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“Nadie puede salirse de sí mismo para identificarse directamente con las cosas ajenas a él; todo aquello de que se tiene conocimiento cierto e inmediato se encuentra dentro de su conciencia” Arthur Schopenhauer


La huella Los lugares son algo bello, y de ahí que el hombre lo sea también, porque fue quien los creó y esos lugares terminan siendo una huella de aquel que ya no está. Es como cuando uno ve algo tirado en el piso: un papel, por ejemplo. Es inevitable para mí pensar cómo llegó ese papel al piso, quién escribió lo que tiene escrito; si es una factura, de dónde es y por qué compró eso. No puedo evitar tratar de imaginar a esa persona, aunque en el fondo sepa que seguramente es diferente a lo que yo pueda pensar. Todo eso tiene algo de misterio. Es igual con una imagen. Un espacio es, quiéralo o no, una representación de los que lo habitan, ¿O al revés? tal vez esos que lo habitan son representación de ese espacio. O las dos cosas.


La memoria Al fin y al cabo todos estamos solos. Todo lo que nos rodea puede ser un retrato de nosotros mismos, puede decir cosas superficiales o profundas (tanto que ni nos demos cuenta). A veces el movimiento de un carro nos recuerda cosas, o un sonido de la calle hace aparecer una canción en la mente, y después no entendemos cómo es que tenemos esa melodía pegada. A veces, sin querer, tomamos una foto y mucho tiempo después le encontramos sentido, o encontramos algo que no habíamos visto al momento de tomarla. Eso pasa, y es una de las cosas interesantes de la imagen fotográfica, así como de la música: la posibilidad de incorporar diversos significados, a diferentes niveles -tanto a propósito como inconscientemente- de manera que muchos de esos valores pueden salir después, y la imagen comienza a ser más clara. Las fotos que aquí muestro nacen, en su mayoría, de un gusto casi visceral por las formas, los colores, la disposición de ciertos elementos o lugares, o la inquietud por un tema que de repente comienza a ser recurrente, a aparecer en muchas partes. El ver y el re-ver (como leer y releer) se convierte en una actividad muy entretenida. La primera vez aparecen ciertas cosas, la segunda otras un poco más profundas. El cómo la memoria asimila la información convirtiéndola en signo y significado para darle sentido a una imagen, así como ese algo que uno ve y que le remite a otra cosa, es fascinante tanto desde el punto de vista del fotógrafo como del espectador, pues da cuenta de toda una trama de recuerdos o de explicaciones que damos por sentadas. Es por esto que hablo de esos significados posteriores, pues de igual manera quisiera yo que le pasara a quien ve la foto después, y descubre algo que tal vez a simple vista no era demasiado obvio.


La identidad ¿Cómo se que yo soy yo y no otro? Es la identidad lo que nos constituye como seres únicos; lo que nos hace una comunidad o un individuo diferente a las demás. ‘Eso’ que hace que seamos uno y no otro. Un conjunto de rasgos que caracterizan algo y lo distinguen de los demás, rasgos que al mismo tiempo son más o menos comunes y principalmente reconocibles por muchos, lo cual lo hace contradictorio y al mismo tiempo llamativo, pues ‘eso’ que hace que cada uno sea uno mismo es una línea fina, variable, poco definible. Y la identidad pierde forma cuando tomo sólo una de esas características y la separo del resto; ahora esa conciencia (de algo o alguien), a menos que esté en el imaginario colectivo, no me da muchas pistas sobre eso, o ese. A menos que yo vea unos ojos y los recuerde por algo específico (signo), ver sólo unos ojos no me dará muchas pistas sobre la identidad de esa persona, mucho menos si fuese un rasgo poco recordable culturalmente. Más difícil se hace cuando hay millones de identidades diferentes frente a alguien que simplemente recuerda.


La ausencia ¿Qué tal si todos desaparecieran de repente, dejando este mundo tal y como está? Aquel que estaba montando en bicicleta, o dos que hacían el amor en el baño, o un grupo de ejecutivos discutiendo asuntos importantes. ¿Cómo sería ese mundo ahora desierto, deshabitado? ¿Qué quedaría de esas personas, del futuro por el que vivían? ¿Qué queraría del recorrido del ciclista, o del amor de la pareja, o del asunto importantísimo de la reunión de los ejecutivos? ¿Qué tan importante sería todo esto ahora? Es lindo mirar las cosas porque siempre cuentan historias. Mucho más que la gente en sí misma, porque son historias más transparentes, más sinceras. Una silla frente a la ventana, una cama destendida... todo relata algo, que puede variar según quien mira, y claro, según quien toma la foto. A mi me gusta ese pasado representado en una imagen que al mismo tiempo puede dar cabida a muchas interpretaciones. Porque ver una imagen de alguien corriendo me hace pensar tal vez en esas razones las que corre, pero sesga en cierta medida la mirada que pueda tener al aparecer tan literalmente; al ver la imagen del camino, esa persona que corre ya no tiene identidad, pueden ser mil diferentes; no tiene ropa, no tiene cara. Es más, puede no estar corriendo sino caminando o sentado en el andén, o puede no haber pasado nunca por ahí sino por el andén de al lado, que no aparece en la foto. El protagonista puede adquirir infinidad de identidades, y no cuenta una sola historia, porque el hecho de estar ahí habla de muchas memorias diferentes que convergen en ese espacio.


“(...) Imaginad una cosa imposible, una cosa loca, absurda, increíble y terrible. Imaginad que todo el mundo se detuviera de repente, en un instante determinado, y que todas las cosas se quedaran en el punto en que estaban y que todos los hombres se volvieran inmóviles, casi estatuas, en aquella actitud en que estaban en aquel momento, en el acto que estaban realizando... Si esto sucediera y, a pesar de ello, continuara en los hombres el pensamiento, y pudieran recordar y juzgar lo que hicieron y lo que estaban haciendo, y pudieran considerar todo lo que han realizado desde su nacimiento y volver a pensar en lo que querían realizar antes de la muerte, ¡imaginaos cuánta desesperación ardería bajo el tétrico silencio de este mundo detenido de improviso! ¿Creéis que habrá un solo hombre - uno solo, ¿comprendéis?- , uno solo que esté contento y satisfecho de aquel momento en que el destino lo ha inmovilizado? ¿Creéis que para uno solo de estos hombres fue aquél el momento de Fausto, el momento bello que quisiéramos detener, fijar y conservar por toda la eternidad?” Giovanni Papini, El espejo que huye


Ana María Ruiz Valencia. Fotografía