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Papeles pĂşblicos


Cristian Ton

Papeles

pĂşblicos


Ton, Cristian Papeles Públicos. - 1a ed. - Buenos Aires : Turmalina, 2009. 188 p. ; 13x20 cm. ISBN 978-987-1587-10-0 1. Literatura Argentina. I. Título CDD A860

© Editorial Turmalina, 2009 Buenos Aires, Argentina Imagen de tapa: Fragmento de La Venus del Espejo (Velázquez) ISBN 978-987-1587-10-0 Editorial Turmalina Hecho el depósito que previene la ley 11.723 Para sugerencias o comentarios acerca del contenido de esta obra, escríbanos a: info@editorialturmalina.com www.editorialturmalina.com


So young, and so untender? SHAKESPEARE


1 Acaso porque tradicionalmente se creía que la linealidad era un atributo de toda buena narración, debería comenzar contando cómo conocí a Publio. Eso sería posible en el caso de que coincidieran, convenientemente, al menos dos circunstancias más o menos precisas: el momento de empezar a hablar sobre Publio (es decir ahora, el comienzo de esta narración) y la intención mía, el narrador (o uno de ellos), de hablar sobre cómo fue que conocí a Publio. De ser eso posible, de haber esos dos elementos, pienso ahora en otra dificultad, tal vez mayor: ¿sería capaz de hablar, utilizando todos los recursos literarios que estuvieran a mi alcance, de recrear de modo no tan desagradable el difuso y probablemente sórdido y parco momento en que vi por primera vez a Publio? Todo este palabrerío no me lleva sino a preguntarme, ante todo: “¿por qué hablar de Publio?”. Confieso que no lo sé, pero tengo la esperanza de encontrar ese motivo a lo largo de las prescindibles páginas que me propongo escribir, a lo largo de esta insensata educación sentimental, de esta asquerosa crónica de un cinismo, de este pobre homenaje a la literatura. Sin ir más lejos, fue Publio quien escribió un texto titulado “Motivos para empezar a escribir algo literario”. Como es de esperar, esa arbitraria y caótica enumeración de motivos no era sino un pretexto para desplegar su escéptico humor. Finalmente, el único motivo válido por el que alguien se propondría escribir literatura termina siendo omitido. En realidad, decía Publio sobre ese texto, el motivo está implícito en esa caprichosa enumeración y el 9


lector atento lo descubre y comprueba que ha sido desde siempre el mismo. En cuanto a mí, no me animo a decir que encontré una única causa en esa especie de ensayo suyo. Podría asegurarle al desocupado lector que incluiré ese ensayo de Publio en esta narración apenas lo encuentre. Ahora bien, ¿quién fue Publio? Temo que el recuerdo que yo conserve no sea más que una invención mía, una invención que fácilmente difiera del recuerdo de Publio que pudiera tener cualquier otra persona. Aun a riesgo de tergiversar los acontecimientos más trascendentes de su vida, de tener que acudir a falsedades para nutrir esta biografía, siento la ridícula necesidad de hablar de él. Alguien dijo lapidariamente: “Este tal Publio no fue más que una sombra, en un tiempo y en un lugar equivocados”.

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2 Publio, estudiante de Letras; habitante del mundo y aun de una universidad1. ¿Qué lo llevó a ingresar en la vida que llaman académica? Él mismo me confesó: “Porque justamente amo tanto la literatura no sé qué estoy haciendo en una facultad”. Después de discutir un rato, de preguntarse y responderse él mismo, se consolaba diciendo que todo aquello era un dilema ya perimido. No importaba el lugar que uno ocupara, el escritor debía escribir, tan simple como eso. Y en cuanto a la literatura, “debía llegar por placer, un buen libro es aquél que nos modifica, aquél que se lee principalmente por placer. No somos el mismo después de haber leído un buen libro”, etc. Así brotaban las palabras de este manantial de perogrulladas y plagios que lograba ser Publio, “si un libro no nos gustaba debíamos dejarlo, no importaba cuál fuera, ese escritor aún no había escrito para nosotros”, etc. Publio también suele confesar que nunca ha sentido estar lejos de la literatura, que la literatura ha sido siempre lo más importante para él, lo más esencial. Yo le digo que eso conviene a cualquier biografía que se dé aires de literaria. Entonces Publio, que estaba esperando que yo dijera algo así, agrega que justamente lo que él se propone es la posibilidad de contaminar la famosa realidad, “ese capricho de la afección”, de literatura.

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Comentario de un lector: “¿Qué es esto? ¿Otro bodrio sobre las preocupaciones de un literato? ¿No hay cosas más importantes sobre las que escribir que sobre tipos que pierden el tiempo con la literatura? ¿Qué me importa a mí la vida de un chabón que estudia Letras?”.

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Este pobre Publio, como si no le bastara tanta asimilación y a veces tanto plagio, se complace también en sentirse un personaje de Kafka (¡qué original!). Es imposible, asegura, no asociar su trayectoria universitaria a las infinitas postergaciones en que consiste la atormentada existencia de un K. Lo que más irritación le provoca es esa inútil espera del momento de la lectura agradable. Probablemente con excesivo dramatismo proclama que en las aulas de la ínclita universidad nunca le fue dado el leer por placer; y así sigue, despotricando fervorosamente contra la institución, que en ese momento pasa a ser el blanco de turno2. Muchos nos hemos preguntado, en algún instante de excesiva ociosidad, por qué no abandona esa vida universitaria que tantos pesares le produce. Viene entonces este Publio y te dice que no se imagina a sí mismo realizando una actividad que esté muy apartada de la literatura, que él apenas sirve para regocijarse con los libros, que le cuesta pensar en una vida para él en la que, con tal de “alimentar su sumiso animal doméstico”, tuviera que desempeñarse en tareas en las que no aparezca siquiera la palabra literatura3. Alguien le preguntó Comentario de un profesor universitario: “¡Qué vergüenza! ¡Qué va-

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nidad! Este estúpido que se jacta de una educación autodidacta y finalmente no tiene ninguna utilidad para nuestra sociedad. La literatura debería ser un medio para liberar a nuestro pueblo. La educación debería ser el instrumento igualador en nuestra sociedad. ¡Basta de iniquidades!”.

El lector interesado en este tema puede consultar la Biographia Literaria

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de Samuel Taylor Coleridge y Letters to a Young Man whose Education has been Neglected de Thomas De Quincey. El Sr. De Quincey polemiza con el Sr. Coleridge principalmente sobre dos aspectos: la literatura como un medio para ganarse la vida y la literatura considerada como un medio suficiente para ocupar y ejercer el intelecto. (N. del A.)

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entonces por qué no se dedicaba a escribir. Publio respondió que no podía ser sino lamentable lo que él escribiera. El intrépido lector que nos haya seguido hasta este punto, que se haya aventurado hasta estos indecisos ambages del escritor que tiene en sus manos, probablemente esté por interrumpir, hastiado, esa milagrosa actividad que es la lectura. Nos sirve de consuelo pensar que más de un narrador, en este punto, también interrumpiría su respectiva actividad, que consiste a su vez en escribir estas hojas. Y quién sabe; quizás, sin darnos cuenta, ya nos esté dejando alguno de estos narradores tan poco hábiles que tenemos a nuestra disposición, en nuestro pobre y viejo repertorio…

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3 Vocación del copista Entre las aficiones de Publio no podemos dejar de destacar la de concebir todo a través de la escritura. Tal vez estimulado por algunas de sus lecturas favoritas, Publio se imagina todo el tiempo el mundo bajo la especie de un libro. Cuando escucha un diálogo, por ejemplo, de manera automática lo traslada mentalmente a la escritura. Es decir, realiza una representación en palabras escritas de lo que está escuchando. A medida que las palabras llegan a sus oídos él las ve impresa en un papel imaginario, y hasta se representa la máquina de escribir, la computadora o el lápiz que va plasmándolas en ese papel. Esta actividad, este entusiasmo, le permite a Publio ciertas sutilezas especulativas. Así, cuando escucha una frase que no le gusta se imagina inmediatamente una nota al pie o una aclaración humorística e irónica entre paréntesis. Para este incesante copista, la vida va transcurriendo en estos escarceos mentales. Es como si necesitara plasmar la difusa realidad oral en un texto para que adquiriera una concreción plena. De lo contrario, siente que estaría muy lejos de llegar a percibirla. Podemos asimismo referirnos a uno de los recursos más importantes que le ofrece esta manía. Es el de ignorar lo que está sucediendo merced a la simple operación que consiste en no copiar mentalmente lo que escucha. Si Publio lleva a cabo este rechazo, esta negación a trasladar a su papel imaginario lo que le dicen, inevitablemente esas palabras se pierden en un inmenso y fatal olvido. Inútil es 14


preguntarle de qué le hablaron, qué le dijeron. Nunca habrán sido reales para Publio aquellos sonidos que no fueron traspasados a su mente bajo la forma de palabras escritas, de una grafía.4

Comentario de un crítico: “¡Muy lindo! ¡Sorprendente! No podemos

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negar que Publio estaba bastante estimulado en su vida. Tampoco podemos negar que el escritor de Vocación del copista lo estaba. Todos habremos leído alguna vez algo similar. Finalmente, somos muchos y nos conocemos poco…”. Respuesta de un lector: “A mí me parece original este texto del copista. Me gustó sobre todo esa parte de las aclaraciones y notas al pie”.

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4 Otra de las manías publiescas es la de elaborar constantemente algo así como sentencias. Consisten en frases, oraciones de carácter epigramático, en las que a través de la ironía, del humor, del sarcasmo trata de plasmar tipos de seres humanos que le resultan singularmente necios, que le resultan llamativos por la repugnancia intelectual que le provocan. O, a veces, simplemente son creaciones que responden a su mero afán de divertirse. ¡Cuán insulsas son para Publio –según sus propias palabras– aquellas personas que se dedican a profesar la estupidez! ¡Con cuánto embeleso leyó a aquel poeta para quien la estupidez no tiene lugar en el cielo! Fácil es darse cuenta de cuáles serían sus gustos literarios: Quevedo, Shaw, Marcial, Juvenal, Swift, Carlyle, Oscar Wilde, Sterne, Voltaire, Diderot, Borges, etc., etc., etc. Vayan a modo de ejemplificación las siguientes sentencias: Arte de disertar: el tipo, contrariamente a lo que se esperaba, dio una conferencia tan buena que casi no le hizo falta participar en ella. Lo fatal: es uno de esos tipos que se destacan por su irrevocable vocación de no hacer falta. Pruritos: es un tipo tan concienzudo que hasta besar a su novia lo hace personalmente. Charlatán ubicuo: es un tipo tan locuaz que no se nota que ya no está. Rebeldía: es un tipo que, aun sabiendo que la vida es muy corta, se daba el lujo de tener hijos.5 Comentario de un crítico: “Vaya, vaya… ¿Era necesario nombrar sus

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gustos literarios?”. Respuesta de un lector: “Me causó mucha gracia el de la rebeldía”.

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5 Esa noche Publio se encontró con Lala, la dulce muchacha que más tiempo lo había soportado. Comenzaron estando de novios y luego, debido a las insolentes infidelidades del insaciable Publio, se separaron convenientemente por un tiempo para después regresar y para después volver a separarse y así sucesivamente. Este irrelevante episodio que nos proponemos contar tuvo lugar durante uno de esos alejamientos. Esa noche habían decidido deponer un poco la tristeza que implicaba estar distanciados y resolvieron encontrarse para dar una vuelta, para ir a tomar algo. Primero fueron a un bar que estaba demasiado poblado y tomaron unas copas. Luego se dirigieron a otro en el que sólo había el dueño. Al fin se quedaron en una especie de tanguería, en la cuarta sección de la desenfangada ciudad mendocina, y escucharon unas milongas en las que fácilmente se podía advertir un artificioso exceso de lunfardo. Este local se hallaba en una esquina. Sus paredes eran de adobe y la puerta, de madera desvencijada. Se sentaron en unas sillitas como de mimbre, y el amor, despreocupada, incuestionablemente hizo renacer los besos y caricias mientras escuchaban esos viejos tangos. Más tarde se fueron quedando solos y cuando les advirtieron que cerrarían el local decidieron ir a otro bar. Tomaron muchas copas. Al momento de despedirse, recordaron la época en la que pasaban largas noches sobre el techo de la casa en la que había vivido Lala anteriormente. En ese entonces, Lala y 17


Publio habían decidido vivir juntos. Luego, apenas se separó de Publio, Lala se mudó a otra casa y la compartió con una mujer muy gorda que pasaba el tiempo recostada sin hacer casi nada. Esta mujer gorda odiaba a Publio, no podía verlo. La irritaba fácilmente todo, pero en especial la presencia insufrible de este Publio. Siguieron recordando aquellos tiempos y, como era de esperar, los dos quisieron estar de nuevo sobre algún techo. Lala propuso subir al de su actual casa y no hubo oposición por parte de Publio. En realidad no sería el techo de su casa sino el del vecino. Este desafío presentaba cierta dificultad. La única forma de llegar era cruzando a través de una medianera a varios metros del piso. Entraron sigilosamente en la casa. La gorda y una amiga de la misma se hallaban en la cocina. En silencio subieron las escaleras y llegaron a la habitación de Lala. Ella agarró una frazada y se besaron intentando no hacer demasiado ruido, luego abrieron la ventana. Esta ventana daba justo a la pared por la que debían cruzar. Publio vio hacia abajo y pensó que una caída desde ahí lo dejaría todo estropeado. Comenzaron a desplazarse. Estaban en la mitad del trayecto cuando, muy probablemente por influencia del alcohol que había sido bebido, apareció el vértigo. Publio se quedó inmóvil, pensando en la inminente caída. “No mirés hacia abajo”, decía Lala y él no podía seguir su consejo. No lograba avanzar ni retroceder. Publio no podía procurarse su propio equilibrio. Con alivio, sintió las redentoras manos de Lala. Sosteniéndolo firmemente le dijo que, ya que se encontraban a mitad de camino, siguieran avanzando. Publio le aseguró que por alguna extraña e infalible razón lo más probable era 18


que se cayera si seguían hacia delante. Volvieron a la ventana, lentamente. Después de algunos minutos, y ya Publio dueño de su equilibrio, se prepararon para cruzar. Esta vez no hubo mayores dificultades y pudieron arribar al ansiado techo. En las sombras de la noche desplegaron la frazada y se acostaron abrazados. Apenas se oían voces que llegaban de la casa de abajo, algún auto que pasaba por la calle, el viento en los árboles. Lala era toda la ternura, la belleza, la generosa mirada de calma y contento.6

Comentario de un crítico: “Muy lindo. Muy lindo es cuando el amor

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infunde belleza y ternura en las personas y en los techos. Es cierto, quien escribió esto no se equivocaba: el episodio es verdaderamente irrelevante”.

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6 Palabras de Publio a sí mismo No quiero lastimarte con mi menosprecio, tampoco te voy a halagar. Ambos conocemos esa sensación, también el deseo insatisfecho. ¿No estás bien junto a ella? ¿Acaso Lala no te ofrece todo? Tu refugio, tu remanso, el mágico espacio donde el afecto los envuelve. Es a Lala a quien ves, llega con su sonrisa sincera, con su abrazo. Tenés diecisiete años y no hacés más que desdeñar, que desconfiar de ese espontáneo acopio de candores. Y es Lala quien sufre, quien no entiende por qué te cuesta tanto aceptar los sencillos sobresaltos del amor. La besás con recelo, como creyéndote indigno de esa clase de felicidad. Tenés diecisiete años y sólo querés profesar ese escepticismo puerco que tanto la lastima. No entiendo cómo hace ella para seguir a tu lado. Sos insoportable, Publio. Vivir plenamente se logra sólo con imposturas. En ningún lugar te trataron mejor, Lala te ama, te extraña, busca el encuentro. Y vos no hacés más que sembrar inquietudes… En el mismo cuaderno, más adelante, es el mismo insensato Publio el que escribe: “Pasa el tiempo y sólo conservo esta sensación de no realizar todo lo que podría”. Finalmente, el genial Publio, incomparable viajero que a cada paisaje y a cada cambio ennoblece en literatura, se le da por escribir un cuentito: Carta a Publio Es la imposibilidad de apartar esta imagen lo que me lleva a escribirte, el recuerdo de haberlos visto hoy caminando juntos. Ella iba a tu lado; tu 20


sonrisa burlesca, tu manera de mirar, tu paso tan arrogante me bastaron para comenzar a despreciarte. Seré sincero y te expresaré de una vez por todas mi odio. No sé con certeza desde cuándo siento este rencor. Tal vez desde aquel día en que vi nítidamente cómo vejabas a Lala. Ella lloraba, sin poder encontrar palabras para deponer tu enojo, y vos permanecías impasible. No es la única situación que recuerdo, hay muchas más. A veces pienso que tu egoísmo no tiene límites, tal vez desde que estás con ella te he detestado. Pues bien, debo confesar que yo amo a Lala. Imagino que te sorprenderás un poco al saber esto y sobre todo te reirás, con esa risa estúpida y fingida. Sí, la amo y jamás la trataría mal. Pero no puedo entender por qué te elige a vos, por qué aún no te ha abandonado. ¿Acaso el miedo le impide alejarse de tu ingratitud? Me acuerdo de aquella reunión con nuestros amigos. No fue hace mucho tiempo, todavía no terminaba el invierno y esa noche Lala lucía bellísima. Todos sabíamos que en aquel lugar ella no estaría cómoda. Nuestros amigos se esmeran tanto en ser aburridos... Sin embargo, te acompañó; su generosidad y benevolencia permitieron que estuviera a tu lado. Podría haberse quedado en casa, leyendo algún libro o escuchando música, sin tener que soportar tantas tonterías. Y si todo hubiera sido de otro modo, hasta podría haber estado conmigo. Extraña ironía de la vida: la mujer que adoro y por quien haría cualquier cosa debe soportar tu vileza. La inquietud surgió cuando Luis quiso conversar con ella. Te aclaro que Lala había permanecido en respetuoso silencio mientras vos participabas de tan fastidiosos diálogos. En mi opinión, ignoraste a Lala con una intensidad que de ningún modo se merecía. 21


Hasta me sentí incómodo y algo abrumado. Luis se acercó a ella y afectuosamente le preguntó por cosas de su vida que quizás a vos ya habían dejado de importarte. Por primera vez en esa noche vi que ella reía, contenta. Verdaderamente no sé de qué hablaban, pero ella reía. Y entonces, en esa atmósfera jovial aunque cargada de temores, tuvo que aparecer tu mirada severa. Conozco demasiado bien esa forma tuya de mirar y sé lo que te proponés con ella. Seguramente, porque tus engaños han sido siempre constantes, creías que era lógico desconfiar de ella. Puedo asegurar, Publio, que todo el tiempo estuviste equivocado. Conozco a Lala y nadie ha sido más injusto que vos. Lamento tanto que las cosas sean así... Cómo hacer para olvidar lo que sucedió después, tu despótica afrenta, tus insultos, la angustia de Lala. Sos indigno de ella y me atrevo a decir que muy pronto se cansará de todo esto. Sé que no te preocupa demasiado perderla y que no te esforzarás por cambiar la situación. Ella pronto te dejará, lo presiento. Lo más lamentable es que, a pesar de cuanto yo la amo y de todo lo que ella ha descubierto en mí, nunca estaremos juntos. Y así debe ser para que se cumpla en su perfección el metódico engaño que tan miserablemente has urdido. Ha pasado poco más de una semana desde que escribí esta carta. He decidido agregar unas pocas palabras más porque ocurrió algo que no deja de asombrarme, algo que debía suceder. Fue después de la última discusión cuando Lala, con lágrimas en los ojos, me dijo: “Publio, no quiero seguir sufriendo”. Conozco a Lala, la amo pero nada puedo hacer. Esta vez su decisión es inamovible. 22


7 Publio, el de los inútiles diecisiete años, había estado bebiendo cerveza con su amigo Dresan. No fueron pocas. Decidieron ir a una casa en la que no siempre Publio se sintió cómodo. Se sentó al lado de dos muchachas alegres y siguió tomando cerveza, y luego tomó vino, y después vodka, tal vez también whisky. En su jocoso extravío muchas palabras salían de su boca para halagar a las damas. Sintió cierta complicidad con una de ellas. Comenzó a llover y Publio, abrazado a las chicas, recibía las abundantes gotas de verano en el medio del jardín. Estaban los tres empapados y a la deriva en la loca marea del alcohol. Se besaban y se reían de las voluptuosas palabras publiescas. Una de ellas lo acariciaba con ardiente esmero. Publio tiene sensaciones confusas, habla con metáforas. La mujer de las caricias se dirige al baño y al rato Publio la sigue. Cierran la puerta, se acercan demasiado. Dresan encuentra a Publio y le dice que es tarde, que deben marcharse. Publio no abandona el lugar sin antes elogiar los encantos de la novia de uno que los estaba despidiendo. Publio, para desconcierto de todos, le da un beso en la boca. Andaban en el auto de Dresan cuando la náusea se hizo persistente. Dresan dejó a su amigo en casa de Lala. Ella dormía. Publio empezó a recitar un poema: “I want a hero, an uncommon want,/ When every year and month sends forth a new one”, hasta que se quedó dormido…

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A la mañana siguiente, por lo que se sabe, entre las confusas imágenes de la noche, Publio (el detestable Publio) escribió: El buen esposo: No temas si te entregas a las locas, te anima la alegría de las copas.

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8 Publio se sienta a escribir, a garabatear, como le gusta decir. No sabe muy bien sobre qué escribirá. Tiene ciertas imágenes. Empieza describiendo la habitación en la que está. Es la habitación que comparte con Lala, ella está a su lado y duerme todavía. Publio se ha despertado. Han bebido demasiado la noche anterior. Publio no se mueve, se siente cómodo allí, acostado junto a Lala. Ella duerme de costado, dándole la espalda. Hace calor, son casi las dos de la tarde. Publio tiene sed. Se oye el hogareño bullicio dominguero que proviene de al lado. Los vecinos, como sucede todos los domingos, se han reunido en familia para reír, para hacer bromas, para contar los hechos más importantes de la semana, para reprochar la conducta de alguno, para decir que el vino está muy bueno, para no sentirse solos en el mundo. Se puso contento, apareció una pequeña sonrisa en su cara cuando recordó el juego ese. Nunca antes Lala había practicado esa clase de entretenimientos eróticos. Publio esperaba sentado, fumando un cigarrillo. Ella había cerrado la puerta de la habitación y elegía la ropa. Se demoraba. Cuánto pudor hay en Lala. Las primeras veces no podía estar tranquila si la luz no se apagaba. Se cubría con la sábana, con sus delicadas manos. Lala se desnudaba debajo de las sábanas, no le gustaba que Publio la observara. La puerta se abrió y apareció ella. Tenía puesto un vestidito celeste, muy corto. Tenía unos tacos negros, bastante altos y delgados. Empezó a moverse, quería cargar de sensualidad sus movimientos. Pero conservaba esa sonrisa infantil, esa mirada de niña. Publio 25


no quería compararla con Mina, no debía compararla. ¿Qué clase de estúpido era? Publio se detuvo en ese instante. Pensó que era obvio lo que estaba garabateando, había empezado a contar sobre una mujer, ahora debía compararla con la otra. Debía contrastarlas, Mina era la sedienta de sexo, la más lasciva de todas, la que imaginaba minuciosamente una extensa rutina de ardores, la que era abrasada por un incesante fuego amoroso, la de una naturaleza voluptuosa, la que se extraviaba en el más absoluto y salvaje dominio de la eyaculación, la que se ahogaba en la ansiedad de orgásmicas experiencias mientras engullía las más sicalípticas intenciones, la prueba de la obscenidad personificada, de la incontinencia y el vicio, del desenfreno y la lubricidad total; es decir, debía referirse a la inabordable imaginación de Mina, a su creatividad al momento de desempeñarse en juegos eróticos, contrastarla con la cándida Lala, e ir utilizando las palabras de manera que, al final, uno que lo lea termine diciendo mierda, che, mirá vos a este pibe, se acuesta con las dos minas, se da el gusto de estar con las dos y por ahí se siente mal por ciertas irritaciones de la consciencia cuando está con la más buenita. Publio deja de escribir y sale a caminar un rato.

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9 Publio está hablando por teléfono con Numb. Ella lo invita a su casa, quiere pasar junto a él el mayor tiempo posible. Numb le dice que tiene que hacer algún trabajo, que sería eternamente feliz si él fuera a acompañarla. Publio le dice que no puede, que tiene cosas que hacer, ella le pregunta qué tiene que hacer, asombrada al pensar que puede existir algo tan importante como para deponer el encuentro. Publio le dice que tiene que leer, entonces Numb le propone que lleve los libros y estudie junto a ella. Publio le dice que es inútil, que jamás podría concentrarse cerca de ella. Siguen con esta absurda discusión telefónica durante unas horas más. Publio ya ni se molesta en explicarle por qué no quiere ir hasta su casa, la cual, dicho sea de paso, queda a más de veinte kilómetros de la suya. Una de las cosas que quedaron resonando en la cabeza de Publio después de haber cortado, fue la insistencia con que ella aseguraba que sólo quería compartir todo con él, hasta los más triviales sucesos de su vida. Y tampoco podía olvidarse de la perseverancia con que ella afirmaba que debía expresar todo el tiempo lo que sentía. Eso significaba, en pocas palabras, borbotones de cursilería que salían de la previsible boca de Numb. Esto pensaba Publio después de aquella conversación. Tomó una lapicera y escribió lo siguiente: Ellos están enamorados, están enamorados y hacen todo juntos. No pueden vivir el uno sin el otro. Ella se despierta y lo primero que ve es a su amado. Él sigue durmiendo y ella se queda contemplándolo, 27


acaso también haciéndole caricias. Él se despierta y comienzan a reírse y a besarse. Ella se dirige a la cocina para preparar el desayuno, él la abraza y también va hacia la cocina. Ella trata de hacer café, él la acaricia y la besa todo el tiempo. Desayunan y ninguno puede dejar de asentir a todo lo que el otro dice. Luego, si él decide darse un baño es ella quien inmediatamente lo sigue para también bañarse. Bajan juntos hacia la calle y detienen a uno de los muchos taxis que por ahí pasan. Se suben los dos al mismo auto. Le dicen una dirección al conductor, es la del trabajo de ella. Se van besando todo el trayecto. Llegan y se siguen besuqueando, él le asegura que la ama y ella le asegura que lo ama. Ella se baja del auto, el taxista arranca, ella se queda parada, arrojándole besos con la mano y él la saluda con la cara apoyada en la ventanilla del taxi. Se dirige hacia el lugar donde él trabaja. Pasan a dos cuadras del departamento, es decir, donde se subieron al coche, y siguen en la dirección opuesta al lugar de trabajo de ella, hacia el otro extremo de la ciudad. Él llega a su trabajo y saluda a todos con una sonrisa. Disimuladamente, le llama a ella por teléfono, le dice que la ama y con una mano apoyada en el tubo hace una especie de caja cubriendo así la boca. A lo largo de la mañana le llama cuatro o cinco veces más. Cuando al contestar el teléfono los ojos de él brillan de contento y una amplia sonrisa se dibuja en su cara, es porque ella ha llamado. Ella sale de trabajar y, como todos los días, va al lugar donde él trabaja. Como todavía faltan dos horas para que él salga se queda en el café de enfrente, con la mirada clavada en la puerta del edificio por la que él saldrá. Apenas lo ve, ella va corriendo a su encuentro. Se besan y tomados de la mano regresan a casa. 28


Y así transcurre su vida (la de ellos), pletórica de asombro y regocijo; hasta que llega el día en que empiezan a proliferar las escenas de celos, las discusiones, algún que otro llanto, y ocurre que deben separarse, no siempre sin uno de esos comportamientos de por medio que a la larga o a la corta tan humillantes resultan.

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10 Vemos a Publio junto a su amigo Yiya. Están tomando unas cervezas mientras esperan a las prometidas. Una de ellas ha hablado con Yiya y han quedado de acuerdo en cuanto al lugar de encuentro y la hora; fácilmente podemos conjeturar que también hablaron de actividades realizadas durante ese día o los anteriores, de circunstancias relacionadas con el encuentro, de expectativas para esa noche. Aparecen, son tres: Paula, Julieta y una no tan delgada cuyo nombre ninguna de las voces narradoras de esta insensata crónica recuerda. Se sientan a la mesa, empiezan a conversar. Yiya dirige sus palabras a Paula y Publio, por su parte, a Julieta. Cuando Publio le dice que viene a ser una expectativa, acaso vana, de escritor, todo el rostro de Julieta se ilumina. Ella confiesa que le gusta apasionadamente la literatura. Entonces Publio se entusiasma y tiene lugar un animado intercambio de fervores. Publio va al baño y mientras espera que se desocupe se da cuenta de que ha tomado bastante. Al volver a la mesa, se levantan todos y su amigo Yiya le dice que van a ir a un local nocturno. Se dirigen al auto. Yiya camina junto a Paula, los sigue la mujer sin nombre y, mucho más atrás, vienen abrazados Publio y Julieta. Habían tomado mucho. En un momento la mujer sin nombre se apartó muy malhumorada. En realidad, casi todo el tiempo había sido despiadadamente ignorada por los cuatro que se empeñaban en la seducción. Julieta fue a sentarse un rato junto a la sin nombre y al volver le dijo a Publio: 30


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