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“Una vida mejor es posible” Celia Blanco


Hace algún tiempo, en un lugar no muy lejano, vivía en una bonita casa, una pareja de recién casados, muy felices y siempre estaban muy unidos. La mujer, Emma, era muy dulce, sensible y alegre; siempre quería que su marido estuviera lo más feliz posible, y nunca pensaba ella misma. Tenía los ojos muy grandes y de color marrón claro, su cabello era negro azabache. Era de estatura media y tenía un cuerpo esbelto. Su simpatía hacía que a todo el mundo le cayera bien. El hombre, John, tenía los ojos verdes, el pelo marrón oscuro y una mirada seria, era alto y fuerte. Al contrario de su esposa, era un poco soberbio, también era muy machista, aunque Emma, con su inocente mirada, estaba ciega de amor, y no se daba cuenta. Al cabo de unos años, el machismo de John fue agrandándose, y estaba comenzando a gritar y a insultar a su mujer, pero ella no quería llevarle la contraria para que no se enfadase más. Él siempre quería que a la vuelta de su trabajo, la comida estuviera encima de la mesa. Y así era, Emma la preparaba siempre antes de que John regresara del trabajo. Aquella tarea no era nada fácil, pues ella también trabajaba, pero siempre conseguía salir un poco antes del trabajo, con cualquier escusa. Un día, John entró en casa, muy enfadado por algo que le pasó y que no quiso contar. Se sentó en la mesa, sin ni siquiera darle un beso a su mujer y dijo: -¡Emma! ¿Dónde está la comida? -Espera, cariño, es que... se me ha quemado -dijo Emma con algo de miedo-. -¡¿Cómo?! ¡¿Que se te ha quemado la comida?! ¡Eres una inútil, no sé cómo me pude casar contigo! -respondió él muy enfadado-. Emma se puso a llorar, y fue corriendo a prepararle otra cosa a su marido, pero no encontró nada más que le pudiese hacer en tan poco tiempo. A toda prisa se dirigió a la casa de una vecina y amiga suya, con la que tenía muchísima confianza, y le pidió algo que se pudiera preparar rápido, le dio dos paquetes de salchichas y un paquete de patatas congeladas, después de esto, volvió a la cocina a preparar la comida, pero se dio cuenta de que su marido no estaba. -¡John, cariño mío, la comida se está preparando! -dijo gritando, por toda la casa-. John no respondía, entonces lo llamó por teléfono. -¿Qué quieres, pesada? -respondió él, malhumorado-. -Que te estoy haciendo otra cosa de comer, ¿dónde estás? -Cómete tu comida, que yo estoy en un bar, y seguro que la comida de aquí está más buena, ¡inútil! John colgó. Emma, muy triste, empezó, aunque sin apetito, a comer la comida que había preparado. Al terminar se puso como cada día a hacer todas las tareas del hogar. Al cabo de dos horas, estaba demasiado preocupada al ver que su marido no regresaba a casa. Ya estaba tan nerviosa que no podía seguir con las tareas, y empezó a preparar una laboriosa cena, para que al regresar se le pasara el enfado.


Pasaron tres horas, la preocupación de Emma llegaba a los límites. Cuando estaba cogiendo el móvil para llamarle, se abrió la puerta, era John. Andaba muy mal, yéndose para los lados. Estaba ebrio, y sin dar explicaciones de nada, fue al cuarto a dormir. Emma esa noche durmió en el sofá. Al día siguiente, John se despertó con un dolor de cabeza horrible, se levantó y se sentó en la mesa. Vio que su mujer aún dormía, se enfadó muchísimo y dijo gritando: -¡¿Aún dormida?! ¡Levántate anda! ¡Eres una vaga, sólo piensas en ti, eres la peor mujer que existe en el mundo! Emma se levantó, sin decir ninguna palabra y fue a hacer el desayuno. Cuando se lo terminaron, John se vistió y sin decir nada, se dispuso a salir a la calle. -Cariño, ¿dónde vas? dijo ella sin sobrepasar su tono dulce-. John no respondió y salió pegando un portazo. Emma se puso a llorar, y de pronto sonó el timbre, ella nerviosa se secó las lágrimas con un pañuelo y abrió la puerta. Era su vecina, a la que le pidió la comida el día anterior. Se llamaba Érika, una chica muy guapa de ojos azules y muy grandes, tenía el pelo rubio oscuro, y era alta y delgada. De momento, Érika se dio cuenta de que Emma había llorado, y que estaba muy triste últimamente. -Emma, sé que te pasa algo, hace meses que no sales de casa para ir a trabajar, pero tu marido sale muchísimo, nunca me llamas, ni sales con nosotras a tomar algo, mientras que veo a tu marido todos los días en un bar diferente -dijo Érika, con un tono muy dulce-. -No me pasa nada, de verdad, no te preocupes -respondió ella fingiendo una sonrisa-. -Te conozco desde hace 10 años, estudiamos juntas, y sé que te pasa algo, esa sonrisa es falsa, por favor dime lo que te pasa, te juro que no contaré nada. -Ya, pero es que...tengo miedo. -dijo ella muy nerviosa y comenzando a llorar-. -¿Miedo de qué? ¿De tu marido? ¡No me digas que te pega! -No, no me ha llegado a pegar, pero me trata muy mal, me insulta, me dice que soy una mala mujer y se va de casa sin darme explicaciones. -Dios mío, pero... ¿cómo no me lo has contado antes? Esto puede llegar a ser mucho peor, yo como amiga te recomiendo que lo dejes, tú te mereces algo mucho mejor, de verdad, así no eres feliz. -No, pero si él me quiere, lo que pasa que está estresado, todo volverá a ser algo bonito, cambiará -dijo ella secándose las lágrimas-. -Bueno, tu decisión es, pero como te ponga una mano encima me lo dices, ¿vale?, bueno, venía porque me hace falta azúcar que voy a hacer un pastel, mi marido me está ayudando. -¡Qué suerte! Tu marido ayudándote. Espera voy a buscar el azúcar. Cogió un paquete de azúcar y se lo dio a su amiga, ésta dio las gracias, le recordó que ella vale muchísimo más que su marido, y se fue.


Al cabo de una hora, su marido entró por la puerta, le pidió la merienda a su mujer, ella, como siempre obedeció sin más. - ¿Qué haces con esa falda tan corta? ¿Quieres ir provocando a otros? ¡Cámbiate! –le gritó John. Ella sumisa hizo lo que su marido le dijo, y decidió no volverse a poner faldas cortas, ni vestidos , sólo se pondría pantalones largos, para que su marido no se molestara. Al cabo de tres semanas, Érika visitó a Emma, y le llevó unas magdalenas de chocolate que habían preparado entre su marido y ella. -Toma aquí tienes, están recién hechas, aún están calientes, así que déjalas reposar un poco para que se enfríen. Oye, una cosa, veo que ya no te pones faldas ni vestidos, ¿tu marido te dice algo? -dijo Érika-. -Bueno... a él no le gusta que lleve cosas cortas, y para no avergonzarle, me pongo pantalones largos, no quiero ir provocando a otros hombres. -¿Cómo? ¿Te está prohibiendo vestirte como a ti te gusta? ¡Eso es intolerable, ahora mismo te vas a poner la ropa que a ti te gusta! -Pero... -¡Pero nada! -dijo Érika cortándole la frase-. Venga, ponte el vestido más bonito que tengas y nos vamos a ir las dos a tomar algo. Emma se puso un vestido azul eléctrico con lentejuelas que se había comprado hace unos meses, se subió a unos tacones negros, y lo complementó todo con un bolso negro y unos pendientes azules. Se fueron a un bar, se tomaron unos refrescos, y volvieron a sus casas. Después de dos horas, su marido volvió a casa. Vio cómo iba vestida su mujer y dijo gritando: -¿Qué te dije yo de esa ropa tan corta? ¡Quítatela y ponte otra decente! -No, me gusta mucho este vestido... -dijo nerviosa-. -¿Cómo? ¡Cámbiate ahora mismo! Sin responder, Emma se disponía a salir de casa, sin cambiarse, entonces su marido dijo: -¡No vayas a salir con esas pintas a ningún sitio! ¡Te lo ordeno! Emma se paró y respondió llorando: -Estoy harta de que me trates como si fuese una marioneta entre tus manos, no soy la esclava de nadie, adiós. Cerró la puerta y corriendo salió de su casa, se dirigió a la casa de su amiga, llamó al timbre y abrió la puerta su marido, Carlos, un chico muy amable de ojos marrones con el pelo marrón oscuro, alto y fuerte, era muy simpático y con la alegría de siempre dijo: -¡Hola, Emma! ¡Cuánto tiempo! Pasa, pasa, no te quedes ahí, yo me tengo que ir, que he quedado


con unos amigos para jugar al golf, hay galletas con virutas de chocolate que acabamos de preparar. Érika está dentro. -Gracias, adiós, buena suerte con el golf –respondió con una sonrisa-. Daba gusto oír tanta simpatía y amabilidad. Al pasar por la puerta, estaba el salón, dónde se encontraba Érika, que con una sonrisa, le saludaba ofreciéndole galletas. -¡Hola! ¿Qué tal? ¿Y esa cara? ¿Has vuelto a discutir con él por el vestido? –dijo Érika -Sí, bueno… es que lo he pensado y creo que sí que lo voy a hacer. -¿El qué? -Voy a divorciarme – dijo llorando-. -¿Te ha pegado? -No, pero temo que un día lo haga, ya no puedo vivir más así, ya no salgo, y todos los días tengo infinitas ganas de llorar, no quiero caer en una depresión, que soy muy joven, yo le quiero, pero no puedo estar así, quiero ser feliz, pero con él mi felicidad se hunde. -¡Muy bien! ¡Así se habla! ¡Sé feliz y disfruta! ¿Se lo has dicho ya? -No, aún no, tengo mucho miedo a decírselo y a veces pienso que sin él no podré ser feliz…pero con miedo tampoco puedo vivir. -Vas a ser libre sin él, haciendo lo que quieras, vistiéndote como te gusta… ¿acaso con él eres feliz? No, ¿verdad? Sonríe que la vida son dos días, y yo, tu mejor amiga, no quiero que pases uno y medio sufriendo con él. Yo estaré contigo cuando se lo digas, para que no intente hacerte daño. -Eso es verdad… decidido, me voy a divorciar, yo lo quiero, pero no puedo seguir así. Después de una merienda entre amigas, Emma volvió a su casa, pero esta vez estaba acompañada de su amiga. Su marido estaba muy serio, en el sofá, viendo la tele y tomándose la merienda que antes había dejado preparada Emma. -Hola, John, lo siento, no puedo seguir así, quiero el divorcio, yo te amo con todas mis fuerzas, pero estoy harta de que me trates como un perro -dijo Emma llorando-. -¿Qué? ¿El divorcio? –dijo él con la voz rota-. Pero… -Lo siento, estos años contigo me han hecho pensar, y no puedo seguir con esto… recogeré mis cosas. -Emma se irá a vivir conmigo un tiempo, hasta que todo el papeleo del divorcio esté listo –dijo Érika-. A John le estaba costando asumir la situación, lo había hecho mal, y ya no había vuelta atrás. Ya no tendría una mujer que le limpiara, que le hiciera la comida, que le lavara la ropa, entonces dijo:


-No, ella que se quede aquí, yo iré a vivir con mis padres, que hace mucho tiempo que no los veo, y tienen una casa muy grande, así que podré vivir bien allí, voy a recoger mis cosas. Ambas se sorprendieron por la reacción tan buena de John. Después de media hora aproximadamente John ya estaba listo para irse, cogió sus maletas, cajas y bolsas y llamó a un taxi. -Llámame cuando esté todo listo, y solo tenga que firmar, adiós. Emma con las lágrimas en los ojos, abrazó a su amiga muy fuerte. -Venga ya está ya pasó, tranquila, que todo ha salido bien, ahora podrás rehacer tu vida, y vivirla a tu manera, yo vendré a visitarte todos los días, puedes venir a mi casa cuando te apetezca, y si alguna vez quieres, puedes hacer dulces con nosotros. -Gracias por todo, eres la mejor amiga que se puede tener, te quiero muchísimo. Después de dos años, Emma, además de recuperar la vida social que había perdido mientras estuvo con John, encontró el amor de nuevo, un chico gracioso, simpático, amable, sincero, que ayudaba muchísimo a las tareas del hogar y le gustaba mucho la cocina. Se llamaba Daniel, tenía el pelo castaño claro, los ojos marrones y tenía una sonrisa preciosa. Los cuatro: Érika, Carlos, Emma y él, salían en parejas, veían películas y hasta cocinaban todos juntos. Todo volvió a ser precioso para Emma, y su sonrisa nunca se le volvió a borrar de la cara. Desde entonces, Emma, está en una asociación dónde ayuda a chicas a darse cuenta de que el maltrato no tiene por qué ser físico, también puede ser psicológico, y que por desgracia, muchas chicas, cada vez más jóvenes, lo sufren sin saberlo. Con su ejemplo les hace entender que existe una vida mejor.

FIN -Seudónimo: Sinceridad.

Nombre: Celia Blanco


Moreno. Curso: 1º B. Título del texto narrativo: “Una vida mejor es posible”. Seudónimo: Sinceridad.



Cuento finalista, Una vida mejor es posible, Celia Blanco