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1. El lobo al acecho

Vanessa Beecroft, artista italiana del performance art, vive con su esposo norteamericano, Greg Durkin, y su hijo de diecisiete meses, Dean, en una casa apartada que se alza junto a un camino de tierra en el North Shore de Long Island. Durkin, que ha trabajado en la industria del cine como analista financiero pero es ahora estudiante de posgrado de Sociología, encontró la propiedad buscando por Internet viviendas cercanas a Manhattan que tuvieran piscina cubierta. Beecroft padece de bulimia asociada al ejercicio –una compulsión por quemar las calorías que considera excesivas– y, hasta hace poco, le gustaba hacer cien largos por día en la piscina. Solía efectuar también caminatas de diez horas, y aún realiza largas y vigorosas excursiones por la reserva natural que rodea su casa. Antes de que el bebé empezara a andar, lo llevaba a veces consigo, montado a horcajadas en su huesuda cadera. –Cuando estaba embarazada, no me permitía ni un minuto de descanso –dice–. Pasaba todo el día nadando, entrenándome y haciendo aeróbic. Ahora he aflojado un poco el ritmo, porque he visto que el yoga es el único ejercicio que no me pone demasiado hambrienta. La bulimia es un trastorno alimentario terriblemente extendido entre las mujeres jóvenes (Beecroft tiene treinta y tres años). En su forma más común, se caracteriza por atracones desmesurados –equivalentes a varias comidas o incluso a las calorías necesarias para unos cuantos días– a los que siguen sesiones de vómitos pro21


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vocados. Tal práctica se convierte en adictiva y es, a la vez, socialmente contagiosa. Según una investigación no científica llevada a cabo entre mis amigos menores de treinta años, no hay un solo cuarto de baño privado en el país que no hieda a vómito. Las mujeres mayores también sufren de bulimia, probablemente en menor proporción, aunque es evidente que las estadísticas de tratamientos no proporcionen una cifra fidedigna. Actores, bailarines y modelos son los más propensos a padecerla, al igual que ciertos deportistas como los luchadores y los jinetes, que necesitan controlar el peso. Hay abundante literatura médica y de autoayuda dedicada a este trastorno (que suele medicarse con antidepresivos), junto con docenas de sitios web y foros de Internet, algunos de los cuales son lugares clandestinos de encuentro de anoréxicas y bulímicas recalcitrantes, que se denominan cariñosamente con los apelativos Ana y Mia y rechazan la intromisión de quienes intentan curarlas o de chicas «en tratamiento». Los miembros de esta hermandad de mujeres intercambian fotos de sus ídolos (las más admiradas son Calista Flockhart y Lara Flynn Boyle), orgullosos relatos de sus prácticas ascéticas, a veces letales, y consejos para ocultarlas. En esta época despojada de vergüenza es difícil encontrar algún vicio humano –una adicción, pecado, perversión o tabú– que no posea su vate. No obstante, la bulimia es uno de los secretos sucios menos atractivos y más incurables, tan humillante como la incontinencia. Los bulímicos superan su propio umbral de repugnancia, pero no la repulsión de los demás, por lo que son un grupo cauteloso. Una tubería atascada o unos dientes cariados los delatan a veces, pero he conocido mujeres que han conseguido ocultar sus rituales diarios durante años, sin que los padres o el marido las descubrieran. Este interesante tema, situado en el límite del decoro, ha sido muy descuidado por los artistas creativos, salvo unas pocas excepciones entre las que se distingue Beecroft. Desde su adolescencia ha estado trabajando en un proyecto llamado «XXX Libro de Alimentos»: 360 acuarelas y dibujos que pretende publicar como un 22


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libro de forma cúbica dividido en secciones coloreadas. (Los bulímicos suelen separar los distintos platos de un atracón según consistencias o colores, para que cada estrato se distinga visualmente y, durante la interrupción de la ingestión, se pueda verificar la eliminación de cada componente). –Yo solía comer por colores –explica Beecroft–. Un día, todo anaranjado; al siguiente, todo verde, o amarillo, o rojo. Quería que mi obsesión se manifestara con un orden evidente. Empezó el libro como un diario personal a principios de los ochenta, con la intención de mostrárselo algún día a un médico. Una mecanógrafa perdió los registros de los cuatro primeros años, pero los seis restantes (de 1987 a 1993) documentan cada bocado que consumía, o casi, y describen, con palabras o dibujos, los sentimientos –principalmente, de odio hacia sí misma– que le despertaba, y aún le despierta, su lucha contra un apetito indomeñable. El tedio acumulado de esta extraña obra me pareció conmovedor y apasionante. Y otro tanto le parecerá, quizá, a cualquiera que pueda decir, como Beecroft: «He deseado como una posesa que me ocurriera algo horrible que me hiciera delgada […]; he evaluado cada experiencia de mi vida según una escala de cuántos kilos gané o perdí con ella. Al final, no me importa si la gente dice que soy una buena artista. Sólo me importa si soy o no gorda». La disciplina que se impone Beecroft es espartana, aunque, según me explicó, tiene que ingerir «algo muy malo cada día, como un trozo de pastel o una copa». La mayoría de los bulímicos que he conocido o sobre los que he leído no son tan moderados. También ellos estiman lo bueno y lo malo según una escala alimentaria y pueden hacer dietas tan estrictas como las de Beecroft; pero, para calmar la tensión que les provocan las largas privaciones, ingieren enormes cantidades de comida basura, deliciosa y prohibida. Una septuagenaria que ha comido compulsivamente la mayor parte de su «insignificante y claustrofóbica vida» me contó en una ocasión que sus «atracones» diarios eran su única oportunidad de «ser es23


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pontánea y elegir libremente», y que por esa razón no era capaz de renunciar a ellos, por más que sabía que eran «dañinos» y «excesivos». Sin embargo, el diario personal de Beecroft contiene un período en que vivía con un monótono régimen de los mismos alimentos saludables día tras día: un cuenco de arroz integral sin condimentar, una manzana, un plato de zanahorias crudas o pan casero. –Intentaba vomitarlo –recuerda–, pero no podía. Y, cuando empezaba a escupir sangre, tenía que parar. Ésa es la razón por la que se volcó en el ejercicio extenuante como método purgativo. –En mi diario, uso la palabra «vómito» de forma metafórica, para referirme a la violencia del intento. Pero no eran sólo intentos. Una vez, siendo adolescente, machacó una bolsa de nueces con un martillo y se comió todo el contenido, cáscaras incluidas, por lo que acabó en urgencias con una peritonitis aguda. El médico le dijo que necesitaba ayuda psiquiátrica. Encontró un psiquiatra que había pertenecido a las Brigadas Rojas. –Quedé fascinada con sus ideas políticas –relataba–. Por desgracia, era demasiado caro. (Los trastornos alimentarios y el maoísmo parecen compartir una base común: son una forma de extremismo moral utópico, es decir, parten de la creencia de que, con una conducta lo bastante despiadada, se puede alcanzar la perfección). Beecroft planea exponer el libro en una importante retrospectiva de su obra que se inaugurará en octubre en el principal museo de arte moderno de Italia, el Castello di Rivoli, situado en las afueras de Turín. Desea asimismo discutir su fascinación por la comida con absoluta franqueza, y explicar su papel en los cuadros vivientes –unos cincuenta, hasta la fecha– que han hecho de ella una controvertida estrella del mundo del performance art. Estos espectáculos –los primeros, producidos con un presupuesto muy limitado; los últimos, con una puesta en escena bastante cara– han despertado 24


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la admiración de directores de museos y críticos de arte (aunque también se suelen tachar de voyerismo y oportunismo). Presentan grandes grupos de «muchachas» desnudas o apenas vestidas que permanecen inmóviles y en silencio durante horas en una galería o museo, si bien de vez en cuando quiebran el orden para estirarse o tumbarse, pero que, en principio, se mantienen impávidas ante un público que, por supuesto, está totalmente vestido. En sus primeras obras, Beecroft reunía una variopinta colección de cuerpos gordos y delgados. Envalentonada y enriquecida por el éxito, contrató veintenas de bellezas depiladas y uniformemente esbeltas y las dispuso como columnas humanas. («Las concibo como elementos arquitectónicos», dice). En diferentes ocasiones, las ha adornado con sujetadores blancos, pintura corporal negra, pelucas con trenzas, fajas, tangas, sandalias, leotardos, sombreros de fieltro, chaquetas de falso visón y zapatos con tacones de aguja de diez centímetros. Parte de las mujeres sufrían trastornos alimentarios, en especial las de las primeras obras, y eran todas voluntarias: amigas, compañeras de la academia de arte, o especímenes femeninos de aspecto interesante que descubría en la calle. Pero, incluso cuando empezó a contratar a modelos profesionales y a pagarles la tarifa corriente, éstas tenían que estar dispuestas a soportar una penosa prueba de incomodidad y exposición extremas (si bien era ideal para quien quisiera presumir). La propia Beecroft no participa en sus performances una vez que ha dado instrucciones a su tropa: es una general, más que una teniente. No obstante, su carisma ha aumentado cuando se ha hecho ver, y las mujeres obedecen sus órdenes y devienen sus instrumentos de buena gana, casi podría decirse que con avidez. Muchos diseñadores –entre ellos, Miuccia Prada, Tom Ford y Manolo Blahnik– se han mostrado entusiasmados por contribuir con complementos. Un fotógrafo y un equipo de filmación documenta las obras (Beecroft solía hacer las fotos ella misma), y son estas imágenes lo que los agentes de Beecroft venden a los coleccionistas. 25


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–Las reproducciones hacen más atractiva la experiencia y la despojan de ambigüedad y emoción –asegura–. Lamento que eso sea necesario. Las fotos de las chicas fuera de contexto hacen que la obra parezca demasiado sexy. Para mí, la performance real no es sexy en absoluto. Trata de la vergüenza, la vergüenza del público y, en menor medida, la de las muchachas, pero sobre todo de la mía.

Beecroft temía que los taxistas de la zona no fueran capaces de encontrar su escondite en el bosque, de modo que, cuando hice los arreglos necesarios para ir a visitarla por primera vez, se ofreció a ir a recogerme a la estación de tren. Apareció en un BMW plateado y se deshizo en disculpas por haber llegado un poco tarde. Acompañada de Dean, parecía una agobiada Madonna en una sombría parábola cinematográfica sobre la anomia suburbana. (Su madre, dijo, estaba embarazada de ella cuando, junto con su padre, habían visto por primera vez Blowup, de Antonioni, con Vanessa Redgrave en el papel principal, y les había gustado el nombre). Su aspecto encantador y su rostro extremadamente fotogénico no le han venido mal a una carrera que es un puente entre el arte y la moda. Beecroft tiene una frente aristocrática, tersa y amplia, y pómulos prominentes. Unos ojos castaños enormes con espesas pestañas se destacan en una cara pálida sembrada de pecas y enmarcada, cuando la conocí la primavera pasada, por rebeldes rizos rojizos. (Más tarde se rasuró la cabeza. «He visto demasiadas películas sobre el Holocausto», me explicó). Sus rasgos pronunciados tienen un delicado halo de resplandor febril. Un artista milanés del tatuaje que trabaja para la clase alta le decoró un antebrazo, desde el codo a la muñeca, con una refulgente chica de calendario estilo Vargas, y el otro con el ancla y el águila de un marino mercante. En otras partes del cuerpo tiene peces y un dragón japonés. Estos distintivos propios de un chulo, provenientes de su época de chica mala, están totalmente reñidos con su elegante aspecto y, en especial, con el 26


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enorme diamante del anillo de compromiso que luce en la mano izquierda. Ella y Durkin, que es siete años menor, se conocieron en la calle, frente al ático de Williamsburg que Beecroft alquilaba. Él buscaba un apartamento en el barrio, donde conviven bohemios con recientes inmigrantes de Europa del Este, y ella lo tomó equivocadamente por un ruso. Él tiene esa belleza de pelo oscuro de un zagal del Ática y una larga vida de experiencia con despóticas mujeres mayores, y le propuso matrimonio impulsivamente al cabo de tres meses de cortejo. –Cuando Greg me dio el anillo, le dije «gracias» y lo arrojé al otro lado de la cama –me cuenta–. Supuse que lo había sacado de la máquina expendedora del centro comercial. (En realidad, provenía de su bisabuela materna, aunque la fortuna que representaba ha disminuido con el tiempo). No obstante, Beecroft quedó impresionada por el coraje de Durkin, o por su temeridad. –Vanessa es extremadamente feminista –dice su fotógrafo, Dusan Reljin–, sólo que busca un hombre fuerte que la controle. A mí me pareció más bien la chica salvaje de un cuento popular que, embrujada como castigo por su carácter, se convierte en un aullante lobo y devora a sus posibles salvadores. Su boda en Portofino se transformó en un «proyecto», con trajes de Prada, Trussardi y Alessandro Dell’Acqua –el cortejo nupcial entero y todos los invitados vestían de blanco– y una recepción en un campo de fútbol que tuvo como anfitrión al director del Vogue italiano. La fama y el impacto de la obra de Beecroft han hecho de ella una figura pública, por lo que nunca olvida que se está exhibiendo. Se mueve con la agilidad de una bailarina y posa para los fotógrafos con el aplomo de una modelo. Tiene una voz seductora y un tanto sobrenatural: un badajo de plumas en una campana de hierro. A veces uno tiene la impresión de estar en presencia de una aguerrida mujer solitaria que imita voluntariamente –aunque con cierto desdén– a una muñeca, casi como si fuera una parodia. El 27


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padre de Beecroft es inglés, y ella habla su lengua con fluidez y un acento cantarín. Su italiano es excepcionalmente culto y académico, incluso arcaico (su madre enseñaba lenguas clásicas y literatura), sin ningún rastro de argot y rico en subjuntivos. La mayoría de la gente cambia de carácter cuando pasa de su lengua materna a otra y viceversa, pero la discontinuidad entre la personalidad italiana de Beecroft y la inglesa es mínima, tal vez porque el flujo de sus francas confidencias parece, en contraste con su precisión gramatical, completamente auténtico. Beecroft confiesa que la moda y la adquisición de ropa la «obsesionan» casi tanto como la comida, por razones semejantes. Afirma que hace compras «llevada por un frenesí estúpido y voraz» y que todo lo que compra «es una equivocación»; aun así, se viste con un estilo exquisito, incluso en el campo, casi siempre con un traje de diseño minimalista en negro o blanco y zapatos Capezio del tipo que usan los bailarines de tango. Beecroft mide alrededor de un metro setenta, pero la gente suele verla como una amazona escultural, quizá por su desmesurada vitalidad, o quizá porque es poco frecuente que no lleve tacones. (El calzado con plataforma o clavos que usan las chicas en sus performances son, según dice, sus «pedestales»). La tarde en que nos conocimos, sus propios pedestales eran rojos y su conjunto Prada, inmaculadamente blanco. Había esperado encontrarme con un espectro, pero su peso ronda, por lo general, los sesenta kilos, según dice, y es casi todo músculos. No es raro que una modelo de pasarela de un metro ochenta pese nueve o diez kilos menos que Beecroft, de modo que, pese a su delgadez, nunca está demacrada. –Aspiro a ser tan delgada como una anoréxica –confiesa–. Me encanta ayunar, una vez que supero el sufrimiento de los primeros días, cosa que logro con la ayuda de anfetaminas; pero nunca llego demasiado lejos. En parte, porque le falta valor. Las anoréxicas son más agresivas que las bulímicas, dice. 28


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–Pero últimamente no quiero derrocharme. La bulimia es, entre otras cosas, una manera de investigar para mi trabajo, una fuente de información sobre lo que ocurre en mi interior. Cuando llegamos a la casa, que Beecroft compró para la familia cuando el piso de Brooklyn le quedó pequeño (su arte había resultado muy lucrativo), me condujo a través de una serie de habitaciones monocromáticas y escasamente amuebladas. La arquitectura es la típica del barrio de Nassau, moderna de mediados de siglo: fachada recubierta con tablones de cedro, techos bajos, iluminación en riel, puertas correderas de cristal que dan a una serie de terrazas, y un cuarto de juegos en el nivel inferior, junto al garaje, que Beecroft planea convertir en despacho. El antiguo propietario añadió una torre a la casa, un apartamento independiente con aires de faro donde, en otra época, debieron de celebrarse fiestas llenas de animación o marihuana. Allí se retira Beecroft cuando quiere escapar de su tempestuoso matrimonio, o «esconderse» de la niñera de Dean, que tiene una actitud «mandona» y un enorme apetito, y cuyos hábitos de comida le resultan «opresivos». –Creo que la torre sería ideal para un escritor. Ven a escribir un libro aquí –me propuso. Cuando le pregunté por qué no se había apropiado de ese nido de águilas como lugar de trabajo, en lugar de esconderse en una tumba sin sol que era húmeda incluso en un caluroso día de junio, reconoció que ni siquiera se le había ocurrido. –Me atraen las sombras. Pero la modernidad de la decoración y la ubicación de la casa en lo más hondo de un bosque, al estilo de El proyecto de la bruja de Blair (Beecroft eligió el aislamiento, en parte, para estar lejos de las tentaciones de las tiendas de comestibles), son, de hecho, sumamente elegantes, y es fácil imaginar a Steven Meisel fotografiando una presentación de Versace en la cocina o junto a la piscina. –No toqué nada –dice Beecroft–, ni siquiera para pintar las paredes de blanco; porque, si empiezo, acabaré por echar todo abajo, y 29


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me desespera la idea de no conseguir que sea lo bastante perfecto. Necesito que todo sea perfecto. La bulimia es también una forma demente de perfeccionismo. A Beecroft le molesta tener la nevera llena de golosinas engordadoras para la niñera («No quiere entender que, si deja media rosquilla en la encimera, me cuesta mucho no terminarla»), y por lo general trata de ayunar hasta la hora de la cena, pero me ofreció gentilmente un yogur y una selección de frutas, lo cual decliné (había merendado en el tren, ya que, dadas las circunstancias, no podía esperar comer como era debido en mi lugar de destino), y nos sentamos al sol ante una mesa con botellas de agua. Me alivió ver que el bebé, que tenía nueve meses, gozaba de un saludable apetito. Cada vez que se ponía fastidioso, Beecroft lo amamantaba, aunque, con el transcurrir de la tarde, observé que siempre le ofrecía el mismo pecho. Llegó un punto en que este desequilibrio empezó a causarme un dolor casi físico y, más por cortesía que por su propia comodidad, lo cambió al otro pecho. También me preocupaba que Dean, que gateaba por la terraza sin más ropa que un pañal y una gorra para el sol, se clavara alguna astilla. Así fue, pero su madre se las sacó con unas pinzas con tal habilidad y ternura que Dean apenas si lloriqueó. Como una adolescente, Beecroft parece incapaz de prever un desastre; en realidad, da la impresión de que carece de todo sentido de mortalidad. (La sensatez, una forma de prudencia, le es igualmente ajena). Me contó que, cuando pelea con Greg, sale a veces con el coche muy tarde por la noche, va hasta la autopista y pisa a fondo el acelerador. –Estoy segura de que no pasará nada –dice con displicencia, aunque reconoce que tendría que conseguir el permiso de conducir. (Ahora lo tiene, aunque fracasó dos veces en el examen, ambas por imprudencia). En el curso de nuestras charlas, que se sucedieron a lo largo de diez meses, reveló tener una deslumbrante capacidad de júbilo, que se manifestaba en súbitos y exultantes estallidos, como una tormenta solar. Aun así, daba la impresión de que 30


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carecía por completo de imaginación para disfrutar de una felicidad corriente.

Cuando Beecroft describe los personajes de su vida, la palabra «malo» se repite como un leitmotiv. Se la aplica a su madre, que la crió con una dieta macrobiótica; a su media hermana, de aspecto angelical; a su «serio» y«emotivo» marido, que puede llegar a ser «terriblemente malo». –Pero yo soy todavía más mala con él. Siempre destrozo a los hombres, así que supongo que es culpa mía. (Tras una escandalosa pelea que protagonizaron este otoño, en un hotel del aeropuerto de Los Ángeles, hubo que llamar a la Policía para que interviniera, y, disculpándose educadamente, los agentes esposaron a Beecraft hasta que se calmó). La abuela materna de Durkin, Eunice Carrigan Shneck, de ochenta y tres años, con quien Beecroft siente una gran afinidad, «es considerada la más mala de la familia», en especial para con su sufrida hija Sheril, la madre de Greg, dietista de profesión. Sheril Durkin es una mujer musculosa de cincuenta y tantos años, con una sonrisa radiante y un carácter confiado que desmienten la dureza de su vida. Me confió su opinión profesional de que los trastornos alimentarios suelen estar causados por una «madre loca». No obstante, estos parientes difíciles resultan tan inspiradores para Beecroft como los protagonistas de un mito o tragedia griega. (Supongo que devorar a los propios hijos se puede calificar de bulimia). Siente una enorme compasión por sus mortales defectos y un gran respeto por su capacidad de resistencia. Tal como acabé por comprender, utiliza el concepto de «maldad» –cattiveria– como un cumplido irracional: el gruñido de la bestia que defiende el cadáver de su presa, o de la presa que no se deja atrapar sin luchar; la furia y la mordacidad de los que no agachan la cabeza, de todos los que luchan y se imponen. Cuando le pido que me nombre el sentimiento 31


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que le es más ajeno, Beecroft responde sin vacilar: clemenza (piedad). Como señaló una vez un erudito de las lenguas clásicas, Eros es el más testarudo de todos los dioses, y gana todas las contiendas del Olimpo porque el deseo es el origen del cambio. A lo que se podría añadir que la voracidad es el motor del deseo. Sheril, Eunice y la hermana mayor de ésta, Ruby Keller, de noventa años –la más alegre de la familia–, eran las figuras centrales de un curioso documental que Beecroft filmó justo antes de Navidad en una suite del hotel Plaza, una performance que me describió por anticipado como «Eurípedes conoce Grey Gardens». En principio, iba a ser «como un pequeño juicio» en que se examinaría «la verdad de su vida: la verdad sobre la juventud perdida, los sueños perdidos y el amor, y sobre la proximidad de la muerte». A ratos parecía más bien una elegante sesión de terapia para gente mayor. Beecroft recurrió a su propio guardarropa en busca de trajes de noche con un valor sentimental, incluido un vestido tubo de lamé de su madre y un traje de novia blanco de Saint Laurent que había comprado para una posible boda «mucho antes de tener pareja». Diseñó asimismo unos llamativos vestidos futuristas en tejido de punto de poliéster. Su amiga Tara Subkoff, menuda y delicada («una Catherine Deneuve en miniatura», como la definía acertadamente Beecroft), hizo de peluquera y encargada del vestuario. Subkoff es la diseñadora de la «Imitación de Cristo», una exclusiva línea de prendas únicas en su clase que podría calificarse de clasicismo mutante. –No me gusta que encasillen mi trabajo, ni como moda ni como arte. Me encantaría que lo consideraran ciencia –dijo Subkoff–. El trabajo de Vanessa también es muy difícil de catalogar. Tiene una relación muy visual con su familia y la ropa que visten. Es como si fueran sus muñecas de papel.

. Famosa mansión ruinosa donde vivían en la miseria una tía y una prima de Jac­ queline Kennedy. (N. de la T.) 32


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La obra consistía en tres escenas, cada una de las cuales duraba una media hora. Las dos primeras fueron muy bien. Beecroft vistió a las viejas damas con llamativos vestidos largos de color rosa y rojo, y una maquilladora les retocó la cara y las peinó. Parecían gozar con el maquillaje y las atenciones. Luego se les dijo que se tumbaran lado a lado en el enorme lit à la polonaise estilo falso imperio. La composición tenía un encanto macabro: dos mujeres voluminosas con la cara llena de colorete que yacían de cuerpo presente en unas lujosas andas, en una habitación de color azul pálido, y, al otro lado de la ventana, el parque nevado que reflejaba el sol invernal. Cualquier embalsamador se habría sentido orgulloso de presentar un memento mori tan espléndido a la familia de un muerto. Ruby se quedó dormida y empezó a roncar suavemente, mientras Eunice, exasperada, hacía chistes desde su rígida posición supina. En la segunda escena, Sherid entró con un vestido de fiesta de gasa roja de la Rive Gauche y se sentó en la cama. –A Vanessa le encanta hacer feliz a la gente –comentó–. Es una madre maravillosa, pero quiere saberlo todo sobre hijos y madres. Yo malcrié terriblemente a Greg porque tuvo una infancia muy difícil. Su padre nos abandonó, y luego murió su hermana. Ahora es su mujer la que paga las consecuencias. Entre toma y toma, las tres mujeres hacían un amable intento de abordar los temas de la juventud perdida, los sueños y el amor, aunque Ruby y Eunice no tenían más que «recuerdos felices». Eunice había sido propietaria de una tienda de trajes de baño de mujer en Hamptons. –No creerías cuántos hombres querían probárselos –dijo. También recordaba que, durante la guerra, los invitados de su boda habían contribuido con sus cupones de gasolina para que ella tuviera su viaje de luna de miel. En unas vacaciones con su marido, Ruby había conocido al papa. Sheril dijo que su matrimonio había sido «dichoso» los primeros siete años. Pero Eunice puso los ojos en blanco en un gesto de profundo desprecio cuando Sheril con33


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fesó que había perdonado a su marido, un veterano de la guerra de Vietnam, por haberse fugado con otra mujer. Cuando hicimos un alto para almorzar, me quedé sorprendida al ver que Beecroft comía varias tabletas de chocolate en rápida sucesión. Me había contado que estaba haciendo «una dieta sin levadura». Tuvo una acalorada discusión telefónica con su madre, que hablaba desde Italia, y luego «rompió» con su marido, que se encontraba en su casa con el bebé. (Riñen y se reconcilian con regularidad). –Greg piensa que todo lo convierto en una ópera –dijo con tristeza. Eunice se calzó unos impertinentes para leer su columna favorita de ecos de la sociedad y se quejó del exagerado tamaño del bocadillo de embutido que le había llevado el servicio de habitaciones. Sheril dio cuenta de una fuente de rosbif y un plato de galletas. Entre tanto, Ruby hacía un solitario. Pero, cuando llegó el momento de que las actrices se vistieran para la tercera escena –«la proximidad de la muerte»–, estallaron los problemas. Eunice se puso de mal talante y se negó a «seguir más tiempo con esa disparatada ridiculez». Objetaba específicamente estar tumbada como un cadáver junto a su hermana, con la ropa que Beecroft les había preparado: blancos trajes de novia semejantes a faldones de bautizo, con una capucha ajustada y, por encima de ésta, un ondeante velo de tul. –No puedes ponerme en ridículo de este modo –dijo Eunice, frunciendo el ceño y agitando su dorado combinado con huevos batidos. –Nadie va a reconocernos con nuestra doble papada –comentó Ruby con animación. Ya se había puesto obedientemente su capucha, y parecía el recién nacido de una arrugada especie extraterrestre, apenas salido del cascarón. Pensé que al fin todo iría bastante bien, o que al menos se ajustaría al guión de Eurípides, pero Beecroft estaba alterada. Le dijo 34


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a Eunice que había gastado diez mil dólares de su propio bolsillo para montar la producción y que ahora corría el riesgo de perder todo lo invertido. –Hay cosas que no puedes comprar –replicó Eunice–, y yo soy una de ellas. Te devolveré tu dinero. Desapareció en el cuarto de vestir, con la evidente intención de buscar su talonario, pero cuando volvió llevaba una copa con un líquido ambarino que Sheril se apresuró a arrebatarle. Subkoff, que es unos sesenta años más joven que Eunice, se había ofrecido animosamente para ocupar su lugar en la cama y se estaba poniendo la ropa correspondiente. –Esto parece El cuento de la criada –comentó con un suspiro, mientras se acomodaba el velo y se preparaba para sacar adelante la escena–. Me gustaría que pudiera verme mi tía. Es monja.

Beecroft ha sido acusada de montar «espectáculos eróticos» en nombre del feminismo, de «convertir a las mujeres en objetos» y «someterlas a la mirada masculina». Algunos críticos han señalado también el «sadomasoquismo» implícito en performances que, como la propia artista reconoce de buena gana, están muy influidas por la obra de Helmut Newton (que dos años atrás fotografió a Beecroft para Vogue, vestida con un minúsculo bikini de cuero). Sin duda, en estas críticas se evidencian demasiados tópicos y demasiada mojigatería para que merezcan consideración. Aun así, un apetito refinado exige nuevos estímulos. Los gourmets del mundo del arte son especialmente melindrosos. Y cincuenta producciones basadas en la misma fórmula –con un impacto inversamente proporcional a su encanto– empiezan a hastiar de forma inevitable. Beecroft sabe que necesita cambiar, según me dijo.

. Famosa novela de Margaret Atwood (Ottawa, 1939). (N. de la T.) 35


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Pero el comentario que dejó caer Subkoff sobre la novela de 1985 de Margaret Atwood ofrece una percepción de Beecroft y su obra mucho más perspicaz de lo que resultan los correspondientes debates eruditos de las publicaciones de arte. El cuento de la criada describe un futuro totalitario en unos Estados Unidos fundamentalistas, donde los viejos patriarcas del estamento religioso y sus estériles esposas tienen esclavas jóvenes para que les den hijos, a las que someten a violaciones rituales en que participan los dos esposos. (Cuando el libro se dio a conocer, me pareció que su planteamiento carecía de solidez. La historia reciente ha arrojado una nueva luz sobre él y lo ha vuelto levemente profético). Aún sigo considerando la novela más convincente como obra de ficción erótica –la fantasía del incesto y la esclavitud– que como distopía orwelliana. Como artista, Atwood tenía mucho que decir sobre la patología del deseo, pero como militante no podía permitirse decirlo. No estaba dispuesta a contar la verdad sobre los sentimientos anárquicos de las mujeres, en especial sobre su voracidad. Beecroft sí lo está. Los seres humanos de ambos sexos erotizan sus vínculos primarios según quiénes los alimentan. Cuando se los priva de comida a tierna edad, su carácter no se configura en torno a un núcleo sólido, sino en torno a un vacío. Los demás pueden verlos como personas seguras y realizadas, pero ellos saben que, como una casa construida en terreno pantanoso, en cualquier momento pueden desaparecer en la nada. Se consuelan con la imagen de un proveedor mágico cuyo amor perfecto los satisfará de una vez para siempre. Los atracones de sexo o comida los incitan con una fugaz sensación de completitud. (Eso mismo hacen las compras de las bulímicas. El armario es un estómago, y la ropa, como nuestro yo infantil, está llena de promesas, aunque carece de vida hasta que nos metemos en ella). Pero el hambre insaciable se convierte en una acusación a la pareja, a quien se culpa del apetito –y se le administra un castigo apropiado– por la inevitable recaída en el vacío. Su vida es una búsqueda permanente de alivio a su necesidad, en la 36


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que los fuertes toman la ofensiva. Intentan recuperar una ilusión de totalidad a través de la dominación, y se transforman en los seductores sádicos y destructivos de uno u otro sexo. Los débiles prueban alguna forma defensiva de matarse de hambre, quizá con no menos agresividad. Sus privaciones voluntarias les parecen mejores que la desesperación del niño famélico, que sufrieron con total impotencia. En la vida y el arte de Beecroft convergen ambas estrategias. La mayoría de las almas huecas ocultan la vergüenza de su vacío. Ella procede al revés. Los padres de Beecroft se separaron cuando ella tenía dos años. Junto con su madre se trasladó a una casona ubicada en medio de un olivar, cerca del pueblo de Malcesine, en una de las laderas que dan al lago Garda, donde, según dice, vivían «sin hombres, ni teléfono, ni coche». Su hermano menor fue criado por sus abuelos y se hizo abogado. Su padre permaneció en Londres, donde vendía Bentleys clásicos, se interesaba superficialmente en la filosofía y estudiaba la cábala. Más tarde tuvo otro hijo y otra hija. Beecroft ha estado pintando una serie de retratos que muestran a su hermana menor, Jennifer, como una Lolita punk de peligrosa belleza y aspecto huraño, con una espesa capa de rímel y la piel grasa y bronceada. –Le pagué un montón de dinero para que posara, porque eso nos hacía más iguales –explica–. No me aproveché de ella. La hermana menor conoce a su padre como la mayor nunca lo ha conocido, y quizá por eso «a ella no le interesa, mientras que yo lo idealizo», conjetura Beecroft. Andrew Beecroft «fuma, bebe y es un dandi disoluto, muy delgado y pálido, con pelo rubio rojizo», según me explica ella. Ama la compañía de «viejas damas con el corazón destrozado». Durante años no tuvieron contacto. –A los quince años fui a buscarlo –relata Beecroft–, pero tildó mi energía de «demasiado negativa». Así que volví a Londres al año siguiente, esperando impresionarlo con mi actitud positiva, pero no lo logré. Yo lo veía como el hombre más guapo del mundo. Nues37


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tro encuentro me dejó una profunda sensación de fracaso. Ahora tenemos una relación intelectual. Beecroft dice que sus padres eran hijos de los sesenta. –Mi madre es una mujer fuera de lo común, de huesos grandes, con rasgos firmes e incluso varoniles, pero aun así hermosa y femenina. Ella la ve «enorme», con un cuerpo «que parece una escultura». (En las fotografías, me da la impresión de una matrona esculpida en la tapa de un sarcófago etrusco, aunque no tan benevolente). –Nunca le interesaron los asuntos de mujeres. Tuve que esconder mi primer Vogue para que no lo viera, porque lo desaprobaba. Beecroft cuenta que vivían «en un caos total». –Pero seguíamos una estricta dieta macrobiótica. Los vecinos nos llamaban «las extranjeras». Ellos comían pasta con conejo en salsa, y nosotras no lo hacíamos nunca a horas fijas: simplemente comíamos pan casero, de harina integral, y verduras, la mayoría crudas. El día que su madre hacía el pan, cuando las hogazas recién salidas del horno aún estaban calientes, a veces Beecroft se las comía todas y luego se desmayaba. Dice que el pan la pone «loca» y que, si come pan, no soporta que la toquen. –Mi madre me gritaba que no era el pan lo que me había puesto enferma, sino el odio hacia ella. Ahora que es una mujer adulta, Beecroft y su madre se han hecho amigas. Ésta no recuerda las tormentas familiares: cómo destrozaban la casa, cómo «ella esperaba autonomía de una niña de seis años», cómo «lloraba durante dos días seguidos» y contaba con su hija para que la cuidara. «Tiene amnesia», dice Beecroft. –Al mismo tiempo, podía ser extremadamente cariñosa y alegre. Es una persona muy culta y una gran lectora. Adora el cine. Creo que a los cinco años yo ya había visto todas las películas de Bergman. Pero le devolví los golpes cuando crecí, y solía tirarle la ropa que no me gustaba: iba directa a la basura. Siempre he sido muy dogmática sobre cómo debe vestir la gente. Mi padre, por ejemplo, 38


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se viste a la perfección. Me gusta la ropa fotogénica y poco práctica, aunque no sea real. Tengo armarios llenos de cosas por usar, pero todas tienen un tamaño inadecuado. Nunca he sido buena haciendo compras. En 1980, cuando Beecroft tenía siete años, se mudó con su madre a un pueblo de la costa de Liguria, cerca de Portofino. –Mis amigas de allí eran anoréxicas –recuerda–. Tres de ellas, las hijas de una familia aristocrática y rica, eran rollizas cuando las conocí. Luego se negaron a comer otra cosa que no fueran manzanas, y se quedaron en piel y huesos. Yo estaba muy impresionada. Su hermanito menor también era anoréxico. Me acuerdo de que tenía la costumbre de romper en pedazos billetes de mil liras y masticar los trocitos uno a uno. Mi madre me envió a un ginecólogo cuando tenía trece o catorce años, porque mi pubertad se había retrasado. El médico me dio hormonas, y aumenté diez kilos. Los pechos me crecieron vertiginosamente y se me pusieron enormes. Me sentía kafkiana, y caí en una depresión. Más o menos en esa época, leí que Fassbinder hacía películas para sentirse real. Yo empecé a dibujar por la misma razón. A los dieciocho años, Beecroft conoció a un duque siciliano de treinta y cinco. –Me introdujo en un melancólico mundo de aristócratas que parecía sacado de El Gatopardo. Nunca me acosté con él (me acosté con un amigo suyo que no era tan noble), pero paseábamos por Palermo en un Triumph blanco. Me hizo unos regalos preciosos y le pidió formalmente mi mano a mi madre. A ella le dio lo mismo. Como tal vez ya te haya dicho, somos una familia desdeñosa. Nuestro problema es que somos demasiado buenos para cualquiera, pero nunca lo suficientemente buenos para nosotros. Sin embargo, mi recuerdo más claro de aquel período es el de los atracones de uvas y queso. Cuando volví de Palermo, empecé a escribir sistemáticamente mi diario de comidas, pero nunca tuve la intención de publicarlo. Luego cambié de idea. 39


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En 1988, Beecroft se inscribió en la escuela de arte Brera, de Milán. –Necesitaba trabajar –explica–, porque mi madre no me daba dinero. Así que empecé como au pair. En la familia para la que trabajaba eran todos pelirrojos, como las muñecas de los dibujos que yo hacía de niña en Malcesine. Es mi color favorito. En su primera performance en Estados Unidos, en el Centro de Arte Contemporáneo de Nueva York, en 1994, las chicas llevaban pelucas pelirrojas estilo Raggedy Ann. –No recuerdo nada más sobre ellos (por ejemplo, si eran felices o no), pero sí que amaban la comida. Nunca recuerdo lugares o situaciones, sólo qué aspecto tenía mi cuerpo ante el espejo. Fue aproximadamente en esa época cuando comió la bolsa de nueces con cáscara y todo. –Me convertí en artista de performance por error –dice Beecroft–. Hay algo de vulgar en ese género: su realidad humana. En la escuela me decían que mis dibujos se parecían a los de Schiele o de Pontormo. Pero nunca creí que fueran lo bastante buenos o importantes para ser tomados en serio. Prefería la pureza del arte minimalista, lo que me recuerda ese famoso epigrama sobre las matemáticas: «La ciencia que soluciona con una fórmula abstracta la infinita variedad del mundo». Aún trato de conseguir que cada nueva performance sea más abstracta, más difícil, más artificial, más fotogénica, menos materializada que la anterior. Mi carrera empezó porque uno de mis profesores me invitó a participar en la exposición anual de la escuela. Quise reunir a todas las chicas a las que había estado mirando durante cuatro años, chicas que tenían algo extraño o insano, pero que, aun así, eran hermosas; encerrarlas en una habitación y darle a cada una una prenda mía de ropa interior. De modo que se transformaron en la obra. Me gusta saber

. Célebre personaje infantil ficticio creado por Johnny Gruelle. (N. de la T.) 40


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que todas tenían un punto débil. Ver el cuerpo de otras mujeres es un alivio, porque hasta el cuerpo más deseable muestra las cicatrices de una vida imperfecta. A su modo, la perfección es una cicatriz invisible. –No hay nada erótico en la forma en que miro a las mujeres. Juego con la sexualidad de las chicas para ofender al público. No me importa irritarlos, ir en contra de sus principios. Mi psiquiatra dice que soy un matón. También puede decirse que actúo como el hombre de la casa. Pago las facturas y le he dado un puñetazo en la cara a Greg. Le pregunté si consideraba que maltrataba a su marido, y reflexionó con cuidado en el asunto. –Sé que soy violenta –concluyó– y no me enorgullezco de ello. Pero necesito una catarsis. Mi mayor temor es quedar prisionera de la amabilidad.

En agosto pasado, Beecroft montó lo que dijo que sería su último cuadro viviente. –Pero siempre digo que es el último y nunca lo es –añadió. (Su filmación de diciembre en el Plaza fue la primera de una nueva serie de cuadros muertos que presentarán a miembros de su familia, incluido su padre –o su «sustituto»–, posando en camas de hotel). «VB51» tuvo lugar durante dos días en un castillo alemán cercano a Hanover, el Schloss Vinsebeck, que pertenece al conde Wolff-Metternich. Beecroft me había explicado que la obra presentaría a mujeres «viejas» y evocaría el espíritu de El año pasado en Marienbad, de Resnais, pero a mediados de julio todavía se mostraba vaga acerca de los detalles. Curioseamos juntas en una tienda de artículos de segunda mano de Williamsburg, y compró un vestido de gala de gasa que pensó que podría utilizar para la obra. Me intrigaba cómo lo haría para organizar todos los pormenores de una compleja producción extranjera en sólo un mes. 41


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–Siempre improviso en el último minuto –me explicó–. Necesito la ansiedad del fracaso inminente. En contra de lo habitual, la performance contaba con un reparto muy heterogéneo en cuanto a edad y tipo, que incluía a la madre de Beecroft, a su suegra y a su hermana; a las actrices Hanna Schygulla e Irm Hermann; una representación de la «disoluta» aristocracia local, todas delgadas sílfides de Meissen, y a una crítica de arte italiana «anoréxica». Salvo dos de las participantes (Schygulla y Hermann), todas vestían de blanco. La madre de Beecroft aceptó aparecer con los ojos ennegrecidos como los de un mapache, y el maquillaje resaltaba la dureza de sus rasgos y el pánico salvaje de su mirada. Sheril Durkin, con su pelo enmarañado y su sonrisa de mártir, parecía fuera de lugar. Schygulla, que se ha hecho cantante, había aceptado actuar con la condición de que pudiera cantar. –De acuerdo, pensé, dejémosla –me contó Beecroft–. Luego lo eliminaremos de la filmación. Pero no lo hizo. La diosa del sexo de Fassbinder cumplirá sesenta años esta Navidad. La edad ha empañado su belleza, pero no ha extinguido su ardor. Vestida con una túnica eclesiástica negra, se paseaba entre las estatuas humanas entonando trozos del Winterreise de Schubert en tres lenguas. Una filmación de «VB51», de unos noventa minutos de duración, se estrenó en abril en París, en la Cosmic Galerie. No obstante, una obra de Beecroft merece ser observada en su totalidad. En un primer momento puede parecer frívola, pero luego se advierte que la moda y la desnudez son simples distracciones. Si la bulimia es contagiosa, también lo es la impasibilidad. Mientras pasan las horas en medio del silencio y el aburrimiento –el tiempo transcurre cada vez más lento, tal como ocurre en un viaje largo, si se compara con la duración de uno rápido, o en la mente de un bebé–, uno se hace consciente, de forma visceral, de todos los deseos, punzadas, escalofríos, bostezos, sudores, dolores, picazones, ansias, rubores e im42


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paciencia que afrontan y reprimen las mujeres, asĂ­ como de los propios. Beecroft podrĂĄ criticar una idea o ensalzar un capricho, pero su arte conspira con nuestros nervios para mantenernos prisioneros de todas las cosas insoportables que nos vemos obligados a contener. 17 de marzo de 2003

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