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Paz Matud Juristo

LA GOTA Perlas de sabidurĂ­a


PRÓLOGO Cuentan que hace mucho tiempo vivía en el Sacromonte un anciano que murió a los noventa y cinco años, pobre como las ratas, con un billete de lotería en la mano, premiado con el «gordo». El abuelo Ricardo, como era conocido, no había ido nunca a cobrarlo. Unos decían que por puro despiste: ni siquiera sabía que tenía tal billete en el bolsillo, otros decían que el pobre era tan simple, que ni siquiera sabía qué había que hacer para cobrarlo, o adónde había que acudir. Quizás lo intentara en el sitio equivocado y los había que incluso hablaban que, sabiendo todo eso, el abuelo Ricardo no quería que ese premio cambiara radicalmente su vida. 5


Vivía tranquilo entre el cigarrito y el mus, pues no había conocido otra cosa. Y ahora, escúchame. Sí, sí, tú. El que está leyendo estas líneas. Tengo una noticia extraordinaria para ti. Tan maravillosa, que no sé si vas a poder creerla. Tú también tienes un billete de lotería, con el «gordo» en el bolsillo. Sí, sí, el premio «gordo». Y no el del dinero, eso es demasiado poco para ti. Tú te mereces algo mucho mejor, algo tan extraordinario que, de cobrarlo, puede ser que no vuelvas a ser el mismo y vivas con el corazón a punto de estallarte de felicidad. ¿Qué no lo crees? Entonces te pasa como al abuelo Ricardo, ni lo sabes siquiera y nadie te lo había dicho. O quizá lo sabes, pero desconoces dónde hay que ir para cobrarlo. O tal vez has ido una y otra vez, pero al lugar equivocado, aunque bien pensado podría ser que te diera miedo ir a cobrarlo. Al fin y al cabo estás a 6


gusto instalado en tu pobre vida, entre algunos buenos ratos con felicidades de andar por casa. «¿Qué supondrá ese premio? ¿Acaso va a desmontarme mis rutinas?», te preguntas. Y todo eso está muy bien, puedes seguir como estás, porque tu existencia te parece perfecta y puedes morir como el pobre abuelo Ricardo. Pero si en un instante glorioso, decides meter la mano en el bolsillo e ir a cobrar tu premio, sigue leyendo. El único requisito para descubrir ese premio, es que seas capaz de leer con la mente abierta, con un pensamiento virgen, libre de perjuicios. El creyente tradicional y el ateo combativo, tendrán que darle una oportunidad a lo que lean, aunque sus ideas caigan como un castillo de naipes. Si eres capaz de leerlo así, de abrir una ventana a una tercera dimensión desconocida, puede que cobres tu premio. 7


Léelo despacito y exprime cada pensamiento como un limón, hasta que ya no tenga más jugo, y vuelve una y otra vez a leerlo o no descubrirás su secreto. Si algún texto te escuece o te da vértigo, tanto mejor. Estás explorando caminos desconocidos que, hasta ahora, nunca te habías atrevido a recorrer. Y finalmente comprenderás que te habías acostumbrado, como el abuelo Ricardo, a vivir en un corazón estéril. Y si haces vida lo que lees, se irá convirtiendo, poco a poco, gota a gota, en un jardín extraordinario, que permanecerá en flor eternamente. La Autora Madrid, 28 de diciembre de 2010

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Lagota