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El camino hacia casa Dios habita dentro de nuestro corazรณn


Roberto Fusco

El camino hacia casa Dios habita dentro de nuestro corazรณn

Prรณlogo de Valerio Lazzeri


Foto: Pixabay Cubierta: Isabel García Título original: Tornare a casa Traductora: Ezequiel Varona Valdivielso © PAULINAS 2019 Carril del Conde, 62 - 28043 Madrid Tel.: 91 721 89 84 - Fax: 91 759 02 04 E-mail: editorial@paulinas.es www.paulinas.es © Edizioni San Paolo s.r.l., 2018 Cinisello Balsamo (Milán) ISBN: 978-84-17398-35-4 Depósito Legal: M-29713-2019 Impreso en Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid) Printed in Spain. Impreso en España Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com) 91 702 19 70 /93 272 04 45.


PRÓLOGO


Todos los amigos de Dios que aparecen en la Biblia, son personas que viajaron mucho. La vida de Abrahán y Moisés, de los patriarcas, los profetas y muchos otros en las Escrituras es la vida de grandes viajeros. Por la fe, y confortados por la presencia del Altísimo, recorrieron grandes distancias superando innumerables peligros. A ellos se pueden añadir, también, aquellos que en cualquier época caminaron impulsados por el fuego del acontecimiento de salvación que se realizó en la persona de Jesucristo. A cada uno de estos recorridos por tierra y por mar, evidentemente, corresponde un itinerario interior hacia la región más desconocida, la del corazón. Ahí llega a su fin el largo camino que Dios recorre, primero con Israel y después con toda la humanidad. Una historia de amor que no se detiene ni ante las mayores dificultades, derrotas o infidelidades de los seres humanos. Es ejemplar al respecto la historia de Elías. En 1Re 19,1-21, el profeta de la palabra de fuego y lleno de ardor se nos presenta en medio de una crisis dramática. Se apodera de él una sensación de derrota y agotamiento. Vive 11


la misma postración, como nos sucede a nosotros muchas veces en la vida cotidiana, que nos induce a arrojar la toalla ante las dificultades que la existencia nos depara. Y sin embargo, el recorrido de Elías se renueva precisamente cuando todo le induciría a creer que está acabado, y un misterioso encuentro transforma lo que empieza como una trivial huida de las adversidades, motivada por el miedo, en una peregrinación hacia el monte de Dios, el Horeb. La experiencia de la fragilidad y del temor hace auténtica su humanidad. Se descubre débil y vulnerable, como los demás. Es una inmersión en la propia vulnerabilidad lo que le hace prestar atención a la voz de Dios, contacto secreto, ligero susurro y brisa delicada, de la que brotan los recursos que darán un nuevo impulso a su ministerio profético. El libro de Roberto Fusco nos introduce en este surco de reflexión. Lo extiende y traduce en términos sugerentes y perfectamente accesibles. A través de una serie de argumentos, tratados con un toque eminentemente existencial y concreto, desarrolla la pista de un camino espiritual accesible a todos, ofreciéndonos un mapa esencial para hacer el viaje más importante de nuestra vida, el de la interioridad. 12


La interioridad es uno de los conceptos peor interpretados e ideológicamente más manipulados de nuestra cultura. Este texto, apoyándose en la doctrina de grandes maestros del espíritu, antiguos y modernos, trata de explicar de manera sencilla, convincente y sobre todo práctica, cómo cada uno de nosotros, pese a las tareas cotidianas y en las situaciones a menudo frenéticas de nuestra existencia, puede vivir una auténtica comunión con Dios. El libro toma, como pauta ideal, el camino de los discípulos de Emaús. Ellos, aunque van cansados, exhaustos y sin esperanza, hacen el descubrimiento más precioso de su vida. Independientemente de cuáles fueran sus convicciones o lo que creían haber entendido de Jesús, se dan cuenta de que está vivo y resucitado y, después de haber sido acompañados por él, lo reconocen al partir el pan. Muy a menudo nuestra experiencia describe precisamente la misma experiencia de Cleofás y de su desconocido amigo: con frecuencia nos sentimos defraudados y maltratados por una vida que parece discurrir más deprisa que nosotros y no nos deja el tiempo para comprender las verdades profundas de nuestra existencia.

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Sin embargo, aunque no nos demos cuenta, el Señor está siempre a nuestro lado. Es preciso seguir caminando, aunque no seamos conscientes de su presencia, aunque a menudo los demonios que periódicamente aparecen en nuestro camino, intenten apartarnos de la vereda o persuadirnos de que no merece la pena continuar. Al final nos encontramos en casa. Esta es la idea de fondo de todo el texto de Roberto Fusco. La indicación sirve para todos: vivimos como si estuviéramos fuera de casa, quién sabe dónde ni con quién, mientras que tenemos un padre que nos espera en nuestra casa, para festejar con nosotros y devolvernos esa dignidad a la que demasiadas veces renunciamos por diversos motivos. Iniciamos nuestro recorrido hacia casa cuando nos percatamos de que hay alguien que nos anda buscando, y esto sucede incluso cuando hacemos todo lo posible para rehuir su mirada y su presencia, tal vez por temor o vergüenza. Ninguno de nosotros ha de sentirse excluido de este recorrido de regreso a casa, es decir, a las cosas más preciosas y auténticas de la vida. Por eso, la propuesta que aquí se nos ofrece puede ayudarnos a hacer nacer dentro de nosotros una nueva conciencia, nuevos estímulos evangélicos 14


y nuevas resoluciones, para movernos con más facilidad –para usar la imagen de santa Teresa de Ávila– dentro del castillo de nuestra alma, donde nos espera el Esposo. Deseo que todos los que lean este libro descubran en su interior la recta inquietud y el anhelo profundo de ponerse en camino. No debemos tener miedo de dar un solo paso en la dirección justa, aun sin saber si tendremos la fuerza para dar el paso siguiente. En todo caso lo decisivo es lo que podemos hacer hoy, si no renunciamos a ello. Un monje cartujo del siglo XIX decía: «No me arrepiento de haberme lanzado por los caminos interiores. Es mil veces más interesante fracasar en este ámbito que tener éxito en muchos otros». † Valerio Lazzeri Obispo de Lugano

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INTRODUCCIÓN VIAJES Y OTRAS HISTORIAS


Vladimir y Estragón esperaban a alguien. Esperaban a un tal señor Godot, pero –por algún extraño motivo– este no llegó nunca. Habían mantenido interminables conversaciones, y el tiempo se les había hecho largo y exasperante. Pero Godot seguía sin dar señales de vida. Vladimir y Estragón decidieron poner fin a aquella inútil espera en la que se encontraban, siempre en el punto de partida, sin encontrar a nadie. Vladimir y Estragón son los personajes de un famoso drama teatral, Esperando a Godot, escrito por Samuel Beckett (1906-1989). En esta obra, el autor pone en escena el desconcierto y el sinsentido que atenazaba la conciencia colectiva ante la absurda barbarie de la segunda guerra mundial: dos hombres, sentados en un banco, deciden ponerse en camino para encontrar a un fantasmal personaje, pero que en realidad no darán nunca un paso para encontrar a su misterioso y esperado amigo.

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Muchos siglos antes de ellos, otros dos personajes se habían puesto en camino sin esperar en realidad a nadie. Cleofás y su compañero de viaje se sentían decepcionados y derrotados. Probablemente también un poco irritados, porque aquel en quien habían depositado tantas esperanzas y expectativas había muerto de manera infame unos días antes. Caminan, pero llevan un paso cansino y sin convicción, hasta que un misterioso personaje se empareja a ellos por el camino. Quizá es un simple peregrino y, sin embargo, tiene la capacidad de tocar las cuerdas más sensibles del alma de Cleofás y de su amigo, hasta el punto de que, algo más tarde, llegarían a darse cuenta de que su corazón ardía mientras él hablaba. La vicisitud de los discípulos de Emaús, contada por el evangelista Lucas (cf. Lc 24,13-34), acaba de una manera muy distinta que la de Vladimir y Estragón, y viene a decirnos que cuando nos sentimos más desesperados y derrotados por la vida, siempre hay alguien que nos espera. En nuestra vida hay muchos caminos: algunos los hemos recorrido con entusiasmo, otros con cansancio y preocupación y, en otros, todavía nos encontramos en el punto de partida. 20


Algo es seguro: si no caminamos, nos morimos. Si no nos decidimos a andar, corremos la suerte de Vladimir y Estragón. Y quién sabe cuántas veces hemos hecho esta experiencia. Pero, aunque nos sintamos derrotados y un poco decepcionados por la vida, podemos decidirnos a empezar; aunque nuestros pasos sean inseguros, pronto se nos unirá un misterioso Peregrino que nos contará cosas tan profundas que harán vibrar nuestro corazón. Este libro no da recetas sobre cómo podemos llegar a ser mejores, ni sobre cómo se pueden adquirir virtudes o erradicar vicios. Tampoco contiene una colección de oraciones para obtener algo de parte de Dios. Su finalidad consiste en hacernos sentir deseos de ponernos en camino. Si quieres, puedes considerar este libro como una ayuda para hacer una experiencia realmente espiritual. ¿Qué significa esto? A menudo tenemos una idea muy confusa y aproximada de lo que es «espiritual». Creemos que es algo que debe llevar a vivir quién sabe qué emociones o que nos conducirá a una introspección profunda… a alguna forma de relajación o de paz interior.

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En realidad, la experiencia espiritual cristiana es una experiencia en la que nosotros permitimos al Espíritu Santo de Dios que ilumine y reconforte todos los ámbitos de nuestra existencia: nuestra mente y nuestro cuerpo, nuestros sentidos y afectos, nuestras relaciones y profundidades, incluso nuestros conflictos interiores. Pero, para que esto sea posible, es preciso encontrar a Dios no fuera de nuestra vida cotidiana, sino precisamente en el centro de lo que hacemos todos los días, por poco gratificante, aburrido y doloroso que sea. Dios está justamente ahí y te espera. Esto puede ser una invitación que se te hace para que empieces a caminar. No importa si hasta ahora has andado mal, no has andado en absoluto o no has seguido los recorridos existenciales que hubieras deseado. Encontrarás, aquí, un camino que puedes recorrer en tu vida cotidiana, sencillamente leyendo las diversas partes de este libro. No es necesario ir a ningún monasterio, alejado de todo y de todos, ni aislarte dejando tu trabajo o tu familia. Porque Dios va contigo por los caminos y senderos que recorres cada día. Si quieres, puedes considerar este libro como un pequeño curso de ejercicios espirituales, que tiene como finalidad ayudarte a descubrir la 22


presencia de Dios en tu vida. A medida que lo vayas leyendo, te darás cuenta de que Dios se hace presente en tu existencia precisamente en aquello que haces y entre las personas con las que vives, a pesar de estas situaciones. Él se hace presente en la medida que prestas atención a aquello que se mueve en ti o a tu alrededor. Entonces te percatarás de que no andas vagabundeando, de que eres un peregrino que camina hacia una meta bien precisa. ¿Quieres iniciar este viaje? ¿Adónde te llevará? ¿Qué descubrimientos harás y qué conocimientos adquirirás a lo largo de tu camino? Empieza a leer y sobre todo a experimentar cuanto encuentres en él, y quizá, al fin, terminarás con alguna convicción más.

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Los Salmos, espejo del alma Entre los diversos libros que componen la Escritura, el libro de los Salmos tiene ciertamente un contenido afectivo y cordial muy particular. En efecto, en este libro inspirado emergen de manera nítida y clara los profundos sentimientos que animan la oración de personas que, desde hace más de mil años antes de Cristo, han elevado su voz a Dios a través de composiciones de altísima inspiración poética. Leonardo Boff afirma, con razón, que los Salmos son nuestra radiografía espiritual. En ellos, en efecto, podemos encontrar todos los sentimientos y las emociones que componen el complejo arcoíris de nuestra sensibilidad. El mismo Boff cita una frase de la introducción al comentario a los Salmos del reformador Juan Calvino (1509-1564): Suelo definir este libro como una anatomía de todas las partes del alma, porque no existe sentimiento humano que no esté representado en ellos como en un espejo. Creo que el Espíritu Santo ha puesto dentro de nosotros, a lo vivo, todos los dolores, tristezas, temores, esperanzas, preocupaciones, perplejidades y emociones más confusas que agitan habitualmente el espíritu humano. 93


Alegría y tristeza, deseo de venganza y perdón, ira y paz, luto y alegría… son elementos que forman parte de los Salmos, escritos por personas que, como nosotros, han experimentado en su existencia cotidiana dudas y contradicciones, pero también fe y confianza en Dios. En este momento nos surge de forma espontánea una pregunta: ¿Nuestra fe puede depender de nuestros sentimientos? ¿Nuestra relación con Dios está guiada por las emociones, hasta el punto de dejarnos condicionar por ellas? Conviene aclarar este punto. Evidentemente nos equivocaríamos, de medio a medio, si hiciéramos depender nuestra relación con Dios y, por lo tanto, nuestro viaje interior, de cómo nos sentimos o del humor con que nos levantamos por la mañana. Relacionarse con Dios significa alcanzar, poco a poco, una relación con él que sea cada vez más estable y concreta, es decir, que no dependa de los diversos y contrapuestos sentimientos que se alternan en la persona y en el carácter, según las situaciones que se viven cotidianamente. Es más, esto podría constituir un peligro; una personalidad inclinada a la depresión, la melancolía y la tristeza tenderá, en efecto, a proyectar estas vivencias interiores sobre Dios, creándose 94


una imagen angustiosa y fúnebre de él. Quien alimenta sentimientos de cólera y odio hacia las figuras primordiales de referencia (el padre o la madre), ¿qué significado atribuirá a esos pasajes bíblicos en los cuales se dice que Dios se venga, en su ira, de sus enemigos? ¿No le atribuirá a él la causa de su rabia no expresada? Estas son objeciones que tienen un significado muy preciso. Pero no debemos olvidar una cosa: la Biblia, y los Salmos en particular, han sido escritos por hombres que han experimentado alegría y esperanza, frente a las bellezas de la vida y de la creación, pero también la amargura y la tristeza del destierro, la ira frente a la injusticia o la vergüenza por sus propios fracasos… Como estos hombres antiguos, también nosotros, si por un lado no podemos dejarnos condicionar por los sentimientos y las emociones de nuestra relación con Dios, por el otro no podemos dejar de tenerlas en cuenta. Entre otras cosas porque, como ya hemos dicho más arriba, es precisamente a través de ellas como logramos comprender, gracias a una atenta escucha de nosotros mismos, qué es lo que Dios nos mueve por dentro. Nuestro sentir es lo más auténtico que brota de nosotros, aunque a veces pueda resultar confuso y contradictorio. 95


Por lo demás, ¿no tiene toda nuestra vida estas características? Quisiéramos que fuera más lineal y clara, pero… Este es el motivo por el cual, al avanzar por nuestro camino de interlocutores de Dios, podremos encontrar una ayuda muy útil, precisamente en la lectura de los Salmos. Porque estos textos, en resumidas cuentas, manifiestan quiénes somos realmente, sin adornos ni ficciones. *EJERCICIO PRÁCTICO* ¿Por qué no intentas hojear el libro de los Salmos y elegir entre ellos uno que, en este periodo, refleje mejor que los demás tu vida y lo que estás viviendo en este momento? Trata de indicar el motivo de tu elección y tu disposición actual. ...................................................................................... ...................................................................................... ...................................................................................... ...................................................................................... ...................................................................................... ......................................................................................

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CONCLUSIÓN: EL AMIGO SECRETO


Así has llegado al final de este libro. Te habrás dado cuenta de que, en realidad, la conclusión de la lectura quisiera impulsarte a comenzar en serio a caminar, para volver de nuevo a casa, al verdadero centro de tu persona, donde Dios te espera. Lo que has leído sirve para hacerte sentir el deseo de recomenzar el viaje más bello e importante de tu existencia. También habrás comprendido que no se debe esperar al final de la vida para hacer una auténtica experiencia de Dios, para encontrarnos verdaderamente con él. Las sugerencias que has encontrado en este libro, quizá, pueden darte alguna explicación sencilla para comprender cómo caminar hacia él sin condicionamientos, sino con la libertad y la convicción de que Dios es mucho más grande, bello y bueno de lo que nosotros podemos imaginar. Llegar a casa es hermoso, consolador y nos hace olvidar todo el cansancio, la soledad y la amargura que hemos sentido a lo largo del camino. Allí, junto con las personas queridas y con 145


nuestras cosas más preciosas, podemos gozar de ese don realmente importante y esencial que es la vida. Y, sin embargo, en el fondo sabemos que aún queda algo por hacer. Se puede estar en casa durante algún tiempo, pero después hay que reemprender el camino. Ulises, después de haber vuelto a su casa, en su patria, Ítaca, se dio cuenta de que su recorrido no había terminado. Como dice el poeta griego Constantinos Kavafis en su poesía titulada precisamente Ítaca, es el viaje el que nos hace el regalo más grande: la experiencia y la sabiduría. Al volver a casa, lo que nos hace realmente diferentes es el camino recorrido. Ulises debe volver a salir porque sabe que la «casa» es solo una etapa de su largo viaje. También los discípulos de Emaús, a los que aludimos al comienzo, realizan una experiencia parecida. Ellos, después de haber reconocido a Jesús y haberlo visto mientras partía el pan, olvidan el cansancio y todos los sentimientos negativos que habían experimentado, para volver a ponerse nuevamente en camino hacia Jerusalén. Allí tienen mucho que hacer aún: deben contar a todos lo que han visto y oído del Señor. Nuestro viaje hacia casa será real solamente cuando, tras haber aprendido a relacionarnos de 146


manera auténtica con Dios, después de haber superado nuestros miedos y crisis, de ser curados de todas las imágenes parciales o equivocadas sobre él y de haber aprendido a dar nombre a todo lo más profundo que se mueve dentro de nosotros, a través de la Escritura, sintamos la necesidad de compartirlo también con los demás. Es decir, de hacer el camino al revés, para que también muchos otros puedan adquirir nuestra misma experiencia liberadora y enriquecedora. Caravaggio, en la pintura La cena de Emaús, hecha en 1601 y conservada actualmente en la National Gallery de Londres, puso en el pecho de uno de los dos discípulos una venera: es la concha que designa a los peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela. Los dos discípulos son peregrinos, porque han caminado desde Jerusalén; pero son peregrinos también porque su cometido es el de volver nuevamente allí y contar aquello de lo que han sido testigos en primera persona. Exactamente igual que nosotros. Esta idea nos permite formular una última pregunta, que hemos querido dejar precisamente para el final de este libro. El evangelista Lucas, como ya hemos dicho, nos informa de que uno de los dos discípulos que caminaban hacia Emaús se llamaba Cleofás. 147


¿Y el otro? Extraño olvido, de verdad. ¿Cómo así, precisamente Lucas, que al comienzo de su evangelio dice que ha hecho investigaciones cuidadosas sobre los hechos y las personas implicadas en la historia de Jesús, se ha olvidado de transmitirnos un detalle tan significativo? Los exégetas, probablemente, justificarán el hecho diciendo que las fuentes de las que se sirvió el evangelista, que relataban el hecho de Emaús, se remontaban a unas decenas de años antes de la redacción de su texto. Después de más de treinta años de lo sucedido, los que narraron aquel episodio y que, a su vez, se lo habían oído contar a sus antepasados, no es nada extraño que se hubieran olvidado de un nombre. También podría darse otra explicación. ¿Quién es el misterioso amigo sin nombre que lleva la venera, como peregrino, y que se apresura a volver con Cleofás a Jerusalén? ¿Y si Lucas hubiese querido decir que aquel misterioso amigo es cada uno de nosotros? ¿Y si la falta del nombre no fuese un descuido, sino una ausencia buscada, precisamente para que cada uno de nosotros pueda reconocerse en aquel discípulo desconocido? No lo sabemos, pero como hipótesis es fascinante. Y también comprometida, porque nos recuerda que los viajes auténticos, los que llevan 148


al centro del alma, no están hechos para acabar así: encontrar a Dios en nuestra casa, dejarse abrazar por él y aprender a reconocerlo en nuestra vida cotidiana comporta una responsabilidad bien precisa. Hay que retroceder y hacerse, de algún modo, misioneros; es el viaje de vuelta el que da sentido también al de la ida al centro de nosotros mismos. Es un itinerario atrayente y no menos importante que el primero. Pero esta es otra historia, otro tramo de camino del que hablaremos en otra ocasión.

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Índice Prólogo........................................................... 9 Introducción: Viajes y otras historias............. 17 1. Aquí y ahora............................................... 25 2. Interioridad y contemplación..................... 43 3. Crisis y miedo............................................ 65 4. Una fe afectiva y cordial............................ 85 5. Nosotros y los otros................................... 103 6. Casa............................................................ 125 Conclusión: El amigo secreto........................ 143 Libros de los autores citados.......................... 151

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El camino hacia casa. Dios habita dentro de nuestro corazón  

Si quieres, puedes considerar este libro como un pequeño curso de ejercicios espirituales, que tiene como finalidad ayudarte a descubrir la...

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