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INTRODUCCIÓN MÍRAME

A

l obispo Berkeley le preocupaba que el mundo dejara de

existir cuando él dejara de mirarlo. A mí me preocupa que, si el

mundo no me mira, pueda desaparecer yo. O al menos hasta hace un tiempo me preocupaba. He trabajado como modelo de artista durante los últimos seis años. Es una manera extraña de ganar dinero, aunque no es así como me gano la vida. Es más bien una afición. Bueno, es más bien un hábito. De acuerdo, es un hábito compulsivo.

Cuando alguien se entera de que soy modelo para artistas, lo primero que me preguntan es: “¿Cómo, desnuda?”. Pues sí, desnuda. Todo el mundo se muestra deseoso de saber cómo es ese trabajo. Pero solo después de muchos años he sido capaz de decirle a mi madre a qué me dedico; antes me andaba con la mentira piadosa de que era ayudante de aula. (Otra cosa que todo el mundo quiere saber: “¿Cómo se lo toma tu familia?”. A mis padres les avergüenza, es algo de lo que más vale no hablar, sobre todo si están delante mis abuelas, mis tías, mis tíos y mis primos, todos ellos católicos devotos. A mis hermanas y a mi marido les parece estupendo. Son militantes a favor de las artes en general, y además es mi vida).

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Así que aquí relato cómo es mi trabajo de modelo de desnudo artístico o, mejor dicho, cómo ha sido para mí el trabajo. A lo largo de años sucesivos, he sido o bien una estudiante de poesía que ha tenido muchos empleos a tiempo parcial para pagar el alquiler y la matrícula, o bien he sido profesora en un colegio universitario con abundante tiempo libre, en términos relativos, y deseosa de encontrar la forma de pagar los préstamos pendientes. Viajo en transporte público o bien a pie hasta el lugar en que está previsto que pose. Llego a un aula de una universidad, al estudio de un profesional, o a una casa particular con la bata de franela azul de mi amigo, mi novio o mi marido (cada vez más raída con el paso de los años de nuestra relación), dentro de mi enorme bolso de mano. ¿Qué más llevo? Libros pendientes de leer, exámenes pendientes de corregir y una botella de agua mineral Nalgene, de un plástico de color rosa subido. Es probable que llegue derecha de una clase, a la que acabo de asistir o que acabo de impartir. Es posible que nada más pasar la puerta me encuentre con un aula llena de alumnos de introducción al dibujo, los caballetes destartalados en torno a una tarima elevada, y un profesor calvo y agobiado en el centro del círculo que forman, haciendo todo lo posible para que los estudiantes, entre dieciocho y veinticinco, tengan una vista apropiada cuando me suba yo a la tarima y haya algo que ver. O a lo mejor me encuentro con un trío de señoras de mediana edad, con vaqueros ajustados y zapatillas deportivas, que han alquilado un espacio en un almacén, han puesto algo de Norah Jones en el equipo de música, tienen algo de comer bajo en calorías en una nevera enana, una sábana extendida en el suelo para que sirva de escenario y unas cuantas sillas, sofás y divanes dispuestos en el perímetro, como telón de fondo o decorado. O a lo mejor es en la casa o en el apartamento de

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un artista solitario que me mira por la mirilla y retira la cadena de la puerta antes de acogerme en el cuarto de estar, donde los muebles se encuentran todos en un extremo, amontonados, salvo tal vez un único mueble, iluminado como en un plató con los focos que el artista ha comprado, alquilado, robado o tomado en préstamo de la facultad donde, sea él o sea ella, da clases o las recibe cuando no practica por su cuenta. Sea donde fuere, casi siempre hay un biombo o una pared tras los cuales cambiarse, cuya única finalidad es a menudo escudar a la modelo, o al modelo, en esa transición de la ropa de calle a la bata. Nunca me sirvo del biombo. Me excuso para ir al “servicio”, si es una institución, o al “baño”, si es una residencia. Ahí es donde me preparo para desvestirme. Prefiero el aseo, porque si me hace falta puedo utilizar el retrete; a nadie le hace ninguna gracia una modelo que no está quieta porque tiene ganas de mear. Y en los aseos hay espejos que dan a la modelo la posibilidad de echarse un último vistazo, sobre todo si necesita hacer algún ajuste en sus rasgos faciales que tal vez resulten inquietantes o de mal gusto a un profesor, a un estudiante, a un artista amateur: ¿le queda un resto de carmín en los dientes? ¿Se ha colocado bien el cordón del tampón para que no le cuelgue nada por fuera? Regreso entonces a la sala vestida con la bata y siempre puntual, porque a nadie le hace gracia una modelo que se retrasa o que viene con excusas. Una de las constantes presentes casi siempre es que la sesión de posado durará tres horas. Más allá de eso, puede pasar cualquier cosa: puede ser una clase de escultura, un taller de pintura, una sesión para un grupo de dibujo e incluso una sesión fotográfica, según lo que yo haya aceptado hacer. Ah, y otra de las constantes presente casi siempre: me sitúo en el punto focal de la sala, me desato el cinturón de la

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bata de franela azul y me quedo de pie, me siento o me tumbo completamente desnuda ante un desconocido, o varios, en mayor o menor medida. (Otra pregunta habitual: “¿Qué se siente estando ante un grupo de personas cuando eres la única que no va vestida?”. Una combinación escalofriante de poder y de vulnerabilidad, de sumisión y dominación. Pero ya llegaremos a eso). Recibo determinadas instrucciones del profesor, del grupo o del artista, relativas al modo en que he de colocar mi cuerpo y a la frecuencia con la que tendré derecho a hacer una pausa para descansar. En las universidades, lo habitual es posar veinte minutos y descansar cinco, además de hacer un descanso más largo en medio de la sesión, mientras se procede a dar una charla o a hacer una demostración o lo que sea. Puedo aguantar mucho más si es necesario. Es posible que el profesor o el artista me preste un cronómetro de cocina, que tictaquea sin parar y suena a campana suelta, para que no pierda de vista el transcurso de los minutos; a lo mejor se da por supuesto que eso es algo que haré mentalmente, o con ayuda de mi reloj de pulsera, si no me lo he olvidado en casa y me he acordado de no quitármelo. Y así llega al final el momento que todos estábamos esperando: el momento de cortar la cinta, el dramatismo con que se descorre el velo. Me desato el cinturón y dejo caer la bata, que se amontona a un lado del estrado, fuera del encuadre de la composición, aunque a mano. Si hace frío, es posible que se me ponga carne de gallina y que el vello de los brazos se me erice. Si hace calor, puede que me ponga a sudar bajo el calor añadido de los focos. Los primeros treinta segundos de desnudez son siempre los más crispantes, los más cargados de electricidad para mí y para los que me rodean, al menos cuando se trata de una clase o un artista que nunca me ha visto desnuda, que nunca ha trabajado

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antes conmigo. El momento en que me quito la bata es un sobresalto amable, una sorpresa, una especie de lavado de ojos, y ese instante es electrizante, mucho más vívido que los que lo preceden y los que han de venir después. Mi desnudez puede parecer irreal, como si fuese algo que en realidad no puede estar ocurriendo, como si esa persona, una desconocida, realmente no pudiera de ninguna manera presentarse en pelota picada y permitir además que otras dibujen su cuerpo. Pero mi desnudez también puede producir una sensación hiperrealista, como si esa misma persona fuese el objeto más tridimensional en el espacio, vulnerable en su despojada desnudez, a la vez que poderosa en su dominio de la totalidad de la sala en que se encuentra, dueña de la atención estudiosa e ininterrumpida de quienes la observan. Sin embargo, pasados esos primeros segundos, la exuberancia y el escalofrío parecen reposarse, matizarse, y los artistas se ponen manos a la obra con lo que tienen delante, que es una tarea que no solo consiste en quedarse pasmados, en mirar, en devorar con los ojos a la modelo, sino más bien en transmitir lo que captan en ella a las manos, a la hoja, al lienzo o a la arcilla, para plasmar la imagen que esperan lograr en el transcurso de esas tres breves horas. Si tengo familiaridad con el artista, con la clase o con el grupo, esos treinta segundos iniciales resultan más rutinarios, más semejantes a un trabajo normal, como si el desnudarse obedeciera a un propósito, igual que cuando, por ejemplo, voy al médico. Vestida con mi desnudez puedo parecer semejante a los trabajadores que van a la oficina con un traje o a los operarios que usan uniforme en su puesto de trabajo. Me acomodo a la mecánica del trabajo: pose y descanso, pose y descanso; desnuda y vestida con la bata, desnuda y vestida con la bata. En una sesión en la que hago de modelo hay un ritmo meditativo, jalonado por los

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viajes al cuarto de baño, por las llamadas que recibo en el móvil, por los apuntes que tomo en mi cuaderno, por los ajustes a los calefactores o a los ventiladores, según qué estación del año sea. Puedo conversar con los estudiantes o intercambiar opiniones sobre la enseñanza con el profesor. Puedo salirme de mi calendario y concertar otros encuentros con el grupo o el artista con el que estoy trabajando. Puede que me quieran para otra vez, puede que no. A lo mejor es una clase con la que ya tengo amistad y alguien me invita a una fiesta de cumpleaños, a un partido de baloncesto, a abrir un barril de cerveza en casa de alguien. A lo mejor el profesor y yo ya hemos trabajado mucho juntos, nos hemos llevado bien, hacemos planes para almorzar juntos. A lo mejor las señoras del grupo de dibujo descubren que voy a hacer una lectura de poemas en algún sitio y planean hacer una excursión para venir a oírme. Continuamente me sorprende que las tres horas pasen volando, y que llegue el momento de volver al cuarto de baño para vestirme otra vez de calle y disponerme a formar parte del mundo más uniforme de los que van por ahí completamente vestidos. Una vez vestida, vuelvo a pasar por el aula, por el cuarto de estar, por el estudio, para cobrar la tarifa pactada. Estos trabajos a veces son como una relación contractual, a veces son un negocio más bien encubierto, y aunque prefiero esto último el dinero es el dinero, de un modo o de otro.

Según sea el interés que muestre la persona que me pregunta cómo es de verdad mi trabajo de modelo artística (más allá de la desnudez, el trabajo no es tan apasionante como se suele pensar; más bien parece demasiado repetitivo, demasiado tranquilo), a veces intento describirlo como si esas personas necesitaran aprender a hacerlo.

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Muchas veces, cuando solo estaba empezando, tenía tantas ganas de complacer a la clase y a los profesores que adoptaba una pose especialmente ardua y no me movía ni un ápice hasta que terminaba el tiempo asignado. Los pies y las piernas, cuando ejecutaba una torsión atrevida, terminaban por dormírseme, y cuando me ponía en pie y bajaba de la tarima me caía vergonzosamente porque tenía las extremidades entumecidas: una marioneta con los hilos cortados. Procuraba quitar hierro a la situación, y a menudo el profesor ni siquiera se daba cuenta, o al menos fingía no haberse dado cuenta, tal vez en un exceso de cortesía. Pero hubo una vez en que Doug, un profesor de escultura de la Universidad de Boston, me llevó a un lado e hizo un aparte conmigo: “Te puedes mover si te hace falta, ¿sabes?, no hay problema en que te tomes un breve descanso, aunque no esté programado, si te duele algo”. Me dio un consejo que había aprendido él en el Ejército: cuando pasas en posición de firmes mucho tiempo es mejor no tensar la articulación de las rodillas. Mejor es curvarla un poco; de lo contrario, se detiene el flujo sanguíneo en la cabeza y pierdes la capacidad de sentir, e incluso puedes desmayarte. Doug y yo con el tiempo hemos llegado a ser buenos amigos. En otras ocasiones, el inconveniente no está en unas metafóricas agujetas, sino en pinchos muy reales: alfileres, pinzas de caballete, clavos, cristales. Rápidamente aprendí que me convenía ir calzada siempre que no estuviera encima de la tarima, a pesar de lo cual aún suelo llegar a casa con las plantas de los pies con aspecto de quemadas, por el carboncillo que cubre todas las superficies del aula de dibujo, como si fuera el hollín de una fábrica dickensiana, el polvillo ceniciento de una ciudad industrial. Si he estado en una clase de escultura, las manos se me quedan polvorientas, grises, como si acara de huir de Pompeya por los pelos.

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Otras modelos con más experiencia me han advertido de que adoptar demasiadas poses difíciles es algo que te puede arruinar el cuerpo si así lo permites. Sobre todo, es necesario no colocar nunca las manos por encima del corazón, al menos durante más de cinco minutos; de lo contrario, se te duermen los brazos y se hace difícil respirar con normalidad. A estas alturas ya he aprendido a no lastimarme, a sacudirme el dolor, a fortalecerme si tengo que adoptar una pose asesina de verdad, aunque esa necesidad surge en muy contadas ocasiones, porque puedo utilizar cojines, apoyos, taburetes en los que sostenerme para interpretar un gesto que resulte hermoso y dolorido, pero sin pasar en realidad del dolor aparente. La gente suele reaccionar con apasionamiento a las poses que parecen más agónicas, más tensas y manieristas, hasta tal punto que me he terminado por convencer, como Edmund Burke, de que “experimentamos cierto grado de deleite, y no precisamente pequeño, con los auténticos infortunios y los dolores ajenos”. A la gente le gustan las poses más torturadas porque las encuentra sublimes, bellas, porque dan miedo, y se deleitan al contemplarlas, aunque a la vez se alegran de no ser ellos quienes tienen que adoptarlas. Empatía y patetismo.

Me llevó un tiempo aprender todo esto, pues no tuve a quién preguntar; me lancé al vacío. Y esto me lleva a otra pregunta que me suelen hacer: “¿Cómo es que te dio por ponerte a trabajar en esto?”. La verdad es que fue una especie de accidente, una decisión nacida de lo que al principio pareció un triste error o un desperdicio estúpido, pero que más adelante resultó feliz, como el descubrimiento de las microondas, o tal vez del champán.

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En principio no tuve yo ningún deseo de aparecer en el arte. Tan solo quise estar cerca de donde el arte estaba. Me gustaban los museos y los libros de arte ya desde que era niña, y desde que me mudé a Washington D.C. para empezar mis estudios universitarios me aproveché de los muchos museos gratis que hay en el Mall, y de los días y noches de entrada gratuita a las galerías y colecciones privadas de la ciudad. Durante el año que pasé en el extranjero, en Oxford, arrastré a mis amigos y a mis seres queridos a los museos de todo el Reino Unido siempre que tuve vacaciones: la Bodleian, la National Portrait Gallery, la Tate… Y también a los del continente: el Louvre, el Museu do Chiado, la Neue Pinakothek… A todos los volvía medio locos hablando sin cesar en medio de las exposiciones, leyendo todas las cartelas, aprovechando todas las visitas guiadas por audio, aprovechando todos los circuitos docentes, aprendiendo todo lo que pude sobre la procedencia de los cuadros, las vidas personales de los artistas, las historias de las escenas representadas, de las personas muertas mucho antes, pero que aparecían en los cuadros. Nunca se me pasó por la cabeza que pudiera yo aparecer en cuadros o esculturas; no era tan clásica, tan eterna, tan merecedora de aparecer plasmada en una obra de arte. Al volver a Washington en mi segundo año de carrera tuve necesidad de encontrar trabajo, preferiblemente un trabajo que me quedara cerca –y que me ayudara a pagar el alquiler– del diminuto apartamento que tenía en Dupont Circle. Una calurosa y húmeda tarde de finales de agosto descubrí un anuncio en el que se solicitaban trabajadoras a tiempo parcial en la tienda de regalos de un prestigioso museo de arte que no quedaba lejos, y llamé de inmediato. El hombre que contestó a mi llamada me preguntó si podía acercarme para hacer una entrevista antes de la hora de cierre, a las cinco, y como estaba a pocas manzanas

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de distancia le dije que sí, que claro, que enseguida llegaba. Me presenté con los vaqueros, sudorosa, despeinada tras haber corrido por la calle con la humedad y el calor del verano, pero mi entrevistador y futuro jefe –llamémosle Fred– no pareció inmutarse ante mi fracaso para vestirme para el éxito y me contrató en el acto.

En El mito de la belleza –un libro que leí para una clase durante mis descansos en la tienda de regalos del museo–, Naomi Wolf me explicó que es característico “que una chica se entere de que a las mujeres ‘hermosas’, tanto si son interesantes como si no, les pasan cosas dignas de contarse”, y que “interesantes o no, esas cosas dignas de contarse no les suceden a las mujeres que no son ‘hermosas’”. Supongo que esto es cierto, tanto en la literatura como en la televisión. En el invierno de 2001 me sucedió algo digno de contarse. Cuando empecé a trabajar para él durante el otoño de ese año, Fred me dijo que era bonita. No me lo tomé a título personal; eso era algo que él le decía a cualquiera. Se enorgullecía de contratar chicas –siempre las llamaba chicas, nunca mujeres– que consideraba atractivas. Que fueran interesantes es algo que no parecía importarle de manera especial. Alto, delgado, musculoso, Fred tocaba en un grupo. Tenía unos ojos castaños, límpidos, un cabello oscuro y lacio, y unas orejas con pendientes que no parecían acostumbradas a oír la palabra “no”. Su evidente incapacidad para contratar a ningún empleado varón y joven era ya motivo de bromas desde hacía tiempo en su lugar de trabajo. En mi primer día, muchos colegas nuevos me hicieron la misma broma: “Así que eres la última adquisición del harén de Fred. ¡Bienvenida!”. Tanto él como los otros

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dos supervisores, varones ambos, tenían treinta y tantos, y todos los nuevos contratos se hacían a mujeres de veintipocos. Después de mí, la siguiente contratada fue Patricia, una estudiante de historia del arte, tímida, procedente de una pequeña localidad del estado de Indiana, flaca como un palillo y más callada que un ratón en una iglesia, al menos mientras no se tomara una el tiempo necesario para conocerla bien. Nos hicimos amigas íntimas por variadas razones, entre ellas que las dos nos poníamos a rabiar ante las nada sutiles atenciones que nos prodigaban nuestros superiores. Nos invitaban a salir con ellos por más que nos negásemos, se nos insinuaban en el cuarto que servía de almacén, donde apenas había sitio para nada, detrás de las cajas registradoras, donde se colaban con nosotras para darnos instrucciones, nos interrogaban acerca de nuestra vida sexual y nos invitaban a almorzar sin que se lo hubiésemos pedido, comprando algo en el café del museo. Este comportamiento fue a menos cuando los dos empezaron a salir con dos nuevas vendedoras, Laura y Stephie; pero el acoso persistió de un modo más atenuado. A pesar de todo, el trabajo era fácil y se amoldaba a nuestra situación, y nuestras quejas no eran precisamente fáciles de demostrar, por lo que Trish y yo nos quedamos un tiempo. No queríamos acostarnos con Fred, ni con Alex, ni con Hugh; queríamos tan solo un puesto de trabajo sin complicaciones, que estuviera a corta distancia de donde vivíamos. Teníamos la mínima responsabilidad posible, y eso nos iba bien, aunque no les iba igual de bien a todos. –No, Fred, gracias –le dije durante aquel invierno, cuando me acorraló en el almacén y me volvió a proponer que saliéramos juntos mientras yo enrollaba los pósters que reproducían las piezas más populares del museo: Desayuno de remeros, de Renoir; La habitación azul, de Picasso; La ventana abierta, de Bonnard–.

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¿Y sabes una cosa, si quieres que te lo diga con toda sinceridad? Ojalá dejaras de proponérmelo. –Mira, simpática: si no quieres hacer lo que se espera que hagas, creo que más te vale ir buscando otras alternativas –me dijo. –¿De qué me estás hablando? –El puesto que tienes es meramente temporal. De temporada, vaya, y me parece que a lo mejor la temporada se te ha terminado. Estamos en enero. Se acabaron los agobios navideños. Se te ha agotado el tiempo. –Eso no es lo que decía el anuncio –le dije–. Eso no es lo que me dijiste al contratarme. –Me da lo mismo –dijo Fred–. Seguro que se te ocurrirá algo. A Trish le dio la misma noticia esa misma mañana, algo más tarde. Aunque las habían contratado varios meses después que a nosotras, Laura y Stephie se iban a quedar con el puesto, porque estaban “desempeñando tareas esenciales”. Trish y yo fuimos aquel día a almorzar a mi piso, un quinto sin ascensor, donde improvisamos algo barato –los almuerzos gratis se habían acabado– y nos lamentamos de nuestra inmediata entrada en el paro mientras nos zampábamos unos sándwiches de mantequilla de cacahuete y examinábamos los anuncios clasificados. “¡Sé parte del arte!”, decía uno de ellos. Se lo leí a Trish en voz alta; era un anuncio para modelos de desnudo en el Corcoran College of Art and Design, y le sugerí que solicitase un puesto. Se puso colorada solo de pensarlo. –Ya, claro. ¿Y por qué no lo solicitas tú? –De acuerdo –dije–. Lo haré. Ahora mismo. –Y saqué el móvil para llamar. Shivaun, la coordinadora de modelos, me contestó a la primera y me explicó lo más básico del trabajo: había que posar desnuda, estarse muy quieta, con abundantes descansos, en sesio-

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nes de tres horas. Que me mirasen sin que me tocasen ni me acosasen me pareció estupendo. Y así fue como me encontré sentada en una de las salas de atrás de la galería al final de uno de los últimos descansos que tuve para salir a almorzar, quemando los días restantes, tras recibir el aviso de que terminaría mi empleo en dos semanas, rellenando los papeles que Shivaun me había enviado por fax, tratando de concentrarme a pesar de la jovial música irlandesa que sonaba en un programa de la

NPR

por la radio puesta junto a la ven-

tana helada. –Ooh, el Corcoran –dijo Phil, mi barbudo compañero de trabajo, que se ocupaba de los pedidos por correo. Era un gran aficionado a la música folclórica irlandesa. Llevaba un jersey como los de Bill Cosby y estaba asomado por encima de mi hombro mientras yo ponía todos los datos: apellido, teléfono de contacto, dirección, etcétera. Así que no te has hartado de las tiendas de los museos de Washington D. C., ¿eh? –No tiene nada que ver con la tienda de regalos –dije–. Es un trabajo para el colegio. –¿Vas a ser profesora? Si todavía no tienes el título… Y además te vas a licenciar en literatura inglesa, ¿no? –Ya lo sé, Phil. Ya lo sé. Voy a trabajar de modelo. Bueno, eso espero. –¿De modelo? O sea, ¿desnuda? Ay, dios. Ay, ay, ay. ¿Y eso no te da miedo? –preguntó Phil. –Yo eso ya lo hice cuando estudiaba –dijo Fred, que acababa de entrar a preparar un pedido y estaba mirando su correo electrónico, sus dedos largos con sus anillos de plata tecleaban ruidosamente–. Seguro que se te da de maravilla. –Yo eso es algo que nunca podría hacer –dijo Phil–. Lo más probable es que nada más verme salieran corriendo.

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