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Manual para platicar con seres queridos que han muerto

MANUAL PARA PLATICAR CON SERES QUERIDOS QUE HAN MUERTO Efraím Blanco

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Manual para platicar con seres queridos que han muerto

Manual para platicar con seres queridos que han muerto D.R. © 2015 Efraím Blanco @elEphra FB: Efraím Blanco D.R. Para esta edición © 2015 Lengua de Diablo Editorial lenguadediablo /.com/@/FB Acálasletras Ediciones FB /acalasletras Primera edición octubre 2015

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MANUAL PARA PLATICAR CON SERES QUERIDOS QUE HAN MUERTO

LENGUADEDIABLO :: ACÁLASLETRAS

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El tiempo se lo lleva todo y al final s贸lo queda oscuridad. A veces encontramos a otros en esa oscuridad y otras veces los perdemos en ella. Stephen King

Tengo miedo de cerrar los ojos. Tengo miedo de abrirlos. El proyecto de la bruja de Blair

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CUENTOS DE HADAS PARA NIÑOS MALCRIADOS (este cuento fue publicado por primera vez en la Revista Penumbria)

Cuando era niño vi morir a un compañero de la escuela. Me miraba como si quisiera decir algo antes de partir. Pedir auxilio o darle el recado a su madre de que esa tarde no llegaría a comer ni a ver caricaturas en la sala de su casa. Lo vi mientras el tiempo se detenía y la vida lo abandonaba teñida de rojo. Cuando al fin se fue pude ver cómo un último suspiro abandonaba su cuerpo y perdía el ligero peso de su alma. Estaba muerto. Tercer strike. Out. Era viernes. Ese día que todo mundo espera como esclavos que se liberan de las cadenas con la magia del avance del reloj. El niño que murió era un estúpido que me molestaba a cualquier oportunidad. Aquel día pensé que si no lo atropellaba un camión, lo habría asesinado yo con mis propias manos. Cuando era pequeño me molestaban muy seguido, y también seguido tenía ganas de cargármelos a todos. También con frecuencia deseaba que el mundo fuera distinto y que mi cuerpo creciera rápido para jugar béisbol en las Grandes ligas; tú sabes, hacer contacto con la pelota y mandarla fuera del campo; jonrón, recorrer las bases y dar un brinquito en el home ante la euforia de los compañeros y el público que invade la cancha.

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Como cada fin de semana, escapaba con los amigos del barrio hacia la zona de los baldíos. Allí, el campo todavía era un espacio libre que comenzaba a llenarse de basura y de desarrollos inmobiliarios que empezaban a hacer crecer la ciudad. Teníamos la costumbre de jugar a cualquier cosa como si no hubiera mañana, y esperar a que la noche nos sorprendiera con su oscuridad temprana para contar historias de terror que asustaran a los más chiquillos. Ahí, con la tarde ennegrecida como escenario, hacíamos una rueda para disparar cuentos y tratar de ser los más valientes que se quedaran hasta el final. No faltó el amigo que nos contó acerca del fantasma del conserje que se aparecía en la escuela. El chamaco que conocía algunas leyendas clásicas de terror o el que había escuchado que en el patio de tal vecindad caminaba por las noches una señora de bata blanca que lloraba por sus hijos. Mi mamá decía que esos eran cuentos de hadas para niños malcriados. Que yo no tenía que temerles y que nada ni nadie me pondría jamás una mano encima. Al final de aquella tarde supe que mamá se había equivocado. Sí me pusieron la mano encima y sin duda que tuve miedo cuando sentí el primer puñetazo y la patada que me derribó al suelo. Había hecho una mala broma y los gemelos (a los que nadie se les ponía enfrente), me atacaban y no había

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nadie que pudiera ayudarme ni nada que pudiera hacer; sólo apretar los ojos, taparme la cara y doblar las rodillas esperando el siguiente golpe; también, como solía

hacerlo, darle vueltas en mi cabeza a

imágenes donde sabía defenderme y tenía el poder suficiente para hacer pagar a ese par de hijos de puta. Encontraron a los gemelos a la mitad del campo cuando una máquina de la constructora comenzaba a excavar el lugar. Los que estuvieron allí contaron que un doctor dijo que parecía que se hubieran ahogado. Ahí, en medio de la nada, dos muchachitos se habían ahogado aunque no hubiera ni medio litro de agua en cien metros a su alrededor. Los cuerpos, además de hinchados, estaban retorcidos y mostraban signos de haber sufrido una violencia extrema. En mi cabeza las cosas se veían un poco más claras. Sentado frente al televisor recordaba haber llegado a casa sin un rasguño y con las imágenes nítidas de una mano gigante, invisible a los demás, que hacía guiñapos a mis enemigos y después desaparecía para siempre a través de unas nubes de tormenta. La historia oficial fue que nadie supo nada y todos estuvimos con caras largas y de tristeza en el funeral. Incluso yo, que la verdad temía que alguien descubriera mis deseos y por alguna razón quisieran echarme la culpa por lo que le pasó a esos idiotas.

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Con el tiempo olvidé cosas que ocurrieron en mi niñez, pero siempre tuve la sensación de estar reprimiendo recuerdos que tenían relevancia para mi vida adulta. Mi madre, en el silencio y la oscuridad, sollozaba rezos y vivía su locura encerrada en un cuarto de la casa, donde apenas comía para sobrevivir y languidecía con la cercanía de la muerte, o de algo peor. Pero como adulto entendía que mi deber era cuidarla, y además sabía exactamente cómo conseguir la única medicina que le ayudaba a retomar energías y a ser la mujer joven que contaba cuentos de niños malcriados que no habían sabido obedecer a sus madres, ni a cuidar de ellas como lo hacía yo. Cuando era niño vi morir a un compañero de la escuela. Era el tipo más divertido que habría podido conocer, además de mi mejor amigo desde que coincidimos en los primeros años del salón. Le gustaba contarnos historias de terror y leyendas para asustar a los más pequeños. Siempre que era tarde y debíamos regresar a casa, esperábamos las primeras sombras de la noche para escucharlo y ver a los miedosos irse corriendo mientras nos desternillábamos de risa. Una vez contó la historia de un chamaco que era hijo del diablo. Que los adultos contaban que la mujer que lo parió era una bruja que se había embarazado con un conjuro, y que

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había quienes creían en el barrio que podía estar entre nosotros, pues los viejos veían señales y tenían miedo de salir de sus casas como antes, en las tardes, cuando se sentaban con su silla en la banqueta a platicar. Al día siguiente, a mi amigo lo atropelló un camión con un delfín plateado en un costado. Me molestaba jalándome el pelo y diciendo que a lo mejor yo era el hijo del diablo, el crío de la bruja, el apestado del lugar. Luego reía y me abrazaba y jugábamos y olvidábamos las cosas que los niños, casi siempre, suelen olvidar. Cuando al fin se fue pude ver cómo un último suspiro abandonaba su cuerpo y perdía el ligero peso de su alma. Que ahora era mía y se la regalaría a mamá en un frasco envuelto en celofán. Estaba muerto. Era su tercer strike. Out.

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BRUJERÍA Me dijeron que pusiera las piezas de pollo en tierra de panteón. Que rezara un poco y que me fuera a casa a esperar el regreso de mi ser querido. Pero no funcionó. Ella no vino. En cambio me persiguen tres vagabundos. Mugrosos, hambrientos. Quieren más Kentucky Fried Chicken.

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OUIJA La tabla fue el último recurso. Lo habían intentado todo: brujería, rezos, un adivino, una gitana, una médium, un científico loco, pero nada funcionó. El gato seguía muerto. Así que decidieron contactarlo con una vieja ouija. Lo llamaron. Todos reunidos a la mesa esperaron al espíritu del felino. Y llegó. Pudieron sentirlo. Le preguntaron repetidamente si extrañaba su comida: nueve de cada diez veces les dijo que sí.

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SO HAPPY TOGETHER No matter how they tossed the dice, it had to be, the only one for me is you, and you for me. The Turtles

–La verdad es que el tiempo es como un racimo de fresas –le decía Sergio a su novia–. Un racimo de fresas extendido hasta el infinito hasta que alguien interrumpe su flujo. Así, si un dios decide tomar una fresa y probarla, entorpece el continuo y algo en la historia del universo cambia para siempre. También, por ejemplo, cada uno de los pasos que doy para terminar de subir estas escaleras. Ninguno de ellos debe entorpecerse porque si no, jamás llegaría a mi destino. Por eso tú y yo estaremos juntos para siempre. La novia de Sergio llevaba un año de muerta. La enterraron un sábado por la tarde, en una de esas ceremonias muy al estilo mexicano, con mariachis, lloronas que nadie conoce y desafortunados (y perfectos) chistes de velorio. Durante la ceremonia en la que un sacerdote católico pidió unas palabras a los familiares, Sergio quiso intervenir. Aunque para aquellas alturas había dejado de ser oficialmente un miembro de los Pérez Figueroa, él sentía que aún era parte de aquella familia de personas no muy altas, de cabello chino y ojos pequeños y oscuros. Su novia era así, una chica preciosa a la que él consideraba su

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chaparrita cuerpo de uva. Había escuchado la frase alguna vez, en una película de Pedro Infante, y desde entonces era el modo perfecto de describirla ante cualquiera de los amigos a los que se las iba a presentar. El discurso de Sergio trató un poco sobre la música que su novia escuchaba; de racimos de fresas; de las veces que se dieron la mano para subir hasta el pequeño departamento de azotea (en ese momento el padre de la chica pegó un respingo y abrió los ojos grandes) y de cómo se habían conocido. Se conocieron en una de esas fiestas extrañas de disfraces, en las que algún veinteañero con nostalgia crónica convoca a una fiesta “setentera”. Así, entre algunos jipis, Lennon’s y McArtneys, conoció a una chica vestida a la Janis Joplin, con aquel atuendo perfecto, el pelo chino hasta la cintura, y unos lentes redondos de color azul rey. Se enamoraron al ritmo del Happy together de The Turtles. Después del accidente, toda la familia estuvo de acuerdo en que la chica fuera enterrada con aquel disfraz que tanto le gustaba. Una foto enorme, donde ella posaba de la mano de Sergio, acompañaba al ataúd y a los mariachis que tocaban aquella tarde de sábado, entre la lluvia de junio y las lágrimas de los amigos y parientes de la recién fallecida; por supuesto del novio, vestido como el Morrison más triste de la historia.

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–Eres mi alma gemela –le decía Sergio a su novia muerta mientras cuatro sujetos bajaban el ataúd hasta el fondo de un agujero rectangular, al que algunos lanzaban puñados de tierra y los mariachis tocaban una versión extraña y desafinada de Walk the line, de Johnny Cash. Para la tercera semana de duelo, a Sergio le costaba trabajo salir a la calle. –Hoy hay fiesta en casa de Alejandra –le dijo su mejor amigo por teléfono. –Diles que me disculpen, mi chica no se siente bien –fue el pretexto de Sergio para no ir. Y al momento de que aquellas palabras salieron de su boca entendió lo que podían provocar, lo que pensaría su amigo, lo funesto que sonaba al decir tal cosa; pasó unos buenos quince minutos dándole vueltas al asunto. Para cuando al fin las llamadas y mensajes de sus amigos lo dejaron en paz, vio una película recostado en el sofá, y pensó en que si las cosas seguían así, su gente cercana dejaría de invitarlo a lugares y pasaría sus días en casa, hecho un nudo en el sofá. –No sería lo peor del mundo –le decía con una sonrisa a su novia muerta–. Si nadie me vuelve a invitar que no lo hagan, ya encontraré nuevos amigos y amigas.

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La familia de su chica lo fue olvidando poco a poco. Los amigos más cercanos insistieron hasta que se cansaron y, en algún parque de la ciudad, Sergio ocupaba una banca en la que siempre se sentaba del lado izquierdo. Allí escuchaba música de una época a la que se transportaba viendo fotos; álbumes como cápsulas del tiempo que se entrelazaban al racimo de fresas en su cabeza; eran sólo Sergio y su novia viajando en una nave que tenía la forma de un disco de vinilo. Allá iban, al espacio profundo, a través de planetas con iluminación perfecta donde nadie los podía molestar y donde un joven Enrico Musiani cantaba Piccola e fragile a través de un megáfono que llenaba la galaxia con su voz. Al final del día Sergio siempre miraba a su lado derecho y sonreía. Era la sonrisa de quien se sabe enamorado. La mueca de quien no puede evitar la satisfacción de sentirse acompañado en su propia soledad, mientras el mundo gira a su propio ritmo y los días transcurren con una pista de sonido distinta para cada cual. Sergio volvió a casa. Pensativo, abrió la puerta del edificio y subió las escaleras contando, como solía hacerlo, cada uno de sus pasos. –No me importa no volver a salir con nadie nunca –le dijo con voz segura a su novia muerta–. No

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necesito que me hagan citas ni que me inviten a sus fiestas ni nada. No necesito a nadie. Para eso te tengo ti. –Y

sabes

que

aquí

estaré

siempre.

No

necesitamos a nadie más –le respondió ella, que lo tomó de la mano, en aquella sensación fría/caliente que hacía a Sergio pensar en fiestas donde sólo sonaba su música favorita; se dieron un beso largo, húmedo, que les supo a un racimo de fresas, y juntos contaron (hasta el infinito) el número de escalones para llegar al pequeño departamento de azotea. The only one for me is you, and you for me, so happy together…

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EN EL BOSQUE Seguimos perdidos. Ayer estuvimos a punto de matarnos a golpes. Una fuerza desconocida nos llevó a insultarnos, pelear y odiarnos como a nada en el mundo. Yo sé que no es culpa de ella. Cuando empezó la expedición sabíamos que mil cosas podían pasar. Entendíamos el peligro. Luego perdimos el camino, la cordura, la amistad. Desaparecieron uno a uno. Yo seguí el camino a través de los árboles, en la oscuridad. Levanté las rocas apiladas, los hechizos armados con ramas secas. Funcionó. O tal vez siempre fue su plan. Hoy estamos más tranquilos y enamorados que nunca. Me mira como siempre, pues nunca duerme, con sus ojos blancos, muertos, vacíos, de bruja inmortal.

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CÓMO PLATICAR CON SERES QUERIDOS QUE HAN MUERTO Se requiere seriedad, pulcritud y puntualidad. Además: un esmoquin y vestido de noche rentados, una bolsa de paletas y una primera edición de Pedro Páramo. El ritual debe ser realizado de 3:00 a 4:00 a.m. Entonces: 1. Asiste al panteón donde esté enterrado tu ser querido (debes ir solo). 2. Localiza una tumba sin nombre (siempre las hay) y a partir de ella cuenta tres sepulturas más hacia la izquierda (será una de esas elegantes construcciones que siempre te preguntas quién manda construir) y toca a la puerta. 3. Cuando algún muerto o aparecido responda, debes guardar silencio y ofrecerle el esmoquin (el vestido si es una dama). Considera en guardar el recibo de renta, porque se han reportado múltiples desapariciones de tales vestimentas en los principales panteones de la ciudad. 4. Si el aparecido en cuestión es un infante, debes regalarle una paleta (las prefieren de sabor limón) y retirarte sin decirle nada. 5. Cuando te encuentres que el cadáver se ha alistado con el esmoquin y te haga una seña para seguirlo, camina detrás sin perderle el paso y,

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cuando desaparezca, cuenta siete sepulturas de derecha a izquierda. 6. Si aparece alguna parca en el camino, lee con ella las primeras cinco líneas de Pedro Páramo. 7. Cuando

encuentres

la

séptima

tumba,

encontrarás un agujero al lado. Debes dejarte caer. Para saber si las instrucciones se han ejecutado correctamente, debes asegurarte de que la persona con la que hables a continuación está muerta. Para eso, pincha con un alfiler su brazo izquierdo. La reacción inmediata

de

cualquier

fallecido

será

gritar

improperios. Si se trata, sin embargo, de un vivo o estafador, verás caer un hilillo de sangre y una mueca de dolor que comienza a formársele en el rostro. El blog de un amigo lo reporta así: “Llegué al panteón a las tres de la mañana y después de brincarme la barda me persiguieron unos cabrones. Creo que eran el velador y su hijo. No sé. Logré esconderme en una tumba sin terminar, me eché un montón de tierra encima para que no me vieran cuando pasaran por allí y funcionó. Chequé mi lista y como ése era el paso 7, pensé que bien podría continuar con los demás aunque fuera en un orden

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distinto. Así que conté varias sepulturas y unos montones de tierra que no se veía bien qué eran en la noche, y llegué hasta la base de un árbol donde la mano de un cadáver intentaba salirse de entre sus raíces. Lo ayudé y me dio las gracias con mucha euforia. Cuando se fue, decidí seguirlo agachándome entre los matorrales y las lápidas. Llegamos a uno de esos nichos elegantes con una gran puerta dorada. Fue cuando me encontró el velador y me tiró unos balazos. Pero yo seguí corriendo hasta encontrar otra vez la tumba aquella de la puerta grandota, y me quedé en silencio. No sé cuánto tiempo pasó. Hoy por fin ha venido un amigo a rescatarme. Me trajo ropa (un poco elegante para mi gusto) y nos hemos ido a regalarles paletas a los niños del barrio. Hay tantos. Después de todo ya casi es Día de Muertos. Mejor empezar con los pendientes antes de que se me haga de noche otra vez.” Sostengo el alfiler en la mano mientras miro a mi amigo. No hay sangre. Me echa en cara todas las groserías del mundo. Ya no me desgasto en preguntarle qué demonios hace allí, detrás de la puerta, pegándome el peor susto de la vida. Allá va, elegante y serio con su esmoquin, y me preparo a contar del uno al siete una vez más.

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OFRENDA Pusieron un plato con sopita de arroz. Algunas fotos, por supuesto. Un juego de tarjetas con súper héroes que siempre me gustó. La casa de campaña cuando papá me llevó al bosque. La playera favorita de mamá. Un muñeco soldado que me regaló mi hermana. Agua, cacahuates, pastel, flan, muchos dulces de los que salen en las piñatas y algunas bananas. Todos eran mis favoritos. Pero en ningún lado encuentro mi carrito rojo. He atravesado todas las paredes de la casa y no está. Lo juro: todos van a pagar por ello.

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UN HOMBRE LLAMADO LÁZARO Pobre Lázaro. Despertó al tercer día y le apestaban los pies. Le apestaba la boca, las manos, el alma. Le dolía la espalda. Le dolían los dedos. Sentía frío y calor al mismo tiempo. Veía borroso y el pelo largo no se le podía acomodar. Pobre de Lázaro. La familia estaba endeudada. La viuda había vendido los muebles, la televisión y los juguetes de sus hijos para pagar el velorio y la renta. En la oficina había alguien más en su lugar. Además Gutiérrez era mejor. Triste Lázaro. Los cobradores por poquito archivaban las deudas, pero se enteraron de su regreso y allá fueron, a la puerta de su casa donde el timbre no servía porque ya les habían cortado la luz. Pobre Lázaro. Porque hasta la prima Esperanza lloró tanto en el entierro que todos se enteraron de su amorío con el difunto. El pobre de Lázaro se levantó al tercer día de estar muerto y tenía entumidas las nalgas. Su alma, apachurrada y temblorosa, llevaba setenta y dos horas disfrutando de la gloria “eterna”. En plena fiesta en el Cielo, al eufórico espíritu de Lázaro le avisaron que tenía asuntos pendientes y que el fiscal estaba pidiendo que lo mandaran al Infierno. Su abogado exigía que al menos le encarcelaran en el Limbo, donde podría estar un poco en paz, contento. Pero fue un tal

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Jesús, viejo amigo del fallecido, el que ordenó al cuerpo exánime que se levantara y anduviera. Cuentan los que estaban ahí que Lázaro parecía un muerto en vida. Como desvelado, quizás enfermo del estómago o con algo peor, con tantos contagios de dengue. Tenía los muslos adoloridos de estar tres días encerrado en aquella tumba fría y oscura. La fiesta terminó y pobre Lázaro, allá va, con los pies apestosos y adoloridos, persiguiendo al que llaman el Mesías. Lázaro llora y conmueve a propios y extraños. No se halla en esta vida. Camina lento, pero seguro. Lleva en sus manos un “cuerno de chivo”, dice que va a probar si de verdad su amigo es el hijo de algún dios.

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LA CHICA MUERTA La chica muerta me ha seguido a casa. Ahí está, frente al jardín de la señora Domínguez, tratando de hacer como que se esconde. No lo logra, pues la sigo viendo. La chica muerta es un poco torpe. Camina despacio, sigilosa, como si se fuera a desbaratar. No sé la edad de la chica muerta, pero creo que me lleva un año o dos. Lo sospecho por su vestimenta, por la playera de una banda de metal y los pantalones de mezclilla rotos. La verdad es que la chica muerta se conserva muy bien. La primera vez que nos besamos me dijo que podría hacerlo eternamente. Yo lo dudé. Y es que tengo novia. Eso la chica muerta no lo sabe, se lo contaré hoy, si es que acaso llega a atraparme.

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LA MUJER QUE SE ASOMA ...y no voy a decir, no quiero decir, a qué sonaba su voz. Alberto Chimal

Sentí su mirada. A pesar de que estaba solo, podía sentir su mirada del otro lado de la habitación. ¿Cómo era ser posible? Ocurrió por primera vez cuando era un niño. Jugaba a los soldados. El malo había tomado como rehén a un diminuto oso de peluche y toda la infantería se preparaba para el heroico rescate. En mis manos, el comandante volaba como una saeta. Atravesamos juntos el patio y llegamos hasta la barda que dividía la casa de los vecinos con la nuestra. Ahí, entre las enredaderas que tapizaban la pared, la vi por primera vez. Era una mujer con los ojos llenos de garabatos. Su cara parecía estar enterrada entre las hojas, entre las ramas que cubrían la piel. Pude ver en sus ojos un vacío infinito. Me miraba con frialdad. Sus ojos enteros estaban llenos de lo que parecía una serie de trazos con pluma negra; no había iris, o pupila, eran nada más rayones que se movían y temblaban frenéticamente y parecían dirigirse hacia mí. Pedí ayuda a mi madre que corrió despavorida en mi auxilio. “¡La mujer! ¡Ahí! ¡La mujer!”, recuerdo haberle chillado. Pero no había nada. Ni nadie.

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En las enredaderas del jardín había sólo hojas y ramas que cubrían la enorme pared. Bastaron un chocolate caliente y unas galletas para olvidar lo ocurrido. Sin embargo, esa noche volví a soñar con aquella visión. En el sueño, y siendo yo un chiquillo, tuve la sensación de ser perseguido a través de un corredor que parecía no tener fin. Detrás de mí estaba ella. Era su cara, sus ojos vacíos, oscuros. No recuerdo que tuviera un cuerpo, era sólo una cabeza que se acercaba cada vez más y mis esfuerzos por correr parecían contradictorios. Cuando desperté, entre lágrimas, busqué reconfortarme corriendo al cuarto de mis padres pero ahí estaba, en el pasillo, la mujer que ahora tenía un cuerpo, una bata blanca y larga de la que no sobresalían ningunos pies. Era la mujer y sus ojos de garabatos, que estiraba los brazos y abría la boca para decir algo, pero lo único que se escapaba de ese orificio era pestilencia y un ruido indescriptible. Pasé días sin ir a la escuela. Pasaron años antes de que olvidara por completo aquellas visiones. Me volví un chamaco asustadizo y retraído, que se pasaba el día jugando con sus viejos soldados. Pero el tiempo pasó, y no volví a pensar en aquella mujer. Finalmente salí de la primaria y mis padres me ingresaron a un colegio privado, donde cursé secundaria y preparatoria. Luego decidí estudiar

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una licenciatura fuera del país. Conseguí una beca y viajé a California, para estudiar en una prestigiada universidad, donde pronto me hice de nuevos amigos, una novia y una atareada pero tranquila vida en el campus. Había olvidado a tal grado aquella terrible imagen de la infancia que me había vuelto fanático de las películas de terror. Algunos amigos, amigas, mi novia y yo formamos un pequeño club en el que veíamos viejas cintas de culto, discutíamos libros, artículos y contábamos historias de fantasmas o viejas leyendas que llegáramos a conocer. Una noche Mark, mi mejor amigo, pidió la palabra para contar una historia. “Es una historia verídica”, dijo. Contó que cuando era apenas un chamaco, su familia se había mudado a las afueras de Chicago, después de vivir algunos años en la ciudad. Relató cómo su juego favorito era improvisar pequeños paracaídas de plástico para algunos de sus juguetes. El principal era un viejo G.I. Joe al que le ataba el paracaídas y lo lanzaba desde su balcón para mirarlo descender sobre la grama del patio. Una tarde de lluvia lanzó al soldado pero el plástico no abrió. Cuando fue a recogerlo, alzó la vista hacia el pasillo donde su padre almacenaba chucherías y entonces la vio. Era una mujer alta, de pelo oscuro, con la piel blanca y un

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vestido largo que no llegaba al piso y del que no sobresalían los pies. Lo miraba fijamente con una mirada recia, al tiempo que estiraba las manos para alcanzarlo. Lo más terrible, contaba Mark, eran sus ojos. “Tenían garabatos”, dije sin pensar. Todos voltearon a verme. Un súbito escalofrío recorrió la habitación y se posó sobre nuestras espaldas. Entonces comenzamos a escucharnos, a decir, a discutir; todos conocíamos la misma historia, a todos nos había ocurrido y lo único que podíamos pensar era que de alguna manera nos la habíamos inventado o la habíamos escuchado en algún lado. Después de todo, veíamos las mismas películas y leíamos los mismos libros. Debía haber una explicación para que aquello fuera sólo una alucinación colectiva, o un recuerdo de la infancia que nos habíamos tallado en la memoria a base de repetírnoslo. Camino a casa mi chica, que creció en Guatemala, me decía que no podía entender cómo el grupo de amigos podía conocer la misma historia. Cómo era posible que cinco chamacos que crecieron incluso en distintos países, pudieran haber pasado por la misma terrorífica situación. Era, sin duda, algo que nos puso a pensar el resto del semestre y al mismo tiempo algo de lo que no volvimos a hablar mientras compartimos

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estudios. El tiempo pasó y vinieron los exámenes, graduaciones, partidas y despedidas, lágrimas y abrazos y correos electrónicos que con el tiempo se fueron haciendo más distantes y serios. Es normal. Han pasado diez años y todos hemos hecho una vida. La que era mi chica es ahora mi esposa. Vivimos en esta casa desde hace cinco años y tenemos dos hijos y un perro pastor alemán. Hace unos días me enteré que mis amigos han muerto. Uno de ellos envió una carta minutos antes de suicidarse en su departamento de Nueva York. En el sobre, que he recibido un mes después de su muerte, venía adjunta una fotografía en formato Polaroid en la que podía verse un mueble atestado de libros. Justo a la mitad, entre la sombra que proyectaban dos ejemplares de pasta dura, estaba ella. Su cara, sus ojos oscuros llenos de garabatos y una mano extendida, que parecía querer alcanzar al asustado fotógrafo. Rompí en llanto cuando vi aquello. Entonces recordé que mi mujer se había ido rumbo a Cuernavaca a visitar a su madre y los niños iban con ella. Tomé el teléfono con manos temblorosas y entonces la vi. No, la sentí. Sentí su mirada a pesar de saber que estaba solo en la habitación.

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Apreté los ojos y pensé en todas las cosas buenas de mi mundo. Sentí una mano fría posarse en mi hombro y giré la cabeza para verla. Era ella. Sus ojos oscuros, llenos de garabatos infinitos, su boca abierta y su voz, diciendo aquellas espantosas cosas a mi oído. No sé cuántos años han pasado. No sé si estar encerrado entre estas cuatro paredes blancas tenga algún sentido para mi vida. El acojinado dispuesto para que pacientes como yo no se lastimen tiene un efecto liberador. No hay ruidos. No hay ajetreos. No hay aberturas por las que pudiera colarse ninguna mirada. A excepción de la apertura para comida y medicinas en la puerta que da al pasillo. Por eso en noches así, cuando se apaga la luz, me quedo dormido en este rincón. A veces escucho sus pasos. Escucho el modo en que su cuerpo se quiebra y se recompone para atravesar por el mínimo resquicio de la puerta. Entonces siento sus manos sobre mi espalda. Imagino sus ojos llenos de garabatos que tiemblan y se mueven como almas atormentadas en el infierno. Sueño con mi mujer y mis hijos, con el accidente, con mis amigos, con su voz diciéndome todas esas cosas espantosas al oído que no quiero obedecer.

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EL HOMBRE DELGADO Me contaron la historia del hombre delgado. Un amigo me dijo que en las fotos de sus hijos, en el parque, había descubierto una extraña figura acechando al fondo. Era el hombre delgado, Slenderman, que estaba a la espera de cualquier momento para llevarse el alma de un niño. Le dije que la historia era falsa, que se trataba de un mito de internet. Un juego nacido en foros de la red para espantar a adolescentes. Me miró incrédulo. Siguió pegando los anuncios sin decir una palabra más: Se buscan, Juan y Pedro, 6 y 7 años, vistos por última vez en el parque.

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UNA VIEJA HISTORIA DE FANTASMAS …y luego me iré a acostar sola, al fondo de ese maldito jardín, en esa horrible caja blanca donde me obligan a dormir desde hace un mes. Jehanne Jean- Charles

No parece haber nadie allá abajo. Pero tengo la duda. Un cosquilleo recorre mi espalda, lento, y estremece mi cuerpo cuando explota en el cuello. Camino por el pasillo. No hay nadie. Hay tanta luz como puede dar un foco de 60 watts a un patio de vecindad. La sensación de una mano extendiéndose en las sombras para tocarme el hombro me vuelve a sacudir. Volteo por instinto y no hay nadie, por supuesto que estoy solo. El viento de las tres de la madrugada silba. Tirito. Desde aquí puedo ver la entrada al baño comunitario. Lo único que me falta es caminar hasta la esquina, bajar por la escalera de caracol y abrir la puerta, esperando no haya nadie allí. No puedo evitar recordar las tardes de domingo en que, sentados o tirados en el suelo, los miembros de la familia nos reuníamos a escuchar relatos de fantasmas. Los papás, los tíos, los primos y las primas, todos atentos a alguna vieja historia de terror que ya habíamos escuchado cien veces, pero que igual nos ponía la piel chinita antes del esperado final. Los gritos y la emoción. Las risas nerviosas. Un festín para los chiquillos que vibrábamos en ese limbo entre el miedo

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y la alegría. Mi madre, siempre la más entusiasta, rompía el hielo con alguna de sus famosas historias. El menú era exquisito: fantasmas que tomaban vidas a cambio de oro; chicas poseídas por espíritus malignos, salvadas por rosacruces; estudiantes de medicina disfrazados

de

vampiros

para

robar

sangre;

escorpiones del tamaño de un zapato que mataban incautos en la cárcel; gatos con heridas hasta el hueso que simulaban el andar de un viejo con bastón en el techo de la casa; mujeres sin rostro que caminaban en las calles más oscuras de la ciudad; hombres vestidos de dandi que se aparecían en el patio de la casa del abuelo y, mi preferida, la historia de una mujer vestida de blanco que entraba al baño de la vecindad, y que afuera, algún desprevenido vecino, esperaba su turno hasta que la desesperación lo hacía tocar la puerta del cubículo, y al no obtener respuesta, empujar la portezuela y darse cuenta de que el lugar estaba vacío. Ahora, detenido en el pasillo desde donde puedo ver el pequeño cuarto del sanitario, me pregunto si no podré atreverme a rentar un lugar más adecuado. Llevo apenas tres semanas en este cuchitril en el que tengo que compartir un baño con los demás estudiantes, lidiar con los horarios de las chicas que tardan horas en bañarse y de los que, con revista bajo

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el brazo, se toman su tiempo en el excusado en lo que otros tenemos que esperar y apretar la vejiga. Pocas veces se tiene la necesidad de levantarse a estas horas de la madrugada y encontrarse frente a frente con el frío. Después de que los amantes terminan sus ratos de gemidos, que las fiestas se apagan y que los despistados encuentran su camino, quedamos tan sólo los murmullos del viento y yo. No se vislumbra a nadie más en el pequeño complejo de apartamentos. Una sola luz ilumina el patio y en el cénit, nada. Nadie. Al fondo la entrada cerrada al oasis prometido para mis ganas de orinar. Ha pasado mucho tiempo. Hay urgencia. Bajo las escaleras. Soy un lío de sensaciones. Abro la puerta del baño y descubro que está vacío. No hay nadie. Dejo escapar la respiración detenida y no puedo evitar esbozar una ligera sonrisa. Estoy por dar un paso cuando la siento, en mi hombro, la mano dura, seca, helada de alguien –o algo- de pie justo detrás de mí.

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LOS GRITOS Todos los niños del barrio contaban la historia de la casa embrujada. Cuando jugábamos a la pelota, tratábamos de terminar antes de que se hiciera oscuro, porque a esa hora el único foco de la casa se prendía, y todos decían que ahí vivían los fantasmas. Si te acercabas a la casa, decían, se escuchaban los gritos. Yo, que vivía ahí, nunca escuché un ruido. Papá prendía el foco todas las noches, porque le daba miedo la oscuridad. Y cuando jugaba a la pelota con los niños de la calle, nadie se quejó nunca de que no pudieran verme, de que estuviera muerto, de que hiciera tanto frío.

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EL RETO Me llegó el reto a través de un mensaje privado en Facebook: atrévete a mirar el video que te mata en cinco minutos. Seguí el vínculo y lo vi. Era la imagen de una cámara de seguridad, el lugar parecía una bodega llena de jaulas, y en las jaulas había chicos y chicas que gritaban pidiendo auxilio. La cámara giraba de vez en cuando y podía verse que era un lugar inmenso. Cuando el video terminó, apagué la computadora y me fui a dormir. En la mañana, me reí de las estúpidas leyendas urbanas de internet. Comencé mi recorrido por las jaulas y elegí a un chico que estaba hecho un ovillo al fondo de la suya. Ven, pequeño, le dije.

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FÁBULAS DEL ANCIANO DE LOS MIL OJOS (Cuento ganador del segundo lugar en los Juegos Florales Cuernavaca 2015)

“Estupefacto, la voz se apaga en mi garganta y se erizan mis cabellos”. (Obstupui, stoteruntque comae, et vox faucibus haesit, VIRGILIO, Eneida, II, 77.)

Ocurrió en el año tres conejo, durante la llegada de la cuarta luna. Por las calles de Cuauhnáhuac corría el rumor de que en las noches se aparecía un viejo, ya muy anciano, que si te miraba de frente se cruzaba en tu camino y ya no te dejaba pasar. Le decían Anciano de los mil ojos, porque juraban que lo miraba todo. Si llegabas a encontrarlo y te cruzabas en sus pasos, no te quedaba más opción que la de escucharlo, lo único que quería era eso, ser escuchado y contar una historia que decía así: En aquella barranca vive el Diablo. Lo sabemos porque en el desfiladero se ha tragado a niños, mujeres y hombres. Se ha digerido animales, plantas y cosechas enteras. Dicen que por eso le corre un río en el corazón, para apaciguarle su sed. Pero el hambre no se le quita. Y cómo se le va a quitar, si es el Diablo. Así lo contaba mi abuelo. Después lo contó mi padre y ahora lo cuento yo. Y es que mire, asómese, le digo que es el Diablo porque se le ve el alma ennegrecida, y en la barranca suenan las almas de los perdidos. A la barranca le

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pusieron nombre de mujer para ver si sus enaguas calmaban las ansias del demonio. Pero no fue así. Tuvieron que pasar cien años para que un hombre rompiera el hechizo. Era un señor blanco como el agua que montaba un perro del tamaño de un árbol. Los dos volaron por encima de la barranca, entre gritos y relinchos y el susto de la gente que los miraba de un lugar y otro. El tal Cortés pegó el brinco y el mismo Satanás lo ayudó a lograrlo. Dicen que porque tenía el alma demasiado podrida, y el Diablo no quería saber nada de ella. Ya luego nadie supo del diantre demonio, porque sobre la barranca hicieron un puente y todo estuvo en paz. Pero a veces, en el callejón, dicen que la gente que va sola se encuentra a un hombre todo vestido de negro, que cuando se acerca, susurra una historia que dice así: Aquellos que viven o vivieron en La Carolina lo saben: no salgas de noche. Dicen que hay muchas almas sueltas. Almas malas. Almas perdidas. Como la de la mujer vestida de blanco que te pide ayuda, y si te acercas a ella voltea y te das cuenta de que no tiene rostro. ¿Entonces cómo aúlla? Es de miedo. Uno sale corriendo por todo Rubén Darío hasta llegar a Los Chocolates y aguas, es cuando suena la campana de la iglesia. ¿Campanas a las tres de la madrugada? Sí, pero sólo tú la escuchas. Así que corres por donde se pueda.

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Por cualquiera de las bajadas o subidas pero siempre te encontrarás a la misma mujer, esperándote, estirando la mano para pedir ayuda. Y su llanto te pondrá la piel de gallina. Pero también hay almas buenas. Como la del General, que se aparece caminando despacio, con su bastón, tan viejo el pobre; y cuando menos lo esperas saca la pistola y ¡Pum!, rejuvenece y allá va, hecho un muchacho que persigue a la mujer de blanco o a cualquier alma carroñera que ande por allí. El General siempre es amable. Si lo encuentras, siéntate a su lado, deja que te platique la historia que dice así: Dicen que después de cada batalla, a Zapata le gustaba sentarse al fuego con su gente. Había entre el regimiento una viejita que contaba historias de fantasmas. Y el mismísimo general se quedaba callado, calladito para escucharla. Así que todos aquellos hombres con cara de niño, acurrucados alrededor de la fogata, escuchaban las historias de la anciana y con ello renovaban sus almas, volvían a ser unos chamacos entre el susto y la risa. Doña Josefina contaba una historia que iba más o menos así: Sucedió en el Callejón de los Zorros, en merito San Antón. Las pocas casas que llegaban hasta la barranca apenas si tenían paredes. El techo lleno de tejas. Una

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noche, las señoras de por ahí comenzaron a escuchar unos pasos extraños. Sonaba como si un hombre de bastón caminara por encina de las tejas. ¡Era el Diablo! Y las vecinas más chismosas comprobaron la historia diciendo que en las mañanas todo el callejón olía a azufre;

y

que

encontraban

pollos

muertos,

despedazados; y que los niños de por ahí ya no podían dormir de las pesadillas. Así que luego se lo contaron a los hombres y hubo un valiente, un muchacho que dijo que él no creía en el diablo y que en la noche lo iba a esperar. Así, con machete en mano, se subió a las tejas de una de las señoras chismosas y esperó, esperó, esperó hasta casi quedarse dormido. Entonces lo oyó: alguien caminaba en silencio, pero el ruido de su bastón lo delataba. El bastón sonaba claro, preciso sobre las tejas. El muchacho se abrazó a su machete y apretó los ojos. Los pasos se acercaban más y más a él. ¡Ay, virgencita, ayúdame! Y entonces lo vio: era negro, de pelaje brillante, los ojos le centelleaban en la oscuridad… un gato. Un gato al que le habían mochado una pata y nomás le quedaba el huesito, que sonaba y sonaba sobre las tejas. Así que al otro día todos se enteraron. Se acabó el miedo al Diablo. Pero de cualquier manera doña chismes les dijo que ella se sabía una historia de fantasmas, una historia que iba así:

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Ya les habían dicho que se soltaran la mano. Eran unos chiquillos. Le dijeron a él que dejara de verle los calzones, y a ella que dejara de enseñárselos. Les dijeron que dejaran de esconderse por ahí. Eran unos muchachos babosos. Les gritaron que dejaran de andar de calenturientos en el campo. Que dejaran de besarse en público. Que por amor de Dios no fueran a comerse la torta antes del recreo. Sus papás les dijeron que ya estaba bueno. Las mamás les dijeron que se cuidaran. Eran unos locos. La gente les dijo que qué cochinos. Los amigos les dijeron que qué romántico era todo aquel amor. El amigo les dijo que con cuidado, que la reja no era muy alta. Que se brincaran sin hacer ruido. Cuando el fuego empezó él le dijo a ella que no se preocupara. Ella lloró pero se aferró a él y le dijo: yo también. Cuando saltaron las llamas no los dejaron salir. La gente gritó que en el techo había alguien. Los doctores, enfermeras y pacientes salieron a tiempo. Los bomberos no pudieron apagar el fuego. Una gran explosión apagó para siempre el hospital. Ya les habían dicho que se soltaran la mano. Pero no lo hicieron. Se quemaron juntos. Algunas personas cuentan la historia así:

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Cuatro hombres. Tres mujeres. Edificio histórico. Hospital. Oficinas de gobierno. Museo. Cámaras de video. Historias. ¿Fantasmas? Bah. Tonterías. Vamos. Madrugada. Mordida al velador. Oscuridad. Risas nerviosas. Siluetas. ¡Ay! No es nada. Nervios. Risitas. Pasos lentos. Segundo piso. Más oscuridad. Cámara nocturna. Ya no son siete. Son seis. ¿Y Ana? Tú sigue. Seguro se fue. ¿Qué fue eso? Nada. ¿Y Luis? Cinco. No se separen. Parejita. Cuarto. Besos. Vámonos. Puerta cerrada. Alguien detrás. Oscuridad. Gritos. ¿Qué pasó? Cuarto vacío. Quedan tres. Qué raro. No me dejen atrás. Alguien viene. No. Sombras. ¿Marcela? Nada. Ni un grito. Quedamos dos. Dame la cámara. No. ¿Viste eso? No. Parece fuego. Incendio. Alguien se quema. No. No vayas. Auxilio. Corre. Queda uno. Sólo soy yo. ¡Aghhh! ¡Déjame! Silencio. Velador. Cámara tirada. Off. Otra historia lo cuenta así:

No se sabe si fue ese mismo día o pasó semanas atrás, es solo que el chisme corre como marea de fuego y cada quien le agrega algún detalle, como el juego del teléfono descompuesto o la clásica leyenda urbana que vuela de boca en boca. Sucede que platican, que en una noche de tantas, dos barrenderos, exhaustos y desganados, miraron con agrado al payaso amigo de

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los niños sentado afuera de la tienda de hamburguesas, el mismo que sirve para sentarse en sus piernas y sacarse la foto del recuerdo, o nomás descansar después de un día de trabajo. El primero, con la escoba todavía polvorienta, se sentó en las piernas del payaso; el segundo, en la banca, y los dos compartieron un descanso. Cuando uno de los dos dijo: estoy muy cansado y bostezó, es que dicen y platican y chismean que el payaso de fibra de vidrio, con una voz que no sabemos cómo sonó, respondió: TAMBIÉN YO… Ahora, partiendo de aquí, hay quienes dicen que los trabajadores huyeron espantados; otros, que uno de ellos cayó fulminado de un ataque al corazón y el otro, a vivir en la casa de la risa. Como sea, no sabemos si luego de esto el payaso ahora vivo se paró y se largó, porque lo cierto es que ya no está ahí; con tantos rumores la tienda prefirió quitarlo y parar la leyenda de un tajo. Dicen que hasta hay un video; otros, más audaces, dicen que el video se grabó en el mismo instante que aquello pasó. No quiero imaginar a quién haya iniciado la broma, el chisme, el cuento, y menos alcanzo a imaginar de donde puede estar saliendo el asunto. Por si acaso, yo cierro bien las ventanas, no vaya a ser que se asome un payaso queriendo regalarme una Big Mac; o peor aún, lo encuentre sentado en alguna silla de mi casa, y cuando le diga

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cuánto miedo tengo, me responda: TAMBIÉN YO. Y luego me cuente una historia que diga así: ¿Supiste lo que le pasó a Martín? ¡Se lo llevaron los extraterrestres! Bueno, se lo llevaron y luego lo regresaron, porque sigue en el hospital. Yo no sé qué cosas le hicieron. Dice que andaba en su oficina, trabajando hasta bien tarde, y una luz lo iluminó todo y de pronto se apagó. Amaneció en un hotelito de Aragón y León metido en una tina con hielo. Dicen que tenía dos heridas en la espalda y que en el hospital le dijeron que le faltaban los riñones. ¡Pinches alienígenas! ¿Para qué quieren sus riñones? Lo bueno es que los aliens fueron amables y le dejaron un recado que decía: “Llama a una ambulancia inmediatamente o morirás”. Así que Martín le marcó a la policía y vinieron y se lo llevaron y así, todito, se lo contó a su mujer. Aunque sospecho que ella no le creyó, porque luego de eso ya se separaron. Ella dice que más bien le pasó por andar de cuzco. Me lo contó el otro día que estábamos en la cama. Es que la comadre y yo nos llevamos muy bien. En la noche nos acurrucamos y hablamos de extraterrestres y nos burlamos de Martín. Ella es muy linda. Me apapacha. Y yo le cuento historias que dicen así:

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A mí esos asuntos dejaron de interesarme hace tiempo. Me cansé de buscar leyendas urbanas. Por supuesto que les dije que todo el asunto de las agujas infectadas de VIH era falso, que los dulces con droga eran un mito, que la hija de Silvia Pinal no se aparece en la carretera México-Cuernavaca y que ningún payaso de plástico puede hablar. Pero vamos, la historia me interesó, así que acudí a la iglesia del Calvario a ver al dichoso fantasma. Instalamos el equipo entre el Chapitel de la Virgen y el atrio. Todo quedó cubierto. Así que mis ayudantes y yo nos quedamos en vela para estar al tanto de cualquier suceso. ¿Por qué me interesó? Cuando vi al sacerdote llorar como un niño supe que algo distinto estaba pasando. Por eso, cuando sonaron las primeras campanadas, corrimos a ver qué ocurría. No había nadie. Las cámaras tampoco registraron nada, más que el movimiento de las campanas como si alguien las hubiera sacudido. Fue cuando miramos hacia la fuente y lo vimos. La figura de negro sostenía al padre Juan por el cuello. Lo levantaba del piso como si fuera de papel. Luego lo lanzó contra las rocas y volteó a vernos. Lo supimos de inmediato. Los ojos oscuros no dejaban duda. Gritos, desmayos y desvaríos en mi staff. Sólo yo pude contener el miedo el tiempo suficiente para descender hasta la entrada de la iglesia. Miré hacia dentro y ahí estaba aquella figura, sentada

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en una de las bancas. El olor a azufre era intenso. Cuando pude contener el asco me acerqué y lo miré en toda su eternidad y elegancia. Era Él. Lo último que sentí fue su brazo sobre mis hombros. Su boca fétida y su lengua bífida junto a mi oído, para contarme una historia que decía así: Miré a la luna de Teopanzolco para pedirle ayuda. Estaba perdido. Los hombres que me seguían eran unos locos, fanáticos de la guerra florida. La luna estaba quieta, como siempre, contando historias de nuestros padres y abuelos. El Anciano de los mil ojos estaba ahí, muy cerca, pero sólo era un testigo de lo que estaba ocurriendo. Yo sabía que nadie podría ayudarme, que me capturarían y estaría sobre la piedra de sacrificio muy pronto. Me llevarían lejos. Sufriría para que los dioses supieran de mi existencia. Me harían rogarles por el sacrificio para detener el dolor. Me pintarían con colores exquisitos, me perfumarían, me ataviarían con flores, me dejarían mirar a los ojos del sol. Pero mi pecho no quería detenerse. Tomé una piedra y me lancé al ataque. El dios conejo fue testigo. Rompí la cabeza de tres hombres y machaqué con odio las manos de otros. La sangre voló. Entonces sentí el dolor en las piernas. No pude moverme más y los otros se abalanzaron sobre mí. Ahí, a la orilla de la pirámide, maldije a los dioses

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para no ser solicitado en sacrificio. Fue el Anciano de los mil ojos el que los detuvo con su luz. Todo pasó en un segundo. Volamos por los aires mientras los guerreros agonizaban sobre el césped del amanecer. Pude ver las ciudades hermanas a lo lejos. Pude ver el tiempo que pasaba y cómo éramos visitados por hombres pálidos que usaban pelo en la cara. Pude ver la guerra y la derrota. No había dioses por ningún lado. El cielo estaba vacío y éramos sólo él y yo, viajando a través de lagos que reflejaban nuestra imagen. Vi la llegada de monstruos hechos de piedra. De la caída de montañas. Del sufrir de la barranca. Vi las historias del anciano. Sufrí lo que él. Divisé a lo lejos la nueva Cuauhnáhuac. La caída del bosque. Cuernavaca, le llamaron los nuevos habitantes. Vi las calles y las avenidas. El ruido, el caos, la luz artificial en la noche. Lloré hasta que mis lágrimas cayeron por un salto de agua. Cuando volvimos a mi tiempo estaba solo, bajo la sombra de la pirámide. Volví a casa y todo estaba igual. Ella me abrazó. Los pequeños se aferraron a mis piernas porque creían que nunca volverían a verme. Nunca me lo van a creer, les dije. Tengo una historia que contarles.

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SOÑAR CON NIÑOS El payaso cogió la pala y cavó un hoyo más. El jardín trasero era ahora un cementerio clandestino. Nunca lo quiso así. Cuando debutó profesionalmente, el primer acto le salió mal y nadie hizo un ruido. El silencio fue brutal. No logró arrancarle una sonrisa a nadie, ni siquiera a los niños. Luego, despedido del circo, tuvo que aceptar trabajar en fiestas infantiles, pero nada. Sus chistes eran malos, sus rutinas aburridas y su maquillaje terrible. Luego leyó unos de esos libros de superación personal y todo cambió. Fue un éxito. Mejor payaso del año. Shows en televisión. Giras. El problema era que no soportaba las risas. Soñaba con niños que se reían de él. Todo mundo se divertía con su torpeza. El primero fue el más fácil. Ni siquiera gritó. Todo mundo le tiene miedo a un payaso con un hacha.

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SOÑAR LA MUERTE Cuando era niño soñé que moría. Estaba en un parque lleno de juegos y atracciones. Mi familia preparaba comida. Todo era risas y color. Entonces sucedía: estaba en un columpio de color rojo y azul en el que un amigo de la escuela me balanceaba. De pronto, el niño que me acompañaba desaparecía y en su lugar un anciano me mecía levemente. Luego el viejo subía la intensidad y de un instante a otro me arrojaba con toda su fuerza hasta hacerme caer del columpio. En el sueño la caída era larga. Me veía caer desde el cielo, atravesar las nubes y pasar por encima de un bosque lleno de árboles. Luego veía al anciano que me esperaba con los brazos abiertos. Su boca era enorme y de ella escapaba un ruido infernal, como de gatos maullando y haciendo el amor. El agujero oscuro crecía y crecía hasta que no tenía escapatoria y caía en él. Todo se volvía oscuro y luego, a través de una pequeña rendija, podía ver a mi familia y amigos llorar mientras mi ataúd era enviado al fondo de un pozo. Tuve el sueño varias veces más hasta que un día lo olvidé. El tiempo que estuve en la secundaria y preparatoria nunca volví a tener la pesadilla ni a pensar en el anciano. Pero entonces, hace unos días, volví a recordarlo todo. Empezó un viernes por la noche.

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Decidí no salir con mis amigos y me quedé en casa a ver películas de terror. Como siempre, una historia un poco absurda daba lugar a que una chica corriera desnuda por el bosque; el asesino ni siquiera se tuvo que esforzar para alcanzarla. Eran las tres de la mañana cuando un sudor frío me despertó. Fui a la cocina por un vaso de agua. Sentía que algo no estaba bien, así que después de cerciorarme de que la puerta tenía el seguro puesto, decidí asomarme por la ventana. Desde el tercer piso pude ver a una persona vestida de negro sobre la banqueta. Después de tallarme los ojos pude ver con más claridad. Era un hombre de pelo largo y cano que vestía un abrigo que le daba hasta los pies. Pude ver que me observaba. A la distancia, quise distinguir sus facciones pero fue imposible. El maullido de una gata en celo que rondaba la azotea me hizo girar la cabeza, y cuando volví mi mirada, el sujeto ya no estaba. Pero entonces, al paso de los días, volví a tener aquel sueño. Pude sentir otra vez la muerte. Pero ya no era como cuando era un niño. Ahora sentí el dolor que rompía mis huesos después de la caída hacia la oscuridad. Desperté agitado y con una sensación de enorme tristeza en el pecho. Al otro día platiqué con amigos y colegas acerca de la pesadilla, tratando de sonar casual para ver qué comentarios obtenía. Hubo uno que me interesó, era acerca de los

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significados de los sueños. De acuerdo a cierta literatura, soñar con un anciano puede tener una razón positiva. Según esa teoría, el hombre de edad avanzada puede representar la sabiduría que está por llegar a mi vida; pero según los comentarios de la compañera de oficina experta en sueños y premoniciones, la visita del personaje puede significar que tengo cosas por hacer en la vida; y según algunos expertos en teorías y conspiraciones en Facebook, la pesadilla significa el miedo a la muerte y a llegar a ser anciano. Sin embargo omití contarles la visión que tuve en la madrugada, y que la misma figura oscura me acechaba en la banqueta frente a mi departamento, desde que los sueños habían vuelto a ocurrir. Volví a ver al anciano una mañana en el centro de la ciudad. Salía de mi oficina cuando lo vi, recargado contra la pared del edificio donde trabajo, como si estuviera ahí tranquilamente esperando por mí. Cuando quise acercarme lo perdí entre el mar de gente que salía a la hora de comer. La sensación de miedo no me abandonó y llegué a pensar en no dormir para no tener la misma maldita pesadilla de los últimos días. He decidido dejar atrás cualquier estúpida superstición y seguir adelante. He hablado con mi familia, también con un psiquiatra, y gracias a unas pastillas he vuelto a dormir en paz. Creo que después

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de perder algunos kilos (y cabellos) por culpa de los malos sueños, finalmente he recobrado la energía y la sensatez. Ya no pienso en la muerte. A veces sueño que, a la distancia, veo venir al viejo. Camina lento hacia mí. Luego corro por calles y oficinas hasta escapar de él. Cuando por fin logro llegar a mi edificio y calmarme, escucho que alguien toca en mi departamento. Cuando abro la puerta me encuentro de frente con el anciano de mis sueños. Me mira con ojos desencajados. Tiene la boca abierta en una mueca infinita llena de oscuridad. Maúlla como lo hacen los gatos en las noches en celo, no sé si por placer o eterno dolor. Pero he recobrado la cordura. Cuando era niño soñé que moría. Me veía caer desde el cielo, atravesar las nubes y pasar por encima de un bosque lleno de árboles. Luego veía al anciano que me esperaba con los brazos abiertos. Su boca era enorme y de ella escapaba un ruido infernal. Sé que son sólo sueños. Ninguna pesadilla puede ser real y matarme. Por si acaso, Hace cien días que no abro la puerta, aunque alguien toca cada noche con insistencia, y el gato terco del vecino no deja de maullar.

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Ningún fantasma, payaso, duende, niño, chica muerta, demonio o familia humana fueron dañados en la realización de estas historias. Manual para platicar con seres queridos que han muerto No se imprimió en octubre de 2015 porque es una edición digital. D.R. Lengua de Diablo Editorial. D.R. Acáslasletras Ediciones. D.R. El autor.

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Manual para platicar con seres queridos que han muerto - Efraím Blanco  

Manual para platicar con seres queridos que han muerto y otros cuentos de horror, por Efraím Blanco. Presentan: Lengua de Diablo Editorial y...

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