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Jakob Gramss

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Nació en Alemania en 1965 y lleva media vida residiendo en España. Es intérprete de conferencias, traductor de narrativa y colaborador de las publicaciones El Planeta y Teína así como de la revista cultural valenciana Miralls. Forma parte, además, del colectivo musical Chop Suey Joint. Los insaciables es su primera novela.

Jakob Gramss

Los insaciables

Los insaciables Los insaciables narra la vida de Fermín, cuya extraordinaria capacidad gustativa lo lleva desde sus humildes comienzos de mozo de almacén a su encumbramiento como el cocinero más reputado del mundo, hasta el punto de convertirse en pieza clave de una auténtica revolución gastronómica de consecuencias imprevisibles para toda la humanidad. Contada en clave gastronómico-psicológica y haciendo gala de una narrativa fresca y original, la novela de Gramss abarca, como toda buena historia, el arco completo de las luces y sombras del género humano, al tiempo que alimenta tanto el pensamiento como los sentidos del lector. Más información sobre el libro y el autor en: www.triallibres.com/insaciables

TRIA

Jakob Gramss · Los insaciables

(Tria de Narrativa, 3)

TRIA

TRIA de Narrativa

TRIA


Los insaciables


© Del texto: Jakob Gramss, 2010 © De esta edición: Associació Cultural Editorial Tria, 2010 Jocs Florals, 59 s/àt 2a 08014 Barcelona www.editorialtria.com Responsable de esta edición: Patrick Davenne Diseño de la colección: Àngel Fernández García Ilustración de la cubierta: Alicia Merelo

ISBN: 978-84-92912-04-9 Depósito legal: Impreso por: Publidisa Todos los derechos reservados. Queda prohibida, salvo por las excepciones previstas por la Ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin disponer de la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (art. 2701ss. del Código Penal).


Jakob Gramss

Los insaciables

Edici贸n de Patrick Davenne

Tria de Narrativa, 3


Entrante

¿Cuánto tiempo llevaré así? ¿Meses? ¿Años? Imposible saberlo. Si es que nunca pasa nada. Por no pasar, no pasan ni los días. Al menos, no tengo forma de enterarme. Alguna vez he intentado soltarme y saltar. No sé muy bien qué pasaría si lo consiguiera, pero me da igual. Sólo quiero que pase algo, y que pase ya. ¿Qué se creen que están haciendo? Para eso; que me desenchufen y ya está. Así, sin estímulos nuevos, no hay quien viva. En fin, sí, tengo almacenadas millones de sensaciones de las que puedo echar mano. Y lo hago. Las combino, les doy otro toque, les doy la vuelta, les cambio el orden. Lo que pasa es que al final siempre son de mi propia cosecha. Así que no es lo mismo. Además, últimamente tengo la impresión de que cada vez son más flojas. ¿Qué va a pasar cuando dejen de hacer efecto? ¡Noo, no, no, no! Para, para. Ni siquiera debería pensar estas cosas. Mejor, seguir recordando y hablando. Aunque sea siempre lo mismo. Hablahablahablahablar, hablar y hablar y hablar. Sólo eso. Así, por lo menos voy haciendo ejercicio; es una especie de gimnasia semi-acuática (otra cosa no, pero han conseguido mantener el ambiente con casi el 100% de humedad, como yo lo necesito) que de paso produce sonidos: chof-chof. No, bromeo; suelen ser consonantes y vocales. De vez en cuando sí se me escapa 7


algún chasquido, pero en general me salen palabras y frases y así llevo ya una buena temporadita soltando una y otra vez este mismo rollo. ¿Qué le vamos a hacer? No paro de dar vueltas a como eran las cosas antes. Antes de estar aquí atada y encerrada, y mucho antes de encontrarme incomunicada. Me daban una sesión continua de placeres. Algunas veces la actividad era más intensa que otras, pero siempre había algo. Unas fricciones por arriba, un cosquilleo en el dorso, efervescencia por debajo, tipo jacuzzi, un pellizquito en el flanco, un masaje por delante, algo de presión en el medio y, sí, también me gustaba cuando la cosa se ponía un poco más violenta, más bruta. En la variedad está el gusto, digo siempre. Y la química, ¡ah!, la química. ¡Qué despliegue de moléculas! Me las lanzaban en preciosas formaciones, luego se separaban, se volvían a combinar, y así hasta que se descomponían de nuevo y cada una encontraba el lugar donde más gusto me daba. Y había para dar y regalar. Como si se pudieran contar las estrellas. Infinitas constelaciones. Un festival continuo de fuegos artificiales: formas, texturas, colores... sensaciones que me caían encima sin parar. En fin, sí; también recuerdo vagamente algunos malos tragos. Excesos que después dolían bastante. Y un par de acontecimientos traumáticos, como cortes radicales, que te cambian la vida. Todo envuelto en drama y confusión, pero, menos mal, siempre breve y rápido. Y ahora que lo pienso bien: algo parecido a lo que me está ocurriendo ahora, ya lo viví. Lo que pasa es que no consigo... Se me escapa. Como una sensación de estar embotada, como en algodón. O con anestesia. Algo así. Tal vez lo soñé. Pero, aparte de estos episodios un poco desagradables, vivía muy, pero que muy bien. Y ahora, ¡quién me ha visto y quién me ve! Si fuera posible, me moriría de aburrimiento cientos de veces al día. Todas esas sensaciones que tengo guardadas ya me las conozco de memoria. Las he aprovechado hasta la saciedad, no dan más de sí. Además, donde estoy no hay nada. Sólo esta fina llovizna templada 8


e insípida que es —y esto ya es un desgraciado recochineo— muy nutritiva. Pues, así, ni siquiera me queda la esperanza de morirme de hambre. Hace ya tanto que no me llegan estímulos de ninguna clase. Lo que daría, por ejemplo, por una pizca de sal, una pizquita de nada aunque fuera. Hasta me conformaría con el eco de un chicle ya mascado. No sé por qué me empeño en decir estas cosas. Ni siquiera sé si los electrodos y cables que siento en mis carnes aún llevan la señal al ordenador central que antes la distribuía por toda la red. Hay que ver: miles, qué digo, millones de bocas pendientes de mí, de lo que les mandaba. Y ahora..., ¡eh! krrrszzuizuieen, brsssffnongnong, ksiauzuieen... ¡Ay, ay, eso duele! ¡¿Qué...?! krrrszzuizuieen, brsssffnongnong, ksiauzuieen...

Nadia Conocí a Fermín cuando entró a trabajar en la empresa de mi padre. Desde el primer día me llamó la atención porque era diferente. Los otros empleados, lo mismo podrían haber estado trabajando en un almacén de materiales de construcción o envasando piensos compuestos. Les daba exactamente igual. A él no. Él estaba todo el día hinchando el pecho, respirando hondo y absorbiendo con la boca medio abierta el aire del almacén. Realmente se emborrachaba con los olores que flotaban en el ambiente, pues ponía unas caras. Desde mi despacho en el altillo también lo veía a menudo meter el dedo en alguna de las grandes sacas y chupárselo. Luego se quedaba parado, como soñando despierto. Y cuando el encargado lo veía así, lo amonestaba y él, todo corta9


do de vergüenza. Eso fue lo que me conquistó; la curiosidad y el aprecio que mostraba por el mundo en el que yo me había criado: entre anís estrellado, cardamomo, cúrcuma, pimienta de todos los colores, granos de mostaza, hierbas aromáticas, cilantro... La primera vez que le hablé se quedó todo ofuscado, rojo como un tomate. Mi pretexto era pedirle la opinión sobre una nueva variante de curry que nos ofrecía un proveedor. Le di una bolsita de prueba y él, alegando algún compromiso, se fue corriendo. Al día siguiente, cuando todos estaban almorzando, se acercó al despacho y me dijo con voz temblorosa las 23 especias que componían la mezcla. ¡Qué tío! El primer beso no nos lo dimos hasta un par de meses después en la cocina del ateneo anarquista. Es que Fermín era muy, muy tímido entonces. Yo, un poco por desmarcarme de mi padre, que como he dicho era empresario, me había hecho socia de un comedor alternativo, con alimentación sana y qué sé yo. Y llevé a Fermín. Del trabajo nos traíamos alguna que otra especia rara. Luego, él molía granos, semillas y hierbas. Hacía mezclas. Pero nunca tocaba las ollas ni se metía a guisar. Era un poco raro con la comida. Siempre decía que no tenía hambre. Comía poquísimo. Así estaba de flaco. La verdad es que a menudo se quedaba como traspuesto después de haber probado la comida. A veces le daba por suspirar y hacía unas muecas... Bueno, como de todas formas todos los que íbamos por allí éramos un poco rarillos, nadie hacía mucho caso. En aquella época, yo, claro no sabía nada de nada. Fermín hablaba poco, se tiraba las horas sonriendo, pero sin decir ni mu. Después de nuestro primer morreo de verdad empezó a cambiar. Esa misma noche preguntó si podía cocinar él y todos nos quedamos alucinados. Nadie se creyó que de verdad era la primera vez que lo hacía. Nos hizo una comida digna de un chef. Vino una época muy buena. El primer enamoramiento. Todo felicidad y buenos alimentos, además de verdad, porque 10


Fermín se enrollaba muy bien en la cocina. Y fuera de ella, no hacía más que darme besos. Vamos, me comía a besos, me chupeteaba y me lamía toda. Cosas de un destete demasiado temprano y traumático en su infancia, se disculpaba. Y, claro, sabes tan bien, cariño. En el ateneo todos contentos. Bueno, alguno que otro que se ponía celoso pero, luego comían la comida de Fermín y se les iban los rollos. A mí me pasaba algo extraño: cuando preparaba algo nuevo, algo que decía que se acababa de inventar siempre tenía como una sensación de déjà vu. Sólo que no se trataba de algo que hubiera visto o vivido, sino que cuando probaba la comida me resultaba como muy familiar, como si la hubiera comido en otra vida, qué sé yo. El caso es que todo estaba riquísimo. Una vez le pregunté por qué le había dado de repente por la cocina. Allí empezó a hablar de unos tíos suyos, con los que se había criado y que tenían un restaurante, y luego sonrió y me dijo: No, la verdad es que es todo por ti. Sí, anda ya, y voy y me lo creo. Luego, un día, nos encontramos en la parada del autobús después del trabajo y me dijo que tenía que quedarse: horas extras, un pedido urgente. —Ya empezamos —le dije—, mi padre ya está empezando a explotarte. Y él: —Deja, que sólo va a ser esta vez. Me enfadé un poco: —Tu sabrás lo que haces —le dije— y me subí al autobús sin beso ni nada. Enseguida me arrepentí, pero, bueno, ya estaba hecho. La verdad es que pasé mala noche.

Carlos Perejil Un día recibimos el encargo de hacer un contratipo, es decir, copiar un plato que nos proporcionaba el cliente. Éste era especialmente difícil. Si no recuerdo mal, se trataba de una mezcla para un adobado de pollo a las especias exóticas. Era nuestro principal cliente y nos había metido mucha prisa porque quería presentar el 11


producto en una feria. Enrique, nuestro cocinero, era muy buen profesional, pero lo suyo eran más las mezclas para embutidos y otras cosas por el estilo. Controlaba muy bien las texturas y las consistencias, la hidratación, etc. Así que, de alguna manera, por culpa del estrés de meterse en algo totalmente nuevo y con tan poco tiempo, se quedó como bloqueado. Hasta yo mismo me tuve que poner a probar mezclas y más mezclas. No sé de dónde el cliente habría sacado el adobo, pero no conseguimos ni aproximarnos. De alguna manera debió de enterarse de lo que pasaba, pues la tarde antes del día en que teníamos que entregar, Fermín llamó a mi despacho. Después de muchos rodeos y estrujarse constantemente las manos, me dijo que le gustaría intentar ayudar, pero de forma discreta. Recordé que mi hija un día me había comentado que «ese chico» llevaba un laboratorio ambulante en la boca. Entonces había pensado que lo único que «ese chico» quería era fardar y ligarse a mi hija. Pero, como parecía que íbamos a perder el cliente, le dije que adelante. A Enrique le dije que había conseguido una semana más de plazo y que se fuera a descansar. Ya fuera del horario laboral me quedé para explicarle a Fermín los aparatos que teníamos en el laboratorio-cocina, los molinos, los reductores, el secador, etc. Luego me fui a mi despacho para pensar en cómo saldríamos de ésta, porque ¿¡precisamente un novato iba a sacarnos del apuro!? Mientras, lo oía trajinar prácticamente toda la noche. De vez en cuando venía para aclarar alguna duda sobre uno de los «cacharros» como decía. Haciendo números hasta la madrugada yo ya me estaba viendo cerrando el negocio y después... pues, no sé si suicidándome, pero algo parecido. Al final me quedé dormido y al día siguiente, cuando entré en la cocina estaba todo patas arriba y Fermín allí en medio, que parecía un zombi. Tenía los ojos inyectados en sangre y unas ojeras hasta el suelo. Me temía lo peor, pero, sobre la mesa estaba el cuaderno con todas las anotaciones necesarias para la mezcla. 12


Fermín La verdad es que esa noche lo pasé en grande. Sacar la mezcla «exótica» sólo me costó una horita. Se ve que el viejo Enrique hacía tiempo que no bajaba al almacén. En fin. El secreto estaba en el toque un poquito dulzón de la pimienta roja y en el punto entre alimonado y de hongo del cardamomo. Psa, sencillito. El Sr. Perejil me explicó cómo funcionaban los cacharros y que tenía que apuntarlo todo en el cuaderno. Luego me dejó sólo. Al principio iba de vez en cuando a su despacho para preguntar algo y mantener las apariencias: o sea, haciendo ver que estaba en plena faena para sacar la fórmula de marras. Cuando en una de ésas vi que estaba completamente dormido me pasé el resto de la noche haciendo experimentos con todas las máquinas que había allí: los molinos con sus diferentes grados de granulación, los mezcladores, las balanzas de precisión que ya te indicaban un cambio de peso solamente si chasqueabas los dedos encima del platillo, los hornos con sus diferentes ángulos de cocción y esa exactitud milimétrica del control de temperatura; una tecnología alucinante. Me supo mal tener al Sr. Perejil en vilo toda la noche —seguro que tenía pesadillas— lo que pasa es que yo no podía perder la oportunidad de probar todos esos cachivaches que jamás en la vida hubiera imaginado que existían. No sé si fue porque me pasé toda la noche sin dormir, pero un poco antes del amanecer me entraron unos tembleques. Me asusté porque de pequeño había tenido algunos ataques epilépticos. Menos mal que se me pasó, aunque la verdad es que me sentí muy extraño al día siguiente. No estaba ni orgulloso de haber sacado la fórmula. En fin, iba a servir para vender miles y miles de raciones congeladas de ese pollo en adobo exótico a gente que no tenía tiempo de cocinarse algo decente en casa. Algo es 13


algo. Y el Sr. Perejil estaba tan contento que no paraba de abrazarme. Y la verdad es que me hizo una buena oferta: trabajar en su cocina industrial a media jornada, turnándome con Enrique, y el resto del tiempo a la escuela de hostelería con todos los gastos pagados por él. —Tienes madera para más que un simple chico de almacén —me dijo.

Nadia Después de la «hazaña» en la empresa de mi padre las cosas cambiaron. A menudo venía malhumorado de clase. Llegaba muy tarde al ateneo y se mosqueaba si nosotros ya habíamos cenado. Aún así se empeñaba en cocinar. Y, además, teníamos que probarlo todo. A veces se echaba a llorar sólo porque alguien le ponía algo más de sal. En otros momentos estaba eufórico, cantando las maravillas de la escuela y de la empresa, pues allí sí que había medios. Me costó bastantes disgustos con los compañeros porque algunos lo querían echar. Y había momentos en los que estaba a punto de darles la razón. Pero, luego, era muy cariñoso conmigo. Y lo veía tan feliz y frágil al mismo tiempo y no podía. Además, no sé cómo se las arreglaba, pero justo cuando prácticamente todo el ateneo se había puesto en contra de él, llegaba en plan súper humilde y bastante antes de la hora de cenar con algo preparado y nos camelaba otra vez a todos. Así estuvimos más o menos un par de meses.

Juan Barralibre Un amigo mío, profesor de la escuela de hostelería, me habló de Fermín. Me dijo que el chico valía mucho, pero que resultaba difícil encuadrarlo en el sistema educativo. No se integraba con 14


los demás alumnos. No hablaba prácticamente con nadie. Tampoco cumplía con los horarios, es decir, no es que llegara tarde a clase, sino que por la noche, cuando el guarda de seguridad quería cerrar, tenía que sacarlo a la fuerza de la cocina. Varias veces incluso se escondió y se quedo encerrado, de forma que se lo encontraban al día siguiente dormido sobre el banco de cocina, con las manos en la masa, por así decirlo. Lo habían estado aguantando porque se le veía un talento fuera de lo común y porque el Sr. Perejil, que pagaba su matrícula y hacía, además, algún que otro donativo a la escuela, intercedía en su favor. Pero un día, el claustro de profesores, después de otra muy gorda que montó Fermín —creo que acabó con todas las existencias de especias y fundió el horno grande de la escuela— decidió expulsarlo por el resto del curso. Como yo tenía varios negocios de restauración mi amigo me pidió que me hiciera cargo de él, que le diera una oportunidad. Con esta prensa no sabía muy bien, pero me dije, va, démosle una oportunidad.

X El primer beso de rosca que le dio a una chica, en un anochecer lluvioso después del cine, lo trasladó de golpe a sus experimentos infantiles con la comida. Mientras que con la lengua todavía tímida rozaba los dientes de Clarita, buscando al mismo tiempo separárselos un poco más para avanzar hacia el interior de su boca, le vino a la mente esa tostada con jamón y miel que en una ya lejana mañana se había preparado por puro capricho. En realidad no se podía comparar, ni hubiera cambiado el beso por el alimento, pero de alguna manera allí estaba. Con un hilo de suspiro Clarita abrió la boca como si fuera a ingerir aquello que a Fermín le rondaba la cabeza. Entonces, sus lenguas empe15


zaron a jugar sin más traba que la de estar atadas a las gargantas de sus respectivos dueños; ya no conocían ni timidez ni pudor. A Fermín le pareció que en la boca de la chica había un tesoro. Esa misma noche, en la cocina de casa trató de recrear el oro que había encontrado entre los labios de Clarita. A las tres de la madrugada, con todos los cacharros usados, todos los botes y bolsitas de especias abiertos, la nevera saqueada y la despensa arrasada se fue a dormir cansadísimo, pero feliz. Añadiendo apenas unas raspaduras de nuez moscada, un grano de pimienta roja machacada, media cebolla picada muy fina y caramelizada al oporto y gratinándolo todo bajo una finísima capa de queso de Burgos consiguió redondear su original invento infantil hasta que le evocara con bastante fidelidad lo que había percibido unas horas antes en la boca de su primera novia. En las semanas siguientes, después de dejar a Clarita en el portal de su casa con la sensación de plato comido y relamido, Fermín afinaba la composición (faltaba salvia fresca, un chorrito de zumo de pomelo rosa y un dedal de orujo), la preparación de los ingredientes (había que utilizar azúcar moreno en vez de blanco para caramelizar, la nuez moscada tenía que cortarse con un cuchillo dentado y no con el pequeño rallador que había usado en un principio) y el momento de incorporarlos al proceso. Cuando, una noche en que los padres de ella se fueron a una fiesta en una casa de campo donde se quedarían a dormir, después de la sesión de besos en el portal Fermín no supo darle una explicación convincente de por qué tenía que ir corriendo a su casa en vez de subir con ella, Clarita lo despachó para siempre jamás. Al principio triste y abatido, Fermín recuperó el buen humor cuando una hora más tarde mordió la tostada recién sacada del horno: estaba perfecta.

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Fermín No podía evitarlo. Cuando al mediodía me despedía de Nadia con unos morreítos de esos que sabía dar ella, estaba como con la boca salida. Y una tarde de clase no daba para mucho. Siempre había que aguantar un par de horas de teoría. Una vez le di un bocado a uno de sus libros y estaba asqueroso. Pero casi mejor un sabor asqueroso en la lengua que analizar una armonía aromática de la hostia con la cabeza fría y la boca vacía. Y aunque con la boca llena no se hable, te puede decir mucho. El sabor no engaña, te llega directo. No te deja un recado en el contestador ni te manda un mensaje en una botella, te toca el paladar y comprendes enseguida. Nadia hacía eso conmigo. Me tocaba todas las teclas. Cada vez que me besaba me escribía un poema en la boca. Y no perdonaba, tenía que traducirlo, sacarlo de alguna forma y rápido. La carne, el pescado y la verdura eran el papel, las especias las letras, la sal el punto sobre la i... qué sé yo (esto no es mío, es de Magda, pero me gustó tanto que me lo quedé). Lo que pasa es que en la escuela enseñaban otra gramática. No me dejaban hablar. Cuando cocinaba en el ateneo tenía libertad de expresión y me emocionaba ver que la gente me captaba. Pero, por otro lado, allí no había nada. Con un par de sartenes y unas cuantas ollas viejas, un horno sin grill ni aire, no se podían hacer maravillas. En la escuela era todo lo contrario: muchos medios, pero nada de alegrías, nada de celebrar la comida como se merecía. Los demás alumnos sólo querían saber cómo habías conseguido tal o cual sabor, textura, color, etc. para copiártelo en el examen y los profesores, pues, que no les sacaras del plan de estudios. También miraban mucho la utilización racional de los «recursos» como decían, algo que a mí me sacaba de quicio. A mí se me olvidaba el tiempo. 17


Se me olvidaba lo que estaba gastando. No ahorraba ni esfuerzos ni ingredientes. Para mí, cocinar era como el amor: entrega total, si no, no iba. Visto el panorama de la escuela, no cuesta imaginar cómo me sentía en la cocina industrial de «Especias Formosa». Con el Sr. Perejil tan orgulloso del laboratorio que, según él, yo llevaba en la boca y que servía para sacar fórmulas de platos precocinados. Para él fue un golpe duro cuando me fui. Y lo sentí por él, pero también mejor para el viejo Enrique. Pudo volver a sus anchas. Y a mí Juan Barralibre me abrió el mundo. Se portó increíble conmigo.

Juan Barralibre La verdad es que lo que me había dicho mi amigo el profesor era cierto: Fermín tenía un carácter un poco difícil. Sí, al principio se le veía muy tímido, muy sonriente y educado. Pero, cuando las cosas no iban como él quería, se ponía insoportable. En fin, no gritaba ni montaba escándalo. Simplemente se ponía tozudo, tozudo y no había nada que hacer. Se portaba como un niño, sólo le faltaba hacer pucheritos o amenazar con dejar de respirar. Lo único que servía entonces era animarlo con halagos, decirle lo que tú quieras, Fermín, y que todo iba a salir bien. Y merecía la pena porque, después, cuando todo iba como una seda, no sólo hacía maravillas en la cocina, sino que también era un encanto de persona. Al principio, lo coloqué de ayudante del chef en mi restaurante «L’Esprit». Lo suyo hubiera sido de pinche porque le quedaba mucho por aprender, pero con ese ego tan necesitado de reconocimiento... Allí era Javier Huéspedes quien llevaba las sartenes por el mango. A las dos semanas, Javier me llamó todo ofuscado y me puso ante la alternativa de o echaba a Fermín o se iba él. 18


X —No sirvo. No lo conseguiré nunca. Debería haberme quedado de mozo de almacén. La sartén aterrizó en el fogón entre un gran estrépito metálico, mientras que Fermín parecía querer rematarla con la misma mano que apenas había soltado el mango. Con el dedo gordo y el anular de la otra se apretó los ojos. —¡...hasta el gorro! Esta prenda, junto con el delantal que se quitó por encima de la cabeza como si de un asfixiante jersey se tratara, acabó hecho una bola en el fregadero. Juan le rodeó la espalda con un brazo y apretándolo con fuerza lo arrastró por la puerta que daba a la despensa. Allí le colocó una mano en cada hombro y lo empujó contra la estantería de las verduras. Inclinó la cabeza hacia delante y lo miró de arriba abajo con sus ojos casi escondidos por las pobladas cejas. —Oye, ¡no te pongas así! ¡Mírame! Tienes una lengua de oro y no te he sacado de allí para que a la mínima te me desinfles, ¡eh! Yo sé que tú puedes. Créeme. Y lo sacudió de nuevo por los hombros. La estantería crujió y un par de cebollas cayeron y rodaron por el suelo. Juan las paró con los pies.

Javier Huéspedes Ese mocoso, ¿quién se creía que era? Nada en contra de las nuevas generaciones, nada en contra de la renovación de la cocina y todo eso que se estaba poniendo tan de moda entonces. Pero discutirme a mí, que llevaba más de veinte años en el negocio, la forma de preparar un pollo al chilindrón, ¡por favor! Pretendía susti19


tuir los pimientos rojos de toda la vida por un festival de pimientos de toda clase y condición, con diferentes grados de cocción, bueno, ¡una cosa! Y cuando decía que no, que se guardara esas ideas para cuando supiera cocinar de verdad y tuviera su propio restaurante, se iba enfadado a buscar consuelo en las faldas de su novia. Es un decir, pues ésa la verdad es que no era de llevar faldas. No importa. En todo caso, luego volvía a la carga como si nada: dale que dale con sus ideas «innovadoras» que no tenían ni pies ni cabeza. En realidad lo veía venir desde el primer día que entró en «L’Esprit». Al principio no dije nada, pues quien mandaba era Juan. Pero todo tiene un límite. Y aún así lo aguanté durante dos semanas, ¡dos semanas! A otro lo hubiéramos largado a los dos días. ¡Qué leches! Era la cocina de un restaurante renombrado —venía gente importante— no un taller de arte experimental.

Fermín Ese hombre era un carcamal, anclado en lo de: esto siempre se ha hecho así y si no te gusta, te aguantas. Y aunque me reventara por dentro, lo de la escuela era aún muy reciente y pensé que tal vez no iba a tener otra oportunidad, así que me aguanté. Y otra cosa no, pero el viejo tenía técnica y me dije, calla y aprende. Lo que pasa es que lo hacía todo de manera tan fría y calculadora, limitándose a aplicar las reglas y normas del «buen cocinar» como decía. Cocinaba como si fuera un ingeniero, fórmulas y más fórmulas, causa-efecto, esas cosas. Ay, yo no podía. Además, ¿de qué me servían todos los medios que había en «L’Esprit» si no me dejaba usarlos? Para eso estaba mejor cómo antes, con los colegas del ateneo, que eran pobres, pero no tenían esas limitaciones estúpidas. Calma, Fermín, calma, yo sé que vales más que todo eso, ya verás como al final todo saldrá. Eso es lo que me decía Nadia, 20


cuando me quejaba. Le hice caso y en vez de pelear abiertamente con «el gran jefe indio», me dediqué a lo clandestino. Y a pesar de que estuviera vigilante todo el tiempo, colé algunas cosas mías. Y por supuesto, después él no hacía ascos a los cumplidos de los clientes por esas «experiencias nuevas y sorprendentes», como me contaba el maître. El jefe, claro que no me decía palabra de todo esto. Es más, seguía haciendo todo lo posible para hundirme. Pobre viejo, se ve que ya estaba acabado.

Juan Barralibre Me di cuenta rápidamente de que Fermín era un verdadero artista. En principio enormemente frágil, pero fuerte y genial cuando lo besaba la musa. Por cierto, por allí, por ese lado estaba su debilidad: sin su musa no era nada. Después de sacarlo de «L’Esprit» me lo llevé a la capital, para que no hubiera rencillas ni envidias con la gente local. Nadia se quedó en provincias y a los dos días mi artista se había convertido en un pinche de cocina anodino. Trataba de disimular, incluso se las ingenió para coger un catarro de caballo para decir que no podía cocinar, pero yo lo calaba. A él, en realidad el constipado no le afectaba para nada. Simplemente se le había ido la inspiración. Hice venir a Nadia en el primer avión.

Nadia Fermín es una persona que necesita mucho apoyo y comprensión. ¡Que me lo cuenten a mí! Y en «L’Esprit» el viejo, que no quería a nadie que le pudiera hacer sombra, no paraba de fastidiarlo. Además, no estaba para experimentos. El Sr. Barralibre, en cambio, quería apostar por él. Decidió que lo mejor era llevárselo de aquí, pues en la capital había más cancha para un «loco de las ollas», como 21


Jakob Gramss

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Nació en Alemania en 1965 y lleva media vida residiendo en España. Es intérprete de conferencias, traductor de narrativa y colaborador de las publicaciones El Planeta y Teína así como de la revista cultural valenciana Miralls. Forma parte, además, del colectivo musical Chop Suey Joint. Los insaciables es su primera novela.

Jakob Gramss

Los insaciables

Los insaciables Los insaciables narra la vida de Fermín, cuya extraordinaria capacidad gustativa lo lleva desde sus humildes comienzos de mozo de almacén a su encumbramiento como el cocinero más reputado del mundo, hasta el punto de convertirse en pieza clave de una auténtica revolución gastronómica de consecuencias imprevisibles para toda la humanidad. Contada en clave gastronómico-psicológica y haciendo gala de una narrativa fresca y original, la novela de Gramss abarca, como toda buena historia, el arco completo de las luces y sombras del género humano, al tiempo que alimenta tanto el pensamiento como los sentidos del lector. Más información sobre el libro y el autor en: www.triallibres.com/insaciables

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Jakob Gramss · Los insaciables

(Tria de Narrativa, 3)

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TRIA de Narrativa

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