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LOS 7 QUE FUERON CINCO, Y VICEVERSA © Efecto Alquimia 2017 www.efectoalquimia.blogspot.com 1era. edición Coedición: Ximena Flores Venegas y Richard Jiménez. Diseño: Julio Flores Ruiz Impresión: Studio21 Quito-Ecuador, noviembre 2017

Cláusula de Autonomía Mutua.- El carácter plural de ‘Los 7 que fueron cinco, y viceversa’ permite declarar que las ideas expresadas en cada capítulo, no necesariamente son o deban ser compartidas por la editora, y/o por las demás personas que integran el conjunto. XFV, Quito 31 de octubre, 2017


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Los que fueron cinco, y viceversa enfocados por:

Ximena Flores Venegas Bernarda Gui Neal Moriarty Juan Carlos Cucalรณn del Campo Gabriela Ruiz Agila

Texto introductorio de Freddy Ayala Plazarte

Quito-Ecuador 2017


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Ítaca te brindó tan hermoso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene ya nada que darte. Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya qué significan las Ítacas. C. P. Kavafis.


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Acerca de este libro

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quienes se han interesado en la vida de los cinco integrantes del Club 7, debemos confesarles que los textos que contiene esta obra son perfiles, narrados desde el punto vista de cinco autores contemporáneos quienes están separados por más de 60 años de la época en la que Carlos, Ileana, Gastón, David y Sergio se agruparon. Para crear esta obra se ha investigado exhaustivamente, se han tomado en cuenta testimonios, biografías y bibliografía. De alguna manera los autores hemos viajado en el tiempo al Guayaquil de los años 50, el que dio las condiciones necesarias con sus personajes, calles y cambios sociales entre otros para el surgimiento de las voces poéticas que encontrarán en estas líneas. No obstante también existen párrafos con los recuerdos de quienes conocieron a los integrantes del Club 7 o están relacionados con ellos. Hijos e hija, hermanos, sobrinos, amigos y cómo no también se encuentra la voz del único integrante clubsiético que aún nos acompaña. El nombre del libro, Los 7 que fueron cinco, y viceversa se inspiró en el artículo que por motivo de la aparición de Quince hojas de té de hierba luisa obra de Sergio Román Armendáriz, escribió para diario Expreso, Fernando Cazón Vera. Los poemas que aquí se reproducen han sido tomados, en especial, de Club 7 (1954), Triángulo (1960) y la colección Rosa de papel (1990). Las fotografías que ilustran la publicación pertenecen a archivos de los autores, a Cuadernos del Guayas, Memorias Porteñas del diario Expreso, Antología Poética de Ileana Espinel (2002), Piezas Líricas (1957) y prensa de la época. XFV.


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Apenas, reflejos fílmicos... En condición inevitable de sobreviviente de la generación clubsiética (Guayaquil / 1951-1962), aprecio el vuelo hoy de quíntuples plumas jóvenes que en esta publicación relampaguean con puntos suspensivos sobre la ex-tinta imagen del ayer. Y, agradezco, SR www.sergioroman.com Costa Rica, 5 de octubre, 2017


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Ausentes metafísicas Visiones poéticas del “Club 7” • Freddy Ayala Plazarte

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ste trabajo no pretende ser un modelo erudito o exegeta sobre las poéticas del “Club 7”, ni mucho menos patentar una lectura abarcadora de toda la obra, la intención, más bien, es cooperar con más claves de lectura en torno a algunos poemas que he resaltado. Es un ejercicio estimulante al retomar a este conjunto de autores, que inscribieron sus obras en la literatura ecuatoriana, a inicios de la segunda mitad del siglo XX. Al mismo tiempo, este escrito es una suerte de homenaje al único sobreviviente de aquel entonces: Sergio Román Armendáriz, radicado en Costa Rica hace muchos decenios. No deja de ser interesante situar que las visiones poéticas del “Club 7” (grupo de jóvenes escritores –en aquel entonces– conformado en la década del 50, en la ciudad de Guayaquil) hayan estado ajenas a un cambio de sensibilidad en la escritura, debido a la asimilación de nuevas corrientes literarias que se propagaron a inicios del siglo XX. Desde este punto de vista, es fundamental adentrarse en las paradojas sobre lo que se ha calificado como moderno, ante todo, cuando se ha tratado de una expresión artística, y particularmente, la literaria. En pleno auge industrial, económico, ideológico y bélico, las producciones literarias en Latinoamérica no estuvieron ajenas a las influencias de la narrativa europea del siglo XIX (simbolismo, modernismo, romanticismo, impresionismo, expresionismo, surrealismo, etc.). Ismos que, al fin y al cabo, popularizaron el cliché del arte moderno, y que, en unos casos aportaron nuevas miradas en la sensibilidad artística, mientras que, en otros, se debe tener en cuenta el determinante papel que jugó el realismo social-mágico-fantástico, en tendencias iniciáticas de la literatura latinoamericana: las novelas, los cuentos, las poéticas, dan cuenta de un abundante registro de producciones.


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Un poco antes del boom, en muchos escritores latinoamericanos se despertaba una conciencia histórica de su época, de mirar el entorno, de problematizar la realidad con la escritura, y quizás: la tierra, el desarraigo del campo a la ciudad, la diáspora, el novedoso industrialismo, la paranoia urbana, también se convirtieron en temas de interés. Y si a esto se agrega el inconformismo frente a los modelos políticos, que anunciaban las futuras dictaduras, y por tanto, una conducta reaccionaria con el arte. Por ello, lo colonial cobró vigencia, y se tradujo a una denuncia estética; el mismo mestizaje levantó una postura (política) indigenista, donde los contrastes culturales entre la tradición y lo novedoso alentaron el espíritu (mitológico, etnográfico) de diversas obras. Así, la resistencia, el retorno, la identidad, la apropiación, la modernización del pasado, se convirtieron en términos influyentes para la sensibilidad de los escritores latinoamericanos, si consideramos, además, que este panorama fue el caldo de cultivo para que aparezcan otras formas de proyectar la creatividad particular. Este contexto, indudablemente, formó parte del tiempo del “Club 7”, las visiones de Carlos Benavides Vega (Guayaquil, 1931-1999), Ileana Espinel Cedeño (Guayaquil, 1933-2001), Gastón Hidalgo Ortega (Guayaquil, 1929-1973), David Ledesma Vázquez (Guayaquil, 19341961), Sergio Román Armendáriz (Riobamba, 1934), tienen complicidad con estos acontecimientos. A nivel individual o colectivo, la escritura es el horizonte, la (dis) continuidad, la incertidumbre, en medio de una ciudad portuaria. Para los años 50, Guayaquil era una ciudad notoria, no solo por el aspecto de portuaria, sino también por el boom cacaotero, y según como apunta la escritora María Auxiliadora Balladares, la sensibilidad de los escritores del “Club 7” estuvo determinada por diversos factores1. Si bien el compromiso político no es el único móvil del grupo en lo que se refiere a la creación 1 Cfr. De acuerdo con el investigador Richard Jiménez, junto al “Club 7” confluyeron otras figuras de la literatura ecuatoriana, puesto que “[...] no fue la única agrupación en aquella época. En el Ecuador de ese entonces existieron diversas asociaciones que concentraron a las principales figuras culturales del país, así como también a sus respectivas tendencias y estilos. De todos ellos, tres grupos literarios fueron los más afines y cercanos al ‘Club 7’: primero, tenemos a Madrugada, debido a la influencia mutua devenida de Rafael Díaz Ycaza y César Dávila Andrade; luego a Horizonte, al cual perteneció Fernando Cazón Vera, amigo cercano del ‘Club 7’; y finalmente, los Tzántzicos, por ser Ulises Estrella y Román Armendáriz amigos entre sí. Según Ángel Emilio Hidalgo, poeta y sobrino de Gastón Hidalgo, los ‘clubsiéticos’ pueden ser calificados como los continuadores del urbanismo heredado de Hugo Mayo, José Antonio Falconí Villagómez y Medardo Ángel Silva”. Richard Marcelo Jiménez Almeida, “La máscara transgresora: análisis e interpretación de la obra poética de David Ledesma Vázquez (1934-1961)”, Tesis de Maestría (inédita), Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, 2014, en: http://repositorio.uasb.edu.ec/bitstream/10644/4080/1/T1459-MEC-Jimenez-La%20mascara.pdf [Consulta: 01 de agosto de 2017].


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poética, ni el más recurrente, intuimos que de forma tangencial nos habla de una sensibilidad particular en su forma de relacionarse con los paisajes y las dinámicas urbanas2. A decir del mismo Sergio Román Armendáriz, el aspecto político no corresponde a una filiación o, mucho menos, la militancia. Ante todo, es el compromiso crítico frente a la realidad social, de cada uno de sus miembros, el que funda un nexo común, y de carácter pluralista. En la ponencia Club 7, Poética y Política (1951-1962), manifiesta que nunca tuvo matrícula política, pero sus miembros, coincidimos en posiciones democráticas, aunque solo yo ejercí militancia directa en la Unión Revolucionaria de la Juventud Ecuatoriana, URJE (1959-1963)3. Otro tema que cabe destacar es la ciudad, en cuanto a convertirse en el punto de concentración de la actividad cultural de los escritores. Si tomamos en cuenta que, para aquel entonces, Guayaquil captaba la atención social debido a factores económicos, políticos y comerciales. A esto se suma el papel que cumplía la Casa de la Cultura Ecuatoriana, donde se publicaron los libros colectivos Club 7 (1954), constan poemas de Carlos Benavides Vega, Ileana Espinel Cedeño, Gastón Hidalgo Ortega, David Ledesma Vázquez4, Sergio Román Armendáriz; y también Triángulo (1960), con David Ledesma Vázquez, Ileana Espinel, y Sergio Román Armendáriz. De cierto modo, la ciudad es el espacio de la transformación, de la añoranza, del contraste, opuesta a lo rural; poetizar en ella es internarse en sus diferencias, asumir el trazado de su topografía, el espacio para que los escritores del “Club 7” elaboren un lenguaje poético entre lo íntimo y lo social, ya sea por las costumbres urbanas que iban tomando, en aquel entonces, distancia del paisaje bucólico. Así, aparecía un nuevo paisaje urbano que provocaba en los individuos alucinación, abandono, soledad, motivos óptimos para la poesía de estos tiempos.

2 Cfr. María Auxiliadora Balladares, “Club 7 de poesía: Álvaro San Félix, Ileana Espinel, Gastón Hidalgo, David Ledesma y Sergio Román”, en Historia de las literaturas del Ecuador, Quito, Corporación editora Nacional, Volumen VIII, Período 1960-2000, Coord. Alicia Ortega Caicedo, 2012, p. 251. 3 Cfr. Sergio Román Armendáriz, “Club 7, Poética y Política (1951-1962)”, Ponencia del 1er. Encuentro de talleres y grupos literario-históricos `Gustavo Garzón Guzmán’, Quito, 10-12 noviembre del 2010. 4 Véase también el estudio introductorio realizado por Ángel Emilio Hidalgo, “David Ledesma Vázquez: El cantor de su propia tragedia”, en David Ledesma Vázquez, Obra poética completa, Vol. 5., Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, (Edición: César Vásconez Romero), 2007.


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Club 75: abandono nocturno del poema La colección de poemas la inaugura Carlos Benavides Vega, su lenguaje permite observar temas como el abandono, y la enajenación (¿de sí mismo?), acaso, por la profunda marca que deja el tiempo, traducido en cansancio y fatiga. En el poema Inventario, dice: Nunca he tenido nada que me hiciera decir: –Esto me basta. ¡Todo lo que he mirado ha sido tan ajeno! (p. 12). O, a su vez, en Biografía de la ausencia: Cansado, somnoliento, deshecho de encontrar tu puerto. Nuevamente me voy. No me preguntes nada, la calle está vacía y el alma tiene sueño. (p. 14). De cierta manera, en estos versos se resaltan figuras como puerto, ciudad, calle, síntoma de abandono y de ausencia. La subjetivación de la exterioridad, en este tipo de poemas, se fue convirtiendo en un lugar privilegiado para el desahogo; pues ya no estaba el campo, como reclamo, el reclamo se volvió hacia el individuo, eso sí, con una intención estética. A esto se suma el poema Funeral de Angustia: Saber que estoy aquí, junto al negro milagro del caos infinito. Saber que estoy distante, y ausente de mí mismo. ¡Y no saber qué quiero! ¡Y no saber si existo! (p. 15), y también Poema de la búsqueda: La noche es tan espesa que para ver tus ojos necesito un espejo […] Un perfume de escuela rural en tus pestañas y un alero –sin nieve– en las miradas (p. 19). En estos dos poemas, su autor profundiza un nostálgico momento provocado por el encuentro alucinante con su interioridad; no apuesta a una conciliación, ni al devenir, es ante todo, una apuesta por la incerteza, y el dubitativo contacto con la vida. Y, además evoca ese perfume rural de escuela, como un adorno estético, poniendo en evidencia el salto de un escenario rural a un escenario urbano. Aquí la palabra le permite manifestar una conciencia frente a los cambios que se vivían en estos tiempos. En cuanto a Ileana Espinel Cedeño, a diferencia de su anterior, podemos encontrar mayores referencias, más allá de que ciertamente se percibe la admiración de la autora por García Lorca, sus poemas asumen la enfermedad, la soledad, la añoranza, el dolor, el yo, como situaciones estrictamente humanas. En este sentido, se destaca el vigor de la autora frente a la vida, la valentía es el poema; estar más cerca de la enfermedad es ineludiblemente estar en constante especulación con la muerte, y ahí el

5 Los fragmentos de poemas de los autores que se han citado, en esta parte del trabajo, provienen del libro “Club 7”, Poesía, Guayaquil, Edición de los autores, Imp. Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1954.


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lenguaje vive al límite. Empieza diciendo en el poema Trilogía del yo: Aquí dentro está el yo (p. 27), que luego toma relevancia cuando aparece la madre, en Tú sabes...: Madre mía, tú sabes que cuando uno está enfermo todo se dificulta: hacer. Pensar. Reír. Y amar (p. 32). Para la poeta, el dolor se configura en el anhelo de la lejanía, es el caso de Canción para el Gitano Eterno: No me duele el dolor, García Lorca, de saberte lejano, para siempre, en el día que muera tu distancia (p. 33). Al mismo tiempo, estos poemas interrogan la melancolía, ante la imposibilidad de estar lejos del dolor, parten de él como si se tratase de un motor de creación. En definitiva, el poema es el reconocimiento de la enfermedad que habita en la memoria y el cuerpo. Se destaca, además, la dedicatoria al poeta mantense Hugo Mayo, en Esta es la hora: Esta es la hora del hombre aniquilado por la noche. La hora de la eterna soledad. Y del crepúsculo. (p. 38), y también al cuencano César Dávila Andrade, en Como una rosa blanca: Pobre niño que cruzas, desnutrido y descalzo, las calles de mi puerto, déjame la tristeza casi inconsciente y leve de tus manos (p. 39). La exaltación de la eterna soledad y del pobre niño, sea en la noche o el puerto, son imágenes que revelan aspectos sensitivos de estos dos poetas. Frente al espacio o al lugar, ellos fueron videntes e incansables creadores. Los poemas de Ileana Espinel tienen una atmósfera lunática, nocturna, gris, cuando sus visiones se interconectan con estas figuras, no lo es tanto por la cromática o por el hecho de generar impresión, sino más bien, lo lunar (gris-nocturno) adquieren una personalidad, se transforman en una entidad. El poema En mi suelo reza: Sucede que las cosas andan mal en mi tierra. Yo pudiera ignorarlo en una fuga eterna [...] los geranios tienen cinco cápsulas deshojadas y no hay Luna, en el tiempo. Lentamente, me voy perdiendo por las desoladas arterias de la urbe. [...] No obstante, un frío cruel palidece en el rostro chiquillo (p. 40). Sería impensable un poema sin la recurrencia a la soledad, pues ella es el aplomo de una secuencia de actos que confrontan la ausencia o la presencia. En esta línea reflexiva Gastón Hidalgo Ortega escribe Sinfonía de mi soledad: En esta noche inmensa como mi propia soledad sin palabras. En esta noche de rezos y elegías y negras sinfonías de tétricos fantasmas. [...] Y se hace el misterio y se hace la muerte. Pero mi Yo no existe. La Nada siempre eterna me ha envuelto entre sus brazos... (p. 50). Da la sensación de que la poesía modernista calaba perfectamente en algunos poemas que se escribieron en el “Club 7”, donde el “yo” se había vuelto un lugar común de la manifestación lírica.


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Gastón Hidalgo matiza ese período transitorio del modernismo que propugnaba al individuo, y lo expone alucinante de sus divinidades, ironizando al cristianismo, dice en el poema Canción del esplendor único: Un puro y lento abandonarse de ángel simula tu mirada, lumbre rosa, que enciende de milagro lo que abrasa... [...] Y tus manos –dos cálices de Dios– descubren la ternura en la manzana, en el pan de los pobres y en la frente ardida de violetas de la madre. [...] Y es el llanto, también, de un loco arcángel que sufre por tu luz, por tu amapola […] (pp. 55-56). Por otra parte, en estos poemas, puede decirse de la noche, como un símbolo, que alumbra el sentido más funesto de un instante corporal; pulsional escritura que confiesa el encuentro de los amantes. Es el caso de Elegía de angustia: La noche, negra. Nocturno funerario de estrellas difuntas en la espera inútil de amantes ausentes. Una elegía de angustia. La canción sin palabras de un poeta degollado. [...] La muerte rondando las alcobas […] p. 57. Si bien, en la poesía de Gastón Hidalgo la conjugación de lo mundano y prohibido, intimista, permiten reflexionar la relación del cuerpo y la materia, de la vida y la muerte, de lo orgánico y lo objetual, el origen y el destino, es el caso del poema Canto del Hombre y su Materia: El hombre –el hombre surgido de la más entraña negra de la creación– que llevara por siempre un gusano verde en el cerebro, sopla en el cuerno del pecado su canto final [...] (p. 60). Mención especial es la poesía de David Ledesma Vázquez, el más prolijo del grupo, ya sea en poemas que atestiguan una metafísica con Dios, o en el constante levitar de sus ausentes luces, que atraviesan el dolor interno. No hay lugar para el futuro, es el tiempo (subjetivo) la girándula que mutila toda esperanza. Así, Lugar de Angustia, es su ángelus, al fin y al cabo, su criatura: Todo se quiebra aquí. Todo se trunca. Dios ha muerto de frío en esta tarde. Y ya no hay luz porque la luz se escapa y es tiempo de llorar la luz ausente (p. 69). El poeta, por supuesto, sabe que pereceremos pronto, y a manera de una sinfonía desesperante lidia con harapos, como si el tiempo se carcomiera parte de nuestro espíritu en los objetos que portamos. La muerte, aquí, ya no es un azar, o un suceso espontáneo, es una meditada forma de aproximarse al mismo conocimiento, inevitable trayecto que pondera toda resistencia al no estar en el mundo, por tanto, en Conocimiento de la muerte, escribe: Lentamente nos vamos acabando. Con los cuellos lascados. Con las medias. Con los viejos zapatos. La camisa que arrancamos como una piel gastada. Lentamente nos vamos acabando (p. 70). Al mismo tiempo, la miseria y la patria, representan la furia, la rabia,


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frente a la indiferencia, como en el poema El Deshabitado: Puede llorar la gente de mi pueblo, mi raza de malditos, desterrada. [...] Y un hombre pobre y solo y fracasado puede matar a Dios en una esquina con piedras, a palos y a patadas (p. 72). Pero esta indiferencia social se traslada a un campo, intimista, sexual (¿quizás oculto?). Ledesma Vázquez se desdobla para encarnar la voz (acaso su voz); mirándose en ausencia, como si habría habitado el sonido antes que la propia palabra. Internado en sus reflejos y múltiples alucinaciones metafísicas dice en El Espejo: Conozco ya tu voz. Yo estuve aquí. Desde hace años que muero y resucito. Nadie me ve morir. No me conocen quienes creen que soy el que pregunto: –¿Por dónde pasa el bus?...– ¿Me presta un fósforo?... Ceñido al sexo, a su materia oscura. Comprando la cadera atormentada (p. 79). En lo que respecta a Sergio Román Armendáriz, sus poemas advierten una partida, una despedida, que se polariza en el viaje. A pesar de que otros poemas escritos por su autor se inclinan hacia el lado político e ideológico, en esta ocasión, lo escogido nos ubica en el entorno marítimo. Es el paisaje costero que mantiene correspondencia con el viaje, y la despedida se torna etérea; letargo necesario para enfrentarse a lo ínfimo de la existencia versus lo sublime del universo. ¿Qué somos ante esa incomprensión de lo infinito? ¿Acaso un escombro que inadvertidamente se cuela en algún punto del mundo y ahí es donde empezamos a fundar con el lenguaje lo asombroso?. A partir de estas interpelaciones cito el poema Desolado Vocablo: Este eterno Avanzar con los ojos perdidos y el corazón completo de preguntas. Este silencio estático, rotundo. […] Este Viaje hacia el dios interminablemente violado en la clepsidra. […] Esta tortura de saberse Hombre y ser tan solo una Lágrima inútil […] (p. 86). Es posible que el horizonte inventivo del poeta haya estado arraigado a dar un salto de región, es decir, en ese quiebre de fronteras, a nombre de la búsqueda de un nuevo espacio, un hábitat distinto al de sus orígenes. Y como si fuera un viajero empedernido, listo para el no-retorno, en Mar ausente escribe: ¡Cómo me duelen tus pasos de viajero, tus ángeles, tus peces, tu arponazo, tu veste en amaranto y arcoíris y tu roto equipaje y tu pleamar! ¡Caracol siempre errante, siempre lejos: mis manos son apenas como un velamen roto, estiradas en vano sobre tus playas muertas! (pp. 87-88). Fuera de sí, el poeta sentencia las fisuras sociales que acarrea lo popular, y los sentimientos marginales de su tiempo, en el poema Motivo Universal: Afuera solo hay noche y muerte. Solo hay llanto. Y bestias pre-


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ñadas por tinieblas. Y prematuras niños, mutilados. Y madres sin pezones y sin órbitas. Y ciegos hombres blasfemos, devorándose! (p. 91). Finalmente, este viaje promulgado por Román Armendáriz no era una utopía, puesto que pasó a convertirse en su nueva morada, debido al exilio en Costa Rica (el escritor salió de Ecuador por presiones militares, desde 1962 hasta la presente fecha). Poetizará desde esta patria de la cual se dolerá y se encantará, tanto por sus historias esclavistas de la Colonia, la identidad aborigen (caribeña), así como por otras problemáticas. De ello, escribe en su poema Puerto Rico en el Llanto: Me dueles, Puerto Rico. Me duele tu semblante amurallado. Me duele tu pan. Y hasta tu sombra. Tu garganta me duele, Puerto Rico. […] Escupirás tus bárbaras cadenas sobre el rostro avaro y carcelero de los que compran y niegan tu destino. [… ] Se acerca aquel minuto, Puerto Rico. Se acerca aquel minuto y su alimento. Serán tan solo tuyos, tu harina, tus caminos. Y serás un absoluto campanario de luz para Indo-América! (pp. 94-95). Metafísica ausente En los poemas de “Club 7” podríamos hallar una serie de conexiones literarias, y que en varios de sus poemas es notoria. Por ejemplo, la atmósfera nocturna por la que apelaba el romanticismo, en piezas musicales, pinturas, cuentos, obras dramáticas-teatrales, y poemas, que demostraron una estética orientada al individuo, donde la luna era una figura del antimodernismo, pues, no era solo un astro, sino la encarnación rebelde de la melancolía, el abandono, la angustia, la soledad. Estos efectos antiiluministas de la Ilustración fueron, también el punto de creación de gran parte de artistas en esta corriente artística y que, ineludiblemente, serían apreciados por escritores latinoamericanos. Otros momentos que convienen señalar son el simbolismo francés del siglo XIX, que apeló a las desviaciones morales para hallar el Horror simpático, en el poema de Baudelaire, o el Barco ebrio, de Rimbaud. Paralelamente, el modernismo instaurado por Rubén Darío, atrajo la fascinación por el sentimiento, lo romántico, hasta desembocar en la destacada generación del 27, de poetas españoles, como Federico García Lorca, Miguel Hernández. Se podrían seguir citando casos, sin embargo, como se advirtió, este trabajo únicamente pretende recuperar algunas claves de lectura en los poemas que hemos seleccionado, ni mucho menos consiste en encasillar sus poéticas, en las mencionadas expresiones artísticas, la intención más bien es abrir un panorama cultural


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al lector, con la finalidad de que perciba en otras dimensiones las poéticas que sus autores proponen. Por otra parte, hay recuperación metafísica de la angustia, el abandono, la soledad, el yo, en el paisaje nocturno y lunático de la urbe portuaria, permiten vislumbrar el interés de los escritores por el individuo, quien atraviesa una fragmentación identitaria generada por los veloces modelos insertados en la modernidad. Pues, ya no es la tierra el paisaje cotidiano; se convierte en añoranza, o también se borra del presente, y quizás la luna se convierte en el paisaje sacro (y ahí varios de sus poemas suceden). Y es interesante enfatizar que, en sus poemas, existe una combinación metafísica de lo noctámbulo con lo social, sin negar, en ningún momento, el dolor de sentir la existencia en el cuerpo, y de que lo perecible aletarga el tiempo. Entonces, cobra sentido decir que la ausencia es tautológica, necesaria figura para manifestar una queja individual, a expensas de que la presencia social se extrapola a lo inerte, lo mundano; el poema, ciertamente, es el mapa, la evidencia metafísica, que recuerda un tiempo ausente. Es importante precisar que el “Club 7” representan, según como apunta Balladares, un momento de transición para la literatura ecuatoriana. En una de las páginas iniciales de “Club 7”, Carlos Benavides Vega, Ileana Espinel Cedeño, Gastón Hidalgo Ortega, David Ledesma Vázquez, Sergio Román Armendáriz, conjuntamente, dicen: “Somos solo cinco jóvenes unidos por la amistad y por esta unánime devoción por el arte”.


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Carlos Benavides Vega

Carlos Benavides Vega-Álvaro San Félix (Guayaquil, 1931-Quito, 1999). Actor, radiodifusor, dramaturgo, historiador, poeta...


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Exploración íntima • Ximena Flores Venegas Investigadora literaria y directora de Efecto Alquimia

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n escenario, la vida, una voz... Pasados los años, los recuerdos se desvanecen, los momentos, las personas, los viajes, las palabras se borran de la mente y te quedas con tus fantasmas, la utilería de tu vida, con los versos escritos en un viejo cuaderno y con el acto final. En la penumbra de una habitación entablada, sentado en un sillón de cuero negro, disfrutas de un vaso de whisky mientras meditas. Las preguntas te acorralan y tú tratas de darles respuesta. ¿Quién es aquel hombre? ¿Quién fue en aquellos años que agonizaron uno tras otro? ¿Qué hizo motivado por la locura juvenil? ¿Qué dejó sin hacer? Este es su soliloquio. Primer acto – El inicio fue…

l de uno mismo, y aún más de épocas ya paQuizás sea de locos habar sadas. Carlos Benavides Vega, es mi nombre real, vi la primera luz un día caluroso y húmedo en la tierra que baña la ría Guayas, la ciudad porteña de Guayaquil, un 9 de marzo de 1931. ¡Se puede pedir más! La brisa delicada y el olor al estero me dieron la bienvenida, las calles alborotadas, los tranvías, las organizaciones sociales y los nuevos artistas preocupados por la condición humana. Ese habría sido un escenario perfecto para la obra de mi vida, sin embargo desde muy niño por cuestiones de salud, mi madre me llevó a Quito, de clima más seco. Obtuve un bachillerado técnico en mecánica industrial otorgado por el Colegio Don Bosco de la Tola, cuyo lema era “Proporcionar a los niños de familia obrera, junto con la educación e instrucción cristiana, los medios de ganarse honradamente la subsistencia, mediante el ejercicio de un arte u oficio”, Aprendí a realizar la construcción de piezas, a reparar mecanismos dañados, construir máquinas cortadoras, dobladoras, prensas, y


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otras. Además los salesianos quienes dirigían los estudios, incluyeron desarrollo de “cultura física, gimnasia, deportes, paseos, cultura intelectual y artística con clases de dibujo, canto, declamación, teatro y el desarrollo de la cultura moral”. Sin duda esas fueron las clases que más disfruté, casi de inmediato pasé a formar parte del club de teatro. Fue el Dr. Jorge Vallarino Donoso para quien mi madre trabajaba cocinando, el que me matriculó en la institución que, para el momento me daría la educación adecuada con la que sin más estudios podría mantenerme y empezar a trabajar después de haberme graduado. Al concluir el bachillerato ya estaba con un empleo en la fábrica de fósforos. ¡Qué tiempos de estudio! Difíciles con tanto que realizar, trabajo y colegio. El clima me sentó bien y no hubo más felicidad que las obras de teatro en el colegio. Aprendí sí y muy bien que la perfección milimétrica de cada pieza garantiza el funcionamiento adecuado de las máquinas, esa premisa es aplicable a la vida del ser humano en cada una de sus tareas y así intenté hacerlo yo. ¡Ah pero la vida no es como uno la planifica, a veces un detalle lo cambia todo! Una mañana fría de 1950 mientras me dirigía al trabajo compré el diario El Comercio. Me gustaba enterarme de las noticias mundiales, de los acontecimientos de la ciudad y hojear los anuncios mientras esperaba el camión que me llevaba día tras día a la fábrica, la espera era larga y si no podía leer un libro, qué mejor manera que matar el tiempo con el periódico. Esa mañana un anuncio de casi página entera con el retrato de un hombre elegante llamó mi atención. Solicitaban actores para hacer radioteatro. Recordé el teatro del colegio, me agradaba actuar, vivir grandes aventuras, viajar en el tiempo a la antigua Roma, a la época de los Césares. Existía para los estudiantes del Don Bosco un “amplio repertorio dramático que ponía en escena piezas construidas por los salesianos o representando otras, reconocidas mundialmente”. Las obras interpretadas por los alumnos y en las que actué fueron “Fabiola y Quo Vadis”. Cuando nos llegaban los libretos desde Europa, me encerraba en el cuarto de lavandería y repasaba mis líneas y movimientos. Se escuchaba mi voz por toda la casa y mamá corría a decirme que hablara más bajo para no molestar a los dueños. Ese anuncio era una oportunidad, podría aprender radioteatro, estudiar más para poder luego interpretar grandes personajes en las tablas y quién sabe, escribir yo mismo aquellos libretos. No dejé de pensar en ello, leía una y otra vez el anuncio mientras pensaba si esto era lo que necesitaba, tan distraído y emocionado me encon-


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traba que casi pierdo el camión, un compañero me llamó con un potente grito, subí y me senté a su lado. Por primera vez durante el trayecto, no comenté sobre lo que había leído en el diario. Todos solían acercarse y escuchar las noticias que yo les leía o comentaba, ese día no pudieron enterase de nada. Con el sol que se asomaba tímido iluminando mi cara, los que me rodeaban descubrieron un nuevo brillo en mis ojos. Era la ilusión de hacer lo que realmente me apasionaba. Fui directo donde el superior de la fábrica y pedí permiso para ausentarme al día siguiente. La emoción esa noche no me dejó dormir. Me levanté temprano, me vestí con mi mejor traje, desayuné y fui a la radio. ¡Aquel día iba a ser grande! Junto a mí, esperaban su turno varias personas, hombres y mujeres, ellas acompañadas por sus madres o alguna amiga, yo estaba solo, me entretuve estudiando sus rostros. En la radio no te miran pero las personas suelen crearte una imagen, por el tono de voz o la forma en la que te expresas. Yo varias veces me había imaginado cómo era el famoso Hugo Vernel quien hacía grandes personajes en la radio. Debía ser una persona alta, de rostro triangular, muy imponente. Quizás llevaba bigote y cabellos peinados hacia atrás como estaba de moda. Imaginé tantos detalles, su vestimenta, quizás fumaba y en el entretiempo de la programación, salía al pasillo de la radio, encendía un cigarro, lo fumaba y exhalaba dejando una cortina de humo, luego regresaba a la cabina para seguir entreteniendo a los radioescuchas. Cuando llegó el momento yo que había olvidado los nervios me puse tenso, ¿lograré hacerlo? ¿hice bien en venir? Este día que pedí permiso en la fábrica me tocaría recuperarlo en una jornada extra. ¿Habrá valido la pena?, caminé despacio tratando de calmar tantos pensamientos, me acerqué al micrófono. Llevaba puesto mi terno de grado, una camisa blanca y corbata negra. Estar frente al micrófono me agradó. El profesor José Guerra Castillo era el mismo que mostraba la foto del anuncio en el periódico, él era el gran Hugo Vernel. Me pidió que siguiera el libreto que una bella señorita me había entregado, ella hizo la voz femenina. Hice lo mejor que pude pero mi presentación no estuvo perfecta. Aun así el maestro Guerra me aceptó no sin antes hacerme un interrogatorio sobre mi experiencia. La tenía, es verdad, pero me faltaba mucho por aprender. Ese fue el momento en el que sin saberlo, Carlos Benavides Vega empezaba a quedarse relegado y a dar paso a otro y a otros, al inicio frente al micrófono en la radio, luego en las tablas, los escenarios naturales en el


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teatro histórico y frente a la cámara. Transmuté. Cada día después del trabajo corría a la radio para aprender. La voz era lo más importante, transmitir con ella las emociones de los personajes, contar la historia, los efectos que creaban el ambiente, la música, cada detalle debía ser cuidado con esmero. Después de semanas de preparación participé en mi primer programa de radioteatro. Al aire frente al micrófono sin cometer ningún error. Decidí entonces por consejo del maestro Guerra y por novelería buscar un pseudónimo, un nombre que impacte y que todos recuerden. Entonces nació Álvaro San Félix. Al recordarlo ahora todo parece haber sucedido con rapidez, los días, meses, años. La ciudad, la emisora, la fábrica y mis deseos de llegar lejos, no sólo en el teatro, soñé con viajar a otras ciudades. Estudiar más, investigar. El país vivía una época de prosperidad, la demanda de banano por parte de EE. UU. y Europa había dejado atrás los amargos años de crisis, la Segunda Guerra Mundial y la guerra contra el Perú. Aunque la capital se había quedado relegada, los ingresos que entraban en el país por las exportaciones se vieron reflejados en desarrollo urbano. En la emisora trabajaba aún más duro que en la fábrica, incluso los sábados y domingos, era joven y no importaba pues el entusiasmo y empeño que ponía todo el grupo hizo que las adaptaciones del maestro fueran interpretadas cada vez mejor. El domingo previo a nuestra presentación especial por el día de las madres, el maestro nos presentó a un muchacho que aparentaba no más de quince años aunque en realidad como supe después ya tenía diecinueve. Venía de Guayaquil y mientras permaneciera en la ciudad se uniría a la escuela de arte dramático. Él se movía con soltura, casi de inmediato captó la atención de todos, su voz magnética, la forma en la que se expresaba me hizo pensar en que él estaba hecho para trabajar en radio y teatro. Me pregunté cómo lo imaginaban las personas que lo escuchaban desde casa, sin verlo como yo en ese instante. Pensarían que es un hombre de edad, alto, corpulento, con bigotes, tal como los personajes de las novelas, muy varoniles, y en realidad él era delgado, muy menudo, de piel casi traslúcida, de enormes ojos oscuros y cabello rizado. David Ledesma Vázquez era su nombre y se hospedaba en casa de una hermana, le gustaba actuar en obras de teatro, leía poesía, escribía versos y hacía recitales. Se apagan las luces, y te quedas nuevamente a oscuras, con el vaso de whisky tembloroso en tus manos mientras el telón...


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Recuerdo de la Compañía de Radio-Teatro de Hugo Vernel, en “la novela Eno”. En primer término al centro, Hugo Vernel; a su der. Delia Garcés y Cástula León; a la izq. de HV: Elena Benítez y Marina Barahona. De pie, de der. a izq. del lector: Sergio Rojas (SR), Darío Almar, David Ledesma, Carlos Benavides, Antonio Hanna. / Guayaquil.

Segundo acto – La poética en un solo tiempo... Las cortinas se abren, se enciende la luz y me ilumina. El vaso de whisky está a la mitad, lo observo y suspiro. Pocas veces he platicado sobre el inicio de mi vida poética, casi nadie recuerda esa parte de mi quehacer artístico y no suelen preguntarme sobre ello pero alguna vez escribí poemas y los publiqué. Todo esto inició con un viaje. El recorrido del tren duró muchas horas las que yo aproveché leyendo un libro que me habían prestado en la Biblioteca Nacional. De pronto me entretuve en el paisaje dejando la lectura de lado, frente a mis ojos vi cambiar las montañas altas por plantaciones de banano. Sentí como mi cuerpo pasó del frío al calor húmedo. Mis pulmones se llenaron de una brisa tibia y a la vez mis labios se volvieron un poco salados. Al llegar a Guayaquil, lo único que deseaba era un descanso, tomé el tranvía y me dirigí a la peluquería de mi padre en Escobedo y Víctor Manuel Rendón, él me esperaba para almorzar juntos las delicias del puerto e instalarme en su departamento. Las calles de la ciudad de Guayaquil, empezaban a calentarse, la época de lluvias se marchaba para dar paso a la de altas temperaturas, humedad y sol, todo se pintaba de dorado. Sin duda esa no era la ciudad que


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yo conocí de niño, grandes transformaciones urbanas la estaban cambiado. Para no perder la costumbre compré el diario El Universo, el titular anunciaba la muerte de Stalin, el líder soviético, esa era una noticia de aquellas que se quedan para la historia. (Fue un día de mil novecientos cincuenta y tres...). Este viaje fue especial porque no sólo trabajé en radio, también experimenté la poesía. David quien ya había publicado ‘Cristal’, y declamado en los auditorios de Quito y Guayaquil me invitó a unirme a un grupo de entonces jóvenes escritores del que él formaba parte. Se reunían en el sótano donde estuvo instalada la imprenta de la Casa de la Cultura del Guayas. El sitio tenía su encanto, allí el mayor de los integrantes, Gastón Hidalgo Ortega era corrector de pruebas. Al entrar por primera vez tuve la sensación de haberme transportado al tiempo a la Academia de Platón incluso aquella escalera en espiral que bajaba al subsuelo daba la sensación de un reloj que giraba y giraba... A Sergio Román Armendáriz lo conocí poco antes, el maestro Guerra nos presentó, él también hacía radioteatro. A Carlos Abadíe Silva y Miguel Donoso Pareja que eran otros de los integrantes iniciales, los conocí en los días previos mientras David y yo nos dirigíamos a la radio. Poco tiempo después nos presentaron a Ileana Espinel Cedeño a quien David y Sergio luego de leer sus textos publicados en ‘Cuadernos de Guayas’ y en el suplemento de la prensa local, invitaron también a reunirse con nosotros. Ella se convirtió en la voz femenina y lideresa de nuestro grupo. Me entusiasmaba cada tarde en las que había encuentros, leer versos, comentar autores como Porfirio Barba Jacob, Zaida Letty Castillo y Aurora Estrada, autora del poemario modernista ‘Como el incienso’, libro que Ileana conservaba con afecto. También me entusiasmaba reflexionar sobre las ideas de cada uno de los compañeros de tertulias. Ileana era una de las más aplicadas y quien más colaboraba para que dichos encuentros se realizaran. Muchas veces nos invitó a su casa situada en las calles Luque y Antepara. Ahí siete jóvenes hablábamos de poesía, de lo que sucedía en el mundo y en el país. Alguna vez también escuchamos discos, la poesía también podía ser musicalizada. Hablamos de muchos temas cordialmente vigilados por la madre de Ileana. En una de nuestras amenas reuniones surgió la idea de publicar un libro. Para entonces ya habíamos realizado recitales en las radios y publicado algunos poemas en periódicos y revistas. Por ejemplo, algunas veces acudimos a ‘Vida Porteña’, programa radiofónico dirigido por Sixto Vélez y Vélez quien organizaba además los Juegos Forales en una de cuyas edi-


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ciones, David mereció un premio por ‘La muerte del saltamontes’. Era un proceso natural, supuse (en alguna de las tardes en las que me acosté en la hamaca en el departamento de papá), que lo mismo tuvo que suceder antes con los poetas de otros tiempos. Publicar sus libros. Tiempo después, mientras me encontraba en Guayaquil a donde mudé mi residencia por esos meses, en una de nuestras reuniones Gastón nos comunicó la noticia. La Casa de la Cultura del Guayas publicaría nuestro primer libro. Todos estaban entusiasmados con la idea, David, Gastón, Ileana, Sergio... todos habían gestionado en distintos sitios para que se nos diera la oportunidad, no había sido fácil pero yo aún tenía dudas. No era un poeta como ellos, ¡qué rayos hacía ahí! Si la crítica literaria ya antes había recibido con cierto recelo las contribuciones juveniles, ahora les daría –yo por lo menos– más motivos para destrozar mis versos. No duraron mucho estos trágicos pensamientos pues en la siguiente reunión en la que yo estaba dispuesto a aplazar mi aparición lírica, el grupo supo convencerme. Ileana solía aportar ideas interesantes a la conversación. En esa ocasión nos llamó agonistas, todos reímos y logré relajarme luego de aceptar que debía acompañarlos en la publicación del libro colectivo. Esa misma tarde decidimos que cada uno contribuiría con siete poemas al conjunto, era un juego matemático, los números, las máquinas, los versos, todo se relacionaba y creaba entretejidos extraños. Luego, (por la presión de la sociedad hipócrita de entonces) solo los varones, fuimos a tomar una cerveza para festejar anticipadamente la aparición de nuestro ‘Club 7’, 1954. ¡Hermoso recuerdo! Llegada la noche preferí caminar hasta el departamento de mi padre, quería respirar la brisa del puerto. Subí las escaleras del barrio las Peñas, llegué a la parte más alta. ¿Qué barco pequeño navega el río guiado por las estrellas? Un libro con siete poemas míos, aunque jamás me consideré un poeta, pues creía amar sobre todo la actuación, los libretos, la radio. Los versos que había escrito eran pocos, ninguno según mi punto de vista con la calidad de ser puesto en un libro. Tendría que trabajar mucho, buscar en lo profundo de mi ser esa voz poética que aún no lograba salir por completo. En mi habitación esbocé algunas ideas. Revisé algunos escritos, el año pasado incentivado por las voces de mis compañeros clubsiéticos había escrito unos versos que la cabecera del texto lucía fecha pero ningún título. Cuando uno es muy joven, no sólo de edad, también de pensamien-


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to, busca cosas, indaga en las personas, en los momentos, es como tener sed y querer beberse toda la vida... ese poema era el espejo de mi búsqueda y el deseo de encontrar respuestas. Esa noche le puse nombre. Anhelo del encuentro “Si yo pudiera encontrarte en algún camino blanco de cualquier tarde lejana, o te hallara perdida detrás de una mirada, al doblar una esquina, con tus grandes ojeras azules y tranquilas. “¡Ah, si pudiera hallarte inesperadamente, tras el hojear de un libro, o como el pan moreno sobre manteles blancos! “Si te hallara en un bosque, bajo los altos pinos, o en el cruce sin nombre de todos los senderos. “Si te hallara dormida como duermen los niños. Si estuvieras sembrando en el trigal del cielo, o cosechando estrellas en las charcas del huerto. “Si te encontrara enferma de soledad y tiempo, y entre mapas antiguos de olvidados recuerdos. Si te encontrara herida por distantes canciones, con cicatrices viejas como casas de pueblo.


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“Si te encontrara un día diferente y sin horas. Un día que tuviera palidez de distancia y tristeza de viento”. 1952

A lo largo de las siguientes semanas fui dando forma a los restantes seis poemas. Había regresado a Quito, seguía trabajando en la fábrica de fósforos y en la radio. David también se encontraba en la capital, me pidió uno de mis poemas para poder leerlo en un recital auspiciado por el Ateneo Ecuatoriano. Entre los versos escritos encontré el que me parecía acorde para ser leído la noche del 29 de junio de 1953. Fuimos presentados como la “Última generación poética de Guayaquil”, recibí una invitación para asistir al evento. Pedí permiso para no ir a la radio, me dirigí a los salones del Círculo Militar en la calle Venezuela entre Olmedo y Mejía y presencié el recital. El poema que David leyó de manera magistral fue El pescador de estrellas*, aún recuerdo las palabras, el sonido de la voz, el comentario previo y los aplausos. Me desvié así de mi principal anhelo, convertirme en actor de teatro y cine. Entiendo que el arte tiene diferentes formas de manifestarse: los recitales, el libro que estaba por publicarse, etc. pero las reuniones del club no eran lo que yo imaginaba en mi futuro..., ese tiempo fue una licencia, el probar un licor dulce y amargo. Ser un poeta. Poema de la búsqueda “La noche es tan espesa que para ver tus ojos necesito un espejo de río y de floresta. Un perfume de escuela rural en las pestañas, y un alero –sin nieve– en las miradas.

* Por cuestiones del destino, el poema que David leyó en el recital pre-fundacional del Club 7 de poesía, “El pescador de estrellas” se ha perdido, quizás algún día lo encontremos, de momento es el tesoro escondido que aún guarda la historia de Carlos Benavides Vega (poeta).


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“Para encontrar tus labios necesito un diamante tallado en el temblor de tus manos risueñas, y un caracol de mar abierto entre los dedos”. 1953

Una vez que encontré mi voz poética fue más fácil que la inspiración y los versos me encontraran... cada noche después de la cena, me retiraba a mi habitación para seguir creando, los poemas empezaron a fluir. Inventario “Nunca tuve en mis manos algo que fuera mío. Anduve por caminos que se pertenecen a todos los que aman los caminos. Nunca he tenido nada que me hiciera decir: –Esto me basta. ¡Todo lo que he mirado ha sido tan ajeno! “Al principio quería tener todas las cosas, todas las submarinas murallas de la risa, la arquitectura azul de las palabras, y el corazón de fiesta y sin abismos. y quise del amor su fruto de agua, sus arcos más prohibidos. y su flor desteñida de ceniza “Y nunca tuve nada. Tan sólo una pregunta sin respuesta, quizá mi voz como palabra ciega. Quizá algún día sin hojas que rueden tras la siembra, sin alas que se estrellen en la tarde, ni sombras en la calle, ni en la sangre...” 1953

‘Inventario’ era mi poema preferido, llegó a ser publicado en revistas y periódicos. Cuando solicitaron mi contribución lírica para el suplemento


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del diario El Universo, ese fue el escogido. El día indicado apareció junto a una reseña de cada uno de los integrantes del grupo, presencia que constituyó el nacimiento oficial del Club 7. Ese día, un domingo 8 de noviembre, como de costumbre compré algunos de los diarios y pude ver la publicación de mi poema, regresé corriendo a casa y se lo indiqué a mamá, ella lloró de alegría. Después, también fue publicado en “Cuadernos del Guayas”, número 6, en la página 14, junto a poemas de Ileana y de Hugo Salazar Tamariz, otro joven poeta.

Recorte de prensa de marzo de 1953, Diario Últimas Noticias. La Compañía de radio-teatro de Hugo Vernel presenta en el Teatro Sucre, El Cristo de los Leprosos. En la fotografía el elenco que incluye a Carlos Benavides Vega, David Ledesma, Hugo Vernel y Marina Barahona. / Quito.

Para finales de 1953 ya había hecho algunos planes, escuché hablar de una escuela de teatro experimental en Chile, me llamó tanto la atención que decidí viajar, no en ese momento pues tenía otros compromisos y debía cumplirlos. El más importante, tener los poemas listos para la publicación del libro.


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Biografía de la Ausencia “Nuevamente me voy. No me preguntes nada. El viento ha comenzado a danzar en mis manos y el milagro prohibido se escapa de mi estrella. Siento miedo y no puedo acunarme en tus brazos. Cómo quisiera andar asido de tu mano, sin pensar más en nada, solamente en tu mano!... Tengo frío esta noche. En vano agito todas mis vértebras al sueño. No me preguntes nada; se me escapa la voz de no poder mentirte y un fruto amargo intenta morírseme esta noche. Tu palabra me llega cada vez más lejana y un manantial de aurora se desnuda en tí (sic) misma. Quizás hubiera sido mejor que mis raíces no se bebieran toda la sangre de tus noches... Tu dolor es angustia. Mi naufragio es espera, mis anclas se quedaron jugando hoy en la escuela. Cuando estoy a tu lado parece que volviera de algún camino largo. Cansado, somnoliento, deshecho de esperar sin encontrar tu puerto. Nuevamente me voy. No me preguntes nada, La calle está vacía y el alma tiene sueño. Estás triste es verdad... No tenemos la culpa, el silencio se tiende como puente inconcluso y se me estira el alma como un riachuelo blanco”. 1953

Antes de finales del año, Carlos Abadíe Silva nos anunciaba su deseo de viajar a Nueva York para realizar su mayor sueño, la música, las baladas en inglés que muchas veces nos hizo escuchar. Todos le deseamos lo mejor. Así uno de los miembros iniciales se retiraba. Pasamos las Navidades y el fin de año sin preocuparnos por la publicación, cada uno con las familias y sin comunicarnos. Eran unas pequeñas vacaciones. A inicios del año 1954, la llamada de David desde Guayaquil comentándome que Miguel Donoso Pareja no seguiría formando parte del ya llamado Club 7, y que tampoco publicaría sus textos en el libro que ya pronto


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debería estar listo. No comprendí bien sus motivos pero respeté su decisión. Esa tarde David, Ileana, Sergio y Gastón se reunirían para decidir nuestro rumbo, habíamos llegado hasta ahí, no podíamos perder todo lo ganado, yo estaría de acuerdo en lo que decidieran. Luego de salir de la fábrica me dirigí a la radio, estaba ansioso y tenso. Todo estaba bien hasta hace poco y ahora esta noticia, ¿podríamos continuar en nuestro anhelo de publicar versos? Ya nos abandonó uno de los integrantes, ahora otro nos dejaba. Antes de ir a casa pasé por una cafetería, me senté allí con mi cuaderno de versos. Leí uno de los poemas que había escrito. Funeral de la Angustia “Esta letal angustia de sentirse morir en cada cosa. Este andar de gotera por las noches. Este tañir de campanas sin auroras. “No me sirven mis pasos. Se han quedado dormidas mis manos en la Nada. “Saber que estoy aquí, junto al negro milagro del caos infinito. Saber que estoy distante, y ausente de mí mismo. i Y no saber qué quiero! ¡Y no saber si existo! “Mirar sobre las tardes alguna luz que pasa, y volver a la infancia, y correr sin zapatos por el alma, sin la angustia letal que ahora sentimos de saberse morir en cada cosa...” 1953

No recibí el llamado los dos días siguientes y la incertidumbre me estaba destrozando, nunca quise ser poeta, tampoco escribir versos para que sean publicados pero durante el tiempo que había estado con los clubsiéticos me había animado a probar ese campo, ahora quería tener en un libro mis poemas, verlos ahí y seguir luego de aquella etapa.


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Al tercer día resucité de entre los muertos... David me pedía disculpas por no haber podido comunicarse antes. Me tenía buenas noticias. El escenario se queda a oscuras y solo se escucha mi voz. El mensaje que David dejó fue: “Disculpas por la demora. Problema resuelto. Continuamos con la publicación del libro los cinco integrantes del Club 7. Tenemos el visto bueno de la Casa de la Cultura”. Se cierra el telón.

Carlos Benavides Vega, David Ledesma, Hugo Vernel (centro) y sus compañeros de Radio.

Tercer acto - La despedida... Las cortinas se abren y se encienden las luces en escenario. Se escucha una tenue música ambiental escogida por mí para este momento. De pie frente al micrófono inicio la declamación de uno de mis poemas. Se me quiebra la voz. Hace mucho que no leo la poesía de esa época. Nocturno y Despedida “¡Quién, como yo, pudiera expresar esta noche milagros sin estrellas! Todo parece extraño ante esta soledad de sentirse más grande. -Las cosas han callado y ante un grácil juguete hay un niño que sueña, una página blanca, casi como una espuma, y un hombre sin raíces se pierde en la memoria-.


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“Las rejas de la vida separaron en sombra la voz de tu distancia. Hasta que hoy... esta tarde, te encontré en mi garganta. Todo se fue. Lo sabes. no podré encontrarte junto a tu puerta frágil, acercarme a la brisa caliente de tus labios. “Fuimos como los otros debieron estar donde tú y yo estuvimos. Tú miras lo que viene, lo que será, lo nuevo. Yo estoy parado aquí. y vuelvo a andar lo andado, a mirar el vitral donde encontré tus manos. “¡Ya no sé qué decirte! Tu cintura reptante se ha quedado jugando con la arena sencilla... En la estrecha vereda de tus senos tranquilos me despido, y regreso por el mismo camino, donde encontré el amargo secreto de mí mismo, donde aprendí el idioma de sal en las monedas, donde el sueño es un huésped y el párpado una lámpara. “Tú, con el sollozante rocío del olvido. yo, con la madreperla lejana del camino”. 1953

Vuelvo a mi asiento, tomo un poco del vaso de whisky y prosigo. El fin de semana siguiente al de la llamada de David, viajé a Guayaquil para quedarme allí varios días, tenía los siete poemas que publicaría en el libro. En la reunión en el sótano de la Casa de la Cultura, nuestro lugar de encuentros más querido, decidimos que el libro se llamaría “Club 7”, así iniciamos esa aventura, el trabajo poético y aquel sueño. Ahora éramos cinco pero en nuestra memoria siempre seríamos siete. No cambiamos de nombre, lo mantuvimos tal cual perdura. Entregué a Gastón mi cuaderno de poemas, él se encargaría del proceso de edición e impresión del libro. A las pocas semanas lo recibí de vuel-


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ta. Supe que Gastón había comprendido lo difícil que fue desprenderme de mi cuaderno, era mi aproximación más íntima, la extensión de mi cuerpo. Él supuso que yo debía tenerlo nuevamente a mi lado lo más pronto posible. Quizás –me imagino hoy– también era su intento para que yo siguiera escribiendo... Alegoría del Destierro “¿Por qué nací tan móvil, tan lleno de paisajes, tan azul de luceros, con este corazón de brújula y de viento, con estos pies errantes de mañana y viajero, -como veleta ausente y sin orillas-, con esta sed de crepúsculos y trenzas, con pasaporte azul para el estanque, la soledad y la cosecha, con caminos enormes y grumetes ansiosos y asomados a los puertos, desnudo de caminos y de esperas, sin puertas, ni cristales, ni pañuelos...? “La vida me hizo así: párpado abierto para la soledad de los molinos, salitre para el mar, ancla de aldea. Nunca tendré la paz de los encuentros. Yo soy en mi la eterna despedida distancia estremecida, corazón en naufragio. Siempre con el “adiós” mordiéndome los labios, con el cayado erecto del pastor en las manos, y esta locura inmensa de tener en las venas tantos puertos! Arribar al destino, de lejanos silencios, con los cabellos lacios, la oración de campanas, sin palabras, memorias, ni recuerdos...” 1953

Para febrero de 1954 el libro ya se encontraba en la imprenta, en poco tiempo podríamos verlo, sentir ese olor que tienen los libros. Son papel y tinta sí, y más que eso. Trabajo, ilusión, compañerismo, solidaridad y saber sobrellevar las dificultades, eso era el Club 7, un grupo


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Publicación sobre el libro “Club 7 poesía” en Itinerario de libros de “Cuadernos del Guayas”, no. 9 (1954).

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de jóvenes y eso es el libro que publicamos juntos. La etapa que pasé junto al Club 7 fue una de las más hermosas, yo había prometido que cumpliría con ellos, con mi exploración íntima y mi expresión artística en la poesía pero ¡otro ideal me esperaba ahora! El teatro experimental, la dramaturgia, la investigación histórica y los viajes que había soñado. Termino de beber el licor que me ha acompañado durante este soliloquio. Así culmina esta obra, la de Carlos Benavides Vega, poeta. A lo largo de los años me sentí tentado y algunas noches escribía versos que a la mañana siguiente destruía. ¿Por qué no seguí escribiendo poemas? La respuesta es

sencilla, di prioridad a aquello que mi corazón deseó desde siempre: Hacer teatro y por eso me tienen aquí sobre este escenario. Silencio. Se apagan las luces. Telón.

Álvaro San Félix, con Ramiro Corzo, en la telenovela colombiana “El destino es mi aliado” (1965).


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Ileana Espinel Cedeño

31 de octubre de 1933-21 de febrero de 2001. Hija de un boticario y una maestra. Huérfana de padre a temprana edad, de salud frágil, introvertida. Se inició en la escritura a los 10 años. Estudió Periodismo. Miembro fundador del Club 7 de poesía (1951-1962). Miembro de la Casa de la Cultura y del Círculo de Periodistas del Guayas, del “Ateneo Ecuatoriano” de Quito y ACOPLAN de París (Promotora I Ecuatoriana). Medalla de Oro al Mérito Literario por la Municipalidad de Guayaquil en 1960. Medalla al Mérito Cultural de Primera Clase, por el Ministerio de Educación del Ecuador en 1989. Redactora del Diario El Universo donde creó la columna “Meridiano de la Cultura”. Colaboradora del diario El Telégrafo con la columna: Raíces y Alas. Sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués, italiano y griego. Obra: • • • • • • • • •

Piezas líricas/Universidad de Guayaquil/ 1957 “La estatua Luminosa” y “Poemas Escogidos”/Venezuela 1959 “Antología Ecuatoriana” Selección y Prólogo/ Venezuela 1965-1966 Arpa Salobre/Venezuela 1966 Diríase que Canto/ 1969 Tan solo 13/1972 Poemas Escogidos/ 1978 Solo la Isla/1995 Coautora de Club 7 y Triángulo/ CCE/ Guayaquil 1954/1960


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Corona lírica • Bernarda Gui (Seudónimo de la escritora Teo Calle Barreto). Cofundadora del colectivo literario “A Palabras Cojas”. Formó parte de los talleres literarios de la CCE (2007-2009). Ha colaborado con varios medios digitales e impresos. Coautora de las publicaciones: Minimal II Cuento Breve (2011) y Heptaedro (2017).

ÍNDICE ‘Ileana, corona lírica’, estudio distribuido en las cinco confesiones metafóricas: 1.- El Amante 2.- La Amiga 3.- La Madre 4.- El Sacerdote 5.- El Suicida

Confesión UNO 1.- El amante

H

e visto hoy en el diario tu foto con Neruda. Te imagino loca de alegría, repasando palabras ante el espejo, probándote vestidos y zapatos, retocando tu peinado dos o tres veces. Así eres tú, perfeccionista y temerosa, incapaz de dejarte resbalar por la pendiente de lo inesperado. Y menos con Neruda, el grande, tu amante imaginario, el que escribe versos como flechas que se clavan en tu frente. Querida mía, han pasado años de nuestra despedida y me temo que poco has cambiado esa tendencia a desear locamente lo que no puedes tener. Pero, ¿quién soy yo para ver la paja en tu ojo si en el mío tengo un árbol? Yo tampoco pude tenerte del todo, y, te sigo aman-


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do, o eso creo. Al verte en esa fotografía he vuelto a recordar el sabor salobre de nuestro amor lejano, cuando creías que me amabas, y a pesar de tu supuesto amor, me escatimabas tus besos, no así tus versos, versos dulces y salados, versos de mar y callejuelas. Doliéndote de todo: de los niños pobres, de la orfandad temprana, de la injusticia, de los amores no correspondidos. Yo te leía, te escuchaba, te acariciaba con mis palabras como hubiera querido acariciarte con mis manos. Te hería con mi crítica como hubiera querido herir tu cuerpo con mi daga. ¡Te amé y te odié, Ileana!, con fuerza, casi con brutalidad, como tiene que ser, como amamos los poetas, sin medias tintas. Maldije tu nombre y el de tu amado y no me apena decirte que celebré su muerte, creyendo que muerto el adversario yo ganaría la guerra, pero para mi desgracia, querida mía, murió tu Orfeo, pero no tu amor. Te quedaste hechizada con su lira quizá para siempre. No te tengo, no te tuve y qué más da. No estás hecha para un hombre de carne y hueso, quisiste un ser divino, distante, inalcanzable. Búscalo en el Hades o en el Cielo. ¡Yo no te espero más! 1.1.- El otro Quizá, Dávila, el vate azuayo universal quiso soñarte íntegra cuando compuso la siguiente: “Canción a Ileana “En donde termina el aura de la rosa, tú. En la ligera cúspide del ala, tú. Tú sola en la serena sombra de la música. Tú. En la huella sin límite que el sol deja en la aurora, tú. Y tú en la eterna caridad del tiempo y en la infinita soledad de Dios. Por ti la luna se descalza en la hora más fría de los cielos. Por ti el tiempo vuela más despacio y los ángeles dejan de volar. Se detiene la hora y te corona el pecho, dividiéndose en dos se detiene el minuto –y muerto– te deja en las pupilas el color más delgado del azul.


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¿Y tú?…tú estás sola en el aire que te viste y te desnuda y te mata dulcemente como a una rosa blanca. Pero estás. Aquí para negar la Muerte y afirmar la Belleza y afirmar que alguien te ama desoladamente con su vida y con su muerte”. César Dávila Andrade, 1954 [Versos incluidos como introducción al poemario “Diríase que canto” de Ileana Espinel Cedeño 1979]

La siguiente parece ser la respuesta a César Dávila: “Romance sin ton ni son “Cuando tú hablas, yo callo… Cuando tú escribes, yo admiro… Cuando dices que me amas pienso que te amo sin tino… Pero la sangre me lleva a la región del delirio cuando recuerdo el pasado y vuelvo a encontrar mi signo. “Yo te he dado una promesa y tú me has dado un anillo. Gracias mil veces a tu alma por escanciarme en su vino. Por ofrecerme un refugio libre del mísero hastío. Por anudarme a tus sienes como un pensamiento fijo. Quemé en tu océano las naves de mi celeste albedrío. Cuando tú hablas, yo callo… Cuando tú escribes, yo admiro…

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Pero la sangre me lleva a la región del delirio cuando retorna el ayer coronado por mi signo”. [DIRÍASE QUE CANTO/ 1979]

1.2 David Ledesma le inspiró otras estrofas inolvidables… pero ésa es otra historia.

Ileana junto a la escritora Dora Isella Russell y el cónsul de Uruguay, Dr. Braille.

Confesión DOS La amiga Soñar con caballos no es nada extraño, a muchos nos pasa. Igual que soñar que vuelas. –Le dije a Ileana la noche que llegó a mi casa evidentemente alterada por unos sueños que había tenido–. Era un martes veinte y nueve de marzo de Semana Santa. Lo recuerdo bien. No quiero dormir esta noche –me dijo– Quiero que recemos hasta que amanezca. Me asustó un poco, esto no era normal en ella a pesar de que era muy religiosa, respetaba las creencias ajenas. Su pedido era inquietante. Me considero cató-


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lica, pero no voy a misa ni rezo. Ella lo sabía, aún así, insistió casi como una súplica. No accedí, no podía, no obstante exigí que me explicara. Ileana lucía triste, casi desesperada. Ya que se quiere saber más sobre ella, trataré de referirle a usted este acontecimiento que seguro va a sorprenderle como a mí: Sucede que las últimas semanas, Ileana había venido soñando con un caballo con alas y un cuerno, sí, un unicornio dirá usted, o un Pegaso, pero ella no decía unicornio, ni Pegaso, decía siempre: un caballo con alas y un cuerno, tal como le estoy diciendo. El animal en cuestión se presentaba en sus sueños ricamente enjaezado con oro y plata, con montura de madera finísima con incrustaciones de piedras preciosas, curiosamente, traía también entre sus adornos, atada alrededor del cuello una hermosa corbata de seda amarilla. Según su relato, el caballo llegaba galopando con sus crines al viento al patio de su casa, relinchaba muy alto hasta que Ileana despertaba, es decir, soñaba que despertaba y que salía vestida con su pijama y calzada con sus pantuflas; pareciendo todo muy real. Entonces, subía a la cabalgadura, se acomodaba y el caballo empezaba a batir sus alas hasta que se elevaban lentamente. La primera noche, se mantuvieron volando bajo, apenas sobrepasaron el techo de la vivienda. Mientras el Pegaso seguía aleteando enérgicamente, Ileana podía sentir el golpe del viento en su cara. Esto le producía una sensación tan magnífica y triunfal que se iluminaba toda ella cuando me lo contaba. Las noches siguientes volaron más alto, de modo que llegaron a divisar nítidamente la ría Guayas (así bautizada porque ostenta mareas), la isla Santay y, en la orilla opuesta, Durán. En sueños posteriores la vista era cada vez más extensa, alcanzaban a ver el océano..., los continentes al otro lado del mundo... y luego, los otros mundos... Parecía que, al menos, en sueños, alcanzó la cumbre de la felicidad y del amor. El Pegaso y ella eran uno solo cuando volaban. Ella decía que en su sueño amaba a ese caballo con cuerno y este también la amaba. Así son los sueños, absurdos, pensé para mis adentros, pero no le dije nada, no convenía. Me limité a escuchar. Lo cierto es que en ese romance raro, caballo y mujer gastaban las horas cada noche, luego, antes de amanecer empezaban a bajar sin desplazarse hacia los costados, siempre en forma vertical hasta tocar nuevamente el suelo en el patio de su villa. Ileana se apeaba del caballo, abría la puerta de su casa, entraba a su cuarto y volvía a su cama a dormir tranquilamente. Claro, sé lo que usted está pensando, demasiado drama por simples sueños. Cierto. Es lo mismo que yo pensé, por eso traté de convencerla de que era muy común volar en los sueños. Déjeme decirle que yo volaba a menudo cuando era chica. Pero, claro, el asunto de


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Ileana no paraba ahí. Según dijo, ella venía soñando más o menos lo mismo desde principios de marzo hasta el día 17 del mismo mes, cuando apareció el caballo algo desaliñado, un poco flaco y menos rozagante que las veces anteriores, además, sus ojos reflejaban una tristeza infinita. No le prestó demasiada atención la primera vez, pero la noche siguiente el caballo había adelgazado notablemente. A la noche del 26, el caballo era apenas una sombra de lo que había sido, sus adornos no eran más que harapos, excepto por la corbata amarilla que seguía siendo hermosa y brillante. A pesar de la mala estampa del animal, los dos continuaron con su rutina, ascendiendo, divisando la ciudad... el estero..., los planetas..., sintiendo el aire en la cara, pero la sensación triunfal iba decreciendo, transformándose en angustia por la desmejoría del equino. La noche del 28 de marzo Ileana se rehusó a volar aunque el caballo le ofrecía su lomo para emprender el viaje, incluso, esa noche, intentó que el caballo pastara en el patio de la villa, hasta le dio de comer con la mano. El animal comía pero seguía adelgazando hasta que quedó convertido en un saco ambulante de huesos. La noche que Ileana llegó a mi casa a contarme esto, estaba segura de que el caballo moriría, era inevitable, ya no le quedaba carne en el cuerpo. Según ella, no quería dormir esa noche porque estaba segura de que una desgracia venía en camino y estaba asustada. No supe que decirle, para mí no era más que una bobería. Le preparé una tisana y le aseguré que lo que necesitaba era descanso. Se marchó una hora más tarde. Ahora siento como si la hubiera enviado a la horca. Yo era su amiga o al menos eso creía, aunque confieso que nunca la entendí. Ileana vivía en su propio mundo. Después de aquello dejamos de hablarnos. Yo leo sus libros y algunas veces coincidimos en lugares. De vez en cuando sueño con ella, a veces está feliz y otras veces triste, pero siempre lleva en la cabeza una corona de lirios difuntos. Así, de pronto, en algún salto al pasado me parece encontrar la respuesta mientras recuerdo una noticia de entonces: Viernes 1 de abril de 1961 Diario El Universo, Guayaquil “La noche de ayer 30 de marzo, posiblemente abrumado por la melancolía ,el poeta actor y dramaturgo David Ledesma Vázquez apareció ahorcado en el clóset de su cuarto, al parecer por su propia mano, utilizando para el efecto una corbata amarilla.


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En el bolsillo de su camisa el Comisario de turno halló un papel con un texto que desde entonces, quienes estudian las letras ecuatoriana, lo llaman ‘El poema final’.” En contraste sobrevive de la pluma de Ileana, su... “Te quiero” y su “Soneto del imposible olvido”: “Te quiero “Te quiero porque tienes todo lo que no tengo: Una vaga sonrisa que amanece en tu frente como el rocío leve, una actitud débil, lánguida como mi tedio, el corazón vestido, sumergida la sangre y el alma verde. Una vida para vivir, otra para reír, el método y el orden rimando con el yermo de tus razones, la alegría en el canto, el ronquido en la noche y lo demás, de día... Yo, que río de angustia y de placer sollozo, que conozco la extraña plenitud de las horas, que muero a cada instante y, sin morir, elevo mi sangre alucinada al cénit del deseo, que poetizo –sin ver mi corona de huesos– con un mar en la ruta y un puñal en las alas, te quiero porque tengo todo lo que no tienes”. [En: DIRÍASE QUE CANTO/1979]

Soneto del imposible olvido “¿En cuál región inhóspita me entrega la sombra errante del fulgor herido? ¿En este corazón enlutecido o en este mar de la pupila ciega? “¡Ah si soñara el vértigo que llega, desde el pasado con su Edén perdido,


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a rescatar desde el posible olvido este sollozo que mi sangre anega! “Lágrima dulce que de mí resbalas, aíslame en la noche de tus alas, para vivir el día que me inmolo; mientras -ajeno a mi mortal ternuraesa maravillosa criatura duerme en brazos de la Muerte, Solo. [En: ARPA SALOBRE/ 1966]

Y, a manera de premonición, surgió su: “Soneto al astronauta “Potro que vuelas, colosal Pegaso, subes y subes con tu fe en el anca, mientras fallece una paloma blanca y no hay vino en las uvas ni en el vaso. “Aureolada de cósmico fracaso, Potro que vuelas: ten mi mano franca; a ver si tu galope me la arranca por no aplaudir la gloria de tu paso. “Es bello ese trotar sobre las nubes; pero mientras ufano, subes, subes, e inviertes al hacerlo una fortuna, millares de terrícolas hambrientos encienden su alarido por los vientos, ¡ y tú... empeñado en conquistar la luna! [En: DIRÍASE QUE CANTO 1979]

Confesión TRES La madre Ileana se parecía mucho a mi abuela, con su cabello negro y sus ojos vivaces. Desde pequeña dio muestras de una inteligencia muy afilada. Aprendió a leer antes de entrar a la escuela. Yo misma le enseñé.


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Claro que su maestra de primer grado siempre se ha llevado el crédito. Desde luego, eso no importa, lo que sí quiero contarle es que mi hija ya leía cuentos cuando sus otros compañeros apenas aprendían a formar sílabas. En tercer grado ya leyó un ejemplar de doscientas veinte páginas de Robinson Crusoe y al finalizar la primaria ya había leído varios libros de Julio Verne. Como dije, se parecía mucho a mi abuela, igual que ella, tenía la salud frágil. Primero fue la difteria, después la bronconeumonía, y luego, una serie de crisis respiratorias la volvieron una flor delicada a la que su padre y yo llenábamos de mimos, aún más que a Gonzalo, su hermano menor. A menudo debía guardar reposo, por eso leía tanto, para aliviar las largas horas de cama. La escritura vino después, a los trece años, cuando falleció Jorge, su padre. Como puede imaginar, fue un grave golpe para la familia. Yo me derrumbé al principio, pero, por mi hijos, me recuperé muy rápido, no había tiempo para duelos, sobre todo por Ileana que cayó en un estado de ansiedad que pensé que la perdía. Despertaba en las noches llorando porque soñaba que se ahogaba en el estero Salado. No sé cuántas noches amanecí sentada a un lado de su cama para salvarla de sus pesadillas. La orfandad la volvió diferente a las niñas de su edad. La orfandad le marcó una expresión de tristeza y una mirada profunda, como la de alguien mayor. Años más tarde, recordando esos días oscuros, solía decirme que, escribir la salvó de la locura. Yo hubiera jurado que se convertiría en maestra como yo, porque cuando niña me lo decía todo el tiempo, porque a veces me rogaba que le permitiera ayudarme a calificar exámenes, porque parecía tan apropiada para la enseñanza, pero ya ve... el destino se tuerce en elmomento menos pensado. Después de que mi buena amiga Aurora Estrada leyera sus poemas y la elogiara generosamente en un artículo que publicó en El Universo, algo cambió en ella, era como si aquel elogio hubiera atizado un fuego interno, el fuego literario creo yo. Al poco tiempo, ya estaba involucrada con el grupo de poetas que conoció en la Casa de la Cultura, el Club 7 se hacían llamar. Desde luego, el aire poético no era nuevo en la familia, yo misma he dedicado parte de mi vida a la poesía, su hermano Gonzalo, nuestros amigos cercanos eran poetas y aun así, fue Ileana el huracán que nos envolvió a todos con su fuerza creadora, con su pasión por la escritura. El Club 7 se reunía en casa, no puedo negar que fue una época muy agradable e intensa para todos. Nuestra pequeña familia disfrutaba de aquellas visitas. Gastón Hidalgo, David Ledesma, Sergio Román, Carlos Benavi-


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des, Miguel Donoso, Carlos Abadíe y mi hija llegaron a ser como hermanos en la palabra. A simple vista parecía feliz, o tal vez lo fue en ese tiempo, no obstante, a mi modo de ver, ese fue el inicio de un camino sin retorno, no hubo vuelta atrás. No, no me mal interprete, no es que reniegue de la vocación poética de mis hijos, al contrario, siempre los animé a defender sus ideas, a perseverar en el arte, sin embargo, creo que sobrepasaron las fronteras de lo que yo como madre deseaba para ellos. Siento que la poesía los cubrió con un manto tan denso que nadie pudo traspasar y los rodeó de soledad. Hubiera preferido ver a Ileana y a Gonzalo con familia, con hijos que los amaran, con vidas más holgadas, aunque con menos libros. De qué sirven los reconocimientos si no tienes con quién compartirlos. Llegar a casa donde solo te espera un gato y una sopa fría no es el futuro que deseas para un hijo. A Ileana, algunas veces le rogué que tomara en serio a alguno de sus pretendientes, pero siempre me decía que estaba enamorada de otro. Yo que sé. Tal vez era mentira, tal vez era verdad, no me quedaba más que respetar su decisión.

Zayda Letty Castillo, Aurora Estrada, Bertha Cedeño de Espinel, lsabel Ramírez Estrada, Ileana Espinel y de pie, José Guerra Castillo (Hugo Vernel) (1960).


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Dicen que el papel aguanta todo, pero no es cierto, el papel se rompe con las lágrimas. Las páginas de sus libros se deshacen. No dejo de preguntarme qué habría sido de mi hija, si Aurora Estrada no la alentaba con sus primeras poesías. Cuál habría sido su destino si no hubiese integrado el Club 7, pero... ¡qué versos me dedicó!: “Tú sabes... “Madre mía, tú sabes que cuando uno está enfermo todo se dificulta: Hacer. Pensar. Reír. Y amar. Tú sabes muy bien que cuando uno está enfermo todo se hace insufrible: el ruido de la máquina. El chirriar de la puerta. Y la voz. “Madre mía, tú sabes que cuando uno está enfermo todo se vuelve trágico: el color de la luna. El bramido del viento. Y yo. Tú sabes muy bien que cuando uno está enfermo todo se vuelve lívido: la manzana en la mano. El eco del olvido. Y Dios. “Madre mía, tú sabes que cuando uno está enfermo todo se hace adorable: la sonrisa de un niño. La caricia de un ala. Y tú. Tú lo sabes muy bien... Y si lo sabes, di: ¿por qué te duelo tanto?” [En: DIRÍASE QUE CANTO/ 1979]

Y, de alguna manera también: “El practicismo “El practicismo práctico sugiere que me case con un buen comerciante, porque así de recibir auspicios y de dar recitales...


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“El practicismo práctico alega que no puedo vivir solo de versos. Que necesario es pasar donosamente y digerir manjares y no frijoles secos... “Mi madre de mi alma está de acuerdo en esto. Y lo mismo mi abuela, Mi tía, mi cuñado, Mis dos lindos hermanos y todos los amigos de mi querida gente... De la raíz más honda del practicismo brota: “...Ileana, un comerciante. ¡...Un comerciante, Ileana!” Pero Ileana, la tonta, la lírica, la loca, se casa, -si se casa-, con un poeta pobre”. [En: DIRÍASE QUE CANTO/ 1979]

En un agasajo de la Asociación Cultural ‘’Música y Poesía”. De Izquierda a derecha: José Martínez Queirolo, Lil Ramírez Estrada, Ileana Espinel, Aurora Estrada y Ayala, Gonzalo Espinel Cedeño, Ignacio Carvallo Castillo y Dr. Humberto Salvador.


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Confesión CUATRO El sacerdote “Yo creo firmemente en Dios... y en la bondad del corazón humano... para edulcorar los acíbares que los años o la enfermedad dejaran en nuestra ruta vertida hacia la Nada”. (Cita tomada de su “Discurso de agradecimiento durante el agasajo a ella brindado por intelectuales y amistades, en el Aula Magna de la ESPOL, el 23 de enero del 2001, un mes antes de su fallecimiento)”. [En: Palabras de Ileana Espinel. Guayaquil, Comité Pro Homenaje a Ileana Espinel Cedeño, 2002 (págs.23-25)].

Yo le di su primera comunión y fui su consejero espiritual hasta que conoció a esos muchachos del llamado Club 7. Ellos comenzaron a frecuentar su casa al mismo tiempo que mi consejo dejaba de ser importante para ella, aunque según decía me consideraba un buen amigo de la casa. Era un alma piadosa, Ileana, observadora de las leyes de Dios y de la iglesia, hasta que se volvió poeta. Sí, antes de eso ella ya escribía, lo hacía desde niña, le viene de familia. Yo mismo junto con su madre la impulsamos a pulir su trabajo, le recomendamos lecturas. Ella escribía, como lo hacemos muchos sin que por eso nos llamemos escritores. Pero no fue hasta que se unió al Club 7 que se auto denominó poeta, con todos los riesgos y trascendencia del caso. Y es que, uno es lo que cree ser. Ileana decidió ser poeta y no otra cosa. Todo artista amasa su arte con el alma con la que nace y con lo que su época le provee; ella recogió en su ser un cúmulo de acontecimientos intensos: su enfermedad, la muerte temprana de su padre, las dificultades económicas de la familia para salir adelante. Ileana sufrió mucho, no le faltaban razones. Además, usted sabe... la realidad de nuestro país en aquel tiempo transcurría llena de altibajos, de pequeñas conquistas y de grandes derrotas. Recordará usted que por esos días terminaba la bonanza del cacao y el hambre se dejaba sentir. Era una época convulsa de gobiernos caóticos, de transformaciones a medias y dictaduras...¡Ah las dictaduras. Cómo cambiaron nuestro pacífico entorno! Ella, sensible e inteligente, no podía mantenerse ajena a su realidad. Tenía, como tenían los jóvenes intelectuales de aquellos tiempos, hambre de cambiar el mundo. Creía que con su poesía podía llegar a los corazones y cerebros de otros menos afortunados. Creía en las revoluciones.


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Siempre pensé y se lo decía seguido, que Guayaquil era una ciudad nociva para ella. Nociva para sus ojos, para su alma. Le asqueaba ver la miseria de muchos conviviendo alegremente con el despilfarro brutal de unos pocos. –Un día los muchos, vamos a vencer a los pocos–, solía decirme –Y nos tomaremos el mundo–. Yo creo que esos amigos que frecuentaba influyeron en su manera de pensar. Nunca vi con buenos ojos a algunos de ellos, intenté persuadirla de que se alejara, que enrumbara su poesía por otros caminos, pero ya era tarde. A pesar de todo, no puedo negar su calidad de buena cristiana, ni aun cuando mostraba rasgos de extrema rebeldía . No era raro escucharla cuestionando la religión o la política de turno. No pocas veces me dejó sin palabras para responder a sus preguntas. Tenía un carácter fuerte, forjado con golpes de la vida. Jamás volvió por mi consejo, de cualquier modo yo no dejé de admirarla. Leía con atención cada uno de los libros que publicaba, los comentarios a sus obras, sus notas en El Universo. Diría yo, que pude descubrir su alma a través de sus versos más que en la confesión o en nuestras largas pláticas. Por sus letras descubrí su dolor en carne viva, supe de sus amores, de sus tristezas y de sus pocas alegrías. Ileana era un alma dulce nadando en un mar de sal. En resumen, a propósito de la catábasis que sufrió Ileana, debo mencionar: “Las enumeraciones “Hay un rostro venciéndose a sí mismo para ganar un gesto de alegría. Un labio de feraz melancolía, Rodando entre sonrisas, al cinismo. “Hay una rosa que ni flor parece, Pero floridamente se pasea por la celeste plaza de mi aldea que a su vista se dora y me estremece. “Hay un ángel transmutado en berio. Una serpiente transformada en río. Una sobrina hija de su tío. Un perro alborotando el cementerio.


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“Hay un infierno puro que me ama. Un paraíso ajeno que me odia. Un fraile que desliza su salmodia en mi bostezo que apagó la llama. Hay un Dios que te da lo que deseas Y te lo quita sin mayor demora. Una rosa, una risa, una traidora Bella, entre todas las mujeres feas”. [En: ARPA SALOBRE/ 1966]

Confesión CINCO El suicida La inercia de la vida en el puerto no es tierra fértil para poetas. El puerto es pantano para los versos, porque se los traga y desaparecen, excepto aquellos de semilla madura con corazón invencible, como la semilla de los decapitados, o la de Gil Gilbert, o la de Gallegos Lara, que crecen como cedros que dan sombra al caminante y madera al hombre del campo. Las semillas de los versos de Ileana también son buenas, siempre se lo dije. Usted puede ver como se han vuelto árboles enormes, a pesar de que nuestra bien nacida sociedad desdeña a poetas y cantores, más aún si son mujeres. Se ha puesto a pensar ¿Cuántos poetas han muerto linchados por la indiferencia? ¿Cuántos buenos versos se han sepultado en el olvido? Yo podría enumerarlos a todos, pero me temo que no es de su interés. A usted, que quiere saber todo sobre ella, que ha venido hasta el inframundo para preguntarme, le diré que Ileana me amó sin condición, sabiendo que no podría amarla de la misma manera. Su amor me acompaña todavía en esta gelidez. Yo la amo también, a pesar de estar muerto. No se asombre, así es la muerte de los poetas, seguimos sintiendo, seguimos amando, mientras nuestros versos existen. Seguro no conocía usted las ventajas de estar muerto. Por ejemplo, para los muertos no hay pasado ni futuro, siempre es hoy. También, podemos ver los pensamientos de la gente. Ahora mismo, puedo ver su curiosidad por saber por qué me enviaron al Infierno. Bueno, déjeme decirle que, al contrario de lo que usted cree, no es Dios quién nos envía a los avernos, sino la sociedad o la familia. En mi caso fue mi padre. No se crea, no es tan malo como lo pintan. Verá, mi infierno se parece mu-


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cho al de Dante, pero con menos drama. Cuando hace mucho frío aquí en el Círculo de los suicidas, voy al Círculo de la lujuria, hace un agradable calor por allá. Además, aquí tengo mi propia compañía de teatro, y dirijo una estación de radio. Qué más puedo pedir... No se sienta incómodo con mis historias, soy actor y dramaturgo, no lo olvide. Volvamos a ella, a Ileana, mi queridísima Ileana, loca por Vallejo, amante imaginaria de Neruda, confidente de Lorca en sus sueños. Así era su burbuja, poblada de poetas y poesía, de amores imposibles y de deseos truncos. Tan solitaria como yo. Fuimos un par de solitarios que no dejaron de serlo a pesar de estar cerca. A veces la sigo como sombra el día mismo en que se presentaba con un coqueto vestido de lino y cabello suelto en la Casa de la Cultura, donde después de conversar y leer algunos de sus versos, Adalberto Ortiz manda a llamar a Gastón Hidalgo para recomendarla como una joven promesa. Veo palpitar su corazón cuando la invitamos a formar parte de un grupo, nuestro Club 7. Me gusta volver a ese momento, una y otra vez. Es otra ventaja de estar muerto: no nos cansamos jamás. ¿Sabía usted que ella nos ofreció su casa como cuartel para el naciente Club 7? Claro que al poco tiempo dejamos de ser siete y solo fuimos cinco. Eso no importa, es un detalle. Club 7 es más que un número, es el inicio de lo que somos y seremos. Pertenecer al Club 7 es una declaración de que moriremos en la poesía y que después de la muerte viviremos en ella. Ése tal vez sea el secreto de mi ahora llamado... POEMA FINAL “...// De pronto, como cortado o incompleto / como un silencio nada más / desciendo / como una sequedad en la garganta / como una pausa en que vacila el aire / amor mío, amor mío ¿Qué cosa puedo darte? / tú me has dado tan solo tu presencia / tu sonrisa y a veces tu aliento / una proximidad y nada más / yo te regalo un muerto cuídalo bien ¡es tuyo! // [En: David Ledesma Vázquez, Obra Poética Completa, CCE Quito, 2007]

“Soneto que interroga “Se llamaba David. ¿Mejor no fuera llamarlo dulce eternidad que llora? Cegado por la angustia de la hora gemía el ángel de su gris espera.


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“Sabio niño fugaz su primavera -que incendiara los barcos de la aurora en un mar de belleza turbadorafue una nocturna y sideral bandera. “Tremolando en la diestra azul del Canto Y anunciando al ejército del llanto La rendición final de su apogeo. “Y era su lira como salto de agua Que en las cimas purísimas se fragua. Se llama David. ¡Se llama Orfeo!” [En: ARPA SALOBRE/ 1966]

Y, de la misma fuente este: “Ensayo una canción “Ensayo una canción para tu muerte como pudiera hacerlo por tu vida. Ay, mi nostalgia de tu faz perdida que ni llora ni ríe de no verte. “¿Quién hubiera sabido convencerte de la inútil premura del suicida si en un tren que retorna de tu huida llego al mismo destino que tu suerte! “Ensayo este poema sin lamento para decirte oh niño azul que siento desatada mi túnica de Cristo, porque tú vives en la luz que canta mientras mi gris cadáver se levanta cada mañana a simular que existo”. [En: ARPA SALOBRE/ 1966]

¡Amén!

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Gastón Hidalgo Ortega

Gastón Hidalgo Ortega (1929-1973). Crítico literario, poeta, prosista, corrector de pruebas...


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Yo, Cide Hamete Benengeli, fabulador de oficio como lo puede garantizar don Quijote, comparezco y propongo la siguiente antipolifonía o...

Historia inacabada para lectores distraídos Pero, ¿por qué siete se preguntará el lector mal informado? Sencillamente porque ese número corresponde a una cifra cabalística, casi mágica. Nicol Fasejo, Cuadernos del Guayas 9, Guayaquil, 1954, p.17.

El hombre

J

osé Gastón Hidalgo Ortega, guayaquileño, nació el 19 de marzo de 1929 y falleció el 5 de enero de 1973. El historiador Rodolfo Pérez Pimentel, en su monumental Diccionario Archivo Biográfico Ecuador (cabe decir, en constante actualización), lo identifica como algo tímido y silencioso; rasgos que pueden incorporarse al testimonio de Sergio Román Armendáriz, amigo y colega dentro del “Club 7 de poesía ecuatorial”, quien alguna vez me manifestó que lo recordaba muy metódico, escueto al dialogar, de corazón solitario, además de elegante. Sus primeras publicaciones se remontan a Nosotros, órgano estudiantil del Colegio Vicente Rocafuerte de Guayaquil. Ejerció la crítica literaria, fue poeta y prosista; corrector de pruebas en la Casa de la Cultura Ecuatoriana-Núcleo del Guayas, desde allí, junto con David Ledesma Vázquez y en reuniones casi de cofradía, abrieron brecha para la definitiva eclosión del “Club 7”. Los demás miembros del grupo fueron: Carlos Benavides Vega, Ileana Espinel Cedeño y Sergio Román Armendáriz. El maestro Hernán Rodríguez Castelo, en el primer tomo de


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Lírica ecuatoriana contemporánea (Quito, 1979), lo sabe aficionado a Federico García Lorca, también conocedor del simbolismo y modernismo; sobre todo de Paul Verlaine (a esto cabe añadir más autores). Román Armendáriz señala influencias provenientes del Conde de Lautréamont (me parece encabeza la lista), Édgar A. Poe, Charles Baudelaire y la demás corte de bardos “malditos”. Su modesta obra, rastreada hasta el cansancio, se halla dispersa en varias revistas: Cuadernos del Guayas 4 (1952), 6 (1953), 8 (1954), 9 (1954), 10 (1955), 16 (1958); Ateneo Ecuatoriano 3, 4 (1953); Letras del Ecuador 101 (enero-marzo, 1955). Diario La Nación de la Paz. Y en libros de carácter plural: Club 7 (Imp. Casa de la Cultura-Núcleo del Guayas, 1954), 33 poemas universitarios (Guayaquil, Imp. de la Universidad, 1955), títulos en colaboración con otros autores de su época. Además, en 33 poemas... fue co-editor. Como sello final, la antología póstuma de su lírica en Colección de poesía ecuatoriana: la Rosa de Papel 25 (Casa de la Cultura Ecuatoriana-Núcleo del Guayas, 1990. Compiladora: Ileana Espinel). Hernán Rodríguez Castelo señala que, quizás animándose para armar un libro autónomo y propio, luego de acudir con algunos poemas a los recitales de Poesía de tres generaciones (hecho libro, 1967) al final prefirió silenciar su pluma, aunque continuó su propia lid, lanza en ristre. En Rosa de Papel 25, Alejandro Carrión (‘Juan Sin Cielo’), citado por Ileana Espinel, comenta: “Los poemas de este joven lírico señalan un camino trabajoso, apoyado en una gran voluntad que está conduciéndole precisamente a donde quería llegar: a una lírica de angustia honda que baje a lo esencial, a la tiniebla elemental del alma profunda del ser humano, del que vive en todas las latitudes”. En Cuadernos... de 1953, sección Itinerario de los libros, Hidalgo Ortega realiza una detallada reseña sobre El jardín de Lutecia de José Antonio Falconí Villagómez, se puede notar con brevedad, un interesante manejo del simbolismo y modernismo; felicita a Falconí Villagómez por su acertada traducción de poesía francesa y lo coloca por sobre Julio Herrera y Reissig. En la misma página, Ileana Espinel señala, a propósito de la aparición de poemas de Gastón Hidalgo Ortega, Sergio Román Armendáriz y David Ledesma Vázquez (Ateneo Ecuatoriano 3,4) que ‘Canto del hombre y su materia’, de Hidalgo Ortega, es un: “recio poema en el que solo lamentamos la posición de ‘exterminio total’ en que coloca al habitante de la Tierra”. En la misma sección, pero en 1954, nuestro autor reseña y analiza ‘Poema para el hijo del hombre’, de Jacinto Cordero Espinoza, y por allí, Falconí Villagómez encarnado en su seu-


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dónimo ‘Nicol Fasejo’, devuelve la deferencia al decir de él: “Hidalgo Ortega es otro poeta que se hace leer con singular delectación y, a ratos, nos parece influido por Lautréamont o Rollinat” (¡aplausos!). Sobre su amigo David Ledesma, en Itinerario de los libros (1955), es singular lo que Hidalgo Ortega dice acerca de aquella poco explorada faceta de relatista del emblemático fundador del “Club 7” (cuento: ‘La semana perdida’): “Ledesma Vázquez nos da idea de lo que es también capaz él en el género de ficción: agilidad en la palabra, con una visión amargamente irónica de la vida, en un argumento original”. Y cómo no recordar y mencionar, aquella fotografía en Cuadernos... 16 (1958) junto a su muy querida Ileana Espinel, en compañía de Pablo Neruda, Matilde Urrutia y otros más. Finis. Mea culpa Líneas arriba he detallado aquella información biográfica, bibliográfica y referencias, escuetas y muy personales, que he podido rastrear y recopilar a lo largo de innumerables visitas a bibliotecas y hemerotecas; todo por querer conocer a un autor más allá de su obra (acto fallido de buena hermenéutica). Arriba, por cuestiones estructurales y capricho, no he citado textos largos; abajo aparecerán poemas fragmentados, porque así me los confiaron y no deseo alterarlos. Lo anterior es aquello que he querido compartir de forma preliminar, lo siguiente es la parte medular. Siempre he considerado que una vida nunca está definida, al igual que una realidad nunca está acabada; es posible hallar ese “algo más” que justifique cualquier sacrificio, que dé sentido a la arqueología literaria. Por otro lado, al inmiscuirnos en vericuetos históricos, también es posible encontrar vidas y realidades incompletas; coartadas sin más o ahuecadas, puntos suspensivos y ausencias; como lo sucedido con Cristo y ese vacío histórico entre los doce y los treinta y tres años o Gastón Hidalgo Ortega con su vida y obra antes, durante y luego del “Club 7”. Es, en ese aleph, cuando la arqueología cobra mayor relieve, cada hallazgo es un elemento más para nutrir o completar lo que falta. A veces se requiere incorporar aquello que pide ser agregado; desde aquel subterráneo, indeterminado y de evanescente procedencia (fuentes conseguidas desde la casualidad). Entonces recurrimos a ese otro lado prohibido, es decir, parchar con telas de distinto color o agregar a un cuadro sobrio, pigmentos chi-


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llones. El transgresor tiene permiso, es restaurador y artesano dentro de las circunstancias dadas. La propuesta radica en prolongar y deformar para llegar a lo distinto al borrar y unir huellas de impar origen a manera de los palimpsestos. Lo siguiente, por así decirlo, entra en esta categoría de recurrir a ese lado prohibido. Me lo contó uno de aquellos que se desean anónimos. Su testimonio, junto con las averiguaciones que realicé en persona, creo que configuran un corpus decoroso sobre Gastón Hidalgo Ortega; el poeta que silenció su pluma demasiado pronto. El relato El día del encuentro me encontraba arrinconado en una presentación de libro a la que fui a regañadientes. Era hora del coctel; me hallaba con la cabeza amortiguada y daba breves sorbos a los restos de mi bebida. Mi acompañante se había marchado con un chileno que se las daba de conocedor, no sé de qué. En el supuesto momento más álgido de la noche este sujeto se acercó, quizás viéndome solo, me dijo que tenía una historia que tal vez algún día podría escribirla por él. No me dejó hacer ningún reproche o refutación, solo me pidió silencio y atención incondicional. No me negué, me gustan ese tipo de cosas casi esotéricas, además, por tener algo que justifique haber ido a aquella inocua presentación estaba dispuesto a algo así. No pensé que aquella conversación en apariencia trivial, las servilletas taquigráficas en las que garabateé mis apresuradas anotaciones, con títulos de acuerdo al contenido de cada parte y mi posterior investigación, iban a constituir una historia ejemplar sobre un hombre, (se podría decir), diferente. El sujeto empezó de esta manera: Me hallaba de vacaciones en Cuba, estábamos sentados entre Conill y Panorama muy cerca del lugar en que ese joven ucraniano quedó estampado al saltar de un edificio del barrio Nuevo Vedado. A mi derecha, cruzado de piernas, se encontraba Cristóbal Ojeda Dávila; nos habíamos detenido a conversar sobre aquel tema pendiente desde el almuerzo. No sé por qué nos desviamos del asunto, pero fue buen pretexto y hasta suerte, esa jugarreta inconsciente para así recabar aquellas imágenes y sucesos, ectoplasma de mi paso por Guayaquil.


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El desvío sucedió luego de que cada uno mencionara lo que leía en ese momento, si bien mi amigo yacía enfrascado en Rodrigo Rey Rosa y Raymond Carver –debería añadir: ese menjurje literario le generaba una falsa idea de semejanza entre los dos autores, lo que ya de por sí suena forzado–, yo estaba por terminar Bartleby y Compañía de Enrique Vila-Matas. – Decía que Vila-Matas inventó un personaje rastreador de Bartlebys; curiosísimo personaje. – ¿Bartleby de Herman Melville? – El mismo. Un oficinista escribe sobre otro oficinista y gente negadora; escritores que abandonan lo suyo. Podríamos pensar que ya no hacerlo, a veces de sopetón, previene enfermarse de literatura, adelantándose al hecho de morir, pero esta agrafia no alivia, más bien es el camino auténtico para la creación literaria. – Suena empantanado. Entonces, ¿ya no estaríamos hablando de curación? – Para nada, aunque me contradigan. Eso no tiene cura ni paliativo, dejar de escribir es sintomático. Se dice que bloquearse es una enfermedad, que inclusive degenera en ya no hacer o volverse humo, paréntesis como Rimbaud, Salinger o Thomas Pynchon… – Gente evasora o desaparecidos. – Exacto. – Recuerdo algo semejante. Me parece que Rulfo, luego de El llano en llamas, Pedro Páramo y tal vez dos obras más, dejó de escribir porque se murió su tío Celerino, quien le contaba las historias. – Claro, Vila-Matas lo menciona. – ¡Ah!, ¿y qué más dice? – Que la enfermedad deviene por varias razones: temor al fracaso, a no llegar a la GRAN OBRA, humildad kafkiana; limitaciones para innovar, incapacidad de encontrar palabras que manifiesten lo grueso de la vida y de cada epitafio, etc. Lo irónico es que, al dejar de escribir, se hace literatura. – Parece interesante. ¿Ha conocido Bartlebys? – ... Déjeme pensar... Un amigo dejó de escribir porque perdió una computadora que contenía su obra; sintió como si se hubiese incendiado la casa con familia y todo. Pasó casi dos años sin leer, peor escribir. Pero no abandonó... Quizás... Sí, recuerdo a Gastón Hidalgo Ortega, poeta semejante a Lautréamont, dejó de escribir porque se le esfumó la voz que le dictaba cada verso.


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1929 Si escogiésemos año para el nacimiento de Gastón, sobra decir que 1929 calza por todo lo sucedido. Recuerde que este ‘Melmoth’ solo pidió cuarenta y cuatro años de inmortalidad: enero 15, nace Martin Luther King, gigante afro; febrero 14, San Valentín pintado de un rojo verdadero, gracias a Al Capone; 21, nace Roberto Gómez Bolaños; 19 de marzo, día de San José; abril 28, el ‘gringo’ George Capwell funda el Club Sport Emelec; agosto 11, Doña Bárbara y Rómulo Gallegos; 31, Julio Ramón Ribeyro; octubre 24, el ‘Jueves Negro’ viaja como fantasma de muerte por Nueva York; noviembre 13, nace Jaime Gil de Biedma, poeta español; Adiós a las armas de Hemigway; Luis Buñuel saca a pasear a Un perro andaluz; preparativos para la ecuatoriana ‘Generación del 30’... No quiero encajar a Gastón en ningún día o mes, que él sea dueño de los trescientos sesenta y cinco. Se lo merece. Su materia: Guayaquil Recuerdo que en el país se hablaba de Velasco Ibarra, ‘Loco imponderable’, caudillo, semblante enjuto y fálico; protagonista de casi

Reunión parcial del Movimiento Cultural Horizonte (que concentró a oficiantes de todas las artes, en Guayaquil, 1955-1957), al que se adhirió -sin perder su carácter- el Club 7. De izq. a der., sentados: Hugo Salazar Tamariz (vicepresidente), Alsino Ramírez Estrada, César Parra Contreras, Fernando Cazón Vera (secretario), Alfredo Vera Arrata, José Martínez Queirolo y Carlos Altamirano Sánchez. De pie: Antonio Morales Rivas, Víctor Hugo Peña Rosales, Gastón Hidalgo Ortega, Bolívar Sandoval Méndez, Walter Bellolio Solís, Luis Martínez Moreno (presidente) y David Ledesma Vásquez.


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trece años convulsos. 1934, fue el alba velasquista, Gobierno que acompañó, directa o indirecta toda la vida del poeta, casi hasta su muerte en 1973. Época marcada por pugnas y conflictos entre varios sectores para hacerse con el poder; interinazgos, contiendas, e inclusive, intervenciones militares y dictatoriales. Si afuera discurrían por los rezagos de la ‘Gran depresión’, en la periferia Ecuador vivió esa angustia que circuló por las venas de una generación entera: la política destazada, piernas abiertas y tres o cuatro observando como buitres saurios. Escasez, ajustes económicos y descontento traducidos en calles y plazas. Dentro de esos angustiosos años y de sus respectivas intermitencias, nació Gastón y sus colegas del “Club 7”. Él fue el mayor del grupo. Guayaquil, en los años cincuenta, fue de esos puertos en los que coinciden gente de todo el mundo; un verdadero avispero. A la ciudad, el ‘boom’ del cacao y el banano le dotaron de un protagonismo bien merecido. El centro, muy comercial; gente por doquier y restaurantes, salas de cine que funcionaban como teatros: Parisina, El Apolo, Teatro Central, 9 de Octubre. Ese centro luego se expandió un tanto más, del Malecón a la calle Machala y de Víctor Manuel Rendón hasta avenida Olmedo. Los jóvenes, provenientes de distintas clases sociales; migrantes del deseo, convirtieron al barrio en su territorio y a la esquina en su hembra. Radio El Mundo transmitía sus ‘sketchs’ llenos de humor, con sátiras sobre el día a día. Gabriel Vergara Jiménez y su programa ‘Ronda de guardia’, Rafael Guerrero Valenzuela y su mundo deportivo, los hermanos Vela Rendón, Pablo Ney y Francisco ‘Tatito’; ¡qué programas! el ‘Sillón del peluquero’, ‘Último Minuto’. Los artistas se presentaban en la concha acústica del American Park y nosotros tomábamos cerveza, aguardiente ‘Gallito’ y fumábamos cigarrillos ‘Dorado’. Martes 9 de mayo de 1939 Ahora pensemos en Gastón Hidalgo Ortega niño, apenas de diez años, juega con su avioncito de madera. Por los cielos viaja el capitán Sandoval a bordo del ‘Diablo Rojo’, el aeroplano no aterriza en pista y se impacta contra la casa Rodríguez Bonín, se escucha la explosión del tanque y sirenas; casi veintidós víctimas carbonizadas. Gastón termina de jugar, está aterrorizado, corre donde su mamá. Para él, pronto empezarán a llover querubes.


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Viernes 17 de noviembre de 1939 ¡Fallece Aurelio Mosquera Narváez! Presidente de la República. Se decreta Duelo Nacional. Una semana de actividades paralizadas. Gastón camina junto al padre por las calles del barrio, aún no le llegan aquellas voces líricas. Adulto, en ‘Evocación de la Infancia’, su yo poemático dirá: “[…] Aún no maduraba el dolor su amarga fruta. / Ni los seres me hablaban con la gravedad de ahora... [...]”. Todo Guayaquil aletargado, mientras Gastón se detiene para lanzar piedras en la fuente del barrio; una infancia que empieza a marcharse... La iglesia repiquetea campanas: “hora de volver, mamá espera”. 1941: Porteña soledad Se lee en periódicos, tipografía GIGANTE: «Llámese al servicio activo de las armas a ecuatorianos nacidos en 1916, 1917, 1918 y 1919» –Aún guardo ese recorte–. Veinte mil ciudadanos, entre concejales, profesionales, funcionarios públicos, universitarios y obreros acudieron al llamado. La frontera sur fue violada. Por esas épocas el ‘Ángel Novus’ vino de visita y me dijo, gustoso, cómo estaba diezmando Europa; pero que en nuestro país, él seguía sediento de sangre. Dijo que había ido a Quebrada Seca durante la invasión peruana para llevarse, envuelto en balas, al teniente Gustavo Ledesma Vázquez, hermano del poeta David Ledesma. Ese miércoles descendió lluvia ácida. Un avión peruano arrojó hojas volantes, incitaba al cambio de bando, cinco días después observamos llegar aquel éxodo de la población orense. Pasaje y Puerto Bolívar ocupadas, los guayaquileños improvisaron albergues en cinematógrafos, el Ideal, por ejemplo, allá por el barrio de los antiguos astilleros... ‘Refugiados’ los llamaban en un semitono entre inocencia y culpabilidad. A medianoche – Habla como si fuese alguien muy cercano. – Digamos que sí. – ¿A qué se refiere? – No más preguntadera, usted escuche, ese es el trato. Quiero darle todas las fechas y referencias posibles. ¡Qué curioso es usted! Siga así, escriba en servilletas para guiarnos; luego podrá traducir su taquigrafía.


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Recuerde, son datos casi fidedignos; mejor dicho, aún no olvidados. – De acuerdo. – Seguramente esto terminará archivado en la Biblioteca Brautigan de libros abortados. Poema: ‘Cantoral de Paz’, Autor: Gastón Hidalgo Ortega, Dedicatoria: A mi madre, Año: 1953 “Sí, con la fe profunda de mi sangre, / con la más dulce raíz de mi voz, / digo –¡oh, hermanos!– este canto de paz, / esta nueva dimensión de mi alma / que sufre y cae y llora ante el dolor del habitante muerto / sin una estrella en la mano... / ¡Cuánta tortura hace trizas mi espíritu / que se debate, angustioso, en una noche eterna! / ¡Cuánto dolor sin nombre por un destino adverso! / ¡Y por eso te amo, paz, dulce remanso que presienten mis sienes / Lloro por tí (sic), paz, la de mi honda plegaria... / Clamo a tí (sic), paz, en mi dolor de paria... / Busco en tí (sic) una celeste aurora. / Que no vea yo a mi novia con sus senos mordidos por los buitres. / Que no sienta jamás el aletear de murciélagos malditos. / Que no descubra, de pronto, que ya no están mis libros / ni la pluma cordial, / en mi amoroso escritorio... / (Porque si viera –¡oh, Madre mía!– interrumpiendo mi sueño / esa mueca siniestra de Satán, / me vuelvo loco y me suicido...) //”. (Intermedio) Mussolini fue ejecutado junto a Claretta Petacci y dieciséis líderes fascistas. A pesar de que el Conde Bernadotte manifestó que Hitler no había muerto como militar sino asesinado, el chofer del Führer afirmó: “¡Mi jerarca y Eva Braun se suicidaron!” Los cadáveres, junto a Goebbels, Martin Bormann, Otto Günsche y Heinz Linge fueron cremados en la Cancillería del Tercer Reich. Varias moscas regresaron a colmar cuencas vacías. ‘Cantoral de la Sangre’ David Ledesma Vázquez y Sergio Román Armendáriz fueron amigos desde colegiales, en el Vicente Rocafuerte, colaboraron como co-


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rrectores de pruebas de la hoja poética de Nosotros, periódico estudiantil. Carlos Benavides Vega conoció a Ledesma por José Guerra Castillo –teatrero mayor–, en tanto que Ileana, bajo recomendaciones de Aurora Estrada y Ayala, entabló relación con el secretario de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, Adalberto Ortiz; quien a su vez le presentó a Gastón, puente entre Ledesma e Ileana Espinel. El “Club 7” se congregaba en la Casa de la Cultura, al fondo de las escaleras de caracol, en la imprenta, sitio público para que gente malintencionada no hable demás sobre dichas reuniones, y más aún, por la sola presencia de una mujer; además, ahí trabajaron Ileana Espinel y Gastón en épocas distintas. A veces iba a visitar al naciente grupo, Adalberto Ortiz; otras, Hugo Mayo. Fueron reuniones amenas, a pesar de que se desarrollaban en un sótano del edificio, pobladas de anécdotas y sueños... A propósito, bien que me acuerdo, el vanguardismo reverberó en Ecuador por el monumental Hugo Mayo, ¡carajo!, –Miguel Augusto Egas Miranda–, manabita exportado por su provincia a Guayaquil; junto con su hermano José María, otros hijos del ilustre Colegio Vicente Rocafuerte. Cierto sector de la literatura de entonces, estremecido por el suicidio de Medardo Ángel Silva, se había volcado al Modernismo agonista. Es ahí donde aparece Hugo Mayo, manda sus versos a la revista de su hermano y no los publican; dijeron que parecían plagio de algún sabedor de francés. Ni siquiera el especialista Wenceslao Pareja, recién llegado de Europa, se dio cuenta que ahí estaba la mismísima vanguardia dadaísta y surrealista. En fin, la casa Espinel-Cedeño, en Luque y Antepara –o Aguirre– fue el otro punto de reunión de los ‘clubsiéticos’. Bebían té de hierbaluisa, tisana; escuchaban discos bluseros traídos por Carlos Abadíe Silva, sintonizaban radio América, con las voces del argentino Alberto Luján, Conchita Pascual y Elsy Villar, la Sonora Matancera, Julio Jaramillo. En una ocasión, Carlos Benavides contó acerca del día en que Daniel Santos, ‘el jefe’, ‘el boricua’ se quedó sin voz en pleno Teatro Apolo y la gente enardecida casi quema el local. Al pobre se lo llevaron al Cuartel Modelo, al menos los presos pudieron calentar los oídos con el bolero Virgen de media noche. Al salir de esa experiencia, obsequió una buena cantidad de colchones para que los detenidos no pernocten en el suelo, como le pasó a él. Y, además, grabó uno de sus éxitos, “Cataplum... pa’dentro Anacobero / ...a mi comisario no le gusta el bolero...” En cada reunión David Ledesma era el acento inicial del debate. Se


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vestía de arcangélico Orfeo y enamoraba, el metal de su voz irrumpía como la de un agónico profeta. El material de lectura lo traía Miguel Donoso Pareja desde una pequeña librería que regentaba un anciano catalán, amigo y preceptor. Así, Miguel consiguió para la biblioteca del grupo, entre otros títulos, los cuadernillos poemáticos del editor colombiano Simón Latino. Se dice que una de las mejores reuniones ‘clubsiéticas’ terminó con ‘Cantoral de la Sangre’. David e Ileana discutían sobre la ‘Generación decapitada’; hacían una minuciosa disección a los versos de Arturo Borja, Ernesto Noboa-Caamaño, Humberto Fierro y Medardo Ángel Silva. –Al hablar de la lírica ‘decapitada’–, Ileana afirmaba que la aguja fueron los “malditos” franceses y que se le venía la imagen de un Herrera y Reissig y morfina, David decía que el leitmotiv fueron Borja y Ángel Silva. Todos coincidieron en que el anhelo por esos paraísos extemporáneos y ultraterrenos, esa decadencia estilística y lejana impactó en la lírica urbano-porteña. David había afirmado que uno de los elementos más hereditarios, tal vez haya sido la tragedia, sufrimiento, escribir poco y morir jóvenes, en definitiva, anteponer la estética al mercantilismo. Por coincidencia ese mismo día, Miguel Donoso Pareja, había traído consigo libros de Julio Herrera y Reissig, José Asunción Silva y Gutiérrez Nájera. Todo terminó con la lectura del poema Cantoral de la Sangre, de Gastón, texto algo ya maduro, “casi coagulado”, según sus propias palabras: “a Ileana Espinel Cedeño [...] Sangre yerta de mis venas rotas. / Sangre de mi soledad más honda y más amarga. / Sangre! (sic) Sangre navegada por dioses moribundos, / por núbiles corceles vestidos de amaranto, / por muertas estaturas de niñas clausuradas / y oscuras amapolas de llanto endurecido... / ¡Quién descendiera a tu sima enardecida / y llorara una eternidad de gozo! / Porque tu etérea sustancia de niebla interminable, / porque tus arpas solemnes conforman una geografía / inédita, por eso y por mi pena te canto, ¡oh, sangre eterna! / Te canto en el costado abierto de las madres / que elevan de su entraña la estela azul del llanto... / Te creo inmarcesible, tenaz en el aliento / que guía la esperanza de los niños hambrientos... / (Que por tí (sic) la alegría es una estrella blanca / y llueven ríos claros de miel en la amargura...) / Y te siento –¡oh, sangre!– desvelada / en el dolor eterno de los poetas tristes / que beben de tu vino una ilusión de llanto... //”. 29 de junio de 1953 La invitación llegó el 23 y el evento fue pactado para el lunes 29, a las


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6:15 pm. Se trataba de “Poesía Ilustrada”; una nueva modalidad de recitales comentados, tema: “La última Generación Poética de Guayaquil”. Todo estuvo preparado por el Ateneo Ecuatoriano, en Quito, la misiva contaba con firmas de Guillermo Bossano, presidente y Francisco Sánchez Melo, secretario; al final destacaba el lema de la revista: “A la Fraternidad por la Cultura”. Luis Cornejo Gaete, literato, dio por inaugurado el evento. – Yo sentí por algún lado que una sombra me soplaba humo de cigarrillo–. El doctor Bossano tomó la palabra y alabó las dotes poéticas y críticas de David Ledesma. El ‘clubsiético’ más arcangélico definió a los poetas guayaquileños como “musicales, humanos, transparentes”. Ávidos lectores de Neruda, César Vallejo, Barba-Jacob, Alfonsina Storni, Maiakowski, Walt Whitman, Andrés Eloy Blanco. Empezó a comentar el aporte literario de cada uno. Sobre Gastón dijo que era un poeta habitante de un mundo extraño, atormentado. Que sus vocablos se desnudan del sentido habitual que les otorga el diccionario, para vivir por sí mismos. El poema comentado fue ‘Del Mar y su Soledad’ (1951), dedicado a la bella poeta Jenny Romero Pape: “En trombas polífonas de desgarradas lenguas salobres / y espejos arañados por dioses iracundos. / En peces de amaranto y columnas gaseosas de gaviotas. / En errantes veleros poseídos de nautas espantables / y una cisterna sorda donde mora la soledad más pura / y más perfecta, / soledad etérea e inmutable hecha para mirar a Dios; / allí se ubica, desde siempre, tu mágica arquitectura, / tu cardinal sustancia desvelada, / ¡oh, mar de las tormentas cósmicas! //”. Páctum: Abandonados en la tierra Nun, o unsterblichkeit, bist du ganz mein (Ahora, ¡oh inmortalidad!, eres toda mía) Heinrich Von Kleist, El príncipe de Homburg.

Se dice que Gastón fue iniciado en la inmortalidad lírica por Jefa, el Venerable –padre de Jorge Enrique Adoum quien en esa iniciación fue testigo–, Nicol Fasejo, Hugo Mayo y El Faquir –otro testigo–. Era muy conocida la amistad entre el Dr. Falconí Villagómez e Hidalgo Ortega, sobra decir que Gastón amaba las traducciones hechas por Falconí Villagómez en Jardín de Lutecia: Samain, Leconte de Lisle, Verlaine, Rimbaud y conocía a la perfección pasajes de El surtidor armónico. Falconí Villagómez, inclusive, lo había nombrado como “Lautréamont del Pacífico”. Del otro lado, Hugo Mayo lo tenía como


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rebelde de su generación, descendiente de Verlaine y atrevido para caminar por los campos de la poesía. La ceremonia tuvo lugar cerca del parque La Alameda, en Quito, se reunieron en una pensión alquilada. Hace buen tiempo habían escuchado rumores sobre alguien rarísimo quien, apenas terminada su pubertad ya era experto lautréamontiano que, para divertirse, imitaba las escrituras del Conde; recitaba versos enteros de Hölderlin y Heinrich Von Kleist. A través de engaños, Gastón llegó a Quito so pretexto de haber ganado nombramiento dentro del despacho de Benjamín Carrión, en la Casa de la Cultura. En la terminal terrestre estaba esperándolo un hombre peli-noche que lo trasladó a la citada pensión, era El Faquir –César Dávila Andrade–. Al parecer Gastón intuyó lo que se venía, por eso no pronunció palabra. Antes del amanecer tocaron a su puerta. Cada participante se situó para formar una equis, con Gastón en el centro. Se autoproclamaron: “Abandonados en la tierra” –como el título del libro de cuentos de César Dávila Andrade–, y comentaron acerca del placer que experimentaban por haber encontrado a uno de los suyos. Ellos conocían, mediante artes esotéricas, que Gastón había encendido; casi inconsciente, la primera chispa. Jefa y El Faquir le indujeron relajación, iban a practicar hipnotismo tenue, El Faquir indicó cómo endurecer el tórax y Jefa empezó a realizar ejercicios de respiración oriental para entrar en estado. Falconí Villagómez leyó, de entre tanto libro raro, el manuscrito del tzaraismo, recitaba invirtiendo cualquier cabalismo, letanía tras letanía. Mientras tanto, Hugo Mayo anunció dos advertencias: Primera, un poema macho puede derivar en hacinamiento siquiátrico o cárcel, y Segunda, la voz pactante, tiene libre potestad de marcharse cuando lo considere prudente. Caso contrario que pregunte a Jorge Carrera Andrade cómo le fue con su poema ‘Mademoiselle Satán’. De regreso a Guayaquil le pidieron investigar sobre Félix Valencia, poeta ultraterreno, quien fuera desmenuzado y hecho sándwich de pernil, vendido en la Plaza Grande. Sobre el caso, que busque a Humberto Salvador, o en su defecto lea todo el libro Taza de té. ‘Canto del hombre y su materia’ (1953) Es verso libre de Gastón, a-estrófico. Mantiene cadencia. La fuerza radica en los temas desarrollados, por ejemplo, el arquetipo “Caín”:


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maldito insomne; blasfemo y quejándose de su condena. El poema propone unidades temáticas a través de reticencias, que enfocan esa agitación anímica del yo lírico que deambula hacia un abismo. ‘Canto del hombre y su materia’, poema dirigido a los condenados-favorecidos por el pecado original. Así, Gastón presenta la imagen del hombre debatiéndose entre ser angélico versus caer en lo diabólico. Conflicto inherente al devenir humano: “[...] Y después de un minuto de verde canto y de loco paroxismo, / el hombre, el triste habitante que suelta su baba negra en alarde de mendicidad / se palpa -insomne- sus llagas capitales, / la estrella purulenta que florece en su frente / y llora, con el dolor de un niño o de un loco, en medio del camino áspero, / porque comprende su destino trunco sin luces y sin mieles, / sin novias, ni cantos, ni flores que lo halaguen. [...]”. 1954 (1) En 1954, Carlos Abadíe Silva y Miguel Donoso Pareja abandonaron “Club 7”. Por ahí, aunque yo no lo creo del todo, se rumoró que Abadíe se había ido a estudiar blues en Aberdeen y Donoso Pareja terminó por caer en la presión social; no quiso compartir páginas con dos ángeles que huyeron de Sodoma: David Ledesma y Carlos Benavides. Ese mismo año, ya como Álvaro San Félix y volcado al teatro experimental, Benavides Vega se fue para Chile. 1954 (2) Carlos Guevara Moreno, alcalde de Guayaquil y bastión del partido Concentración de Fuerzas Populares –CFP–, logró salvarse de volar en pedazos –si acaso los anticefepistas hubieran logrado su cometido– y Hemingway casi muere en África. Un tal Herman Huth logró escapar de la tupida selva del Pastaza y regresó casado con Lucinda Matanzas, antropófaga ‘bora’. 1954 (3) En la primera publicación plural del “Club 7”, del mismo nombre, los poemas de Gastón –presentados por Hugo Mayo– estallan y se atropellan vesánicos entre las páginas 47-63. Al final del volumen, se puede leer con claridad: “Este libro se acabó de imprimir el 12 de marzo


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de 1954, en la ciudad de Guayaquil, en los Talleres de la Imprenta del Núcleo del Guayas de la Casa de la Cultura, siendo presidente del mismo Don Carlos Zevallos Menéndez. Se hizo un tiraje de 500 ejemplares en papel pluma”. Al año de “Club 7”, Germán Castillo y Wilson Durango, sucesivos presidentes de la FEUE, encargaron a Sergio y Gastón, la tarea de seleccionar entre los estudiantes de la época, una antología llamada: 33 poemas universitarios. El libro fue impreso en la Casona Universitaria, planta baja –en la misma imprenta donde Ileana Espinel, dos años más tarde, editaría sus Piezas líricas–. Finalizada esa labor, el volumen circuló masivamente en una huelga estudiantil contra Velasco Ibarra. La serie se completó con 10 cuentos universitarios y tres ensayos universitarios –tres autores compilados, ganadores de un concurso a propósito de la Guatemala invadida en 1954 por Estados Unidos, resultado de lo cual se destruyó su democracia y su líder Jacobo Árbenz Guzmán fue expulsado a México donde murió años después–. Velasco Ibarra recibió a varios exiliados provenientes de Guatemala, por él considerados “buenos” comunistas, uno de ellos fue Wenceslao Cordón, librero clandestino que guardaba títulos interesantes bajo el brazo. El otro gran conocedor y disfrutador de libros fue el Lic. Constantino Vinueza, director de la biblioteca ubicada en la Casona Universitaria, calle Chile.

Pablo Neruda visita la Casa de la Cultura del Guayas.- De izquierda a derecha; José Solís Castro, A. Rivas, César Parra, Cristóbal Garcés, Dora Durango, Matilde Urrutia, Pablo Neruda, Hugo Mayo, Adalberto Ortiz, Ileana Espinel y Gastón Hidalgo Ortega.


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Diciembre de 1957, los Gil Gilbert A su veintena Gastón conoció a Neruda. El poeta chileno y Matilde Urrutia, habían partido desde Oslo rumbo a Valparaíso; la embarcación ‘Bolívar’, perteneciente a la compañía Johnson Line, hizo escala en Guayaquil. A su encuentro fue Jorge Enrique Adoum. Adoum, quien había trabajado para Neruda, los recibió e instaló en el Hotel Humboldt. La visita debía pasar inadvertida. Por ello se elaboró un plan que consistía en permanecer dentro del hotel hasta la noche y luego trasladarse a casa de Enrique Gil Gilbert –ilustre de la ‘Generación del 30’–. Cuando Adoum fue al Humboldt, los visitantes ya se habían adelantado a comprar artesanías. El rumor se propagó, inclusive aquellos iletrados, ajenos a Residencia en la tierra, deseaban formar parte de somera virulencia. Ileana fue con Gastón y de aquel encuentro aún persiste una fotografía mohosa y un beso que nunca sucedió. Según dicen, esa noche del 1957, Neruda compartió mesa con Enrique Gil Gilbert, Alba Calderón y casi cien curiosos. Afuera, la gente reventaba camaretas mientras sonaban boleros y pasillos de Olimpo Cárdenas y Julio Jaramillo. Los que no pudieron ingresar, esperaron durante horas la salida del poeta; querían alcanzarle algún recuerdo, pedirle consejo. Tres En el segundo y último libro plural ‘clubsiético’, Triángulo (1960), ni Gastón ni Carlos Benavides participaron. Carlos, bajo el seudónimo ‘Álvaro San Félix’, estaba concentrado en otros menesteres, además, lejos de Guayaquil la tarea para contactarlo fue difícil. Un correo lento y el costoso envío por aire impidieron que pueda mandar a tiempo sus textos. Gastón se hallaba ya con intenciones de abrazar el silencio cómplice. El septeto se volvió quinteto y continuó con tres. Pero, en fin, cinco o tres, los autores del “Club 7” son un tema, por lo menos, curioso de abordar. Piedra negra, piedra blanca Cuba, esa Cuba donde hace mucho conversé con Cristóbal Ojeda Dávila sobre Vila-Matas y Gastón Hidalgo Ortega, fue tema obligado


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en cualquier discusión de hace cincuenta años y más. Le voy a contar una anécdota. ¿Sabía usted que el Gobierno revolucionario cubano declaró “Mártir” a un ecuatoriano? Fue a Carlos Bastidas, periodista, lo molió a golpes Orlando Marrero Suárez, miembro de la policía secreta de Batista. El hecho ocurrió en octubre de 1958, se presentó como algo confuso, dijeron que se debió a una fulana, quizás aún exista material sobre el caso; incluida la entrevista realizada por Bastidas al comandante Castro, en Sierra Maestra. Nosotros nos enteramos al leer un afiche urjista, pegado en la calle 10 de Agosto, esquina con Boyacá, en plena urbe porteña. En junio, 1960, el Gobierno detuvo un avión cubano que traía propaganda comunista; el corresponsal de diario Prensa Latina fue expulsado. A fines del mismo año, en otro aeroplano, se embarcó una delegación ecuatoriana rumbo a La Habana. Sergio Román Armendáriz y David Ledesma, al ser partícipes del programa radiofónico ‘Aquí… Cuba!’, vocero oficial de la Sociedad de Amigos de Cuba, fueron invitados. Entre la nutrida delegación también viajaron Miguel Donoso Pareja, el dirigente urjista Édison Carrera Cazar y la lideresa del Partido Comunista Ecuatoriano, Gloria del Hierro. A propósito de ese viaje yo tengo en mi departamento una fotografía en la que aparece Ledesma, tal vez sea su última imagen. Dicha fotografía fue utilizada para la edición póstuma del poemario Cuaderno de Tomado de VISTAZO, no, 188, enero (1973).


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Orfeo; edición dirigida por Sergio Román Armendáriz e Ileana Espinel. En la imagen aparece Ledesma apoyado en un balconcito, suite 1428, del Hotel Habana Libre. El Jueves Santo de 1961, tal y como lo vaticinó César Vallejo en ‘Piedra negra sobre una piedra blanca’, encontraron muerto a David Ledesma. Me gusta pensar que, si las cuerdas no lograron abrazarlo, al menos la corbata amarilla –¿por qué amarilla?– pudo sujetarlo al final. Supe por terceros que a las 10:30 am, lo llamaron por teléfono, una empleada doméstica subió para avisarle, sin embargo, al fondo del cuarto tan solo quedaba un cuerpo pendiente de la primera hebra ‘clubsiética’. (Intermedio II) Domingo 2 de julio de 1961, Hemingway revienta su cabeza con una escopeta calibre doce. Para suavizar las cosas dijeron que, al limpiar el arma, se había “resbalado” el gatillo. “¡Lucha Heroica por Una Patria Nueva!” (lema urjista) Sucesos del Toachi URJE –Unión Revolucionaria de la Juventud Ecuatoriana, 19591963–. Todavía los recuerdo gracias al espectro histórico de Carlos Alvarado Loor ‘Coquín’; en cambio, Gastón los recordaba por Sergio Román Armendáriz. ‘Coquín’ fue comandante urjista. Antes de la aventura que estoy refiriéndole, se reunían en la llamada ‘Esquina Roja’, avenida 10 de Agosto y Boyacá, realizaban constantes mítines, difundían propaganda y publicaban un periódico, –también rojo–, llamado El diablo. Fueron memorables los fines de año, algunos urjistas solían reemplazar la bandera del Cuerpo de Bomberos con una bandera cubana. No obstante, más memorable, era la quema de Año Viejo –verdadera tradición nacional–. Se solía transformar en monigote a un personaje politiquero, preferible uno nefasto: ropa usada y derruida, aserrín y papel como relleno y un cartel que exponía los motivos para quemarlo. A la madrugada se lo empapaba con gasolina. Sobre lo político, diré que los urjistas se adentraron en la tesis foquista –del Ché Guevara–, criticaban a los cefepistas –Concentración de Fuerzas Populares– por su populismo y a los comunistas por su es-


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talinismo, denunciaron el pésimo manejo del conflicto armado con el Perú, en 1941 y posterior acuerdo: Protocolo de Río de Janeiro. La gota que derramó el vaso fue la ruptura diplomática con Cuba. Instalaron un campamento en Santo Domingo de los Tsáchilas, Río Toachi; para corroborar así lo dicho por el ‘Diablo Cojuelo’ en Revista Mañana: “Lamento desilusionar a curuchupas, frentistas y militarotes: país que rompe con Cuba, país donde aparecen guerrillas”. En abril, 1962, un grupo de jóvenes; tres mujeres: Blanca Alicia Bracero, Fanny Correa y Amparo Madriñán, comandados por Jorge Rivadeneyra y Édison Carrera Cazar, fueron capturados en las selvas tsáchilas. La guarnición ‘Quito’ había sorprendido al centinela, quien dio alerta, empezaron a escupir los fusiles y metralletas; cayó herido Sergio Román Armendáriz, quien luego de permanecer en el Hospital Militar y en la Clínica Santa Cecilia, escapó rumbo al exilio; destino incierto pero con nombre: Costa Rica. Hasta 1973 1965, Junta Militar decreta toque de queda y Ley Militar en Guayaquil; 1967, Assad Bucaram, ‘Don Buca’, gana las elecciones a la Alcaldía del Puerto Principal; en Bolivia: René Barrientos y Alfredo Ovando, confirman perseguir a la Guerrilla Ñancahuazú, Ché Guevara habría ingresado al Altiplano con pasaporte ecuatoriano; octubre, Adolfo Mena González es asesinando en La Higuera; 1968, Memphis, Martin Luther King, cae muerto; 1969, Samuel Beckett gana el Premio Nobel de Literatura; diciembre, un gran incendio devora Guayaquil; 1970, fallecen Jimi Hendrix y Luis Alberto ‘Potolo’ Valencia –musicazo–; 1971, Fidel Castro visita al presidente ecuatoriano Velasco Ibarra; 1972, Salvador Allende, declara que Chile se encuentra al borde de la guerra civil; 1973. *** Casi éramos los últimos del salón, mi acompañante no regresó; mejor. Al terminar con su historia, el sujeto me extendió la mano y dijo que debía abordar un taxi de inmediato, que ya se le había hecho demasiado tarde. Pregunté a mis conocidos y a los conocidos de mis conocidos, nadie recordaba haber visto a un sujeto con las características que les describí; todos habían sido absorbidos por el efecto blan-


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queador de la velada. Yo tampoco lo volví a ver más, dejé esas servilletas taquígrafas descansar en un cajón y pasados los meses las transcribí. Desde esa noche empezó mi búsqueda por saber el destino y ocaso de Gastón Hidalgo Ortega, esa búsqueda no ha cesado; el último dato atinente al tema lo encontré en Rosa de Papel 25, señalado por la mismísima Ileana Espinel: “De carácter meditabundo, un tanto huraño y silencioso, aunque generosamente abierto a la fraternidad y a la solidaridad humanas en múltiples ocasiones; se apartó de los círculos literarios y aparentemente dejó de escribir (acaso, solo de publicar), para entregarse –a la manera de los ‘poetas malditos’ de Francia, a los que admiraba– ‘en brazos del dios Baco’, lo que precipitó su definitivo eclipse existencial cuando apenas frisaba en los 44 años de edad. Empero, en uno de los últimos meses de vida, sorprendió al mundo literario nacional con su ‘Canción de los Invictos’, con la que obtuvo una importante Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Poesía ‘Ismael Pérez Pazmiño’ que auspicia diario El Universo (16 de septiembre de 1961)”. Quizás por ahí exista algún baúl o maleta llena de papeles inéditos de diversos tipos, formas, tamaños, texturas y colores, tal como lo sucedido con Fernando Pessoa y sus heterónimos.

Colección de poesía ecuatoriana “La rosa de papel”, en la que constan cuatro de los clubsiéticos. En el cuaderno 25, Gastón Hidalgo Ortega.


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Ultílogos Al sujeto de aquel día no lo volví a ver más..., concluyó Cide Hamete Benengeli, fabulador de oficio... La mejor poesía de este siglo está escrita en prosa Roberto Bolaño, La Belleza de Pensar. Recogido por Neal Moriarty, miembro de revista Matapalo.

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David Ledesma Vรกzquez

David Ledesma Vรกzquez (Guayaquil,1934-1961) Fundador del Club 7


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Biografía Nació en Guayaquil el 17 de diciembre de 1934 y falleció en la misma ciudad el 30 de marzo de 1961. Fue poeta, prosista, crítico literario, locutor y actor de teatro, radioteatro y radionovela. Estudió en el Colegio San José La Salle y en el Colegio Nacional Vicente Rocafuerte. 1950: Formó junto con Miguel Donoso Pareja, Francisco Pérez Febres Cordero, Javier Espinoza Zeballos y Fernando Cazón Vera la Asociación Literaria Ecuatoriana (ALJE). 1951: Su poema ‘La muerte del saltamontes’ fue galardonado en los Juegos Florales del programa radiofónico Vida Porteña, espacio singular dirigido por el activista de la cultura, Sixto Vélez y Vélez. 1953: El maestro José Guerra Castillo (Hugo Vernel) lo invitó a formar parte de su Escuela de Arte Dramático; allí conoció a Carlos Benavides Vega (Álvaro San Félix). En Quito brindó un recital poético denominado “Poesía Ilustrada”, auspiciado por el Ateneo Ecuatoriano (revista presidida por Guillermo Bossano). Fundó el “Club 7”, en compañía de Ileana Espinel, Sergio Román, Gastón Hidalgo, Carlos Benavides, Carlos Abadíe y Miguel Donoso (Sergio Román sostiene que el acta tácita de fundación del “Club 7” fue el 8 de noviembre de 1953 cuando diario El Universo publicó poemas del grupo y presentó a los poetas a un público más amplio). 1954: “Club 7” publicó el poemario plural del mismo nombre, con cinco firmas. Abandonan el grupo: Miguel Donoso y Carlos Abadíe. 1955: Obtuvo una Mención Honorífica en el Festival Poético organizado por la Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador (FEUE), por su poema ‘Narciso agripado’. En esa época emprendió una gira por Bolivia (fue nombrado director artístico de radio La voz de Illimani), Chile y Argentina. 1956: De regreso en Ecuador, se incorporó al elenco de José Guerra Catillo en Radio Atalaya, integrado por Antonio Hanna, Carlos Benavides, Sergio Román, Delia Garcés, Mercedes Mendoza, Cástula León y Darío Almar. 1958: Participó en un concurso poético convocado por la revista venezolana Lírica Hispana, logró una Mención de Honor con el poemario Gris, que apareció en el número 183 de dicha revista. 1959: Contrajo matri-


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monio con la actriz Mercedes Cajamarca (Meche Mendoza), nace su hija Carmen. 1960: Estableció con Sergio Román el programa radiofónico “Aquí... Cuba!”, vocero oficial de la Sociedad de amigos de Cuba, colaboran Germán Cobos y Otón Macías. 1961: Regresó de un viaje a La Habana, se separó de Mercedes Cajamarca y su salud desmejoró producto de una otitis aguda. Debido a su profunda sensibilidad su salud anímica también decayó. Marzo: Un día antes de su muerte, el 29, renunció a su cargo en la CRE, mediante una nota encargó el bienestar de Mercedes Cajamarca y el futuro de “Aquí... Cuba!” a Germán Cobos. El Jueves Santo fue hallado colgado del clóset de su habitación apenas sostenido por una corbata amarilla. En el bolsillo de su camisa, las autoridades encontraron su último poema, dedicado a su madre e hija; más tarde dicho texto sería llamado ‘El poema final’. En resumen, Ledesma publicó: Cristal (Quito, Imp. Colegio don Bosco, 1953); Club 7 (Guayaquil, Casa de la Cultura Ecuatoriana-Núcleo del Guayas, 1954), antología del grupo al igual que Triángulo (Guayaquil, CCENúcleo del Guayas, 1960), título tripartito en el que participa con Los días sucios; Gris (1958) y Cuaderno de Orfeo (Guayaquil, CCE-Núcleo del Guayas, 1962), edición póstuma cuidada por Sergio Román e Ileana Espinel. El poeta dejó inéditos: La risa del ahorcado o La corbata amarilla, Teoría de la llama, Cuba en el corazón, Tres cantos por Guatemala, Elegías, tres relatos y varios libretos para el programa “Aquí... Cuba!”. En 1962 aparece una Antología General en Lírica Hispana y en el 2007, Obra poética completa, colección producida por la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Alejandro Carrión, en Galería de retratos (‘David Ledesma Vázquez, el testigo de su propia agonía’), refiere sobre él: “Esta es su agonía. Al reconocer su derrota, convocó a la muerte, esta vez definitiva, liberadora. Pero antes de trance tan amargo, se permitió soñar. De ese sueño nos restan algunas de las más hermosas poesías creadas en nuestra tierra. Soñó en un mundo en el cual le hubiese sido grato vivir, un mundo donde hubiesen desaparecido los monstruos. Ese mundo se le presentó como de una belleza indescriptible, y en su poesía nos transmitió su vibración mágica. Nosotros lo comparamos a esa pradera poblada de unicornios y lirios, cruzada de arroyuelos, en la que soñaban los poetas en la tardía latinidad, ideal sustituto al horrible y siniestro mundo de la temprana edad media que los rodeaba. Y tras ese sueño, como única revancha posible, repito, convocó a la muerte. Su fin, el de la corbata amarilla...”


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Todo triángulo hace escándalo porque los pueblos son crueles • Juan Carlos Cucalón del Campo Lector, narrador y ensayista.

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uando las vecinas que degustando el chismorreo llegaban al punto de: Pueblo chico, Infierno grande..., era para que la víctima de sus comentarios inapelables entendiese que, si no se sentía cómoda en esa paila, buscara una residencia en la que se tardaran más confeccionándole la que ajuste talla y falta. Solo resta la Huida. Y aunque hay los que prefieren el escarnio y hasta lo disfrutan, también acaban por dejar el pequeño gran infierno pues irán a buscarse otro para que el castigo fuese diferente y la hazaña repita el dramón al que los pueblos los han acostumbrado. Sí, existen pueblos crueles, unos más que otros, pero sin dudar todos han entendido que su voz es la crueldad. Todo asentamiento humano, comarca, recinto, villorrio, cantón, burgo ciudad con o sin muralla, con o sin su duque, barón o príncipe, en fin, quien sea que los haya protegido de los dragones o de alguna peste, se ha organizado siempre como un ente con vida y funcionando de tal forma que sus habitantes, también agremiados por función, resultan ser los órganos, que mantienen con salud y en vigor al Ente que los engendró y al que sirven. En su mayoría accionan silenciosos, no cuestionan el hecho de que sus roles sean pasivos o de máxima acción. Se preocupan por lo suyo que es lo que los mantiene en vigentes, permitiéndoles la supervivencia. Los conforma sentirse necesitados; incluso los llamados indispensables son tímidos y acatadores: Hígado o amígdala, no solicitan ascenso a corazón; ni a éste se le ocurre, impensable, una vacación pagada o trato de pulmón. Estos, los que cumplen, en silencio, sí entienden lo que es el “balance mortal”, viven con “la luz, el pus y las carcomas”.


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Anuncio de radio-novela, prensa de la época. Aquí David aparece como Martín Santos, pseudónimo con el que también firmó algunos poemas.

Cuando un pueblo no aguanta más y sus órganos sin voz propia, de lengua infamemente dispersa, no tienen como quejarse, solo ahí actúan gola, faringe, cuerdas y se les une desde la retaguardia el perezoso diafragma... Sale el grito... Y clama, desde el ente Vivo, la representación de los acallados por el dominador, cualquiera que fuera ese tirano. El gremio casi siempre despreciado y reprimido lo conforman las Artes. Estos últimos son los que conocen “una ventana desbordante” a la que se asoman “sin cabeza entre las manos” y siempre han sentido “la ráfaga eléctrica de los deseos nuevos”. Pero el Ente sigue permitiendo tiranías. Al grito de la mudez sabia hay que acallarlo ¿Quién corta esa lengua? Miedo a perder el poder. La posibilidad de algún día necesitar del grito. Y, como no se lo puede eliminar de cuajo, (lo voy a hacer servirme) Habrá que comprarlo. ¿Mecenas? Ja, ja, ja. Cobardes compradores de la verdad histórica, Mentiras Vergonzosas. El arte reinventa el grito y se reúne en coros, porque un solista por más tenor o soprano, no basta... En dúos, tríos, cuartetos o Escuelas de Samba, produce siempre escándalo por usar en su denuncia una lengua


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que reforma la de la comarca. Por eso, nuestro triángulo del heptágono club siete, tuvo que ser disimulado: son buenos, entonces se los exhibe, pero tras el biombo, que no se vea el “espejo de tu enagua”. Y, así, se compra ese discurso y le crean la ilusión de ser incluido. ¡Ah!, pero es que no he presentado al Trío del triángulo, ni sus cosenos, tangentes y teoremas. Los escandalosos del cincuenta en el puerto... Espinel, Ledesma y Román. Ni su “arte de amar” cuando “diríase que canto” algunos “días sucios” Sí, ese triángulo que, en septiembre de mil novecientos sesenta, pegó un alarido y quien lo escuchó... ¡Oh! El poder no debe embarrarse. Y cuesta poco convencer al mudo que la Voz sale del lodo. “Caminando, comprando, revendiendo.” Aunque se aplauda al “monstruo inédito que engendró la pavura de tu sangre” o derramó “la miel de higo de tu ombligo” La huida no siempre resulta en traslado o muerte por propia mano o a largo plazo o, como Henry Miller sentenció un día: “de no poder crear, pues enseña”. Las tres opciones son escapes, los tres autos exilios. Nuestro triángulo individualmente tomó cada ruta. Y, la gana cuelga, la grasa cuelga, la corbata cuelga. Hígado, corazón y bronquios de mugre elemental, despreciaron “la escalera”, afinaron su impostura en la pobreza de mentira noble e inflamaron su lírico canto de veneno inócuo pero punzante y revelador. Es el caso del poema último de David Ledesma el que deseo decodificar o, más bien, plantarles la curiosidad ¿A ver, esto que veo/leo es lo que leo/veo? Morir con puesta en escena, hacer su propio “show del morir” completito, rebosante de subtexto y además con códigos múltiples: A descifrar. Espacio, fechas, colores, ritos, venganzas dedicadas; y, además, plegarias por los que quedan. En ese montaje/poema todo significa, con excepción de la palabra. Cuando la tinta queda muda es hora de la sangre y la rigidez de la piel. Todo dolor se hizo herida y se disfrazó en la cicatriz. Sé que de nada sirve revolver el caldero de los escándalos. Pero sin agitar miedos con culpas pasadas, me pregunto para que alguien responda: ¿Qué colores estuvieron de moda en los sesenta? ¿Cómo, de dónde sale una corbata amarilla en Guayaquil? ¿Montaje macabro de escenario que no tenga un significado? Todo fue fortuito, entonces. Imposible. Premeditar una escena codificada con mensaje múltiple en elementos y formas. No pudo ser de otro modo. Pero el Poder desde sus tronos lo descalificó por originarse en la perversión delirante de un invertido y leyó el discurso de la piel: Como no me permiten pasear por el Malecón


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mi nueva corbata amarilla me la pongo dentro del clóset de donde no saldré jamás para convertir mi armario en sepulcro de mi debilidad. ¡Ajá! Tan fácil. Tan tierno, tan infame. No me interesa revolver merengada de Ventiras Mergonzosas. Pero sí reconocer que ese disimulo de quien siente la necesidad de esconder algo asegura rabos de paja, cabezas de turco, estribos de mula. ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Por qué sumir almas sensibles en la depresión que cifró el fin del ángulo obtuso y amarillo que tuvo coseno y tangente acunadores? Corbatas color sol en Guayaquil de los sesenta. Solo para uniformes de empresa privada. Pero que tanto ayuda para saltar de baúl a clóset, tan moderno, tan no armario de caoba con espejo enterizo en la puerta de colgar pantalones. Aquí les dejo la interrogante. Por salvar de la ignominia nacen los héroes, pero muy pocos soportan los laureles. Salú. (sic) Nota de los editores: El breve pero incisivo trabajo de JCC abre tres interrogantes, uno implícito y dos explícitos. El primero implica la búsqueda de fuentes legítimas. Para eso, cómplice lector(a): Levántate del asiento, de la cama, en cualquier lugar en el que estés navegando; o, si estás de pie, camina, indaga, verifica en documentos o en espejos, cada guiño, cada referencia y, arma así tu propia novelita... o fundamenta tu propio juicio (al igual que un juego de fichas sin tablero o, quizá de coordenadas con paisaje) contribuyendo así: O, ¡a la leyenda!, o ¡a la progresiva precisión del hecho! / A la par, flotan dos interrogaciones explícitas: (1a.) ¿Fue, es y será la 'corbata amarilla'... un objeto, o una metáfora? (2a.): ¿Alguien será, es o fue capaz de disponer una 'puesta en escena' para levantar el telón del estreno apenas hubiese terminado de estampar la firma al pie de su poema final? / XFV-RM

La corbata amarilla* Algunas veces perros estampados y otras, caras de amigos como perros; larga lengua amarilla, mi corbata pregona zarandeándose en mi cuello: «Nada puede decir emocionante que haga llorar a las señoras como las novelas radiales o la muerte de algún pariente a quien trataron mal». «Correctamente rectos mis vecinos me miran con anémico desprecio: sus oxidadas vidas se deslizan en sopas, adulterios y velorios».


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«Mi cerebro -terriblemente grandeno me permite gestos desenvueltos, ni ser buen deportista, ni tener ahorros, ni leer a Winston Churchill». * Primera publicación en revista La Semana No. 45, Guayaquil, 1960, página 12.

Los ángeles que huyeron de Sodoma* Vivían en Sodoma, la ciudad donde el agua caía del manantial no para perfumar jardines gráciles ni para levantar robustos cedros, sino más bien por el puro placer de caer. Vivían en Sodoma, la ciudad donde el amor se daba con un gesto sencillo como quien da un abrazo, como quien toma un fruto. Comerciaban en granos y perfumes. Y el arado y el trigo y los metales eran puros allí, porque ese suelo estaba arado por hombres que tenían las manos puras, y amaban al amigo que -a la tardedespués de sudar juntos en las eras brindaban el vino de su amor al hombre con una luz purísima en los ojos. La ciudad era entonces limpia, apacible, llena de canciones. Y sus torres altísimas se alzaban no para la vivienda o para el templo más bien por la oscuridad de ver los cielos. *Antología general, Caracas, Lírica hispana, 1962.

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9 de mayo de 1955, Diario El Universo. Novela, Amor Imposible

Distinto* El pájaro que tiene solo un ala, la naranja cuadrada, el árbol tenso que tiene raíces para arriba y el caballo que galopa para atrás solo ellos me entienden. Mis hermanos, mis diferentes semejantes que amo. Y un día distinto sin pareja, Con ellos cavaré un hoyo muy negro Donde meterme con mi sombra a cuestas. *Cuadernos del Guayas No. 32 y 33, Guayaquil, 1970, página 1.


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Anuncio de radio-novela El Mártir del Gólgota, prensa de la época.

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Sergio Román Armendáriz

Sergio Román Armendáriz. (Riobamba, Ecuador 1934). Integró el Club 7 de Poesía (Guayaquil, 1951-1962) cuyo primer título plural y homónimo imprimió la CCE, Núcleo del Guayas (1954). Ídem, con Ileana Espinel y David Ledesma forjó Triángulo. Edit.cit., (1960). Figura, asimismo, en la Rosa de papel (Colección de Poesía Ecuatoriana, #24). Edit.cit., 1990. Solitario, alumbró: Cuaderno de canciones. Quito, Ateneo Ecuatoriano, 1960. / Riobamba, arte poética. CCE, Núcleo de Chimborazo, 2012. / Semblanzas. CCE, Riobamba, 2015. / Quince hojas de té de hierba luisa, Quito, Efecto Alquimia, 2015. / Varón en La Habana de mil novecientos sesenta y uno. Quito, Matapalo, 2016. Hoy, a sus ochenta y tantos febreros, el autor afirma que la poesía fue para su grupo, una forma de amistad.


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Chicos del puerto • Gabriela Ruiz Agila [La Frontera, 1983]. Investigadora en prensa, estudios migratorios y derechos humanos. Es licenciada en comunicación por la UCE-Ecuador, administración pública y magíster en políticas públicas por la UABC-México. Colabora como articulista y cronista para diversos medios impresos y electrónicos. Miembro del colectivo Matapalo y del Taller Literario Palacio (I) Caza en UASB-Ecuador. Premios: segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño con Escrituras de Viaje [Ecuador, 2016]; primer lugar en Crónica del Cincuentenario organizado por la UABC con Relato de una foránea [México, 2007]. Escribe habitualmente en el blog madameho.wordpress.com y produce la serie de archivos sonoros bajo el nombre “La loca de la casa”.

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nuestros 17 años cumplidos, Romano y yo sentimos la angustia de hacernos hombres y dejar definitivamente nuestra infancia en el pasado. Hablo de la prueba decisiva de nuestra adultez y no de la típica visita de padre e hijo al burdel. Esto es algo muy serio. Romano y yo planeamos el asalto a la sede de los pequeños burgueses del Club Fromage, sin ninguna otra motivación que la simple revancha entre el agua y el aceite. Los Fromage tienen el pésimo gusto de vestir con levitas y casimir, en este infierno tropical que es puerto Pittoresque. Nosotros ciertamente no pertenecemos a una familia de renombre o a un club, pero hasta hoy estamos convencidos de sabotear el agasajo de año nuevo y aguarle la fiesta a esa camarilla. A la burda imitación de un hombre anónimo de guiñol y trapo, Los Fromage la visten de pipa y corbata. La ubican frente a un gran mesón y, como si se tratara de un invitado especial, es homenajeada con suculentos manjares del mar. Pero está por morir, le espera una de tantas hogueras de Pittoresque donde el halagado comensal arderá hasta su desaparición. La costumbre lleva años y se desconoce quién la inició. Es de las pocas cosas que me divierten en este puerto sin horizonte. El horizon-


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te me preocupa. Quisiera poder explicar los efectos de su leve presencia cuando nos bañamos en el mar. – ¡Metámonos al agua! – pide Romano. – Salta tú primero. Iré contigo. Nuestros cuerpos se hunden como dedos en el océano. No dejo de preocuparme. Si vives en una ciudad que se acomoda al pánico de los viajeros del puerto, debes diferenciar bien entre aves carroñeras y criaturas celestes –esta advertencia me acompaña siempre que estoy flotando en el agua–. La repetición de la luz desorienta a las aves, por eso se desprenden del cielo y desaparecen. Me aburro pronto del mar. Cuando Romano sale del agua se recuesta junto a mí. El gorjeo de las aves atraviesa el horizonte. Encendemos un cigarro. Tendidos sobre las enormes rocas, parecemos dos sanguijuelas robustas en el invierno. El mar trae con el río de regreso, y las sanguijuelas, algo de alma. De repente, Romano se pone de pie imitando la pose de un cazador. Finge tomar una larga cerbatana con ambas manos. Apunta a un ave que planea el cielo. Extiende todos los dedos simulando disparar el dardo venenoso. La broma coincide con la zambullida vertical del ave en el agua. Dejo ir la última bocanada de humo y cae la última colilla. Pensar en la vocación de las aves me pone triste y termino bromeando para que no se me note. – ¿Y cuándo le vas a atinar a una avioneta? ¿Cuándo caerá un político, un millonario o una linda señorita? Romano se ríe con la gracia de un niño travieso. Se ríe con todo su corazón. Vuelve sereno a recostarse en las piedras. – Lo que yo deseo es... – empiezo a decir y pronto olvido de qué estoy hablando. La oscuridad que captura su piel en pleno día merece toda mi atención. En el pecho de Romano brillan cristales de sal. Nací en puerto Pittoresque, cinco veces devorado por los incendios y permanentemente asediado por piratas, atacado por indios, amenazado por la ira de Dios en el océano Pacífico. La humedad es también permanente y está cerca, tan cerca, tan encima todo el tiempo, que parece evaporarse con nosotros como niebla mientras anochece. Pienso en esa niebla metiéndose en nuestros pulmones, expandiéndose hasta la sangre y creciendo en los sueños. Con frecuencia, Romano me regresa a la realidad de la forma más fraterna: – Rodrigo presta atención. Entraremos por la puerta de atrás, to-


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maremos el monigote y saldremos sin que nadie nos vea. – ¿Estás seguro de que funcionará? ¿Qué pasaría si nos pillan? – ¡No te preocupes! A esa hora, los comequeso estarán tan ocupados contabilizando los donativos a la caridad, que ni siquiera pondrán atención al muñeco. – ¡Robaremos al protagonista de la fiesta! ¡Pondrán precio a nuestras cabezas! – Bien podríamos dejar la cara de cartón y las barbas de algodón colgadas en una silla y no se darían cuenta. Romano vive en una pieza del segundo piso en el 554 de la calle Commandant Julian, entre el cementerio y el antiguo anfiteatro de la facultad de medicina de la universidad pública. Yo lo acompaño con frecuencia y, cuando vamos por esa calle, siento que nos adentramos a la escena de un cuento de horror. La luz y el agua escasean en su casa. Mientras estamos allí, compartimos libros y bebemos todo lo posible. Desde la ventana de su habitación hay una vista de lo que la gente llama el “cementerio de extranjeros”. Cónsules, capitanes, protestantes, y cualquier otro extraño a la fe católica se enterraba a 200 metros del camposanto original. Esta es una de las herencias que dejó la larga estancia de monarquía y cristianismo en Pittoresque. No es di-

Constan: David Ledesma (7° de pie, traje claro, der. foto), Miguel Donoso (5°, ídem), Sergio Román (5°-a la izq.-, gafas oscuras), y demás colegas de artes y letras; dirigentes: estudiantiles, sindicalistas y camaradas de los partidos y movimientos revolucionarios (como ejemplo, la líder del PCE: Gloria del Hierro, -junto a David-),etc., integrantes de la delegación ecuatoriana invitada a La Habana para asistir a la apertura del Año de la Educación (enero-dic.,1961).


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fícil imaginar cómo ese paisaje había penetrado en los pensamientos de Romano. A mí, cada visita me dejaba un temblor aún indescifrable. Y si esto no fuera suficiente, Commandat Julian es una calle tan larga que inicia en el hospital, pasa por la cárcel y la morgue, y termina en Renards, la calle de las zorras, justo al pie de los muelles de madera. En estas insignificantes bahías, desde hace siglos, los contrabandistas descargan mercaderías, animales y personas. Pittoresque es un puerto sin fortaleza y, por tanto, sin ninguna pretensión bélica o bella. Pittoresque nos contiene con astilleros y futuro. Aquí Renards brilla de insomnio, impermeable y repleta de pequeñas armerías y fábricas de licor y pólvora. Entrar a Renards significa entrar a un espeso silencio. Romano ríe a mis expensas. Se burla de mi breve visita al Baccarat, el burdel al que mi padre me llevó hace dos años. – Sube las escaleras –dijo mi padre y se quedó en el primer escalón–. Cuando termines, lávate y baja. Aquí te espero. Una vez arriba, encontré en la cama a una mulata de senos desbordantes. Tumbada boca arriba, solo un tul rojo le adornaba las caderas y dejaba ver su mechón apagado, tan abatido como un mosquitero viejo. – Hay que tocar aquí. Hay que hacerlo así –me dijo la señorita Louise. Me tomó en sus manos con la habilidad con que un vegetal se arranca de la tierra. Pero nada pasó. – ¿Y no tienes ganas muchacho? – me preguntó con los ojos llenos de misericordia y sabiendo que mi padre esperaba afuera. Esa noche salí de allí corriendo porque no quería ver la cara de mi padre ni dar explicación alguna. Solo fue la primera vez. Después debí regresar al Baccarat, levantar el mosquitero y cumplir con la señorita Louise como yo creía que se debe. Y mientras esto sucedía, yo me imaginaba caminando en la calle Commandant Julian, que se había convertido en una línea interrumpida en un mapa de piratas. En esta aventura, yo avanzaba solo hasta una cruz marcada en el centro y estaba prevenido del canto seductor de las sirenas. Nunca pude escuchar su llamado. Suponiendo que existiera un placer en aquello, intentaba imaginar la necesidad de Romano por frecuentar y repetir visitas a otros lugares similares al Baccarat. Pasado mi primer horror en Renards, desarrollamos el hábito de escabullirnos luego de clases a tugurios donde el espectáculo incluyera el baile nudista. Una forma peculiar de enfrentar ese trauma, pero quería intentarlo. Nos sentamos a ver el espectáculo de las fulanas en-


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tre otros hombres. Romano se fascina viendo el desprendimiento de encajes y corsés, y cuántos más instrumentos de vulgaridad cargan las nudistas en la piel como días sucios. – Los cuerpos desnudos en un acto final, se sacuden el maquillaje. Una estela de polvo se esparce como lluvia cósmica sobre los creyentes en la magia – me explica Romano mirando a un punto ciego. Me lo dice a mí, pero él quiere descifrar el mensaje oculto para sí mismo. – ¿De qué magia hablas? ¿Carbón o polvo te manchan y qué sucede después? ¿Te conviertes en una zorra? –le digo con burla, animado por el calor y los tragos–. Hasta yo me puedo dar cuenta de que el toque de una Renard no puede terminar en otra cosa que la cuarentena y altas dosis de penicilina. Romano golpea mi frente y repite: «Tu sexo de naranjo sin estío. Tu sangre ebria de sol. Y tu minorada de áspid, de triángulo sin sombra. Tu pulso. Tu estatura de verano. Y el mar en verdes cópulas de espuma». Nunca puedo recordar con exactitud, pero ésa es la señal para la retirada: un Romano eufórico por el licor se pone a recitar los versitos de algún capitán ebrio. Nuestras gargantas se incendian temprano y rápidamente con licores baratos. Una botella de ron nos causa la sensación de haber bebido el Pacífico entero, y una falsa valentía. – Ya no soy Romano. Ya no soy más el hijo de mis padres, sobrino de mis tías, nieto de mi abuela – sus ojos se hacen pequeños. – Tú eres el hombre Romano – pero él ya no escucha. Muchas veces salimos del Baccarat tambaleándonos, y nos abrazamos también para caminar calle arriba de regreso a la guarida de Romano. Ahí, nos aliviamos la resaca con una siesta, y podemos continuar con el tabaco curado, la maltine y otros pequeños deleites que llegan a Pittoresque desde puertos lejanos. Por eso Romano y yo sentimos que vivimos en un jardín de juegos, y de esa forma Pittoresque es más que una república de pobres. Nuestras excursiones en los muelles nos habituaron al contacto con músicos y actrices. Ni en mis sueños imaginé las confidencias, picardías y artimañas de tanta belleza. Ladrones o exiliados, polizontes o extraviados, llevan consigo un natural desarraigo y a veces silencio. Solo entonces la idea de un horizonte me angustia menos, mientras que Romano se intriga por las mujeres que llegan. Yo creo que se enamora de sus cuerpos, la inclinación de sus rostros, el ángulo de sus clavículas, y la forma en que una mano reposa sobre la otra mano. Un día dimos con la imagen de un corazón roto tatuado en el hom-


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bro descubierto de un viajero. Llevaba un vestido mugriento en andrajos. Tuve la visión del lugar de origen del extranjero, arponeado como una ballena gris por el recuerdo de un amor. – ¿Es un hombre o una mujer? – le pregunté a Romano sin quitarle los ojos de encima al tatuaje, y queriendo penetrar en el gesto de dureza en la cara. – Es una feliz zorra – dijo Romano sin dudar. Lo dijo como si se encantara con la presencia ajena y extraña de un cuerpo inimaginado. Para Romano, la belleza no se descompone en partes sino que persiste en la fiebre de una fantasía sin nombre. El barco partió a París con el extranjero. Yo dejé de creer en que los hombres estábamos hechos a imagen y semejanza. El sol calcina y nosotros despedimos desde el muelle a ese cuerpo que se alejaba como una isla clara. Como es natural, el verano cesa y la luna entra a la tierra para refrescarla. Así también nosotros esperamos el cambio de época. Las clases en el liceo y su estricto orden solo se sobrellevan con las escapadas vespertinas. Y antes de que diciembre llegara, tuve el sueño que se presentó como una obra teatral: Una cuerda desprendida de las amarras de un barco aparece en el portal de mi casa como el regalo de un fantasma. Es lo primero que veo al salir para encontrarme con Romano. Camino por Commandant Julian y el bullicio de la celebración de la noche vieja se desata como un gran incendio. Música y risas se escuchan al salir del Club Fromage. En sus exteriores, el gran portón tiene una silla pública donde dos amigos se encuentran. Desde lo más alto, una luz se proyecta hacia el piso dibujando la forma de una campana sobre la oscuridad. Seguimos en puerto Pittoresque. El puerto ha sido reconstruido incendio tras incendio. En este puerto, las personas y las memorias arden. Romano y yo vestimos elegantes trajes y somos dos chulos porteños. Yo camino de una manera peculiar, empoderado de sensualidad y confianza. Sentimos el éxtasis del señorío que borra cualquier asomo de languidez. Entramos al Club Fromage y damos con el trofeo: el monigote con cara de cartón y barbas de algodón. Lo cargamos hacia la puerta de enfrente. Emprendemos una discreta salida por un portón contiguo. Ya afuera del club, unos pasos adelante, escuchamos la detonación de disparos acercándose a mil millas por segundo. El sudor rezuma mi cuerpo entero. ¿Podrán protegernos nuestros fracs?, ruego porque así sea pero corro tan rápido como me es posible. Esto ya no


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es un juego de niños. En mi sueño, perdemos a nuestros verdugos unas calles antes de llegar a Renards. – Tuvimos suerte Romano. Estuvieron a punto de asesinarnos –tomo aire apoyándome con las manos en las rodillas. – Querido amigo, estoy viviendo los mejores años de mi vida –levanta Romano la mirada sosteniendo al monigote como un campeón con trofeo. – ¡Deben estar buscándonos! Hay que continuar. Escondernos. ¡Deja ese muñeco ya! ¡Aviéntalo en el muelle! – ¡No lo haré! Nos lo llevaremos de fiesta. Un perro cojo se cruza en nuestro camino al Baccarat. Continuamos en la juerga generosa como los hombres mozos que somos. Romano y yo bebemos lo usual. Escucho retorcerse las tripas del piano con una melodía altibaja, agridulce, negriblanca, la triste marcha de adioses. El monigote sigue aquí. El hervor del licor se repite como un clásico en mi garganta. Y cuando menos lo espero, el monstruo cobra vida y se levanta. – ¡Intoxicated man. Pay your bill and get out of here! – me dice el siniestro muñeco y se ríe de mí. Se ríe con enormes carcajadas–. ¡Vamos amantes y perdedores, hagan sus apuestas! –continúa. – ¿Dónde estás Romano? – me quejo. Mala señal. – Romano se ha ido – responde el monigote acercando la cara de cartón a mi boca. Cierro los ojos a una oscuridad ahogada. Vuelvo a abrirlos. Lo veo atando una cuerda a su cuello y colgándose de una viga que sostiene la opulencia agotada en el Baccarat. La pesadilla se repitió algunas noches y en cada ocasión intenté revertir el curso de los hechos sin lograrlo. Yo no dudo sobre el asalto. Yo no dudo de Romano. Agotado vuelvo a quedarme dormido. La última noche del año llega. Es 31 de diciembre, una noche que ríe y que llora, repleta de lunas llenas dentro de las alcobas. Es el único momento del año donde las reglas se minimizan y los roles pueden voltearse como en una baraja. Barcos de todos los calados llegan hasta los muelles de puerto Pittoresque para desahogar tripulación, polizontes y cuanta vergüenza y culpa se pudieron remolcar desde otros puntos de la tierra. La celebración relaja la moral del puerto, y los hombres bien pueden vestir faldas y usar carmín en los labios, así como las mujeres pueden cambiar de lecho matrimonial. Por eso se hace tan necesario e


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importante usar máscaras. Narizones, cornudos, minotauros sin historia pueblan con soltura por Renards. Los ciudadanos quieren festejar en paz y Pittoresque se convierte en un desvío que separa el viejo y el nuevo mundo. Romano y yo nos vestimos para la ocasión con los trajes más elegantes que pude tomar del ropero de papá. Pero estas caras sin bigote no ayudan mucho a aparentar atrevimiento, menos malicia. Una fiesta de etiqueta no requiere más que el frac y el hambre de éxito. Nos encontramos según lo planeado para llegar juntos al Club Fromage a las 11 de la noche. Caminamos por Commandant Julian rumbo a nuestro destino y la anhelada adultez. Confiados en nuestro anonimato, una vez en el Club Fromage, Romano y yo buscamos al monigote. Hemos entrado sin dificultad. Sabemos que al guiñapo lo colocan frente a un banquete espléndido. Estamos en el lujoso salón del Club y no hay señales del guiñol. Simplemente, no está. A pocos minutos de las últimas campanadas de la media noche, Romano y yo nos miramos a la cara con desconcierto. No encontramos el mínimo indicio de que algo semejante a un banquete para un muerto se hubiera servido. Tan pronto lo entendemos, la apertura lenta y teatral de las puertas del salón nos dejan sin tiempo de hablar. La ausencia del guiñol abrió un vacío que se encenegó con cobardía. Ya no éramos envalentados canallas. Los cascos de una bestia espléndida golpean la madera fina que adorna el piso y la música se calla. El fuerte relincho de un caballo blanco se abre paso entre la multitud hasta el centro del salón. Miro primero a la bestia y luego al jinete que lo amansa. Con gran autoridad, el jinete echa su capa brillante por encima del hombro. Una piel bregada por la sal, deja brillar la joya de un escarabajo azul sobre su pecho desnudo. Los surcos marcados en sus costillas muestran una respiración serena. La tela exquisita de su turbante combina con sus ojos verdes. Y así se dirigió a nosotros: – ¡Ciudadanos de Pittoresque sean bienvenidos! En esta noche las orillas del mundo se acercan y los polos se invierten. Donde había tierra ahora hay agua, y donde había agua, el aire se remece. Beban en abundancia. Gocen del banquete suculento. La noche está servida. El jinete se bajó del caballo y, con un ademán juguetón, mostró una baraja de naipes. Tomó una por una las barajas y las fue entregando entre algunos de los concurrentes. Se acercó a Romano y, viéndolo a los


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ojos, colocó la carta del as de corazones negros en su palma izquierda. – ¿Qué has hecho desde aquel día? – preguntó el jinete. – No he vuelto – admitió Romano. El as de corazones era una invitación que Romano conocía bien. Pero entonces me cuestioné si existió alguna vez el trofeo. ¿Fue una picardía deliciosamente preparada por Romano para reunirse bajo las máscaras con este jinete? Ese hombre se paró en una esquina sosteniendo un pedazo de amarra en sus manos. La cuerda se parecía tanto a la que yo había visto en mis sueños que sentí que el terror me invadía. Casi grité. Los fragmentos de mi sueño se esparcieron como en un naufragio. Me sentí cubierto por la bestialidad del calor y la humedad. – Estoy despierto – me digo. Pero es tarde. La piel bregada ha encallado y se tiende como una bandera húmeda y pesada sobre mí. Me envuelve. Escucho el canto agudo que llega desde el mar. No sé si son las sirenas de las que siempre escuché hablar. Romano y el hombre ríen con complicidad. Yo veo con atención esta escena, como si atestiguara la caída del horizonte sobre nosotros. Solo yo termino aplastado por la abrumadora verdad. Un plan para convertirnos en hombres ya no tiene sentido, pero somos dignos invitados del banquete de un rey. Levanto el vuelo y caigo como las aves en picada al mar. Salgo del salón sin dar mayores explicaciones. Las campanadas de la única torre se escuchan repicar para marcar la media noche y el comienzo de un nuevo año. Camino al destino confortable y seguro Sergio Román Armendáriz, Costa Rica (1969)


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que conozco: el Baccarat. Un perro cojo se cruza por mi camino. La cercanía del gemido del mar en los muelles me reconforta. Entro al lugar de iniciación, al coágulo de sangre de las sanguijuelas. Y bebo tan pronto puedo tener una copa en mis manos. A diferencia de otras noches, el recuerdo del tatuaje de un corazón arponeado me avergüenza. Siento un terror sobrevenir. Y me siento tan frágil que la sombra de una desnudista me corta el cuerpo como una navaja. La música del Baccarat es tan vulgar como las migajas del pan en las manos de un hambriento vagabundo. En esas circunstancias, el miedo se siente como un gran triunfo. – Bueno Rodrigo. Solo hay una manera de hacerte hombre – me exijo la prueba o la recompensa. Siento una gran sed. Siento una gran hambre. Sed y más hambre. – Bebe, amigo. Es Romano que ha llegado al Baccarat buscándome. Mi devastación comienza en la boca de Romano. – Ro-ma-no. Ro-ma-no. Siento el impulso de moverme hacia Romano y tocarlo, pero mi cuerpo torpe se mueve como una montaña eléctrica. Le pongo una mano sobre su boca. – ¿Qué haces Rodrigo? ¡Detente! ¿Qué eres maricón? –me rechaza empujándome con las palmas abiertas. Siento moverse dentro de mis pantalones un corazón de cartílago. La historia del puerto es la historia de la vocación suicida de las aves, la historia del horizonte que aplasta el mar, y la historia del amor del hombre por el hombre. Ya no soy un ardiente niño. Soy un inexperto joven. La noche se dispara y deja un cuerpo muy parecido a una pistola humeante. En puerto Pittoresque, un aullido se fuga. GRA, Ecuador, texto del presente 1977*

* La autora, al desafiar el convencionalismo de redactar el perfil pertinente, creó un atractivo preguión fílmico que sugiere el ambiente fluvial del Guayaquil de esa época. Enlace necesario: Club 7, poética y erótica http://efectoalquimia.blogspot.com/p/i-tema-paisaje-personal.html


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Sergio Román Armendáriz ¿leyendo a Kant? en la cafetería del Teatro Nacional de Costa Rica, 2011.

Portada de Un extraño en la niebla, de Sergio Román Armendáriz.


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MAR Y CANCIÓN, 1951 Sergio Román El mar abre su párpado de espuma sobre la piel ligera de la playa y la brisa en puntillas y desnuda junto al inquieto talle de las aguas... ...y un cinturón de yodo, sol y rocas y un rodar de barcas y de redes y un cielo navegando entre gaviotas y un verso capitán bajo mis sienes. Porque nací de cara al horizonte porque rudo conquisto todo norte tengo el alma rotunda y tengo voz. Porque nací con nombre bucanero porque persigo rutas y veleros ¡todo el mar se derrumba en mi canción! En: SR. Colección de Poesía Ecuatoriana ‘La Rosa de Papel’, núm. 24. CCE, Guayaquil, 1990, (pág.3, de 27).

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La Rotonda, Guayaquil, ciudad en la que naciรณ el Club 7.


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Evocaciones “Mi lectura de los miembros del Club 7 se limitan a Sergio Román, Ileana Espinel y David Ledesma. Del primero, con los poemas publicados en la revista Pucuna de los Tzántzicos. De Ileana Espinel, en algunos de sus libros publicados. Igual, de David Ledesma. Los mejores conceptos sobre su poesía van para los tres poetas mencionados, pero especialmente para Espinel y Ledesma, por cuanto Román salió del país, y poco se conoce de su producción. En internet conseguí ubicar a Román, que da a conocer nuevas producciones poéticas y sobre todo sus actividades en un país centroamericano, creo que Costa Rica”. • Raúl Gonzalo Arias Chancusi (Quito, 1943) Poeta. Perteneció al movimiento literariario ‘Tzántzicos’, autor de Poesía en bicicleta.

“Club de los Siete: Un eslabón perdido en la bruma de nuestra historia literaria es el Club de los Siete. A la distancia, se lo ve como una garita fantasma hundida en algún atardecer definitivo. Desde allí, sobre sus propios pies, luchando con los adversos vientos y los coyotes, nos ha llegado hasta el presente, aunque quizá incompleta, la valiosa poesía de David Ledesma Vázquez. Salvo algún especialista, sabemos muy poco del misterioso club de número siete, empezando porque eran cinco sus miembros, aparte de la fugaz visita de dos escritores-Miguel Donoso Pareja y...”. • Huilo Ruales Hualca (Ibarra, 1947) Su obra abarca narrativa, poesía, teatro y crónica. Autor del poemario El ángel de la gasolina.

“En sus balbuceantes inicios (en Club 7), Espinel se muestra con una voz que busca afiliarse a una tradición postmodernista en la preferencia del verso endecasílabo tal como puede verse en la invocación que hace a García Lorca en ‘Canción para el gitano eterno’. En los nuevos libros que aparecen después de 1957: Piezas líricas y Estatua luminosa (1959), la poesía de Espinel paulatinamente adquiere carácter


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personal con un mejor dominio formal, la preferencia del verso libre y un tono de ironía que llegará a ser uno de sus rasgos característicos”. • Juan Valdano Morejón (Cuenca, 1939) Escritor y crítico. Miembro de la Academia Nacional de Historia del Ecuador y de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

“Después de haber aprobado mi primer nivel de estudios superiores en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Quito, me trasladé a Guayaquil para continuarlos en la Facultad de Filosofía de la Universidad Porteña. Año 58. Ya para entonces solo persistían en su labor poética, Ileana, la más fervorosa y activa, David, Sergio y muy poco Gastón. Con ellos mis vínculos fraternos se constituyeron en un emblema solidario y persistente a través de recitales o Programas Culturales como Oasis, dirigido por la poeta María Eugenia Puig, o Música y Poesía bajo la conducción de la escritora María Leonor Madinyá; y no pocas ocasiones en amigables tertulias casa adentro (...) Ella atrapaba la amistad, atrapaba a la gente, muy comunicativa, no tuvo enemigos, era muy solidaria con todos y creyente y espero que por fin Ileana, la belleza te haya besado los párpados”. • Rodrigo Pesantez Rodas (Azogues, 1937) Poeta, escritor y educador. Miembro titular de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Guayas.

“Fui muy amigo de todos los miembros del Club 7 porque pertenecían a mi generación, gente casi de mi misma edad, con una diferencia a veces de un año (…) Cuando se creó el Club 7, yo no estaba en Guayaquil, sino que estaba en Europa, cuando llegué ya se había formado (…) Tiempo después, en el mismo año 1953 salió publicado el libro (…) También los miembros del Club 7 formaron parte de un movimiento ya más amplio de escritores guayaquileños de la generación de los años cincuenta llamado Horizonte (…) El aporte del Club 7 es interesante porque es el punto de partida de la poesía ecuatoriana de ese entonces, es decir, de los años cincuenta. En Quito había el grupo Umbral al que pertenecía Alfonso Barrera, entre otros poetas”. • Fernando Cazón Vera (Quito, 1935). Poeta, literato y periodista. Dos veces presidente de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas.

“(David Ledesma) Fue un unicornio, esa es la verdad, ‘el unicornio’. Un poeta genial, en pocos versos puede, en pocas líneas puede conmover al espíritu humano más rebelde, más frío; tenía una forma potente y directa de escribir poesía, sin circunloquios, sin preámbulos (…) Álvaro San Félix nunca tuvo ese énfasis que ponía David en sus poesías, porque


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Álvaro San Félix, más bien, era un dramaturgo y para radio, porque prácticamente la televisión estaba en soletas y fue un burócrata de la Radio Nacional donde vivió y murió creo que allí. Y escribía cositas cada que venía el 24 de mayo, algo sobre la Batalla de Pichincha; o sea se diluyó porque sus orígenes y sus comienzos fueron fuertes (...) Ricardo Descalzi en el ‘Teatro Ecuatoriano’ lo trata muy bien (...) Álvaro San Félix era un hombre tímido, profundamente tímido: huidizo (…) (Sergio) Román siempre fue un caballero y vivía en una pensión sui géneris en todo Aguirre, entre Boyacá y García Avilés que era una construcción muy rara: era de cemento armado; tenía un piso (…) Club 7 fue idea de Ileana, ella fue la que formó Club 7 (...) ella le da cohesión al grupo”. • Rodolfo Pérez Pimentel (Guayaquil, 1939) Historiador y Biógrafo del Ecuador. Cronista vitalicio de la ciudad de Guayaquil.

“De esa generación de poetas yo solamente conocí a tres de ellos, a Sergio Román Armendáriz, hermano de Alejandro Román con quien tuve una gran amistad; a Miguel Donoso Pareja y a David Ledesma, que prematuramente se fue. Me parece que en esa generación podía haber estado incluido también Francisco Pérez Febres Cordero, que fue el que aglutinó un movimiento donde figuraron algunos de ellos, entre esos David Ledesma: ‘Cultura y fraternidad’. Ileana Espinel también de esa época (...) He estado pendiente del quehacer de algunos de ellos, de Sergio Román fuera del país, de la forma en que se destacó también como dramaturgo, no solamente como un poeta sino como dramaturgo y de Miguel Donoso Pareja, en el tiempo en que él permaneció en México fundando los talleres literarios (…) (Ileana Espinel) Poeta cien por mil, extraordinaria ella en su capacidad lírica, porque le fluía el verso sin ninguna dificultad, a pesar de que su responsabilidad de autora era tal que revisaba mucho sus obras; sus poemarios son obras depuradas (...) Ella figura en uno de mis libros, una investigación, como la segunda mujer concejala en la historia de la municipalidad de Guayaquil; del cantón Guayaquil”. • Jenny Estrada Ruiz (Guayaquil, 1940) Periodista, escritora e historiadora. Miembro Número de la Academia Nacional de Historia.

“Gastón era una persona muy sensible, él era un gran lector (…) Supe que cuando él estaba estudiando en el Vicente Rocafuerte, él corregía muchas veces al profesor y cuando llegaba el recreo, el descanso, él se metía en la biblioteca y a veces se atrasaba en regresar a la clase y decían: “¿en dónde has estado?” “estaba en la biblioteca”. En-


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tonces, siempre fue un gran lector, tenían una linda biblioteca y, Gastón, le gustaba mucho, era experto en cuestiones, puntuaciones gramaticales (…) Era muy buen amigo de David Ledesma, de Sergio Román Armendáriz”. • Emilio Hidalgo Ortega. (Guayaquil, 1941) Abogado y jubilado. Hermano del poeta Gastón Hidalgo Ortega.

“No conocí a mi padre porque quedé muy pequeña, quedé de dos años cuando él falleció y me hablaron muy poco de él, tal vez porque mi abuelita paterna, que fue quien me crió sufría mucho, le dolía mucho la ausencia de mi padre; así que no habló mucho de él. Yo cuando fui más grandecita pude leer la poesía, empecé a conocerlo a través de su poesía, me impresionó mucho el último poema, el de la ‘corbata amarilla’ que fue donde él me menciona y da la recomendación para que me cuiden (...) Incluso también tenía una muñequita que él me había traído de Panamá y yo le amaba a esa muñequita. Fueron unos pocos recuerdos que yo tenía de él en realidad, prácticamente ha sido a través de su poesía que yo lo he ido conociendo poco a poco y su poesía, yo siento, me transmite mucha fuerza y también mucha melancolía. Yo siento que él tenía eso, una carga bastante fuerte en su interior y que quería transmitirla como pidiendo auxilio, que quería transmitirla para que alguien le escuche y pueda, tal vez, orientarlo o ayudarlo; tal vez no lo supieron escuchar en su momento, no lo sé (...) Hay poesías muy lindas, como aquella donde dice: “Dios ha muerto de frío en esta tarde...” • Carmen Ledesma de Ortiz (Guayaquil, 1959) Ingeniera. Hija del poeta David Ledesma Vázquez.

“Creo que se trató de una generación que se planteó algunos retos como cambiar el lenguaje y los registros de la poesía ecuatoriana desde la tradición y la ruptura, a partir de la década de los 50. Un período de transición en nuestra cultura. Y sabemos todo lo que problematiza ese término. Su premisa fue tratar de indagar más, desde las complejidades y paradojas de la modernidad y la escritura poética en ese sujeto escindido, paradójico y contradictorio que esa modernidad perturbadora había fraguado. Se trató, también de un grupo que buscaba hacer de la poesía un territorio de desafíos y mediaciones con su entorno y la historia. Algo que se quedó a medias, dado que en su praxis la palabra poética les demostró que es un animal esotérico. (…) Al único que conocí personalmente fue al excelente dramaturgo Carlos Benavides,


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quien firmaba sus obras con el heterónimo de Álvaro San Félix. A Ileana Espinel en algún encuentro fortuito en los 90, en el Núcleo de la Casa de la Cultura del Guayas en el que laboraba”. • Raúl Serrano Sánchez (Arenillas, 1962) Escritor, ensayista y docente ecuatoriano. Premio Nacional de Literatura ‘Dr. Ángel Felicísimo Rojas’ (2015).

“Un rasgo importante es esta apelación hacia la infancia y el pasado en lo lírico, aparece en algunos poemas que fueron apareciendo en los primeros años de conformación del Club 7 como, por ejemplo: ‘Evocación de la Infancia’ y ‘Cantoral de la Sangre’. Ésta es una temática recurrente en muchos de los poemas de Hidalgo, me parece que tiene que ver con ese sesgo autobiográfico que no es propio, única y exclusivamente de él, en el contexto de sus compañeros del grupo, sino que también está presente en David Ledesma de una manera muy nítida y también, por supuesto, en la poesía de Ileana Espinel, principalmente. Y ese rasgo es parte también de una especie de exorcismo que hizo o que hacía Gastón Hidalgo en relación a muchos de los traumas, posiblemente que él tenía en su infancia, y que me parece, intuyo, a través de la poesía como especie de terapia; eso le permitía sacar precisamente todos esos demonios. Pienso también que muchos de los silencios de Gastón Hidalgo, que algunos críticos señalan, son sumamente significativos en relación al tipo de poesía que se hacía en esos momentos y que la corriente neo-simbolista tanto valoraba (…) Y también desde una especie de actitud personal de callar o mantener el silencio en un momento en el cual, este poeta, al igual que sus compañeros, buscaban en su interioridad las repuestas que ellos querían encontrar en torno a la problemática de la existencia humana, sobre todo relacionada con la experiencia del sujeto urbano moderno...”. • Ángel Emilio Hidalgo (Guayaquil, 1973) Sobrino del poeta Gastón Hidalgo Ortega. Historiador, poeta y catedrático. Miembro de la Academia Nacional de Historia.


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Escalera de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas. En el subsuelo se encontraba la imprenta, sitio de reuniones del Club 7.


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Agradecimiento

A

Carmen Ledesma y su esposo Roberto Ortiz Safadi por recibirnos en su hogar y permitirnos mirar el archivo que guarda algunas de las pertenencias de David Ledesma sobre todo aquel álbum de valiosos recortes y fotografías; a Emilio Hidalgo Ortega y a Ángel Emilio Hidalgo por su cordialidad y por compartir sus recuerdos y visión sobre Gastón Hidalgo y el Club 7. A Rodrigo Pesántez Rodas, Fernando Cazón Vera cuyas crónicas periodísticas inspiraron el título de este volumen. A Jenny Estrada, Rodolfo Pérez Pimentel por sus testimonios que ayudaron a enriquecer esta obra al ser ellos amigos de los clubsiéticos. A Marcelo Valdospinos Rubio, Edwin Ribadeneira, Huilo Ruales Hualca, Raúl Arias, Raúl Serrano y Juan Valdano, quienes también aportaron con su conocimiento sobre los integrantes del Club 7 para que podamos saber más acerca de estos poetas y su obra.

A la Biblioteca Ecuatoriana “Aurelio Espinosa Pólit”, a la Biblioteca Nacional “Eugenio Espejo”, al Centro Cultural “Benjamín Carrión”, a la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Guayas, lugares en los que pudimos revisar libros, revistas, periódicos, y más. Es decir sitios en donde empezamos a crear y contextualizar esta obra, al personal que nos ayudó en este empeño. Finalmente, quizás más nombres y lugares se nos olvidan, por ello, a todos quienes aportaron y apoyaron la aparición de Los 7 que fueron cinco, y viceversa, a todas las personas que generosamente nos permitieron usar poemas e imágenes, también a quienes intentamos localizar pero la fortuna no nos permitió, sabrán ellos que esta obra tiene el fin de traer a esta época y no dejar en el olvido al Club 7 de poesía.


Índice Ausentes metafísicas-Visiones poéticas del “Club 7”…………….....................……

7

Freddy Ayala Pazarte

Carlos Benavides Vega.………………………………………………….........…........…… Exploración íntima……………………………………………………….......………………

16 17

Ximena Flores Venegas

Ileana Espinel Cedeño…………………………………………………........……………... Corona lírica……………………………………………………………….....…………….…

34 35

Bernarda Gui

Gastón Hidalgo Ortega…………………………………………………..........…………... Historia inacabada para lectores distraídos………………………….................……...

52 53

Neal Moriarty

David Ledesma Vázquez…………………………………………………….........……..… Todo triángulo hace escándalo porque los pueblos son crueles....................…..

74 77

Juan Carlos Cucalón del Campo

Sergio Román Armendáriz……………………………………….................................… Chicos del puerto……………………………………………………………….......…….…

84 85

Gabriela Ruiz Agila

Evocaciones……………………………………………………………………….....……..…

99

Bibliografía esencial………………………………………………………………............… 105

% Esta primera edición de Los 7 que fueron cinco, y viceversa, obra que recuerda a los integrantes del Club 7, se terminó de imprimir en la ciudad de Quito-Ecuador, en el mes de noviembre del dos mil diecisiete. Se hizo un tiraje de trecientos ejemplares.


Los 7 que fueron cinco, y viceversa  

Publicación de la Editorial Efecto Alquimia (2017), en la que cinco autores actuales recuerdan al Club 7 de poesía ecuatoriana (1951-1962)....

Los 7 que fueron cinco, y viceversa  

Publicación de la Editorial Efecto Alquimia (2017), en la que cinco autores actuales recuerdan al Club 7 de poesía ecuatoriana (1951-1962)....

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