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Índice Agradecimientos, 13 Prefacio: Hierro/Sexo, 15 Parte 1. El hierro, el sexo y las mujeres, 27 Madre desconocida/Eva africana, 29 Cerebro grande/pelvis estrecha, 37 Sangre roja/leche blanca, 49 Hierro de las plantas/hierro de la carne, 63 Gyna sapiens/todas las otras gynas, 69 Periodos/peligros, 81 El clímax de ella/el clímax de él, 93 Abuelas/circuncisión, 109 Parte 2. El hierro, el sexo y los hombres, 123 Presa/predador, 125 Carnívoros/vegetariano, 139 Menarca/bigotes, 159 Tensión premenstrual/tensión masturbatoria, 169 Parte 3. Sexo y tiempo, 181 Luna/menstruación, 183 Cortejo/matrimonio, 203 Anima/animus, 223 Homosexual/lesbiana, 241 Mismo sexo/hermafrodita, 253 Parte 4. Muerte y paternidad, 271 Mortalidad/angustia, 273 Superstición/risa, 287 Padre/madre, 301 Incesto/dotes, 317 Esposa/marido, 331 Parte 5. Hombres y mujeres, 343 Misoginia/patriarcado, 345 Madre desconocida/eva africana/mujer moderna, 361

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Epílogo, 375 Notas, 379 Créditos de las ilustraciones, 393 Bibliografía, 395 Índice analítico, 407

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Parte 1

El hierro, el sexo y las mujeres

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La aparición, hace aproximadamente 150 mil años, del Homo sapiens, un animal que abrió una brecha entre él y todas las demás especies, fue un acontecimiento tan poco probable como toparse con una mujer caucásica desnuda recostada sobre un diván estilo imperio en medio de la selva.

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Madre desconocida/Eva africana El sexo dota al individuo de un instinto mudo y poderoso, que lleva su cuerpo y su alma hacia otro; hace que una de las labores más apreciadas de su vida sea seleccionar y buscar un compañero, y une a la posesión el más intenso placer, a la rivalidad la más feroz de las iras y a la soledad una eterna melancolía. ¿Qué más podría necesitarse para inundar el mundo del significado y la belleza más profundos? George Santayana1 La mejor manera de observar la reconstrucción de la historia evolutiva es verla como un juego, más que como una ciencia; las hipótesis evolutivas deben plantearse con diversos grados de confianza, teniendo siempre presente que no es posible alcanzar la certeza. Sherwood Washburn2

La mujer murió de una manera exasperantemente lenta y dolorosa. No se le rindieron rituales funerarios, su cuerpo no descansó en una tumba. Sus restos no son más que despojos y residuos... un diente solo por aquí, una esquirla de hueso fosilizado por allá, fragmentos perdidos en estratos de eras pasadas. En el momento de su muerte representaba el último miembro en una línea de primates llamados “homínidos” que habían iniciado su recorrido evolutivo varios millones de años antes. Si alguna vez los paleontólogos encuentran el lugar de su descanso final deberíamos levantar allí un monumento para que se reconociese que no murió en vano. Un nombre apropiado para la lápida sería “La tumba de la Madre desconocida”. Su muerte anunció los dolores de parto de una nueva especie. Imaginemos que un grupo de antropólogos galácticos hubiesen estado observando a esos primates desde el principio. Cuando murió la Madre desconocida, los visitantes hubiesen intercambiado una mirada conocedora, porque podrían ver con toda claridad que su destino estaba preordenado. La línea de homínidos de la cual surgió se había separado de otros primates al desarrollar dos adaptaciones que estaban destinadas a chocar entre sí. Los homínidos eran los únicos primates que dependían de un nuevo medio para moverse que sólo requería dos extremidades, no cuatro. La posición erecta les permitió bajarse de los árboles y buscarse la vida, primero en el suelo del bosque y más tarde en la sabana abierta. Gracias a que tal posición aumentaba muchísimo la posibilidad de que el primero que se pusiese de pie terminase convertido en “comida para gatos”, necesitaban una segunda y esencial transformación. Como no podían correr ni luchar más que los depredadores, requerían un cerebro más grande, capaz de superar a esos seres decididos a devorarlos. Durante los dos millones y medio de años anteriores el cerebro de los homínidos se había triplicado en tamaño, pero la abertura de la cintura pélvica a través de la cual tenía que pasar ese cerebro en rápido crecimiento no le siguió el ritmo. Estas dos adaptaciones —el uso de dos piernas y cabezas del tamaño de una sandía— eran evidentemente incompatibles. Los nuevos requisitos de la ingeniería de la posición erecta habían esculpido el cinturón pélvico de hueso de los homínidos con una nueva forma, aplastándolo de adelante

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hacia atrás. Esa pelvis bípeda, anatómicamente diferente de su contraparte ubicada en los animales de cuatro patas, adquirió también una novedosa función arquitectónica. Tenía que actuar como recipiente para contener la masa de intestinos que presionaban desde arriba e impedir que cayesen y se saliesen por el recto. Por consiguiente el agujero en el hueso de la pelvis tenía que seguir siendo relativamente chico. Sólo las salientes anchas y comparativamente horizontales de los huesos iliacos de la pelvis humana, que representan el punto más estrecho de ese cinturón, y la delgada banda de músculos de los que se suspenden, impedían que este peculiar primate tuviese la desconcertante experiencia de quedar volteado de adentro para afuera si salía a dar un paseíto después de una comida muy pesada, riesgo gravitacional que no le plantea problemas a ningún otro animal.* Estas restricciones funcionales impedían que el canal de la pelvis de la hembra se agrandase lo bastante como para dar fácil cabida al tamaño siempre creciente del cerebro del feto durante el parto. La madre naturaleza desarrolló numerosos trucos llenos de ingenio para hacer pasar al bebé por el “ojo de la aguja” del canal de parto de la madre.** Pese a estas inteligentes adaptaciones, las hembras de los homínidos empezaron a experimentar partos cada vez más difíciles. El problema se volvió especialmente agudo hace más o menos unos 150 mil años, momento en el cual el cerebro homínido concluyó un notable periodo breve de rápido crecimiento que lo había hecho volverse una tercera parte más grande. Se preparaba un desastre. Finalmente, en algún lado, en algún momento, en el vientre de una joven homínida sana, había crecido una nueva vida cuya cabeza era simplemente demasiado grande como para recorrer las apretadas paredes de su canal natal. Durante el nacimiento el bebé quedó encajado. Tras un prolongado trabajo de parto, la homínida murió. Su bebé también murió. Quienes la asistían no pudieron hacer nada por ayudar. Las leyes de la física se imponían a la fuerza de sus contracciones uterinas. Lamentablemente fue la primera de una verdadera avalancha de madres jóvenes que murieron. Por primera vez en la historia de cualquier animal superior un número extraordinariamente elevado de hembras sanas empezaron a morir de parto; el porcentaje de niños muertos al nacer se elevó de la mano de la cifra de muertes maternas. El número de hijos vivos por madre en los albores de nuestra especie era bajo, porque la infancia prolongada obligaba a las mujeres ancestrales a espaciar mucho * Los músculos que constituyen el piso pélvico humano desempeñaban antes la divertida función de mover la cola de los animales. La selección natural puso en servicio urgentemente lo que quedaba de ellos para darles un nuevo uso en el homínido bípedo. Ahora sirven para resolver un defecto potencialmente letal. Algunos animales que intermitentemente adoptan la posición vertical —los pingüinos, por ejemplo— han desarrollado adaptaciones similares para defenderse de este problema, pero en ninguna otra especie el riesgo gravitacional es tan serio como en los humanos. ** Los blandos huesos del cráneo de un bebé parecen placas tectónicas. A medida que la cabeza de la criatura va bajando por el tortuoso canal de parto de la madre, las placas se deslizan y doblan para adaptarse a cada giro y vuelta. El círculo óseo del canal natal de la madre, para colaborar con este proceso de moldeado, se relaja. En condiciones normales los huesos iliaco, púbico, isquion y sacro están soldados con densos puentes de cartílago casi tan rígidos como los huesos que unen. Pero durante el parto este tejido experimenta una notable transformación, algo parecido a que el concreto se disolviese hasta convertirse en plastilina. A medida que avanza la cabeza del feto, el círculo pélvico, en una maniobra complementaria, se estira de manera imperceptible, y su nueva elasticidad se conforma convenientemente al maleable cráneo que se abre paso por él.

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sus embarazos. Además, lo normal era un solo hijo por preñez. Los niños pequeños que perdían a su madre durante un parto posterior experimentaban una catástrofe. Sus perspectivas de sobrevivir sin ella eran muy escasas. Hasta un pequeño porcentaje de madres que muriesen de parto en cada generación, sobre todo combinadas con factores como enfermedades, sequías o depredadores, hubiese representado una gran tensión para una población local. En una paradoja suprema, el nacimiento se convirtió en la principal causa de muerte de las hembras de la especie humana. Una somera revisión de las fechas de las antiguas lápidas de cualquier cementerio anterior al siglo XX confirma la elevada mortalidad asociada habitualmente con el parto, condición que no se presenta para ningún otro mamífero. Ninguna hembra de especie alguna tiene tanta dificultad en parir a sus crías como la humana. Y ninguna hembra de alguna otra especie suele solicitar y requerir ayuda de otras personas para dar a luz a su bebé.* La muerte de la Madre desconocida señalo el inicio de una crisis evolutiva. La pérdida de un número significativo de madres y de sus recién nacidos durante el parto era una estrategia reproductiva dispendiosa que podría haberse esperado indicara la muerte de toda la línea. Sin embargo, creaba precisamente el tipo de disyuntiva en el cual una especie tiene que adaptarse... o morir. Los científicos que trabajan en el campo de la biología evolutiva proponen hipótesis sobre un mecanismo que explique cómo muchas veces una nueva especie da la impresión de aparecer de golpe en el registro fósil. Imagínense una población local aislada de una especie existente que vive en armonía con su ecosistema. De pronto un factor ambiental nuevo y nocivo impacta en el sistema; grandes números de individuos de la población local comienzan a morir. A la hora veinticinco una mutación benéfica (o mutaciones) casual benéfica al azar que había ocurrido previamente en los genes de un individuo aumenta las posibilidades de éste de sobrevivir en la siguiente generación.** La progenie de este afortunado individuo hereda el gen (o genes), que se difunde rápidamente. Durante el curso de varias generaciones la presionada población local, que estaba al borde de la extinción, vuelve a florecer gracias a la evolución de un conjunto innovador de ajustes metabólicos internos, cambios físicos o respuestas conductuales modificadas que le permiten adaptarse a sus nuevas circunstancias. * Se ha llegado a ver delfines y ballenas que intentan ayudar con el parto a hembras preñadas de su especie. En un caso espectacular que se observó en cautiverio estaban involucradas tres especies diferentes de delfines. Una hembra a término estaba en problemas: la aleta dorsal de la cría estaba atrapada en su pelvis. Un segundo delfín extrajo al bebé y le ayudó a la madre a elevarlo hasta la superficie. Mientras esto ocurría la tercera hembra, usando los dientes, extrajo la placenta. Hay unos pocos mamíferos terrestres, como los roedores y los primates, que también pueden brindarle una ayuda limitada a una hembra durante el parto. Pese a estos informes aislados, lo que resulta claro a partir de las observaciones de muchos partos animales es que las hembras a término de ninguna otra especie suelen indicar su necesidad de ayuda durante el nacimiento. A pesar de los mitos populares, las mujeres indígenas no se limitan a irse al campo y parir solas a sus hijos. En un estudio transcultural de 296 pueblos sólo 24 informaron que ocasionalmente una mujer tenía al bebé sin asistencia. En ninguna de las culturas estudiadas era un acontecimiento habitual el primer parto sin ayuda.3 ** Una sola secuencia genética de ADN contiene las instrucciones para construir una proteína, la cual a su vez puede convertirse en una enzima que dirige luego la construcción de un organismo. Como hay muchas variaciones en la configuración tridimensional de las proteínas y del momento de su ingreso al programa de construcción, un solo gen puede tener un impacto enorme en la forma final, el metabolismo y las respuestas de un organismo.

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A veces el animal que aparece difiere de manera tan significativa de su predecesor que puede clasificárselo como una especie totalmente nueva. Los científicos se refieren a esta gran muerte de muchos para que unos pocos (hasta uno solo) puedan evolucionar como “pasar por un cuello de botella”. Cuando hay una discontinuidad repentina entre una especie precursora y una nueva algunos científicos proponen que este proceso evolutivo se debe a lo que denominan “equilibrio puntuado”.4 Hay muchas condiciones que pueden producir cuellos de botella. Las catástrofes geológicas, las grandes erupciones volcánicas, los cambios climáticos abruptos (como el súbito inicio de una glaciación), las transformaciones pluviales (periodos de lluvia de proporciones bíblicas) y sequías prolongadas pueden poner a una especie en la mira de la extinción. Las epidemias de virus, bacterias o parásitos pueden diezmar las fuentes de alimento o atacar directamente a la población local. Aproximadamente 150 mil años atrás, en una pequeña región del África oriental, más o menos donde hoy se ubican Uganda, Kenia y Tanzania, los países actuales contiguos al lago Victoria, se produjo uno de esos cuellos de botella. Una población local de Homo erectus, un homínido que fabricaba herramientas, había estado viviendo allí con todo éxito durante más de un millón de años.* Se produjo entonces algún acontecimiento que aún no ha sido identificado y que afectó la supervivencia de este grupo específico de homínidos. En este grupo sometido a presión resultó exitosa una única hembra, conocida como la Eva africana mitocondrial, donde había fracasado la Madre desconocida, dando origen a una nueva especie que se clasificó originalmente como Homo sapiens sapiens,** el humano doblemente sabio.

 Aunque la fecha exacta del nacimiento de nuestra especie sigue siendo incierta, la perspectiva de que una sola mujer dio origen a la especie humana moderna tiene bases científicas más firmes gracias a la confiabilidad de la nueva ciencia de la biología molecular.5 Las pruebas de laboratorio realizadas con ADN mitocondrial permiten medir con precisión la variación genética que existe entre los miembros de una especie y las diferencias que existen entre las especies. Los científicos pueden construir así “relojes moleculares” y calcular cuánto tiempo atrás una especie determinada se separó de su precursora.6 La biología molecular ha resultado ser la gran piedra Rosetta de los cambios evolutivos. La existencia de una Eva africana es sumamente probable porque el * Para no llenar el texto de términos científicos omitiré las útiles distinciones entre los fósiles conocidos como Homo heidelbergensis, Homo ergaster, Homo sapiens arcaico y muchos otros recientes hallazgos. Cada nuevo detalle detectado en el estudio de estos antiguos huesos añade algo a nuestra comprensión de la evolución de nuestra especie, pero lamentablemente creo que hacerle justicia al tema nos distraería de esta exposición. Además, una especie puede evolucionar en respuesta a un acontecimiento positivo de su entorno. Una nueva fuente de alimentos aún no explotada, por ejemplo, puede impulsar a una especie para desarrollar novedosas adaptaciones que le permitan aprovechar esa bonanza. No obstante, mi conjetura es que la influencia dominante que afectó a nuestra especie fue negativa, no positiva. ** Este término ya pasó de moda. Con la reciente identificación de ADN neandertal dejó de ser necesario que nos llamaran Homo sapiens sapiens, como no sea ocasionalmente, para dar énfasis. En el resto de este libro utilizaré la clasificación actual de nuestra especie, Homo sapiens.

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material genético de todos los seres humanos que viven en la actualidad es asombrosamente similar. Los genes de comunidades de chimpancés que viven en extensiones separadas sólo por unos cuantos miles de metros presentan más diversidad genética que los de seres humanos separados por océanos. Pese a las dramáticas diferencias en la pigmentación de la piel, el color de los ojos, la forma del cuerpo y los tipos de cabello de personas de regiones remotas del mundo, todos los seres humanos son genéticamente homogéneos en un grado extraordinario. De hecho hay menos de un 0.1% de diferencia entre la estructura genética de dos seres humanos cualesquiera. Esto sugiere que cada uno de nosotros es un descendiente no tan distante de una hembra ancestral bastante reciente. Como no hemos tenido tiempo de divergir demasiado genéticamente, puede calcularse que el nacimiento de nuestra especie se remonta a decenas de miles de años, y no a millones. Algún terrible factor, condición o acontecimiento afectó de manera adversa a la especie que vivía en el área contigua al actual lago Victoria, produciendo un cuello de botella en la población. Llamémoslo factor X. ¿Pero qué fue ese X? ¿Qué desafío ambiental pudo haber sido el catalizador para la gestación de una nueva especie? El registro geológico y arqueológico no informa gran cosa. Hubo variaciones del clima local, pero ninguna de ellas parece haber sido tan rigurosa como para disparar nuestro origen. Los especialistas no han identificado discontinuidades repentinas de la flora o la fauna de la región. Y sin embargo, tiene que haberse dado alguna condición extrema para que la Eva africana apareciera como Atenea, que brotó plenamente formada de la cabeza de Zeus. Aunque hay muchas teorías científicas que compiten entre sí, ninguna ha logrado obtener el suficiente fundamento para explicar de manera plena el cuello de botella. Yo sugiero que ese “cuello de botella” por el cual tuvieron que escurrirse nuestros infortunados predecesores inmediatos fue de hecho un verdadero cuello de botella. Los científicos que recorren el entorno en pos de un factor X externo pueden estar buscando en el lugar equivocado. El acontecimiento disparador que empujó a una población local de homínidos hasta el borde de la extinción no fue un cambio climático, una fuerza geológica, la llegada de depredadores o la desaparición de las presas ni un cambio de disponibilidad de los recursos alimentarios. Fue una transformación interna, anatómica.* * Éste es el “dilema obstétrico” descrito inicialmente por Sherwood Washburn en 1960 y desarrollado con mayor profundidad por otros, en especial por Wenda Trevathan y Karen Rosenberg.7 El punto principal en el que se ha concentrado la bibliografía ha sido el efecto del difícil trabajo de parto en el desarrollo del niño. La estrechez de la pelvis humana hizo que los bebés nacieran alitriciales, es decir, sumamente inmaduros. De acuerdo con cálculos realizados sobre el tamaño de otros primates recién nacidos, la duración del embarazo humano debería ser de 18 meses, no de nueve. Dar a luz niños mucho “antes de tiempo” creó problemas únicos de supervivencia. Los bebés indefensos les impusieron a las madres inmensas necesidades de atención, lo que forzó a una drástica división del trabajo entre los sexos humanos. Y fue necesario que las mujeres reclutaran la ayuda de los hombres para poder criar a la progenie, ya que la incapacidad de hacerlo tendría consecuencias fatales para toda la especie. También creó oportunidades novedosas para que los niños tuviesen un periodo de aprendizaje más largo, llamado infancia. Se ha escrito mucho sobre las consecuencias de la prolongada niñez humana. Yo quisiera desviar la mirada de los recién nacidos inmaduros para observar lo que en mi opinión ha sido un aspecto relativamente descuidado del dilema obstétrico de la especie humana: la mortalidad materna.

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Las inflexibles paredes del canal de parto, como la alineación de Escila y Caribdis,* produjeron el cuello de botella que configuró toda la evolución humana subsecuente. La muerte de la Madre desconocida y de su infortunado bebé, así como la muerte posterior de números cada vez mayores de hembras homínidas y de sus recién nacidos, fue el estresante factor X que precipitó la línea del Homo sapiens.

El estrecho canal pélvico de las hembras humanas, combinado con la gran cabeza del feto, condujo al “cuello de botella” del Homo sapiens.

* Escila y Caribdis eran dos peligrosos obstáculos entre los cuales tuvo que pasar la nave de Ulises según lo narra la Odisea.

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