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suplemento semanal de la hora, idea original de Rosauro CarmĂ­n Q.

B. Traven:

De la desilusiĂłn a la esperanza indĂ­gena

Guatemala, 17 de mayo de 2019


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B. Traven: de la desilusión a la esperanza indígena

presentación

na doble fortuna me ha regalado la vida recientemente en el plano intelectual y personal. La primera, haber viajado a Chiapas en el marco del encuentro convocado por el Comité de Traducciones y Derechos Lingüísticos del PEN Internacional, titulado “Escribir el futuro en lenguas indígenas”. La otra, coincidir con el intelectual mexicano, Álvaro Ruiz Abreu, quien disertó sobre la presencia de Traven en México y algunas claves que ayudan a comprender su pensamiento. El texto íntegro lo presentaremos en dos entregas para provecho de los lectores con la esperanza de que la revisión pueda realizarse con pausa. Ruiz Abreu es un especialista de B. Traven y un apasionado de la filosofía de un hombre que, por aparte, hasta hoy no deja de ser un enigma y un pensador con intuiciones más que lúcidas. Fue al mismo tiempo un crítico de su tiempo que se sirvió de las ideas de los más insignes estudiosos de la época. El ensayista ubica la obra de Traven de los siguientes términos: “La escritura de Traven es un texto abierto al tiempo, a las diversas interpretaciones por las que atravesó; yo la inscribiría en la novela indigenista, antropológica que proliferó en México y Latinoamérica en los años veinte y treinta y que se propuso reivindicar la vida de los indios, sus creencias y su identidad, señalando la explotación ilimitada a la que estuvo sometida por caciques, hacendados y por las mismas autoridades encargadas de distribuir justicia. Y sin embargo es algo más que esa escritura de denuncia, muy proclive a exaltar la lucha contra el capitalismo y elevar a rango divino el socialismo que proliferó en esos años”. En otro tema, no deje de leer el trabajo de Raxche’ Rodríguez Guaján, titulado Más de un K’atun de edición, centrado en la figura de Humberto Ak’abal y su producción editorial. Además, considere el texto narrativo de Jorge Ovalle Menéndez, la propuesta poética de Irma Alicia Velásquez Nimatuj y la crítica de Miguel Flores. Estamos seguros que cada esfuerzo estético redundará en su provecho personal en el intento por comprender más y mejor el mundo en el que nos movemos.

es una publicación de:

Primera Parte Álvaro Ruiz Abreu Escritor, biógrafo y profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana, México

La selva, gran verdad con tanto engaño. B.Traven.

L

os viajeros que llegaron a México en los años veinte parecían cargar en sus maletas la preocupación por saber qué había sido la Revolución mexicana, cuáles sus signos distintivos de una cultura antigua, de pirámides magistrales y civilización organizada. Algunos eran artistas en ciernes como Edward Weston y Tina Modotti, o bien ya iniciados como D.H. Lawrence, Paul Morand o Gabriela Mistral, que se incorporaron a la vida cotidiana del arte y de la sociedad, de la política y el azar de la política. El país vivía su período de reconstrucción, o bien del renacimiento mexicano, era el momento de confiar en el futuro, aliarse a la esperanza de que una revolución cambiaría la geografía política y social y la sensibilidad de hombres y mujeres. A ese proceso parece haberse sumado con encono y prudencia B. Traven (1882-1969), que conoció a Weston y aprendió el arte de la fotografía con él; Traven buscaba sociedades arcaicas donde pudiera comprobar sus ideas sobre el progreso, ligado al futuro. La intensidad que alcanza, en la vida social y antropológica, es poco o casi nada común; vino de Alemania como un misterio, y algunos afirman que desembarcó justo en 1924 y otros indicios sostienen que fue en 1923, un hombre que ya traía en su pensamiento algunas de las ideas principales que desarrolla Spengler, en su célebre texto, La decadencia de occidente (1918). En uno de los relatos de Traven, un carbonero indio le dice a Gerard Gales: “Su civilización está movida por un solo pensamiento, y su nombre es ‘dinero’. Con dinero se pueden hacer negocios, pero no se pueden calentar las almas”. (Bauman 1985: 56) De donde se infiere que el futuro de la humanidad se encuentra en las culturas jóvenes, bronceadas de los pueblos indios y no en la decadente Europa. Al contrastar la cultura y la civilización, Traven cree que a los países industrializados les sobra una y les falta otra, y llega a plantear el problema en estos términos: “La civilización norteamericana, industrializada, sin alma ¿tiene derecho de destruir a una cultura india mexicana, con alma?”. (Ibid. 57). La respuesta la encuentra en el futuro que no es simplemente un optimismo lógico sino la confianza en que las sociedades, como

los seres humanos, y la naturaleza, pueden regenerarse. La esperanza está ligada a las predicciones de Marx y las del cristianismo, pero también a lo vano que puede resultar. “Si abril es el mes más cruel en La tierra baldía es porque genera falsas esperanzas de regeneración”, escribe Terry Eagleton. Traven llegó para quedarse y construir muros a su alrededor que lo protegieran del anonimato que deseaba conservar; entusiasmado por la geografía y la cultura indígena en la que se metió a fondo, este alemán que pasó por varias vicisitudes fue muchas cosas a la vez: anarquista, bohemio, observador de geografías del subdesarrollo, cronista, apasionado amante de muchas mujeres, idealista y un hombre de una integridad ejemplar. Había nacido en un pueblo de Polonia en 1882 y murió en México

el 26 de marzo de 1969, y jamás reveló su identidad, estuvo en Indonesia, en Vietnam. Escribió: “–¿Qué dónde queda mi patria? En el lugar en el que esté y en el que nadie quiera saber quién soy, ni qué esté haciendo, ni de dónde soy: ésa es mi patria, mi tierra”. Se fue a las regiones más apartadas del país, entre los indios lacandones y de otras etnias chiapanecas, y pidió que cuando muriera sus cenizas fueran esparcidas en las aguas del río Jataté. Creo que esto lo describe muy bien Antonio Saborit: “De finales de mayo a principios de agosto de 1926 Traven Torsvan efectuó su primera expedición a través del estado de Chiapas. Se dice rápido. Nada en esa geografía sugería la mera posibilidad ni de la historia ni de la leyenda, sobre todo tratándose de una zona sembrada de despejos materiales envueltos por la selva. Y el día que


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volvió de ahí creía a ciencia cierta haber llegado a la raíz de México, a la cuna de su vasta población indígena, incluso la cuna de la humanidad”. En las novelas sobre los indios de México, Traven no los describe como hartos de una explotación que los convierte en seres a punto de emanciparse a través de una revolución. No, lo que él propone es que esos indios sufran y a través del sufrimiento descubran su condición, y en ese momento optarían por romper las cadenas que los atan y hacerse libres, egoístas, individuos al fin que han conquistado su libertad. No para obtener el bien común, que es una abstracción tomada del filósofo Skirner. Traven parece envuelto en esa filosofía de la historia según la cual la Esperanza es inherente a la condición humana pues ninguna sociedad puede existir sin ese deseo de redimirse alguna vez frente a las catástrofes del mundo contemporáneo. Con su escritura sucede lo que a menudo pasa con otros escritores que combinan la experiencia con la novela, el testimonio de lo que el testigo ha observado con el universo de la imaginación. Entra así a formar parte de esa idea de Lejeune sobre el “pacto autobiográfico” del autor y las representaciones de su prosa. Por tanto, no es difícil ubicar su estilo: es directo y referencial, manejado por un narrador que sabe de antemano dónde se encuentra el bien y dónde el mal, cuáles son los valores que defiende esa prosa escueta y cuáles los que condena. Sabe además qué voces van a ser privilegiadas en el relato, en el caso de Traven, la de los indígenas, y cuáles serán opacadas por su ruindad: la de los poderosos, hacendados, grandes comerciantes, explotadores de la mano de obra del indio, terratenientes y traficantes de hombres y mujeres en un tiempo en que la esclavitud había sido abolida. Novela sin ficción, o autoficción, la de Traven se inscribe en una escritura que no quiere ser subjetiva sino claramente objetiva; los rayos de la imaginación se aplican escasamente a ella pues el narradorautor prefiere los rayos de la realidad. La escritura de Traven es un texto abierto al tiempo, a las diversas interpretaciones por las que atravesó; yo la inscribiría en la novela indigenista, antropológica que proliferó en México y Latinoamérica en los años veinte y treinta y que se propuso reivindicar la vida de los indios, sus creencias y su identidad, señalando la explotación ilimitada a la que estuvo sometida por caciques, hacendados y por las mismas autoridades encargadas de distribuir justicia. Y sin embargo es algo más que esa escritura de denuncia, muy proclive a exaltar la lucha contra el capitalismo y elevar a rango divino el socialismo que proliferó en esos años.

Una cosa parece clara: Traven quiere decirnos que el hombre se encuentra atado a la tierra, su verdadera naturaleza, y que el dinero, el progreso, la ciencia y la tecnología en ascenso lesionan ese pacto y tratan de desplazarlo. En las zonas tropicales de México, encontró tal vez la explicación racional a su idea. “Una selva tropical es tan rica en vida que sencillamente nadie puede sentirse desolado si siente todo el universo en cada pequeño insecto, en cada lagartija, en cada piar de un pájaro, en cada murmullo de las hojas, en cada forma y color de flores”. (Baumann: 187). En sus relatos aparece el mundo de la división del trabajo, y sin embargo, se advierte la influencia de Dante y de Blake, por citar a dos clásicos, según apunta Baumann. Así Traven no es solamente el impugnador de una clase, que escribe mensajes cifrados en sus obras, tampoco es un ortodoxo de ninguna ideología sino el escritor que repasa y profundiza en el alma de los seres humanos y de la naturaleza. Le preocupa el destino de los indios, de los trabajadores. Para ellos sólo había trato despiadado, jornadas de trabajo inhumano, silencio, y todo el peso de la ley si se salían del esquema. Traven conoció ese sistema de explotación colectiva irracional que heredó el país de los Científicos y de la dictadura de Porfirio Díaz y lo expuso en su conocido “ciclo de la caoba”, relato de corte realista y casi naturalista, en el que describe a fondo y en todos sus detalle con una herramienta literaria: la ironía, que finalmente es el asunto dominante de La carreta. La tesis que defiende en ese ciclo es que el esclavo dura lo que su voluntad quiere, porque finalmente es libre para decidir entre esclavitud y libertad. “Para el esclavo no hay más que una virtud y un derecho, el de considerar como palabra evangélica todo lo que el patrón dice. El esclavo que no practica esa virtud ni ejerce ese derecho contraviene la regla, y en esas condiciones el matarlo o torturarlo son acciones de un mérito nunca bien ponderado”. (La rebelión: 117).

Tal vez Traven sigue siendo esa incógnita abierta para la crítica y los lectores de su obra; quién era este escritor que firmaba con esa B y ese apellido como sacado del cine, de dónde venía y en qué zona de México se encontraba. La especulación sobre su vida fue inmensa y se convirtió en otra incógnita, pero lo cierto es que en sus textos hay grados altos de anarquía, una especie de filosofía de la vida y del Estado que prevalece en las comunidades que él recorre con su mirada en el sureste de México. Cada indígena que él toma es un rompecabezas en donde las piezas remiten a una extraña y complicada concepción del hombre, según la cual la autoridad y la sociedad, la Iglesia y quienes obedecen sus dictados, los enemigos del indio forman una comunidad de explotadores y explotados que solamente la conciencia de esa situación puede romper. Traven describe comunidades indígenas, construye personajes de carne y hueso, no caricaturas del indio sumiso y obediente a los designios del patrón, y lo encuentra en Andrés de La carreta. En un intento por humanizar la visión de las cosas del mundo indígena, Traven convierte a Andrés en un emisario de su pasado familiar y de su raza, y al mismo tiempo en una persona reflexiva que toma conciencia de la función que cumple en la relación laboral de los suyos con los patrones, en la que descubre un conflicto tan viejo como la humanidad y muy complejo. La solución no está a la mano, pero Andrés siente que hay cierta verdad por la que debe sacrificarse, tal vez presiente la esperanza. Y esta palabra es uno de los ejes sobre los que Traven edificó el enorme edificio de su escritura. La novela indigenista de los años treinta y cuarenta fue a las comunidades, a los pueblos, para urdir historias noveladas previsibles: el indio siempre aparecía en una cápsula de olvido y la explotación que lo hacía propenso a la compasión. Era un ser noble, bondadoso y transparente, en mitad de un mundo oscuro gobernado

por el materialismo y el progreso. En mitad de la noche, el indio brillaba. La obra de B. Traven es algo más que esa fórmula. Y lo vemos con claridad en La carreta, un relato realista, alejado del retrato conformista del indio y sus costumbres, una lección de lenguaje directo y transparente con el que Traven dibuja a fondo el temperamento de las montañas de Chiapas. Lleva al lector allá donde viven indios tzeltales, tojolabales; arriba el cielo prometido por la Iglesia católica a los indios, abajo el sacrificio de cada indio para subsistir en mitad del trabajo de animal que nadie le obliga a ejecutar pero que debe hacer en esta vida. “Nadie aventaja a la Iglesia cuando de anunciar se trata. Reproducidas en millares, pueden leerse en las alcancías de los ‘pobres’ las siguientes frases: ‘Cada centavito que des, te será devuelto en oro en el cielo”. Y la Iglesia, aclara el narrador, no rinde esas cuentas porque nadie se las exige, pues todos sus postulados están amparados en la fe. En su texto hay una constante reflexión acerca del destino y el origen de los indios, de la suerte que corren en manos de los patrones. No son esclavos porque la Constitución ha abolido la esclavitud, pero en los hechos son tratados igual que esclavos; no se venden ni se compran indios, porque la ley lo prohíbe, pero en la vida diaria de esas comunidades alejadas de casi todo, se acostumbra vender y comprar indios. Y la lista de arbitrariedades sociales, en el trabajo, en la sexualidad, en el abuso de las mujeres, parece interminable. Traven trabajó la realidad como un artesano de las palabras y así la reinventó, una de sus prioridades fue inyectar imaginación a la historia degradada de las comunidades indígenas, sacarlas de la oscuridad y darles la esperanza que necesitaban. Parece un gesto cristiano, pues la esperanza es una de las tres virtudes teologales, ligada a la fe y la caridad, según San Agustín “no hay caridad sin esperanza, esperanza sin caridad y ni esperanza ni caridad sin fe”.


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Más de un K’atun de edición

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Raxche’ Rodríguez Guaján Director Maya’ Wuj

Nink’amowaj chike ri Kab’awila’ ri xinwetamaj ruwäch ri tata Humberto Ak’abal. Nink’amowaj ri xqajunimajjanila taq na’oj pa ruwi’ rujotayixik ri Maya’ Amaq’. Nink’amowaj ri yito’on richin rujachik, rutaluxik, rutz’ajik ri pach’un taq rutzij ri tata Humberto Ak’abal. (Idioma Maya Kaqchikel).

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ace 27 años conocí a Humberto Ak’abal en la capital. Llegó a nuestra oficina compartiendo su poesía. En la Agenda Maya de 1992 publicamos su poema “Caminando hacia atrás”. Desde entonces, he tenido la oportunidad de conocer y editar 11 de sus obras en Maya’ Wuj. Sobre todo, hemos publicado y seguiremos publicando sus libros en formato bilingüe K’iche’-Castellano. Con este texto, iniciamos a publicar algunos de sus poemas en Kaqchikel. Con Humberto compartimos numerosas charlas sobre la motivación de publicar su poesía en formato bilingüe: K’iche’-Castellano, K’iche’-Francés, K’iche’-Alemán... Su obra a la fecha está traducida a más de 20 idiomas. En sus palabras: Soy cantor maya-k’iche’, pertenezco a una nación con historia y lengua. … según yo, mi poesía está marcada por el sentir, el ver y el entender de mi lengua materna (la maya-k’iche’), de allí que el mundo, mi mundo, lo interpreto a partir de la cosmogonía de mis ancestros. (Las Palabras Crecen, Maya’ Wuj, 2010). Nos alegra difundir y valorar los idiomas mayas en el mundo globalizado de hoy, para afirmar la identidad de los Mayas y de la Guatemala multilingüe. Por otra parte, ante muchos guatemaltecos, los idiomas mayas no tienen el prestigio social suficiente. Humberto se propuso difundir su idioma K’iche’ en Guatemala y el mundo. Si el K’iche’ es apreciado en el mundo, con seguridad también los guatemaltecos aprenderemos a apreciar nuestra rica diversidad lingüística y cultural. En algunas universidades de EE. UU., con ocasión de festivales de poesía, se lee su poesía, tanto 1) Un k’atun tiene 7,200 días en el sistema calendárico maya.


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en Inglés como en K’iche’. Allá también se enseña y estudia el K’iche’. LEGADO PARA LOS MAYAS Además de su poesía y ensayos conocidos mundialmente, Humberto nos enseña a valorar nuestra propia manera de ver, clasificar y entender el mundo. Sobre todo, nos anima a hablar y escribir en nuestros propios idiomas para afirmar nuestra identidad. Su obra es un ejemplo para preservar y desarrollar nuestros idiomas como un gran legado para nuestros descendientes y para la humanidad. Su vida es un gran ejemplo para seguir por las nuevas generaciones. LECTURA FÁCIL PRINCIPALMENTE PARA JÓVENES Otra gran motivación de su obra es incentivar la lectura entre jóvenes. Estaba convencido que la lectura es el mejor recurso que tenemos para afirmar nuestras raíces y también de conocer otras visiones y otras culturas. La lectura es una estrategia para afirmarnos, por una parte, y por otra, para ampliar nuestra visión y conocimiento del legado de otras culturas. Humberto fue un gran lector. Llegaba a nuestras oficinas a media mañana, muchas veces, y ya había leído un libro completo. Humberto había iniciado una serie de paráfrasis. Dejó publicado el Popol Wuj (Maya’ Wuj, 2017, 2018, 4ta edición 2019). Inició a trabajar el ChilamB’alam de Chumayely luego tenía previsto empezar el Rabinal Achi. Lo motivaba hacer amigable la lectura de documentos del Pueblo Maya. Sobre todo, deseaba acercar esos libros fundamentales a los jóvenes y neolectores. RECUPERAR LA CELEBRACIÓN DEL AÑO NUEVO AB’ Según National Geographic, el Pueblo Maya

construyó una de las cinco civilizaciones más relevantes de la humanidad, junto a China, IndiaPakistán, Mesopotamia y Egipto. Entre los avances más sorprendentes se encuentra su sistema calendárico. Los astrónomos mayas elaboraron el calendario más exacto que la humanidad calculó hasta antes de la era espacial. El Calendario Maya puede fijar cualquier fecha con precisión tan grande que no puede repetirse hasta después de haber transcurrido 374,440 años. Una admirable proeza en cualquier sistema cronológico. (S. Morley). Entonces, para Humberto era fundamental que el Pueblo Maya y la sociedad guatemalteca retomaran la celebración del inicio del Calendario Maya Ab’. Año que tiene 365 días, formado por 18 meses de 20 días y 5 días, Tz’apiq’ij, para completar 365. En el año 2019, el 0 Pop Año Nuevo Ab’ fue el uno de abril. En Momostenango, el profesor Lucas Baten Ajtun inició su celebración. En la capital, 15 escuelas y 5 institutos públicos, y algunos colegios lo celebraron en sus establecimientos. Entre los legados que Humberto Ak’abal no alcanzó a dejar, está una nueva letra del Himno Nacional. El actual es un himno que no responde a la diversidad de los pueblos de Guatemala. Tiene estrofas como “Y lograron sin choque sangriento/ colocarte en un trono de amor,/ que de Patria, en enérgico acento,/ dieron vida al ideal redentor.” Cuando sabemos que la colonia de América significó la debacle demográfica más grande que registra la humanidad. 150 años después de la llegada de los Castellanos, quedaban menos de 300 mil mayas de una población estimada de aproximadamente 3 millones. Humberto se ha ido, pero nos dejó luces. Nos señaló caminos para seguir afirmando nuestra cultura: hablar, leer, escribir nuestros idiomas; tener el hábito lector; retomar nuestros calendarios y buscar símbolos comunes entre los cuatro pueblos de Guatemala para construirnos una vida común, con desarrollo y con dignidad.

El canto viejo de la sangre

Ojer bix re ri kik’el

Ojer rub’ix ri qakik’el

Yo no mamé la lengua castellana cuando llegué al mundo. Mi lengua nació entre árboles y tiene sabor de tierra; la lengua de mis abuelos es mi casa.

Man xintu’ ta ri’, ri kaxlan tzij are jampa xinalaxik. Ri nuch’abalil xalan chi uxo’l k’ichelaj rumal ri’ k’o una’il ulew chi uxo’l; ri kich’abalil ri wati’t numam are ri’, ri wachoch.

Man xintz’umaj ta ri kaxlan tzij taq xinalaxäx. Ri nuch’ab’al xalan chi rukojol taq k’echelaj ruma ri’ k’o runa’il ulew chi rukojol; ri kitzij ri kich’ab’äl ri wati’t numama’ja re’ ri wachoch.

Y si uso esta lengua que no es mía, lo hago como quien usa una llave nueva y abre otra puerta y entra a otro mundo donde las palabras tienen otra voz y otro modo de sentir la tierra.

Are we kinch’awik pa kaxlan tzij, xa je ta ne kikoj jun k’aka lawe ri kutor chi jun uchi’ ja re jun k’aka ulew ri jawi ri tzij k’o wi chi ri kakibij k’o wi chi ri kakina’o che ri ulew.

We yinch’on pa kaxlan tzij, xa achi’el taq nawokisaj jun k’ak’a’ lawinb’al ri nujäq jun chikruchi’ jay, jun chik k’aka b’anob’al akuchi ri tzij k’o chikjun kiq’ajarik k’o chikjun rub’eyal kakina’ che ri ruwach’ulew.

Esta lengua es el recuerdo de un dolor y la hablo sin temor ni vergüenza porque fue comprada con la sangre de mis ancestros.

Ri kaxlan tzij kuna’tisaj jun k’ex, are we man k’ix ta wib kintzijon chupam xa rumal loq’om wa’ ruk’ ri kik’el re ri nuxeteil ri uwi’ ri nujolom.

Ri kaxlan tzij nunataj jun nim q’axomäl, wawe’ man yik’ix ta yintzijon chupam xa ruma la’ loq’om ruk’in ri kik’el ri nuxe’il nuk’utamil.

En esta nueva lengua te muestro las flores de mi canto, te traigo el sabor de otras tristezas y el color de otras alegrías…

Pa ri jun k’ak’a ch’abalil kin k’utu ri uk’otz’ijal re ri nubix, ri uki’al re k’o wi chi taq bis ri uwechibal re k’o wi chi taq kiko’temal...

Pa re jun k’ak’a’ ch’ab’al re’ nin k’ut ri ruk’otz’ijal ri nub’ix, nin junimaj ri ruq’usq’ujilch’aqa’ chik taq b’is ri rub’onil ch’aqa’ chik taq kiko’temal...

Esta lengua es sólo una llave más para cantar el canto viejo de mi sangre.

Ri kaxlan tzij xane jun lawe chik che ubixoxik ri ojer bix re ri nuk’ik’el.

Re kaxlan tzij xaxe’chik jun lawinb’al chik richinrub’ixoxik ri ojer b’ix ri nuk’ik’el, nuxe’el.


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Eran como las 5:30 Jorge Ovalle Menéndez Profesor y periodista

Contemplo el cielo, Nirvana. El viento, que también es tenue, parece traer su voz. La evoco y le digo que la amo. (…y todo es silencio).

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acía frío y había neblina, mucho frío y mucha neblina. Salió apresurado de su casa luego de recibir una llamada para que se presentara a su trabajo, pues ocurría algo importante a lo que sólo él le podía dar solución y aunque estaba de vacaciones decidió atenderla y partió apremiado, de urgencia, al lugar de sus labores, impulsado por la responsabilidad que pocos como él tienen en este país. Ni siquiera se llevó su mochila en la que regularmente cargaba los recursos que, de alguna manera, a veces, le servían en su trabajo, sólo tomó sus tarjetas, sus documentos de identificación y algo de dinero en efectivo, nada más. Se cubrió con un chaleco enguatado rojo, una chumpa azul, también enguatada, una bufanda roja con negro, de manta, y unos guantes negros, de lana. En lo que recorrió de su casa a la esquina, se saludó con una vecina de avanzada edad, que coincidió con él al salir de su vivienda y cuyo esposo acababa de fallecer. Como a unos 3.5 metros atrás de él, un tipo arrancaba una motocicleta gris. Eran como las 5:30. El hombre del paraguas negro salió apresurado luego de la llamada, en su camino también vio que las tortolitas de todos los días picoteaban como siempre el maicillo que alguna persona generosa les tiraba cotidianamente cada madrugada en la calle adoquinada, alguna dio un brinquito, espantada, a su paso. Mientras se arreglaba la bufanda de manta, al levantar la cabeza, vio como un par de zapatos viejos y sin suelas colgaban en los cables que, como extrañas guirnaldas, de poste en poste, llevan la energía eléctrica a las casas, luego todo fue un

centellar y oscuridad a la vez para él. Apenas si logró escuchar algo como un ruido seco, después cayó de boca, de la cual le empezó a brotar un delgado hilo de sangre, también de la espalda le brotaba, pero en mayor cantidad. Las aves, unas once, volaron asustadas, despavoridas, hacia el sur, revoloteando con sus plumas castañas, anchas y negras en el cuello, blancas y rosas en el pecho, y su oscura cola extendida en abanico; la vecina regresó corriendo, despavorida, estremecida y con miedo a refugiarse en su casa, introduciendo con torpeza la llave en la chapa de la puerta. En la banqueta gris y como de un metro de ancho, el hombre del paraguas negro sintió que un vahído lo aniquilaba, limitándolo en su respiración, lo hacía perderse en una oscuridad que le atormentaba y le provocaba angustia, mucho temor, que le hacía sentir como que partía dando vueltas y a la vez le atrapaba en una larga y vacía inmensidad tremendamente oscura, desesperante y espantosamente lóbrega, sombría y tenebrosa. Allí estaba boca abajo, escuchando una y mil voces varias veces: lo siento mucho, esto no te debió pasar a ti, es injusto, pero así es la vida, injusta, entiéndelo, debes comprenderlo. Le parecía una película sin final feliz, mejor dicho, una vida sin final feliz, aunque siempre había luchado y vivido para que todo fuera lo contrario, para que todo fuera amor, paz, felicidad y tranquilidad, aún en el final de sus días, todo alimentado por el amor… El amor a Dios, a su prójimo y a sí mismo, fundamentalmente “a sí mismo”, porque quien no se ama a sí mismo, pensaba siempre, no tiene, ¡nunca va tener!, la capacidad de amar a su prójimo, a su próximo, mucho menos a Dios, que es tan etéreo, incorpóreo, intangible, invisible, inmaterial, místico, espiritual; sin embargo, no fue así.

Como dice la sabiduría popular, pensaba en medio de ese remolino que estaba viviendo en el momento final de sus días, uno pone, Dios dispone, viene el diablo y todo lo descompone. El final se le estaba pintando de otra manera a como lo había pensado, a como lo había construido… Tratado de construir, se corrigió… Es bien cierto, se dijo, que ante la inminencia de la muerte, toda la vida pasa ante los ojos de las personas… Y ahora su vida estaba pasando ante sus ojos, ante su nublada mirada. Pensó en su adorada Nirvana, su amada esposa, esencia suprema de su felicidad, en los versos que le escribió en las horas de incertidumbre cuando ella no estuvo a su lado, porque por una grave enfermedad tuvo que estar ausente de él, de su vida, de su todo: Tibias lágrimas se pegaron a mis mejillas y terminaron frías porque no quise secármelas. Eran sentimientos que brotaban por mis ojos y no quise que se apartaran de mí, preferí que permanecieran allí, tristes. No sé dónde está, ni cómo. Esta noche veo al cielo, que luce de un azul oscuro, y no hay estrellas, la luna se fue ayer… Permanezco aquí, en la terraza, sentado en una pequeña escalera. En el cielo imagino su rostro, su sonrisa, blanca como una nube que ahora no veo; su pelo como una extensión del negro firmamento; el brillo de sus ojos, como el de dos estrellas que no están. Contemplo el cielo, Nirvana. El viento, que también es tenue, parece traer su voz. La evoco y le digo que la amo. (Y todo es silencio). Luego se dio cuenta que ya no la volvería a ver, pues ella había muerto hacía 3 meses, 3 semanas y 3 días, a lo cual él no se resignaba; sin embargo, ahora estaba allí, listo para irla a buscar, para volar por ella y hacia ella, eso, dentro de todo, le dio una extraña alegría, estaba a punto de ser más espíritu que carne, próximo a pasar a un estado inmaterial, invisible, intangible, incorpóreo, etéreo. Así pensaba en esa hora de su vida, en esa hora de su muerte, creyendo escuchar una voz que decía: “Ya no hay nada que hacer”, recordando el día aquel en que el santo patrono de su pueblo, en procesión, llegó hasta la puerta de su casa, acompañado de la fe de los feligreses que lo llevaban en hombros de calle en calle y de altar en altar, cada uno improvisado en el frente de algunas casas, adornado con imágenes religiosas, las infaltables jacarandas en alfombras y velas encendidas simbolizando la divina luz; trajo a su memoria la mirada, la expresión, llena de esperanza de aquel adolescente en silla de ruedas que llevado por su madre acompañó todo el recorrido del cortejo religioso, sus oraciones y su alegre música propia de la fiesta de la vida. Recordando esto, volvió a escuchar la voz que ahora le murmuraba tres veces al oído: “Yo te perdono tus pecados… yo te perdono… yo te”. (Guatemala, 25 de abril de 2019; a las 12:43, en una madrugada que invita a estar despierto).


POESÍA Irma Alicia Velásquez Nimatuj Poeta

¿Qué causa el silencio? La constante medición del poder, el inexorable proceso de apagar la voz, el apuñalamiento de la vida sin descaro, el acatamiento histórico, la dominación que delata la pérdida de conciencia. O acaso, las nuevas violencias que arrebatan la dignidad, la desfiguración del corazón en las colectividades o la destrucción de la semilla a lo largo de su proceso de vida. Por eso, duele, duele ante la saña y el crimen escuchar un silencio cómplice. ¿Qué causa el silencio? La enfermedad ha contagiado el cuerpo político, el cuerpo material, el cuerpo traslúcido, el cuerpo efímero o el cuerpo amado, desfigurado. Corazón y conciencia, ¿es que nos hemos vuelto inmunes?

Entre cargadores y perrajes Tú evocas mis orígenes y me transportas al olor de tu espalda, en la cual crecí. Tus cargadores cobijaban mi pequeño cuerpo, mientras los jaspes de tus perrajes me adormecían con calidez. La seguridad que transmitías traspasaba tus güipiles y gabachas. Cuando dejaste de cargarme me enseñaste a no soltarme de tu mano. Y si tus manos estaban ocupadas, me enseñaste a agarrarme con fuerza de tu corte, para atravesar calles y avenidas, para subir caminos empedrados. Ni bien empecé a caminar me enseñaste tus secretos de sobrevivencia desde usar una balanza, buscando la exactitud, hasta apreciar las alcancías que emergían de la tierra para resguardar las monedas que llegaban a mis manos. No necesitaste del alfabeto occidental para enseñarme que la mejor inversión es ser inquebrantable. Te negaste a fanatismos religiosos o dogmas moralistas, pero me orientaste en la lealtad como valor sin precio e intemporal. A ti debo la lealtad a mi mundo, la lucha estoica por llegar a las cuatro esquinas, por entrar a los mundos contradictorios, para entenderlos; no para esconderlos. Viéndome en tus ojos, la conclusión es sencilla. El índigo de tus perrajes me preparó para retoñar en el inicio de mis orígenes.

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Guatemala en la 58ª. Bienal de Venecia Miguel Flores castellanos Doctor en Artes y Letras

Casi de facto el desarrollo y difusión de las artes visuales ha quedado en manos del sector privado y eso se presta a crear una falsa imagen del desarrollo de este tipo de manifestación artística, pues se está a merced de la manipulación del mercado del arte, hábil manipulador de capitales.

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ara Pierre Bourdieu existen varios tipos de capitales, el cultural, que se mide a partir de las habilidades y conocimientos especializados que confieren un diploma, el cual es un tipo de capital cultural institucionalizado por el Estado a través de rituales de consagración (las graduaciones), que separa a los más calificados de los menos. Los demás tipos de capital cultural son el objetivado (posesión y uso de bienes culturales como obras de arte, libros, discos, etc.) y el incorporado (hábitos, percepciones y gustos modelados por los niveles de escolaridad). Existe lo que este sociólogo francés llama el capital social, que lo constituyen las redes de contactos durables que permiten a las personas escalar posiciones más convenientes en el espacio social. Finalmente existe el simbólico, el tipo de capital que tiene la capacidad de convertir un capital en otro, por ejemplo, el capital cultural en prestigio social. Estos tipos de capital pueden ser heredables o adquiridos en forma individual. (Flower y Zabaleta, 2015).

Vuelo de soles nacientes (2018). Bienal de Venecia del 2018. E. Wunderlich.

Acto de inauguración del pabellón de Guatemala en la Bienal de Venecia de 2018, con la presencia del ministro José Luis Chea Urruela.

Un ejemplo de este juego estratégico es la participación de Guatemala en la 58ª. Bienal de Venecia. El comisionado por el país es el ministro de Cultura y Deportes, Elder de Jesús Suchité Vargas, con la exposición denominada Interesting State (sic), la curadora Stefania Pieralice (¿?) y los artistas: la pintora Elsie de Wunderlich y el tatuador italiano Marco Manzo (¿?), ambos se presentarán en el Salón de Conciertos del Palacio Albrizzi Capello. Elsie de Wunderlich no podría catalogarse de representativa del arte actual del país. Sus estudios estéticos dan por resultado una obra modernista que asimila técnicas del siglo XX y una temática banal. Un tipo de obra de cómo los sectores acomodados ven a Guatemala, ofreciendo una visión equivocada. Esta no es la primera vez que la señora Wunderlich participa en la Bienal de Venecia, lo hizo también en el 2018 y ahora repite. Lo sorprendente es la inclusión de Marco Manzo, según la página web oficial de la Bienal, un tatuador italiano, afamado por su trabajo sobre la piel. Su sitio web lo presenta como precursor del estilo ornamental. La curadora Stefania Pieralice se autodefine como curadora, crítica y periodista. Es la segunda vez que cura una exposición para el pabellón de Guatemala en la Bienal, lo hizo en el 2015 y también para una bienal de arquitectura. Ahora surge la pregunta ¿Qué habrá visto esta señora del arte guatemalteco? ¿Solo lo que se presenta en el Instituto Italiano de Cultura? Es sorprendente que el Ministerio de

Abrazo de la naturaleza (s/f) Elsie de Wunderlich.

Cultura y Deportes represente de esta forma el arte del país. Es evidente el desconocimiento del panorama actual del arte visual. Una vez más, las fuerzas del poder económico manipulan a un ministro no idóneo para satisfacer un ego personal de alguien con los recursos financieros para darse el lujo de exponer su obra. Participar en la Bienal de Venecia es caro, fondos que el ministerio no cuenta. Sus organizadores piden que la obra se sitúe directamente en los espacios, no pagan transporte de la obra, lo hace el artista o los gobiernos. No pagan estadía a los artistas. Esta participación de Guatemala en Venecia, llora sangre, y lo peor es que se hace con el aval y participación del propio Estado.

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Cultural 17-05-2019  

Cultural 17-05-2019  

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