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Davide Caldirola

MENDIGOS DE DIOS Itinerarios bĂ­blicos


Introducción Para empezar, un cuento

Desde que era pequeño, el príncipe Godofredo había mostrado una inmensa sed de saber y una aguda inteligencia. En la corte, todos estaban al tanto de su insaciable curiosidad y de sus deseos de conocer; por su parte, el principito hacía honor a su fama y acribillaba y entretenía cada día a damas, duques y marqueses con toda suerte de preguntas: ¿Por qué? ¿Dónde está…? Pero, ¿quién…? ¿Cómo es que…? Cuando hubo crecido un poco, la reina y el rey decidieron rodearlo de doctos y austeros preceptores: entonces se convocó a la corte a los profesores más eruditos y a los maestros más sabios de todo el reino y, junto con ellos, se hizo venir a palacio incluso a algunos sabios de enorme fama y prestigio provenientes de otros reinos lejanos. El príncipe bebía con avidez sus palabras y absorbía su sabiduría pero parecía que, a medida que pasaban los días, se volvía más y más melancólico y desdichado. Hasta que, una desapacible mañana de lluvia, se encerró en su propia estancia y se negó a ver y escuchar a los maestros, pidiendo únicamente que 5


lo dejaran solo. Esta lamentable y desconcertante circunstancia se repitió al día siguiente, y también al otro y así sucesivamente durante semanas y meses: Godofredo fue desmejorando rápidamente; los maestros, molestos por su incomprensible obstinación se fueron yendo de uno en uno; el rey y la reina ya no sabían qué hacer. El consejero más anciano de la corte fue quien sugirió la solución, después de miles y miles de intentos fallidos. Se presentó ante su señor y, tras una inclinación que se prolongó algo más de lo debido a causa de su artrosis, propuso con voz temblorosa: «Majestad, conozco una persona que viene muy al caso de lo que os preocupa. Se trata del viejo eremita del lago. Se dice que es capaz de desentrañar los secretos del corazón de los seres humanos; tal vez pueda curar a nuestro principito». Más por desesperación que por fe, se mandó llamar al eremita, que llegó a palacio tras unos cuantos días y no poca resistencia. Se le proporcionó alojamiento, se le dio de comer y fue conducido hasta las estancias del príncipe triste. En todo el castillo se respiraba un ambiente de tensión y expectativa a medida que iban pasando los minutos y las horas, y no salía el menor ruido de la sala donde el anciano y el muchacho estaban discutiendo. Solo los siervos más cotillas, acostumbrados a pasar días enteros pegando la oreja detrás de las puertas, juraban haber oído algún susurro o un suave cuchicheo, pero no podían precisar nada más. 6


Finalmente, salió el eremita, solo, sonriente. La reina y el rey corrieron a su encuentro y el anciano se limitó a decirles: «Id con él». El principito parecía transformado: sonreía, hablaba, preguntaba… volvía a ser el mismo de tiempo atrás. Mientras el eremita se iba, el rey en persona corrió tras él y lo alcanzó jadeante a las puertas del palacio. «No os vayáis, hombre santo», le dijo. «Aún no habéis recibido vuestra recompensa. Y ni siquiera me habéis dicho cómo habéis sido capaz de devolverle la alegría a mi hijo». El eremita se detuvo y miró fijamente a los ojos del rey. «Majestad», le respondió, «vuestro hijo alberga en su corazón una sed enorme de vida, un inmenso deseo de saber. Vos la estabais apagando con demasiadas respuestas. Yo le he devuelto la alegría de las preguntas. Alguna buena pregunta: eso es lo que necesita. Lograd que pueda interrogarse cada día y que no pierda el gusto por preguntar. Así haréis de él un hombre feliz». La sagrada escritura: una fuente inagotable de preguntas

En más de una ocasión, he tenido oportunidad de escuchar a alguien (también sacerdotes) que respondía con estas palabras a quien pedía su opinión: «Abre la Biblia; en ella está todo escrito». Es cierto: la Palabra de Dios responde a nuestros interrogantes, aunque es más que evidente que no 7


lo hace directamente, como si se tratara de una máquina expendedora de billetes de tren o de un dispensador automático de bebidas o golosinas. La Palabra más bien se deja descubrir, interrogar, penetrar. Y con frecuencia –más que ofrecer respuestas– sugiere interesantes preguntas, plantea interrogantes, pone en crisis, ofrece dificultades. El hombre que se acerca a ella no lo hace buscando principalmente un conocimiento que aprender de memoria, o esperando encontrar respuestas prefabricadas, de esas que no sabe uno qué hacer con ellas. Más bien se siente impulsado continuamente a buscar, a rascar la superficie de lo que ve y escuchar para captar su sentido profundo; se siente impulsado a aguardar el momento oportuno para expresar un juicio o una opinión; a dejar pacientemente que emerjan nuevos significados y nuevas pistas de reflexión; a desconfiar de lo que parece demasiado cierto y seguro, para descubrir la otra cara de la moneda, la otra interpretación posible. Dicho de otro modo, la Sagrada Escritura es una fuente inagotable de preguntas. Seguro que algún estudioso habrá contado incluso cuántas contiene. A nosotros no nos interesa saberlo. Las hay directas, duras, difíciles; y también hay otras escondidas entre líneas. Algunas se han vuelto famosas; otras solo las conoce quien las lee con frecuencia; todas ellas tienen una relevancia y un significado profundos. Lo cierto es que quien se acerca a la Biblia buscando principalmente respuestas –y, a lo mejor, quiere más bien pocas, pero seguras, 8


sencillas, definitivas, instantáneas, de modo que no haya que pensar demasiado–, necesariamente ha de vérselas con la inmensidad de las preguntas que la Escritura plantea al lector y al creyente. Algunas de estas preguntas quedan sin respuesta, pesadas como rocas: son preguntas que inquietan, desde hace milenios, las conciencias más sensibles de creyentes y no creyentes: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué te escondes? ¿Qué es el hombre? ¿Qué haces aquí? Un «decálogo» de preguntas para el creyente

Tal vez nos encontremos en un momento de nuestra existencia especialmente rico en cuanto a interrogantes. Tienen que ver con nuestro futuro y con las decisiones que hemos de tomar frente a él; o con nuestras decisiones para mantener la llamada a la fe; se trata de interrogantes relacionados con el mundo, con sus miedos y contradicciones; o bien ponen de manifiesto los temores y las esperanzas relativas a la Iglesia a la que pertenecemos, a su condición de signo vivo de la presencia de Cristo, al afecto que nos une a ella y a los pecados que, cada día, entrevemos en ella con amargura… Pues aquí está el itinerario de estas reflexiones, que nacieron con motivo de unos ejercicios espirituales, que podemos definir como «signos de interrogación»: con el valor conclusivo del punto y 9


2 ¿DÓNDE ESTÁS? (Gén 3,8-13)

Leer la propia historia Oyeron después los pasos del Señor que se paseaba por el jardín a la brisa de la tarde, y el hombre y su mujer se escondieron de su vista entre los árboles del jardín. 9 Pero el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?». 10Y este respondió: «Oí tus pasos por el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo, y me escondí». 11 El Señor Dios prosiguió: «¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿No habrás comido del árbol del que te prohibí comer?». 12El hombre respondió: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí». 13El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué es lo que has hecho?». Y la mujer respondió: «La serpiente me engañó y comí». 8

La primera pregunta

Para ser exactos, esta no es la primera pregunta de toda la Escritura en sentido estricto. Unos cuantos versículos antes, en la misma escena, hemos podido escuchar las palabras de la serpiente, que le decía a la mujer: «¿Es cierto que os ha dicho Dios: “No comáis de ningún árbol del jardín”?» (Gén 3,1). Pero ya sabemos que las preguntas del tenta33


dor no son más que trampas cuyo objeto siempre es enredar. No se trata de verdaderas preguntas, no buscan ningún tipo de respuesta. No pretenden obtener una información y, mucho menos, suscitar un cambio, despertar un remordimiento, provocar el deseo de transformación. Son preguntas para la muerte, no para la vida y, siendo así, habría que ser lo suficientemente astutos como para dejarlas a un lado o disponer de la fuerza de Jesús, que les opone la sabiduría del «está escrito», la sabiduría de una palabra fuerte –la de Dios– capaz de desarticular cualquier trampa del adversario (cf Mt 4,1-11). Tal vez alguien recuerde un breve cuento de Gianni Rodari titulado «Muchas preguntas». Decía así: «Había una vez un niño que hacía muchas preguntas. Esto, ciertamente, no es algo malo, más aún, es bueno. Pero era difícil responder las preguntas de este niño. Por ejemplo, preguntaba: “¿Por qué los cajones tienen mesas?... ¿Por qué las colas tienen peces?... ¿Por qué los bigotes tienen gatos?...”. El niño iba creciendo y, como nadie le respondía, se retiró a una casita en la cima de una montaña y se pasaba todo el tiempo pensando en aquellas preguntas y las anotaba en un cuaderno para, después, reflexionar sobre ellas y encontrar la respuesta, pero no lo lograba… A mucha gente le sucede lo mismo». Hay preguntas que no ayudan, que no llevan a ninguna parte. Así pues, podemos saltarnos las preguntas del Maligno y centrar nuestra atención en este primer 34


interrogante –importantísimo– de toda la Escritura. Hasta ahora, Dios se había expresado principalmente por medio de «signos de exclamación», esto es, se había expresado a través de palabras que expresaban con energía su voluntad, su proyecto acerca del mundo: «¡Haya luz!»; «¡Hagamos al hombre!»; «¡No es bueno que el hombre esté solo!», por citar alguna de estas expresiones. Ahora, por vez primera, plantea una pregunta. Y la dirige al hombre que ha creado, a Adán que ya ha pecado, que ya se ha escondido, que ya ha corrompido con su acción la belleza y la plenitud de la creación. Bien mirado, esto es signo de una inmensa esperanza. Dios no dirige sus palabras a los perfectos, sino –además, al instante– a los pecadores. Y lo primero que les pregunta es: «¿Dónde estás?», como si dijera: «A lo mejor te has perdido, pero yo vengo a buscarte». Veamos, pues, más detenidamente quién es este Adán, este hombre destinatario de la primera pregunta de Dios. Los efectos del pecado

Acabamos de decirlo. Adán no es solo un ser humano, sino un ser humano que ha obrado mal. Podría dar la impresión de que el pecado es lo que le quita la palabra a Dios, lo que lo mortifica, lo que lo saca del escenario. Pero, en realidad, sucede todo lo contrario: el pecado provoca una intervención de Dios; de inmediato, mueve a Dios a visitar al hombre que ha obrado erróneamente. Nada 35


puede apagar el deseo de Dios de comunicarse con el hombre, de buscarlo, de llegarse hasta él en su soledad. El Génesis subraya esta circunstancia mediante la fuerza del discurso directo y una pregunta tan breve como incisiva: «¿Dónde estás?». Pero, además el pecado tiene también otros efectos. El texto del Génesis los pone magistralmente de manifiesto, en primer lugar describiéndolos con detalle y, después, haciendo que emerjan a través de las mismas palabras de Adán. Si, en el caso de Dios, el primer efecto del pecado había sido el deseo de encontrarse con su criatura y de amarla aún más, no podemos decir que, en el caso del hombre, suceda lo mismo. En lugar de buscar, Adán huye; en lugar de salir al encuentro de, se esconde. Ya no se espera la visita de Dios con el corazón palpitante del enamorado, sino que se cierne como una temible amenaza; su llegada no es ya la promesa de un bien, sino el presagio de un castigo. El camino de la felicidad en la vida de un hombre debería ser el que conduce del miedo al amor; aquí sucede exactamente lo contrario; el pecado invierte toda lógica y precipita a Adán desde el amor al miedo. El mismo hombre que se entretenía con Dios poniendo nombre a los animales y a las plantas, ahora se esconde, temeroso e inseguro. Todo esto se pone de manifiesto en la referencia a los «pasos» de Dios y a su «voz» –el término «voz» aparece en el original hebreo–. Un hombre enamorado es capaz de distinguir, entre mil, el paso de su amada y, entonces, su 36


corazón empieza a latir, se agudizan sus sentidos; se llena de emoción y corre al encuentro de quien está esperando, después de aguardar vigilante su llegada. Escuchemos, por ejemplo, algún pasaje del Cantar de los Cantares: «¡Una voz!... ¡Es mi amor! He aquí que ya llega saltando por los montes, brincando por los collados. Semejante es mi amor a una gacela, a un ágil cervatillo. Vedlo ya aquí apostado detrás de nuestra cerca. Mira por las ventanas, espía por las celosías» (Cant 2,8-9). ¿Es el amado el que salta y brinca por los collados o, más bien, el corazón de la amada? ¿O son los dos juntos, con una sincronía fascinante y misteriosa? Y, ¿qué podemos decir de este «espiar» con el corazón que se le sale del pecho, con los sentidos alertas, hechizados por un deseo incontenible? En esta ocasión, no sucede en absoluto lo mismo. La reacción de Adán ante la visita de Dios está lo más lejos que quepa imaginar de la de un enamorado feliz. Lo que predomina, en cambio, es la vergüenza. Adán se avergüenza porque está desnudo. De suyo, no es una reacción lógica: es el mismo Dios el que lo ha creado, el que lo conoce por dentro y por fuera, como dice el Salmo 139 (138): Señor, Tú me sondeas y me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, de lejos penetras mi pensamiento. Examinas cuando ando y cuando me acuesto, todos mis caminos te son familiares. Porque Tú has formado mis entrañas,

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tú me has tejido en el seno materno. Conocías hasta el fondo de mi alma, no se te ocultaban mis huesos. Cuando, en lo secreto, era yo formado, tejido en la tierra más profunda…

Ante Dios, el hombre no puede esconderse. Además, la vergüenza de Adán no depende de su desnudez física: más que «desnudo», podríamos decir que Adán está «al descubierto». Alguien puede verlo tal como es, puede recriminarle su error, su inconsistencia, su mezquindad, puede reprocharle su comportamiento, puede poner ante sus ojos su pecado. Adán –como, también, nosotros mismos– intenta disimular su propia pobreza, y con la excusa de la vergüenza o del pudor se hace la ilusión de poder ocultar lo que realmente es: un hombre diminuto, un pobre hombre. Pero sabemos perfectamente que un traje de marca o una vestidura sagrada o una hoja de parra vienen a ser lo mismo: si uno vale poco o nada, sigue siendo lo mismo se ponga lo que se ponga. Así pues, Adán se oculta y lo que podía volverse un juego entre amantes que se esconden y se buscan para gozar del momento de encontrarse, se convierte tristemente en una huida, en una infeliz retirada estratégica de derrota. Adán quiere volverse ilocalizable, no estar disponible, quiere desaparecer cuando el Señor va a buscarlo y le dirige su saludo.

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Índice Introducción ................................................... 5 1. ¿Qué quieres que haga por ti?................ 15 2. ¿Dónde estás? ........................................ 33 3. ¿Dónde está tu hermano?....................... 53 4. ¿Por qué sois tan miedosos? .................. 79 5. ¿También vosotros queréis iros? ........... 101 6. ¿Dónde están los otros nueve? .............. 121 7. ¿Por qué se ha de encender tu ira? ........ 141 8. ¿Por qué me has abandonado? .............. 163 9. ¿Por qué lloras? ..................................... 185 10. ¿Cómo será esto? ................................. 203 Bibliografía .................................................... 219

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