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El árbol de resurección

“A don Jacinto y a Felipe, por quienes esta historia puede ser contada”.

“A nuestras familias, compañeros de clase y maestros por el apoyo brindado”.

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El árbol de resurección

Índice Prólogo. Un día en casa del abuelo Una visita El canto de los dolientes Reencarnación Un gato bajo la sombra Reencuentro Olvido Epílogo. Las voces de los muertos

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El 谩rbol de resurecci贸n

Pr贸logo

Un d铆a en casa del abuelo

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Hay cosas que con el tiempo he ido olvidando; sin embargo, un recuerdo de mi infancia sigue conmigo y, contrario a lo que podría creerse, con los años este recuerdo se ha hecho más fuerte, tan fuerte que definió mi existencia y mi paso por este mundo. Fue una tarde de otoño, tenía unos diez u once años, mi padre nos llevó al pueblo a mis hermanos y a mí a visitar a mi abuelo José y a mi abuelita Montse como cada fin de semana desde que a mi padre lo mandaron a la ciudad para supervisar una pequeña empresa de textiles. Ese día comimos muy rico, la abuela hizo queso relleno, comida por la que era famosa en el pueblo. Después de comer el abuelo José nos dijo que lo esperáramos en la sala, pues nos iba contar una historia. Salimos corriendo emocionados. Pedro y yo nos acomodamos en el sillón más grande, Juanita se recostó en el suelo esperando ansiosa el cuento, ya que, siendo la más pequeña de los tres, era la primera vez que escucharía los relatos que el abuelo nos contaba. Unos minutos después llegó el abuelo con galletitas y leche, las asentó en la mesita de centro y con toda calma comenzó a revisar el librero que se encontraba ahí. Después de pensarlo bastante (al abuelo le gustaba crear una atmósfera de suspenso, 4


El árbol de resurección aunque a los once años, pensaba que lo hacía a propósito al vernos impacientes) el abuelo tomó un libro de la parte más alta del librero, era un libro bastante bonito, de color verde y con ribetes dorados. El abuelo se acercó con su andar de pato cansado y dijo: –– Niños, éste es un libro muy especial, dicen que lo escribió el hombre más sabio del pueblo. Cuenta la historia tiempos que fueron y que están por venir, de tiempos que… ––Abuelito, quieres contarnos la historia… o quieres hacerme dormir–– dijo Juanita con una mirada de reproche interrumpiendo el repentino discurso aburrido de nuestro abuelo quien comenzó a reír. ––Bueno, bueno, esperen al menos a que me siente, parece que no hay necesidad de hacer un discurso que los motive a escuchar. –– y era cierto, estábamos impacientes de que el abuelo comenzara a leer. El abuelo José caminó con el libro hasta su mecedora, la cual se encontraba cerca del sillón grandote y mullido donde Pedro y yo estábamos. Tomó a Juanita y la acomodó en su regazo, luego abrió el libro y comenzó a leer…

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Una visita

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Esta noche te llevaré conmigo, las preocupaciones se irán para siempre. Mientras duermes, vendrás a mí en sueños. Acariciaré tu rostro y poco a poco estarás sin aliento. Dejarás de ser corteza, nos iremos con la luna. No temas, tu corazón se irá apagando poco a poco. Tranquilo, la sangre detendrá su curso y tal vez sientas un leve hormigueo, pero no es nada, el sueño te protegerá Nadie va a extrañarte, sólo Felipe y sabes que no volverá a verte. Pero siempre estarás con él. Los animales que criaste con cariño lloran tu ausencia. Las moscas muestran su respeto, no te tocan, se han posado alrededor y, apostadas en la orilla de la hamaca, te hacen reverencia en silencio. Vamos, que los vivos lloren por ti, que los libros cuenten tu historia. 7


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El canto de los dolientes

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El nieto dice: Mis lágrimas caen sobre la tierra que guarda a mi abuelo. Yo sé que volverá, porque él decía que todos tenemos una semilla en el corazón. La tierra respira contigo no te has ido se atisba el verde, respira el cielo lo que muere: renace en otra forma. Sueña el tiempo que vuelve mirando atrás y adelante en espera de encontrar la muerte y el origen, descanso en la tormenta: el silencio profundo del murmullo de un árbol.

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La abuela dice: Tierra es lo más visible ahora de tu cuerpo corrompido de piedra funeraria deja un vacío del lado izquierdo de los atardeceres sin nombre de esa piel cuarteada de suspiros, de lamentos, de tiempo consumido te vas y dejas todo. Tus hijos y el pequeño de tus nietos te buscan por la tierra, tu nuevo escondite para juegos, buscan en ese lodo de lágrimas tu mano de raíces delgadas. No hago nada para encontrarte, he perdido las fuerzas, me he tragado las lágrimas porque tú marcas mi profecía: tierra seré.

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Reencarnaci贸n

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En mi vientre sembraron un cuerpo muerto. Me abren y mutilan mil veces, me profanan setenta veces siete. Cuando soy fértil me bendicen; si retengo mis dones, me desprecian. A mí vuelven quienes de mí salen; en mí tienen sus raíces los vivientes. Cuido la vida y la muerte. Lo que doy vivo, me lo devuelven muerto. Hago que todo vuelva a su condición primigenia, remuevo las partículas de cada ser y hago que retornen al mundo, yo soy ese mundo: vegetales, animales, insectos y humanos, esas efímeras criaturas: en mí encuentran su descanso. He sentido un niño en particular. Con su paso lento se movía alrededor de una fosa que en mí abrieron y caminaba como quien empieza a extrañar. Todo lo que en mí cae lo envuelvo y reconozco, descompongo para purificarlo y renovarlo; así conozco las experiencias humanas y me conmuevo con sus ocurrencias. Tengo un ejército de insectos para llevar a cabo la purificación: gusanos corroen la piel, chinches destrozan la carne, larvas se hunden en los huesos hasta desgastarlos. No importa con cuantas mortajas envuelvan al cuerpo, lo retorno y disuelvo a su condición sutil, la más pura. Cuando el polvo se reconoce nuevamente y la substancia humana se vuelve tenue, reúno la energía terrestre de la materia, porque nada muere en mí, todo busca surco para renacer en formas inocentes. Elijo una semilla para entregar la materia purificada; si antes fue antiguo,

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El árbol de resurección retorna tierno; lo que antes cayó a las tinieblas, vuelve a la luz. Así, doy raíces nuevas, esqueletos de madera, ramaje de tierna espesura a quien duerme en la muerte, brazos verdes a vidas que retoñan: un árbol nace. Hago y deshago la materia, la vida, la entrego y renuevo cuando el cuerpo ha almacenado amaneceres hasta caer como un ocaso. Transformo el cuerpo anciano en polvo, en harina para preparar alimento, lo integro a mi ser para purificarlo y renovarlo; así conozco las experiencias humanas y me conmuevo con sus ocurrencias. Tengo un ejército de insectos para llevar a cabo la purificación: gusanos corroen la piel, chinches destrozan la carne, larvas se hunden en los huesos hasta desgastarlos. No importa con cuantas mortajas envuelvan al cuerpo, lo retorno y disuelvo a su condición sutil, la más pura. Cuando el polvo se reconoce nuevamente y la substancia humana se vuelve tenue, reúno la energía terrestre de la materia, porque nada muere en mí, todo busca surco para renacer en formas inocentes. Elijo una semilla para entregar la materia purificada; si antes fue antiguo, retorna tierno; lo que antes cayó a las tinieblas, vuelve a la luz. Así, doy raíces nuevas, esqueletos de madera, ramaje de tierna espesura a quien duerme en la muerte, brazos verdes a vidas que retoñan: un árbol nace. 13


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Un gato bajo la sombra

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He visto tanto que nada me sorprende. En otras casas, en el mismo barrio, la emoción, la alegría, todo retorna como un eterno presente. Ahora está feliz, pero eso no dura. ¿Quién se lo cuidará ahora? Los muros de las casas son como sus dueños, se reservan para sí sin dar para fuera. Sé que el niño habrá de chocar su hocico contra diversos puños familiares antes de reencontrar la seguridad que le daba su cariño. Hace dos soles levantó sus ramas bajo los rayos dorados que iluminaban la concha en que vivía, desde que los cuervos acallaron su hambre. Nadie lo vio renacer. Ni el gran astro tuvo oportunidad de salir a su encuentro después de tantos días de ensueño entre los gránulos de la muerte. La cara la tenía aún metida en polvos de otra vida cuando los saciados buitres se posaron sobre árboles más grandes. De un lado y del otro la vida estaba de pie como cada mañana, llegando desde el velo de los sueños y la necesidad de la esperanza. Consciente de su nuevo estado, buscó la presencia del que lo puso en el eterno descanso y… Nada, no estaba en su despertar. Las bocas antes besadas quizá le hacían compañía en el camposanto, pero no había manera de saberlo. Como él, muchos ya estaban en alturas diferentes, a grandes distancias, inmóviles, atestiguando el paso de las nubes. No está, se dijo. La agitación de sus hojas atrajo a las hormigas que lo usaron para pasar comida a los oscuros huecos donde moraban. Cerca de él acechaban algunas aves de patio 15


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mientras abrían su pico en espera de atrapar a los insectos que cargaban las migajas de pan. En sus años de humano hubiera refunfuñado por tener un vecindario tan latoso, pero no sería este día. Hoy era el momento de celebrar con los vientos los cambios del clima, que con dulzura iba meciéndolo en una danza interminable mientras caía la lluvia. Por la tarde sus extremidades fueron agigantándose mientras las sombras jugaban sobre su verde cuerpo. Un abultado abdomen salió vigorosamente de lo que parecía un sombrero enredado en la cabeza. Como el agua y yo nunca nos hemos llevado bien, durante toda la transformación permanecí oculto, con la cola entre las patas, mirándolo desde la cuna improvisada en el interior de una llanta tirada sobre la maleza. Largo rato entornó su rostro hacia mí. A lo mejor me reconoce por las veces que pisé sus geranios, brinqué sobre su camión en busca de cama para la noche o por las múltiples ocasiones en las que me correteaba con la cazuela, a pesar de que le ahuyentaba a los ratones. Estuve en su vida tantas veces, que una vez presencié cuando el niño le lanzó una flor sobre su estuche de madera, y en otra, sin quererlo, observé a Felipito por una callejuela buscando en el oscuro rincón la abrazadera del abuelo. Con la cara manchada de líquidos transparentes, emanados tanto de los ojos como de la nariz, sobó sus brazos amoratados todo el tiempo que el moho y la humedad se lo permitieron. Las nueve vidas que he tenido me permiten asegurar qué pasará en menos de lo que cambian las estrellas. Antes de ser el árbol de ceiba más grande del pueblo, el amor que aún lo ata a la Tierra le servirá de fuerza para sacar el pecho hacia arriba durante la madrugada. Su presencia 16


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será tan imponente que ni las gallinas tendrán poder para derrumbarlo. La gallardía de su tronco será el comentario de los grillos que buscarán mecerse entre sus filamentos. Una que otra cucaracha nocturna entablará la infructuosa guerra alada contra sus refinadas hojas. Las ratas sacarán provecho para andar ocultas bajo su tallo, creyendo inútilmente que no las podré cazar. Sin embargo, aún me faltan más horas para decir que todo lo he visto. Algo me indica que dentro de un par de estaciones su pasado quedará en el abismo del recuerdo. Y así como los críos abandonan el nido en busca de su propio vuelo, los niños sueltan los amarres del cariño para encontrar su propio destino. El nieto dejará de ver al abuelo encarnado en árbol, la gente enternecida por esta historia le colgará columpios para emprender otro ciclo de la vida, y él dichoso se les dará pensando que cumple con la nueva función que está obligado a emprender por la mudanza de cuerpo, tara cruel que persigue a quienes cargamos la pesada inmortalidad. Hoy despierto con los bigotes remojados en el charco cristalino de la vaguada. Sus ramas acarician la cola de los pájaros en vuelo mientras éstos se dirigen hacia montes encumbrados para alimentar a los hijos. Amigo, has crecido, le digo. Su mirada se mueve de un lado a otro con asentimiento. Un par de hojas caídas estrechan mi alma. 17


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Reencuentro

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¿Sabes abuelo? He salido de casa, sentí la necesidad de caminar y sin darme cuenta llegué a tu morada, que ahora no tiene ni principio ni fin. ¡Qué frío sienten mis pies descalzos!, resultado de tan perspicaz lluvia que ha mojado el mullido pasto. Abuelo, mis emociones, mis sentimientos y mi razón se han paralizado. He dejado de pensar. Ahora sólo quisiera retenerte junto a mí y sentir una vez más aquella calidez que cobijaba mis días. Recuerdo cómo acariciaba tu envejecido rostro surcado por el sabio paso de los años. Los días son simples sin ti; intento que no se cierren esas puertas que sólo tú lograbas mantener abiertas. Quiero escucharte de nuevo y ser el héroe de tus historias. Sigue lloviendo, regreso a mi realidad. Mi rostro comienza a sentir esas gotas que se confunden con la lluvia; seco mis ojos con la mano, esa mano que se ha cansado de buscarte. Hay un nuevo olor en el ambiente, un olor que mina e impregna mi ser. ¿De dónde viene? Veo un vaivén de hojas verdes llenas de vida. Qué curioso ¿No te parece abuelo? Vida en tu morada inerte. Estoy sorprendido, asustado, confundido; pero al mismo tiempo, lleno de regocijo. ¿De dónde viene esta paz abuelo? Intento ubicar el lugar preciso del manto invisible que me abruma. Camino unos pasos hacia donde estás recostado, descansando en ese sueño perdido en la nada. Cierro los ojos, pues la paz que siento es cada vez más perturbadora. Abuelo, ¿quién ha sembrado 19


El árbol de resurección en esta tierra bañada de tristeza tan arrogante semilla que ha concluido su proceso en tal creación? ¿Será posible abuelo, que al fin pueda cobijarme en mis días más fríos? Sí, al fin estás conmigo abuelo. Podré reposar junto a ti sin estar inerte, como lo estabas tú. Cuidaré de ti como antes lo hacías conmigo ¿Recuerdas? Y ahora, aclararás los momentos más oscuros de mi vida, despejarás cualquier miedo, festejarás mis triunfos y me darás vida con la ternura de esa brisa que sale de tus hojas. Ahí estás, observando cómo juego bajo tus ramas. ¿Sabes abuelo?, por momentos, abrazado a tu tronco, soy feliz. 20


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Olvido

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El árbol de resurección

El árbol yacía ahí, gallardo y silencioso y grande, muy grande, su follaje sobresalía por sobre los techos de las casas. Silencioso, paciente, tenía un aire místico, sobre todo cuando la luz del sol durmiente iluminaba sus hojas, pues en ese momento parecían brillar como si fuesen de oro. El milagro del árbol del abuelo (así lo llamaban los vecinos), se conoció en todo el pueblo y los alrededores. Cada día, cientos de personas acudían a ver aquella frondosa ceiba que nació en el lugar en que don Jacinto yacía y que Felipe cuidaba con esmero. Con el tiempo la gente se aburrió del árbol y poco a poco se fue alejando, hasta que, un buen día, sólo Felipe quedó a su lado. Pasó el tiempo, el árbol ya no está, desapareció cuando Felipe lo olvidó. Eso ocurrió el día en que siendo adulto, se embarcó en su propia vida; sin embargo, pronto se vio arrastrado por olas de bostezos y su pasado se durmió. Felipe ya no recordaba la sonrisa de su abuelo, sus palabras y sus dedos que apretaban sus mejillas. Olvidó el secreto que le había enseñado antes de morir: “Dentro de cada uno de nosotros yace la semilla de la vida eterna que florecerá el día de nuestra muerte.”

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Epílogo

Las voces de los muertos

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––Y esto está escrito en el libro de la cuenta de los días y las noches de las tierras olvidadas, en lenguas que muy pocos conocen. Cuando terminó su frase, el abuelo José nos mostró la foto de un enorme árbol de Ceiba que tenía el libro y luego, con una sonrisa en sus labios, lo cerró y lo guardó en el librero de la sala donde nos encontrábamos sentados Juanita, Pedro y yo escuchando sorprendidos la historia que recién terminaba nuestro abuelo. Esa tarde, después de que nos contaron la historia, fuimos a dar una vuelta por el parque del pueblo y a tomar un sorbete de limón, entonces le pregunté a mi abuelo si lo que nos contó era cierto. Soltó una carcajada: –– ¡Claro que es cierto Mi´jo! ¿Vez ese cerro de allí, ése donde se ve un árbol a lo lejos? –– Mientras decía esto señalaba a una colina detrás de la iglesia del pueblo, al ver el cerro, asentí emocionado, entonces el abuelo dijo: –– Ahí es el cementerio y se dice que en la ceiba que está en el centro, se escuchan voces de aquéllos que ya no están entre nosotros… En ese momento supe que la historia era cierta. Hoy, que soy algo más viejo, las veces que he pasado por el cementerio me he acercado al árbol de ceiba y he escuchado las voces de los muertos cuando el viento mueve sus hojas. 24


El árbol de resurección

De los autores: Beatríz Carrillo Martínez: “Hay dos formas de reflejarse en el mundo, creando o destruyendo, la primera nos libera, la segunda nos hace esclavos.” Esaú Cituk Andueza: “No hay más verso que la muerte, no hay más muerte que la luz.” Erika López Rodríguez: “La buena pluma anida en el centro de la experiencia lectora. A veces viaja a través de la imaginación, pero siempre llega para posarse en el papel.” Brenda Martínez Varguez: “Mis raíces crecen y se aferran mas a la tierra matando mis sueños.“ Isabel Romero Angulo: “Dejar expuestos los sentidos a las letras.“ Gerardo Zetina Sosa: “Redescubrir el mito, abrir el arcano secreto escondido en las profundidades de un mar que no puede ser nombrado.” 25


El árbol de resurección Título original: Árbol de resurrección: La vida en la muerte Edición electrónica Edición: Gerardo Zetina. Diseño: Erika López Rodríguez, Diego Alberto Zetina Sosa, Gerardo Iván Zetina Sosa. Diseño de portada: Diego Alberto Zetina Sosa. Corrección de estilo: Gerardo Zetina, Esaú Cituk Andueza, Erika López Rodríguez. Imágenes: Beatriz Carrillo. © 2012 Escuela de creación literaria del Centro Estatal de Bellas Artes. © Esaú Cituk Andueza © Beatriz del Carmen Carrillo Martínez © Erika Vanessa López Rodríguez © Brenda Paulina Martínez Varguez © Maritza Isabel Romero Angulo © Gerardo Iván Zetina Sosa Copyright. Se prohíbe su reproducción total o parcial sin el consentimiento previo de los autores. 26


“En una especie de cadavre exquis, los autores transforman un juego colectivo de la Escuela de Creación Literaria en un texto literario, producto de esa energía inagotable de los verdaderos creadores”. Roberto Azcorra Cámara


El Árbol de Resurreción: La vida en la muerte  

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