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Mariana Calder贸n


Undercover. Ángeles encubiertos. © 2013, Mariana Calderón. © De esta edición: 2013, Tríada Ediciones Ltda. Calle Huérfanos 1160, of. 1004 Santiago, Santiago de Chile. Tel.: (56 2) 2697 3623 www.triadaediciones.com Colección Narrativa Juvenil Impreso en Chile Primera edición, agosto de 2013. ISBN: Depósito legal: Diseño y diagramación: Tríada Ediciones. Diseño de portada: Carolina E. Varela, en base a una idea de Mariana Calderón. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la Editorial.

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Para mis padres y todas las historias que me permitieron imaginar


“Ah, niño tonto, ¿tú no sabes quién es el demonio?”. “Sí -dijo él- sí: el demonio tienta a los malos, a los crueles. Pero yo, como soy amigo suyo, seré bueno siempre, y me dejará ir tranquilo al cielo”. Ana María Matute The indescribable moments of your life, tonight The impossible is possible tonight, tonight Believe in me as I believe in you, tonight. Smashing Pumpkins


Undercover. Ángeles encubiertos.

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PRIMERO ESTABA LA ciudad. Una ciudad grande, parecida a un enorme liquen grisáceo contemplado a vista de pájaro. Como todas las ciudades que contienen un sinfín de cosas, personas y rutas trazadas por un millón de historias que se cruzan, primero está lo visible: los autobuses rojos, los puentes sobre el legendario río y un alto reloj de inusual tamaño. Los números indicando direcciones, horarios, fechas. Dentro de lo visible estaba la vida de Alex, que nunca había tenido gran cosa a la que temer. No tenía hermanos, servía pintas en el pub de su padre y, la verdad, tampoco tenía muchos amigos. Todo lo visible puesto en un mundo sin sorpresas. Había nacido hace veintiún años en el hospital de Whitechapel. A los siete pensaba que los indigentes de las estaciones de metro, además de la extracción de sangre, eran lo más temible que sus ojos infantiles

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Mariana Calderón llegarían a ver. Después, temía jamás encontrar un novio o ser una estudiante mediocre que (aun cuando no lo era) sentía que no se esforzaba lo suficiente. De vez en cuando se seguía sobresaltando con los vagabundos tomándola por sorpresa en alguna calle silenciosa, seguía asustándole la idea de ser una solterona rodeada de gatos y pensando que su dedicación al estudio aún no se acercaba a todo el esfuerzo que podía ponerle. Y después, con algo de suerte, viene todo lo invisible. Además de ser una dedicada estudiante de historia en el King’s College de Londres, exprimía sus últimas energías en el pub de su padre, ubicado en el piso de abajo de su casa. Él jamás le había pedido que le ayudase a servir pintas, pero no le molestaba la peculiar forma que tenía para despejarse de sus preocupaciones, como ella se justificaba. Cada noche dejaba bajo la barra libros y apuntes para servir pintas de fosters y ron con Coca-cola. Habituada, sí, pero también aficionada. Algunos de los parroquianos del Brentwood Arms eran bastante particulares. Cerca del pub había una mansión rodeada de jardines, situación arquitectónica poco habitual en Londres, donde las casas parecían estrangularse unas a otras con sus paredes contiguas. Era una especie de academia privada y, a juzgar por su aspecto, de las caras. Pasaba por ahí de camino a la estación de metro y había visto tantas veces su muro que ni siquiera curioseaba cuando la reja le dejaba ver algo de lo que había dentro. Un escudo de armas y una inscripción que no le decía nada eran lo único que sabía y le interesaba saber de ese lugar, además de tener claro que la clientela a la que atendía por las noches salía de ahí al finalizar su jornada de indefinidas labores. Eran hombres en su mayoría, vestidos con impolutos trajes a medida (quizás de Saville Row, pues esas cosas se notaban) y de propinas absurdamente generosas. Su padre conocía a los mayores desde hacía años y también a los más jóvenes, aunque era evidente que era a su hija a quien estos pedían sus tragos. —Alex, ponme otra pinta —era la petición más frecuente y atendida a diario, jamás de mala gana. Si llegaban solos, leían ansiosamente cualquier periódico hasta que alguien de los suyos les hacía compañía.

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Undercover. Ángeles encubiertos. Después de la segunda ronda pedían los dardos y siempre, sin excepción, atinaban al centro. A veces les miraba fijamente deseando que fallaran cuando menos una vez. Entre semana, nadie se iba del pub después de las nueve de la noche, pero los fines de semana, los más jóvenes se quedaban hasta agotar el horario. Eran clientes tan habituales que parecían entrar a un club privado al hacerse presentes; los demás se transformaban inmediatamente en extras de una película. Era una cualidad extraña la suya, como si succionaran todo el aire de una habitación apenas entrar. Se les podía identificar por algo que no respondía a un estándar físico. Era una actitud. Cualquier hombre podía entrar con un traje perfecto y Alex sabría que no era parte de ellos. Era su actitud y la manera de ser hermanos lo que les hacía distintos. A pesar de identificarlos a todos, siempre había particulares a los que conocía por algo más que el nombre y su trago habitual. En el corcho tras la barra donde había cuentas pendientes, recordatorios y expuestos billetes falsos, había una fotografía donde Alex, sentada en la barra, estaba acompañada de ellos: Red, Ephraim, Sébastien y Mickey. Casi confidente, casi amiga. Pero fuera del Brentwood Arms, su camaradería desaparecía sin rastro. Jamás los había visto siquiera pasar por la calle, como si pertenecieran a otro mundo. No supo qué pensar de ellos hasta ese día en que el cielo clareaba y el rojo amanecer se dibujaba borroso en sus ojos a través del cristal de un auto desconocido. El antebrazo le escocía y se sentía incapaz de mirar la horrible herida que le causaba un dolor no antes imaginado, que superaba cualquier ánimo por saber en dónde estaba y quién la había sacado del club, cuando pensaba que el miedo le arrancaría el alma. —...No podemos llevarla ahí. ¿Has perdido la razón? Los fragmentos de una conversación que le parecía increíblemente lejana no hicieron más que terminar con lo que quedaba de sus energías. Cerró los ojos que mantenía apenas abiertos, deseando aún que todo fuera un mal sueño. Horas antes, caminaba por el Soho con Nicky, quien le había convencido de ir esa noche al Madame Jojo’s; pocas veces iba a clubes, pero insistió a tal grado que incluso inventó que era su cumpleaños. Alex

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Mariana Calderón supo de su mentira e inexplicablemente se enterneció tanto que horas después se vio poniéndose un vestido verde esmeralda que no había encontrado dónde estrenar hasta ese momento, saliendo por el pub en una de sus habituales y concurridas noches. A veces no terminaba de entender por qué había terminado siendo amiga de Nicks. La primera impresión que se había llevado de ella al compartir la clase de estudios medievales había sido bastante tajante; pensó que le faltaba un buen número de neuronas y le sobraba mucho maquillaje. Su celular sonaba al menos una vez por clase y se quejaba, siempre, de la extensión que los trabajos de investigación deberían de llevar. Constantemente estaba rodeada de personas y como era extrañamente puntual, Alex solía guiarse los primeros días en la universidad con el estruendo de sus carcajadas en los pasillos para saber con certeza a qué aula dirigirse. Como le ocurría a menudo, no recordaba el momento exacto en que había pasado del total desagrado a intercambiar charlas casuales y después terminar quedando para salir a tomar una cerveza. Sólo tenía claro que era una constante en su vida: aquellos quienes pensaba que serían sus amigos, con los que no agotaba los temas de conversación y tenía cosas en común, terminaban por hartarse de ella. Y por añadidura, aquellos a quienes hubiera infravalorado resultaban ser sus inseparables. Para el segundo semestre, Nicky y Alex eran una dupla consistente, aunque sus compañías les hacían pertenecer a un grupo más o menos establecido de compañeros. Desde que estaba con ella, llevaba las uñas pintadas. El olor a esmalte mezclado con el del pasto recién cortado de las áreas verdes del campus remitía directamente a los ratos libres entre clases o el fin de la jornada. Mientras Nicky hablaba sin parar, tomaba la mano de Alexandra y le hacía una manicura casera con la punta de un compás, una lima de uñas y el tono de barniz que llevara en el bolso. Sus temas de conversación iban desde las mejores compras en tiendas de segunda mano hasta aviones de la segunda guerra mundial. Le gustaba darse cuenta que era mucho más lista de lo que parecía, y que aun así no tenía intenciones de hacerlo notar. Esa noche, Nicky no había tenido tiempo de pasar por Alex en su

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Undercover. Ángeles encubiertos. auto, cosa que en realidad no le molestaba, pues la estación de Holland Park quedaba bastante cerca de su casa y no tenía problema alguno con el transporte público de Londres, para el que Nicky tenía un millón de quejas e insistía en ir en auto a cualquier lugar a donde tuviera que trasladarse. Aunque iba con ella, se sentía algo fuera de lugar entre los amigos que eran “más sus amigos”. Tenía la impresión de que sólo la miraban como la chica que por alguna razón era amiga de Nicky, y aún más incómodo era verla tratando de integrarla a sus chistes privados y a sus charlas. Sabía cuando el rol protagonista no estaba escrito para ella, y no le molestaba, pero supuso que la noche sería mucho más llevadera si llevaba su conciencia a un estado alterado. Caminaban por la concurrida Lexington street, hombro con hombro. Alex, como siempre, miraba a Nicky con fascinación al no poder descifrar su secreto para pintarse los labios, responder a un mensaje de texto en su Blackberry y llevar una conversación con ella al mismo tiempo. —Si existiera la droga perfecta, que prometiera no hacerme sentir como una basura al día siguiente, te acompañaría. Suerte con eso. Por cierto, tienes que conocer a James, te va a encantar. —¿El de filosofía? —Por supuesto que no, ¡ni siquiera estudia! Ahora veo que me prestas muchísima atención. —Lo siento, no puedo recordar todos los nombres de la gente que aseguras me va encantar. Después de su ácida anotación, pegó un largo trago a una botella de agua para vaciarla y botarla en un cesto. Al entrar al lugar sentía como si la pastillita de MDMA que había tragado minutos antes relumbrara en su esófago como una luciérnaga y atravesara su piel. Sonreía sutilmente mientras escuchaba con atención a Nicky hablar sobre dramas y amantes hasta que se encontró con los amigos a quienes vería originalmente. Les presentó a Alex, enfatizando atenciones en un chico alto de aspecto desgarbado con el que irremediablemente tuvo que charlar. —¿Estás en el King’s? —Sí, con Nicky... —¿Historia?

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Mariana Calderón Asentía sin encontrarle mucho caso a tener una conversación a gritos, perdiendo su mirada en las perfectas pin-ups del escenario, sintiendo que lentamente las piernas empezaban a temblarle. Dos anodinas líneas más de conversación y Alex se perdió entre el gentío sin cargo de conciencia, pues había dejado a Nicky rodeada de gente. Lo que antes fuera una diminuta luciérnaga en su garganta, era ahora una lamparilla de neón ultramar revoloteándole en el estómago, que gritaba su luz con cada parpadeo, con cada sonrisa gratuita que soltaba a cualquier extraño. El torrente de burbujas trepando por sus piernas tenía la cualidad de hacerla translúcida, de hacerla ligera como una mariposa en medio de tantos cuerpos compactos, agitados y ardientes. El beat estaba tan lleno de vida que le hacía cerrar los ojos, sintiendo aquella luz azulada brillar dentro de sí. Bailaba como un ángel caído en medio de un mar de desconocidos, hasta el momento en que sus ojos volvieron a despertar a los restos de realidad a su alrededor. Se encontró con una mirada gris. Tan antigua y extraña que detuvo su lánguido baile y se quedó inmóvil. Tardó un par de segundos en ponerle rostro a la mirada y reparó en un muchacho alto, con aire de otro mundo. Su estómago se encogió de pronto y la embargó la misma sensación que tenía de niña cuando tenía que bajar al pub en tinieblas y completamente sola. Incluso sus dientes castañearon un poco al sentir su mirada sobre ella, poderosa e invasiva, como si estuviera desnuda frente a él. Sólo cuando Nicky la tomó por el brazo sintió que algo de calor regresaba a su cuerpo. La miró lentamente, como dibujando su rostro. —¿Dónde estabas? ¡Te estás perdiendo la mejor parte...! —empezó a decirle cuando sintió la gran necesidad de abrazarla. Nicky le abrazó del mismo modo aunque confundida, sonriéndole como si le dijera “¿Y a ti qué mosca te picó?”. La siguió al lugar donde había estado antes, sin poder evitar mirar de nuevo el sitio en que esa mirada le había quitado el aliento, esperando que hubiera desaparecido. Tuvo suerte, pues no había nadie ahí. El tiempo se sucedió sin orden alguno para Alex, que no sabía distinguir entonces entre un segundo y una hora. La noche era sólo un vagar desordenado de ritmos acompasados con sus latidos y con las

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Undercover. Ángeles encubiertos. palabras borrosas que Nicky le dirigía de vez en cuando. Aun así, después de haberse visto reflejada en esos ojos grises tenía una inexplicable sensación de vacío. Frente al espejo del baño, donde la música se colaba de manera sucia e imprecisa, tocó su rostro lentamente para asegurarse de que nada en ella hubiera cambiado. Sus ojos centelleaban por el efecto de la anfetamina y sus labios estaban algo resecos, cosa que trató de remediar bebiendo un poco de agua del grifo, su mano haciendo como cuenco. Salió sin demorarse, llevada por la inercia del camino de regreso a la mesa. Pero apenas estuvo afuera no pudo dar un paso más. Los ojos. Aquellos ojos grises la miraron una vez más antes de que todo se volviera rojo y un eco de gritos se hiciera presente. El delirante crescendo superó a gran velocidad el estruendo de la música, de pronto enmudecida y por un momento se convirtió en espectador del horror, inmaterializada, siendo sólo mirada y sólo presente, un presente sin escapatoria, poblado de monstruosas criaturas que hendían garras y colmillos en la carne antes tan viva e imbatible. Se desgarraba, se hacía pedazos, como sumergida en un mar de cuchillas. —¡Alimentaos libremente, pues este festín ofrecido por los mortales será la sangre de nuestra descendencia...! Aquella voz la devolvió de golpe a la realidad, como si hubiera dejado de aguantar la respiración. No había nada a su alrededor salvo gritos, garras y horror encarnado. Ni siquiera había notado que ahora las lágrimas atravesaban su rostro y fue imposible hacer que sus piernas respondieran a sus órdenes desesperadas por escapar. Era natural que perdiera el equilibrio entre toda esa agonía sin sentido. Retrocedió en el piso, derribada, cuando un ser deforme se aproximó a ella con inhumanas contorsiones. La invadía. Sus garras la tomaron dolorosamente por las piernas, clavándose en su piel con la facilidad de una aguja. El dolor era tan insoportable como su imagen, su faz pustulosa y grisácea, sus ojos sin alma mirándola de fijo mientras su larga y puntiaguda lengua palpaba su antebrazo con ansias, quemándole como aceite hirviendo. Trató de zafarse pero era en vano. Dolía. Quemaba. Su voz fue tan muda como la de los demás, opacada por la presen-

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Mariana Calderón cia de la bestia deforme y feroz, que después de una breve amenaza clavaba una hilera de dientes en su blanca piel. Después de un grito ahogado su voz se agotó, se anuló y sólo las lágrimas de sus ojos mostraban calladamente el repentino dolor que la invadía. Miedo. Su mente se cerró a todo salvo al miedo. Entrecerró los ojos y todo a su alrededor se desdibujó, perdiéndose en el vórtice de su propia pesadilla. Todo, salvo un repentino destello plateado, se sumergía en las tinieblas. Era presa de una somnolencia pegajosa que forzaba sus ojos a cerrarse. Hasta que un brillo argénteo atravesó de un solo golpe a la bestia que aún la acosaba. Lo vio envolverse en llamas y soltar un alarido tan doloroso como la herida que le había proferido. A ella, sin embargo, el fuego la dejó intacta. —¿Sébastien? En un intento por saber qué ocurría intentó enfocar la mirada. Era él, o al menos su delirio le había mostrado su rostro en ese instante. Respiraba con dificultad y le era imposible incorporarse. Aun así, tuvo fuerzas suficientes para ver aparecer de nuevo aquel destello que cortaba la oscuridad y consumía a las bestias entre llamas. La misma voz que hubiera escuchado antes se levantaba de nuevo. —¡Esto, mi hermano, es el regalo de los mortales! ¡Mírame a los ojos y sabrás que no te lo advierto en vano: hemos comenzado! Aquel no era como los otros, no se parecía a ninguna de la bestias. Era un ser hermoso, que mantenía en el aire a su presa y quebraba su cuello a manera de advertencia, antes de desaparecer en un azufroso humo negro. Como una flor marchita, el peso anulado de su cuerpo fue levantado del piso, resbaladizo de sangre y miseria.

Abrió los ojos, la luz del sol haciéndole daño. Se sentía febril y agitada a medida que recobraba un ápice de sus fuerzas, como presa de un

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Undercover. Ángeles encubiertos. creciente ataque de pánico. Seguía dentro de un auto, ahora detenido y con la puerta a su lado abierta, que le hacía sentir el helado aire matinal en su rostro. Por un momento se pensó sola en aquella campiña, pero distinguió a dos figuras moverse no muy lejos de ella. —Es sólo el veneno de la mordida, no tenemos que llamar a Dowell. —Sería inútil a estas horas... y no lo hubieras hecho de cualquier manera. El delirio de la noche anterior tomaba dimensiones reales al distinguir las voces familiares, al ponerles rostro, discutiendo en la amplitud que rodeaba el auto. No habían reparado en Alex, que abría los ojos lentamente. —¿Querías que la dejara enloquecer ahí? —No sería la primera vez que seguimos esa clase de órdenes... —¡Con ella es distinto, maldita sea! Red. Cubrió el sol con su cuerpo al acercársele. El tono de voz con que antes gritara cambiaba radicalmente al dirigirse a ella. —Buenos días, princesa. Era el mismo que le pedía tragos en el pub, el mismo que a veces la sacaba a bailar y al que le gustaba robar toda la atención aún hablando del tema más soez. Red. Las conocidas facciones del pelirrojo se dibujaron frente a ella. Le sonrió y tomó su mano, extendiendo su lastimado antebrazo, el que examinó con una tranquilidad irreal. Alex no pudo tolerar la vista de su propia herida, ennegrecida como una inmunda gangrena. El miedo le volvió como si la bestia hubiera dejado sembrado el horror en su piel, le sentía reptar ahí dentro. Red no parecía alarmado. Tenía el semblante sereno, de médico en un examen de rutina. Alex no se sentía capaz de mirarle a los ojos, avergonzada de su mal, el cual sentía aquejar más allá del brazo; estaba intranquila pero se dejaba hacer, hasta el momento en que Red sacaba una daga tan pulida como un espejo. Se soltó de golpe y trató de alejarse de él ansiosamente, no con temor, sino llena de ira. Gritaba con una voz desconocida, pataleaba, le golpeaba con una fuerza inusual, recuperada de pronto. —¡HIJO DE PUTA, NO ME TOQUES! Berreaba con los dientes apretados, horrorizándose ante la visión de aquella daga, enfurecida como jamás antes lo estuviera, convirtién-

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Mariana Calderón dose en alguien que no conocía. Se revolvió en el asiento del auto, le golpeó con todas sus fuerzas, le clavó las uñas en la mano que la sometía. Gritaba. Afuera, Sébastien fumaba un cigarrillo y se frotaba las sienes, apesadumbrado pero impasible. —¡NO ME TOQUES, MALNACIDO, NO ME TOQUES...! Le escupió, lo golpeó, maldijo más allá de sus propias palabras y no dio tregua un sólo segundo, aún cuando Red la había aprisionado. Determinado, hizo un corte diagonal sobre la herida de Alex, manteniendo la fuerza para evitar que se moviera. El agudo grito que soltó le sorprendió tan poco que continuó con el siguiente corte sin mover un sólo músculo facial. Tres serían suficientes. La carne ennegrecida de su antebrazo se encendió con las mismas llamas plateadas que hubiese visto en medio del club. Sólo en ese momento dejó de oponer resistencia, al mirar la sangre roja manar de los tres cortes que Red había hecho. Seguía siendo una herida, pero la infecta llaga que antes llevara había desaparecido con las llamas. Soltó un llanto desmedido, sintiéndose aún aterrorizada, pero libre de la pesadilla que la había oprimido. Red la sostuvo cuando intentó salir del auto y tomó su rostro con las manos, obligándola a mirarle. —Respira… Alex sostuvo el azul de su mirada mientras el aire entraba y salía de sus pulmones, de manera cada vez más acompasada. Sébastien terminó su cigarrillo y se dirigió al auto sin dedicarle una sola mirada. Red aún estaba afuera cuando encendió el motor. Aun se tomó varios segundos para pasar una mano por su cabello y sonreírle apenas, antes de cerrar la puerta y tomar el asiento del copiloto. Un par de minutos mirando la sucesión de árboles en la carretera fueron suficientes para que cayera en un profundo sueño, desnudo de las horrendas visiones que su mente había guardado antes. Sólo un sueño, silencioso y agotado. Red y Sébastien no se dijeron ni una sola palabra durante el camino; salvo un intercambio inicial de miradas, tampoco habían apartado los ojos de la ruta, sumidos en sus propias cavilaciones. Ambos sabían que después de esa noche las cosas no podían seguir de la misma manera. La calidez soleada del paraje donde aparcaron cambió conforme

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Undercover. Ángeles encubiertos. entraban en Londres. El cielo se volvió plomizo y la llovizna fue cubriendo el parabrisas, mientras la sucesión interminable de urbanidad descolorida se mostraba tras el cristal. Alex había despertado sin hacer ruido, pero su mirada se encontró con la de Sébastien por el retrovisor casi de inmediato. Parecía tenso, como si su presencia le afectara. Red, por el contrario, miró hacia atrás y le sonrió. —¿Dormiste bien? Alex intentó devolverle la sonrisa pero le costó demasiado trabajo, a pesar de que la lucidez volvía a su mente. Se incorporó, arrebujándose en el saco que traía encima, dándose cuenta que ni siquiera era suyo. Tampoco llevaba su bolso o sus zapatos, a su alrededor sólo había diarios de días pasados apilados en el suelo. Aquellas ausencias le recordaban que la noche anterior había sido real, tanto como lo eran los cortes en sus piernas y la carne viva de su antebrazo, la sangre apenas secándose. Mantuvo su vista en la ventanilla del auto, con el ceño levemente fruncido. Recordaba sin poder estar segura de que lo que había visto fuera completamente real. ¿Dónde estaría Nicky? ¿Y la policía? Su padre debía estar vuelto loco de no encontrarla. Nada tenía sentido. No sabía por qué Red y Sébastien habían aparecido ahí como ángeles vengadores, quizás había tomado demasiado MDMA. Pero ahí estaban, llevándola en el asiento trasero de un lujoso auto después de haberle salvado la vida, según lo decían sus recuerdos. Tenía demasiadas preguntas que ni siquiera en su mente aún se atrevía a formular. —Bueno, estamos aquí. Sólo Red hablaba. Sébastien detuvo el auto frente al Brentwood Arms aún cerrado y no dio muestras de bajar o abrir la puerta. Alex buscó instintivamente su bolso, pero recordó que no lo llevaba consigo. La idea de que su padre bajara a abrirle la puerta no le caía en gracia, pero aun con sus llaves hubiera corrido a recibirla, lo tenía claro. Abrió la puerta del auto y antes de bajar buscó la mirada de Sébastien en el retrovisor, pero no le correspondió. —Gracias. Red salió del auto y antes de que sus pies desnudos tocaran el asfalto mojado, la levantó en brazos del asiento del auto.

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Mariana Calderón —Está bien, Red... —¿Piensas que te voy a dejar ir andando así? Se detuvieron frente a la estrecha puerta de entrada. Alex lo miró, sintiéndose completamente dentro de sus cinco sentidos por primera vez. Dudó un momento, pero al final pudo dar forma al menos a una pregunta. —¿Qué fue todo esto? ¿Quién...? Red llamó al timbre, dejándola con sus preguntas en el aire. Sólo la miró, con la certeza de que su padre bajaría en segundos y no tendría tiempo de decirle nada. Y fue exactamente lo que ocurrió. —¡ALEXANDRA! ¡Por Dios santo, qué demonios te ha pasado? ¡Me estaba volviendo loco! ¿Dónde está tu móvil? —Lo perdí... Su padre hablaba con palabras atropelladas, le revolvía el cabello, le daba un par de besos. Tardó un rato en dejar que Red bajara a Alex en el alfombrado recibidor. —¡Dios, pensé que te tendría que reprender por no llegar a dormir, pero cuando leí el titular en los periódicos... ese incendio en el Soho! ¡Me alegra tanto que estés bien!... Mira nada más, pero si estás sangrando. Vamos ahora mismo al hospital Alex frunció el ceño. —¿Incendio...? —Se hizo daño con unos cristales rotos —dijo Red—. Será mejor que hagas caso a tu padre y vayan al médico... Su hija ha tenido suerte, señor Bell. Alex lo miró incrédula. Mentía. Mentía deliberadamente y no parecía titubear un sólo segundo, como si estuviera habituado a las coartadas. Red le sonrió discretamente y de no tener la certeza de sus mentiras, le habría parecido la misma sonrisa franca de siempre. —Cuídate, Alexandra. La puerta se cerró y escuchó el motor del auto encenderse. Miró a través del cristal rústico de la puerta como esperando cualquier clase de respuesta; había tanto ruido en su mente que era incapaz de concentrarse en una sola cosa. ¿Qué hacían ellos ahí? ¿Qué había pasado? No era la primera vez que bebía y tomaba pastillas en un club, no podía

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Undercover. Ángeles encubiertos. ser producto de una alucinación. ¿Un incendio, decían los diarios...? Su padre aún continuaba atiborrándola de preguntas que no escuchaba hasta que la tomó por los hombros y la sacudió ligeramente. —¿Alex? ¿Me estás oyendo? —¿Por qué ellos...? —Trabajan para Scotland Yard o algo así, qué importa. Anda, sube a cambiarte, nos vamos ahora mismo al médico.

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Mariana Calderón

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NO APARTABA SU mirada oscura de siete muchachos, en pie, con la cabeza baja y con los brazos extendidos en cruz. Habitualmente tenía una paciencia excepcional para contemplar la prueba de resistencia de los que buscaban iniciarse, pero esa noche su mente estaba inquieta, vagando de un lado a otro. Quedaban diez minutos exactos para que los jóvenes fueran evaluados. Ninguno había desfallecido, pero Sébastien sabía bien que siempre flaqueaban en la recta final. Nunca en su memoria había habido un sólo grupo de elegidos que se mantuvieran inmóviles hasta la campanada final de la capilla. Diez minutos. Suficientes para que su mente fuera a donde no quería ir. Cerró los ojos un momento y frotó sus sienes con una mano. Su breve distracción le impidió ver que uno de los jovencitos bajaba por un segundo el brazo, para luego volver a su postura original.

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Undercover. Ángeles encubiertos. Hasta ese momento, había pensado que la existencia de Forneus Dag era sólo un cuento de mal gusto. En sus años de servicio con los Undercover Angels nunca había visto nada más que seres corruptos, deformes, la perfecta antítesis de la humanidad. Pequeños y escurridizos como lagartijas o enormes y con membranosas alas subdesarrolladas. Podría llenar un sinfín de diarios adjetivando a las bestias que había exterminado desde los dieciséis años, cuando se había iniciado. Pero la noche anterior contempló con espanto cómo los grumores daban paso a la realidad y un ser demoniaco se encarnaba en el más perfecto de los humanos. Su corte de engendros era también la más abundante que hubiera visto jamás. Habían terminado con la vida de casi doscientas personas de la manera más salvaje posible. El más simple guiño que remitiera a aquel espectáculo le provocaba náuseas. La campanada de la capilla le hizo saber que la prueba había terminado. Tal y como había predicho, dos jóvenes se encontraban tendidos en el suelo de piedra helada y los demás esperaban su señal para poder moverse. —A las duchas. La orden había sido la de siempre. Cuatro jóvenes y una chica pasaron frente a él dedicándole una agotada reverencia a la que no puso atención. Sin embargo, no pasó por alto la mirada del último de los muchachos. Lo detuvo tomándole por el hombro. —Bajaste los brazos, ¿no es así? El muchacho, pálido por el esfuerzo, le miró a los ojos y parecía dispuesto a elaborar una pronta respuesta, pero Sébastien le interrumpió. —No serás capaz de mirarme a los ojos y mentirme. Conocía bien la expresión de quienes no pasaban la prueba. Quizás por esa razón le habían elegido para esa tediosa tarea. El joven se retiró por el lado contrario a los elegidos, sabiendo muy bien que aún cuando sus brazos habían fallado sólo dos segundos, era suficiente para ser indigno de pertenecer a ellos. Mientras una joven enfermera atendía a los que se habían desmayado, Sébastien salía del recinto, silencioso e inexpresivo como habitualmente. A pesar de la rutina de esa noche y de su imperturbable fachada, distinguía la tensa atmósfera que se respiraba a su alrededor. Miró su

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Mariana Calderón reloj de pulsera, marcando las doce con un minuto. Siguió el curso de un pasillo donde la arquitectura cambiaba del recatado estilo de capilla romana al de vieja mansión victoriana. Caminó hasta encontrarse con Jonathan Waldgrave, quien lo esperaba. Le saludó con un breve asentimiento correspondido con la misma reserva. Contrario a Sébastien, lucía fresco y descansado a pesar del aire trágico de su semblante. Todos tenían claro que los concilios extraordinarios eran celebrados en situaciones extremas. —Bliss quiere verlos antes. Está esperando —dijo Jonathan mientras caminaba con su característico andar erguido, buscando la gravedad que su corta edad no terminaba de darle. —¿Red ya está ahí? —preguntó, temiendo que hablase antes con Bliss sin saber exactamente por qué. —Acaba de llegar. Sébastien exhaló abrumado, ignorando por completo la expresión de Jonathan, que evidentemente buscaba obtener al menos unas palabras de él antes de presentarse con el jefe de la Orden. Se podía leer en el aire, todo el mundo quería saber qué había ocurrido la noche anterior. Ante la puerta de caoba labrada ambos se detuvieron. —Esto es diferente, ¿verdad? —soltó Jonathan con su habitual franqueza. Sébastien respondió con la fría expresión que fácilmente era confundida con soberbia, aunque en su rostro pudo leerse una especie de afirmación indefinida. Jonathan llamó un par de veces a la puerta y la abrió sin esperar a ser atendido. Dieron unos cuantos pasos en la bien conocida oficina de Sir Kennard Bliss. A pesar de no haber ninguna mesa redonda, nada en el mobiliario denotaba algún puesto de particular liderazgo. El oscuro tapiz verde imperial contrastaba tan poco con la madera oscura de los libreros que el lugar tenía un aire lúgubre de viejo castillo, sólo dulcificado por la cálida iluminación de las pequeñas lámparas de latón dispuestas alrededor del salón. Las reuniones con Bliss siempre tenían lugar ahí, y por costumbre todos ocupaban el mismo lugar. Kennard Bliss tenía en las manos una copia del diario The Guardian, cuyo papel era el único sonido perceptible alrededor. Victoria estaba sentada a un lado de Ephraim Brewer y tenía ese aire solemne

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Undercover. Ángeles encubiertos. que buscaba desesperadamente hacer notar que era una Undercover más, y no solamente la hija de Bliss. La noche anterior, Sébastien había tenido la impresión de que el cuello de Brewer había sido abierto de cuajo. Se encontraba en un estado deplorable, con el rostro deformado por las magulladuras, pero sobre todo lleno de vergüenza. Se convenció a sí mismo de que sólo el orgullo le había hecho encontrar fuerzas necesarias para levantarse e ir a la reunión. Red aguardaba, fingiendo inútilmente estar tranquilo, como si sus colegas no le conocieran bien. Con la barbilla en alto y los acerados ojos fijos en Bliss, evidenciaba su manera silenciosa de estar a la defensiva. —Du Lac, Waldgrave, por favor... —Bliss les sugería tomar asiento mientras dejaba la copia del Guardian sobre la mesa de centro. Les miró a todos con esa expresión de suficiencia que le caracterizaba, lúcido y compuesto a pesar de ser tarde y llevar sobre los hombros una jornada más agitada que la de cualquier día normal. —Quiero saber qué fue exactamente lo que ocurrió en el Soho. El silencio no fue la ausencia de palabras, fue una entidad que reptó libre por el salón, densa, apoderándose de todos mientras sus mentes se llenaban de vívidas imágenes marcadas por el horror. Sólo Jonathan y Bliss permanecían a la espera, sin el sombrío velo de los recuerdos nublándoles la vista. —Forneus Dag —declaró Brewer— y un séquito imposible. Terminaron con todos, apenas si pudimos hacer algo... —Bliss recargó su barbilla en la mano y un breve entornar de sus ojos fue muestra suficiente de que al menos por un momento, había temido. Red se revolvió incómodo en el sillón; jamás le gustaba admitir que había perdido, aún si era evidente. —¿No hubo sobrevivientes...? ¿Alguien más lo sabe? —inquirió Jonathan. —Para esta hora deben haber perdido la cordura... si no por envenenamiento, sólo por haber estado ahí. —Victoria había ignorado la segunda pregunta de Jonathan, sabiendo que se refería expresamente a sus incómodos colegas del Concilio. Y no sabía la respuesta. Sébastien clavó la vista en la ventana, encontrándose sólo con su re-

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Mariana Calderón flejo en medio de la negrura. Pensó en Alexandra, en todas las normas que habían quebrantado para sacarla de ahí, en el trémulo agradecimiento que él no se había dignado a responder cuando bajaba del auto. Por supuesto que había testigos con vida, y Sébastien no supo si eso en verdad era una ventaja. Se cruzó de brazos mientras escuchaba a sus colegas, sabiendo por qué Red aún no hablaba, cosa rara en él, pues su vulgar verborrea se hacía presente a la menor provocación. Después de pensarlo, se decidió. —Sí, hay sobrevivientes —dijo Red de manera contundente. Sébastien siempre había pensado que su insensibilidad para con los poseídos o envenenados era un defecto, pero para Bliss, al parecer, era todo lo contrario. Así evitaban los exorcismos y tener que tratar con los Metadruidas—. Los trasladaron a Bedlam, pero no creo que nadie pueda interrogarles. Ladeó la cabeza al ver la expresión turbada de Jonathan, que recientemente supo lo que Bedlam significaba. Tenían un acuerdo particular con el director del hospital, y la mayoría de los exorcismos eran realizados ahí; su discreción era tal que hacía pensar en el altísimo precio de su silencio. Quizás había dejado de ser hacía mucho el sórdido lugar donde por un penique se podía contemplar a los enfermos mentales destruyendo su poca cordura con salvajes riñas o muestras de desórdenes psicosexuales; ahora todos los pacientes eran tratados con una humanidad ejemplar. Pero a pesar de todo, Bedlam seguía siendo peor que un sepulcro. —El concilio no puede saber de esto —dijo Bliss después de meditarlo largamente. La tensión incrementó entre los presentes, sabiendo que guardar el secreto ante los demás se había convertido en una inapelable orden. De nuevo, la imagen de Alexandra reflejada en el retrovisor del auto asaltó su mente. Tanto él como Red eran cómplices de un grave desacato, habían arriesgado el secreto de su sociedad para evitar que el veneno del demonio terminara por corroerle el alma, por matarla en vida. También había estado ahí, y no sólo estaba viva, también estaba cuerda. Las dimensiones que aquello tomaba empezaban a ser tan abrumadoras que sintió que el aire le faltaba. De no haber sido una

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Undercover. Ángeles encubiertos. falta de respeto, hubiera corrido a abrir la ventana. —¿No es porque ya lo saben qué celebraremos un concilio? — Brewer se incorporó dolorosamente mientras esperaba respuesta y Victoria asintió suavemente, como si hubiera pensado en hacer exactamente la misma pregunta. —Sí, saben de la matanza, pero nadie ha pensado en Forneus Dag, y más vale que no lo sepan, o querrán hacer las cosas a su manera. El MI5 tiene los ojos puestos en todos nosotros, encubrir el desastre del Soho les costó demasiado. —¿Y qué ganamos ocultándolo? —No le sorprendía la determinación con la que Brewer soltaba sus preguntas, pero en el fondo le seguía pareciendo algo ingenuo. Sébastien conocía la respuesta aún antes de que Bliss entrelazara los dedos y hablara. —La oportunidad de exterminarlo sin ayuda de los infieles.

El agudo dolor de cabeza que le había acompañado en su poco reparador sueño hizo que, aún con la palidez de aquel amanecer otoñal, frunciera el ceño como criatura de la noche. Su rutina se le presentaba exactamente igual que cualquier día, abriendo los ojos poco antes de las cinco de la mañana, tomando una ducha breve y poniéndose una de las almidonadas camisas que colgaban de su armario. Al colocarse el reloj de pulsera, sin embargo, le asaltó la sensación de que aún empezando de la manera más normal, el curso de los días que viviría serían impredecibles. Llegó al salón casi al mismo tiempo que Victoria, que igual a todos los Undercovers, siempre parecía llevar un diario en las manos. Los acuerdos del concilio extraordinario de la noche anterior no parecían haber alterado en gran medida su manera de operar. Para no comprometer la credibilidad de los Undercovers, Bliss aceptó acoger a una experimentada sacerdotisa de Ávalon entre ellos, pues presuntamen-

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Mariana Calderón te tenía visiones de las manifestaciones demoníacas bastante precisas. Podría resultar absurdo que después de un largo concilio hubiesen llegado a esa solución, pero la presencia de Neske Parr dentro de su congregación implicaba tener una vía abierta a la tan poco deseada comunicación con sus hermanos de causa, no sólo de Ávalon, también de los Metadruidas. —Sébastien, buen día... —le saludó Victoria. Sólo hasta escuchar cerca los pasos de Red se deshizo de sus gafas de lectura y los miró directamente—. Camberwell para ustedes, con un novato. Puso los ojos en blanco mientras Red sonreía a medias. A nadie le parecía conveniente la idea de apresurar a los novatos con sus entrenamientos, pero también había sido un acuerdo del concilio poner a más Undercovers en servicio, y esa era la única solución posible. Le sacaba de quicio que les pensara un cuartel de soldados, con el poder de desplegar fuerzas con sólo decidirlo. Ahora no sólo tenían que ocuparse de limpiar el desastre, sino de llevar de la mano a los principiantes y los problemas en los que seguramente terminarían metidos. —¿Camberwell? ¿Después de lo ocurrido nos envían a patrullar Camberwell? —preguntó Red con su cáustica sonrisa de incredulidad—. No es que menosprecie el odio generado por un enfrentamiento entre pandillas de adolescentes, pero en el peor de los casos tendremos que exterminar a una sabandija tan peligrosa como un mosquito... —Su novato tendrá una opinión muy diferente al regresar... vamos, no se quejen, mi misión es volver al Soho en compañía de Parr, que se inducirá al trance vidente para tratar de “esclarecer” el asunto en la escena del crimen. —Dame una dosis de sus drogas místicas y yo también tendré visiones. Aunque Victoria estuvo a punto de reír, negó con la cabeza reprobatoriamente ante el comentario de Red. Notó que en el quicio de la puerta se encontraba Neske Parr, como si hubiera aparecido de pronto, su pálido rostro contrastando con las oscuras y modestas ropas que la caracterizaban. Su edad era tan imposible de definir como su expresión, dominada por sus pequeños ojos oscuros y su afilada nariz de ave de rapiña. La sacerdotisa caminó hacia ellos, dedicando una mirada escéptica a Sébastien. A pesar de no haber dicho nada, recordó lo

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Undercover. Ángeles encubiertos. mucho que le desagradaban esas miradas que solían tener algunas de Ávalon, como capaces de traspasar muros, miradas y silencios. —Su novato les espera en el auto. Lo ha preparado y será buen chico —dijo Victoria sin exentar sus palabras de un sutil cinismo. De no haber sido por la presencia de Parr hubiese dado un golpecito en el hombro a Red, algo que hacía desde que era una adolescente flacucha e insegura. Pero se sentía tan observada por la sacerdotisa que evitó toda clase de muestras de afecto, aún en gestos tan crípticos como ese—. Estamos en contacto. Asintieron antes de ponerse en marcha, caminando en la misma dirección. Entre ambos había un tenso silencio que ninguno se atrevía a quebrantar, incluso cuando las palabras empezaban a escocerles en la boca y les hacían apretar los dientes. Sébastien estaba tan poco habituado a guardar un secreto que guardar dos le estaba consumiendo la médula. Detuvo su andar en el pasillo sabiendo que Red haría lo mismo al percatarse. —Aparentemente crees que lo de Alexandra fue una insignificancia, pero no lo es... El pelirrojo reaccionó como si hubiera esperado esas palabras durante mucho tiempo. —¿Piensas que soy estúpido? —A veces. —¿Y qué sugieres, que le contemos qué ocurrió, para que termine encerrada en Bedlam también? Nadie más sabe lo de Alex, a menos que seas tú quien hable. Detestaba la manera en que Red siempre se ponía en el papel de héroe, a pesar de saber que las cosas no eran tan simples. —Sólo estoy dejándote en claro que esto nos puede costar el puesto o la vida. Y ella hará preguntas. ¡Se razonable, maldita sea! No se dedicará sólo a mirarte con admiración de aquí a la eternidad. Así que encontraremos un modo de resolver esto antes que nos alcance... —Yo hablaré con Alex. Y tú guarda tus sermones para los novatos. Era imposible seguir hablando. Aún cuando Sébastien hubiera insistido, la conversación había terminado en ese instante. No lograba entender qué era lo que Red pensaba hacer cuando mencionaba que

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Mariana Calderón hablaría con Alexandra y tampoco encontraba un modo posible de hacer que su cabeza no se llenara de preguntas. Habían develado un secreto frente a ella, y aunque fuera sólo un atisbo, era suficiente para inquietarle, e inquietar a más de uno si compartía sus experiencias. Lo único que le tranquilizaba era la incredulidad de todo el mundo a cualquier cosa fuera de lo común; incluso tenía la esperanza de que Alexandra cuestionara la veracidad de sus propios recuerdos antes de exteriorizarlos. Se sentía tan ansioso manejando camino a Camberwell que ya había agotado dos cigarrillos y no había hecho ninguna anotación a las lecciones que Red daba a Raymond Styles, de la casa de sir Tristan, el novato. —...por eso un Undercover jamás se aleja de los diarios. A veces los periodistas logran hacer mejor el trabajo de Scotland Yard. Perseguimos todas estas fatalidades sórdidas, a veces compradas directamente a los fotógrafos de nota roja, aún los de poca monta. Trata de no vomitar dentro del auto, verás cosas peores que esos negativos —¿En eso consiste el patrullaje? —preguntó inseguro Styles, un muchacho de menos de veinte años, fornido y torpe en apariencia. —En eso consiste, es agotador y a veces improductivo. Ojalá tuviéramos un radar para las manifestaciones demoniacas, pero todavía no lo inventamos, y no lo haremos, para que dejes de holgazanear en los jardines del cuartel y pongas tu culo a trabajar en esta detectivesca y noble labor de una vez. Sin esto no hay cacería. Los rastreos, como había dicho Red, eran parte de su labor diaria, pero no por ello dejaban de ser agotadores y muchas veces inútiles, capaces de terminar con la paciencia de cualquiera que siguiendo indicios y pistas sólo se diera de narices con callejones sin salida. Victoria era la encargada de distribuir las zonas de patrullaje y las jornadas de trabajo. Siempre había focos rojos, zonas con mayores incursiones y lugares donde habían ocurrido cacerías en más de una ocasión, pero no había cálculo preciso para dar con un demonio. Su labor de búsqueda era parecida a la de un cuerpo policial en busca de criminales comunes: inexacta y falible. La mañana en Camberwell se sucedió tan lenta que Sébastien estuvo a punto de dejar a Red y a Styles con su seguimiento para princi-

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Undercover. Ángeles encubiertos. piantes, pero no era dado a la subordinación, por más absurdo que le pareciera pasar una mañana instruyendo a un novato en una zona sin demasiada actividad desde hacía tiempo, cuando sus energías deberían estar invirtiéndose en cosas mucho más importantes. Red tampoco estaba en un campo de rosas, pero era de los que no demostraban su descontento, más por orgullo que por estoicismo. Su primera salida de patrullaje, cuando tenía dieciocho años, era un recuerdo que no visitaba con frecuencia. Quizás para su instructor había sido tan sosa y poco memorable como a él le parecía la de Styles, así eran las cosas. Habían empezado sus pesquisas en un descuidado barrio de Hackney y después de mostrar cuantas veces fuera necesario la placa que Scotland Yard les otorgaba como agentes de fuerzas especiales, habían dado con un apartamento abandonado donde se manifestó una criatura más parecida a una pila de desechos que a un ente vivo. Con las manos sudorosas y el pulso acelerado, había conseguido fundirle en llamas. Entonces había sentido que la casualidad lo había encontrado, la mayoría no daban con ningún demonio en sus primeras salidas, motivo por el cual adquirió cierto aire legendario entre los recién iniciados. Era ridículo, pues más allá de los entrenamientos no se consideraba ningún alma bendecida. Sólo creía en la suerte, aunque le costara trabajo aceptar sus dos caras. No sabía qué era normal y qué no después de lo que había ocurrido en el Soho. Le extrañaba el modo en que todos cumplían sus deberes como en cualquier otro día, pero al mismo tiempo concluía que no había nada más qué hacer para enfrentarlo. Habían tenido misiones difíciles y nada tenía comparación. Era quizás por eso que nadie sabía con qué cara mirarse o qué decir en los reportes de actividades diarias. Además, el mundo parecía girar como siempre. Tanto en la prensa como en la televisión se informó del gran incendio del Soho, y el acordonado esqueleto carbonizado del club Madame JoJo’s se había llenado de velas y flores por las víctimas del “accidente”. Se daba tanta información que de no haber estado ahí se lo hubiera creído todo. Tampoco negaría su temor primordial, despertar esa buena mañana con una invasión irrefrenable de criaturas demoniacas por toda la ciudad o algún indicio claro de que las cosas estaban cambiando, de que

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Mariana Calderón su deber de día con día se transformaba en una guerra. Pero de la ciudad había obtenido sólo silencio. No hubo nada en Camberwell que les resultara alarmante, ni nada en los reportes de sus colegas que sonara distinto a un día común, a pesar de todo. Un par de fallas eléctricas causadas por un demonio menor similar a un murciélago alrededor de Paddington, fue lo más notable de la jornada, en el momento en que todos estuvieron reunidos para rendir cuentas. Ni siquiera estuvo presente Bliss, lo cual terminaba de dar al día una cualidad excesivamente anodina y común. Anocheció sin que nadie tuviera algo nuevo que contar. Incluso parecía que se habían esforzado por actuar con normalidad y el nombre de Forneus Dag no había sido pronunciado por nadie. Sébastien concluyó que guardar el secreto de su aparición sólo incluía a quienes se habían reunido con Bliss antes del concilio. No era un hombre de muchas palabras, pero odiaba tener que callarse algo, fuera grave o insignificante. Se mostraba más hosco que de costumbre y evitaba los ratos de convivencia con sus colegas, tal y como había hecho esa noche, declinando la invitación a cenar de Victoria junto con los habituales en un restaurante de Chelsea. Argumentando jaqueca, intentó sin éxito irse a la cama directamente. A pesar del cansancio que arrastraba, era incapaz de cerrar los ojos sin tener una viva imagen de Alexandra en su mente, nítida y clara, como si el recuerdo se negara a formar parte de un pasado inmediato. Se levantó de la cama aún hecha y fue hasta el auto, caminando cada vez más rápido a medida que se acercaba, buscando desesperadamente una salida. Al dar el primer paso dentro de la oscura cochera le sorprendió recordar claramente el silencio absoluto que se había hecho cuando Forneus Dag había alzado la voz; un vacío de tiempos que sus ojos no verían, un vacío antiguo e invasor, que llenaba los huesos de neblina. Solo y a oscuras, por primera vez en su vida, Sébastien admitía tener miedo. Entró en el auto sin resistirse a encender la radio, buscando desesperadamente un vínculo con la realidad. Se vio interpretándose a si mismo hacía años, tomando por primera vez la espada de los iniciados, atacado por la misma vulnerabilidad y dudas que le invadían

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Undercover. Ángeles encubiertos. ahora en el presente, retrocediendo en el tiempo. Su propia respiración se interpuso a la voz del locutor dando la hora y anunciando el clima para el ocho de marzo en Londres. Aún intranquilo, encendió el auto y abrió la cochera. Manejó sin rumbo, con las ventanillas abajo para escuchar el ruido de la ciudad, el que no dejaba que nada se le interpusiera. Bocinas de los otros autos, luces verdes, rojas, amarillas, señalamientos, pasos peatonales llenos de gente que parecía saber a dónde iba, papeles mojados rodando por el pavimento, ciclistas y luces de neón. Glorietas, puentes y avenidas, parques y perros llevados de paseo, humo de cigarrillos, de camiones, de chimeneas. El centro comercial de Elephant and Castle y las paradas de autobús atestadas de gente mirando en la misma dirección, desesperadas por llegar a casa. Comida colombiana, china, kebabs abiertos las veinticuatro horas, olor a aceite de freidora, de auto, de engranajes. Mugre en cada esquina de East street, vestigios del mercado de las mañanas, las banquetas húmedas fuera de las pescaderías, de las carnicerías y los salones de peinado exhibiendo pelucas de nailon, extensiones y aerosoles de etiquetas metálicas. Pilas de cajas de cartón y ligeras bolsas de plástico moviéndose con el pasar de los autos, periódicos leídos una, dos, tres veces, desordenados, cobijando mendigos, volando por el aire, llenando los cubos y las bolsas de desecho. Envío de divisas a Jamaica, a Mali, a Bangladesh, cajeros automáticos abiertos las veinticuatro horas. Logotipos, señales y ofertas tras las cristalerías de los supermercados, parejas de la mano, niños en carriola, fumadores fuera de los pubs, borrachos tambaleándose, adolescentes recién peinadas, en minifalda, en leggings, en medias caladas. Largo cabello invisible bajo el velo, narices perforadas, brazos tatuados, farolillos chinos, banderas jamaicanas, banderas de arcoíris. Ruido, gente, luces, cosas. En algún momento, dejó de escucharse a sí mismo para llenarse de ciudad, sin espacio para nada más. Londres nunca fallaba. Podía contar con los dedos de una mano las veces que conducía sin rumbo. Siempre recordaba los motivos que le llevaban a hacerlo, pero jamás había sido de manera consciente. Ocurría súbitamente, el mismo sueño de ruido, basura y neón del que despertaba en el mismo lugar, frente a los altos y descoloridos edificios de Taplow, solitarios a

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Mariana Calderón media noche, las lámparas incandescentes parpadeando como a punto de averiarse, al mismo tiempo que los zorros hurgaban en los contenedores de desechos de días pasados. Aparcó a un lado de la que fuera su escuela, ahora en completo silencio. En verdad no añoraba su infancia en el sur de Londres. Recordaba imágenes más bien insignificantes del apartamento en el doceavo piso, las cortinas rojas meciéndose con el aire y el murmullo del televisor vecino. Cuando iba por él los fines de semana, podía notar en la expresión de su padre que odiaba ese lugar. El manojo de llaves a un costado del volante se balanceaba quedamente, invitándole a mirar una alargada llave cromada. Hacía ya bastantes años que su madre había dejado el apartamento de Taplow, pero conservaba la llave, aunque era incapaz de entrar ahí de nuevo. El pasado permanecía imperturbable desde el día que la habían trasladado y desde entonces se había conformado con acechar su pasado desde la acera de enfrente. Siempre terminaba aparcado ahí cuando el futuro era más incierto. Aquel pasado, ni más feliz ni más brillante que su presente, al menos permanecería inmutable. Regresó hasta la media noche, sintiendo que recuperaba un poco la calma, pensando en cosas tan triviales como que por la mañana lamentaría esas horas de desvelo. La radio seguía encendida y ahogó un bostezo hasta que estuvo cerca de Holland Park. Se detuvo con la luz roja, tiempo suficiente para decidirse. Viró en dirección al Brentwood Arms, a pesar de saber que los lunes el pub permanecía cerrado. Frente a la cortina de metal cubriendo el ventanal principal, detuvo el auto. Dudó al bajar, pero terminó por hacerlo y cerró quedamente la puerta del auto. Sus pasos no generaron ningún ruido, pues caminó lentamente hasta estar frente a la misma entrada donde Red había dejado a Alexandra. Era disparatado llamar a esas horas sin saber siquiera qué decirle de tenerla enfrente. No era muy bueno con las palabras, mucho menos cuando por fuerza tenía que medirlas. Sus dedos rozaron los botones del timbre del segundo piso, decididos a no hacerlo sonar. Cerró los ojos con dificultad, exhalando como si estuviera rendido. —Dime que estás bien. Manejó de vuelta y esta vez logró irse directo a la cama.

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Undercover. Ángeles encubiertos.

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ESTAR AHÍ NO había sido suficiente, ni para ella ni para nadie. Man tenía la vista clavada en la ventana abierta mientras su madre regaba las macetas del balcón. Conservó su decisión de mantenerse callada mientras sus padres siguieran pensando que no era prudente tocar el tema. El día anterior, camino al hospital, trató de buscar las palabras adecuadas para relatar lo que había visto en el club. Él se mostraba delicado y agradecido, en vez de hacer preguntas alargaba el brazo para acariciar su nuca y sonreía igual que cuando de niña le miraba con los ojos acuosos después de haberse puesto una vacuna. Alex intentaba devolverle el gesto pero se encontraba dispersa e intranquila, mirando por la ventanilla sin poder creer que afuera marchaba la misma ciudad que vio desde el auto de Red y Sébastien.

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Mariana Calderón Agotada, recargó la cabeza en el cristal mientras el auto se detenía con una luz roja. Parpadeó con lentitud, como a punto de cerrar los ojos hasta que observó la fotografía en primera plana. Quitó precipitadamente el seguro y forcejeó con el cinturón de seguridad hasta que logró salir a toda velocidad. Su padre, alarmado, le había llamado a gritos, preguntándole qué diablos era lo que hacía, debatiéndose entre bajar o no del auto para ir tras su hija. Alex tomó rápidamente una copia del diario que un hombre oriental ofrecía, gritando mecánicamente “The London Paper”, apenas deteniendo su mecánica labor de tender periódicos con tanta rapidez que parecía tener más de dos brazos. —¡Por Dios, Alex, si querías un diario compraríamos uno decente en el hospital! —le dijo su padre exasperado, negando con la cabeza, manoteando a los impacientes conductores que sonaban la bocina. Alex siempre había sido la primera en quejarse sobre las publicaciones que repartían gratuitamente en Londres, afirmando que llenaban sus páginas con publicidad y frivolidades en su mayoría, pero eso fue fácilmente olvidado. La fotografía del diario mostraba un edificio del Soho consumido por voraces llamas, pintando de cobre al cuerpo de bomberos que intentaba mitigar el fuego. Alex pasó los dedos por el papel, llenándoselos de tinta. Ni siquiera había dado explicaciones sobre su intempestiva salida y su padre, aunque parecía irritado, tampoco se las había pedido. Consideraba su ansiedad una reacción normal, pero sin darse cuenta había acelerado su marcha hacia el hospital, un acto de inconsciente preocupación por su hija.

Tragedia en el West End

El club Madame Jojo’s consumido por devastador incendio. Al menos 60 muertos y pocos sobrevivientes se encuentran graves. Entre los muertos figuran clientes y personal del club, de entre 21 y 35 años de edad en su mayoría. Primeras investigaciones arrojan fallas en la instalación eléctrica del establecimiento. Salidas de emergencia insuficientes. Los daños se calculan en 500 mil libras, aproximadamente.

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Undercover. Ángeles encubiertos. La versión del diario había llegado antes de que pudiera relatar a su padre o incluso a sí misma lo que había visto, obligándola a guardar el más absoluto de los silencios. Jamás había tenido la sensación de darse de frente con un muro tan alto y definitivo como ese, el de lidiar con una situación tan incomprensible. Aceptó el diagnóstico de estrés post-traumático sin intentar contradecir la lógica del médico que la había atendido. Al llegar a casa incluso dobló la dosis de ansiolíticos prescritos para apagar sus pensamientos al menos durante unas horas. Sólo de ese modo fue capaz de enfrentar la oscuridad nuevamente, incluso una tan inofensiva como la de su propia habitación. Su madre terminó de regar las plantas del balcón y se volvió con una sonrisa radiante, llena de planes. —Dame eso, debe estar helado —dijo, refiriéndose a la taza de té que Alex había dejado enfriar entre sus manos. Sonrió apenas mientras la seguía con la vista. Se iba a la cocina no sin antes encender el televisor y hacer malabares con muchas acciones encerradas en un solo minuto. Su paso por la cocina era vertiginoso: abría la nevera, ponía a hervir agua y después de accionar el tostador dejaba abierta la regadera sobre el fregadero, se las arreglaba para regresar a sentarse con Alex llevando una taza de café y otro té, recién preparado, para ella. Se sentó en la mesa, sonriéndole de nuevo antes de abrir su agenda y empezar a hacer anotaciones. Al dar el primer sorbo, Alex llevó los ojos al televisor. La presentadora, en tono sereno pero distante, daba una nota sobre los fuertes vientos en Dover hasta que el gran incendio del Soho volvía a ser tema de noticia. Una reportera hablaba frente a la zona acordonada, reflejando apenas las luces parpadeantes de un par de patrullas, relacionando la tragedia con una nueva línea de investigación que sugería un fallo en la instalación de gas del edificio contiguo. Su madre tomó el mando y apagó el televisor de inmediato. —Mamá, estoy bien. —El doctor dijo que te mantuvieras alejada de esto por unos días. Ni siquiera debí dejar que tu padre te trajera el diario —se lamentó negando brevemente con la cabeza. Alex recargó los codos sobre la mesa y volvió a mirar a la ventana.

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Mariana Calderón La versión del incendio sería capaz de crearle tantos conflictos que aún no se atrevía a pensar en ello. Tenía la sensación de haber estado perdida en la tibia penumbra de su habitación con las cortinas echadas durante mucho tiempo, flotando en un estado muy distinto a la tranquilidad. Se parecía más a las veces en las que en medio de un sueño recuperaba parte de la conciencia sin que su cuerpo fuera capaz de reaccionar y volviera completamente a la vigilia. Había contemplado la ventana de su habitación y había visto la luz cambiar apenas tras ella sin advertir reacción alguna, rodeada por una somnolencia densa y tan pesada que sentía que a veces se olvidaba de respirar. —No regresaré para el almuerzo, estaré al otro lado de la ciudad. ¿Estarás bien? —Quizás salga al parque a tomar el fresco... siento que estoy dentro de una cueva. —¿Tú sola? Alex le respondió sin necesidad de decir nada, con una mirada inconforme. Agradecía las atenciones de su madre; siempre había estado tan involucrada en su vida que se preguntaba cuánto tiempo más podría ocultarle la muy distinta versión que ella tenía sobre el supuesto incendio del Soho. Movía nerviosamente la pierna y apuraba el té en tres tragos. De no haber sido porque su madre tomó las llaves y salió de casa después de darle un beso en la frente, hubiera empezado a hablar en cualquier momento. Fue hasta su habitación arrastrando los pies. Descorrió las cortinas y se dejó caer en su cama revuelta, atreviéndose a sacar lentamente la venda de su antebrazo. Los tres perfectos cortes, diagonales y paralelos, eran la única prueba que necesitaba. Un poderoso rayo estremeció su espalda, devolviéndola de golpe a una realidad que se escribía a partir de la mentira. Ningún incendio, cortocircuito o negligencia. Sabía lo que había visto y no era la única. La visión de su herida le trajo a la mente el doloroso tacto de la criatura que la había atacado, su olor agrio y azufroso, su corrosiva y densa saliva haciéndole daño. No podía considerarlo un recuerdo, había un agujero negro en su memoria que trasladaba aquella noche al presente, volviéndolo eterno. Se vistió rápidamente, echándose encima una chaqueta de piel so-

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Undercover. Ángeles encubiertos. bre un largo y viejo suéter. Ni siquiera se había anudado la bufanda cuando ya pisaba el pavimento de Queensdale Road, caminando hacia la estación de metro. Repetía la ruta exacta de aquella noche y se sumergía de nuevo en el pasado, sintiendo un torrente de adrenalina subir desde sus tobillos hasta las raíces de su cabello a medida que se acercaba. En Lancaster Gate bajó del vagón y tuvo que sentarse en el piso del andén con la sensación de que el ruido de su propia respiración agitada se expandía como una onda de calor entre la gente, que aplastaba latas vacías de aluminio, levantaba faldas y perlaba de sudor la frente de hombres trajeados. Reanudó su camino armada de valor, por un segundo dispuesta a enfrentar los mismos horrores de hacía dos noches. Ni siquiera pudo acercarse, pues la zona estaba rodeada de personal del ayuntamiento, policías y reporteros. Era como si la realidad se hubiera mudado, como si fuera el escenario de una ambiciosa obra de teatro. Podía imaginar pintores en andamios haciendo que el edificio luciera como si se hubiera incendiado, asistentes de escenografía llenándolo todo de flores y velas para las víctimas. Se aproximó lo más que pudo al consumido edificio, llegando tan cerca como la cinta policial se lo permitió, tomándola con fuerza, como si estuviera a punto de romperla. No había ni una sola señal que relacionara ese lugar con sus recuerdos salvo el momento en que caminaba a un lado de Nicky y hacía fila para entrar al club. Sabía que era absurdo esperar encontrarse con pruebas evidentes de un baño de sangre, pero guardó la esperanza ahora extinta de hallar al menos un indicio. Sus ojos se llenaron de lágrimas al mirar el lugar y el nerviosismo se convirtió en incontenibles náuseas que debió apaciguar, refugiándose delante de la esquina de una estrecha calle, dejando atrás una tienda de vistosos azulejos verdes. Su llanto se atropelló con la falta de aire que sintió de pronto y se acuclilló, dejando caer su bolso al piso. Se fijó de nuevo en el vendaje, que arrancó con impaciencia esta vez para contemplar su herida aún sin sanar. Sin delicadeza aprisionó su propio antebrazo soltando un ahogado quejido de dolor, la única prueba que tenía. El dolor, que había manchado el azul neón de sus uñas con el óxido color de la sangre medio reseca le obligó a recuperar la compostura y

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Mariana Calderón ponerse de nuevo la curación. Se incorporó mientras buscaba monedas en los bolsillos de sus pantalones, sin que la impaciencia la dejara hacer las cosas con rapidez. Entró en una cabina telefónica y ni siquiera el agrio olor de la orina la detuvo. Marcó de memoria el número de Nicky aún sabiendo que sería inútil. Las monedas que el teléfono le devolvía sirvieron para marcar el número de su casa. Después de tres tonos, una voz con manchas de cansancio y desvelo la atendió. —¿Señora Hammond? Es Alex. —Alex, cariño, —respondió la voz de la madre de Nicky al otro lado de la línea, deteniéndose cuando supo que estaba a quebrarse por el llanto— ¿te encuentras bien? —¿Cómo está Nicky, dónde está? —preguntó de inmediato, sin responder a la pregunta de la señora Hammond. De hecho, había sido un milagro que no la interrumpiese antes. Sintió como si un agujero se abriera en su estómago, dispuesta a engullirla si acaso escuchaba que Nicky había muerto. Ni siquiera quiso pensar en eso y se obligó a detenerse. Con la mano libre, haciendo como si su dedo medio e índice fueran una tijera, cortó aquel pensamiento antes que la asaltara. Era un viejo vicio, pero siempre le había funcionado. —Nicola no está en casa, querida. —¿Dónde está, puedo visitarla? Se hizo un silencio. Sabía que Nicky estaba viva, de otro modo su madre no hubiera podido ocultárselo. Ninguna noticia podía ser mejor que esa, pero la ausencia de palabras por parte de su madre empezó a ponerla nerviosa a medida que pasaban los segundos y no respondía. Escuchaba su respiración por el auricular y podía adivinar su quedo llanto. —Ella no se encuentra bien, Alex. Está en Bethlem. Frunció el ceño. Esperaba cualquier respuesta: terapias intensivas, estados comatosos, quemaduras de tercer grado, pero no que estuviera en una institución mental. —¿En Bethlem? —Ella sufrió demasiado, cariño... me alegra que no hayas estado ahí. Esta vez fue ella quien guardó silencio. Una vez más optó por no contradecir a nadie, por no sembrar dudas cuando ni siquiera ella estaba segura de lo que le había ocurrido. Las cosas empezaban a trans-

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Undercover. Ángeles encubiertos. formarse en un laberinto, como si hubiera despertado un día en un mundo que no era el suyo, a pesar de estar en la misma ciudad y rodeada de la misma gente. —Gracias, señora Hammond. La llamaré pronto. Dejó el auricular y salió de la cabina de teléfonos, mirando a ambos lados de la calle, pensando qué era lo que haría. Saber que Nicky no había muerto seguía siendo un alivio, pero no encontraba ningún sentido al hecho de que estuviera en Bethlem. Anduvo lentamente, mirando hacia el piso, chocando un par de veces con quienes sí tenían prisa. Caminó por el Soho sin rumbo fijo y entró en un pub en Bateman Street, eligiendo una oscura esquina para beberse una sidra, sin importarle que fuera a chocar con el torrente de ansiolíticos que aún tenía en la sangre. Los cristales artesanales de las ventanas no permitían que tuviera un reflejo claro de quien pasaba en la calle, deformándolo todo en siluetas imprecisas. Bebía lentamente de la botella con aire ensimismado, tratando de hacer una disección de todo cuanto había pasado hasta el momento. Las únicas personas que podían asegurarle que no estaba perdiendo la razón eran tan inasequibles que ni siquiera podía considerarlos. Nicky había ido al Brentwood Arms un par de veces, pero jamás los había visto. Laboraban en su academia de altísimos muros, que no estaba a más de diez minutos de su propia casa y aun así jamás les había visto por los alrededores una sola vez, como se encuentra a cualquier vecino. Les veía utilizar teléfonos, autos, ser personas corrientes, pero seguían siendo un absoluto enigma. No tenía nada que apoyara sus recuerdos, salvo las agudas punzadas de dolor de su antebrazo. No podía imaginar qué clase de accidente podría llevar a alguien a estar en una institución mental sin siquiera pasar una temporada en observación. El Hospital de Bethlem, con el viejo sobrenombre de “Bedlam”1 ganado por la mala reputación de las instituciones mentales antes del siglo diecinueve, era simplemente una institución psiquiátrica; incluso los de psicología del King’s College hacían prácticas 1. Bedlam: lugar o situación de ruidoso alboroto y confusión. También es el término coloquial para llamar a un viejo asilo mental, derivado del nombre del Hospital of St. Mary of Bethlehem.

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Mariana Calderón ahí. Pero seguía sin encontrarle sentido. Agotaba la segunda botella de sidra, sintiendo un cálido mareo a su alrededor cuando pensó que quizás Nicky sólo pudiera estar ingresada por alguna crisis de ansiedad después de lo ocurrido. Incluso podría visitarla, saber que estaba bien, charlar con ella. Se levantó rápidamente y de nuevo, en la calle, apretó el paso hacia la estación de Charing Cross sintiendo que sus zancadas eran ligeras como las de un gato. No es que hubiera encontrado sentido a todo de pronto, pero de manera algo torcida pensó que Bethlem era un indicio de que sus recuerdos no mentían. Quizás algo como lo que ella había visto le llevó hasta ahí. Algo aturdida por la concentración de gente y el alcohol de la sidra, en la estación de Waterloo tomó el tren que se dirigía a Hayes, esperándolo alrededor de quince minutos mientras se mordía las uñas. Era una ventaja que su madre no se fuera a aparecer por casa hasta después de las seis, le daba tiempo suficiente para hacer aquel recorrido que le llevaría al menos cuarenta minutos. La estación de Eden Park era una de las tantas de los suburbios en las que jamás había bajado. En los andenes apenas si había dos personas más y el sol se reflejaba en la arboleda alrededor de la estación, de un verde imposible para ser Londres. Sólo las hojas mecidas por el viento y el motor de los autos podía ser percibido alrededor. Pasó el túnel de la estación a toda prisa, sintiendo que alguien la observaba. Aquella calma a su alrededor le ponía mucho más nerviosa que las calles del West End, repletas de gente extraña a altas horas de la noche; varias veces había abordado autobuses nocturnos estando ebria, quedándose dormida en los asientos y después caminando hasta casa en la penumbra sin temer gran cosa. Pero siempre le ocurría lo mismo en aquellas solitarias y pacíficas estaciones de tren donde apenas si ocurría algo, como la de Caledonian Road y Barnsbury cuando visitaba a una vieja amiga del colegio. Sólo en su compañía podía tomar el camino a través de un parque salido de alguna historia de Lewis Caroll. Nunca lo había entendido, quizás era la única persona en el mundo con temor a las arboledas silenciosas y solitarias, iluminadas por el sol de la tarde. La vía tampoco estaba muy transitada. Alex metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y caminó con el rostro agachado en direc-

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Undercover. Ángeles encubiertos. ción al hospital, sin tardar en dar con él. Recorrió el amplio enrejado dirigiéndose a la entrada principal, pensando que todo se le hubiera antojado un poco menos tétrico de ser un día lluvioso. Caminó por los cuidados jardines hasta la recepción principal en una gran construcción de ladrillos rojos. Aún con la esperanza de que Nicky no estuviera ahí esperó a ser atendida por una recepcionista de sonrisa amable. —Busco a Nicola Hammond. Era uno de los momentos que jamás creyó que viviría. Recordó con dolor el viernes que había pasado en casa de Nicky acompañada de varias latas de cerveza y películas por internet. Ahora preguntaba por ella en una institución mental y le parecía tan fuera del mundo que estuvo a punto de echarse a reír. La recepcionista la miró con extrañeza, pensando por un momento si buscaba a alguien del personal o algún paciente. De todos modos, Alex tenía el don, al menos ese día, de que nadie le hiciera preguntas. Buscó tranquilamente en el sistema mientras Alex la miraba entornar los ojos y después mirarla con un poco de seriedad. —La señorita Hammond está ingresada en River House, pero sus visitas están restringidas por el momento —le dijo la recepcionista, como si dudara en agregar algo más. Alex frunció el ceño y buscó las palabras más adecuadas para saber las razones, pero al final sólo pudo soltar la misma pregunta que se había formado en su mente. —No lo entiendo, ni siquiera tenía antecedentes... ¿Por qué está aquí? —No puedo darle esa información. —¿Puedo programar una visita? —Están restringidas por el momento. Alex revolvió su cabello impacientemente, sabiendo que sería imposible saber algo más sobre Nicky y que cualquier pregunta sería respondida con el reducido repertorio burocrático que la recepcionista empleaba. Dio las gracias tratando de no hacerlo de mala gana y deambuló por el recibidor, poniendo particular atención al mapa del hospital, buscando ubicar el lugar donde Nicky estaría. Entró en los lavabos y se miró al espejo, refrescando un poco su cara antes de salir y echar un vistazo al reloj de la pared. Exhaló frustrada aún en el quicio de la puerta de los aseos. La re-

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Mariana Calderón cepcionista, contra todo pronóstico, soltaba una risa. Alex se ocultó de inmediato al ver a Red hablando con ella, acompañada de otro hombre, más joven aún, con el mismo traje impoluto que él llevaba. Fue como una bengala encendida de pronto en su estómago. Sus manos, temblorosas, empujaron un poco la puerta para mirar de nuevo, por una rendija. Era él, no cabía duda. Siempre había pensado que su sonrisa, desde cierto ángulo, asemejaba a un sabueso mostrando los dientes con fiereza. Bajo sus facciones armónicas, creciendo sutilmente, se dejaba ver un fuego bárbaro, un grito de guerra. Cerró la puerta rápidamente y su corazón empezó a latir con una fuerza alimentada por verdadero temor, casi segura de que Red le había visto. Pasados varios segundos, un poco más segura de haber sido invisible, salió de los aseos y caminó hasta la puerta. Red y su compañero avanzaban dándole la espalda, dirigiéndose al estacionamiento. Nunca había seguido a nadie, pero a pesar del silencio del lugar se sorprendió de lo discreta que podía llegar a ser, ocultándose en las esquinas de los edificios, en los arbustos y tras los autos. Red caminaba confiado, hablando con el muchacho que lo acompañaba, que subió del lado del copiloto al mismo auto en que la llevaron a su casa. Acuclillada al lado de un Ford fiesta rojo, Alex fue atacada por un millón de dudas. La presencia de Red en Bethlem empezaba a abrir un camino que no quería recorrer, que relacionaba sus recuerdos con aquellos hombres de traje y sus brillantes armas de fuego plateado. Monks Orchard Road se le antojaba terriblemente solitario a pesar de los autos aparcados fuera de las casas y los ocasionales autobuses pasando por la vía. No podía quitarse de encima la desagradable sensación que le provocaban las tardes soleadas en suburbios tranquilos, los asadores sin utilizar en los jardines, los columpios vacíos meciéndose quedamente con la inercia y los perros ladrando en la lejanía. La recorría la sensación de haberse quedado sola en medio de una ciudad abandonada a pesar de sus evidentes rastros de vida. No podía hablar con Nicky, se cerraba toda posibilidad de arrancarse de adentro los recuerdos, de poner en palabras el miedo. Ni siquiera la podía imaginar dentro de la institución, en alguna habitación de cama individual rodeada de colores neutros y puertas con doble cerradura mientras ella,

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Undercover. Ángeles encubiertos. fuera, caminaba por un silencioso suburbio, teniendo toda la libertad de cambiar de destino con sólo decidirlo y sólo pudiéndosele ocurrir regresar a casa. Dejó atrás los ordenados conjuntos de casas hasta ir por la misma vereda rodeada de árboles y arbustos camino a Eden Park. Sus pasos eran el único ruido de la calle hasta que escuchó el hermoso trino de un ave, claro y brillante, cantando para ser escuchada. Se detuvo y miró hacia arriba mientras las hojas de los árboles empezaban a agitarse por un viento salido de la nada. El trino se repitió acompañándose de más y más cantos, como si estuviera encerrada en una enorme pajarera. No lograba mirar a ningún ave a su alrededor, sólo la desordenada danza del follaje verduzco. La hojarasca de la hierba y del pavimento se levantó envuelta en una ráfaga de aire, describiendo una espiral frente a ella. Se atrevió a dar un paso más hacia adelante y apartó las hojas de enfrente como si de mosquitos se tratara. Se detuvieron frente a ella evadiendo la gravedad, suspendidas igual que la venda medio desenvuelta de su brazo, inmóviles ante sus ojos como en una fotografía aún cuando sentía el aire, escuchaba a las aves y el viento mecer las ramas. La sorpresa, sin embargo, no la dejaba pensar en nada más, llenándose de ese momento como si quisiera retener lo irreal en el presente, agotarlo hasta que las cosas volvieran a ser normales y predecibles. La velocidad de un auto pasando por la avenida rompió la inmovilidad de las hojas y de su vendaje. También el canto de los pájaros cesó de pronto y Alex notó la humedad de sus mejillas gracias a las lágrimas que había derramado sin darse cuenta. Aspiró atropelladamente, con la urgencia de quien ha permanecido mucho tiempo bajo el agua aguantando la respiración. Miró a todos lados, asustada como si hubiera despertado de un sueño en un lugar desconocido y maldijo los días soleados, maldijo la suerte de haber sido rescatada y supo que la aguda punzada de dolor dentro de sí, clavada como una larga espina en sus entrañas, no dejaría de torturarla hasta enfrentar de nuevo las crueldades que en segundos habían torcido el curso de su vida para siempre.

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Mariana Calderón

Noche de gris payne, índigo manchado de oscuridad y de brillo de farolas con polillas revoloteando alrededor. Su padre había insistido en que se quedara tranquila pero se dio por vencido al verla decidida. Alex se había puesto a servir unas cuantas pintas y vació las monedas de la rockola como hacía cada martes con la misma prontitud, siendo fiel a su rutina. Incluso había sonreído a su padre y charlado con un par de clientes. Lo único que él pudo pensar es que el paseo que había dado por la mañana le había sentado bien. Alex disimulaba su impaciencia porque Red o Sébastien llegaran al pub limpiando ansiosamente la barra y retirando presta los vasos vacíos que quedaran sobre las mesas. Había procurado llevar una camisa que dejara su vendaje a la vista y el cabello atado para que las banditas adhesivas en su frente se notaran. Si alguien llegaba a preguntarle qué le había ocurrido respondía un cristal roto, con ironía, repitiendo la mentira que Red había dicho a su padre. Una ácida irritación se manifestaba con una tenue mueca al pensar en el pelirrojo, en la falsa sonrisa que le había ofrecido antes de dejarla en casa y en su orgulloso paso a través del estacionamiento de Bethlem. Inclinada sobre una mesa, Alex limpiaba las migajas y los granos de sal de unas papas fritas recién comidas. Se incorporó con el plato vacío en una mano y el trapo en otra. —Vaya, vaya. Pero, ¿qué descuido fue este? Ephraim llevaba un ojo amoratado, el labio partido y un brazo entablillado, además de estarse apoyando en una muleta para caminar. Alex rió un poco con su ironía, a la que al parecer trataba como una desafortunada coincidencia. Sus ganas de hablar del Soho fueron exterminadas cuando Red cruzaba el umbral de la puerta para entrar al pub. —Un cristal roto —le respondió a Ephraim encogiéndose un poco de hombros y terminando de llevarse los platos sucios. Su padre les saludó y les puso su trago habitual mientras ella evitaba el momento

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Undercover. Ángeles encubiertos. de confrontarlos, pues sabía de antemano que tendría que actuar con normalidad. Regresó a la barra cuando el mismo chico que acompañara a Red en el hospital esperaba ser atendido, sin la seguridad de cliente habitual que tenían los demás. No había estado antes en el pub y era notablemente joven, se le veía un poco tenso, como quien acaba de ser admitido en un club y teme hacer algo inadecuado. Su rostro armónico, bien parecido, desentonaba con el magullado rostro de Ephraim. —¿Qué te sirvo? —preguntó Alex sosteniéndole la mirada para evitar voltear hacia Red, quien ya contaba alguna historia monopolizando la charla con los demás. —Becks —le dijo el muchacho, sonriéndole. Alex le correspondió algo mustia, y después de darle la botella destapada se sentó en un banquillo tras la barra, mirando a cualquier lugar del pub. —Alex, doblo tu propina si adivinas el nombre de nuestro encantador amigo. —Red, como siempre, era la voz dominante del grupo. Dio una palmada en la espalda del chico mientras hacía su pregunta. Antipática, miró al pelirrojo sin cambiar su expresión durante varios segundos, antes de voltearse a hacer cualquier cosa. —No tengo idea. —Si le das una pista la oferta bajará —dijo Ephraim a Red mientras intentaba darle un trago a su whisky sin tocar la herida de su labio. —Oh vamos, es increíblemente fácil. Mira su tipo aristocrático, su recato burgués. Sólo puede haber una opción. Alex no miró al chico sino a Red con cada vez más notoria molestia. El muchacho se impacientó y terminó por presentarse. —Soy Jonathan. —Ahí tienes, no mantienes el misterio. Por eso no tienes éxito con las mujeres —dijo Red fingiéndose decepcionado de que no siguieran su juego mientras dejaba su vaso casi vacío. —Tendrás que aprender del maestro —apuntó Ephraim irónico mientras Alex pasaba el trapo por la barra, alejándose un poco de ellos. Sus acciones gritaban desesperadamente a Red, a que dejara de actuar como si nada hubiera ocurrido, tan satisfecho y ecuánime, siendo el mismo. Su silencio no era más que la mal atendida necesidad de que le hablara, de que la sacara de una vez de aquella incertidumbre, percu-

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Mariana Calderón dida de tanto intentarla transformar en verdad. Mientras más deseaba que se acercara a ella sin lograrlo, apretaba el trapo con más fuerza y luchaba por ignorar su amabilidad de día común. Le dolía, le hacía temblar las manos y fruncir los labios. —Princesa, no me descuides —le dijo el pelirrojo mostrando discretamente su vaso a punto de vaciarse. Se empezó a arrepentir demasiado tarde de haber bajado al pub, o más bien de lo poco agresiva que resultaba su confrontación. Ella se deshacía por dentro mientras Red bebía, charlaba y se adueñaba de las conversaciones, burlándose con tranquilidad de su confusión, de su dolor. Tomó la botella de Black Label y la puso violentamente frente a él, haciéndola sonar contra la madera de la barra. Tiró el trapo en cualquier lugar y caminó hacia la salida hecha una furia, sintiendo que la temperatura de su rostro subía considerablemente, por lo que el golpe frío de la intemperie resultó aún más intenso. A pesar de haber sido un impulso, se había dado el lujo de hacer una rabieta sabiendo que su padre no estaba alrededor. Alex murmuraba todas las cosas que no había sido capaz de decirle a Red, trazando un argumento en su mente donde salía victoriosa, sabiendo qué decir para obtener las respuestas que buscaba con tanta desesperación. Caminaba rápido debido al enojo, internándose en la oscuridad de la calle que dejaba la cálida luz de los ventanales del pub y se hacía parda e imprecisa de pronto, sólo iluminada por una parpadeante farola. No se detuvo aún cuando escuchó pasos apresurados tras ella. Red la tomó del antebrazo obligándola a volverse. —Alex, por favor... Apenas tenerlo enfrente, cruzó su rostro con una bofetada. La aceptó tan estoicamente que parecía estarla esperando, lo cual la enfureció tanto que golpeó su pecho con ambas manos sin poderse detener. —¡Me estás torturando! ¡¿Por qué no dices nada?! ¡Estoy enloqueciendo! —decía cuando Red tomaba sus muñecas para detener sus golpes apenas dados. Siempre detestó el momento preciso en que su voz se quebraba para convertirse en llanto. Era incontrolable, se hacía presente en cada una de sus discusiones y la convertía en alguien que

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Undercover. Ángeles encubiertos. perdía el control en un segundo, destruyendo sus esfuerzos por siempre parecer ecuánime. Se sentía tan impotente que agachaba la mirada y de pronto, se detuvo y le dio la espalda, cubriéndose la boca con una mano. No solía mostrar sus sentimientos de un modo tan incontrolable, ni siquiera frente a sus amigos, pero en ese momento llevaba en sus espaldas mucho más de lo que podía soportar, incluso le sorprendían sus propias reacciones, como si de pronto estuviera a cargo de controlar a una desconocida dentro de su propia piel. Se limpió las lágrimas con desesperación, haciendo que su mejilla se enrojeciera. Red se las arregló para volver a quedar frente a ella y abrazarla poco a poco. Estaba tan avergonzada que no fue capaz de resistirse aunque mantuviera los brazos pegados a su pecho. —¡¿Qué está pasando?! ¡Yo no puedo... no puedo...! —su respiración se hizo tan irregular que le fue imposible seguir hablando. Su garganta se cerraba y jalaba aire, teniendo la desagradable sensación de que se estaba asfixiando. Red guardó silencio, cubriéndola con su abrazo mientras contemplaba el solitario jardín en la calle de enfrente. Antes de que sintiera que sus piernas empezaban a fallar se obligó a respirar profundamente, sintiendo el calor del cuerpo que la rodeaba, intentando contagiarse de su calma. Compartieron un largo silencio. Lentamente se separó de su abrazo. Finalmente le había obligado a estar dentro de ese momento de confesión del que no podría escapar, aunque nada le garantizaba que fuera a obtener respuestas. Ni siquiera sabía qué quería escuchar, qué la tranquilizaría. —¿Qué pasó la otra noche? —Estamos trabajando en eso. Una mueca desesperada cruzó su rostro de nuevo, qué importaba ya guardar la calma. —¡¿Por qué no te ves impresionado?! ¡¿Qué no viste...?! —Sí —la interrumpió tajante, como si no quisiera dejar que Alex le diera un nombre a todo aquello. Red hizo una pausa demasiado larga mientras Alex le escrutaba con sus ojos brillantes por las lágrimas—. Lo he visto antes. Es mi deber. Por primera vez veía a Red sin estar cubierto por toda su seguridad,

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Mariana Calderón sus aires de suficiencia, la media sonrisa infranqueable, en una confesión que por un momento le ponía de rodillas. Alex cerró los ojos un momento intentando asimilarlo. —No puedes hablar de esto, Alex. —¿Quién va a creerme de todos modos? —Por favor. Con nadie. Su mirada era tan penetrante que se sintió incapaz de decir más nada, como si aquellos ojos la hubieran hecho lanzar un juramento. La distancia que la separaba de Red todavía era demasiado breve. Podía sentir el notable calor de su cuerpo en contraste con el frío de su alrededor, al que sólo combatía con su camisa a rayas. Aunque sostenerle la mirada le hacía apretar los dientes de rabia, aunque las preguntas se agolparan en su mente sin sentirse aún capaz de formularlas, olvidó por un momento la sensación de haber sido depositada en un mundo falso donde su vida de pronto estaba disociada de la de quien antes le fuera familiar. El hilo que les unía se terminó de atar con su silencio, el que le aseguraba estarse convirtiendo, ahora de manera voluntaria, en cómplice de algo incierto. No se había dado cuenta que estaba negando suavemente con la cabeza. Sólo pudo quedarse callada. Red tenía la facultad de hacerla sentir conforme aún rodeada casi de las mismas dudas. No podía exigirle, era imposible de acorralar, se daba cuenta de ello al estarle asegurando que no hablaría cuando había pensado en un principio que sería ella quien tendría todo el derecho de saberlo todo. Las mentiras que deliberadamente había contado a su padre, sus esfuerzos por mantenerlo todo oculto, por disimular y tejer una coartada estaban en el mismo lugar que la hoja de su daga deshaciéndose de una herida infecta, arrancándole el principio de una maldición. ¿Por qué no había hecho lo mismo con los demás? Lo tenía enfrente, mirándola serio pero tranquilo y decidió repentinamente que no lo dejaría ir, lo retendría una eternidad de ser preciso hasta que le diera respuestas. —Al auto, cariño. Dio un pequeño brinco al escuchar una voz femenina que aparecía de pronto. Ni siquiera le había escuchado los pasos. Alex miró como una intrusa a la chica de cabello recogido que pasaba por la calle y le

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Undercover. Ángeles encubiertos. daba órdenes a Red como si fuera su subordinado. Con un parpadeo recordó haberla visto por el pub un par de veces. Tenía los ojos claros y tanto orgullo en su mirada que cualquiera a su alrededor corría el riesgo de sentirse inferior de inmediato. Red asintió apenas mientras la chica pasaba de largo, dándole a Alex una total calidad de invisibilidad que resintió de inmediato y sin darse cuenta, frunciendo un poco el ceño y siguiendo sus pasos con la vista hasta que entró al pub. —Estás a salvo —le dijo Red. No era suficiente. No era suficiente estar a salvo, le hubiera dicho, si los demás no lo están, si sólo tengo la suerte de ser quien te sirve las pintas y me miras a diario por azar del destino y, ¿qué con los demás? Los que murieron, los que agonizaron. ¿Qué con la vida que tenía antes? Hubiera dicho, hubiera hablado de no ser porque el pelirrojo ya se había alejado varios pasos de ella siguiendo las órdenes de una mujer que no tenía reparos en decirle qué tenía qué hacer sin titubear. Caminó de vuelta al pub, donde les encontró en la entrada junto con Jonathan y alcanzaba a escuchar la última frase dicha por él antes de que salieran con discreta prisa: “...entonces, Clapham Junction”. Clapham Junction, ese nombre repitiéndose en su mente como un sinsentido. Mientras volvía a sentir el calor del interior y sus oídos se llenaban de risas, de choque de cristales, de conversaciones y una vieja canción de Bobby Womack cantando How I miss you baby. Todos se habían ido, a excepción de Ephraim quien parecía enviar un mensaje de texto mientras apuraba con algo de dificultad su último trago. —Ha sido un placer, Alex —le dijo, levantándose con dificultad del banco. Le sonrió a medias. Nunca dejaba de parecerle curioso que se despidiera de esa manera, como si lo hubiera invitado a tomar el té. Pensó por un momento que se quedaría a beber más, pero era una constante entre ellos, nunca pasar demasiado tiempo solos, a menos que hubiera un diario alrededor. Guardó su celular en el bolsillo de su saco casi perdiendo el equilibrio, a lo que Alex respondió yendo a su lado rápidamente. —¿Te acompaño? —No, no, por Dios... —respondió apresurado aunque después son-

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Mariana Calderón rió admitiendo que le vendría bien un poco de ayuda. Aun así, cuando caminaron lentamente hacia la salida, Ephraim apenas si se sostuvo un poco en Alex, aunque le fue muy útil que abriera la puerta. —Puede llegar a ser muy irritante, ¿verdad? No supo a qué se refería exactamente, así que omitió una respuesta hasta darse cuenta que hablaba de Red. Se encogió un poco de hombros mientras sonreía, para quitarle importancia al asunto. —Ah, supongo que habrá peores. —No te conviene tomarlo en serio. ¿Me podrías encender el cigarro? Sacó su mechero haciendo que la flama les iluminara apenas, de nuevo en el frío de la calle. Sin darse cuenta su sonrisa se había borrado y eran ahora las palabras de Ephraim las que le taladraban la mente aunque intentó convencerse de que hablaba de otra cosa, de que no tenía idea de lo que había ocurrido, de que incluso podría estar imaginando que Red y ella tenían algo. Después de sacar el humo en una caprichosa columna, un muchacho vestido de igual forma llegaba hasta donde estaba Ephraim. Se despidió de Alex informalmente después de darle las gracias, con la mano emulando una especie de saludo militar. De no haberlo acompañado a la salida, se hubiera quedado más tranquila. Otra vez el desagradable ardor en la boca del estómago que anunciaba angustia se hacía presente. Le dijo a su padre que subiría a casa. El tan conocido pasillo que siempre recorría a oscuras, por costumbre, le pareció un espacio absolutamente sobrecogedor. Subió las escaleras velozmente como si algo la persiguiera y una vez dentro encendió el televisor y todas las luces que había a su alrededor. Ni una pizca del miedo guardado había desaparecido y por el contrario, el que Red le hubiera asegurado que estaba a salvo transformaba todo su entorno en un lugar amenazador y confuso. Intentó dormir aunque sólo se revolvió en la cama antes de encender el televisor y llenar un poco la oscuridad de su habitación con el brillo azuloso del aparato, proyectando inquietas sombras en la pared. Se mordía las uñas mientras escuchaba la publicidad del televisor por inercia. Sus ojos se movían con rapidez, como si hubiera empezado a trazar un plan. Clapham Junction. Clapham Junction. Cerró la puerta de su habitación sabiendo que su padre le pensaría dormida cuando regresara y se

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Undercover. Ángeles encubiertos. atrevió a quedarse oscuras, animada por la idea de buscar sus propias respuestas. Sólo dudó en el segundo antes de tomar las llaves de la motocicleta que tanto ella como los demás trabajadores del pub usaban en aquellas ocasiones en las que se presentaban imprevistos. El corazón le latía con fuerza mientras abría la cadena del seguro y la movía lentamente del lugar donde estaba estacionada, sin encender el motor. Sabía que su padre no se preocupaba por el cacharro, pero seguía temiendo que por esa noche quisiera hacer una excepción. Jamás se hubiera atrevido a hacer una cosa así pero, desde que había vuelto al ahora calcinado Madame Jojo’s, el interruptor en su cabeza que le hacía guardar prudencia y ser razonable, estaba apagado. Aunque los brazos empezaban a hormiguearle por aguantar el peso de la motocicleta apagada, avanzaba rápidamente sin hacer caso, esperando en cualquier momento la voz de su padre tras ella preguntándole qué demonios hacía, o peor aún, su madre caminando de frente en la calle. Doblando en una esquina encontró seguridad suficiente para encender la motocicleta y encaminarse hacia el puente de Wandsworth. El aire golpeando su rostro y el constante estruendo del motor le hacían pensar en nada. Era presente corriendo tras el futuro, la ciudad era sólo un escenario, un conjunto de calles y lugares que dejaban de tener identidad en ese instante. El famoso pub The Falcon estaba ya cerrando, algunos empleados se movían dentro y acomodaban los bancos, tal y como estaría haciendo su padre, en quien trataba de no pensar tan desesperadamente que apagó el teléfono y lo volvió a guardar en su bolsillo. Alex aparcó enfrente del pub y dejó el casco oculto bajo la motocicleta sin importar que se lo pudieran robar. Miró a todos lados sintiéndose completamente estúpida al verse en esa situación, sin saber qué la había movido y qué era exactamente lo que esperaba ver, como guiada por un sonámbulo. Dio unos pasos inseguros hacia cualquier lugar. Su perfil se recortó contra el anuncio luminoso de un mini mercado que lanzaba con descaro el color de las manzanas verdes, del vino tinto y las ensaladas jardineras. Pensó en volver sobre sus pasos, dándose cuenta de que todo cuanto la rodeaba era de un absurdo inmedible; incluso contempló la

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Mariana Calderón posibilidad de volver a casa en ese justo instante, hasta que al otro lado de la calle avistó a Jonathan, caminando solo y a prisa. Instintivamente se ocultó en un puesto de flores ahora cerrado, procurando no perderle de vista. La chica que antes diera órdenes a Red se le unía luego de bajar rápidamente de un auto. Caminaban hacia la estación y Alex esperó a que estuvieran notablemente lejos para seguirles. Casi no había gente por la calle, pero no estaba completamente solitaria. Seguramente los últimos trenes estarían por llegar, así que la estación aún permanecería abierta. En un afán por ser una presencia anónima, se echó encima la capucha de la sudadera, caminando con la mirada agachada y las manos en los bolsillos. En su cumpleaños anterior había ido a Glasgow con Nicky, en una de esas aventuras arrebatadas y sin mucho sentido que solían llevar a cabo de vez en cuando. Lo habían decidido ahí mismo, en esa estación, cuando el plan inicial solamente era encontrarse en un pub de Camden Town con compañeros de la universidad. Se reían de haberlos dejado plantados mientras hacían el intercambio a Watford Junction y después hacia Glasgow sin nada en los bolsillos que pudiera hacerla sentir segura, cosa que Nicky había resuelto con una tarjeta de crédito, la solución inmediata a todos los problemas, como solía decir. Se habían embriagado en las calles de la ciudad escocesa y entre risas escandalosas habían dormido en un roñoso hotel de paso sin quitar la colcha de raídas flores. Sólo con ella se embarcaba en cosas parecidas y le pareció que en ese momento era la idea de Nicky quien la acompañaba, quien la empujaba a hacer lo que estaba haciendo, decidida a ir hasta ahí después de haber mirado en el registro de Bethelem a Nicola Hammond. No encontró ningún lugar mejor para ocultarse que los baños de la estación. Depositó veinte centavos y entró tranquilamente, escuchando sólo el sonido de los mecanismos de agua de los lavabos y aguantando el penetrante olor a cloro y limpiadores que caracterizaban aquellos lugares. Eligió la puerta del final y se sentó sobre la tapa del excusado. El transcurso de los minutos sólo le escupía en la cara la realidad a su alrededor, donde todo el mundo vivía del mismo modo en que siempre lo había hecho y seguían sus rutinas, predecibles y normales como

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Undercover. Ángeles encubiertos. solía ser la suya. Se sintió alejada de su propia cordura al estar ahí, intentando disimular en un aseo de la estación de Clapham Junction mientras los pasajeros cansados llegaban de Glasgow, agotados y tranquilos. Les imaginaba mirándose al espejo, intentando quitarse la cara de sueño, llamando por el móvil después de lavar sus manos o buscando cosas de las maletas que arrastraban, ligeras o pesadas. Permaneció ahí contemplando la fantasía absurda en la que su vida se había transformado con aire ausente, mirándose los cordones de los zapatos. Pasaron varios minutos de silencio en los cuales decidió ocultar su presencia abrazando sus piernas encima de la tapa. En el momento en que escuchó las voces de quien seguramente era una empleada de limpieza estuvo a punto de asimilar el fracaso de su plan, si es que así podía llamarlo. Y no supo si había sido la buena o la mala suerte lo que había hecho que justo dos puertas antes de su cubículo la mujer se detuviera, llamada por otra. “Apresúrate”, le había dicho, “nos han dicho que tenemos que salir rápido”. Dejó su trabajo a medias, para suerte de Alex que no había sido descubierta. Aguardó hasta no escuchar ningún ruido a su alrededor y soltó un suspiro aliviado, aunque se vio en la situación de quedarse encerrada dentro de la estación. Le volvieron las energías de pronto, las que le hacían ser sensata, y salió del aseo de inmediato, apenas mirando su reflejo pasar sobre los brillantes azulejos y apresurándose a abrir la puerta de los baños para poder salir de ahí antes de que los empleados echaran candados a la estación. Apenas empujó la puerta con las manos, todas las luces a su alrededor se apagaron en un chasquido sordo. Las rejas de la entrada del metro y del pasaje comercial estaban echadas, sin rastro de gente alrededor, como si hubieran desaparecido en cinco minutos. Incluso cuestionó su propio sentido del tiempo, que la obligó a mirar su reloj de pulsera. Las doce con quince minutos. Las once con treinta. Las seis veintitrés. Las cifras de su reloj electrónico cambiaron sin sentido y un escalofrío le recorrió la espalda. Le volvía la sensación de sentirse perseguida, como si intuyera estar a punto de ser golpeada por una ráfaga de fuerza invisible, venida del resplandor tenue de los cajeros automáticos y el expendio de boletos en la entrada de la estación. Caminó

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Mariana Calderón rápidamente a la entrada de los andenes, siguiendo el oscuro pasillo del metro por pura inercia, sin atreverse a mirar hacia atrás. Pensó en brincar los torniquetes de la estación como había visto hacer en las películas, pero al final optó por escabullirse por debajo. Le daban igual las cámaras de seguridad y el circuito cerrado en el que la ciudad parecía estar siendo vigilada todo el tiempo. En los andenes al menos podría sentir el fresco de la noche y estar menos encerrada que en el largo pasillo del metro que parecía no tener final. No sabía por qué, pero esperaba en cualquier momento descubrir la silueta de algún hombre de traje caminando rápidamente, esperaba ver a Red, a Jonathan, a la chica que daba órdenes. Mientras más solitarios escuchaba sus sordos pasos, más deseos tenía de encontrarse con cualquiera de ellos. Sin darse cuenta apretaba el paso, con el cuello rígido y las mandíbulas apretadas por el miedo, con la amarga sensación de haber caído en una especie de trampa. Corrió por el andén intentando ser invisible y sólo logrando ser torpe, como si cada paso le agrandara y le hiciera ruidosa, presente, lenta. La presa fácil de un cazador desconocido. Con temor de roedor, se agazapó en el descanso de las escaleras que ascendían al puente para pasar de andén a andén. Se cubrió el rostro y no así los ojos, que nadaban en la oscuridad sin encontrar rastro de vida a su alrededor, todavía sintiéndose acorralada, sin salida. De pronto, escuchó el hermoso trinar de un ave. La misma contracción sonora que había escuchado en la ensoñación por la tarde, el trino que había eliminado la gravedad para las hojas secas y para el vendaje de su brazo. Su rostro se contrajo en un gesto de agonía, como si hubiera escuchado la anunciación de su propia muerte. No había aves posadas en las cabinas de teléfono ni en los metálicos asientos del andén. No había nada salvo su canto dispuesto a encender un fuego asesino en su piel, le hacía temblar como si la enfermedad de pronto debilitara su cuerpo. Aquel sonido, hermoso y terrible, invadía su mente entrando por sus oídos como una lanza. Se levantó de súbito, dejando que la ingravidez levantara sus cabellos que parecían suspendidos dentro del agua. Entendía que aquello no era un momento

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Undercover. Ángeles encubiertos. sino un cuerpo, un algo vivo aproximándose a ella, extendiéndole una caricia. El collar de diminutas cuentas que llevaba se rompió tan suavemente que pudo mirar el momento preciso en que el hilo elástico cedía y los redondos cristales se desplazaban lentamente, en un aire denso como la miel. Era difícil respirar, como si llevara un rato intentándolo temerosa bajo las mantas de su cama. Tragar saliva fue una tarea imposible, un invisible y pesado brazo presionaba su garganta, más y más. Fue difícil resistirse, pero un ruido de pasos lejanos le hizo volver a su realidad, al latido acelerado de su corazón y al calor de su propio cuerpo. Sacando fuerzas de un lugar desconocido, logró zafarse de la opresión de aquel ser incorpóreo y salió corriendo. Detrás de sus pasos escuchó las cuentas de su collar caer al pavimento y las imaginó rebotando con la misma imprecisión con la que ella corría desesperadamente a ningún lado. Al frente estaban las vías y algunos trenes detenidos, el silencioso metal de la estación y el zumbido de los cables de alta tensión. Sus pasos de nuevo le parecían ruidosos, lentos y desesperados. La sensación de ser perseguida era un hecho aunque no pudiera ver a nadie corriendo tras ella. Era el canto de aquella maldita ave, era su abrazo denso y sin forma que rozaba sus talones. Saltó del andén hacia las vías y trastabilló. Le costó ignorar el daño que se había hecho en un tobillo. A sus pasos se unieron otros, estaba segura. Estaba segura que alguien también corría en paralelo, que una estampida de horrores la alcanzaría pronto. Respiraba por la boca sintiendo que las energías se terminarían en algún momento y no así su necesidad de huir. Una sombra brincó ágilmente entre el espacio de dos vagones. Un santiamén. Alex cayó al suelo por la fuerza de un firme empujón en su costado. La hoja de metal estuvo por tocarle el cuello, resplandeciendo aún en la sucia oscuridad de alrededor. Sintió su filo recto, perfecto y helado hasta que la figura sobre ella bajó la daga y la dejó respirar de nuevo. —¡¿Qué haces aquí?! La voz tensa y en susurro de Red, su respiración agitada uniéndose a la suya, le hizo olvidar por un segundo que la persecución no había terminado. La silueta del pelirrojo fue arrojada violentamente contra

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Mariana Calderón el tren por una fuerza invisible. Hubiera sido suficiente para hacerle perder la conciencia, pensó, mientras le veía soltar la daga. El canto de mil aves asemejó un grito violento que llenó sus oídos dolorosamente, tan denso que parecía buscar materializarse. Alex se incorporó velozmente, sintiendo el poder de aquella masa ingrávida e impenetrable que antes le hubiera rodeado y sin embargo, se atrevió a hablarle. —Déjalo —le dijo con un hilo de voz. Un rugido pegajoso, compuesto por miles de trinos disonantes, se volvió hacia ella. Presionó su garganta con violencia y a su boca llegó el acre sabor de su propia sangre, brotando lentamente de su nariz. No pudo moverse aún en su desesperación, atrapada en un sueño del que no era posible despertar, pero obligada a mantener los ojos abiertos. No fue capaz de librarse de aquello. Lo sabía. Ni siquiera pudo ver qué es lo que le absorbió lentamente el aliento, hasta que la bestia repentinamente se materializó con un alarido. Sus ojos velados y ciegos, redondos como los de un cuervo, reflejaron el mortecino brillo de la luna, sin embargo, no la miraron. No miraron nada. Alex intentó apartarse instintivamente hacia atrás sintiendo su espalda tocar el metal del tren, en el que la bestia hundió sus garras de faisán como si se tratara de arcilla. Aún estaba cerca de ella, pues podía sentir su piel membranosa y llena de escamas más parecidas a un plumaje que a una coraza. Estaba herida y dejaba su sangre volátil, su sangre de áureo vapor, por un segundo flotando en el aire con su olor de plumas quemadas. Red la hizo tambalear de un fuerte golpe como a cualquier criatura desvalida y se abalanzó sobre ella, clavando su daga en sus ojos ciegos, haciendo que su indescriptible cuerpo se consumiera entre llamas plateadas. Alex se dio cuenta que seguía sangrando al ver caer una gota más en su sudadera. El pelirrojo se le acercó rápidamente y se acuclilló a su lado, tomándola desesperadamente por los hombros y sacudiéndola; Alex clavó la vista en su pecho, donde relumbró una pequeña cruz. —¡Maldita sea, Alexandra! ¡No nos sigas, no hagas esto! —le decía, presionándola con tanta fuerza que soltó un leve quejido. Estaba tan furioso que aún en la oscuridad podía sentir su mirada. Una de sus

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Undercover. Ángeles encubiertos. manos se dirigió a su manga y la levantó sin delicadeza, descubriendo su vendaje. Puso su propio brazo frente a ella como si no fuera parte de su propio cuerpo. —¡Esto... te seguirán, te seguirán por siempre gracias a esto! ¡¿Entiendes?! Alex llevó la mirada a su antebrazo mientras un desagradable hormigueo de ansiedad empezaba a recorrer sus piernas. Poco a poco, Red buscó la calma y soltó lentamente a Alex, agachando la mirada un segundo. La presión sobre su hombro disminuyó y por el contrario, puso la mano en su rostro con una suavidad que parecía imposible en él después del brusco contacto que había ejercido sobre ella. Parecía estar a punto de decirle que lo lamentaba, de pedir una disculpa que no tendría fin. —¿Qué son? —preguntó apenas, mirando el lugar donde la bestia hubiera estado. —Demonios. O así es como los llamamos. Escucha, no puedo cuidarte si haces esto. Tienes qué quedarte donde pueda cuidarte. Alex negó con la cabeza con cierta desesperación, sabiendo de inmediato que aquello no era una solución posible. La sola idea de depender de él, a cualquier nivel, le parecía un absurdo aún más grande que el de haber sido perseguida por una criatura de naturaleza desconocida. —Tengo una vida, ¿sabes? Le dijo con firmeza aún cuando la perspectiva de su propia vida estuviera ya dominada por los recuerdos de aquella noche en el Soho. Desvió su mirada a las oscuras ventanas del tren, donde creía haber visto a alguien observarles. No tuvo tiempo para comprobarlo, pues ambos volvieron la vista rápidamente a un costado, donde se escuchaban pasos. No tuvo que darle órdenes, Alex sabía que tenía que ser invisible. Se incorporó rápidamente y se ocultó bajo el tren, procurando estar cerca de las ruedas metálicas. Sólo podía mirar las piernas de quien se acercaba corriendo. Rodeada del penetrante y dulzón olor del aceite y el alquitrán, al fin comprendió que nada volvería a ser igual. Reconoció la voz de la chica que daba órdenes, tratando de controlar su agitación al venir corriendo. —¿Qué fue, Red? ¿Lo extinguiste?

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Mariana Calderón Detrás siguieron otros pasos. —Sí, Vicky, un Decarabia. —No era lo único que estaba aquí. Micks y Jonathan terminaron con otro, lo persiguieron hasta las vías del metro, era un jodido incansable. ¿Estás bien? —Sí, encanto. Harto de estar aquí. ¿Nos vamos? —Nos vemos allá entonces. Hemos tenido más que suficiente. Los pasos de la chica se dirigieron de nuevo a los lejanos andenes. Aún miraba dos pares de piernas cerca de ella y no parecían querer hablar hasta que “Vicky”, como Red la había llamado, se alejara lo suficiente. Empezaba a cansarse de estar en cuclillas hasta que escuchó la voz de Sébastien, grave y nicotinada. —Esas manchas no son de tu sangre. Red no respondió. A cambio, se dirigió a su escondite. Alex salió cuidando de no golpearse con nada, sin querer imaginar cómo se veía. Una tremenda vergüenza le invadió en presencia de Sébastien, tanta que hubiera preferido no haber salido. Le escuchó renegar en un murmullo mientras se frotaba las sienes, abrumado. Se sentía como una chiquilla atrapada en medio de una travesura. —No seas dramático, me ayudó, el Decarabia casi me mata —dijo Red. —¿Ahora te ayuda? Dios, esto es una locura. Alex entornó los ojos con desagrado al escuchar a Sébastien. —Está bien, fue estúpido venir aquí pero, ¿sabes por qué lo hice? Porque me trataste como a una niña —dijo a Red, apuntándolo momentáneamente con el índice—. ¿De dónde esperabas que sacara la tranquilidad? ¿O estás esperando que me vuelva loca para llevarme a Bethlem como a mi amiga Nicky? ¡Ayúdala también, usa tu espada mágica y sácala de ahí! —¡No, Alex, no funciona de esa manera! —¡¿Y entonces cómo?! ¿Sabes una cosa? No te haré más preguntas, es inútil. —Volvió su mirada furibunda a Sébastien— Y tú no te preocupes, no necesito que te encargues de mí —le dijo orgullosa, para después caminar dándoles la espalda—. Díganme cómo salir de aquí. Los escuchó murmurar pero no le importó, tampoco el hecho de que sus compañeros apenas se habían ido y pudiesen verla. Tal y como

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Undercover. Ángeles encubiertos. había predicho, sintiéndose con cierto poder sobre ellos por primera vez, Red la alcanzó y Sébastien se acercó después sin apresurarse. Se había encendido un cigarrillo, llevándolo en el espacio de su dedo índice y el del medio. Alex se cruzó de brazos. —Te necesitamos, tanto como tú nos necesitarás —declaró Red. Esperaba que Sébastien dijera algo y lo volteó a ver, pero este apartó la mirada como si estuviera molesto—. Los rastreamos y los exterminamos. —Red descubrió un segundo su costado, mostrando una profunda cicatriz de tres cortes—. Esta es nuestra marca, para atraerles y matarles. Somos una hermandad, trabajamos en secreto y así es como debemos permanecer. Supo el inmenso dolor que les causaba a ambos hablarle de aquello. Podía mirarlo en sus rostros turbados, como si estuvieran rompiendo un contrato y arrastraran su honor por el suelo alquitranado. Comprendió que haberla salvado no sólo implicaba hacerle cargar una condena, una consecuencia tan grande como haberla dejado, sino que también les hacía romper una especie de código por el que se regían. De nuevo sintió una mirada extraña dentro de uno de los trenes, y aunque sólo pudo ver sombras, optó por no decir nada. Le estaban mostrando su bandera blanca, parecían estarle rogando por su silencio, por una tregua, y jamás le había gustado tener ese poder sobre nadie. Y ella, de no ser por su intervención, estaría muerta o enloquecida. Soltó un suspiro. —No hablaré —dijo sin dudarlo, entristeciendo el semblante. —Recuerdas lo de la otra noche. Lo viste. Estamos buscándolo, pero hay un gran peligro alrededor… no cometas ninguna locura, Alex, la suerte se te puede terminar. No hacía falta decir mucho más. Sabía que hablaba de ese ser que se había alzado hermoso en medio de la inmundicia y que aun así su aliento rojo como la sangre le coronaba como el líder de aquella masacre. El recuerdo fue tan vívido que se sintió turbada, obligada a sacudir levemente la cabeza para apartar la imagen de su mente. —Vámonos —dijo Sébastien, empezando a andar. Comprendía que ninguno había deseado estar en ese lío, pero le molestaba que se portara tan desagradable. No esperaba demasiada simpatía de su parte,

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Mariana Calderón siempre se había mostrado como un tipo adusto y silencioso en las noches que pasaba en el pub, pero aún entonces parecía más amable. Sébastien hizo un par de llamadas que parecían comprobar la posición de los demás mientras caminaba por delante de ellos. Red iba a su lado, dedicándole constantes miradas y poniendo su mano en su espalda ocasionalmente, hasta una salida de servicio en Grant Road. Reconoció su auto, al que Sébastien se aproximaba y quitaba la alarma. —Te llevaremos a casa —dijo el pelirrojo abriendo la puerta. —No, tengo que regresar en la motocicleta. —¿Estás segura? ¿No te hiciste daño? Anda, al menos te llevamos a donde aparcaste. Alex no se pudo negar. De nuevo, subió al auto, esta vez perfectamente consciente. Sébastien volvía a tomar el lugar del conductor y echaba a andar el auto sin decir una sola palabra, con los ojos oscuros y cansados clavados en el camino, pasando ocasionalmente una mano por su cabello echado hacia atrás cuando los mechones le caían en la frente. Podía oler el humo de su cigarrillo a pesar de la ventana que Red había dejado abierta. La vuelta a la calle había sido bastante breve y segundos después de que Alex tocara el hombro de Red para indicar que había aparcado frente al pub The Falcon, se detuvieron. Su tobillo le punzaba un poco, nada demasiado grave. Por última vez miró a Sébastien por el retrovisor, pero este mantenía la mirada hacia fuera en su ventanilla mientras seguía fumando. —Directo a casa, princesa —le dijo Red medio sonriendo a lo que respondió de igual manera, aunque negó levemente con la cabeza. Dio un par de pasos hacia ella y le dijo un “gracias” a media voz antes de volver al auto, que no se movió hasta que ella estuvo en marcha, sólo rodeada por la noche y el ensordecedor ruido del motor cruzando la ciudad medio dormida.

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Undercover. Ángeles encubiertos.

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Undercover. Ángeles encubiertos de Mariana Calderón.  
Undercover. Ángeles encubiertos de Mariana Calderón.  

Tres capítulos de "Undercover. Ángeles encubiertos" de Mariana Calderón. Editado y próximamente publicado por Tríada Ediciones.

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