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Gian Franco Svidercoschi

EN BUSCA DEL PADRE Un «lugar» para Dios en el mundo de hoy


A Juan Pablo II, y a cuantos me han acompañado en este viaje

Presentación Hacía años que deseaba realizar este viaje en busca del Padre, de Dios Padre, para verificar qué «lugar» tenía todavía en la vida de los creyentes y en el mundo moderno. Pero luego, cada vez que se presentaba la ocasión, sólo la idea de embarcarme en semejante empresa me aterrorizaba, y encontraban algún pretexto para aplazarlo de nuevo. Hasta que un día, hace pocos meses, algo se disparó dentro de mí. Tal vez la urgencia de lo que se iba perfilando en el horizonte religioso. O, simplemente, porque había llegado el momento oportuno. Entonces desaparecieron las dudas, y me puse en camino tras las huellas de Dios1. El Dios de la Encarnación. El 1 Como se verá en el índice, parto de la constatación de las grandes dificultades que hoy se encuentran para «ver» a Dios y «oír» su voz, no sólo en la sociedad que nos circunda en el mundo moderno, sino a menudo también –sobre todo el Dios Padre, el Dios de la misericordia– en la Iglesia Católica y, antes aún en la conciencia del cristiano. El objetivo de este libro, por tanto, es acompañar al cristiano –y más en general, al hombre moderno, al hombre en «búsqueda»– en el reencuentro de las huellas de Dios en la propia historia cotidiana y en la historia de la humanidad. Y es un camino que, sin esquemas prefijados pero siguiendo dichas «huellas», pasa alternativamente de los problemas y las situaciones eclesiales a las sociales y culturales.

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Dios que, a través del Hijo, se hizo hombre, creando de esa forma un vínculo de fraternidad entre todos los seres humanos. El Dios que ha hecho una alianza con el hombre, prometiéndole la felicidad eterna, pero pidiéndole también su colaboración con Él, como protagonista activo y responsable, en su proyecto de salvación, ya aquí en la tierra. Tal vez precisamente por eso, porque subió al cielo y ha decidido estar presente en la comunidad humana, el Dios de la Encarnación es el que pone mayormente en crisis a un cierto hombre de hoy, un cierto poder dominante, una cultura neo-iluminista, neo-racionalista. Y por eso se procura, de todas las formas posibles borrar a este Dios de la escena del mundo, y se intenta eliminarlo de la vida individual y colectiva. No sólo es ignorado en la nueva Constitución europea, sino que su imagen desaparece poco a poco de la sociedad, del arte, de la literatura y hasta del lenguaje cotidiano. Al ateísmo ideológico (que, negando a Dios, admitía de todas formas su existencia) ha seguido un ateísmo práctico (se vive como si Dios no existiese). Es cierto que ha habido un retorno a lo sagrado, pero en general se trata de una religiosidad del haz-por-ti-mismo, subjetiva, genérica, de la que se excluye toda referencia al Creador. El progresivo empobrecimiento del sentido de la existencia humana y de sus valores fundamentales, deriva precisamente de la percepción, cada vez más insignificante, de la presencia de Dios en la historia. Y no hay nada que colme el «vacío» que dejó el desplome de las ideologías, de la reducción de la confianza ciega que antes se tenía en la ciencia. El mismo anuncio evangélico, tal vez por el peso de la excesiva autoridad por las desmesuradas estructuras, no siempre consigue devolver al hombre la esperanza, ni responder a sus inquietudes metafísicas, ni a sostener la confrontación –sin temores ni complejos– con la modernidad. 6


Pero hay un aspecto todavía más preocupante, y es que Dios Padre ha desaparecido de la dimensión religiosa de no pocos creyentes. La pérdida del sentido de Dios ha comenzado en las conciencias: en ellas la fe se ha vuelto árida, para luego hacerse insignificante hacia el exterior. Cada vez le cuesta más al cristiano reconocer a Dios en la propia cotidianeidad, y llamarlo por su nombre. Pero antes aún está la Iglesia, que cada vez encuentra mayor dificultad para transmitir una fe encarnada en la vida de los hombres. Por eso, el viaje en busca de Dios Padre –a los cuarenta años del Concilio Vaticano II– se ha vuelto un viaje a la religiosidad de hoy. Y ha sacado a la superficie las consecuencias que cierta confusión sobre la paternidad divina, ha causado en la doctrina, en la espiritualidad, en la catequesis, en la actividad misionera, en el diálogo ecuménico e interreligioso, pero sobre todo en el testimonio de los cristianos desde dentro de la misma sociedad. Sin embargo, conforme se avanza en el camino, se advierte, paradójicamente, aunque no con exceso, que en todo problema o situación en que se ha verificado una carencia y hasta una crisis, incluso grave y profunda, siempre surge a la vez la manera de remediar ese defecto o cómo superar aquella crisis. Esto ocurre gracias a la luz, una nueva luz, que la paternidad divina proyecta sobre aquel problema determinado o aquella situación. Pero he aquí el punto culminante. ¿No es cierto que a veces nos olvidamos de la gran novedad del cristianismo con respecto a las demás religiones? La Encarnación reconoce a todos los hombres una dignidad que nadie jamás le había dado. Y –como se vio con aquella multitud inmensa, no sólo católica, no sólo cristiana, que fue a dar el último saludo a Juan Pablo II– el mensaje evangélico, como mensaje de fraternidad y amor, puede llegar a todos, y todos pueden acogerlo. 7


De aquí la exigencia de recuperar –por medio de una nueva aproximación y una experiencia, sobre todo subjetiva– el sentido profundo de la paternidad divina. Sólo reconociendo a su Creador, sólo reconociendo a Dios como Padre, el hombre contemporáneo podrá redescubrir las propias raíces, la propia identidad. Y la humanidad descubrirá de nuevo el valor de la hermandad universal, de la solidaridad. Es lo que nos dice, si queremos releerla, la parábola del hijo pródigo, con la cual comienza y concluye este viaje en busca de Dios Padre. En busca de una Iglesia que sepa reencontrar, ante todo, la capacidad de profesar y proclamar –no sólo con las palabras sino con la vida– la misericordia divina. Por tanto en busca de un cristiano que –co-mo recordaba el nuevo Papa, Benedicto XVI– sepa conjugar verdad y caridad en la propia existencia cotidiana. El autor

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En busca del Padre