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EDITORIAL Buenas noches, se continúa para adelante desde el exilio en Córdoba Capital, Ediciones de la Calle sale una vez más (contra todo pronóstico (literalmente, los colegas aquí al lado, la economía incluso de la gente que leyó esto la primera vez ninguno pensó que siquiera se largaba el número 1)) y sin embargo se sigue a flote con las colaboraciones del... indefinible IVÁN RISKIN en la portada de este número, y la crónica de MATIAS DEPETTRIS (los encuentran a ambos en Facebook por los mismos nombres), las más sinceras gracias a ellos por subirse voluntariamente a este tren con rumbo al culo del mundo esquina con el infinito, ahí donde está el kiosco del Caruso que los miércoles regala una bolsita con maní saborizado con los porrones (ojo, sólo si se llevan sus propios envases y solamente de cierta marca con nombre de una tribu de indígenas de Tucumán (una abrazo al Tucumán que ya estamos viendo como llegar hasta allá de forma impresa)). Volviendo un poco al tema que nos concierne, el asunto de esta edición es: “el tiempo”, si damas, caballeros y refugiados políticos de Rajer4, ninguno de nosotros somos ajenos al tiempo. “El tiempo es tirano” decía Napoleón, el petiso que se propuso ir a joder por Europa y a quien de rebote le debemos la independencia... Perdón, estoy medio disperso, ¿en qué estábamos? ah el tiempo. El tiempo es lo que permite denotar cambios en algo, si no nos dicen cuanto pasó, no notamos los cambios, el tiempo es también tanto un veneno, un remedio, una dimensión (onda los expedientes secretos X), una de las únicas posesiones que se pierden no importa cuanto dinero (dinero, biyuya, guita, tarasca, plata, cobre, sopes) ponga uno siempre el final del día llega indicando que el tiempo sigue su paso inexorable hacia el pasado, indicando que otra jornada llega a su fin, que otra vez uno llega a casa, prende la radio, pone la pava, limpia el mate y se dispone a pensar en qué se hizo en el día, qué hizo que este día sea mejor que el anterior, que hizo que otro ciclo caiga devorado por el paso del omnipresente tiempo. Alguien alguna vez dijo, “regalale un reloj a tu enemigo, uno que marque el paso del tiempo perfectamente, y que sea muy lujoso como para que no lo use. Cada vez que lo veas orgulloso luciendo su lujosa pieza de maquinaria en su muñeca, verás como el muy ignorante luce ante todos el grillete que lo encadena, como muestra a todos el símbolo que lo esclaviza al tiempo.” Buenas noches, y buen provecho.


Nada es más determinante y contundente que el paso del tiempo, exceptuando quizás la muerte, la cual en la mayoría de los casos es una consecuencia del mismo. Sin embargo la historieta es uno de los pocos medios donde el tiempo es relativo, tal y como dictaminó el físico Albert Einstein, ya que si bien hay una convención para transmitir y leer el paso del mismo (de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo en occidente), si el artista que lleva adelante el desafío de narrar una historia tiene algo de cancha y experiencia, puede jugar con la puesta en página e incluso con el uso de la doble hoja para traicionar esta convención y armar un ida y vuelta caótico y emocionante dentro de ese espacio. Amén de este detalle, aún así, igual que en la literatura, el tiempo que nos toma absorber esta obra lo decidimos nosotros, y dentro de nuestras opciones también contamos con la posibilidad de regresar algunas páginas atrás cuando quisiéramos para recordar algún dato olvidado o sencillamente reflexionar sobre un hecho acontecido volviéndolo a leer de forma rápida, interrumpiendo la lectura actual y retomando unos minutos después. Nadie nos dice, como lectores, cuánto tiempo nos debería tomar consumir una obra, mucho menos de qué forma hacerlo. Y no nos importa. No conforme con eso, en algunos países la historieta incluye elementos que son únicos como medio: la cronología. El concepto y el uso de la misma no fueron pergeñados por ese medio, pero sin duda terminaron explotándolo más que cualquiera, muchas veces abusando de la misma, lastimando con eso el relato presente. En el bastardeado mercado yanquie super-heróico hemos visto a personajes nacer, crecer, evolucionar y morir con el paso del tiempo, de la mano de otros que, con el paso de los años y la inagotable cantidad de historias acumuladas, no han sufrido cambio o crecimiento alguno. Esta preciosa contradicción no hace más que apuntalar –y apurar- mi conclusión: la historieta, ese medio hermoso que un enorme porcentaje de la sociedad considera que son lectura solo para niños (otra forzada e irónica referencia temporal), es el medio de expresión que se adueñó del tiempo en todas sus formas, y lo explotó –y lo explota- de todas las maneras posibles, explorando los límites del mismo desde todos sus ángulos, muchas veces incluso poniendo en riesgo la sensatez del relato. Brindo por eso, una vez más. Salud.

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Damas y caballeros, sin más preámbulos, el segundo número de este proyecto. (Y creían que ni siquiera iba a despegar esto...)