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I. Roma


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Habían caído diez mil bombas, y yo estaba esperando a George. Diez mil bombas habían caído sobre Beirut, esa atestada ciudad, y yo yacía sobre un sofá azul cubierto de sábanas blancas que lo protegían del polvo y de los pies sucios. Estaba pensando que era hora de marcharme. La radio de mi madre estaba puesta. Lo estaba desde que había empezado la guerra; era una radio con baterías Rayovac que duraban diez mil años. La radio de mi madre estaba envuelta en una funda de plástico verde barato, con agujeros, manchada por los residuos de sus dedos cocineros y por el polvo que entraba en los mandos, que se pegaba a los bordes. Nada detenía nunca las melancólicas canciones de Fairuz que salían de ella. Yo no huía de la guerra, escapaba de Fairuz, la famosa cantante. El verano y el calor habían llegado; la tierra ardía bajo un sol cercano que recocía nuestro piso y la azotea. Bajo nuestra ventana blanca, gatos cristianos recorrían las calles estrechas con descuido, sin santiguarse nunca ni arrodillarse ante sacerdotes vestidos de negro. Había coches aparcados 13


rawi hage

a ambos lados de la calle, coches subidos a las aceras, que obstruían el paso a peatones hechos polvo cuyos pies cansados y cuyos largos rostros maldecían y culpaban a Estados Unidos a cada instante y a cada giro de sus vidas miserables. El calor descendía, las bombas caían y los gamberros se saltaban las largas colas para conseguir pan, robaban la comida de los débiles, se metían con el panadero y acariciaban a su hija. Los gamberros nunca esperaban en la cola. George tocó la bocina. El cadavérico humo negro de su motocicleta llegó hasta mi ventana y su ruido insidioso entró en mi habitación. Bajé y maldije a Fairuz de camino: Esa llorona cantante que convierte mi vida en un infierno mórbido. Mi madre bajó de la azotea con dos cubos en las manos; estaba robando agua del aljibe del vecino. No hay agua, me dijo. Sólo viene dos horas al día. Dijo algo sobre comida, como de costumbre, pero yo le dije adiós con la mano y corrí escaleras abajo. Me subí a la moto de George y me senté detrás de él; recorrimos las calles principales donde caían las bombas, donde los diplomáticos saudíes recogían en otros tiempos a prostitutas francesas, donde habían bailado los antiguos griegos, donde habían llegado los invasores romanos, donde los persas afilaron sus espadas, donde los mamelucos robaron la comida de los habitantes, los cruzados habían comido carne humana y los turcos habían esclavizado a mi abuela. La guerra es para los gamberros. Las motocicletas también son para los gamberros, y para adolescentes de pelo 14


el juego de niro

largo como nosotros, con pistolas bajo el vientre, gasolina robada en nuestros depósitos y ningún sitio adonde ir. Nos detuvimos en el paseo marítimo de la ciudad, en la rampa de un puente, y George me dijo: Tengo un mashkal.* Habla, le dije. Ese hombre, Chafiq Al-Azrak creo que se llama, aparca su coche frente a la casa de mi tía Nabila. Cuando se va, sigue guardándose el espacio para él. Yo moví los dos postes que marcan su espacio para que mi tía pudiera aparcar. Ella llega, aparca y subimos a tomar café a su casa. El tío este, Chafiq, llama a la puerta de mi tía y le pide que quite su coche. Dice que es su sitio. Mi tía dice que es un sitio público… Él la insulta… Ella grita… Yo saco la pistola, le apunto a la cara y lo echo de la casa. Él baja las escaleras corriendo y me amenaza desde abajo. Pero le haremos arrepentirse, ¿eh, silencioso? Yo escuchaba y asentía. Luego volvimos a montar en la moto y circulamos entre una lluvia de balas, inconscientes. Condujimos a través del ruido de las letanías militares y de mil aparatos de radio que cantaban victoria. Nos quedamos mirando las faldas cortas de las mujeres guerreras y pasamos junto a los muslos de las escolares. Íbamos sin rumbo, mendigos y ladrones, árabes cachondos con pelo rizado, camisas abiertas y paquetes de Marlboro metidos en el doblez de la manga, marginados, nihilistas despiadados con pistolas, mal aliento y largos vaqueros americanos. * El lector encontrará traducidas las expresiones en árabe en el glosario del

final del libro. 15


rawi hage

Te veré esta noche, tarde, me dijo George cuando me dejó en casa. Luego se marchó. Llegó la medianoche; el sonido de la motocicleta de George resonó en todo el barrio. Bajé al callejón donde los hombres veían la película egipcia de última hora del viernes, fumando en pequeños balcones, tragando cerveza fría y araq, abriendo almendras verdes frescas y aplastando cigarrillos americanos con asquerosas uñas amarillas en ceniceros folclóricos. Dentro de sus casas, las empobrecidas mujeres dejaban caer con cuidado, ahorrando, el agua de cubos de plástico rojo sobre sus pieles morenas en antiguas bañeras turcas, lavándose el polvo, los olores, la corteza fina como baklava, los maliciosos cotilleos de la mañana con minúsculas tazas de café, la pobreza de sus maridos, el sudor bajo sus axilas sin afeitar. Se lavaban como meticulosos gatos cristianos que se lamen las patas bajo los pequeños motores de coches europeos que gotean petróleo extraído de debajo de la tierra por trabajadores nigerianos explotados, donde rugen los demonios y los gusanos roen las raíces de árboles muertos, ahogados por los humos de fábricas y el aliento codicioso de los ingenieros de blanca piel. Esos gatos apáticos se desperezaban bajo coches sin lavar, viendo pasar zapatos italianos, uñas pintadas, dobleces de pantalones gastados y coloristas, agudos tacones, chanclas de plástico, rotundos pies desnudos y deliciosos tobillos expuestos que gruesas manos atraparían, soltarían y acariciarían escalando para alcanzar un flujo de cálido fluido que cauta y generosamente se convertiría en una modesta corriente de olor a anguila, pez rojo y agua de rosas. 16


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Fuimos corriendo en la moto hasta la casa de la tía de George. Cuando llegamos, George dijo: Ése es el coche de Chafiq Al-Azrak. Sacó su pistola. Yo aceleré la moto y la hice rugir. George disparó a las ruedas del coche y el aire salió de su interior. Él apuntó más arriba y disparó a los faros, a la puerta, a los cristales tintados, al asiento interior, a su propio reflejo en el espejo. Disparó en silencio y danzó con calma alrededor del coche; luego apuntó y volvió a disparar. El metal roto quedó atravesado por diminutos agujeros hirientes, rápidos y afilados. Fue un acto de venganza letal y entretenido, y me gustó. Cuando todo acabó, huimos de allí. Yo conduje la motocicleta a través de barrios soñolientos con infinitas puertas de madera, y sentí cómo me rozaba la pistola de George la espalda. Llegamos a la carretera y recibimos con gusto el viento en las camisas de algodón; nos picaba en la piel y moraba en nuestros oídos. Conduje deprisa, impetuoso, y el viento me golpeó en los ojos, me entró por la nariz y en los pulmones. Conduje por calles de farolas rotas, de muros cubiertos de agujeros de bala, de sangre derramada que se convertía en manchas oscuras sobre aceras polvorientas y descuidadas. Conduje y sentí sed en las venas, convalecencia y viento fresco en el pecho. Sentía la pesada respiración de George tras el hombro, como un perro loco, aullando al aire con risa triunfal y demoníaca. ¡Cóctel!, me gritó en la oreja. ¡Vamos a tomarnos un cóctel! Yo di un giro rápido y brusco. Como un jinete mongol pegué la máquina de George a la carretera y la rueda trasera rodó y aplastó pequeños guijarros. Se alzó una nube gris de la tierra y yo giré y fui directamente hasta el bar de zumos 17


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que estaba abierto toda la noche en la autopista, al otro lado de la ciudad, en el distrito armenio, lejos de donde los turcos habían esclavizado a mi abuela. Pasamos ante el cine Lucy, donde hombres jóvenes y masturbadores crónicos contemplaban una gran pantalla que mostraba a mujeres americanas con grandes pechos que eran folladas apresuradamente por hombres de grandes pollas, vestidos de vaqueros, o de profesores de escuela con peinados afro y de los setenta, al ritmo de una melodía de jazz, al borde de una elegante piscina, con doncellas de delantales blancos que dejaban sus diminutas faldas detrás de la cámara, a la puerta del director o en el asiento del coche del cámara, y movían sus liberados culos de los años setenta al borde de largas sillas de plástico, dispuestas a servir cócteles rojos con minúsculas sombrillas de papel. En el bar de zumos, George y yo bebimos zumo de mango con queso fresco, miel y nueces. Nos sentamos, nos bebimos los cócteles lamiéndonos los dedos y hablamos de la pistola, de lo silenciosa que era.

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I. Roma 13 rawi hage 14 * El lector encontrará traducidas las expresiones en árabe en el glosario del final del libro. el juego de niro 15 r...

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