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Innovación Social

¿Cómo es una sociedad innovadora?

Daniel Innerarity: «La sociedad de la Innovación»

Ander Gurrutxaga: «Recorridos por la innovación»


Edita:

Innobasque - 2009

Agencia Vasca de la Innovación

Parque Tecnológico de Bizkaia

Laida Bidea 203, 48170 Zamudio

Depósito Legal: BI-2752-09

Los contenidos de este libro, en la presente edición, se publican bajo la licencia:

Reconocimiento–No comercial–Sin obras derivadas 3.0 España de Creative Commons (más información http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/deed.es_CO)

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Doble Sentido

Impresión:

Tecnigraf


Daniel Innerarity: «La sociedad de la Innovación»

¿Cómo es una sociedad innovadora? Ander Gurrutxaga: «Recorridos por la innovación»


Prólogo

¿Cómo es una sociedad innovadora?

Índice

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Introducción

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Daniel Innerarity La sociedad de la Innovación. Notas para una teoría de la innovación social

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Ander Gurrutxaga Abad Sentidos de la innovación social

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Innovación (necesariamente) social

Prólogo

Xabier Retegi Ex-Presidente del Consejo Ejecutivo de Dirección de Innovación Social Luis Mari Ullibarri Director General de Innovación Social - Innobasque


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Innovación (necesariamente) social

Innovación (necesariamente) social

Todas las sociedades avanzadas se enfrentan, en mayor o menor grado de profundidad, al reto de reinventarse. La actual situación de crisis global en la que Euskadi, como el resto del mundo, se encuentra inmersa, ha de­jado al descubierto algunas de las debilidades del sistema económico actual, y ha ayudado a cuestionar algunas de sus bases, principalmente aquellas que han facilitado su perversión. La crisis ha favorecido la «toma de conciencia» necesaria a la hora de acometer un reto tan importante como el que tenemos entre manos. Igualmente, nos ha permitido reafirmar la necesidad de reforzar algunas de las estrategias puestas en marcha con anterioridad, entre ellas, la apuesta inequívoca por la innovación. Ya era ésta necesaria en 2007, cuando se creó Innobasque, y hoy en día es imprescindible. La innovación es el eje central del modelo de competitividad y sostenibilidad en Euskadi para los próximos años, e impulsar esta transformación es, precisamente, el objetivo de Innobasque, la Agencia Vasca de la Innovación. Pretendemos construir una sociedad innovadora en todos los ámbitos, para lo cual, nuestra estrategia pone el acento en las personas. El modelo de sociedad innovadora que pretendemos ayudar a construir persigue un entorno en el que la ciudadanía vivamos los valores asociados a la innovación y seamos coherentes con ellos en nuestros comportamientos y acti­ tudes. Como decíamos, es un reto fascinante, porque reclama un profundo cambio cultural, que refuerce valores como la educación y la formación, la igualdad de género, la diversidad, la participación, la calidad del empleo, la responsabilidad social, el envejecimiento activo, la creatividad, la tolerancia a la incertidumbre y riesgo, la curiosidad, el espíritu emprendedor, etc. Igualmente, este modelo requiere una nueva forma de comunicación entre líderes y gobernantes con la ciudadanía, para construir complicidades y redes de compromiso y colaboración. En este sentido, la experiencia de Innobasque pretende potenciar una nueva forma de gobernanza, en la que la mutua relación de la sociedad civil con la administración ofrezca soluciones innovadoras que pueden mejorar y potenciar los programas de la propia administración, en beneficio de toda la sociedad. Transformar una sociedad supone




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implicar a toda la ciudadanía, y también los recursos de cientos de entidades. Para conseguir la movilización de la sociedad en su conjunto, es preciso superar un enfoque técnico o simplemente empresarial de la innovación. Existen un conjunto de retos, que no son tecnológicos, y que son cruciales para nuestro futuro, como la potenciación de la educación, la propia cohesión social, la construcción de una sociedad multiétnica, multicultural y trilingüe, la igualdad real de género, … Todos ellos son fundamentales para alcanzar el éxito de nuestra transformación que, necesariamente, será social si en lo económico pretendemos tener éxito. Esta condición, vinculada al papel central de la persona en este proceso, ha estado presente desde el primer momento en el proyecto de Innobasque, pero adquiere una importancia radical en esta etapa, en la que es clave movilizar a la sociedad vasca y por ende, las enormes capacidades de las y los ciudadanos. Resulta imprescindible alinear todos los elementos de esta gran apuesta: personas dispuestas a desarrollar sus capacidades latentes, organizaciones dispuestas a favorecer el crecimiento de sus activos, instituciones comprometidas con la sostenibilidad, etc. Este objetivo ambicioso e ilusionante, requiere igualmente de una intensa labor conceptual y de acción transformadora de nuestra realidad. Para cambiar nuestra realidad necesitamos comprenderla e identificar las claves de su innovación. Éste ha sido el principal cometido del Área de Innovación Social de Innobasque en estos dos primeros años de andadura. Los cambios que se han producido, y se van a seguir produciendo, en nuestra sociedad nos plantean interesantes interrogantes sobre nuestra actitud, sobre las respuestas que aportamos, y sobre los silencios que proyectamos. Hemos observado las dinámicas de las sociedades que nos rodean, su sociología, sus conflictos, sus respuestas, sus logros y sus fracasos; y hemos llegado al convencimiento de que la innovación social es el «eje de transmisión» que nos moverá hacia la transformación. Nos está tocando vivir la paradoja de una sociedad que presume de conocimiento (así nos autodenominamos) y al mismo tiempo, vive sumida en una permanente y profunda incertidumbre, impotente ante los ritmos en que se producen los cambios. Ante esta situación


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(«modernidad líquida») que nos desborda, sólo cabe una actitud proactiva y una única fórmula: la innovación en el ámbito social. El punto de partida de esta publicación es claro: la innovación es un fenómeno social, que implica a personas, a organizaciones y a la sociedad en su conjunto. Los diferentes artículos incluidos en esta primera publicación de Innobasque, nos brindan una visión integral de los agentes, los contextos, los recorridos, las velocidades y condiciones de la innovación. Se ofrecen las claves para una conceptualización de la innovación que se amplía y que reivindica su vertiente social, estructural y evolutiva. Los autores refutan el reduccionismo tecno-económico de la innovación que ha sido imperante en el enfoque y desarrollo de la innovación en las últimas décadas. Se desmonta la idea dual y fragmentada de que la innovación tecnológica y económica tiene únicamente implicaciones tangibles, productivas y cuantificables; así como que las innovaciones sociales únicamente afectan a lo intangible o espiritual. La sociedad y la innovación son consustanciales a la evolución humana. Como dice Daniel Innerarity, «No hay innovación sin Sociedad». En la lectura de estos artículos emerge una hipótesis compartida, que nos propone una visión estimulante: la innovación social está asociada a la mejora de la capacidad de la sociedad para resolver problemas existentes e identificar problemas futuros. Se entiende que la innovación no es lineal y continua en el tiempo, y a través del uso, la práctica y la utilidad se socializa y extiende. Y, como señala Ander Gurrutxaga, su socialización hará que «estemos más preparados para las innovaciones futuras». Desde la complementariedad, estos artículos plantean dos cuestiones claves: en primer lugar, la ralentización de lo social ante lo económico y, en segundo, cómo abordar la competitividad global desde la innovación local. Temas de innegable transcendencia, e igual­mente, claves para la actividad presente y futura de Innobasque. Daniel Innerarity defiende como causa importante de los problemas de nuestra sociedad, el desequilibrio entre las distintas velocidades de la innovación de lo económico, político, tecnológico y social. La ralentización de lo social ante lo económico produce desincronizaciones temporales y espaciales en la innovación (desigualdades,




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conflictividad, etc.) que han tratado de ser resueltas desde el ámbito de la política con escaso éxito. La innovación no acontece por la mera formulación e implementación de políticas públicas, ya que requiere de un caldo de cultivo económico y socio-cultural apropiado. La política alcanza a crear las condiciones necesarias en las que pueda surgir la innovación, y a evitar las rutinas o restrictores que la dificultan o imposibilitan. En opinión de Innerarity, sin embargo, la política se está adaptando escasamente a los cambios, y avanza por detrás de otras innovaciones (económica, tecnológica, etc.), con respuestas reactivas y sectoriales ante problemas complejos y globales. De esta manera, retrocede la capacidad de innovación social de la política. No se alcanza a concebir el futuro, y se reacciona y repara con una limitada capacidad de entender los cambios sociales, anticipar los escenarios futuros y formular un proyecto para conseguir un orden social inteligente e inteligible. La actividad pública pierde representatividad, ya que cada vez se externaliza más el diseño e implantación de las políticas públicas: definición de estrategias, desarrollo de planes, oferta de servicios, etc. Todo ello produce la despolitización de nuestra realidad. La democracia está en riesgo y es necesario innovar lo público, modernizando la Administración y favoreciendo nuevas formas de gobernanza. Daniel Innerarity concluye que la solución a esta situación de estancamiento pasa por posibilitar una comprensión y desarrollo de la política como poder cooperativo en una red heterogénea. Algunos de estos retos están ya incorporados en las líneas estratégicas de Innobasque: creación de entornos que revalorizan el dinamismo social, reflexión sobre los nuevos ritmos que acompasarán la innovación social a la técnico-económica, y promoción de nuevas formas de gobernanza y de innovación social. Ander Gurrutxaga nos propone abordar la competitividad global desde la innovación local, para lo cual invita a aunar el capital humano con sistemas educativos de calidad, con sistemas de políticas públicas y entornos institucionales que premian las nuevas y buenas ideas. Un objetivo que, necesariamente, debe reposar en la cohesión social. Las redes humanas y la cultura de innovación serán diferentes en cada lugar, en función a las características de su entorno, sus


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instituciones, dinámicas de relaciones, dimensiones (macro, meso, micro), geografía, etc. Las dinámicas sociales que facilitan la innovación son procesos socio-culturales, y sus bases son el intercambio y la interacción bajo normas de reciprocidad y asociación, que promocionen la confianza, el reconocimiento, la identificación, la colaboración, la competencia, etc. Mantener la cohesión e integración social es el mecanismo decisivo del impulso socio-económico, más que una carga para los Estados. Por el contrario, la disolución del capital social de una región puede provocar fragmentación social, y frenar su desarrollo. Los déficits sociales de la innovación son la baja lealtad institucional, la disminución de la confianza informal y la debilidad del conocimiento institucional. Según Gurrutxaga, la innovación necesita de contextos adecuados y terrenos donde cultivarse, en los que germinan actividades en las que se crea, aplica y comparte el conocimiento, a la par que nos ofrecen la oportunidad de enfrentar problemas colectivamente. Los «espacios interactivos de aprendizaje» son el máximo exponente de entornos innovadores, y sus principales características son: libertad de pensamiento y acción, actitudes experimentales hacia la realidad, apertura en relación con las propias creencias, estimulación interdisciplinaria y de experiencias múltiples, acceso al conocimiento y datos disponibles, recursos dispersos, y manejo tolerante de los fracasos. Por todo ello, las ciudades que ofrecen mayor calidad de vida y que mejor acomodan la diversidad, atraen y retienen talento y, a su ­ vez, son más eficaces en la generación de actividades intensivas en tecnología. Es importante fomentar los «eco-sistemas creativos» y entre las condiciones necesarias para su creación, está la tolerancia. Las estrategias de Innobasque implican atracción de agentes, conceptualización de necesidades y oportunidades, y movilización para la transformación. De esta manera, queremos contribuir a atraer y movilizar a los actores sociales, para construir conjuntamente espacios interactivos de aprendizaje. Nuestro objetivo es configurar a Euskadi, a medio y largo plazo, como un «eco-sistema creativo e innovador». Queremos agradecer a los autores su dedicación, esfuerzo y ge­nerosidad. También es un placer para nosotros dejar testimonio agradecido de la enorme labor realizada por todas las personas del

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i-Talde de Conceptualización de la Innovación Social, en el Área de Innovación Social de Innobasque. Toda esta pasión y energía ha sido ofrecida generosamente para crear una sociedad orientada al aprendizaje e innovación.


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Constructores sociales

Introducción

Pedro Luis Uriarte Presidente de Innobasque


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Vivimos, como ya se ha apuntado en varias ocasiones, el «cambio de los tiempos», aunque hasta ahora sólo lo habíamos analizado como «un tiempo de cambios». Nos toca, por lo tanto, contribuir a que la sociedad «nasciturus» se sustente en una estructura de valores acorde a las necesidades y expectativas de un mundo que se ha transformado intensa y rapidísimamente. Como apuntan en su introducción Xabier Retegi y Luis Mari Ullibarri, el modelo de sociedad por el que estamos trabajando pretende favorecer la construcción de un entorno en el que las perso­ nas vivan de forma coherente los comportamientos y actitudes vinculadas a la innovación. En este contexto, no sorprende que una de nuestras líneas de trabajo prioritarias haya sido, precisamente, el análisis sobre los valores que, entendemos, deben guiar esta transformación. La innovación es un fenómeno netamente social. Estrictamente social, podríamos decir. Vivimos tiempos felices en los que, parece ser que de forma ya definitiva, el individualismo va dejando paso a la individualidad. Un salto importante, gracias al cual las personas dejamos de actuar como miembros de una especie, y pasamos a ser cons­-ructores sociales, y aportamos de forma crítica nuestros conocimien­tos a la organización de la especie. Una reflexión básica que tomó prestada del siempre preclaro Eudald Carbonell. Como él, yo también soy optimista cuando reflexiono sobre la intensa transforma­ción que estamos experimentando, como personas y como sociedad. Este optimismo se ve alimentado, entre otros estímulos, por el talento de las personas que han colaborado en el ensayo que tengo el honor del prologar, los profesores Daniel Innerarity y Ander Gurrutxaga. No voy a extenderme en glosar su extenso e impresionante curriculum profesional, sobradamente conocido y admirado, pero no puedo dejar de hacer un reconocimiento expreso a su enor­ me calidad personal y a la generosidad demostrada en estos meses de trabajo. Son, sin duda, amigos de una gran experiencia, en el sen­tido apuntado por G. W. Leibniz: «la experiencia no consiste en el número de cosas que se han visto, sino en el número de cosas sobre las que ­ se ha reflexionado con fruto». Y ellos lo han hecho, con mucho fruto.

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Esta publicación quiere ser un vehículo para compartir las reflexio­ nes sobre los valores de la innovación que durante muchos meses hemos tenido el inmenso privilegio de trabajar, codo con codo, con los autores. El trabajo se enmarca en la labor realizada por muchas personas del Consejo de Innovación Social de Innobasque, y más específicamente, en el I-Talde en el que tanto Daniel Innerarity como Ander Gurrutxaga han participado. Sirvan estas líneas como reconocimiento a todas y cada unas de las personas que, con enorme generosidad, han contribuido a enriquecer nuestra visión. Han logrado, igualmente, alimentar la esperanza y el optimismo, alientos fundamentales en este proceso de transformación. No quiero desaprovechar esta ocasión para agradecerles, igualmente, su confianza en Innobasque, como plataforma de difusión y reflexión. En julio de 2007 pusimos en marcha un proyecto ilusionante y que podía juzgarse como irrealizable en términos objetivos (muy a menudo me pregunto si no lo son, en definitiva, todos los proyectos vitales en los que realmente merece la pena embarcarse). Formulamos nuestro objetivo centrado en la máxima aspiración: convertir a Euskadi en «EL» referente en innovación en Europa, y nos pusimos un plazo de realización de una generación. Dimos, con ello, el primer paso para convertir en realidad lo que parecía ser un sueño. Desde ese momento, cientos de personas se han acercado a Inno­ basque (a los diferentes grupos de trabajo, a los foros de reflexión y actividades que hemos promovido) con la voluntad de aportar su visión y conocimientos a la construcción del proyecto de intensa transformación de nuestra realidad social y económica que estamos impulsando. Este trabajo es uno de los resultados más ilusionantes del proceso y, a buen seguro, no será el único. Mi enhorabuena, y mi profundo agradecimiento, a todos los hombres y mujeres que han empeñado su tiempo en comenzar a hacer realidad nuestro sueño.


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La sociedad de la Innovación

La sociedad de la Innovación. Notas para una teoría de la innovación social

Daniel Innerarity


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La sociedad de la Innovación

La carencia de un concepto adecuado de innovación social se debe a que no hay una teoría de la sociedad de la innovación que explique la vinculación de ambos conceptos. Este texto pretende contribuir a paliar este deficit conceptual. Parte de una crítica a la idea de que la sociedad pueda existir sin innovación o con una innovación restringida al dominio técnico­-económico (1) y a los efectos que en el conjunto de la sociedad provoca esta carencia de integración social de lo que podría llamarse una innovación sin sociedad (2); en una segunda parte, más propositiva, se explica por qué no hay innovación sin sociedad o, dicho de otra manera, por qué la innovación es un asunto social (3), y por qué no hay sociedad sin innovación, al menos sociedad moderna tal y como la hemos entendido (4). 1. La sociedad sin innovación

El discurso dominante acerca de la innovación parece caracterizarse por una restricción que la reduce a un proceso de adquisiciones técnicas con el fin de fortalecer la competitividad en un mercado globalizado. Sirva para ilustrar esta visión estrecha de la innovación la definición que da de ella la OCDE. El determinismo de las concepciones sociales de Marx, Schumpeter o Taylor se ha transmutado en una retórica de la innovación que hace depender la prosperidad social únicamente de las adquisiciones técnico­-económicas. Es muy frecuente que la investigación acerca de la innovación, incluso cuando se propone explicar los cambios estructurales de la sociedad, lo haga con una concepción muy tecnicista. No hay una teoría que ponga en sintonía satisfactoriamente la innovación y la constitución de la sociedad moderna. Podría sintetizarse este desencuentro diciendo que quienes se ocupan de la innovación están poco interesados en la sociedad y quienes piensan la sociedad no parecen haber entendido la centralidad que la innovación tiene a la hora de comprender nuestras sociedades. En última instancia, la sociedad es pensada como una realidad sin innovación o, lo que es lo mismo, con una innovación restringida que no afecta a su constitución como sociedad. Las explicaciones habituales de la innovación son insuficientes en virtud de su determinismo. El ejemplo más claro de ello es la teoría de los ciclos de Kondratieff que fue reelaborada por Schumpeter

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(Kondratieff 1926; Schumpeter [1939] 1961). Según esta teoría, las innovaciones técnico-­económicas básicas desencadenan ciclos largos en el desarrollo económico y social. Su falta de solidez se debe a que la relación implícita que establece entre desarrollo técnico, económico y social es infracompleja. El crecimiento no sólo se explica económicamente sino mediante interdependencias entre procesos socioeconómicos y procesos político-institucionales. Esta teoría de la innovación desconoce la dinámica propia, la interdependencia, pero también la indiferencia de los subsistemas sociales como consecuencia de la diferenciación social. Incluso en las más recientes teorías de la sociedad de la información y del conocimiento ha seguido dominando la dependencia de lo social respecto de lo técnico (Hack 1998; Rammert 1997). Resuelven la relación entre innovación, desarrollo tecnológico y procesos de cambio social en favor de uno de los elementos. El saber que conciben como fuente de innovación y de cambio social lo es gracias a la combinación de redes sociales y nuevas tecnologías de la información. De manera muy semejante a la teoría de los «grandes ciclos», también Castells ve en la tecnología la base de las modificaciones, aunque la innovación se encuentre propiamente en la manera de gestionar información y saber (Castells 1996). Las principales concepciones de la sociedad del conocimiento reconocen el significado de la innovación para el cambio social, pero las causalidades implícitas quedan sin explicar. En la dependencia de lo social frente a lo técnico, así como en la identificación de técnica e innovación, se presupone lo que debería propiamente explicarse. Pero la relación entre desarrollo tecnológico y cambio social debe ser explicada en toda su complejidad, si es que queremos entender adecuadamente la relación entre innovación y sociedad. Aunque la expresión «innovación social» fue formulada hace pocos años por Wolfgang Zapf (1989), sus orígenes pueden rastrearse en la teoría del cambio social de William Ogburn en 1923 (1969). Según este sociólogo americano, el cambio social tendría lugar en la interacción entre dos culturas complementarias: la cultura material (los artefactos y proyectos tecnológicos) y la cultura inmaterial (las reglas y prácticas que caracterizan nuestra relación con la tecnología). A partir de esta distinción, Ogburn formula su distinción, tantas


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veces citada, del «cultural lag»: el diferencial que se crea entre ambas culturas debido a sus distintas velocidades de desarrollo. El ejemplo que aduce para ilustrar esto es el aprovechamiento de los bosques en los Estados Unidos. En la época de las primeras migracio­nes, la tala de árboles era considerada como algo lógico para la supervivencia. Esta cultura inmaterial estaba en equilibrio con la reposición natural de los bosques mientras no había una gran demanda de madera, pero, con el aumento de la población esa forma de relación con la naturaleza superaba la velocidad de reposición del medio natural y amenazaba las condiciones de la supervivencia. Ha sido precisamente la innovación social de la conciencia ecológica la que ha posibilitado después la superación del «cultural lag» entre la cultura material y la inmaterial, favoreciendo de este modo el progreso social. Otro momento de la historia de la innovación social procede de la misma teoría económica. Cuando se quiere comprender el proceso de innovación en su complejidad social y política, entonces su versión tecnológica y económica aparece como algo insuficiente. El intento de ampliar socialmente el concepto de innovación fue llevado a cabo por la economía evolutiva de las instituciones, que criticaba la teoría clásica de la innovación en dos aspectos: por su concepción abstracta del comportamiento del mercado y por su idea simplista de la empresa. Para la teoría económica clásica, el mercado era entendido como una instancia natural, independiente de toda consideración social y que, siguiendo leyes objetivas, decide si una innovación tecnologica tiene éxito o fracasa. Pero en los mercados liberalizados las fuerzas sociales deciden o influyen sobre las innovaciones: el mercado no es una instancia independiente sino una institución donde comparecen diversos intereses. El desarrollo de muchas innovaciones, como la energía nuclear o las alternativas, sería impensable sin intervenciones políticas. Muchos mercados para productos innovadores no existirían sin inversiones públicas. El otro objetivo de la crítica es la idea simplificada de empresa como una racionalidad que permitiría anticipar calculadoramente las innovaciones tecnológicas. Si una innovación funciona, si es aceptada por la sociedad, son cuestiones caracterizadas por una gran inseguridad. La empresa no es, además, una organización monolítica: el departamento de investigación juzgará una innovación

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de una manera diferente del de producción. Una empresa es más bien un espacio polémico en el que compiten diferentes percepciones, lógicas e intereses. Las decisiones empresariales no surgen necesariamente de un cálculo racional en el que no intervinieran consideraciones sociales. Cuanto más compleja sea la estructura socio­-tecnológica de la que surgen las innovaciones, más atención debemos prestar a los aspectos no económicos que contribuyen al éxito o fracaso económico. La crítica del estrechamiento técnico de la inovación tuvo otro momento culminante en la discusión sobre las consecuencias sociales de la técnica a lo largo de los años 90 (Simonis 1993; Sauer/Lang 1999). Contra los anteriores determinismos se hizo valer incluso el esquema inverso: lo social como condición de posibilidad de las innovaciones técnicas (North 1990). Las innovaciones requieren determinadas condiciones sociales que no se explican exclusivamente en virtud de las innovaciones técnicas. Como resultado de estos debates, se puso el acento en los presupuestos sociales de las innovaciones técnicas y económicas (tanto de las queridas como de las no-queridas), en la inserción social de tales innovaciones y en el papel de las instituciones sociales a la hora de llevarlas a la práctica. La atención al aspecto social de la innovación produce también un cambio de acento en la concepción social de la tecnología. Mientras que la sociología de la técnica ha tendido a concebirla como un mecanismo controlado, intencional y repetible, una sociología de la innovación incidiría más bien en el aspecto incontrolable, no­ intencional y diferenciador de la técnica. El acento consistiría en tomar en consideración la inseguridad constitutiva que la acción social produce y a la que, al mismo tiempo, ha de hacer frente, superando así una concepción instrumental y mecánica de la técnica. Al mismo tiempo, lo social pasa a ser considerado también como un ámbito de innovación. La innovación no se da sólo en el ámbito de las ciencias de la naturaleza, en la tecnología o en el mundo empresarial, sino en otros espacios sociales como la política, la educación, el sistema sanitario o la administración, que son igualmente capaces de descubrimiento, novedad, progreso e invención. También en ellos surgen, ocasionalmente, lo que William Ogburn llamaba las «invenciones sociales», conquistas sociales como


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la in­troducción del sufragio femenino, el seguro de desempleo o los acuerdos de paz, que contribuyen a la mejora de las condiciones de vida colectiva e impulsan el cambio social. ¿Hasta qué punto las sociedades innovan, más allá de sus sistemas de innovación tecnológica, científica, productiva y económica? Vivimos efectivamente en una sociedad descompensada: entre la euforia tecno-­científica y el analfabetismo de valores cívicos, entre la innovación tecnológica y la redundancia social, entre cultura crítica en el espacio de la ciencia o en el mundo económico y un espacio político y social donde se innova poco, donde hay una escasa capacidad para articular el equilibrio entre consenso y disenso, para canalizar los conflictos y diseñar modelos de convivencia. Al mismo tiempo, hay que pensar seriamente la capacidad de innovación social de la política (entendida en su sentido más amplio). Es una valoración casi unánimemente compartida que la capacidad configuradora de la política retrocede de manera preocupante en relación con sus propias aspiraciones y con la función pública que se le asigna. Esta debilidad contrasta con el dinamismo de otros sistemas sociales. En nuestras sociedades conviven la innovación en los ámbitos financieros, tecnológicos, científicos y culturales con una política inercial y marginalizada. El repliegue de la política frente al vigor de la economía o al pluralismo del ámbito cultural es un dato que merece ser tomado como punto de partida de cualquier reflexión acerca de la función de la política en el momento actual. Hace tiempo que las innovaciones no proceden de instancias políticas sino de la inventiva que se agudiza en otros espacios de la sociedad. No se concibe, sino que se repara, desde una crónica incapacidad para comprender los cambios sociales, anticipar los escenarios futuros y formular un proyecto para conseguir un orden social inteligente e inteligible. Hay quien ha entendido las innovaciones sociales como mero contrapunto compensatorio de las innovaciones tecnológicas, como «complemento de la innovación técnica» (Gillwald 2000, 36). Pero este planteamiento olvida que en la innovación tecnológica hay ya, frecuentemente, una innovación social. La mejor sociología de la técnica reconoce que en los artefactos técnicos está inscrito un orden politico y social (Winner 1980). Las innovaciones sociales no

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son tanto compensación de las innovaciones técnicas sino que están insertas en ellas. En el fondo de esta teoría de la innovación social como compensación subyace un dualismo entre materia y espíritu según el cual lo técnico se identificaría con lo material y lo social con lo simbólico. Reducir la tecnología al artefacto material significa olvidar todo ese saber explícito e implícito que es necesario para desarrollar y utilizar una innovación tecnológica. Una tecnología contiene tanto el artefacto material como el saber simbólicamente codificado. La dicotomía material–espíritu es fatal para la innovación social ya que cualquier innovación social, si ha de durar, requiere una estabilización material. No tiene sentido oponer lo técnico a lo simbólico; la gran cuestión es hoy cómo articular las innovaciones simbólicas y comunicativas con las innovaciones técnicas y materiales. La idea de innovación social nos obliga a pensar fuera del dualismo entre ciencias y letras, técnica y valores, identidad y ciudadanía, global y local. Las mayores innovaciones van a producirse, precisamente, en el renovado encuentro entre estas dimensiones que, hasta ahora, se han pensado y vivido como opuestas y que adjudicaban el monopolio de la innovación a uno de los polos, mientras que asignaba al otro la repetición vetusta y el retraso histórico. No se trataría de volver la balanza hacia al otro extremo, sino de cuestionar esta contraposición y buscar redefiniciones inéditas de esas tensiones básicas. ¿Cómo entender entonces la naturaleza de la innovación social? Según Zapf, las innovaciones sociales se miden por el hecho de que «ayudan a resolver mejor nuestros problemas sociales» (Zapf 1989, 174) o porque elevan la capacidad de adaptación de las sociedades. Para Gillwald, como innovación social podemos entender «aquellas regulaciones socialmente exitosas de actividades y procedimientos que se desvían de los esquemas acostumbrados hasta entonces» (Gillwald 2000, 1). Pero si se trata de una verdadera innovación, el lenguaje de la adaptación o el de la desviación resultan insuficientes. Un debate colectivo se empobrecería si estuviera prohibido preguntarse qué debe adaptarse a qué (cuestión que, en la versión tópica de la innovación para la competitividad, está completamente oculta por la banalidad del lugar común). ¿Y si la verdadera innovación (no sólo la social) consistiera menos en la invención de soluciones para


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problemas ya existentes que en el descubrimiento de problemas nuevos, hasta ahora inadvertidos o reprimidos? En una sociedad bien constituida las soluciones de eficacia no pueden resolver completamente los problemas de legitimación. En las sociedades democráticas tiene que haber un espacio crítico donde puedan discutirse las innovaciones que pretenden poner en entredicho o superar los criterios dominantes. Esto era lo que pretendían hacer valer quienes, en los años 80, retomaron el concepto de innovación política (Polsby 1984; White 1982). Entre ellos cabe destacar la idea de Polsby de que, a diferencia de la reforma, que discurre en los cauces de la política oficial, las innovaciones políticas ponen en marcha procesos sociales que rompen con las rutinas institucionales. Hay siempre una tensión irreductible entre la acción creadora y las meras exigencias funcionales de adaptación. Para comprender bien en qué puede consistir la innovación social es necesario volver a pensar la relación entre desarrollo técnico, innovación y cambio social. Es un buen escenario para hacer verdaderamente justicia a la complejidad de la sociedad contemporánea y obtener una concepción alternativa de la innovación, que no suprima ni su tensión, ni su riqueza, ni su ambivalencia. 2. La innovación sin sociedad

La mayor parte de los problemas de la sociedad contemporánea no proceden tanto del exceso o de la falta de inovación, como del desequilibrio entre velocidades de innovación diferentes; la innovación se realiza sin una sociedad que la acoja e integre equilibradamente. La debilidad conceptual y práctica de la innovación social tiene como consecuencia el hecho de que sigamos confiando en que las innovaciones técnico­económicas nos vayan a asegurar la mejora de las condiciones de vida en toda su amplitud. Pero el hecho es que una innovación sin sociedad produce efectos socialmente indeseados y todavía continúa siendo una cuestión completamente abierta la de comprender y gobernar los efectos sociales de la innovación. El mundo avanza con distintas velocidades, por lo que continuamente aparecen líneas de quiebra entre las distintas dinámicas de innovación. Estas disparidades o líneas de falla reciben diversos

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nombres: décalage, gap, brecha, choque…; en todas ellas, se pone de manifiesto que las lógicas temporales son distintas, incompatibles e incluso antagónicas, y que, en algunas de ellas, es muy fuerte la pretensión de imponerse sobre el resto. Hay heterocronías que se hacen patentes como conflictos entre los sujetos y los grupos (el tiempo de los jóvenes y el de los mayores, el desequilibrio entre las generaciones o las desigualdades en general) o como falta de sincronía entre los diversos sistemas sociales (las innovaciones tecnológicas frente a la lentitud del derecho, el tiempo del consumo contra el tiempo de los recursos, el tiempo mediático que contrasta con el tiempo científico). Los subsistemas sociales han desarrollado una lógica propia también desde el punto de vista de la innovación y su dinámica, aceleración, su ritmo y velocidad, que son, en buena medida, independientes: el tiempo de la moda no coincide con el tiempo de la religión, ni el de la tecnología con el del derecho, ni el de la economía con el de la política, ni el de los ecosistemas con el del consumo. Las desincronizaciones son una prueba de que el progreso no avanza unitariamente, de que, por ejemplo, el progreso de la ciencia y la técnica no es equivalente al progreso social. Se ha desvanecido la suposición, más bien determinista, de que la innovación económica y el desarrollo político vayan necesariamente de la mano. Pero no sólo existen conflictos de tiempo porque los diferentes sistemas no estén sincronizados. Hay también contrastes y disfunciones temporales dentro de cada sistema. Un ejemplo lo podemos encontrar en el modo en que la economía financiera tiende a imponerse sobre otras dimensiones de la economía. Con el auge y la crisis de la new economy lo que se puso de manifiesto fue precisamente la divergencia entre la alta velocidad de los mercados financieros y las inversiones reales. Las grandes disfuncionalidades en las que vivimos tienen en su origen alguna falta de sincronía temporal. La desintegración social es una consecuencia de una creciente desincronización temporal, la destrucción del medio ambiente resulta de que los ciclos naturales de regeneración se encuentran sobrecargados, la pérdida de autonomía personal se sigue de una aceleración social que impide a los individuos formarse una opinión coherente (Rosa 2005, 110).


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La mayor escala de esa falta de sincronía que caracteriza al mundo actual se realiza en el contraste entre el tiempo global y el tiempo local, entre las sincronizaciones globales (financiera, comunicativa, internet) y las desincronizaciones también globales (desigualdades, conflictividad, grupos enteros de población, el tercer mundo, fundamentalismos…). El desequilibrio es bien evidente y explica las fuerzas de fondo que operan en los espacios globales: movimientos migratorios, falta de unidad jurídica, distintas responsabilidades respecto del medio ambiente, el poder hegemónico que se resiste a entrar en lógicas de sincronización postsoberanista… La debilidad de las instituciones para la gobernanza mundial dificulta enormemente la sincronización de un mundo disparatado. La innovación social se encuentra aquí en un estado rudimentario. La desincronización también tiene que ver con la desigual unificación del mundo (que nos hace a todos presentes, pero que no unifica completamente) o con la multiculturalización de nuestras sociedades, en las que comparecen distintos grupos con identidades diferentes. En ambos casos lo que hay es, o bien unificación del tiempo sin unidad de lugar (instantaneidad de la comunicación y los ­mercados financieros), o bien unidad de lugar sin unificación del ­tiempo (multiculturalidad). La tensión entre unas fuerzas que unifican pero no diferencian y unas diferencias sin capacidad o voluntad de unificar, entre un tiempo sin lugar y un lugar sin tiempo, seguirá ocupándonos mientras seamos incapaces de formular ló­gicas que permitan una sincronización que no sea impositiva (Innerarity 2008). La naturaleza colectiva del tiempo en el que vivimos nos obliga a unas especiales sincronizaciones, gracias a las cuales se regula la compatibilidad, la cooperación o la competencia. La política tiene precisamente como función asegurar la unidad cultural del tiempo frente a las tendencias de desintegración social, respetando al mismo tiempo el profundo pluralismo social que también se expresa como pluralismo de temporalidades. Una «política del tiempo» sería precisamente una innovación social que tendría como objetivo identificar los diferentes planos institucionales que actúan a diferentes velocidades y ritmos de interacción social (Pels 2003, 209). La democracia moderna es un juego complejo de equilibrios en el

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orden de la velocidad y la lentitud; el pluralismo político también se refleja como un pluralismo de la temporalidad: el tiempo lento de la constitución, el tiempo medio de las legislaturas, el tiempo corto de la opinión pública… Ahora bien, ¿cómo puede la política organizar un poder sobre ­ el tiempo? ¿Cabe equilibrar la aceleración económica, técnico­ científica y mediática? ¿De qué manera se integran, política y socialmente, la heterogeneidad de las innovaciones? La política democrática se encuentra máximamente expuesta al peligro de la desincronización frente a los acelerados desarrollos económicos y sociales. La principal desincronización entre los sistemas sociales se debe al desencuentro entre los niveles de innovación económicos, científicos y técnicos, y nuestra capacidad de tematizarlos políticamente integrándolos en una totalidad social con sentido. La autodeterminación democrática de la sociedad requiere unos presupuestos culturales, estructurales e institucionales que parecen erosionados precisamente por la aceleración social que promueven las formas de innovación dominantes. Los procesos de innovación y aceleración, que en su momento se originaron desde un impulso utópico, se han autonomizado a costa de las esperanzas de progreso politico y social. Hoy en día resulta más claro que la aceleración de los procesos de cambio social, económico y tecnológico despolitiza, en la medida en que dificulta la sincronización de los procesos y los sistemas, sobrecarga la capacidad deliberativa del sistema político, así como la integración social y el equilibrio generacional. Uno de los principales problemas que se nos plantean es precisamente el que se deriva del contraste entre la rapidez de los cambios sociales y la lentitud de la política. Los estados son demasiado lentos en relación a la velocidad de las transacciones globales. La formación, la política y el derecho no aguantan el ritmo del mundo globalizado. Sus instituciones pierden progresivamente capacidad de configuración sobre los procesos de innovación técnica y económica. Gobernar se convierte en un problema. Bajo la complejidad de las exigencias de decidir y la presión mediática de inmediatez, las instituciones políticas ven reducida su esfera de influencia, en el mejor de los casos, a la reparación de los daños generados por las innovaciones económicas y tecnológicas.


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El sistema político se encuentra ante un grave dilema. Por un lado tiene que adaptarse al desarrollo acelerado de la ciencia y la técnica para integrar sus innovaciones en el sistema social, pero por otro no está en condiciones de seguir la velocidad del saber producido. Mientras que la técnica sigue un curso enormemente acelerado, la velocidad de los procedimientos políticos está limitada por sus procedimientos. Esta es la razón por la cual el estado, que surgió como un elemento dinamizador de las sociedades modernas, aparece hoy como una figura de la ralentización social. Las administraciones, la burocracia, se presentan como paradigmas de lentitud, ineficiencia e inflexibilidad. Todos los procesos de desburocratización o descentralización están motivados por esta presión para acelerar las decisiones de las administraciones públicas. Esta búsqueda desesperada de eficacia explica también el desplazamiento de los procedimientos de decisión desde los ámbitos de la política democrática a otros escenario más ágiles, pero menos representativos y democráticos. Y explica también que el ámbito de la administración y la gobernanza sean uno de los más urgidos por realizar avances significativos de innovación social. La dinámica de la innovación desincronizada constituye una amenaza contra la política en la medida en que representa una pérdida de la capacidad de autodisposición política de la sociedad. Hay una contradicción en el hecho de que la vida democrática supone autogobierno y sin embargo tenemos la conciencia de que las temporalidades dominantes no nos permiten disponer de nosotros mismos. Existe toda una presión para convertir a la polí­ tica en un verdadero anacronismo, para que el mundo carezca de forma política: las instancias más poderosas en lo que se refiere a la determinación del tiempo no son democráticamente controladas o controlables. Algunos anuncian por ello el «final de la política»; otros, como respuesta a la «ingobernabilidad» de las sociedades complejas, recomiendan una «desregulación» que representa de hecho, una capitulación frente a los imperativos del movimiento económico. Por eso, nuestro gran desafío consiste en defender las propiedades temporales de la formación democrática de una voluntad política, sus procedimientos deliberativos, de reflexión

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y negociación, frente al imperialismo de las exigencias técnico­ económicas y la agitación del tiempo de los medios de comunicación. La cuestión es saber si, a pesar de la complejidad del mundo contemporáneo, una sociedad puede, a través de la acción política, configurar de algún modo su tiempo colectivo, darle un sentido y resolver los problemas que plantea una aceleración discriminatoria. Es uno de los principales ámbitos de innovación social si es que queremos que la innovación no se ejerza contra la sociedad sino en y para ella. 3. No hay innovación sin sociedad

En la retórica más habitual de la innovación se revela una falta de comprensión de lo que esta significa: una creación imprevisible, más bien escasa y siempre social. No existe innovación sin sociedad por lo que, propiamente hablando, la misma expresión de «innovación social» sería una redundancia; incluso cabría cuestionar la oportunidad de una terminología que distingue las innovaciones tecnológicas o económicas de otras que habría que entender como propiamente sociales. La innovación solamente se da en sociedad y carece de sentido fuera de un espacio intersubjetivo de aprobación y reconocimiento. Las innovaciones, esa singular combinación de novedad y optimación, son artefactos materiales o simbólicos que los observadores perciben como novedosas y que sirven para mejorar lo existente. Las innovaciones son un asunto social, de entrada, porque se dan en un contexto social. Las innovaciones no irrumpen en las sociedades desde el más allá; son resultado de practicas y estructuras sociales. Hay un contexto social que las favorece. Las innovaciones son un producto interactivo. Ningún inventor genial las produce en exclusiva. Por muy poderoso o creativo que pueda ser un genio individual, una innovación no es imputable a un actor solitario, sino que es debida a la integración de las diversas prácticas (entre ellas, la creatividad individual, por supuesto) en las que se articula la división del trabajo. Las innovaciones interactúan socialmente con otras innovaciones, de manera que se condicionan o disuelven unas a otras.


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La identificación o atribución de una novedad no tiene lugar fuera de un contexto. No se trata sólo del contexto social en el que una innovación es registrada como tal, sino que el juicio de que algo es nuevo o no depende de estructuras previas, es decir, expectativas y experiencias, colectivas e individuales (Weick 1998). La caracterización de una novedad presupone un observador que está en un contexto social, que califica a una desviación como novedad sobre la base de unas estructuras de expectativa dentro de un contexto específico (Luhmann 1994, 216). El carácter imprevisible de la novedad y su inserción dentro de una sociedad son dos caras de la misma moneda; la innovación es imprevisible porque es un asunto social y nadie puede asegurar que los demás reconocerán como tal una supuesta novedad. No basta con que haya nuevas ideas para que pueda hablarse de innovación. Una innovación tiene lugar cuando la idea se traduce en un nuevo producto o servicio y es aceptada en el mercado. Una innovación es algo real cuando es producida pero también cuando es reconocida como innovadora por los demás, que la hacen propia, consumiéndola o invirtiendo en ella, por ejemplo. La atribución del carácter de innovación a una novedad requiere un juicio independiente del sistema que la ha generado. Lo que decide si estamos ante una innovación o ante una mera ocurrencia es su aceptación por parte de la sociedad. De ahí que la innovación sea el resultado de un juicio social que sólo puede hacerse a posteriori. La experiencia de que fracasan todos los intentos de definir la innovación, lo nuevo, atendiendo a una realidad objetiva, lo que se impone es dirigir la mirada hacia los procesos comunicativos de una sociedad en los que se decide qué ha de entenderse por innovación, en el que se toman en cuenta los contenidos, pero bajo las condiciones de determinadas expectativas estructurales. Donde mejor se comprueba el carácter social de las innovaciones, su emancipación respecto de la creatividad individual, es en el hecho de su variación histórica. Muchas novedades adoptaron su forma exitosa en otros ámbitos y la utilidad fue distinta de la inicialmente pretendida. El más célebre ejemplo de ello en la historia de la técnica lo tenemos en el caso del teléfono, que había sido pensado por Bell para transmitir música, pero que desde Edison se consolidó

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en el ámbito de la comunicación oral (Rammert 1993, 233). Una historia semejante es la del ordenador personal, para los que se esperaba una demanda muy escasa y con unas utilidades muy reducidas. Por eso cabe suponer que la actual forma de muchas innovaciones está fijada de manera transitoria, ya que puede haber reinvenciones que la modifiquen y no sabemos aún lo que pueden dar de sí. Las innovaciones se caracterizan frecuentemente por tener una forma fluida. Pocas veces el objeto es el mismo al principio y al final de un proceso de innovación. Una de las causas de esta capacidad de transmutación reside en el hecho de que la confrontación con nuevas ideas suscita en los participantes un proceso de aprendizaje que lleva a modificar productos y finalidades, adaptándolos a sus necesidades e intereses concretos. Las mismas innovaciones pueden ser utilizadas para cosas distintas y no podemos ni determinar ni predecir absolutamente ese uso que, por su carácter imprevisible, forma también parte del proceso de innovación. Incluso cuando la intencionalidad de una innovación estaba fuertemente predeterminada, la innovación toma pocas veces el curso previsto. Los procesos de innovación siguen una lógica que no se muestra ni previsible ni calculable, pero tampoco completamente azaroso. De ahí lo difícil que resulta establecer rígidos modelos causa­-efecto para explicar la innovación, pronosticar su curso, calcularlo económicamente y controlarlo políticamente. La sociología ha puesto de manifiesto repetidamente hasta qué punto las innovaciones están sometidas al curso del tiempo; no siempre coinciden el sentido originario, el pretendido por sus autores y el consumo que de ellas realizan los demás; desarrollos posteriores, combinaciones con otros artefactos, reinterpretaciones del usuario las van modificando con el paso del tiempo. Tan importante como la producción es el consumo de las innovaciones a la hora de determinar si las hay y en qué consisten. El uso y la apropiación son los que deciden el éxito o el fracaso de un proceso de innovación. La teoría de la «difusión» de las innovaciones, por ejemplo (Rogers [1962] 2006), mostró hace tiempo en qué medida los clientes y los lugares de aplicación contribuyen decisivamente al desarrollo de las innovaciones, hasta el punto que se debería hablar de un «proceso recursivo» (Asdonk / Bredeweg / Kowol 1991) entre


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innovación y difusión. También en este aspecto puede concluirse que pensar la innovación al margen de sus condiciones sociales de realización y variación es una abstracción que no hace justicia a toda la complejidad del fenómeno. 4. No hay sociedad sin innovación

No es posible entender la sociedad moderna sin hacerse cargo de la centralidad que en ella ha adquirido la institucionalización de la innovación. La innovación se ha convertido en un motivo generalizado de acción. El «ubiquitious Innovating» (Braun-­Thürmann 2005, 5) se traduce en el hecho, inimaginable en otras sociedades o en otros momentos de la historia, de que apenas hay ámbito de la sociedad moderna que renuncie a observarse desde el punto de vista de lo que hay que renovar. La sociedad moderna tiene una especial debilidad por lo nuevo y que se traduce en diversas dinámicas de innovación en los diferentes ámbitos sociales. En el arte moderno se exige originalidad, pero no toda propuesta que apuesta por la transgresión encuentra la correspondiente aceptación; las noticias de los medios de comunicación se orientan por el valor de novedad que ellos mismos crean; en la política se trata de que los actores principales reconozcan a tiempo (es decir, antes de las elecciones) los temas políticamente relevantes a fin de encauzarlos en los correspondientes procesos de decisión; desde que en la economía se tiene que producir bajo las condiciones de escasez, para las empresas es muy importante que sus productos se distingan suficientemente de los de la competencia. Esta exigencia generalizada de innovar se debe a que un largo proceso de diferenciación y profesionalización ha configurado instituciones que están especializadas en producir sistemáticamente innovaciones. Especialmente en las ciencias y en las artes se ha instalado una dinámica que apuesta por extender las informaciones novedosas y sorprendentes. Mientras que la innovación pre­moderna era concebida como desviación, exorcizada como heterodoxia o tolerada como genialidad, las sociedades modernas se constituyen institucionalizando la producción de novedad. Sin este proceso no podrían entenderse realidades que nos son tan constitutivas como la conciencia, el gusto o la libertad política.

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La pregunta que todo esto nos plantea es si tiene sentido y en qué medida hay que hacer algo para favorecer e impulsar la innovación, en general y concretamente a escala local. La paradoja estriba en que si algo es verderamente innovador no puede ser el resultado de una acción intencional; por su propia definición, lo nuevo no puede saberse con anterioridad; tendría que ser el resultado azaroso de un descubrimiento, pero nada perseguido expresamente. ¿Hay alguna posibilidad de escapar de esta contradicción? De entrada, hay quien parte del supuesto de que las innova­ ciones son algo que se pueden, básicamente, planificar. Si esto fuera así, entonces las innovaciones surgirían allí donde hubiera un plan adecuado para producir la innovación y se aplicara consecuentemente. Todo esto presupone una concepción funcionalista de las instituciones y una idea de la acción humana, en general, como mera implementación de conceptos y modelos teóricos. Es evidente que el tipo de acción encaminada a favorecer la innovación no puede ser la misma que la rígida planificación que puede tener sentido a la hora de conseguir otro tipo de objetivos. Propiamente hablando, la innovación es algo que no puede exigirse ni producirse de una manera decisionista. Lo que está a nuestro alcance es crear las condiciones necesarias, aunque no suficientes, en las que puede surgir y evitar las rutinas o restrictores que la imposibilitan radicalmente. En esto, la formulación negativa es la más socorrida, pero también la más razonable teniendo en cuenta el carácter impredecible de lo que se quiere favorecer. Porque la creatividad, que es el presupuesto básico de la innovación, no puede ser forzada, ni tiene sentido determinar previamente qué innovación se debe conseguir. Parece mucho más lógico plantearse la cuestión de bajo qué condiciones aumenta la verosimilitud de que se realicen innovaciones y crear esas condiciones (Wottawa/Gluminski 1995). Hay un debate paralelo en el que se discute cuál debe ser el pa­pel de los poderes públicos en lo que se refiere a las políticas de innovación. Según los principios de laissez faire, la industria sería la encargada de la innovación, mientras que las instituciones deberían limitarse al campo de la ciencia y la formación. Esta sería la tradicional división del trabajo. El estado se ocuparía de la innovación únicamente de manera reactiva, para adaptar la legislación a las nuevas


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circunstancias tecnológicas y compensar los efectos negativos que la innovación produciría sobre el conjunto de la sociedad. Para el planteamieno más dirigista, el estado debería controlar la innovación, especialmente a través de los grandes proyectos tecnológicos. Frente a ambas concepciones destaca la comprensión de la política como poder cooperativo en una red heterogénea, que plantea a la acción del estado tanto límites como posibilidades. »La intervención configuradora del estado está limitada hoy más que nunca a establecer marcos para los contextos de investigación, desarrollo, producción y aplicación de nuevas tecnologías para actores no estatales, que en gran medida están auto­organizados y siguen su propia dinámica» (Dolata 2004, 23). Con ello se reconoce que el estado y los poderes públicos no están en condiciones de planificar procesos complejos de innovación tecnológica, pero que sí pueden establecer las condiciones generales para las diversas actividades de innovación. En sociedades complejas y tratándose de innovación se impone una especial modestia. Las sociedades y su cambio social son solo limitadamente planificables y gobernables. Ahora bien, a pesar de la indeterminabilidad temporal, en cuanto al contenido de los procesos de innovación, sería completamente equivocado, por falta de actitud anticipativa, abandonar este proceso a la casualidad. Los procesos de innovación no son sólo procesos económicos, sino que tienen lugar en un amplio contexto de realidades institucionales, estructurales y políticas, que a su vez interactúan en espacios regionales y supranacionales. Las fuerzas económicas no son suficientes para «institucionalizar» la innovación. Es indudable que los poderes públicos tienen a su disposición una capacidad configuradora que favorece la innovación, en la cultura, en la sociedad civil, en las organizaciones y las instituciones. La cuestión sería entonces qué condiciones estructurales hay que propiciar para que haya un clima favorable a la innovación. Entre estos factores que favorecen la innovación están determinados elementos culturales, que, en parte, pueden propiciarse con las políticas públicas y en parte se deben a procesos que se inscriben en el largo plazo. Podría sintetizarse esa cultura en la idea de una sociedad abierta al aprendizaje, capaz de cuestionar sus certezas, evidencias y rutinas, de afrontar el efecto desestabilizador que todo

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ello supone. Los sistemas y las sociedades que se orientan por el aprendizaje ganan la partida frente a los que solo aprenden con dificultad y prefieren decirle a la realidad cómo debería ser. La sociedad del aprendizaje implica también una nueva cultura ­en las organizaciones, cuya exigencia de informalidad aumenta cuando se trata de gestionar el conocimiento y la innovación, asuntos para los cuales la organización jerárquica y sectorializada plantea grandes limitaciones. La verdadera riqueza de las sociedades reside en su saber. La apelación a la sociedad del conocimiento y la innovación debería convertirse en un horizonte perseguido con tenacidad, desde las instituciones y con la colaboración de quienes tienen alguna responsabilidad en ello, tejiendo así una gran red que ponga en la misma dirección a las instituciones políticas, económicas y educativas, los sectores público y privado. El paso hacia la sociedad del conocimiento consiste, sobre todo, en darnos cuenta de que la energía de los talentos es incomparablemente superior a la fuerza de la materia y de todas sus posibles transformaciones. La llamada sociedad del conocimiento o del aprendizaje es un tipo de sociedad que no compite tanto por recursos materiales como por las destrezas que tienen que ver con el saber en un sentido muy amplio. La innovación consiste, de entrada, en la capacidad de distanciarse de las propias rutinas, de lo sabido, de los estereotipos y en tener la capacidad de no contentarse con lo adquirido. El mayor enemigo de la innovación es contentarse con lo bien que nos haya podido ir hasta ahora. Por eso la innovación exige, de entrada, una cultura del riesgo, la responsabilidad y el aprendizaje. Esta es la clave del dinamismo social y del protagonismo que pueden ejercer las sociedades. La innovación que resulta de estar en disposición de aprender es un imperativo general, un valor que afecta tanto a la organización empresarial como al modelo de convivencia que hemos de diseñar, tanto a las formas de expresión en el mundo de la cultura como a las políticas públicas. En una economía del conocimiento, la innovación es potenciada cuando se acierta a configurar sistemas de innovación regional: «redes empresariales espacialmente concentradas, insertadas socioculturalmente y estabilizadas institucionalmente que disponen de las


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ventajas especiales de acumulación, recombinación y aprovechamiento de saber técnico en los ámbitos tecnológicos elegidos» (Heidenreich 2000, 89). De entrada, puede parecer algo extemporáneo poner el foco de la estrategia innovadora en la región o la nación en la era de la globalización. El saber tecnológico, científico y cultural es producido mundialmente; las innovaciones son consumidas a escala global; gracias a la comunicación y el transporte las distancias espaciales pierden significación; incluso a las medianas empresas no les asusta construir estructuras de producción y distribución globales. Pues bien, en una economía del conocimiento, para sobrevivir en la competencia global, los recursos están, cada vez más, a escala local: bajo la forma de conocimientos, capacidades, en las relaciones y motivaciones de los que no disponen los competidores alejados (Cooke / Gómez / Etxebarria 1998; Freeman 1991; Lundvall / Johnson / Andersen / Dalum 2002; Maillat 1995; Nelson 1993; Porter 1990; Storper 1997). Esta conexión entre la sociedad de la innovación y la revalorización de espacios locales tiene una nueva lógica que es preciso comprender y aprovechar. Lo que se está produciendo es una confluencia entre las modi­ ficaciones del orden del espacio y las dinámicas de la innovación. Durante mucho tiempo, la localidad de las innovaciones fue concebida como una cuestión de competitividad. La cercanía especial de las materias primas, las vías de transporte, los espacios de acogida para el incremento de la población; todo esto se consideraba como favorable para el surgimiento de industrias tecnológicas claves. Tales factores de competitividad pierden su relevancia cuando decae el tipo de economía que está en función del suministro de materias primas y las correspondientes fuerzas de trabajo de la industria clásica. Este es el punto de partida de las teorías de la sociedad que diagnostican el tránsito de la sociedad industrial orientada por la producción a la sociedad postindustrial del conocimiento (Bell 1973; Stehr 1994; Knorr ­Cetina 2000; Willke 2001). Gracias a la velocidad, abaratamiento y extensión de la comunicación, y a la posibilidad que todo ello ofrece de generar conocimiento en forma de saber experto en todo el mundo, también es posible que trabajen en un mismo proyecto o producto personas que no están en cercanía física.

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Pero sería un error pensar que la globalización anula la significación del espacio local en favor de un sistema mundial desterritorializado de comunicaciones e intercambios. Con el proceso de globalización, no se destruye la localidad sino que adquiere una nueva significación. Mientras que el desarrollo de las innovaciones puede ser impulsado a través de la division global del trabajo, se forman nuevas redes en la forma de sistemas regionales de innovación. Los estados nacionales ya no son los únicos marcos de referencia para los procesos de innovación.


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Recorridos por la innovación

Recorridos por la innovación

Ander Gurrutxaga Abad Catedrático Sociología. Universidad País Vasco


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1. Introducción

El éxito del discurso de la innovación está asociado a las transfor­ maciones estructurales que atraviesan el final de la década de los noventa y la primera década del siglo XXI. Los últimos años del siglo XX visualizan mutaciones sociales y económicas y el surgimiento de paradigmas que intentan entender el mundo que cada vez se ajusta menos al creado por el orden social de posguerra. La globalización es el punto de llegada y el punto de salida, interpreta el mundo, fusiona ideas desde categorías como las de incertidumbre, riesgo, inseguridad, flexibilidad, precaución, competitividad, productivi­ dad, innovación, caos, entropía, etc. Es importante entre los cambios que podemos relatar citar la importancia que tiene la emergencia y difusión global de las tecnologías de la información y la comu­ nicación (TIC), de tal modo que una de las definiciones al uso «habla» de la sociedad del conocimiento. Los procesos de globali­ zación se anclan sobre las facilidades tecnológicas que crea el des­arrollo de este tipo de sociedades. En ellas las finanzas y los merca­ dos se globalizan, los flujos de información por Internet y los medios de comunicación interconectan sociedades y personas que, hasta entonces, habían subsistido en ámbitos locales, regionales o nacio­ nales, la transferencia de conocimiento se acelera y la com­plejidad obliga a preguntarse sobre quién gobierna sistemas tan inestables. Algunos de sus resultados tienen como consecuencia que el conoci­ miento y la innovación son «nuevas fuentes de riqueza, poder y cali­ dad de vida». La sociedad de la innovación deslumbra y recuerda que sus interlocutores son la incertidumbre, las paradojas y la gobernanza que actúa como gestora de la complejidad. Las llamadas a la innovación son, entre otras, una de las respuestas al universo plagado de incertidumbres. La cultura de la innovación genera resultados valiosos en muchos ámbitos sociales y no sólo entre las empresas con I+D+i. Existen sectores no tecnológicos (aunque utilicen las TIC), en los que los procesos de innovación son fomentados o impulsados. En suma, cabe hablar de sistemas expandidos de innovación, en los que no sólo se apoya a los procesos de innovación tecnológica, sino a otras modalidades de la misma. La hipótesis es que la inno­vación social está asociada a la mejora de la capacidad de las

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sociedades para resolver problemas e idear futuros. Se basa en el conocimiento adquirido para aprovechar la inteligencia social, vinculando la relación entre los seres humanos con la capacidad a la hora de enfrentarse al conflicto, la diversidad, el cambio climático, la cultura, la ciudad y sus nuevos espacios, etc. Se trata de buscar soluciones originales para pensar y descubrir objetivos nuevos. Si la innovación social emerge como la capacidad para experimentar ideas que funcionan a la hora de enfrentarse a metas sociales, la definición comporta objetivos y agentes intencionales, hace de­ pender los procesos de los sistemas de valores que cada agente, institución, organización o grupo social promueve. Por otra parte, se aplica en escalas, es decir, en micro, meso o macrocosmos y en ámbitos distintos en los que se recoge la distinción entre sistemas de innovación local, regional, nacional y transnacional (o global). La teoría de la innovación ha de tener en cuenta, como mínimo, diversos agentes, tipos, fuentes y escalas de innovación. Los nutrientes de los que se alimenta el aprendizaje colectivo están inscritos en el espacio geográfico como código cultural y humano con el que todos los ciudadanos se encuentran. Esto indica que son posibles gracias a contextos socio-culturales e institucionales que generan un clima de confianza y construyen objetivos compartidos. El resultado es que, al innovar, produ­cimos sistemas de tolerancia que aceptan algunos aspectos básicos de la realidad y modifican otros, se trate de bienes tangibles –procesos, productos, tecnologías, mercadotecnia– o intangibles –valores, ideas e instituciones–. Si los procesos tienen éxito, los aspectos transformados adquieren nuevos usos y sentidos. Desde mi perspectiva, las sociedades innovadoras consiguen aunar el capital humano con sistemas educativos de calidad, con sistemas de políticas públicas y entornos institucionales que premian las nuevas y buenas ideas. La interconexión e interdependencia dan como resultado la gestación de bienestar y calidad de vida de los ciudadanos. Los hechos observan que las sociedades innovadoras no son la consecuencia directa (relación causa-efecto) de la aplicación de medidas institucionales o el resultado de la inversión y la financiación de sus expresiones. Del mismo modo, innovar no implica seguir la dirección pre­


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determinada por una institución específica, sino que las dinámicas que crea y sobre las que se asienta adquieren rasgos y caminos diversos en los lugares en los que se difunde. Lo que señalo es que no todas las sociedades innovan bajo los mismos criterios y con el mismo ritmo, sino que las instituciones y metodologías que utilizan pueden seguir trayectos diferentes. El problema aparece cuando algunas sociedades carecen de dinámicas de innovación. Estos procesos coinciden con sociedades que no son capaces de encontrar rutas o respuestas para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. La innovación necesita la aportación de factores que están presentes a lo largo y a lo ancho del planeta Tierra. Así, tiene relación directa e inseparable con dimensiones como el cono­ cimiento, el aprendizaje, la transparencia, la habilidad, la expe­ riencia, la creatividad, la investigación o la información, pero también con la transferencia, la difusión, la transmisión y la implementación de nuevo conocimiento. Todo ello entre personas, sociedades y generaciones distintas. Los campos de acción donde florecen son diversos, y no reducibles al ámbito técnico o empresarial. La expresión artística, los organismos sociales, las instituciones públicas, los valores y las prácticas culturales se nutren de mecanismos y recursos socio-culturales que no están necesariamente sujetos a las prácticas económicas. Por otra parte, los procesos enseñan que la innovación no sigue la trayectoria lineal de los reductos trazados por los modelos clásicos de crecimiento económico. Es decir, la innovación no depende de la inversión y promoción de resultados promovidos por modelos de desarrollo económico concretos. Por el contrario, para que pueda favorecerse el desarrollo socio-económico necesita de «trabajo previo», en el que confluyen diversos tipos de innovación, como por ejemplo, el trabajo en equipo de agentes y sujetos, la construcción de infraestructuras, espacios institucionales desde donde puedan materializarse las ideas, crear sinergias para definir los objetivos y afrontar los retos que se presentan. Algunas fases quedan ocultas en estadísticas, indicadores empíricos y formas de medición, pero, a la postre, resultan importantes y necesarias porque componen las bases desde las que se nutre la innovación social.

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Tengo la impresión que la innovación de las sociedades y, en especial, la innovación social muestra un perfil donde el azar, las contingencias, los aspectos no previstos y no queridos juegan un papel más importante de lo que los modelos tecnológicos están dispuestos a reconocer; menos normativo y descontrolado de lo que plantean los citados discursos. La innovación no sigue un camino lineal y contínuo en el tiempo. Si analizamos los procesos con perspectiva histórica descubrimos que no encaran el despliegue de leyes inmutables que dan como resultado comportamientos y consecuencias seguras y fiables, sino comportamientos dinámicos, caóticos e inestables. Desde mi punto de vista, si tomamos el poso histórico que dejan los procesos y acontecimientos que movilizan a las sociedades, las innovaciones hay que asociarlas con la búsqueda de soluciones a problemas cotidianos, al descubrimiento de nuevos hechos y a su relectura mediante el uso, la praxis y la experimentación, antes que a la consecución de objetivos pragmática o racionalmente definidos. Con el tiempo, los obje­ tivos y las primeras ideas se diluyen y modifican, de tal forma que son el uso, la práctica y la utilidad de lo existente los que generan el surgimiento de nuevas ideas y objetivos distinguibles. Lo que quiero indicar es que no siempre existe innovación «para conseguir algo», sino que se innova improvisando o «por que sale así». Una de las ideas que manejo en el texto es que la innovación es posible gracias a la transferencia de conocimiento acumulado por innovaciones anteriores, lo que implica que la experimentación construye el conocimiento específico con el que las sociedades aprenden, así se preparan para acoger más innovación. El proceso no tiene por qué responder al ritmo de cambio progresivo o de mejora permanente, pero en unos y en otros casos da como resultado el incremento de la complejidad de la sociedad y fomenta la necesidad de que ésta experimente con más innovación. Una vez que llega a la fase de consolidación, es frecuente que emerja cierta fatiga que afecte al proceso de reproducción y provoque cuellos de botella que abocan a las dinámicas sociales de transformación al estancamiento. Innovaciones posteriores pueden refrescarlas, incorporando prácticas, dinámicas novedosas y estructuras ade­


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cuadas para en­carar las transformaciones pertinentes que crean principios que encauzan la fatiga de los procesos. El tránsito de la modernidad clásica a la modernidad tardía es el escenario y la tramoya en los que se apoyan algunos de los hechos que tienen que ver con los paradigmas alrededor de la idea fuerte de innovación, quizá uno de los más sugerentes, es la recon­figuración de la economía, que pasa del valor que tiene la producción material basada en la energía invertida, al valor del conoci­ miento y a las aplicaciones tecnológicas. Hay que contar, por citar algunos ejemplos significativos, con el peso de la información, la revolución en las comunicaciones, el papel de la industria del consumo o la tensión entre seguridad y libertad en los registros de la incertidumbre y en las sociedades denominadas del riesgo. Las enseñanzas son claras; no encaramos el despliegue de leyes in­mutables que den como resultado comportamientos y consecuen­ cias seguras, sino comportamientos dinámicos e inestables, aun­ que existen momentos de más o menos desorden, entre el caos y el orden la relación es más compleja que la de un juego de suma cero. El imperativo es el del movimiento, importa estar, aunque no se sepa para qué, ni tan siquiera por qué. El ser miembro de se identifica con estar en, sobre todo si la pertenencia no tiene que ver con las reglas de admisión a un club tradicional, aquí basta con teclear la contraseña o, llegado el caso, pagar la cuota de admisión, no se pide nada más. Lo específico es que se produce la interconexión entre los seres humanos y la tecnología, de tal manera que las redes están dispersas por la abundancia de las redes de interacción y por el poder del nanocosmos, es decir, por la miniaturización que penetra en los territorios habituales de la tecnología e invade los escenarios sociales transformándola en la base de la estructura material y en la condición sobre la que se erige la vida económica de las sociedades contemporáneas. Si la innovación es la fuente principal de productividad, el conocimiento y la información son materiales del proceso de producción y la educación la cualidad que garantiza su éxito. Los nuevos productores del capitalismo son los generadores del conocimiento y los procesadores de información cuya contribución es valiosa para la empresa, la re­ gión y la economía nacional.

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2. Los sentidos de la innovación social

Los éxitos prácticos de la innovación están asociados, tal y como he dicho, a las transformaciones estructurales que recorren el final de la década de los noventa del siglo XX. El final de siglo visualiza transformaciones sociales y económicas, debido a factores diversos. El que más me interesa resaltar se refiere a la emergencia y difusión mundial de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). La actividad científica también cambia debido a que las TIC se convierten en indispensables para la práctica científica y, sobre todo, a que las comunidades científicas, las universidades y los centros de investigación pasan a formar parte de sistemas nacionales de I+D+i (investigación, desarrollo e innovación), que tienden a ser transnacionales y supranacionales, al menos en el caso de los EEUU de América y la Unión Europea. Esa transformación de la ciencia puede resumirse diciendo que el conocimiento científico, que fue un fin en sí mismo durante la época de la ciencia moderna, hoy deviene un medio. El conocimiento es más valioso en la medida en que genera tecnologías y, en particular, innovaciones. La ciencia de la época industrial experimenta una mutación convirtiéndose en tecno-ciencia. Su objetivo no es conocer el mundo sino trans­ formarlo. Puesto que la mayor parte de la tecnociencia está impulsada por la iniciativa privada y por las empresas de I+D+i, el objetivo de muchas líneas de investigación consisten en posibilitar innovaciones que aumenten la competitividad y la productividad de las empresas que invierten en I+D+i y que gracias a su capacidad para innovar, generan riqueza y adquieren poder, pudiendo re­ invertirlo en investigación. En suma, la clave de la economía es la innovación, incluida de forma muy significativa, la economía de la ciencia. Este hecho tiene su pequeña historia, la OCDE y el Eurostat publicaron en 1992 la primera edición del Manual de Oslo, que se convierte en el principal estándar para los estudios nacionales e internacionales de innovación. Conforme los sistemas lo­ cales, regionales y nacionales de innovación han crecido, se ha comprobado que la innovación tecnológica –que siguiendo a Schumpeter el Manual en 1992 dice que es la principal fuente del crecimiento económico– no es la única modalidad relevante


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de innovación. En la segunda edición de este Manual (1997) se subrayó la importancia de la innovación en el sector servicios. En su más reciente edición (2005) se distinguen cuatro tipos de innovación: de productos (bienes y servicios), de procesos, de organización y de mercadotecnia. Los procesos de innovación económica y socialmente relevantes son mucho más variados de lo que pensaron Schumpeter, sus seguidores y, en general, la reflexión económico tecnológica sobre ellos. Paralelamente, otras entidades e instituciones han llamado la atención sobre otro tipo de innovación, la innovación social. La Young Foundation británica aporta una definición de la social innovation, que oponen a la business innovation. Para ellos, las innovaciones sociales son «actividades y servicios que surgen para satisfacer alguna necesidad social y que son predominantemente desarrolladas y difundidas por organizaciones cuyos objetivos son prioritariamente sociales» Asimismo aportan una definición muy general de innovación («ideas nuevas que funcionan»), que ha sido adoptada por el Gobierno británico en la formulación siguiente: «explotación exitosa de nuevas ideas que funcionan». En la medida en que las nuevas ideas se orienten hacia objetivos científicos, tecnológicos, empresariales, sociales, políticos, educativos, culturales o artísticos, tendríamos diferentes modalidades de inno­ vación, promovidas por distintos agentes innovadores. Sin embargo, la definición británica tiene el inconveniente de tener únicamente en cuenta las innovaciones exitosas, siendo así que buena parte de los procesos innovadores fracasan, como el propio Manual de Oslo señala y cualquier agente innovador comprueba con frecuencia. Una cosa es una propuesta innovadora y otra distinta su desarrollo y explotación, que puede tener éxito o no en base a diversos factores. La definición de innovación contiene otros ingredientes como, por ejemplo, el desarrollo y la explotación de ideas nuevas que satisfacen objetivos valiosos, además de asumir el fracaso de aquello que se intentan y no germinan. Dicha definición comporta objetivos y agentes intencionales, hace depender la innovación de sistemas de valores que cada agente, institución, organización o grupo social consideran relevantes y promueven, corrigiendo el

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sesgo económico que tienen los estudios de innovación desde el origen. Por otra parte, se aplican en diversas escalas, es decir, en escalas micro, meso o macro y en ámbitos distintos con lo que se recoge la distinción tradicional entre sistemas de innovación local, regional, nacional y transnacional (o global). Podríamos definir la innovación social de manera concreta diciendo que se preocupa por la realización de actividades y por la adquisición de servicios innovadores motivados por objetivos que intentan resolver necesidades, problemas y demandas de tipo social, y están promovidas por organizaciones cuyas principales metas son sociales. Es importante diferenciar la innovación social de la innovación de procesos organizativos, de la innovación empresarial, de la tecnológica y científica. Estas últimas tienen una orientación hacía el mercado, están destinadas a mejorar los procesos productivos que afectan a la mejora de las tecnologías en las cadenas de producción y a las personas que trabajan en la organización. Por ejemplo, la flexibilización de horarios, el trabajo en equipo, la importancia del liderazgo, la destrucción de las jerarquías organizacionales clásicas, el intercambio y la difusión del conocimiento adquirido a través de las intranets y extranets organizacionales, etc. Todas éstas son innovaciones orientadas a la mejora del rendimiento y motivación del personal dentro de la organización buscando la maximización de beneficios. A diferencia de la innovación social, los tipos de innovación con vocación tecnológica están orientados al mercado, pretenden incrementar la productividad y la competitividad de las empresas, así como lograr objetivos empresariales específicos. Estamos, después de esta breve apertura, en disposición de plantear la pregunta que encabeza el apartado, ¿qué es la innovación social y cuáles sus sentidos? Nuestra respuesta es que es el proceso de aprendizaje que se refiere a individuos aprendiendo a resolver problemas en interacción con otros que, en el proceso aplican, intercambian, buscan y crean conocimiento. Los espacios donde ocurre son «espacios interactivos de aprendizaje». Estos pueden constituirse en muchas partes; sin duda en empresas, en la interacción entre éstas y los equipos de investigación, en el espacio público, en las acciones de intercambio de ideas entre


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agentes sociales y grupos académicos, en el interior de la sociedad civil o en el intercambio entre distintas generaciones. Pueden iden­ tificarse factores como el apoyo a incentivos grupales, libertad de pensamiento y acción, actitudes experimentales hacia la reali­ dad; incluso la apertura en relación con las propias creencias; estimulación interdisciplinaria y de experiencias múltiples; acceso a todo conocimiento y dato disponible; recursos dispersos o el manejo tolerante de los fracasos. Entendidos de esta manera los espacios de aprendizaje, su construcción depende de que haya gente capacitada para identificar conocimiento relevante respecto de un problema, que identifique el conocimiento y se organice para obtenerlo. Sin embargo esto no es suficiente. Para que ocurran es necesario tener oportunidades para enfrentar problemas colectivamente. Las sociedades que emprenden procesos de cambio y trans­ formación «saben» que deben aunar la construcción de procesos productivos con nuevos productos y nuevas tecnologías y con la capacidad para impartir y trasladar los conocimientos a las nuevas generaciones ¿Cómo? Mediante el uso intensivo y extensivo de la educación en todos sus grados, promoviendo la socialización en el sistema de méritos entre la ciudadanía, alentando el valor del riesgo y la inversión, apoyando iniciativas individuales y colectivas, protegiendo el desarrollo de las empresas, generando bienestar entre los ciudadanos, además de garantizar el uso institucional de políticas honestas comprometidas con los objetivos definidos y con el Estado que garantiza el cumplimiento de las posibilidades del sistema. En realidad, para muchos autores resulta complicado hablar de innovación social. Ello se debe a que el concepto de innovación social engloba factores de carácter intangible difíciles de medir ¿Cuáles son los mecanismos que miden la implicación y la importancia que tienen las personas dentro y fuera de la organización empresarial para la producción de innovaciones? Puede contestarse a esta pregunta diciendo que las personas lo son todo y los mecanismos que utilizan son decisivos para medir la innovación dentro y fuera de las mismas (la organización del tiempo, el organigrama empresarial, el grado de cooperación y

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comunicación dentro de las organizaciones y la identificación de sugerencias y modos de actuar definidos e instaurados por el personal, la compatibilidad entre la vida pública y privada de las personas dentro de la organización etc.). También puede contestarse diciendo que el concepto de innovación social no puede ser comprendido si no se enmarca en el contexto «global» en el que nos encontramos, donde la importancia de las personas y las relaciones que mantienen con el entorno empresarial, familiar, social, público, político, académico, educacional, generacional etc, están interconectadas de forma que todo nos afecta e influye a la hora de tomar decisiones o de progresar en nuestras vidas. Dentro de este marco, los conceptos fundamentales son los de: «trabajo en red», «complejidad», «cooperación», «inter­ cambio», «flexibilidad», «tecnología», «comunicación», «investi­ gación,«capital social», «capital humano». La gestión permite hablar de innovación social y del impacto de ésta en la conformación de lo que se denomina sociedad del conocimiento. Desde mi punto de vista, hay tres formas diferentes de entender el concepto de innovación en general y el de innovación social en particular. La primera tiene que ver con la idea de que la innovación es un proceso de tipo lineal que oscila entre la investigación básica y el desarrollo tecnológico; con el uso que de ella realiza la sociedad y su inclusión o exclusión dentro de los procesos productivos o de uso cotidiano en los cuales participan las personas. Desde este punto de vista, innovación no habría más que una, aquella que se produce en los centros de investigación y que más tarde se instaura en los centros de desarrollo tecnológico. Su aceptación o su denegación social son simples formas de imitación. Por tanto, en esta perspectiva, la sociedad no innova, la sociedad difunde, imita y utiliza aquellos productos inventados por los centros tecnológicos y de investigación y, del mismo modo, estos centros incorporan para sí, las innovaciones tecnológicas producidas por otros centros. Así, unos inventan y los otros imitan. En la segunda, la innovación incluye la definición anterior (proceso lineal) pero trata de interconectarla con las estructuras productivas y con los sectores económicos cuyas vinculaciones son imprescindibles para entender las formas en que se conforman


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los procesos de innovación. Esta visión introduce conceptos referentes a la organización en red de la empresa con los centros de investigación y el carácter complejo que surge de esa relación. De esta manera, la innovación no lo será, si no se ha utilizado o aceptado en el entorno productivo y dentro de los sectores eco­ nómicos. La innovación ya no hace referencia única a productos de tipo tecnológico sino que incluye formas nuevas y dinámicas de gestión organizacional o de nuevas técnicas de publicitación de productos dirigidos al mercado (Manual de Oslo). Introduce y considera a las personas que dentro de una empresa se organizan y se dotan de nuevas formas de funcionamiento para la consecución de los principales objetivos de la misma. La novedad en las formas (TIC’s, alta tecnología de producción, nuevas formas de dirigirse al consumidor, nueva visión de la organización, permite innovaciones a otra escala) introduce cambios en el organigrama empresarial, mayor flexibilidad en el funcionamiento, mayor responsabilidad entre sus componentes y una dinámica de «marchar» por el mundo empresarial realmente innovadora, y amoldada al funcionamiento de la «nueva cultura del capitalismo global». La tercera se desliga de las concepciones que asocian el término innovación con el de «invención». La innovación, desde mi punto de vista, supone un proceso de cambio evolucionado en el conocimiento o en la acción en torno a cualquier dimensión social, política, cultural o económica de la vida. En este sentido, no tengo en cuenta el significado de innovación en un único sentido, sea tecnológico, económico o organizacional, es decir, el vinculado exclusivamente al mundo de la empresa. Desde el punto de vista social y cultural, la innovación se presenta como la confluencia de múltiples actores sociales que participan los unos con los otros compartiendo información y conocimiento dentro de las redes sociales en la cuales el grado de participación o «capital social», es crucial para la mayor difusión de la red. Cuanto más amplia es la red, más compleja se vuelve y mayor información fluye en ella. El resultado son innovaciones que surgen como el producto de la convergencia de pequeños procesos de cambio dentro de las distintas redes en las cuales se mueven esas personas que acaban conformando una red. Un ejemplo de estos procesos son

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los movi­mientos culturales que están en la vanguardia. Me refiero a la moda, el arte o la música. Sus redes sociales de interacción acuden a las mismas celebraciones, conciertos, exposiciones, bares, fies­tas. Viven y se reservan determinados espacios urbanos donde montan sus negocios. Tienen sus propias revistas y catálogos de tendencias. Existe mucha imitación pero también un grado de intercambio de información y conocimientos donde la última novedad mejora la anterior y todos los elementos dentro de la red participan de esta novedad y la conocen e incorporan a sus colecciones o a sus obras. Cualquier elemento sirve para mejorar, puede ser software informático de diseño, nuevos sintetizadores electrónicos, nuevas técnicas de composición. Todo sirve y todo es compartido y utilizado. Estamos ante una red de innovación social. Este concepto de innovación es aplicable en cualquier ámbito (económico, científico, político etc.). En este sentido, la sociedad del conocimiento es el contexto estructural en el que se pueden dar los mecanismos y los procesos necesarios para innovar de forma rápida y efectiva. Su cultura reúne y comparte información puntera, utiliza las últimas novedades, el pilar básico son las personas y la capacidad que tienen para comunicarse, para reducir distancias compitiendo, imitándose, incorporando lo nuevo y haciéndolo mejor. La sociedad del cono­ cimiento es una mentalidad de trabajo y convivencia en la cual se engloban los procesos procedentes de la revolución tecnológica y comunicacional, incluyendo las dinámicas de trabajo y organización asociadas a la nueva gestión pública, la inteligencia emocional, la gobernanza o la participación en el capital social. M. Castells, por ejemplo, resume el cambio de prioridades cuando dice que se constata, desde las empresas, que conforme se globaliza el mercado y se diversifica la demanda, es esencial el diseño cultural, psicológico y social de productos y procesos. La identificación de la demanda variable, en un contexto diversificado globalmente, crea un enorme mercado para el trabajo y la investigación del conocimiento social aplicado. Son los científicos sociales y no los ingenieros los que pueden observar e interpretar las pautas culturales emergentes que, además de crear mercados, tienen sentido para la gente, de forma que el sistema de


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producción se adapte no sólo a la demanda, sino al deseo individual o colectivo. Con otros intereses y metodología, historiadores de grandes ciclos advierten que lo que explica la riqueza de las naciones no son sólo las ventajas materiales sino los valores inmateriales –la cultura– y las instituciones, sin que esto sea óbice para olvidar que el agente primario de la transformación es la aceleración del cambio tecnológico. El resultado es que los caminos por los que transitan la innovación son diversos; algunos suponen modificaciones profundas en lo que se puede realizar y en las formas en que se hace, otros innovan a una escala de menor alcance. El no participar del club de los primeros no impide participar del club de los segundos, el problema es estar fuera de ambos. Esto implica que la innovación, desde el punto de vista analítico y empírico, tiene ámbitos de actuación, es decir, no sólo tiene incidencia en la organización económica de las empresas o en los sistemas de producción, sino en otro ámbitos, como por ejemplo, en la organización de la educación – ¿quién discute hoy, ­ por ejemplo, la asociación entre el éxito en los procesos de modernización, la transición hacia la sociedad del conocimiento y el éxito escolar? No es baladí la apreciación que se hace de que los países y las sociedades que mejor lo han resuelto –véase, por ejemplo, la categorización que crea el Informe PISA sobre el estado de la educación entre los países de la OCDE– las tensiones que provoca el proceso educativo son aquellas que han sabido innovar y han creado marcos para la creatividad de la educación infantil, con aquellas que mejor han resuelto los problemas del crecimiento. Hay también una asociación alta entre la inversión en I+D+i y el éxito en la innovación, de igual manera que los países que redistribuyen bien los impuestos gestionan mejor la riqueza de la sociedad, tal y como lo refleja el coeficiente Gini, o qué decir cuando unimos la relación entre el índice de transparencia democrática, el coeficiente Gini y el éxito en los procesos de modernización económica y social; o por qué no referirnos al funcionamiento de las instituciones como una de las explicaciones más factibles cuando citamos el valor del éxito alcanzado por muchas sociedades en los procesos de modernización. En eso está explícito un tema;

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no se necesita ocupar los primeros lugares en la producción de PIB o en la jerarquía de la renta per cápita para hacer las cosas bien; lo que requieren son sociedades bien gobernadas, con capacidad de redistribución de la renta, bajos índices de corrupción, buenos sistemas sanitarios y una extendida enseñanza pública obligatoria, además de una progresiva inversión en I+D+I. El hecho que resalto es que la innovación se expresa en ámbitos distintos, en dimensiones diferentes, se funda en procesos concretos y utiliza unos u otros mecanismos sociales. Vamos a desarrollar esto con algo más de detalle. 1. Ámbitos. Con esto indico que los ámbitos de la innovación son importantes; no sólo se innova en los procesos productivos o con las técnicas de la tecnología aplicada, sino que hay otros ámbitos –macro, meso y micro– donde la innovación tiene un papel relevante, véase, a modo de ejemplo, el mundo de la escuela y de la educación en general, las administraciones públicas, las organizaciones privadas, el universo de las organizaciones del Tercer Sector, el mundo de la cultura, las organizaciones vecinales, el mundo asociativo de la sociedad civil, el universo de la política, en especial con el «invento» de la participación política –sea con la constitución de foros, con la administración directa de presupuestos –sobre todo– en los municipios, con la masiva introducción de las nuevas tecnologías de la información en los procesos de participación, los foros ciudadanos y así un largo etcétera; en la venta de productos, sobre todo, en el marketing de las instituciones dedicadas al ocio y consumo. 2. Dimensiones. Pero además de ámbitos la innovación tiene diversas dimensiones –macro, meso y micro–. Este es un hecho a tener en cuenta ya que en muchos momentos se confunden las dimensiones llegándose a conclusiones donde sólo lo que se innova a gran escala tiene sentido. No debemos olvidar que, en ocasiones, las pequeñas transformaciones en ámbitos micro tienen relevancia porque las transformaciones macro suelen ser improbables sin innovaciones a menor escala y, sobre todo, sin la interiorización por parte de los individuos de que la innovación es un bien público. No olvidemos que las innovaciones novedosas juegan con los procesos de transformación y con la relevancia concedida al


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papel de los sujetos, individuos concretos captados y convencidos de que son emprendedores y que su participación en esos procesos importa mucho. Llevando el argumento hasta el extremo lógico sería situarnos ante la cuestión que se pregunta; ¿es posible la democracia sin demócratas?, de igual manera, ¿es posible innovar sin individuos innovadores? 3. Procesos. Es relevante, en tercer lugar, analizar con detalle los procesos que sostienen los procesos de innovación. Hay pro­ cesos macro, micro y meso, pero se sabe que unos y otros están encadenados, aprovechan las sinergias y la interconexión e inter­ dependencia que rigen las «leyes de la innovación» ¿Por qué digo esto? Pues porque no se conoce proceso alguno con éxito donde estos ingredientes no se hayan dado con mayor o menor contundencia. Lo que quiero indicar es que no se pueden obtener resultados en ámbitos concretos si éstos no desatan y extienden sus posibilidades a otros ámbitos y a otra escala y si unos y otros no aprenden de las sinergias, se interconectan y se hacen inter­dependientes. 4. Mecanismos. De igual manera, los mecanismos concretos que los procesos de innovación incorporan responden a la cuestión; ¿cómo se construye la innovación? Seguir al detalle los mecanismos que se emplean es una enseñanza fundamental en el conocimiento de los procesos de innovación, es dicho de otra manera, construir mapas etnográficos de estos procesos. Su análisis desata cuatro ejes claves y tres dimensiones significativas. En la primera de ellas está el ámbito donde ésta se produce; en el segundo el tamaño; en el tercero los procesos y en cuarto lugar, los mecanismos concretos que emplean. El modelo analítico tiene presente que las dimensiones, –micro, meso y macro– marcan la constitución de formas y fórmulas de innovación que hay que seguir y comprender porque ellas señalan la dinámica real sobre qué es exactamente la innovación social. Por lo tanto, la idea es que una economía basada en el co­no­ cimiento soporta el desarrollo y la legitimación desde la inno­ vación, en ella deben implicarse la capacidad para participar en actividades que demandan conocimiento, es decir, actividades en las que ésta se crea, aplica y comparte. Algunas de las actividades tienen que ver, i) con el conocimiento explícito; ii) investigación

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y desarrollo, formal o informal; iii) capacitación, también formal o informal; iv) búsqueda de información relevante para el área de actividad que se trate; v) otras, en cambio, apuntan a facilitar la expresión y emergencia de lo mucho que sabemos sin saber decirlo; el conocimiento tácito. Tal y como he expresado, los ámbitos en los que ambos tipos de conocimientos se integran son aquellos en los que individuos con saberes pertinentes y diversos interactúan en la búsqueda de soluciones a los problemas, es decir, en los espacios donde la gente innova. Los tipos de innovación cuentan con agentes que los promueven, pero también con barreras y resistencias significativas. Es preciso identificar los factores y agentes que promueven las diversas moda­lidades de innovación, pero también los factores y agentes que las dificultan. Una de las formas más eficaces de promover la cultura de la innovación consiste en eliminar las barreras y resistencias que impiden que ésta se desarrolle. En resumen; no sólo innovan los científicos, tecnólogos y empresarios (modelo CTE). El modelo lineal, simbolizado en las siglas I+D+i resulta insuficiente para analizar los diversos procesos de innovación que se desarrollan en las sociedades complejas, y en particular en las sociedades de la información y el conocimiento. La gobernanza de los sistemas de innovación presta atención a las fuentes y agentes de innovación, y ello conforme a los tipos antes señalados. Asimismo, se han de considerar las buenas prácticas que se desarrollan en otros sistemas de innovación. La transferencia e intercambio de conocimiento y de buenas prácticas son las fuentes básicas de innovación. Éstos son abiertos y son la condición indispensable para la difusión de las innovaciones. No sólo innovan los fabricantes y productores, también los distribuidores, suministradores y usuarios de bienes y servicios, y ello en los sectores de producción y servicios, incluido el sector público. Independientemente del sector, hay que detectar las iniciativas innovadoras en las redes de producción, distribución y utilización, así como en la prestación de servicios. Los vínculos y flujos de conocimiento entre los agentes han de ser estudiados con detalle, así como la emergencia de líderes de cada subsistema. También hay productores, distribuidores, suministradores y usuarios que son


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reticentes a la innovación, si no reacios. Identificar esas barreras y resistencias en los ámbitos sociales resulta clave. 3. Consecuencias de los procesos de innovación

Vamos a ver algunas consecuencias de los procesos de innovación cuando se aplican a la organización económica y humana en las sociedades del presente. El aprendizaje –tal y como señalé cuando propuse el concepto de innovación–, tiene raíces sociales y territoriales e implica que la competitividad se construye gracias a interacciones con arraigo en el ámbito local, aunque sea para conseguir proyección global. Sabemos que los espacios locales generan formas diversas de conocimiento y que esto traza diferencias con la capacidad de innovación de los agentes sociales, empresas y territorios y por supuesto, con la ventaja competitiva del entorno particular. Se sabe que los procesos de innovación social tienden a concen­ trarse en territorios urbano-metropolitano (aglomeraciones) ¿Por qué ocurre esto? Porque se dan las condiciones que propician el surgimiento de innovaciones, por ejemplo, la acumulación del soporte técnico (recursos humanos cualificados, infraestructuras tecnológicas, universidades, centros de apoyo, capital de riesgo, etcétera), además de las ventajas de la proximidad espacial y la concentración de recursos y agentes. Las preguntas son, ¿cómo se generan los efectos de innovación y el aprendizaje que favorecen la productividad y la competitividad de empresas y entornos sociales? ¿Es suficiente reunir en el espacio los agentes, los recursos y las infraestructuras? Los procesos de innovación superan la interpretación tecnológica y/o económica, de tal forma que capturan la complejidad de los procesos que acontecen en espacios, en ámbitos y en escalas no directamente económicos –tales como el medioambiente, los ámbitos socioculturales (artístico, educativo o de servicios sociales) o el contexto institucional–. Las situaciones de aprendizaje que innova son consecuencia de la cultura compartida, a través de ésta favorecen las redes de confianza. Una de las consecuencias de lo apuntado es que innovar implica crear sistemas de tolerancia para aceptar aspectos básicos que sustituyen a los existentes, se trate de bienes tangibles

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1 D. Edgerton. Innovación y Tradición. Crítica. Barcelona. 2005

2 El texto de T. Friedman es La Tierra es plana. Martinez Roca. Madrid. 2007.

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–procesos, productos, tecnología, mercadotecnia–, o intangibles –valores, ideas e instituciones–, de forma que cuando los procesos tienen éxito los aspectos transformados se convierten en aspectos transformadores y adquieren nuevos sentidos. Los usos y las posibilidades abiertas aparecen como motores de innovación. En este sentido, D. Edgerton1 por ejemplo, propone un enfo­ que histórico de la innovación que traslada la atención «de lo nuevo a lo viejo, de lo grande a lo pequeño, de lo espectacular a lo mundano, de lo masculino a lo femenino, de lo rico a lo po­ bre». Aunque su trabajo se centra en la historia de la tecnología, advierte, de forma inteligente, sobre la imposibilidad de separar la innovación tecnológica del contexto económico, político, social y cultural y de otras innovaciones que acontecen en los contextos en los que se desenvuelve. En el análisis de las dinámicas innovadoras debería considerarse que éstas se producen en la confluencia de múltiples factores procedentes del ámbito tecnológico, económico, institucional, social y cultural. La perspectiva observa que las sociedades innovadoras son las que consiguen amalgamar el capital humano, el sistema educativo de calidad, extensivo a la gran mayoría de ciudadanos, el sistema de políticas públicas, entornos institucionales que apoyan la asunción de riesgos, premia las nuevas ideas y pone a disposición de las empresas incentivos y crea mecanismos concretos que construyen estructuras de oportunidades desde donde reforzar la relación entre los sistemas de I+D+i y el sistema universitario. El resultado es que genera bienestar y calidad de vida entre los ciudadanos. Innovar no significa seguir la dirección predeterminada por instituciones políticas o empresariales, sino que las dinámicas adquieren rasgos peculiares allá donde se expanden. Ciertamente, no todas las sociedades innovan por igual y bajo los mismos criterios, sino que las bases institucionales adoptan trayectorias diferentes. El problema surge cuando se observa que algunas sociedades carecen de dinámicas de innovación, éstas coinciden con sociedades y países que no son capaces de encontrar caminos ni respuestas para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Para explicar el hecho tengo que tener en cuenta algunas cosas. Thomas Friedman2 señala que el problema al que se enfrenta el


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país que quiera tener un papel en el mundo reside en creer que con las reformas al por mayor está todo hecho. Hace falta un proceso profundo de reforma, un proceso al que llama reforma al por menor ¿qué es? Es algo más que abrir el país al comercio exterior, a la inversión extranjera o realizar unos cuantos cambios desde arriba con políticas macroeconómicas. Eso es la reforma al por mayor. La reforma al por menor pasa por haber hecho reformas al por mayor. Hay que fijarse en cuatro aspectos clave de la sociedad: infraestructuras, organismos reguladores, enseñanza y cultura. La idea de la reforma al por menor consiste en capacitar al mayor número posible de los ciudadanos a disponer del mejor marco legal e institucional en el que innovar, montar empresas y convertirse en socios atractivos para los que deseen colaborar con ellos desde cualquier lugar del mundo. La pregunta es, ¿por qué unos países superan ese escollo de la reforma al por menor, con unos dirigentes capaces de movilizar a la burocracia y a la ciudadanía en apoyo de estas micro-reformas más dolorosas y que exigen más de todos, y otros países tropiezan y se dan de bruces? La respuesta que ofrece el autor abre varias posibilidades. La línea argumental es interesante para explicar por qué unos países se «enganchan» a la red de innovación y otros no. Hay dos aspectos relevantes. Uno, el grado de extroversión de la cultura: ¿hasta qué punto está abierta a influencias e ideas extranjeras? ¿Qué tal se da globalizar? El otro, más intangible, es el grado de introspección. Con esto apuntan a un hecho, ¿hasta qué punto hay un sentido de solidaridad nacional y un interés en el desarrollo? ¿Hasta que punto hay confianza en la sociedad para que los extraños colaboren entre sí? y ¿hasta que punto las elites del país se preocupan por las personas y están dispuestas a invertir en casa, o son indiferentes a los pobres de dentro de sus propias fronteras y les interesa más invertir fuera? La respuesta más fiable, como apunta Friedman, estriba en que cuanto más se globalice de forma natural una cultura, mayores será la ventajan que tenga el país. No obstante, los datos de los recursos que un país requiere para modernizarse, innovarse y lograr tasas de desarrollo económico y bienestar no son factores que se dibujen sobre páginas de papel en blanco, sino opciones que diseñan el presente y el futuro de las

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3 Los textos más interesantes de Dani Rodrik son Has globalization gone too far? Institute for International Economics. Washington. 1997. The global governance of trade as i f development really mattered., en www.undp.org/bdp. Free trade optimism. Foreign Affairs. Mayo-junio. 2003

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sociedades. D. Rodrik 3 señala que los países que han logrado un crecimiento económico a largo plazo combinan las oportunidades que ofrecen los mercados mundiales con las estrategias de crecimiento que movilizan las capacidades de las instituciones domésticas y los inversionistas. El diseño de la estrategia de crecimiento es más difícil cuanto más fácil es la implementación de políticas de integración típicas. Es más difícil porque las limitaciones del crecimiento son específicas del país y no responden a recetas estándar. Pero es más fácil porque una vez que esas limitaciones se han tornado en cuenta, cambios políticos simples pueden dar buenos resultados económicos y comenzar un ciclo de crecimiento y reformas adicionales. Ninguna de las medidas, a la postre deter­ minantes para sostener, por ejemplo, el incipiente proceso de desarrollo económico de los países emergentes, está sostenida por la ortodoxia de las agencias económicas internacionales. Hay otro dato a tener en cuenta; pocos de los experimentos funcionan bien cuando se les transplanta a otros contextos, los procesos subrayan la importancia decisiva de las condiciones locales. Como señala Rodrik, simplemente no hay alternativa para un plan de negocios hecho en casa. La innovación necesita la aportación de dimensiones presentes a lo largo y a lo ancho del planeta. Así, tiene relación con variables como el conocimiento, el aprendizaje, la habilidad, la experiencia, la creatividad, la investigación o la información, pero también con la transferencia, difusión, transmisión e implementación de todo ello entre personas, sociedades y generaciones. A través de las interrelaciones entre los diferentes aspectos, la concentración geográfica y la difusión en la sociedad, encuentra las herramientas y los recursos de funcionamiento. Por tanto, los campos de acción donde florece son diferentes y no están reducidos a un ámbito concreto, sea técnico o empresarial. En consecuencia, en los procesos de innovación y aprendizaje participan agentes, agencias y estructuras –instituciones públicas, empresas, centros tecnológicos, universidades, usuarios, investigadores, educadores, técnicos– que interactúan en el espacio geográfico e institucional gracias a los recursos y mecanismos socio-culturales que en­ cuentra en el contexto inmediato. Los agentes interaccionan en


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agencias que utilizan mecanismos institucionales compartidos y convenciones sociales reconocidas por todos, específicas para cada entorno cultural e institucional. Los nutrientes de los que se alimenta el aprendizaje colectivo que innova están inscritos en el espacio geográfico a modo de código cultural y humano en el que todos se encuentran y reconocen. Resumiendo lo apuntado quisiera destacar que, 1) hay que diferenciar tipos de innovación; 2) ésta pasa por fases; inicio, maduración y estancamiento; 3) existen metodologías para canalizarla según el campo de acción del que se trate; 4) es fruto de la confluencia de diversos recursos o fuentes –capital, humano, intelectual, económico social y cultural– y de mecanismos que provocan la interacción entre ellos; y 5) completa recorridos específicos en cada uno de los espacios geográficos en los que se expande. 4. Contextos estructurales y espacios de innovación

La sociedad del conocimiento se erige como referente socioeconómico, una vez que la organización socio-económica de la sociedad industrial se desconfigura. Diversos estudios y experien­ cias4 señalan que los contextos de innovación están condicionados por un conjunto de variables como las siguientes; altos niveles de cooperación entre actores a nivel local, regional y nacional en instituciones públicas y privadas, en instituciones educativas, en centros de investigación, en el asociacionismo denso de una rica sociedad civil, articulada y con capacidad para crear consenso social en los grupos que promueven el cambio y la adopción de buenas prácticas buscando el equilibrio entre la apertura a innovaciones en los ámbitos social, económico y cultural; con buenos sistemas de gobernanza locales para crear políticas sociales efectivas con implicación y participación ciudadana; cualificación profesional de la población del entorno geográfico; el nivel educativo de los ciudadanos, bajos niveles de exclusión social, concentración y tasas de empleo en el sector TIC –empresas e industrias del cono­ cimiento– el sistema de transporte con conexiones eficaces internas que unen diferentes puntos del territorio, instituciones culturales de calidad; un sistema educativo de excelencia, producción de

63 4 Entre los más intereresantes están los siguientes; Hamalainen, T.J. (2007): Social Innovations, Institu­ tional Change and EconomicPerformance: Making Sense of Structrual Adjustment Processes in Industrial Sectors, Regions and Societies. Finland: SITRA. Hancke B., Rhodes, R. & Thatcher, M. Beyond (2008): Varieties of Capitalism. Oxford: Oxford University Press. Hértier A (ed) (2002): Common Goods- Reinventing European and International Governance. Ronoman and Litterfield Publishers Inc. Heynen, N.; Kaika, M.; Swyngedouw, E. (2006): In The Nature of Cities. Urban Political Ecology and the Politics of Urban Metabolism. London: Routledge. Hildreth, Paul M. & Kimbel, C. (2004): Knowledge Networks: Innovation Through Communities of Practice. IGI Global. Hilpert, U. (2003): Regionalization of Globalized Innovation: Locations for Advanced industrial development and disparities in participation. London: Routdlege. Hilson, M. (2008): The Nordic Model: Scandinavia since 1995. Chicago: Reaktion Books.


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nuevos conocimientos en la investigación científica, número de patentes, artículos científicos, concentración de centros de in­ vestigación; tasas demográficas con cohortes de edad jóvenes; buena logística e interconexión internacionales; descentralización y autonomía local de los municipios y barrios en los procesos de tomas de decisiones y planificación y diseño urbano en las ciudades que acogen industrias y laboratorios del conocimiento. Las variables actúan de manera interdependiente, no es necesario que todas se encuentren en la misma proporción y en los países donde suceden las situaciones que producen los espacios de innovación, pero sí que aparezcan algunas de ellas. Teniendo esto en cuenta hay tres modelos preferentes, diferenciados entre sí, según la forma en la que organizan la relación entre i) las regulaciones y funciones que se atribuye el Estado; ii) el papel del mercado; iii) la regulación y la inversión financiera; iv) el sistema institucional del que se dotan; v) las instituciones e infraestructuras construidas para favorecer la transferencia de conocimiento y vi) la cultura de la innovación. La caracterización de los patrones permite identificar las formas de los territorios inteligentes, que con ciertas variaciones se reproducen sobre sus ámbitos geográficos de influencia. Voy a describir los tres más significativos; A) Ha hecho posible la aparición de la experiencia de Silicon Valley en la zona sur de la Bahía de San Francisco en los Estados Unidos de América. No hay duda de que se trata del caso más representativo de los territorios inteligentes que se han reproducido bajo esquemas similares en otras zonas de EE.UU. –véase, por ejemplo, la Ruta 128 en Massachusetts–. Este modelo constituye la vanguardia histórica en la época de la transición hacia la sociedad del conocimiento y aunque se imita en otros países, en ninguno ha alcanzado la relevancia del original. El modelo se caracteriza por que en él se minimizan las regulaciones estatales en la economía para dar margen de maniobra al mercado y ofrecer el contexto donde operar. El sistema se orienta a la igualdad de oportunidades desde una perspectiva individual, con recompensas a los que tienen éxito. Otra de las características es la existencia de cinco universidades que circundan la región y propician la concentración,


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cooperación y competencia entre gentes bien formadas en conocimiento tecnológico e innovación social, además de abastecer cada año las necesidades de masa crítica a las empresas instaladas en la zona. Por otra parte, es importante el papel del capital riesgo, auténtico motor de la financiación en la innovación creativa del entramado norteamericano. En resumen; son la conjunción de la desregulación, la opción por el éxito individual, la financiación mediante operaciones de capital riesgo, la existencia del entramado universitario con universidades investigadoras de excelencia y la permeabilidad del sistema institucional, las que facilitan la transferencia de conocimiento y explican el éxito del sistema de Silicon Valley. B) Otro modelo se encuentra en los países nórdicos. Se contrapone respecto al modelo citado, por la combinación entre crecimiento económico, desarrollo del Estado de Bienestar y creación de escenarios estratégicos de desarrollo de espacios de I+D+i. Aunque cabe hablar de diferencias entre los países, puede decirse que hay un patrón nórdico que es influyente en otros países de la Unión Europea. Por su singularidad, entre todos los países el caso específico de Finlandia puede tomarse como el más representativo, aquí se cumplen las características del modelo nórdico. Entre ellas destaca, sin duda, la concepción del Estado y del mercado que estos países tienen, con una clara orientación social que no se entiende en clave de limitación sino de apertura de posibilidades. El bienestar social se sitúa en el centro del sistema y las funciones adquiridas por el Estado son el ejemplo de ello, como en el caso del sistema de enseñanza o en el sistema sanitario. En el caso de Finlandia, las actuaciones gubernamentales están volca­ das en diseñar escenarios estratégicos de acción donde el objetivo básico en conducir al país hacia la sociedad del conocimiento y del desarrollo tecnológico, con un papel protagonista de las agencias gubernamentales: el Consejo de Política Científica y Tecnológica, la Agencia Nacional de Tecnología (TEKES) y el Fondo para la Investigación y el Desarrollo (SITRA). Entre ellas favorecen la cadena de buenas prácticas con resultados sorprendentes en términos de desarrollo económico e innovación social. En este caso, los elementos relevantes son; el papel del Estado, la capa­

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cidad de éste para diseñar el sistema institucional adecuado a los requerimientos de la sociedad del conocimiento, un sistema de enseñanza que forma y educa en la ideación de futuros, la financiación a cargo de la administración pública y las empresas privadas, en especial las orientadas a la fabricación de productos propios de la sociedad del conocimiento –no puede entenderse este sistema, por ejemplo, sin el relevante papel de la empresa Nokia, que es el símbolo del desarrollo económico y el tractor y motor del desarrollo tecnológico finlandés–. El resultado es la simbiosis entre Estado, sistema institucional, escenarios educativos, financiación a las buenas prácticas y desarrollo empresarial, todo ello sin aban­ donar la lógica impresa en el Estado del bienestar. C) El tercero es el que con variedades regionales se extiende por el Este y el Pacífico de Asia, donde se encuentran enclavados países como Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Hong Kong – los llamados Tigres Asiáticos, que siguen la estela marcada por Japón y ahora se abren paso por las regiones costeras de China. Por tanto, el modelo asiático se enraíza en países con dimensiones relativamente pequeñas, a excepción de China. Los polos de crecimiento se sitúan en regiones con particularidades especiales. Este es un dato importante a la hora de entender el papel que el Estado desempeña en estas experiencias, organizando y regulando por completo la vida económica, social y cultural, además de la política. Las élites políticas y corporativas están interrelacionadas en el sistema de clanes familiares, hasta el punto que resulta complicado representar la separación. En este contexto, las prácticas de las instituciones gubernamentales y el diseño de las políticas públicas están dirigidas por esas élites y orientadas, como el caso de Singapur, a actividades intensivas en tecnología, petroquímica, servicios financieros, y a las exportaciones, exigiendo inversiones significativas en el sistema educativo. Esto provoca que estos países sean ejemplos de economías de rápido crecimiento, consti­ tuyendo uno de los ejemplos más paradigmáticos de la salida del subdesarrollo que rompe con el binomio modernización económica–Occidente. ¿Qué elementos son los más destacados en las tres experiencias citadas? Las resumo en cinco factores, 1) la capacidad del sistema


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de innovación del país. Ésta no se da de forma aislada en empresas o sectores específicos, se originan en medios de innovación, territorialmente articulados y conectados a través de redes informáticas y de transporte con otros medios y modelos que se movilizan en otros espacios o en el interior de las redes globales. Los contextos de innovación se alían e interconectan a través de redes globales, de tal manera que la interdependencia y la interconexión son signos distintivos de esos espacios. Conocer quienes son los aliados, quienes los vecinos y con quién se quiere estar son las preguntas que deben encontrar respuestas en los países que transitan por los espacios de innovación en la sociedad del conocimiento. 2) La calidad de las universidades y la efectividad de los mecanismos de articulación del sistema educativo con las empresas. Las universidades son importantes para la producción y difusión de conocimientos, la formación de los recursos humanos necesarios y el procesamiento y aplicación de la información con base en dichos conocimientos. Cuando el sistema universitario es débil e insuficiente caben dos reacciones. La primera es hacer un esfuerzo público para crear y/o mantener universidades de investigación de calidad, adaptadas a las características del entorno y a las exigencias que la sociedad hace de sí misma. Acertar con el modelo y construir la excelencia es la condición para obtener el éxito en el desarrollo de la sociedad. El segundo se encuentra en la articulación entre el descubrimiento y la investigación; entre universidad, empresa y administración. Si no existe o es débil hay que fomentar la relación. Esto no supone anular algunas de las partes, al contrario, hay que conducir el sistema buscando la autonomía de las partes, pero utilizar el conocimiento aprendido parece la vía fundamental para mantener fluida la articulación y, sobre todo, para saber que la relación se construye a lo largo de los años. 3) Es significativa la situación de los recursos humanos en la economía de la innovación y el conocimiento. Los hechos a tener en cuenta son la importancia de la educación y las condiciones de vida de los trabajadores. En este caso, las referencias varían ¿Por qué digo esto? porque mientras que en Finlandia, el estado del

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bienestar es el factor decisivo en proporcionar trabajo estable y de calidad, en EEUU, en cambio, con una educación pública deficitaria y un desarrollo bajo del estado del bienestar, la inmigración es la forma esencial para obtener los recursos humanos necesarios. En el sudeste asiático, la importancia del estado y la capacidad para plasmar estrategias de crecimiento y desarrollo resultan en cambio claves. 4) Se cita la necesidad de tener una cultura emprendedora basada en los valores de la innovación. El hecho es relevante, siempre que no se mitifique ni transforme simplemente en retórica pública. En los ejemplos expuestos, por ejemplo, en Silicon Valley, los innovadores fueron allá, no nacieron allí. Fueron en búsqueda de las oportunidades que creaba el espacio de innovación constituido alrededor de las universidades de la región y de las facilidades otorgadas a la creatividad y el riesgo. Crearon empresas, que en sus comienzos eran pequeñas, muchas luego se hicieron grandes. En Finlandia, en cambio, fueron las grandes empresas desde donde nacieron los emprendedores. Lo que las experiencias empíricas demuestran –el caso del sudeste asiático es llamativo a este respecto– es que la innovación y la cultura emprendedora son hijas de la necesidad. Se emprende en innovación cuando no queda otra alternativa más que arriesgarse. Por otra parte, no siempre se innova en el circuito productivo. Hay innovadores e innovaciones que no nacen del ciclo productivo, sino jugando con la dimensión cultural. La cultura innovadora se funda en el placer de crear y compartir con los que forman parte de la comunidad del conocimiento, sean mediante la cultura hacker o mediante actividades que no buscan en el ciclo productivo el destino usual de sus productos. A veces, más que el ciclo productivo tiene importancia el nivel de conocimiento tecnológico alcanzado por la sociedad. La cultura y el sistema universitario vivo, de calidad y flexible parecen condiciones sine qua non del surgimiento y la reproducción del espíritu emprendedor. 5) Los recursos financieros invertidos en el desarrollo del sistema. En todos los sistemas de innovación existen sistemas basados en el capital riesgo y en las ayudas públicas a las mejores iniciativas en I+D+i. En la mayoría de casos exitosos de


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política regional centrada en la innovación, la financiación del emprendimiento se ha revelado como un mecanismo esencial. La conclusión es que el contexto tiene sus especificidades que habrá que tener en cuenta, entre otras cosas porque ni la estructura industrial de los países es la misma, ni las oportunidades de negocios o la estructura social siguen los mismos derroteros ni la tradición cultural responde a los mismos parámetros. Los cinco factores citados se encuentran en todas las experiencias, es decir, el nivel educativo, la libertad de innovar, la creatividad cultural, la flexibilidad institucional y la financiación de la creación, son condiciones necesarias para crear y consolidar espacios de innovación. Dicho de otra manera; sin políticas de innovación, sin un buen sistema universitario y educativo, sin una estructura social adecuada a las necesidades del entorno, sin una cultura que active y proteja la creatividad, la construcción de espacios de innovación resulta problemático. Lo que quiero indicar es que si la sociedad construye su proyecto productivo a partir de su poso cultural y educativo puede prosperar en la era de la globalización, aunando calidad de vida, crecimiento económico y capacidad de creación. Las dinámicas sociales que ponen en marcha las innovaciones son procesos con un alto componente socio-cultural. La identificación, la confianza, el reconocimiento, la confidencia, la seguridad, la colaboración e incluso la competencia juegan un papel en los momentos innovadores. El intercambio y la interacción bajo normas de reciprocidad y asociación proporcionan la base fundamental desde donde se nutre la cultura de la innovación y, en definitiva, desde donde se impulsa el desarrollo socio-económico. Al respecto, por ejemplo, Richard Florida5 sugiere que las ciudades creativas y dinámicas crean entornos abiertos a la creatividad y diversidad. Las sinergias que resultan de las combinaciones de la creatividad cultural o artística con la capacidad emprendedora y de innovación tecnológica son la clave de la prosperidad en la era del conocimiento. Las sinergias se dan en entornos localizados donde las personas con talento eligen no solo trabajar sino vivir– el caso de Silicon Valley es sugestivo al respecto–. La ventaja competitiva de las ciudades está en la capacidad para crear, atraer

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5 Ver los libros de este autor. Los tres más sugerentes son; Florida, R. Cities and the Creative Class. Hardcoverr 2005; The Rise of the Creative Clase. Paperback. 2003; y Who´s Your City? Hardcover. 2005


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y retener la fuerza de trabajo que juega el papel significativo en la producción del conocimiento y la innovación. El talento es retenido en ciudades-región, pero no en cualquier ciudad-región. En la economía globalizada una parte de la creación de valor se basa en activos intangibles, los factores decisivos tienen que ver con características de los lugares que los hacen atractivos para la clase creativa depositaria del «talento». Esta fuerza de trabajo es atraída hacia lugares que tienen una masa crítica de personas y actividades creativas. Es decir, las personas se ven atraídas hacia las comunidades y poblaciones donde se concentran otras personas creativas que aunque son similares en términos ocupacionales, tienen identidades diversas. Frente al capital humano, entendido como bien individual, la creatividad emerge como bien colectivo relacional, es la parte visible de los usos comunitarios que requieren trabajo en equipo y vínculos sociales comunes. El elemento decisivo en el comportamiento económico y la competitividad de las ciudades es el carácter social de las mismas; es decir, los lugares que ofrecen mayor calidad de vida y que mejor acomodan la diversidad son los que tienen más capacidad para atraer y retener el talento y los más eficaces en la generación de actividades intensivas en tecnología. De esta manera, se pone el énfasis en los ecosistemas creativos y en las condiciones necesarias para su creación, el papel de la tolerancia destaca como la variable social de la creatividad. Según el análisis empírico de las regiones más activas en I+D+i, la tolerancia es la dimensión social que mejor discrimina a la hora de crear el ecosistema para atraer y/o retener talento, así como para favorecer situaciones de innovación. Los espacios territoriales mutan en espacios sociales y desarrollan una cultura tolerante son denominados «ecosistemas creativos»¿Qué quiere decir? que desde el punto de vista social están abiertos a nuevas personas que pueden relacionarse e interactuar sin barreras ni prejuicios para producir ideas nuevas (inmigrantes, bohemios, minorías activas). Por tanto, el tipo de entorno social abierto a la innovación en cualquier plano (artístico, sexual…) encaja con el estilo de vida de la comunidad del conocimiento que equivalen a la etiqueta tradicional de trabajadores del conocimiento (científicos,


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ingenieros,.) más los profesionales creativos (arquitectos, diseña­ dores, artistas). Estos grupos tienen en común verse atraídos por ecosistemas abiertos, sin prejuicios y tolerantes. De esta forma, la tolerancia y el talento se refuerzan. En concreto, hay una relación positiva entre el capital social del que se impregnan, el desarrollo socio-económico y la cultura de la innovación. Esta última se convierte en el caldo de cultivo de la sociedad abierta en la que predominan las relaciones sociales basadas en lazos débiles consistentes y en la confianza generalizada. En este sentido, las economías del conocimiento no son la base de la cohesión social, más bien sucede que determinadas formas de cohesión social son la base de las economías del conocimiento. El mantenimiento de la cohesión e integración social más que una carga para los Estados son un mecanismo decisivo para el desarrollo socio-económico. La cultura específica de los diferentes espacios son los recursos de la identidad individual y colectiva y de la integración social, facilitan la producción de bienes públicos y de diversos elementos que sitúan a la ciudad-región en el nicho específico de los mercados internacionales. La disolución de los factores intangibles de la región corre el riesgo de provocar problemas de fragmentación social y de rupturas en la cadena de innovaciones. En estos casos, la consecuencia es la construcción de un círculo vicioso que frena la formación de capital social y los bienes públicos para el desarrollo regional. 5. Las trayectorias de la innovación

La racionalidad y el control de las buenas ideas son los componentes básicos de la innovación social pero es problemático argumentar que éste es el mecanismo principal de desarrollo. El modelo de ensayo y error utilizado, por ejemplo, por la Young Foundation para explicar la dinámica de la innovación contiene un sesgo, a mi parecer significativo, al plantear el triunfo de la racionalidad y de lo adecuado en los procesos de innovación, donde cada error se solventa con una solución. No comparto esta perspectiva porque, al contrario, hay que detenerse y comprender aspectos como son, por ejemplo; el peso de las inercias, las consecuencias no deseadas de la innovación y los errores fatídicos sin solución.

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Contrariamente a esta perspectiva, la innovación no sigue un camino lineal y continuo en el tiempo, como si éste pudiese mantenerse estable y sin variaciones sino que si analizamos los dilemas del cambio social con perspectiva histórica descubrimos que no encaramos el despliegue de leyes inmutables que dan como resultado comportamientos y consecuencias seguras y fiables sino comportamientos dinámicos e inestables, lo que quiere decir que los sucesos implican cambios cuando las perturbaciones aumentan en intensidad o en frecuencia y que la reconstrucción de algo parecido a un orden puede ser azarosa y requerir el aporte de elementos novedosos en la arquitectura de lo social. En este contexto, innovar significa aceptar la necesidad de la transformación y convertir la transferencia de conocimiento en el medio e instrumento de este objetivo. Es problemático asociar la innovación a la conquista de objetivos concretos y perceptibles de forma diáfana, en especial cuando se trata de diferentes tipos de innovación social y cultural. La innovación, como he explicitado en el primer apartado del texto, sobre todo si se observa desde la perspectiva temporal de larga duración, dominada por la complejidad y el azar, no nace siempre de una idea tipificada o de fines prefijados. Pensar en una línea continua entre idea y práctica innovadora, aunque se contemplen en ella el éxito y el fracaso, deja de lado las innovaciones no predichas, no pensadas o no proyectadas así como los resultados imprevistos que pueden ser válidos para nuevos usos ¿Acaso las pequeñas transformaciones que pasan inadvertidas a corto plazo en instituciones como la familia y la vida cotidiana no pueden considerarse parte sustanciales de la innovación social y cultural? ¿Acaso no existe innovación en los ámbitos cotidiano o artístico sin que existan objetivos instrumentales? Con el tiempo los objetivos se diluyen y modifican, de tal forma que son el uso, la práctica y la utilidad de lo existente lo que provoca el surgimiento de nuevas ideas y objetivos. No siempre existe innovación «para conseguir algo», sino que ocurre que se innova por improvisación o «porque sale así». Teniendo esto en cuenta, hay que detenerse a reflexionar sobre las dificultades y complicaciones que encuentran en su devenir la


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innovación.. El movimiento entre fases diferentes provoca que la difusión se parezca más a la trayectoria en forma de «S», que a una trayectoria lineal, tal y como plantea el clásico trabajo de E. Rogers6. A la vez, es posible gracias a la transferencia de conocimiento acumulado por innovaciones anteriores. El proceso no tiene por qué responder al cambio progresivo y de mejora constante pero da como resultado el incremento de la complejidad. Suele ocurrir que una vez que se llega a la fase de consolidación, emerge cierta fatiga que afecta al proceso de reproducción y provoca cuellos de botella que abocan a estas dinámicas al estancamiento e incluso puede terminar llevando a la sociedad al colapso. Posteriores cambios pueden refrescarla, incorporando nuevas prácticas, dinámicas novedosas y estructuras adecuadas para encarar las transformaciones pertinentes, creando principios que encaucen la fatiga de los procesos, pero en todos los casos incrementando la complejidad. Con la gestión de los procesos citados crece la complejidad, de forma que queda atrapada en la vorágine de las preguntas sin respuestas y en la eterna lucha contra la contingencia, el azar y los problemas imprevistos o no deseados. En este sentido, la innovación no puede comprenderse como la solución basada en la racionalidad formal capaz de solventar problemas económicos, empresariales, sociales, ambientales y culturales, sino como el conjunto de recetas aprendidas que provocan episodios que cuestionan soluciones diseñadas e intentos de resolución. De la innovación no siempre se recogen beneficios sino que, como de forma ilustrativa analizó J. Diamond7 puede desembocar en la prosperidad y el desarrollo de las sociedades o en el colapso y el fracaso de las mismas debido a la mala gestión de los recursos del entorno. De la misma forma, la innovación no es beneficiosa de forma universal sino que puede provocar la perpetuación del desarrollo geográfico desigual. El aspecto esencial se encuentra en la forma de difusión y expansión, sin las cuales cualesquiera de sus dimensiones queda anulada. Para que prospere es fundamental que la reinterpretación de los viejos problemas o las soluciones que proceden del grupo innovador, calen en la sociedad o en una parte representativa de la misma8. La innovación individual existe pero es efímera si no consigue que las

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6 Rogers, E. M. (1995), Diffusion of Innovation, Free Press, New York. Nutley, S.; Davies, H.; Walter I. (2002), Learning From the Difussion of Innovation.

7 Ver el texto de J. Diamond. Colapso. Debate. Barcelona. 2006.

8 Lester, R; Piore, M. (2004), Innovation –The Missing Dimension, Harvard University Press. Cambridge Mass.


9 Sirva como ejemplo un extracto del citado texto, donde se explica el surgimiento de la Revolución Industrial: «en realidad, el elemento crucial que determinó el curso de los acontecimientos fue la globali­zación; y principalmente por dos motivos. En primer lugar, la globalización es un resultado de las acciones de los seres humanos. Conecta entre sí pueblos y comunidades de forma novedosa. Pero las interrelaciones no generan necesariamente igualdad. En segundo lugar, simplemente la velocidad de la difusión a lo largo del siglo XIX hizo imposible que las transformaciones ocurrieran de modo independiente. La transformación del Neolítico tuvo lugar de forma gradual a lo largo de varios miles de años en al menos siete lugares diferentes bastante independientes unos de otros. Las poblaciones humanas eran entonces muy pequeñas y estaban menos interconectadas. Pero incluso bajo esas condiciones tan distintas la agricultura se extendió igualmente a casi todas las partes del globo por medio de la difusión. Diez mil años mas tarde en un mundo ya globalizado y altamente interrelacionado, no podía haber espacio para transformaciones independientes, por mucho que algunos países se hallasen próximos al cambio o por mucho que pueda aventurarse que

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prácticas sean seguidas por otras personas y se institucionalicen en estructuras concretas. La innovación necesita contextos adecuados y terreno donde cultivarse. De forma similar, recientes estudios sobre las dinámicas de la innovación destacan el valor de las interacciones que promueve y la conectividad que segrega antes que, por ejemplo, los stocks de conocimiento que se puedan encontrar en espacios geográficos concretos. Una de las conclu­ siones que se pueden extraer del trabajo de historiadores –como R. Robertson, D. S. Landes, D. Christian, MacNeill, Osborne– es que la construcción del tiempo global es el impulsor de excepcionales innovaciones a gran escala capaces de transformar las estructuras socio-económicas de buena parte del planeta. Tanto la revolución neolítica, la revolución científica, la revolución industrial y la transiciones actuales hacia las sociedades del conocimiento, son fruto de la interacción humana, de la creación de grandes redes que conectan pueblos, ciudades y personas, transfiriendo información y conocimiento por las articulaciones creadas gestando estructuras de interdependencia, la resultante es la interconexión de diferentes partes del mundo9. 6. Los sedimentos sociales y la cultura de la innovación

La corriente historiográfica citada comparte una perspectiva que, aplicada a la comprensión de los acontecimientos históricos en escalas temporales amplias, pone el énfasis en las redes humanas, huyen de perspectivas basadas en la excepcionalidad para explicar el cambio y las dinámicas de la innovación, tanto en sentido tecnológico como social, cultural, político y económico. Las redes humanas que permiten interconectar el mundo y globalizarlo son ante todo redes de transferencia de conocimiento e información que tienen, en todos los casos, capacidad para sostener procesos interactivos de aprendizaje e innovación. Una vez que se comparten de forma masiva, la consecuencia es la aceleración de las dinámicas innovadoras en los espacios conectados. La cultura de la innovación es la base desde la que nuevas tendencias de cambio consiguen expandirse en la sociedad, con­s­ truyendo el clima favorable al cambio y a nuevas expectativas. En definitiva, es causa, consecuencia, parte sustancial y motriz de la


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instauración pausada de un nuevo modelo de sociedad que arti­ cula la economía, la sociedad, la ciencia y la tecnología, sobre la cultura que trata de resolver los problemas y los conflictos que genera el desarrollo de los sistemas complejos. Las redes humanas y la cultura de la innovación no nacen de la nada, ni se alimentan del vacío, sino que se construyen sobre soportes y anclajes pre­ existentes que las hacen funcionar y permiten su reproducción. El despliegue lleva tiempo y presenta rasgos diferentes en diversos espacios geográficos. En consecuencia, no es la cultura la que puede incorporarse de forma directa y fulminante, a través de medidas institucionales, ni la que se refiere a nuevos valores sociales ante la ciencia y la tecnología, sino que es la cultura construida con paciencia, que especifica los límites y las posibilidades de las dinámicas de innovación. La cultura permite la expresión de la articulación temporal entre agentes, agencias y recursos inter­ actuando en espacios y situaciones de innovación para hacer frente a las fricciones y barreras que encuentra en los contextos histórico, político y social. De hecho, no consigue calar con fuerza a menos que los soportes produzcan las sinergias productoras del cambio. La existencia de las condiciones que acabo de citar no pre­ supone la creación inmediata, necesita tiempo de maduración donde las sinergias puedan crear códigos compartidos de intereses y confianza., en definitiva son el fruto del carácter interactivo entre agentes, agencias y recursos que construyen redes de transferencia del conocimiento y espacios sociales de innovación y aprendizaje. No hay duda que esas dinámicas tienen un componente sociocultural. La identificación, la confianza, el reconocimiento, la confidencia, la seguridad, la colaboración e incluso la competencia juegan el papel esencial en esos momentos, más allá incluso de la necesidad de que existan diferentes ámbitos y unidades que he citado como partes de la dinámica. El intercambio de ideas bajo relaciones de reciprocidad, articulación y asociación proporcionan la base social desde donde se nutre la cultura de la innovación y se impulsa el desarrollo socio-económico. Pero, ¿cuáles son los soportes fundamentales de las redes sociales que posibilitan la interacción, la comunicación y el aprendizaje colectivo? Esta pre­ gunta conduce a considerar las dimensiones sociales y culturales

75 cien o doscientos años después se hallarían cercanos a el. En esta ocasión la difusión fue demasiado veloz como para permitir transformaciones de modo independiente. Y fue veloz debido a la primera oleada de globalización. La revolución industrial fue su criatura. (Robertson, op. cit. 2005: 147). Ver los textos de R. Robertson; Las Tres Olas de la Globalización. Alianza. Madrid. 2004. De D. S. Landes. La Pobreza y la Riqueza de las Naciones. Crítica. Barcelona. 2002, de D. Christian. Los Mapas del Tiempo. Crítica. Barcelona. 2006 J/F. MacNeill. Las Redes Humanas. Critica. Barcelona. 2007. R. Osborne. Civilización. Crítica. Barcelona. 2008, son una muestra valiosa de cómo cambia la perspectiva cuando se mira la construcción de la era global con una gran perspectiva histórica.


10 Putnam, R. Solo en la Bolera. Galaxia Gutenberg. Madrid. 2002. pág. 545.

11 Ver el libro de R. Sennett, La Cultura del Nuevo Capitalismo. Anagrama. Barcelona. 2007. págs. 58-74.

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que posibilitan que en algunos espacios geográficos florezca las relaciones de asociación y confianza. Diversas corrientes intentan responder a esta cuestión. La más conocida es la que pone el énfasis en la idea de capital social. El concepto se fija en los factores que posibilitan la creación de códigos compartidos, cosidos socio-culturales y relaciones duraderas. Uno de los textos para comprender el juego social que propone la teoría del capital social es el de R. Putnam10 «Solo en la Bolera». En él describe empíricamente el «colapso y posible resurgimiento de la comunidad». El autor dice lo siguiente, «el reflujo de la vida comunitaria durante las últimas décadas ha sido silencioso y engañoso. Advertimos –dice Putnam– sus efectos en los intersticios de nuestras vidas privadas sometidas a tensión y en la degradación de nuestra vida pública, pero las consecuencias más serias nos recuerdan a la antigua adivinanza de salón ¿Qué le falta a este cuadro? El debilitamiento del capital social se manifiesta en cosas que se han desvanecido casi sin darnos cuenta: las fiestas de barrio y las reuniones con amigos, la amabilidad espontánea de los desconocidos, la búsqueda compartida del bien común en vez de una persecución solitaria de los bienes privados». La revisión empírica de la soledad en la bolera que emprende Putnam no decreta la pérdida de la confianza en los otros sino, «en hacer que sean más conscientes de la importancia colectiva de los miles y miles de decisiones minúsculas que tomamos a diario para invertir en el capital social –o retirar esa inversión–; y en segundo lugar, en provocar la imaginación cívica de nuestros conciudadanos para descubrir e inventar nuevos modos de vinculación social adecuados a los cambios producidos en nuestras vidas». Éste hecho se aplica al mundo de la empresa y al redescubrimiento de la importancia del valor de los intangibles –valores sociales, emociones, intereses, etc–. Los desafíos tienen que ver con lo que R. Sennett11 denomina déficits sociales. El autor los concreta en tres; 1) baja lealtad institucional, 2) la disminución de la confianza informal y 3) la debilidad del conocimiento institucional. Estos se enfrentan a ellos redescubriendo el valor del capital social y de los intangibles, es decir y expresado de otra manera, el análisis se vuelve hacia adentro de la organización y prescribe que ésta


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tiene problemas para enfrentarse a algunos de los problemas que prescribe. Sin querer ser exhaustivo con la idea, la escuela del capital so­ cial tiene un largo recorrido12. R. Putnam encuentra los orígenes intelectuales lejanos en Alexis de Toqueville y el origen inmediato en un pedagogo como Hanifan, quién en 1916 decía que el capi­tal social se refería a «esos elementos tangibles que cuentan sumamente en la vida diaria de las personas, a saber, la buena voluntad, la camaradería, la comprensión y el trato social entre individuos y familias, características constitutivas de la unidad social. Abandonado a sí mismo, el individuo es socialmente un ser indefenso. Pero si entra en contacto con sus vecinos, y éstos con nuevos vecinos, se producirá una acumulación de capital social que podrá satisfacer de inmediato sus necesidades sociales y generar unas posibilidades sociales sufi­ cientes para mejorar de forma sustancial las condiciones de vida de toda la comunidad. La comunidad en conjunto se beneficiará de la cooperación de todas sus partes, mientras que el individuo encontrará al asociase las ventajas de la ayuda, la comprensión y la camaradería de sus vecinos». El capital social13 es analizado por diferentes autores como el factor clave para el desarrollo económico14, la democracia, la identificación con la comunidad15, el rendimiento escolar16, o las formas de capital17. Como señala R. Putnam18, «tiene una faceta indi­vidual y otra colectiva, un rostro privado y un rostro público». Siguiendo esta vía sugiere White19 que lo importante en estos casos son las redes, la familia, la educación y el trabajo. En todos los casos, las fórmulas tienen que ver con el grado de aceptación del capital social por parte de los individuos, es decir, por la consideración que le merece el grado de compromiso con las organizaciones por las que transita. El mayor o el menor éxito en la empresa está en relación directa con la cantidad de lealtad que es capaz de producir y con el grado de participación que se deduce de ellas. De tal suerte, ningún plan empresarial, por lógico e interesante que sea, puede por sí mismo conseguir la lealtad de aquellos a quienes se impone, simplemente porque no han participado de su gestación. El resultado, en estos casos, es la generación de confianza. Ciertamente ésta tiene efectos individuales y colectivos

77 12 R. Putnam lo recordaba en su obra Bowling Alone. The Collapse and Revival of American Community. (hay traducción española, Solo en la Bolera. Galaxia Gutenberg. Barcelona. 2002) 13 El tema del capital social está presente ya en la agenda de los grandes organismos internacionales, como en los programas del Banco Mundial, la OECD o los Institutos nacionales de Estadística de Australia, Reino Unido y Canadá.

14 Ver P. Trust: The Social Virtues and the creation of Prosperity. Free Press. New York. 1995. Del mismo autor, Social capital and Civil Society. Conference on Second Generation Reforms y Social capital and development, The Coming Agenda. SAIS Review. Vol XXII. Nº 1. 2002

15 R. Putnam. Making Democracy Work, Civic Tradition in Modern Italy. Princeton University Press. 1993. Es muy interesante el ya citado Solo en la Bolera. Op.cit y el texto que coordina R. Putnam y donde varios investigadores analizan el «declive» del capital social en países como Gran Bretaña, Suecia, Australia, Japón, Francia, Alemania, España y


Estados Unidos. El titulo es «El Declive del Capital social». Galaxia Gutenberg. Barcelona. 2003 16 Ver el texto de J. Coleman. Social Capital in the Creation of Human Capital. American Journal of Sociology. Vol. 94. 1988. 17 El autor más interesante es P. Bourdieu, en parte de su obra “toca” el tema del capital social. Quizá debiéramos destacar el libro de La Distinción. Taurus. Madrid. 1983. 18 Ver el texto ya citado de R. Putnam. Solo en la Bolera. Op.cit. págs.16-25 19 Harrison C. White. Markets from Network: Socioeconomic Models of Production. Princeton University Press. 2002 20 F. Fukuyama. Op.cit. 21 Unidad de Estudios de Opinión Pública. Capital Social: confianza, redes y asociacionismo. Fundación BBVA. 2006 22 R. Sennett. La Cultura del nuevo capitalismo. Op. cit. pág. 61.

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al reducir los costes de transacción, incrementando la cooperación y haciendo que la interacción sea previsible y fluida. F. Fukuyama20 argumenta que cuando hay confianza, los costes de transacción disminuyen y esto tiene efectos, por ejemplo, en el crecimiento económico. Desde esta perspectiva, la confianza es el factor clave en las transacciones, sean créditos, contratos de trabajo, inversiones, etc. Si existe confianza, se requieren menos recursos para protegerse de potenciales daños, las relaciones formales son menos necesarias y los litigios menos frecuentes. El estudio de opinión pública realizado por la Fundación BBVA sobre capital social en 13 países21 constata empíricamente la importancia que los individuos conceden a la confianza a la hora de configurar la relación con los demás. La confianza se genera de dos maneras: una formal y otra informal. Confianza formal significa que una de las partes firma un contrato con la creencia de que la otra hará honor a los términos del mismo. La confianza informal, como detectó R. Sennett22, «es una cuestión de saber con quién se puede contar, en especial cuando un grupo está bajo presión, esto es, quién se hundirá y quién estará a la altura de las circunstancias». La confianza requiere tiempo, porque en grupo o en red se acumulan indicios sobre el comportamiento y el carácter de los integrantes. Lo normal es que la escasez de confianza informal sea un déficit organizativo, más que un problema relativo al carácter de los sujetos. Lo es porque es difícil captar confianza, sea formal o informal, si la empresa no la inspira. Así, por ejemplo, en empresas temporales con contratos de bajo valor económico, la confianza es escasa y la inversión afectiva que los individuos están dispuestos a hacer es habitualmente baja. Saben que cuando termine el contrato la empresa dejará de preocuparse por ellos y ellos de la empresa. La perdurabilidad temporal de la empresa, al igual que la sostenibilidad de los contratos aparecen como dos elementos necesarios para construir confianza. Sin ellos las redes no existen o son débiles y la confianza entre los trabajadores y la organización es baja. Otra cuestión es la opinión que los empleados tienen de la empresa o los usuarios de la organización burocrática y de la administración. Los defectos de la empresa fordista –la clásica en la


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sociedad industrial– se decía que eran la rigidez o la inmovilidad. En ese tipo de empresa, las virtudes de la organización vertical estriban en la acumulación de conocimiento sobre cómo lograr que el sistema funcione, qué se puede esperar de él y cómo hacer viables las expectativas que genera la pertenencia a la organización. Esto provoca que todos sepan cómo deben comportarse, por qué deben obrar de una forma u otra y para qué deben hacerlo. Hay un conocimiento acumulado que forja tradiciones y culturas específicas. Cuando la tecnología ocupa el lugar que en otros momentos fue el del oficio23, las empresas pierden la tradición, sin que esto suponga que tengan sustitutos funcionales adecuados para «olvidarse» de ella o de las culturas específicas sobre las que se anclaba la tradición de la misma. Los procesos de aprendizaje y la resocialización de los emple­ ados no están programados sobre tablas rasas son, por el contrario, procesos de sustitución de culturas maestras y marcos cognitivos. Por eso, la recreación de la comunidad se dificulta cuando no trabaja sobre instituciones con un conocimiento forjado en el tiempo de la acción productiva, sino sobre organizaciones que, en muchos casos, deben adoptar el lema «nada a largo plazo», deben ser flexibles y llamar a la identificación con los objetivos, aunque el trabajador no sepa muy bien lo que quiere decir eso o no lo perciba con la precisión que requiere la organización de la producción. Sin embargo, el capital social es analizado desde perspectivas que no se ciñen exclusivamente a lo individual, sino al carácter relacional de los individuos. En este sentido, otros autores hacen referencia a los recursos que poseen las personas para el contacto interpersonal, a la vez que se recogen en las diferentes estructuras existentes para que el contacto y las redes sociales sean posibles. El capital social de cada uno es el fruto del resto de los ciudadanos presentes en las redes y en los procesos de retroalimentación positiva. Concretamente para P. Bourdieu24 el capital social com­prende el conjunto de recursos existentes o potenciales relacionados con la posesión de una red estable de relaciones más o menos institucionalizadas de familiaridad y reconocimiento. Como po­ demos observar, la cuestión del capital social se desliza también hacia otros asuntos alejados de las pretensiones de este texto. Puede,

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23 Ver el magnífico texto de R. Sennett. El Artesano. Anagrama. Barcelona. 2009

24 Entre las varias obras donde P. Bourdieu se ocupa de este tema caben destacar; Sociedad y Cultura. Grijalbo. Máxico 1984. La Distinción. Taurus. Madrid. 1988. El Sentido Práctico. Taurus. Madrid. 1991. Razones Prácticas: sobre la teoría de la acción. Anagrama. Barcelona. 1997


25 El último texto de R. Florida es muy instruc­tivo para esta perspectiva, se titula Who´s your city. Basic Books. Nueva York, 2008 (hay traducción en castellano, Ciudades Creativas. Paidós. Barcelona. 2009)

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de hecho, analizarse desde múltiples vertientes, desde las cuales se pueden aportar elementos interesantes para el estudio de las relaciones sociales. Sin embargo, lo que me interesa es el papel que tiene como soporte de la cultura de la innovación y del desarrollo socio-económico. A este respecto, Richard Florida 25, sugiere que las ciudades más dinámicas, son las que crean entornos abiertos a la creatividad y a la diversidad. Las sinergias que resultan de las combinaciones de la creatividad cultural y artística con capacidad emprendedora e innovación tecnológica son las claves de la prosperidad en la era basada en el conocimiento. Las sinergias se dan en entornos localizados donde las personas con talento eligen no solo trabajar sino vivir. La ventaja competitiva de las ciudades está precisamente en la capacidad para producir, atraer y retener la fuerza de trabajo que juega el papel clave en la producción del conocimiento y en la innovación; es decir, la que aporta las ideas, el saber hacer, la creatividad y la imaginación que son fundamentales para el éxito económico en la era del conocimiento. Sin embargo, el talento es atraído y retenido en ciudadesregión, pero no por cualquier ciudad-región. En la economía globalizada una parte de la creación de valor se basa en activos intangibles, por lo que los factores decisivos tienen que ver con atributos y características de los lugares que los hacen atractivos para la clase creativa depositaria de «talento». Frente al capital humano entendido como bien individual, la creatividad emerge como el bien colectivo y relacional, parte de un proceso y es el resultado de los usos comunitarios que requieren trabajo en equipo y vínculos de interdependencia. Por tanto, lo que Florida plantea es que los espacios creativos e innovadores son aquellos capaces de aunar lo que denomina como las «3T’s»: tecnologíatrabajo, talento y tolerancia. Así, el elemento decisivo es el carácter social, los lugares que ofrecen más calidad de vida y acomodan mejor la diversidad son los que tienen más capacidad para atraer y retener el talento y son más eficaces en la generación de actividades intensivas en tecnología. De esta manera, si se pone el énfasis en los ecosistemas creativos y en las condiciones necesarias para su creación, Florida destaca el papel de la tolerancia como la variable social determinante de la creatividad.


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Según el análisis empírico de las regiones del mundo más desarro­ lladas26, la tolerancia es una de las dimensiones discriminantes a la hora de crear el ecosistema adecuado para atraer y retener el talento, así como para favorecer situaciones de inno­vación. Estos grupos tienen en común el verse atraídos por ecosistemas abiertos, sin prejuicios, tolerantes. El dato cierto es que por su forma de entender el mundo y disfrutar de la vida, los innovadores tecnológicos se sienten atraídos por los innovadores sociales, de­ bido a que para ambos grupos la clave para el desarrollo personal es el ejercicio de la autonomía individual, al margen de las jerarquías laborales o sociales. Así, la tolerancia y el talento se refuerzan mutuamente. En concreto, si hay una relación abierta y positiva entre el capital social, el desarrollo socio-económico y su cultura, la innovación tiene lugar en ámbitos y dimensiones concretas. Ésta se convierte en el caldo de cultivo de una sociedad abierta, en la que predominan las relaciones sociales basadas en lazos débiles no fuertes pero consistentes y en la confianza generalizada. Sin embargo, los análisis de este tipo tienen el inconveniente de no explicar los casos de algunas sociedades europeas, concreta­ mente las nórdicas que, efectivamente son sociedades creativas a pesar de no ser culturalmente diversas. Lo que ocurre en estos casos es, siguiendo las conclusiones de M. Castells y P. Himamen27, que tras analizar el modelo finlandés de transición hacia la socie­ dad del conocimiento, concluyen con que uno de los hechos fundamentales de su economía se encuentra en la dimensión social sostenible apoyada por el Estado del Bienestar, capaz de ofrecer cohesión y sentido de identidad compartida. El hecho es que algunas infraestructuras políticas, económicas y culturales propician la emergencia de ciudadanos creativos bien formados y con apoyos y anclajes importantes, provenientes tanto del Estado como de la sociedad civil, que les permiten desarrollar a pleno rendimiento sus inquietudes. Lo que estos países demuestran es que la cultura específica de los diferentes espacios es un recurso de identidad e integración social, facilita la producción de bienes públicos y es el elemento que sitúa a la ciudad-región en un nicho específico en los mercados internacionales. Con la disolución de los factores intangibles de la región se corre el riesgo de provocar

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26 Ver el texto citado de R. Florida, op. cit. especialmente las páginas 131-151

27 Ver el texto de M. Castells/P. Himanen, en La Sociedad red. Alianza. Madrid. 2005. El Estado del Bienestar y la Sociedad de la Información. Alianza. Madrid. 2002


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problemas de fragmentación social. En estos casos, la consecuencia es la construcción de un círculo vicioso de freno a la formación de capital social y de bienes públicos imprescindibles para el desarrollo regional 7. Conclusiones

1) El éxito del discurso de la innovación está asociado a las transformaciones estructurales que atraviesan el final de la década de los noventa y el recién inaugurado siglo XXI. El final de siglo visualizó transformaciones sociales y económicas profundas y la aparición de paradigmas que intentaban entender el mundo en contraposición al orden social de posguerra. La globalización interpreta el mundo, fusiona ideas desde las categorías de incertidumbre, riesgo, inseguridad, flexibilidad, precaución, competitividad, productividad e innovación. Los hechos obser­ van que las sociedades innovadoras no son la consecuencia directa (relación causa-efecto) de la aplicación de medidas insti­ tucionales o el resultado de la inversión y la financiación de alguna de sus expresiones. Innovar no significa seguir la dirección predeterminada por institución alguna, sino que las dinámicas sobre las que se asienta adquieren rasgos y tránsitos diversos allá donde se expanden. No todas las sociedades innovan por igual y bajo los mismos criterios, sino que las bases institucionales que se emplean, los recorridos que siguen y las metodologías que utiliza pueden seguir trayectos diferentes. Para que la innovación prospere es fundamental que la reinterpretación de viejos problemas o de nuevas soluciones consigan calar en la sociedad o en una parte representativa de la misma. La innovación individual existe pero es efímera, como el propio individuo, si no consigue que las prácticas sean seguidas por otras personas y se institucionalicen en estructuras concretas. 2) La innovación necesita contextos adecuados y terrenos donde cultivarse. La idea fundamental es que una economía basada en el conocimiento soporta el desarrollo y la legitimación desde la innovación, en ella deben implicarse la capacidad para participar en actividades que demandan conocimiento, es decir, actividades en las que ésta se crea, aplica y comparte. Algunas de


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las actividades tienen que ver, i) con el conocimiento explícito; ii) investigación y desarrollo, formal o informal; iii) capacitación, también formal o informal; iv) búsqueda de información relevante para el área de actividad que se trate; v) otras, en cambio, apuntan a facilitar la expresión y emergencia de lo mucho que sabemos sin saber decirlo; el conocimiento tácito. Tal y como he expresado, los ámbitos en los que ambos tipos de conocimientos se integran son aquellos en los que individuos con saberes pertinentes y diversos interactúan en la búsqueda de soluciones a los problemas, es decir, en los espacios donde la gente innova. Los espacios donde ocurre esto son «espacios interactivos de aprendizaje». Estos se constituyen en muchas partes; sin duda en las empresas, en la interacción entre éstas y los equipos de investigación, en el espacio público, en las acciones de intercambio entre agentes sociales y grupos académicos. En estos espacios pueden identificarse algunos factores como el apoyo a incentivos grupales a la innovación; libertad de pensamiento y acción para determinadas personas; actitudes experimentales hacia la realidad; incluso la apertura en relación con las propias creencias; estimulación interdisciplinaria y de experiencias múltiples; el acceso al conocimiento y dato disponible; recursos dispersos, manejo tolerante de los fracasos. Entendidos de esta manera su construcción depende de que haya gente capacitada para identificar conocimiento relevante respecto de un determinado problema y se organice para obtenerlo. Sin embargo, esto no es suficiente. Para que ocurran procesos de aprendizaje es también necesario tener oportunidades para enfrentar problemas colectivamente. 3) Las redes humanas y la cultura de la innovación no nacen de la nada, ni se alimentan de vacíos sino que se construyen sobre soportes, unidades y basamentos que las hacen funcionar y permi­ ten su reproducción. Su despliegue lleva tiempo y presenta rasgos diferentes en espacios geográficos distintos. En consecuencia, no es una cultura que pueda incorporarse de forma directa y rápida a través de medidas institucionales, ni se refiere a nuevos valores sociales ante la ciencia y la tecnología. Por el contrario, es la cultura construida con paciencia que especifica cuáles son los límites y las posibilidades de sus dinámicas.

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4) Las sinergias que resultan de las combinaciones de creativi­dad cultural o artística con la capacidad emprendedora y la innovación tecnológica son las claves de la prosperidad en la era basada en el conocimiento. Las sinergias se dan en entornos localizados donde las personas con talento eligen trabajar y vivir–el caso de Silicon Valley o el polo de I+D+i de Helsinki son sugerentes–. La ventaja competitiva de esas ciudades está precisamente en la capacidad para producir, atraer y retener la fuerza de trabajo que produce conocimiento e innovación social; es decir, que aporta las ideas, el saber hacer, la creatividad y la imaginación, recursos fundamentales para el éxito económico y el bienestar social. 5) Las pregunta son, ¿cómo se generan los efectos de innovación y aprendizaje que favorecen la productividad y la competitividad de las empresas y los entornos sociales? ¿Es suficiente con reunir en un mismo espacio los agentes, los recursos y las infraestructuras que participan en tales efectos? Mi hipótesis es que los procesos de innovación superan la estrechez de miras que les otorga la interpretación tecnológica y/o económica, de tal forma que capturan la complejidad de los procesos que acontecen en espacios, ámbitos y escalas no directamente económicos –tales como el medioambiente, los ámbitos socioculturales (artístico, educativo o de servicios sociales) o el contexto institucional y que en conjunto interactúen de forma constante siguiendo un proceso complejo y múltiple. Por tanto, ha de prestarse atención a la pluralidad de fuentes de innovación y a los ámbitos en los que la innovación es posible (sean la economía, la empresa, los espacios sociales, culturales o artísticos). No perdamos de vista que innovar supone crear el sistema cultural basado en la tolerancia con objeto de aceptar la modificación de aspectos básicos existentes, ya se trate de bienes tangibles –procesos, productos, tecnología, mercadotecnia, o intangibles –valores, ideas, emociones e instituciones– de forma que cuando los procesos tienen éxito los aspectos transformados puedan adquirir nuevos usos y sentidos. En esta situación, los usos y las posibilidades abiertas aparecen como motores de innovación, tratando de escapar de la interpretación exclusiva que otorga a la tecnología y a los ciclos económicos la responsabilidad sobre ella.


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6) La perspectiva que propongo afirma que las sociedades innovadoras amalgaman en el interior de los espacios de innovación un capital humano bien formado, un sistema educativo de alta calidad, extensivo a la gran mayoría de ciudadanos, un sistema de políticas públicas muy desarrolladas y que se ocupan del bienestar de las personas, entornos institucionales que apoyan la asunción de riesgos, premia las nuevas ideas y pone a disposición de las empresas incentivos diversos, por ejemplo, mecanismos que construyen estructuras de oportunidades desde donde reforzar la relación entre los sistemas de I+D+i y el sistema universitario y da, como resultado, bienestar y calidad de vida. 7) Las dinámicas sociales que ponen en marcha las inno­ vaciones son procesos con un componente socio-cultural alto. La identificación, la confianza, el reconocimiento, la confidencia, la seguridad, la colaboración e incluso la competencia juegan un papel en los momentos innovadores. El intercambio y la interacción bajo normas de reciprocidad y asociación, proporcionan la base fundamental desde donde se nutre la cultura de la innovación y, en definitiva, desde donde se impulsa el desarrollo socio-económico. Al respecto, por ejemplo, las ciudades dinámicas saben crear entornos abiertos a la creatividad y diversidad. Las sinergias que resultan de las combinaciones de la creatividad cultural o artística con la capacidad emprendedora y de innovación tecnológica, son la clave de la prosperidad en la era del conocimiento. Las sinergias se dan en entornos localizados donde las personas con talento eligen no solo trabajar sino también vivir. La ventaja competitiva de las ciudades está en la capacidad para crear, atraer y retener la fuerza de trabajo que juega el papel más significativo en la producción del conocimiento y la innovación. En la economía globalizada, una parte de la creación de valor en muchos sectores se basa en activos intangibles, por lo que los factores decisivos tienen que ver con atributos y características de los lugares que los hacen especialmente atractivos para la clase creativa depositaria del «talento». La fuerza de trabajo creativa es atraída hacia lugares que tienen una masa crítica de personas y actividades creativas. 8) Frente al capital humano, entendido como un bien indi­ vidual, la creatividad emerge como un bien colectivo y relacional,

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es la parte visible del proceso y el resultado de los usos comunitarios que requiere el trabajo en equipo y algunos vínculos sociales. El elemento decisivo en el comportamiento económico y en la competitividad de las ciudades es el carácter social de las mismas; es decir, los lugares que ofrecen la mayor calidad de vida y que mejor acomodan la diversidad son los que tienen capacidad para atraer y retener el talento y los más eficaces en la generación de actividades intensivas en tecnología. De esta manera, al poner el énfasis en los ecosistemas creativos y en las condiciones necesarias para su creación, el papel de la tolerancia destaca como la variable social determinante de la creatividad. 9) En las sociedades del conocimiento más dinámicas sucede que determinadas formas de cohesión social son la base de las economías. El mantenimiento de la cohesión e integración social más que una carga para los Estados son el mecanismo decisivo de impulso para el desarrollo socio-económico. La cultura específica de los diferentes espacios es el recurso de identidad e integración social, facilita la producción de bienes públicos y los elementos que sitúan a la ciudad-región en el nicho específico de los mercados internacionales. Por el contrario, la disolución de los factores intangibles de la región corre el riesgo de provocar problemas de fragmentación social. En estos casos, la consecuencia es la construcción de un círculo vicioso de freno a la formación de capital social y de bienes públicos imprescindibles para el desarrollo regional.

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Autores

Daniel Innerarity

Filosofia Politiko eta Sozialeko katedraduna da Zaragozako Unibertsitatean eta irakasle gonbidatua Sorbonako Unibertsitatean (Paris 1). Bere azken liburuen artean aipatzekoak dira «La transformación de la política» (III Miguel de Unamuno Saiakera Saria, eta Literaturako Sari Nazionala Saiakera atalean 2003an), «La sociedad invisible» (Espasa Saiakera Saria 2004), «El nuevo espacio público eta «El futuro y sus enemigos.» Eusko Ikaskuntza-Euskadiko Kutxak Humanitate, Arte, Kultura eta Gizarte Zientzietako Saria eman zion 2008an.

Ander Gurrutxaga Abad

Soziologiako katedraduna da Euskal Herri­ko Unibertsitatean. Unibertsitate eta Ikerketako sailburuorde izana, baita Unibertsitateko errektore-orde ere. Arlo hauetan lan egin, ikertu eta argitaratu izan du: Gizarte Egitura eta Aldaketa, Soziologia Politikoa eta Berrikuntzaren Soziologian.


¿Cómo es una sociedad innovadora? - Daniel Innerarity y Ander Gurrutxaga  
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