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cuchillitos minicuentos

guadalupe ĂĄngela

narraiva


2009 primera edición Fotografía de la autora: Boris Spider ©Guadalupe Ángela guadalupeangela@yahoo.com.mx ©Editorial Pharus editorialpharus@gmail.com http://edpharus.blogspot.com/


Para Gina y su casa de luz


G

uadalupe Ángela, Oaxaca, 1969. Su obra se encuentra publicada en Cocodrilo Poeta, Tierra Dentro, la Casa Grande, Literal, Ciclo Literario y en la revista local Luna Zeta. Fue becaria del FOESCA en 1999. Cursó la Licenciatura en la Enseñanza de Lenguas Extranjeras en la BUAP y la maestría en Literatura Mexicana de la UABJO. Ha participado como coautora en diferentes ediciones manufacturadas. En 2004 presentó la plaquette de autora: Hiedra de Luz. Forma parte de la antología Tres ventanas a la literatura oaxaqueña actual, Almadía, 2005 y de la antología: Oaxaca, 7 poetas, Almadía, 2006.


Caja de sorpresas

L

os textos que aquí presenta Guadalupe Ángela son breves. La mayoría de alrededor de cien palabras. Algo extraordinario que sucede con todo tipo de miniatura es que su pequeñez, paradójicamente, “agranda” su presencia. Así aparecen, digo yo, los textos de Guadalupe Ángela: agrandados por su brevedad, que finalmente los convierte en un elemento gráfico que sobresale del espacio blanco de la página, como un pequeño exvoto en el altar. Esta primer característica subraya de entrada al texto como objeto. Objeto visual. Objeto textual. De pronto demasiado evidentemente tipográfico. Es tipografía navegando en el agua blanca del papel. Estos misterios textuales a punto de despertar en el lector que se acerca a ello, son, ciertamente, puertas. Puertas imantadas que nos atraen. “Atractores extraños”. O bien, son una caja de sorpresas. ¿Qué hay del otro lado? No voy a decir que la cotidianeidad es transgredida en los textos de Guadalupe Ángela, tal como la tipografía transgrede la continuidad muda y blanca del papel. No... pero presiento, adelantándome a la recepción de los demás lectores, que algo le pasa a nuestra idea de lo cotidiano, de la realidad cotidiana. Es como si sutilmente, tras leer cualquiera de estos textos, esa realidad cotidiana se hubiera alterado sutilmente, de modo que, cuando nos volvemos para mirarla, ya no está como la dejamos. Esa es la función del arte. Se trata de un efecto de ruptura del continuo perceptual, en donde las cosas no nos sorprenden ya, sino que damos por sentado que así 5


son y ya. Cuando ese continuo se rompe, estamos frente a la experiencia estética, y frente a súbitas revelaciones: presentimos lo que hay detrás, lo que hay adentro, lo que está debajo, y que mirábamos sin mirar. Habría que pensar si las experiencias estéticas producen lo que algunos autores de otros tiempos llamaban goce estético, o si también existe el sufrimiento estético. Puedo decir que en el caso de Guadalupe Ángela, se trata de textos con un discreto y constante timbre gozoso, aunque a veces estén también tan inadvertidamente cerca del sufrimiento. Al fondo, una voz amorosa se ensaya para entonar un arrullo. También se trata de textos que narran acontecimientos insólitos. Pero, y ese es uno de sus valores, son apenas insólitos, de tal manera que parecieran no despegarse precisamente de la referencia a la vida cotidiana en que buscan sumergir al lector. Ahí está su potencial revelador, y su contenido de sorpresa: producen un efecto de extrañamiento. Se trata de una literatura de lo extraño. No de lo fantástico, ni de lo maravilloso, en general, aunque de pronto se asoma alguna alegoría cuando aparece “un oso blanco asesinado”, o un salto a lo maravilloso, en el texto que inicia: “Cuando Ana leía...” Se trata también, tal vez forzando un poco el término, de especie de parábolas de lo cotidiano, en donde la paradoja acecha a los personajes, que de pronto pasan de una suave y dispersa ensoñación a un encuentro con la aspereza del mundo. Como en todo texto breve, minicuento, cuento ultracorto, minificción, o cualquier otra categoría, la economía y la precisión exigen una agudeza de qué diré... ¡De joyeroequilibrista! Y este es el caso con esta colección de textos. Por otro lado está su proximidad con el poema en prosa, “galería” de imágenes, y especialmente de imágenes orientadas a la visualidad. Muchas de ellas podrían ser 6


pintadas como cuadros. Se me ocurre que es una nueva forma de hacer bocetos. Me pregunto si podremos los escritores vender estos bocetos para que alguien los pinte. Guadalupe podría. Es la descripción —brevísima, apenas una ojeada—, la que construye las imágenes, a veces a través de una despojada enumeración, más minimalista que imaginista: no el símbolo, sino la cosa, a la manera de un poeta como William Carlos Williams. Estas son las sorpresas de la caja que, con sabiduría de miniaturista, escribió Guadalupe Ángela para los afanes lectores de buscadores de tesoros mínimos, pero invaluables. Fernando Montesdeoca Ciudad de Oaxaca, enero de 2009.

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E

l suelo amaneció mojado. Toda la noche había llovido pero ella no escuchó el goteo en el canelón. Estaba sumergida en un sueño, donde el héroe no perdió la oportunidad de manosear a la chica que había salvado del incendio. Alguien más rizó su cabello. Despertó. Nadie estaba a su lado. Tocó su pubis, luego la cama. Tenía que cambiar las sábanas, pero antes de hacerlo, permaneció un rato mirando la mancha como si mirara el cielo.

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L

a vidente me dijo que hay que visualizar los deseos para hacerlos realidad, luego, tendió la hoja y el lápiz. —Tienes tres minutos para dibujar lo que más deseas, desde ahora cuenta el tiempo. —Sentenció y cerró los ojos. Limpié el sudor de mi mano derecha en la falda amarilla que traía. Dibujé. La cara de mi amante era redonda, su cabello encaracolado, barba, ojos grandes, radiantes, negros. Su nariz no era especial, casi indiferente. Su boca tenía la expresión de estar a punto de besar. Lo miré y parecía un personaje romano de algún libro de primaria. Hice el cuerpo robusto, perfecto para el abrazo… Terminó el tiempo. La mujer abrió los ojos y me arrebató el papel para guardarlo en una bolsa hecha de retazos. Noté que a una de las manos de la figura le faltaba el dedo meñique. Pagué lo acordado. Salí. Todavía sudaba. Tomé el autobús, en el interior, un hombre me miraba. Vi sus manos. Desconfié. Caminé hacia la puerta y toqué el timbre. El autobús se detuvo. Bajé. El hombre corrió tras de mí. Arrebató mi bolsa y me empujó. Permanecí tirada mientras comenzaba la noche, la lluvia, el frío.

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Para mi amigo H.

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ólo Horacio vino a visitarme, comentó que Sofía había dejado un par de zapatos negros con tacones rojos, que él había acomodado esa mañana, uno junto al otro y que la mancha gris guardaba la pisada de los pies blancos. Yo le mostraba fotos de la ciudad donde ella estaría, el parque junto al mar, los cuervos vigilando los tótems, los rojos extendiendo sus líneas en los barcos. Entre las fotos había una carta de mi hermano que se deslizó entre mis pies, escrita hace más de diez años. La levanté y leí en silencio. Horacio, sentado en la poltrona, me miraba. Sostuve en mis manos las fotos y la carta cuando alcé la vista. El golpe sonoro cayó sobre la tarde y extendía sus alas. Horacio dijo que tenía que irse. Me senté en el quicio de la puerta mientras lo veía marcharse. Creí, por un momento, ser yo a quien un amante hubiera abandonado. La lluvia no se detuvo sino hasta el día siguiente.

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La ventana

T

odo ha terminado. — ¿Todo? —Sí, todo, puede ponerse la ropa.

La doctora tiró los guantes. La enfermera extendió el biombo. Rocío se sentó, miró sus pies descalzos. Quitó la bata, estaba desnuda. La habitación se encontraba en el tercer piso. Miró hacia la ventana. Miró cómo se movía la punta del pino antes de la lluvia. Luego puso sus bragas, su sostén, la camiseta, los jeans. Nadie la vio salir de la clínica.

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D

octor, doctor, sáqueme ese diente. Sí, ya sé que usted prefiere hacerme una endodoncia, pero no, por favor, saque ese molar. Para mí, ya no tiene ningún valor. Doctor, por favor, entiéndame, no resisto al dolor. No quiero más dolor en mi vida, ni el de una muela. Prefiero no tener dientes. Por favor, no me mire así. Sólo sáqueme ese molar. Olvide la regla de salvar los dientes aunque estén hechos pedazos. No soporto el sonido del taladro, ni el piquete de las agujas ni el sabor de la sangre. Doctor, deténgase, sáqueme ese maldito diente, doctor, de verdad, ¿doctor?

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Higos

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e mudé de casa. La ventana de la habitación daba a una construcción de adobe. Había un hombre trabajando. Puse una cortina. Después de varias tardes de lluvia dejé de escuchar el martilleo. Sólo le faltaba el techo, en el patio trasero había bicicletas, sillas y cubetas oxidadas; en el centro, una higuera cargada. No lograba alcanzar sus frutos de cáscara color vino. Unos días después volvió el hombre de la construcción, trabajaba solo. Era un hombre alto, usaba sombrero de alas encaracoladas. Lo veía por unos segundos cada vez que soplaba el viento. Una noche, al regresar, encontré en el alféizar un higo. Inmediatamente lo abrí y su color rosa se precipitó entre mis manos, percibí sus semillas minúsculas en mi lengua. Quedé pegajosa de la boca. El techo estaba terminado.

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Para Joshua

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ensó que era mejor caminar sola sus regresos a casa, guardarse para la noche, mirar envejecer las líneas del espejo. Era mejor creer que sus canas contrastaban con las sombras. Pensó que había sido mala idea mirar el color verde de los ojos del joven y haberlo acompañado al jardín de plantas cactáceas. Era mejor no haber probado la flor de la yuca ni haberlo visto cocinar descalzo. Era mejor no haber sentido la fuerza del árbol y haberse columpiado hasta quedar de cabeza. Eso pensaba cuando veía la banda del pueblo, los garrafones de aguardiente sobre la mula, la gente alborotada por las celebraciones de julio y entre la muchedumbre, estaba él, el joven norteamericano rodeado por la gente que le aplaudía y lo tocaba mientras bailaba, así, sin ritmo, con la más alta de las muchachas.

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Cuchillitos

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e duelen los ojos. Tengo diez cuchillitos en cada uno. La pupila se ve como un huevo en el momento en que se fríe en el sartén. Traigo dos huevos estrellados como ojos. A veces trato de quitar los cuchillitos pero temo sangrar. Mi último amante era un faquir. Recuerdo que no podía estar nunca con las manos quietas. Acepté que me hipnotizara. Cuando lo hizo, yo imaginaba estar en el bosque donde vivía Bambi, lograba ocultar a su mamá, la cierva, para evitar que los cazadores la mataran. Cuando desperté de la hipnosis, el ardor en mis ojos era insoportable, borrosamente me vi en el espejo y grité. Casi ciega, busqué a mi amante, dije su nombre tantas veces que no sabía si lo decía o era un eco de la habitación. No regresó. Todavía tengo los cuchillitos, veo todas las cosas como nubes y mis ojos no cesan de llorar. Me he hecho de un bastón y un perro. Afortunadamente, la gente aquí está acostumbrada a tropezarse, Oaxaca es una ciudad de ciegos.

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Incertidumbre

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onté los días en el calendario, esperaba la fecha exacta. Vino el mal humor rabioso como el rottweiler encadenado las 24 horas. Mis ojos se llenaron de polvo y lloré hasta sacarlo. Creí ser un globo flotando sobre la plaza viendo a las parejas acercarse sin que ellas me notaran. Brotó un grano en mi mentón y luego tres puntitos blancos rodeaban mi nariz. Llegó el domingo por la tarde, tan tibia, tan roja que manchaba mi pantaleta.

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H

ay una gorda en mi trabajo que se pinta la boca cuando llega. Al verla, me da la impresión que comió pollo frito por el aceite en sus labios. Me pregunto quién le confeccionará esos pantalones. Supe que su madre le ofrecía una rebanada de pastel cada vez que de niña hacía algún berrinche. Es curioso, sus manos pequeñas se cierran esporádicamente como si sostuvieran el mango de un látigo. Es una gorda que quiere el control sin tener acaso un puesto de mando, por eso no permite el respiro, ocupa todo el aire, acapara las sillas, las mesas. Todo es suyo según la gorda.

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n oso blanco se encontraba en la calle. Estaba flaco y sucio. Se dirigía hacia mí. Tomé un pedazo de vidrio y lo apuñalé. Cayó al suelo. Yo, con el filo del vidrio, abría su estómago. En ese momento recordé que no se debe matar a los osos. Era demasiado tarde, el oso estaba muerto, con las vísceras por fuera.

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Para Azael

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scuché su respiración lenta y sonora, toqué su color cenizo, su piel gruesa. Pensaba, al mirarlo, que habría que soplarle aire fresco en sus labios, darle un plato de sopa caliente, bañarle, peinarlo, cortar sus barbas. Habría que ser su madre por unos minutos, escuchar sus palabras de fauno. Habría que cubrirlo con una frazada de rayas y dejarlo dormir hasta el día siguiente, cuando se levantara y pidiera unas monedas. Luego, habría que verlo perderse nuevamente.

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N

unca un músico había tocado mis senos. Fue repentino. Tenía frío en las manos y le ocurrió ponerlas en la línea que dividía. Luego siguió la redondez como la figuraba. Observé asombrada y noté las uñas largas de su mano derecha. Sin avisar, sacó el seno izquierdo de la blusa y chupó el pezón que inmediatamente despertó. Hace tiempo que nadie toca mis senos, pensé. Luego, salió de la casa. Me quedé en el umbral, con un seno al descubierto, mirando cómo caían las hojas del árbol que hábilmente las hormigas mordisqueaban.

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V

ine a cambiar estos aretes. —Los puso en mi mano, se hallaban manchados y rotos. La miré. Tenía los ojos rojos y estaba pálida. —Habrá que terminar con esto. Vengo a despedirme. Se acabó. —¿Qué sucedió? —Pregunté. —No lo sé. Regresó tarde, de madrugada, furioso, insultando a quien encontrara en el camino. Discutimos. Luego Silvia detuvo la conversación, guardó silencio, mordió sus labios para no llorar más, descubrió sus orejas jalando hacia atrás su cabello. —Me los arrancó, —susurró. Había una herida, desde el pequeño orificio hasta la orilla de los lóbulos, la sangre cicatrizaba. —Me voy de aquí. Yo abrí el cajón, le di todo lo que guardaba. Nunca más escuché de ella. —

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speró tres años para pagar la tenencia. Odiaba la idea de tener que pagar el impuesto inventado para financiar las olimpiadas. No había otra opción, si quería ser legal y viajar tranquilamente con el auto. Mesero, una botella más de whisky, cambie los vasos, ah, y otro plato de carnes frías. Sírvete, compadre. Finalmente le habían pagado los tres meses de sueldo que le debían. Después de liquidar los préstamos que había solicitado, restaba el monto exacto para el costo en las oficinas de finanzas. Ven, siéntate aquí, mi secre, tan chula, tan güera, como me gustan. Te vas a echar otra conmigo, ¿no? Luisa se encontraba en la fila. Agradecía que hubiera computadoras que contuvieran todos los datos. Se han modernizado, quizás así sea menos posible la mordida, pensó. Se limpió las manos en el pantalón. Llevar esa cantidad de dinero la ponía nerviosa. Sentimientos de coraje y de alivio se mezclaron en el rostro limpio de maquillaje. Pues creo que ya es hora de irse a trabajar, ya son las once de la mañana, ¿no compadre?, no ha dejado de sonar ese pinche celular, no pueden hacer nada sin mí. Guëra, tú te vas conmigo. ¿Dónde está el chofer?... Mesero, la cuenta. Sacó un fajo de billetes que se agrupaban con una liga y pagó los nueve mil pesos.

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n el bar una luz intermitente coloreaba las figuras que saltaban con la música electrónica. Berlín, se llamaba el espacio, con espejos en las paredes y televisiones donde se proyectaban encuentros íntimos, entre hombres y mujeres, hombres y hombres, mujeres y mujeres y otras combinaciones. Adelaida salió esa noche con el ánimo de gastar todo el dinero que traía en el bolsillo y olvidar su trabajo de barman por un rato. Lo vio, de contornos perfectos, con la cantidad de carne que se apetecía. Pensaba que en ese país había un culto al cuerpo que dilataba el envejecimiento. Se veía mayor pero con una vitalidad suficiente para despertar en ella el apetito. Pronto estaban conversando alrededor de unas copas de Martini, ofreciéndose entre sí las aceitunas. No tardaron en llegar a un acuerdo. Se subió al auto largo y naranja con la capota abierta para el verano. El cabello de Adelaida se mecía y ella era feliz en esa ciudad de rascacielos. Llegaron. El hombre mantenía ordenada su casa. Preparó una cena, tenía habilidades no sólo para la cocina sino también para quitar la ropa de Adelaida y encontrar los puntos más vulnerables que llevan al orgasmo. Acabaron en la alfombra. Luego, él le dijo que quería lavarse los dientes. Ella esperó pero él tomaba demasiado tiempo, Adelaida sospechó, recordaba que era un desconocido, se vistió y se dirigió sigilosamente al baño. La puerta estaba abierta, él tenía en una mano el cepillo y en la otra, la dentadura postiza, le sonrió sin diente alguno. Ella, también, luego, salió de puntitas de la casa.


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Parecidos

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o le recordaba a su madre. Iselda también había nacido en la isla, usaba el cabello suelto igual que yo, los rizos le tocaban los hombros desnudos, se enredaba en telas de colores, faldas y blusas que ataba con un nudo. Murió en el barco cuando huía del matrimonio. El amante no sabía navegar pero era el único que realmente le había ofrecido la felicidad. Dejó a los tres adolescentes, entre ellos, Anahí. La madre no la había querido por el parecido con el padre. La hija le jalaba el vestido una y otra vez, la seguía, incluso hasta el hotel, donde esperaba afuera hasta ver a su madre salir despeinada, sonriendo, con el rostro lozano. Su madre le daba un dulce para que callara. La niña no desistía al deseo de ser amada. La vio partir en el barco sin saber que nunca más volvería. Huérfana, Anahí, me buscaba, intentaba de la misma forma convencerme. Yo tampoco podía por el parecido con su padre, la misma nariz, la baja estatura, el acné de la piel. Todas las tardes se detenía fuera de mi tienda. Esperaba hasta que dejó de venir. Una noche la vi con un chico, iba en una motocicleta rodeando el malecón, ella lo abrazaba, se sentaba muy cerca de su espalda. Él tenía el rostro igual al del santo de la isla. más tarde sufrió el accidente al patinarse en la curva. Nadie la reconoció el día del percance, sólo yo, unas semanas después, cuando vi la noticia en el periódico mientras envolvía unas cajas. Tenía la misma expresión de súplica que había manifestado de niña, se había raspado y tenía heridas en todo el rostro 25


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pero su mirada guardaba el parecido con su padre, lo que me hizo continuar mi labor y sellar las cajas, luego, envié los paquetes de mercancía con la imagen del periódico fijada con cinta adhesiva a un pueblo de pescadores. Me lavé las manos.

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Poca luz, por favor

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pesar del intento por balancear en el aire entre mano izquierda y derecha, a pesar de mi fascinación, las clavas siguen cayendo al suelo. Iba absorta en mis pensamientos tanto que adormecí, por un instante toqué las orillas del sueño. Desperté, el autobús se había detenido por la tapia. Mis dos amigos parecían dormidos pero no volvieron en sí. Una serie de personas uniformadas nos sacaron para ponernos en camillas mientras yo veía la franja fosforescente de sus pantalones. A lo lejos escuchaba la voz que me hablaba. El volante oxida con los días. Oprime el tórax hasta provocarme la náusea, el vómito. Eso sucede cuando abro las persianas de mi cuarto y miro a lo lejos el cementerio de autos.

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El viaje

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a ciudad era circular. Los habitantes se movían en ocho; la vuelta al trabajo y a los limitados entretenimientos. Los rostros formaban un valle monótono. Los sonidos de los cubiertos se repetían diariamente en la casa de Efraín. Su madre lo esperaría para contar las mismas historias durante la hora de la comida. Después vendría el silencioso juego de damas chinas, donde sentía que realmente podía comunicarse con ella. Efraín había encontrado en un bazar una serie de libros de autores japoneses. En las tardes se sumergía en las lecturas, el único sitio para romper con el circulo. El bostezo se prolongaba en el autobús de las tres de la tarde. Las cabezas de los pasajeros se reclinaban de un lado a otro. No podían sostenerse por sí mismas. Afuera, un humo pestilente se fusionaba con los insultos de los conductores. Descendió, nadie lo saludó en el trayecto por la calle empinada. De repente, afuera del hotel, apareció una mujer. Hay momentos muy breves en los cuales se ve la belleza del mundo, éste era uno de esos acontecimientos. Agradeció la presencia de ese letrero: Hotel Azucenas. La mujer dejó de observar la calle, que terminaba en el principio de la montaña, para virar hacia él. Efraín quiso esconder la vergüenza de su portafolio anticuado, de su chaleco de rombos, que en ese momento caluroso lo ridiculizaba. Ella se dirigió hacia él. Las manos de Efraín le indicaron el camino hacia la plaza solicitada. Ese fue el comienzo para


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ver, a través de los ojos de ella, una ciudad de cielos rojos y fuentes. Relacionó estos momentos con la frase que había subrayado en uno de los cuentos japoneses de la posguerra: ¿Acaso el amor le daba la vista? Una semana de interminables deseos no era suficiente, sin embargo ella tenía que partir de un aeropuerto indiferente a cualquier despedida. La dirección que él anotó, la guardó como piedra prodigiosa. La primera carta, contenía una postal y la frase: La vida está en otra parte. Impulsivo, se dibujó en ella, en un intento de estar caminando en ese puente, propicio para largas contemplaciones. La segunda carta contenía una invitación a visitarla. No podía resistirse a la idea de ser otro en un país distinto. La nieve, tan ajena, lo invitaba. Un simple boleto cambiaría la situación estática de profesor de provincia. Marcaba, con una flecha, el calendario. Deseaba irse. El día llegó. El vuelo había sido largo y tedioso. Se angustió por el rigor de los agentes migratorios y por la falta de la habilidad de hablar la lengua del país. Sus gestos delataban su inexperiencia en los viajes. Finalmente encontró la sala de llegadas. No veía el rostro anhelado. Sudó de manera excesiva. Llamó al número escrito, no escuchaba ningún tono, ninguna palabra. Esperó la tarde entera. En la noche, sentado en una de las sillas del aeropuerto, iba recreando la historia, ¿cuál era el eslabón perdido? Decidió ir a esa dirección. En la puerta había un letrero que él no pudo entender, la casa estaba completamente en ruinas. Un hombre, que hablaba una lengua que ambos

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comprendían, lo ayudó a regresar al aeropuerto. En el camino, le comentó que muchos hombres, en su mayoría mayores de edad y buenos lectores, habían llegado en busca de esa mujer. El viejo hombre deducía que habían sido atraídos por el exquisito retrato que creó Katsuichiro Nunoo de la joven protagonista Kazumi Uenishi, en su breve y única novela El viaje fuera del círculo.

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La lectura

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na leía a partir de las 5 de la tarde. Había encontrado un lugar propicio para sus lecturas: la cocina. Todo en ella era completamente blanco. Antes de empezar, abría la ventana desde donde se veía el atardecer sobre un lote baldío. A esa hora, su madre iba a clases de costura y su padre al taller mecánico. Ana caminó sobre las palabras, sacudió su mano para espantar las hormigas que querían comerse las letras. Después de las comillas, había un espejo en donde Ana se miró. Suspiró la soledad de la protagonista y no supo cómo consolarla. Ana no era fea, pero su cuerpo se había detenido en esa fase donde todavía no se forman las curvas pero ya no se es niña. Tomó un alfiler de la canasta y se pinchó el dedo. Escuchó al papel absorber la primera gota de sangre. Cuando sus padres regresaron no encontraron a Ana, sólo las hojas del libro aleteando.

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Índice Prólogo Caja de sorpresas / 5 El suelo amaneció mojado / 9 La vidente / 10 Sólo Horacio vino a visitarme / 11 La ventana / 12 Doctor / 13 Higos / 14 Pensó que era mejor caminar sola / 15 Cuchillitos / 16 Incertidumbre / 17 Hay una gorda en mi trabajo / 18 Un oso blanco / 19 Escuché su respiración / 20 Nunca un músico había tocado mis senos / 21 Vine a cambiar estos aretes / 22 Esperó tres años / 23 En el bar / 24 Parecidos / 25 Poca luz, por favor / 27 El viaje / 28 La lectura / 31


e Cuchillitos de Guadalupe Ángela se imprimió en la ciudad de Oaxaca, el mes febrero de 2009. La edición consta de 500 ejemplares más resto para reposición. El cuidado de la edición estuvo a cargo de Jesús Rito García. Se usaron las tipografías Garamond de 9, 11 y 14; Garamond Premier Pro de 20, 25 y 30 pts.


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