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El libro de las Hadas La TravesĂ­a


Neri Alexis MartĂ­nez

El

libro de las La TravesĂ­a

Hadas


Martínez, Neri Alexis El libro de las Hadas: La Travesía. - 1a ed. - Buenos Aires : Turmalina, 2009. 352 p. ; 20x13 cm. ISBN 978-987-1587-07-0 1. Literatura Argentina. I. Título CDD A860

© Editorial Turmalina, 2009 Buenos Aires, Argentina ISBN 978-987-1587-07-0 Editorial Turmalina Hecho el depósito que previene la ley 11.723 Para sugerencias o comentarios acerca del contenido de esta obra, escríbanos a: info@editorialturmalina.com www.editorialturmalina.com


Índice

1. AguaNegra 2. El Libro de las Hadas 3. Antes de partir 4. El Bosque Negro 5. Jahadas 6. El principio de los tiempos 7. El pueblo 8. Draggatt, el Trotante 9. Verde océano campestre 10. Capitán Chark Charles 11. Cazador casi cazado 12. Despedida pirata 13. Bahía Pirata 14. Un encuentro bajo el agua y la luna 15. Dos personajes muy enigmáticos 16. La cima 17. La torre 18. Elementos elementales 19. Sorpresas… 20. Fuego 21. Decir adiós Agradecimientos

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Dedico este libro a Georgina Rotela por haberme inspirado en el momento preciso.


1 AguaNegra

Dos criaturas vendrán de otro mundo herederos de los más grandes para acabar con el tiempo oscuro y enaltecer lo insignificante Serán guiados por un libro capaz de destruir a sus enemigos cuidador de grandes magias protector y elegido Y se librará una gran batalla y el rey surgirá nuevamente trayendo una era hermosa naciendo entre el fuego y la muerte. El Tiempo: inquebrantable conductor del viaje de nuestras vidas, inmensurable, inescrupuloso, irreverente e, irónicamente, al mismo tiempo, irremediablemente frágil. Sus miles de hilos se atan de las estrellas y atraviesan nuestros cuerpos, cada una de nuestras células; trayendo consigo las miles de leyendas que arremeten nuestros conocimientos, que cambian nuestro razonamiento y que, a pesar de nunca haberlo sabido, transforma la vida de un momento al otro. 11


Así ha sido escrito en mis hojas, y así lo cuento yo; la Guardiana de la Historia. A pesar de relatar hechos que parecerán fuera de lo que es considerado real, comienza en un lugar tan verdadero como tú mismo: en al antiguo pueblo de Salem. Este pueblo de 1690, de casas rudimentarias pero aún así hermosas (por el hecho de ser de la época colonial), estaba situado junto a un hermoso río, formando la más grandiosa y espléndida bahía en toda Massachussets. Este pueblo, además de estar en gran parte bordeado por agua también tenía a sus alrededores preciosísimos árboles que formaban un gigantesco bosque, el cual era considerado una barrera, sólo atravesada por el único camino que se dirigía al pueblo contiguo. Pero lo impresionante no era el bosque en sí, sino todas las cosas maravillosas que podían encontrarse en él, las que para demasiados no existían. Muchos creían haber visto desde gnomos hasta hombres lobos, pero ninguno de ellos había sido comprobado en su existencia, cosa que hacía más difícil que estas criaturas pudieran ser realmente visibles, pues el mismo mundo se negaba a ver que eran reales, tanto como ellos. Pero había alguien que era la excepción, una pequeña niña de catorce años llamada Anya O´Connell, que tenía unos ojos celestes tal cual el cielo en plena primavera, cabellos castaños, los que bajo el sol reflejaban haces de luz dorada, pero que todo eso era opacado por su poco cuidado y sus andrajosas ropas. Esto pasaba porque siempre había vivido una vida de duras penas, pues su familia, a pesar de ser de una larga línea de ricos y poderosos antepasados, había ido decayendo lenta y progresivamente hasta terminar 12


sirviendo a las demás familias, que por cierto no estaban nada contentos con ellos. “Un desacato total, ¿cómo una familia de tanto poder y riquezas había caído tan bajo?”, decían, “yo que ellos me habría ido del pueblo”, sólo para echar en cara que ellos ahora eran los ricos y poderosos. Siempre buscaban la más mínima oportunidad para burlarse, todo por el ego y la envidia de que hubieran sido grandes y ahora sus sirvientes, pues preferían que gente con más “clase” les fuese de servir. Esta pequeña niña había vivido sus cortos catorce años lavando, cuidando, ordeñando, barriendo, cocinando y todas las cosas que por el pequeño inconveniente de tener que servir a los demás su madre no podía hacer. Su padre, el cual había sido el último “heredero” del apellido de la familia, había fallecido poco tiempo después de que ella naciera, en un accidente, en el que habían sido afectados una carreta, una mula, una construcción y un lago. Y todo para que éstas no cayeran sobre una mujer embarazada de otra familia, como ellos mismo se llamaban, “superior”, y la cual nunca le había agradecido el acto al valeroso hombre, a excepción por el pequeño niño que había nacido poco tiempo después y que ahora acababa de cumplir los trece años, y desde ese momento fue el mejor amigo de esta pequeña niña. El pequeño, que se llamaba Theodor Griggs (a quien Anya le decía Theo), se había convertido en el guardián de los secretos de la pequeña, y él siempre había sido quien a pesar de ser de pequeña estatura y poca complexión, la había defendido. Como tenía su amigo, también tenía enemigos, que en este caso eran dos, y ambas hermanas e hijas del reverendo Samuel Parris: ellas eran Betty y Elizabeth Parris. 13


Podría decirse que desde el día en que la pequeña Anya había nacido se había convertido en el pasatiempo preferido de las hermanas, a las cuales les gustaba molestarla porque su familia había pasado de ser de las más ricas del pueblo a la más pobre de la “nación, si no era del mundo”, como decían las pequeñas. Cada día que pasaba esta rivalidad iba aumentado y el fallecimiento del padre de Anya sólo lograba que la niñas produjeran peores insultos, tales como “mira si serán tan pobres que ni siquiera tienen el don de manejar una carreta” o “si ese hubiera sido mi hijo, habría hecho que al tonto que casi lo choca con la carreta lo quemen”, lo que hacía que salieran pequeñas pompas de humo de las rojísimas orejas de la pequeña Anya, la cual casi estallaba de furia. Pero poco a poco empezó a no darles importancia, lo que hizo que las hermanas se empeñaran más en insultarla. Pero, gracias a Dios, estaba el pequeño Theo, quien siempre le daba palabras de apoyo, a pesar de que era muy pequeño y no decía muchas cosas que tuvieran coherencia. En resumen esa es la historia de todo lo que había sido interesante en el pueblo y en, especialmente, la vida de la pequeña Anya. Por lo menos hasta que a las hermanas se les ocurrió el más horrible, pero al mismo tiempo ingeniosamente malévolo plan que habían realizado. Un día las pequeñas estaban tranquilamente caminando hacia la plaza del pueblo para encontrarse como siempre con sus amigas, cuando sin querer, inclusive para ellas, escucharon que venía desde una ventana un poco alejada una palabra tan especial que logró que las caritas de las pequeñas niñas se inyectara con malicia. –Brujas... –decía un hombre con una voz algo 14


carraspeada, tal vez por el tiempo–, siempre es lo mismo. Siempre terminamos cayendo en el cuento de las malditas brujas que habitaron hace siglos este lugar, que a fin de cuentas ni siquiera sabemos si en realidad estuvieron o... –Pero... si las han visto, Marcus –lo interrumpió una dulce voz femenina, que según notaron las pequeñas era de la señora Higgyns. Una respetada señora por su larga línea familiar y sus siempre estupendos consejos (sin hablar de su bien amanerado bolsillo)–, sé que es algo ilógico decir esto, pero el pueblo entero habla de ello. Saben que son reales... –Pamplinas –dijo el señor Marcus, el cual a pesar de que las niñas no lo vieran, movía el rostro de un lado a otro con muestra de negación–, eso es imposible, las brujas no esperan tanto tiempo sin hacer nada para luego salir y atacar al primer tonto que se les cruza. Además, si no son las brujas son los lobos, o los vampiros, o ve tú a saber qué cosas raras se inventan. –Pero no es un invento, Marcus –intervino la señora Higgyns–, estoy segura de que esta vez no mienten. –Pero, ¿por qué estás tan segura? –dijo Marcus con el entrecejo fruncido–. ¿Acaso tú también has visto algo extraño? –No es que lo haya visto –asumió la señora, con una voz temblorosa, que mostraba su temor a lo que estaba por decir–, es que según dicen los libros de las brujas... –¡Otra vez con esas tonterías!, Ludmila –interrumpió Marcus, con tono agresivo–. Cuántas veces te he dicho que el libro ese fue escrito por alguien que pensó que sería gracioso decir todas las cosas que dice... 15


–¡Pero son verdad! –repuso Ludmila de forma repetitiva–. Ya han sido probados. Tú lo sabes, hasta mejor que yo. –Mira –dijo Marcus con un tono un poco más amigable–, te tengo un respeto y una estima inmensa, pero no me gusta que te andes metiendo en cosas que en realidad no conoces. –¡Entonces dime cómo son las cosas! –pidió, Ludmila, casi de rodillas. –No tendría que hacer esto, pero si me lo pides así –agregó casi bajando las voz a un susurro. Que aunque trató de que nadie escuchase no supo que las pequeñas Betty y Elizabeth estaban justo metiéndose por una rendija debajo de donde estaban ellos y quedándose en silencio. –Fue hace demasiado –continuó Marcus–, no sé si lo recordaré bien, pero trataré de decirte todo lo que sé, aunque todavía no entiendo para qué quieres saberlo... –Sólo dímelo, por favor –dijo al hacer un movimiento que insinuaba a que continuara. –Está bien –dijo Marcus, tras dar un resoplido–. Fue hace demasiado tiempo, ni siquiera sé si tú ya habías vuelto al pueblo. Era una noche calurosa, pero que insinuaba que iba a haber una gran tormenta. Yo, con Sigmund Finderlard y Charles Stuffer habíamos estado desde hacía más de dos meses investigando la desaparición de una pequeña niña de tan solo catorce años. La pequeña parecía que una noche había salido de su casa porque su padre golpeaba a su madre y a ella eso no le gustaba, o por lo menos eso dijo su padre... –dijo más en un balbuceo que en voz alta. Luego prosiguió–: El inconveniente de su pequeña huida, fue que nunca regresó. Entonces en medio de la búsqueda de la 16


niña, encontramos, en donde ahora sólo quedan los cimientos, lo que en ese entonces era una gigantesca casa de troncos negros, probablemente de roble. Decidimos entonces, tras investigar un poco el lago, ir hasta la casa y preguntar si es que no habían visto nada extraño últimamente. Al llegar a la puerta encontramos que tenía un marco muy hermosamente tallado con pequeñas mariposas, un tanto extrañas por cierto, y en medio de la puerta había un precioso y muy bien tallado símbolo, que poseía una forma un tanto extraña, y que no sabría como describírtela. “Bien, al golpear la puerta, ésta al mismo tiempo que se abría lentamente, produjo un sonido que daba a entender que la casa era de gran antigüedad. Al entrar vimos una señora que parecía de unos sesenta años, con cabellos blancos grisáceos y con ojos negros apenas notables bajo la luz de la hoguera y las pocas velas que tenía a su lado, ella nos miró pero siguió con su lectura sin más que un pequeño resoplido de disconformidad por nuestra llegada. Entonces notamos, con gran acierto, que el hogar de la pequeña anciana siempre había estado vacío, excepto por ella y sus muchísimas posesiones. Ya sabes cómo es la gente mayor, llena de cosas inútiles. Pero, en fin, esta casa…y esto es algo que llama la atención, estaba situada junto al lago AguaNegra, como bien debes saber.... –¿Es por esto que el lago está...? –intervino la señora Higgyns. –Sí, es por eso –retribuyó Marcus. –Pero, ¿por qué...? –A eso iba, a eso iba –agregó Marcus–. Bien, entonces, pensando que era un antigua habitante del pueblo (de este pueblo), le preguntamos si no 17


había visto a nadie rondando por ese lugar. Pero ella lo único que dijo fue “no, y no me interrumpan”. Lo que nos pareció un poco ilógico, ya que ella no estaba haciendo más que, supongo, una sopa en su caldero y leyendo ese gran libro negro con bordes plateados oscuros, que apenas te había nombrado. Por lo que decidimos seguir su consejo y alejarnos, pero eso nos duró poco. Cuando al llegar al otro lado del lago escuchamos unos chirridos que provenían de la casa de la bru... –se detuvo al notar el rostro perturbado de la señora Higgyns–. La... señora – agregó–. Entonces dimos la vuelta y comenzamos a correr a más no poder, por la senda que nos llevaba a la entrada de la casa. “Cuando llegamos allí notamos que la puerta que, anteriormente era de un roble claro, ahora era de un color caoba casi negro. De un golpe entramos a la casa, y nos sorprendió ver que la anciana aún se encontraba en la habitación sin más cambios que el de diferente vestimenta. Lo que ahora que vuelvo a pensar, tendría que haber sido imposible, pues no habría tenido tiempo suficiente de cambiarse. Bueno, no importa, la cuestión es que la pequeña señora se paró justo enfrente nuestro y con una voz extrañamente potente nos dijo “¡les dije que se alejen!, ¡que me dejen en paz, que no me interrumpan!”, y en ese mismo momento, lo recuerdo bien, se largó, en un tremendo trueno que nos ensordeció un instante, la tormenta más grande que nunca vi jamás y así como comenzó el diluvio tuvimos que salir corriendo porque de lo contrario todavía estaríamos dentro de esa casa. Lo que sucedió a continuación fue lo más increíble que vi en mi, hasta ahora, no muy divertida vida. El suelo comenzó a temblar, las paredes retumbaban, y el cielo que hasta antes de 18


entrar estaba totalmente gris, se había vuelto de un color rojo sangre. Tuvimos que salir de la casa corriendo y justo a tiempo, por cierto. “La puerta estaba a unos diez metros, y el camino de salida fue tumultuoso y extrañamente peligroso. Caían cosas de todos lados. Cuadros, velas, incluso los animales parecían tirarse hacia nosotros, como enojados. Pero fue entonces cuando cayó lo único que pudimos salvar del lugar. Iba yo último corriendo cuando al esquivar un cuadro que casi me arranca un ojo, sentí que en mis manos caía algo duro y pesado que por un reflejo tomé entre mis brazos. Una suerte, puesto que si no hubiera caído sobre mis pies, haciéndome quedar allí tendido. Al salir de la casa, caímos de bruces sobre el fango que la lluvia había creado, mientras detrás nuestro resquebrar y crujir indicaba que la casa estaba destrozándose; para cuando nos dimos la vuelta para mirar, la casa ya estaba echa añicos en el piso o perdida en el fondo del lago. Presumimos que el derrumbe se debió a que al llover tanto y tan repentinamente produjo que la casa se deslizara y cayera dentro del agua. Tras investigar un momento dedujimos que la anciana había sido arrastrada por la casa dentro del agua, y por ello no la encontramos jamás. Pero lo que alcanzamos a notar, cuando llegamos al sector donde parecía ser el depósito, fue que la ropa con la que, presumimos, la pequeña niña había huido, estaba aún enganchada de una las astillas de lo que había quedado de la casa, pero a ella nunca la encontramos... jamás. También debe de haber caído en el lago y allí muerta por asfixia, se habrá hundido en el fondo, la pobre... –Qué historia increíble, Marcus. Realmente... – agregó Ludmila. 19


–Y no termina ahí… –interrumpió Marcus con la expresión cansada y con desgano–. Recuerdas eso pesado y duro que cayó en mis manos y que yo tomé... –Sí. –Eso que era del tamaño de un libro y que parecía un libro y que era un libro. Un libro que tenía una cubierta negra de cuero, y que los bordes, podía observarse, parecían ser de plata, una plata... oscura. –¡Ay, Dios! –interrumpió Ludmila con cara de horror. –Pero lo que no te dije –continuó Marcus– es que en el medio del libro está inscripto un extraño símbolo, un símbolo que no sabría describirte, tal cual el de la puerta, y que ahora que vuelvo a recordar la historia y el marco de la puerta tenía una forma como un hada, lo cual me parece muy extraño, porque mi primera impresión fue que era una bruja... –Has visto, tú lo aseguras –interrumpió Ludmila. Como sin haber escuchado siguió Marcus: –Y lo que se me hace aún más increíble es que ese libro, el cual una pequeña, indefensa y seguramente mucho muy débil anciana estaba leyendo tranquilamente en su casa, yo, tras treinta años de mi vida aún no he podido abrirlo... –¡Y es mejor que no lo hagas! –acentuó Ludmila, con mucha preocupación–. Mira si por abrir ese diabólico libro suceden cosas increíblemente malas, que logran que se termine todo lo que es la tierra y la humanidad... –No digas tonterías Lud... –Marcus se detuvo en seco. –Qué suce... –no terminó de decir Ludmila cuando... 20


–Shhh... –susurró Marcus al oír que algo se movía bajo el suelo–. ¡¿Quién anda ahí?! –gritó y dos pequeños chillidos femeninos salieron como si hubieran sido sólo ratas, lo cual Marcus creyó, y continuó–: Y aún está en mi casa en una bolsa de tela negra entre los libros de mi estante privado de la biblioteca. Pero lo que más miedo me da es que, ¿recuerdas a las personas que te nombré que iban conmigo? ¿Sabes quiénes eran? Hubo un corto pero tenebroso silencio y luego Marcus dijo: –Ellos son quienes murieron en el desastre de hace catorce años... –Son ellos –intervino temblorosa Ludmila–, son quienes murieron ahogados en el lago... –tragó saliva– en el lago AguaNegra. –Sí –aprobó Marcus de forma cortante y allí mismo fue cuando las pequeñas decidieron no escuchar más, pues no querían tener más pesadillas, suficientes con las que tendrían con la historia de la anciana y la pequeña niña. Tras terminar de escuchar a hurtadillas conversaciones privadas, las hermanas decidieron seguir con su camino. Pero fue ahí cuando encontraron su musa, su inspiración. La única persona que les producía un deseo intenso de realizar las maldades más grandes jamás contadas y, como eran las hijas del reverendo y, por lo tanto, protegidas de todo el mundo, podían hacer lo que quisiesen sin que nadie les hiciera daño. Especialmente si molestaban a gente como Anya, a la cual el resto del pueblo no apreciaba demasiado. Betty y Elizabeth, como atraídas por un imán, fueron acercándose hasta estar justo delante de 21


Anya y su amigo Theo, los cuales estaban sacando agua del pozo principal. –Hola –dijeron muy sonrientes y al unísono las hermanas. –¿Qué? –contestó con muy mala cara Anya viendo venir un insulto. –Nada, sólo pasábamos y nos pareció educado saludar… –dijo Betty con un tono de picardía en su voz. –No digas tonterías –contestó de mala forma Theo–, ustedes no pasan al lado nuestro y les aparecen sentimientos de culpa y bondad. ¿Qué quieren? –Nada, ya te dijo mi hermana, solo pasábamos y pensamos ser más buenas con ustedes –indicó Elizabeth. –¿Acaso no quieren que seamos más buenas? –agregó Betty poniendo el rostro como si tuviera aureola–. Nos gustaría ser sus amigas. Es más, para demostrárselos les contaremos algo que acabamos de oír. –¿Qué? –dijo Anya de forma cortante y con aspecto de no importarle demasiado. –Es que escuchamos a la señora Higgyns y al señor Thomas hablando de que ya hace más de una semana que no aparece la pequeña Stephany Ashwing… –¿Quién? –interrumpió Theo con el entrecejo fruncido. –La niña que vive justo detrás de nuestra casa –dijo Elizabeth–. El señor Thomas decía que la habían buscado por todas partes, pero que lo más probable era que la bruja finalmente la hubiera ahogado en el lago AguaNegra. –¿Br... bruj... bruja? –dijo Theo demostrándose atemorizado. 22


–Si, una bruja –agregó Betty. –Y lo peor es que aún no se sabe quién es, pero se sospecha de la anciana Martha Cory –dijo Elizabeth sabiendo que la señora era muy apreciada por Anya. –Pero si ella no sabe nada de brujería –se impuso Anya. –¿Qué sabes tú? –la retó Elizabeth para que le diera una excusa para acusarla. Aunque en realidad no sabía de qué. –Nada –se defendió. –Entonces deja que termine de contarte –prosiguió la malévola niña–. Y cuando el señor Thomas dijo que tenía en su casa un libro de brujería que había sido dejado por la madre de la señora Cory, nos dimos cuenta de que la única forma de salvarla era deshaciéndonos de ese maldito libro. Pero nosotros no podemos hacer nada, porque somos demasiado conocidas y se darían cuenta muy rápidamente de que no estamos, y con la desaparición de la pobre Stefany nos buscarían en seguida. Pero al contrario, a ti y a tu “amigo” –de forma despectiva– no los buscarían, es más, es probable que se pongan felices de que no estén. –¿Y eso en qué nos concierne? –dijo casi en un grito Theo. Pero con la misma rapidez en que Theo les contestaba, Anya le dijo: –Pero…, a mí me parece una buena señora. Siempre que puede viene a ayudarme. –Entonces con más razón –dijo Elizabeth–, tendrías que hacer algo por ella. –Sí, pero ¿entrar en la casa de señor Thomas? – cuestionó el pequeño. –Por la pobre señora –agregó Betty poniendo expresión de tristeza. 23


–Sí, pero ¿cómo hacerlo? –inquirió Anya–. ¿En donde está el libro? –Sólo tendrías que entrar por la puerta de atrás, ir a su biblioteca y sacar el único libro que está dentro de una bolsa de tela negra –se apresuró a contestar Elizabeth. –Sí, en su estante privado –agregó Betty. –Pero... –dudó Anya. –Es hoy o nunca. Porque justo antes de que nos fuéramos atónitas, escuchamos que el señor Thomas decía que mañana, después de revisar el libro, irían a apresar a la señora Cory para tenerla lista para ponerla en la hoguera el día domingo –como habitualmente se les hacía a las brujas que eran descubiertas, siempre y cuando se descubrieran–, lo que me parece injusto, porque yo no creo que esa anciana haya podido hacer nada. –No sé qué hacer –dudó nuevamente Anya. –Es por la señora Cory –dijeron al unísono las hermanas. –Está bien. Pero si esto llega a ser mentira o un engaño me las pagarán, y muy caro –dijo de forma agresiva. –No es ninguna broma. Es de verdad –se defendió Elizabeth. –Debes ayudarla –agregó Betty. –Bien, entonces será esta noche –dijo Anya de forma pensativa. Mientras caminaba alejándose de las niñas, ahora ellas con una malvada sonrisa en su rostro. Tras alejarse un poco y pensar y repensar lo que iba a hacer, Theo se acercó suavemente al oído de Anya y, al llegar, abrió con suavidad los labios y gritó: –¡¿PERO ACASO ESTÁS LOCA?! ¿Cómo piensas ir hoy por la noche a sacar ve a saber qué libro de la 24


casa del señor Thomas? ¡Del señor Thomas! ¿No te das cuenta de que si te descubre le harán algo muy grave a tu madre? –No te preocupes –contestó aún pensante–. No me descubrirán. –Además, ¡¿por qué les crees?! –cuestionó Theo– . Siempre hicieron lo imposible por que salieras herida de todo y ahora les crees. –Cálmate…, cálmate –tranquilizó Anya–. Todo va a salir bien. –Pero… ¿y si no? –agregó el preocupado amigo. –No te preocupes, va a salir bien Y siguieron caminando como quien se dirige a un último destino, pero del cual se puede encontrar algo muy valioso, aunque ella no lo sabía.

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2 El Libro de las Hadas

Tras ese extraño encuentro con las hermanas Parris, Anya regresó a su hogar para poder terminar con el trabajo, llevando, con la ayuda de Theo, el balde de madera lleno de agua. El camino hasta su casa fue un poco duro por el gran peso que tenían que transportar, pero fue aún peor porque su amigo no estaba muy contento con lo que pensaba hacer esa noche. El pequeño trató de convencerla por todos los medios acerca de cuán arriesgado sería y cuán fuera de lugar estaría, ya que la anciana no era más que una señora a la cual le tenía un gran aprecio. Algo que dejaba sin entendimiento a Theo del por qué de su defensa hacia la anciana. ¿Y si realmente era una bruja? ¿Y si por tratar de sacar el libro la terminaban descubriendo y empezaban a tratar a Anya como a una bruja? La mente del pequeño siguió dando vueltas y vueltas hasta que se decidió por una pregunta que realmente necesitaba hacerle. –Anya... –dijo muy suavemente y algo tímido, justo antes de dejar el balde, ya que habían llegado a la casa –. ¿Por... por qué quieres tanto a la señora Cory? ¿Por qué arriesgarte tanto por ella? Está bien que ella siempre te trate bien pero, ¿y si realmente es una bruja? –La señora Cory no es una bruja –contestó Anya 27


de forma correctiva–, es un poco extraña nada más. –Pero, ¿por qué ayudarla...? –preguntó Theo con un tono aún más tímido, como esperando no haber dicho algo malo. –Es que ella... cuando... mi papá –hablaba muy entrecortadamente tratando de encontrar las palabras justas –. Eh... siempre estuvo a nuestro lado para ayudarnos. –Ah... –agregó el pequeño. Pero casi enseguida prorrumpió–: Pero, ¿cómo? Nunca la he visto acercarse a tu casa o... nada. –Es que se mantuvo distante, especialmente en este último tiempo. Pero siempre ha tratado de ayudarnos en lo que pudiera. Y hay veces que yo me acerco a ella para que no se sienta tan sola. –¿Tú...? Pero… ¿cómo…? –añadió sorprendido. –No importa… –y dejó de hablar justo cuando su madre la llamaba a gritos para que terminara de limpiar las cosas que le había pedido–. ¡Sí, mamá! Me tengo que ir, perdona Theo, adiós. ¡Ya voy! –Pero... pero... Pero cuando el pequeño había pronunciado esto, Anya ya había ingresado a la casa y dejado a su amigo atrás. Esa noche, tras haber terminado de limpiar todos los muebles, y de cocinar, y de haberle dado de comer al perro mantonegro de la familia Millard, Anya volvió a su propia casa para poder ayudar a su madre a hacer sus cosas. En el camino de regreso, escuchó lo que temía escuchar, por lo menos antes de lo que iba a hacer esa misma noche. –Sí, sí, ya lo sé –decía una voz de hombre bastante ronca y que parecía ser de alguien bastante anciano–. Hoy estuve hablando con Ludmila. Y sí, 28


a mí también me parece una locura lo de las brujas que han estado viendo. Pero sabes como es, William, sabes por lo que pasé. –Sí, sí, ya lo sé –hablaba otra voz ahora un poco más joven, más enérgica, como de alguien que estaba seguro de lo que creía, pero que al mismo tiempo tenía un temblor que daba a pensar que algo lo atemorizaba–. Sé lo que pasó en el lago AguaNegra... –Shhh –lo apagó el primero–. Alguien podría escuchar. –Está bien –casi como un susurro dijo William–, pero aún así me parece imposible que porque se haya escapado la pequeña vaya a suceder lo mismo que sucedió entonces... –Tal vez no escapó –intervino el más anciano con el tono de voz igual que el anterior–, tal vez se la llevaron para hacerle algo. Como, quizás, le iban a hacer a la pequeña de ese entonces. –Pero no digas cosas locas, Marcus –dijo William algo exasperado–, ya tengo demasiado con que inculpen a personas que no saben nada de esto, y que, para peor, son demasiado ancianos para poder haber secuestrado a alguien. –Pero tú no estuviste esa noche, esa anciana era una bruja... –al escuchar esto, la pequeña Anya sintió cómo la sangre dejaba de circularle y le acometía un frió enorme por todo el cuerpo, a medida que un temblor le subía desde las piernas, todo por la espalda, hasta llegar a la base del cráneo. –Yo tengo la prueba –agregó Marcus–, y eso podría demostrar si es que quien pensamos, es también una bruja. –Déjate de andar con cosas que no sabes cómo funcionan –dijo William–, que tienes eso desde hace años y aún no puedes siquiera abrirlo. 29


–Pero estoy cerca, lo sé, estoy cerca. Al no aguantar más, Anya decidió seguir con su camino, pero no podía dejar de pensaren lo que había escuchado. Tal vez la señora Cory sí era una bruja, pero no sería capaz de llevarse a alguien para hacerle vaya a saber qué. Y si eso que tenía el señor Thomas en su casa lograba demostrar lo contrario, ¿qué pasaría con la señora Cory? ¿Y que pasaría con ella si eso (lo que la pequeña presuponía que era el libro) le hacía algún daño? ¿Por qué no se había quedado a escuchar cómo pensaba el señor Thomas que se debía abrir? Tantas cosas pasaban por su mente que ni cuenta se dio de que ya había llegado a su hogar. Tras ayudar a su madre y haber comido, Anya decidió que era mejor esperar a que ésta se durmiese para que no se preocupara porque ella no estaba. La oscuridad era total, excepto por unos pequeños haces de luz que surgían de las otras casas en las cuales aún quedaban personas despiertas, pero que poco a poco iban apagándose. Al salir notó la presión que la noche ejercía sobre ella. La luna, en cuarto menguante, brillaba con un hermoso tono blanco amarillento, que alcanzaba a iluminar bastante bien como para distinguir con buen detalle el suelo. Algunas nubes amagaban acercarse al brillante satélite, pero no más que un poco, sólo lo suficiente para mantener una leve tiniebla pasajera. Al salir por la ventana notó que a pesar de ser una hermosa noche de primavera, se sentía en el aire una intranquilidad poco común, como si el mismo pueblo estuviese bajo la presión de llegar a alcanzar el libro sin ningún inconveniente. O tal vez el mismo miedo que tenía a que la descubrieran le hacía imaginar lo que ella sentía. 30


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