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Pedro Miguel Lamet

LAS PALABRAS VIVAS Confidencias de Juan, el discĂ­pulo predilecto Madrid 2011


Las palabras vivas

Apéndice Al que leyere

El libro que el lector tiene en sus manos no es un comentario exegético, ni un ensayo más, ni un relato de ficción, ni un tratado espiritual sobre el evangelio de san Juan, aunque pueda llegar a contener algo de todo eso. Se acerca más a la recreación literaria en línea de mi anterior libro Las palabras calladas: Diario de María de Nazaret, que obtuvo una excelente acogida y numerosas ediciones y lectores. Aquella obra, una de las preferidas de cuantas he escrito, intentaba llenar, a base de imaginación, evocación y datos históricos y arqueológicos, las carencias existentes sobre lo que pudo ser la experiencia vital de la madre Jesús. Pretendía, como un miniaturista medieval, poner rostros, color y paisaje, a los pocos datos que narran los evangelios. Mi propósito de escribir algo parecido sobre el evangelista Juan, el «discípulo amado» y uno de los personajes más fascinantes del entorno de Jesús, suponía un planteamiento diferente: poner en escena a un apóstol, que escribió el texto de los evangelios más complejo y sugerente, más teológico y simbólico de los cuatro que conservamos. Sobre él los especialistas se han hecho diversas preguntas. ¿Son el apóstol y el autor del evangelio la misma persona? Juan (en hebreo ‫ ןנחוי‬Yohanan, «el Señor es misericordioso») fue, según diversos textos neotestamentarios 189


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(Evangelios sinópticos, Hechos de los Apóstoles, Epístola a los Gálatas), uno de los discípulos de Jesús de Nazaret, natural de Betsaida en Galilea, hermano de Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y, al parecer, de una tal Salomé, una de la mujeres que seguían a Jesús. Pescador de oficio en el mar de Tiberíades, como otros apóstoles, era, según se cree, el más joven del grupo de los Doce. Se le sitúa en Cafarnaúm, como compañero y amigo de Pedro; y junto a su hermano Santiago, merecieron el calificativo de Jesús de ‫ םער ינב‬Bnéy-ré’em (arameo), Bnéy Rá’am (hebreo), que ha pasado por el griego al español como Boanerges, y que significa «hijos del trueno», por el carácter fuerte o gran ímpetu de ambos hermanos. Juan pertenecía al llamado círculo de los preferidos de Jesús, los que estuvieron a su lado en ocasiones especiales: la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración de Jesús y el huerto de Getsemaní, donde Jesús se retiró a orar en agonía ante la perspectiva de su pasión y muerte. También fue testigo privilegiado de las apariciones de Jesús resucitado y de la pesca milagrosa en el Mar de Tiberíades. Según los Hechos de los Apóstoles, Juan el Apóstol esperó la venida del Espíritu con los demás apóstoles en Pentecostés, como uno de los miembros más destacados de la comunidad, junto a Pedro, a quien acompañó tanto en la predicación inicial en el Templo de Jerusalén, en donde fue apresado y llega a comparecer ante el Gran Sanedrín por causa de Jesús, como también en su viaje de predicación a Samaría. Por otra parte, Pablo de Tarso lo menciona como uno de los «pilares» de la Iglesia primitiva en la epístola a los Gálatas, lo que hace suponer que participó en el Concilio de Jerusalén. 190


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Pero, ¿fueron Juan el Apóstol y Juan el Evangelista la misma persona, y el autor o inspirador de otros libros del Nuevo Testamento, como el Apocalipsis y las Epístolas joánicas? La tradición cristiana y la cultura universal así lo ven. Muchos autores lo identifican con el discípulo a quien Jesús amaba, el que cuidó de María, madre de Jesús, a petición del propio crucificado. Diversos textos patrísticos lo sitúan en el destierro en la isla de Patmos durante el gobierno de Domiciano, donde habría escrito el Apocalipsis y una prolongada estancia en Éfeso, constituido en fundamento de la vigorosa «comunidad joánica», en cuyo marco habría concluido su evangelio y muerto a edad avanzada. Dejo a los eruditos la encendida discusión de si el «discípulo amado» fue o no Juan el apóstol y si es el autor del evangelio o, por el contrario, algún miembro destacado de la comunidad joánica de Éfeso. El propósito de este libro, situado en la fronteras de la creación literaria, la exégesis y un tímido acercamiento a la vivencia mística, intenta barruntar qué sentiría Juan, el amigo de Jesús, al reclinar su cabeza sobre el pecho del Maestro a partir de «las palabras vivas», conservadas en el evangelio más sugerente y profundo que ha llegado a nosotros. Viene a ser desde la ficción, muy respetuosa con los textos sagrados, un comentario de Juan escrito por el propio Juan. Cuentan los historiadores, que después de un especial interés en la primera era cristiana por el texto de Mateo, como más cercano a la mentalidad judía, en los siglos sucesivos el cuarto evangelio suscitó gran fascinación entre los Padres, hasta el extremo de que Orígenes llegó a escribir: La pregunta de toda la Escritura es el Evangelio, pero la primicia de los evangelios es el Evangelio 191


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que nos ha transmitido Juan, cuyo significado profundo nadie podrá capturar jamás, excepto aquel que posó la cabeza sobre el pecho de Jesús (In Ioh 1,4). Desde Orígenes y Crisóstomo a los contemporáneos Raymond E. Brown y Rudolf Schnackenburg, pasando por Agustín, Cirilo de Alejandría, Teodoro de Mopsuestia y los medievales Ruperto de Deutz, Tomás de Aquino o Buenaventura, se han interesado vivamente por esta versión de la Buena Noticia. Hoy los especialistas se preguntan sobre su redacción, si procede de fuentes múltiples o ediciones diversas; su estructura; el alcance de su contenido espiritual y teológico. Sobre Juan existe abundante bibliografía de la que destacaría las obras de Barrett, Bartolomé, Blank, Brown, Cárdenas, Dodd, Jaubert, Leon-Dufour, Lona, Mateos-Barreto, Moloney, Poffet, Tuñí, Tilborg, Schnackenbourg, etc. El lector interesado podrá satisfacer su avidez de estudio en esa abundante bibliografía, de la que recomiendo los comentarios de Brown, Mateos y Tuñí. En estas páginas, más que seguir el relato cronológico, he preferido realizar cortes diacrónicos en cada palabra, por sintonizar con la experiencia intemporal, eterna o mística de Juan al posar su cabeza en el pecho de Jesús, como si cada palabra viva de su Evangelio encerrara la biografía entera de Jesús desde la óptica de un Juan desde que despierta a la vida eterna. Decía Karl Rahner que la palabra poética o «protopalabra» es la última y más preñada palabra humana antes de la palabra de Dios. Yo creo que Juan es el más poeta de los evangelistas, además del más místico, y por esa razón, he intentado que la creación literaria ayude a la exégesis en la confluencia de esta pequeña obra, que exige 192


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una lectura pausada o meditativa para poder saborear su misterio y simbolismo. El Apocalipsis, libro más críptico y profético, condicionado por las persecuciones del tiempo en que fue escrito, excede al planteamiento de este libro, aunque no faltan en él algunas referencias. No buscan estas páginas, como mis anteriores aproximaciones bíblicas desde el género narrativo –Las palabras calladas (2004) y El retrato: Imago hominis (2007)– un modo de inmiscuirme en el ámbito de los escrituristas, exégetas y teólogos, aunque haya bebido mucho en ellos, sino acercar al lector, desde la vida cotidiana, el mensaje abrasador que transmite Juan, consciente de que, como dice Orígenes, en la frase citada, «su significado profundo nadie podrá capturar jamás». Lo que no quita que todos tengamos derecho a beber en ese pozo y sacar agua. En un mundo de inmediatez y fugacidad, como el que nos ha tocado vivir, el evangelista Juan tiene mucho que decir sobre la dimensión definitiva de la vida. Sus palabras, que a partir de la descripción realista y hasta provista de cierto humor irónico alcanzan la categoría de símbolo y, por tanto, «saltan a la vida eterna», tocan la fibra más profunda del hombre, desvanecen el fantasma de la muerte y nos sitúan en la paz de lo definitivo. Más que ofrecer una biografía de Jesús en el sentido estricto que hoy damos a la palabra, lo que Juan pretende es introducir al lector en una profunda reflexión y degustación acerca de la persona del Hijo de Dios y del misterio de la redención que en él nos ha sido revelado. En Cristo el Mesías se ha manifestado el amor de Dios y, por medio de él, el creyente tiene acceso a la vida eterna (14,2.23); es decir, a una vida de comunión con el Padre. Solo el poema-prólogo es en mi opinión el más profundo y evocador texto del Nuevo Testamento. 193


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Ojalá el lector, como el protagonista de este singular relato pueda, quizás con ayuda de las páginas de este libro o su propia meditación, exclamar con Juan tras reclinar su cabeza sobre el pecho amigo: «Podía oír las palabras, contemplar los gestos; pero mi alma volaba alto en volandas de un amor sin medida, fundido como hierro con fuego, gota en el mar, lluvia en la tierra, lejos de todo y cerca de nada, arrebatado por el compás ardiente de aquel infinito corazón de amigo».

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Este libro es un intento de barruntar qué sentiría Juan, el amigo de Jesús al reclinar su cabeza...