier y Pierre Leroux, quienes procuraron aplicar estas ideas colaborando con Napoleón III. Pronto la escuela Saint-Simoniana se convirtió en una nueva religión cuyo credo estaba constituido por la doctrina que hemos estado analizando. Un aspecto saliente de la posición saint-simoniana es su enconada oposición a toda forma de democracia pues consideraban a la sociedad como un ente necesitado de un orden que, por su parte, proporcionaría libertad. Todo el conjunto social debía ser rígidamente planificado bajo una dirección tecnocrática. Carlos Fayt, en su trabajo de reseña de los ideales del socialismo, señala que en la concepción de los saintsimonianos "los industriales no eran, en definitiva, sino técnicos poseedores del saber especializado en alguna rama de la actividad económica, industrial o científica". Uno de los que más se destacó en esta escuela fue, indudablemente, Pierre Leroux, quien en sus trabajos "De la Igualdad", "De la Humanidad", "De una Religión Nacional" y "Del Individualismo al Socialismo", predicó —entre otras— la idea de que todos los hombres deberían ser funcionarios del Estado. Pese a los ideales tecnocráticos y marcadamente antidemocráticos y a la aparente contradicción de valores contenida en el planteo doctrinario de este tipo de socialismo, esta escuela fue la que mayor gravitación tuvo en la formulación del movimiento socialista. Aportó, indudablemente, el concepto de la planificación en la economía, la propiedad pública y la gravitación de los factores materiales de la economía en la organización social. Los escritos de los primeros socialistas utópicos llegaron a nuestro país en las primeras décadas del siglo XIX. Ya Rosas había traducido algunos artículos de Leroux y Facundo Quiroga se había manifestado partidario de estas ideas aunque, el exponente más destacado de tales ideas fue Esteban Echeverría quien, en 1837, juntamente con Alberdi y Juan María Gutiérrez, fundan la llamada "Asociación de Mayo" para la cual escribió su famoso "Dogma Socialista de la Revolución de Mayo" de marcada inclinación saint-simoniana y con influencias de Leroux. En el prólogo de su trabajo, Echeverría señala que "la sociedad argentina estaba dividida en dos facciones irreconciliables por sus odios como por sus tendencias, que se habían hace largo tiempo despedazado en los campos de batalla: la facción federal vencedora, que se apoyaba en las masas populares y era expresión genuina de sus instintos semibárbaros; y la facción unitaria, minoría vencida, con buenas tendencias, pero sin bases sociales, de criterio socialista y algo antipática por sus arranques soberbios de exclusivismo y supremacía". Más adelante agrega, que aspira a la democracia en la industria y la propiedad raíz; en la distribución y retribución del trabajo; en el asiento y retribución del impuesto; en la organización de la milicia nacional; en el orden jerárquico de las capacidades; en suma, en todo el movimiento intelectual, moral y material de la sociedad argentina". En otro tramo del trabajo objetó, "por abominables" a "toda la industria que no tienda a emancipar a las masas, y llevarlas a la igualdad, sino a concentrar la riqueza en pocas manos . . ." , para él, el sistema democrático —al que se debía tender— constituía un "régimen de libertad fundado en la igualdad de clases". Sus postulados saint-simonianos se revelan aún más claramente cuando profetizaba "que se acerca la era de la completa emancipación del hombre. El despotismo de la familia de casta y

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hasta el del Estado de casta van desapareciendo, pero predomina todavía el de la propiedad de casta, es decir, la esclavitud del hombre por la sociedad".

Frugoni, en su trabajo titulado "Génesis, esencia y fundamentos del socialismo" nos dice que "Echeverría no superó la limitación utopista de sus maestros europeos, que el medio tan atrasado como el sudamericano, marcaba más todavía su alejamiento de la realidad. Bien es cierto que advirtió las causas económicas de la Revolución de Mayo. Pero no se detuvo a estudiar el problema de la propiedad territorial, que con sus inmensos latifundios se hallaba y se halla virtual y visiblemente en la base de todas las dificultades nacionales. Ante una clase pobre y sumida en la mayor ignorancia de sus intereses e incapaz de toda iniciativa propia, puso sus esperanzas en la organización democrática y realización de sus ideas humanitarias en un puñado de hombres ilustrados y en su Asociación de Mayo".(1)

(1)Frugoni, "Génesis. Esencia y Fundamentos del Socialismo", tomo II. página 201.

Cuando las cosas se les complican, deciden constituir el "Salón Literario" ubicado en la librería de Marcos Sastre. El objetivo de este organismo fue, fundamentalmente, interiorizarse de las publicaciones de libros y revistas que, fundamentando filosóficamente estas ideas, eran importados de Europa. El Salón Literario fue cerrado por Rosas al considerar —no sin algo de razón— que allí se efectuaban actividades "anarquistas" pero, los miembros del grupo fundan, poco tiempo después, una agrupación denominada "Joven Argentina" especie de sociedad secreta similar a la que había organizado en Italia el conocido anarquista Giuseppe Mazzini. Pese a su marcado "librecambismo" debemos considerar el pensamiento esbozado en el Dogma como una verdadera proclama opositora al liberalismo, una especie de crítica a su estilo de vida nada humanitario. Trató de hacer lo posible por canalizar cierto apoyo en grupos de inmigrantes que arribaban por aquel entonces al país. De tal forma decidió formar un partido político sin ningún éxito. La influencia europea se evidenció más claramente en un artículo publicado en "El Conservador" de Montevideo, titulado "Sentido filosófico de la Revolución de Febrero en Francia'' refiriéndose a los sucesos de 1848. En ese trabajo, trata de traslucir la voz de la clase trabajadora en el pedido de sus principales reivindicaciones. "El proletariado —dice en el artículo citado— forma postrera de la esclavitud del hombre por la propiedad . . . , trabaja día y noche para enriquecer al propietario ocioso; cambia el sudor de su rostro por el sustento para él y su familia. La retribución de su trabajo no es equitativa, apenas le basta para alimentarse. La familia, la patria y la propiedad han engendrado la esclavitud y el mal para la mayor parte del género humano, lejos de contribuir al bien y perfección comunes". Por su parte, la teoría de Fourier apuntó directamente al problema de la organización social. Sostuvo que la sociedad era la que, a raíz de una organización deficiente, frustra las vocaciones,

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obligando al hombre a desarrollar su vida en condiciones desagradables a su propia naturaleza. Por todo ello, consideró a la organización social como a la causa de toda forma de infelicidad humana.

"En cambio, la variación en las tareas y el carácter voluntario de muchos trabajos que los hombres realizan simplemente porque les agrada hacerlos y la inclinación a convivir, es decir, a vivir con otros hombres, en grupos, formando asociaciones o sociedades, por amistad o afinidad, demuestran la necesidad de adecuar la organización social a la naturaleza humana . . . Esa organización social tendría por base el Falansterio, comunidad constituida por unas 1.600 personas, dedicadas a la explotación de una parcela de tierra apta para el cultivo suficiente para satisfacer las necesidades de cada grupo, con derecho cada uno de sus integrantes a elegir libremente sus tareas, de acuerdo con los demás, y variar de ocupación para no caer en la monotonía, procurando que cuanto realice lo haga de modo voluntario y libre, con agrado y felicidad propia y del grupo . . . Fourier quería que los falansterios fueran establecidos por los capitalistas; no creía en la igualdad humana y consideró una inclinación natural del hombre el obtener gratificación o retribución de acuerdo con el trabajo realizado".(2)

(2)Carlos S. Fayt, op. cit., pág. 24.

El aporte más importante al desarrollo de la teoría del socialismo lo constituye la incorporación del valor de la solidaridad y la cooperación en las asociaciones humanas, además, la idea de un trabajo realizador de la personalidad del hombre liberándolo así de su alienación y de las inhumanas condiciones de vida que se verificaban en la época. Sus ideas tienden a establecer no un hombre nuevo y distinto, sino la transformación de la situación en que se desenvuelve la vida a través de la adecuación del medio ambiente en que se produce. Uno de los hombres influenciados por esta corriente utopista fue —paradójicamente— Domingo Faustino Sarmiento, quien consideraba las conclusiones de Fourier, a pesar de las "aberraciones" que contienen, como un conjunto de ideas claras y perspicaces y, además, decía que

"las sociedades modernas tienden a la igualdad". Víctor Alba, en su trabajo, señala que Sarmiento preveía que las masas que hoy se sublevan por pan, piden a los parlamentos que discutan las horas que deben trabajar, la política, entonces, quedará reducida a esta HISTORIA Y POLÍTICA EN EL SINDICALISMO ARGENTINO www.elbibliote.com

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simple cuestión: ¿cómo han de entenderse los hombres iguales entre sí para proveer su subsistencia presente y futura? Agrega que cuando se plantee esta cuestión, el fourerismo se encontrará sobre la carpeta de la política y de la legislación, porque ésta es la cuestión que él se propone resolver".(3) (3)Víctor Alba, op. cit.. pág. 122.

Pero, evidentemente Sarmiento debió comprender lo antitético del socialismo y su pensamiento, con lo que él proponía al país y es tan controvertido su pensamiento que, finalmente, decide atacar al socialismo desde las columnas del diario "El Censor". "El socialismo —dice— ni de nombre es conocido", y tras preguntarse por lo que esta corriente representa, se responde: "es la disolución de la familia, es el amor libre . . . , es el obrero convertido en patrón . . . ; la palabra (por socialismo), se pronuncia con voces de alarma, en algunos hogares, los cautelosos padres han prohibido que se pronuncie en las sobremesas". Por su parte, el mayor de los socialistas utópicos, en relación con el movimiento obrero fue, indiscutiblemente, Owen quien creyó firmemente en la omnipotencia de la razón y que, si se contribuía a formar íntegramente en lo físico y moral a los hombres, éstos actuarían y pensarían racionalmente. Estas influencias sobre el movimiento obrero se materializaron especialmente en forma de filantropía patronal donde algunos dueños de empresas o estancias, otorgaban mejores condiciones de trabajo y de vida a sus obreros y campesinos y en la búsqueda de mejores leyes de protección que modificaran socialmente la situación de los trabajadores; esta tarea se canalizó, fundamentalmente, en las bases de lo que más tarde se conocería como movimiento cooperativo y que fue una de las formas orgánicas detrás de la cual se escondió, por muchos años, la incipiente estructura sindical. Las ideas de Owen lo llevaron a que la educación constituyera su principal preocupación y la de quienes se sintieron identificados por el llamado "socialismo utópico" en nuestras latitudes como por ejemplo, los editores —en 1879— del periódico "Descamisado", denominado también "Periódico Rojo" que se proponía acabar con la explotación del hombre por el hombre en forma pacífica.

EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO Esta rama se fundamentó en las ideas de tres teóricos del socialismo y fueron, quizá, los que más influencias ejercieron sobre la lucha social europea del siglo XIX y por lo tanto sobre la organización del movimiento obrero europeo y, por traslación, del argentino y latinoamericano en general. Fueron ellos Luis Manqui, Louis Blanc y Pierre Proudhon. El primero de ellos es el prototipo del revolucionario que existió en el siglo XIX. Sus datos biográficos nos señalan que en sus 76 años de vida pasó 33 en la cárcel y fue condenado a muerte dos veces y fue indultado otras tantas. Su teoría de la acción social comprendía a dos grupos, a los obreros por una parte y, por la otra, a los estudiantes. Aprovechando la combatividad de estos dos sectores organizó la "sociedad de las familias", una organización celular —antecedente de las guerrillas— con la finalidad de tomar el poder a través de la insurrección. La práctica de su doctrina comenzó fracasando desde el principio. Intentó realizar un golpe de Estado en 1839, sus partidarios y seguidores asaltaron armerías y ocuparon la municipalidad, pero los obreros no se adhirieron a la insurrección y la revolución fue fácilmente sofocada. Sus éxitos se relacionan fundamentalmente cuando estalló la revolución de 1848 donde organizó un grupo revolucionario. Sus ideas contemplaban el acceso al poder político a través del golpe de Estado revolucionario producido sobre la base del accionar de una minoría esclarecida especialmente preparada para

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el combate armado y con una mística revolucionaria adecuada a la empresa. Además, del reclutamiento y adiestramiento de esa minoría, la técnica del golpe requería condiciones objetivas apropiadas que produjeran un clima de agudo descontento que permitiera a la minoría revolucionaria asumir la conducción del proceso, dirigir los sindicatos y las organizaciones obreras, estableciendo la dictadura como medio para alcanzar el nuevo orden social.

Estas ideas se manifiestan en nuestra historia sindical en lo que Torcuato S. Di Pella calificó como "sindicalismo de élites" influido fuertemente por los activistas ideológicos con poco componente profesional Este sector adoptó con facilidad una programática revolucionaria que tuvo como principal arma de lucha la huelga violenta y revolucionaria. Esta etapa se puede constatar en el sindicalismo argentino cuando éste no creyó ni en la acción sindical revolucionaria en su sentido masivo, prefiriendo la subversión de los pequeños grupos. En esta línea se ubicaron innumerables organizaciones que se fueron gestando entre 1875 y 1890 y que, más adelante, adherirán más fielmente al anarquismo.(4)

(4)Carlos S. Fayt. en su trabajo titulado "El Socialismo", nos señala que: "el aporte de Blanqui a las ideas socialistas fue su teoría revolucionaria de la función de un partido minoritario armado para conducir la revolución y establecer la dictadura del proletariado; no creyó en un partido de masas ni en la acción sindical revolucionaria. Su nombre está unido, en la historia del socialismo, a la Comuna de París, de 1871", pág. 30.

El segundo de nuestra lista, Louis Blanc, es ya más conocido para los hombres de nuestro sindicalismo y, en general, de nuestro Movimiento Obrero debido a su participación en las jornadas de 1848 y en la organización de los llamados "talleres nacionales", antecedente directo de los sistemas de participación, cogestión y autogestión. El objetivo de estos "talleres nacionales" fue poner, al alcance de los trabajadores los instrumentos de trabajo, ofreciéndoles la posibilidad de lograr el progreso técnico, remuneraciones justas y la dirección y control de la productividad. Ello coloca a Blanc como el principal precursor del socialismo democrático. Para Blanc la función del Estado estaba relacionada con la planificación del desarrollo económico y en la prestación de todo tipo de servicios sociales. En contradicción con su contemporáneo Blanqui —que acabamos de analizar— creyó firmemente en las posibilidades que ofrecía el Estado a través de la democracia representativa y del sufragio universal para modificar las estructuras sociales y económicas. Blanc fue un teórico que se opuso fervientemente a la lucha de clases puesto que comprendió que la solidaridad era el principio que, una vez internalizado por trabajadores y empresarios, haría posible la revolución social. La "República Socialista", por consiguiente, llegaría por medios pacíficos. La organización del trabajo permitiría establecer una sociedad democrática, de hombres iguales tanto en lo económico como en lo social. Ello lo llevó a considerar fundamental los programas de educación del proletariado y una adecuada utilización del derecho al voto. Creyó en un sindicalismo ético basado en la fuerza de la solidaridad social.

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Gran parte de sus ideas penetraron en el Movimiento Obrero Francés que tuvo —desde el punto de vista doctrinario— mucha influencia en el argentino. Dentro de esta línea cabe recordar las ideas owenianas asumidas por algunos miembros de la UGT, ya vistas, que, en su segundo Congreso de abril de 1904 auspicia la creación de Cámaras de Trabajo, la constitución de cooperativas y, fundamentalmente, apoya la legislación obrera exhortando a los trabajadores a utilizar sus derechos políticos para transformar la realidad socioeconómica por la que atravesaban. Estas resoluciones son una prueba fehaciente de la gran influencia que estos teóricos del socialismo europeo han tenido en nuestra organización sindical de mediados del siglo pasado hasta principios del actual. El tercero de nuestros teóricos del socialismo utópico en su rama revolucionaria que hemos de analizar es, indudablemente uno de los más influyentes en el movimiento obrero mundial. Nos referimos a Pierre Proudhon, llamado también el "padre del anarquismo" y es, en realidad, el antecesor de la doctrina sindicalista y del movimiento anarquista que se encarnaría en los sindicalistas italianos y, a través de ellos, en el movimiento obrero nacional, constituyendo uno de los grupos más numerosos que predominaron en nuestra historia social. Basta recordar la presencia de Enrico Malatesta —alrededor de 1885— que llegó a la Argentina con la intención de preparar a los trabajadores para la lucha revolucionaria; de Pietro Gori, quien con gran elocuencia pretendió fomentar la creación de sindicatos para luchas sociales; cristalizó también en periódicos sindicales como "La Protesta" que permite la confluencia, alrededor de 1889, de las ideas del movimiento anarquista español y catalán, el italiano y las revolucionarias ideas de acérrimos enemigos de Marx: Bakunín y Anselmo Lorenzo. Desde las columnas de este periódico, su director, Pellicer Parraire, fomenta la creación de la FOA y sindicatos como el de los panaderos, carpinteros, marmoleros, además de otros periódicos y semanarios como "La Organización" donde intervienen Malatesta, Gori y Parraire. Para este teórico, que difiere profundamente de los ideólogos y políticos de su tiempo y cuyas repercusiones no se pueden desconocer, los fundamentos del orden social eran la libertad y la justicia, en relación de reciprocidad. Estas no podían ser impuestas por autoridad alguna. La base de la sociedad era, desde su perspectiva, la familia que constituía la unidad natural de la vida social y toda la organización debía servir al hombre y no servirse de él. Proudhon pensaba que la vida era un continuo perfeccionamiento; dice en una famosa carta: "es preciso trabajar, porque es nuestra ley, porque con esa condición aprendemos, nos fortalecemos, nos disciplinamos y aseguramos nuestra existencia y la de los nuestros. Pero, ése no es más que nuestro fin terrestre, actual, humano. Ser hombres, elevarnos por encima de las dificultades del mundo . . . , realizar, en fin, sobre la tierra el reino del Espíritu: he ahí nuestro fin. Ahora bien, esto no podemos alcanzarlo en la juventud, ni en la edad adulta, ni en los grandes trabajos de la producción y las luchas de negocios; sino —os lo repito—, en la completa madurez, cuando las pasiones comienzan a callar y el alma, cada vez más emancipada, extiende sus alas hacia el infinito". Según Dolleans, "esta creencia en el progreso del hombre era para él una realidad palpitante, actual, personal: al afirmarla, no pensaba en los demás, sino en sí mismo. Este progreso del hombre quiere realizarlo en primer término en sí". Para su concepto de lo político, la República no podía ser sino anárquica, a él se debe la famosa frase "La libertad no es la hija sino la madre del orden". Su exceso de liberalismo lo lleva a deducir que el Estado era, en los órdenes tradicionales, un poder sobre el pueblo, y que, como tal debía ser reemplazado por el poder del pueblo. El sistema que proponía carecía de órganos permanentes. Su liberalidad hizo que rechazara la sujeción a cuanto difería de su ideario, razón por la cual, criticó ácidamente a la democracia y al sufragio universal. En uno de sus trabajos decía que "el método más seguro para hacer mentir a un pueblo es el sufragio universal". Suponía que el mismo representaba la atomización del poder y que los legisladores carecían de representatividad "para hacer hablar al pueblo".

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Al igual que Marx afirmó la supremacía de lo económico sobre lo político. En su teoría, las funciones políticas quedan irremediablemente confundidas con las económicas. Sin embargo, se diferenció gradualmente de su enemigo Marx a medida que pasaron los años. Proudhon nació y creció entre el pueblo, trabajó con sus manos. Por instinto, adivina, comprende al pueblo, aún cuando se rebela contra su sumisión. Fue, en realidad, un gran moralista. Respecto de Marx, escribió de su puño y letra: "El verdadero sentido de la obra de Marx, es que deplora que en todas partes yo haya pensado como él, y que lo haya dicho antes que él. Le interesa que el lector crea que es Marx el que, después de haberme leído, tiene el sentimiento de pensar como yo. ¡Qué hombre!". El orden económico no proviene del automatismo físico, como lo sostienen los teóricos del capitalismo, sino de una espontaneidad psicológica que induce a los hombres a contratar libremente obligaciones con los demás. Es decir, a contraer libremente compromiso de trabajo en una sociedad libre. Ésto lo hace desconfiar terriblemente de toda intermediación, se trate de una asociación o de cualquier otro tipo de organización; también lo lleva a considerar la acción individual, libre, voluntaria y responsable, superior a cualquier tipo de organización colectiva. "Para que el sufragio sea directo —sostiene en un trabajo— no basta con que sea conferido directamente del elector al elegido; es necesario que represente, no menos directamente, las opiniones, los derechos, los intereses y los asuntos porque un Estado, una sociedad, no se componen únicamente de voluntad sino que se componen también de cosas". De esta manera, el Estado cesa gradualmente de participar con su intervención y se reduce, en forma progresiva, a nada. Lo más importante fue, sin embargo, su alejamiento de su contemporáneo, Carlos Marx, a quien acusó de dogmático. Cuando Proudhon escribió su "Filosofía de la Miseria", Marx lo atacó con su "Miseria de la Filosofía", pero en realidad, fue Proudhon quien en una profética carta anunció a Marx lo que habría de ser el resultado de su posición, advierte con claridad el futuro del comunismo cuando señala: "No nos situemos como apóstoles de una nueva religión. . . no nos transformemos en los jefes de una nueva intolerancia. . ." Aunque ambos teóricos, Marx y Proudhon, ponen en presencia al hombre abstracto y al hombre real, su antagonismo, dirá Dolléand, no debe llevar al historiador del movimiento a erigir al uno contra el otro. Esos dos hombres, pese a sus defectos personales, dieron al movimiento social y obrero una contribución importante, pero que no puede igualar a la acción combativa, organizadora, de los militantes obreros ni a la acción espontánea, creadora, del proletariado. Toda su personalidad de revolucionario y romántico se pinta claramente al profetizar: "Llegó el fin de la antigua civilización, la faz de la tierra se renovará bajo un nuevo sol. Dejemos que se extinga una generación, dejemos morir en el desierto a los viejos prevaricadores: la Tierra Santa no cubrirá sus huesos. Joven a quien la corrupción del siglo indigna y el celo de la justicia devora, si quieres a tu patria y si el interés de la humanidad te conmueve, atrévete a abrazar la causa de la libertad. Despójate de tu viejo egoísmo, sumérgete en la corriente popular de la igualdad naciente; allí, tu alma retemplada absorberá una savia y un vigor desconocidos, tu ingenio volverá a encontrar una energía indomable, tu corazón se rejuvenecerá. Todo cambiará de aspecto ante tus ojos depurados: sentimientos nuevos harán nacer en ti ideas nuevas: religión, moral, poesía, arte, lenguaje, se te aparecerán revestidos de una forma más grande y más bella y, seguro en lo sucesivo de tu fe, entusiasta con reflexión, saludarán la aurora de la regeneración universal". Además, junto a los citados con anterioridad, se vincularon con esta vertiente ideológica, el semanario "La Protesta Humana" editado por Gregorio Inglan Lafarra en 1904, los gremios que constituyeron la F.O.R.A., también en ese año, hasta la llegada, en 1906, de las teorías de Sorel sobre el Comunismo Anárquico, que analizaremos en detalle capítulos más adelante cuando veamos el nacimiento del socialismo francés y la creación del sindicalismo revolucionario.

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EL SOCIALISMO CRISTIANO Los socialistas cristianos se inspiraron en las ideas del abogado inglés John Malcolm Forbes Ludlow quien fue fundador de esta corriente. Ludlow, en realidad, se inspiró en los logros de Blanc, que ya hemos visto más o menos en detalle, procurando unir a la clase trabajadora. Esta corriente predicó que el reino de Dios podía ser alcanzado en la tierra y que la Iglesia era la encargada de formar la conciencia social sobre las necesidades y dolores de la vida. Esta conciencia permitiría la regeneración moral de los dueños de las industrias. El sentimiento de amor cristiano al prójimo les infundiría fe y así podría modificarse el cúmulo de condiciones desfavorables en los talleres y las fábricas. El cristianismo, en cuanto religión de los desheredados, podría representar el basamento de un movimiento capaz de transformar las relaciones entre los hombres, creando un orden social cooperativo sobre las bases del amor fraterno entre seres humanos. El movimiento, de mayor relevancia en Europa, que en nuestro país —sólo hubo algunas agrupaciones católicas sin mayor repercusión— logró agrupar gran cantidad de organizaciones obreras y trataron de unir varios sindicatos dedicando gran atención a la educación obrera. Más que nada, la influencia del socialismo cristiano, se limitó a desarrollar las cooperativas de producción dentro del sistema. No se interesó por actuar dentro del terreno político sino que limitó sus posibilidades a influir a través de la legislación para mejorar la situación de los trabajadores. Los mentores del socialismo cristiano, como bien es señalado por Fayt en un trabajo sobre el socialismo, adscriptos al principio de inviolabilidad de la propiedad privada, niegan la lucha de clases y la revolución. Sus elementos, que se encuentran dispersos en los programas de distintos partidos del socialcristianismo del catolicismo social, parten de la responsabilidad del hombre ante Dios y del amor al prójimo como síntesis final de mandato cristiano. A partir de ahí, se desprenden la solidaridad y la justicia como necesarias para la vida en sociedad, el respeto a la dignidad de cada ser humano y como método político el democrático, en su sentido profundo de respeto a la personalidad humana, al libre albedrío, a los derechos del individuo. En materia social y económica su posición se aproxima a la del socialismo, en cuanto repudian la explotación del hombre por el hombre, al capitalismo en sus formas deshumanizadas y la alienación del ser humano. De ahí su mayor o menor aceptación, en sus actuales versiones de socialización parcial de algunos medios de producción.

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CAPITULO II LA PRESENCIA MARXISTA OBRERA EN NUESTRO PAÍS

EL MARXISMO Las corrientes de socialismo utópico que hemos analizado, fundamentalmente constituyeron un movimiento "de reacción" frente a las injusticias naturales que se generan dentro del sistema capitalista. Constituyen, al decir de Durkheim, un "grito de dolor" antes que la presentación de un sistema alternativo que, basado en las nuevas fuerzas sociales, permitiera alterar el sentido de la evolución histórica. El marxismo constituye, precisamente, un sistema que pretende reemplazar al capitalismo. Como tal ha logrado conformarse en la ideología predominante entre las diversas tendencias del Movimiento Obrero Mundial y, por consiguiente, en una fuerte corriente dentro del sindicalismo argentino hasta 1945. Como bien señaló Víctor Alba en su "Historia del Movimiento Obrero en América Latina", "la historia del comunismo en América Latina es mucho más compleja que la de muchas tendencias sociales. La bibliografía sobre el tema y las fases documentales dignas de confianza son escasas y el autor ha tenido que valerse no pocas veces, de su experiencia personal y de información recogida de protagonistas de algunos episodios de esta historia". Dos son las facetas del marxismo en Argentina. Por una parte, la corriente que denominaremos "Socialista" y, por la otra, la propiamente "comunista”. La formación de ambas corrientes no puede buscarse sino en los contenidos filosóficos del marxismo. Para comprender las razones que dieron vigor a esta ideología debemos profundizar en tres instancias fundamentales: en primer lugar, su concepción teórica (el modo en que visualiza la historia y las finalidades últimas que se plantea como sistema); en segundo lugar, sus concepciones doctrinarias entendidas como el conjunto de conductas o formas de ejecución de los grandes principios ya enunciados; y, por último, sus estructuras funcionales y de acción internacional que constituyen los mecanismos de que se vale para alcanzar sus objetivos o finalidades últimas. La exposición integral del conjunto de concepciones teóricas del marxismo se encuentra expuesta en los diversos trabajos realizados por Carlos Marx: "La Sagrada Familia1', "Miseria de la Filosofía", "Introducción a la Crítica de la Economía Política", "La Lucha de Clases en Francia", "El 18 Brumario de Luis Bonaparte", 'El Capital" y, muy especialmente, "El Manifiesto Comunista”. Desde el punto de vista teórico, el advenimiento del marxismo fue preparado por la difusión de la teoría de la evolución biológica que, sin tener relación directa con el materialismo histórico de Marx, había resaltado la importancia de lo tecnológico en la evolución de la especie preparando a la gente para que, más adelante, acepte la concepción presentada por Carlos Marx y Federico Engels.

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Dos son los filósofos de que se nutre Marx para la elaboración de sus contenidos filosóficos. Uno, tal vez el principal, fue Hegel y el otro, más bien accesorio fue Ludwig Feuerbach. El primero de ellos, constituyó una reacción frente al trabajo "Crítica a la Razón Pura" de Kant, donde éste plasmó su filosofía racionalista sosteniendo que, cuando el razonamiento del hombre se adentraba en un campo no demostrable por medio de la experimentación, se producían grandes contradicciones puesto que a cada afirmación le correspondería una negación de la misma validez teórica. Para Kant, esta situación, además de producir el estancamiento, ejercía influencias negativas para el desarrollo ulterior del pensamiento. Hegel muy por el contrario, pensó que, justamente, la posibilidad de contradicción —de contraposición—, era el factor que, realmente, permitiría el desarrollo pleno del pensamiento y la búsqueda de la verdad. En el desarrollo de su teoría señaló que este proceso tenía tres tiempos fundamentales: en primer lugar, se registraba la aparición de una tesis; ésta desataba las críticas en su contra promoviendo la aparición de una refutación, la tesis siempre lleva a sus adversarios a afirmar lo opuesto y, así, nacía la antítesis y; del conflicto de ambas debía surgir, necesariamente, la síntesis. Este es el principio básico y fundamental de la dialéctica que, más adelante, se transformará en una terrible arma para la lucha política. Marx aprovechó la estructura dialéctica creada por Hegel para descubrir las contradicciones ocasionadas por el capitalismo sobre la realidad social, económica y política. Lo mismo que para apropiarse del concepto de "alienación" buscando demostrar el sometimiento del proletariado a los designios de la burguesía. Tal concepción teórica nace del enfrentamiento dialéctico entre, lo que es humano y lo que no lo es, lo humanitario frente a lo inhumano, de modo que la síntesis la constituya el comunismo donde el hombre se reencuentra con la naturaleza ya plenamente dueño de sí mismo.

"El gran valor de la filosofía de Hegel, dice Engels, consiste en que destruyó la verdad como colección de afirmaciones dogmáticas al alcance de todos".(1) (1)George H. Sabine. "Historia de la Teoría Política".

En su Feuerbach dice que "la verdad estriba ahora en el propio proceso de conocimiento, en el largo desarrollo histórico del saber, que va ascendiendo de los puntos más bajos a alturas cada vez mayores de conocimiento, sin alcanzar nunca el punto de la denominada verdad absoluta". Tal afirmación encierra un gran relativismo histórico y el pensamiento de Hegel —tomado en el sentido que pretende Engels— es totalmente destructivo del marxismo ya que "la verdad absoluta" de la sociedad sin clases, no puede existir en cuanto tal. El segundo de los inspiradores filosóficos, Feuerbach, ejerció también gran influencia sobre el marxismo con sus detenidos análisis sobre la "alienación religiosa" en sus libros titulados "La esencia del Cristianismo", "Principio de la filosofía del futuro" y "La esencia de la Religión". Feuerbach aportó al marxismo su materialismo. Sostuvo a lo largo de sus trabajos que la religión es un producto de la conciencia humana que se proyecta al ser al cual se "adora", y que el hombre mismo ha fabricado. El ser divino —el Dios— es, según esta teoría, el propio ser del hombre librado de sus ataduras y limitaciones propias del individuo. Por consiguiente, el hombre se aliena pues eleva al individuo etéreo —creado por su imaginación— a la categoría de señor y se autoconvierte en su siervo. Esta teoría será aplicada a todos los ámbitos de la realidad humana tanto por Marx como por su colaborador Engels y así resultará la ideología transformada en una cortina que enmascara la realidad histórico-social y que desfigura el sentido vivo y real de las cosas.

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Este ataque, basado como vimos en Feuerbach, en realidad encubre una crítica a las ideas gestadas fuera del método marxista consideradas como fórmulas desarrolladas por las clases dominantes para servir a sus intereses. Comenzó así un ataque generalizado a la cultura, la familia y, por supuesto, la religión. El marxismo se nutre del materialismo de este filósofo para intercalarlo con la dialéctica de Hegel. El hombre materialista, su historia igualmente materialista, pasan a compatibilizarse con un método de pensamiento que liquidará el idealismo hegeliano. Sin embargo, Marx y Engels avanzarán aún más sobre la filosofía de Feuerbach cuando intentan demostrar que el hombre no sólo está condicionado por la realidad que lo circunda sino que, también, puede condicionarla. Ello se reflejó en su "Tesis sobre Feuerbach" donde enuncia las bases del llamado materialismo histórico al señalar en su undécima tesis que "los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos al mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo". El hombre por lo tanto, no puede ser un sujeto pasivo de las circunstancias. Tiene capacidad para modificar, dentro de ciertos límites, las condiciones que lo rodean y, tales condiciones se alteran y recrean en su relación con la naturaleza, es decir, con el trabajo. La base de todas las sociedades que han existido y que existen, dentro de la concepción marxista, está dada en la relación entre el hombre y la naturaleza, es decir, en las relaciones de producción que, están determinadas por condicionamientos naturales como la tecnología y la forma específica de división social del trabajo. Según el marxismo, la división social del trabajo aludida, en un momento dado lleva a la apropiación privada de los medios de producción. Ello hace surgir el antagonismo irremediable entre quienes poseen los medios productivos y los que no poseen otra cosa más que su fuerza de trabajo y, de esta manera, aparece la teoría de la lucha de clases.

En la dialéctica marxista, "sobre las diversas formas de propiedad, sobre las condiciones sociales de la existencia, se constituye toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, hábitos mentales y concepciones de vida, diversos y peculiarmente modelados. La clase entera los produce y modela con arreglo a sus fundamentos materiales y a las condiciones sociales correspondientes. El individuo al que llegan por tradición y educación puede imaginar que constituyen las verdaderas razones y las premisas de su conducta". (2) 2)George H. Sabine, op. cit., pág. 656.

En el marxismo las fuerzas productivas sufren un desarrollo dialéctico necesario, constituyen una analogía del "Espíritu Absoluto" que gobierna los procesos históricos en Hegel. Los hechos reales de la teoría social, jurídica y política constituyen manifestaciones de la realidad de las relaciones de producción subyacentes en el sistema.

"Así pues, esta teoría del desarrollo de la civilización contempla una

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sucesión de etapas, cada una de ellas denominada por un sistema determinado de producción y cambio de bienes dentro de la cual ese sistema da origen a ciertas relaciones humanas, las cuales, a su vezdan por resultado una ideología apropiada que comprende el derecho y la política, junto con productos más ideales, tales como la moral, la religión, el arte y la filosofía” (3) (3)George H. Sabine, op. cit., pág. 658.

Desde este punto de vista, se han contemplado en la teoría y filosofía del marxismo la sucesión de variados sistemas (modos de producción) que han regido a todas las sociedades que conoció la humanidad. Según Marx, la historia demuestra claramente la sucesión de los diversos modos de producción como lo fueron el patriarcal que se caracterizó porque la propiedad de los medios de producción estaba hegemonizada por la familia o el clan y la concentración de la autoridad en el padre; el esclavista donde la economía estaba basada en el trabajo del esclavo de gran estratificación social; el modo de producción feudal que se fundaba en la existencia del feudo, la servidumbre y el predominio de la nobleza de espada; y, el modo de producción capitalista basado en la búsqueda del provecho individual, en la propiedad privada de los medios de producción con alta concentración y por la lucha entre proletarios y burgueses. Estos modos de producción se van recambiando en el tiempo en virtud de las transformaciones que se producen en la técnica y en la división social del trabajo. Cada sistema lleva en sí mismo los factores que habrán de conducir a su propia transformación, producto de la lucha de clases. En su prólogo a su "Crítica de la Economía Política" fundamenta lo que anteriormente señalamos al sostener que "en la producción social que llevan a cabo los hombres, éstos entran en relaciones definidas que son indispensables e independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un estado definido del desarrollo de sus fuerzas materiales de producción. La suma total de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad —el cimiento sobre el que se alzan las estructuras jurídica y política y al que corresponden formas definidas de conciencia social—. El modo de producción de la vida material determina el carácter general de los procesos sociales, políticos y espirituales de la vida. No es la conciencia de los hombres lo que determina su existencia; por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia. En un cierto estadio de su desarrollo, las fuerzas materiales de producción de la sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes o —lo que no es sino expresión jurídica de la misma cosa— con las relaciones de propiedad en el marco de las cuales habían estado operando antes. Esas relaciones de formas de desarrollo de las fuerzas de producción que eran, se concierten en sus grilletes. Viene entonces el período de revolución social". "Con el cambio de los cimientos económicos se transforma más o menos rápidamente toda la inmensa superestructura. Al considerar tales transformaciones, hay que hacer siempre la distinción entre la transformación material de las condiciones económicas de la producción que puede ser determinada con la precisión de la ciencia natural y las formas jurídicas, políticas, religiosas, estéticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas, en las cuales adquieren los hombres conciencia de ese conflicto y participan en él luchando hasta el fin". "Ningún orden social desaparece nunca antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas en él contenidos; y no aparecen nunca las nuevas y superiores relaciones de producción hasta que han madurado las condiciones de su existencia en las entrañas de la vieja sociedad. Por consiguiente, la humanidad no se ocupa nunca sino en los problemas que puede resolver; de ahí que, si miramos el problema más de cerca, nos encontramos siempre con que sólo se plantea cuando existen ya, o al menos cuando en proceso de formación las condiciones materiales para resolverlo.

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En virtud de ello, Marx dedica varios capítulos en su obra titulada "El Capital" a demostrar que toda la historia del capitalismo, en especial con anterioridad al siglo XVIII llevan a la conformación de una clase social que no cuenta con otros medios de subsistencia que la venta de su fuerza de trabajo. El proletariado se forma, según El Capital, por la pérdida de los bienes comunales por la clase campesina, la destrucción de la industria doméstica por el crecimiento de la organización capitalista, el firme aumento del tamaño y poder de las empresas burguesas y la aceleración del proceso por la expropiación de la iglesia y la explotación colonial de América e India.

"El mismo sentido tienen los capítulos descriptivos de El Capital relativos a la historia contemporánea del capitalismo y sus efectos sobre los asalariados en cuanto clase. Aquí planteó Marx todos los temas principales de controversia entre las dos clases, reforzándolos con amplias referencias, a los informes elaborados por las instituciones públicas". (4) (4)George H. Sabine, op. cit., página 668.

Lo fundamental del socialismo marxista o científico en cuanto a filosofía revolucionaria es su consideración —del mismo modo a como lo analizara su enemigo Proudhon— de que la infraestructura económica determina a la superestructura ideológica y jurídico-política. La relación capitalista de la producción (explotador vs. explotado) es el verdadero motor de la historia.

Como lo señala Carlos S. Fayt, "el determinismo económico constituye uno de los rasgos esenciales del materialismo histórico, como lo es, asimismo, la función del proletariado en la lucha de clases que marcará el tránsito del capitalismo a una sociedad sin clases. Sobre estos supuestos teóricos, se comprende que para Marx la revolución sea una consecuencia de la transformación de las condiciones objetivas, un conflicto entre poderes centralizados producto de los intereses antagónicos de las capitalistas y del proletariado. Ese conflicto subyace en el desarrollo de la conciencia y organización de los obreros industriales, únicos en condiciones de realizar la revolución. Por consiguiente, Marx no creía posible la revolución en países económicamente atrasados". (5) (5)Carlos S. Fayt. "El Socialismo". Ed. Plus Ultra. 1975. pág. 40.

En otra parte de su trabajo, Fayt señala que "el marxismo contiene así, una teoría de la historia cuyo dinamismo lo proporciona la lucha de clases. Este dinamismo reclama la acción y por tanto la revolución social. Así, la teoría del desarrollo social se une al programa revolucionario (para nosotros instancia doctrinaria). La necesidad histórica reclama la acción revolucionaria. La

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dialéctica de la historia exige un método de acción y una táctica partidaria. La convicción de que la evolución social se realiza bajo la presión de las fuerzas económicas, llevó a Marx a la teoría de la plusvalía. Estas fuerzas y —en definitiva—, el sistema de producción, constituyen la base de la superestructura ideológica e institucional de la sociedad". Del mismo modo que Hegel había reaccionado contra los contenidos individualistas de la filosofía política liberal idealizando el Estado Nacional y colocando el desarrollo histórico bajo leyes de la dialéctica; concibiendo al Estado como encarnación de los intereses ideales de una nación con derecho a organizar y controlar toda la vida nacional incluyendo todos los intereses privados de los ciudadanos; la filosofía colectivista del marxismo, refleja y trata de reflejar el cambio social. Evidentemente, tiene una doble finalidad manifiesta. Por una parte, busca interpretar el proceso histórico y, por otra, edifica los mecanismos para participar en él. Esta filosofía es, en realidad, un verdadero llamado a la acción. Marx, a lo largo de sus obras, pedía a los hombres que reprimiesen su voluntad egoísta y caprichosa y cooperasen en la marcha inevitable de la civilización. A la larga, este aspecto de la filosofía política del marxismo, debía proporcionar un análisis de la posición de la clase obrera en la preparación y consumación de una revolución social. Una revolución social que aspirara a igualar no ya las libertades civiles, sino las diferencias económicas y a imponer el modelo de una sociedad donde ya no existen las clases sociales como objetivo último del proletariado universal.

Una revolución social que se produciría a través de la lucha de clases de la cual el propio Marx no se consideraba progenitor originario. No hizo sino tomar y ampliar una teoría ya existente para explicar la Revolución Francesa.

Una revolución social que se produciría a través de la lucha de clases de la cual el propio Marx no se consideraba progenitor originario. No hizo sino tomar y ampliar una teoría ya existente para explicar la Revolución Francesa. En una carta a Engels se refiere a Agustín Thierry como padre de la lucha de clases en la historiografía francesa. Además, se basaba en la teoría de la distribución de Ricardo. Lo que objetaba a las obras de los historiadores de clase media era la presunción de que la lucha de clases acababa con el ascenso al poder de la burguesía, del mismo modo que discrepaba de la presunción de los economistas de que las leyes de una economía capitalista eran eternas e inmutables. En las revoluciones de su época creía ver Marx un nuevo tipo de alzamiento revolucionario cuya punta de flecha no consistía en un intento hecho por la clase media encaminado a conseguir derechos políticos, sino una clase obrera que estaba llegando a la conciencia de su propia degradación, y estaba confusamente decidida a alterar no sólo la superestructura política, sino las causas económicas subyacentes de la desigualdad social. Esta es la obra en la que se sintetizan las formas de ejecución y el conjunto de conductas de los principios generales enunciados a lo largo de la filosofía política del marxismo que hemos analizado. Constituye un verdadero y completo “programa de acción", claro, concreto, breve y violento; concebido como un instrumento idóneo para la propaganda y la agitación revolucionaria. Según Engels, en 1887, el socialismo europeo estaba totalmente identificado con la teoría formulada en el Manifiesto y que, desde 1848, era reflejo fiel de la historia del movimiento obrero mundial. El marxismo expuso en -este trabajo el camino a través del cual se proponía la destrucción del capitalismo y cuál era la forma concreta en que se debía realizar el conflicto entre proletarios y burgueses de modo que se arribara finalmente a una situación revolucionaria en la que los expropiadores resultasen expropiados y los medios de producción colocados en manos del Estado proletario. En este sentido este trabajo inaugura el período de organización política del movimiento obrero transformándose en el programa de acción de millones de obreros. Es sin lugar a dudas el documento de mayor trascendencia dentro del movimiento socialista internacional y que por consiguiente, estamos seguros que habrá llegado en más de un equipaje dentro de los buques que traían a emigrados europeos. Ya en su introducción reconoce un importante nivel internacional al comunismo al señalar que

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"un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el Zar, Metternich y Buizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes". Y, a renglón seguido afirma que "de ese hecho resulta una doble enseñanza: que el comunismo está reconocido como una fuerza por todas las potencias de Europa". En su título primero, denominado "Burgueses y Proletarios", llega a la conclusión de que "la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases", que "siempre han existido opresores y oprimidos en lucha constante, manteniendo una guerra ininterrumpida" a veces abierta y otras encubierta. Comienza historiando el reemplazo de los modos de producción por medio de conflicto social. "Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes. En anteriores épocas históricas encontramos casi por todas partes una completa división de la sociedad en diversos estamentos, una múltiple escala gradual de condiciones sociales. En la antigua Roma hallamos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros, oficiales y siervos y, además, en casi todas estas clases encontramos gradaciones especiales. La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas formas de lucha por otras nuevas.

Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado". (6) (6)Carlos Marx y Federico Engels: "Manifiesto Comunista”, pág 66

En el resto de la obra, trata de demostrar sus afirmaciones a lo largo de una meticulosa descripción del proceso histórico mundial donde se evoluciona desde la antigua Roma hasta el modo de producción del capitalismo moderno. Sintetizando apretadamente la tesis marxista se puede sostener que

"la burguesía no existe sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de trabajo; es decir, todas las relaciones sociales. La persistencia del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. Este cambio continuo de los modos

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de producción, este incesante derrumbamiento de todo sistema social, esa agitación y esa inseguridad perpetua, distinguen a la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones sociales tradicionales y consolidadas, con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas, quedan rotas: las que la reemplazan caducan antes de haber podido cristalizar. Todo lo que era sólido y estable es destruido; todo lo que era sagrado es profanado, y los hombres se ven forzados a considerar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas con desilusión ... Por la explotación del mercado universal, la burguesía da un carácter cosmopolita a la producción de todos los países ... Bajo pena de muerte obliga a todas las naciones a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la titulada civilización, es decir, a hacerse burgueses. En una palabra, forja un mundo a su imagen". (7)Carlos Marx y Federico Engels: "Manifiesto Comunista”, pág 66

Más adelante sostiene que "las armas de que se sirvió la burguesía para derribar al feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía. Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los proletarios". Según este documento de lucha, "la industria en su desarrollo, no sólo acrecienta el número de los proletarios, sino que los concentra en masas considerables; su fuerza aumenta y adquieren mayor conciencia de la misma. Los intereses y las condiciones de existencia de los proletarios se igualan cada vez más a medida que la máquina va borrando las diferencias en el trabajo y reduce el salario, casi en todas partes, a un nivel igualmente bajo. Como resultado de la creciente competencia de los burgueses entre sí y de las crisis comerciales que ella ocasiona, los salarios son cada vez más fluctuantes; el constante y acelerado perfeccionamiento de la máquina coloca al obrero en situación cada vez más precaria; las colisiones individuales entre el obrero y el burgués adquieren más y más el carácter de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a formar sindicatos contra los burgueses y actúan en común contra la defensa de sus salarios. Llegan hasta formar asociaciones permanentes para asegurarse los medios necesarios, en previsión de estos choques circunstanciales". "A veces los obreros triunfan: pero es un triunfo efímero. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros. Esta unión es favorecida por el crecimiento de los medios de comunicación creados por la gran industria y que ponen en contacto a los obreros de diferentes localidades. Y basta ese contacto para que las numerosas luchas localizadas, que en todas partes revisten el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Mas toda lucha de clases es una lucha política. Y la unión que los habitantes de las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, tardaron siglos en establecer, los proletarios modernos, con los ferrocarriles, la llevan a cabo en unos pocos años". "Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político, es sin cesar socavada por la competencia entre los propios obreros. Pero surge de nuevo, y siempre más fuerte, más firme, más potente. Aprovecha las disensiones intestinas de los burgueses para obligarles a reconocer por la ley algunos intereses de la clase obrera; por ejemplo la ley de la jornada de diez horas en Inglaterra". En otra parte se sostiene que, "al esbozar las fases más generales del desarrollo del proletariado,

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hemos seguido el curso de la guerra civil más o menos oculta que se desarrolla en el seno de la sociedad existente, hasta el momento en que se transforma en una revolución abierta, y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, implanta su dominación".

"En suma, la primera parte del Manifiesto Comunista resume las siguientes ideas de Marx :(8) (8)Karl Marx y F. Engels. "Manifiesto Comunista", pág. 79 en adelante

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Las luchas de clase constituyen la clave de la historia humana; El Estado expresa la voluntad de la clase económicamente dominante. Es una institución de clase; una superestructura política cuya evolución se corresponde con el desarrollo de las fuerzas de producción; 3 El capitalismo es, por naturaleza, expansivo, la necesidad de mercados y el aumento de las fuentes se basa en el desarrollo de la producción de materias primas; 4 Las crisis periódicas son consecuencia de la falta de relación entre el poder de compra de las naciones adelantadas y el crecimiento de la producción capitalista. Para dominarlas se recurre a la destrucción de los medios de producción; 5 El capitalismo crea al proletariado al sustituir al obrero especializado por máquinas rebajando el trabajo a la condición de simple mercancía al servicio de aquélla; 6 AI sustituir la especialización obrera, se condena a la clase obrera a condiciones cada vez más bajas de subsistencia, agravada por la limitación del mercado y la desocupación; 7 La burguesía tiende a concentrar el capital, lo que empobrece a las clases intermedias —los pequeños burgueses— que pasan a revistar en las filas del proletariado; 8 Los sindicatos expresan el despertar de la conciencia política del proletariado; 9 El servicio que prestan los intelectuales al proletariado cuando, comprendiendo la naturaleza del movimiento histórico, luchan a su lado o se pasan a sus filas; 10 Carácter nacional de la lucha contra la burguesía; 11 Pauperización creciente del proletariado. Esta situación lo impulsa a la rebelión; y 12 El capitalismo depende tanto de la acumulación como de la destrucción periódica del capital por la acentuación de la gravedad y periodicidad de la crisis".(9) 2

(9)Carlos S. Fayt, obra citada, página 60.

En la segunda parte del trabajo, titulada "Proletarios y comunistas" expone fundamentalmente el programa del comunismo de 1848. Comienza dando fundamento a los contenidos internacionalistas de su doctrina. "Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases del desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representa siempre los intereses del movimiento en su conjunto". Respecto de este punto, más adelante, Marx y Engels profundizan: "los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Más por cuanto el proletariado debe, en primer lugar, conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase dirigente, aunque de ninguna manera en el sentido burgués". Finalmente, expone el programa de acción en los siguientes términos: "El proletariado se valdrá de la dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

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Ésto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio más que por una violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de producción, es decir, por la adopción de medidas que desde el punto de vista económico parecerán insuficientes e insostenibles, pero que en el curso del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán indispensables como medio para transformar radicalmente el modo de producción. Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en los diversos países. Sin embargo, en los países más avanzados podrán ser puestas en práctica en casi todas partes las siguientes medidas: 1 Expropiación de la propiedad territorial y empleo de la renta de la tierra para los gastos del Estado. 2 Fuerte impuesto progresivo. 3 Abolición del derecho de herencia. 4 Confiscación de la propiedad de todos los emigrados y sediciosos. 5 Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un Banco Nacional con capital del Estado y monopolio exclusivo. 6 Centralización en manos del Estado de todos los medios de transporte. 7 Multiplicación de las empresas fabriles pertenecientes al Estado y de los instrumentos de producción, roturación de los terrenos incultos y mejoramiento de las tierras, según un plan general. 8 Obligación de trabajar para todos; organización de ejércitos industriales, particularmente para la agricultura. 9 Combinación de la agricultura y la industria; medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la oposición entre la ciudad y el campo. 10 Educación pública y gratuita para todos los niños; abolición del trabajo de éstos en las fábricas tal como se practica hoy; régimen de educación combinado con la producción material, etc." (10) (10)K. Marx y F. Engels, "Manifiesto Comunista", pág. 97 y 98.

La tercera y cuarta parte del Manifiesto está totalmente dedicada a criticar a los movimientos socialistas que coexistían con el comunismo a los que descalifica utilizando epítetos tales como "reaccionarios" (socialismo clerical, feudal, pequeño-burgués y literario); "conservador" o "burgués" (destinado especialmente para atacar a su enemigo Proudhon y a todos aquellos a los que acusó de "proudhonismo” en el seno de la Internacional), y "crítico-utópico" atacando así, frontalmente las corrientes ya analizadas. Dice de ellas que "no advierten de antemano las condiciones materiales de la emancipación del proletariado y se aventuran en la busca de una ciencia social, de leyes sociales, con el fin de crear las condiciones. A la actividad social anteponen su propio ingenio; a las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; a la organización gradual y espontánea del proletariado en clase, una organización completa fabricada por ellos. El porvenir del mundo se decide por la propaganda y la práctica de sus planes sociales . . . Repudian toda acción política y, sobre todo, toda acción revolucionaria, y se proponen alcanzar su objeto mediante medios pacíficos y tratando de abrir camino a su nuevo Evangelio social por la fuerza del ejemplo, por las experiencias en pequeño, condenadas de antemano al fracaso" y finalmente "se oponen con encarnizamiento a todo movimiento político de la clase obrera, pues no ven en él sino el resultado de una ciega falta de fe en el nuevo Evangelio".

El Manifiesto concluye exhortando al proletariado mundial a la unidad y acción revolucionaria: "Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Las clases dominantes

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pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. Proletarios de todos los países. ¡Uníos!". (11) (11)K. Marx y F. Engels, "Manifiesto Comunista", pág. 97 y 98.

LA 1RA. INTERNACIONAL La tercera instancia que debemos profundizar para comprender al marxismo en su desarrollo, de forma tal que alcancemos a ubicar la importancia de su influencia en el Movimiento Obrero Organizado de nuestro país, es la que corresponde al análisis de sus estructuras funcionales y acción internacional en tanto mecanismos aptos para alcanzar sus finalidades últimas. La primera tentativa para unificar el Movimiento Obrero Mundial bajo las banderas ya analizadas del socialismo marxista, tuvo lugar el 28 de septiembre de 1864 bajo el auspicio ideológico de Karl Marx, en el Saint Martin Hall de Londres. La convocatoria a esta reunión obrera internacional fue realizada por los trabajadores de Inglaterra y Francia que habían dado comienzo a un proceso común de lucha por la conquista del sufragio universal como el objetivo más trascendental del momento. Esta reunión, en realidad, posibilitó un contacto entre dos sindicalismos verdaderamente vigorosos, totalmente incomunicados hasta aquel entonces. Por una parte los ingleses, que habían logrado un importante desarrollo de sus organizaciones obreras pero que se habían enfocado, fundamentalmente, hacia la lucha reivindicativa y, por la otra, el gremialismo francés, dotado de una organización primitiva pero, \n lo ideológico bajo el influjo proudhoniano. Además, esta reunión había permitido un análisis conjunto de la situación creada en Polonia donde las fuer/as de la Rusia Zarista habían sofocado en sangre una revolución popular. Fue en tal oportunidad en que se decidió constituir una Asociación Internacional de Trabajadores con sede en Londres, con la finalidad de mantener en contacto permanente a las organizaciones de Alemania, Italia, Francia e Inglaterra. Marx fue el encargado por la reunión para redactar los Estatutos y la Declaración de Propósitos. El trabajo sigue dos líneas fundamentales, la primera el discurso inaugural de Tolain: "Trabajadores de todos los países que queréis ser libres, realizad congresos. Es el pueblo que vuelve al fin a la escena, teniendo conciencia de su fuerza, y levantándose frente a la tiranía, en el orden político; frente al monopolio, al privilegio, en el orden económico. Impulsados por las necesidades de la época, por la fuerza de las cosas, los capitales se concentran y se organizan en poderosas asociaciones financieras e industriales. Si no nos ponemos en guardia, esa fuerza sin contrapeso reinará bien pronto despóticamente… Vemos a la aristocracia futura acaparar la dirección de los ahorros más modestos… Nuestras débiles economías, devoradas por esa mano gigante, nos convertirán en servidores de los príncipes de las finanzas, mientras que la división del trabajo tiende a hacer de cada obrero un engranaje en manos de los altos barones de la industria. Ante esa organización poderosa, todo se repliega, todo cede, el hombre aislado no es nada; siente disminuir todos los días su libertad de acción y su independencia. Ante esa organización, la iniciativa individual se extingue o se disciplina en provecho de esa organización. Es preciso unirnos, trabajadores de todos los países, para oponer una barrera infranqueable a un sistema funesto que dividirá a la humanidad en dos clases: una plebe ignorante y fanática, y mandarines pletóricos y ventrudos. Salvémonos por la solidaridad." La segunda línea que inspiró el trabajo de Marx fue, precisamente, la línea teórica del marxismo y el método del materialismo histórico aplicado al análisis del movimiento obrero. El documento

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El reglamento adoptado por la Internacional, sus diez artículos, buscaba profundizar la necesidad de que el proletariado internacional se constituyera en partidos políticos sosteniendo, en una resolución especial, que "la organización del proletariado en partidos era indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social" y, además, que "su objetivo supremo era la abolición de las clases sociales".

de introducción al trabajo está dedicado al análisis de las condiciones de vida en que se debatían las masas trabajadoras en el período comprendido entre la aparición del Manifiesto Comunista de 1848 y el año de la reunión, 1864; en tal parte del trabajo se señala que, a pesar del creciente desarrollo de la industria y del comercio, las condiciones miserables de vida de los obreros, no habían encontrado solución sino que, por el contrario, se habían agravado sensiblemente. El perfeccionamiento tecnológico de las maquinarias, la aplicación de procedimientos científicos al proceso productivo, al igual que el descubrimiento de nuevos medios de comunicación no habían podido mitigar un mínimo de las condiciones de explotación de la clase proletaria. De nada le valió al proletariado que se produjeran emigraciones, la conquista de nuevos mercados a través del libre cambio. Cada nuevo descubrimiento, que se aplicaba al desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, conducía, inevitablemente, al ensanchamiento de las diferencias entre las dos clases sociales, aumentando la rudeza del enfrentamiento social. Por su parte, el movimiento cooperativo owenista —que el propio Marx se había encargado de descalificar en su Manifiesto— había demostrado en los hechos que los trabajadores podían prescindir de sus patrones para organizar la producción a gran escala, de acuerdo con las exigencias de la ciencia moderna. Ello constituyó, a juicio de Marx, una prueba irrefutable de que, para la producción de la riqueza, no era condición "sine qua non" la apropiación privada de los medios de producción y de los instrumentos de trabajo. Había demostrado, finalmente, que el fin de la dominación y extorsión del proletariado podía llegar instaurando, definitivamente, el trabajo de los obreros asociados. Para no caer en el planteo de los "utópicos", Marx desarrolló en el trabajo un punto fundamental: la cooperación no resultaría verdaderamente liberadora si no era sostenida por una propaganda nacional. Por lo tanto, la conquista del poder político era el primer objetivo de la clase proletaria. Este postulado llevó a la conclusión de que se imponía un reordenamiento del partido obrero. El éxito dependía de la unidad en la lucha por la liberación. Los trabajadores de Inglaterra, Alemania, Francia e Italia debían sostenerse los unos a los otros. Así se impulsó la creación de la Asociación Internacional conocida más tarde como primera internacional. Respecto de los Estatutos, se fijaba que la emancipación del proletariado debía ser obra de la misma clase trabajadora; que la finalidad del movimiento proletario consistía, fundamentalmente, en la liberación económica de la clase obrera, no sólo a nivel nacional, sino en el plano internacional. El reglamento adoptado por la Internacional, sus diez artículos, buscaba profundizar la necesidad de que el proletariado internacional se constituyera en partidos políticos sosteniendo, en una resolución especial, que "la organización del proletariado en partidos era indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social" y, además, que "su objetivo supremo era la abolición de las clases sociales". José Luis Rubio, en su trabajo (12) señala con gran acierto que "en la Asociación Internacional de Trabajadores aparece desde el principio uno de los grandes problemas del internacionalismo obrero: la opción entre una unión de todas las variedades y matices del movimiento proletario internacional en forma democrática, y una unión sobre la imposición de una sola línea ideológica y táctica" y, por medio de este trabajo, Marx ratificaba su pensamiento individual fortificando sus concepciones doctrinarias y, también, las tácticas de la lucha. (12) José L. Rubio, "Dependencia y liberación en el sindicalismo iberoamericano". Madrid, 1917; Ed. Gráfica Internacional, pág. 47.

Como era de esperarse, la posición autoritaria de Marx no pasaría desapercibida siendo entonces fuente de múltiples divergencias que se produjeron en el seno de la Internacional y que son de fundamental interés para interpretar las razones ideológicas que habrán de impulsar las luchas entre diversas tendencias sindicales dentro del Movimiento Obrero Argentino. Tales conflictos fueron detonados por la corriente proudhoniana entre 1865 y 1867 y la bakunista desde 1871 a 1876, año en que se disolvió la Primera Internacional.

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Tanto Proudhon como Bakunín, se oponían a la constitución de partidos obreros que sometieron la actividad del proletariado proponiendo, en cambio, una organización federativa de toda la sociedad. Al igual que Proudhon, Bakunín se oponía a Marx en el plano de lo personal y viceversa. En una de sus cartas dice: "Marx es un comunista autoritario y centralista. Quiere lo que nosotros queremos: el triunfo de la igualdad económica y social, pero en el Estado y por la fuerza del Estado; por la dictadura de un gobierno provisional, poderoso y, por decirlo así, despótico, esto es, por la negación de la libertad. Su ideal económico es el Estado convertido en el único propietario de la tierra y de todos los capitales, cultivando la primera por medio de asociaciones agrícolas, bien retribuidas y dirigidas por ingenieros civiles, y comanditando los segundos mediante asociaciones industriales y comerciales. Nosotros queremos este mismo triunfo de la igualdad económica y social por la abolición del Estado y de todo cuanto se llame derecho jurídico que, según nosotros, es la negación permanente del derecho humano. Queremos la reconstitución de la sociedad y la constitución de la unidad humana, no de arriba abajo, por la vía de cualquier autoridad, sino de abajo arriba, por la libre federación de las asociaciones obreras de toda clase emancipada del yugo del Estado. Hay otra diferencia, esta vez muy personal, entre él y nosotros. Enemigos de todo absolutismo, tanto doctrinario como práctico, nosotros nos inclinamos con respeto no ante las teorías que no podemos aceptar como verdaderas, sino ante el derecho de cada cual a seguir y propagar las suyas. No es éste el talento de Marx. Es tan absoluto en las teorías, cuando puede, como en la práctica. A su inteligencia, verdaderamente eminente, une dos detestables defectos: es vanidoso y celoso. Le repelía Proudhon, tan solo porque este gran hombre y su reputación le hacían sombra. Marx ha escrito contra él las más nefastas cosas. Es personal hasta la demencia. Dice mis ideas, no queriendo comprender que las ideas no pertenecen a nadie, y que si uno busca bien encontrará que, precisamente las mejores, las más grandes ideas, han sido siempre el producto del trabajo instintivo de todo el mundo; lo que pertenece al individuo no es más que la expresión, la forma …".

Por su parte, Marx también se refirió en sus cartas acerca de Bakunín. Karl Marx conoce a Bakunín desde 1844; lo encontró en París. Lo volvió a ver en 1848; después, el 3 de noviembre de 1864, en Londres: "Debo decirte, escribe entonces Marx a Engels, que me agradó más, lo encontré mejor que en otro tiempo . . . En suma, es uno de los hombres más raros que vuelvo a encontrar después de dieciséis años, que marchó hacia adelante y no hacia atrás". Pero Marx cambia de opinión sobre Bakunín cuando éste, después del segundo Congreso de la Paz y la Libertad, en 1868, constituye la Alianza de la Democracia Socialista y afilia ésta a la Internacional. Las simpatías que atrae Bakunín hacen sombra a Karl Marx. El 27 de julio de 1869, Marx escribe a Engels: maldito ruso piensa realmente en acomodarse, es hora de ponerlo fuera de la posibilidad de dañar". (13) (13) Dolleans, Edouard: "Historia del movimiento obrero". Eudeba, Tomo I, pág. 324.

La Internacional que, si bien jamás logró atraer tras de sí "Ese ruso, está claro, quiere convertirse en el dictador del movimiento obrero europeo. Que tenga cuidado, si no, será oficialmente excomulgado". Y Engels le responde: "Si ese a las masas obreras sino más bien a grupos influyentes de líderes y a los sectores más activos y radicalizados, logró realizar convenciones y congresos en Ginebra, Lausana, Bruselas, Basilea, Londres y La Haya.

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LA PUGNA IDEOLÓGICA La lucha entre Lis tendencias internas que habían surgido, especialmente la encarnizada oposición de Bakunín, obstaculizó en gran parte el desarrollo de las actividades de la Internacional pero, tal lucha, reviste una trascendencia ideológica para nuestro movimiento obrero en particular. "La dialéctica ideológica en el seno de la Primara Internacional fue realmente, como lo señala Colé, dolor del parto del socialismo como fuerza internacional. La controversia entre Marx y Bakunín reviste, por eso, particular importancia. Bakunín fue un anarquista completo que erigió a la libertad como comienzo y fin de la vida social. No era un individualista.

Se consideraba socialista además de un libertario. Atacó la propiedad privada, la explotación del hombre, el principio de autoridad, la organización coactiva del Estado, incluso el derecho formal al que oponía el derecho humano. Escindía claramente la sociedad del Estado, considerándola natural al hombre. El Estado era algo artificial, creado mediante supercherías para la opresión humana. Combatió la doctrina del contrato social y toda otra teoría de justificación del poder. Otro tanto hace con las iglesias y la idea de existencia de Dios. En su libro Dios y el Estado sostiene que ambos son incompatibles con la libertad humana, vinculando la idea de Feuerbach de que Dios es una creación del hombre, con la de Comte respecto de que la evolución social y los estadios de ese proceso de evolución". (14) La teoría de Bakunín influyó notablemente en el sindicalismo italiano. Vivió alrededor de diez años en Italia y entabló una amistad importante con Giuseppe Mazzini quien fue, por muchos años, el representante más legítimo del Movimiento Obrero Italiano. Gracias a ello, "en su conflicto con Marx, Italia se convirtió en una de sus principales fuentes de apoyo. Los primeros esfuerzos consagrados a la difusión de las ideas socialistas en Italia no fueron entonces la versión marxista, sino, la de Bakunín sobre el socialismo revolucionario".(15) (14) Carlos S. Fayt, "El Socialismo", Ed. Plus Ultra, pág. 69. (15) Daniel Morowitz, "Historia del Movimiento Obrero Italiano", ediciones Marymar, 1967, pág. 43.

El pensamiento bakunista comprendía al hombre como un ser plenamente libre, carente de espíritu divino, único protagonista de su historia que no está determinada por fuerza alguna, ni siquiera las fuerzas de la naturaleza, ni su propio ser, ni la comunidad que lo circunda. El hombre, dentro de esta concepción, es capaz de modificar las condiciones socio-políticas y de avanzar sobreponiéndose a la naturaleza física y a la fatalidad económica solamente utilizando su razón y su voluntad de cambio.

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Es una idea que difiere profundamente del marxismo ortodoxo en su profundo determinismo materialista; se trata de una concepción profundamente voluntarista. Ello no es sin embargo un obstáculo para que, aplicando la dialéctica hegeliana, descubre la marcha de la humanidad hacia una sociedad más justa. La diferencia que tal sociedad no sería producto de causas externas (económicas) sino, fruto de la aplicación de toda la capacidad creadora del hombre libre. Su socialismo se refleja en el hecho de que tal capacidad no es patrimonio del grupo sino, de cada uno de los individuos agrupados. Por lo tanto el hombre así concebido prescinda de toda forma de poder, ya sea política o religiosa. La ausencia total y completa de autoridad, es decir, una sociedad sin gobernantes ni sacerdotes, en una palabra anárquica, donde el hombre podrá desarrollar todo el potencial de su libertad creadora para fundar una federación de comunidades a partir de la comuna considerada por Bakunín como la unidad política primaria sobre la cual se levanta toda la vida social. Los acuerdos consensuales, voluntarios, formarían toda la estructura de la comunidad, de la "sociedad libre", que carecería de formas de representación política y de toda otra forma de autoridad, aunque se trate del predominio de los sectores mayoritarios sobre las minorías reaccionarias. Este postulado de la organización política, social y económica corresponde a lo más característico del anarcosindicalismo que predominó después de la Primera Internacional. Bakunín creyó siempre en la sociedad solidaria pues confiaba en la bondad humana y en el resultado de la aplicación de los valores comunitarios a la sociedad, siempre sobre bases de libertad. Como señaló Colé en su "Historia del pensamiento socialista", "este punto de vista, que hizo suyo Kropotkin, constituyó el sustento del sindicalismo anarquista de Italia, España y Francia" que tanta gravitación tuvieron —a través del proceso inmigratorio— en el movimiento obrero de nuestro país. De tal modo, la doctrina federalista, antiestatista y antiteologista, desarrollada por Bakunín, a partir del conflicto suscitado en la Internacional, se proyectó hasta configurar la base filosófica del movimiento anarcosindicalista internacional. El conflicto teórico entre ambos se evidencia claramente en los diferentes planteos doctrinarios y tácticos y en el conjunto de sus concepciones, respecto de la organización de la sociedad. Bakunín confiaba en la posibilidad de una sociedad completamente libre sobre la base de las ya analizadas comunidades federadas voluntariamente. La revolución que proponía tenía una lejana relación con los medios de producción. La búsqueda afanosa de la libertad produciría el levantamiento espontáneo de los desposeídos, de los oprimidos, contra los opresores, independientemente de si éstos formaban parte o no del proletariado industrial. La libertad, el ideal más profundo de todo movimiento social, era comprendido como una cualidad esencial de la naturaleza humana, inherente a todos los hombres, que fue enajenada a los desposeídos sociales. Marx, en cambio, precisó que los factores materiales determinaban por completo la existencia del hombre y, por consiguiente, el proceso social; las clases luchan fundadas en sus propios intereses. La evolución del proceso se producía, como hemos visto, como consecuencia del desarrollo de las fuerzas de la producción y se mantenía, por una parte, en base al antagonismo con las formas sociales preexistentes y, por la otra, en la crisis de las relaciones entre las clases. Es el proletariado, la clase que se deriva del desarrollo del modo de producción capitalista, el que conducirá a la definitiva emancipación de la opresión económica, producirá la igualdad y, consecuentemente, derrumbará el orden social y jurídico-político existente. José Luis Rubio, en el trabajo citado, pinta claramente los términos de la contradicción. "Marx, realista, científico —como él mismo llama a su socialismo—, parte del estudio de la realidad: establece o descubre leyes de evolución del capital, y considera que éstas han de cumplirse inexorablemente, conduciendo al triunfo final del proletariado. El proceso no puede ser alterado: puede ser acelerado por la acción del proletariado dirigido por una minoría centralizadora. La tesis de la dictadura del proletariado, sobre todo a partir del hecho de la Comuna de París, va a

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a constituir pieza definitiva del marxismo. Por el contrario, Bakunín, visionario, parte de la condena de la realidad: considera que el pueblo vive en condiciones de injusticia extrema. Para aboliría, la religión le ofrece el Paraíso en el Más Allá. Pero él quiere el Paraíso en el Más Acá. Y para alcanzarlo en la Tierra hay que extirpar las fuentes del Mal: el Estado, la Religión, la Propiedad. El Estado anulado por la Anarquía, la Religión por el Ateísmo, la Propiedad por el Colectivismo. La acción descentralizada de las masas, sin intermediar dictadura del proletariado, conducirá al Paraíso —el comunismo libertario, se dirá—(16) (16) José Luis Rubio, op. cit., pág. 47.

De acuerdo con sus postulados, Marx sostuvo que el criterio empleado por Bakunín para establecer sus teorías eran completamente anticientíficas, enfrentado con la realidad del proceso histórico, pues las verdaderas fuerzas sociales que hacen mover la historia son las clases sociales y no los individuos, ni los pequeños grupúsculos. Bakunín suponía que el movimiento revolucionario debía producirse sin una dirección centralizada. Marx sostenía que ello representaba una situación caótica que llevaría al desorden generalizado del cual no podría emerger jamás una sociedad nueva. Estas son las discrepancias, verdaderos abismos ideológicos, que separaban al marxismo del anarquismo. Sin embargo, pese al realismo evidenciado por Marx en su crítica al anarquismo, éste tenía valores importantísimos para el Movimiento Obrero como ser, por ejemplo, su acérrima defensa de la libertad y su denodado esfuerzo por rescatar a la persona humana del proceso de deshumanización a que la llevaban fatalmente las nuevas estructuras, frías e impersonales, que iban creando tanto el sistema capitalista como su oposición marxista, con todas sus implicancias y consecuencias entre las que se cuentan, en primer término, la masificación, proletarización, y alienación del hombre trabajador. De toda la discusión ideológica que hemos analizado en detalle, nació una nueva estructura internacional que núcleo al movimiento luírmelo por Bakunín, cuyo objetivo fundamental fue transformarse en una organización de servicio para producir la revolución en todo el mundo. Coherentemente con los postulados filosóficos analizados previamente, la revolución preconizaba la destrucción de todas las fuerzas opresoras y de todos los poderes, sean éstos religiosos, monárquicos, aristocráticos y burgueses en todo el mundo. Ello llevaba implícito la destrucción de todos los Estados y de todas las formas institucionales en lo político, social y económico. La nueva sociedad saldría de la implantación del trabajo asociado en base a la propiedad colectiva de los medios de producción inspirada en los valores de la libertad, igualdad y justicia.

Eran finalidades específicas de la Alianza "construir la contrapartida de la coalición de las fuerzas reaccionarias, y sobrepasar las fronteras nacionales para destruir los Estados y crear una sociedad socialista libre, igual y justa, que materialice la completa emancipación del trabajo, sobre las ruinas de todas las instituciones protectoras de la propiedad hereditaria del capital. En su Programa, la Alianza se declaraba atea, quería la abolición de los cultos, la sustitución de la ciencia a la fe y de la justicia humana a la justicia divina. Buscaba, ante todo, la igualdad política, económica y social de las clases y de los individuos, comenzando por la abolición del derecho de herencia, a fin de que en el futuro el goce sea igual a la producción de cada uno; y la tierra, los instrumentos de

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trabajo, como todo otro capital, volviéndose propiedad colectiva de la sociedad entera no puedan ser utilizados sino por los trabajadores, es decir, las asociaciones agrícolas e industriales".(17) (17) Carlos S. Fayt. op. cit., pág. 72.

Esta organización fue rechazada de la Asociación Internacional ya que en su programa se incluía "igualdad de clases” en lugar de la abolición propugnada por la Primera Internacional. Ello la llevó a su disolución para poder mantenerse, de alguna manera, dentro de la Internacional. Finalmente, el grupo anarquista se marginó de la Internacional en el Congreso de la Haya donde se planteó la lucha ideológica, para reorganizarse en Londres en el año 1881, cuando se fundó la organización anarquista denominada "Asociación Internacional del Pueblo Trabajador”.

Fueron teóricos del anarquismo individualista Max Stirner y Nieztche; y del anarquismo socialista, o anarcosindicalismo, Godwin, Kropotkin, Reclús, Tolstoy, entre otros. Señalamos finalmente, que después del Congreso de la Haya, Marx publicó en julio de 1873 un artículo titulado "La Alianza de la democracia socialista y la A.I.T." en el que concluía afirmando que el programa de Bakunín sustituía la lucha económica y política de los obreros por las acciones pandestructivas de la carne de presidio, poniendo a disposición de la reacción una pandilla bien disciplinada de agentes provocadores. "No se sabría decir —afirmó— si lo que prevalece en las lucubraciones teóricas y en los propósitos prácticos de la Alianza, es lo grotesco o lo infame. De todos modos ha logrado provocar en el seno de la Internacional una lucha sorda que, durante dos años, ha entorpecido la acción de nuestra Asociación desembocando en la secesión de una parte de un parte de las secciones y federaciones. Las resoluciones tomadas en el Congreso de la Haya contra la Alianza respondían, pues, a un deber estricto; no podía dejarse caer la Internacional, esta gran creación del proletariado, en las trampas tendidas por el desecho de las clases explotadoras. Por lo que se refiere a cuantos quieren despojar al Congreso General de las atribuciones, sin las cuales la Internacional sólo sería una masa confusa, diseminada y, por decirlo con el lenguaje de la Alianza, 'amorfa', nosotros no sabríamos ver en ellos más que traidores y embaucadores". (18) (18) Carlos S. Fayt, op. cit., página 73.

"La AIT seguidora del Consejo General de Landres queda en manos de la línea de Marx, pero se consume pronto. Marx teme por el predominio anarquista en Europa, y pide a Engels el traslado

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de la sede a los Estados Unidos —país que en aquellos tiempos atraía su admiración—, a la ciudad de Nueva York. La sede se traslada. Pero la Iª Internacional muere muy pronto falta de asistencias. Una convención, celebrada en Filadelfia, declara disuelto el Consejo General el 15 de julio de 1876. (Muy lejos de allí, el día antes, había muerto Bakunín).

Lo que había comenzado aspirando a la unión de los proletarios de todo el mundo, acababa en una atomización de grupos enfrentados. Por una parte, la Iª Internacional, pese a toda su trascendencia en la historia del movimiento obrero, fue siempre una organización más de intelectuales y políticos que de trabajadores, más de individuos que de sindicatos. La sección española (también de trascendencia para el Movimiento Obrero Argentino) era casi una excepción, con su tramado amplísimo de entidades asociativas de trabajadores —puesta como modelo de la Internacional—. Así lo refleja Anselmo Lorenzo en sus memorias. Por eso puede perdurar algunos años cuando por todas partes se derrumba". (19) (19) José Luis Rubio Cordón, ob. cit., página 48.

LA COMUNA DE PARÍS El principal acontecimiento socio-político que precipitó la crisis del movimiento obrero internacional, además de la liquidación de la Iª Internacional fue, precisamente, la caída de la "Comuna de París". Estos hechos tuvieron notable repercusión en el desarrollo de nuestro sindicalismo pues produjeron, juntamente con el debate ideológico sostenido entre Marx y Bakunín, consecuencias orgánicas fundamentales. El origen de estos sucesos tiene mucha relación con las especiales circunstancias que vivía Europa a raíz de la caída de Napoleón III que conllevó, inmediatamente, a la destrucción del Segundo Imperio dejando a Francia en medio del caos y el desgobierno, al borde de la ocupación extranjera. El gobierno había caído estrepitosamente, siendo reemplazado por un gobierno provisional de "Defensa Nacional" carente en absoluto de legitimidad y, también, de legalidad. La Guardia Nacional fue reorganizada y el armamento fue entregado a los trabajadores pero, aún así, la situación del poder era francamente desfavorable a los propios franceses y, el gobierno provisional, capituló en medio de la humillación generalizada. La Comuna de París se encontró, por consiguiente, sin gobernantes bajo el mando de algunos militares y unos pocos civiles comisionados por el gobierno a los fines de administrar lo mejor posible dado el estado de anarquía creciente. De acuerdo a los condicionamientos impuestos por el vencedor —Bismark— el gobierno provisional estaba obligado a convocar elecciones para elegir una Asamblea Nacional. Tales elecciones fueron realizadas durante el mes de febrero de 1871, siendo ganadores los partidarios de una rendición incondicional. El resultado fue, lógicamente, la aceptación de los condicionamientos impuestos por Bismark que comprendían, fundamentalmente la cesión de Alsacia y Lorena conjuntamente con la ocupación de París. El resultado de tales medidas fue, como en todas las oportunidades en que se menosprecian los valores más elevados de la nacionalidad, la sublevación masiva de todo el pueblo.

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Ante ello, el gobierno resuelve evacuar la ciudad que fue rápidamente dejada, por el ejército, la administración gubernamental y la Guardia Nacional, juntamente con los miembros de la flamante Asamblea Nacional. La ciudad fue librada a sus propios recursos con la única autoridad del Comité Central de la Guardia Nacional vinculado directamente a los grupos obreros que adherían ideológicamente a la sección francesa de la Primera Internacional. Las teorías comunalistas vieron, entonces, la posibilidad de alcanzar la realización práctica dando a París un gobierno municipal autónomo a partir de la necesidad de autodefenderse y de subsistir frente al abandono a que la pretendía reducir el gobierno de Thiers. La sublevación generalizada con su espíritu de insurrección presionó sobre el Comité Central para que convocara elecciones para integrar un gobierno para la Comuna de París.

"El conflicto desató la guerra civil entre París y el gobierno francés instalado en Versalles, en tanto la situación revolucionaria depositó el poder en manos de la Guardia Nacional, de la clase obrera y la pequeña burguesía. Los hechos determinaron la estructura de la Comuna y su carácter representativo de la clase obrera, toda vez que los miembros de las otras clases, o huyeron de París o se negaron a intervenir en la gestión del gobierno comunal. Esto explica los juicios que sobre ella emitieron Engels y Lenin. El primero, cuando dijo que el desarrollo económico y político de Francia desde 1789 y la posición de París, como consecuencia de ese desarrollo, hicieron posible que el proletariado intentara la victoria de sus reivindicaciones en contraposición a la clase capitalista. El segundo, cuando la calificó como acontecimiento único en la historia. Hasta entonces el poder era detentado por los propietarios y capitalistas. Después de la revolución del 18 de marzo de 1871, cuando el gobierno de Thiers huyó de París con sus tropas, su policía y sus funcionarios el pueblo quedó como único dueño de la situación y el poder pasó al proletariado". (20) (20) "El Socialismo". Carlos S. Fayt, pág. 74.

La experiencia vivida durante las jornadas de la Comuna de París permitió demostrar que no era utópico suponer que el proletariado era capaz de dominar la lucha política transformando las bases estructurales que, en el plano económico, lo someten al capital. Sin embargo en los breves meses de duración de la experiencia, adoptó una innumerable cantidad de medidas tendientes a lograr grados importantes de justicia social, de libertad política y de democracia económica. Entre el conjunto de medidas propiciadas por el gobierno comunal pueden registrarse, según hemos señalado en el trabajo anteriormente citado, de la siguiente forma: abolió el trabajo nocturno en las panaderías y cerró las agencias de colocaciones, dispuso la explotación por cooperativas obreras de las fábricas que habían sido cerradas por sus dueños, suprimió el ejército permanente y el servicio militar obligatorio, confiscó los bienes de la Iglesia, hizo retirar de las escuelas todo símbolo o imagen que afectara de cualquier modo la conciencia individual, condonó alquileres, igualó las sueldos de funcionarios y obreros, etc.

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Los acontecimientos necesitan, antes de llegar a la caída de la Comuna, una breve explicación. "Thiers da orden de evacuar París, de evacuar los fuertes a ser entregados a los alemanes, e inclusive de evacuar el Mont Valérien. En la tarde del 18 Jules Ferry, alcalde de París, protesta contra la orden de replegarse sobre Versalles dada a las tropas; a las 7.40 de la tarde envía un despacho al jefe del ejecutivo: "¿Vamos a entregar los archivos del ayuntamiento? Exijo una orden positiva para acometer tal deserción y un acto semejante de locura. Thiers le remite la orden positiva que pide".(21) Ha quedado demostrado que estos hechos no hubieran podido producirse de no mediar, evidentemente, la intención del gobierno. Hay autores que van mucho más allá. Dólleans, por ejemplo, sostiene que "Thiers no sólo previó la insurrección popular sino que la deseó. Al abandonar París tiene la intención de dejar que crezca el movimiento revolucionario. En Abril de 1834, ¿no había suscitado, por medio de agentes provocadores, la sublevación en París, en el momento mismo en que era aplastada en Lyon? Era, por otra parte, consecuente consigo mismo, dice Paul Cambbon: "se lo oí contar, y lo repitió varias veces, que el 24 de febrero de 1848 había aconsejado al Rey Luis Felipe abandonar la capital con el ejército, rehacer sus tropas y volver por la fuerza. No había que asombrarse de que, en una situación peor que la de 1848, no vacilase en evacuar París". (22) (21)Dolléans, Edouard, "Historia del Movimiento Obrero", t. I, pág. 333. (22)Dolléans, Edouard, op. cit., tomo I, pág. 334.

La Comuna fue, tal como vemos, planificada meticulosamente por Thiers, sofocada por la violencia, "a sangre y fuego" para utilizar la expresión más común. Ello sucedió, precisamente cuando se estimaba que sus logros habían llegado al máximo de sus posibilidades en el nivel de evolución en que se hallaba la experiencia. La experiencia procuró, sin éxito, darse un programa revolucionario adaptable para las situaciones de lucha del movimiento proletario del mundo y ello recae, naturalmente, como responsabilidad de los miembros de la Internacional ligados a la insurrección. Dice una parte del Manifiesto: "Trabajadores: La revolución comunal afirma sus principios, suprime toda causa de conflicto en el porvenir. ¿Vacilaréis en darle vuestra sanción definitiva? La independencia de la comuna es la garantía de un contrato cuyas cláusulas libremente debatidas harán cesar el antagonismo de clases y asegurarán la igualdad social. Hemos reivindicado la emancipación de los trabajadores y la delegación comunal es la garantía, porque debe proporcionar a cada ciudadano los medios para defender sus derechos, controlar de mía manera eficaz los actos de sus mandatarios, encargados de la gestión de sus intereses, y determinar la aplicación progresiva de las reformas sociales.

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La autonomía de cada comuna priva de todo carácter opresivo a sus reivindicaciones y afirma la República en su más alta expresión. Hemos combatido, hemos aprendido a sufrir por nuestro principio igualitario, no podríamos retroceder cuando podemos ayudar a colocar la primera piedra del edificio social." Y, la necesidad de un programa que permitiera establecer la función de los sectores dinámicos de la Comuna, fue cubierta en otro documento importante de la Internacional cuando uno de sus delegados afirmó categóricamente: "Querernos fundar el derecho de los trabajadores, y ese derecho no se establece más que por la fuerza moral". Sin embargo, las cámaras sindicales se mostraron más realistas en su apreciación, ellos consideraron, ante todo, los deseos de toda Francia. Ello se pone de manifiesto en su pronunciamiento cuando señalan que "París hizo una revolución tan aceptable como muchas otras; y para muchos espíritus, es la más grande que se ha hecho jamás: es la afirmación de la República y la voluntad de defenderla". Sin embargo, los optimistas miembros de la Comuna, tanto los internacionalistas que querían su independencia como los que veían en ella la voluntad de transformación social no contaban con que Thiers se apoyaría en el ejército del enemigo de Francia —el imperio prusiano— para formar una fuerza represiva de más de cuarenta mil hombres en las cercanías de París con el cual, y por espacio de ocho días de luchas, sometería la Comuna y fusilaría a todos sus partidarios. Lo cruento de la lucha se pone en evidencia en dos relatos que hemos de reproducir pues estos episodios quedarían grabados a fuego en los espíritus de muchos trabajadores que emigraran hacia América y, muy especialmente, a nuestro país donde se dedicarán a la organización del movimiento obrero. El primero, corresponde al propio Thiers cuando habla a los prusianos y franceses: "Podéis contar con mi palabra, que no falto nunca a ella. . . el París de la Comuna no es más que un puñado de desalmados. . . si se dispararon algunos cañonazos, no fue obra del ejército de Versalles, sino de algunos insurrectos, para hacer creer que se baten, cuando no se atreven ni a asomarse. . . los generales que condujeron la entrada a París son grandes militares… yo seré despiadado; la expiación será completa y la justicia inflexible. . . hemos alcanzado el objetivo. El orden, la justicia, la civilización obtuvieron al fin la victoria... el suelo está cubierto de cadáveres; ese espectáculo horroroso servirá de lección". El segundo es el trabajo de los corresponsales extranjeros que presenciaron el conjunto de los acontecimientos que sucedían en París durante la represión "en nombre de las leyes, por las leyes y con las leyes" describen lo trágico de la situación que se vivió. Lissangaray en su "Historia de la Comuna de 1871" cita dos periódicos ingleses, el Daily News del 8 de junio de ese mismo año y el Times del 31 de mayo: "Los cautivos, ya formados en larga cadena, o ya libres como en junio de 1848, atados por cuerdas de modo de formar un solo bloque, son encaminados hacia Versalles. El que se rehúsa a marchar es obligado a bayonetazos y, si se resiste, fusilado en el lugar o atado a la cola de un caballo". Lo fundamental de la experiencia son las conclusiones que sacarían los principales actores políticos de la vida del movimiento obrero internacional, es decir, Engels, Marx y Bakunín. Muchas de sus conclusiones tuvieron derivaciones posteriores que habrían de trastocar la metodología de la lucha obrera. El primero en referirse a lo sucedido fue Engels en la introducción de 1891 a La Comune de París donde afirma que la mayoría de los miembros de la Comuna adhieren al pensamiento o bien de Proudhon, o bien de Blanqui; en especial las relaciones de éstos con la Primera Internacional. Según él, "la responsabilidad de todos los decretos, buenos o malos, corresponde a los proudhonianos, como la responsabilidad de los actos políticos a los blanquistas". Según Dolléans, Engels comete un grave error en esta afirmación ya que la gran mayoría de los internacionalistas, desde 1868, eran comunistas no autoritarios, y no mutualistas, digamos que se hallarían más cerca de la ideología de Bakunín que, como vimos, es un continuador de Proudhon. Marx, por su parte, y coherentemente con lo «dicho por su amigo lanzó una violenta crítica al

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Comité Central acusándolo de perder el tiempo convocando a elecciones en lugar de desatar la guerra civil contra el gobierno de Versalles; consideró una falta irreparable la transferencia del poder a los representativos de la Comuna "por escrúpulos de honor” refiriéndose duramente a "esos asnos proudhonianos infatuados". Sin embargo, reconoció, a pesar suyo, que allí se había establecido un verdadero gobierno proletario que permitió hallar la conformación adecuada de una estructura política bajo la cual era posible alcanzar la emancipación del proletariado. Bakunín, por su parte, vio en los hechos una "negación audaz y acentuada del Estado", cosa que lo satisfizo muy hondamente y que ratificó en su obra "La Commune de París et la notion de L'Etat" —La Comuna de París y la noción del Estado— donde afirmó que "arrasada, ahogada en sangre. . . la Comuna no dejó, por eso, de volverse más viva, más poderosa en el alma del proletariado de Europa". La Comuna de París tiene consecuencias importantísimas para el movimiento obrero ya que, fundamentalmente determinó el ocaso de Blanqui y de Proudhon dejando solamente en vigencia la idea de Marx respecto del desarrollo de los partidos comunistas y socialistas en toda Europa con la sola oposición de Bakunín. Por otro lado, los sucesos van a tener notable influencia posterior en la primera revolución comunista de la historia: 1917. Lenín fue vivamente impresionado por esta historia revolucionaria y subrayó con gran asiduidad la relevancia de su papel en la tradición del socialismo revolucionario. Lenín escribió en la "Gaceta Obrera" del 15 de abril de 1911: "La Comuna, debió ante todo pensar en defenderse... (Y sin embargo, pese a esa necesidad y a los pocos días que le fueron acordados, los comunistas esbozan toda una organización). En resumen, a pesar de las condiciones tan desfavorables, a pesar de la brevedad de su existencia, la Comuna logra adoptar algunas medidas que caracterizan suficientemente su sentido verdadero y sus objetivos... El recuerdo de los combatientes de la Comuna no sólo es venerado por los obreros franceses, sino por el proletariado de todos los países... El cuadro de su vida y de su muerte. . . el espectáculo de la lucha heroica del proletariado y de sus sufrimientos después de la derrota, todo eso, elevó la moral de millones de obreros, despertó sus esperanzas y ganó simpatías al socialismo... He aquí por qué la obra de la Comuna no ha muerto: vive todavía en cada uno de nosotros".

1870 Nace en Simbirsk. 1887 Estudia derecho en Kazan. Es condenado por participar en una asamblea antizarista y es expulsado de la universidad. 1889 Se presenta a los exámenes de derecho como alumno no oficial en la Universidad de San Petersburgo. 1895 Funda la Unión para la Lucha por la Liberación de la Clase Obrera. 1897 Destierro a Siberia. 1899 Redacta su primera obra El desarrollo del capitalismo en Rusia. 1900 Comienza el primer exilio en Suiza 1903 Encabeza la fracción bolchevique del Partido Socialdemócrata de Rusia. 1909 Publica su obra filosófica Materialismo y empirocriticismo. 1917 Triunfo de la Revolución de Octubre. 1918 Atentado contra su vida. 1919 Congreso fundacional de la III Internacional. 1922 Proclama La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. 1924 Muere en Gorki.

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CAPITULO III LOS PROYECTOS DE ORGANIZACION OBRERA

ARGENTINA Y UN PROYECTO NACIONAL Mientras las ideologías y los sucesos que desarrollarían al movimiento obrero en el mundo se propagaban por toda Europa, nuestro país se hallaba iniciando un proceso muy particular. A mediados del siglo XIX, una vez consolidada la Independencia Nacional, se imponía como necesidad la fijación de un objetivo para la naciente República, del mismo modo que urgía su estructuración institucional. Es decir, se hace evidente la necesidad de configurar un sistema que permitiera darle sentido a la Nación. Este análisis es, para nosotros, fundamental ya que algunos aspectos del modelo adoptado son de capital importancia para establecer los rumbos que adoptaría la Argentina al configurar su estructura social, política y —principalmente—, económica. La estructuración del modelo ha obedecido, más que a la coincidencia, a un complejo proceso, a través del cual las ambiciones y necesidades geopolíticas del imperialismo británico se vieron satisfechas a lo largo de los siglos. Bajo tal auspicio más el modelo alcanzado por los Estados Unidos, una generación conocida en ciertos círculos como "esclarecida", analizó la situación o, más bien, el conjunto de problemáticas que, tanto en Argentina como en toda América latina, impedían la instauración de un orden de democracia liberal integrada al más amplio esquema de división internacional del trabajo que Gran Bretaña había logrado imponer exitosamente. La vigencia ideológica de este esquema, en el caso de nuestro país, tiene su raíz en los comienzos del siglo XIX, casi simultáneo con el proceso que llevará a la Independencia Nacional, cuando la decadencia del Imperio Español permitió el crecimiento de su reemplazante: el imperialismo británico. Dicho en otras palabras, nuestra organización nacional es simultánea con la conformación de un nuevo orden internacional por medio del cual, una ideología naciente —el liberalismo—, dejaría los límites nacionales de donde había emergido para trasladar su predominio al ámbito internacional. Poco a poco, merced a la eficiente acción de grupos perfectamente consustanciados con el modelo que derivaba del sistema ya conocido como capitalista, la visión del hombre y de la sociedad nacional, gestadas en el período hispánico y colonial, comienza a desfigurarse mientras que, por variados medios, se producía la penetración ideológica de los principales valores del demoliberalismo. La historiografía del liberalismo procede a negar estos orígenes hispanos. "El país comienza en 1810. Desligar a estos pueblos de su largo pasado, ha sido una de las graves desfiguraciones

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históricas de la oligarquía... que se aquilató en el poder en 1853…. dirá Hernández Arregui al preguntarse por el "ser nacional". El menosprecio hacia España arranca de los siglos XVII y XVIII como parte de la política nacional de Inglaterra. Es evidente que las contiendas religiosas del siglo XVIII entre España católica e Inglaterra disidente, enmascaraban la lucha que sordamente libraban por el poder mundial hasta entonces empuñado por España y, además, es evidente que tal lucha se prolongó hasta llegar a América latina. La generación "esclarecida" es anticlerical en su totalidad. Quedan así enterrados y olvidados los ideales políticos sociales y económicos gestados en torno al régimen de las Misiones Jesuíticas y los Cabildos que, en su faz más evolucionada pueden identificarse con una idea de la nacionalidad estructurada en torno a la gravitación de un caudillo, de un "jefe" natural, que cimentaba las bases de un Estado de origen nacional y federal de proyecciones heroicas. A partir de la batalla de Caseros, donde los vencedores, apoyados por las tropas brasileñas y uruguayas y financiados por los dineros británicos, se produce la consolidación de una estructura de poder acorde con los objetivos de los partidarios del demoliberalismo capitalista que, en una rápida visión pueden sintetizarse, filosóficamente, en la idea de un hombre político universal para el cual se creó el modelo político —también universal— perfecto, capaz de asegurar el desarrollo espontáneo, indefinido y eterno similar al que se vivió en Gran Bretaña durante el industrialismo. Bastante parece haberle costado al vencedor de Caseros —Urquiza— frenar los impulsos de estos sectores. Una proclama del 21 de febrero de 1852 decía textualmente que "hoy asoman la cabeza y, después de tantos desengaños, de tanta sangre, se empeñan en hacerse acreedores al renombre odioso de salvajes unitarios, y con inaudita impavidez reclaman la herencia de una revolución que no les pertenece, de una patria cuyo sosiego perturbaron, cuya independencia comprometieron y cuya libertad sacrificaron con su ambición". Pero, tales grupos de "esclarecidos" cuyo más conspicuo miembro fue Sarmiento quien, vistiendo un uniforme del ejército francés, se opuso a Urquiza y marchó a Chile a seguir despotricando contra la "barbarie" federal como si nada hubiera pasado, no tardaron en imponerse. Poco a poco, se va imponiendo una prolija "copia" de los principios, fundamentos y estructuras que vieron la luz en el siglo XVIII europeo con la Revolución Francesa en lo político y, la Revolución Industrial británica en lo concerniente al plano económico-social. Las ideas de Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Adam Smith, Locke, Kant, Hume y Diderot, como los más representativos, fueron la fuente principal que alimentó a nuestros teóricos de la llamada "organización nacional". Bien lo señaló Raúl Scalabrini Ortiz cuando apuntó que "sin contenido vital, las palabras que en Europa determinaban una realidad, en América fueron una entelequia, cuando no una traición. El conocimiento preciso de la realidad fue suplantado por cuerpos de doctrina, parcialmente sabidos que no habían nacido en nuestro suelo y dentro de los cuales nuestro medio no calzaba ni por aptitudes, ni por posibilidades ni por voluntad". Fue así como se adoptaron los principios de la "primera hora" de la burguesía europea, esgrimidos cuando ésta no estaba aún en el poder y necesitaba controlar y reducir el ostentado por la monarquía. La aceptación explícita de los principios de libertad, igualdad y propiedad pasaron a conformar el requisito fundamental de adhesión al pensamiento político del momento. Esto era, al decir de Sarmiento, el sustento vital de la civilización. Lo demás: simplemente la "barbarie". Alberdi en su libro "La Barbarie Histórica de Sarmiento" criticó duramente a su contemporáneo. Dijo de él que, el autor del "Facundo", "se equivoca en cada palabra sobre este último punto capital". ¿Qué idea tiene de la civilización este autor de Civilización y Barbarie?

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La civilización, para él, está sólo en las ciudades, porque, según él, consiste en el traje, en las maneras, en el tono, en los modales, en los libros, en las escuelas, en los juzgados. . . Lo curioso es que, según él, representa la barbarie, lo que cabalmente representa la civilización que es la riqueza producida por las campañas; y ve la civilización en las ciudades, en que por siglos, estuvieron prohibidas y excluidas las artes, la industria, las ciencias, las luces, y los derechos más elementales del hombre libre". Sin embargo, la crítica de Alberdi llega lo suficientemente tarde pues en Caseros terminó la verdadera revolución social, nacional y popular erigida en torno a la persona de Juan Manuel de Rosas, representante legítimo del federalismo nacional. El mismo Mitre, quien estaba obnubilado por su porteñismo unitario reconoce la importancia de lo que se producía antes de Urquiza. Dice Mitre:

"Compelidas o apasionadas las masas campesinas, siguen el movimiento revolucionario, interpretándolo, aplicándolo a su manera, y hacen brotar otra revolución social del seno mismo de la revolución política, cada cual con su objetivo y persiguiendo cada una de ellas su ideal, que procura hacer prevalecer por medios análogos a sus fines, en que interviene la acción recíproca de las fuerzas vitales y de las pasiones encendidas, aunque visiblemente un principio superior domine su antagonismo. Estas dos revoluciones gemelas confundidas algunas veces por su dualismo, divididas otras, 'combinan sus fuerzas, se neutralizan, se chocan y concurren unidas a la disolución de la sociedad vieja". Thiers, enemigo natural de Rosas, autor del bloqueo al Río de la Plata, decía por aquél entonces a la Cámara Francesa: "¿Sabéis cuál es el poder de Rosas? Es un bárbaro pero es un hombre hábil que espera aumentar sus dominios apoderándose de Montevideo y del Brasil. ¿Sabéis cuál es la situación del Brasil? hay allí también una población europea y una población americana... aquélla está con nosotros, y ésta con Rosas. Brasil tiene que temer la rebelión de más de cuatro millones de esclavos; tiene que temer. .. en fin... ¿para qué voy a decíroslo? Y la parte europea que es la que gobierna, no tiene contra todas las malas voluntades que la cercan, otro apoyo que Francia...".(1)

(1) Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas, n° 118, pág. 22.

Los diputados socialistas franceses se oponen al bloqueo y, la Gaceta Mercantil, reproduce en 1850 sus palabras cuando señala "no olvidemos que la guerra de los gauchos del Plata contra los unitarios del Uruguay, representa en el fondo la lucha del trabajo indígena contra el capital y el monopolio extranjero, y que de este modo encierra para los federales una doble cuestión: de nacionalidad y de socialismo".

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La Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas, sostiene que "la Confederación Argentina de Rosas con su sufragio universal, igualdad de clase, fuerte nacionalismo y equitativa distribución de la riqueza, será tenida como una verdadera y sólida república socialista —en su sentido "social" muy diferente de la utilización posterior que el marxismo le dará— adelantada al tiempo y nacida lejos de Europa” Hay que reconocer que, lamentablemente, en Caseros no sólo se cortó una forma de desarrollo nacional independiente de los polos de poder que hegemonizaban el mundo. También desaparece el pueblo de la escena histórica y se agota una etapa de la revolución popular que las primitivas montoneras federales y el rosismo representaban. Poco a poco se termina de imponer un esquema de revolución "a la europea" es decir, unitaria, centralista, aristocrática, ajena al apoyo político y económico de las masas, moviéndose dentro de un nacionalismo "formal", de tipo liberal y extranjerizante, encasillado en el progreso cultural y técnico, en tanto se abandonaban las viejas y tradicionales formas de organización criollas.

El concepto de la igualdad, que actualmente corona nuestros cuerpos legales más importantes, nació en realidad para despojar al poder político de sus vestiduras teocráticas y monárquicas antes de la instauración del sistema demoliberal capitalista. La "igualdad" en principio fue levantada como bandera de lucha contra las prerrogativas de sangre de los nobles europeos.

Va ganando terreno una idea de libertad ligada al concepto de limitación al máximo del poder del Estado, que suponía que cuanto menos poderío detentara la autoridad mayor sería el grado de libertad de los ciudadanos. Ella fue impuesta, según lo demostró el Dr. José María Rosa en su extensa obra, por medio de la violencia apoyada en la "parte principal y más sana" de la población que hizo lo posible para retener el poder político, primero dictando constituciones unitarias, después con el control policial de los comicios y luego, por el fraude electoral que impidió, por muchos años, la irrupción del pueblo en el poder. Se provocó un conflicto artificial entre los conceptos de libertad y de autoridad dándose primacía a la primera, quizás debido a que la autoridad en su más profundo sentido político está íntimamente ligada con el tema de la legitimidad y, como hemos visto, éste lo está, con la figura popular de Rosas. El resultado inmediato de la instauración de este principio en la práctica fue la creación del Estado Liberal como sistema de gobierno, que llevó al sometimiento del hombre a los factores económicos, que desató la lucha individualista por la acumulación de las riquezas ya convertida en la única fuente real de poder pese a que, según los teóricos del demoliberalismo, la verdadera libertad estaba asegurada por el "saber" y la "razón". El racionalismo cartesiano entra en contradicción con los hechos producidos, de este planteo al voto "calificado" hay un solo paso. El concepto de la igualdad, que actualmente corona nuestros cuerpos legales más importantes, nació en realidad para despojar al poder político de sus vestiduras teocráticas y monárquicas antes de la instauración del sistema demoliberal capitalista. La "igualdad" en principio fue levantada como bandera de lucha contra las prerrogativas de sangre de los nobles europeos. En Argentina, esta idea implicó el hecho de "dejar en igualdad de condiciones" a los individuos para que éstos compitan "libremente" en su carrera en pos de la "felicidad". De esta forma, se traslada la desigualdad de cuna al plano de los poderes materiales, basado en el predominio de los que poseen sobre los que no poseen. La igualdad social se limitó, desde un comienzo y según las palabras del propio Rivadavia a la existencia de los poseedores y los sirvientes, más bien podemos decir que se identifica claramente con la idea de "poseedores y poseídos". Los hombres de nuestra oligarquía porteña absorben en su totalidad las falacias del demoliberalismo, aún en sus contradicciones más tremendas Del teórico de la Revolución Industrial, Locke toma la decisión de luchar por la idea de libertad —homologable a la de "civilización"— que llevaría a la cúspide el poderío británico y que, nuestros dirigentes más conspicuos, entenderían combatiendo, en aras de esa "civilización" extranjera, todo atisbo de "barbarie" criolla. Además de ello, toma la idea puritana de que la "propiedad es naturalmente bienhechora" siendo el hombre "industrioso y razonable" el único origen de las cosas buenas que liquida el

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catolicismo heredado de España merced al cual el hombre valía por su ser y no por su tener; se consigue establecer una ligazón casi indestructible entre la "felicidad" humana y la propiedad, razón por la cual, la "sociedad civil" constituye una garantía de la propiedad que han estructurado los hombres al sustraerse del "estado de naturaleza" de que nos hablaba Rousseau. Según la teoría de Locke, la "sociedad civil" es un concepto equivalente a "gobierno" o poder político. Nuestra oligarquía ve, entonces, la posibilidad de que el ejercicio de ese poder se transforme en un privilegio exclusivo de los propietarios. Ésto explica, claramente, el proceso de apropiación de las tierras y el expansionismo territorial realizado durante las campañas al desierto del General Roca y las programadas por la "generación esclarecida", y que había comenzado mucho antes con la Ley de Enfiteusis de Rivadavia. Oddone, en su trabajo sobre "La burguesía terrateniente argentina", ha demostrado que no fue Rosas el gran propiciador de las repartijas de tierras a los terratenientes sino, fundamentalmente, Rivadavia. Señala, entre otras cosas, que fueron sólo 538 los favorecidos por la enfiteusis que recibieron alrededor de 8.656.000 hectáreas de tierras en las mejores zonas de la Provincia de Buenos Aires y, además, que la mayoría de ellos en un "involuntario olvido" no pagaron el canon que la ley establecía. Las tierras conquistadas a los indios en el final de la década de 1870 sumaron casi 60 millones de hectáreas. Entre 1876 y 1903 el gobierno entregó 41 millones de hectáreas a sólo 1.843 personas. Para financiar la operación militar se abrió una suscripción de ganaderos y comerciantes de Buenos Aires. Un empréstito patriótico pagadero en tierras que serían incorporadas por la campaña de Roca. Quienes contribuyeron con el empréstito patriótico llegado el momento de hacer sus reclamaciones pidieron sin ruborizarse. Sólo veremos unos pocos ejemplos para demostrar lo afirmado. Martínez de Hoz solicitó 2.500.000 de hectáreas, Unzué 500.000, Hueyo 250 mil has., en cambio Roca, gestor de la campaña al desierto apenas si recibió 55.000 hectáreas. Coherentemente con la filosofía política analizada, la propiedad rural se convirtió en la principal fuente de poder, siempre relacionado con un sistema internacional de dependencia sobre el que se asentó todo el modelo. Así, la producción de bienes para Gran Bretaña hace de Argentina un socio menor del imperio dominante y el poder político recibe una raíz esencialmente agraria. La "Sociedad Rural" fue entonces el foco más importante de poder del país y "La Prensa" su órgano doctrinario más importante. De Rousseau se toma la idea de un hombre "bueno por naturaleza" que realiza un "pacto" para construir la sociedad. Ésto conllevó a la exaltación de la dimensión individual del hombre, considerándolo como una especie de "dios" autónomo, que todo lo espera de sí mismo, sin más acicate que su interés personal, sin ningún sentimiento de solidaridad hacia la comunidad. Finalmente, se llegará a la deshumanización en favor de una idea del poder que transformó al ser humano en el "dominador-dominado" de los demás, siempre insatisfecho y permanentemente frustrado. De Montesquieu se tomaron las ideas de autocontrol del poder político a través de funciones independientes. Un poder que funciona tanto mejor cuanto más fraccionado esté. El resultado fue la dispersión del poder, su debilitamiento y lentitud en la toma de las decisiones. El poder político se redujo no a la tarea de conducción política de la Nación sino, a una función meramente administrativa; asimismo, se tomó la idea de que existe una suerte de "ley natural" dentro del Estado liberal así concebido que hace que todo se mantenga en armonía, funcionando automáticamente, de modo que el hombre no debía actuar ni participar. De Hobbes adopta, sin embargo, su concepto de indivisibilidad del poder que sostiene que éste existe en tanto que es absoluto, no puede ser dividido puesto que, al hacerlo, se autodestruye

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ya que la tendencia de las partes está referida, precisamente, a un combate mutuo para lograr una primacía. Este principio ideológico, introducido en nuestra realidad política se tradujo en un unitarismo funcional que, si bien no logró imponerse en los textos institucionales, lo hizo en la práctica cotidiana. En síntesis, mientras que en Europa comenzaban, no solamente el desarrollo de nuevas ideologías junto a las fuerzas sociales y políticas nacientes, sino más acertadamente la disputa en medio de cruentas luchas sociales que hemos analizado detenidamente en capítulos anteriores, en Argentina se implantaba un modelo de desarrollo político, social y económico que excluía a las masas nacionales institucionalizando estructuras de poder generadas en situaciones políticas no sólo diferentes, sino también, antagónicas a las que impulsaron nuestro nacimiento como sociedad nacional. El triunfo de esta ideología liberal significaba dos cosas bien distintas en el siglo XIX según se trate de la nación hegemónica y central o de su periferia sometida. Para la primera, el conjunto representó la promoción de un agresivo nacionalismo para asegurar una sólida expansión colonial. En las segundas, configura una relación de poder que, en su concepción misma, significa un poderoso vínculo con la potencia dominante que asegura la preeminencia de la dominación colonial justificada mediante las premisas ideológicas liberales. Las constantes crisis que comenzaron mucho antes, fueron analizadas por San Martín en una memorable carta de casi veinte años antes cuando señaló con claridad meridiana que "las agitaciones en diecinueve años de ensayo en busca de una libertad que no ha existido, y más que todo, las difíciles circunstancias en que se halla nuestro país hace clamar a lo general de los hombres (que ven sus fortunas al borde del precipicio y su futura suerte cubierta de incertidumbre), no por un cambio en los principios que nos rigen (y que en mi opinión es donde está el verdadero mal) sino por un gobierno vigoroso; en una palabra, militar, porque el que se ahoga no repara en lo que se agarra". Y, también Alberdi lo había anunciado con mayor claridad aún cuando exclama con vehemencia: "En nuestra América del Sud, el liberalismo de principios, es charlatanismo político... Es la barbarie, la ignorancia, la retrogradación, porque pretende hacer imposible el gobierno, debilitándolo, hasta hacerle dejar de ser gobierno... Según él, todo lo que se le quita al gobierno es para la libertad; de modo que ésta es tanto mayor cuando el gobierno es más débil. Extenuado, deja de ser gobierno, y el, reinado de la anarquía es la consecuencia... La civilización de este continente, casi primitivo, no tiene mayores enemigos que los dichos liberales". Sin embargo, la protesta de Alberdi se producía frente a un hecho consumado. El liberalismo capitalista ya había logrado imponer su estructura política, el Estado Liberal, mediante un "trasplante" de resultados. Pero ello, a pesar de todo, no se produjo en forma automática. Hubo que trasladar el resto de las estructuras originadas en esta concepción del hombre y de la sociedad. Tanto en lo político donde, como hemos visto se consolidó una determinada forma de Estado, como en lo económico la libertad y el librecambio, como en lo social la división de Sarmiento en "vecinos honrados y sirvientes". Como la "idea" de una estructura no transforma de por sí la realidad, junto a ella, se debieron implantar, además, las mínimas nociones de constitución de los grupos de poder. Para manejar el Estado se preparó una minoría de "doctores", descendientes de la oligarquía vacuna que detentara el poder por todo este período y casi exclusivamente hasta 1916. La división de la sociedad fue tajante. Por una parte, la burguesía comercial, dedicada al tráfico de cueros, de armas, de negros, etc., en permanente contacto con Inglaterra. Los ganaderos que se oponen al modelo, apoyados por los indígenas y los clérigos pues buscaban un capitalismo más autónomo. Por otra parte podemos contabilizar los miembros del recientemente creado Ejército Nacional, constituido en base a los gauchos que se incorporaron a la milicia por la amenaza de la miseria que padecían y las persecuciones de que los hacían objeto las leyes de "vagos y

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La inserción del país en el mercado mundial a partir de la estructura monoexportadora de materias primas agropecuarias, llevó a una clase minoritaria,a apropiarse de las tierras y, con ello, los inmigrantes se vieron marginados del acceso a la tierra , obligándoselos, por imperio de las circunstancias, a dedicarse a actividades terciarias juntamente con los restos del gauchaje matrero. La excepción se produjo sólo en Santa Fe Entre Ríos y la

malentretenidos". La misión de la fuerza armada, en un comienzo, fue ampliar y proteger el eje privilegiado por el modelo: la Pampa húmeda y aledaños. El clero, que actuando en forma coherente con la restauración del absolutismo europeo, se oponía férreamente al liberalismo protestante y; por último, el pueblo, casi completamente desposeído, que va conformando el naciente proletariado argentino. La unidad nacional fue, por consiguiente, un módulo artificioso, un subproducto del proceso colonizador que culminó atando el país al esquema de división internacional del trabajo. De esta forma, la burguesía comercial porteña y los grupos elitistas ilustrados antes que ubicarse en relación al Estado, prefieren cerrarse en torno a la potencia colonizadora. Esta posición está orientada hacia una finalidad esencial dentro del esquema: la libertad económica. En este campo se visualizó la necesidad de lograr un desarrollo capitalista, sin el cual el modelo quedaría transformado en una ilusión. Bajo la sombra de la dependencia económica se elaboraría y edificaría la estructura económica de nuestro país. Esta dependencia trajo consigo capitales, ferrocarriles, vapores, máquinas agrícolas, armas, carbón de piedra y hasta pupitres para las escuelas. Todo lo que se utilizaba provenía de Europa; el país cambió sus hábitos para ofrecer a los extranjeros condiciones semejantes a las de Europa. A la persecución del indígena, rebelde a toda forma de explotación racional, siguió la destrucción del gaucho, falto de todo apego a la técnica europea y, con la finalidad de apurar la ejecución del proyecto, se desató una cruenta guerra civil cuando el indio y el gaucho acudieron al malón y a la montonera en defensa de los viejos sistemas a los que estaban acostumbrados. Inglaterra, por su parte, se valió muy bien de sus aliados vernáculos para establecer, en nombre de la libertad, una serie de restricciones a la participación popular, verdaderos horrores para la verdadera democracia. Junto a todos los bienes materiales, se trajo también, la fuerza de trabajo que, para el desarrollo del modelo resultaba esencial como lo expresó Alberdi, quien señaló que la necesidad de población era evidente pues en torno a ella "se realizan y desenvuelven todos los fenómenos de la economía social". En otra parte de su trabajo señala sin equivocarse que se trata del "principal instrumento de la producción". Por su parte, Sarmiento fue partidario de la inmigración europea, preferentemente del Norte, a quienes consideraba más laboriosa e instruida. La concepción de Sarmiento linda, realmente, con el racismo. Sostuvo, además que en el año 1950 Argentina debía tener unos cien millones de habitantes. La inserción del país en el mercado mundial a partir de la estructura monoexportadora de materias primas agropecuarias, llevó a una clase minoritaria, a través del proceso ya analizado, a apropiarse de las tierras y, con ello, los inmigrantes se vieron marginados del acceso a la tierra (no les fueron entregados ni los créditos prometidos en los planes de gobierno), obligándoselos, por imperio de las circunstancias, a dedicarse a actividades terciarias juntamente con los restos del gauchaje matrero. La excepción se produjo sólo en Santa Fe Entre Ríos y la Patagonia donde sí existieron "colonias" agrícolas y ganaderas.

"La verdad es que la entrega de la tierra a los particulares a precios irrisorios y por lo común en pago de servicios no siempre plausibles, hacía que no quedara en la provincia superficie alguna en manos del gobierno en la cual intentar un cabal sistema de colonización. La mayor parte de los comentaristas que se han

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referido al régimen adoptado en el país para el reparto de la tierra aluden a la colonización sin distinción; expresan el número de colonias, las superficies destinadas a las labores agrícolas, etc., pero evitan definirla. Conviene no caer en el equívoco. Las colonias no se forman con la venta de una fracción lograda a un precio determinado, muy bajo si el vendedor es el Gobierno y el comprador una persona influyente; fraccionada luego en un cierto número de lotes cuya venta o arrendamientos realiza a solicitantes que provienen de todos los sectores del país que no tienen entre sí vinculación alguna, que muchos de ellos pueden hasta no ser agricultores y cuya idiosincrasia y métodos de trabajo difieren por lo general de manera absoluta. Esta operación es simplemente un negocio: de gran rendimiento, si acaso, pero un negocio".(2) "Cuando ya en el período de la organización nacional se produce la gran inmigración, la mayor parte de la tierra fértil tenía ya dueños, unos pocos dueños que no querían desprenderse de una sola hectárea. De los 10 ó 12 millones de inmigrantes que llegan al país entre 1854 y 1954, la mitad debe retornar a su país de origen o se marcha a comarcas más acogedoras. De los que quedaron, la inmensa mayoría permaneció en centros urbanos, dedicados a diversos servicios, artesanías, pequeños comercios, empleos y, después de la primera guerra, obreros en las nacientes industrias. Apenas unos 200 mil se integraron en colonias agrícolas, fueron verdaderos colonos, en el sentido de labriego, poblador". (3) (2) Ricardo M. Ortiz, "Historia Económica Argentina", Ed. Plus Ultra, pág. 216. (3) R. Basilio: “Argentina, año 2000; ¿un país semidesierto?”

Aldo Ferrer en su trabajo sobre la "Economía Argentina" nos señala que "entre los censos de 1869 y 1914, la población de las provincias del Interior pasó de 889.000 a 2.470.000, ésto es que la tasa de crecimiento de ambos fue de 2,3 % anual. Por otra parte, la población del Litoral ascendió de 847.000 habitantes en 1869, a 5.416.000 en 1914, o sea una tasa anual del 4,3 % anual". La zona Este ha acumulado, en este período el 71,5 % de los aumentos registrados de la población total del país. La conclusión de este conjunto de valores relativos de las cifras absolutas de donde ellos provienen, es que derivan de dos causas que, en definitiva, pueden reducirse a una: la calidad del proceso económico es la que orienta la entrada de los inmigrantes al país. El dinamismo de la región central y la complementariedad de ésta con algunas economías regionales, llevo a instrumentar el "sistema de pueblos" que tenía por objeto prestar todos los servicios destinados a abastecer todos los requerimientos del área productiva. Muchos de estos servicios —importados directamente de Europa— permitieron a Buenos Aires obtener una gran ventaja que, más adelante, se traducirían en su prevalencia política, económica y militar. La inmigración, traída para lograr el desarrollo pleno del proyecto a través de la colonización que diera auge a las exportaciones agropecuarias, choca de este modo con el régimen latifundista

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ya fuertemente consolidado y, consecuentemente, fue llevada a integrar las capas marginales de gran pauperización que se fueron concentrando en las ciudades. La aglomeración poblacional creciente en la zona urbana más desarrollada y la constante valorización del terreno ciudadano elevaron el costo de la construcción y, consecuentemente, de los alquileres y, además, los subarrendamientos en bloques o casas de inquilinato hicieron su célebremente triste aparición en la vida del país. La intermediación fue creciendo y en vez de uno o dos fueron varios los intermediarios que sacaban partido del problema habitacional que se iba gestando. El alquiler se convirtió en el principal gasto del nuevo proletariado, por ejemplo, comparando los salarios de los principales rubros con el precio del alquiler, obtenemos la siguiente conclusión: un albañil, carpintero u oficial maquinista ganaba alrededor de dos pesos por día, es decir, un promedio de cincuenta pesos mensuales —si descansaba el domingo— o sesenta —si no descansaba— y un alquiler en los llamados "conventillos" costaba alrededor de veinte pesos mensuales. Para colmo, una gran desocupación fue asomando, pues los inmigrantes campesinos, estancados en las ciudades, no contaban con la existencia de industria desarrollada que les diera trabajo. Pronto el modelo triunfalista, la Argentina pujante, el orgullo de estar entre las primeras naciones del mundo, fue mostrando las profundas fisuras políticas, sociales y económicas que se hallaban en su misma raíz. En lo político, la división del Partido Liberal, fundado por quienes se autodeterminaban contrarios al rosismo popular, terminó con la unidad doctrinaria del modelo adoptado. La crisis comienza a producirse casi sin solución de continuidad hasta 1916. A la tumultuosa presidencia de Sarmiento le sucede la elección de Avellaneda que produce levantamientos revolucionarios debido a la tradición de ilegitimidad, fraude y proscripciones con que se había alzado con el poder. El interior no acepta la derrota de los revolucionarios que se alzaron y se producen nuevos y más violentos levantamientos. La presidencia de Julio A. Roca cae en el despilfarro administrativo, y la incorporación definitiva de las normas liberales con sus consecuencias más clásicas e importantes: creciente déficit presupuestario, desequilibrio cada vez más desfavorable de la balanza externa y el endeudamiento creciente con el exterior alcanzados mediante conocidos y lamentables empréstitos. Roca fue sucedido por su cuñado, Juárez Celman, que mediante el alejamiento de que fue víctima, el "cerco" que en torno a él se fue formando no sin habilidad, sirvió para "purgar" según algunos autores— los atropellos de sus antecesores liberales y se vio obligado a manejarse con lo que se conoció más tarde como unicato o gobierno unipersonal frecuentemente aplaudido por la obsecuencia imitada por toda la joven generación liberal que unánimemente lo proclamó jefe exclusivo de la política nacional. Según Fernando L. Sabsay y Adolfo Casablanca en su obra sobre "La Sociedad Argentina", el gobierno de Juárez se puede caracterizar como un ente "repartiendo a manos llenas con créditos bancarios desmedidos, contratando empréstitos que se volcaban en lujos inútiles entre sus adeptos, que parecían ser la unanimidad de la clase dirigente, aumentando su clientela política con nombramientos y prebendas, Juárez estaba en el mejor de los mundos, halagado en su vanidad y sintiéndose dueño del destino del país". La crisis administrativa y los consabidos resultados de la economía liberal aplicada en extremo pronto se vieron concretados en la realidad: aumentó el circulante y la política de emisionismo se puso a la orden del día que, al no hallar actividades productivas en las que canalizarse como inversión, fue a parar al ámbito de la especulación acelerando el proceso inflacionario que ya se comenzaba a vivir. "Todos los bienes, mobiliarios e inmobiliarios, adquirieron un valor ficticio y fueron garantía inexistente de préstamos bancarias otorgados liberal e inmoderadamente; en la Bolsa, se arriesgaban sumas fabulosas, jugando a diferencias, sin que hubiera una riqueza que les diera asidero real; la pasión del juego, del afán de adquirir fortunas fáciles de la noche a la mañana, se extendió mucho más allá de la Bolsa e hipódromos, casinos y garitos clandestinos,

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mesas de póker en los clubs, en los frontones, en las cuadreras y en los reñideros, las apuestas alcanzaron cifras fabulosas; los ganadores encontraban en su suerte acicate para aumentar su caudal, los perdedores comprometían su futuro en créditos para arriesgarse nuevamente en la ilusión de un desquite; parecía que el dinero no se acababa nunca y que alcanzaría para todos. La realidad era que el papel circulante valía cada vez menos, que los bancos acababan sus reservas, que el erario público estaba exhausto y no podía cumplir sus compromisos internos ni externos: en una palabra, que el país marchaba hacia una crisis hasta entonces sin precedentes.

Entre 1866 y 1890 la deuda pública aumentó de 117 millones a 351, sin contar 35 millones más de deuda flotante en oro. De estos totales 260 millones correspondían a la deuda externa. A principios de 1889 el oro se cotizaba a 144; a fines del mismo año llegó a 240 y, en este último año, lo abonado al exterior superó lo ingresado en concepto de préstamos; es decir que el ruinoso sistema de contraer deudas para pagar deudas ni siquiera alcanzaba para satisfacer las necesidades de un período anual; la imposibilidad evidente de cumplir los compromisos provocó la suspensión del crédito; era la bancarrota. El oro comenzó una escalada catastrófica; el globo de la Bolsa se desinfló; los valores cayeron a sus justos límites, es decir, pequeños o nulos; las quiebras proliferaron; particulares y entes estatales cayeron en cesación de pagos; los precios de los artículos de consumo se elevaron en la misma proporción que bajaba el papel; comenzaron a producirse huelgas entre los asalariados, los más castigados de este proceso, y el descontento y el desconcierto fue general; del optimismo ilimitado e insensato de los últimos años de la década del 80 se pasó, al concluir ésta, a una realidad lamentable: el país estaba fundido y endeudado. Como suele ocurrir, no se hizo una crítica racional del sistema que había llevado a tales resultados, ni se midió la responsabilidad que podía tocarle a cada uno de ellos, sino que se buscó un responsable, y ¿quién mejor para desempeñar el papel de "chivo emisario" que el Gobierno nacional encarnado en el único, en el propio Presidente de la República? Juárez Celman fue en esto también el único, y afrontó la crisis como responsable exclusivo". (4 ) (4) F. L. Sabsay y A. Casablanca, op. cit., pág. 198.

Se produce entonces, la Revolución del 26 de Julio de 1890 que, aunque derrotada, señala el pasaje de una sociedad plenamente dominada por una oligarquía vernácula a otra en que las masas populares habrán de exigir su cuota de participación en el problema común. La política liberal había tenido, realmente, un desenlace catastrófico. Hacía demasiada falta otorgar participación a una nueva generación de argentinos realistas carente de antecedentes políticos, para nada "esclarecido" en el término liberal, hijos de los inmigrantes y, además, los argentinos

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marginados en Caseros y, más tarde, en Pavón que fueron considerados como una escoria nacional por no pertenecer ni adherir a la oligarquía dominante que detentaba el poder completamente al margen de toda voluntad popular. Sabsay juzga sin equivocarse al noventa como "lanal del Trabajo, pero, como todas las "oficinas" que vieron la luz en aquel entonces, tenía por objetivo ubicar a los inmigrantes y obligarlos a cumplir los contratos que habían contraído con sus empleadores. Como bien lo señala Rotondaro, las ideas rectoras de los codificadores de nuestro derecho privado "no contemplaron el trabajo de una sociedad industrial", pues habían dado por supuesto que la producción manufacturera vendría siempre de Europa, pensaban en el mismo país pastoril en que piensan los sectores más ultraconservadores de la oligarquía actual, que, por desgracia, aún no ha perdido su vigencia. Los abusos se multiplicaron por millares y el Estado —aún suponiendo que los dirigentes de aquel entonces tuvieran la buena voluntad que los hechos desmienten— no contaba con recursos para ubicar y castigar a los abusadores. Las verdaderas condiciones laborales pueden esquematizarse con cierta facilidad. La jornada de trabajo se extendía más allá de las 12 horas diarias y, llegaba, según los casos, hasta 18 horas debido a que el pago se efectuaba "por hora” y, debido a lo reducido de la retribución, la subsistencia exigía la extensión del horario laboral, del cual no se computaban "las horas dedicadas a la reparación o limpieza de las maquinarias del taller". El contrato se realizaba por la duración de un mes de modo que la estabilidad laboral era sumamente precaria en momentos de gran desocupación como los que se vivían. Una editorial del periódico "El Obrero" del 16 de enero de 1891, por ejemplo, se refería muy dolorosamente acerca de los trabajadores que, por el azar del destino, se veían desprovistos de su trabajo. Los índices de delincuencia y, hasta los suicidios, no son del todo exactos por lo precario de las estadísticas de salud que llevaban en aquél entonces algunos privadamente pero hay gran elocuencia en los hechos relatados en la correspondencia de los inmigrantes. Allí se habla con mucha frecuencia de suicidio y "perdición" por causa de no hallar empleo. Antes de quedar fijo en un empleo, el trabajador debía pasar por un período "de prueba" que a veces era muy extenso —hasta seis meses— durante el cual se lo consideraba como en aprendizaje de modo que no cobraban salario alguno. Este abuso está, indudablemente, fundado en la gran necesidad del trabajador y en su temor por el desempleo. Además de ello, existían "agencias de colocaciones" para traficar con quienes no lograban ocuparse laboralmente. La actividad de estas "agencias" cuyos dueños eran, en muchos casos los miembros más conspicuos de la oligarquía dominante, fue denunciado —sin resultado oficial alguno— por el Departamento Nacional del Trabajo como "tráfico de cadetes". Estas empresas actuaban de la siguiente manera: primero le cobraban para buscar trabajo al desocupado, generalmente hambriento, alrededor del precio de una semana de trabaje y luego, cuando conseguían un empleo, debía dejar una seña igual al precio ya dado para retener la oportunidad antes que sea ofrecida a otros desocupados y, finalmente, mientras durase la relación laboral, cobraban una parte importante del salario del obrero u empleado. El descanso se extendía por espacio de diez minutos diarios no existiendo, en muchos casos, descanso en el día domingo. En caso de accidentes en el trabajo, no reciben indemnización alguna y, con frecuencia, pérdida del empleo. El trabajador vivía en condiciones verdaderamente precarias pues solían dormir en sótanos húmedos, sin ventilación de ninguna clase, sin colchones y con lonas sucias, sin agua para lavarse ni bañarse. El trabajo de los menores era exactamente igual al de los adultos, peor remunerados y frecuentemente maltratados. Las mujeres, por su parte, trabajaban en peores condiciones que los hombres pero con una remuneración menor aún. De los reglamentos de algunas fábricas y establecimientos podemos extractar algunas notas que, consideramos, son fundamentales para comprender la situación laboral de un trabajador medio:

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Todo operario dejará como garantía de las herramientas que se le confíen, un depósito equivalente al importe de 20 horas de trabajo. Queda terminantemente prohibido leer en el horario de trabajo. Queda totalmente prohibido encender las luces por las noches en las habitaciones de los obreros para la prevención de posibles incendios. Queda prohibido fumar en la fábrica. Todo aquel que hiciere mal su trabajo, ya sea por error u otro defecto, deberá pagar los daños que ocasione. Quien hiciere trabajos ajenos a la empresa deberá pagar la multa fijada por la misma. Quien desobedeciera una orden promoverá escándalo por lo tanto, quedará automáticamente expulsado. Será expulsado quien dejara el trabajo sin concluir la labor encomendada por la empresa. Quien faltare dos días seguidos será expulsado.

Analizando alguna correspondencia recibida por "El Obrero", vale la pena reproducir algunos párrafos muy salientes de una descriptiva epístola enviada por un inmigrante denominado José Wanza al director de este periódico y publicada el 26 de septiembre de 1891. "Aquí estoy —dice— sin comunicación con nadie en el mundo. Se que las cartas que mandé a mis amigos no llegaron. Es probable que éstos, nuestros patrones, que nos explotan y nos tratan como esclavos, interceptan nuestra correspondencia para que nuestras quejas no lleguen a conocerse. Lo que aquí se sufre es indescriptible. Vine al país halagado por las grandes promesas que nos hicieron los agentes argentinos en Viena. Estos vendedores de almas humanas sin conciencia, hacían descripciones tan brillantes de la riqueza del país y del bienestar que esperaba aquí a los trabajadores, que a mí con otros amigos nos halagaron y nos vinimos. Todo había sido mentira y engaño". Luego de hacer una breve descripción del cuadro de desocupación hallado en Buenos Aires continúa la carta... "resolví irme a Tucumán… sentados y apretados como sardinas en caja… a cada uno nos habían dado en el Hotel de Inmigración un kilo de pan y una libra de carne para el viaje. . . Las noches eran insufribles y los pobres niños que iban sobre las faldas de sus madres sufrían mucho. Los carneros que iban en el vagón-jaula iban mucho mejor que nosotros, pedían y tenían más pasto de lo que querían comer…. llegamos al hotel y pudimos tirarnos en el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir a la puerta de calle. Estábamos presos, bien presos. A la tarde nos obligaron a subir en unos carros. Iban 24 inmigrantes en cada carro, apretados el uno contra el otro de un modo terrible y así nos llevaron hasta muy tarde en la noche a las Chacras. . . ¡El otro día al trabajo! Y así sigue esto desde hace tres meses. La manutención consiste en puchero y maíz, y no alcanza para apaciguar el hambre de un hombre que trabaja. La habitación tiene de techo la grande bóveda del firmamento con sus millares de astros, una hermosura espléndida. ¡Ah qué miseria! ¡Qué miseria! ¡Esto aquí es el infierno y la miseria negra! Y luego hay que temer el chucho, la fiebre intermitente de que cae mucha gente aquí...” Pero, por si alguno de nuestros lectores piensa que el trabajador hace una descripción tendenciosa, teñida de intereses partidarios o ideológicos, reproducimos algunas consideraciones de un informe publicado en el Boletín del Departamento Nacional del Trabajo, realizado por el doctor Federico Figueroa. "La jornada de trabajo —dice el informe— es realmente excesiva, así en las fábricas como en las faenas agrícolas, donde, si bien es verdad impera el sistema de destajo, de suerte que el jornalero trabaja el tiempo que quiere, dada la exigüidad de la remuneración que percibe, forzado se ve a realizar un esfuerzo sostenido de doce a trece horas diarias, en una región cálida y húmeda como

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pocas, a fin de ganar lo suficiente para subvenir a las necesidades más apremiantes de la vida. . . la salud del obrero se resiente pronto; trabaja sin descanso, su alma no es atraída por la fábrica en que labora, y, en consecuencia, desde luego deja de ser un factor eficiente de la producción. El descanso dominical tampoco se observa. . ." Y, así, podríamos dar pruebas innumerables de cuáles eran las condiciones de trabajo y de vida de un trabajador medio de aquel entonces. Mientras estas condiciones comenzaban a difundirse en todo el país, ya habían comenzado a conocerse las acciones de las primeras organizaciones como una forma de autodefenderse de tan cruenta realidad. Dadas las condiciones de vida precaria en que se desenvolvía la población trabajadora, las primeras manifestaciones orgánicas de defensa de la clase trabajadora argentina tienen por objeto prestar todo tipo de servicios asistenciales. Éstas son las sociedades de ayuda mutua o de socorros que se organiza en torno a la nacionalidad de los inmigrantes y, más adelante, en torno a los oficios y a la profesión. Este tipo de organización data desde 1854 en que puede verificarse la presencia de la llamada "Asociación Francesa" integrada por 22 inmigrantes de esa nacionalidad; al año siguiente la "Unión de Socorros Mutuos" y la "Sociedad San Crispín" integrada por miembros del gremio de zapateros en 1857, junto a la "Sociedad Tipográfica Bonaerense" de carácter mutual; la "Sociedad Catalana" que buscaba apoyarse en la carencia de un sistema sanitario. Entre 1857 y 1858 aparecen la "Sociedad Española", y "Unione e Benevolenza" y había aparecido el primer periódico de corte obrero denominado "El Proletario" cuyo objetivo fue "defender a los hombres de color" que trabajaban en condiciones infrahumanas. Entre 1869 y 1880 hacen su aparición "L'operario Italiano", destinado a los trabajadores de esa nacionalidad, "El Trabajador" y "El Descamisado" llamado también periódico rojo que aboga por la terminación de la explotación por vías pacíficas, similar, este planteo, al realizado por las corrientes del socialismo utópico; "El Petróleo" y "La Luz" haciendo una importante prédica de las ideas socialistas que se propagaban por toda Europa. La vigencia de estas sociedades de ayuda estuvo asegurada debido a la economía de subsistencia meramente pastoril en los planos domésticos y a lo incipiente de la difusión de regímenes sanitarios adecuados. Así, este tipo de sociedades fue encaminándose a los socorros en casos de enfermedad buscando subsanar algunas de las consecuencias más lamentables de un sistema de explotación del hombre por el hombre aunque estas sociedades no eran, por su composición, y acción, agrupaciones obreras. Las verdaderas organizaciones obreras serán, indudablemente, las "sociedades de resistencia" que se desarrollan y multiplican en todos los oficios á lo largo y ancho del país, abarcando todas las provincias y territorios nacionales. Estas se mantenían a duras penas y sus actividades incluían el dictado de conferencias, las reuniones sociales, y, a veces, la edición de algún boletín para difundir ideologías o, por lo menos, ideas sociales. Así, nace en 1877, la "Unión Tipográfica" que funcionaba en el local de "El Economista' 'en Alsina entre Bolívar y Defensa que elaboró, según lo refiere la historia de Marotta, el reglamento por el que se establecía una tarifa de trabajo y una clasificación profesional que fue el origen de la primera huelga del país que analizaremos en el Tomo III dedicado a los hechos del movimiento obrero. En 1881, se organizan las sociedades de resistencia de los panaderos, molineros y albañiles; al año siguiente, la "Unión de Oficiales Yeseros", en 1883, las sociedades de tapiceros, prácticos de río, mayorales y cocheros y la sociedad de obreros marmoleros. Dos años más tarde, en estrecha relación con lo sucedido en Europa, aparece en escena la "Internacional de Obreros Carpinteros, Ebanistas y Anexos" evidentemente imbuida de la ideología socialista y su actividad como fuerza política mundial que ya hemos analizado detenidamente en capítulos anteriores. Al año después, las disputas intestinas en el movimiento obrero mundial hacen su primera evidencia en Argentina: aparece la "Sociedad de Resistencia de los Obreros Panaderos" fundada

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con la participación de Erico Malatesta, conocido anarquista cuyas ideas analizaremos en otra parte, y, la "Sociedad General de Sombrereros". En 1887, se constituyó "La Fraternidad" como sociedad del personal de locomotoras.

"No podía pensarse —dice Rotondaro— en un sindicato nacional y menos en una estructura centralizada. Una excepción a esa regla fue el caso de La Fraternidad… la fundación de este gremio se debió a la acción proselitista de un miembro de la hermandad de maquinistas de Estados Unidos, quien estuvo en el país desde entonces. Había muchos maquinistas de habla inglesa y tanto es así que las primeras comunicaciones e incluso la impresión de los primeros estatutos se hizo en los dos idiomas… Se incluyó en ella a los foguistas… Los estatutos de la entidad se aprobaron el l9 de enero de 1889 estableciéndose que la organización era centralizada, con jurisdicción sobre todo el país. El trabajo local se hacía por medio de las comisiones representativas de las distintas seccionales. El propósito de las organizaciones fue el de constituir una entidad con fuerza organizativa suficiente como para hacer frente a las poderosas empresas del riel y brindar una serie de servicios a los trabajadores" (7). (7) Rubén Rotondaro, "Realidad y Cambio en el sindicalismo", con datos de La Frat. Ferrov., Fund. Desarrollo: 50° aniversario de la Fraternidad, Buenos Aires, 1937.

. La cuota de afiliación era bastante alta, al parecer, con la finalidad de contar con fondos suficientes para hacer frente a las dificultades de los afiliados en una situación nacional caracterizada por la desprotección del trabajador frente a los accidentes de trabajo y las enfermedades. Asimismo, y aunando sus esfuerzos para concretar agrupaciones mayores, entraron en escena el "Movimiento Mutualista Argentino" de neto carácter gremial, la sociedad de cocheros, de portuarios de Rosario y los obreros de los talleres ferroviarios creados entre 1887 y 1889. Ello permite perfilar una etapa en que se van acrecentando las manifestaciones gremiales que, con el tiempo, —muy poco tiempo después— harán necesaria la concreción de una Federación que otorgara una conducción a todo el movimiento obrero. Además de las sociedades de resistencia y sindicatos propiamente dichos que se iban constituyendo existían otras formas de organización obrera. Entre ellas, podemos contabilizar gran cantidad de "grupos de estudio" y "centros de investigación" dedicados a profundizar problemas económicos y sociales que actuaban como unidades de reclutamiento, grupos de lucha o apoyatura logística para los movimientos de fuerzas que eventualmente podían suscitarse. Los medios de lucha variaban según se tratasen de sociedades de orientación socialista, anarquista o puramente sindicalista. Aparentemente la única manera efectiva de hacer cualquier

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reclamación era la huelga que, por su parte, podía ser de dos tipos: "limitada" si se trataba de imponer ciertas condiciones a un taller o fábrica determinada o, "general" cuando se buscaba provocar un movimiento de fuerza de mayor envergadura y por lo general, con finalidades políticas. Sin embargo, las luchas por medio de las huelgas eran objeto de múltiples discusiones. Los anarquistas —siempre drásticos— pensaban que era el único medio de imponer una revolución social, aplicable a todos los casos en que existían posibilidades de triunfar. Los socialistas, por su parte, creían que se trataba de un mecanismo apropiado para los casos extremos y, más que nada, como una forma de protesta social. Por último, los sindicalistas puros se referían a la necesidad de concretar una acción más planificada buscando obtener los mejores resultados posibles, de allí se deduce una utilización moderada de esta herramienta de lucha. Aparentemente, los fundamentos de esta corriente, llevaron al aprovechamiento de los ciclos económicos del país para agudizar y efectivizar su importancia.

"Declaraban huelgas —dice Spalding— durante la época de exportación dificultando o imposibilitando el transporte de los productos agrícolas a los puertos, atacando directamente a la economía nacional y a la élite. Los trabajadores mejoraron su táctica también en otros aspectos, declarando huelgas selectivas, preparando él terreno por medio de la propaganda y promoviendo el afianzamiento de las organizaciones". (8) (8) Hobar Spalding, ob. cit., pág. 86.

Además de la huelga se emplearon con frecuencia otros medios de lucha obrera con resultados importantes como fueron los petitorios a las autoridades, el boicot organizado contra determinadas fábricas o, específicamente, contra productos, el sabotaje al proceso productivo y a las maquinarias, la propaganda intencionada, las movilizaciones de trabajadores, manifestaciones públicas, la edición de diarios, folletos, carteles, manifiestos y pancartas, el dictado de conferencias, la fundación de escuelas propias y el aprovechamiento de las vinculaciones internacionales para presionar sobre las políticas sociales y económicas de los Estados. Hubo, también, casos en que se aceptó el arbitraje tanto por trabajadores como por sus patrones. Pese a que hubo muchas huelgas fracasadas porque los sindicatos de aquel entonces no contaban, como los de la actualidad, con suficientes recursos para soportar largos períodos de huelgas generalmente acompañadas de represión, cesantías y hasta deportaciones. Las autoridades, en 1895, ya se habían preocupado con gran interés por parte del Jefe de la Policía acerca de las actividades gestadas por el movimiento obrero que colocaron, en el tapete de la actualidad nacional, la cuestión social. Un informe —el primero de que se tienen noticias— realizado ese año, 9 habla ya de la realización de "varias huelgas" efectuadas durante el correr del año anterior, es decir, 1894. "Felizmente —nos dice el informe— la actitud de los huelguistas no se ha manifestado de un modo hostil ni ha dado que temer por el orden público. De consiguiente, no hubo necesidad de tomar medidas excepcionales de prevención a este respecto, ocurriendo relativamente pocas contravenciones en su oportunidad reprimidas, sin resultados de mayor trascendencia". En otra parte, se refería insistentemente a "las ideas…

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importadas desde algún tiempo a esta parte (que)… no han fructificado tanto como en las sociedades europeas" cuya prédica se veía, indudablemente, favorecida por "la escasez de trabajo y su exigua remuneración… (que)… en muy breve plazo las condiciones de la población y las exigencias del trabajador plantearán sin duda este problema...” (9) Memoria del Jefe de Policía de Bs. Aires, Manuel Campos, en "Memoria del Ministro del Interior", 1895. Vol. II, pág. 319.

"Es digno mencionar —continúa— referente a las huelgas ocurridas en esta capital, la circunstancia de que en ninguna de ellas se ha hecho notar la participación del elemento obrero nacional. En su totalidad pertenecen al trabajador extranjero, imbuido ya del espíritu comunista que exporta desde Europa…” Respecto del anarcosindicalismo, lo juzga como "un producto lógico del socialismo…, pero sus afiliados pretenden exhibirse públicamente por medio de varios periódicos y revistas, con reuniones en locales determinados y hasta conferencias al aire libre…, en previsión de semejantes eventualidades se harían necesarias medidas encaminadas a cortar en su origen la propagación posible del anarquismo que en la actualidad no tiene sino un correctivo indirecto". Las huelgas generales, al parecer por la documentación vista, nunca lograron los fines previstos. Por el contrario, sirvieron como pretexto para la acción estatal contra los obreros y sus sociedades de resistencia. Llevaron a sancionar varias leyes represivas inspiradas en la reacción violenta de la élite frente a los movimientos de protesta social. Como hemos podido apreciar, la oligarquía consideraba toda pretensión de los desposeídos, como un argumento contrario a su proyecto político, a su programa de acción, a su lógica y, para colmo, como una firme amenaza a sus intereses. La represión parecía ser el único camino conocido por nuestra oligarquía para frenar la organización de los trabajadores. Entre las medidas tomadas puede destacarse la Ley 4.144, conocida popularmente como "Ley de Residencia", proyecto presentado a la Cámara por el Senador Miguel Cané, en junio de 1899. Interesante es el comentario realizado por el diario "La Prensa" en ocasión del debate legislativo. Resaltaba la importancia de la medida debido al "tan marcado carácter que han asumido ciertas enfermedades sociales, tomando los sistemas filosóficos o jurídicos de los más discordantes contra los órdenes establecidos y adoptan en el hecho las formas de los delitos individuales "colectivos". La ley quedó sancionada en una sola noche, el 23 de noviembre del año 1902, y tuvo aplicación inmediata. Se procedió al allanamiento de numerosos hogares de dirigentes y a la detención de muchos de ellos siendo deportados al día siguiente. También se dictó el Estado de Sitio hasta comienzos del año siguiente. Este elemento legal constaba de cinco artículos que será conveniente reproducir para comprender plenamente su importancia: Art. 1°: El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida del territorio de la Nación a todo extranjero que haya sido condenado o sea perseguido por los tribunales extranjeros por crímenes o delitos comunes. Art. 2°: El Poder Ejecutivo podrá impedir la entrada al territorio de la República a todo extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público. Art. 3°: El Poder Ejecutivo podrá impedir la entrada al territorio de la República a todo extranjero cuyos antecedentes autoricen a incluirlo entre aquellos a que se refieren los artículos anteriores. Art. 4°: El extranjero contra quien se haya decretado la expulsión tendrá tres días para salir del país pudiendo el Poder Ejecutivo, como medida de seguridad pública, ordenar su detención hasta el momento de su embarque. Art. 5°: Comuníquese, archívese, etc. Un diario derechista de la época, "La Voz de la Iglesia", en su número del 11 de febrero de 1890, había hecho alusión a las condiciones de vida como causa de la proliferación de los movimientos de fuerza. Quizás ello obedezca a la necesidad de procurar una solución al problema por otra vía que no sea la simple represión, como la que se aplicaría una década después. "Cuando ya creíamos que había desaparecido por completo —dice el diario— la epidemia de las huelgas, que

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meses atrás se manifestó en casi todos los gremios industriales o manufactureros, ocasionando los trastornos por los perjuicios consiguientes, nos encontramos nuevamente amenazados por las consecuencias de esa resistencia común del trabajo al capital, y cuya víctima de siempre es el público, obtengan o no los huelguistas la realización de sus aspiraciones. Ello no nos extraña; la pésima situación económica del país se presta, favorece singularmente y hasta cierto punto justifica los reclamos y exigencias de la clase obrera. La carestía excepcional de la vida obliga a buscar el aumento, en la remuneración de su trabajo. Si se examina con detención el asunto, la equidad y la justicia parecen amparar sus pretensiones. Creemos que el jornal o salario debe experimentar el aumento proporcionalmente o estar sujeto también al valor de las mercancías". Es necesario, sin embargo, analizar la actitud de la generalidad de los trabajadores frente a la realidad. Los trabajadores —señala la investigación de Spalding— en general, no entendían las posiciones filosóficas expuestas por los teóricos y dirigentes de las corrientes en que se dividía el movimiento obrero. Deseaban luchar por objetivos más inmediatos como la reivindicación del salario, mejores condiciones de trabajo, medidas de seguridad en el trabajo o, simplemente, el reconocimiento legal para sus sociedades de ayuda mutua. Por otra parte, las preocupaciones acerca de los planteamientos teóricos de sus acciones y de la manera de estructurar una sociedad futura, estaban todavía lejos de ser el interés inmediato de los trabajadores. De la misma manera, la mayoría del pueblo trabajador cuando se adhería a los movimientos de protesta, formaba un petitorio o participaba en una huelga, lo hacía procurando alcanzar un objetivo concreto y válido para ese momento. El obrero medio se plegaba a una acción de esta naturaleza cuando el grupo dirigente (sin importar en absoluto su filiación ideológica) le proporcionaba alguna seguridad de alcanzar su reivindicación. Rara vez participó de un movimiento de caracteres políticos o, por lo menos, "puramente" políticos. Ello demuestra que la gran masa del pueblo sólo se asociaba o afiliaba a una sociedad de resistencia o, al movimiento político o agrupación gremial, en aquellos casos en que se ofrecían ventajas inmediatas o cuando éstas superaban los riesgos. Ello explica, también, el por qué de los constantes cambios de afiliaciones o éxodo de trabajadores de una agrupación a otra o, simplemente, la desafiliación y muerte de muchas agrupaciones. Los trabajadores dejaban de actuar cuando éstas no ofrecían beneficios inmediatos. En gran medida, ello evidencia dos rasgos fundamentales en la incipiente organización obrera. El primero, se puede sintetizar diciendo que los trabajadores manifestaban poco interés por las ideologías que pugnaban por seducir al movimiento obrero, ello hacía eficaz el accionar de los organismos patronales y del Estado tendiente a destruir la organización obrera. El otro rasgo, que al mismo tiempo caracteriza al movimiento de los trabajadores, permite deducir las verdaderas causas de la actitud de los trabajadores frente a las ideologías que se ofrecían como alternativas frente a la realidad; es el proceso cíe nacionalización ideológica ya iniciado durante el régimen colonial, la etapa rosista, la tradición humanista y cristiana del pueble argentino y fortificado con la asimilación social de los inmigrantes, proceso que culminaría en el año 1945 donde se verificará la indisoluble unidad doctrinaria entre el movimiento obrero y el nacionalismo político, social y económico, enmarcado en los postulados del humanismo cristiano. Por ahora, sin embargo, analizaremos la manera que este difícil contexto va a permitir el desarrollo de las primeras agrupaciones bajo los diversos signos ideológicos que habían traído consigo los inmigrantes, especialmente las corrientes española e italiana, que habían presenciado las sangrientas luchas sociales en el viejo continente. Nos referimos, indudablemente, a los comienzos orgánicos del socialismo, del anarquismo y del sindicalismo en nuestro país.

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LOS PRIMEROS SOCIALISTAS SE ORGANIZAN Los emigrados franceses de 1851 trajeron consigo gran cantidad de ideas republicanas pero, en gran parte, teñidas de socialismo. Muchos de ellos se dedicaron a la enseñanza como, por ejemplo, Alejo Payret que, en 1889, representó a la República Argentina en el Congreso Socialista Internacional. Ello representó una gran influencia en la formación de las nuevas generaciones de argentinos que se van sucediendo bajo las enseñanzas de estos precursores que siembran conciencias sociales. La corriente española, por su parte, aportó gran cantidad de socialistas entre los que podemos ubicar a Bartolomé Víctory y Suárez, de profesión imprentero, a quien se debe la publicación de una importante colección de obras populares entre las cuales se cuenta la traducción y edición de la obra de Cabet titulada "El comunismo" en 1864. Además, este español fue el creador del periódico "El Artesano" que fundamentalmente buscaba exhibir un programa de reivindicaciones constituyendo, juntamente con "Anales", la primera publicación del movimiento obrero argentino en medio de las graves dificultades en que le tocó ver la luz bajo la presidencia de Mitre, sin embargo, podemos contabilizar la edición de veinte números, cosa que constituye una verdadera proeza. Ya en el año 1870, existían todos los elementos para producir el advenimiento del movimiento obrero en forma orgánica. Estaban presentes las condiciones impuestas por la revolución industrial; la máquina había arribado ya a nuestro país poniendo en funcionamiento el trabajo colectivo. Esta circunstancia —derivada en gran medida de lo analizado en el capítulo anterior— fue capitalizada por un grupo de trabajadores socialistas que dan comienzo a un intensivo trabajo de difusión de las ideas del socialismo científico que, durante los años posteriores, tendrán tanta influencia en el desarrollo de la vida sindical argentina. Es como consecuencia de esta tarea que, en 1872, se crea en Buenos Aires una seccional de la Asociación Internacional de Trabajadores que se había creado —corno ya hemos visto— en Londres en 1864. Varias secciones de la misma parecen haberse creado en este período. Así, se registran una "sección francesa" en 1872; una "sección italiana" y una "sección española". Un "Almanaque Socialista del periódico La Vanguardia" de 1898 trae un análisis de José Ingenieros que sostiene que la primera "sección" de la Internacional data de 1871, mientras que, durante los cinco años posteriores, se crearon las restantes. Asimismo, debemos computar los trabajos del Dr. Serafín Alvarez, emigrado español del cantón de Cartagena que, a partir de 1873, publicó varios folletos propagandísticos de las ideas socialistas, mucho antes de que existieran las organizaciones estructuradas por esta ideología. Por aquel entonces, comienza a perfilarse la existencia de la prensa obrera, apareciendo, además, "El Obrero Tipográfico" y "El Organizador", cosa que denota que se trata de un periódico "preparativo"; donde los sindicatos y los periódicos obreros aparecen y desaparecen con gran fugacidad. Sin embargo, el aporte más significativo lo realizan los exiliados políticos provenientes de los incidentes de la Comuna de París que darán continuidad a la actividad de propaganda y de organización. Hay de ellos todavía algún recuerdo: Emile Dumas, más tarde diputado socialista en su país, es uno de los primeros impulsores de la organización obrera socialista en nuestro país. Según los escritos de Longuet en "Le Mouvement Socialiste Internacional" también participó de esa tarea Aquiles Cambier quien participa en la Internacional Socialista representando a nuestro país. Existió, además, un grupo de alemanes escapados de las leyes que, en 1878, aprobó Bismark con el fin de combatir al socialismo. Este grupo, bajo la inspiración de Carlos Muke, funda en 1881 el Club Socialista Alemán Worwärts que, traducido al español significa "adelante". Esta organización se caracterizó por la abundante propaganda marxista y por las manifestaciones sindicales que se producían sobre la base de una organización "celular" de los trabajadores.

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Este club es, en realidad, la primera agrupación socialista que se organizó en nuestro país. Jacinto Oddone en su "Historia de Socialismo Argentino", señala que el objeto del Worwärts era "cooperar a la realización de los principios y fines del socialismo". En 1886, específicamente el 2 de octubre, comenzó a editar el periódico Worwärts que, redactado en alemán y español, difundió abundante literatura sobre el socialismo científico. Su primer director, nos dice Oddone, fue A. Ulle y tuvo vigencia hasta el 15 de marzo de 1901 en que dejó de publicarse. Esta agrupación tuvo una importante participación en los eventos del socialismo internacional pues en el año 1889, en el Congreso de París que creó la Internacional Socialista, fue representado por Wilhelm Liebknecht —fundador del Partido Socialista alemán— para la creación de organizaciones internacionales que sirvieran al programa del socialismo. Ya en ese mismo año un periódico titulado "La Voz de la Iglesia", de ideología derechista y bastante antiobrero, atacaba al naciente socialismo y denunciaba que

“se suceden con demasiada frecuencia, reuniones en las que se agitan las mentes exponiéndoles ideas subversivas que vienen siendo la peor calamidad de las sociedades europeas. Los que en un principio no se dieron cuenta de la gravedad que entrañaban estas manifestaciones, ni creyeron que esa planta exótica se aclimataría en nuestro suelo, deben hoy reformar su opinión. Desgraciadamente, lo estamos viendo, el socialismo, especialmente en las bajas esferas, tiene bastantes elementos para producir un día un cataclismo, si desde ya no se toman severas y enérgicas medidas para impedir su desarrollo".(10)) (10) "La Voz de la Iglesia", del 7-1-1889.

Otro de los antecedentes ideológicos del socialismo se producen y lo encontramos en una agrupación denominada "Les Egaux" o grupo socialista francés creado en 1891, que editaba un pequeño periódico llamado "L'Avenir Social" bajo la dirección del ya nombrado Aquiles Cambier; y la "sección varia" de característica gremial que participará de los esfuerzos tendientes a formalizar el primer congreso convocado en 1890 con la intención de crear la primera Federación de Trabajadores que se organiza en el país y, además, dedicada a la edición de un pequeño diario denominado "El Socialista" que comenzó a aparecer en 1872 y que realizó una importante difusión del socialismo marxista. El periódico, sin embargo, sólo perduró por seis números. Oddone nos refiere que, "a principios de 1892, convocó a sus socios a una asamblea para tratar asuntos relacionados con la existencia de la sección y de la federación. En esa circunstancia, Carlos Mauli propuso fundar un Partido Socialista. Augusto Kuhn y Botaldo Hummel apoyaron la proposición de Mauli y propusieron, a su vez, transformar la sección en Agrupación Socialista". Luego de un intercambio de ideas en una reunión "que fue agitada, quedó constituida la Agrupación Socialista que llevó el nombre de "Partido Obrero, Sección Buenos Aires". Esta organización nucleó, al principio, a unos treinta afiliados de origen español y criollo ya que, muchos socialistas de otras nacionalidades no estuvieron de acuerdo con la creación de esta organización y se alejaron de la militancia activa. Esta nueva organización evolucionó en forma favorable e incrementó rápidamente la nómina de sus adherentes. Oddone en sus investigaciones nos señala que "los afiliados pasan enseguida de cincuenta y, según publica su órgano periodístico en su número tres…, a la lista de adherentes se

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agregó pocos meses más tarde otra formada por Juan B. Justo; E. Jiménez; Mariano García; Domingo Risso; Manuel Berenguer... Ya en 1894, la Agrupación Socialista pasó a denominarse "Centro Socialista Obrero" permitiendo el reingreso de todos aquellos que se habían disgustado cuando se produjo el nacimiento de la "agrupación". El día 14 de julio de 1894, la misma inauguró su primer local en la calle Chile 959, resolviéndose en esa misma ocasión cambiarle el nombre adoptando el de Centro Socialista Obrero, ello se deriva muy claramente de la crónica elaborada por Oddone (11) que ya hemos citado. Posteriormente, se produce el ingreso de otras conocidas personalidades como Roberto J. Payró que analizó la historia del gremio tipográfico; De la Cárcova, Schiaffino y otros no menos importantes. El 4 de agosto logró establecer su primera carta orgánica que contenía lo siguiente: (11) Jacinto Oddone, "Historia del Socialismo Argentino".

1 El Centro Obrero es una asociación política cuyo programa es el del Partido Socialista Obrero de todos los países, con las modificaciones que exijan las circunstancias locales. 2 Para difundir la verdad económica y social, el Centro Socialista Obrero hará publicaciones, dará conferencias y tendrá biblioteca. 3 Tratará cuanto antes de transformarse en Partido Socialista Obrero de la República Argentina, promoviendo la organización de secciones locales confederadas en todos los puntos donde la clase trabajadora sea ya capaz de la lucha política y relacionándose con los grupos obreros que persiguiendo idénticos fines por un motivo cualquiera se hayan organizado aparte. 4

Favorecerá, por todos los medios a su alcance, la organización gremial de la clase trabajadora. El Centro Socialista Obrero, también en ese mismo año, fundó el periódico socialista de mayor continuidad en la historia argentina, "La Vanguardia". Cuenta Oddone que "el 2 de agosto de 1893 en un aviso publicado en el diario "La Prensa", se invitaba a los presidentes de todas las asociaciones obreras a concurrir a la conferencia en el Café Trances (Esmeralda 318) a las 19.30 hs., para cambiar ideas sobre la formación de una Federación y la creación de un periódico que defienda los intereses de la clase trabajadora". Concurrieron sólo los miembros de la Agrupación Socialista y Juan B. Justo y allí nació la idea de que la Agrupación Socialista dispusiera de un periódico, pues habían desaparecido "El Obrero", publicado bajo la dirección del ingeniero Ave Lallemant; (12) y, "El Socialista" al que ya nos hemos referido. El nuevo periódico comenzó a editarse a partir del 7 de abril de 1894 con una tirada de 1.500 ejemplares. Con el tiempo, este órgano de difusión ideológica siguió el proceso del socialismo pasando a formar parte del Centro Socialista Obrero en cuyo seno había nacido y del Partido, cuando posteriormente, se resolvió crearlo. (12) "El Obrero" fue el primer periódico de la primera Federación de trabajadores; su número inicial apareció el 16 de diciembre de 1890 y se dedicó fundamentalmente a desacreditar públicamente a las instituciones políticas y de los dirigentes del proceso que llevaría al país a la conocida crisis del '90. Alfredo López, en su "Historia del Movimiento Social y de la clase obrera Argentina", señala que: "estudia… el nacimiento de la Unión Cívica de la Juventud, afirmando que era la genuina representación de la sociedad burguesa pura….

En los locales del Centro funcionaron las oficinas del periódico, el Comité del Partido, la primera Biblioteca Obrera, la Sociedad Obrera de Socorros Mutuos, el Círculo Socialista Italiano y numerosas entidades gremiales. La corriente italiana no podía estar ausente en la gestación del socialismo proletario de Argentina, aunque esta línea inmigratoria, en general, inclinó sus preferencias por la ideología anarquista que analizaremos más adelante. La organización denominada "Fascio dei lavoratori" que también apoyó la creación del Partido Socialista es una de las que más activó el proceso mediante su participación en actos preparatorios y representando un importante sector en el

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momento de la creación del Partido. Esta organización, al igual que las ya vistas, editaba un órgano propagandístico denominado "La Reivindicazione" cuyo objetivo fue establecer un vínculo eficiente entre los trabajadores socialistas de habla italiana.

El primero de abril de 1894 la agrupación francesa "Les Egaux", el "Fascio dei lavoratori" y el "Centro Socialista Obrero" pasan a integrar el Partido Obrero Internacional pese a que, entre todas estas agrupaciones no existía otro vínculo que el común ideal teórico. La independencia de estas organizaciones se reflejó en sus diversas actividades como, por ejemplo, la adopción por parte del "Fascio dei lavoratori" del programa reivindicativo del Partido Socialista Italiano o la Carta Orgánica adoptada por el Centro al margen de su participación en el Partido. "El grupo alemán desistió por considerar que primero debían conseguirse los derechos políticos para los obreros nacidos fuera del país. A finales de 1895, el Worwärts se rectificó e ingresó en el Partido, al que también se adhirió el Centro Socialista Universitario, recientemente creado y del cual formaba parte, entre otros, José Ingenieros, que fue el secretario del primer Comité Central del Partido. En Octubre de 1895, en un Congreso se acuerda cambiar el nombre del partido por el de Partido Obrero Socialista Argentino, título del que luego se eliminaron los dos últimos adjetivos, por considerarse innecesarios". (13) (13) Víctor Alba, "Historia del mov. obrero en A.L.", pág. 123.

Al año siguiente se funda el "Centro Socialista de Estudios" con el objetivo de "estudiar los problemas sociales (económicos, políticos y monetarios) en general, y especialmente los de este país". Sus figuras más destacadas fueron su secretario Roberto J. Payró; su cajero, Antonio Piñeiro, y su bibliotecario, Leopoldo Lugones. Sus miembros se propusieron, además, difundir entre la clase trabajadora los conocimientos del socialismo científico. El socialismo, la cantidad —bastante considerable— de agrupaciones que hemos analizado inician su lucha combatiendo las deficiencias más visibles del régimen que se había instaurado en la Argentina. Así, son sus principales metas el ejercicio de una democracia política efectiva que desterrara definitivamente el fraude y el omnípodo poder de los caudillos conservadores y de los militares; querían que las "libretas dejaran de votar solas". La declaración de principios que publicó el periódico "La Vanguardia" en agosto de 1896 sostenía, entre sus párrafos más importantes que "la clase trabajadora es oprimida y explotada por la clase capitalista gobernante…, dueña de «los medios de producción, y disponiendo de todas las fuerzas del Estado para defender sus privilegios…, una minoría de parásitos vive en el lujo y la holgazanería…. Que la clase rica mientras conserve su libertad de acción, no hará sino explotar cada día más a los trabajadores, en lo que la ayuden a la aplicación de las máquinas y la concentración de la riqueza", y, más adelante, "que así, al mismo tiempo que se aleja para los trabajadores toda, posibilidad de propiedad privada de sus medios de trabajo, se forman los elementos materiales y

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las ideas necesarias para subsistir al actual régimen capitalista con una sociedad en la que la propiedad de los medios de producción sea colectiva o social, en que cada uno sea dueño del producto de su trabajo, y a la anarquía económica y al bajo egoísmo de la actualidad sucedan una organización científica de la producción y una elevada moral social . . . Que esta revolución, resistida por la clase privilegiada, puede ser llevada a cabo por la fuerza del proletariado organizado". Respecto de la situación política, esperaba que la burguesía ampliara los derechos políticos mediante el sufragio universal y pensaba aprovecharlos para la "organización de resistencia de la clase trabajadora" a través de la "agitación, propaganda y mejoramiento". Asimismo, esbozó un programa mínimo sumamente interesante, pues pintaba, además, las principales reivindicaciones del proletariado socialista. Las influencias principales del socialismo se evidenciaron en la costumbre de redactar programas de acción, planes de lucha y documentos filosófico-doctrinarios sumamente desarrollados, elementos de los que, por lo general, carecía la organización obrera de aquel entonces y por los otros partidos políticos. Su lucha política se concentró sobre el respeto de las minorías abogando por una innovadora legislación social que, acorde con su programa mínimo ya señalado incluía la jornada de ocho horas; el descanso dominical; la defensa de la mujer trabajadora, de los indígenas y de los niños; la responsabilidad patronal en los accidentes de trabajo, etc. Asimismo, postuló importantes reformas económicas como el impuesto a la renta, a la herencia y también uno a la tierra para combatir el latifundismo, abogando por la reforma agraria. Como bien señala Hobart Spalding en su trabajo, “el socialismo argentino se desarrollaba en forma opuesta al anarquismo tanto por su ideología como por su táctica. Desde sus comienzos como partido organizado el socialismo se plegaba a una línea legalista-reformista, tratando de cambiar el sistema vigente, pero a diferencia del anarquismo o del sindicalismo, sin derrumbarlo. En los primeros años había habido insinuaciones de un socialismo revolucionarios según se expresaba en los principios generales del partido, pero el Segundo Congreso partidario de 1898 eliminó las cláusulas referentes, y los objetivos a corto plazo influyeron más en su línea de conducta y en la táctica que terminó por seguir. La socialización de los medios de producción por parte de los trabajadores permaneció como un fin expreso de Partido, pero el énfasis cayó sobre la perspectiva evolucionista que se proponía objetivos realizables en el momento y no en un futuro lejano. En este proceso influyeron mucho sobre el partido y sus dirigentes el ejemplo europeo del socialismo bernsteiniano y las ideas y acciones de Jean Jaurés, líder del movimiento socialista francés (que analizaremos más adelante). Siguiendo estas corrientes, el socialismo adoptó como método de acción la parlamentaria y propagandística.

El socialismo argentino se desarrollaba en forma opuesta al anarquismo tanto por su ideología como por su táctica.

Ello permite la gran proliferación de publicaciones obreras encaminadas a buscar una democracia real, a depurar los procedimientos electorales y a polemizar con quienes —los anarquistas— rivalizaban en el predominio del movimiento sindical. Los periódicos son, en realidad, un reflejo de la necesidad de producir una renovación ideológica que comprenda las verdades primigenias del hombre argentino. Por lo general, estas publicaciones contenían un “alto vuelo” filosófico. En los momentos propicios, el socialismo combinaba la lucha propagandística con la utilización de la protesta en masa o, en los casos extremos, con la huelga —parcial o general— aunque esta última siempre controlada en calidad y duración. La organización del socialismo se fundamentaba, no en el sindicalismo, sino en un partido jerarquizado —coherentemente con las directivas del marxismo internacionalista—, montado sobre las bases de una disciplina férreamente estructurada, pero en el que las principales decisiones concernientes a la táctica y estrategia de lucha estaban elaboradas de acuerdo al mayor número de afiliados. El socialismo argentino fue siempre, desde sus orígenes, un partido democrático.

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En un manifiesto difundido en octubre de 1896, ratificaba lo antedicho cuando la voz del socialismo se alzaba para protestar ante la represión policial frente a la huelga. Decía el documento que,

“lejos de protestar en nombre de los derechos que acuerda la Constitución —derechos que son y serán continuamente violados siempre que estén por medio de los intereses de la burguesía—, la clase trabajadora debe fortalecer su unión, organizándose seriamente en partido de clase, a fin de impedir que el poder político sea monopolizado por una minoría que se sirve de él para mantener en la opresión y miseria al resto de la población”. Más adelante, exhortaba a los trabajadores a no dejarse intimidar “ni llevar a excesos por los actos de violencia con que nos provoca la clase dominante por medio de la policía…, el mejor modo de responder a sus provocaciones es hacerse solidario unos con otros”. (14) (14) La Vanguardia, 3 de octubre de 1896.

El socialismo de los primeros tiempos permitió lograr importantes conquistas para la clase trabajadora. Se presentó a elecciones por primera vez en 1896 en unas elecciones para la Capital Federal, obteniendo 138 votos contra 6.965 de los acuerdistas y 5.258 de los radicales. Desde sus bancas pujaron por los salarios, condiciones de trabajo y reformas sociales trascendentes. Asimismo, incursionaron en otras actividades como —por ejemplo—, el cooperativismo, creando la primera cooperativa de consumo obrera, considerada antecesora de la actual Cooperativa “El Hogar Obrero”.

La fuerza del socialismo radica, según lo puntualiza Rubén Rotondaro, “en los centros urbanos, especialmente en Buenos Aires. Su gravitación estaba entre los trabajadores de las capas más desarrolladas y tenía dificultades en penetrar en la masa. Los métodos y taticas del socialismo suponían una influencia mayor de la actividad parlamentaria sobre la acción directa, debía necesariamente crear ciertos problemas a los activistas y organizadores sindicales cuyas actividades eran mal vistas por los núcleos gubernamentales, que las consideraban subversivas. No debía extrañar que los anarquistas con sus métodos de lucha directa y su repudio a la actividad política partidista, tuvieran el liderazgo del trabajador medio. Políticamente ese trabajador iba a ser atraído

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atraído por el radicalismo y sobre todo por el magnetismo de Irigoyen, lo cual no le impedía que sindicalmente diera aliento o tácito apoyo a los anarquistas o sindicalistas. Estos últimos, en su primer momento salieron del propio socialismo al que criticaron su parlamentarismo y su método táctico. Muchos permanecieron fuera del partido y constituyeron un fuerte núcleo ideológico, mientras que otros engrosaron el ala izquierdista que provocó no pocas discusiones y posteriormente divisiones partidarias profunda”. (15) (15) Rubén Rotondaro: “Realidad y cambio en el sindicalismo”.

Con relación a estas tácticas empleadas por el Partido Socialista en sus comienzos, observamos la forma en que influyó sobre la composición social de sus cuadros más representativos. “Desde sus comienzos —dice Spalding—, tomó un carácter aristocrático. Agrupó bajo su bandera a sectores de la clase media y obrera; entre estos últimos, el Partido Socialista atrajo a grupos de artesanos más que al obrero común. No se conoce hasta la fecha ninguna estadística completa de afiliados del Partido, pero se puede inferir acerca de su carácter por medio de un ligero examen de los dirigentes y de los grupos que adhieren a él. Una indicación podría ser las ocupaciones que profesaron los candidatos socialistas para diputados nacionales en las elecciones de 1898; a saber, arquitecto, comerciante, contador, estudiante, ingeniero, profesor, carpintero, pintor, tonelero, tornero, zapatero, completando la lista, tres obreros gráficos: un tipógrafo, un grabador y un tipista. Si esta lista es un reflejo fiel, señala un partido de clase media con participación de ciertos sectores obreros”. El socialismo, sin embargo, tendrá sus manifestaciones en muchos gremios y sindicatos, además de intervención en las luchas para constituir una central de trabajadores, como lo fueron el Comité Internacional Obrero, que —más adelante—, propiciará la creación de la primera central obrera del país.

LA SOCIAL DEMOCRACIA ALEMANA La Social-democracia de los alemanes tiene la particular cualidad de haber sido el primer Partido Socialista organizado en el continente europeo, dando inicio a las primeras luchas sociales contra el gobierno de Bismark. El aporte de esta corriente, se materializó, fundamentalmente, en los aspectos tácticos de la acción del proletariado. Si bien ideológicamente se vinculaba directamente con el marxismo de la Internacional, sus propósitos políticos se encaminaron a resolver los problemas que planteaba la participación en el proceso de democratización, cuestión que encerraba otra no menos conflictiva desde el punto de vista doctrinario: la acción legislativa para alcanzar la transformación de las condiciones de vida de la clase proletaria. La utilización del sufragio proletario para lograr algunas bancas y buscar un ejercicio más pleno de las libertades que le ofrecía el propio sistema capitalista, fue un modelo de acción encaminado a lograr las reformas necesarias para mejorar la situación del proletariado. Ello no estuvo muy lejos del esquema táctico adoptado por el socialismo en la Argentina. En el comienzo de su acción organizativa, el Partido Social-demócrata alemán no estuvo bajo la influencia ideológica de Marx, sino de su fundador Fernando Lassalle. La personalidad de Lassalle refleja en parte su inclinación teórica. Su verdadero nombre era

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Lassal que se cambió para disimular su origen judío y porque los apellidos franceses parecían más revolucionarias. Pese a que se autoidentificó como marxista, no aceptó jamás mantener una posición ortodoxa respecto a la doctrina esbozada en el manifiesto. Marx, como era característico, no vaciló en manifestar su desagrado por las ideas de Lassalle. La rivalidad mutua se relacionó, fundamentalmente, con la concepción de Lassalle respecto de la revolución social. En sus libros "Heráclito el Oscuro” y “Sistema de derechos adquiridos", demuestra su fidelidad al origen filosófico del materialismo dialéctico, es decir, al ir ya mismo hegeliano. En ambas obras explica su teoría de la evolución social de las instituciones políticas mediante un proceso originado en el "espíritu absoluto" del pueblo rechazando la tesis marxista de una determinación económica que produce la lucha de clases y, éstas, hacen el verdadero motor de la historia. Creció Lassalle que la historia de la humanidad no era, como decía Marx, la historia de la lucha de clases sino que se trataba de la historia del "espíritu de las naciones" siendo las ideas constitutivas de este espíritu eran, para Lassalle, el verdadero motor de la historia. Atrás de ello quedaron las condiciones de explotación del proletariado y la lucha de clases.

La "ley de bronce", obligaba a procurar la emancipación de los trabajadores a través de la captación del poderío estatal, especialmente del poder cuántico del mismo en su estructura política, actualmente en manos de la clase burguesa, para transformarla en una maquinaria útil a la liberación del proletariado.

Su pensamiento político tenía como eje fundamental la organización de la clase proletaria en una poderosa asociación nacional de obtener y utilizar como herramienta política primordial al sufragio universal. Suponía que, a través de este instrumento —y no en la lucha revolucionaria— la clase obrera alcanzaría el poder y modificaría las condiciones sociales y económicas aprovechándose de la estructura estatal. Tales modificaciones incluían un programa de socialización de los medios de producción que colocaría, en manos del proletariado, el uso de capital y del crédito. Según él, carecían de oportunidad revolucionaria tanto el cooperativismo como el sindicalismo meramente reivindicativo, por aquel entonces impotente para evitar que el salario de los trabajadores siguiera en un nivel de mera subsistencia. Esta realidad, llamada por el "ley de bronce" de los salarios, obligaba a procurar la emancipación de los trabajadores a través de la captación del poderío estatal, especialmente del poder cuántico del mismo en su estructura política, actualmente en manos de la clase burguesa, para transformarla en una maquinaria útil a la liberación del proletariado. Suponía, más bien en base a la experiencia realizada, que, por medio del poder político alcanzado pacíficamente —electoralmente—, el proletariado podía pedir —y lograr— la intervención económica del Estado en favor de sus intereses de clase. Por ello, en 1863, organizó un movimiento obrero independiente y no una "polea del partido", propiciaba Marx así, la Asociación General Alemana de Trabajadores, afirmó la independencia del movimiento obrero, en su lucha contra la burguesía explotadora, y su decisión se agrega de hacerlo por medio del sufragio universal para lograr las modificaciones de las condiciones sociales y económicas de la sociedad. En otras palabras, el movimiento obrero alemán, adhirió firmemente a las ideas lasallianas. Pese a que difundió las ideas revolucionarias del marxismo, además de acusar la línea teórica de Blanc, de Proudhon, de Bakunín, etc. la paga de Marx no fue, precisamente, agradable. Fue calificado por éste como plagista y, por Engels, como un miembro que, tras traicionar a su clase, decidió ponerse al servicio de la reacción bismarkiana. Sin embargo, lo realizado por Lassalle no dejó de tener oposición en el plano interno. Pronto se fundó un partido socialista liderado por Lebknecht y Bebel, siguiendo los lineamientos ideológicos del marxismo más ortodoxo. La directiva marxista más relevante sostenía, por aquel entonces, la posibilidad de una alianza entre el marxismo y los sectores "progresistas" de la clase media en contra de la autocracia de los terratenientes aunque manteniendo la independencia respecto del movimiento obrero organizado. La disputa se definiría más tarde. En 1867, el enemigo más importante del socialismo europeo, Bismark, concedió el sufragio, cosa que reforzó tremendamente la posición de los seguidores de Lassalle que, en ese momento, sostenía la necesidad de unificar Alemania.

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Liebknecht y Bebel no desperdiciaron oportunidad que se les ofrecía, y participaron en las elecciones obteniendo también algunas bancas en la Asamblea Legislativa. Pero el éxito fue relativo. La caída de la Comuna de París preparó las condiciones para favorecer la represión que casó despiadadamente sobre todas las social democracia cuando Bismark no necesito más del apoyo socialista. La represión no hizo distinciones partidarias entre lasallianos y los partidarios de Liebknecht cosa que los obligó a hacer causa común, este último, desconociendo la autoridad de Marx y Engels y al margen de la Internacional, decidió iniciar conversaciones tendientes a la unidad partidaria con los lasallistas. En 1874 se decidió fusionar ambas organizaciones socialistas convocándose, en aquella oportunidad, al Congreso de Gotha para la constitución del nuevo partido socialdemócrata alemán. Esta actitud no tardó en ser conocida por Marx, quien repudió violentamente la actitud unionista de Liebknecht en un documento que el propio Liebknecht decidió no dar a conocer en Alemania. Engels coherentemente con la actitud de su amigo, con algunos años de atraso decidió publicar su "Crítica al Programa de Gotha” que analizaremos en detalle más adelante. Sin embargo, el programa contenía las bases de un socialismo nuevo y más realista.

"El programa comienza diciendo que el trabajo y la fuente de toda riqueza y de toda cultura y su producto una pertenencia de la sociedad. Todos deben participar en el trabajo, y en virtud de un derecho igual, recibir cada uno según sus necesidades razonables. El estado de dependencia de la clase obrera, debido al monopolio capitalista de los medios de producción, constitución la causa de su miseria y esclavitud bajo todas sus formas. En consecuencia, la emancipación del trabajo exige la propiedad social de los instrumentos de trabajo y la reglamentación del trabajo colectivo, con afectación de una parte del producto a la sociedad en general y reparto equitativo del resto. Esa emancipación debe ser obra de la clase obrera, frente a la cual todas las otras clases no forman más que una masa reaccionaria. Partiendo de estos principios, el Partido Obrero Socialista de Alemania se comprometía, por todos los medios legales, a fundar el Estado libre y la sociedad socialista, romper la ley de bronce de los salarios por la destrucción del sistema de trabajo asalariado, y abolir la explotación bajo todas sus formas, eliminando toda desigualdad social y política. Consciente del carácter internacional del movimiento obrero, el Partido estaba resuelto a cumplir con los deberes que le imponía el hecho de la fraternidad con todos los hombres. Para preparar la solución del problema social, el Partido Obrero Socialista de Alemania reclamaba el establecimiento de sociedades obreras de producción con las siglas del Estado, bajo el control democrático del pueblo trabajador. Las sociedades de producción debían ser suscitadas en la industria y la agricultura con tal amplitud como la organización socialista del trabajo resulte de ella”. (16) (16) Carlos S. Fayt, “El Socialismo”, cap. III, punto 'c', “El Congreso y el Programa de Gotha”, pág. 79. HISTORIA Y POLÍTICA EN EL SINDICALISMO ARGENTINO www.elbibliote.com

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La crítica realizada por Marx refleja, en gran medida, las diferencias irreconciliables entre el creador del marxismo y Lassalle. Marx siempre entendió al Estado como un elemento de dominación de la clase burguesa sobre el proletariado en su conjunto, razón por la cual veía como una utopía catastrófica apelar al poderío del Estado para establecer explotaciones colectivas y revolucionar la sociedad a través de medidas reformistas respecto de la distribución de las riquezas dice Marx que "en toda época la distribución de los objetos de consumo no son sino consecuencia de la manera en que se hallan distribuidas las condiciones de producción. El modo de distribución capitalista, por ejemplo, consiste en que las condiciones materiales de la producción son atribuidas a las masas trabajadoras bajo forma de propiedad capitalista y de propiedad fundiaria, mientras que la masa no posee más que las condiciones personales de producción, es decir, la fuerza del trabajo. Los elementos de la producción son distribuidos de tal suerte que el reparto actual de los objetos de consumo deriva de ella misma. Cuando las condiciones materiales de la producción sean de propiedad colectiva de los trabajadores mismos, una distribución de los objetos de consumo diferente de la de hoy ha de seguirla semejantemente. El socialismo vulgar (y una fracción de la democracia) ha heredado de los economistas burgueses el hábito de considerar y de tratar la distribución como una cosa independiente del modo de producción, y de representar por esto el socialismo como girando esencialmente alrededor de la distribución”. Sintetizando un poco el pensamiento crítico de Marx respecto de la socialdemocracia alemana, verificamos que dice que no puede haber igualdad verdadera mientras haya fuentes de riqueza en manos de la burguesía. La verdadera igualdad del marxismo proviene, como lo señala El Manifiesto, de la instauración del modo de producción comunista. Por ello, apelar al Estado que, bajo la dirección democrática del pueblo trabajador haría las transformaciones necesarias para liberar al proletariado, era contradictorio con la idea de que el proletariado debía forzar su propia emancipación. Para los marxistas ortodoxos, la sociedad burguesa sólo podía ser manejada por un Estado burgués. “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista —dice Marx— existe un período de transformación revolucionaria de la una en la otra. A esto corresponde un período de transición política, durante el cual el Estado no puede ser más que una dictadura revolucionaria del proletariado”. Además de todo lo dicho por Marx, debemos tomar en consideración, la crítica realizada por Engels no menos profunda desde el punto de vista teórico. Sostuvo que resultaba insensato pensar la existencia de un “Estado popular libre”, porque el aparato estatal debía ser considerado una institución de carácter transitorio en la historia, que debía ser aprovechado en toda su fuerza, coactiva para someter por la fuerza a los enemigos del proletariado y asegurar, así, el triunfo de la lucha revolucionaria. Argumentó que "mientras el proletariado necesita el Estado, no lo hace en interés de la libertad, sino con el fin de mantener sometidos a los enemigos y tan pronto como se hace posible hablar de "libertad", el Estado, como tal, deja de existir". En una carta a un socialista muy conocido, Engels se explayaba más aún cuando señaló “… voy a terminar, aunque cada palabra en este programa sin savia ni vigor, sea criticable. Está concebido de tal modo, que aún en el caso de que fuese aceptado, ni Marx ni yo podríamos adherirnos al nuevo Partido fundado con esta base, y nos veríamos obligados a reflexionar seriamente sobre la actitud que tomaríamos. Además, estoy convencido de que una fusión sobre semejante base no duraría ni siquiera un año". Pese a las prevenciones de Engels y al despotricar de Marx, el Partido se fue convirtiendo en una poderosa fuerza opositora al régimen de Bismark manifestándose contra la guerra y a favor de la Comuna de París. El nuevo Partido tenía gran influencia —cada vez más importantes— sobre los sindicatos y el movimiento obrero alemán cosa que disgustó particularmente a Bismark.

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Una ola de violencia y de atentados terroristas facilitó la caída del Reichtag (Parlamento) y la sanción de una ley "de excepción" proscribiendo toda actividad, reunión y publicación de las ideas socialdemócratas. Ello los llevó a la clandestinidad. Luego de suprimir el programa de Gotha los párrafos que sostenían que el accionar del partido social demócrata se basaba en “ todos los medios legales", se llevó a cabo un nuevo congreso en el que declaró contra toda violencia, "El culto de la violencia —decía el documento— deriva del completo desconocimiento del papel de la misma en la historia. La violencia no es en sí misma ni reaccionaría mi revolucionaria. En todo caso, es antes lo primero que lo segundo. El uso de la violencia por los individuos, a medida que aumenta el sentido jurídico de las masas, es contraproducente. A los perseguidores hacemos culpables de los actos de violencia de los perseguidos. Ellos tienen lugar en circunstancias como las actuales, gracias a la actividad de agentes provocadores al servicio de la reacción en su lucha contra la clase obrera." La represión desatada contra la socialdemocracia además de imponer serias condiciones para el ejercicio de elementales libertades humanas, produjo efectos de repercusión internacional que afectaron profundamente la estructura de los partidos socialistas de todo el mundo, inclusive el de nuestro país. La socialdemocracia fue adquiriendo, a través de esta lucha, un invalorable prestigio mundial. Ningún socialista que no viera las ideas de Marx como un planteo más bien absolutista, podía dejar de reconocer que el modelo ofrecido por la estructura de la socialdemocracia alemana era una alternativa válida. La experiencia así iniciada brinda la posibilidad de establecer la verdadera situación del aislamiento político en que había caído el movimiento obrero, como resultado de las ideas del marxismo en su praxis más dogmática. Sólo logra imponerse una especie de "marxismo teórico" entre los socialdemócratas que, indudablemente, no puede olvidar cuál es la práctica de la dialéctica, del materialismo y la lucha de clases, como lo señaló Engels en su Anti-Düring. Si las finalidades seguían siendo las mismas, los métodos de ejecución habían variado sustancialmente. Los socialdemócratas alemanes decidieron aplicar la experiencia internacional a su propia realidad. Los partidos proletarios morían en soledad frente al Estado y al poder de la cada vez más numerosa burguesía. Ello convenció a los dirigentes del nuevo partido a considerar la necesidad de apoyar el accionar del partido obrero en otro tipo de organizaciones. Así, van haciendo fuertes organismos sindicales y cooperativas que, al asumir una actitud más realista frente a los acontecimientos, buscaban la concreción de mejoras tangibles inmediatas y, sobre todo, medibles en calidad y cantidad que correspondían a las verdaderas necesidades de los trabajadores. Evidentemente se derrumbaban los más importantes plantíos teóricos del marxismo frente a las necesidades impuestas por la lucha y la acción política. La práctica partidaria ponía en manos del sindicalismo la lucha reivindicativa, mientras que el propio partido se orientaba hacia el parlamentarismo y, en definitiva, cierto acomodamiento "dentro" del sistema capitalista. Este camino fue prácticamente seguido por una clase de socialismo que, en Argentina, recibió la autodefinición de "democrático". Sin embargo, el nuevo partido carecía casi por completo de programa, y se debatía en una lucha intestina con el objeto de eliminar a los elementos de avanzada que criticaban duramente el "aburguesamiento" y el "oportunismo" de los nuevos dirigentes. La mayoría de estos partidarios de un socialismo "más revolucionario y menos conformista" se anularon en las corrientes anarquistas que se verá más adelante. En 1891 se encomienda a Kautsky la redacción de un nuevo programa de acción. El programa reconoció que la evolución económica de la sociedad condujo, por la fuerza natural de las cosas, a la ruina de la pequeña explotación, separando al trabajador de sus instrumentos de producción y transformándolo en un proletario que no posee nada. Los medios de producción pasaron a ser monopolio de un número relativamente pequeño de capitalistas y de grandes propietarios. El número de proletarios se elevó, el ejército de reserva obrera se fue haciendo cada vez más

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considerable, la oposición de explotadores y explotados se agudizó, haciendo más enconada lucha de la burguesía y el proletariado. Esa lucha divide a la sociedad moderna en dos campos hostiles que las crisis ensanchan aún más. Tales crisis tienen su esencia en la producción capitalista. Como consecuencia, el Programa sostuvo:

“que la lucha de la clase obrera contra la explotación era necesariamente una lucha política; que la clase obrera no podía librar las económicas sin derechos políticos, ni mucho menos realizar el paso de los medios de producción a posesión de la colectividad sin el pleno dominio del poder político. Unir a la clase obrera tras ese objetivo y hacerla consciente de su futuro constituía la tarea del Partido Socialdemócrata, que no luchaba, pues, por nuevos privilegios de clase, sino por la supresión de las clases, y por derechos y deberes iguales de todos, sin excepción de sexo ni raza. Combatía, así, contra toda especie de explotación y de opresión, ya fuera dirigida contra una clase, un partido o una raza. Como mejoras inmediatas dentro del marco del sistema existente, el Partido se proponía la extensión del sufragio las mujeres, el impuesto progresivo sobre los ingresos, la jornada de ocho horas, el sábado inglés, la prohibición del trabajo de menores de 14 años, la participación obrera en la administración de los seguros sociales, las formas semi directas de democracia, como el referéndum, entre otras cosas". (17) (17) Carlos S. Fayt, ob. cit., pág. 83.

El hecho de que se adoptara la táctica de obtener cambios sociales dentro del sistema, abrió el debate filosófico político y doctrinario entre las diversas corrientes del socialismo que aceptaban por un lado el reformismo y, por el otro, la revolución. Engels criticó con aspereza el debate gestado en torno a la cuestión de los medios tácticos de la lucha obrera, en su crítica al programa de la socialdemocracia. Acusó de oportunismo el cauce que los acontecimientos comenzaban a tomar. Sostuvo que "se quiere ahora que el Partido reconozca el orden legal actual en Alemania como si esto bastase para realizar todas sus reivindicaciones por la vía pacífica", consideró una falacia el creer que "la sociedad actual, al desarrollarse, pasa poco a poco al socialismo". Decía que "cabe concebir que la vieja sociedad puede evolucionar pacíficamente hacia la nueva, en un país en el que, según la constitución, pueda hacerse lo que se quiera, desde el momento en que se tiene detrás de sí a la mayoría de la nación. Pero en Alemania, donde el Reichstag y los otros cuerpos representativos carecen de poder efectivo, proclamar tales cosas, incluso sin necesidad, es como quitar la hoja de parra al absolutismo y cubrirle la desnudez con el propio cuerpo". Ello habrá de originar, además, la corriente denominada "revisionismo", que producirá variantes dentro del esquema propuesto por el socialismo. El propio Liebknecht se encargará de responder a la posición de Engels cuando afirmó, en 1891, que "el parlamentarismo es sencillamente el sistema de representación del pueblo.

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Si hasta ahora no hemos conseguido resultados en el Reichstag, la culpa no es del parlamentarismo: es consecuencia de que no tenemos todavía en el país, en el pueblo, el poder necesario. Si tuviésemos detrás de nosotros tantos votos y tanta fuerza como tienen los partidos burgueses, el Reichstag, sería para nosotros tampoco infructuoso como lo es para ellos... el otro camino es el de la violencia, pero ese camino conduce a la anarquía. En el proceso del tiempo, la mera fuerza debe ceder a los factores morales, a la lógica de las cosas. La esencia del revolucionarismo está, no en los medios, sino en el fin. La violencia sido durante miles de años un factor de reacción. Probar que nuestro fin es falso, y entonces podréis decir que el partido ha sido apartado por su jefes del camino de la revolución". Asimismo apareció en escena la soledad del proletariado en su lucha de clases contra la burguesía. El socialismo destilado por el nuevo partido se caracterizó por buscar la colaboración de los burgueses "progresistas" y sus organizaciones políticas. La discordia ascendió nuevamente los ánimos y, finalmente, se resolvió que ello podría realizarse con la única finalidad de aumentar el caudal electoral o en situaciones muy especiales cuando peligrase seriamente la situación del proletariado y del pueblo en general. Hubo sin embargo quienes se horrorizaron por esta heterodoxia interpretativa. Entre ellos, Kautsky fue el primero en rasgarse las vestiduras sosteniendo que, habían dejado de ser una filosofía de transformación social al servicio de la clase proletaria para convertirse en "una amalgama de radicalismo pequeño burgués y de oportunismo político". Nuevos hombres van apareciendo en escena y la ideología inicialmente marxista tiene mil variantes Eduard Bernstein, inspirador en gran medida del socialismo argentino, elabora una crítica al pensamiento de Marx basado en un concepto humanista dentro del cual el hombre es un fin en sí mismo y no un medio como lo consideraba el marxismo ortodoxo. Rechaza el determinismo económico porque rechaza el materialismo. Cree que la lucha de clases tiende a desaparecer de la faz de la tierra porque la evolución de la economía industrial no reduce el número de poseedores. Arguye que las relaciones sociales entre los hombres que, para Marx, sólo son de explotador/explotado, se van humanizando crecientemente como resultado de la democracia pluralista que elimina toda discriminación basada en la riqueza otras prerrogativas. La sociedad socialista, inevitable consecuencia de la evolución humana, llegará por medio de sucesivas transformaciones del sistema capitalista, no considerando necesaria la dictadura del proletariado, pues existen gran cantidad de burgueses que son profundamente revolucionarios y capaces de colaborar con la construcción de una sociedad socialista. Descubre que el marxismo es, antes que una antítesis del sistema liberal capitalista, un heredero. El proletariado debía llegar al poder político por medio del sufragio y el principal problema al que se enfrentan los trabajadores es la ampliación de sus derechos políticos, sociales y el arribo a una democracia económica. Kautsky fue el primero en lanzarse contra Bernstein en su obra “La conquista del poder", donde atacó al socialdemócrata en su alianza de clases con los sectores revolucionarios de la burguesía. Sostuvo que ello sería la fuente de grandes crisis en el pensamiento socialista puesto que dentro del mismo, el Estado no sería otra cosa más que la dominación de una clase por otra, razón por la cual no podía ser compartido. Según él la contradicción sería tan grave que la burguesía utilizaría las estructuras del Estado para continuar reprimiendo al proletariado. En segundo lugar, la respuesta la dio Rosa Luxemburgo quien en su libro “¿Reforma o Revolución?" Propone que los partidos socialistas se conviertan en movimientos de masas perfectamente capacitados para dirigir la acción del movimiento obrero. Su versión táctica difería sustancialmente de los socialdemócratas pues se apoyaba en la insurrección revolucionaria y la acción en la clandestinidad. Dijo de Bernstein que "el considerar el corral del parlamentarismo burgués como el órgano llamado a realizar la más formidable transformación social de la historia, a saber: el paso de la sociedad capitalista a la sociedad socialista", era considerado una tradición que trató de castigar pidiendo la expulsión de Bernstein en el Congreso de Hannover. HISTORIA Y POLÍTICA EN EL SINDICALISMO ARGENTINO www.elbibliote.com

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Sin embargo, la socialdemocracia obtuvo resultados verdaderamente importantes a tal punto que, los partidos obreros comenzaron a rozarse con la rama sindical que buscaba dejar de ser la "polea del Partido” para poder defender independientemente a sus miembros afiliados. Las lesiones fueron fundamentales para comprender el desarrollo posterior de las ideas dentro de todo el movimiento obrero mundial, una de ellas, la más importante, sería el movimiento sindicalista revolucionario nacido en Francia que mantuvo, como veremos, una posición equidistante tanto del marxismo como del anarquismo.

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CAPITULO IV LAS PRIMERAS CENTRALES OBRERAS:

SOCIALISTAS Y ANARQUISTAS

LOS COMIENZOS DEL ANARQUISMO El anarquismo en América Latina, y muy especialmente en Argentina, atravesó fundamentalmente por las dos etapas clásicas. Tal cual como sucedió en Europa, el anarquismo, reconoce su origen en los militantes de la Internacional que arribaron al país por la vía de la inmigración, y no se logró diferenciar más solamente de los socialistas hasta que estalló la contienda ideológica entre Marx y Bakunín. Recién cuando aparecieron en escena los partidarios de ambos ideólogos respectivamente, aparecieron las principales personalidades que habrían de dar su contenido anarquista al movimiento obrero argentino. La corriente ácrata es realmente relevante en nuestro país, pues fue en Argentina donde arraigó más profundamente. Algunos autores, como Giménez en su “Páginas de historia del movimiento social en la República Argentina", registran la presencia de gran cantidad de emigrados de la comuna de París pertenecientes a la Internacional que, evidentemente, continuaron militando en el proletariado argentino. Entre ellos aparece relevante la personalidad de un cigarrero llamado Eugenio Daumas, quien fundó una "sección francesa" de la Internacional, claro que diferenciada de "Les Egaux” de orientación fuertemente socialista marxista. Los miembros de este organismo decidieron fundar, alrededor del año 1872, un periódico al que resolvieron llamar "El Trabajador", del que sólo lograron hacer aparecer ocho números. La tarea de esta "sección" sin embargo, trascendió las fronteras de nuestro país aunque en el plano interno su eficacia no fue muy relevante. Así, en el informe del Congreso General de la Internacional se registra su existencia y sus actividades propagandísticas en favor de los postulados de libertad individual, abolición del Estado Nacional y de la propiedad privada. Según Nettlau, en “La Internacional en Bs. As. En 1872” demuestra que, además de la “ sección francesa", se habían constituido una "Sección española” y otra "italiana" que tenían por consigna un curioso lema que rezaba "no deberes sin derechos, no derechos sin deberes". Existen además otros varios antecedentes del movimiento anarquista. Por ejemplo, en 1874 la policía atrapó y encarceló a once personas que asistían a una reunión convocada mediante avisos en los periódicos, en la que se aprovechó para debatir los fundamentos ideológicos del anarquismo. La deliberación de tales ideas y principios doctrinarios era fomentada por diversos medios. En esa misma época, aproximadamente, hacía su aparición pública una pequeña revista llamada “Le Révolutionnaire” dirigida por S. Pourielle. Ya en 1879, aparece un centro de estudios dedicado a publicar y desarrollar las ideas del anarquismo fundadas en el bakunismo revolucionario y en el movimiento anarquista internacional. Este centro evitó un folleto titulado “Una Idea” que tuvo, en realidad, una gran difusión entre los trabajadores argentinos.

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Más adelante en el tiempo, los grupos de anarquistas proliferan notablemente. Su inclinación de trabajo era, esencialmente, la propaganda revolucionaria antes que la "acción directa" que vendrá más adelante. La posición inicial del anarquismo, creyó en un individualismo a ultranza eso en sus comienzos, entendiendo como uno de los tres males del mundo capitalista —y también socialista— la acción política y sindical "dentro" del sistema burgués; prefiriendo —de esta forma— la organización clandestina y la propaganda para la disolución del Estado o cualquier forma de autoridad pública. Bajo la respiración, se logra constituir una sociedad que recibió el nombre de Confederación Anarquista, que editó mensualmente un boletín titulado "La Anarquía". Junto a ellos, se van conformando otros nucleamientos no menos importantes como, por ejemplo, "La Familia Universal” de carácter profundamente antimilitarista y dedicado a enfrentar todo el orden establecido. Las actividades del movimiento anarquista en nuestro país se encubrieron, al igual que el socialismo antes analizado, debajo de la fachada de los centros de estudios, varios de los cuales fueron creados por esta época que estamos analizando. Además, los centros de estudios servían como instrumentos de captación de adherentes y capacitación de militantes y formación de "predicadores". Los centros de estudios económicos y sociales más conocidos, que respondían a la estrategia del anarquismo, para citar algunos, eran "Los Hambrientos de Barracas", “Ravachol”, “Ne dio ne padrone”, “Santo Caserio”, y otros de menor relevancia que se dedicaban a difundir un pequeño panfleto denominado "El Perseguido" que aparecía, según lo señalaba su editorial, cuando podía. Rebatiña Sin embargo, como hemos señalado, el cimiento del anarquismo lo constituyó el individualismo a ultranza que se fundamentó en las ideas de Max Stirner definidas en su libro "El único y su propiedad", donde se oponía a toda forma de realización orgánica. Estos fundamentos ideológicos se tradujeron en el seno del movimiento obrero en una suerte de menosprecio para la organización de sindicatos y la elevación de los "clubes" y centros de propaganda ideológica. Ello determinó que la actividad sindical quedara separada de la actividad ideológica del anarquismo, ya de un profundo carácter místico, basando su accionar táctico en el terrorismo revolucionario. Ello hizo proliferar los atentados contra instituciones y personas que representaban a la autoridad. Pero, ello no logró mantenerse y los grupos de anarquistas fueron siendo llevados, fracasó tras fracaso, a pensar en la posibilidad de adoptar otro carácter no individualista sino, más bien colectivista y orgánico cuyo accionar táctico debía interesarse profundamente por la actividad sindical. La nueva actividad anarquista partía del supuesto de que la revolución social se produciría por medio de una huelga general de todos los trabajadores que paralizaría a la sociedad, destruyendo toda institución, incluyendo al Estado. Una vez triunfante el movimiento revolucionario, la organización obrera —entendida como medio—, debía desaparecer dando lugar al Estado Federativo de Bakunín. Una de las luchas más violentas que se vivieron en el seno del anarquismo fue, precisamente, la puja intestina entre los individualistas y los colectivistas. La discusión adquirió caracteres de verdadera guerra, cuya agresividad llegó, inclusive, a superar a la lucha contra los enemigos ideológicos más importantes como lo fueron los socialistas. Como bien señaló Spalding, “La vaguedad de doctrina daba lugar a diversas interpretaciones sobre cuál era la forma apta para proceder en un caso determinado, produciendo debates teóricos entre los propios anarquistas. Este hecho debilitó a las organizaciones de esta tendencia, sobre todo en un país o una sociedad en la que el individualismo estaba profundamente arraigado en la personalidad colectiva”.

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Ello sucedió, en realidad, porque el anarquismo se caracterizó siempre por su extrema severidad ética. Cuenta Alba que

“en una de las más apasionadas discusiones entre anarquistas se debatió si los dirigentes sindicales debían tener sueldos pagados por los sindicatos; la mayoría de las centrales sindicales no tenían dirigente con sueldo; las actividades sindicales se llevaban a cabo después de las horas de trabajo y durante los fines de semana". (1) (1 )Víctor Alba, ob. cit., pág. 86.

Varias personalidades contribuyeron a definir la contienda ideológica entre los individualistas y los colectivistas. La definición de la lucha interna permitió dar un impulso renovador al movimiento anarquista argentino, y colaboraron en la misma hombres como el médico inglés John Creaghe conocido a través de "El Oprimido" que él mismo se dedicó a editar en la ciudad de Luján y los españoles —escapado de la represión de Primo de Rivera—, José Prat y Julio Camba, más tarde célebre humorista argentino. El anarquista de mayor gravitación fue, indudablemente, Erico Matatesta quien alrededor de 1885, comenzó a actuar en nuestro medio. Y, junto a él, aunque pocos años más tarde, alrededor de 1898, Pietro Gori, abogado italiano de gran elocuencia con una extraordinaria capacidad de persuasión. El primero de ellos, se dedicó a difundir las ideas del anarquismo por medio de un periódico editado en castellano e italiano 2 en el que se contribuyó a ver la necesidad de fomentar, entre los trabajadores argentinos, la idea de la organización y fue así como Malatesta participó de la fundación del primer sindicato de panaderos. El segundo, pronunció gran cantidad de conferencias y mantuvo vivas polémicas con los socialistas, enemigos naturales de las organizaciones de anarquistas, y, según lo relata Dickman en sus "Recuerdos de un militante socialista", llegó a entablar una amistad bastante sólida con José Ingenieros con el que cultivó su pasión por temas de criminología. Las pugnas ideológicas entre anarquistas y los socialistas y, más tarde, con los comunistas, ocuparon la mayor parte de la génesis de nuestro movimiento obrero y tiñó de ideología todo el proceso de organización. Ello se manifestó tanto los sindicatos propiamente dichos, como en la innumerable cantidad de organizaciones "paralelas" como fueron los ateneos, clubes, centro de propaganda, de estudios, etc. En tal pugna, Pellicer Parraire desarrolló una tarea importante como editor del periódico anarquista "La Protesta" desde donde apoyó las ideas y, fundamentalmente, las luchas del movimiento obrero español y sobre todo catalán casi completamente identificado con el anarquismo revolucionario. Parraire estaba profundamente imbuido de la ideología de los internacionalistas bakunistas que arraigó en España bajo la hegemonía teórica de Anselmo Lorenzo que aportó elementos importantes en la configuración de la fisonomía del movimiento anarquista español y, por consiguiente, del argentino. Pero, el anarquismo argentino se caracterizó, principalmente, por la diversidad de grupos y de tendencias que impidieron la unidad de concepción y, consecuentemente, la unidad de acción determinando discrepancias ideológico-políticas que llevaron a luchas intestinas de muy larga duración. La gravitación política del anarquismo no puede computarse como la obra realizada por los socialistas en el parlamento haciendo evolucionar la legislación laboral. Lo que en realidad sí puede establecerse es que, de no mediar la posición extrema del anarquismo, tales progresos no

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hubieran podido ser alcanzados. La acción revolucionaria propugnada por el anarquismo, en gran medida, facilitó el alcance de las reivindicaciones parlamentarias comprendiendo los sectores oligárquicos que, en el caso contrario, los socialistas habrían de adoptar —ellos también— posiciones extremas. (2) “Questione Sociale”, aparece cuando Malatesta comienza su actividad libertaria en la Argentina.

Regían hasta 1896 no se producen, sin embargo, serios enfrentamientos entre los anarquistas y los socialistas que, según lo registra la historia, comenzaron en una atada a una donde se desató una controversia de tres días con sus respectivas noches. En tal oportunidad, los socialistas podían identificarse por acusar a los anarquistas de "impacientes", de "acelerados" diríamos actualmente, y, al mismo tiempo, eran los acusados de traición a los más altos ideales del movimiento obrero. En aquella oportunidad, los anarquistas sostuvieron que la liberación del proletariado sólo podría realizarse mediante una táctica de acción directa, de lucha frontal contra toda forma de opresión. Lo contrario, implicaría un terrible pacto con la burguesía explotadora. Por lo tanto, la revolución representa una tarea inmediata —debía hacerse ya— y, consecuentemente, quien pactaba con el enemigo, es también asalariado de la burguesía que sirve a los intereses de los explotadores. Los socialistas no dejaron de hacer frente a la situación que les planteaban los anarquistas y lo hicieron por medio de una nueva acusación: decían que los anarquistas desperdiciaban las fuerzas del proletariado, hacían un uso equivocado de las mismas ya que las maletas estaban en una especie de "gimnasia" insurreccional que no permitía advertir los intereses más inmediatos de los obreros.

El artesanado que veía amenazado su modo de vida, su método autodidáctico de trabajo y su fuente de ingresos, engrosó rápidamente los adherentes del anarquismo y lo renovó doctrinariamente. Así, comenzó la política revolucionaria.

Cuando la polémica se trasladó al campo organizativo se comprobó que las primitivas nociones de un anarquismo sin autoridad y sin organización, han sido reemplazadas por una concepción organizativa que promovió el italiano Pietro Gori, con su abundancia de recursos intelectuales, su prestigio de publicista y su plena sugestión de orador. La misión de Gori significó ordenar los sacrificios de la rebelión anarquista hacia las agrupaciones de resistencia. (3) El periódico de Parraire, en un editorial señalaba —tal vez apoyando la posición de Gori— "para combatir y vencer a las clases opresoras, se necesita organización y fuerzas superiores a las que sirven a los gobernantes". (3) Alba, V.; ob. cit, pág. 90

La nueva posición del anarquismo fue el elemento más importante de aglutinación. Muchos trabajadores habían perdido completamente la fe frente al sistema que se había logrado implantar en el país y, muy especialmente, ante la situación creada por la estructura política, de total ilegitimidad. La limpieza electoral, el libre voto, su universalidad democrática y el secreto comicial, eran verdaderas fantasías. La realidad estaba empapada de la compra de votos, amenazas, votos forzados, fraude, votos de fallecidos, etc. Por consiguiente, la política " parlamentarista" del socialismo término por expulsar a una gran cantidad de militantes que no alcanzaban a ver en la lucha democrática una verdadera herramienta transformadora. La táctica anarquista pasó, por esta vía, a un primer plano de representatividad. El artesanado que veía amenazado su modo de vida, su método autodidáctico de trabajo y su fuente de ingresos, engrosó rápidamente los adherentes del anarquismo y lo renovó doctrinariamente. Así, comenzó la política revolucionaria. Una evidencia de estas tácticas insurreccionales de "acción directa" como se denominan en la jerga anarquista, puede observarse en una nota publicada en un diario de 1894, (4) donde se da cuenta del descubrimiento de un "complot" ácrata. "Habían convenido —dice el diario— aprovechar las fiestas mayas para poner en ejecución sus siniestros planes. Se proponían, con los escasos fondos que habían recolectado entre sí, hacer varias bombas, las que serían arrojadas en la Plaza de Mayo, en la Bolsa, en el Congreso y en algunas otras partes, aprovechando la aglomeración de gente que acudiría a presenciar la parada…, parece que habían preparado unas

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bombas para la casa del Presidente, o la Ópera, donde se encontrase, así como en la casa de otros hombres públicos". (4) Diario “La Voz de la Iglesia”, 26 de Mayo, N° 3444, página 2. Es preciso resaltar que se trata de un diario de derecha, conservador, anti-anarquista y anti-socialista, quizá “anti-obrero”.

Ese mismo diario, reproduce abundantemente comentarios respecto de la represión del movimiento anarquista al que combatió duramente desde sus columnas. Se alegraba, alrededor de 1893, de que "la policía asa comenzado una campaña contra los anarquistas, que por lo visto quieren hacer de las suyas en la República Argentina, donde sobra tierra para trabajar"; más adelante, daba cuenta de la detención de algunos militantes ácratas que presuntamente "habrían incitado a los obreros a la revolución y al crimen" sosteniendo que, allí se había detectado la presencia de ideólogos y que, a partir de entonces, "se procederá con todo rigor contra los autores de estos artículos incendiarios". En otras notas periodísticas se hacía referencia a una decisión del Poder Ejecutivo Nacional que "había resuelto que a los anarquistas detenidos en el Departamento (Policía) se les diera el plazo de 48 horas para que salieran del país o, en caso contrario, continuarían detenidos". Y, en otro número, señaló que "al comunicarles la orden, Luis Gilio, director del periódico anarquista La Riscosa, tuvo un arranque de indignación y exclamó: —“Sí, soy anarquista porque todo hombre de conciencia de desearlo. En esta tierra, la propiedad es un robo, y los gobiernos un abuso. Los anarquistas deseamos la igualdad para todos y que no haya nadie que nos mande. Aquí me tienen preso porque creen que soy un criminal nato, pero se equivocan".

LAS PRIMERAS CENTRALES En los capítulos anteriores hemos analizado cómo se han organizado las primeras sociedades de socorros mutuos, y el modo en que éstas se fueron transformando en "sociedades de resistencia" que se fueron multiplicando hasta difundirse en todas las regiones del país y en todos los oficios que existían. Hemos analizado, además, como estas incipientes organizaciones fueron creciendo y, también, muriendo, conforme evolucionaba la situación económica del país. No escapó a nuestro análisis el intento efectuado por al recién creado Partido Socialista por formar organizaciones obreras que adoptaron esquema de análisis tirado en el pensamiento filosófico del marxismo. Todo ello, va a producir un fenómeno nuevo en el país alrededor del año 1890, cuando se habría de iniciar una nueva etapa en la vida política, social y económica de los trabajadores argentinos inaugurando, en lo ideológico, una dura lucha por alcanzar la unidad de las fuerzas obreras como una forma eficaz de proporcionar a la clase trabajadora objetivos más precisos y, fundamentalmente, una mayor solidez orgánica. El movimiento obrero alcanzará, por este camino, una mayor permanencia y un alcance histórico que lo proyectará hasta nuestros días. Acorde con lo decidido por el Congreso Obrero Internacional de París que decidió fundar la "segunda Internacional", que extiende su vigencia hasta el final de la Primera Guerra Mundial, que, recordemos, decidió declarar un paro obrero internacional para el 1° de Mayo de 1890; el club Worwärts designó a José Winiger, Guillermo Schulze, Jochel, Augusto Khun y Gustavo Nocke para preparar la ejecución de tal directiva proveniente del movimiento socialista internacional donde, este club, había estado representado. Esta comisión encaminará sus esfuerzos a lograr la participación de las agrupaciones gremiales, sindicatos, entidades obreras, etc., en los actos que se programaban. Así, convocaron a una reunión en la que se informó "en varios idiomas" —según la referencia de muchos autores—, las finalidades que se perseguían reiterando la convocatoria a todas las instituciones presentes en esa ocasión. Los temas debatidos en dicha reunión eran, como se podía esperar, fiel reflejo de los sucesos del Congreso de París. Se habló del 1° de Mayo, de la utilización de una táctica fundamentada en la acción política a través del partido obrero, fuertemente centralizado, rígido y disciplinado que

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utilizaría al movimiento obrero como elemento de presión, razón por la cual, se pensó en la elaboración de un petitorio que, luego de un extenso debate, decidieron fuese llevado por los mismos obreros al Congreso Nacional y cuyo texto definitivo quedaría "a estudio" de las sociedades asistentes a la reunión. Muchas referencias hemos podido establecer en una fuerte oposición de los anarquistas a toda presentación ante el Congreso, ya que decían que el Estado es el menos indicado de todos para resolver los problemas de los trabajadores pero, el Congreso de París —como hemos visto— se había pronunciado favorablemente respecto de la obtención de leyes protectoras de la clase trabajadora.

Además, se resolvió constituir un "Comité definitivo" formando lo que más adelante se llamaría Comité internacional Obrero que, en su primera acción, aprobó el texto de un manifiesto dirigido a todos los trabajadores. (5) (5) Los integrantes de este Comité eran Winger, presidente; Nocke, vicepresidente; G. Schulze, E. Sánchez, G. Marrocco, O. Seyffert, M. Jackel, Secretarios; A. Kuhn, tesorero; P Coldara, G. Capodiluca, P. Galbetti, D. Gervati, P. Gorling, F. Hartung Larraque, C. Mauli, L. Biquerer, G. Sachse, E. Terzoglio, A. Uhlo, C. Margen, J. Moser, P. Maladelli, N. G. Penella, J. Paul, G. Villarreal, y S. Zander como representantes.

Por consiguiente, el Comité se impuso la tarea de realizar conferencias públicas para fomentar el acto del 1° de mayo y afinar los sobre leyes protectoras de los obreros que se incluirían en la presentación. El manifiesto aprobado, por su parte, denotaba el fuerte influjo de la Segunda Internacional aunque presta poca atención a la teoría e ideología, planteando, en cambio, la cuestión de los objetivos concretos a alcanzar por los trabajadores. Poco análisis se hace de los medios tácticos de la lucha obrera pues se consideraba este punto un asunto sumamente espinoso, limitándose a reclamar la unidad obrera, la formación de una federación y la elevación del petitorio. Ello, evidentemente, significaba proponer el programa internacionalista al movimiento de los trabajadores argentinos. El documento fue recibido bastante bien por el oficialismo periodístico. Por ejemplo, el diario conservador " La Prensa", alabó el procedimiento legalista adoptado, señalando, entre otras cosas, que "el manifiesto está redactado en términos muy sensatos y acusó un progreso indudable en los procedimientos de la clase obrera". La realización del festejo en el Prado Español, que tuvo proporciones fascinantes contando con casi ocho mil participantes de diversos orígenes nacionales como eran, por ejemplo los diversos oradores que Marotta señala se trataba de españoles, italianos, franceses y alemanes. Contó con la adhesión del club Worwärts, Sociedad Internacional de Carpinteros, Tipógrafos Alemanes, Sociedad Escandinavian Norden, Circolo Reppublicano, F. Campanella, Sociedad de los Países Bajos, Unión Calabresa, Sociedad Cosmopolita de Oficiales Sombreros, Obreros Alemanes de la Ciudad de Bs. As., Sociedad Italia Unita, Circolo Mandolinista Italiano, Sociedad Figli del Vesuvio, Circulo Republicano G. Mazzini, todos ellos de la Ciudad de Bs. As. y, además otras del interior y de la provincia de Bs. As. De la Plata asistió la Confederación Obrera Sudamericana de la Región Argentina; de Lobos, Unione e Fratellanza; de Rosario, Asamblea Internacional; de Chivilcoy, Societá di mutuo socorro Italiana; de Esquina, Sociedad de Resistencia Italiana Unione e Benevolenza; de Pergamino, Forze Unite; de Capilla, Sociedad Italiana y, seguramente, habrá otras que la historia no ha logrado registrar. Debemos contabilizar, además, el Círculo Socialista Internacional y otros que nos proporciona la

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historia de Marotta como la Sociedad L'Ancora, Sociedad Italiana de Barracas, Sociedad Roma de Capilla, Centro Republicano Italiano, Alianza Republicana de Buenos Aires, y la Sociedad de Cigarreros Unidos. Ello nos da la proporción institucional de las organizaciones obreras de aquel entonces. Los resultados obtenidos evidencian, también, la influencia de la Segunda Internacional: oficialización del 1° de mayo como Día Internacional del Trabajo, se decidió crear una federación de gremios, editar un periódico y enviar al Congreso Nacional un petitorio acompañado de las 7.432 firmas que se habían recolectado para solicitar leyes proteccionistas del trabajador. Alfredo López analiza acertadamente los frutos del petitorio entregado en la Secretaría de la Cámara de Diputados cuando dice que "es fácil imaginar la suerte de ese memorial. Nadie se ocupó del mismo. En agosto de 1892 pasó a mejor vida. Por imperio de la ley 1.714 a los tres años caducaba". Las deliberaciones para establecer una central comenzaron en un Congreso Obrero iniciado el 26 junio de 1890, es decir, pocas semanas después del acto del 1° de mayo. En total, apenas si participaron media docena de sindicatos o asociaciones obreras. Eran éstas los Carpinteros, Zapateros, Tipógrafos Alemanes y Oficios varios, de la Capital Federal, además, los Cigarreros de Hojas y organizaciones obreras de Mendoza, Santa Fe, Rosario y Chascomús. Estas pocas organizaciones bastaron para abrir un nuevo ciclo en la historia de la clase trabajadora argentina: el 29 junio de 1890, deciden fundar la primera central obrera del país. Tal medida, nos recuerdan las memorias de Enrique Dickmann, no fueron recibidas con agrado por parte del Estado Nacional, ni por las autoridades provinciales y municipales y mucho menos por la oligarquía, que atacó la iniciativa desde el primer momento. A partir de entonces fue frecuente —y lo registra abundante documentación que hemos reproducido en capítulos anteriores— el procedimiento policial que generaba nuevos y violentos incidentes, los encarcelamientos y las deportaciones de los manifestantes sindicales y sus dirigentes más conocidos. La Federación de Trabajadores de la Región Argentina (F.T.R.A.), o de la República Argentina, recibió varios nombres más como Federación Obrera Argentina (F. O. A.), Federación Obrera de la República Argentina (F. O.R. A.), y Federación Obrera entre otras, pero fue más conocida por el primero de los nombres aquí enumerados. El nacimiento del nuevo y flamante organismo se vio interrumpido en su creación por la revolución del 26 julio que gesta una situación nacional fruto del enfrentamiento armado, de gran peligrosidad para el movimiento sindical pues quedó declarado el "estado de sitio" y se multiplicó la represión policial; ello transformó tremendamente las condiciones ambientales preexistentes en un clima de inseguridad y temor. Sin embargo, la actividad no se interrumpió completamente, a fin de 1890, el 12 diciembre, aparece el periódico oficial de la central. La nota Editorial del periódico "El Obrero", en su primer número, expone bajo el título de "Nuestro Programa" las ideas principales que inspiran a la primera central del país: "¡Obreros! ¡Compañeros! Hace tiempo que se hace sentir la falta de una publicación representante de los intereses de la clase obrera y del Proletariado, en el sentido más alto de la palabra, y contando con el apoyo del Comité Internacional, y el favor de las sociedades de artesanos, que forman la Asociación Internacional de Obreros en esta ciudad, hemos resuelto fundar esta hoja que saldrá por ahora sin determinación de plazo fijo ofreciendo a todo el Proletariado Argentino, como un campeón de los intereses de la clase de los trabajadores asalariados. El día 1° de Mayo, algunos miles de obreros de esta ciudad de Buenos Aires respondiendo a los propósitos y al programa del Congreso Internacional de socialistas reunidos el 1° de julio de 1890 en París, celebraron un primer meeting solemne en el Prado Español y fundaron el Comité Internacional, como un centro de unión de todas las sociedades de obreros que conscientes de la

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magnitud de la misión que en la historia de la cultura humana está llamada a llevar a cabo la clase proletaria, se coaligaron, animados por el espíritu de solidaridad más amplia, con el fin de prestarse mutuamente auxilios, y robustecer la acción común, por un lado para luchar con la fila cerrada por el mejoramiento de las condiciones de existencia, o sea para mejorar en cuanto posible fuera los salarios y disminuir las horas diarias de trabajo, y por otro lado para continuar la gran obra de la emancipación de la clase obrera cuyo acto libertador lo comprende la misión del Proletariado. Venimos a presentarnos en la arena de la lucha de los partidos políticos en esta República como campeones del Proletariado que acaba de desprenderse de la no poseedora, para formar el núcleo de una nueva clase, que inspirada por la sublime doctrina del Socialismo Científico, cuyos teoremas fundamentales son: la concepción materialista de la Historia y la revelación del misterio de la producción capitalista por medio de la supervalía —los grandes descubrimientos de nuestro inmortal maestro, Carlos Marx— acaba de tomar posición frente al orden social vigente.

La bolsa, este templo de gran sacerdocio capitalista, hostilizó al gobierno caudillero por medio del agio, del precio del oro, y la completa ignorancia de nuestros hombres de estado en todo lo que la estructura económica del capitalismo concierne, llevó al país a la bancarrota.

Había dominado hasta aquí en la República Argentina el régimen del caudillaje, despotismo nacido de la autoridad que ejercían los jefes conquistadores españoles, apoyados por la herida clerigalla católica, cuya constitución política nació de la organización de la producción en el sistema de las Encomiendas y la Esclavitud, y aunque la Revolución de 1810 abolió la esclavitud de derecho, de hecho tanto ésta como el caudillaje se habían conservado hasta mucho después, tan arraigados estaban ambos en las costumbres de la gente del país, y si la esclavitud abolida en las zonas más civilizadas del país, por el asalariado existe todavía en las regiones del interior donde las costumbres no han sido alteradas todavía por el razonamiento suficiente con el elemento extranjero, el caudillaje rehabilitado por el sistema de la Política Electoral, no solamente que existe todavía, no obstante de las Constituciones redactadas sobre el molde de las instituciones de la así denominada libertad anglicana, sino que llegó al máximo grado de su desenvolvimiento en el régimen de incondicionalismo y del unicato, forma especial sudamericana del absolutismo que todos conocemos. El capitalismo internacional en busca siempre de mercados nuevos para sus mercaderías, pero de mercados solventes, ha mucho que se fijó la fertilidad y habitabilidad de estas comarcas. Fue él quien inició que lleva adelante la obra de civilización aquí, echando sus capitales sobrantes a este país, tras recursos capitales han venido siguiendo muchos miles de obreros y trabajadores en busca del mercado en que podían vender su fuerza de trabajo. Pero si vivís aquí de decir organizar la producción y el trabajo conforme con las leyes del capitalismo, cuyas leyes surgen frente a cada individuo como leyes compulsoras de la libre concurrencia, y realizar en el orden social, las instituciones del liberalismo democrático burgués como única organización social adecuada al máximo desarrollo posible de la libre concurrencia o competencia. El capital se ha sabido valer de la oligarquía del caudillaje para sentar sus reales en el país, e inter este último bien remunerado, se portó obediente y dócilmente, ambos marcharon de acuerdo. Pero resultó que la oligarquía caudillera, abusando más y más del poder del estado para garantir a sus propios miembros de las consecuencias de la ley sobre libre competencia que determina las relaciones de los capitales individuales entre sí, infringió arbitrariamente las leyes capitalistas, o sea de la sociedad democrática burguesa, convirtiéndose el unicato incondicional en un absolutismo insufrible y absurdo. Entonces el capital internacional le echó el guante al caudillaje y estalló la guerra. La bolsa, este templo de gran sacerdocio capitalista, hostilizó al gobierno caudillero por medio del agio, del precio del oro, y la completa ignorancia de nuestros hombres de estado en todo lo que la estructura económica del capitalismo concierne, llevó al país a la bancarrota. Obedeciendo la acción civilizadora del capital social se alzó la Unión Cívica, levantando la bandera

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del régimen puro de la sociedad burguesa. Hemos visto cómo en la revolución de julio, la revolución de la burguesía argentina por excelencia, esta última aunque desgraciada en la lucha sobre las barricadas y mal dirigida, derribó el caudillaje en la primer campaña, y si este último recuperó su fuerza de nuevo, sin embargo, ante la guerra implacable que le hace la Bolsa, guerra inspirada del gran cuartel general del capitalismo internacional en Lombarda Street de Londres, tendrá que arriar bandera bien pronto, definitivamente. Comenzó pues en este país la era de la dominación pura burguesa, hasta hoy claudicada por tradiciones caudilleras hispanoamericanas. Esta era del régimen burgués puro importa, sí, un gran progreso, y nosotros que confesamos la ley fundamental del materialismo dialéctico, de que la historia de la humanidad es un desarrollo infinito, en que, de un estado alcanzado se viene desarrollando el subsiguiente, y que sabemos que en el capitalismo y en la sociedad burguesa misma, ya se hallan en vigoroso proceso de desenvolvimiento los gérmenes de la futura sociedad comunista, cuya realización es el objeto final de nuestros esfuerzos y deseo, nosotros aclamamos la nueva era con satisfacción. Pero nosotros sabemos también que la historia no es otra cosa que la lucha, de que la era del régimen de la burguesía pura no importa otra cosa, sino una crecida apropiación de trabajo no pagado en forma de supervalía y la explotación más intensiva de la fuerza de trabajo de los obreros. El capitalista, al tiempo que paga la fuerza-trabajo del obrero con el valor real que, como mercancía tiene en el mercado, extrae no obstante de ella mucho más valor de aquel que él ha dado en la forma de salario para adquirirla, y que esta supervalía constiuye la suma de valores de donde proviene la masa del capital siempre creciente, acumulada en manos de las clases poseedoras. Con la era de la administración pura burguesa, los capitalistas tratarán de hacer más la proporción de la supervalía relativa, de aumentar el grado de explotación del trabajo, tanto más como el país tiene que pagar enormes deudas en el exterior, que solamente puede satisfacerse por los valores de la producción. La clase de los verdaderos productores, la de los obreros, pues, tendrá ahora que defenderse de un modo tanto más enérgico contra las exigencias crecientes del capitalismo cuando la burguesía es la absoluta dueña de los poderes del Estado, sobre todo de la legislatura, y estará empeñada en echar todos los cargos e impuestos necesarios para la conservación de la autonomía nacional y provincial sobre los hombres del proletariado. De allí resulta que la lucha de la clase proletaria por el mejoramiento de su situación económica, es inseparable de la participación enérgica que como clase tiene que tomar en la política del país. Son estas consideraciones las que servirán de base para nuestra actitud de campeones de los intereses de la clase obrera. Queremos pues, defender en primer lugar al salario para facilitar una existencia humana a los trabajadores asalariados y queremos, en segundo lugar, ser propagandistas de la sublime doctrina del socialismo científico moderno, que enseña al proletario como él está llamado a ser el poderoso agente; por cuya acción la Humanidad conquistara el máximo grado de libertad posible, haciéndose dueña de la Naturaleza y en este sentido siempre levantaremos la voz para gritarle a la clase de los obreros y trabajadores asalariados: Proletarios de todos los países, uníos." En enero de 1891, la Federación aprobó sus primeros Estatutos sobre las bases de un principio federativo, ultimando los detalles para realizar la primera convocatoria a un Congreso, el primero, estableció, además, un programa de reivindicaciones. Por último, aprobó lo realizado por "El Obrero" como su órgano oficial de prensa. La FTRA proclamó, en dicha oportunidad "la unión de los obreros de esa región, para defender los intereses morales y materiales, y practicar la solidaridad con los hermanos de todas las regiones en lucha contra el capital que sus monopolizadores…” Consideró, además, la centralización como "uno de los medios para llegar a la completa emancipación del trabajo..., la organización de todos los trabajadores en secciones de oficio y sociedades puramente obreras". Se propuso, juntamente, "la solidaridad en todos los casos en que se presente la lucha por intereses obreros..., y... la propaganda e instrucción por medio de la prensa, bibliotecas, conferencias y folletos...". HISTORIA Y POLÍTICA EN EL SINDICALISMO ARGENTINO www.elbibliote.com

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En el número 96 de "El Obrero" se especifica una breve nota sobre el objeto de la Federación y dice así: "El objeto de esta Federación es: La emancipación de la clase proletaria; agrupándose en sociedades gremiales de resistencia. El mejoramiento social actual asentándose solidariamente en caso de huelgas o desgracias en su existencia social, previo acuerdo de la comisión general. Aumentar el saber de sus miembros por medio del reparto de diarios y órganos que esclarezcan la cuestión social, y con discusiones públicas sobre temas de importancia para la clase obrera. La creación de sociedades gremiales no existentes hasta ahora, apoyar las existentes con la creación de un fondo destinado a servir en una defensa necesaria contra la explotación del capital". Con relación al aspecto orgánico, Rotondaro hace una tipificación que, a la luz de los estatutos parece ser la más acertada.

"El principio organizativo en el cual se basaba la central —dice— era el de la Federación obrera local que constituía la base de la F.T.R.A. Los estatutos establecen que las federaciones locales estarían compuestas de las sociedades o secciones de oficios e individuos de una localidad y que en la localidad donde no exista más de una sociedad adherida, se considerara a ésta como Federación local. Su gobierno estaba en manos de un comité, conservando libertad e independencia de acción. Las autoridades federativas eran el Congreso y el Comité Federal. Éste último estaba integrado por once miembros elegidos por el congreso de delegados, siendo su mandato anual. El Congreso se componía de delegados de todas las secciones de oficios y sociedades are adheridas, y se reunía anualmente. Cada sección —decía el estatuto— que tenga de 20 a 100 socios tendría derecho a un delegado y otro más por cada 100 que excediera de ese número. Se contemplaba la elección indirecta de delegados al facultar a las sociedades a elegir representantes en la localidad que creyeran más conveniente”. (6) (6) R. Rotondaro, “Realidad y cambio en el Sindicalismo”. Ed. Pleamar, pág. 37-38.

El programa de acción adoptado era lo suficientemente amplio. Oddone, en su Historia del Socialismo, lo reproduce en su totalidad. Estaba dividido en dos partes: las consideraciones y las resoluciones. "Considerando: Que esta sociedad es injusta, porque divide a sus miembros en dos partes desiguales y antagónicas; la Burguesía, que poseyendo los medios de producción es la clase dominante; otra, el Proletariado, que no poseyendo más que su fuerza de trabajo, que tiene que vender forzosamente por el precio de su patrón burgués capitalista le quiera pagar, con el fin de poder adquirir los medios más indispensables de subsistencia, es la clase dominada.

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Que el hecho de no poseer los productores —que son los trabajadores— los medios de producción, es la causa primera de la dependencia económica, y por consiguiente de la esclavitud en todas sus formas: la miseria social, el envilecimiento intelectual y físico y la dependencia política. Que los privilegios de la Burguesía capitalista están garantizados por el poder político, del cual se valen para dominar al Proletariado. Que la ley natural de evolución y del desarrollo de la producción, la razón y la justicia, exigen que la desigualdad y el antagonismo entre una y otra clase desaparezcan, reformando o destruyendo el estado social que la produce. Que esto no puede conseguirse sino transformando la propiedad individual o corporativa de los medios de producción en propiedad común de la sociedad entera. Que la poderosa palanca con que el proletariado ha de destruir los obstáculos que la transformación de la sociedad se oponen, ha de ser el poder político, del cual se vale la Burguesía para impedir las reivindicaciones de los derechos del Proletariado. Que la Federación Obrera Argentina declara que tiene por aspiración lo siguiente: 1

La posesión del poder público por la clase obrera. La transformación de la propiedad privada o corporativa de los medios de producción en propiedad colectiva, social o común, o sea la socialización de los medios de producción. 3 La organización de la sociedad sobre la base de una Federación económica. 4 La regularización internacional de la producción. 5 La igualdad de todos ante los medios de desarrollo y de acción. 6 La igualdad de todos en las ventajas. 2

6

Parte Política: Derechos de asociación, de reunión y de coalición. Libertad de prensa. Naturalización amplia de los extranjeros. Sufragio universal simple. Seguridad individual. Inviolabilidad de la correspondencia y del domicilio. Justicia gratuita. Jurado para toda clase de delitos. Abolición de la pena de muerte. Supresión del ejército permanente y armamento general del pueblo. Abolición de la deuda pública. Declaración de la religión como un asunto privado. Separación de la Iglesia del estado. Supresión del presupuesto del clero y confiscación de sus bienes. “Self government” de las comunas. Parte económica: La parte económica la forman las reivindicaciones relacionadas con la jornada de ocho horas, el trabajo de las mujeres y menores, la seguridad, la higiene en el trabajo, la inspección en los talleres, la igualdad en los salarios de hombres y mujeres, etcétera." (7) (7) Jacinto Oddone, “Historia del Socialismo”, tomo I, páginas 152 y 153.

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La fuerte vinculación con el exterior, es evidente se inspira en el Partido Socialista, es bien señalada por Spalding cuando dice que la relación externa no se trataba solamente por medio de los afiliados, muchos de ellos nacidos en Europa y emigrados, "sino por medio del intercambio de publicaciones y por la participación en congresos internacionales obreros". Por ejemplo, la Federación participó del Congreso Socialista Obrero realizado en 1891 en la ciudad de Bruselas. "El Obrero" reproduce en su número del 28 julio de 1891, en su primera página, el memorial enviado ese congreso. En sus párrafos más salientes se señala que "el país se halla sumido en un estado desesperado y en una crisis económica terrible. La clase de los grandes hacendados y propietarios de la tierra... nos gobierna por medio del repugnante sistema despótico y arbitrario del caudillaje, un sistema oligárquico injusto que permite la más ilimitada explotación absoluta del país, en provecho de los miembros de aquella clase... la concentración de capital ha llegado a tal punto que más de la mitad de toda la riqueza se halla hoy en manos de 200 propietarios..." En otro tramo del memorial se dice que "muchos miles de proletarios desesperados ya han huido de aquí al Brasil o a Europa, otros se están preparando para emigrar aunque estuviesen obligados a vender su última camisa para pagar el pasaje, y miles están sin trabajo. Muchos trabajadores han ido al campo en donde ellos hacen competencia a los hijos del país, a los indios que trabajan por un salario casi imaginario en las plantaciones y estancias de crianza. Mucha gente en el interior trabaja por la comida nomás..." Más adelante, daban cuenta de la constitución de la Federación Obrera y de la solicitud presentada al Congreso Nacional "pero hasta ahora no hemos conseguido que fuese tomada en consideración”. Se quejaban por la actitud de los anarquistas quienes arruinaron el festejo del 1° de mayo pues en una “tonta habladuría” proclamaron la huelga general, el saqueo de los almacenes y la revolución social. Referente este tema dice "no hemos querido exponer a los compañeros a la brutalidad de la policía exaltada por la charlatanería de los anarquistas y no hemos tomado parte por esto en dicha manifestación, que efectivamente remató en un ataque por parte de la policía sobre los manifestantes y de la que resultaron heridos y arrestados, que según el uso del país, no saldrán tan pronto de la prisión, aunque sean enteramente inocentes; los anarquistas se han sabido salvar, huyendo locos de miedo, como una tropilla de carneros..." Finalmente, informaba que la propaganda socialista se efectuaba por “El Obrero” y el “Worwärts” editado en alemán contándose además con órganos de prensa obrera de los que citan “L'Amico del Popolo” (republicano italiano), "La Unión Obrera" (anti socialista español), "El Perseguido" (anarquista español) y "El Tipógrafo" (español e italiano). El documento terminaba diciendo: "Luchamos contra la mala suerte con todas nuestras fuerzas, a favor de la sublime causa de la emancipación del Proletariado y de la Humanidad y no hemos de aflojar". En agosto de 1891, la Federación realiza su primer congreso al que asistieron, según lo relata Oddone en “Gremialismo Proletario Argentino”, los carpinteros, ebanista y anexos; los tipógrafos alemanes; los panaderos; la sección local de la ciudad de Santa Fe, la de Chascomús y la de Capital Federal. En tal oportunidad se comprobó el predominio de la corriente marxista pues se bosquejó un programa de acción que incluía la configuración de una comisión encargada de elaborar un programa análogo a los partidos obreros europeos, la lucha por una jornada laboral de ocho horas y un descanso semanal de treinta y seis horas corridas, la abolición completa de la propiedad individual, de acuerdo a los pronunciamientos del socialismo internacionalista. En este congreso no dejó de haber, consecuentemente, conflictos ideológicos. La actitud promarxista del mismo, motivó el alejamiento de los obreros panaderos —como se recordará sindicato fundado bajo inspiración del anarquista Enrico Malataesta— que adujeron que no podían seguir permaneciendo en el Congreso de la FTRA debido a la ausencia de auténticas sociedades gremiales en la Federación. "El Obrero" había reafirmado con motivo del Congreso, la línea ideológica en que se inspiraba. "Aunque poco imponente —decía— todavía en cuanto sus fuerzas y el número de compañeros alistados en secciones gremiales, organizadas, es un partido poderoso e invencible por este carácter socialista del mismo". La fractura había comenzado a producir serios enfrentamientos en el seno del movimiento

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Los gremios anarquistas que propiciaban el aniquilamiento de la central socialista, no podían estar ajenos a la necesidad prioritaria del movimiento obrero argentino. Así, en el año 1896, algunas organizaciones deciden rehacer la Federación Obrera Argentina (F.O.A.) pero, obviamente, va la ideología anarquista pero, lamentablemente, la segunda central fundada en el país, se vio obligada a desaparecer tras fuertes enfrentamientos

obrero. Las figuras ideológicas motorizaban el final de esta central. Sin embargo, la organización lograría realizar, en octubre de 1892, su Segundo Congreso, en medio de una buena crisis nacional en la que la creciente emigración de trabajadores provoca el desmantelamiento de los sindicatos y en el cual las antinomias ideológicas profundizadas llevan a los anarquistas a un ataque permanente a la central socialista. Marotta se refiere a la pugna ideológica sostenida en aquel entonces, de la cual él fue casi un protagonista más, señalando que "magnífico es, sin duda, el esfuerzo que unos y otros realizan para promover el despertar de la conciencia obrera en los albores de las luchas del trabajo en el país; mas su grandeza es empañada por quienes piensan que los trabajadores han de ser objeto de tutelajes extra sindicales; tutelaje que para unos tiene carácter político, para otros es ideológico, y para los del más allá —que aparecen en el curso de la fuerza organizada del trabajo— asume aspectos religiosos, patronales estatales, según veremos a medida que vayamos avanzando en el conocimiento de nuestra accidentada acción sindical, matizada tantas veces de hondo dramatismo y epopéyicos contornos". Hay que reconocer que la aviesa intención de los unos y los otros no es suficiente argumento para descalificar los resultados de la Federación. Hay que comprender que se trata, fundamentalmente, de un resultado de un proceso histórico antes que la voluntad de uno o más ideólogos y que, por consiguiente, hay que comprender a los trabajadores en una grave crisis como la que se vivió, para entender los hechos políticos, sociales y económicos. Como señala con acierto Spalding, "los obreros eran atraídos por las organizaciones por su capacidad de solucionar en forma fehaciente la vida del trabajador y no por la belleza de una plataforma ideológica... las federaciones tenían un doble propósito. Deseaban mejoras positivas para sus afiliados, más bienestar en el trabajo y un trato más justo para el obrero, particularmente en el caso de las mujeres y niños. Asimismo, reclamaban, a tono de la época en que se vivía, sueldos a oro. Por otra parte, las federaciones ambicionaban enriquecer la vida del trabajador propiciando mejor educación, como también colaborando eficazmente en tiempo de desastres y depresión económica con socorros mutuos y otras medidas". Ello nos da la pauta de la corta vida de organizaciones centrales con finalidades más que nada ideológicas pero, también, nos evidencia la creciente toma de conciencia que se va operando en toda la clase trabajadora. Poco después no se debatirá si conviene o no una federación, se exigirá una central como el medio más idóneo de luchar por los más elementales derechos del hombre que trabaja. Los gremios anarquistas que propiciaban el aniquilamiento de la central socialista, no podían estar ajenos a la necesidad prioritaria del movimiento obrero argentino. Así, en el año 1896, algunas organizaciones deciden rehacer la Federación Obrera Argentina (F.O.A.) pero, obviamente, va la ideología anarquista pero, lamentablemente, la segunda central fundada en el país, se vio obligada a desaparecer tras fuertes enfrentamientos con los poderes del Estado. Recién el año 1901 no volverá a producirse la organización en torno a la una central obrera. Previamente a ello, debemos tomar en cuenta la acción desarrollada por los anarquistas Malatesta, Gori y Parraire por medio del periódico “L'Organización”, creado el año anterior a fin de rectificar la vieja actitud anti orgánica de los anarquistas libertarios. Pietro Gori, por ejemplo, señaló en una conferencia, citado en el trabajo de Marotta, la importancia de la organización de los trabajadores. "El notable propagandista italiano del anarquismo —dirá— refiérese al carácter de las luchas obreras en los distintos países. "Donde mejor organizada se halla la clase obrera, mejores batallas ha sostenido contra el capital". Refuta las doctrinas individualistas y anti organizativas, en boga en el campo anarquista, y afirma que para el triunfo de las luchas proletarias no hay nada más positivo que la asociación... La sociedad anarquista sería irrealizable si no se asienta en la organización". El pensamiento de Pellicer Parraire, de quien ya hemos anticipado algunos puntos, resulta bastante más elaborado que el de Gori pero no menos ilustrativo. Según los datos que nos ha proporcionado Diego Abad de Santillán podemos sintetizar las principales ideas “No hay cosa alguna —dice en uno de sus artículos— desde lo infinitamente pequeño a lo inmensamente grande que no signifique asociación de esfuerzos, organización de elementos, fuerza. HISTORIA Y POLÍTICA EN EL SINDICALISMO ARGENTINO www.elbibliote.com

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Referente este tema dice "no hemos querido exponer a los compañeros a la brutalidad de la policía exaltada por la charlatanería de los anarquistas y no hemos tomado parte por esto en dicha manifestación, que efectivamente remató en un ataque por parte de la policía sobre los manifestantes y de la que resultaron heridos y arrestados, que según el uso del país, no saldrán tan pronto de la prisión, aunque sean enteramente inocentes; los anarquistas se han sabido salvar, huyendo locos de miedo, como una tropilla de carneros..." Finalmente, informaba que la propaganda socialista se efectuaba por “El Obrero” y el “Worwärts” editado en alemán contándose además con órganos de prensa obrera de los que citan “L'Amico del Popolo” (republicano italiano), "La Unión Obrera" (anti socialista español), "El Perseguido" (anarquista español) y "El Tipógrafo" (español e italiano). El documento terminaba diciendo: "Luchamos contra la mala suerte con todas nuestras fuerzas, a favor de la sublime causa de la emancipación del Proletariado y de la Humanidad y no hemos de aflojar". En agosto de 1891, la Federación realiza su primer congreso al que asistieron, según lo relata Oddone en “Gremialismo Proletario Argentino”, los carpinteros, ebanista y anexos; los tipógrafos alemanes; los panaderos; la sección local de la ciudad de Santa Fe, la de Chascomús y la de Capital Federal. En tal oportunidad se comprobó el predominio de la corriente marxista pues se bosquejó un programa de acción que incluía la configuración de una comisión encargada de elaborar un programa análogo a los partidos obreros europeos, la lucha por una jornada laboral de ocho horas y un descanso semanal de treinta y seis horas corridas, la abolición completa de la propiedad individual, de acuerdo a los pronunciamientos del socialismo internacionalista. En este congreso no dejó de haber, consecuentemente, conflictos ideológicos. La actitud promarxista del mismo, motivó el alejamiento de los obreros panaderos —como se recordará sindicato fundado bajo inspiración del anarquista Enrico Malataesta— que adujeron que no podían seguir permaneciendo en el Congreso de la FTRA debido a la ausencia de auténticas sociedades gremiales en la Federación. "El Obrero" había reafirmado con motivo del Congreso, la línea ideológica en que se inspiraba. "Aunque poco imponente —decía— todavía en cuanto sus fuerzas y el número de compañeros alistados en secciones gremiales, organizadas, es un partido poderoso e invencible por este carácter socialista del mismo". La fractura había comenzado a producir serios enfrentamientos en el seno del movimiento obrero. Las figuras ideológicas motorizaban el final de esta central. Sin embargo, la organización lograría realizar, en octubre de 1892, su Segundo Congreso, en medio de una buena crisis nacional en la que la creciente emigración de trabajadores provoca el desmantelamiento de los sindicatos y en el cual las antinomias ideológicas profundizadas llevan a los anarquistas a un ataque permanente a la central socialista. Marotta se refiere a la pugna ideológica sostenida en aquel entonces, de la cual él fue casi un protagonista más, señalando que "magnífico es, sin duda, el esfuerzo que unos y otros realizan para promover el despertar de la conciencia obrera en los albores de las luchas del trabajo en el país; mas su grandeza es empañada por quienes piensan que los trabajadores han de ser objeto de tutelajes extra sindicales; tutelaje que para unos tiene carácter político, para otros es ideológico, y para los del más allá —que aparecen en el curso de la fuerza organizada del trabajo— asume aspectos religiosos, patronales estatales, según veremos a medida que vayamos avanzando en el conocimiento de nuestra accidentada acción sindical, matizada tantas veces de hondo dramatismo y epopéyicos contornos". Hay que reconocer que la aviesa intención de los unos y los otros no es suficiente argumento para descalificar los resultados de la Federación. Hay que comprender que se trata, fundamentalmente, de un resultado de un proceso histórico antes que la voluntad de uno o más ideólogos y que, por consiguiente, hay que comprender a los trabajadores en una grave crisis como la que se vivió, para entender los hechos políticos, sociales y económicos. Como señala con acierto Spalding, "los obreros eran atraídos por las organizaciones por su capacidad de solucionar en forma fehaciente la vida del trabajador y no por la belleza de una plataforma ideológica... las federaciones tenían un doble propósito.

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Aplicando el principio a las cosas sociales, tenemos: unas clases dirigentes, dominantes, opresoras, explotadoras (la minoría) que explotan, oprimen, dominan y dirigen o gobiernan a las clases productoras (la gran mayoría); aquéllas cuentan con su gran organización de elementos y de fuerzas para mantener su dominación; éstas no tienen organización de fuerza; y por ser los más, son dominados por los menos. De ahí se sigue que, para combatir y vencer las clases oprimidas a las clases opresoras, se necesita de organización y fuerza superiores a las que sirven a los gobernantes. La fuerza reside en cada uno de nosotros, los oprimidos; pero esa fuerza es nula sin asociación, sin organización. Entonces, si tenemos ya un ideal, objetivo, para lograr su realización necesitamos de la organización". Pero, para Parraire, la organización no debería ser meramente económica sino profundamente revolucionaria. "Una rama de la organización obrera, que puede denominarse revolucionaria, la constituyen cuantos, plenamente convencido, trabajan rectamente por el triunfo del ideal; y otra rama, que puede llamarse económica, la constituyen las masas obreras que pugnan por mejorar su conclusión contrarrestando los abusos patronales, no bien convencidas aún de los esfuerzos empleados por parciales mejoras se hicieran por la completa emancipación, con menos sacrificios y tiempo, ésta se lograría. Pero forzoso es admitir que las cosas son como son, y así debe aceptarse la organización paralela o dualista: la revolucionaria, calada en los ideales, es más simple y más fácil, porque en ella figuran los más instruidos al fin perseguido. Núcleos para cada tarea, y inteligenciación de esos núcleos para todo lo trascendental; he aquí la organización revolucionaria. La económica más complicada y difícil por las grandes masas que envuelve y la multiplicidad de propósito que tiene en vista. Por esto es que este sistema de organización ha sido de labor lenta, a la cual han contribuido las mejores inteligencias, porque también esa organización es la verdadera palanca de la fuerza revolucionaria, y aún quizás representa la sociedad nueva dentro de la vieja. De modo que esta organización, que llamamos económica para darle un calificativo que la distinta de la revolucionaria, para que se comprenda mejor, sin que queramos decir que una y otra no sea a la vez económicorrevolucionarias, es la que verdaderamente exige algún estudio”. En otra parte de su obra señala sus propuestas concretas, especialmente cuando señala: "Que se organice la Federación local en el sentido de la comuna revolucionaria, de la acción permanente y activa del pueblo trabajador en todos los asuntos que comprometen la libertad y la existencia. La asamblea local en vez del Consejo local nos parece más apropiada a sus funciones; ella es una representación vigilante del pueblo, mientras éste no puede estar permanentemente en la brecha, pues no tiene el tiempo material para ello en circunstancias normales y sabe que si la labor diaria le ocupa todas las horas quedan buenos compañeros que le informan de la marcha de los sucesos, para en último caso necesario, acudir presto a ejercer directamente ese derecho, del cual no se despoja, sin embargo, un minuto, porque nadie da poder para ello. De este modo se evita que los consejos locales parezcan un remedo de los asentamientos o consejos municipales, al paso que la asamblea local representa al pueblo en acción”. Más adelante se dedica a analizar los pilares de la sociedad futura una vez derrotada la burguesía. "La Federación local —dice—, partiendo del concepto del trabajo y funcionando como organismo social, sienta las bases de la sociedad del porvenir...". Por último, hace una explícita referencia a la influencia de la Internacional al preguntársele ¿Cuál es la aspiración de la Internacional?” Y se auto responde: "La acción inteligente del proletariado de todo el universo, sin distinción de razas, creencias y nacionalidades".

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(8) participaron de ese congreso, delegados de los siete sindicatos, según lo refiere Marotta: Capital Federal: Albañiles, representado por Víctor Colombo y Pablo Frenz; Constructores de Carruajes y Carros, Pedro Ponti y Francisco Cruces; Asociación de Artes Gráficas, Luis Malgrassi y Torrens Ros; Ebanistas (sección central), Ramón Vidal y Cristóbal Montales; Ebanistas (sección oeste), Nicolás Moglia y Eduardo Penche; Hojalateros, Domingo Larrossi; Mecánicos y Anexos, Francisco Cúneo y Dante Grafagnini; Mimbreros, Ángel Ferrarotti y José Cavalleri; Marmoleros, Pedro Barsanti y Jaime Barba; Panaderos, Anselmo Bannet y F. Berri; Picapedreros, Timoteo Di Tulio y A. Gosdia; Yeseros, Leandro Cánepa; Zapateros, José Risso y Pedro López de la Osa; Talabarteros, Ernesto Negri y Juan Oldani; Veleros, Alfrombreros y Anexos, C. San Clemente y José Real. Interior: Albañiles de La Plata, Juan Mosca y Agustín Bernasconi; Albañiles de Quilmes, Alfonso Lozza; Albañiles de Rosario, Pedro G. Gudier y Ricardo Barbarossa; Albañiles de Pergamino, Francisco Reyles y Carlos Crivioti; Albañiles de Banfield, Bautista Riela y José Costa; Descargadores de San Nicolás, Adrián Patroni; Panaderos de San Nicolás, Adrián Troitiño y F. Ciminaghi; Panaderos de Chivilcoy, José Baselo y H. Mattei; Panaderos de La Plata, José Boeris y J. Pesce; Ferrocarriles de Rosario, Lafraga Inglan y P. Gori; Madereros de Rosario, Leoncio Bojas, Obreros del Puerto de La Plata, N. Beribio y N. Pobues.

Ya en la tercera sesión del Congreso obrero se discuten las bases de la Federación, especialmente la forma orgánica que debería adoptar. Así, luego de un extenso debate se decide que, "para la marcha regular de la Federación se acuerda nombrar un comité federal compuesto por un delegado de cada sesión federada y un comité administrativo, que será nombrado en el seno del Congreso". En la cuarta, se entrará ya al problema de las formas orgánicas; se adoptan resoluciones en el sentido de que la Federación convocará anualmente a un nuevo Congreso y a una asamblea general cada seis meses; que los Estatutos de la Federación se redactarán según los acuerdos adoptados por el Congreso siempre sometidos a la aprobación de las secciones federadas y, que, además, la Federación debería realizar pactos de solidaridad con las federaciones internacionales y con las nacionales de otros países. Por último, se resuelve que editará “La Organización Obrera" —en reemplazo de "La Organización"— como órgano oficial. Asimismo, deciden fundar una bolsa de trabajo, propugnar a la disminución de la jornada de trabajo y el aumento del salario, la abolición del trabajo nocturno, la desaparición del sistema de truck-sistem (pago en vales), la igualdad de sueldos para obreros de ambos sexos, la abolición de las cajas de socorros mutuos instituidas en las industrias por los patrones y, por último, trata un tema muy conflictivo: el arbitraje. Pese a ser el tema más conflictivo de todos los tratados en la reunión, se llegó a una resolución que estimamos trascendental: "La Federación Obrera Argentina, afirmando la necesidad de esperar solamente de los obreros la conquista integral de los derechos de los trabajadores, se reserva en algunos casos resolver los conflictos económicos entre el capital y el trabajo, por medio del juicio arbitral, aceptando sólo por árbitros a aquellas personas que presenten serias garantías de respeto para los intereses de los trabajadores". Uno de los principales mentores de esta resolución fue Pietro Gori quien, coherentemente con el espíritu conciliador que siempre lo caracterizó, afirmó que resultaba "hasta cierto punto peligroso y autoritario que la Federación Obrera Argentina, por influencia del doctrinarismo anarquista, hubiera tenido que renunciar a un recurso que pudiéramos llamar de última hora, y que empleado con las consiguientes precauciones, alguna vez podría evitar a los trabajadores derrotas catastróficas". En la reunión siguiente surge otro tema de conflicto, se trata de la "Legislación de Trabajo". Como era de suponerse, todo aquello que significará alguna relación con los poderes del Estado resultaba odioso a los anarquistas que predominaban en el Congreso pero, debían hacer algunas concesiones a fin de lograr concretar el ideal de una central obrera. Así, el Congreso adoptó una solución ecléctica, aprobada casi con la más completa unanimidad. "El Congreso declara que es necesario promover una viva agitación popular para obtener que se respeten la vida y los derechos de los trabajadores". Si bien se acepta la existencia de derechos propios del proletariado, no se aceptaría que éstos fueran reconocidos por las autoridades por política o parlamentaria como la propuesta por los socialistas; había que arrancarlos por medio de cierta dosis de violencia.

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Por ello, se analizará el principal medio de lucha, la huelga general. El primer punto de la declaración de un paro de protesta contra la explotación y de afirmación solemne de las reivindicaciones del proletariado para el 1° de Mayo. Igualmente se aprueba una moción en favor del boicot y el sabotaje y la agitación para lograr la rebaja de los alquileres. En la séptima sesión del Congreso se trata el tema del trabajo de mujeres y niños en las industrias. Se elabora una declaración, luego de debatirse la necesidad de la organización de este sector en sociedades gremiales. La misma sostiene en su párrafo específico que se exige "la previsión del trabajo de las mujeres en lo que pueda constituir un peligro para la maternidad y ataque a la moral, y la previsión del trabajo de los niños menores de 15 años". La octava y última sesión se dedicó casi con exclusividad a una evaluación final y a una moción de saludo al proletariado universal en su lucha por la emancipación. Así nació la tercera central, fundamentalmente como fruto de un difícil acuerdo entre las tendencias predominantes y de acuerdo a renunciamientos recíprocos de los postulados ideológicos doctrinarios más difíciles de conciliar. Ello, en realidad, no significó la desaparición del debate ideológico en el seno del movimiento obrero, sino, por el contrario, una transitoria postergación del debate planteado. Lo que interesa es que, desde ese momento —en que se aprobó por 23 votos a favor y sólo tres en contra— jamás volvió a faltar central obrera en el movimiento obrero argentino aunque no siempre única. Los puntos fundacionales fueron los siguientes: 1

Se constituirse en la capital o en otro punto de la República, una Federación obrera que se denominará Federación Obrera Argentina. 2 Para la marcha regular de la Federación Obrera Argentina, se nombrará por el Congreso un Consejo Nacional y un comité administrativo. 3 El Congreso decidirá de la fecha y el lugar donde ha de celebrarse el próximo Congreso y que el comité administrativo de la Federación celebre sus asambleas. 4 Los estatutos de la Federación se harán bajo las bases del presente acuerdo y se someterán a las sociedades federadas. 5

Una vez organizada la Federación Obrera Argentina pactará acuerdos de solidaridad con las federaciones extranjeras. 6

Sostendrá un periódico quincenal o mensual, en el que dará cuenta de las deliberaciones de las sociedades. Ya para esa época, Argentina, había dejado de ser un país meramente pastoril, pese a que los grandes latifundios tenían la misma importancia económico-social que en años anteriores. Una industria incipiente comenzó a reemplazar la producción antes importada desde Europa. El movimiento industrial y financiero había crecido notablemente, junto con el incremento de las exportaciones, aunque todo ello, enmarcado en el más amplio sistema de la dependencia donde un centenar de empresas de capital extranjero y doscientas familias asociadas, se repartían las riquezas del país. También, lógicamente, había aumentado la cantidad y calidad de las organizaciones sindicales y el grado de explotación y marginación de las masas obreras. La creación de la central obrera fue bienvenida por todos los trabajadores argentinos. Así, el periódico "La Organización" hacia auspicios positivo para la unidad obrera. "Son múltiples y variadas —señala la publicación— las resoluciones tomadas por el Congreso; pero entre ellos se destaca, por los resultados positivos que traerá, la fundación de la Federación Obrera Argentina, PAPI. . .

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Necesaria institución que servirá para dar nervio y energía a los que reclaman justicia para los que todo lo producen”. Evidentemente, la trascendencia alcanzada por este congreso está representada solamente con la representatividad numérica del mismo. Para muchos, dirá Marotta en su historia, “la Federación Obrera Argentina exterioriza de este modo los propósitos de crear a sus integrantes condiciones de libertad e igualdad y un clima de cordialidad, para que la lucha a desarrollar por el bienestar y los derechos de la colectividad productora –de la que es emanación consciente y voluntaria- tenga el aliciente de su unidad orgánica y esté rodeada del máximo de posibilidades victoriosas”. Sin embargo, la unidad alcanzada, si bien traduce el exacto anhelo de los trabajadores, resultaba muy endeble. Pese a las disposiciones del congreso, quienes editaban “La Organización” continuaron con su prédica ideológica. Los principios sobre los que se asentaba la central única, no lograron resistir el primer planteo en profundidad. La oportunidad para logra la ruptura, patrocinada por los grupos minoritarios –los socialistas-, la ofreció la realización del II congreso de la Federación Obrera Argentina, realizado en 1902, entre el 19 y el 20 de abril. En tal oportunidad, la representación se elevó de 35 a 47 sociedades obreras. Abad de Santillán, que ha historiado la trayectoria de la federación, señala que “los socialistas, encabezados en el terreno gremial por Adrián Patroni, no marchaban a gusto en un organismo como la Federación Obrera Argentina que, aunque amplísima en sus declaraciones, llena de respeto por el principio de la organización económica de los trabajadores, no podía convertirse en gestora o reclutadora de votos para el triunfo político de ningún partido y dirigía la atención del proletariado sobre la acción directa, sobre los medios propios de lucha en oposición al parlamentarismo de la socialdemocracia. Y de hecho, dado el predominio de los militantes anarquistas, la Federación Obrera estaba administrada por éstos, y sus opiniones prevalecían siempre. Por eso el grupo de la Organización, el periódico que patrocinaba la constitución de un organismo obrero nacional con proyecciones políticas, se rehusó a acatar la resolución del primer congreso gremial y comenzó al poco tiempo a llevar una guerra constante y desleal a la Federación, propiciando una organización obrera donde no cupieran los anarquistas. El conflicto se originó con referencia al tema de las “representaciones directas” tan común en los comienzos de nuestro movimiento obrero en sus primeros pasos orgánicos, que consistía en permitir que una persona, aún desvinculada del sindicato en el sentido laboral de la palabra, representara a los trabajadores de un oficio. Esta representatividad recayó, con gran frecuencia, sobre escritores, poetas, dramaturgos e intelectuales e intelectuales ligados ideológicamente a las tendencias en pugna. El caso más conocido es el de Florencio Sánchez, citado por Rotondaro, que asistió en representación de un sindicato de estibadores de San Nicolás, aún cuando su trabajo específico era el de redactor del diario anarquista “La Protesta”. El conflicto, pues, planteado quedó en el caso del sindicato de panaderos en sus representaciones de la ciudad de La Plata y Mendoza. Se resolvió aceptar al delegado proveniente de Mendoza pero se excluyó al proveniente de La Plata en virtud de cuestiones estatutarias. Abad de Santillán nos relata los sucesos con gran claridad y que reproduciremos, en parte, por su máxima importancia institucional. “Se entabló un reñido debate sobre la admisión del delegado Torcetti que, siendo mandado directamente pro los panaderos de La Plata, no pertenece a ese oficio. Votada la delegación de Torcello es rechazada por mayoría de votos. La minoría amenaza vengarse cuando se discuta la delegación de Mattei –el de Mendoza-. Puesta ésta en discusión se aclara convenientemente que el caso Mattei no es el mismo de Torcelli, pues Mattei pertenece a la Sociedad Varia reconocida por la Federación y representa indirectamente a una sociedad del interior, lo cual está de acuerdo con los estatutos del congreso. Puesto el asunto a votación es admitido el delegado Mattei, y la minoría protesta y pide la reconsideración de la votación sobre el caso Torcelli, a lo cual la asamblea accede y reafirma su rechazo de nuevo por mayoría de votos. Antes de terminar la sesión de la tarde se vota por tercera vez si se admite o no al delegado Torcelli; el resultado es negativo. Conocida la votación por la minoría se desata esta en toda clase de vituperios contra el congreso y es tal el desorden que promueve que se suspende la sesión…”. Al día siguiente, "algunos delegados gritan que se siga al orden del día, y entonces estalla la ira de la minoría. Se promueve un escándalo ensordecedor. Todos los delegados favorables a la

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admisión de Torcelli se levantan de sus asientos vociferando y abandonan el recinto del Congreso en medio de gritos, aplausos, silbidos e increpaciones de toda especie con que se manifiesta la barra... se hace un recuento de delegados y se comprueba la presencia de 29 sociedades contra 19 ausentes". El total de delegados que se retiraron es de 34 y representaban, efectivamente, a diecinueve gremios. Las diferencias no sólo estratégicas sino, también tácticas, entre la mayoría anarquista y la minoría socialista comenzaban a perfilar los elementos fundamentales de diferencias conflictuales que llevaría a una verdadera guerra de tendencias. La rechazada representación indirecta de los panaderos de La Plata, D. y biología socialista, era igual a la que detentaba Pietro Gori, conocido anarquista italiano, quien se encontraba representando "indirectamente" al gremio de ferroviarios de la ciudad de Rosario. El grupo de socialistas, prácticamente expulsados del Congreso obrero, decidieron constituir una nueva organización. La prédica de su periódico, "La Organización", publicitó que procurando concretar una futura Federación y una Bolsa de Trabajo se invitaba a las sociedades de resistencia a crear una Unión General de Trabajadores. Previamente a ello, habían constituido un centro denominado "Comité de Propaganda Gremial" donde nuclearán un importante número de organizaciones obreras. En la invitación de los socialistas, relata Marotta, se proponían los siguientes objetivos: 1

Organización de todos los gremios en sociedades de resistencia;

2

Federación de éstas, cuando cuenten asociados el 50 por ciento de los gremios numerosos y el 70 por ciento compuestos por un corto número; 3

Bolsa de Trabajo cuando se hallan en condiciones de federarse por lo menos seis gremios, de los cuales un mínimo de tres deberá ser compuesto por premios muy numerosos; 4 Federación de cooperativas de producción cuando se haya puesto en práctica lo indicado en los artículos anteriores; 5 Cooperativas de consumo cuando se pueda contar con un número que se considere indispensable para su fundación.

Como podrá apreciarse, el conjunto de objetivos apuntados estaban especialmente destinados a producir un cisma en el movimiento obrero. Mientras tanto esto se tramaba, el Congreso segundo de la Federación Obrera Argentina continuaba sus deliberaciones. Dada la circunstancia de enfrentar una lucha contra el socialismo, el primer tema abordado fue, precisamente, una invitación que había efectuado el Partido Socialista con anterioridad para celebrar el 1° de Mayo representa una fecha de duelo y de reivindicaciones para las clases trabajadoras, rechaza toda adhesión a partidos políticos e invita a las sociedades exclusivamente obreras gremiales y a los obreros en general a que lo conmemoren dignamente, adhiriéndose a la iniciativa de la Federación Obrera Argentina". Además, la completó con otra destinada a garantizar la ejecución de la primera, que decía textualmente: "Las sociedades adheridas al presente Congreso, en el caso de no poder concurrir a la manifestación auspiciada por la Federación Obrera Argentina, no concurrirán tampoco a otras que inicie cualquier otra agrupación". El congreso se preocupó por enfrentar problemas concretos. De tal forma, se pronunció contra las agencias de colocaciones, consideradas "nocivas para la clase obrera", decidiendo promover una "fuerte agitación contra ellas como uno de los medios más eficaces para combatirlas", por ello, recomienda a las sociedades adheridas "la fundación de bolsas de trabajo"; en otra de sus resoluciones se pronunció contra el trabajo nocturno en consideración de un informe que daba

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cuenta de la "menor pigmentación de la piel... la anemia... las enfermedades inherentes a la profesión (catarro agudo y crónico de las vías respiratorias, dilatación bronquial, enfisema pulmonar, afecciones agudas y crónicas del pulmón, etc.), también se empleará una intensa agitación hasta lograr su abolición. Del mismo modo, se dedicaron al análisis de otras formas de explotación. Se combatiría, desde entonces, el trabajo en las cárceles; se lucharía por alcanzar la meta de la jornada laboral de ocho horas y un salario adecuado, basado en el valor del oro, por aquel entonces de valores constantes. Asimismo, se adoptó una resolución en defensa del descanso dominical. Finalmente, se dedicará al análisis de los medios para combatir el socialismo utópico que había proliferado notablemente en Europa, junto a las corrientes del socialismo democrático. Por eso, atacó la principal arma, las cooperativas. Así, el congreso adoptó una resolución que sostenía "El congreso considera que las cooperativas de producción sólo deben aceptarse como medio accidental de defensa y recomienda la creación de cooperativas de consumo que puedan emanciparse de los intermediarios que nos explotan y nos envenenan". Esta oposición al sistema o régimen de cooperativas, será mucho más violenta en el Tercer Congreso de la F.O.A. Los medios de lucha volvieron a ser motivo de análisis. "Opinan los representantes —dice Abad de Santillán— que es necesario una fuerte agitación para hacer triunfar con medios revolucionarios el único sistema de lucha: la huelga general”. Sobre las huelgas en general se aprueba la siguiente moción: “El congreso declara que la huelga deben tener el mayor carácter de resistencia posible y recomienda para el éxito de la misma la organización e ilustración de los trabajadores, reconociendo como base suprema de la lucha económica la huelga general”. Asimismo, se vuelve a tocar el tema del boicot y el sabotaje, sobre lo que se aprobó una moción; en ella, se lo consideraba medios "de eficaces resultados para la causa obrera". El trabajo de mujeres y niños no quedó fuera de las deliberaciones. "Respecto de las mujeres: el Congreso resuelve iniciar una activa campaña de propaganda para que las obreras constituyan sociedades gremiales; en cuanto los niños, hacer lo posible para que no entren en los talleres sino después de haber cumplido los quince años de edad". Del mismo modo en que se analizó el conflicto planteado con los socialistas y su Partido, se dedicaron al análisis de la aparición de sociedades obreras católicas círculos de esa misma orientación y filiación social que se basaban en la “Rerum Novarum” aparecida pocos años antes. En relación con esto, se adoptaron dos resoluciones. La primera, dedicada a considerar a todos los trabajadores "sin distinción de color, creencia o nacionalidad" como verdaderos hermanos. La segunda, por su parte, estimaba necesario "combatir por las sociedades gremiales y por todos los obreros" a las sociedades obreras católicas por resultar "perniciosas para la clase trabajadora". Y, coherentemente con los postulados de recientemente aparecido anarco-sindicalismo, inspirado en los hechos que atravesaba Europa, el Congreso se pronunció a favor de la propaganda antimilitarista, aprobado por aclamación una resolución al respecto. "El Congreso obrero —decía la misma—, considerando que el militarismo es contrario a los intereses de la humanidad, hace votos para que se haga la mayor propaganda posible en contra de tan bárbaro sistema a fin de que el mayor número de jóvenes reclutas base a pasar la frontera antes de vestir la odiosa librea del asesino asalariado y legal”. Finalmente, el Congreso se dedicó a analizar las cuestiones estatutarias y orgánicas. Los grandes disidentes, apenas veinte días después del Congreso de la Federación Obrera Argentina, efectúan una reunión en la que resuelven:

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1. No aceptar las resoluciones del susodicho congreso, puesto que todo fue discutido y aceptado por una parte de delegados ilegales. 2. No adherirse a la Federación Obrera Argentina. 3. Organizar un Comité de Propaganda Gremial. 4. Publicar un periódico de propaganda netamente económica, para fomentar una verdadera conciencia de clase entre los trabajadores. (9) (9) Sebastián Marotta, “El Movimiento Sindical Argentino”, tomo I, página 131.

Este lamentable hecho, este cisma en el seno del movimiento obrero resultaba, lógicamente, inevitable. Pese a las declaraciones de "La Vanguardia", diario del Partido Socialista, que, en abril de 1902, señalaba en su nota editorial que el Congreso "había sido de pobres y escasos frutos" y culpando a los dirigentes de la Federación Obrera Argentina día de haber "cerrado el camino a toda armonía con los gremios sólidamente organizados, con los gremios que no aceptan tutores ni se pagan de los gritos de los cuatro individuos de la secta anarquista que se oponen a todo criterio que contraríe sus tendencias partidistas, así sea contra verdades más claras que la luz del sol". En gran medida los socialistas parecían no hacer algo muy diferente de lo que inculpaban a los anarquistas. Tanto unos como los otros, manifestaban poco interés por los valores auténticamente nacionales y poca capacidad de comprensión de la necesidad de la unidad obrera para alcanzar las reivindicaciones más elementales. Oddone, en su trabajo "Gremialismo Proletario Argentino", también echa culpas y reparte responsabilidades sobre los anarquistas. Sostiene que éstos, de alguna manera, habían planificado deliberadamente los sucesos del II Congreso de la Federación Obrera Argentina por medio de "maniobras de todo género" y, además, los califica como "maniobras de todo género" y, además, los califica como "medios deshonestos y fraudulentos, ignorados hasta ese entonces en los organismos obreros". Pero los socialistas, pese a ser los poseedores de "las verdades más claras que la luz del sol", al decir que su periódico oficial, pronto convocaron a un Congreso Obrero con la presencia de las sociedades que se habían retirado de la Federación Obrera y crearían, después de concretar una Bolsa de Trabajo, una nueva central, completamente socialista, que se denominaría "Unión General de Trabajadores", (U. G.T.). "La declaración de principios de la citada organización establecía que el objeto de la central era la lucha por mejores condiciones de vida, así como también la de emanciparse completamente del capitalismo; para ello se organizarían los gremios que sociedades de resistencia, las que se unirían en federaciones cuando su número fuera importante. El programa de la U.G.T. rebelaba, indudablemente, la influencia preponderante de los grupos socialistas, pues se decía que se lucharía por: 1º

La jornada de ocho horas diarias y la previsión del empleo de menores de 14 años en el

trabajo; 2º 3º 4º 5º 6º 7º 8º

Un mínimo salario con base oro; A igual producción igual salario, tanto para la mujer como para el hombre; Abolición del trabajo a destajo; Descanso dominical; Responsabilidad de los patrones en los accidentes de trabajo; Abolición del trabajo nocturno, limitándolo estrictamente al necesario; Reconocimiento del 1° de mayo como fiesta oficial".

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Tal como estaban planteados, estos postulados y declaraciones, completadas en congresos posteriores, no diferían sustancialmente de los elaborados por los anarquistas. Ello demuestra perfectamente que las diferencias tácticas bien pudieron zanjarse por medio del diálogo conciliador. Sin embargo, ello no eliminaría las sólidas dificultades que representan ambas ideologías en lucha, no sólo en lo interno a nuestro movimiento obrero, sino en la organización del movimiento obrero internacional. Uno de los principales antagonismos tácticos residía en el tema de la huelga general al que los miembros de la U.G.T. pretendieron desmitificar al considerarla como un instrumento eficaz en determinados casos. Ello logrará concretarse cuando se realiza el I Congreso de la U.G.T., en marzo de 1903. Respecto de este tema tan conflictivo, aparentemente, adopta una serie de resoluciones. Declara que "puede ser un medio de lucha eficaz cuando sea declarada contando con una previa organización que ofrezca probabilidades de triunfo; que puede ser útil en cuestiones que afecten directamente al pueblo trabajador y como acto de resistencia y de protesta; que rechaza en absoluto la huelga general toda vez que sea intentada confines de violencia y revuelta, por considerar que lejos de favorecer al proletariado, determina en todos los casos reacciones violentas en la clase capitalista, que contribuyen a debilitar la organización obrera". Por eso, se atribuye a los anarquistas de la F.O.A. el dictado de la Ley de Residencia y el "estado de sitio" imperantes en ese entonces. Otro tema de fricción fueron, obviamente, las cooperativas, apoyadas desde siempre por el socialismo y rechazadas por el anarquismo, aunque no expresamente todavía por la F.O.A. la nueva central decidió dejar en consideración en las sociedades adheridas el apoyar o no el desarrollo de éstas, adoptando una actitud evidentemente no comprometedora. Coherentemente con las declaraciones de todo el movimiento obrero —inclusive la FOA— se pronunció contra la ley de residencia calificándola de bárbara e inconstitucional. Sin embargo, los medios permanentes del socialismo eran siempre un paralelo con su partido político. El movimiento sindical del socialismo, su U.G.T, se caracterizó por ser parlamentarista y repitiendo la experiencia de la F.T.R.A. vista anteriormente, resolvió hacer varias peticiones ante los poderes públicos. Entre ellas, se solicitan "dice que favorezcan los intereses del trabajo, tales como ser: la jornada de ocho horas; higienización de los talleres; reglamentar el trabajo de la erigieron niños; creación de una caja de pensiones, responsabilidad de los patrones en los accidentes de trabajo y descanso dominical". Varias otras resoluciones salieron del Congreso. Se destacan claramente entre ellas propuso manifiesto al arbitraje, creando tribunales mixtos; su pronunciamiento en favor de la creación de bolsas de trabajo, bibliotecas obreras, asociaciones socorro mutuos; al mismo tiempo, se declaró contra el régimen de trabajo a destajo, el alcoholismo y otros vicios; se preocupó por la ley de conversión de la moneda, invitando realizar una "intensa agitación" hasta obtener su definitiva derogación. Asimismo, se declara contraria al trabajo nocturno "exclusión de los casos de pública necesidad" y contra la costumbre que obliga a los obreros a costearse sus propios instrumentos de trabajo. Coherentemente con los postulados del internacionalismo socialista —especialmente la influencia del socialismo francés— condena, igual que la F.O.A. lo había hecho, al militarismo atacándolo por el flanco de la solidaridad y, el evidente desbalance que siempre existió en los presupuestos en los rubros educación y salud respecto de las abultadas cifras asignadas al rubro militar. "Un 59 por ciento de analfabetos” —dice la U.G.T. — “justifica el deseo para que en 1904 se reduzcan en el presupuesto nacional las sumas destinadas a gastos militares y se aumenten en la misma proporción las sumas destinadas a la educación común".

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La filiación partidaria de la U.G.T. pretende ser negada por los congresistas. Así, se aprueba una resolución en la que "La Unión General de Trabajadores ha declarado y persiste en declarar que no pertenece a partido político alguno, ni preside sus deliberaciones ningún espíritu partidista" pero, en otra resolución se identifica visiblemente con el socialismo cuyo partido invita a apoyar. "El Congreso recomienda la clase trabajadora —dice— que independientemente de la lucha gremial, los obreros se preocupen de la lucha política y conquisten leyes protectoras del trabajo, dando sus votos a partidos que tienen en sus programas reformas concretas en pro de la legislación obrera". Pese a las marchas y contra-marchas y al repudio manifestado por las divisiones en el movimiento obrero argentino, el caudal numérico de afiliados de la Federación Obrera Argentina continuará incrementándose asombrosamente, llegando a programar su III Congreso para el 6 julio de 1903. Asistieron 80 delegados de diversos gremios de la Capital Federal, de la provincia de Buenos Aires y del interior del país. Como era habitual en la F.O.A., las deliberaciones se focalizaron sobre problemas concretos. De tal forma, se pronunció contra toda forma de trabajo nocturno "que no sea de imprescindible necesidad pública". Además, analizó los problemas creados por la "Ley de Residencia" declarándose que se deberá publicar una hoja para dar cuenta detallada de los hechos producidos desde su promulgación, ello se debería hacer hasta que deje de existir la citada ley. Coherentemente con los postulados del anarquismo que profesaban los principales dirigentes de la central, se aprobó una moción por medio de la cual La Federación Obrera Argentina se comprometía a no elevar jamás petición alguna a los poderes públicos; otra de las resoluciones adoptadas en tal ocasión se refiere a la huelga, tema tan común para los anarquistas. Abad de Santillán nos refiere la consideración que se hizo en el III Congreso de la F.O.A. de este medio de lucha al ser considerado "un bello gesto de amenaza futura y de afirmación de la fuerza presente", por ello la reunión estableció que se debía "fomentar el espíritu de solidaridad y de acción, por cuanto de ésta dependerá siempre el éxito de todos los movimientos parciales, precursores del estallido general en cuya acción intervendrán fatalmente los medios revolucionarios". Ello, en realidad, representaba su constante lucha contra la central socialista que había aparecido en el camino de la organización obrera y fue completada en una moción, aprobada en ese tiempo, que refutaba las tesis que relacionaban el socialismo y la actividad parlamentaria. Así, el III° Congreso de la F.O.A. señaló que "el socialismo obrero es una concepción amplísima de la que tiene forzosamente que estar excluida toda idea encarnadora de la acción legislativa y parlamentaria que reduce, circunscribe, mejor dicho, aquella concepción al estrecho espíritu de un partido". La oposición al socialismo clásico no impidió el ataque a las corrientes socialdemócratas y utopistas que se inspiraban en el socialismo de Fourier, Owen y los grupos obreros de Inglaterra. Ello no hizo efectivo pronunciándose contra las cooperativas, ahora abiertamente. De tal forma, declaró que "las cooperativas, tanto las de producción como las de consumo, son perjudiciales a las clases trabajadoras porque enervan el espíritu de rebeldía, fomentando el espíritu de ambición". El resto de las deliberaciones se concentró sobre aspectos ya vistos en los congresos anteriores como ser, por ejemplo, la necesidad del descanso dominical, el pago a término de los salarios semanales, quincenales o mensuales, la responsabilidad patronal en los accidentes de trabajo obligándose a los patrones a "contratar seguros contra estas eventualidades". Finalmente, sostuvo que en los casos en que existieran reclamos legales por el cobro de salarios, los trabajadores debían hacer sus presentaciones a través de la sociedad gremial que, además de reclamar en su nombre, realizaría presión activa, en los casos en que el patrón se negara a pagar, por medio del sabotaje, el boicot y la huelga. La U.G.T., por su parte, realizará en abril de 1904, su segundo Congreso Obrero. Abad de Santillán juzga los resultados obtenidos desde su I° Congreso como que "en lugar de encarar la lucha directa por mejoras económicas y morales para los trabajadores, desarrolló la parte legalitaria y adormecedora, aconsejando la naturalización de los extranjeros, declarando perjudicial la ley de conversión, aceptando el arbitraje..., etc.”

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El Segundo Congreso de la U.G.T. convoca a unas 43 sociedades adheridas, representadas por 77 delegados. Al igual que el Congreso de la F.O.A., se pronuncia respecto del descanso dominical, "por razones de justicia y salud". "Sobre las condiciones de trabajo, salario y jornada de los empleados de comercio —dice Marotta—, considera necesario declarar su derecho a la vida externa y condena "la costumbre antihumana de dormir sobre y debajo de los mostradores y piezas antihigiénicas”. En contraposición con lo proclamado por la Federación Obrera Argentina, el II° Congreso de la U.G.T. declaró que "las cooperativas de producción y consumo sean motivo de preferente atención por parte de la U.G.T., a fin de que se establezcan en breve".

“El segundo Congreso de la U.G.T., reconoce la necesidad de que la Junta Ejecutiva y todas las sociedades adheridas promuevan una seria agitación en países europeos por medio de asociaciones similares para impedir en lo posible que se embarquen para este país nuevos proletarios, liberando los así de la explotación que ejercen los comerciantes y capitalistas de este país, donde no existen leyes protectoras para el obrero, y el trabajo es un factor de depreciación".

Otra de las resoluciones resulta asombrosa. Se opone a la inmigración en forma terminante, argumentando la explotación de que son víctima los obreros en la Argentina, por ello resuelve: "El segundo Congreso de la U.G.T., reconoce la necesidad de que la Junta Ejecutiva y todas las sociedades adheridas promuevan una seria agitación en países europeos por medio de asociaciones similares para impedir en lo posible que se embarquen para este país nuevos proletarios, liberando los así de la explotación que ejercen los comerciantes y capitalistas de este país, donde no existen leyes protectoras para el obrero, y el trabajo es un factor de depreciación". De todas maneras, lo más importante que sucedió en el II Congreso de la U.G.T., fue, sin lugar a dudas, la declaración política. Estaba dividida en dos partes; la primera, luego de proclamar la aspiración de que se establezca una legislación obrera, "invita a los federados a que ejerzan los derechos políticos"; ello evidentemente en procura de aumentar el caudal de votos del Partido Socialista; en la segunda parte, reconoció "la necesidad no sólo de aconsejar la naturalización de los obreros extranjeros, sino también de hacer una propaganda activa para quien la naturalización no encuentre trabas y pueda hacerse con facilidad". Ello apunta, también, a garantizar una cantidad cada vez mayor de votantes para el Partido Socialista. Tras rechazar una moción de fusión con la Federación Obrera Argentina, decidió festejar el 1° de Mayo " de acuerdo con el Partido Socialista, por haber sido éste el iniciador de dicha conmemoración en Argentina". De todas formas, el apoyo dado al Partido resulta, además de evidente, notable. Finalmente, adoptar resoluciones referentes a la jornada de ocho horas, el trabajo de mujeres y menores, el trabajo nocturno y los accidentes de trabajo. En todos los casos los pronunciamientos resultan idénticos a los efectuados por la F.O.A.

LA SEGUNDA INTERNACIONAL Como hemos analizado los capítulos precedentes, en 1876, los socialistas de los Estados Unidos resolvieron dejar sin efecto la Primera Internacional. Los sucesos posteriores a esa fecha fueron creando la necesidad de un ente coordinador de las actividades socialistas en el plano internacional. Muchos de los objetivos de los partidos socialistas del mundo, a pesar de las frecuentes discrepancias intestinas, tenían coincidencias fundamentales. Las diferencias no tenían importancia relevante, se remitían, más bien, a criterios para encarar los programas de acción, los métodos de lucha obrera y las tácticas de acción. En la mayoría de los partidos socialistas predominaba la corriente ortodoxamente marxista mientras que en otros —la minoría— los socialdemócratas y revisionistas, evidentemente no marxistas. La finalidad era la misma prácticamente pero, los ortodoxos creían en la inmediatez de la revolución social que derrumbaría todo el orden imperante, mientras que los no ortodoxos pensaban que era imposible arribar a la sociedad socialista por la vía de la actividad parlamentaria. Ambos grupos de socialistas eran fuertemente agredidos por las corrientes anarquistas y sus derivados; ello parece haber sido el elemento de cohesión antes que de dispersión de las fuerzas socialistas que vieron la posibilidad de responder al ataque de anarquistas y sindicalistas fundando una nueva organización internacional de enlace y mantenga

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vivo el contacto entre los naturales aliados proletarios. Así es como, en 1889, al conmemorarse el centenario de la revolución francesa, se funda la Segunda Internacional. Según nos refiere la historia, participaron varias personalidades sobresalientes del movimiento socialista internacional como ser los yernos de Marx, Charles Longer y Pablo Lafargue; el anarquista Sebastián Faure, el blanquista Vaillant, los alemanes, Wihelm Liebknecht y Augusto Bebel, Eduardo Bernstein y Karl Legien; los británicos Keir Hardie y Williams Morris, el belga César de Paepe, el español Pablo Iglesias, los italianos Costa Merlino y el austríaco Víctor Adler. De las primeras discusiones en medio del Congreso de fundación de la Segunda Internacional podemos extraer el deseo de los congresales de constituirse en "parlamento internacional del proletariado", siendo una de sus primeras medidas la declaración de un paro internacional obrero para el 1° de Mayo, iniciar la lucha para alcanzar el ejercicio del sufragio universal en todos los países y un pronunciamiento a favor del avance en materia de legislación obrera que analizaremos más adelante. Con relación al primer punto, la declaración del paro internacional, se adoptó el 1° de Mayo de 1890 en concordancia con un paro revolucionario declarado por la Federación Americana del Trabajo y, a propuesta del sindicalista Lavigne, se aprovecharía tal circunstancia para bregar por una jornada laboral de ocho horas. De esta manera, los proletarios de todo el mundo debían realizar el paro y una manifestación en pro de los objetivos antes señalados, de acuerdo a los condicionamientos impuestos por la lucha obrera dentro de cada uno de los países. Más adelante, en el Congreso que la Internacional llevaría a cabo cuatro años después, se resolvería declarar al 1° de Mayo como el día internacional de la protesta proletaria. Respecto del problema planteado por los avances en materia de legislación laboral, el Congreso constitutivo se encontró frente a un hecho consumado en la obra de la social democracia. En virtud de ello, el mismo se pronunció favorablemente a la legislación obrera. Tal decisión no dejó, por supuesto de generar múltiples conflictos y variadas divisiones entre los delegados asistentes. Los dos bandos se conformaron claramente: por un lado los anarquistas y, por el otro, los marxistas, revisionistas y socialdemócratas. El anarquismo se caracterizó por considerar a la actividad política como uno de los males propios del capitalismo burgués, siendo su medio de liberar al proletariado la lucha y su regional y revolucionaria. Los oponentes —y dentro de ellos el marxismo ortodoxo— consideró fundamental la conquista del poder político como decisión sin la cual no se arribaría jamás a la liberación socio-económica de los obreros. Pero el planteamiento del conflicto no significó solución alguna para las partes. Los anarquistas persistieron en sus posiciones extremas, condenando toda participación de los trabajadores en la política y por lo tanto se opusieron a todo tipo de acción parlamentaria. Para ellos el progreso de la sociedad no llegaría participando dentro del sistema burgués, sino educando a los trabajadores para formar un criterio autónomo aplicable a la insurrección proletaria. Los marxistas no les fueron en zaga. Elaboraron su teoría de la acción política a través de un partido fuertemente centralizado, rígido y disciplinado utilizando al movimiento obrero como una "bolsa" de su trabajo político, meramente considerado como una

"oficina de reclutamiento" aprovechable en los momentos claves de las elecciones por su enorme caudal de votantes. "La conquista del poder político era atendida como una fase de un proceso que culminaría con la revolución, la destrucción del Estado burgués y el establecimiento de un Estado popular o de los trabajadores. Veían al HISTORIA Y POLÍTICA EN EL SINDICALISMO ARGENTINO www.elbibliote.com

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Estado como un aparato de represión al servicio de los patrones y lo identificaban con el órgano ejecutivo. Ésa concepción hostil al Estado trabó la formulación programática y la demanda de la socialización de los medios de producción por vía legislativa y dentro del sistema institucional establecido”. (10) (10)Carlos S. Fayt, ob. cit., pág. 119

Finalmente, la controversia planteada en la Segunda Internacional se resolvió en el Congreso de Zurich, en 1893, en el que se decidió votar un pronunciamiento favorable a toda acción política del proletariado y de las organizaciones obreras, siempre que ello fuera posible, procurando hacer uso de los derechos políticos ofrecido por el sistema y, con ello, alcanzar posiciones desde las cuales realizar una inteligente legislación en favor de un mejoramiento efectivo de la situación económica y social en que se desarrollaba la vida de los obreros. Ello significó, paralelamente, la expulsión de los anarquistas. Junto a ello, proclamó la independencia que debía tener la Internacional frente a cualquier partido político de la burguesía, en un evidente ataque a Bernstein y sus seguidores, el valor del sufragio universal, los derechos de la mujer totalmente sumergida por aquel entonces, y dedicó un fuerte ataque a toda forma de explotación colonial visualizando un cierto carácter internacional al sistema capitalista. Dedicó, además, su atención al problema de la educación donde aprobó un proyecto presentado por Sidney Webb. El citado precepto educativo planteaba la necesidad de alcanzar una educación permanente y obligatoria hasta la edad de dieciséis años donde se desarrollaría el espíritu crítico bajo una dirección profundamente democrática. En el Congreso de Londres, realizado en el año 1896, se enfocaron, además de los problemas ya vistos en los anteriores, nuevas situaciones que ampliaban el campo de la lucha táctica de los socialistas. De tal forma, se atacaron las facultades de los Estados Nacionales (en manos de la burguesía) solicitando a los partidos socialistas del mundo entero una lucha para destituir a todos los ejércitos regulares, creando una milicia ciudadana que cumpla con las funciones de seguridad y defensa. Asimismo, se planteó el problema de la guerra, ya que se pedía a la abolición de los ejércitos, debía existir algún modo para resolver los conflictos entre las naciones. La solución propuesta por la Internacional fue la creación de tribunales de arbitraje con competencia en todos los conflictos internacionales cuyos dictámenes deberían ser inapelables para todos los países y, en última instancia —digamos que como último recurso—, que en la cuestión de decidir si se entraba en una guerra contra otra nación sólo podía realizarse mediante un referéndum popular. Estos pronunciamientos que, verdaderamente eliminaban todo vestigio de anarquismo del seno de la Internacional, permitió al organismo tomar un nuevo impulso a la luz de la situación por la que estaba atravesando el movimiento socialista internacional.

Tal situación estaba tremendamente determinada por una cuestión fundamental: el problema de la participación del socialismo en gobiernos no socialistas. La moción en favor del parlamentarismo había convertido al socialismo en parte del gobierno y, también, del Estado. Debía alcanzarse una solución lo suficientemente equilibrada para no renegar de los planteos revolucionarios de la izquierda, ni aceptar una posición extrema que pusiera en peligro la estabilidad de la Internacional. Tanto ortodoxos como los revisionistas resolvieron pronunciarse contra la participación de los socialistas en gobiernos no socialistas, pero, especialmente referido al gabinete ministerial de esos gobiernos. Con ello, no se dejaban de proferir los juramentos revolucionarios que siempre debían caracterizar al movimiento proletario, al mismo tiempo que se admitía el progreso y le evidencia de los hechos.

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Para sentar doctrina sobre el tema, el Congreso solicitó a Kautsky la redacción de un programa. “Según el proyecto, la conquista del poder político por el proletariado no podía ser resultado de un “golpe de mano”. Debía ser el resultado de la organización política y sindical del proletariado, como culminación de la conquista gradual de puestos representativos en los municipios y en los cuerpos legislativos. Este método era impracticable en aquellos países en donde el poder estaba centralizado. Por ello, la entrada de un solo socialista en un Ministerio burgués, no podía ser considerada como el comienzo normal de la conquista del poder político: nunca podía ser más que un expediente temporal y excepcional en una situación de emergencia. Cuando existía una situación así, la cuestión era de táctica y no de principios. Pero en todo caso este peligroso expediente sólo podía ser ventajoso si era aprobado por un partido unido y si el ministro socialista era, y continuaba siendo, un delegado de su partido. Si esta circunstancia no se cumplía, no fortalecía al proletariado ni favorecía la conquista del poder político y debía admitir si ese gobierno se había mostrado parcial en un conflicto entre el capital y el trabajo". (11) (10)Ibídem anterior, pág. 121.

Viendo históricamente esta resolución del Congreso, pareciera que, una vez eliminado el anarquismo de la escena internacional, los socialistas marxistas apuntaban con todo su poderío a la vigencia de la socialdemocracia y el revisionismo. Juntamente con ello, determinó dos nuevos enemigos: el colonialismo y el militarismo y, además, una herramienta de lucha: La HUELGA GENERAL. La Segunda Internacional se propuso enfrentar al imperialismo colonial que se basaba en la política expansionista seguida por casi todas las potencias europeas. La herramienta del colonialismo parecía ser el militarismo, razón por la cual la Internacional obligó, a todos los partidos socialistas del mundo que seguían sus lineamientos fundamentales, a votar contra todo presupuesto militar que se propusiese en los parlamentos y a organizar múltiples manifestaciones contra toda forma de militarismo. Respecto de medios de lucha, la HUELGA GENERAL, serviría para evidenciar la resolución del proletariado de evitar toda forma de guerra entre los Estados y, además, se podría utilizar en la lucha de clase tendiente a lograr la socialización de todos los medios de producción. El Congreso de París —el V de la Internacional— decidió crear una Oficina Socialista Internacional y un Comité Interparlamentario a los fines de contactar, coordinar y perfeccionar los medios de ejecución de las decisiones de la Internacional. Finalmente, en el VI Congreso realizado en Ámsterdam, en 1904, se decidió atacar al revisionismo frontalmente. Ya no se necesitaba de su legitimación. Se condenaron a los miembros más importantes de la corriente, pero sin llegar a la posición extrema propuesta por Rosa Luxemburgo quien sostuvo la necesidad de "expulsar" a los disidentes. Uno de los más violentos atacantes de la socialdemocracia alemana fue, en tal oportunidad, un pensador que luego sería bastante conocido en la Argentina. Jean Jaurés, quien acusó a los alemanes de pretender elevar a nivel internacional una simple táctica nacional, aunque le reconoció la vigencia de la lucha de clases en sus planteos teóricos. Para él, sólo el particular estado en que se encontraba Alemania permitiría un progreso social de avanzada para la clase obrera. Sin embargo, el propio Jaurés era un reformista, claro que de “estilo francés".

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En el transcurso de su disertación evidenció la naturaleza de su pensamiento: aceptaba la vigencia del reformismo fruto del revisionismo pero enmarcado en lo nacional y, aseguraba que ello era una forma de lucha de clases. También él fue acusado y, junto a él, el socialismo francés. Finalmente, el Congreso decidió condenar toda forma de revisionismo. La moción condenatoria tuvo 25 votos favorables, 5 en contra y 12 abstenciones. Los términos en que se expidió la condena fueron los siguientes: “por ser (las tendencias revisionistas) encaminadas a cambiar la táctica victoriosa basada en la lucha de clases”. Pero ello era, en verdad, una declaración pura. El socialismo, en el terreno de la práctica se fue integrando progresivamente al sistema capitalista en casi la totalidad de los países. Como ejemplo de ello cuentan los partidos socialistas de Alemania, de Francia y de Italia dedicados al parlamentarismo desde mucho tiempo antes conservando los métodos revolucionarios de lucha de clases para los tratados teóricos y por supuesto, los congresos internacionalistas. Ello se complicó terriblemente en la situación que, poco tiempo después se viviría en el mundo. La Primera Guerra Mundial vino a destartalar toda la maquinaria montada por el internacionalismo socialista y su antibelicismo declamado. La mayoría de los partidos socialistas de Europa, al ver a sus naciones en peligro de invasión, si no ya invadida, enseñoreándose la muerte y la destrucción y pagando los pueblos con hambre y enfermedades las consecuencias de un reacomodamiento de las fuerzas mundiales, decidieron tomar partido. Muchos socialistas comenzaron a vivir un serio “conflicto de lealtades”. Según demuestra el autor ya citado, las declaraciones antibélicas a la distancia, tienen el sentido de exorcizar fantasmas. Mientras tanto, las grandes potencias se repartían el mundo: los ingleses defendían sus intereses en América Latina y Australia a sangre y fuego, dominaban en la India y en China; las demás potencias europeas —aún las más débiles— participaron de la repartija del África cuya geométrica división política ha quedado grabada en su actual geografía de naciones. Nadie queda excluido en el reparto del Mundo: ingleses, franceses, alemanes, portugueses, italianos, españoles, holandeses, belgas tuvieron su parte, unos más, otros menos, pero todos tenían intereses coloniales que defender…, y, sus partidos socialistas… también. Pese a ello, el equilibro geopolítico entre las naciones de Europa era bastante precario. Existía un lema: garantizar la paz con las armas; de allí a la guerra sólo faltaba una pequeña "chispa", un detonador. "El pretexto lo proporcionó el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona imperial de Austria, en Sarajevo, capital de Bosnia. Austria declaró la guerra a Servia el 28 de julio de 1914. Dos días después Rusia movilizaba sus tropas y al día siguiente Alemania declara la guerra a Rusia, invadía Luxemburgo y Bélgica y en dos horas su ejército estaba en tierra francesa. El 4 de agosto Inglaterra declaró la guerra a Alemania. La Internacional buscó desesperadamente un medio para evitar la guerra. La huelga general, el llamado a la deserción, la agitación y sublevación de las capas populares más profundas a fin de precipitar la caída de la dominación capitalista, quedaron en meras formulaciones y mostraron la impotencia de la Internacional ante el drama de la guerra". En el congreso de 1912 hubo posiciones que preveían lo que vendría, entre ellas, la de Jean Jaurés es considerada verdaderamente angular. "Llamo a los vivientes —decía— a que se defiendan contra el monstruo que aparece en el horizonte; lloro a los innumerables muertos que yacen allí, hacia el Oriente, cuyo hedor llega hacia nosotros como un remordimiento; yo rompería los rayos de la guerra que amenazan en las nubes. Sí, he oído esta palabra de esperanza. Pero no basta para impedir la guerra. Se necesita toda la acción conjunta del proletariado mundial". Los hechos demostrarían que acertó. El fantasma que aparece en el horizonte, para los socialistas internacionalistas, no es la guerra sino el nacionalismo que acabaría con ellos. Todo socialista era, ahora, belga, francés, alemán, según fuese su nacionalidad. Los obreros de Bélgica apoyaron la conformación de un gabinete de unidad nacional para la guerra; los alemanes aplaudieron a sus militares; Jean Jaurés fue muerto por un nacionalista francés, irónicamente sobre su tumba se juramentó la “Unión Sagrada” contra la ocupación alemana. La Internacional había muerto.

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EL PARTIDO SOCIALISTA Y SUS ORGANIZACIONES PARALELAS La acción del Partido Socialista interesa, no sólo desde el punto de vista electoralistainstitucional, ni tampoco desde su estructura orgánico-funcional, sino en sus actitudes políticas frente al movimiento obrero de nuestro país. A juicio de Hobart Spalding, el Partido Socialista llegó a ser "el mejor organizado de los grupos que defendían los intereses obrero", afirmación indudablemente válida en el contexto histórico de los años que antecedieron al primer gobierno de Yrigoyen. Su programa, fundamentalmente, apuntaba fortificar la posición obrerista al igual que su mecánica organizativa pensada en base a organizaciones locales, tal cual lo aplicarían luego las primeras centrales obreras. "El partido y los centros operaban en base a una democracia mayoritaria. Cada afiliado tenía voto en las resoluciones tomadas, enviando cada centro el delegado al Congreso Nacional del Partido, donde todas las decisiones eran sometidas a una votación general. Del Comité Central o Nacional hasta la redacción del diario oficial, se sujetaban a la aprobación de los afiliados. Los funcionarios se renovaban cada año por voto de los correligionarios... Federaciones locales coordinaban la organización socialista en las provincias. La más importante, la Federación Socialista Provincial de Buenos Aires, formada en los primeros años del siglo, celebró congresos para coordinar mejor la táctica y los programas de las diversas secciones de esa provincia... grupos gremiales también adhirieron al partido llegando en dos ocasiones a ser representados en los congresos nacionales". 12 Como todos los movimientos que elaboran alternativas frente al sistema predominante en aquellos momentos, el Partido había elaborado las tres instancias fundamentales en su propuesta transformadora efectuada, también, entre niveles de análisis diferentes. En primer lugar, los principios filosóficos-doctrinarios que sustentarán todo el movimiento; en segundo lugar, ya dentro del campo de los postulados tácticos, el programa de reformas a producir y; desde este terreno, la plataforma electoral que se elaboraba en función del cuantitativo acto electoral. La primera instancia está contenida en la "Declaración De Principios" reproducida por el periódico socialista "La Vanguardia" del 1° de agosto de 1896. "El Partido Socialista, representado por sus delegados reunidos en Congreso afirma: Que la clase trabajadora es oprimida y explotada por la clase capitalista gobernante. Que ésta, dueña como es de todos los medios de producción, y disponiendo de todas las fuerzas del Estado para defender sus privilegios, se apropia la mayor parte de lo que producen los trabajadores y les deja sólo lo que necesitan para poder seguir sirviendo la producción. Que por eso, mientras una minoría de parásitos vive en el lujo y la holgazanería, los que trabajan están siempre en la inseguridad y en la escasez, y muy comúnmente en la miseria. Que en la República Argentina, a pesar de la gran extensión de la tierra inexplotada, la apropiación individual de todo el suelo del país ha establecido de lleno las condiciones de la sociedad capitalista. Que estas condiciones están agravadas por la ineptitud y rapacidad de la clase rica, y por la ignorancia del pueblo. Que la clase rica mientras conserve su libertad de acción, no hará sino explotar cada día más a los trabajadores, en lo que la ayuden la aplicación de las máquinas y la concentración de la riqueza. Que, por consiguiente, o la clase obrera permanece inerte y es cada día más esclavizada, o se levanta para defender desde ya sus intereses inmediatos y preparar su emancipación del yugo capitalista. Que no sólo la existencia material de la clase trabajadora exige que ella entre en acción, sino también, los altos principios de derecho y justicia, incompatible con el actual orden de las cosas. Que la libertad económica, base de toda libertad no será alcanzada mientras los trabajadores no sean dueños de los medios de producción. Que la evolución económica determina la formación de organismos de producción y de cambio

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cada vez más grandes en que grandes masas de trabajadores se habitúan a la división del trabajo y a la cooperación. Que así, al mismo tiempo que se aleja para los trabajadores toda posibilidad de propiedad privada de sus medios de trabajo, se forman los elementos materiales y las ideas necesarias para subsistir al actual régimen capitalista con una sociedad en la que la propiedad de los medios de producción sea colectiva o social, en que cada uno sea dueño del producto de su trabajo, y a la anarquía económica y al bajo egoísmo de la actualidad suceda una organización científica de la producción y una elevada moral social. Que por este camino el proletariado podrá llegar al poder político, constituirá esa fuerza, y se formará una conciencia de clase, que le servirá para practicar como resultado otro método de acción cuando las circunstancias lo hagan conveniente". La segunda instancia, queda completamente cubierta con el “Programa Mínimo” proclamado por la vanguardia del 1° de mayo de 1895.

“Parte Política: Legislación directa por el pueblo; derecho de iniciativa y de referéndum para la creación de leyes. Derecho de revocar los elegidos, cuando no desempeñen su cargo a satisfacción de los electores. Supresión de la Presidencia y la Vicepresidencia de la República. Supresión del Senado. Creación de una Comisión Ejecutiva, acusó miembros sean elegidos y puedan ser removidos en cualquier momento por la Cámara de Diputados, único cuerpo legislativo. Adopción por las Provincias y de las municipalidades de reformas idénticas en su organización. Representación de las minorías. Naturalización amplia de los extranjeros. Justicia gratuita. Jurados para toda clase de delitos. Abolición de la pena de muerte. Supresión del ejército permanente, y armamento general del pueblo. Separación de la Iglesia y del Estado. Gobierno propio de las comunas.

"Parte Económica y Social: Limitación legal a ocho horas para los adultos, y en general, proporcionalmente a la productividad del trabajo humano. Limitación a seis horas de la jornada de trabajo para los jóvenes de 14 a 18 años. Prohibición del trabajo de las mujeres en ocupaciones antihigiénicas. Prohibición del trabajo nocturno, en lo que el bien general no lo exija. Educación escolar de todos los niños menores de 14 años, obligatoria, gratuita, laica, y accesible a todos la provisión HISTORIA Y POLÍTICA EN EL SINDICALISMO ARGENTINO www.elbibliote.com

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pública de comida, vestido, libros, etc., si es necesario. Prohibición legal a los patrones de hacer trabajar a sus obreros más de seis días de cada siete. Salario mínimo legal determinado por una comisión de Estadística Obrera, con arreglo a los precios de los artículos de primera necesidad. Salario igual para las mujeres y los hombres, cuando el trabajo hecho por unos y otros sea el mismo. Creación de tribunales especiales, compuestos de árbitros (prud'hommes) nombrados en parte por los obreros, y en parte por los patronos, para la solución pronta de todas las cuestiones entre unos y otros. Responsabilidad de los patronos en los accidentes de trabajo. Creación de comisiones de vigilancia elegidas por los obreros, para la inspección de las habitaciones, talleres, etc. Creación de escuelas gratuitas profesionales, y de segunda enseñanza. Anulación de todos los contratos enajenando la propiedad pública (puestos, ferrocarriles, etc.). Abolición de todos los impuestos indirectos, y transformación de los directos en un impuesto sobre la renta y sobre las herencias. Abolición del presupuesto del clero, y confiscación de sus bienes. Abolición de la deuda pública”.

La tercera instancia quedó salvada al presentar un "Programa Mínimo" que, en sus párrafos fundamentales sostenía la necesidad de adoptar el sufragio universal, la representación de todas las minorías, la supresión de las policías políticas y que, en su parte económica reiteraba los postulados más salientes del Programa que acabamos de analizar. La principal organización creada por el Partido para incidir en los destinos del movimiento obrero fue el "Centro Socialista Obrero" 13 por medio del cual se procura efectuar todas las formas de proselitismo posible. Su pensamiento político es puesto de manifiesto en el primer manifiesto que el Partido Socialista Obrero dirigió a los trabajadores contenido en el número 15 de "La Vanguardia" del 13 de abril de 1895. “Compañeros: Estando próximo el 1° de mayo, fecha designada por el Congreso Obrero Internacional celebrado en París en 1889 para reclamar de los poderes públicos la adopción de la jornada de ocho horas y la promulgación de leyes protectoras del trabajo, os invitamos a celebrar manifestaciones y reuniones públicas, con lo que, si por ahora no conseguimos dichas reformas, demostraremos a la clase capitalista nuestra fuerza y trabajaremos en pro de nuestras aspiraciones al afirmar públicamente nuestra voluntad de verlas satisfechas aún a costa de cualquier sacrificio. La situación de la clase obrera de la República Argentina es tan mísera como la de nuestros hermanos en Europa, y ya que ellos nos dan ejemplo de entereza de carácter y de amor a la emancipación, sin reparar en los mil obstáculos que tienen que vencer y en la guerra obstinada que les hace la burguesía, no debemos nosotros pasar este día sin lanzar una protesta unánime contra la clase capitalista que detenta la riqueza que nosotros creamos. En este país, más que ningún otro, es necesario celebrar con entusiasmo el 1° de mayo, pues aquí los beneficios que extrae del trabajo la burguesía son mayores que los que obtiene la de Europa, siendo no, por esto, más fácil alcanzar algunas ventajas si con energía las reclamamos. Además, los partidos políticos burgueses, con cuyo apoyo no contamos ni podemos contar los

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