La Caimana

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Ediciones Ekaré

MARÍA EUGENIA MANRIQUE  RAMÓN PARÍS




A mi madre. De su mano me acerqué por primera vez a la caimana y a la vida. m. e. m. Al Tío Melo, quien nos contó esta historia cuando éramos niños. No le creí. Nadie de los presentes le creyó. r. p.

El amor es torbellino de pureza original. Hasta el feroz animal susurra su dulce trino. Violeta Parra


MARÍA EUGENIA MANRIQUE  RAMÓN PARÍS

Ediciones Ekaré


Esta historia sucedió hace muchos años en San Fernando de Apure,

una ciudad a orillas de un ancho río donde viven muchos caimanes. Sus pieles eran muy apreciadas por los cazadores que venían al río a buscarlos, y así fue como, cuando San Fernando tenía menos calles y menos habitantes, uno de esos cazadores dejó huérfanas a varias crías de caimán.



Una de las crías salió de los márgenes del río y la encontró Julia mientras jugaba al escondite con sus amigos. Esto causó un gran alboroto y los niños empezaron a pa­sa­r­se la pequeña fiera unos a otros. Pero cuando llegó la hora de regresar a casa, nadie se atrevía a llevarse el bebé caimán. Julia iba a devolverla al río, cuando se acercó el joven Faoro, joyero y relojero, que vivía en la calle 24 de Julio. Faoro cogió la cría; era más pequeña que la palma de su mano. La acarició suavemente y, sin siquiera pensarlo, la metió en el bolsillo de su camisa. –No se preocupen –les dijo a los niños–. Me la llevaré a casa y la cuidaré. Cuando quieran, pueden venir a jugar con ella.




Al llegar a su casa, Faoro miró en su bolsillo. La cría dormía plácidamente enroscada como un resorte de reloj. Se la quedó mirando, y puede que por tener la piel un poco oscura, le puso el nombre de Negro.


Faoro decidió tener a Negro junto a él cuando trabajaba. Y, como suele suceder en las ciudades pequeñas, la voz de que el joven joyero había adoptado un caimán y lo tenía en la joyería fue pasando como el viento, de casa en casa. Cada día iban más y más personas, incluso de otras ciudades y pueblos cercanos. Traían relojes descompuestos, pulseras para grabar el nombre, anillos para hacerlos más pequeños, collares rotos… Eran tantos, que tenían que hacer cola en la calle mientras esperaban su turno. Todos querían ver y tocar al pequeño caimán.



Así fue como Negro se acostumbró a estar cerca de la gente, especialmente de Faoro. Lo seguía a todas partes. En las mañanas, Negro entraba en la habitación de Faoro y lentamente se trepaba hasta apoyar la cabeza en su regazo para despertarlo. Faoro le daba los buenos días con una caricia.




El día que Faoro encontró aquel bebé caimán, que cabía en la palma de su mano, lo acarició suavemente y, sin siquiera pensarlo, lo metió en el bolsillo de su camisa. Como tenía la piel algo oscura, le puso el nombre de Negro. Fue el comienzo de una historia, y de una gran amistad, que todavía hoy se recuerda en las orillas del río Apure.