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a Claire


François Place

Ediciones Ekaré


F

ue en el transcurso de un paseo por los muelles cuando compré el objeto que iba a cambiar mi vida para siempre: un enorme diente cubierto de

raros grabados. El hombre que me lo vendió, un viejo marinero curtido y arrugado por los años pasados entre aparejos, alegaba que provenía de un arponero malayo al que había conocido durante alguna de sus lejanas campañas de pesca de ballenas. Pedía por él un precio alto, bajo el pretexto de que no era un vulgar diente de cachalote esculpido, sino un «diente de gigante»; una especie de talismán del que se separaba muy a su pesar, impul-

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sado por las necesidades de una vida que la edad había terminado por volver miserable. Pensé sin duda que se trataba de una superchería, pero la historia era hermosa; así que compré la pieza por dos guineas.


De vuelta a casa, me dispuse a estudiar esta nueva adquisición. La curiosidad, avivada al máximo, fue dando paso al asombro y a la estupefacción. De no ser por su tamaño (tenía el grosor de un puño), el diente mantenía un parecido riguroso con cualquier molar de un ser humano adulto. Los minuciosos grabados que lo decoraban me exigieron largos meses de observación atenta e investigaciones meticulosas. Mis esfuerzos fueron recompensados por el descubrimiento, en una de las caras internas de la raíz, de un minúsculo mapa cuyo dibujo se perdía bajo un enredo de figuras 8

extrañas. El conjunto representaba claramente el curso de un río, cadenas de montañas y una región enclavada. Según la descripción dada en uno de los libros más antiguos de mi biblioteca, no podía ser sino el «país de los gigantes», en las fuentes del río Negro. Acomodé mi equipaje y me preparé para un largo viaje.


Así, la mañana del 29 de septiembre de 1849, yo, Archibald Leopold Ruthmore, me despedí de Amelia, mi fiel ama de llaves, encomendándole el cuidado de mi querida casa de Sussex y, muy particularmente, del amasijo de antiguallas que guardaba en mi biblioteca. Los porteadores embarcaron mis baúles; yo trepé la escalerilla que unía el navío con la vieja y buena tierra inglesa, y zarpamos. Ya en alta mar, el capitán hizo desplegar todas las velas. El barco, un viejo «indiaman» de la Compañía de Indias, se inclinó majestuosamente y navegó 10

bajo la brisa que nos impulsaba.


La cabina que ocupaba era estrecha y nauseabunda. Los tabiques de madera crujían horriblemente con cada bamboleo del casco. A pesar de todo, me esforzaba en profundizar en mis investigaciones sobre el país de los gigantes, gracias a los muchos libros que había llevado conmigo. Por la noche, pasaba horas recostado en el puente contemplando las estrellas, mecido por el choque de las olas contra la roda engalanada de espuma. Soñaba con mundos perdidos, con islas olvidadas, con tierras desconocidas.

Los últimos gigantes  
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