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Escrito por: José Miguel Arévalo Rengifo Ilustrado por: Javier André Arévalo Aylagas Edición gráfica: Eduardo Lovo Revisión lingüística: Ana Margarita Marroquín Parducci Revisión ortográfica: Yolanda Cabrera de González _________________ Primera edición: diciembre de 2019. Copyright © 2019, José Miguel Arévalo Rengifo. Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio sin permiso previo del autor. Impreso por: Imprenta La Tarjeta, El Salvador, Centroamérica


El papito del corazรณn


Agradezco a Dios, por habernos entregado en San JosĂŠ el modelo por excelencia de un papito del corazĂłn.


Dedicado a mi primogénito, Javier André, quien me acogió como su padre y es mi absoluta inspiración.


Érase una vez una doncella y un príncipe, muy enamorados de la vida, quienes jugaban y reían hasta bien entradas las horas del día. Ella era una princesa muy hermosa, de ojos almendrados y pelo largo, y en su sonrisa brillaba la luna. Él era un príncipe aventurero, dispuesto a conquistar la luna por ella. Entre los dos existía algo que los unía con fuerza en un lazo invisible, imposible de romper: una promesa. Habían prometido cuidarse y amarse siempre, hasta el último suspiro. “Yo respiro…”, le decía la princesa, “…si tú respiras”, le contestaba el príncipe.

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Así pasaron muchos años, en los que el príncipe procuraba todo por ella: la cuidaba de los dragones que querían acercársele, buscaba tesoros de oro, diamantes y estrellas y cruzaba ríos, volcanes y montañas para ver su sonrisa.

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Juntos soĂąaban con tener una granjita llena de animales: vaquitas, cerditos, cabritas y patitos y un huerto con lechugas, tomates y palmitos, un lugar bonito donde tener hijitos.

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Un día, unas nubes negras invadieron los cielos cercanos al palacio y tiraban truenos desde el espacio. Curioso, el príncipe cabalgó hacia ellas, sin imaginar que se perdería. Muy pronto, ríos de agua brotaban por donde veía. Transcurrieron muchos días de oscuridad en los que el príncipe no sabía cómo regresar. Recordó lo que la princesa le había advertido: “Nunca te alejes de nuestro reino, ni te aventures en las tierras de fuego; lamentarás haberte ido”. ¡Cuán necio había sido el príncipe! Si tan solo hubiera sido más sabio no habría sufrido tal embestida. Ahora no podía ver el sol ni lo lindo de la vida. 4


La princesa estaba muy triste al ver que su príncipe no regresaba, y pensaba que el amor puro no existe de aquel quien la burlaba. Un día, mientras la princesa caminaba por los jardines del palacio un marqués se le acercó: “¿Por qué estás tan sola, princesa?”, le preguntó. “¿Acaso el príncipe se ha ido?” A lo que la princesa contestó: “El príncipe se ha aventurado por las tierras de fuego, a pesar de mi advertencia; una enorme oscuridad lo ha atrapado y a ello se debe su ausencia”. El marqués no quiso dejar sola a la princesa, y le dijo: “No te preocupes, princesa: soy un hombre de buen humor, puedo domar los animales y cosechar los alimentos, déjame del palacio ser el protector”.

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La princesa desconsolada no quería estar tan sola y aceptó así el ofrecimiento del marqués. Pasaron muchos meses en los que él cuidaba de ella sin imaginar lo que ocurriría después. Una tarde de un frío día de noviembre, mientras la princesa cortaba unas flores, el marqués le dijo: “Tengo aquí una semilla, de color azul zafiro; en ella palpita la vida y el más noble respiro, que le brindes un buen hogar es a lo que aspiro”. La princesa sabía que esa semilla era única por lo que la abrazó contra su vientre y juró cuidarla con su vida. Muy pronto la semilla empezó a crecer y a crecer: ¡Nunca se iba a detener! El marqués se sintió muy preocupado y no sabía qué hacer, por más que lo intentaba, más miedo se apoderaba de él. 6


Entonces, un buen día (cuando el sol salía) tomó su morral y salió al camino diciendo “adiós” a la princesa y a la hermosa semilla. Llegada la noche, mientras caminaba, escuchó un ruido en el viento que escondía un gran lamento. Se acercó al río y allí encontró a un hombre cansado y mugriento. “Señor marqués”, exclamó el hombre del río; “he estado perdido y solo por mucho tiempo, bajo unas nubes negras que tiran truenos. El camino no he encontrado, por más que lo he intentado. ¿Tú puedas ayudarme a encontrar a mi princesa?” El marqués, sorprendido, pronto preguntó: “¿Tú eres el príncipe que cuidaba de la princesa? ¡Cómo no reconocerte! Ella está en el palacio cuidando de una valiosa semilla, ¿podrías cuidarla junto con ella, para que eche raíces y crezca fuerte?” 7


El príncipe no comprendía a cabalidad lo que el marqués le pedía, pero la felicidad lo inundaba y no dudaba que aceptaría: “¡De prisa, hombre de la buena semilla, muéstrame el camino! A mi princesa debo llegar. Hice una promesa que debo cumplir”. El marqués le mostró el camino y el príncipe emprendió su regreso, pues no quería esperar al sol para ver la luz de su amada. En el camino se encontró una pequeña llamarada; se alegró al saber que salía de la tierra de fuego y que nunca más estaría allí de nuevo.

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Al llegar al palacio encontró a la princesa abrazando su vientre cantando una linda canción. Nunca la había visto tan feliz, deslumbrante y sonriente. Algo en ella había cambiado, para siempre… El príncipe sintió de inmediato una necesidad muy fuerte de formar parte de su vida y gritó: “¡Princesa, he vuelto! Me perdí en la tormenta por mucho tiempo, pues no seguí tu sabio consejo; llevo largos días y noches luchando contra la oscuridad y el frío pero hoy tú y la semilla llenarán mi vacío”. La princesa sonreía muy feliz con la semilla e invitó al príncipe a sentirla.

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Ambos, de inmediato, descubrieron que la semilla se alojaba justo al centro del lazo invisible que los unĂ­a, en un lazo de tres cuerdas que nunca se rompe, y comprendieron que ese era su hogar.

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A partir de entonces, el príncipe y la princesa cuidaron juntos de la semilla, la cual creció cinco meses más antes de dar su fruto: Nació de ella un hermoso botoncito, puro como el agua y energizante como el sol, noble como el viento y firme como un roble, ¡Era un hermoso principito azul!

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“Hijo mío”, dijo el príncipe emocionado, “¡Por fin te puedo conocer! Eres el más grande regalo que he podido obtener. A la princesa había perdido y a mí mismo también, pero hoy Él todo me ha regresado, y tu papito del corazón podré siempre ser”.

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Esta publicaciรณn se terminรณ de imprimir en diciembre de 2019, en Imprenta La Tarjeta, 39 Av. Sur, No.1609, Colonia Monserrat, San Salvador, El Salvador, C.A. LA EDICIร“N CONSTA DE 20 EJEMPLARES


Esta es la historia del príncipe que se perdió en las tierras de fuego antes de reencontrarse con su bella princesa, quien resguardaba una semilla muy especial. Un lazo invisible y mucho amor serán la combinación perfecta para el papito del corazón.

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