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“DE PUÑO Y LETRA” LETRA” RELATOS EN FORMA DE CARTA

Autora: Liliana Forsyth


La comunicación es el puente que permite el encuentro entre las personas, la maravillosa trama que todo lo conecta. Es tan imprescindible para vivir como lo es el oxígeno que respiramos: no podemos imaginar lo humano por fuera del entretejido comunicacional. El fenómeno de la comunicación es tan universal, lo hemos desarrollado desde una edad tan temprana y es una experiencia tan inmediata que pocas veces reparamos en su complejidad y sus misterios. Su trama es tan delicada, tan infinitamente compleja, los hilos invisibles que nos conectan son a veces tan sutiles que a veces nos maravilla el sólo hecho de que la comunicación suceda. La comunicación es un acto de amor. Comunicarse es verdaderamente tender un puente en el que el encuentro con el otro pueda ser posible, implica una profunda aceptación del otro como otro legítimo, honrando su derecho a ser……

Gabriel Plachta

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DESDE LOS AFECTOS

Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo? Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo. Que nadie establece normas, salvo la vida. Que la vida sin ciertas normas pierde forma. Que la forma no se pierde con abrirnos. Que abrirnos no es amar indiscriminadamente. Que no está prohibido amar. Que también se puede odiar. Que el odio y el amor son afectos. Que la agresión porque sí hiere mucho. Que las heridas se cierran. Que las puertas no deben cerrarse. Que la mejor puerta es el afecto. Que los afectos nos definen. Que definirse no es remar contra la corriente. Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja. Que buscar un equilibrio no implica ser tibio. Que negar palabras es abrir distancias. Que encontrarse es muy hermoso. Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida. Que la vida parte del sexo. Que el por qué de los niños tiene un porque. Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad. Que saber todo de todos es curiosidad malsana. Que nunca está de más agradecer. 3


Que autodeterminación no es hacer las cosas solo. Que nadie quiere estar solo. Que para no estar solo hay que dar. Que para dar debimos recibir antes. Que para que nos den también hay que saber cómo pedir. Que saber pedir no es regalarse. Que regalarse en definitiva es no quererse. Que para que nos quieran debemos demostrar que somos. Que para que alguien sea hay que ayudarlo. Que ayudar es poder alentar y apoyar. Qua adular no es ayudar. Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara. Que las cosas cara a cara son honestas. Que nadie es honesto porque no robe. Que el que roba no es ladrón por placer. Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo. Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte. Que se puede estar muerto en vida. Que se siente con el cuerpo y la mente... Que con los oídos se escucha. Que cuesta ser sensible y no herirse. Que herirse no es desangrarse. Que para no ser heridos levantamos muros. Que quien siembra muros no recoge nada. Que casi todos somos albañiles de muros. Que sería mejor construir puentes. Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve. Que volver no implica retroceder. 4


Que retroceder también puede ser avanzar. Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol….

… Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida.-

Mario Benedetti (Uruguayo 1920-2009)

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PRÓ PRÓLOGO

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. El ser humano, desde sus más remotos orígenes, fabricó por necesidad imperiosa de su vida, una herramienta maravillosa: LA PALABRA. Porque más allá de saciar su hambre y su sed, sintió otra necesidad, tanto o más importante que las esenciales para su subsistencia: la de COMUNICARSE con sus semejantes. Al principio sólo lo hizo imitando los sonidos que escuchaba de los animales o de la naturaleza que lo rodeaba y con el devenir de su evolución pasó de ser un mero imitador a ser un creador; los sonidos fueron formando palabras, éstas se fueron agrupando hasta que finalmente llegó a construir lo que hoy llamamos Idioma o Lengua. No me parece oportuno desarrollar aquí todas las teorías científicas que hablan sobre el nacimiento, desarrollo y evolución del lenguaje humano, no porque no las considere importantes, interesantes o amenas; sino porque en sí mismas no constituyen la finalidad de este libro; por el contrario, su contenido no tiene ninguna pretensión científica; lo que sí intenta es mostrar la maravilla y el poder de esa herramienta. A lo largo de mi vida no he conocido a un solo ser humano, hombre o mujer, que pueda soportar demasiado tiempo la terrible soledad del silencio, de la no comunicación. ¿Cuántas veces hemos escuchado la frase “me siento tan solo-sola, ¡no tengo con quién hablar!”, que lleva implícito también otros significados: ¡no tengo quién me escuche!, ¡no tengo quién me entienda! ….. Parece una paradoja que en la Era de las Comunicaciones sigamos escuchando esas expresiones y aún más con el despliegue tecnológico al respecto: telefonía fija y móvil manejada satelitalmente, avanzadísimos equipos de computación, etc., etc., etc.…… Nada tengo en contra de esos magníficos avances que se perfeccionan y potencian día a día, casi de hora en hora. Son máquinas perfectas y que nos simplifican enormemente la vida; de hecho estoy utilizando una de ellas para escribir estas páginas, hecho que me permite certificar una vez más el gran “defecto” que les endilgo: ¡Qué frías son! Y estoy utilizando la palabra “frías” en el sentido literal del término. Pero ocurre que la comunicación humana no es, no debe, no puede ser fría y si lo es, ya no es tan “comunicante”. El hombre de todos los tiempos, aún los actuales, desean y buscan el contacto con el otro y la herramienta más perfecta para lograrlo es la palabra, esa entidad cargada con una forma y un contenido o significado único, pero lo que la hace todavía más única es la carga de sentimiento, de emotividad que cada uno coloca sobre ella para trasmitírsela al otro. Lo primero se logra perfectamente en un SMS o a través del Chat, aunque con los primeros lo que más se logra es la “destrucción” de la palabra, de todos modos ambas maneras establecen una “casi comunicación”… ¿Por qué “casi”? Porque falta la otra parte: la carga emotiva. Esa maravillosa herramienta, completa, munida de sus cargas puede convertirse en una poderosísima arma-dependiendo de cómo se la use-: puede ser un misil que destroza y mata; o transformarse en un dulce instrumento que suene como el gorjeo de los pajaritos al amanecer. La gran diferencia está dada justamente en la emotividad. Nuestra voz, con su tono y con su timbre, puede ser arma o instrumento….. Pero, todos lo sabemos “a las palabras se las lleva el viento”, aún a aquellas dichas cara a cara, o a las expresadas en el auricular de un teléfono (siempre que las líneas funcionen bien, de lo contrario las palabras se entrecortan o no son bien

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escuchadas) y con el tiempo, se van esfumando en las nieblas del olvido. Aún así, siguen siendo mucho más “comunicantes” que los mensajitos de texto o los chateos. Por supuesto mucho más lo son las palabras escritas, pero no con cualquiera de las mencionadas máquinas; me estoy refiriendo a aquellas que escribimos “de puño y letra”. Es tan inconmensurable el mundo de posibilidades de comunicación verdadera que se nos abre frente a una hoja de papel en blanco, que es imposible abarcarlo y agotarlo completamente en una sola vida. ¿Qué pasa cuando escribimos de puño y letra sobre un papel en blanco? Simplemente estamos dejando plasmado allí un pedazo de nosotros, porque nuestra caligrafía es tan única, particular e irrepetible como lo es cada uno de los seres humanos; y es justamente ella-más allá de la ortografía, de la gramática o de la sintaxis, correctas o no- la que completa definitivamente la carga emotiva de las palabras. Sin dudas es la más hermosa de las formas que poseemos para “estar” con el otro y de “quedarnos” con el otro, porque a estas palabras no se las lleva el viento , perduran en el tiempo y podemos volver a ellas tantas veces como queramos o necesitemos. Pensemos en ese libro que alguna vez leímos y nos gustó tanto-por el motivo que fuere-, o en aquel poema, o en esa tarjeta guardada en un cajón o …. ¿No experimentas en este momento la necesidad de ir a buscar alguna de esas cosas y releerlas? Todos solemos guardar algún papel (carta, tarjeta, servilletita de confitería) escrito de puño y letra por alguien que ha sido o es un afecto importante en nuestra vida y que, como dije antes, con el correr del tiempo quedan “olvidados” en el fondo de un cajón, en una vieja caja de zapatos, en el arcón de los abuelos o bisabuelos inmigrantes. En realidad el lugar no importa, lo que sí lo es está en el momento en que por accidente, por casualidad o porque voluntariamente lo buscamos y volvemos a leerlo; nuestros ojos vuelven a reconocer esa caligrafía única, nuestro corazón siente aquella emoción de la primera vez-linda o fea- y nuestra mente se dispara en busca de los recuerdos, y ¡Ahí están! Guardados en cada letra, en cada palabra, en cada frase. A esta altura creo que es obvio mi afán por reivindicar la escritura personalizada. Es tan vasto y rico el mundo de posibilidades que le ofrece a nuestro espíritu y a nuestra mente una hoja de papel en blanco que nos permite llegar al confín más remoto del planeta o al más oscuro rincón de un corazón. Podemos volcarnos íntegros sobre él, con todo lo que somos, sentimos, pensamos, deseamos….. sin relojes que nos griten que el tiempo vuela y la llamada telefónica nos va a costar un ojo de la cara; sin un sistema que de golpe se “cae” y nos deja en la mitad de algo o nos hace perder todo lo hecho hasta allí; sin que importe siquiera un común y corriente corte de luz….. cuando la necesidad de “estar”, de “quedarnos” con el otro; lo que necesitamos decirle, la luz de una vela alcanzade que ese otro nos “escuche” todo metafóricamente hablando-, puedo interrumpir hasta que salga el sol, porque el papel no se va, no se “cae” ni borra lo ya escrito. Esta reivindicación que propongo está especialmente dirigida a un tipo de escritura y comunicación íntegramente personalizada que es una “especie en vías de extinción”: LA CARTA. Una verdadera ANTIGÜEDAD en los tiempos tecnológicos que corren. Pero vale la pena, lo aseguro por propia experiencia. A lo largo de mi vida he escrito cientos de cartas y todavía hoy sigo haciéndolo; por las más diversas razones y conteniendo la misma variadísima gama de temas que nos ofrece la vida cotidianamente en su devenir, con el contenido de aquellos aconteceres realmente significativos: amores y desamores, inmensas alegrías o profundísimos dolores, encuentros y desencuentros, otorgamiento y pedido de perdones….. en fin, todo aquello que por su significación necesité o necesito compartir con un afecto lejano. 8


Todas esas cartas han tenido un destinatario, a veces de carne y hueso-humana o no-, a veces totalmente imaginarios; muchas fueron enviadas, pero muchas otras no, fuere porque pertenecen al segundo grupo de destinatarios mencionada o porque el destinatario real ya no estaba en esta vida. De todas maneras, enviadas o no, puedo asegurar que han sido y son, cada una de ellas, realmente “sanadoras”; el compartir con un ser querido-llámese familia, pariente, amigo/ga, novio, amante y demás congéneres- eso que nos inunda el pecho y nos ahoga de alegría o tristeza, de dicha o dolor, de angustia, de miedo; ese pensamiento que nos martillea el cerebro día y noche; ese triunfo o ese fracaso….. Volcados libres y espontáneamente sobre un papel en blanco, nos permite aclararnos, consolarnos, disfrutar el doble, desahogarnos en definitiva, y cuando eso sucede, nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestra alma sienten el alivio de ese “peso” que no podemos cargar solos. En este libro muestro algunas, enviadas o recibidas por mí, tal y como fueron concebidas en su momento y que, por respeto a la intimidad propia y ajena, no llevan nombres ni de destinatario ni firmas finales; y espero que sean un espejo en el que se vea reflejado el inconmensurable y maravilloso mundo que puede abarcar una palabra escrita “de puño y letra”.Aunque, por obvias razones, estén escritas en una computadora.-

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INTRODUCCIÓN

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PALABRAS

Hablar de mí es hablar de la tristeza. Es hablar de la alegría, del sol, de la esperanza, de la ternura, del beso, de la lágrima. Es hablar del verano, del frío, del mar, de la vorágine, de la quietud, del temblor, del miedo. Es hablar de los barcos hechos en las confiterías con una servilleta de papel. Es hablar de la sed, de los labios resecos y un golpe de calor en la nuca. Es hablar de la sed y de otra sed que no nace en el cuerpo sino en los vértices del alma.

Hablar de mí es hablar de una pregunta, de un gran interrogante suspendido sobre mi cabeza; es hablar de unos ojos que se alargan como dos brazos hacia adelante, tratando de hurgar en el futuro, tratando de saber dónde está el límite que habrá de apuñalarme, que habrá de separarme de mi aliento, del verano, del mar, del frío, del hambre y la certeza.

Hablar de mí es hablar de vos, porque vos y yo somos algo muy parecido, con la misma respiración, el mismo cansancio, las mismas ganas de vivir, de ser felices, de encontrar un oasis bañado de verde y de ternura en medio del desierto que a veces nos acecha.

Es hablar de una larga serpentina de miel enroscándose en tus amores. Es hablar de una queja que se quedó en el silencio y de un silencio que te arrancó una queja, una queja sutil y pequeñita que apenas arañó el aire y se deshizo.

Porque vos y yo nos parecemos mucho. Lloramos fuerte por lo que nos importa apenas un poco; mostramos la cara del dolor cuando el dolor no es ni tan enorme ni tan profundo…..Al verdadero llanto y al verdadero dolor… lo escondemos con pudor, con recato y, quizá hasta con un poco de avaricia, con un poco de temor que lo vean, lo toquen, se metan en él, se apoderen de su sal y de su hiel. Apretamos los puños, nos mordemos los labios, gritamos tonterías. Pero lo principal queda sepultado bajo una fina ceniza celeste de silencio.

Porque yo puedo pedir pan para mi hambre, yo puedo pedir agua para mi sed… ¿Pero con qué palabras, dejando de lado qué cuota de vergüenza….. puedo pedir amor, puedo dar vuelta la manivela del olvido para que vuelva atrás, para que lo de antes se haga hoy, para que se abra un cielo de violetas sobre aquel beso suyo?

Hablar de mí… Hablar de vos… Palabras… Aventuras de la vos… Mariposas que corren como un reguero de arco iris y se desbordan como un río desbocado. 11


Palabras. Mariposas. Pajaritos de vidrio que cantan igual que una campana.

Hablar de vos es hablar de la tristeza, de la alegría, del miedo, de la lágrima. Es hablar de una mujer que siente como yo, que a veces ríe como yo, que a veces llora sin saber porqué como yo, que a veces quisiera olvidar y no puede y otras veces se olvida de lo que quisiera recordar … Es hablar de un latido en las entrañas señalando la llegada del hijo. Es hablar de unas rosas que te regalaron una vez y que quisieras frescas hoy. Es hablar de unas ganas terribles de que esa mano que amas te despeine el cabello y una voz conocida te repita esas cosas que hace tanto ya que no te dice.

Palabras… Mariposas… Pajaritos de luz… Tan livianas para volarse y, sin embargo, tan precisas e importantes; tan necesarias cuando dicen amor….. tan importantes para mí o para vos.-

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EL LABERINTO DE LA MENTIRA

Supongo que estarás un poco asombrado al recibir una comunicación mía por este medio y te preguntarás por qué lo hago; la respuesta es sencilla pero también bastante amplia; por lo que este medio es el que mejor se presta para dártela. En primer lugar porque desde hace bastante tiempo he llegado a la conclusión de que, o yo he perdido la capacidad de hacerme entender hablando (con vos), o vos has perdido la capacidad de escuchar otra voz que no sea la tuya; entonces lo voy a intentar en forma escrita porque, tal vez, sea más clara yo y vos logres comprenderme, tratando de encontrar el canal más apropiado para lograr un mutuo entendimiento en igualdad de condiciones. Hace un año y ocho meses atrás, una noche golpeaste a mi puerta y volviste a entrar en mi vida después de muchos, muchos años; en la existencia de ambos habían ocurrido muchas cosas que nos marcaron definitivamente y nos cambiaron, también definitivamente. Vos te encontraste con una mujer que ya no era ni tan bonita, ni tan flaca, ni tenía el pelo largo como cuando me conociste; pero sí encontraste una mujer madura, con los pies bien plantados sobre la tierra y todavía con mucha polenta para seguirle peleando a la vida mis pedacitos de derechos y felicidades chiquitas que creo merecer. Yo encontré a un hombre muy golpeado, con muchos y graves problemas, muy bajoneado y, fundamentalmente, muy, pero muy SOLO. Sin saber cómo ni cuándo ni porqué, a ese XX no sólo le abrí las puertas de mi casa, sino que lo envolví entre mis brazos y permití que entrara nuevamente en mi corazón y (tal vez equivocadamente) en forma inconsciente empecé a hacerme cargo de su problemática y de su soledad, con la sola finalidad de ayudarlo a superar el mal momento económico por el que pasaba, por un lado y, principalmente para brindarle mi compañía y darle el pedacito de felicidad que creo que se merece. Hoy por hoy siento que no logré nada de lo que pretendía, pero sí tengo la total certeza de haber hecho todo (aún más allá de toda lógica aceptable) para lograrlo y, aunque no sé si es necesario decirlo, por las dudas lo hago: todo lo que hice (bien o mal) fue hecho por el impulso liso y llano del sentimiento verdadero que se tiene por una persona. El balance de la cuenta hasta aquí me da en rojo y, por lo tanto, la balanza está en desequilibrio: en tu platillo está el recibir, recibir, recibir……, en mi platillo está el dar, dar, dar….., por lo que la desigualdad de condiciones es muy evidente y, como es dable suponer, ha hecho que la situación desencadenara en lo que hoy está sucediendo entre vos y yo. Aquí tengo que hacerte una aclaración ya que conozco perfectamente la forma de reaccionar y de razonar las cosas que vos tenés: no me estoy refiriendo en exclusiva al aspecto financiero (que a mi juicio no deja de tener mucho peso), sino que lo estoy haciendo a lo estrictamente personal, a lo que atañe, a lo que se supone, debería ser una pareja. Yo sé que vos venís de muchísimos años de “despareja” y que eso ha hecho de vos un hombre frío, descreído, desilusionado y escéptico; pero también sé que, no sólo no tengo ninguna culpa de eso (aunque las he tenido que pagar como si las tuviese) sino también que a lo largo de este tiempo he hecho hasta lo imposible para que fueras olvidando, poco a poco, tu sentimiento de frustración y fracaso y volvieras a creer en el verdadero compartir la vida en pareja y que pudieras disfrutarlo y que te hiciera feliz hacerlo , tomando ese “compartir en pareja” como lo que realmente es: más malos que buenos momentos, 13


pero con el convencimiento total de que los malos sirven para unir más y los buenos son el “soporte” para hacer más llevadera la vida. Como te decía anteriormente, siento que no lo logré; pero sí he debido soportar que vos descargaras en mí (quiero creer que inconscientemente) todo el resentimiento que tu carencia de afectos, desde tu infancia y tu situación matrimonial, ha ido depositando en tu interior. Para mí es muy doloroso tener que hacer mención de todas aquellas cosas que has hecho y dicho y de las que NO has hecho ni dicho en relación a lo que te estoy planteando, pero es necesario que lo haga para hacerme entender. Vos estás tan acostumbrado a vivir en una situación de permanente conflicto con todos y con todo que la asumís como “normal” y crees o pretendés que el resto del mundo que te rodea también lo viva así; por el contrario, yo vengo de una costumbre totalmente diferente: para mí el conflicto, la pelea permanente, la desconfianza, la mentira, etc., etc., son o han sido muy esporádicas y puntuales (y que vos conocés), pero que en los últimos casi 20 años de mi vida habían desaparecido; de pronto un día, hace un año y 8 meses atrás, mi oreja se tuvo que acostumbrar a escuchar prácticamente a diario TUS situaciones conflictivas, TUS peleas, etc., etc., etc., con tu esposa (o “socia” como la definís ahora), con tu hijo, con tu madre, con los fabricantes, etc., etc., etc.; pero mala la hora en que YO plantee un conflicto, un mal momento, un mal humor, porque inmediatamente te convertís en la víctima de todos los males que aquejan a la humanidad (¡encima de tener que soportar lo tuyo, me tenés que aguantar a mí!). Vos estás harto de convivir con una mujer enferma que vive medicada y que todos los días encuentra un nuevo mal para agregar a sus padecimientos, pero “por lástima”-según vos- seguís tolerando y haciendo todo para que no le falte toda la atención necesaria; una vez más ¡mala la hora! en que a mí me pase algo para que salgas huyendo y me dejes sola y, lamento mucho tener que decírtelo: mi afección física (nerviosa) es a causa tuya y de la vida que estoy llevando a tu lado. Ya conozco tus argumentos: ¡estoy celosa!; lamentablemente tengo que decirte que estás equivocado: no estoy celosa, ¡ESTOY HARTA!, y muy humillada como mujer. Harta de escuchar-casi a diariolas quejas contra ella, pero con la que vivís comparándome (poniendo todos los gatos dentro de la misma bolsa, sólo por ser acuarianas, sin respetar las personalidades individuales de cada una ni reconocer las evidentes diferencias) y además, mucha queja, pero de la que aparentemente, tipo droga, no te podés desprender, es como una adicción: si no la tenés cerca para poder discutir sufrís como un síndrome de abstinencia; y humillada como mujer porque no conozco a ninguna a la que le agrade y no le afecte que el hombre que está a su lado viva hablando de ella como la cosa más normal del mundo; yo te pregunto: si la cosa fuera a la inversa ¿cómo te sentirías? También conozco tus argumentos en el tema: vos SOS muy “abierto” y le contás a todo el mundo lo que te pasa, pero jamás tenés en cuenta lo que le pasa al otro (en este caso yo) porque, a veces hay comentarios o dichos que pueden ofender o simplemente no corresponde hacerlos, es lo que yo llamo discreción y ubicuidad. Vos estás convencido de que todo lo que hacés y decis es lo correcto y de que lo único importante en la vida es lo que a VOS te pasa; yo difiero de esa posición: a todos nos pasan cosas que son importantes para cada uno, aunque al otro le parezcan una estupidez o trivialidad; pero cuando se conforma una pareja no hay –no debe haber- cosas que a uno u otro le parezcan una estupidez; todas las cosas-chiquitas o grandes- deben ser si no importantes, por lo menos , “atendibles” para el otro. Me has argumentado que siempre que te pedí algo, lo hiciste; yo te pregunto: comparativamente ¿cuántas cosas te 14


he pedido que hicieras por mí y cuántas me has pedido que yo hiciera por vos? Si SOS honesto en la respuesta te darás cuenta que, también en este caso, la balanza está muy desequilibrada. Tu postura es la de un jeque árabe: un harem a su entera disposición, todo ser que te rodea tiene y debe estar dispuesto a “servirte” y a acomodarse a lo que vos querés o necesitás: desde trámites de TU negocio (tu esposa, yo, la empleada), hasta la “simple” cuestión de la comida (a la que según vos no le das importancia), pero hay que tener bien presentes tu acides, tu gastritis, tu dentadura, etc., etc.; el lavado o planchado de tu ropa que depende de cómo venga la mano, lo hace tu esposa o lo hago yo; y estos son sólo algunos ejemplos para que veas de la forma en que manejás la vida de los demás sólo teniendo en cuenta TUS necesidades y conveniencias, sin tener en cuenta ni los tiempos, ni las necesidades o conveniencias del “harem” . Cuando volviste a golpear la puerta de mi casa en mayo del ·98 y empezamos a contarnos lo que nos había pasado en tantos años de no saber nada el uno del otro, en una de esas charlas recuerdo que vos me dijiste que habías cambiado esa forma de ser tan “cambiante” y tan volátil, tan fluctuante que te caracterizaba a los 20; yo lo creí, ¡error de mi parte!, porque seguís siendo tan fluctuante y volátil como eras entonces. Y si en aquella época llegó un momento en que no toleré más esa característica, con mayor razón me sucede hoy; tal vez sea por lo que vos me reprochás: yo soy muy “estructurada”, pero dentro de esa estructuración llevo una vida coherente, organizada y en paz y allí te ofrecí un lugar para que compartiéramos juntos, tratando de equilibrar dos personalidades muy fuertes y diferentes (por sus particularidades individuales) con mutuo respeto y tolerancia. Vinimos de vidas muy distintas: vos de un matrimonio conflictivo y muy frustrante que-con toda la razón del mundo- ha ido depositando resentimientos, tristezas y dolores dentro tuyo; por mi parte tampoco puedo decir que mi vida haya sido un lecho de rosas, pero –sin poder compararla con tu “infierno”sí puedo asegurar que con mucho esfuerzo y voluntad logré construirme un estilo de vida organizado y, si no del todo feliz, sí bastante armónico y sin grandes sobresaltos ni económicos, ni físicos, ni espirituales, o sea, tranquilo. Quizás ese sea el motivo por el que a vos te cueste tanto entender que me altere por cosas que para vos son intrascendentes o “normales” porque ya estás acostumbrado (ejemplo los cheques sin fondos por los que el gerente del banco vive llamándome por TE.); y a mi me resulte tan difícil entender tus cambios de actitud con respecto a “nuestro” modo de vida: hubo períodos en los que prácticamente te instalabas a mi lado (eso sí, como si fuésemos un matrimonio de 30 años de antigüedad, y ¡no lo somos!) y de pronto, sin que medien motivos –por lo menos aparentemente- te surge la terrible necesidad de estar en TU casa, para pasarte el día entero discutiendo y haciéndote mala sangre, pero eso sí, por la noche YO tengo que escuchar todas tus quejas. Entonces, ese tipo de actitudes a mí me llevan a preguntarme por ejemplo: ¿Qué papel juego yo en tu vida? ¿Soy el comodín de la baraja que se coloca dónde y cuándo más conviene? Sé que cuando vos y yo nos involucramos como pareja, yo conocía perfectamente tu situación de vida y vos la MIA, pero considero también que, a medida que la relación se fue afianzando, las cosas tendrían que haber tendido a cambiar paulatinamente y… eso no ha sucedido, por el contrario, no sé en qué punto del camino, se estancó en una rutina, una repetición casi calcada de día tras día de los mismos rituales que no nos ayudan para nada a seguir creciendo como pareja. Si en este momento pudieras hacerlo, me preguntarías: ¿Qué, te sentís usada? Y yo te respondería: de alguna manera sí, eso es lo que siento; en primer lugar porque no tengo vocación de 15


“comodín”, y en segundo lugar porque creo haberte dado pruebas más que suficientes de lo que siento por vos (y no lo he hecho sólo con palabras bonitas, sino fundamentalmente con hechos muy concretos) y siento la necesidad de ser valorada y ocupar en tu vida el lugar que merezco como persona y como mujer. No quiero que mal interpretes mis palabras, no pretendo con lo que te digo ponerte un cuchillo en la panza y que mañana te separes y cambies bruscamente de vida; lo que estoy diciendo (y esto lo hablamos no hace mucho personalmente, sólo que quedó inconcluso o, mejor dicho, en la nebulosa de la indefinición), es que yo tengo un proyecto de futuro con vos; mi proyecto no tiene plazos, pero sí necesidades: de saber si es verdaderamente un proyecto compartido por los dos; por personalidad, por carácter, por formas de pensar y, fundamentalmente, por sentimientos, no puedo aceptar que nuestra situación de vida se prolongue indefinidamente en el tiempo en estas condiciones. En una de las tantas conversaciones que hemos tenido hace algún tiempo, vos me preguntaste si lo que yo quería era que fueras a vivir conmigo, a lo que yo te respondí que sí; pero vos no aceptás hacerlo en mi casa porque “nunca la vas a sentir como tuya”; lo comprendo y lo acepto, pero te propuse vender ambas casas, la mía y la tuya, y comprar una en común, a lo que me respondiste: “eso sí podría ser” y allí quedó la cosa. Pero resulta que cuando aparecieron los interesados en tu casa y parecía que había muchas posibilidades de concretar la venta, comencé a escucharte comentarios sobre tener que consensuar con tu mujer y tu hijo (tu familia) dónde buscar para comprar otra casa con tres dormitorios; versión totalmente contraria a la que venías aseverando antes: vendías la casa, saldabas tus deudas, les comprabas algo –departamento o casa- para ellos dos y vos verías adónde te ibas (entonces ¿para qué los tres dormitorios?) Y son justamente esos dobles discursos lo que motivaron mis dudas sobre un proyecto de futuro en común del que te hablé antes y del papel que desempeño en tu vida, es decir, qué significo yo en tu vida. A fuerza de querer ser lo más equitativa posible (en la medida en que un ser humano pueda serlo) te voy a decir qué significás vos en mi vida: en primer lugar –como ya te lo dije antes- SOS el hombre al que le permití y elegí que entrara en mi corazón y por el que me permití volver a sentirme mujer, cuando ya hacía muchos años que había renunciado a hacerlo porque no quería una desilusión más, ni un solo desencanto más, ni un solo sufrimiento más en ese terreno; te lo dije muchas veces en nuestros primeros tiempos: que yo no creo en casualidades y que, si por tercera vez la vida nos estaba juntando, por algo era; sigo creyendo lo mismo y no creo que sólo lo haya hecho para “hacer bien el amor” y nada más, creo que lo ha hecho para algo mayor: para que seamos mutuos compañeros de ruta. Sé que me retrucarías que yo no he sido suficiente o buena compañera en lo que se refiere al negocio y, a fuerza de sinceridad, tengo que aceptar que en alguna medida puede ser cierto; pero sucede que venimos y nos movemos en ámbitos laborales muy diferentes, de los que ambos “ignoramos” la mayor parte del funcionamiento del otro y, además, tenemos intereses distintos; a eso sumale que vos estabas acostumbrado a tener al lado una mujer que hacía lo mismo que vos (así la conociste) y que conoce perfectamente cómo funciona por lo que, bien o mal, te podía “acompañar” (aunque no lo hiciera de la manera en que vos hubieras querido). Yo te brindé mi ayuda financiera, me intereso diariamente preguntándote por la marcha de las ventas, durante meses me hice cargo de presentarte los cupones, retirarte los cheques y depositarlos en la cuenta del negocio de la Tarjeta XXX; me hice cargo de una cantidad de gastos; otra cosa más para acompañarte no puedo hacer, no puedo ir al negocio a vender

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zapatos porque soy absolutamente inepta para vender nada, no sé hacerlo, no nací con ese don y jamás pude aprender. Pero sí tengo la absoluta certeza de haber sido totalmente apta y muy eficiente para hacerme cargo de una gran cantidad de cosas que siempre consideré que eran una forma de acompañarte y hoy me cuestiono si realmente valió la pena hacerlo, ¿sabés por qué?, simplemente porque siento que para vos no han tenido ningún valor, no sé si porque no se lo das, no lo ves, no querés verlo o no te conviene verlo. Te voy a poner un ejemplo muy duro, pero que es clarísimo: cada vez que ha surgido el tema del novio de mi amiga XX, vos no has tenido ningún reparo en tildarla a ella de “boluda” por mantenerlo como lo hace; a esta altura del partido yo me siento catalogada de la misma forma porque cada bocado y cada trago que has consumido en mi casa han sido pagados por mí, y si a eso le sumamos las veces que te compré medicamentos que necesitabas, o las consultas al médico, los análisis, etc., etc., etc., entiendo que yo estoy haciendo lo mismo que ella y por lo tanto, merezco el mismo tilde; y más aún lo siento así porque en todo este tiempo nunca tuviste un gesto o una actitud que me permitieran a mí ver que realmente valorás esas cosas, y a pasar que a mí no me guste decírtelo y a vos no te guste escucharlo: he tenido que sacrificar muchas cosas mías para poder hacerlo, claro que –una vez más lo tengo que decir- esas cosas sólo se hacen por amor. Y es justamente por eso por lo que me duelen tanto tus actitudes en lo afectivo – sobre todo en los últimos meses- porque, excepto cuando tenemos relaciones íntimas (¿hacemos el AMOR?), jamás tenés un gesto de cariño o ternura que son absolutamente normales entre dos personas que se quieren de verdad (yo sí los tengo con vos); cuando llegás a la noche es un beso que, más de una vez no sé si me lo das a mí o al aire, más en la mejilla que en la boca; si no hemos tenido sexo, el beso de despedida tiene más o menos las mismas características; nunca tenés la más mínima atención (y no te estoy hablando de que me regales flores todos los días) me estoy refiriendo a cositas chiquititas como, por ejemplo, alguna noche que vos sabés que yo estoy fusilada de cansancio, me ayudes a levantar la mesa o a secar los platos (hablando de lo que es compartir); y esto me lleva a preguntarme: ¿realmente me quiere?; y si me quiere como alguna vez me lo ha dicho ¿cómo es posible que jamás tenga un gesto de ternura, una caricia al pasar, un chirlo en la cola, un beso porque sí?, y muchas otras preguntas que sería demasiado extenso exponer aquí. Estoy escuchando tu respuesta una vez más: “yo no soy un tipo demostrativo ni cariñoso, nunca lo fui”; reconozco que nunca fuiste un modelo de romanticismo ni de galán, pero sí recuerdo en aquellas lejanas épocas de juventud y aún ahora, en los primeros tiempos, tu actitud era diferente, en aquel entonces sí tenías atenciones (por ejemplo, y es uno de muchos: la cajita de música) y ahora , al principio y durante un tiempo, no hacías ningún alarde de ternura, pero yo la veía en tus ojos, en la forma de mirarme, en las veces que hemos estado hablando de cualquier tema agarrados de la mano; en los últimos tiempos en tus ojos veo pasión cuando tenemos sexo y sólo me tocás en esos momentos ,de lo contrario, te diría que lo que veo en tus ojos se parece mucho a la indiferencia; por eso mis dudas y mis interrogantes porque soy una convencida de que cuando existe un sentimiento verdadero, esos gestos nacen solos, espontáneamente, aunque sea de vez en cuando, como una necesidad de decirle al otro, sin palabras: te quiero, me importás. En lo económico, hasta el día de hoy estoy esperando que, de vez en cuando, llegues una noche y me digas: “tomá $ 10 para comprar x cosa para la comida y ayudarte con los gastos” (compartir); o “mirá, esta semana las ventas anduvieron bastante bien, tomá $ 20 para ir achicando la deuda que tengo con vos (3000 dólares y 1000 pesos), o con XX (este mes se cumple un año del préstamo de la Cooperativa, 17


del que le pagaste dos cuotas –eran 10- y del resto se tuvo que hacer cargo ella), o para XX, o para XX”, todos AMIGOS míos que por mí te prestaron el dinero y que por confianza en mi, al igual que yo por confianza en vos, nadie te hizo firmar ningún tipo de documento. Yo sé que tu obsesión es cubrir los cheques del banco, pero ¿por cuánto tiempo más va a seguir siendo lo único que cubrís? Y volviendo a los gestos y actitudes que reconfortan, dan energía y ganas para seguir adelante: vos sabés muy bien porque te lo he explicado más de una vez, lo que yo pienso de las deudas con amigos o allegados ¿sabés lo que significaría para mi que tuvieras esa actitud de mostrar, de vez en cuando, tu voluntad de hacerme sentir más tranquila porque, aunque sea lentamente, esa gente que me dio su confianza y apoyo (para ayudarte a vos) vea que no les estoy fallando? ¿Entendés a qué me estoy refiriendo con los términos “compartir”, “gestos”, “actitudes”? Son, en definitiva, los elementos simples y chiquititos que yo necesito para sentirme bien, valorada y querida como persona y como mujer porque sé que lo merezco por lo que soy y cómo soy, con mis defectos y virtudes como cualquier ser humano. Es evidente entonces, que el mayor error que cometí en todo esto fue mezclar dos ingredientes que jamás combinan: sentimientos y finanzas; es muy claro que ese error fue absolutamente involuntario e inconsciente y por ignorancia; pero también es muy claro que cuando uno toma consciencia de sus errores, debe hacerse responsable por ellos e intentar darle una solución. Toda mi vida me he hecho responsable de mis hechos y mis dichos (debe ser por lo de ¡tan estructurada! ¿no?) y esta extensísima carta es mi intento de encontrar el remedio para los errores cometidos, en salvaguarda de mi salud física, mental y emocional (bastante deterioradas de un tiempo a esta parte y que necesito recuperar urgentemente). En lo relativo a los sentimientos creo haber sido lo suficientemente clara hasta aquí para explicarte qué y porqué siento y pienso como lo hago y estoy convencida que la única solución posible es que, de tu parte abandones tanto egoísmo y comodidad como has manifestado para conmigo en todo este tiempo y me protejas, me cuides, me apoyes y contengas como yo lo he hecho con vos; con hechos concretos en los que se evidencian los verdaderos sentimientos, no con palabritas bonitas que sólo sirven para alagar la oreja por un ratito y después se las lleva el viento. De más está decirte que esa resolución sólo vos la vas a poder tomar si realmente te interesa continuar esta relación, porque realmente tus sentimientos por mi son verdaderos y profundos; pero también SOS absolutamente libre de optar por lo contrario y podes tener la total seguridad de que la voy a respetar sin ningún tipo de condicionamientos de mi parte. En cuanto al otro ingrediente –el financiero- creo que es responsabilidad de los dos encontrar la solución, pero a fuerza de sinceridad (una de mis virtudes que más te gustan, según me dijiste alguna vez) tengo que decirte que después de analizarlo muchísimo, pensarlo y repensarlo, y aún con toda mi ignorancia en ese terreno, a mi los números siguen sin cerrarme y no logro entender cuál es el manejo que vos hacés de los ingresos del negocio; de lo que sí estoy convencida –aunque no te guste escucharlo- es de que, desde un primer momento y hasta hoy, me has mentido; cuando todo esto comenzó, no me contaste la realidad absoluta de la situación y con el correr de los meses me has ocultado (una forma de mentir)mucho del uso que hacés de esos ingresos. ¿Cuál es el razonamiento que yo hago? (Vos seguramente lo tildarás de incoherente, o inadecuado, o ignorante, o “arrebatado”; yo lo considero simplemente lógico) Después del dificilísimo período pre y reforma del local, las cosas lentamente empezaron a repuntar, pudiste comprar mercadería (gracias a la chequera que yo te saqué en el banco), cambió tu clientela y con días flojos, más o menos, o francamente buenos en las ventas, desde septiembre a diciembre (y antes) todos los 18


meses me hiciste el comentario de que habías vendido el doble o más que en el mismo período del año anterior; de acuerdo a lo que yo sé y a los números que recuerdo que, a groso modo, nos hizo XX mi amigo contador, los gastos fijos del negocio no varían; la ecuación es simple: si los gastos son fijos y los ingresos son mayores porque vendes más y reponés la mercadería con cheques “a lejos”, la situación tendría que haber comenzado a cambiar (aunque fuera lenta o levemente), pero sigue igual que siempre: se cubren los cheques la mayoría de las veces especulando con el descubierto, pero para todo lo demás sigue siendo un parto cumplir: pagar el alquiler del local, los impuestos y servicios, ya te mencioné las otras deudas….. entonces ¿dónde está la falla? Es cierto que no puedo dar respuesta a esa pregunta porque me faltan muchos datos ya que, excepto ver de vez en cuando el Libro Banco, tener los datos del movimiento de fondos de la cuenta y haberme mostrado vos alguna que otra vez un cierre de caja diaria; nunca he visto un listado de stok de mercadería, ni un movimiento de entradas y salidas ni diario, ni mensual, etc.; pero si no conozco nada de eso (y esto no es buscar justificarme, sino la absoluta verdad) no fue ni por negligencia, ni por desinterés, sino pura y exclusivamente porque consideré que no me correspondía, ya que –una vez más lo repito- es TU negocio, no Mio; cuando yo te ofrecí y te di mi ayuda lo hice sin ningún interés en tener participación o sacar alguna ganancia y deposité toda mi confianza en vos por tu experiencia en ese terreno ; la prueba más cabal de eso es que jamás te hice firmar un papel como para protegerme o deslindar responsabilidades. Hoy debo reconocer que sí fui muy descuidada, dado que todo lo que hay de riesgoso en la marcha de un negocio en los tiempos que corren, puede afectarme sólo a mí, porque es mi nombre, no el tuyo el que figura en todas partes y si algo sale mal, la que se tendrá que hacer responsable y afrontar las deudas legalmente soy yo, y vos sabés que no tengo patrimonio (el que tenía te lo presté a vos, insisto, sin hacerte firmar nada) y mi sueldo no da para poder hacerlo, por lo que perdería los pocos bienes que poseo y que me costó mucho esfuerzo y dolor conseguir. Vos te preguntarás por qué recién ahora te hago todos estos planteamientos, la respuesta vuelve al tema de las actitudes del que ya hice mención y que me mantuvieron buena parte del año pasado en un permanente estado de tensión que terminó por afectar mi salud por un lado, y sumergida en la incertidumbre y la preocupación que me hicieron surgir muchas dudas por otro, y esas dudas se acentuaron definitivamente cuando le hiciste sacar ese préstamo a tu mamá y desde el primer vencimiento no le has girado un peso de la cuota; entonces empecé a preguntarme: ¿si a la propia madre le hace eso, qué puedo esperar yo? También te estarás preguntando por qué todo esto no te lo plantee cara a cara, frontalmente; en primer lugar porque al estar tan metida dentro de la problemática (más todo el cúmulo de mis actividades) no tenía la suficiente claridad para poder expresarte con tranquilidad lo que me pasa y, conociendo tus formas de reaccionar, seguramente hubiéramos terminado en una pelea, porque vos siempre pregonás que estás abierto al diálogo y que podés hablar con todo el mundo sin problemas; tengo que decirte que no concuerdo con tu pregón; vos tenés tu propio modo de pensar y razonar las cosas (como todo ser humano la tiene), pero si la otra persona no concuerda con vos, no lo aceptás, te encerrás en tu forma, la querés imponer a toda costa y el que no se adapta a ella queda excluido de tu mundo y a eso se le suma que, en más de una ocasión, reaccionas “violentamente”, levantando la voz, queriéndote imponer a los gritos, eso sí: siempre encontrándote justificativos a vos mismo y quedando como víctima porque el otro no te entiende o no acepta lo que vos decís. Para mi eso no se llama diálogo, es un monólogo en el que sólo se debe escuchar TU voz (nuevamente caemos en el tema “actitudes”). 19


Como te lo dije al principio de ésta, es lo que me motivó a utilizar este medio para comunicarme y tratar de hacerme entender. A lo que se suma que para poder hacerlo clara y extensamente, necesitaba poner esta distancia que me ha permitido ver cosas que estando allá no podía o no quería ver y también analizar desde otra perspectiva. Esa distancia y ese análisis son los que me posibilitaron decirte todo lo que te he expuesto y también arribar a la conclusión de que las cosas –tanto en lo afectivo cuanto en lo financiero-, si van a continuar, no pueden hacerlo de la forma en que estuvieron hasta el domingo 9 en que yo viajé, DEBEN cambiar SÍ o SÍ. Estoy convencida que tanto vos como yo tenemos la capacidad para hacer las cosas mejor de lo que las hemos hecho hasta ahora; de más está decirte que cada palabra, cada punto y cada coma de esta carta tienen derecho a réplica, no sólo porque tenés ese derecho, sino también porque yo no soy la Madre Teresa de Calcuta y sé positivamente que también tengo culpas y he hecho cosas mal. Sólo espero que a mi regreso realmente podamos sentarnos cara a cara a DIALOGAR para encontrar la solución para esa mala mezcla de ingredientes; mi voluntad está a plena disposición para hacerlo, ¡ojalá la tuya también! Te abraza desde el corazón una de las personas que más te quiere en el mundo; aunque en este momento, después de leer por primera vez esta carta, pienses y sientas lo contrario; por lo que te pido que no te quedes con una primera lectura, sino que te tomes todo el tiempo para releerla tantas veces como sea necesario hasta captar, sin broncas, ni enojo, el sentido de cada una de las palabras que aquí he volcado y el sentimiento con que han sido escritas. Ese mismo corazón que te abraza espera que al regresar, juntos podamos encontrar el camino acertado para seguir adelante.-

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DE IDA Y VUELTA

Querida profesora: ¡Qué regalo para mí ha sido este año! ¡Cuánto disfruté las horas de Literatura! De lo que nos dijeron aquellas mujeres poetas, con sus penas y pesares. Si las releo cada tanto, siempre encontraré algo nuevo….. pero, ya no tendré ese par de ojos ardientes mirándome, viéndome confundida ante tanta riqueza; ya no habrá precisas y dulces palabras que todo aclaran. Alguien que piense cómo hacernos pensar. Aprendí mucho, muchísimo, no sabe cuánto. Y le doy gracias a Dios porque me dio la “gracia” de aprovechar cada instante, desde que usted entraba al curso hasta que se iba. Profe: siento algo muy lindo: GRATITUD. La voy a saborear durante toda la vida, como un caramelo que no se acaba y cuando venga alguno de los fantasmas a decirme “no puedes”, yo recordaré sus “felicitaciones” y se irán. Me llevo Literatura a diciembre y a marzo para toda la vida. ¡Fui muy feliz durante sus clases!

¡Hasta siempre! La quiero mucho.-

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ESAS AMISTADES

Cuando vos y yo nos juntamos, amiga mía, lo que se junta de nosotras es toda nuestra vida. Desde la pollera azul toda tableada y aquel guardapolvo blanco de nuestra infancia escolar; pasando por nuestros primeros tacos altos y los ojos agrandados por el delineador mágico de los trece años; hasta nuestras grandes experiencias de hoy, de un hoy en el que ya somos mujeres sin remedio. Porque todos los días nos dan un boleto de ida hacia la madures, pero jamás uno de regreso hacia la infancia. Por eso no necesitamos muchas palabras para decirnos las cosas y sabemos que habitamos un mundo que nos cuesta mucho comprender. Un mundo terriblemente complejo, que nos presenta cosas que no siempre nos gustan, que muchas veces nos duelen, nos marcan con una marca sutil pero imborrable; y ya no vale rebelarse ni gritar por cada una de esas cosas, vale más guardarlas en un rincón apartado de nuestro pasado. De lo contrario, poco a poco, nuestro corazón se iría convirtiendo en un gran cementerio de frustraciones. Y es millones de veces más hermoso luchar para mantener vivo y radiante ese ángel de cada una, que todos tenemos, pero que nos hace ser diferentes. Y nuestro ángel –digo “nuestro” porque es tan compartido como todo lo tuyo y mío-, está hecho de tu risa y mi risa, tu asombro y mi asombro, tu inocencia y la mía. No importa que hoy tu mitad de nuestro ángel esté triste, y que vos estés triste y que andes como perdida en una selva sin risas, sin asombros, con desilusiones que te quitan un poco de luz. Mi mitad de nuestro ángel te pide que no estés triste, que no te llenes de espinas, que no trates de comprender lo incomprensible, que no te olvides que ese ángel existe y no lo dejes olvidado en cualquier esquina. Te pido que corras a buscarlo y lo agarres muy fuerte de tu mano. Por eso, hasta que vuelvas a reunirte con tu mitad de nuestro ángel, compartamos el mío que está colgado de cara a un espejo para que sean dos ángeles, hasta que me avises que te has reencontrado con el tuyo.-

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EL AMOR Y LA DISTANCIA

Querida: Recién hoy te escribo; pero quiero que sepas que pensé hacerlo todos los días anteriores y no lo pude hacer por una razón fundamental: ¡Soy un maldito holgazán! Descartando tu buena voluntad para conmigo y mi defecto, proseguiré contándote algo de los pagos sureños. Llegué a la Gran Urbe aproximadamente por el 10 de enero y allí me encontré con algo muy lindo: ¡Tu carta! Ahí nomás me mentalicé para escribirte…. “como verás soy muy lento de croqueta, porque me llevó unos 13 días”. Según me contás tu viaje fue bastante malo y eso me da la razón una vez más: tenés que abandonar todo lo que sea aeronáutico, incluido el paracaidismo, para dedicarte al automovilismo, que según parece viene con toda la pinta. Eso me alegra mucho, tanto como saber que le agarraste la mano al volante lo suficiente como para hacerte un viaje tan largo (¿con registro, no?). Dejando el deporte de lado; supongo que la estarás pasando muy bien en esa bonita ciudad que es Córdoba, no será “tan bonita” como Caleta, pero al menos estás con tus padres y tus amigos y todo el tiempo para vos (¡Cómo te envidio!); así que hay que aprovechar todo eso y también el sol; ya te imagino bien bronceadita con tus cabellos dorados y tus grandes ojos verdes ¡Qué bien, no! Ahora te voy a contar, más o menos, cómo fue la cosa por mi lado. Salí de aquí el 21 tal como estaba previsto y al llegar a Buenos Aires encontré todo bien y preparándose para las Fiestas. Así que el día de Noche Buena “el maestro” implementó un gran asado y la pasamos con algunos amigos, mucho vino y más bochinche. Navidad la pasamos en una casa quinta de unos amigos con más asado y cuentos, ¡ahí saqué el “primer Premio” AL PLOMO! Acto seguido enfilamos con mi hermana, directamente a Mar del Plata; ahí lo pasamos lindo y pude cubrir ciertas falencias de mi vida en Caleta, es decir, dormir bien, descansar mejor, hacer deporte, leer algo, ir al cine, en fin: cosas simples, pero que me gustan y las necesitaba. A veces, al salir de la playa tarde, nos dábamos una vuelta por el puerto y, ahí le “sacudíamos” al salmón ¡como si fuera la última vez! Seguí los consejos de un viejo pescador de mi familia que decía: “La mejor pesca es la que está en el plato” ¡Sí señor! En Mar del plata estuve hasta el día 7 y cuando llegué a Buenos Aires, me encontré con la “grata sorpresa” que me llamaban de Comodoro para que me reintegrara al trabajo, porque había mucho y porque ya habían terminado mis vacaciones, etc., etc. Así que, motivado por tal llamada….. ¡me tomé dos días más como tenía pensado! Y llegué, como un “duque” a los pagos petroleros, con la frente bien alta y la voz bien templada para responder a cualquier afrenta; en realidad no encontré ninguna, al contrario.

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Al llegar a Cañadón Seco la noticia era que estábamos primeros en trabajo (gracias a los méritos anteriores y a los precios ) y que teníamos el 35% de todas las operaciones. Así que es cuestión de empezar a hacer “magia” nuevamente para no bajar la calidad. Ahí nomás me puse a revisar todo el equipo y me encontré con que todo estaba destruido, ¡no andaba nada! Así que, además de salir a los pozos (no fueron muchos), me puse en campaña –y aún estoy- para dejar todo lo mejor posible. Ese es el verdadero motivo de mi demora en escribirte. Sostengo que siempre se tiene tiempo para escribir, pero a veces uno prefiere hacerlo con cierta tranquilidad o estado de ánimo. Referente al trabajo, parece que lo van a trasladar al Pelado para Comodoro, ¡esa es una buena! A José y Alicia los veo de tanto en tanto y, aparentemente, ella se va el martes para Bs. As. Y luego se iría José a principios de febrero. Por lo dicho anteriormente y por “faltar alguien que prepare una buena (¡Exquisita!) ensalada”, no hemos implementado ningún asado todavía. Alicia ya me dio tus llaves y en esta semana voy a dar una vuelta por la casa. Por aquí el clima está bastante variable, alterna frío con días de mucho calor, pero supongo que, a tu regreso, todavía tendremos algunos días como para hacer asaditos en la playa y para pescar porque ésta es la época….. ¡Entre otras cosas! (Ejem., ejem., ejem.) Tratá de escribirme el día y vuelo en el que vas a venir, si puedo ir a buscarte a Comodoro (si el trabajo me lo permite) ¡voy a estar ahí como clavo de mesa! Vamos a hacer que la bienvenida sea distinta a la apuradísima despedida que tuvimos ¡¿Nooooooo?! Un beso para tu madre, esa señora de la gran calidad, y ¡no sólo para amasar tallarines! Para vos…… ¡TODOS LOS BESOS! Y que sea hasta MUY prontito.

XXXXXXXX P.D.: ¡Cómo será la ansiedad que tengo de que vuelvas lo más pronto posible, que primero te felicito por la compra del auto y te hablo del viaje tan largo que vas a hacer manejando, y al final te pido que me avises día y horario de vuelo! Tu ausencia ¿me estará volviendo loco? Vení con cuidado, no te estaré esperando como “clavo de mesa”, pero sí ¡Como viga de construcción! Te quiero.-

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“AMIGAS” A QUE SI, “AMIGAS” A QUE NO

Nos llamamos mutuamente “amigas” por más de 30 años; sólo era eso: una forma de llamarnos porque jamás fue mutua, nunca se tejió ese lazo indestructible que “ata” a dos personas definitivamente. Fue una relación que comenzó mal y, por ende tenía que terminar mal .Cómo fue entonces que duró tantos años, fue porque desde el primer día yo la cargué “a upa”, fue porque yo dí y vos no, fue porque yo sí fui tu amiga, pero no vos la mía. Nos presentó en su casa quien, por aquel entonces, era “amiga” tuya y una compañera mía de facultad; desde el primer momento tuviste para conmigo una actitud desagradable: una mirada inquisitiva pero “sobradora”, para ponerlo en palabras, era como si tus ojos al mirarme estuvieran diciendo: “¿Y esta mina de dónde salió, quién se cree que es?”; en la conversación, tus respuestas o intervenciones fueron, en su mayoría hostiles, agresivas cuando iban dirigidas hacia mí. De más está decir que ese primer encuentro no me resultó para nada agradable, porque vos no fuiste nada agradable; por respeto a la dueña de casa y por la educación que ya poseía en aquel entonces, no te dije ni te demostré nada, es más, tampoco lo hice con la persona que nos presentó y, más aún, ni siquiera le di importancia. Pero los encuentros comenzaron a repetirse y en cada uno de ellos tu actitud siguió para conmigo del mismo modo en que había empezado, entonces sí comencé a darle importancia, entonces sí comencé a prestar más atención y entonces sí me empezó a molestar, fundamentalmente porque no lograba encontrar una explicación lógica, razonable que me permitiera entenderte. Cuando ese malestar Mio se hizo tan fuerte como para ya costarme mucho disimularlo, reflexioné y analicé minuciosamente desde el primero hasta el último de nuestros encuentros (enfrentamientos para vos) y en mi conciencia quedó absolutamente claro que nunca había dicho una sola palabra ni había hecho un solo gesto que pudiera haberte herido o molestado como para que actuaras de ese modo; pero como nunca me he creído la dueña de todas las verdades y todas las razones, tomé una decisión; fue así que, una noche, al irnos de una fiesta que habíamos hecho en aquella casa te llevé aparte y te propuse-mejor dicho- te invité a que, cuando vos dispusieras, nos juntáramos en mi casa porque yo quería hablar con vos a solas. Aceptaste y combinamos para la tarde del día siguiente (domingo) Fuiste puntual, a la hora fijada llegaste con tu mejor cara de “nena inocente”, como quien no tenía idea del porqué ni para qué de ese encuentro; después de presentarte a mis padres y café en mano, nos quedamos a solas y comenzó nuestra charla: Bueno-comencé yo- supongo que te estarás preguntando para qué te cité aquí, a mi casa; a tu respuesta afirmativa, proseguí sin más vueltas (soy y siempre he sido así: frontal): quiero que hablemos a solas porque quiero saber qué te pasa conmigo, qué problema tenés. Con tu mejor cara de asombro:” ¡Nada! No me pasa nada con vos y tampoco tengo ningún problema.” Entonces-te dije- explicame porqué cada vez que nos encontramos en casa de M, tu actitud y tu forma de dirigirte a mí siempre es tan despectiva y agresiva. Me respondiste que estaba equivocada, que tal vez yo no había sabido entender tu forma de ser, que vos eras igual con todo el mundo. Tu respuesta no me satisfizo y seguimos intercambiando opiniones un largo rato (por razones obvias, no voy a reproducir aquí en forma 25


pormenorizada todo lo que cada una dijo y respondió. Si tu memoria te acompaña, lo recordarás al igual que lo recuerdo yo), en resumen, terminaste convenciéndome de que, efectivamente no tenías nada contra mí y acordamos que las dos sentíamos deseos de proseguir esa relación y convertirnos en “amigas”. Como prueba de “buena voluntad”, a partir de entonces, tu trato para conmigo cambió radicalmente (hoy tengo que decir que lo que cambió fue tu “táctica” o, mejor dicho, tu “máscara”). Los encuentros se fueron sucediendo, no sólo en casa de M, sino en otros sitios, otras circunstancias, con otros motivos….., fue transcurriendo el tiempo y-en teoría- se fue consolidando aquella relación propuesta en mi casa, hace más de 30 años Como dije al principio, fue una relación que nació “enferma”, se sostuvo “con muletas” y un día se cayó de su sostén y murió de su propia enfermedad. Esa enfermedad inicial y terminal fue mostrando sus síntomas paulatinamente; fueron apareciendo una a una, poco a poco, todas y cada una de las máscaras que usabas en tu vida, no sólo conmigo, ¡con todo el mundo!; “vendías” una persona y eras otra; mostrabas una cara y con las máscaras tapabas tu verdadera cara. Me llevó tiempo darme cuenta, lo hice poco a poco y, por mi propia naturaleza, al principio me negué a aceptar la verdad, aún cuando otras amistades mías que fueron conociéndote me lo decían, me negaba a aceptarlo porque me parecía imposible que alguien pudiera “ser” así. Y cuando ya no tuve más alternativa que aceptarlo, porque las pruebas eran tantas que resultaba más que evidente (¡si hasta un ciego lo podía ver!)… cometí el error de no enrostrártelo, me callé y toleré mientras no me hizo daño. Ese silencio y esa casi infinita tolerancia mía fueron las “muletas” que sostuvieron la relación durante tanto tiempo. Hasta hace un par de años atrás creo que estabas convencida de que yo no me daba cuenta de nada, de que eras un ser tan superior que podías seguir engañándome ad infinitum, que yo era la “perfecta idiota” y que ¡ME HABÍAS GANADO! Es bastante lógico que así lo creyeras. ¿Cómo no hacerlo después de tantas ofensas, humillaciones, menosprecios, comentarios malintencionados, etc., etc., que recibí de vos sin reaccionar jamás? Basten algunos ejemplos para confirmar lo que vengo diciendo: (sería imposible mencionarlo todo) - Los piropos masculinos dirigidos a mí, principalmente a mis ojos. Inmediato cambio de gesto en tu rostro y, cuando podías, el comentario ¡Yo también tengo ojos bonitos! - Cada vez que intenté integrarte al resto de mis amistades, a todos y cada uno, le encontraste algún defecto (Intento de quedarte sólo VOS en mi vida), vos eras “perfecta” y únicamente formaste parte de algún grupo cuando se trató de ir a una fiesta, un cine, un espectáculo o una cena, porque te convenía, de lo contrario te lo perdías; porque yo no me aparté de nadie por opiniones o reacciones tuyas. Como también organizaste muchas salidas las dos solas. - En tantos años sólo dos veces fuimos las dos solas de vacaciones; la primera allá por los finales de la década de los`80, cuando por medio del sindicato de la empresa donde yo trabajaba (luego de realizar yo todas las averiguaciones y trámites correspondientes, porque vos no moviste un dedo para hacer nada), como se ajustaba a nuestro presupuesto, “aterrizamos” en Villa del Dique. A pesar de no haber encontrado lo que ofrecía la promoción (cosa absolutamente normal en este país) en su totalidad, el hotel 26


no era malo, tampoco la comida, nos tocó muy buen clima, en general lo pasamos bastante bien… salvo algunos detalles como, por ejemplo, el día que fuimos a conocer La Cumbresita y las dos nos incineramos al sol, pero a la noche los únicos lamentos que se escucharon fueron los tuyos, el ardor de tu piel era “insuperable”, ni siquiera mí quemadura-teniendo una piel más que blanca y sumamente delicada- se podía comparar con la tuya; por lo que “decretaste” unánimemente que los dos días siguientes no asomáramos ni la nariz por el lago (¡Suerte que había bonitos lugares cercanos para conocer!) Lástima que el último día de estadía (domingo) todo lo lindo que habíamos vivido lo destrozaste. Antes de viajar yo te había comentado que le propuse a mi amiga X que, si su trabajo se lo permitía, ese domingo fuera a pasarlo con nosotras y a la noche nos volvíamos las tres juntas; no hiciste un mínimo comentario al respecto, supongo que porque en tu interior –aún sabiendo por la dificilísima situación que ella estaba atravesando, lo bien que le harían unas horas de esparcimiento y el mutuo y mucho afecto que ella y yo nos teníamos (y hoy conservamos)comenzaste a desear que no pudiera ir y diste por supuesto que ese domingo ella no llegaría. ¡Qué gran frustración debés haber sentido cuando, al mediodía, bajó del colectivo con su bolsito al hombro y toda la felicidad en su rostro! Claro, en ese momento no manifestaste nada (te pusiste tu máscara de simpática); fuimos a la habitación del hotel y yo propuse que, antes de bajar a almorzar, tomáramos unos mates mientras charlábamos; ella aceptó de inmediato (¡Estaba tan contenta de haber podido ir y de estar conmigo!), pero vos te disculpaste diciendo que te dolía un poco la cabeza, que te ibas a tirar un ratito en la cama hasta la hora del almuerzo. Aunque ya te conocía muy bien, no me percaté de tu mentira (¡Yo también estaba realmente feliz de que X estuviera allí!) y tampoco me di cuenta que habías empezado la “guerra” –fría al principio y muy caliente al final-, por lo que vos te encerraste en la habitación y X y yo nos quedamos en el hall dándole a la lengua, mate de pormedio y riéndonos a carcajadas. Cuando dieron el aviso para bajar a almorzar y apareciste, recién tomé conciencia de la realidad cuando vi tu cara: no te dolía la cabeza, ¡estabas furiosa! Y tu rostro ya no lo podía disimular. Bajamos y durante toda la comida me esforcé por mantener el clima ameno, con comentarios o” salidas” que provocaran risa y las tres nos sintiéramos bien; por un lado para que X no se diera cuenta de lo que a vos te pasaba y por otro lado, para que vos te dieras cuenta que podíamos compartir espacios y tiempos con otras personas, sin que vos fueras relegada a un segundo plano. En una pequeña medida lo conseguí, el almuerzo transcurrió en paz, X no se dio cuenta de nada… pero vos tampoco; creo que con cada bocado que masticaste, además de imaginar que la estabas mordiendo a ella, fuiste tragando “dosis masivas” de veneno (del que tenés una gran reserva dentro tuyo). Al finalizar subimos a la habitación, nos tiramos un ratito en las camas mientras hacíamos la digestión y esperábamos la hora adecuada para ir al lago; X y yo seguimos charlando de todo un poco… vos te pusiste a leer un libro (Realmente es asombroso lo descortés y mal educada que podés ser; sobre todo teniendo en cuenta el tipo de formación que recibiste en tu casa, de tus padres; claro que hoy no me asombra en absoluto –y desde hace añares- fueron tantas veces las que te vi serlo, conmigo u otras personas allegadas a mí!). Llegado el momento, nos cambiamos porque vos: “Bueno, vamos porque si no, vamos a llegar y ahí nomás nos vamos a tener que volver, porque ESTA NOCHE NOS VAMOS”; allá partimos (X ya me había hecho algunos gestos, no es estúpida), vos caminando siempre dos pasitos apartada, adelante o atrás; mientras X y yo buscábamos un lindo lugar a la orilla del lago para estirar las toallas y meternos al agua, se escucho tu vos: ¡NO PENSARÁN QUE NOS VAMOS A QUEDAR AHÍ, ES MUY PROFUNDO Y VOS –dirigiéndote a mí- SABÉS QUE YO NO SÉ NADAR… USTEDES SABRÁN, PERO YO NO ! Mantuve la calma, miré a X y sin que mediaran palabras, levantamos todo y fuimos donde vos decidiste; ¿Hace falta decirte que lo hicimos por: yo no iba a discutir y arruinarle la tarde a X y ella para no amargarme a mí? Creo que con estos detalles basta y sobra; el final fue el que es dable esperar: X y yo sentadas juntas en el colectivo y vos en un asiento sola; al llegar a la terminal te despediste velozmente, te subiste a un taxi y partiste sola, sabiendo que las dos veníamos para el mismo lado (vivimos a 15 cuadras de 27


distancia). A los pocos días hablamos por teléfono y directamente te pregunté y te reproché; tu respuesta fue que te disculpara, pero a vos “esa” chica no te caía bien; por su parte X quedó muy sentida, no por tu desprecio, sino porque se sentía culpable de haber creado discordia entre nosotras. Me llevó bastante tiempo explicarle muchas cosas para que finalmente desapareciera su culpa. De más está decir que nunca más hubo planes para hacer nada las tres juntas; si se volvieron a ver fue en algún cúmplenos mío (no te quedaba otro remedio que “compartirme”), pero no lo está, decir que mi amistad con X perdura hasta hoy y seguirá perdurando a pesar de que desde hace años nos separan miles de kilómetros. -Las segundas vacaciones fueron en Piriápolis (Uruguay), también de éstas yo me encargué de hacer las averiguaciones, contratar el viaje, servicios, etc. Vos te limitaste a subir al micro y, a estas sí sólo puedo catalogarlas de ¡NEFASTAS!, porque desde el arribo a aquella ciudad bajo una lluvia torrencial, hasta el regreso, no guardo recuerdo de un solo día completo sin que- por el motivo que fuere- no tuviésemos algún roce: que la habitación no te gustaba, que te molestaba el humo de mis cigarrillos, que (otra vez) ¡TUS quemaduras de sol! Y para que el combo fuera completo, se le sumó una invasión de “aguasvivas” que ni siquiera me daban la posibilidad de alejarme aguas adentro por un rato. Sólo que esta vez ya no me callé, lo que hizo que el aire entre nosotras se podía cortar con un cuchillo; por suerte fueron nada más que siete días, dos de ellos utilizados para ir y volver. No entro en más detalles porque en buena medida, sería el calco de lo que ya expuse anteriormente y que, creo que te pintan de cuerpo y alma y también reafirma lo que mencioné al comienzo de esta: “lo que empieza mal… termina mal”. Sobre este tema , me resta añadir que, sin comunicártelo, tomé la decisión de ¡NUNCA MÁS VACACIONES CON VOS! No hago especial mención de la oportunidad que decidimos ir por unos días a Mina Clavero, entre los cuales se contaba el de mi cumpleaños, porque al no haber ido con reserva hotelera hecha, después de deambular todo un día, recalamos en un hospedaje de baja monta en Cura Brochero y al tercer día nos volvimos; puedo resumirlos en muy pocas palabras: “fui a cumplir el rol de TU mucama-sirvienta”. Y cómo será que no recuerdo si fue la primera vez que nos fuimos solas de vacaciones, o fue entre Villa del Dique y Piriápolis (¡Es tan sabia la mente: guarda sólo lo que vale la pena recordar, lo que no, lo borra!) -Cuando en mi viaje de vuelta del Sur tuve el accidente con mi madre , en el auto y ella falleció un mes y cinco días después, en Bs. As., te hice avisar a la casa de tu compañera de estudios porque vos no tenías teléfono aún. Al llegar con mi padre y mi tía al aeropuerto (veníamos a sepultarla acá), no estabas esperándome allí (hacía ya mucho tiempo que tenías auto), estabas en la casa frente de la mía con la vecina (¡Claro, era mucho más cerca que Pajas Blancas –hoy Aeropuerto Internacional Córdoba-¡) Luego de la desgarradora entrada a mi casa (donde ella ya no iba a estar más esperando mis llegadas), nos sentamos , llegaron los –en aquel entonces- comunes amigos de Villa Allende (hoy sólo amigos míos) a los que habías avisado y, en medio de ese dolor charlamos un rato… sólo un rato, porque era tarde, el ataúd con los restos de mi madre llegaba a las siete de la mañana al cementerio (ya la habíamos velado en Bs. As.) y “teníamos” que dormir. No me preguntaste si necesitaba que te quedaras, si quería hablar, desahogarme; VOS querías irte a dormir y por lo tanto todos se tuvieron que ir. Esto último lo tuve totalmente claro seis años después, con la muerte de mi padre: estuviste una hora en el velatorio y te fuiste a dormir porque “VOS no aguantás toda la noche sin dormir, te hace mal”. (¡Cuántas noches de juerga hemos compartido o me has contado y nunca te “enfermaste”!) ¿Qué pasó; fue la revancha porque yo no estuve cuando murió tu padre? Te recuerdo que cuando sucedió, yo vivía a más de 2000 kilómetros de distancia y en las leyes que rigen el ejercicio de mi profesión, no se contempla otorgar licencias o permisos por el fallecimiento de un familiar de un amigo, pero en mí lugar estuvieron mis padres acompañándote. -Pocos meses después de la muerte de mamá, allá por mediados del ’85, regresé a vivir definitivamente a mi casa, sola. No voy a explayarme contando los motivos y las circunstancias de ese 28


hecho y tampoco de los que, desde el mismo momento en que arribé te dije con estas palabras: “¡No quiero que, bajo ningún punto de vista, sientas o pienses que tenés que hacerte cargo de mí!”. Nunca lo habías hecho, pero… por si las moscas. Quedó claro. Pero por decisión unilateral, a partir de allí, después que murió papá, las Fiestas de Fin de Año yo las tenía (debía) pasarlas con vos y tu familia porque YO ERA UN MIEMBRO MÁS DE LA FAMILIA. -Es una realidad tan vieja como el mundo, que en ninguna familia, ni aún en las mejor constituidas, todos sus integrantes ocupan el mismo peldaño del escalafón, no sólo por los distintos roles de cada uno, sino también por los distintos lazos de afectividad que existen entre ellos y muchos otros factores. No fueron necesarios muchas Navidades y Años Nuevos para que se viera claramente que eso del “miembro más” era una frase muy bonita y nada más que eso. Para vos y los tuyos era un acto de “conciencia caritativa” que un ser sin más familia como yo pasara las Fiestas con ustedes. En muchas ocasiones, con la debida anticipación sugerí, expresé abiertamente mi deseo de que algún año nos reuniéramos en mí casa… ¡Jamás fue posible! Y no porque no hubiese comodidades, espacio sobra, asador hay, también patio, mesas, sillas, platos, vasos, cubiertos… Pero, siempre había un pero: que a tu cuñado le gustaba asar los pollos en su casa (el mismo menú todos los años), que ellos eran cinco para movilizarse (siempre tuvieron auto) en cambio a nosotras tres (vos, tu mamá y yo) nos resultaba más fácil, que etc., etc. No hubo un solo año que hiciéramos el brindis a la medianoche, o porque todavía estábamos cenando, o recién estábamos levantando los platos, o porque con el último bocado había que salir a la calle con la pirotecnia (¡Que yo odio!). Pasada toda esa “parafernalia” llegaba el momento de ¡LOS REGALOS NAVIDEÑOS! Así, en mayúsculas y remarcados fueron siempre los que ustedes (7) recibieron cada uno de mí todos los años… ¿Yo de ustedes? UNO, con suerte DOS. Uno tuyo y de tu mamá y si tu hermana se acordaba, tenía tiempo, viento a favor y alguien que la empujara, otro de parte de los 5. Jamás en mi vida me he fijado en el valor del presente que recibo, para mí el valor está en el acto, no en el objeto; y justamente en los “actos” de ustedes era más que evidente que yo no pertenecía a la familia: entre ustedes hermosos regalos para cada uno y de ambas partes; los míos también hermosos para cada uno, lo mejor que podía comprarles porque sabía que lo necesitaban, o les gustaba, o les daría alegría; en resumen lo mío era un “acto” de amor. Yo recibía indefectiblemente alguna chuchería, generalmente algún adorno para la casa, ni siquiera algo personal (hasta que les pedí por favor que ya no me regalaran más adornos porque no tenía adónde ponerlos). Donde sí se me contaba como una más, era en el momento de hacer cuentas de los gastos y dividirlos por la cantidad de personas que éramos. Desde la primera hasta la última Fiesta que compartí con ustedes, siempre llevé dos arrollados para comer como entrada y, el primer año también llevé para mí dos botellas de champang dado que no me gustan las bebidas dulces…. ¡A nadie más que a mí le gustaba esa bebida!, pero al año siguiente comencé a llevar más botellas porque ¡de golpe, era riquísimo y les gustaba a todos! Lo mismo sucedió con la pechuga del pollo –prácticamente la única presa que yo como- que a nadie le gustaba, hasta que un buen día a todos les encantaba. Lo que yo llevaba jamás se incluyó en la lista de gastos, pero yo sí pagaba mi parte (exactamente la misma suma que cada uno de ustedes) por una presa de pollo, algunas ensaladas, helado, ensalada de frutas y bebidas que ni siquiera había probado, ni los platos dulces a los que no soy afecta (salvo un puñado de garrapiñadas caseras). Demasiada desigualdad por ser “una más de la familia”. Recién el último año que me reuní con ustedes, llegado el momento de los números tu cuñado (no vos), tuvo un “acto de generosidad” y dijo que a mí no se me contaba porque yo siempre llevaba muchas cosas. No se dio más la oportunidad de comprobar si esa decisión se mantendría ya que, al año siguiente, cercanas las fechas, diste por sentado que yo iría como siempre y te dije que ¡no!, porque había muchos robos y no quería dejar la casa sola, no quería dejar a mi perrita enloquecida por el estruendo de la pirotécnia y quería, deseaba, necesitaba pasar las Fiestas en mí casa (que es ¡mi lugar en el mundo!) 29


Nunca más se dio la oportunidad de volver a juntarnos “en familia” para esas fechas; durante algunos años me seguiste invitando, incluso tu hermana lo hizo telefónicamente y siempre aduje las mismas razones para no ir; tampoco de parte de ustedes surgió jamás la idea de aceptar –aunque fuera por una vez- venir a mi casa para hacer aquí los festejos; tampoco se dio aunque ocasiones “importantes” sucedieron, como por ejemplo el día en que con tu pareja hicieron el intercambio de anillos en una iglesia, para simbolizar la unión; hecho del que yo me enteré con bastante posterioridad y en medio de una conversación; al pedirte que me contaras y preguntarte cómo no me habías avisado, tu respuesta fue que había sido “sólo para la familia”.¿Cómo era aquello de que yo “era una más de la familia?”. Aunque sólo lo hubieses hecho por haber sido yo TU ÚNICA AMIGA; pero… Y finalmente llegó lo que sería el tiro de gracia: mis enfermedades, la polineuritis primero, el alcoholismo después y en medio la fractura de mi tobillo. Sería por demás ocioso pormenorizar en los detalles de esa etapa porque ambas los conocemos a la perfección, así como también ambas sabemos que para vos fue ¡EL TRIUNFO!, por fin, después de haber competido tan encarnizadamente conmigo –mejor dicho: contra mí-, yo estaba DERROTADA, ACABADA, ¡ME HABÍAS GANADO! Es cierto, me caí (y alguien me dio el empujón necesario) en el fondo más profundo y oscuro del pozo de la vida, no sin haber intentado pelearla al menos por un tiempo; no pude sola y, llegado el momento, pedí ayuda. No a vos precisamente que, en honor a la verdad, no sólo no hiciste gran cosa por ayudarme (¡obviamente!), más vale trataste de hundirme un poco más –si es que era posible- y hasta en tu mirada, en la expresión de tu rostro y en las palabras dichas sin contemplación de ninguna clase, se veía cómo te regodeabas en el goce que te producía tu “supuesto” triunfo. Como podrás ver, el éxito del “triunfo” te resultó muy efímero, como generalmente sucede cuando se obtiene con “malas artes”. Hace ya más de dos años que no nos vemos, aunque supongo que vos debés haber pasado muchas veces por mi casa en tu auto –al que no conozco, sólo sé que era rojo el último que te compraste- y me debés haber visto, comprobando que “la derrotada” está de pie (renga, con la polineuritis a cuestas de por vida y, sólo a título informativo, con tres años y cinco meses de abstinencia sin ningún sufrimiento), erguida y con la frente en alto porque no tengo nada de qué avergonzarme ante nada ni ante nadie, ni de qué arrepentirme, por lo menos en lo que a vos respecta. Cuando comencé a escribirte esta carta, mi intensión era enviártela, no porque me guiara el deseo de revancha, ni me la dictara en rencor (como seguramente lo pensarás vos), nada más lejos de mí; en todo caso si es necesario ponerle un “rótulo”, te diría que fue la profunda necesidad de “sacarte la careta” delante de vos misma y también de toda tu familia, para que –aunque sea una sola vez en la vidaTE VEAS y TE VEAN como realmente SOS. Pero al ir deshilvanando recuerdos, me di cuenta que no valía la pena tomarme ese trabajo… Como siempre se dice: el mundo es redondo y gira. Y sé que en algunos de esos giros estas páginas van a estar en tus manos y que, aunque tu nombre no figure expresamente, vas a saber perfectamente que están dirigidas a vos y no únicamente por las palabras, lo vas a saber – fundamentalmente- porque al tenerlas frente a tus ojos será lo mismo que si tus manos estuvieran sosteniendo un espejo y tu mirada sólo percibirá un uniforme color negro y un profundo vacío, es decir: LA NADA. Porque lo quieras o no, te guste o no, lo admitas o no, para mí eso es lo que representás: NADA digno de ser rescatado. Por lo tanto, tampoco SOS, tampoco EXISTÍS. Y a la nada, al no ser, a la no existencia… no se le pueden enviar cartas. Respecto a tu familia, tal vez también ellos lleguen a leer, alguna vez esta carta, pero no sé con certeza qué verán en ella porque no conozco con certeza (pero puedo imaginarlas perfectamente) qué versiones, qué explicaciones les habrás dado vos respecto a mi “desaparición”; lo que sí tengo 30


absolutamente claro es que, sin dudas, te las creyeron al pie de la letra, no porque seas una eximia argumentadora –todo lo contrario-, sino más bien porque les resultó muy cómodo hacerlo. De hecho, después de tantos años de haber sido “una más de la familia”, NUNCA apareció nadie, ni personal, ni telefónicamente, para preguntarme nada, ni siquiera tu madre, para quien yo era “una hija más” que podría haberlo hecho sin que vos te enteraras jamás. Por cierto, como para mentir y ponerte las máscaras que más te convengan de acuerdo a la situación y al “personaje” que tenés que representar, SÍ SOS muy hábil y convincente, “TU VERSIÓN”, seguramente dejó a todos satisfechos. A fuerza de sinceridad ¡ya me cansé de escribirte! No SOS digna de que siga utilizando mi valiosísimo tiempo en vos. Pero no voy a finalizar sin decirte que: me tiene totalmente sin cuidado lo que hayas dicho y a quién se lo hayas dicho, de mí; me tiene totalmente sin cuidado vos y tu existencia, porque para mí simplemente ¡NO EXISTÍS! Durante más de treinta años te brindé lo mejor de mí, lo resumo: FUI VERDADERAMENTE TU AMIGA (por otra parte, la ÚNICA que tuviste en toda tu vida). Vos elegiste “encadenarme” con tu envidia, tus resentimientos, tus estúpidos celos, tu incansable querer competir… tu insaciable necesidad de alimentar TU EGO a cualquier precio, un EGO que ya estaba “enfermo” cuando me conociste y que con los “medicamentos” que elegiste darle, lo convertiste en “enfermo terminal”; lo alimentaste mal, lo medicaste peor y –por sobre todo- lo engañaste, haciéndole creer SUPERIOR a todo y a todos, EL MEJOR en todo y de todos. Quisiste ser más alta que yo, más bonita que yo, más inteligente que yo, más capaz que yo, más feliz que yo, sufrir más que yo… ¡Qué forma tan estúpida de desperdiciar la vida! Si hubieses invertido el tiempo en ser SÓLO VOS, quizás hubieras logrado alguno de esos MÁS, aunque lógicamente “lo que natura non da, Salamanca non presta” y todos tus MÁS se te convirtieron en –cada vez más- MENOS, hasta llegar a… LA NADA. Tiráste demasiado tiempo de una cadena construida con esos eslabones y, finalmente un día la cadena se cortó; el “podrido” lazo que nos unió se deshizo por su propia podredumbre. El día que te mires en este “espejo” hacelo sabiendo que para mí NO EXISTÍS, no fuiste, no SOS ni serás; no ocupás el más mínimo espacio ni de mi mente, ni de mi corazón ni de mi alma. Un día –hace mucho tiempo- tu camino y el mío se cruzaron, eso no volverá a suceder jamás, ni siquiera por casualidad – en la que nunca creí-. Para mí fueron más de treinta años de APRENDIZAJE tratando de ser mejor persona… Para vos… no sé qué fueron y, francamente, ¡NO ME INTERESA!

P.D.: “EL MEJOR ESPEJO ES UN VIEJO AMIGO” ( George Herbert- poeta galo) “Si no has aprendido el significado de la palabra amistad, en realidad no has aprendido nada” (Muhammad Alí – boxeador).-

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EL DESGARRO DEL DOLOR

Mi queridísima A: Te escribo esta para contarte una historia. Una historia que se llama “Mimicha”; no lo hago porque crea o sienta que no me entendés o no llegás a comprender lo que siento, por el contrario, te siento como la única persona que está a mi lado y comparte lo que me pasa –a pesar de la distancia-; sí lo hago porque de ésta forma puedo extenderme de una manera que no permite una comunicación telefónica por muy larga que sea y, fundamentalmente lo hago por una profunda necesidad de que ésta historia quede registrada más allá de mi corazón, mi mente, mis fotos o mis recuerdos y añoranzas. Los tiempos de ésta historia no son absolutamente exactos porque, por un lado, la mente humana no suele dimensionar temporalmente hechos o acontecimientos que luego – paradójicamente “con el paso del tiempo”- uno ve y aprecia en su real valor, y por otro lado, porque en mi caso particular, existe una época de mi vida en la que la “enfermedad” borró cosas de mi memoria. A pesar de ello sí es seguro que un domingo del mes de julio de ¿2001-2002?, a las 17 horas, Mimicha llegó a mi casa y a mi vida. ¿Por qué y cómo llegó?... El miércoles anterior fui al colegio de la tarde a llevar un nueva carpeta médica prolongada, dado que la polineuritis no me permitía trabajar y silenciosamente seguía su avance; en la Sala de Profesores, estaba esperando el cambio de hora la profe de matemáticas; charlamos un ratito sobre mi salud, del colegio y tocó el timbre; me levanté para volver a casa y ella para ir a dar su clase. Cuando ya salía de la Sala, se dio vuelta y, de pronto, me preguntó: ¿No querés un perro? Antes que transcurriera una fracción de segundo y sin que mediara razonamiento alguno, de mi boca salió un rotundo ¡SÍ, bueno! A lo que me respondió que ella me traería uno y que antes de hacerlo me avisaría; cuando ya atravesaba la puerta, alcancé a decirle que se acordara que en casa no había un patio grande … ¡Ah, bueno, nos vemos! Tras ella salí del colegio, tomé un taxi y en mi mente conciente no quedó registrada ni una palabra de esa conversación, ni en ese momento, ni en los días posteriores … hasta el domingo en que, a las 13 horas sonó el teléfono y al atender escuché su voz que, tras saludarme me preguntaba si esa tarde iba a estar en casa; a mi respuesta afirmativa dijo que, alrededor de las 17 horas me iba a traer una perrita y que era sin compromiso, si no la quería, ella se la llevaba de vuelta. Desde ese momento y hasta que sonó el timbre a las 17 hs. en punto, no pensé, no sentí, no imaginé absolutamente nada (tal era mi grado de negación a ilusionarme nuevamente por nada – sabemos por qué-). Abrí la puerta; entre los brazos de la profe alcancé a percibir muy vagamente un cuerpito muy, muy negro y con un brillo de espejo; lo que sí vi y sentí como una patada en el medio del pecho, fue una hermosa carita, dos orejitas erguidas como antenas, una naricita negra y húmeda y … dos ENORMES, REDONDOS Y BRILLANTÍSIMOS OJAZOS que me decían con absoluta claridad: ¡Por favor QUEREME! Entonces, todas juntas, se abrieron de golpe cada una de las puertas y ventanas de mi corazón, que se volcó en el gesto de estirar mis brazos para tomarla al tiempo que mi boca decía las primeras palabras que ella escuchó de mí: ¡MÍ AMOR! No alcancé a tocarla, ella saltó de los brazos de R a los míos y 32


allí se quedó muy quietita mientras yo la acariciaba y sólo podía mirarla y repetirle una y otra vez: ¡Mi chiquita! ¡Mí preciosa! A mi vida y a mi casa había llegado ¡MI HIJA! Así, en mis brazos, entró Mimicha en lo que, a partir de ese instante, iba a ser también SU casa y NUESTRA vida. Al ratito la puse en el suelo e inmediatamente comenzó su lenta y minuciosa “investigación” de todos y cada uno de los ambientes, rincones, objetos, que finalmente concluyó con una hermosa meada en el medio del pasillo y en su carita una bellísima expresión de satisfacción y agrado. Mientras esto sucedía, R me contaba la historia de Mimicha: los padres de R tenían por costumbre salir a caminar todas las tardes por el barrio (Gral. Paz); varios días seguidos, al pasar por la plaza, vieron a la perrita abandonada allí, hasta que una de esas tardes en que hacía mucho frío, les dio lástima al verla tan chiquita y desamparada; la levantaron y la llevaron a la casa. El problema surgió porque los papás tenían desde hacía años una pareja de Dálmatas y la hembra estaba preñada (esa fue la primera idea de R, regalarme cuando nacieran, un cachorrito. Ahí se dimensionó la importancia de lo que yo le aclaré en el colegio, sobre el patio de casa; ya que es una raza de perros que necesita espacios amplios; y también motivó que el regalo se adelantara –los celos de ellos ante la “intrusa”-), esto hacía que no pudieran quedarse con la perrita recogida en la calle y motivó a R para traérmela. Ellos le pusieron el nombre provisoriamente (yo podía cambiárselo si quería, cosa que ni se me cruzó por la cabeza porque ¡Ya era SU IDENTIDAD!), le dieron cobijo y alimento, pero no demasiado cariño, por sus otros perros y porque creo que no estuvo mucho tiempo con ellos; R no me lo especificó en ese momento y a mí nunca me importó saberlo. Todo fue rápido porque el esposo de R la esperaba en el auto, así que me hizo la ya innecesaria pregunta: ¿La querés? ¡Por supuesto que SI! “Ya sabía-me dijo-, esperá que te voy a traer del auto sus cositas”.”¡Huy! dije yo-, tengo que ir a comprarle leche”. No –me dijo ella- no toma leche, no le gusta (de entrada compartíamos un mismo negativo gusto por la leche),”no te preocupes que yo te traigo un poco del alimento balanceado que ya viene comiendo”. Sus “cositas” eran un cajoncito de frutillas con una plancha del mismo tamaño de goma espuma adentro, un pedazo de cotín que oficiaba de sabanita y una bolsita con el alimento. Las aclaraciones: que era muy friolenta y tomaba mucha agua. Recogí las “cositas”, nos dimos un beso con R (no la volví a ver nunca más; para la Navidad de ese año la llamé para saludarla, pero fundamentalmente para agradecerle desde lo más profundo del corazón el MARAVILLOSO y más HERMOSO regalo que me han hecho en mi vida), al abrir la puerta para que saliera, la –a partir de ahora- MÍMI, se quedó paradita detrás de mí sin manifestar tristeza alguna, ni en sus ojos, ni con un gemido, un ladrido o un llanto, como tampoco se movió para seguirla, por el contrario, cerré la puerta y ella giró hacia adentro con toda naturalidad y confianza. Así se iniciaba nuestra compartida vida y un mutuo entendimiento sin palabras. Ella fue derechito hacia la cocina, se paró en la puerta, me miró y después miró hacia la pileta, la canilla: simple, tenía sed; inmediatamente busqué en el placard un jarrito de plástico color naranja y un platito cóncavo del mismo material y color; llené el jarro con agua, puse alimento en el plato y deposité ambos en el piso junto a la pared, donde permanecieron hasta hace hoy (26) un mes (¿Un segundo? ¿Un siglo?); sólo el del agua tuve que cambiárselo tiempo después por uno más grande porque, efectivamente, ¡tomaba mucha agua! No comió, pero casi vació el jarrito; después de llenarlo nuevamente bajo su atenta mirada, coloqué su cajoncito con colchón y sábana, frente al calefactor del pasillo, entonces, muy despacito vino caminando, se metió en él, dio las consabidas “vueltas del perro para echarse”, se hizo un bollito redondito y, por primera vez escuché el sonido de “su voz”: un profundo suspiro de satisfacción: había llegado a SU casa, ya no 33


estaba más sola, se sentía segura, protegida y amada y se durmió profundamente (ese mismo suspiro se repitió cientos de miles de veces a lo largo de estos años, cada vez que me comunicaba su amor, su paz, su felicidad, su tranquilidad, etc., etc., etc.). Recién entonces, cuando me senté en mi silla de siempre en el comedor diario, desde donde podía verla en el pasillo, tomé conciencia plena de que mi vida, en menos tiempo del que demora un parpadeo, había cambiado radicalmente: yo tampoco estaba ya sola, ¡tenía con quién compartirla! ¡Tenía alguien de quien ocuparme y preocuparme! Y también vi claramente que esa patada en el medio del pecho, no sólo había abierto mi corazón, sino que lo había llenado de luz, lo había ocupado por derecho propio con el AMOR más puro, sincero e incondicional que jamás he sentido. Como así también supe, no imaginé, no supuse, ni desee, supe que todos esos pensamientos y sentimientos míos, eran también los de ella; lo que no supe, ni imaginé, ni supuse, fue la forma y medida en las que se desarrollaron e incrementaron sin cesar con el paso del tiempo. Luego de un rato –no sé cuán largo- escuché un ruidito (yo estaba viendo tele), miré hacia su cajoncito: el ruidito lo producían sus patitas firmemente extendidas y apoyadas contra la madera; estaba en un despacioso proceso de desperezamiento, terminado el cual, se paró, pegó una sacudida y ¡me descubrió!; su larga, finita y siempre dura colita comenzó a sacudirse a toda velocidad (primera muestra de una manifestación más de amor, una más de las tantas que se repetirían incansablemente a lo largo de estos años; motivo por el que yo siempre decía que su colita era “a resorte”); sin pararme, me agaché, estiré los brazos y la llamé; estableciendo y decretando por primera vez en voz alta, el lazo que nos uniría para siempre: ¡ Mi amor, venga con MAMÁ! Vino corriendo, la levanté en brazos, la puse sobre mi falda y, mientras la acariciaba, comencé a investigarla y descubrir cada partecita de su cuerpo, como lo hace una madre primeriza con su bebé recién nacido: era chiquita y flaquita; su pelito corto, muy suave y brillante, negro azabache, excepto: la parte interna de sus siempre erguidas orejitas; los arcos superciliares a ambos lados del tabique nasal, ambos en idéntico sitio y tamaño; los laterales de su trompita, bajando por su cuello hasta el centro del pecho; todo su pechito; las dos manitos y la parte inferior de los bracitos; las dos patitas hasta la rodilla y la parte inferior del muslo hasta la cadera; y la parte interna o inferior (abajo) de su colita; todas ellas de un color que yo en ese momento denominé “marrón clarito” (luego el veterinario, al asentar sus características en su historia clínica, coloco: COLOR: negro y FUEGO). También observé que exactamente al final del cuello, entre las dos clavículas, tenía una manchita blanca que separaba el “fuego” del cuello del negro entre ambos hombros y que remataba en una exacta V que comenzaba a los lados de cada ojazo y terminaba allí; también eran blancos los pelitos de las puntas de sus dos patitas; sus uñas eran largas, duras y muy negras (nunca se las pudieron cortar). Finalizado el minucioso estudio de su exterior (¡Ah!, la pancita estaba totalmente libre de pelo y tenía una piel muy suave y rosada), el resultado dio un cuerpito chiquito, con patitas, cabecita, orejitas y colita perfectamente proporcionados a su tamaño; o sea, a mis ojos, mi tacto y mi corazón … ¡ERA HERMOSA!, y con el correr de los días, los meses y los años fui viendo y comprobando diariamente la ¡INMENSA BELLEZA que guardaba en su interior! La puse en el suelo, le mostré el lugar de la cocina donde estaban su comida y su agua y nunca más tuve que indicárselos, inmediatamente supo que allí siempre y cada vez que lo deseara, encontraría alimento y agua siempre limpia y fresca. Primero tomó agua (moviendo la colita) y después, con su naricita hizo un minucioso estudio del contenido del platito (estudio que realizó del mismo meticuloso modo, cada vez que comió, fuese el alimento que fuese, cada día de su vida a mi lado), cuando comprobó 34


que lo que había era bueno y le gustaba, comenzó a comer: tomaba con la boca granito por granito, de a uno por bocado, levantaba la cabecita, la tiraba un poquito hacia atrás y crash, crash, crash… lo masticaba, tragaba y tomaba otro (con el crecimiento iría variando el modo de comer el balanceado, que te contaré cuando sea oportuno); cuando estuvo satisfecha, volvió a tomar agua (nuevo agitar de colita), se sacudió y sin más consideraciones de ella, ni palabras mías, en silencio caminó hacia su “camita”, dio las consabidas vueltas, se hizo un bollito, profirió su profundo suspiro y se durmió “panza llena, corazón contento”. Yo: miré tele, cené, lavé, sequé y guardé todo lo utilizado; todo absolutamente normal, pero también absolutamente intrascendente. Lo que sí es relevante, real y hermoso es que, yo en mi silla, ella en el pasillo y sin siquiera mirarla, por primera vez en mucho tiempo, me sentí total y definitivamente acompañada y amada; la enfermedad, los dolores, sufrimientos, preocupaciones, miedos, angustias … quedaron totalmente anestesiados; de golpe y como tocada por la varita de un hada o de un mago, me sentí ¡plena y feliz! Claro que la enfermedad (en realidad dos, sólo que de una yo aún no tomaba conciencia), preocupaciones, angustias … sólo “durmieron” el tiempo que dura una anestesia y se “despertaron muy fortalecidas, se ve que el descanso les había hecho bien; pero los miedos, la soledad, la falta de afecto, huyeron despavoridos y durante todos estos años no se atrevieron ni a asomar la nariz por aquí, ¡su presencia los había ahuyentado, los echó para ocupar ella esos espacios y colmarlos con amor, calidez y ternura! Llegó la hora de ir a dormir y tenía que apagar el calefactor, entonces fui a buscar una frazada chica, la doblé en dos, la coloqué en el piso al lado de la puerta del dormitorio chico desde donde ella podía verme en la cama, puse el cajoncito sobre una mitad y con la otra mitad la tapé a ella que, con su cabecita levantada seguía cada uno de mis movimientos. Cuando me acosté, me miró y metió también la cabecita debajo de la frazada (así dormiría siempre de ahí en adelante, totalmente tapada); abrí el libro que estaba leyendo entonces, pero no me pude concentrar porque comenzaron a asaltarme los clásicos miedos de toda “madre primeriza” con “el bebé” en casa: ¿Y si se despierta, desconoce y llora y yo no la escucho? ¿Y si le entra mucho frío por debajo de la puerta del patio? ¿Y si se asfixia al tener la cabeza tapada? ¿Y si …?, finalmente me levanté, alcé todo junto: frazada y cajoncito con Mími adentro y lo puse de la misma forma al lado de mi cama; con la cabecita asomando fuera de la frazada siguió toda la operación sin inmutarse, esperó a que yo volviera a acostarme y se sumergió nuevamente debajo de la frazada suspiro profundo de por medio, se acomodó y casi inmediatamente el pausado, suave y rítmico sube y baja de la manta, me indicó que dormía tranquila, calentita, segura y profundamente. Apagué la luz y también me dormí, segura de que si algo sucedía, la iba a escuchar; a la madrugada, como siempre, tuve que levantarme al baño, ella siguió durmiendo, sólo que ya no estaba hecha un bollito, sino que se había puesto de costado, estirada cuan larga era (no alcanzaba a ocupar todo el ancho del cajoncito, repito de frutillas, así que imaginate lo chiquita que era), no se había destapado y ni se enteró de mis movimientos. Al despertar, el sol ya iluminaba el día, me volví para encender la luz y escuché un ruidito: al mirarla, estaba sentadita con la frazada a modo de capa, mirándome y cuando me senté en la cama –pensando ¡qué maravilla, durmió toda la noche!- comenzó a moverse la frazada al ritmo en que ella agitaba su colita aún tapada. Primer despertar juntas: ¡Hola mi amor, cosita bonita ¿cómo ha dormido mi chiquita?! Colita a mayor velocidad, ojitos que brillaban alegres, felices; salió del cajoncito, dio vuelta a la cama y se paró en sus dos patitas, apoyando las manitos contra el colchón y la colita “a resorte” funcionando a pleno; la levanté y la puse sobre mis piernas … allí comenzó un ritual de mimos, caricias, gestos, movimientos, besos mutuos que se repetiría incansablemente todos y cada uno de los despertares 35


matutinos y siesteros de cada día que compartimos (excepto los 14 que yo estuve internada) al que, a los pocos días se incorporaría también el ritual “mimosístico” nocturno, antes de acomodarnos para dormir. Los besos: son un tema digno de relatar. Los besos eran de ella hacia mí y, por supuesto, esa primera mañana consistían en pasarme la lengüita por toda la cara –cosa que a mí nunca me gustó, ni con ella, ni con ningún perro, mío o ajeno; no por asco, si no por sensación-, entonces le dije: “¡Ay, Mími, qué ricos besos, pero así no, me llenás de baba toda la cara! ¡Aquí, aquí en la punta de la nariz (señalándosela con el dedo)!, todo riéndome… comenzó a hacerlo así y nunca más tuve que repetírselo. A partir de ese instante y para siempre, fuesen espontáneos o pedidos por mí (¡Besito a mamá!), eran una suave y repetida caricia de su tibia lengüita en la punta de mi nariz, que se mantenía hasta que yo retirara la cara. Ya de más grande, si habíamos estado “peleadas” o ella estaba resentida o empacada por algo, si se lo pedía ¡no me lo daba aunque se lo suplicara! En cambio, a S, la vecina –con la que se adoraban-, cuando se sentaba le saltaba sobre la falda ¡y le lavaba la cara a lengüetazos! Con T –después de haberle tomado confianza- hizo un único intento, ella le dijo que no, y nunca más volvió a intentarlo; es decir, que sin necesidad de insistir en enseñarle, ella sola sabía de qué forma tenía que besar a cada quien. Yo sólo la besé en dos ocasiones diferentes, pero te las contaré donde correspondan en el devenir de esta historia. Al levantarme; ¡Descubrimiento!: No había dormido toda la noche como yo había pensado; prueba de ello: varios charquitos de pis en varios ambientes, una caquita, faltaba comida en el platito y el jarrito de agua estaba casi vacío; conclusión: no sólo, en plena oscuridad, reconocía toda la casa como si estuviera en ella desde siempre, sino que también era sumamente silenciosa ya que yo no la escuché para nada (y no vayamos a decir que soy un “tronco” para dormir, más vale todo lo contrario, me despierta el zumbido de un mosquito a media cuadra de distancia); además tenía la habilidad de volver a su “cuchita” y ¡taparse sola con la frazada! Ese silencioso deambular nocturno se mantuvo toda su vida, excepto si escuchaba algún ruido y me ponía en alerta, despertándome con sus gruñidos y ladridos; y su habilidad, cuando ya tuvo el tamaño y la fuerza en las patitas (muy pronto) como para subirse sola a la cama, se desarrollaría aún más por sí sola: con su trompita iba levantando el cubrecama y las frazadas o únicamente la sábana en verano, hasta que lograba meterse abajo (siempre tuvo que dormir tapada –al igual que yo- así hiciesen 40 grados de calor) y allí se acomodaba y dormía plácidamente ; incluso, cuando ya fue un poco más grande, y sobre todo desde mi fractura, ella ocupaba más cama que yo. Le causaba un enorme placer y satisfacción hacer ese trabajo inmediatamente después de tendida la cama y cuando nadie la veía (lo disfrutaba aún más cuando se lo hacía a T, quien al descubrirla, en broma la retaba y ella le contestaba con su colita golpeando sobre el colchón rítmicamente, pero sin asomar la cabeza, como diciéndole: ¡Qué me importa. Yo estoy en mi casa y hago lo que quiero porque mi mamá me deja! Con mi tercer –y último- yeso, pude empezar a levantarme y allí empezó un nuevo y hermoso juego: T tendía la cama, tres veces por semana para asear los pisos, barría y luego pasaba el lampaso y, para que no le desarmara la cama, se lo cruzaba en la puerta del dormitorio. No supimos nunca por qué la Mími le tenía odio y terror a ese “artefacto”, la cosa es que, desde la primera vez que lo vio, si T se lo agitaba en el piso delante de ella, reculando lo gruñía, lo ladraba y le tiraba tarascones (quizás creería que era otro perro); y cuando se lo cruzaba, a propósito, en la puerta del dormitorio, mi iba a buscar al comedor diario y con un ¡ íííííí´, ouf, grrrr! La “acusaba” y solicitaba mi ayuda, enfilaba hacia el pasillo y con ladridos me obligaba a seguirla, entonces yo “muy seria”: ¿Qué pasa mamita, qué te está haciendo esta mala mujer? –mientras yo la seguía-; al enfrentar el cuadro, me miraba, ladraba al lampaso y en su “lenguaje”: ¡Mirá, mirá, no me deja entrar!” – “T, sacá eso de ahí (o lo sacaba yo)¡qué mala sos! ¡Pobrecita; entrá mamita, entrá!”-. Velozmente subía a la cama y arremetía; no sólo levantaba las colchas, si no que hasta con las manitos se ayudaba para desarmarla lo más posible; se metía, pero no se acomodaba para dormir, se quedaba con la 36


cabecita bien levantada, toda tapada y con un silencioso pero clarísimo mensaje para T: ¡¿Ves?, este lugar es mío y vos no SOS quién para prohibirme nada, porque mi mamá me deja! Más de una vez, cuando yo volvía al comedor diario, ella se volvía detrás de mí, total ¡ya se había dado el gusto de marcar su territorio y sus privilegios! Como otro ejemplo: en ocasión del último mundial de futbol, un partido que Argentina jugó a primera hora de la tarde, el televisor seguía en el dormitorio porque era muy pesado y no lo podíamos traer con T de vuelta al comedor diario; llegado el inicio del partido nos instalamos en la pieza, yo en una silla y T se sentó en la cama del lado izquierdo –o sea el que siempre ocupaba mi nena-; sería muy largo de detallar todo lo que la Mími hizo en movimientos, gestos, miradas, rezongos; la fue obligando a correrse cada vez más hacia los pies de la cama, cuando ya la tuvo ahí, con un suave golpecito de la trompa, la hizo parar. Final: T sentada en el sillón del dormitorio y la Mími cómodamente estirada, fuera de las colchas, del lado izquierdo de la cama: el suyo y que sólo compartía conmigo. Era un juego, nos divertía y lo disfrutábamos mucho las tres y duró hasta que yo retomé las tareas de la casa y ya no volví a usar el lampazo, porque nunca me gustó, pero se mantuvo con algunas modificaciones: todos los días, mientras yo tendía la cama, ella iba girando detrás de mí de lado a lado y, cuando terminaba, ella esperaba que, con golpecitos de la mano sobre el colchón, le daba permiso para que se subiera; a veces se metía, otras no; pero los días sábado en que yo –indefectiblemente- cambio las sábanas, esperaba a que terminara y le diera el permiso, subía pero, yo le tenía que levantar las cobijas y taparla prolijamente: sabía que ese día era el de la limpieza profunda de toda la casa y esa actitud era su silenciosa manifestación de amor, respeto y agradecimiento. Nunca nadie le enseñó, ni la “amaestró”, ni le dijo repetitivamente que hiciera tal o cual cosa … ¡Su inmensa inteligencia era innata, natural, espontánea; nacía en su mente al mismo tiempo que en su corazón! Y era claramente entendible, no sólo para mí, sino también para todos aquellos que –en mayor o menor medida- compartieron algunos o todos los días de su vida (La habilidad arriba mencionada, motivó que mi hermoso cubrecama de raso fuera guardado en el placard –lo enganchaba con las uñas- al tercer día de su llegada aquí, y que volví a colocar el 28/09/07, como un desesperado intento más de poder ir a acostarme con un poquito menos de dolor, sola en una cama que ¡es muy grande, fría y vacía! El cubrecama ya no me parece hermoso –aunque, de hecho, sigue siéndolo- y tampoco cumplió con la finalidad del intento hasta el día de hoy). Volvamos a aquella primera mañana juntas. Mientras yo me higienizaba, preparaba el desayuno … ella me seguía e iba observando cada uno de mis movimientos (solita iba conociendo e incorporando los rituales cotidianos); cuando me senté a desayunar –sin que la llamara- vino y se sentó contra la pared, al lado de la puerta (otro sitio que quedó registrado como suyo para siempre; asociado a mis comidas o a las de ambas en ocasiones)y desde allí me miraba fijamente; no hubo movimientos o gestos que manifestaran pedido, sólo su mirada fija en mí; le pregunté: “¿Querés esto?”, no le mostré nada; no hubo “respuesta”, sólo sus ojitos … entonces, corté un pedacito de una galletita de agua de las que yo estaba comiendo y, estirando el brazo, se lo acerqué, entre los dedos; se paró muy despacito, acercó la naricita e hizo una minuciosa “investigación” olfativa (si hubiera tenido una lupa, creo que la hubiera usado) y luego, muy suavemente, lo tomó con la boca sin arrebatármelo (jamás lo haría; cualquiera podría haberle dado esos bocaditos con toda tranquilidad, sin temor de que ella fuera a morderle los dedos. Pero ella sólo tomaría, de allí en adelante, alimentos únicamente de mí mano, de nadie más); lo sostuvo en la boca hasta que le tomó el sabor: ¡Era rico!, recién entonces lo masticó y tragó. Se sentó más cerca de mí y se quedó esperando, NO PIDIENDO (Nunca molestó, ni a mí ni a nadie que comiera conmigo; se sentaba y esperaba; únicamente si yo se lo ofrecía entre mis dedos, o luego T le tiraba al piso –tenía “miedo” de darle en la boca-, comía; cuando yo le decía basta, no hay más, daba media vuelta y se iba; en medio de la cocina se paraba, se daba 37


vuelta y me miraba por las dudas hubiera otro pedacito –con “artística” mirada de dando lástima-, si no seguía su rumbo a la cama). Si lo que se estaba comiendo no era apto para ella, con la simple explicación: “No Mími, esto hace mal a pancita voch- (lenguaje utilizado por mí, perfectamente entendido por ella y siempre respondido con su colita), era suficiente para que se quedara contenta con su alimento y se fuera a dormir. Le di dos o tres pedacitos más –que comía saboreándolos-, pero con su naricita olfateando hacia arriba, percibiendo aromas que no sentía en su boca; por lo que, al siguiente pedacito le unté un poquito de manteca: minuciosa investigación olfativa y ¡adentro! ¡Qué exquisitez!; luego de algunos así, vino la prueba con el agregado de un poquito de mermelada: “rico si, pero… ¡igual a la madre!: lo salado sí, lo dulce poco y nada”. Lo dulce no, la leche no, la manteca – luego también el queso- sí… ¡era mi hija! Esos desayunos y meriendas –ya más grandecita- por voluntad propia y otro tipo de alimentación, los dejó y sólo esporádicamente, a la tarde, me acompañaba con algunos pedacitos de galletas con manteca. Me vestí y salí a comprarle más alimento, previa inauguración de otra costumbre que se mantendría para siempre: explicarle, antes de salir, el motivo y si me iba a demorar poco o mucho. Ya de más grande la explicación tenía que ser dada la noche anterior a la salida, y todavía más después de mis catorce días de ausencia; si no lo hacía así, cuando ponía la ropa sobre la cama, ella se acostaba arriba y trataba por todos los medios, no dejarme vestir; y una vez que yo lograba ponerme la ropa, con las manitos o con los dientes trataba de tironeármela, protestando permanentemente: ¡Mami, no te vayas, no me dejes!; pero finalmente se metía adentro de la cama porque sabía que yo iba a volver. Nunca lloró ni me siguió hasta la puerta, ni tuve que retarla. La noche previa a mi internación, me siguió paso a paso, observándome preparar el bolso y, mientras lo hacía, le fui explicando –detenida y pausadamente- qué y por qué lo hacía, repitiéndole muchas veces que mamá estaba muy enferma, que sola no se podía curar y por eso iba a buscar ayuda y… que se iba a demorar mucho en volver, no sabía cuánto, pero que ella tenía que estar tranquila porque T la iba a cuidar y MAMÁ IBA A VOLVER. Esa noche durmió más pegadita a mí que nunca. Por la mañana, cuando llegó T a buscarme, ella salió a saludarla como todos los días e inmediatamente se metió bajo las colchas. No hubo despedida, a pesar de que era la primera vez en años que nos separábamos; ambas sabíamos que no importaba el tiempo … volveríamos a estar juntas y BIEN. Me fui el viernes 21 de abril a las 7 horas y catorce días después, volví a entrar en mi casa al mediodía. En cada uno de los días de visita de esos catorce, mi primea pregunta fue siempre la misma: ¿Y la Mími, cómo está la Mími? T me contaba que venía a casa a eso de las diez de la mañana y la Mími salía del dormitorio contenta a recibirla; que comía bien; que sí, hacía pis adentro (lógico porque no podía salir al patio durante la noche); que algunas veces la habían sacado a pasear con la vecina… A eso de las dos de la tarde T se iba a su casa (vive a cinco cuadras) y volvía a las 19 horas para quedarse con ella hasta las 22 horas en que venía a buscarla el marido con el que la Mími mantuvo una “idílica” relación,( un romance con escenas dignas de las mejores películas románticas y almibaradas de los años ´40), se quedaban un rato con ella, jugaban con la pelotita y, al irse, ella los miraba con ojitos tristes desde el pasillo y –sin un solo lamento- daba media vuelta y se metía al dormitorio:”Sí, ya sé que me tengo que quedar sola otra noche más, pero no me importa porque mi mamá va a volver”. Es decir que todo estaba dentro de lo “normal”, dada la situación. Sólo hubo dos hechos dignos de destacar: 1) Una mañana, al entrar, T se llevó un gran susto porque al levantar la persiana del comedor, vio en el piso –hecho añicos- un cenicero de vidrio que estaba sobre la mesa del lado de la ventana y toda esa punta de la mesa llena de las huellas de las patitas de la Mími, que sólo apareció cuando T la llamó; estaba bien, pero como con miedo de que la retara, cosa que T no hizo, al contrario, la tranquilizó. No tengo dudas de que esa noche “algo” sucedió y era peligroso; 38


con su acción –que sé, debe haber sido acompañada de frenéticos e interminables ladridos- evitó que ese “algo” pasara; y fue una manifestación más de la “misión” que ella asumió desde siempre: ¡cuidarme!! De más está decir que nunca antes y nunca después de esa noche, de la que sólo ella supo qué pasó y no podía contarlo, se subió a la mesa; como tampoco antes, después ni nunca rompió absolutamente nada. Toda ella –desde el primero hasta el último día-, sus movimientos, gestos, mimos, besitos, juegos, modos…, fue una espontánea y bellísima demostración de suavidad, delicadeza… exquisita “femineidad”. 2) El segundo domingo de mi internación, a la mañana, vino L (el marido de T) a abrir las persianas y la sacó a pasear un rato; al volver, le dio mucha lástima dejarla solita y, sin más, la subió a la Trafic y se la llevó con él al departamento. Cuando abrió la puerta, T casi se cae de traste: ¡la primera que entró fue la Mími! El depto. es muy chiquito así que la inspección fue rápida, pero … de pronto, T la buscó y no la encontró donde se suponía que debía estar … ¡La “señorita” estaba cómodamente instalada sobre la cama! Después comió asado que preparó L; finalizado el almuerzo la bajaron hasta la vereda (ellos viven en un 4º piso), hizo sus necesidades y al subir nuevamente T se puso a lavar los platos; al rato le llamó la atención el silencio reinante, por lo que se asomó y se encontró con el siguiente cuadro: L acostado, dormía plácidamente la siesta … con la Mími entre los brazos y acomodada en el hueco de la panza de él; al verla a T, levantó la cabecita y la miró como diciéndole; (según T y yo creo que sí) ¡A ver, vení y sacame de aquí! La cosa es que los tres durmieron la siesta juntos; y cuando ellos salieron para ir a visitarme a mí, de paso la dejaron a ella en casa, donde entró tranquilamente (yo supongo que contenta por haber pasado un domingo acompañada y diferente); a la noche volvieron a verla y todo estaba en orden y normal. Me acabo de acordar de un 3er. hecho relacionado con el tema “propiedad de la cama”: Una siesta T se quedó en casa y, al terminar de almorzar y lavar los utensilios, se acostó en mi cama del lado que yo ocupo; inmediatamente la Mími se levantó, salió del dormitorio y se fue a dormir a un sillón del living (el mismo que fue su “cuchita diurna” y que había escogido por sí misma al poco tiempo de llegar a casa), el mensaje: “¡Yo sólo comparto esa cama con mi mamá! En el negocio donde compré el alimento, también tenían todo tipo de accesorios para mascotas; juguetes, arneses, collares, correas, etc.; sin dudarlo, elegí un collar estampado y una correa color verde, ambos de un material de una mezcla de tela con nylon, muy resistente y ¡bonita! Y se lo traje. Al llegar a casa –evidentemente cuando escuchó el ruido de la llave en la puerta- vino a recibirme; no ladró ni hizo ruido alguno (ya sabía que era yo), y apenas se abrió unos centímetros la puerta, lo primero que apareció fue su trompita, empujándola para que se abriera más rápido y yo entrara; y fue así porque de ahí en más, cada regreso mío –luego de poca o mucha ausencia mía-, se repitió de la misma forma: su trompita empujando la puerta y al entrar –sin esperar a que la cerrara- era una explosión de júbilo: saltaba sobre sus cuatro patitas como sobre una cama de resortes (de más grande alcanzaba la altura de mi pecho), gimiendo de alegría, ladrando … hasta que la levantaba en brazos: besitos en la punta de mi nariz, sus manitos trepando por mi pecho y … ojitos: ¡Mami, volviste!, colita a resorte; mimos, caricias, ¡Hola mi amor! ¡Sí, mamá volvió!, hasta que se calmaba. Con el crecimiento, ya no tenía que alzarla; se subía al sofá, yo cerraba la puerta e inmediatamente tenía que dejar todo lo que traía en las manos, inclinarme y ella, con sus manitos en mi pecho, se retorcía de alegría, me besaba, gruñiditos de placer y también el “olisqueo” para descubrir otros olores en mí y en las cosas que pudiera traer –todo tenía que saberlo, todo tenía que pasar por su curiosa y controladora naricita-; lógicamente mis caricias y palabras de amor. El Amor: en mí: mi voz y mis manos; en ella: su cuerpito entero, su lengüita en besos y SUS OJOS: dos grandes, redondos, negros, brillantes … claros, transparentes diccionarios de palabras sin sonido. Claro está que el regreso más importante –por lo prolongado de la ausencia- fue el de mi vuelta de la internación; al abrir la puerta, no asomó su trompita … estaba parada en medio del living en una clarísima actitud de expectativa … sabía que no era T, pero no 39


ladró y además era mucho más tarde del horario habitual de su llegada; tampoco T le había anticipado nada porque tampoco ella sabía nada. Entre paréntesis te cuento. (Ese día, a las 7 horas, horario de la primera medicación en enfermería, hablé con el Jefe de Guardia y le comuniqué mi deseo de volver a casa; interiormente yo sentía y sabía que ya estaba lista para retomar las riendas de mi vida. Él me dijo que tenía que esperar a que llegara mí médico, quien debía autorizar o no mi salida; yo lo sabía, pero también sabía que, al haber ingresado voluntariamente, cuando yo quisiera podía pedir la salida y quedaba a criterio del médico y de quien había firmado como responsable por mí (T) y, sólo si mi estado no era lo suficientemente adecuado, el doctor me lo podía negar, fundamentándolo fehacientemente por escrito en mi historia clínica y, previa lectura, la negación debía firmarla T -¡aprendí tantas cosas en ese lugar!-; después de desayunar, fui a la habitación, armé mis “petates” y esperé. A las 9 de la mañana el médico no aparecía, por lo que fui a enfermería y le pedí al Jefe que me permitiera llamar por teléfono a T para que me fuera a buscar –sólo permitían llamadas si la razón era absolutamente imprescindible-; él inicialmente se negó porque el médico no daba señales de vida y, por lo tanto, todavía no había autorización. Pero mi resolución ya estaba tomada y tanto él como yo sabíamos que, ni con la policía me podían retener, como tampoco ir a buscarme a mi casa, porque al ser voluntaria, si lo hacían, iban contra la Ley por lo que tanto yo como T, podíamos iniciar una demanda penal. Trató de convencerme para que esperara el horario de visita –ese día a partir de las 16 horas-; no acepté y nuevamente le expliqué mis motivos – él me había recibido, él me había visto cada uno de los 14 días, él había podido observar y evaluar mi evolución y comportamiento y le era más que evidente mi capacidad mental-, accedió a mi pedido. A las 10,30 T estaba allá -¡sorprendidísima y alegre!, pero también temerosa y con muchas dudas (por ella, no por mí)-. A las 11,30 el médico, el psiquiatra y demás deudos … ¡brillaban por su ausencia! –algo totalmente habitual y cotidiano en el internado, no así en los consultorios externos-; por lo que fui nuevamente al Jefe de Enfermería y directamente le exigí que consiguiera la autorización, que no me importaba quién la firmaba, pero, si él quería que yo me fuera tranquila y también él quedarse en paz, me la consiguiera porque yo me iba a como diere lugar y, él tendría que dar muchas explicaciones después –lo que no le convenía en absoluto, por supuesto-. A los pocos minutos apareció en la puerta de la habitación, me dijo que llevara mis cosas y esperara en el hall de entrada, donde están los consultorios externos –o sea: ¡la libertad!-. Luego de una muy emotiva despedida de mis compañeras de internación y de saludar a todo el personal me abrieron el candado que cerraba la reja de la entrada al internado (las personas –mujeres- que estábamos allí, no éramos delincuentes ¡éramos enfermas!... pero), luego el policía de guardia –de custodia permanente- con su llave, abrió la puerta que daba al hall central. Allí nos sentamos con T y al ratito, una voz femenina, gritó mi apellido desde el interior de uno de los consultorios; al entrar nos encontramos con una persona absolutamente desconocida –ni T ni yo la habíamos visto nunca-, luego, al firmar lo escrito en mi historia clínica, supimos que era psicóloga y asistente social, quien –después de un amplio interrogatorio a ambas- leyó lo que había ido escribiendo, dejando asentada la recomendación de volver a los diez días para control y seguimiento –cosa que hice y en dos oportunidades más- , solicitó nuestra aprobación y acuerdo; firmó, firmamos y … ¡volví a la vida con un cabal conocimiento y conciencia de la tarea que emprendía!). Pasadas las 13,30, reingresé en nuestra casa, su actitud expectante era una mezcla de: saber que era yo, pero … ¿y si no?; anhelo de que fuera yo, pero … ¿y si no? Al vernos mutuamente fue una ¡explosión de júbilo, llantos, regocijo, tranquilidad, seguridad, confianza, AMOR! La espera había llegado a su fin; el regreso era seguro y “sabidamente” definitivo. Ese nuevo encuentro fue aún más intenso que el primero; el regreso más largamente festejado, como para equilibrar lo prolongado de la ausencia. Se produjo una reconfirmación: la comunión de dos seres y dos almas que necesitaban y deseaban desde lo más profundo, estar definitivamente unidas, desde siempre y para siempre. (¡Qué hermoso fue saber, cuánta plenitud hizo 40


sentir que mis regresos siempre eran esperados, anhelados y celebrados! Recuerdo que desde mi estadía en el Sur y hasta el accidente, no había vuelto a sentir ni a vivir esa maravillosa sensación de saberme felizmente esperada en mi casa –ni aún en el tiempo en que “teóricamente” estuve acompañada). Con ella en brazos entré a la cocina y le mostré lo que le había comprado; olió la correa, pero no le dio mucha bolilla (más adelante sabría por qué); sí era muy importante la bolsa con comida. La bajé al piso y por el pasillo me fui al patio; al abrir la puerta, ella, que iba detrás de mí, hizo su segundo descubrimiento: ¡El Patio!; pasó entre mis piernas, deslumbrada por el sol y la novedad; sin ningún tipo de indicación de mi parte, se fue derechito al cantero del fondo; previa investigación olfativa, se metió en él y sobre una planta de aloe vera ubicada hacia el extremo de la medianera con tu ex vivienda cordobesa, depositó su primera y abundante meada exterior; lugar que desde ese momento se convirtió en su baño para hacer pis (obviamente la planta se terminó secando); después elegiría como baño para caca, el pasillo de la puerta de servicio y, si llovía, debajo de la mesita que está bajo la ventana de la cocina (¡¿Qué necesidad había de mojarse, teniendo techitos?!) El resto de la mañana transcurrió sin mayores novedades, ella –como muy bebé que era- durmió en su cajoncito frente al calefactor (siempre fue muy dormilona … como su mamá), yo realicé las tareas de la casa habituales; almorzamos –cada una su comida- y luego nos fuimos a dormir la siesta (otra vez toda su “cama” al dormitorio). A las 18 horas llegó mi fisioterapeuta, con la que también existía un vínculo de amistad ya que era hermana de S –ex compañera y amiga (aún)- de Vialidad; venía acompañada por su esposo J, también ex compañero vial. Cuando comencé el tratamiento de rehabilitación por la polineuritis (era sólo un placebo, no detendría ni curaría la enfermedad), ella venía todas las tardes de lunes a viernes, la traía J en el auto y allí se quedaba esperándola; pero una tarde en que llovía y había refrescado mucho – era abril-, le dije a J que entrara en casa para que no tomara frío en el auto; al principio la esperaba en el living, luego, al ir tomando mutua confianza, se instalaba en el comedor diario a ver tele y, finalizada la sesión (1 hora), los tres –a veces también la vecina- tomábamos un café, charlábamos un rato y se iban; así se fue consolidando algo que yo creí (y hasta bastante tiempo después) era una linda amistad (se terminaría bruscamente cuando –como de costumbre, tarde- caí en la cuenta que él me había estafado … esa es otra historia. No los volví a ver, ni a mi “amiga” S tampoco). Por lo que al entrar esa tarde, se encontraron con una nueva habitante y la Mími con … ¡los primeros desconocidos! Obviamente comenzaron las preguntas, respuestas e intentos de acercamiento de ellos que, sistemáticamente, fueron rechazados por ella, siempre paradita detrás de mis piernas, respondiendo a sus llamados e intentos de caricias con ladridos y gruñidos y en sus ojitos: ¡Mami cuidado-cuidame! ¿Quiénes son estos? Para tranquilizarla, mientras yo le iba explicando, con A (la fisioterapeuta) fuimos al dormitorio chico; J se fue a mirar televisión y ella se instaló, sentadita en medio del pasillo, frente a la puerta del dormitorio, desde donde no perdía detalle ni de uno solo de nuestros movimientos (masajes, ejercicios) y sus orejitas –cual antenas parabólicas- controlaban en alerta permanente a J. Cuando nos sentamos a tomar el café, la levanté y senté en mi falda; ella se ubicó como una participante más de la tertulia, no perdiéndose ni una sílaba de lo que se hablaba (actitud que mantendría por siempre; sentada en mi falda o –si la conversación se prolongaba mucho y la/las persona/as era de su confianza- apoyaba la cabecita sobre la mesa para estar más cómoda; y si no le interesaba lo que se hablaba, yo la tenía que abrazar y ella escondía la cabecita debajo de mi brazo izquierdo y se “dormía”-. Cuando creció –de edad, no de tamaño que no aumentó casi nada-, tuvo su propia silla (sólo de ella) y allí se hacía un bollito y dormida, pero siempre alerta, integraba la reunión. Lógicamente el tema de conversación esa tarde, era ella y –entre otras cosas- yo comenté que tenía que buscar un veterinario porque, dadas las condiciones en que fue encontrada y la poca información que poseía yo, quería saber si estaba sanita, que le pusieran las vacunas necesarias, etc., etc.; resumiendo: 41


quería que tuviera todo lo mejor que yo pudiera darle; por lo que J me ofreció llevarme a un veterinario amigo suyo del que me garantizaba su excelente profesionalismo y sensibilidad, ya que –además- lo conocían mucho porque era algo así como un maestro consejero del hijo mayor de ellos, que por ese entonces, estudiaba Veterinaria en la Universidad de Río IV. Inmediatamente combinamos en que el miércoles no haríamos la sesión con A y él en el auto nos llevaría a la veterinaria (si recordás, está ubicada frente a la rotonda del ala, donde comienza la Ruta 20 que va a Carlos Paz). Así fue que, a eso de las 18,30, la Mími hizo su primer viaje en auto y conoció a su primer médico. Aquí hago un paréntesis para contarte la relación de la Mími con los hombres desde que llegó a mi vida. El primero que conoció fue J; como ya te dije, al principio no le permitía acercarse a menos de 5 ó 6 pasos de distancia; ni soñar que llegara a tocarla. Con el correr del tiempo, el contacto y observación cotidianos, lentamente fue entrando en confianza, pero sólo cuando ella tuvo la certeza de que no le iba ni me iba a hacer daño, sólo entonces le permitió que se acercara y le hiciera una caricia, aún con cierto recelo; cuando estuvo totalmente segura de que podía confiar en él, le manifestó un cierto grado de afecto, pero hasta ahí; nunca tuvo con él grandes demostraciones ni de alegría al verlo, ni de amor total ¿Tal vez su “especialísima” intuición –instinto- sabía que poco tiempo después ese hombre iba a traicionar mi amistad? Al “mal nacido” que en aquella época oficiaba como mi médico de cabecera, nunca le permitió que la tocara; si me iba a tocar a mi, inmediatamente se interponía entre los dos, gruñéndole y mostrándole los dientes; si me tenía que auscultar, previamente yo la tenía que encerrar en otra habitación hasta que él se iba. La noche del día en que me fracturé el tobillo (en la que él diagnosticó una luxación de tobillo), la vecina S –a quien yo había llamado-, la tuvo que levantar en brazos y encerrarse en el comedor diario, porque no lo dejaba acercarse a la cama y si hubiera podido le hubiera clavado los dientes para defenderme. La segunda noche que vino -12 días después y en la que no le alcanzaban las manos para llamar a la ambulancia-; a pesar del dolor, yo la tuve que sujetar; y la tercera –y última- vez que vino (ya estaba T y lo “descubrió” – cuando se fue ella me contó la historia del “doctorcito”, casi pierde una pierna por su culpa- un criminal con título), para que el otro “mal nacido”, cómplice de fechorías con título de Traumatólogo, pudiera hacerme el yeso, T tuvo que encerrarla y durante todo el tiempo que duró el proceso (largo, porque primero me tuvo que sacar el que ya me habían puesto en el Sanatorio Francés -donde me envió en la ambulancia y donde me dieron la “grata” noticia de que a esa altura ya no se podía hacer nada con semejante fractura, 12 días después de producida; y que el primer “criminal consideró que no era el adecuado-; y luego hacerme el otro: desde la base de los dedos hasta la mitad del muslo y con una cantidad de rollos de venda que no puedo precisar; sólo sé que el peso no me permitía girar en la cama), ella no paró de ladrar ni un segundo y, cuando finalmente se fueron, T le abrió, vino disparando, saltó sobre la cama, me olfateó de punta a punta, me besó y se paró a mi lado con sus dos manitos sobre mi muslo y me miró diciéndome en sus ojitos: ¡Mami, ¿qué te hicieron?! Después se acostó, pegadita a mí y luego que T me llevó todo lo que yo pudiera necesitar durante la noche y se fue; ya de madrugada, cuando comenzó a vencerme el sueño y logré encontrar una posición más o menos aceptable para dormir, recién entonces ella se metió bajo las frazadas y –pegadita a mí- nos dormimos las dos. Cuando a la mañana siguiente llegó T, me despertó y me informó que no había tomado agua ni hecho pis, seguía pegadita a mí. Por primera vez no se había levantado en toda la noche, sólo lo hizo cuando T me llevó el desayuno. (Nuevamente: ¿Su “especial intuición” sabía qué clase de médicos eran? Lo que sí es una afirmación y no una pregunta es que con esa “especial intuición”, asumió la misión de cuidarme, acompañarme y protegerme … ¡La cumplió a raja tabla toda su vida a mi lado!) T, ya convenido el sueldo y sus tareas en una cita previa, llegó a trabajar por primera vez la mañana del 28/05/05; por lo que estaba presente la noche del cambio de yeso que te conté antes. Al ver la 42


“monstruosidad” que me habían hecho, sumada a su propia experiencia, consultó previamente con una amiga operada de cadera por un excelente traumatólogo y, esa mañana, me propuso traerlo, cosa que acepté de inmediato porque me enloquecía la idea de estar –como mínimo- 40 días con ese “mamotreto” en la pierna. A la noche del día siguiente entró en casa el Dr. P; la Mími le permitió llegar hasta mi dormitorio y que se sentara en una silla al lado de la cama, pero ella se ubicó sentadita a mi lado en una postura de tensa alerta, sin quitarle los ojos de encima mientras él miraba las radiografías. Cuando me destapé las piernas y ante la barbaridad que vio, hizo el lógico gesto de estirar la mano para tocar el yeso … no llegó a hacerlo, porque ella saltó sobre mí para morderlo; no lo logró dado que yo pude agarrarla en el aire y, abrazándola, la tranquilicé. ¡Jamás permitió que un hombre me tocara –fuere quien fuese- y, si había algún intento de acercamiento físico, ella se interponía gruñéndole, imponiendo una distancia que consideraba segura para mí! No conoció a muchos más hombres que entraran en casa. Con D C (el flaco de enfrente), estableció una relación cariñosa y le permitía que me tocara porque veía que de él me sostenía para ir al baño, era él quien todas las mañanas entraba a levantar las persianas y prepararme el desayuno y también me alcanzaba la comida que yo compraba por teléfono, antes que llegara T; pero cuando se rompió la relación (tema de otra historia), podía verlo y nunca más dio señales ni siquiera de conocerlo. La única excepción fue L, con el que mantuvo espaciados y románticos “momentos idílicos”; digamos que fue “su primer, único y gran AMOR masculino”. Esa particular relación con el “macho humano”, analizada desde la racionalidad humana, se podría interpretar quizás, como un resabio, un mal recuerdo de sus primeros meses de vida en los que pudiera haber recibido malos tratos de algún hombre, lo que justificaría que ella les tuviera miedo; pero no alcanza para explicar su permanente actitud de recelo y alerta para cuidarme y protegerme A MI, ofreciéndose siempre como guardiana y escudo. Nunca le hablé directamente a ella de FF, al que jamás vio, pero siempre escuchó mis conversaciones personales o telefónicas sobre él –desde muy chiquita-; por lo que yo sé que ella, con su increíble inteligencia, supo que a mí, un hombre me había hecho mucho daño. Juntó sus recuerdos (supuestos) a lo –claramente- entendido de mis conversaciones; relegó su instintivo miedo y dedicó su vida a preservarme de cualquier riesgo o peligro que esa “figura” pudiera ocasionarme, sabiendo –espontáneamente- qué “macho” y cuándo, se acercaba a mí para algo bueno. Con las mujeres su relación fue distinta, pero particular para cada una de ellas. Con S –la vecina- se relacionó con un afecto muy profundo, se adoraban mutuamente, pero, el día que eché a S de mi casa, ella presenció todo y, a partir de entonces, en las pocas ocasiones en que coincidíamos –nosotras en el jardín y S pasando por la vereda- nunca movió siquiera su colita en señal de reconocimiento o alegría; la veía pasar como a una perfecta desconocida; después de tantas lavadas de cara, de tantos mimos, de tantos juegos, fue sólo una extraña más. Con G establecieron una cordial y mutua indiferencia. De M E aceptaba que acaparara mi atención, pero cada vez que podía –sin molestar- hacía notar su presencia y, desde la primera vez que hizo el intento de subírsele a la falda y ella la rechazó, se conformaba con la breve caricia del saludo al llegar y no insistía en más. Con B se quisieron mucho, su presencia en casa los fines de semana era alegremente festejada; incluso en invierno, que casi no salíamos y nos quedábamos escuchando música y charlando, ella solía acurrucarse sobre su falda y, calentita y suavemente acariciada, se dormía plácidamente. La reconocía y aceptaba como mi par, por lo tanto la quería y su presencia no le molestaba; es más, las dos veces que la llevé conmigo a casa de B a pasar el domingo, al llegar –después de un intranquilo y largo viaje en taxi, en que como casi todo perro, se descomponía- , al verla se tranquilizaba y alegraba; ambos domingos, durante todo el día, se comportó como si estuviésemos en casa, a pesar de la

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presencia de los desconocidos padres y abuela de B. (Cuando se agudizó mi enfermedad, no volvió a verla más ). Con T fue muy especial: T le tenía terror a los perros porque había sido mordida por uno, por lo que nunca le permitió que se le subiera encima, tampoco que la besara o le pasara la lengüita por la mano o el brazo (¡le daba impresión!); pero sí la acariciaba. Mími los primeros días la escuchaba entrar, no le ladraba, se quedaba a mi lado esperando a que entrara al dormitorio y levantara la persiana, entonces le movía la colita en señal de bienvenida. Con el correr de los días observó y entendió que su llegada significaba cuidados y atenciones para mí; con esa seguridad, al escuchar la llave, saltaba de la cama y corría alegremente a recibirla, venía saltando con ella, se subía a la cama y comenzaba el ritual matutino del despertar que ya te conté. Con T incorporó la carne, los huesitos y ¡el pollo! a su alimentación. Luego de mucho insistir T con “pobrecita, esa cosa dura y seca que come” (el balanceado) y contrariando las indicaciones del veterinario (ferviente defensor de la teoría de que el alimento balanceado posee todos los nutrientes que el animal necesita, por lo que debe ser su único alimento) y también ante incipientes manifestaciones de que ya no la satisfacía tanto y estaba cansada de comer siempre lo mismo; “aflojé” y una mañana, cuando hacía la lista de compras para T, le dije que le comprara algunos huesitos con carne. T se los hizo a la plancha, le cortó la carne en trocitos y se lo dio en una bandejita de plástico descartable (su platito naranja se reservó siempre para el balanceado); luego de minuciosa investigación olfativa ¡se devoró la carne!, luego, con sus dos manitos agarró el huesito y lo royó hasta dejarlo blanco ¡Qué exquisitez! Lógicamente, a partir de ahí, el amor por T aumentó considerablemente (faltaba mucho todavía como para que pudiera percibir que un día, de esas mismas manos y con esos mismos alimentos, provendría el veneno que la mataría) y quedó asociado con su almuerzo; en verano en el patio a la sombra del asador y en invierno en la cocina sobre un mantelito exclusivamente para ella. Perdón por entremezclar tantos aspectos y detalles; sucede que cada cosa está unida al todo y el todo a cada detalle y aún a muchos más que no te cuento, porque son tantos que me sería imposible; además van apareciendo en mis recuerdos a medida que voy escribiendo; sufriendo las muchas interrupciones causadas, algunas veces por cuestiones de tiempo, horarios, actividades, mi mano que se cansa y se niega a seguir; y otras veces por el dolor, el ahogo, el llanto. Por otra parte, te estoy contando la historia de una vida y la vida nunca es lineal, siempre es un entretejido de rectas y curvas, de direcciones y desvíos … Sé que me entendés porque, a pesar de tu promesa telefónica, también en tu lectura de tantas páginas con mala caligrafía (la linda se la llevó la polineuritis), tachones, errores no corregidos, reiteraciones; en fin, en un largo texto no programado, sino que brota y se derrama en letras; también vos habrás tenido –y todavía tendrás- que hacer interrupciones por los mismos motivos que yo. Volviendo a la relación Mími-T; se quisieron mucho, confiaban una en la otra; T muchas veces confesó que nadie –ni ella misma- se imaginó nunca que podía llegar a querer tanto a una perrita, por el miedo que le causaban los perros y que siguió sintiendo, excepto por la Mími; aún después de que –en pocas ocasiones- le pisó sin querer una patita o la colita y la Mími le tiró el tarascón defensivo y de dolor, sin llegar a morderla nunca. La Mími tenía la mala costumbre de sentarse o echarse silenciosamente detrás de ella o de mí, cuando estábamos paradas delante de la cocina o de la pileta, por lo que al hacer un paso para atrás –sin mirar-, la pisábamos. La reacción con ella eran el aullido y el tarascón (inmediata y siempre exageradísima manifestación de horror, susto y casi desmayo por parte de T) y yo tratando de calmar a una: ¡Bueno T, tranquilizate, no es para tanto; no lo hiciste a propósito! Y a la Mími: ¡Bueno mamita, ¿qué pasó? La patita, ¿dolió la patita? Ya está, no es nada.! Todo eso al mismo tiempo, mientras agachada acariciaba a una, a la otra con mi tono de voz y la mirada, le estaba diciendo sin palabras precisas: ¡No seas tan pelotuda, terminala! Si la pisaba yo, la reacción era sólo el gritito de dolor, nunca un tarascón, y el 44


inmediato agacharme y, acariciándola: ¡Perdón, mi amor, no te vi ¡ ¡Qué mala costumbre Mími, no tenés que ponerte ahí ¡ Y ella –contoneando todo su cuerpito- , con su colita y sus ojitos me decía: ¡No es nada mami, ya pasó, no te preocupes! También por T, la Mími y sus “hazañas” (comportamientos, habilidades, inteligencia) se hicieron famosas, ya que –desde L, pasando por la parentela, los vecinos, conocidos y todo aquel que se le cruzara- T vivía hablando de ella, por lo que –conociéndonos o no- cuando la veían, primero le preguntaban por la Mími y después por mí. En definitiva, su relación con las mujeres –nombradas aquí o no- siempre fue de afecto, más o menos profundo según quién fuera y cómo era el trato que recibía de ellas. Pero sólo yo y únicamente yo recibí, desde el primero hasta el último día de su vida, el inmenso e inacabable torrente del más grande, puro, profundo, desinteresado e incondicional AMOR que jamás en mi vida he recibido. Y fue ese AMOR el que hizo que yo me aferrara a la vida que, día a día, se me estaba yendo consumida por el alcohol. Retomo ahora el primer encuentro con el veterinario. En lo personal, de entrada me gustó (joven, pero no demasiado; amable, simpático y –sobre todo- muy cálido en el trato); la Mími tenía miedo y buscó refugio y protección entre mis piernas, retrocediendo cada vez que él intentaba tocarla; con mucha paciencia (y experiencia) y dulzura en su voz, mientras conversábamos y yo le iba contando lo que sabía de su vida y los motivos por los que se la llevaba (fue el primero que entendió y supo inmediatamente qué clase de lazo nos unía, porque al terminar mi relato, me miró a los ojos y me dijo: “Eso se llama PURO AMOR”), fue tranquilizándola. Entonces yo la levanté y la coloqué sobre la camilla y él, hablándole y dándole granitos de alimento, le realizó una detallada, minuciosa revisación de punta a punta. Ella, al comprobar que no le hacía daño, además la “premiaba” y yo estaba a su lado, puso en funcionamiento el resorte de su colita; clara señal de aceptación. Diagnóstico: estaba absolutamente sanita, ni una pulga tenía (y nunca las tendría); le colocó la primera vacuna (la quíntuple) y, ni siquiera, sintió el pinchazo; la bajé al piso y allí le hizo el “regalo” de una flor de pishada que, a mí me dio vergüenza y que él tomó como un hecho cotidiano en su profesión, aprovechándola además para determinar por su olor, color y densidad, que sus riñones y aparato urinario funcionaban a la perfección. Luego la pesó y confeccionó su Historia Clínica en una libretita preimpresa: en la 1ra. hoja, sus datos de identidad: NOMBRE: Mimicha. RAZA: Mestiza (traducido: pura perra, cruza de quién sabe qué con quién sabe qué). COLOR: Negro y Fuego. EDAD: aprox. 5 meses. En la 2da. hoja: fecha, tipo de vacuna colocada con el troquel de la misma pegado, más el nombre de la media pastilla que yo debía darle esa noche para desparasitarla (mi primera experiencia en esa tarea; no tuve ningún problema, ni con ese, ni con cualquier otro medicamento que hubo que darle. Si se lo daba yo, aunque fuera asqueroso, lo tragaba); y la fecha en la que debían repetirse. Registró en su computadora todo lo referido a ella y mis datos, como dueña, mientras iba contestando –detallada y pacientemente- el “millón” de preguntas que yo le iba haciendo: que la antirrábica, que la alimentación, que el baño, etc., etc. Volví a llevarla cada vez que había que repetir las vacunas y desparasitarla; sólo una vez fue por enfermedad, en diciembre del año pasado, que resultó ser una infección urinaria, bastante frecuente en perritas en período de celo y que, por ser muy limpias, se lamen demasiado; pero con antibióticos y una ecografía confirmatoria, en pocos días todo había pasado. Por razones de distancias y recomendación de T, que lo conocía, hace dos años cambiamos al veterinario por A, otro excelente médico y persona que está a sólo tres cuadras de casa y realiza consultas a domicilio. La primero consulta surgió a principios de este año, en febrero; calores que derretían el asfalto (llegada del aire acondicionado a casa, inmediato y odiado enemigo de la Mími: ladridos, gruñidos, ¡Mami qué es eso!, huida veloz del dormitorio); totalmente fuera de época, la Mími perdía el pelo de una forma tal que cada mañana, para poder tender la cama, había que barrer –literalmente- las sábanas y levantar de los pisos palas desbordantes de pelos negros; además ella se rascaba desesperadamente. Previa prueba con 45


baños y cepilladas sin resultados, una nochecita entró en casa y conocimos al Dr. A M; instinto de madre – al igual que con el anterior- desde el primer instante me gustó, pero … ¡es mucho más alto, corpulento y “hombre desconocido”!: desde ahí abajo ¡asusta mucho! Resultado: ladridos, gruñidos, más que prudencial distancia, siempre reculando ante el menor atisbo de acercamiento y permanente búsqueda de protección detrás de mí. No hubo revisación, sólo mi relato pormenorizado del caso; él me explicó que, justamente la semana anterior, había asistido a un Congreso en el que uno de los temas tratados, fue precisamente este; y las pruebas presentadas concluían que el motivo de ese inusual –causa de numerosísimas consultas“fenómeno”, era exclusivamente CLIMÁTICO. Solución: tres pastillas, una por noche; a los pocos días volvió la normalidad. “Consecuencia”: los pelitos nuevos sobre el lomito formaron unas suaves onditas. La siguiente consulta fue por un problemita que le había diagnosticado el anterior veterinario el año pasado. Jugando con la pelotita (diario nocturno ritual, ejercicio físico de ambas) comenzó a renguear con su patita derecha: una inflamación en las articulaciones, preanuncio de una futura artrosis, tomada muy a tiempo. En aquella ocasión una inyección, los siguientes 5 días una Aspirineta diaria e inflamación y dolor superados; a modo preventivo media pastilla de un medicamento (¡Muy rico, mami!), día por medio durante dos meses, que contiene el mismo químico que el que toma T que padece esa enfermedad. Al reaparecer este año la misma manifestación, A M me recomendó una versión del mismo balanceado que ella consumía, pero que viene preparado especialmente para ese problema; intento fallido, ¡evidentemente era feo!: remoloneando sobre la cama, contorsionando todo su cuerpito, metiendo la cabecita en mi cuello y con innumerables besitos en mi oreja: ¡Mami no quiero. No me gusta!; sólo logré hacerle tragar unos pocos granitos dos noches; por lo que volvimos a su balanceado normal y a las mismas pastillas de la vez anterior, ahora un cuarto todas las noches. No más renguera ni dolor. Por lo demás a este veterinario sólo lo veía cuando, telefónicamente le pedía que me alcanzara una bolsa de alimento y los “caramelitos” (esos “palitos” especiales para perros -¡EXQUISITOS!- que comía todas las noches, sobre la cama, agarrándolo con sus dos manitos, como “excusa-premio” para finalizar la “gimnasia pelotística”; después del cual, mamá, tirada en la cama, le daba en la boca, granito por granito, su balanceado: acuerdo éste aceptado por ambas –luego de un par de peleitas por no querer comerlo y respectivas conversaciones aclaratorias-: “Perfecto Mími, al mediodía carnecita, huesito, pollito; pero a la noche, sí o sí, balanceado.” “Bueno mami, pero así, como a mí me gusta, en la cama, de tu mano, en la boca; ¡yo sigo siendo la chiquita “mimosienta”!) A esta altura y –aún faltando millones de detalles- ya sabés cómo era la relación que teníamos: una madre sola con su pequeña hija única; y cómo transcurrían nuestros días, semanas, meses y años.

Volvimos de la primera visita al veterinario y llegó la hora de dormir; como las noches anteriores, los preparativos de su camita en el dormitorio, pero … al meterme en la cama vi que no guardaba su cabecita bajo la frazada, me miraba fijamente sin moverse; en menos de un segundo entendí lo que sus ojitos decían … me levanté, la tomé en mis brazos y –colita a resorte en funcionamiento- ¡la metí en la cama conmigo! Luego de caricias, mimos y dulzuras mutuas, la puse debajo de las colchas a mi lado; inicialmente –previo suspiro- se hizo un bollito pegada a mi muslo y se durmió profundamente; comenzó a soñar: se sacudía, movía las orejitas (con el tiempo aprendí a reconocer sus pesadillas: las sacudidas eran acompañadas por gemidos, esbozos de llanto, leves gruñiditos; entonces, yo empezaba a acariciarla suavemente y a hablarle en voz muy baja hasta que –sin despertarse- se tranquilizaba, cesaban los movimientos y ruidos –se iban los “malos sueños”-, se reacomodaba y proseguía durmiendo). Al terminar mi normal tiempo de lectura, me estiré acomodándome para dormir; ella también se estiró … con un gruñidito; ¡Uf, mami, no hinches!; se 46


pegó a mi pierna con la cabeza orientada hacia mis pies (postura que mantuvo para siempre; aún con la cabeza tapada, ella controlaba la puerta); apagué la luz y con el suave calorcito de su cuerpo contra el mío, me dormí. Yo no puedo dormir boca arriba, por lo que –entre sueños- giré hacia la izquierda y adopté mi postura normal para dormir: semi de costado, semi boca abajo, la pierna izquierda estirada y la derecha flexionada; ella se ubicó en la concavidad entre mi pierna y mi panza; de ese modo dormiríamos de allí en adelante, hasta que llegaban los primeros calores, entonces ella optaba por estirarse hasta mis pies y se acomodaba pegada a la planta de mi pie izquierdo, contra la pierna derecha. Cuando –muy prontoaprendió a subir y bajar sola de la cama, a la madrugada o a la mañana, me despertaba con ella pegada a mi espalda, semi metida debajo de mí, invierno o verano; como ella se levantaba durante la noche (jamás hizo pis sobre la cama, ni siquiera en los primeros tiempos), al volver buscaba –y me daba- calorcito en ese sitio. Obviamente, con mi fractura, ambas debimos modificar nuestras posturas, pero –fuera como fueseella siempre, para dormir, tenía que tocarme. Desde aquella primera noche (exceptuando las de mi ausencia por la internación), hasta la última que dormimos juntas, nuestros cuerpos estuvieron siempre unidos –una más de las incontables formas de MANIFESTARNOS AMOR-. El cajoncito, por un tiempo, siguió siendo su camita diurna, pero comenzó a quedarle chico; le traje uno más grande que duró poco, porque ella solita adoptó el sillón del living y, en muy pocas ocasiones, la cama del otro dormitorio; hasta que, mucho antes de transcurrido un año, “nuestra cama” se coronó como el sitio ideal para cualquier horario de sueño y ¡de tantas cosas más!: compañía, juegos, comida, alegrías, tristezas, retos y reconciliaciones, et., etc., nuestra y únicamente nuestra. No recuerdo cuántos días pasaron, pero llegó pronto uno de mucho sol. Sin aviso previo, preparé un tallón que solamente tenía un poquito desflecado un borde (lo usaba aún para mí), lo saqué del placard del baño y me fui al lavadero; eran aproximadamente las 13 horas, horario en que esa parte del patio recibe el sol a pleno; abrí la canilla y esperé a que el agua saliera caliente, entonces la llamé; por primera vez … no venía ¿Cómo podía saber que la iba a bañar si nunca lo había hecho antes y en ningún momento de los preparativos le dije ni media palabra al respecto? Ella había seguido todos mis movimientos, pero nunca antes los había visto … Viendo que no acudía a mis llamados -¡rarísimo!-, supuse que solita se había dado cuenta de lo que venía y ¡no quería! (Yo todavía no podía dimensionar el nivel de su inteligencia que resulto ser ¡extraordinaria!) Me dije: preparate porque no te va a resultar una tarea fácil. Entré a buscarla: en el sillón no estaba, arriba de las camas tampoco, ergo: se había escondido debajo de la cama … me puse en cuatro patas dispuesta a sacarla … ¡no estaba! ¿Adónde se había metido? Volví a salir y la busqué en el patio del costado, llamándola suavemente para no asustarla … ¡ni rastros! Entré nuevamente elucubrando dónde se podría haber escondido; encaré para el comedor diario y, cuando iba atravesando la cocina, escuché un ruidito a mis espaldas: estaba toda acurrucadita entre la pared y la mesada, en el ángulo del placard, con su colita a toda velocidad y dos pícaros ojitos reidores. La levanté y rumbo al lavadero amorosamente le fui diciendo que era una cochina, que había que bañarse, que era lindo y le iba a gustar. Así comenzó su primer baño que no resultó en absoluto trabajoso, por el contrario, desde ese y hasta el último era un rato de ¡puro y mutuo disfrute! La ceremonia del baño se repetiría –inalterable- una vez por semana, generalmente los sábados, invierno y verano; finalizado el cual y luego de secarla, friccionándola enérgicamente con la toalla (¡le encantaba!); se estiraba de lado, cuan larga era (no mucho) al sol, del que se convertiría en diaria adoradora –frío o calor- cada mediodía, siempre que el clima se lo permitiera. No buscaba el baño, no lo pedía, pero nunca le huyó y la única condición que “impuso”: yo tenía que llevarla en brazos hasta la pileta del lavadero. Comenzó a acercarse la primavera; una tardecita yo tenía que salir a comprar cigarrillos y decidí llevarla conmigo. Cuando fui a buscar su collar y correa, que permaneció colgada detrás de la puerta de la 47


cocina desde el día que se la compré y a la que nunca se había acercado ni tan solo para olerla, fue una explosión de alegría totalmente sorprendente para mí ¡nunca la habíamos usado!, pero ese día sabía que íbamos a salir a pasear: ¡Su primer paseo! Hasta ese momento sus salidas se habían limitado al jardín. El no haberla sacado antes se debió a diversidad de razones: era muy chiquita y sumamente friolenta; era invierno; a los pocos lugares que yo solía ir, no podía llevarla; nunca hizo problemas al verme salir; nunca demostró interés en hacerlo; en definitiva: ese día ella sabía de qué se trataba y ¡quería salir con mamá! Fue bastante difícil colocarle el collar (y siempre lo sería) por un lado porque era tanto su entusiasmo, que no se quedaba quieta y, por otro lado el sistema de cierre era bastante complicado y más aún por mis, cada vez más, torpes dedos. Finalmente salimos; en vez de buscar el lado de los árboles, inmediatamente buscó ir pegada a las paredes, lejos de la calle (en ese momento no presté atención, no le di importancia a esa actitud); “bautizó” con su pis y ya sin él las dos cuadras hasta la avenida; alcanzamos a cruzar hasta la mitad y quedamos –con 2 ó 3 personas más- paradas en el medio porque cortó el semáforo … no sé cómo, cuándo ni de qué forma, de pronto sentí que se soltó y me vi con la correa y el collar colgando de mi mano; fue tal la velocidad en que ocurrió todo que ni siquiera pude ver hacia dónde había corrido … ¡Se me paralizó el corazón! La polineuritis ya no me permitía correr. A la mayor velocidad que pude darle a mis piernas, “volaba” a buscar a la vecina S para que me ayudara a encontrarla. Al llegar a la primera esquina dudé: ¿y si había doblado por ahí?, pero estaba oscuro ya, ¡necesitaba ayuda! Seguí, rogando ¡que no le pasara nada! Cuando iba llegando a la cas de S, se abrió la puerta y ¡apareció S con la Mími en brazos! Yo ya no podía casi respirar y sentí que me caía; pero verla, largarme a llorar, tomarla entre mis brazos y besarla mil veces, fue todo uno. En el momento en que la Mími llegaba al portón de la casa de S, ella salía; la vio y la llamó; me vio a mí a lo lejos. ¡Tal había sido la velocidad de su huída! Pero también, sin haber salido nunca de casa ¡Supo, pese a su miedo, adónde quedaba su casa! Temblando las dos volvimos a casa. Fue una primera salida ¡inolvidable! Pero sirvió para: a) saber que le tenía terror al tránsito (de ahí su buscar la pared); odiaba las motos y los vehículos de gran porte; y con el tiempo también odiaría a taxis y remises porque eran los autos en que yo salía y, aunque no saliera, si estábamos en el jardín y pasaba alguno muy cerca de la vereda a baja velocidad, se enloquecía ladrándolo y corriendo de punta apunta del jardín. B) A partir de la segunda salida, aprendí a colocarle correctamente el collar y, previo a abrir la puerta, controlar más de una vez que no se podía zafar. C) Para cruzar las calles, aunque no hubiera tránsito, la levantaba en brazos. Hubo tantas primeras veces para tantas cosas a lo largo de todos estos años, que me llevaría también años terminar de escribirlas. Lo que hasta aquí te he contado sé que es más que suficiente para construir una historia y, si siguiera extendiéndome, sólo sería una burda excusa MIA para evitar la llegada del final; y ésta, como cualquier historia, para poder cerrarse como tal, también debe tener y tiene un final. Duele tanto que no sé cómo empezar … Para intentarlo, como principio me remonto nuevamente al regreso de mi internación. Una mañana. Al levantar la persiana del comedor diario, me llamó la atención ver una mancha sobre las lajas del jardín, frente a la casilla del medidor de gas … ¡Será posible, qué gente inmunda ¿qué habrán tirado ahí?; o a algún imbécil no se le ocurrió otro lugar para orinar! (Era demasiado grande para ser de un perro y a mi, detrás del vidrio y sin anteojos me impresionó sólo como “mojado”). Siempre fue y sigue siendo habitual que mi jardín y las cazuelas de los árboles, sirvan de basurero o baño para los caminantes nocturnos, humanos o animales. Al entrar T, yo estaba higienizándome en el baño y, antes de darme los buenos días, me soltó: “¿Viste lo que han tirado en el jardín?” Le contesté que sí y repetí más o menos lo mismo que había dicho al verlo … “¡No –me dijo- eso es otra cosa. Cuando entré y lo vi, me acerqué y es otra cosa ¡ Inmediatamente salimos las tres y, mientras nos acercábamos a la mancha, T me dijo que no la tocara ni la pisara y que no dejara que la Mími se acercara (la levanté en brazos); 48


efectivamente, no era ni agua sucia ni orín … era un círculo, del ancho de la casilla, de un espeso, oscuro, casi negro aceite. “Esto es aceite con tierra del cementerio” –me dijo T-. Ambas sabíamos de qué se trataba y, aunque yo no la había visto nunca (ella sí), sabía su significado y su finalidad. Entramos, yo tomé una botella de vinagre blanco y ella sal; sólo volvimos a salir las dos y, rezando echamos ambos productos haciendo la señal de la cruz sobre la mancha. Hicimos los lógicos comentarios, intercambio de conocimientos y experiencias al respecto y la invariable pregunta: ¿quién y por qué? Esa pregunta jamás tiene una respuesta precisa y sólo queda en suposiciones y en el libre albedrío de la imaginación. Mis conocimientos y experiencias se remontan a más de 35 años atrás, cuando se diagnosticó la enfermedad de mi hermano (leucemia: primeros conocimientos y experiencias; primer enfrentamiento con una realidad de la vida: el dolor inconmensurable). Conocimiento y reconocimiento de que el mal existe. Aceptación, no de la controversia teológica Dios vs. Diablo, si no de la controversia humana Bien vs. Mal. Experiencias adquiridas en un largo –desesperado- itinerario que recorrió desde tira cartas a videntes, de espiritistas a hechiceros, de brujos a sacerdotes (en la esperanzada búsqueda de una solución; esperanza contra toda esperanza que te he contado detalladamente y tema del que hemos conversado muchas veces). De aquel largo y escabroso recorrido saqué conclusiones que aún hoy siguen firmemente arraigadas en mí: el mal es” una parte”,”una cara”, “una faceta” de todo ser humano, al igual que lo es el bien. Cada individuo elige –más o menos libremente- cuál de esas facetas de su humana esencia se desarrolla, crece y madura más; que hay infinitos motivos que determinan esa elección; que –en definitiva- todos somos buenos y somos malos; que de acuerdo a infinitas circunstancias, a veces somos más uno o más otro; que de la elección que hagamos depende que lleguemos a ser “casi” buenos o “casi” malos; que siempre voy a preferir pensar que todos elegimos ser casi buenos, humanamente hablando, la mayor parte de la vida y que sólo unos pocos logran la perfección, esos a los que “humanamente” declaramos Santos. No hace falta que entre en pormenores de lo que siento y pienso al respecto porque –almas gemelas- lo compartimos: existen seres que son malos, eligieron esa parte, la disfrutan; pero no me amedrentan, ni mucho menos me obsesionan (a T –según ella- SÍ). Inmediatamente y durante mucho tiempo intenté sacar esa mancha, con cuanto producto pasó por mi mente y por mis manos: detergente, lavandina, querosenes, multiusos, antigrasa, lluvias, incontables lavados … tiempo, la fueron borrando. Las semanas y los meses fueron pasando; también muchas otras “cosas raras”: un gato negro muerto, duro como piedra, perfectamente acomodado dentro del hueco para plantas que está bajo la ventana del comedor diario (entonces sin plantas), que no había estado allí en todo el día y que descubrí al anochecer de un domingo cuando salí a regar las plantas. Manojos de pelos negros. Manchas de tamaños y formas diversos en diferentes lugares, desde el porche hasta el cordón de la vereda (entrada obligatoria a la casa). Muchas de esas “cosas” visibles … ¿cuántas invisibles e imperceptibles? La última externa e inicialmente invisible, la descubrí allá por mayo-junio, domingo antes de almorzar (T no venía los fines de semana ni feriados) saqué la manguera para limpiar el jardín; hacía frío, pero la Mími siempre primera en salir, se subió al pilar de la verja; al comenzar a tirar agua en el porche, empezó a formarse una espuma como si hubiera detergente en el piso. ¡Alerta, aquí hay algo! Más agua tiraba, más espuma se formaba; me llevó mucho tiempo y muchísima agua lograr que ya no se formara ni una sola burbuja. ¿Qué fue? … No lo sé, lo que sí sé es que no era “normal”; que ni la Mími ni yo vimos ni olimos nada y que nunca antes había sucedido ni volvió a suceder. A fines de julio ocurrió por primera vez un “fenómeno” que se repetiría –cada vez con más frecuencia – hasta el final. Una noche estábamos jugando con la pelotita sobre la cama, de pronto la Mími comenzó a ladrar, gruñir, gemir; entre aterrorizada y enfurecida. Yo estaba panza abajo e – 49


inmediatamente- asocié esa reacción con la que tuvo la primera vez que se “descubrió” en el espejo y que se repitió siempre cada vez que se “encontraba” reflejada en él: una mezcla de rabia-enojo-tristeza-asombro ¡Mami ¿quién es esa, qué hace ahí? Sacála de ahí, este lugar es mío, vos SOS mía ¡ (aunque me sentara frente al espejo, la abrazara y le mostrara, explicándosela, nuestra imagen; jamás la aceptó); por lo que lentamente, fui dándome vuelta … no era al espejo a quien le “hablaba” … era a algo que ella veía y yo no, ni me producía sensación alguna y que estaba en el pasillo, en la puerta del dormitorio; su actitud era de miedo-enojo … rechazo, también era algo que quería apartar de mí, que no se me acercara. La abracé y acariciándola y hablándole suavemente, se fue tranquilizando. Como te dije, ese “fenómeno” no desapareció más, por el contrario, fue haciéndose más y más frecuente, a cualquier hora del día y aunque yo no estuviera en la pieza; llegando al punto que, un par de semanas antes del final, ella no quería estar más sola en el dormitorio. Empezó a cambiar: tenía miedo, todo la asustaba y alteraba, estaba nerviosa y en permanente estado de alerta (ni dormida se relajaba), tensa, irritable … fue perdiendo el disfrute por el juego; me pedía y esperaba la pelotita a la hora habitual, pero la duración del juego se fue acortando y en los últimos tiempos se redujo a dos o tres corridas y a llevársela, dejarla sobre la cama y esconderse debajo de las frazadas. Entre medio de todo eso, hubo otro “hecho inusual”: una noche, ya apagada la luz y acomodadas para dormir, de golpe salió “disparada” de la cama rumbo al patio, emitiendo un sonido mezcla de gruñidobufido-resoplar; conocido por mí y que indicaba la presencia de un gato en las inmediaciones (su “lenguaje” era totalmente comprensible para mí y más después de tantos años), que sólo ella detectaba y escuchaba sin necesidad de maullidos. Pero esa noche fue distinto, salía y entraba sin parar, a cada rato, y no se tranquilizó ni siquiera con mi reto para que me dejara dormir; ni ella ni yo lo hicimos; ella tenía razones – que yo desconocí- y yo no podía por su incesante ir y venir, subir y bajar de la cama. Por la mañana yo tuve que salir a hacer no recuerdo qué trámite, ella se quedó a los pies de la cama con la mirada clavada en la otra habitación, pero sin ninguna manifestación especial. A mi regreso, su recibimiento tuvo la efusividad de siempre, pero con un agregado: estaba desesperada por “decirme” que fuera al dormitorio chico; la seguí preguntándole qué pasaba. No había nada a la vista; ella –agazapada- miraba debajo de la cama; levanté el borde del cubre cama … allí no había nada … ¡Mími, ¿qué te pasa mi amor, qué tenés?! … Y al ir a bajar un poco la persiana porque hacía calor y entraba mucho sol, escuché un ruidito debajo de la cómoda. A pesar de que hace años que no se ve una rata, fue en lo que pensé asociándolo con la noche anterior. La encerré a ella en nuestro dormitorio, cerré todas las puertas dejando abierta solamente la que da al patio, busqué una escoba y, desde los pies de la cama, metí la escoba debajo de la cómoda; al empezar el movimiento escuché: “Miauuuu” y, en el mismo instante, por la ventana salió un gato, a tal velocidad que sólo alcancé a ver que era blanco con manchas marrones, y con una agilidad que pasó por entre las rejas, saltó sobre la vieja casilla del gas y desapareció por el hueco de la medianera; indicios de que no estaba lastimado ni enfermo. De más está decir que inmediatamente –sin cambiarme de ropa-, hice una profunda limpieza y desinfección de ese dormitorio, que incluyó vidrios, muebles, rejas, etc. Y recién entonces abrí todas las otras puertas; mientras yo me cambiaba, la Mími realizó una minuciosa investigación de toda la casa y el patio y cuando comprobó que ya no había nada, vino a mi lado: “¡ Mami, por fin entendiste lo que te estaba diciendo desde anoche. Qué alegría!”. Almorzamos y nos fuimos tranquilamente a dormir la siesta, quedando el “hecho” –temporalmente- en el olvido.

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¿Dónde está lo inusual-“raro” del hecho?: a) El gato es un animal naturalmente curioso, pero instintivamente desconfiado, por lo que es muy improbable que entre a un lugar cerrado que le es totalmente desconocido (mi casa); menos aún si escucha voces, ruidos o movimientos; y más improbable aún si en ese lugar hay un perro. B) Si hubiera estado herido o enfermo, en primer lugar la Mími lo hubiera mantenido a raya en el patio y al salir yo, por sus ladridos, lo tendría que haber visto; está claro que ella solita no pudo hacer nada (y yo la dejé toda la mañana sola con el gato ¡pobrecita!); por otro lado, no estaba ni herido ni enfermo porque, de lo contrario, no hubiera salido a la velocidad y con la agilidad con que lo hizo; suponiendo que entró y se escondió, al escucharme cuando me levanté o cuando volví y entré en la pieza, hubiera tratado de huir instintivamente. C) Vivo en esta casa desde el 17 de diciembre de 1976; excepto cucarachas voladoras, hormigas, grillos, arañas o insectos rastreros o voladores jamás se metió un animal en la casa, con o sin perro. Nunca más después se volvió a ver ni ese ni ningún otro gato.

Nuestros despertares siesteros hacía tiempo que habían incorporado una bellísima variante: cuando yo me daba vuelta, antes de dormirme, sentía que ella también se ponía de costado, apoyaba sus patitas y manitos en mi espalda, cabecita afuera de las colchas y nos dormíamos. Si, a su criterio, pasaba más tiempo del habitual, o simplemente quería que me despertara, empezaba a empujarme con las patitas agitando su colita “resorte”: “¡Dale, Mami, despertate!”. Caso contrario, al despertarme sola, me iba dando vuelta lentamente hasta quedar de lado frente a ella; quedábamos cara con cara, su colita entraba en acción y comenzaba nuestro dulce, tierno, amoroso ritual de mimos y juegos; al ratito ella salía de debajo de las mantas, se sacudía y se estiraba pegada a mis piernas; yo me sentaba y ella esperaba que yo, tomándola de los lados, la “arrastrara” más cerca de mí y allí seguían los mimos y juegos. Desde comienzos del invierno lo que más le gustaba en ese momento eran ¡masajitos!= frotarle mucho con mi mano primero el lomito y los costados, luego –panza arriba- el pechito y la pancita, ésta última más suavemente, pero no mucho porque ¡”Hace cosquillas, Mami”! Y nos levantábamos. Excepto que todavía quedara algún resto de fiaca, hacía unos remoloneos más y siempre venía corriendo, se subía a su silla pegada a la ventana, cortinas levantadas y, mientras yo merendaba, se instalaba cual una princesa en un palco, por horas, no perdiendo ni un detalle de lo que pasaba en la calle. En la últimas semanas, sólo se subía a la silla, se hacía un bollito y se podía caer el mundo allí afuera que a ella nada le llamaba la atención; sus ojitos –tristes, temerosos- fijos en mí y sus orejitas en permanente alerta. En los últimos días la tapaba con una campera de lana MIA, para protegerla del frío del vidrio y sólo se bajaba cuando yo me iba a bañar, echándose frente a la puerta del baño para cuidarme … en salud, en enfermedad y mucho más aún después del yeso.

(Hoy es domingo -11/11-; ya limpié patio, jardín, vereda. Por primera vez, luego de un mes y 16 días volví a comer pollo; en todo este tiempo no he vuelto a cocinar, como poco y lo que tenga a mano; lo pedí a la parrilla de la esquina, lo hacen muy rico … sabe muy amargo cuando se traga entre sollozos y lágrimas … Amiga ¿puede un dolor ser tan inconmensurable, inalterable y persistente? ¿Estoy volviéndome loca porque mi lúcida e incansable mente encontró el camino exacto para conducirme a ella?)

El último “enojo” que tuvimos fue por el 11-12 de septiembre, motivado por su rechazo al balanceado; ya hacía muchas noches que me estaba haciendo renegar para comerlo (¡Teníamos un acuerdo!); utilicé cuanta posibilidad de convencimiento se me cruzó por la imaginación … “¡No Mami, no quiero. No me gusta más!”, hasta que una de las noches de la fecha mencionada, no hubo forma de que 51


tragara un solo granito. Me enojé, la reté: “¡Mími, a mamá se le agotó la paciencia! Te aviso que, a partir de ahora no hay ninguna otra comida; si tenés hambre ¡o comés esto o comés esto, ¿está claro?!”. No dejé de hablarle o mirarla o mimarla como de costumbre. Al medio día siguiente se quedó esperando su habitual almuerzo que –por supuesto- no le di. No comió en todo el día aunque tenía el platito con balanceado al lado de su agua (como siempre) que venía a tomar con su acostumbrada frecuencia … a la comida ¡ ni la olía! Que tenía hambre era evidente, ¿qué pasaba? ¿No estaba bien, era caprichosa, se había cansado? Ante la duda, a la nochecita lo llamé al veterinario; luego de todas las preguntas de él y respuestas mías para descartar algún problema físico, me recomendó: “Hacé la prueba, no le des otra comida; si es un capricho, cuando tenga mucha hambre, solita lo va a comer y si no lo come es porque ya no la satisface, no le gusta más y tendremos que cambiárselo por otro”. La prueba pude sostenerla un día más … no comió y ¡tenía hambre! Para el almuerzo siguiente le hice su carne y huesito -¡no podía hacerla sufrir!-; hacía dos días que no probaba bocado … ¡se lo devoró! Ni esa noche, ni nunca más intenté darle balanceado ni ella buscó que se lo diera, tampoco volvió a comerlo voluntariamente. Sus almuerzos siguieron normalmente y por la noche, ni siquiera una vez, manifestó deseos de comer algo. ¿Era realmente tan imprescindible el alimento balanceado? Estaba sanísima, gordita, su pelo brillante y sano; evidentemente que con sus siempre abundantes almuerzos, quedaba satisfecha … ¿para qué martirizarla? El martes 18 de septiembre se prendió la primera luz de alarma: en el almuerzo le di carne sola –no tenía huesito- y, por primera vez desde que la había probado, dejó algunos trocitos en la bandejita … raro; a la noche le corté una milanesita de pollo (su manjar)… la olió, pero no la probó; lo raro del medio día se transformó en preocupación. Le dejé la bandejita en su lugar y a la mañana siguiente seguía intacta, por lo que decidí llamar al veterinario. Esa mañana (19/09) venía T porque yo necesitaba ir al supermercado; cuando llegó, yo estaba terminando de desayunar y le comenté lo de la comida y que hacía varios días que no hacía caca; inmediatamente ella (que jamás tuvo ni un canario) concluyó que esa era la causa por la que no quería comer y que “no vale la pena molestar al médico sólo por eso”. No le contesté y mentalmente dije que lo lamentaba mucho si era una “molestia”, pero yo a A M lo iba a llamar cuando volviera de hacer las compras. Cuando estábamos por salir, llegó M L con el esposo; era una visita rápida para avisarme que habían comprado con precio para jubilados, un viaje a Brasil y que partían el domingo 22. Tomábamos un café cuando T me dice: “¿Querés que la saque a la Mími a dar una vuelta a ver si así hace caca? (Excelente excusa para irse porque –mutuamente- no podían verse). Le puse la correita a la Mími y allá partieron. Al volver, el matrimonio se estaba despidiendo ya y, aunque se había hecho tarde, salimos con T porque la compra “más importante” era –justamente- la carne, huesitos y pollo para la Mími. En el camino me cuenta que, en el paseo, Mími había hecho bastante caca, dura y muy oscura. Volvimos, T se fue, ya era tarde para llamarlo a A M (lo hice a las 17 horas); le preparé su almuerzo que comió normalmente, pero al terminar el aseo de la cocina, salí al patio y … ¡había vomitado entero todo lo que había comido!; fue otro dato que le di al médico por la noche, cuando vino a verla, sin “molestarse” para nada, al contrario. La primera auscultación fue sobre mi falda, entre mis brazos –la desconfianza primero-, después de un rato sí pudo hacérsela sobre la mesa; suave y minuciosamente fue palpándola y por último el termómetro. Le notaba muy inflamados los intestinos, el estómago y el hígado; fiebre no tenía, pero –por lo que yo le había comentado por T. E.- con un algodón, limpió el termómetro de los restos de materia fecal, sacó un reactivo y me mostró lo que sucedía … en el material había pequeñas gotitas de sangre, de ahí el color tan oscuro de las deposiciones de la mañana. ¿Qué había comido? ¡Nada fuera de lo habitual! El domingo yo había hecho pollo a la cacerola con verduras y salsa de soja –que a ella le encantaba y que había comido cientos de veces- ¿podía ser eso? Muy improbable. Lo real y concreto era la gran inflamación 52


con la posibilidad de que existiera una úlcera –por la sangre despedida-. Indicaciones: inmediata interrupción de todo tipo de carnes rojas; sólo pollo y en poca cantidad –si no quería comer, mejor-; una pastilla y la necesidad de hacer una ecografía que se realizaría al día siguiente. Jueves a la mañana, compra especial de pollo fresco de chacra; cuando estaba a punto de prepararle pechuga a la plancha, llegó A M (sin haberlo llamado) que me indicó la porción y se quedó esperando para verla comer … no lo hizo, había “un extraño” presente y tres pares de ojos observándola: él, yo y T. Previo avisarme que por la tarde vendría a hacerle la ecografía, A M se fue. La dejamos en paz y, recién cuando T y yo nos sentamos a almorzar, comió sin muchas ganas; la porción no era la cuarta parte de la que habitualmente comía … a la media hora la vomitó. A las 17 horas aproximadamente, le hicieron la ecografía; en ese momento sólo me dijo que había una gran inflamación, pero que no observaba la existencia de alguna úlcera, el resultado definitivo estaría a eso de las 19,30 horas. A la nochecita volvió A M: úlcera no había; sí la GRAN inflamación que abarcaba estómago, intestinos, hígado, vías biliares y páncreas. Arsenal de medicamentos: pastilla inmediatamente, dos líquidos bebibles que debía darle –con una jeringa especial- uno cada 8 horas, el otro cada 12 horas y un protector hepático en grageas cada 24 horas. Comida ¡nada!; sólo al día siguiente, SI PEDÍA, un nuevo balanceado de pollo con arroz (no llegó a probarlo nunca); inmediatamente retirarle el bebedero porque la inflamación le producía muchísima sed, tomaba demasiada agua y eso le provocaba vómitos; sólo podía darle una muy pequeña cantidad -4 ó 5 cucharas- cada 4 horas. Comenzó la primera noche del INFIERNO; no hubo sueño posible … ¡su desesperada sed! … Su ir y venir de la cama al patio, del patio a la cocina en busca de agua, de la cocina a la cama a pedírmela … ¡La desesperación por 4 horas que demoraban 4 siglos en transcurrir! … ¡Desesperación al beberla y “¡Mami, dame más!” … y sus vómitos; la medicación –aunque costó- la tragó … pero no retuvo nada. Viernes, 9 horas llamada al médico: “Me la voy a tener que traer a la veterinaria, porque si no tolera los medicamentos por boca, se los voy a tener que dar inyectables y, al mismo tiempo, la puedo controlar de cerca.” -¡Si A, lo que sea necesario!- Al rato vino a buscarla, observó la “alfombra” de vómitos que había en el patio y … primera separación, pero como mamá le había explicado todo y le había repetido muchas veces que era imprescindible para que se curara rápido … se fue en brazos de él sin oponer resistencia alguna. Cuando llegó T fuimos a baldear el patio: el olor … ¡nauseabundo! ¿Qué podía haberle hecho tanto mal? El día transcurrió lento, muy, muy, muy lento, con no sé cuántas llamadas telefónicas de por medio: no volvió a vomitar; toleraba la medicación; la sacó varias veces a la vereda y cada vez orinaba bien. Al cerrar la veterinaria me la trajo de vuelta, con la medicación necesaria ya administrada e idéntica indicación para el agua … segunda noche sin sueño, un calco exacto de la anterior. Al levantarme, a un simple golpe de vista, entre el patio y el interior de la casa conté 14 vómitos … llamada y “-Ya la voy a buscar; voy a tener que canalizarla y pasarle toda la medicación por vena, con suero; a ver si paramos esto.”- Salió de casa por segunda y última vez …Al igual que el día anterior, no volvió a vomitar, orinaba como siempre e, incluso, tragó y toleró 3 ó 4 granitos de balanceado; a la noche me la traería … pero, aproximadamente a las 20,30 horas me llamó A: -“Mirá, yo sé que no te va a resultar fácil; pero la Mími aparentemente está respondiendo bien y no sería conveniente interrumpir el tratamiento hasta el lunes; por lo que quisiera llevármela a casa para seguir con la medicación y controlarla”- ¡Bueno A, yo no importo; lo fundamental es que ella se ponga bien y tenga toda la atención necesaria! Además, ¿qué hago yo sola el domingo si se vuelve a descomponer? –“No, eso no sería problema, porque me llamás y yo vengo, el tema es no cortarle el suero con la medicación y, como sabía lo que me ibas a decir, ya inventé con alambre, un 53


gancho para llevar el suero colgando en la furgoneta; ¡quedate tranquila que todo va a estar bien!; yo te voy a estar llamando y vos hacelo las veces y a la hora que quieras”-. Si los domingos normalmente suelen ser aburridos y deprimentes (vos y yo compartimos el mismo desagrado por ese día en particular), ese domingo ¡lo fue millones de veces más! ¡Y tan largo! Transcurrió en una mezcla de incontables llamadas mías, el miedo a que sonara el teléfono y escuchar la voz de A diciéndome algo que ¡YO NO QUERÍA ESCUCHAR NUNCA!; controlándome para no ser demasiado molesta y pesada; ahuyentando los negros fantasmas negativos de mi mente. La última llamada de la noche, ya tarde: la Mími estaba todo lo bien que se podía esperar; decaída, pero bien; no había vuelto a vomitar; había comido otros pocos granitos de balanceado; orinaba bien y … dormía calentita en un puf que él y la señora le habían acondicionado especialmente y que ella había adoptado con agrado, pero … “Mañana a primera hora me gustaría hacerle hacer un análisis completo, a ver si descubrimos qué es lo que le produjo esto … porque ME LLAMA MUCHO LA ATENCIÓN que en tu casa vomita y desde que está conmigo aquí o en la veterinaria, no”. (No hace falta mencionar de todo lo que tomé conciencia en ese momento). –“¡Sí, A, ya te lo dije: TODO LO QUE SEA NECESARIO Y MÁS TAMBIÉN; POR FAVOR, NO REPARES EN GASTOS NI EN TIEMPO, aunque yo tenga que arañar las paredes para calmar mi ansiedad y angustia!”. “Mañana, en cuanto llegue, llamo al bioquímico y –aprovechando que está canalizada- le saque sangre; yo voy a juntar lo que pueda de la orina que haga y para la tarde ya tendremos los resultados”. (¡Un día más sin tenerla conmigo!). El lunes a la mañana vino T antes de que yo lo llamara a A; cuando lo hice: había pasado bien la noche y ya le habían sacado sangre; los resultados estarían a las 17 horas aproximadamente; T me pidió que le preguntara si quería que ella fuera para sacarla a pasear un ratito, a lo que él accedió ya que le significaba una ayuda; le di la correcta y allá fue; más tarde me llamo y me contó que la Mími se puso contenta al verla; que ella la veía bastante bien (¿Qué otra cosa iba a decir?) y que habían salido a pasear por la cuadra. (¡Me moría por verla, pero mi alma se negaba a escuchar esa maldita voz interior que me gritaba SE TE VA!) A las 17,15 horas me llamó A: “-Aquí estoy con el bioquímico que me acaba de traer los análisis y … ¿Qué pasa A? … ¿Es posible que la Mími haya ingerido algún tóxico … lavandina, detergente? ¡NO A, es imposible! … ¿Algún ácido; que haya tomado agua del inodoro, tenés alguna pastilla desodorante en el inodoro? ¡Si, tengo, pero es imposible, no llega al agua del inodoro; si cuando jugamos a la pelotita y va a parar adentro del inodoro, tengo que ir yo a sacarla porque ella, por mucho que lo intente, no llega al agua; se la tengo que lavar y secar antes de volver a jugar. Además, nunca, jamás ha tomado agua que no sea de su bebedero. Y ácidos en mi casa no hay! ¡Es imposible A, imposible! ¿Qué pasa? … “-Mirá, en sangre todo está bien, pero en orina hay dos valores que están muy altos: la uricemia y la creatinina, que nos están indicando la presencia en riñón de un tóxico muy fuerte-“ ¡Pará A porque no entiendo nada, si en la ecografía los riñones estaban perfectos, si todos estos días ha estado orinando bien, ¿qué pasa ahora? ¿Y toda la medicación para la inflamación, no sirvió de nada?! “-Tranquilizate, yo ahora con el bioquímico y otro colega al que ya llamé, con el que siempre trabajamos juntos, vamos a hacer una interconsulta; en cuanto tengamos datos más concretos, te vuelvo a llamar-“. Fue media hora o la eternidad del universo lo que demoró la llamada: -“No hay dudas, la Mimi ha ingerido algún tóxico que, inicialmente atacó todo el aparato digestivo, pero como todo tóxico se elimina por orina, también está afectando los riñones; por lo que el paso inmediato –que ya había comenzado- es medicación intensiva para que elimine el tóxico lo más rápido posible y darle agua cada 2 horas para que, todo junto la haga orinar mucho-“ Bueno A, ¡hacé todo lo que sea posible y más, pero que haya ingerido algo tóxico aquí en casa es imposible, ¿qué es?! “-No lo sé, no se puede determinar una sustancia concreta, 54


el análisis no lo detecta. Además yo sé cómo la cuidás vos y lo desconfiada que es ella para meterse algo en la boca; lo único que dedujimos con mis colegas es que –tal vez- ella se sentía mal y, como todo perro, buscó purgarse y como no tiene pasto, que es lo que habitualmente buscan, comió alguna planta y toda planta hogareña, para perros y gatos, es sumamente tóxica. En definitiva ahora eso no importa, lo importante es que sus riñones respondan a la medicación-“. (ni se habló de traérmela). Revisé planta por planta, hoja por hoja, maceta por maceta; patio, jardín, posible tierra escarbada en los canteros … No encontré nada de nada; ni una sola hojita mordida, rota, caída … Para envenenarse de esa forma era necesario mucho más que una hojita y hubiera sido muy evidente si lo hubiese hecho con una planta. El primer “parte médico” del martes fue bueno y la voz de A M se escuchaba optimista (¿esperanzada?). No aguanté más … “-¿Puedo ir a verla?-“ … ¡Por supuesto que SI! … “-¿No le puede hacer mal verme?-“ …” Bueno, pensá primero si no te va a hacer mal a vos verla a ella; porque ella está bien, despierta, casualmente recién la saqué a hacer pis y la dejé sentadita detrás del vidrio y está mirando para afuera; está bien, pero con el decaimiento lógico, con la canalización …; vos SOS la única que puede saber si estás en condiciones; lo que yo no quiero es que te pongas peor de lo que estás. Si querés venir ,hacelo y te podés quedar con ella todo el tiempo que quieras, pero también tené en cuenta que ella te va a ver cuando te vayas….. “¡No, entonces no voy; yo me lo banco, pero ni loca hacerla sufrir viendo que me voy y la dejo otra vez!” (¿Y si hubiese ido, y si la hubiera mimado, acariciado, hablado … ¡pedido que NO ME DEJARA!; que me viera para saber que su mamá no la había abandonado…?) -“Mirá, si todo sigue como hasta ahora, a la noche te la llevo; antes le hago toda la medicación para toda la noche e –inclusive- le saco sangre para repetir el análisis a primera hora; a las 48 horas del primero ya se puede ver la respuesta al tratamiento”- A, ¿vos qué pensás? –“Tal como yo la veo, está respondiendo bien”-(y siguió el relato de un reciente caso similar que había terminado bien) “¿Qué pasa si los análisis de mañana muestran que los valores no bajaron, A?” –“Tranquilizate, no te adelantes a mañana, ¡está respondiendo bien!”- (También él deseaba, anhelaba, esperaba, confiaba… ¡LA QUERÍA! … ¡Qué encarnizada lucha entre la voz de mi alma y la voz de mis pensamientos-presentimientos! ¡Cuánto pedí, supliqué, recé, imploré!) A eso de las 10,30 horas me llamó T: “¿A que no sabés dónde estoy?” –Supongo que en la veterinaria (vive a sólo una cuadra y media). “No, en la Duarte Quirós, paseando con la Mími, ¡yo la veo bien!” (¡A cuántas chiquitas y FALSAS esperanzas puede aferrarse uno!) El día siguió su curso, inventando tareas que ocuparan el tiempo de la tensa espera hacia la noche. A las 20,15 me llamó A M (Mi corazón: ¡Me avisa que en seguida me la trae! Mi mente: ¡Que no pase nada malo, por favor! “-Hola (en su voz pasaba algo), no te la voy a llevar porque … ¡¿Qué pasa A?! … que la quiero seguir observando porque hace un ratito, cuando fui a despertarla, la noté tambaleante y como un poquito perdida ¡pero fue un momentito nomás, ya está bien! Pero quiero llevármela para seguir con la medicación y observarla.”- “A, ¿qué pasa?, ¡por favor decime la verdad!” “-Lo que ella manifiesta, a mí me hace pensar que no está eliminando bien el tóxico … “Pero¿no es que orina bien?” … Sí, pero quizás no esté eliminando lo suficiente y si no elimina lo que debería, ese tóxico pasa al sistema nervioso, al cerebro y puede comenzar a tener convulsiones -¡lo de recién no fue eso!- … “Perfecto, pero si pasa eso ¿qué?” … Si pasa eso … no hay mucho más qué hacer, pero ¡tranquilizate, hay que esperar los análisis de mañana! Mientras tanto seguimos con la medicación”.- Sólo un sordo no hubiera notado la preocupación en su voz. Inmediatamente yo hubiera querido quedar sorda … El ruido del tubo del teléfono golpeando sobre algo (A creyó haber colgado); la voz perentoria de A: ¡Alcánzame ¿? Y una jeringa, RÁPIDO! ¡Tranquila 55


Mími, ya está mi amor, ya pasó! … ¡Ay, querida, perdoname, estuviste escuchando todo, perdoname, en el apuro no me di cuenta que no había colgado bien el teléfono! La desesperación y el llanto no me permitían responderle, sólo pude preguntarle entrecortadamente ¿qué pasó A? –“De pronto empezó a convulsionar, ¡pero fue muy leve, respondió rápido y ya está bien!”- “O sea ¿Qué ya no hay nada que hacer?” –“¡No te desesperes, la voy a seguir peleando! Tratá de descansar, cualquier cosa yo te llamo”- “¡Por favor A, a la hora que sea. Por favor SALVÁMELA!” Era tanta mi desesperación e impotencia que la llamé a T por teléfono (yo aún no había atado cabos): ¡T se me muere la Mími ¡ … Yo estaba exagerando, ya iba a llamarlo ELLA al veterinario, que dejara de llorar y gritar porque a ELLA ¿ya? se le había subido la presión y el marido la había retado ¿? Corté la comunicación sin responderle. El dolor no me permitía pensar ¡darme cuenta! Al rato me llamó A (ella no): la Mími estaba tranquila, durmiendo sobre su puf … “-Vos tratá de dormir, ¿no tenés algún tranquilizante? ¡No perdamos las esperanzas, vamos a seguir peleándola! Dormí, no quiero que te enfermes, estás sola y te tenés que cuidar, a la Mími la estoy cuidando yo.”El amanecer del miércoles me encontró rezando, llorando, suplicando, implorando ¡Por favor Señor, no te la lleves! En cuanto llegó a la veterinaria A me llamó: la Mími había pasado bien la noche, no había vuelto a convulsionar (¡lucecita de esperanza!), cada dos horas le había dado agua y orinaba normalmente; en seguida iría el bioquímico … que llamara las veces que quisiera … la Mími dormía apaciblemente en su cama de guardia tapada con su campera … que en cuanto tuviera el resultado de los análisis me llamaba … A las 19,15 horas no aguanté más y llamé yo: -“Hola X, en éste momento me están entregando los resultados –se escuchaba el ruido del papel al abrir el sobre- de este lado: silencio, del otro: un largo, profundo y tristísimo suspiro -¿Y A? – Mal, muy mal. Los valores no sólo no bajaron, están mucho más altos que los primeros y estos valores indican que sus riñones ya no funcionan. Además, hace un rato, la revisé y, el riñón de los perros es absolutamente liso, los de ella son una pelotita al lado de la otra … los tiene totalmente destruidos.”- “¿Entonces?” –“No hay mucho para elegir: la puedo mantener dializada hasta que empiece a convulsionar y en alguna se quede y no salga … y va a sufrir. La otra es …sacrificarla. La decisión es tuya.”- “A ¿y un transplante?” “-No; hasta ahora se ha hecho uno solo en el mundo …”- “A, vos en mi lugar ¿qué harías?” … -“Sacrificarla”- “Dejame que vaya a despedirme de ella” –“¡Por supuesto, tomate todo el tiempo que quieras. Yo te espero!”Es absolutamente imposible volcar en palabras la intensidad de los sentimientos y, más aún cuando son tan profundamente dolorosos. Aún con la terrible necesidad que tengo de contártelos, no puedo; sólo puedo decir que en ese momento mi vida se paralizó … ni tan siquiera lágrimas quedaban. Ese día había paro de transporte, no había taxis ni remises; la llamé a T: “¡Ah, hola, estoy yendo a la veterinaria!” –“No vayas”- “¿Por qué, qué pasa?” –“La Mími se muere, ya no hay nada que hacer, me voy a ir a despedir de ella “¿Dejame que YO vaya a despedirme!” T, a ver si entendés: no hay taxis, necesito que me acompañes porque yo no puedo caminar sola las 3 cuadras; quedé con A que a las 21 horas estaba allí; me espera, va a cerrar para que yo pueda estar sola con la Mími.”- A las 20,30 me vino a buscar. Fueron las 3 cuadras más cortas-largas, largas-cortas que he caminado en mi vida; envuelta en el más profundo silencio. Al llegar A estaba despidiendo al último cliente, tras el cual cerró con llave la puerta y apagó las luces ; pasamos a la parte posterior, fuera de la vista de la calle. Me senté y A la fue a buscar. Por un pasillo, detrás y entre 2 mostradores apareció su figurita … caminaba muy despacito … sus dos manitos con la cinta adhesiva de las canalizaciones … sus ojitos apagados, tristes … ya no era MI MÍMI …flaquita, apagada … 56


¡vencida! Me agaché estirándole los brazos –luchando desesperadamente para que los gritos de dolor que me empujaban el pecho y los sollozos que me ahogaban, no me ganaran-: “¡Hola MI AMOR! ¡Venga con mamá!” Reconoció mi voz, pero … ¿me veía bien? ¿Dudaba? ¿No quería hacerse ilusiones? ¿Ya había empezado a irse y me estaba esperando para poder hacerlo? … La levanté en mis brazos “¡CORAZONCITO MÍO! ¡VIDA MÍA! (el llanto ganó la batalla) ¡Ay, mi amor ¿qué te hicieron, por qué?! … ¡¡ MÍMI NO ME DEJES, POR FAVOR ¿CÓMO HAGO YO PARA SEGUIR SIN VOS?! …Tenía su cabecita apoyada en mi brazo … la levantó y sus ojitos –brillantes otra vez- se clavaron en los míos ¡Mami, qué me pasa! ¡Mami TE QUIERO! … ¡Mami por qué me dejaste! … ¡Mami, por fin viniste! … ¡¡MAMI NO ME QUIERO IR!! … y su colita a resorte tac, tac, tac, sobre mi pierna … y su lengüita besitos besitos besitos en mi nariz … ¡MAMI TE QUIERO TE QUIERO TE QUIERO…! (La voz de T: “Cuidado, que no te bese tanto, a ver si te contagia algo, ¿no es cierto A?” La voz de A: ¡PERO NO [callate estúpida]!) Apoyó la cabecita otra vez en mi brazo … le di tantos besos … y con su cuerpito entre mis brazos, contra mi pecho … ¡ sentí que se me iba LA VIDA con ella! Entre lágrimas vi.: T parada delante del mostrador, mirando, sin la más mínima expresión de tristeza; ella que tiene una fuente de lágrimas en los ojos y que pone a funcionar por la más pequeña nimiedad. A, parado detrás del mostrador ¡lloraba inconsolablemente! ….. Y llegó el momento … La deposité en brazos de A (ambos bañados en llanto), me puse el saco -¡Qué frío hacía ¡-, le tomé la cabecita entre mis manos y la besé, la besé, la besé ¡Alma mía. Corazoncito mío, MI VIDA SE VA CON VOS! ¡Mami nunca te abandonó ni te va a abandonar jamás! ¡Mamá TE DEBE LA VIDA, no tenías que dar la tuya por mí y por eso, TE PROMETO que –no sé cómo- voy a seguir adelante POR VOS Y POR TODO LO QUE ME DISTE EN TODOS ESTOS AÑOS! Volví a besarla, giré y –sin darme vuelta para mirarla- salimos. Sabía que dejaba solo a A con una tarea que para él iba a ser muy dura, ¡la amaba! … ¡no pude quedarme! Ahora sí las 3 cuadras ¡fueron muy largas! Y silenciosas porque las caminé con el pañuelo adentro de la boca para frenar el dolor y que no se escucharan los sollozos. Al pisar la vereda de mi casa T vio que venía un taxi: “¿No te molesta si me voy?” (Una prueba más) “No T, andate”. Y entré en mi casa ya definitivamente sola. Cerré puertas, ventanas, persianas y … ¡¡¡ GRITEEEEEEEEEE !!! Ya te conté que a los pocos días le pedí al veterinario que viniera a casa porque yo necesitaba saber, para confirmar o desechar la sospecha que me carcomía el alma y el seso. No había dudas que fue veneno, pero ¿qué y cómo? Él y yo sabíamos perfectamente que la Mími sólo comía lo que T o yo le dábamos, que aún así, era sumamente desconfiada, por lo que descartábamos de plano que alguien le hubiera tirado algo en el jardín y ella lo hubiera comido. Le pregunté sobre la posibilidad de que le hubiesen echado algo encima y que, o por la piel, o ella pasándose la lengüita lo hubiera ingerido; imposible, no existe ningún veneno que actúe de esa forma o se pueda “administrar” de esa forma. Entonces ¿qué? “_Mirá, yo sólo puedo pensar en un producto: los conservantes que se utilizan en panificación, que –utilizados en la forma correcta en que se usan – son inocuos, de lo contrario todos nos envenenaríamos por comer pan; pero si se usan en cantidades mayores a las normales, son sumamente tóxicos. No tienen color, ni sabor, ni olor y son de venta libre en cualquier comercio de ese tipo de productos.”- Todas mis sospechas se confirmaron porque en una fracción de segundo se “desataron” todos los cabos, mejor dicho, se unieron todos los que estaban sueltos y cada uno tuvo su lugar (explicación): T hacía poco tiempo había hecho pan casero ; el marido, L, trabajaba para una empresa de catering y era el encargado de ir todos los días a buscar el pan para los distintos servicios de la empresa en la mayor panificadora de la ciudad; en las últimas semanas, cada vez que T venía (hacía mucho que ya no era a diario)o le traía pollo desmenuzado “que le había sobrado” para la Mími, o insistía vehementemente en hacer y darle ella el almuerzo ….. ¡T había envenenado a la Mími! ¿Por qué? Porque ya sabía, por mis actitudes y trato para con ella, que en poco tiempo más la iba a despedir.

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Le conté a A mis pensamientos: -“Yo también lo sospeché desde un primer momento, pero no podía decírtelo porque no tenía ninguna prueba para demostrarlo; yo no estaba acá para ver, pero ahora con lo que me contás, ya no tengo dudas. Lo que no entiendo es ¿qué pretendía ganar haciendo eso?”- “Es fácil A, ella sabía lo que era la Mimi para mí; si la sacaba del medio, yo me quedaría tan sola y destrozada que me aferraría a ella y no la despediría. Ahora me doy cuenta de tantas cosas que en su momento me llamaron la atención, pero no les di importancia. Ya es tarde y lo único que lamento es no tener las pruebas materiales necesarias para presentar ante la justicia y que la encierren para que no pueda seguir haciendo daño; porque es una enferma mental; es la única “excusa” para que una persona pueda hacer lo que ella hizo.” También en esa charla, entre muchas lágrimas de ambos y varios café de por medio, A me contó –al pedirle yo disculpas por haberlo dejado solo esa noche- que era la primera vez en su vida profesional que se había involucrado tanto con un animal, porque una de las primeras cosas que les inculcan como estudiantes es justamente a no hacerlo; pero que la Mími había sido tan especial para él, que la sintió como si hubiese sido suya y lo mucho que le costó esa noche realizar el procedimiento profesional, pero que de ninguna manera y por ningún motivo –así yo misma se lo hubiera pedido- me hubiera permitido quedarme. Sus lágrimas, de aquella nefasta noche del 26/09 y las de esa tarde, eran la prueba de su veracidad y de sus valores, como profesional y –fundamentalmente- como ser humano. El resto ya lo conocés; entre la palabra inicial de ésta y este momento, 23,30 del 15/11, hemos hablado muchas veces. Has estado y seguís estando junto a mí. Sabés y sé. No coloco la palabra ni el punto final … Esta historia nunca tendrá un final. El fin llegará recién con el último suspiro de mi vida. Esta historia es mía, es un pedazo de mí; por lo que esta cantidad de hojas que han pasado ante tus ojos, no son un regalo; son sólo un préstamo. Lo que significa que algún día, cuando quieras, cuando puedas, me las devuelvas. El contenido quedará guardado en tu corazón. Estas hojas son un Tesoro que guardaré junto a los otros que tengo de ella y, quizás, si alguna vez mi memoria falla o se pierde en alguno de esos extraños vericuetos que puede tener la mente, servirán para que el olvido no llegue. Cuando quieras, cuando puedas ¡devolvémelas! Son el “personal” MONUMENTO que levanté en su honor y sólo yo sé cuánto se lo merece. Sólo me resta agregar: Hace 50 días que se abrió una inconmensurable herida en mi corazón: ¡¡ se murió MI HIJA !! Todavía ni siquiera ha empezado a cicatrizar …..

¡¡¡¡¡¡ GRACIAS INFINITAS !!!!!!!

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¡¡¡BIENVENIDA!!!

DEL ALMA. ¡¡¡¡¡ HERMANA!!!! ….. DEL CORAZÓN ¡¡¡¡¡ AMIGA!!!!!

¡¡¡¡¡ MUY

B I E N V E N I D A !!!!

Llegás para inaugurar la primavera, estación del renacer. Es mi deseo que también para vos, dentro de tu corazón, comience “La Primavera”. Que este nuevo camino que empezás a recorrer esté siempre bordeado de flores y te lleve ¡en total plenitud!, hacia una existencia colmada de alegría, armonía y paz.

Inaugurás una nueva vivienda y también una nueva forma de vidaaaaaa y, aunque no es fácil ni sencillo, a esta altura de la vida quisiera que lo vieras como un verdadero “premio” después de tanta lucha ¡PALADEALO DÍA A DÍA Y GOZALO GOTA A GOTA!

¡¡¡¡¡¡¡ CONTÁ

CONMIGO!!!!! Para lo que necesites y cuando lo necesites.

Como siempre y por siempre 59


EL DESGARRO DEL DOLOR II

“HERMANA” de mi Alma: Hace apenas pocos días atrás te escribí una nota de bienvenida … Hoy estoy escribiendo una carta que no hubiera querido escribirte JAMÁS, pero … Deseo y necesito estar a tu lado y solamente puedo hacerlo de la forma que mejor sé: ésta. No voy a escribirte bonitas palabras de consuelo porque SÉ que en este momento de tu vida ¡no hay consuelo posible! Para el feroz desgarro; el inconmensurable dolor; la más profunda de las tristezas; la más atroz de las rabias; la indescriptible sensación de injusticia, de pérdida sin razón; de indomable rebeldía contra el universo entero; de la angustia e impotencia que ahogan… ¡NO HAY CONSUELO POSIBLE! Es porque lo sé que estas palabras no llevan –ni remotamente- esa intensión, sí te las escribo para acompañarte e intentar compartir con vos algunos pensamientos que, en más de una ocasión, a mí me han servido para sentirme un poquito mejor y que en alguna oportunidad, vos y yo hemos conversado; con el deseo de “refrescártelos”y que, tal vez, con ellos encuentres un camino más suave para seguir andando, a pesar del inconmensurable peso que hoy está sobre y dentro tuyo. Ambas hemos creído siempre que, más allá de los razonamientos de la mente y los sentimientos del corazón, existe un ¡ALGO SUPERIOR”! en el que todo ser humano necesita creer para tratar de comprender o aceptar tantas cosas que suceden y que ni la más brillante de las mentes humanas jamás ha logrado explicar; cada quien le da el nombre que prefiere, generalmente derivado de una fe propia o inculcada (Dios, Alá, Buda, Mahoma…) Mí fe o creencia al igual que la tuya, no viene de una religión en particular (Bien sabemos por qué); personalmente yo la he tomado de una filosofía a la que considero Sabia y Auténtica, por ende Verdadera: la oriental. Es por eso que a ese “Algo Superior” lo llamo “ENERGÍA UNIVERSAL” (Vos sabés de qué estoy hablando). A través de esa corriente de pensamiento, creo firmemente que esto que llamamos “vida” y llamamos “muerte”, son en realidad un “transcurrir” y un “traspaso”. En el transcurrir se van sucediendo los minutos, horas, días, meses y años de la existencia; para cada ser: único e irrepetible. Más o menos largo, más o menos fácil, más o menos triste o feliz… es un camino que cada quien camina a su propio paso, a su propio ritmo, un camino que empieza cuando cada uno de nosotros llega y puede ser recto o muy sinuoso, eso dependerá de la forma en que lo vayamos caminando; será de tierra, polvoriento y pedregoso; será asfaltado… será una autopista; pero sea como sea y tenga más o menos kilómetros recorridos es –sin lugar a dudas- un constante devenir de aprendizajes de los que, la mayoría de las veces, no tenemos conciencia, pero siempre –de algún misterioso modo- se incorporan a nuestro ser y nos “hacen ser”. Ese camino no tiene un fin porque si lo tuviera, la existencia como tal, desde el más remoto de los tiempos, ¡no tendría sentido! Sí llega un punto, un paisaje, una estación en que la Energía Universal interviene, sólo para decidir que es la hora del “traspaso”; de iniciar un nuevo camino: diferente, en otro lugar, de otro modo y con otros aprendizajes que esperan para ser en un ser y que –también sin duda alguna- será ¡MUCHÍSIMO MEJOR! 60


Vanesa ya no está, pero no está AQUÍ, está en otro camino, caminándolo para su SER MEJOR, su SER MÁS; su partida fue el último paso que dio en este camino en el que ya había aprendido todo lo que necesitaba saber; en el otro camino que ya está recorriendo se encontrará con otros aprendizajes: ¡LOS MEJORES! Vanesa se fue, pero no en silencio. No podrás escuchar nunca más su voz, pero no te dejó en el silencio; ella te sigue hablando por la voz de su hijo, ¡TU NIETO! Vanesa te dejó un camino que recién comienza, el camino que deberá caminar Fabricio y lo dejó en tus manos, las de Beto, Ivana, Mariano y Deborah porque sabía que van a ir construyendo, entre todos, el mejor camino para él. Sé que me dirás que es ¡un muy duro y complicado legado!, quisiera que lo sintieras como otro nuevo aprendizaje que necesitás para éste camino tuyo. Que tu nieto lleva en sí un trozo de la Energía Universal, lo suficientemente grande y fuerte para que vos y toda la familia se tomen de él y, con el dolor a cuestas, con la rabia, con la tristeza … sigan caminando. Un día, no muy lejano, cuando todos esos sentimientos y todas esa emociones que te abarcan desde la piel y los huesos hasta lo más profundo del alma y sus confines, encuentren un lugar para acomodarse e instalarse definitiva y calladamente dentro tuyo y de todos, te pondrás de pie y tendrás la suficiente fuerza y coraje para seguir caminando. Nunca más volverás a ser la misma, de aquí en adelante siempre sentirás la desgarradora amputación de un pedazo de tu ser: tu hija. No existe dolor comparable al tuyo, sólo vos como madre lo podés sentir. Lo sé hasta el punto de decirte, aún con todo el amor que nos une, que aunque pudiera hacerlo, ¡No puedo ni quiero ocupar tu lugar para que no sufrieras esto! Solo vos y nadie más que vos sabe por lo que estás pasando; pero yo, junto con vos, sabemos que ¡Vas a poder, vas a salir y vas a seguir! No sé si mis palabras te han sido de alguna utilidad y, en realidad no importa demasiado. Tomalas como una “virtual” forma de estar junto a vos y todos. Imprimila, doblá el papel como prefieras, tomalo en tus manos y colocalo sobre tu corazón y así, tal vez, sientas un poquito el calor que mi corazón le está enviando al tuyo para entibiarlo y quizás también llegues a percibir el roce de mis brazos rodeando tus hombros para cobijarte y contenerte y que también puedas apoyar tu cabeza sobre mis hombros para desahogar sobre ellos un pedacito de tu dolor. Desde el alma, tu hermana

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ACUERDOS Y DESACUERDOS

Mi MUY querido: Hoy necesito hablar con vos de esta manera porque me quedé muy mal después de nuestra conversación telefónica, por el tono de nuestra despedida, no creo que hablando nuevamente podamos mejorar la situación; por eso elijo este medio. Como siempre sucede, cuando escuché tu voz se me llenó el alma de alegría, pero a los pocos instantes, sin que me diera cuenta, empezó a aparecer una nube oscura que, finalmente , acabaría apagándola. Esa nube comenzó a formarse con tu primera pregunta que no fue la habitual ¿Qué hacés piba, cómo andás? –la misma que te hago yo, sólo cambiando el “piba” por nene, y que es la misma, casi calcada, desde hace años, cada vez que hablamos por T.E.-; esta vez fue: ¡Hola! ¿Qué hacés, ya te conectaste a Internet? Inicialmente te contesté de buenas maneras que no, que todavía no (era un tema que lo veníamos charlando desde antes que yo me comprara la compu, y en cada una de esas conversaciones yo te había explicado con lujo de detalles –como lo hice con todos mis amores- cómo iba a ser el proceso: en primer lugar que no la compraba como una maquinita de entretenimiento, sino como una herramienta de trabajo y, por lo tanto antes que nada, necesitaba “refrescar” mis casi olvidados conocimientos del Word – después de 7 u 8 años de no ver una computadora-, para poder poner en marcha un anhelo, un proyecto de vida largamente postergado: ESCRIBIR; que por otra parte, de llegar a buen puerto ese proyecto se podía convertir en una fuente de ingresos que me son muy necesarios; y que después vendría lo otro: el navegar, el chatear et., etc.; que me dieras/ran un poquito de tiempo, porque, además, esta que compré es un “mundo” totalmente nuevo, nada que ver con lo que yo había manejado –el tiempo transcurrido es muchísimo en este terreno tecnológico-, y entonces, cuando yo me sintiera segura en el manejo, íbamos a poder chatear todo el tiempo que se nos viniera en ganas; era sólo un poquito de tiempo). Tu reacción ante la respuesta me descolocó porque reaccionaste de una forma que jamás me hubiera imaginado en vos: gritando… ¡Y qué estás esperando, boluda! ¡Si hasta yo he podido aprender,¿cómo no vas a aprender vos?! Intenté empezar nuevamente las ya conocidas explicaciones –no hace un mes que tengo la compu- eso sí, levantando también yo el tono de voz, pero me interrumpiste, no ya con el tema, sino juzgando mi forma de vida y poniendo a esta máquina como el mejor argumento para producir el gran cambio que va a modificarla. Sí, mi reacción también fue violenta y también te contesté a los gritos y con el “carajo” por delante –lo que no tendría por qué asombrarte porque me conocés muy bien desde hace más de 40 años-; no recuerdo con exactitud todas las palabras que mi verborrágico enojo puso en mi boca, sé que repetí partes de la consabida explicación, que me retrucabas….. que los dos gritamos mucho y terminé diciéndote –furiosa y para cerrarte la boca- : ¡Para que lo sepas, ya compré el micrófono y todavía no estoy conectada, pero como vos no podés teclear y quería que fueras el primero, ya lo compré! Se hizo un breve silencio y me contestaste: ¿Por qué no empezaste por ahí? Ya más calmada te respondí que ese no era el tema, que me había “sacado” el hecho de tener que repetir por enésima vez lo mismo y que siguieras insistiendo como si nunca te hubiera dicho una sola palabra; que, o no me escuchabas, o no querías entender mi posición o punto de vista. En tu tono de voz se notaba el enojo aunque ya no gritaras; me dijiste que no, que no me entendías y hablamos un 62


poco de las ventajas de Internet, entremezcladas con las formas de vida de cada uno, pero el tono era tenso, distante, contenido. La nube oscura había desatado un huracán: mi tono de voz había recuperado la calma y calidez de siempre, pero el tuyo no, por lo que directamente te pregunté si te habías enojado conmigo; me contestaste que sí –no hacía falta, ¡te conozco tanto!-. Te pedí perdón ”discúlpame, me pongo loca porque sos el único que no acepta que es sólo una cuestión de días más, días menos; no te estoy diciendo que no lo voy a hacer, quiero que entiendas que mi prioridad es lo otro, pero muy pronto va a llegar, tené un poquito de paciencia, ¿me perdonás?” “No sé-dijiste-, yo no olvido fácilmente”. Y, riéndome, te dije que eras un rencoroso; me dijiste que sí y yo te respondí que ese era un problema tuyo del que no me iba a hacer cargo; el pedido de perdón y el reconocimiento de mi mala contestación ya estaban hechos y –vos también me conocés muy bien- sabés que lo hice de corazón, si me perdonabas bien, y si no también, ja, ja , ja. Creí que todo estaba en orden y el huracán había pasado, no fue la primera, ni será la última vez que discutamos por algo; pero tu despedida fue tan fría, casi diría glasial, que recién al cortar la comunicación tomé consciencia de que el huracán del que a mi no me quedó ni siquiera un rasguño, a vos sí te había herido. Han pasado varias semanas desde aquella noche, sigo sintiéndome mal y más aún porque, a pesar de haberte mandado un libro especial por su contenido, para que lo leyeras, reflexionaras y lo pusieras en práctica, hoy todavía no he recibido una sola señal tuya. Ayer lo encontré por segunda vez a tu sobrino en el supermercado y en la breve charla que se puede mantener en ese sitio, me confirmó que seguís muy “enculado” conmigo; entonces no me queda otra que pensar que, no sólo no me escuchás a mí, sino que tampoco leíste el libro. Como soy muy tozuda, no me doy por vencida y hago este nuevo intento para ver si logramos entendernos y, obviamente, voy a empezar con algunas aclaraciones referidas a algunos puntos que se mencionaron en medio de la discusión: -La primera de ellas está referida a tu comentario sobre mi forma de vida: me parece perfecto que a vos no te guste y no estés de acuerdo con ella, cada quien tiene derecho a pensar lo que se le venga en gana; pero la cosa cambia radicalmente cuando el pensamiento se convierte en juicio de valor; la vida y la forma de llevarla para mí es PROPIEDAD PRIVADA, tanto la mía como la ajena, porque considero que absolutamente nadie tiene la suficiente altura moral para convertirse en juez de nadie en ese terreno. Si a eso le agregamos el hecho de que vos tenés un profundísimo conocimiento de todos los acontecimientos importantes de mi existencia (porque yo te los he confiado) y el inmenso afecto que siempre nos hemos tenido; simplemente no puedo aceptar que vos establezcas un juicio de valor al respecto. -Relacionado con el anterior va el tema de la “soledad” que ciertamente para la mayoría de las personas, es el peor de los estados de vida; para mí no lo es completamente y, si bien es cierto que una parte de esa soledad mía no la elegí (sabés a cuál me refiero), hay otra –no menos importante- que SÍ fue desde siempre una elección personal, totalmente libre y consciente y de la que no estoy arrepentida en absoluto. Es verdad que más de una vez te he llamado bajoneada, aburrida, triste – incluso llorando- por no tener a alguien cerca con quien compartir una salida, una película, un espectáculo, etc., y es real que así me he sentido y me sigo sintiendo todavía hoy (cada vez menos); pero, fundamentalmente, eso sucede porque “salieron” de mi vida todas aquellas personas que durante muchos años estuvieron en mi vida cercana (vos conocés cada una de esas historias); el proceso del duelo por esas pérdidas no fue fácil ni rápido y, tal vez, aún más doloroso porque a esta altura de la vida ya me ha tocado hacer demasiados duelos y ya no tengo 20 años ni me llevo el mundo por delante; en resumidas cuentas ya 63


no tengo tanto “resto” y –como soy un ser humano común y corriente- yo también tengo días malos, otros regulares y otros buenos y, unos pocos, a veces decididamente fantásticos. Lo que no quiere decir, ni remotamente, que para mí la soledad sea un peso insoportable ni que el estar “encerrada” –como decís vos- entre las 4 paredes de mi casa me agobie; nada más lejos de la realidad. ¡Me gusta la soledad, la elegí hace mucho tiempo! ¡AMO estar en mi casa! ¡Mi casa es MI LUGAR EN EL MUNDO! Y para juntar las dos cosas: ¡APRENDÍ HACE UNA VIDA A VIVIR CONMIGO MISMA, A SOLAS Y EN EL LUGAR EN QUE ME DA INMENSO PLACER HACERLO! Creo que a vos te pasa exactamente lo contrario, vos no PODES (y fijate que no utilicé el término SABES porque todo en esta vida es una cuestión de aprendizaje. Como bien lo dice el refrán “todos los días se aprende algo nuevo”; si QUERES lograrás SABER) vivir con vos mismo, ni te gusta el lugar donde estás. Y en base a eso te has creado una versión bastante distorsionada de la “película de mi existencia”. Ojalá que mis aclaraciones te sirvan para “reeditar” la película en una versión un poco más real, como también desearía que el libro que te mandé te brindara mayor claridad de pensamiento y te ayudara a ver las cosas de otra forma, para que también TU vida cambie. Volviendo al tema computadora, verás que a ésta la estás recibiendo en tu correo electrónico y, seguramente estarás pensando que, después de tanto palabrerío, te estoy dando la razón. Lamento comunicarte que no es así. Aunque no hubiese tenido esta máquina, estas páginas te hubiesen llegado lo mismo, escritas de puño y letra. Si te doy la razón en que de esta forma me ha resultado infinitamente más fácil, cómodo y rápido hacerlo y que también vos lo recibirás muchísimo más rápido; pero en esencia, el único cambio importante es la velocidad. Respecto al chat, también te reconozco que nos permitirá hablar con mucha mayor frecuencia y por el tiempo que se nos ocurra sin tener que pensar en la factura del teléfono, pero te pregunto: ¿En el momento en que vos o yo tengamos ganas de ir al cine, salir a cenar o ir a ver un espectáculo juntos, mágicamente nos vamos a encontrar en la puerta del cine, el restaurante o en el “Orfeo” (Córdoba) “Luna Park” (Bs. As.)? Los dos sabemos que la respuesta es NO, Por lo que, a mi criterio, el tema de la distancia va a seguir existiendo, hecho que A MI jamás me ha hecho sentirme “alejada” de vos. Podría extenderme hasta el infinito con argumentos en pro y en contra de esta maravilla tecnológica que vos manejás a la perfección y yo todavía no; pero eso no es la intensión de esta, ni tampoco su objetivo. Lo que sí intento es hacerte ver el sin sentido de tu rencor por algo tan ajeno a nosotros como personas, y fundamentalmente como AMIGOS desde hace más de 40 años. Creo que sabés lo que significa para mí la amistad –TU amistad-, pero por las dudas te lo refresco: es el sentimiento más noble, puro, sincero e incondicional que existe (cuando es auténtico y no forzado por alguna circunstancia X), es EL AMOR, ese que va tejiendo a lo largo de los años un lazo tan fuerte entre dos personas, que nada ni nadie en este mundo puede cortar. Sigo creyendo que vos pensás lo mismo, de lo contrario no le puedo encontrar explicación a una relación de tantos años; pero ante tu silencio generado en el rencor, me surgen dudas, por lo que, aunque me duela, tengo que hacerte estas preguntas: En tu balanza ¿qué pesa más: la computadora o yo? ¿Qué es más importante: una discusión –normal- y una mala contestación por una máquina, o todo lo compartido (más juntos o más separados) en todos estos años?

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¿Qué vale más: el fino y quebradizo hilo de la bronca, el enojo….. el rencor, o la gruesa y maciza soga del amor? Si este largo silencio tuyo continúa, tendré una clase de respuesta; será un durísimo golpe más en mi vida ¿tendré que hacer otro duelo?; caso contrario en algún momento te conectarás conmigo; si logro terminar de solucionar la interminable seguidilla de problemas y gastos que se han generado desde el 10 de agosto, en que contraté el servicio de Internet hasta la fecha, podrás hacerlo utilizando este medio y, entonces podremos hablar y, si para ese entonces he logrado encontrar una camarita en algún comercio de Córdoba, ya que en todos los que he preguntado las tienen como insumo faltante (están paradas en la Aduana de Bs. As.), hablaremos mirándonos a los ojos, si no sólo nos escucharemos. Mis ruegos son para que elijas la segunda opción, pero si optás por la primera, quedate tranquilo porque la voy a respetar; me llamaré a silencio absoluto y esperaré a que vos o el tiempo lo dispongan. Mi amor por vos no ha variado en absoluto, por lo que te lo envío como siempre: desde lo más profundo de mi corazón.-

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NOTA FINAL

En las páginas anteriores han desfilado algunas de la inmensidad de emociones y sentimientos que –cotidianamente- acompañan el vivir de un individuo; no revierte mayor importancia si son personalmente mías o ajenas. Lo que sí es relevante es que hayan cumplido con su misión inicial: ser el “espejo” que refleja clara y nítidamente el poder de la palabra escrita “de puño y letra”. Todas y cada una de las cartas son auténticas; ninguna fue “fabricada” para componer este libro, como un relleno para ocupar espacio; existen tal y como fueron escritas originalmente, en distintas épocas y por los más diversos motivos. Ninguna de ellas podría haber “sido” de otra forma; nada de lo que cada una encierra podría haber sido transmitido por otro medio, fuere por su extensión, fuere por su propio contenido. Hay temas que no pueden “hablarse”, ni por teléfono, ni con un MSM, ni en una prolongadísima sesión de chat; como tampoco hubiese sido posible hacerlo en un “cara a cara” directo. ¿Por qué? Si realmente han cumplido con su cometido, la respuesta es muy evidente.-

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“LAS CARTAS SECUESTRADAS” Tengo en el alma una baranda en sombras A ella diariamente me asomo matutino A preguntar si no ha llegado carta Y la tristeza celebra con mi rostro Mis óperas de nada. Que me escriba una carta la que me hizo Los ojos negros y la letra gótica. Duraznos de mi tierra: ¡Que me escriban! Vientos los de mi rambla ¡Que me escriban! Y redacte una carta pequeñita Mi hermana abecedaria y pensativa. Si no fuera poeta, expresidiario, Extranjero hasta el colmo de la gracia, Coleccionista de apellidos pálidos, Descubridor de calles en la noche, Yo quisiera ser cartero de los tristes Para que ellos bendigan mis zapatos. Que los cojos me narren su muleta Y el enfermo me cuente de su almohada Y me pidan prestada mi sonrisa Pero en carta de amor certificada. El día que me duerma, ¿en una piedra? El día que me muera ¿en una cama? Que me llenen de cartas la camisa Para asfixiarme de palomas blancas, También de palomar se muere un hombre Cuando sabe vivir por una carta.( Gonzalo Rose (Peruano-1928) 67


AGRADECIMIENTOS

En primer lugar y muy especialmente a Eduardo Muñoz, mi profesor de computación, porque sin sus clarísimas enseñanzas en este “mundo” –casi desconocido para mí- de la informática, y su colaboración desinteresada e invalorable, este libro no hubiera visto nunca la luz.A mi amiga –ex compañera de banco en la secundaria- Beatriz, quien me abrió el camino hacia la meta final: la publicación.Y de la forma más particular porque nace de lo profundo de mi corazón, a mis AFECTOS más entrañables: Ángela y Fernando, porque depositaron en mi “capacidad” toda su confianza. A mi queridísimo primo Eduardo. A mis amigos-hermanos: Alberto; Gloria, Miguel y sus hijos; Mercedes, Beto y sus hijos; María Liliana; a todos por su permanente aliento y apoyo. Y a vos, lector, por tu interés y tu tiempo

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De puño y letra