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Sábado 2 de abril de 2011

Fundadores • Jesús Álvarez del Castillo V. • Jorge Álvarez del Castillo Z.

• Editor-Director • Carlos Álvarez del Castillo G. Supervisora: Aimeé Muñiz • tapatio@informador.com.mx

FOTOS: EL INFORMADOR • ARCHIVO

Artería de sueños

• En la imagen, el Casino Jalisciense o también conocido como la Casa Bell. El inmueble que fue demolido, estuvo ubicado en el cruce de Chapultepec y Vallarta.

Avenida Vallarta, arquitectura viva Casas acotadas en una época, el reflejo de 400 años de historia y el estilo de vida de la ciudad Guadalajara conserva parte de su historia entre muros, escalinatas y chalets. En inmuebles que hablan por sí solos de una época y una peculiar forma de vida. Las aspiraciones y sueños de los tapatíos que iniciaron su andar en la urbe hace 400 años, siguen floreciendo a un costado del asfalto, en las casas levantadas sobre Avenida Vallarta. Es casi imposible no desviar la mirada hacia estas imponentes construcciones cuando se transita por la concurrida arteria, que sin lugar a dudas es de las más queridas y representativas de la ciudad. La historia no sólo se rige en la narración y estudio de sucesos históricos como las batallas armadas y personajes que dieron patria y libertad al país, sino también se enfoca en los espacios públicos que fueron escenario de hechos y hazañas lúdicas y armoniosas, llenas de color y diseño, y sobre todo que dotaron de un estilo propio a determinado lugar. Basta con detenerse un par de segundos para observar los motivos vegetales y

florales que adornan las fachadas de estas casonas de preciado valor urbano, arquitectónico y simbólico, y que actualmente son un testigo de la evolución, una transición de lo antiguo a lo moderno. Avenida Vallarta es una importante vialidad de Guadalajara que tiene su nacimiento en la arteria Javier Mina, hacia el Oriente de la ciudad, prosigue hacia el Centro Histórico convirtiéndose en Avenida Juárez y se transforma en Vallarta en dirección hacia el Poniente. A partir del centro inicia un viaje a través del tiempo, un legado histórico de 400 años reflejado en la arquitectura a lo largo de cinco kilómetros. Es necesario situarse en la Calzada Independencia, a su cruce con Avenida Juárez, y adentrarse al Centro Histórico para conocer las viviendas que dieron luz verde a lo que años después sería parte del patrimonio urbano. Mónica del Arenal, arquitecta y restauradora de monumentos arquitectónicos, explica que en esta zona están las casas de patio, las cuales tienen en su

entrada un pórtico que guía hacia un espacio abierto y central de tipo patio. Señala que antes de que las colonias aledañas a la Avenida Vallarta, como la Francesa, Americana, Moderna y Reforma, se convirtieran en el punto más aristocrático de Guadalajara, los barrios del Centro eran los que dictaban el estilo de vida elegante y glamoroso a finales del siglo XVIII y principios del XIX, con las casas construidas al pie de la banqueta. Las zonas de El Santuario, El Carmen y El Pilar, eran los puntos que habitaban las familias más pudientes por el año de 1777. Las construcciones que aún siguen levantadas son un claro ejemplo de las casas tradicionales, sin servidumbre al frente. A finales del siglo XIX, el diseño se vuelca hacia un estilo arquitectónico de jardín, en el que daban más importancia a los paseos y parques, dando origen a lo que anteriormente se conoció como el Paseo Laffayette, con bancas, fuentes y arbolado a todo su largo, sin una elevación que lo distinguiera como camellón.

“La idea del templo, la plaza y el mercado, que eran muy característicos de un barrio, se sustituyen por los corredores verdes cerca de 1900, es cuando se crean las colonias”, explica la arquitecta. Ante esto, nace la primera colonia llamada la Francesa, posteriormente sigue Reforma, la Americana y la Moderna, en la que el desarrollo urbano tuvo gran influencia de la corriente inglesa y francesa, con calles más amplias y camellones arbolados, en tanto que los inmuebles optaron por las superficies jardinadas al frente de la casa, sin que estuvieran directamente al pie de la banqueta. “Esto es una idea norteamericana e inglesa, al construir chalets o casas que están rodeadas por jardines, totalmente un sistema inverso al de las de patio (…) la casa es la que está centralizada y tiene toda la fuente de iluminación y ventilación hacia el exterior”. Las casas se fueron cosntruyendo en diferentes periodos, pero fue entre 1896 y 1913 cuando se crea el west end en la zona Poniente, en lo que fuera conocido como la colonia Laffayette.

Patrimonio para todos

colonias es más americano que francés, pero en la arquitectura sí hay un afán por imitar las grandes escalinatas, las mansardas y algunos elementos decorativos u ornamentales, comienzan a construirse en alto; para acceder se necesita subir a través de una escalinata y un porche, lo equivalente a un recibidor”.

Kilómetros de historia Desde la Calzada Independencia hasta los Arcos Vallarta, Mónica advierte que son 400 años de historia a lo largo de esta avenida, pero el único problema que detecta es el mal uso que se le da a las casas actualmente. En 2004 inició un proyecto con el que pretende colocar placas de bronce para identificar a cada casa, su valor arquitectónico, autor, estilo y año de construcción. Lamentablemente muchas de éstas fueron demolidas o destinadas a usos no apropiados, lo que refleja la falta de conocimiento por parte del ciudadano. “Es borrar una parte de la historia en la ciudad. Si se borra y la demueles, es borrar un testimonio. La imagen que tenemos actualmente es una mescolanza de estilos y épocas, pero mediocre”.

Sobre Vallarta podemos observar Las casas no son construcciones icónicas de valor arquimonumentos, están tectónico, como la Casa Agnesi, en el cruce con la calle Duque de Rivas, cons- hechas para servir. truida en 1950 por el ingeniero Miguel Aldana Mijares. La Casa Farah, en la es- Depende de la inteligencia quina con Simón Bolivar, de la autoría de nuestros tiempos para del arquitecto Rafael Urzúa, o la Casa reutilizarlas y darles vida Sabino Orozco, en la esquina de Colonias, en lo que ahora es el restaurante Mónica del Arenal, arquitecta y Cocina 88; este inmueble se construyó especialista en edificios históricos. entre 1906 y 1908 y es el más ecléctico y afrancesado. “La moda, la música, el arte y el urbanismo eran modelos que se copiaban de Francia, ciertamente el modelo de las


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TAPATÍO Fatiga crónica

La vida: un derecho y un revés Están sentadas sobre unos banquitos, unas, porque las otras están sobre la bardita color rojo ladrillo de la jardinera. En todo caso, todas están haciendo algo en común: tejen. Aquellas mujeres se han apropiado de un pedacito del espacio público que de hecho les pertenece. ¿Por qué no han escogido la casa de alguna de ellas para reunirse a tejer? ¿Por qué no un espacio, digamos, más amable y acogedor? Seguramente porque para ellas, para la mayoría de las casi 10 que están congregadas hoy, ese es el espacio ideal, ahí en la plaza frente a la Quinta Zona Militar. Es posible que la mirada y cercanía de los militares no las ponga nerviosas, como a muchos sí, sino por el contrario, se sientan seguras, protegidas, en esta ciudad en la que de repente la violencia ya asoma en el lugar menos esperado. Aquí hay mucha luz para que las mujeres vean lo que están haciendo sus hábiles dedos con esos hilos y el estambre. Si hubieran escogido estar bajo techo, quizá no habría un foco lo suficientemente grande para aluzar debidamente el entronque entre el derecho y el revés y en esos casos, sin quererlo se engarza no un derecho y un revés, sino un revés y un revés y al parecer eso no está nada bien. Y si ese foco tuviese los watts necesarios, aparte de alumbrar bien, provocaría calor, mucho calor y con el calor se suda y sudando se distraen en eso, se entretienen quitándose el sudor con la manga de la camisa (aunque no traigan camisa) y entonces no se está debidamente preparada para manejar diestramente el crochet. En la plaza hay mucha luz, demasiada, de hecho, y para los ojos de las ya no tan jóvenes (aunque sí, de vez en cuando en el grupo se les ve a algunas chiquillas que quizá más que aprender esta ciencia oculta del tejido con ganchos, acompañan a sus madres o abuelas). Y también hay suficiente aire que se siente que sopla de todas partes. Y bajo la sombra de esos árboles, que quizá no están tan frondosos como los de la contra esquina (San Felipe y González Ortega), pero sí alcanzan a dar algo de sombra. Porque antes ya estuvieron de aquel lado, en la otra orilla, bajo el gran árbol. Pero sucede que ahí se acumula mucha

gente, la que espera el camión, y está también el puesto de periódicos y las tiendas: de frutas, de chácharas, la lonchería, la de las copias, una bodega, la casa de empeños, la paletería y el ir y venir quizá no las dejaba concentrarse. Por eso se movieron a la esquina de San Felipe y Zaragoza, pero nomás mientras el Sol no pegó fuerte, de diciembre a febrero, porque ya ahora hace falta una sombra. Y ahí están, como casi todos los días, a la misma hora, platicando mientras tejen y tejiendo mientras platican, haciendo como que no escuchan lo que sucede en la plaza, absortas en la chambrita, en la carpetita, en el chaleco: sin escuchar los cláxones de los autos que circulan por González Or-

tega, sin ponerle demasiada atención a los estudiantes de la Prepa 1 que juegan todos los días futbol, sin preocuparse mucho porque los besos de la parejita que está a escasos metros son cada vez más intensos. Tampoco les preocupa el hombre del costal (¿qué traerá en el costal?) que se queda un rato viéndolas y luego se marcha balbuceando sabrá Dios qué bendiciones para el Dios del tejido. Mientras el mundo marcha, ocurren terremotos y tsunamis, hay guerra en Libia, aparecen cuerpos mutilados en la ciudad, avientan granadas que no estallan a policías, ellas, aquí, controlan su feliz mundo dando sólo un derecho y un revés.

EL INFORMADOR • J. LÓPEZ

por: David Izazaga

Diario DE UN ESPECTADOR por: Juan Palomar Abre abril. Una estrella desfila instantánea en la noche que avanza. Apenas un trazo de claridad contra el abismo insondable del tiempo indiferente. Como un cerillo que se talla contra el muro y deja nomás el chisporroteo breve de su intento. No menos importante, al final, esta piedra que ahora rueda en el infinito devenir que la conflagración de una galaxia en extinción dentro de millones de años. Todo suma. Al final de la cuenta, lo sabemos, no será distinguible el transcurso de la vida de un hombre del instantáneo centelleo de esta estrella fugaz al contacto del aire adelgazado y alto. La atmósfera del planeta guarda, sin embargo, de todo la memoria. Y alguien la deletrea. ** Paul Klee: el humor, la chispa del genio, la profundidad de lo sencillo: Una línea es un punto que se va a caminar. Punto, piedra, estrella. Un irse a caminar que permite la vida, la escritura, el sentido. ** Según algunas informaciones científicas, el reciente terremoto de Japón cambió el eje de rotación de la tierra en 25 centímetros. También provocó que la duración del día se redujera en 1.6 microsegundos. Un microsegundo es la millonésima parte de un segundo. Si consideramos que el día transcurre igual para los cerca de siete mil millones de habitantes sobre la tierra, se pierden ahora a diario 11 billones 200 mil millones de microsegundos, o sean, 11 mil 200 segundos en el tiempo humano. Lo equivalente a 186 minutos, a un poco más de tres horas: ¿a dónde se fue ese tiempo? En esa duración, en esa suma del tiempo dado a un hombre o a una mujer, alguien puede leer las tragedias de Esquilo, oír una sinfonía de Mahler, irse y llegar al mar, mirar con atención como crece una hoja, darse el tiempo de entender alguna cosa, cambiar la vida. Seconds out, diría Genesis. ** Hace un número de años una banda de rock comenzó sus ensayos en un cuarto junto al jardín. Un señor que ya no está aceptaba, interperrito, sonriendo apenas, la aparición de la estridencia, la extravagancia, la magnífica insolencia de esa música y todo lo que el continuado redoble de la bataca, los riffs insistentes, el bajo ensordecido traían a la casa. Llegó el día en que la banda ocupaba un nombre. Alguien sugirió uno: Ave Roc. Reminiscencia de la mitología clásica, saludo y homenaje al aire del tiempo, guiño fraterno. Nunca prosperó el apelativo, pero queda su marca. Lo que sí prendió fue la permanente presencia del rock como una herramienta inmediata y eficaz para navegar por la vida. Avatares, transformaciones, confluencias. Por estos días Fernando Palomar estrenó su ópera-rock Marsias. Basada en textos de Ovidio, Filóstrato y otros, con música de Shostakovich y de la banda. El Laboratorio Sensorial de la calle de Chilardi fue el escenario. El proscenio se divide en dos: una plataforma elevada sobre la que dos ninfas y dos cantantes desarrollan la narrativa del músico que desafío al mismo Apolo y cuyo atrevimiento lo llevó a ser derrotado y desollado por designio del dios. En la parte baja, una figura terrible y orozquiana de un hombre sin su piel es el emblema junto al que la invisible ban-

da emite su música, ataca. Ernesto Ramírez, tenor, y Santiago Cumplido, contratenor, ofrecen destacadas intervenciones. Paloma Cumplido e Icari Gómez, sopranos, forman el coro que complementa el recorrido. Apenas unos minutos pasan, el piano de Tatiana Nikolaeva deletrea el preludio número 14; luego el griego y el inglés resuenan con la historia de Marsias, luego la banda incursiona ad libitum en un crescendo de rock que intenta conciliar y llevar más alto el drama: Apolo fue victorioso y/ por lo mismo ejerció un excesivo/ castigo en su derrotado/ adversario, pero más tarde/ se arrepintió de ello y arrancando las/ cuerdas de la lira, por un tiempo no tuvo/ nada que ver con la música. La producción fue de Roqart; Icari Gómez Aldana escribe: “La puesta en escena del mito de Marsias apunta a la lógica de oposiciones binarias (logos/pathos) presente en el pensamiento occidental, y mediante la aporía permite cuestionar y resignificar las formas en que se genera sentido y se experimenta la concepción de saberse humano”. Marsias, o el que quiere ir más lejos. Caminar, arder aunque la piel y la vida se pierdan en el viaje. Al día siguiente, el artista vuela hacia Alemania. Ave, Rock. ** Un colectivo de Los Ángeles visita por estos días Guadalajara. Lo integran tres artistas: Matias Viegener, David Burns y Austin Young. Su proyecto se llama Fallen Fruit: Fruta caída. Un pasaje bíblico es una especie de divisa de su investigación: Cuando hagáis la recolección de vuestra tierra, no segarás hasta el límite extremo de tu campo, ni recogerás las espigas caídas, ni harás el rebusco de tus viñas y olivares, ni recogerás la fruta caída de los frutales; lo dejarás para el pobre y el extranjero. Yo, Yavé, tu Dios. (Levítico 19: 9-10) En la portada de su sitio en internet afirman: “Consideramos que la fruta es muchas cosas: un sujeto, un objeto y un símbolo. La fruta detona con frecuencia un recuerdo de la infancia, es emocional, familiar a casi todos en el planeta. Todo mundo tiene una historia de fruta. Muchas de ellas están ligadas a un lugar y una familia, y muchas hacen eco de un sentido de conexión con algo muy primordial. Una palabra para esta cosa podría ser dulzura”. Los tres artistas recorren las ciudades, hablan con la gente, toman fotografías, video y apuntes. Levantan planos en donde se describen las plantaciones de árboles frutales en los lugares que visitan. Hacen reflexiones, comparan, prueban frutas, van y vienen. Largas horas al borde de la conversación, buscando referencias, divagando, intentando releer la historia de la ciudad a partir de la fruta que en ella se ha sembrado. Un itinerario es entonces propuesto: la calle de Hospital, de Las Américas bajando hacia el oriente, cruza Santa Teresita y sus naranjos pródigos cuya fruta nadie parece aprovechar. Más allá el barrio del Santuario repite los cultivos y las esferas de oro hacen más liviano el aire. Luego, por la Calzada hasta llegar a la barranca y sus mangos legendarios, los guamúchiles generosos. Mientras, el grupo se demora considerando el níspero que desde el patio habrá de ofrecer su fruto a quien a la casa llegue. O pensando como la fruta tapatía sirve de material de trabajo a los malabaristas callejeros. Fallen Fruit o la inquisición en la manera como un lugar y unas gentes se sitúan bajo el cielo y encuentran un acuerdo, una fraternidad, un vínculo. jpalomar@informador.com.mx

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