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ALQUIMIA DE DEMENTES

Daniel “Laucha” Rodríguez


Personajes MarĂ­a (La abuela) Elvira Aurora Estela (RaĂşl) Laura Soledad Director Minerva Gustavo Enrique


PRÓLOGO A la mayoría de las obras literarias le son menester un prólogo. En este momento- y en base a mi baja erudición - no podría yo dedicarme a derrochar letras para la presentación de este libro. Sólo puedo decir que ha llegado el momento en el que ella sea abandonada, completamente, por mi pluma y sean los lectores aquellos que decidan si valió la pena o no haber invertido tiempo, emociones y expectativas. Adios, Alquimia de dementes, adiós.


La obra comienza con los personajes en escena. Todos estos se encuentran dentro de un hospital psiquiátrico en condiciones demasiado precarias. Cada uno de estos personajes posee un tinte particular que con el transcurso de la obra van demostrando sus patologías.

(Todos los personajes de la obra recitan un monólogo, luego se esconden detrás del telón y van apareciendo según su acto correspondiente, luego de esto salen de escena y aparecen según el acto correspondiente)

ACTO PRIMERO María – Elvira (Salen de atrás del telón, ingresan lentamente y se sientan en el banco. Serias, pensativas) (Dejan tirado, en el piso, un trozo de tela hecho un bollo que trajeron desde atrás)

MARÍA: A fin de cuentas, mijita, Dios proveerá. Para eso está la iglesia: para que vayas, para que te ilumines. (Dulcemente) ELVIRA: Vieja, la iglesia que más me iluminó en estos años fue la que incendié dos meses antes de entrar al psiquiátrico. Sí… la recuerdo… envuelta en llamas (mirando hacia la nada y sonriendo). MARIA: Si, nena, ya sé esa historia y por favor no me la vuelvas a repetir. Todavía no entiendo tu amor por el fuego ¡Después dicen que la juventud no está perdida! En mis tiempos no existía eso. Bah, recuerdo que tuve un marido que amaba el humo.


ELVIRA: ¡Ya lo ve abuela? Somos personas con una magia particular (emocionada), sentimos algo que los demás no sienten, las mentes chatas no lo entienden y por eso te quieren encerrar. (Orgullosa) Aunque no es lo mismo (Medio decepcionada) MARIA: (sigue dentro de su pensamiento) Si, recuerdo que decía siempre: “Donde hay humo hay asado”. ELVIRA: ¡No vieja! ¡Eso no es una persona especial, eso es un idiota! (Exaltada) MARÍA: Si, tenés razón, hija, este pelotudo se pasó tres días corriendo un tren… por el humo, supongo. (Pensativa) ELVIRA: (luego de una pequeña pausa) Y bueno, vieja, hacé lo que hacen todas las viejas como vos, andá a la iglesia y pedí por mí. Yo no pienso ni puedo ir. MARÍA: Pero dale, ¿Por qué no venís vos, chiquita? Nos lleva mi hijo, en su auto. Pero eso sí, te vas a tener que acomodar un poco. Una persona brillante - como vos decís que sos - no puede oler ni verse como vos. ELVIRA: No puedo ir a una iglesia, ni siquiera me bauticé. ¡Vaya usted que es socia y pida por mí! MARÍA: ¿Socia? Se nota que no entendés nada vos, por eso estás así. (Permanecen en silencio, pensativas, mirando a la nada) ELVIRA: Abuela… ¿Qué piensa acerca de la muerte? MARÍA: No sé, mijita… nunca me pasó. ELVIRA: (Sin importarle lo escuchado) Yo pienso que la gente es medio tonta: Viven cansados, les gusta dormir, les gusta quedarse en casa, o mirar en la tele como otros hacen cosas y cuando saben que se les está por cortar el hilo cierran los ojos pensando en sus proyectos. ¡No quieren descansar en el momento verdadero del descanso! Somos eternos niños que no quieren dormir la siesta.


MARÍA: Encima el cajón es tan acolchadito. (Pensativa) Me gustaría llevarme alguna compañía. (Con mirada sugerente) ELVIRA: Ya lo dijo Einstein: “Los humanos son más boludos que el agua de los fideos”. A mí, por eso, no me gusta dormir. Prefiero estar despierta aunque no haga nada; siento que me pierdo muchas cosas. (Lo dice mientras se para y camina lentamente) MARÍA: Pero, hija, para eso está la televisión, y el facebul, el wachiestin, que se yo esas cosas. ELVIRA: ¡Uff! (Abrumada) ¡Justo a mí me tocó ser yo! ¿Te das cuenta que no entendés nada? ¿Cuándo llegará el día que deje de ser la carne de un sándwich de idiotas? (Se sienta enojada) MARÍA: (tocándole el hombro) Vos tenés mucho odio adentro, mucho, nena. ELVIRA: No ¡Es que no encuentro paz! No encuentro todavía mi lugar. Veo gente feliz y sonriente, y yo acá gastando oxigeno. Éste momento de mi vida es totalmente estúpido y espero que se acabe de una vez por todas. MARÍA: (Pensativa) A fin de cuentas, mijita, Dios proveerá. Para eso está la iglesia: para que vayas, para que te ilumines. (Dulcemente)

(Se apagan las luces que los iluminaban) (Elvira ayuda a María a levantarse y se van por donde entraron) FIN DEL ACTO


ACTO SEGUNDO

Aurora - Director (Ingresa Autora y el director, se sientan en el banco)

AURORA: Doctor, ya no sé que más decirle. Me duele donde quiera que me toque. DOCTOR: No debería haberse levantado de la cama. AURORA: Es que… no había en ella espacio para dos… (Lo mira con mirada sugerente) DOCTOR: ¡Basta! ¡Basta de esas cosas! Yo tengo familia, una casa, esto es solo un trabajo. (Serio) AURORA: Yo también tengo una casa. Pero usted llegó, me miró y me trajo… Y miré que son muchos en mi familia… ¿Cómo explica eso? DOCTOR: Muy simple: estás loca. AURORA: Esa excusa ya no me convence. DOCTOR: No es otra excusa, es una realidad. AURORA: La realidad mata las fantasías ¿Sabe? (Lo toca con su dedo en el hombro) DOCTOR: Por favor, Aurora ¿Cuándo será el día en que su cabeza deje de pensar sólo en sexo? AURORA: Tenga cuidado con lo que desea doctor, quizás se cumpla. A menos que piense una cosa y diga otra. Como muchos acostumbran. DOCTOR: Pienso en mi dignidad. AURORA: ¿Dignidad? ¿Usted acaso nunca tiene sexo? ¿Jamás lo tuvo? DOCTOR: Sí, claro.


AURORA: Bueno, déjeme pedirle que se imagine a usted mismo teniendo sexo con cualquier mujer y dígame: ¿Dónde quedó la dignidad? DOCTOR: ¡Ese no es el punto! AURORA: El problema con la medicina, Sr Galeno, es que usted no ataca el problema, si no los síntomas. Si usted fuera derechito a mi problema y lo resolvería no tendría que pelear todo el tiempo con los síntomas y consecuencias. (Seria) DOCTOR: ¿A qué quiere llegar? (Pensativo) AURORA: Que si tuviéramos contacto una noche, quizás apaguemos un poco de fuego… o lo aumentemos. Algo así como estar cerca del infierno sin quemarse (Se toca sensualmente mientras lo dice) DOCTOR: Es por esa razón, Aurora, que no me gustan los paseos ni las visitas nocturnas. Actuás como una loba en celo. No todo comienza ni termina en contactos íntimos. AURORA: ¡Usted siempre retrocede! DOCTOR: No, Aurora, no es retroceder, es dar media vuelta y seguir avanzando. AURORA: Lamentablemente. O quizás usted no sepa lo que quiere. Mientras tanto, yo todo el tiempo le recordaré que no debería degustar canapés mientras tiene casi en sus manos el plato principal. (Se toca) DOCTOR: Tal como se lo vengo diciendo hace trece años: lo pensaré, si eso le hace sentirse más calma. AURORA: Y volvemos de nuevo a lo mismo: los doctores no hacen más que alargar las agonías. ¡Máteme doctor! (Grita mientras lo toma fuertemente de la camisa) Aquí mismo, si no hay nadie más que las almas en pena, que pobres muertos que se fueron sin explorar totalmente los placeres. DOCTOR: Te digo por enésima vez, que aquí no ha muerto nadie. Éste es un hospital psiquiátrico, no una sala de torturas.


AURORA: Entonces no lo convierta en eso, y regáleme por favor aquello que en Francia llaman “La pequeña muerte”(Le petit morte) (Lo roza con su pierna) DOCTOR: Listo, esto se termina acá. No puedo cuidar ni solidarizarme con vos, una persona normal no pasa todo el tiempo regalándose. ¿De qué te sirve tener lo que querés si a cambio te quedas sin alma? AURORA: ¿Que me importan los tormentos que vengan si disfruto el momento previo? DOCTOR: Entendido, fin de la charla. ¿Algo que me quieras decir? (Aurora permanece en silencio, mirando hacia la nada) AURORA: Lo que más me daña de la medicina es su honestidad (triste) (Se produce otra pausa en donde los personajes desvarían) AURORA: ¡Ay! No sé, doctor. Me duele donde quiera que me toque. (El doctor se toma la cabeza preocupado y haciendo ademán de estar cansado) (Se apagan las luces que los iluminaban) (El doctor toma a Aurora del brazo y la lleva nuevamente tras el telón. Ella mientras es llevada lo abraza efusivamente).

FIN DEL ACTO


ACTO TERCERO

Raúl/Estela – Laura - Minerva

(Salen los tres de atrás del telón y se sientan en el banco)

MINERVA: Creo que estoy tomándole alergia al oxigeno. De cada diez personas que respiran en el mundo… LAURA: (Interrumpe) ¡Cinco son la mitad! MINERVA: ¡Esperá, me hacés perder! Encima cuando me pierdo me pongo a pensar en variables y me cuesta decidir. RAUL: Yo antes era indeciso (Interrumpe) LAURA: ¿Y ahora? RAUL: (Piensa un rato y luego responde tristemente) No sé… LAURA: ¡Oh, pero que comentario más tonto! MINERVA: Che, che, pará, que no hay comentarios tontos. (Raúl hace ademán de ponerse orgulloso) LAURA: ¿Entonces? (sorprendida) MINERVA: Tontos que opinan. (Raúl vuelve a su posición inicial de cabeza baja) MINERVA: En fin, chicos ¿Ya tienen pensado que hacer al salir de acá? Dicen que quizás dentro de poco nos empiecen a dar el ambulatorio. RAUL: (Le habla al oído a Laura) LAURA: Raúl dice que va a ir al cementerio. ¡Qué feo! MINERVA: No, Laurita, no es feo ir al cementerio. LAURA: ¿Cómo que no? A mí me parece horrible.


MINERVA: No es feo ir, insisto, lo feo es quedarse. (Permanecen pensativos y en silencio) LAURA: Yo, cuando me muera quiero morirme como mi papá. (Se enternece) ¡Tranquila! ¡Durmiendo! ¡Soñando! (Piensa un rato y concluye) No gritando y llorando como los pasajeros que iban en su colectivo. RAUL: Si (Tiernamente mientras mira a la nada) MINERVA: (Genera un rotundo cambio de tema) Chicos ¿Nos les parecería interesante hacer algo para producir y vender? LAURA: ¡Sí! (Entusiasmada) Para poder comprarnos cosas, caramelos, sábanas, pañuelos. (Hace ademanes de ansía bajo su alegría) RAUL: (Luego de un silencio)… Y mariposas. (Hace un ademan de tocarlas) MINERVA: Y bueno, ¿Por qué no prueban con hacer algo para vender? LAURA: Yo antes, pero mucho antes, tenía una pequeña empresa. Pero luego nos separamos con mi socia (Va poniéndose triste mientras llega al final de la frase) Sacamos cincuenta palos cada una… MINERVA: ¡Ah, les iba bien! LAURA: No, teníamos una fábrica de escobas. MINERVA: (Hace un gesto de no entender) Si, yo también, igual esto de venirse acá a internarse motu propio 1es bastante raro. Pero yo también fracasé, no hubo más remedio y tuvimos que cerrar la farmacia. RAUL: (Le habla al oído a Laura) LAURA: Raúl dice que se quedó pensando en lo del trabajo. Pero que le parece que va a ser bastante cansador. RAUL: (Habla como entre dientes) Encima no hay plata. LAURA: ¡Si que hay plata!… (Piensa) ¡Sólo que cambia de bolsillos! MINERVA: (Luego de un pequeño silencio) Y si, mis amigos. Si en la vida quieren algo serio van a tener que trabajar, luchar, esforzarse, transpirar, hacer todo lo posible para que sus sueños se cumplan. (Se interrumpe sola) Bueno, ahora vamos. 1

Del latín. Utilizado como expresión para indicar que se hace algo espontáneamente, sin responder a petición previa.


LAURA: ¿A dónde? MINERVA: Adentro, quiero escuchar los números de la quiniela (Se genera un pequeño silencio en donde cada uno de los personajes divaga en el espacio y vuelven luego a sentarse en su posición inicial) MINERVA: Creo que estoy tomándole alergia al oxigeno. De cada diez personas que respiran en el mundo… LAURA: (Interrumpe) ¡Cinco son la mitad!

(Se apagan las luces que los iluminaban) (Se van los tres, uno tras otro y se esconden tras el telón)

FIN DEL ACTO

CUARTO ACTO Y FINAL


Soledad – Gustavo – Enrique

(Ingresan los tres al mismo tiempo. Gustavo y Enrique entran conversando, el inicio de la conversación se escucha una vez cruzado el telón).

GUSTAVO: ¡Así que usted es el famoso y honorable abogado Enrique Trombeta! Escuché hablar tan bien de usted que pensé que estaba muerto. (Emocionado) ENRIQUE: Por favor. Sí, soy Enrique Trombeta, pero no soy ni honorable, ni famoso. GUSTAVO: ¡Pero claro que sí! Pero dígame: ¿Que hace por aquí? Éste es un hospital psiquiátrico. SOLEDAD: (Interrumpe) ¡Qué bueno que hayan puesto el cartel, si no, yo tampoco me hubiera dado cuenta! (En tono irónico) (Se sientan los tres al mismo tiempo, exacto) ENRIQUE: Y… aquí estoy mi amigo. ¿Cómo es su nombre? GUSTAVO: Gustavo, me llaman. ENRIQUE: Bien, Gustavo. Tengo a mi ex esposa internada aquí, y bueno, tengo que venir a visitarla o por lo menos a traerle un jabón. GUSTAVO: Sí, amigo. (Con tristeza). La verdad es que es muy triste perder a las personas, tenerlas tan lejos, o tan cerca pero lejos de la vista de uno. ENRIQUE: (Sorprendido) ¿Sí? La verdad que yo no, estoy contento de que el estado tenga este sistema y pueda sacarnos de encima a todas estas personas que no son más que un arma de doble filo. SOLEDAD: (Irónicamente) Claro, y los abogados se criaron todos en un convento. (Enrique la mira y permanece un rato en silencio). ENRIQUE: Y usted, ¿Gustavo era su nombre? (Gustavo asiente y Enrique continúa con su charla). ¿Qué lo ha traído hasta aquí? GUSTAVO: Yo vengo a buscar a mi hermano. Me arrepentí de haberlo dejado aquí, y la verdad es que tengo ganas de darle una segunda oportunidad. ENRIQUE: ¿Está seguro? ¿Ya le dieron el alta?


GUSTAVO: Y…no. La verdad es que la última vez que lo vine a ver lo había picado una araña y pasó toda la noche viendo si se convertía en Spiderman. (Soledad se tapa la boca mientras ríe disimuladamente) ENRIQUE: ¿Y usted quiere a eso en su casa amigo? La verdad es que no se lo recomiendo. Usted viene a buscar a su hermano y se llevará a su casa a un monstruo. No se confíe. SOLEDAD: ¡Si, mejor hágase amigo de un abogado! (Irónicamente en voz baja) GUSTAVO: Puede que tenga razón. En fin, usted estudió. SOLEDAD: Claro, a uno lo orinan y ellos dicen que llueve. (Habla mirando a Enrique) ENRIQUE: ¿Cómo dice? SOLEDAD: Nada, nada. (En tono despectivo) ENRIQUE: Discúlpeme, pero yo solo me ocupo de levantar a los caídos y de apretar a los grandes. (Indignado a Soledad) SOLEDAD: (Riéndose) ¿Qué es usted? ¿Un corpiño? ENRIQUE: No, soy el brazo de la justicia. (Soledad y Enrique se miran fijo y enojados en silencio). GUSTAVO: ¿Cómo decía, Señor Enrique? ¿Le parece mal que lleve mi hermano a mi casa? ENRIQUE: La verdad es que sí amigo. Lo mejor es tenerlos acá, encerrados, tranquilos, darles comida, darles un lugar y dejarlos que corran en su libertad artificial. GUSTAVO: Es verdad, si no vivirían como animales. (Soledad frunce el seño) ENRIQUE: Tal cual, mi amigo. GUSTAVO: Sabe que tiene razón, señor Trombeta. ENRIQUE: Por favor, yo solo sugiero. GUSTAVO: Y si, ya lo dije yo… el que sabe, sabe. SOLEDAD: La verdad, no sé de qué hablan, pero me opongo.


(Se paran. Gustavo lo abraza por detrás cariñosamente a Enrique) GUSTAVO: ¡Así que usted es el famoso y honorable abogado Enrique Trombeta! Escuché hablar tan bien de usted que pensé que estaba muerto.

(Luego de esto, los tres salen y se van atrás del telón)

FIN DE LA OBRA

Daniel “Laucha” Rodríguez – Córdoba – Seis de noviembre de 2011.


Alquimia de Dementes