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PÁGINA 18-B

EL INFORMADOR

Sábado 18 de diciembre de 2010

Fundadores • Jesús Álvarez del Castillo V. • Jorge Álvarez del Castillo Z. • Editor-Director • Carlos Álvarez del Castillo G.

tapatio@informador.com.mx

Artes plásticas

“Paraísos elementales” por: José Luis Meza Inda

Una sabia y equilibrada mezcla del lenguaje plástico abstracto, conformado por manchas líricas, dinámicos brochazos, expresivas salpicaduras, suculentas texturas y otros recursos del lenguaje informal; con el lenguaje figurativo, de formas naturales reconocibles, en su mayoría insectos alados y algunos peces, todos ellos dibujados en su totalidad o de manera fragmentada, mediante finos trazos de un preciosismo y detalle estructural sorprendentes, constituyen lo substancial de la muestra integrada por una sesentena de obras que el pintor segoviano Luis Moro, ha puesto a la consideración del público tapatío en los salones del Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, ubicado en el edificio de la Rectoría, Avenida Vallarta y Díaz de León de esta ciudad. En sus aspectos conceptuales, al parecer el expositor, a través de estas obras, pretende ofrecer al espectador una silenciosa pero colorida lección, ética y estética, sobre un asunto trascendental: la maravilla de la existencia, proyectándola a través de ejemplos de la vida animal, específicamente, entomológicos e ictiológicos; los cuales proyecta o hace fluir de indecisas y fluidas manchas de pigmento y materia, que son el meollo de sus lienzos, y que semejan en ocasiones, el impreciso sustrato generador de la naciente vida y de sus primitivas y frágiles creaturas; y en ocasiones, puede semejar asimismo, los obscuro fermentos de su descomposición o residuos de su destrucción, pero que en cualquier caso sugieren siempre un estado de permanente transformación, metamorfosis, vitalidad.

Quizá a alguien le podría parecer contemplando esta exposición, que sesenta y tantas variaciones sobre un mismo a tema, constituye un exceso formal o una idea pictórica obsesiva y asaz reiterada, y quizás tengan razón; mas lo que nadie podrá poner en tela de juicio es que pese a ser un solo hilo el que hilvana toda la exposición, se trata de un autor de briosa imaginación y que en cada uno de sus lienzos, aunque bordado sobre un mismo asunto y de semejantes apariencias, es esencialmente diferente en su concepción y resolución, tanto en sus ingredientes abstractos como en los de la representación de lo real, y que en ellos, el muchacho de Segovia emplea en realidad una amplia variedad de recursos matéricos, diferentes acordes cromáticos, distintas combinaciones lumínicas y variedad de signos. Y por otra parte, y esto es substancial, lo que en esta exhibición se puede apreciar es que todas y cada una de estas obras han sido resueltas mediante el manejo y dominio de un extraordinario oficio técnico, constituyendo así una verdadera lección del sentido del equilibrio estructural y compositivo de sus elementos, de armonía de colores, de pulcritud de trazos, de manejo de recursos, todo lo cual da fe de que este español posee además de dotes naturales para el arte, la virtud de la sensibilidad, así como amplios conocimientos y experiencias en la materia, pese a su juventud; esto es, que esta armado con las virtudes imprescindibles para cualquier aspirante a artista, sea cual fuere el lenguaje plástico que adopte, para manifestarse como tal. Vale pues la pena visitar esta atrayente y sugestiva exposición original de Luis Moro, que estará colocada en el mencionado Museo hasta el próximo 15 de enero.

EL INFORMADOR • A. GARCÍA

DE LUIS MORO

• Una de las obras que se pueden ver en la muestra Paraísos elementales, del artista segoviano Luis Moro.

Fatiga crónica

por: David Izazaga “Le leo su suerte, ándele, hoy que es un buen día”, me dice una joven mujer morena, que se me acerca con más timidez que convicción. Le digo que no, que gracias, que en otra ocasión y ella se va muy conforme con mi primer negativa, sin haber escuchado siquiera lo de “en otra ocasión”. Porque si me hubiera escuchado y tuviera verdadera convicción de vendedora de secretos, de verdades que están ahí, flotando, y uno no las ve o se niega a hacerlo, me habría inquirido por esa promesa de “en otra ocasión”. ¿En cuál?, me hubiera dicho y yo entonces quizá habría respondido con fecha y hora que habría anotado en mi agenda y vuelto entonces a aquella esquina a cumplir mi promesa, para que ella pudiera entonces cumplir a la vez con la suya y mi suerte –buena o mala, no se sabe- fuera revelada. Pero no fue así y ya son las doce del día y ya llevo aquí, parado en esta esquina de la calle Industria y la Calzada Independencia, más de media hora esperando un trolebús que no sé si pasará. Porque así es, de repente me ha tocado ver que algún cable se desconchinfla y ya, se para todo, se detienen los trolebuses y uno puede estar esperando, iluso, a que pase, en algún punto de Hidalgo o República y nada, todos están parados sobre avenida Vallarta. ¿Cómo saber si es el caso o si allá, cuadras atrás, viene ya? Mientras me decido a esperar un poco más, observo a la mujer que quiso leerme mi suerte. Se mueve por toda la banqueta sobre la Calzada. Viste falda de mezclilla larga, hasta los talones y trae puestos unos zapatos

negros de gamuza que apenas se asoman. Tiene puesto un suéter rojo y el pelo largo le cae hasta media espalda. Es muy joven, no creo que tenga más de 25 años. Es morena y su nariz es grande y sus ojos pequeños. Aborda a todos los peatones que pasan por aquí, no parece írsele uno, va por otro y por otro y cuando está abordando a uno, seguramente espera a que le digan no, porque tiene ya la vista puesta en el siguiente. No discrimina a nadie. Yo la observo y espero que, por simple estadística, alguno le diga que sí, para ver cómo procede. Pero nada. De vez en cuando echo un ojo hacia la calle de Industria, pero nada se ve al fondo. Esta esquina es, como muchas de la ciudad, lugar de múltiples postes: hay cuatro, uno tras otro, como puestos para que uno llegue con su hamaca. El primero, que está pintado de verde, sostenía los cables del trolebús que algún día pasó sobre la Calzada, de manera que hoy es un triste tronco de concreto que embellece la esquina. El segundo es uno de madera que supongo que en algún momento le sirvió a la Comisión Federal de Electricidad y que hoy, al igual que el anterior, está ahí sólo por si al Ayuntamiento algún día se le ocurre celebrar aquí una feria y hacer palo encebado. El tercer poste sostiene los cables del trolebús que estoy esperando. Por cierto, recuerdo que en alguna ocasión que esperaba –también desesperado- el trolebús en Circunvalación (que ya no pasa), un tipo me dijo que me fijara en los cables y que si se movían era señal de que el trolebús ya venía. Si entonces yo, chico de primaria, le creí, hoy que los he estado viendo moverse desde

EL INFORMADOR • ARCHIVO

La suerte que camina con una mujer por la Calzada

• Mientras se espera al trolebús, historias únicas se desarrollan en nuestro entorno. hace más de media hora sin que llegue, creo finalmente que aquella fue una broma. Una broma de la que no me reí ni hace 30 años ni hoy. El último poste es el de la luz. Pero si cuatro parecen poco, no hay que caminar ni media cuadra para encontrarse más. No lo haré. Mejor volteo de nuevo a ver a la chica que lee la suerte. Sigue en su tarea, no ceja, ni siquiera se nota un gesto de desgano en su rostro. ¿Alguien la estará vigilando? ¿Vendrá sola? La res-

puesta viene pronto: no me había percatado del tipo que reparte volantes en la misma esquina y que parece ajeno a la mujer de rojo. Me dio un volante hace rato y yo ni lo leí, sólo me lo guardé en la bosa del pantalón. Eso hago siempre con los que me dan en la calle, luego los saco todos juntos y los leo, como si fueran una revista de anuncios. El volante, pequeñito, dice “Centro Astrológico. Tarot”. La “o” de la palabra Tarot está sustituida por un corazonci-

to. Dice, además, que cualquiera que sea mi problema tiene solución. Haberlo leído antes. Y allá viene el trolebús por fin y me doy cuenta que la mujer sí viene con el chico que entrega volantes y hasta les encuentro parecido ya, casi juraría que son hermanos. Ya subido en el trolebús observo de nuevo a la mujer. Necesita consejos para abordar más decididamente a la gente. Y yo quizás necesite saber sobre mi suerte. ¿Trabajará durante las vacaciones?


Sábado 18 de diciembre de 2010

EL INFORMADOR

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TAPATÍO por: Juan Palomar

El frío se demora en el jardín hasta bien entrada la mañana. Todo se reconcentra, espera, mientras el Sol hace su trabajo. La altura de la estación entrega una de sus instantáneas: dos trazos de la luz sobre el muro rojo, habitante casi todo el año de las sombras. Los rayos hacen fulgurar su piel y revelan una textura ahora desconocida. Las distancias de los pájaros se acuerdan con sus trabajos. La chuparrosa consiente la proximidad de quien la mira; de otra forma jamás podría ocuparse de su sustento. Cosa muy distinta pasa con los gorriones, celosos de su ámbito, rápidamente fugitivos. Una teoría de límites y vuelos construye, invisiblemente, el jardín. ** Foto. La niña en el aire. Descansa su breve cuerpo sobre una lámina de vidrio. De vidrio son los muros que se extienden hacia el vértigo. El fondo es una ciudad norteamericana cualquiera: edificios anónimos en su gritería, calles neblinosas, cruceros a varios niveles, los automóviles que roen incesantemente el paisaje. Ningún peatón, desde estas alturas, es visible. Contra la cuadrícula despiadada de la usura urbana, contra el cielo cerrado y hostil, contra el incierto horizonte de un campo ya retaceado y sucio se acurruca la niña. Flota en el cristal ingenuamente suspendido en el aire helado. Piensa quizá en otra parte, en un muro de piedra, una vereda de tierra, una lumbre mansa. ** México. La mano del frío dejó al descubierto una ventana por donde aparecen los volcanes. La ciudad igual se afana, se empecina en revolverse, embiste el día en millares y millares de frentes. El parque México sufre reparaciones, parte de la pérgola está en reconstrucción; dos alegres hileras de bicicletas en renta sustituyen a unos cuantos coches, los perros olfatean despreocupados. La calle de Amsterdam prosigue su interminable, elíptica cavilación. De un edificio con fachada de plástico opaco, que impide ver la arboleda, algunos vecinos han comenzado a retirar pedazos. ** Exposición en la casa Iteso-Clavigero. Se llama Rostros y oficios en el México independiente. Los buenos oficios –a su vez– de Gutierre Aceves entregan una muestra que se las arregla para ser brillante y discreta. Una serie de piezas de distintas procedencias y manufacturas, desde las alfarerías de San Pedro Tlaquepaque a las de Viejo París, ilustran a los personajes que encarnaron una parte de la identidad de un país en ciernes. Mención aparte para las fotografías de José María Lupercio que se incluyen. Tipos tapatíos de finales del siglo antepasado. Tres tahúres se juegan la suerte sentados a la puerta de un jacal de bajareque. Una pistola descansa sobre la tierra que sirve de tapete. Un niño, en el segundo plano, escruta la mirada del jugador: quién sabe lo que entonces la apuesta importó. Cuatro

o cinco imágenes preciosas que relatan con inasible precisión el talante de una ciudad, de su gente. El discurso de la exposición ilustra, inquieta suavemente, abre nuevas luces. Como las de la casa de don Efraín González Luna: luces nuevas en las viejas, sabias ventanas. ** Del luminoso discurso de Mario Vargas Llosa al recibir el Premio Nobel: “Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida”. ** Por Lafayette-Chapultepec a la altura de donde empieza Libertad, banqueta poniente, frente a una casa contigua a la “Joseluisa” del Fondo, fueron talados dos árboles sanos e indispensables. Las plantas del camellón lucen secas y en vías de desaparición. Las banquetas siguen siendo cada vez más invadidas por los coches. ¿Qué pasa? ** Andrés Sánchez Robayna, desde Las Palmas de Gran Canaria, escribe en sus Diarios: “La configuración que el deseo da al espacio (Starobinski). ¿No es, en efecto, el espacio una forma del deseo? ¿No nos contiene como una parte de él, pero suscitada o despertada en nosotros? Amamos el espacio (más aún el espacio desnudo) como si éste nos contuviese enteramente. El poeta griego veía en cada loma, en cada palmo de tierra pedregosa un escenario de antigua celebración. Y, sin embargo, nuestro desnudo espacio insular se abre a la historia y a la celebración con plena virginidad. Espacio inaugural. Y esa condición no sólo no nos hace amarlo menos, sino, paradójicamente, acaso más aún. ¿No vi en Fuerteventura los murales desconchados de la ermita, en un paraje desolado, como si de un rito se tratase, un gesto religioso de antigua adoración? Deseo del espacio o redescubrimiento del lugar. Late en él la vieja sangre sabida o imaginada (en el sentido más riguroso: vuelta imagen). Y vamos hacia él como nos enseñó el adagio griego: Tierra seca: el alma más sabia y la mejor. Su misma desnudez es al fin su secreto. Las palabras no se acercan al lugar para revelar ese secreto, sino para hacer sentir o hacer latir en ellas el misterio de la desnudez, mezclado con el deseo mismo. Y la palabra puede enseñar así al conocimiento una verdad de la tierra. Tal vez se entrega entonces el lugar en su entera verdad, y entonces las palabras son una encarnación. Escribir con la tierra, encarnar el lugar. La tierra del deseo”. ** De las indelebles imágenes: Moulinsart revisitado. Siguen regresando, desde hace tanto, Tintín y el Capitan Haddock al castillo tranquilo. El parque, alrededor, respira a su paso. Vuelta de los años a los parajes de diciembre. Cantos infantiles, parpadear de velas, vísperas alborotadas. Sombras de los que fueron, vislumbres de lo que viene. Moulinsart dura, y espera. jpalomar@informador.com.mx

Entre las piernas

EL INFORMADOR • E. BARRERA

DIARIO de un espectador

• Karina Gidi (Nawal o “La mujer que canta”) nos lleva –junto con todo el elenco de Incendios– hasta lo más profundo de nuestras propias fortalezas, en medio de la luz y la oscuridad.

Un regalo extraordinario por: Aimeé Muñiz No hay otra palabra para describir el trabajo escénico que actualmente se encuentra en el Teatro Experimental de Jalisco (TEJ), más que “EXTRAORDINARIO”, con todas sus letras o municiones, como diría Nawal, ese ser de luz que nos hace vibrar en todo momento durante dos horas… ¡Oh por Dios! ¿En verdad son 140 minutos? ¿Entonces en qué segundo explotó mi corazón mientras estaba sentada en la tercera fila, mirando fijamente a esa inmensa mesa sobre el escenario, en el mismo lugar en que me encontraba yo? No lo sé… pero todavía hoy, después de tres días, no he podido recuperarme del efecto que Incendioscausó en mí. Aún resuenan en mi mente las palabras de los personajes que se movieron sobre aquél escenario de luces y oscuridad, en medio de ese torbellino de fuego que me hizo vibrar y explotar, aunque probablemente nadie lo notó o como quizá a muchos les sucedió. Mientras mis ojos y oídos se desplazaban de un lado a otro del escenario, escuchando y observando el ir y venir en emociones de aquellos personajes. Una parte de mí se detuvo a pensar y cuestionar: “¿Qué pasa dentro de estos actores? ¿Cómo sobreviven en escena? ¿Cómo salen del teatro cuando acaba la función? ¿Cómo es que esta gente nos hace reventar y seguir ahí, como si nada? ¿Cómo viven hoy después de semejante incendio?”. Preguntas y más preguntas que culminan en una repetición casi inconsciente de los diálogos que ahí se dicen; imágenes en movimiento que me llevan de

nueva cuenta al foro del TEJ para ver, con una hermosa iluminación y música, una historia que me lleva de un tiempo a otro sin más sobresalto que el del propio relato y el de mi corazón que palpita sin parar, mientras las lágrimas salen irremediablemente y se eriza toda mi piel. Es en obras como ésta que uno puede decir sin empacho: “¡Wow y recontra wow!”. E inmediatamente agradezco, en los mismos términos (de sorpresa y alegría total), a Cultura UDG por darnos la oportunidad de ver esta obra a cargo de Tapioca Inn, magníficamente dirigida por Hugo Arrevillaga, y majestuosamente interpretada por Karina Gidi, Pedro Mira, Rebeca Trejo, Jorge León, Alejandra Chacón, Javier Oliván, Concepción Márquez y Guillermo Villegas. Obviamente ni siquiera voy a decir de qué trata Incendios, obra del dramaturgo Wajdi Mouawad, porque no tiene caso narrar con palabras escritas, algo que se tiene que vivir y sentir en carne propia. Aunque si en verdad debo explicar qué es esto, basta con afirmar tajante que se trata del mejor regalo que se pueden dar, la gran oportunidad de echar un vistazo hacia adentro de nuestras propias fortalezas y emerger ardiente, porque en medio del drama que nos revienta, hay un “algo”, no sé qué, que nos libera de nuestra cadenas. Gracias por la mejor obra que he visto en 2010… una estupenda forma de cerrar el año. • Incendios / Teatro Experimental de Jalisco / Hoy (20:00 horas) y mañana (18:00 horas) / Boletos en taquilla, 100 pesos. lexeemia@gmail.com

Tapatío 18 de diciembre  

Tapatío 18 de diciembre