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amor en mí de una forma tan fuerte que pudo llegar hasta mi conciencia, entonces tendría que ser posible que también yo, desde mí, debería poder orientar mi conciencia de un modo indicado como para poder alcanzarla a ella. Me daba cuenta que mi conciencia diurna no estaba preparada todavía para moverse entre los mundos. En ese momento de mi vida, la única posibilidad de vivenciar un encuentro con un difunto era el nivel del sueño, vale decir el reino de la conciencia de ensoñación. De este modo, la búsqueda de un camino concreto para experimentar el mundo de los difuntos de forma voluntaria y despierta pasó a ser mi tema central. Comencé a leer, y en los años siguientes leí prácticamente todo lo que pude encontrar sobre el tema muerte: Historia de la Religión, Filosofía, Psicología y Teología, tratados científicos y literatura especializada. Muchos de estos textos me parecieron bastante mediocres y decepcionantes; aquello que se presentaba como “científico” describía básicamente solo el dogma materialista tradicional de nuestra época: el cesar de las funciones corporales implica la extinción de la conciencia humana. Pero también encontré mucho material interesante y cautivador, aunque, éste se basaba meramente en hipótesis y teorías, aportando muy poco a mis preguntas concretas sobre un trato consciente con el mundo de los difuntos. Entonces encontré, en la Antroposofía de Rudolf Steiner, descripciones bien concretas del camino de desarrollo humano después de la muerte; aquí –al fin– en un contexto

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Puente entre la vida y la muerte  

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