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KAREN R. KOENIG Karen R. Koenig

“Este libro –explica Koenig– es para todas las mujeres que saben que son demasiado

KAREN R. KOENIG

Las Chicas buenas terminan gordas

Ser demasiado buena es un inconveniente… y además engorda.

KAREN R. KOENIG es egresada del Simmons College School of Social Work. Se

buenas, que reconocen muy en el fondo Las chicas buenas terminan gordas porque viven sacrificán-

no les deja nada, que no comprenden por

dose por los demás en lugar de cuidar de sí mismas. Karen R.

qué no pueden dejar de comer cuando no

Koenig revela el vínculo que existe entre los hábitos alimenti-

tienen hambre, que sienten la necesidad de

cios indeseables y la manera en la cual las “chicas buenas” se

disculparse por cualquier partícula de su

relacionan con su pareja, su familia, sus amigos y sus colegas.

ser que no sea intachable y angelical, que

Para hacer frente a dicho fenómeno, este libro te ofrece:

cuidan de los demás con amor y cuidan de sí mismas con comida, que trabajan muy duro para ser perfectas, viven para complacer a otros, piensan no y dicen sí, y tienen que arreglarles la vida a todos.”

• Ejercicios centrados en los aspectos psicológicos, interpersonales y sociales para realizar cambios significativos en tu vida. • Consejos para dejar atrás años de conducta demasiado buena y comportamientos disfuncionales. • Historias de “aspirantes a santas”, como tú, que están aprendiendo a desprenderse de la aureola y dejar de abusar de la comida y de su cuerpo.

desempeña como terapeuta, educadora, conferencista, experta en nutrición y es-

Las Chicas buenas terminan gordas

que esforzarse en exceso por los demás

critora. Pertenece a la corriente conocida como terapia cognitiva. Su especialidad es la psicología de la alimentación, la cual le ha permitido ayudar a lo largo de los últimos 30 años a miles de mujeres que padecen trastornos en su manera de comer. Ha escrito numerosos artículos para publicaciones como Social Work Focus, Social Work Today, Eating Disorders Today, The Newsletter for the Society for Family Therapy and Research, The Boston Globe, The Boston Herald, Attitudes Magazine y Positive Change. Es autora de varios libros sobre su especialidad, entre ellos: The Rules of “Normal” Eating (2005), The Food and Feelings Workbook (2007) y What Every Therapist Needs to Know about Treating Eating and Weight Issues (2008).

PONTE EN PRIMER LUGAR Y CAMBIA TU MANERA DE COMER PARA SIEMPRE

www.nicegirlsfinishfat.com

ISBN 978-607-400-431-1

9 786074 004311

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Índice

Agradecimientos, 11 Introducción. Chicas buenas, lean esto: ¿Por qué ser buena es un vicio?, 13

1. ¿Qué es una chica “buena”? Azúcar, condimentos y todo… ¿engorda?, 17 2. ¿No es cierto que la mejor amiga de todas vive en el refrigerador? Usar la comida como cuidado personal, 31 3. Si no tiene glaseado, ¿para qué sirve? Buscar sustitutos de la comida, 49 4. Soy mujer, ¡óiganme masticar! Cómo ocuparse de la familia, 69 5. ¡Ve a llorar en tus propios hombros! Cómo ocuparse de los amigos, 89 6. ¿Me parezco al ayudante de Santa Claus? Cómo cuidarte en el trabajo, 105 7. ¿Qué parte del “no” no entiendes? Di lo que piensas, 123

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8. ¿Puedo ser perfectamente imperfecta? Supera el perfeccionismo, 139 9. Por favor, compláceme, ¡oh, sí! Gente complaciente, 155 10. Yo, yo, yo, yo, yo… ¡practicando! Aprende a ser e goísta, 171 11. Mírame… ¡Estoy a la cabeza de la fila! Termina como la primera, no gorda, 191

Notas, 211 Índice analítico, 213

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¿Qué es una chica “buena”? Azúcar, condimentos y todo… ¿engorda?

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omo escogiste este libro (y leíste la Introducción), es probable que tengas una vaga idea de lo que significa ser “buena” y cómo eso puede meternos en problemas. En la mayor parte de los casos, es lo que nuestros padres, con la mejor intención, nos enseñaron a ser, el ejemplo que nos dieron nuestras madres y otras parientes femeninas mal informadas y cómo nos dijeron que los hombres querían que actuáramos si queríamos tener novio y llegar a casarnos. Si necesitas un recordatorio, buena equivale a generosa, complaciente, agradable, afectuosa, amable y considerada. No hay nada intrínsecamente malo en ninguna de estas características, ya sea en sentido individual o colectivo. De hecho, constituyen un grupo de atributos a los cuales es muy noble aspirar, y nada más. Ésa es la cuestión. Si te criaron para ser inteligente, firme, independiente, creativa, segura de ti misma, franca, honrada, llena de confianza y exitosa, además de buena, no hay problema en que le regales este libro a otra que lo necesite más que tú. Pero a muchas de nosotras nos estimularon a elegir sólo el crayón de buena cuando coloreábamos nuestra personalidad. No tuvimos muchas oportunidades de probar el resto de los colores gloriosamente vivos de la caja y, por tanto, nos volvimos buenas de la manera más aburrida, poco saludable y monocromática.

¿Exactamente qué tan buena es demasiado buena? Para el propósito de este libro, diremos que existe una diferencia entre ser buena y demasiado buena, un ejercicio tan popular que en realidad le da mala reputación a ser sólo buena. Para ponernos de acuerdo, supongamos que está

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bien ser un encanto y una madre tierra siempre que una tenga la capacidad de dejar de lado esas cualidades y sacar las armas de grueso calibre para ser egoísta, práctica, confiada, audaz, obstinada, resuelta y extrovertida cuando sea necesario. Como aconseja el oráculo, necesitamos estar en equilibrio. ¿Cómo saber si estás exagerando con la dulzura y la miel y poniendo en riesgo tu bienestar físico y emocional? ¿Cómo asegurarte de que no estás tan acostumbrada a ser un amor y un encanto que no te das cuenta de lo tristemente unidimensional que te has vuelto? ¿Cómo hacer a un lado el miedo de verte como eres en realidad durante el tiempo suficiente para descubrir si tienes una aureola soldada a la cabeza? En seguida te lo digo. Respira hondo, trata de ser sincera, contesta este pequeño examen y averigua lo que indica sobre tu nivel de bondad. (Y, por favor, no te preocupes por tus respuestas. Hay sólo veinte preguntas y todas ellas son oraciones sencillas y declarativas. Pista: No querer reprobar ni cometer errores puede ser una buena parte de tu problema.) ¿QUÉ TAN BUENA ERES? Escribe el número que mejor describe cómo piensas, sientes o actúas en general: 1 = Rara vez/Nunca

2 = A veces

3 = A menudo

4 = Siempre

___ 1. Me ofrezco a cuidar de miembros de la familia cuando otros podrían ocuparse de ellos, pero no lo hacen o no quieren hacerlo. ___ 2. Me siento culpable siempre que digo que no a miembros de la familia o los decepciono. ___ 3. Evito agobiar a mi familia con mis problemas. ___ 4. Antepongo las necesidades de mis familiares a las mías a mi costa. ___ 5. Cuido a mis amigos más de lo que ellos se ocupan de mí. ___ 6. Me siento culpable y mala cuando digo que no a mis amigos o los decepciono. ___ 7. Apoyo a mis amigos aunque ellos no me apoyen a mí. ___ 8. Antepongo las necesidades de mis amigos a las mías a mi costa. ___ 9. A pesar de que me pone muy tensa, me esfuerzo por entregarme por completo a mi trabajo. ___ 10. Hago el trabajo que debieran hacer mis compañeros o jefes y rara vez recibo el reconocimiento que merezco.

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1. AZÚCAR, CONDIMENTOS Y TODO… ¿ENGORDA? ___ 11. La gente de mi trabajo se aprovecha de mi naturaleza buena y generosa. ___ 12. Me presiono mucho porque digo que sí a la gente cuando sé que debiera decir no. ___ 13. Siento que estoy equivocada y me disculpo de manera automática aunque no haya hecho nada malo. ___ 14. Guardo silencio sobre lo que me preocupa en lugar de expresarlo sin temor. ___ 15. Siento que nada de lo que hago es suficiente con amigos, familia, en el trabajo y en el juego. ___ 16. Si no hago algo a la perfección, me siento fracasada. ___ 17. Me mortifica cometer errores por lo que la gente pueda pensar de mí. ___ 18. Tengo una necesidad abrumadora de caerle bien a la gente y de que me quiera, acepte y apruebe. ___ 19. Evito crear problemas. ___ 20. Hago hasta lo imposible por no herir los sentimientos de las personas y acabo diciendo mentiras.

Bueno, no fue tan difícil, ¿verdad? Si lo fue, no te preocupes; apenas empiezas a leer este libro. Te sentirás mucho mejor cuando lo termines. Para calificar este breve examen, anótate 4 puntos por cada vez que hayas respondido Siempre; 3 por A menudo; 2 por A veces, y 1 por Rara vez/Nunca; luego suma los puntos. Ahora echa un vistazo a las calificaciones que se presentan a continuación y ve dónde te clasificas: 60-80 45-59 25-44 20-24

Manda hacerte una corona de espinas. ¡Tu bondad te está matando! Consigue unas espinas y anótate en la lista de espera de la clase para aprender a hacer coronas. Cómprate un termómetro de bondad y obsérvate con sumo cuidado. Ser demasiado buena no es tu problema.

No quisiera parecer demasiado terapeuta, pero ¿qué te parece tu calificación? ¿Te dejó pasmada? ¿Tus respuestas refuerzan lo que ya habías adivinado de ti misma? ¿Te sientes tan deprimida que estás pensando en ahogar tus penas en una malteada?

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Bromas aparte, resulta increíblemente difícil vernos a nosotras mismas con sinceridad y aceptar quiénes somos, con todo y defectos. Además, seamos realistas, ser demasiado buena no es lo peor del mundo. A duras penas puede compararse con ser una asesina en serie o una mercenaria. Respira hondo, trata de salir de la autoflagelación y empieza a ver las cosas con curiosidad. Hum, eres muy buena, y tal vez por eso tienes problemas con la comida o el peso. No te preocupes, eres inteligente, talentosa, sabes resolver los problemas como nadie (por lo menos, los de otras personas) y cambiarás, crecerás y serás una mejor mujer por todo ello. PONTE TU GORRA DE PENSAR. Examina con toda objetividad cómo te lastimas por ser unilateralmente buena. ¿Eres capaz de reconocer que esto no te hace mala, sino que sólo has llevado algo bueno demasiado lejos?

¿Podrías ser un poquito más específica sobre lo que me pasa? Para solucionar el problema, tienes que reconocer en qué consiste y de dónde procede. La bondad excesiva tiene muchas formas y caras. Quizá sólo poseas algunas características, o tal vez las tengas todas. Como soy terapeuta cognitiva conductual (esto es, parto del supuesto de que las creencias producen sentimientos y comportamiento y de que un cambio en las creencias transforma las emociones y los actos), he dividido las características de las mujeres demasiado buenas en tres aspectos del ser: lo que creen, lo que sienten y cómo se comportan. Estos ejemplos te darán una idea de cómo ocurre esto de ser demasiado buena; existen muchos otros ejemplos como éstos. LO QUE CREES

• Soy responsable de la felicidad de la gente. • Necesito mostrarme optimista y alegre y conseguir que la gente se sienta mejor. • La gente se derrumba sin mi ayuda. • Si digo lo que siento, voy a herir a la gente y no le agradaré. • Si dejo de ser demasiado buena, la gente no me aceptará.

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1. AZÚCAR, CONDIMENTOS Y TODO… ¿ENGORDA?

• Tengo que ser perfecta, y eso incluye cómo me veo y actúo y lo que digo. • Necesito los elogios de los demás para sentirme bien. • Negarme a cumplir lo que me piden los demás es ser egoísta. • Ponerme en primer lugar significa que soy egocéntrica y no me importan los demás. • No soy una buena persona a menos que sea servicial o productiva. LO QUE SIENTES

• No soporto ver a la gente afligida. • Me siento culpable con los demás cuando los decepciono o no satisfago sus necesidades. • Siento el impulso de hacer algo para mantener en alto el espíritu de los demás e impedir que sufran. • No soporto herir los sentimientos de los demás. • Tengo miedo de no simpatizarles a los demás si dejo de ser muy buena. • Estoy resuelta a ser, verme o actuar como si fuera perfecta porque odio fallar o cometer errores. • Me siento inadecuada e insegura a menos que la gente me colme de elogios y cumplidos, aunque en general no me los creo. • Detesto la idea de ser egoísta y me siento horrible cuando creo que lo soy. • Me siento culpable si me ocupo más de mí misma que de los demás. • Me siento perdida e inútil a menos que esté haciendo algo por los demás o siéndoles útil. CÓMO TE COMPORTAS

• Escucho sin cesar los problemas de todos, ofrezco soluciones y doy consejos. • Hago favores a los demás aun cuando no tenga tiempo ni energía y no me los devuelvan. • Sonrío y oculto mis sentimientos negativos para parecer optimista. • Digo cosas que no quiero decir y hago cosas que no quiero hacer sólo para no herir los sentimientos de alguien.

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• Evito confrontar y cuestionar a los demás y siempre estoy de acuerdo en todo. • Me obsesiono con verme, actuar y decir las cosas a la perfección y preferiría morir a cometer un error. • Rara vez me defiendo, establezco límites claros y firmes y me apego a ellos, o me pongo en primer lugar. • Como no sé decir basta, me excedo aunque me estrese al máximo. • La culpa guía la mayor parte de mi comportamiento y es algo tan mecánico que ni siquiera me doy cuenta. • No sé cómo dejar de ser tan buena con los demás. ¿Empiezas a comprender por qué lo que crees y sientes es la causa de que tu tendencia a ser buena y complaciente sea cada vez más marcada? ¿Y te das cuenta de que tu modo de pensar actual no te hace ningún favor? Admítelo: vas a necesitar una afinación mental y emocional (tal vez un ajuste completo de motor, ¿quién sabe?) para situar tu factor de bondad en un nivel sano. ¿Todavía no te convences? He aquí algunos ejemplos que quizá te abran los ojos. ¿Algo de esto te parece familiar? • Pasas tantas horas al teléfono por la noche ayudando a tus amigas a resolver sus problemas que te sientes demasiado cansada para lavar tu ropa y vas a trabajar al día siguiente con la ropa sucia. • Te convences de que no puedes ir al gimnasio porque eres la única persona que puede terminar ese proyecto especial (el que empezaron tus compañeros de trabajo, que en cuanto pudieron salieron corriendo al bar más cercano para aprovechar la hora feliz). • Exhausta tras una semana de pesadilla, te rodeas de tus alimentos favoritos y comes hasta más no poder para olvidar, en lugar de llamar a una amiga e insistir en que cierre el pico y te deje despotricar cinco minutos. • Dices: “Claro, quédense todo el tiempo que quieran”, a tus amigos que de pronto se aparecen en tu puerta cuando tienes gripe, y duermes en el futón roto para que ellos puedan descansar a sus anchas en tu flamante cama de agua. • Te esfuerzas siempre por alimentar el ego frágil de tu cónyuge o pareja para que no caiga en un abismo de desesperación y desprecio de sí mismo y, en cambio, la que se deprime eres tú.

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1. AZÚCAR, CONDIMENTOS Y TODO… ¿ENGORDA?

• Pasas horas buscando el regalo ideal para el cumpleaños de tu padre, madre o hermana imposible de complacer, se lo envías, no te da las gracias, y vuelves a hacer lo mismo al año siguiente (y al otro). • Calculas que te has disculpado diecisiete veces y apenas es mediodía, aunque nada de lo que te disculpaste era culpa tuya. Bueno, ahora ya captaste la idea, y la imagen borrosa de esa persona demasiado buena empieza a aclararse: ¡sorpresa, eres tú! Si te sientes inquieta o angustiada por este descubrimiento, es natural. Es probable que tu mente se adelante y trate de idear cómo te las arreglarás para hacerte una buenactomía sin perder a muchos de tus amigos, o tu trabajo. Déjate de tonterías. No vas a transformarte a fuerza de flagelos en una mujer guerrera en una semana. Esto no es una dieta de choque: ya sabes que ésas no funcionan. Antes de empezar a pensar en qué hacer con respecto a ser demasiado buena, tienes que entender cómo y por qué llegaste a ser un dechado de bondad. Además, recuerda, no vas a dejar de ser buena por completo. Sólo tienes que deshacerte de una parte de esa bondad y quizá adquirir otras cualidades (como egoísmo, seguridad en ti misma, poner límites, franqueza y resolución) para redondearte. PONTE TU GORRA DE PENSAR. ¿Qué sientes cuando reflexionas en creencias, sentimientos y comportamientos específicos que se relacionan con la bondad? ¿Te hace sentirte mejor o peor, o tus sentimientos son un revoltijo?

¿Nací con doce genes de bondad extras o qué? No debe sorprenderte que exista una enorme presión parental para que uno de los sexos sea “bueno” en tanto que al otro se le alienta a ser todo lo demás. Se espera que las mujeres sean, y se les enseña a ser, agradables, simpáticas, amables, consoladoras, nutricias, abnegadas, dependientes, generosas, buenas, corteses, orientadas hacia los demás, serviciales, bien portadas, gentiles, comprensivas, compasivas, graciosas y, por supuesto, respetuosas. No tiene nada de malo ser cualquiera de estas cosas y hay muchas buenas razones para cultivar estas apreciadas cualidades, pero hacer alarde de ellas todo el tiempo te convierte en un ser humano sano a medias. Si tu intención

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es sólo o siempre exhibir estos rasgos, estás menospreciando otras cualidades esenciales que te ayudarán a descubrir las verdaderas mieles de la vida. No voy a entrar en una larga explicación histórica de cómo y por qué se encasilló a las mujeres en el papel de buenas, mientras que los hombres pueden deambular de aquí para allá y probar muchas opciones distintas para ver cuál de ellas les acomoda. Desde luego, las mujeres hemos hecho grandes progresos para romper nuestros cascarones de buenas y salir al mundo sintiéndonos más seguras y confiadas. Sin embargo, es difícil quitarse una etiqueta que se nos pegó desde el principio de la existencia humana. Tal vez sea demasiado tarde para cambiar la historia, pero nunca es demasiado tarde para cambiar una misma. Por otro lado, no sólo es la historia sino también la cultura actual (no sólo en Estados Unidos sino en todo el planeta) lo que nos pone delante el ideal de bondad y mueve el dedo con desaprobación cuando no somos peritas en dulce. Aunque ya no estamos en la década de 1950, el error (¡uy!, quise decir la era) en que yo crecí, cuando se suponía que las mujeres sólo se quitaban el delantal para ponerse el baby doll, aún nos falta mucho camino por recorrer para que no se nos considere arpías cuando somos claridosas y seguras. Incluso en estos tiempos hay hombres (y, tristemente, mujeres también) que nos dicen cómo debemos y no debemos actuar, qué opciones podemos tomar y cuáles condenarán nuestras almas al infierno, y tratan de limitar el potencial humano al que tenemos legítimo derecho. Siendo la cultura como es, tenemos dos opciones evidentes: subirnos al tren o secuestrarlo para nuestros propios propósitos. No pretendo convertirte en revolucionaria. Quizá no te interese la igualdad entre los sexos en general, y tal vez prefieras que te confundan con una avestruz a que piensen que eres feminista, pero lo cierto es que, si aceptas a ciegas la prescripción femenina de ser buena a toda costa, lo más probable es que no puedas solucionar tus problemas alimenticios ni establecerte en un peso cómodo. Recordemos que este libro trata de cómo el hecho de ponerte en último lugar te lleva a comer, lo cual es otra forma de decir que ser demasiado buena puede llevarte a no despegarte de la lata de galletas. Sin tomar en cuenta el sexo, en la escuela, la religión, el patio de juegos y en casi todas partes se estimula al ser humano a ser bueno y afectuoso. Son cualidades excelentes y necesarias, siempre que no se apliquen sólo a una mitad de la especie ni excluyan cualquier otro rasgo de personalidad. La Regla de Oro no tiene nada de malo: “Trata a los demás como quisieras

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que ellos te trataran a ti”. Pero es un grave error “tratar bien a los demás y seguir haciéndolo a pesar del hecho de que ellos nunca te tratan bien a ti”.

Entonces, la vida es injusta, ¿cierto? No precisamente. La historia es el telón de fondo de cómo llegamos hasta este punto, y la cultura es nuestro escenario actual, pero hay mucho más en juego. La explicación más probable de tu exceso de bondad es cómo fuiste educada, en especial el modelo de conducta que te pusieron tus padres y, en menor grado, otros parientes. En una familia ideal, te habrían educado para creer que, además de ser buena, a veces tienes que arriesgarte a que los demás te perciban como “traviesa” para obtener lo que quieres y mereces, y que en ocasiones tienes que dejar de pedir y tomar simplemente lo que en justicia te corresponde. En las familias disfuncionales (¿y cuál no lo es?), uno recibe mensajes erróneos, incompletos o contradictorios sobre la bondad y el interesarse por los demás. En general, estos mensajes caen en uno u otro extremo: en las familias disfuncionales, los padres son a menudo o demasiado generosos o demasiado egoístas, y cada extremo puede hacer que una niña caiga en picado en la espiral de la bondad. Quizá todas las personas que conocen a tu madre han dicho de ella: “¡Ay, Margarita es la mujer más buena que existe en el mundo! ¡Es una santa!”. O tal vez ella no pasaba mucho tiempo contigo porque tenía dos empleos y te crió la abuela Flori o la tía Juanita, que eran ejemplos perfectos de piedad y buena educación. Si la mujer que fue tu principal modelo de conducta evitaba los pleitos, rehuía los riesgos y desafíos, se alimentaba de los elogios que recibía, trataba de mantener la paz a toda costa, no soportaba que la gente se enojara con ella, se quedaba callada en lugar de manifestar lo que pensaba, cuidaba de todos excepto de ella misma, se esforzaba tanto por ser Supermamá o Superpersona, bueno, no es de extrañar que tú hayas seguido su santo ejemplo. En el otro extremo, si tu madre era mala, abusiva, egocéntrica, si sólo pensaba en recibir y no era un ser humano muy cálido y afectuoso, quizá juraste desde muy pequeña ser lo opuesto a ella. Ahora tienes miedo de que, si no estás muy atenta para mantenerte en el tren de la bondad, te caigas y termines siendo igual que ya sabes quién. Si uno de tus padres era demasiado bueno y el otro demasiado no bueno, quizá desconfíes de las dos opciones y estés confundida respecto de cómo ser. O tal vez tus padres

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oscilaban entre ser buenos en un momento y terribles en el siguiente, por lo que nunca aprendiste que hay un punto medio. Quizá ninguno de tus padres te trató bien y tu respuesta ha sido no llamar la atención y decirles que sí hasta la muerte. ¿Qué otra cosa podrías hacer? Si te rebelabas corrías el riesgo de sufrir más maltratos; por eso invertiste toda tu energía en ser demasiado buena con el deseo desesperado de que eso te librara de su maldad. Sólo una cuestión más acerca de por qué has pasado casi toda tu vida tratando de parecerte a la Madre Teresa y seguiré adelante. Cuando somos jóvenes, pensamos en los términos más simples. Si sólo vemos dos posturas, muy bueno y nada bueno, sin matices intermedios, suponemos que sólo hay dos opciones. Tememos que, si elegimos ser demasiado buenas, nos pisotearán y atropellarán una y otra vez; por tanto, preferimos ser opresoras a ser oprimidas. O decidimos ser demasiado buenas porque nos resulta insoportable pensar en no ser buenas y herir a otras personas. Nos sentimos, por así decirlo, entre la espada y la pared. ¿Quién sabía que había otras opciones? Tú no. PONTE TU GORRA DE PENSAR. Por tu educación, ¿cómo te programaron para ser la reina de las buenas? ¿Estás tratando de ser como alguien o de no parecerte en nada, o estás confundida acerca de cómo ser?

¿Cómo puedo deshacerme de mi personalidad de chica buena y recuperar el control de lo que como? No temas, ¡hay esperanza! Al leer este libro aprenderás por qué ponerte en último lugar y hacer lo que otros quieren en vez de lo que tú quieres te lleva a sentirte engañada y te impulsa a comer en exceso. Por supuesto, ni toda la comprensión del mundo te cambiará de manera automática, pero sí te ayuda a pensar con más claridad y más salud y es la base para tomar mejores decisiones. Lo que necesitas es cierto equilibrio en tu vida: saber cuándo decir no y cuándo decir sí, cómo pedir ayuda con la misma facilidad con que la das, cuándo dejar que otras personas paguen las consecuencias de sus decisiones, cómo ser sincera contigo misma (siempre) y franca y directa con otras personas (casi siempre), y por qué es importante dejar de esforzarte por ser

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perfecta y aceptar tu ser perfectamente imperfecto. En este momento, tal vez oigas vocecillas en la cabeza que te gritan que lo que propongo es algo muy difícil; que nunca lograrás quitarte de encima toda esa blancura de nieve ni podrás dejar que te manche un poco de hollín. O quizá te aterre descubrir cierta amargura o resentimiento debajo de ese barniz lustroso y azucarado. Todas son reacciones naturales y normales. No te preocupes. Estoy convencida de que después de leer este libro podrás reordenar tus prioridades y modificar tus metas, mejorar tu relación con la comida y sentirte a gusto con tu cuerpo y, mejor aún, sentirte más libre y más auténtica de lo que nunca te habías sentido en tu vida. SUGERENCIAS PARA RECUPERARSE DE SER LA CHICA BUENA

• Añade algunos rasgos nuevos y vigorosos a tu personalidad; no elimines la amabilidad. Bondad, afabilidad, consideración y generosidad son cualidades estelares, siempre que no exageres ni actúes de manera que te perjudiquen. • Reconoce que las mujeres tienen una larga historia de sometimiento y libran una batalla contracorriente por no ser agradables y aceptadas en la sociedad actual. Los hombres no tienen que sortear estos obstáculos. Si te parece que las circunstancias están en tu contra, es porque ¡así es! • Estudia a las mujeres, de ayer y de hoy, que fueron valientes, francas y poderosas, y descubre cómo pudieron triunfar a pesar de no ser las chicas más buenas de la cuadra. Úsalas como modelos de conducta. Todas las mujeres los necesitamos. • Habla con otras mujeres sobre la presión que implica ser buena. Piensa en fundar un grupo de apoyo que se llame “Se acabaron las chicas buenas”, con amigas, vecinas o compañeras de trabajo. • Pregúntate cómo los papeles que desempeñaban los hombres y las mujeres de tu familia (en especial tus padres) te infundieron el deseo de ser muy buena.

La tarea de hoy Deténte cuando estés a punto de disculparte y, en cambio, ¡no digas nada!

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Conoce a una de las chicas buenas Mary hoy Mary es enfermera profesional en un hospital escuela muy importante de Boston. Los pacientes la adoran, sus colegas no se cansan de elogiarla y su supervisora afirma que no puede imaginar el caos que sería su unidad sin Mary. Ella vino a verme porque una colega le comentó que yo trabajaba con mujeres que se esfuerzan demasiado y no dejó de insistir hasta que hizo una cita. A sus cuarenta y un años, Mary sigue invirtiendo cada pizca de su considerable habilidad y energía en ser la mejor enfermera posible. Si alguien necesita cambiar turno en el último minuto, Mary la cubre; si hay una emergencia en otro piso, sale corriendo al rescate; si un paciente o familiar es muy difícil de tratar, ella acude a su lado para brindarle ayuda. (Espero tener una enfermera como ella la próxima vez que tengan que hospitalizarme.) Su esposo es un hombre callado, propietario de una empresa dedicada a colocar y reparar techos, es comprensivo y amoroso, aún más desde que perdieron a un bebé que nació con un defecto hace tres años. Los dos son muy unidos y pasan juntos casi todo el tiempo cuando no trabajan, sin alejarse nunca demasiado de su casa. A ninguno de los dos le gusta crear problemas y ambos son personas complacientes según su propia confesión. En realidad, una de las razones por las que todos adoran a Mary es porque le resulta casi imposible decir no. Ella sabe por qué (“No van a quererme”), pero acaba de empezar a explorar las raíces de sus temores. Con el tiempo, de vez en cuando en la terapia ha podido decirme que no o cuestionarme, pero cuando empezamos a trabajar juntas aceptaba todo lo que le decía o proponía sin importar cuáles fueran sus verdaderos sentimientos. Mary pesa casi 125 kilos y reconoce que sus problemas alimenticios se relacionan de manera directa con su incapacidad para cuidarse mejor. Sin embargo, le preocupa conservar su trabajo, que los pacientes sientan dolor y nadie los atienda bien y que sus compañeras enfermeras se queden un poco más de tiempo en el trabajo, “en especial las que tienen niños pequeños”. Como ella no tiene hijos, usa este pretexto para explicar por qué está dispuesta a ayudar a sus compañeras, pero admite que trabajar turnos extras es también su manera de mantener la mente ocupada. Además, reconoce

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1. AZÚCAR, CONDIMENTOS Y TODO… ¿ENGORDA?

que cuando alguien le pide que haga algo, aunque sea algo que ella cree que no es por su bien, no se le ocurre negarse. Por admisión propia, “mi manera de comer es abominable”. Toma algo de comer antes de salir corriendo, no piensa en la nutrición, espera hasta que se está muriendo de hambre para comer o va a buscar un bocadillo cuando tiene un momento libre. ¿Planear las comidas con antelación? Nunca. Admite que en realidad no saborea la comida y ni siquiera le importa qué come con tal de que sea fácil de conseguir, no le cueste una fortuna y “la fecha de caducidad no haya pasado hace mucho”. Tiene una tendencia definitiva hacia los caramelos y los bocadillos que contienen almidones porque, insiste, necesita energía para seguir trabajando. Aunque ha tratado de ponerse a dieta, nunca ha seguido un régimen más de unas cuantas semanas y se queja de que es muy difícil. Bromea sobre sus malos hábitos alimenticios y, al parecer, no le importa su peso. Como su esposo es rechoncho y la quiere como es, carece de motivación para cambiar su forma de comer. Mary de niña Es la mayor de nueve hermanos, dos de ellos murieron antes de llegar a la adolescencia. Su madre era enfermera auxiliar y su padre invertía la mayor parte de su tiempo y dinero en beber y quejarse de estar desempleado. Mary describe a su madre como una “santa que hizo lo que tenía que hacer y nunca se quejó”, y su padre, bueno, las palabras que usa para referirse a él no se pueden repetir en este libro. Cuando estaba borracho, sometía a su familia a maltratos verbales y físicos, y Mary y todos los demás se alejaban lo más posible de él. Mientras su madre trabajaba, Mary tenía la responsabilidad de ocuparse de la casa y de lo que ella llama “los críos”. No había necesidad de pedirle nada dos veces para que lo hiciera y trataba de ser clarividente y anticiparse a las necesidades y deseos de todos los demás. Cuando le pregunté qué hacía en su tiempo libre, me miró como si yo estuviera loca. Rara vez se quejaba con su madre, a quien no quería agobiar. Continuó poniendo un pie delante del otro hasta que dejó el hogar para casarse después de terminar su carrera en la escuela de enfermería. Evitaba enfrentarse a su padre porque temía que fuera tras ella y veía aterrorizada como golpeaba a sus hermanos más rebeldes. Si no hacía su mejor esfuerzo para cuidar de “los críos”, temía decepcionar a su madre y enojar a su padre. Curiosamente, fue delgada hasta que se casó. “Con todo ese correteo”, me confesó, “¿quién tenía tiempo de comer?”

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LAS CHICAS BUENAS TERMINAN GORDAS

Para quitarle lo de buena a Mary Mary ha representado un reto para mí, en parte porque no está muy motivada para trabajar duro en la terapia ni se siente infeliz, al menos conscientemente, con su vida. Le advertí desde el principio que veía una serie de problemas con los que tenía que trabajar: su forma de comer, la incapacidad para decir que no y la necesidad de llorar por su hijo muerto. Decir que Mary no está ansiosa por trabajar en cualquiera de estos aspectos es un eufemismo, pero se las arregla para seguir interesada en la terapia lo suficiente como para realizar algunas incursiones sin jamás admitir que necesita y valora la ayuda. En lo que se refiere a la comida, le pido que lleve un diario de lo que come, algo que rara vez hago porque casi todas las mujeres que veo se preocupan ya demasiado por la comida. Pero Mary necesita detenerse a pensar en la comida, y cuando lee su diario, se queda espantada de lo que se lleva a la boca. En lugar de estimularla para regular sus comidas, la aliento a elegir sustitutos nutritivos cuando quiere comer, ya sea por hambre o estrés. Esto no es tan difícil como Mary temía, y se sorprende de tener más energía cuando come alimentos más sanos. Buena parte de la terapia se centra en su niñez: la carga de ser una hija que desempeñó el papel de madre con una responsabilidad abrumadora desde muy joven y tener que lidiar con la madre pasiva y el padre alcohólico y maltratador. Este trabajo necesita mucho tiempo, pero poco a poco Mary descubre que, si se niega a doblar un turno, el hospital no va a cerrar, y que salir de trabajar a su hora puede hacerla sentirse orgullosa y no avergonzada. Su primer paso importante para cuidar de sí misma fue tomar una clase semanal de yoga. También hablamos mucho sobre la pérdida de su hijo, y éste es un punto trascendental en la terapia. Incluso ha llevado a su esposo a algunas sesiones para que puedan llorar juntos a su hijo, y Mary empieza a cambiar a pesar de sí misma.

¿Qué sigue? En el capítulo 2, “Usar la comida como cuidado personal”, aprenderás: • Sobre la biología de comer y el peso. • Por qué la tensión te hace comer. • Cómo los rasgos de personalidad te empujan hacia la comida y te alejan de la gente.

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KAREN R. KOENIG PONTE EN PRIMER LUGAR Y CAMBIA TU MANERA DE COMER PARA SIEMPRE

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