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ÍNDICE r

Agradecimientos, 13 Reconocimientos, 17 Prefacio, 19 I. II. III. IV. V. VI. VII. VIII.

Mentirosos por naturaleza, 27 Manipuladores y lectores de la mente, 49 La evolución de Maquiavelo, 71 La arquitectura de la mente maquiavélica, 103 Póker social, 129 Chisme caliente, 147 Maquiavelo en el diván, 175 Murmullos conspiradores y operaciones encubiertas, 195

Coda: El genio maligno de Descartes, 223 Apéndice I: Creatividad inconsciente, 227 Apéndice II: Enfoques psicológicos y mecanismos de defensa, 231 Notas, 235 Índice analítico, 259

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AGRADECIMIENTOS Este volumen tardó en gestarse, y no hubiera visto la luz si no fuera por la decisión y el apoyo de mi agente, Michael Psaltis. Fui muy afortunado en tener como editor a Ethan Friedman, quien me brindó la mezcla justa de crítica y apoyo. Gracias también a David Buss, Steven Pinker, Arthur Reber y Robert Trivers por su respaldo generoso y a Howard Bloom por su coro aprobatorio compuesto por un solo hombre. Asimismo, vaya mi agradecimiento a Leif Ottesen Kennair, Nina Strohminger, Irwin Silverman, Marilyn Taylor, Norrie Feinblatt, Kenneth J. Silver y Felicia Sinusas. Tengo una incalculable deuda de gratitud con Rob Haskell por su apoyo infinito, su aliento y estímulo, y su genuina integridad. Las incontables horas que pasamos discutiendo sobre la comunicación inconsciente y reafirmando uno al otro nuestra mutua sanidad fueron cruciales para este libro. Las discusiones con Steven Kercel acerca de las matemáticas y la autorreferencia, la lógica no predicativa y la ambigüedad semántica también tuvieron un significativo impacto en mi pensamiento. Por último, no podría habérmelas arreglado para escribir sin el apoyo de mi maravillosa esposa, Subrena. No sólo por su profundo entendimiento intuitivo de la biología evolucionista, que contribuyó a generar importantes reflexiones, sino también por su paciencia mientras yo me pasaba otro frenético verano tomando café y luchando con un retrasado manuscrito.

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La biología susurra muy profundo dentro de nosotros. David Barash Decir mentiras a propósito y creer genuinamente en ellas; olvidar cualquier hecho que se ha vuelto inoportuno y luego, cuando sea necesario, sacarlo del olvido sólo por el tiempo que se requiera; negar la existencia de la realidad objetiva, y todo el tiempo tomar en cuenta la realidad que uno niega —todo eso es absolutamente necesario. George Orwell

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RECONOCIMIENTOS “El autoengaño es realmente una de las ideas más poderosas en psicología, en cuanto a las cuestiones humanas, y el libro Por qué mentimos de David Smith es una excelente síntesis de este tema crucial. La biología está al día y es precisa, las implicaciones psicológicas están trabajadas con claridad y la escritura es atractiva y accesible.” Steven Pinker, exitoso autor de The Blank Slate y The Language Instinct. “David Smith ha creado un libro bello. Por qué mentimos presenta un grupo maravillosamente mezclado de argumentos para mantener la dolorosa verdad de que somos una especie cuya habilidad para engañar sólo es igualada por la habilidad para engañarnos a nosotros mismos.” Arthur S. Reber, autor de Penguin Dictionary of Psychology y The New Gambler’s Bible. “Por qué mentimos es un fascinante libro sobre un fascinante tema... lleno de relatos, anécdotas y análisis tanto psicológicos como sociológicos.” Tamar Frankel, S.J.D., The Human Nature Review

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PREFACIO r En todos los niveles, desde el camuflaje burdo hasta la visión poética, la capacidad lingüística para ocultar, desinformar, decir ambigüedades, generar hipótesis, inventar, es indispensable para el equilibrio de la conciencia humana. George Steiner

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a mente humana es una de las características más extraordinarias y menos entendidas en la gran galería de creaciones de la Madre Naturaleza. Su evolución tomó millones de años. En los inmensos espacios de tiempo de la prehistoria, nuestros ancestros adquirieron mentes forjadas de una manera inconfundiblemente humana —una diversidad de pasiones y emociones, así como la capacidad para expresar sus pensamientos en palabras, para fabricar herramientas, para planear y para mentir. Por desgracia o no, los cambios graduales en la estructura del cerebro que al final configuraron la mente moderna no nos dotaron de mucha capacidad para entendernos a nosotros mismos. La autocomprensión no viene de manera natural en los seres humanos, como comer, beber y tener relaciones sexuales. La búsqueda de las razones de este fenómeno nos lleva al corazón de la naturaleza humana. La biología evolucionista nos enseña que la tendencia a engañar tiene un origen muy antiguo. La encontramos en muchas formas, en todos los niveles, a través del reino natural. Incluso los virus, organismos tan elementales que es difícil pensar en ellos como entes vivientes, ponen en juego estrategias sutiles para engañar a los sistemas inmunológicos de sus huéspedes: el engaño abunda en la naturaleza. Muchos de los fenómenos que voy a describir habrían parecido altamente improbables antes de que los 19

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biólogos iniciaran la observación científica del comportamiento animal. De hecho, incluso en la actualidad hay personas que no tienen la experiencia directa en observar animales ni el conocimiento de la literatura científica, que suelen recibir este material con comentarios como: “¿Me estás tomando el pelo?”. La moraleja de esta historia es evitar que el lector rechace de manera apresurada algunos de los planteamientos que haré acerca del engaño humano sólo porque parecen forzados. La naturaleza es forzada. Las criaturas que engañan tienen una ventaja sobre sus competidores en la lucha incesante por sobrevivir y reproducirse que mueve la evolución. Como máquinas de supervivencia bien aceitadas, los seres humanos también son naturalmente mentirosos. El engaño es la Cenicienta de la naturaleza humana: esencial para nuestra humanidad pero siempre repudiado por sus perpetradores. Es normal, natural y todo lo invade. No es, contra la opinión popular, reductible a una enfermedad mental o a una falla moral. La sociedad humana es una “red de mentiras y engaños”1 que se colapsó bajo el peso de la honestidad. Desde los cuentos de hadas que nos contaban nuestros padres hasta la propaganda con la que nos alimentan nuestros gobiernos, los seres humanos nos pasamos la vida rodeados por la simulación. Hace siete millones de años nuestros ancestros eran simios inteligentes que vivían en grupos sociales complejos, dominados por jerarquías lineales. El mundo social les presentaba retos intelectuales formidables, y la necesidad de enfrentar esas exigencias empujó a los primates por el largo camino que llevó a la evolución de los seres humanos anatómicamente modernos. La gran complejidad social obligó a nuestros ancestros prehumanos a volverse cada vez más inteligentes, y mientras lo hacían también adquirieron una creciente adicción al juego: revolver, dar, engañar y disimular, en eso que yo llamo “póker social”. Una vez establecida esa necesidad de enfrentarse con jugadores sociales diestros, se convirtió en una presión de selección que escaló aún más el desarrollo cognitivo. 20

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Entre cinco a siete millones de años las líneas de homínidos y de chimpancés se separaron. Los primeros homínidos eran pequeños, peludos y no se veían muy distintos de los monos modernos. A la vuelta de los milenios, varias especies de seres humanos vieron la luz y llegaron a la extinción; la última de ellas, los neandertales, desaparecieron hace apenas treinta mil años. Después, en un punto del tiempo hace entre cien y ciento cincuenta mil años, arribó nuestra especie, el Homo sapiens (Hombre inteligente). En cierto momento, no sabemos con exactitud cuándo, nuestros antepasados prehistóricos aprendieron a hablar. Este paso extraordinario alteró para siempre a la sociedad y la mente humanas. Es probable que sólo después de la creación del lenguaje hablado los Hombres inteligentes hayan sido capaces de mentirse a sí mismos. ¿Por qué se enraizó el autoengaño en la mente humana? Como veremos, la propensión al autoengaño posiblemente se volvió parte de nuestra naturaleza debido a que era muy útil en nuestro trato con los demás. Mentirse no sólo aligera muchas de las tensiones de la vida sino, algo más importante, también ayuda a mentirle a los demás. Una de las reflexiones más importantes de la sociobiología moderna es que el autoengaño es el punto de partida del engaño: al ocultarnos la verdad a nosotros mismos, somos capaces de ocultarla de una manera más eficaz a los demás. Por lo tanto, al igual que el engaño, el autoengaño se ubica en el centro de la humanidad. Lejos de ser un signo de perturbación emocional, como sugieren tanto el folclor popular como el psiquiátrico, probablemente sea vital para el equilibrio psicológico. El principal objetivo de este libro es exponer a una audiencia más amplia las peculiaridades de la teoría evolucionista del autoengaño. La capacidad para aprovechar la magia de las palabras, así como la capacidad para el autoengaño que vino con su inicio, reconfiguraron la psique humana. Para ocultarnos la verdad a nosotros mismos, tuvimos que desarrollar una mente inconsciente. 21

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La biología evolucionista implica que hay una región de la mente dedicada a tratar con las demás personas que nunca divulga sus secretos al conocimiento consciente. Hay una faceta de nosotros mismos que desarrollamos para no conocer. El gran psicólogo y filósofo William James advirtió hace un siglo que hablar del inconsciente “es el medio soberano para creer lo que se quiera en psicología, y para convertir en un resbaloso terreno de fantasías lo que podría ser una ciencia”.2 Debemos avanzar con todo cuidado; sin embargo, precaución no es lo mismo que pusilanimidad y falta de imaginación. He tratado de abrazar lo más posible la línea científica y, al mismo tiempo, hacer justicia a los fenómenos. He hecho un extenuante esfuerzo para evitar la tendencia generalizada a negar al existencia de algo sólo porque no se ajusta a la conformidad u obediencia que se nos pide respecto al conocimiento existente. No obstante ese esfuerzo, estoy seguro de que algunos lectores considerarán que este libro —en particular los últimos capítulos— muestra una precipitación inaceptable. Tan pronto como se plantea el tema de la mente inconsciente, debemos presentar nuestros respetos a Sigmund Freud. La obra de Freud fue crucial para establecer la idea del inconsciente en el panorama intelectual. Sin embargo, es cierto que muchas de las ideas de Freud acerca de la mente inconsciente estaban fuera de foco. Desde la década de los cincuenta del siglo pasado, los psicólogos experimentales desarrollaron conceptos acerca del procesamiento mental inconsciente que son muy diferentes de los freudianos, y hoy en día los científicos cognitivos plantean que la mayor parte de los procesos mentales ocurren fuera de la conciencia. Sin embargo, algo se perdió en esta transformación. En su carrera por capturar la sustancia de la mente en las redes de los métodos de laboratorio y los modelos computacionales, los psicólogos han rechazado el caótico dominio de la cognición de la pasión y el conflicto. El autoengaño no se presta a la investigación experimental, y en consecuencia, los psicólogos empíricos tienen 22

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poco que decir al respecto. Un segundo objetivo de este libro es reconectar la psicología cognitiva con los tipos de preguntas que Freud trató de responder sin éxito y cuya biología evolucionista ha reintroducido en la agenda científica. Al parecer no hay duda, escribió el biólogo David Barash, de que el inconsciente, aunque poco entendido, es real y que en ciertas oscuras formas influye en nuestro comportamiento. Por consiguiente, podemos predecir que es producto de nuestra evolución y que, sobre todo a partir de que se difunde y se le considera “normal”, debe ser también un producto adaptativo.3 La tercera tarea de este libro es describir algunas de las funciones de adaptación de la mente inconsciente implícitas en un planteamiento importante pero muy soslayado de la principal teoría evolucionista del autoengaño. Comento que los mentirosos inconscientes también deben ser receptores inconscientes; no es posible que una persona engañe a otra sin observar e interpretar con agudeza las reacciones del otro en diversos momentos. Así, si la teoría evolucionista estándar del autoengaño es correcta, si nos engañamos a fin de engañar a otros, inconscientemente todos debemos de ser psicólogos naturales que monitorean con todo cuidado el comportamiento de los demás y que trazan sutiles inferencias acerca de los estados mentales del otro sin tener la más remota idea de que lo estamos haciendo. Tomando un término de los biólogos John Krebs y Richard Dawkins, todos somos “lectores de la mente” inconscientes.4 La capacidad para analizar en forma inconsciente el significado del comportamiento de la gente que nos rodea es un aspecto esencial de nuestra inteligencia social evolucionada. Como veremos, hay diversas concepciones sobre la “mente inconsciente” descritas en la literatura psicológica, y hay suficiente evidencia de que muchos de los procesos mentales, si no es que todos, son en 23

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el fondo inconscientes. El concepto de mente inconsciente que presento en este libro es muy distinto tanto del Id freudiano, un caldero hirviente de impulsos indomables e irracionales, como de los procesos neurocomputacionales fríamente mecánicos llamados hoy en día inconsciente cognitivo. El inconsciente social debe ser inteligente, en realidad muy inteligente, así como altamente adaptativo. También debe —de nuevo por razones que se explicarán más adelante— separarse de las percepciones y juicios sociales conscientes. Yo lo llamo “módulo maquiavélico” para distinguirlo de los modelos freudiano y cognitivista estándar. Como existe poca investigación empírica sobre la dinámica inconsciente de las relaciones sociales, es necesario explorar caminos que los científicos cognitivos por lo general rechazan, comenzando por los textos de Sigmund Freud. Por desgracia, es probable que cualquier mención a Freud haga levantar las cejas entre los miembros de la fraternidad psicológica aunque sea de una manera meramente desdeñosa. Sin embargo, este prejuicio no debe detenernos. Hay varios planteamientos seductores inmersos en la obra de Freud que apuntan a un módulo muy sofisticado, aun cuando totalmente inconsciente, para la inteligencia social. Además, justo antes de su muerte en 1932, el colega húngaro de Freud, Sándor Ferenczi, reportó observaciones que parecían mostrar este módulo mental en acción. Incompletas e impresionistas como son, las observaciones de Freud y Ferenczi proporcionan claves valiosas para entender cómo funciona la mente humana. Los comentarios de Ferenczi sugieren, de manera un tanto sorprendente, que la percepción llana, inconsciente, influye en la forma de comunicarnos. Él consideraba que los pensamientos inconscientes se expresan en una especie de código verbal, y que las imágenes narrativas encontradas en las conversaciones ordinarias pueden tener en forma explícita un conjunto de significados, mientras que de manera encubierta expresan otros muy distintos. Esto tiene sentido a nivel biológico. Los engaños y las manipula24

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ciones que imponemos a los demás deben ocultarse detrás de un velo de misterio a fin de trabajar, un velo tan opaco que incluso el perpetrador tarda un buen tiempo para percatarse de sus propias maniobras. La idea de que somos incorregiblemente conscientes del significado total de lo que decimos es un vestigio de anticuada visión cartesiana de que la mente es transparente. Estas consideraciones dan pie a un aspecto extremadamente importante, aunque a menudo negado, de la interacción humana. Los investigadores de la evolución del lenguaje desde hace tiempo han mostrado interés en el uso literal de las palabras, como si los homínidos siempre hubieran llamado espada a la espada. Sin embargo, si una de las funciones básicas del lenguaje es engañar a los demás, una buena teoría evolucionista debería tener algo que decir acerca de sus dimensiones intrínsecamente ambiguas, no literales. Los eufemismos, juegos de palabras, dobles sentidos y otros tipos de discurso codificado recurren a metáforas y analogías para expresar significados de manera indirecta. A diferencia de muchos psicólogos, los investigadores literarios están muy atentos a la importancia de ese juego para el discurso humano. Cuando George Steiner vincula la “visión poética” con “la capacidad lingüística para ocultar” en la cita que da inicio a este prefacio, estaba en lo correcto. El cuarto objetivo, y con mucho, el más controversial de este libro es exponer que muchas de nuestras percepciones inconscientes de otra persona se enmascaran en las historias que contamos en nuestras conversaciones diarias. Los seres humanos somos narradores compulsivos. La mayor parte del tiempo de conversación la dedicamos a narrar historias, por lo general del tipo despectivamente llamado chisme. La información que a través del autoengaño excluimos de la conciencia se filtra entre las fisuras semánticas del discurso ordinario, y mucha de nuestra cháchara cotidiana posee una poderosa dimensión figurativa que retrata la verdad desnuda que se esconde detrás de la fachada gentil de la interacción social ordinaria. La poesía inconsciente de las voces 25

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de la conversación cotidiana asume que nos ocultamos del conocimiento consciente. Sé que esto sonará extraño para algunos lectores. Con toda seguridad, objetarán, ¡no se puede mezclar ciencia con poesía! Mi respuesta no es sólo que podemos, sino que debemos si es que pretendemos entender el comportamiento humano, porque la poesía es también parte de la naturaleza. Ludwig Wittgenstein distinguió entre dos variedades de originalidad: la que pertenece a la semilla y la que pertenece al suelo.5 Deseo poder apelar a la originalidad del primer tipo. Las semillas que crecen en este libro fueron sembradas por muchos investigadores de excelencia. Espero no engañarme al pensar que recurrí a la originalidad del suelo al trazar implicaciones y hacer conexiones entre ideas que, a primera vista, parecería que no tienen relación en absoluto, lo que hace que valga la pena leer este libro. Un libro que pretenda ser científico pero que elabore argumentos alrededor de fundamentos más débiles, decepcionaría a los lectores. ¿Dónde están los datos experimentales? Me declaro culpable de no haber proporcionado el apoyo empírico adecuado para los principales puntos de vista anticipados en este libro. Aunque es inmensamente poderosa y valiosa, la investigación experimental no constituye ni el principio ni el fin de la ciencia cognitiva. La ciencia es la pasión disciplinada por encontrar, por dar sentido a los enigmas presentados por el mundo que nos rodea y el que está dentro de nosotros, y por hacer extrapolaciones razonadas de lo que ya sabemos, o que por lo menos pensamos que sabemos. Este libro señala el camino a la investigación empírica sobre autoengaño y la comunicación inconsciente. Muestra a los científicos de la mente dónde deberían buscar y qué fenómeno habría que investigar. Podría argumentarse que este libro se ubica en la línea fronteriza entre la ciencia y la ciencia por hacer, en un lugar apartado donde hay pocos caminos y las señales son escasas y difíciles de leer. Espero que disfruten el viaje. 26

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I. MENTIROSOS POR NATURALEZA r Mentir es universal —todos lo hacemos; todos debemos hacerlo. Mark Twain

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el cavó frenéticamente con sus manos desnudas para extraer el suculento bulbo del suelo etíope, duro como la roca. Era la estación seca y la comida escaseaba. Los bulbos son tallos fibrosos subterráneos, comestibles como las cebollas, y constituyen un recurso alimenticio durante esos prolongados y difíciles meses. El pequeño Paul se sentó cerca y observó con el rabillo del ojo las labores de Mel. La madre de Paul estaba fuera de su vista. Ella lo dejaba jugar en la alta hierba; sin embargo, él tenía la seguridad de que su progenitora permanecería atenta en caso de que la necesitara. De cualquier manera, en este momento estaba más interesado en Mel que en la ubicación precisa de su madre. Justo cuando Mel, con un esfuerzo final, estaba por arrancar de la tierra su premio, el grito estridente de Paul perturbó la tranquilidad de la sabana. La madre corrió hacia su hijo. Con el corazón latiendo y la adrenalina al máximo, irrumpió en la escena y captó con prontitud la situación: seguramente Mel había molestado a su amado hijo. Pegó un grito y se lanzó detrás de la azorada Mel, quien tiró el bulbo al suelo y huyó. Ahora el esquema de Paul estaba completo. Después, para asegurarse de que nadie estaba observando, recogió su recompensa y empezó a comerla. El truco funcionó tan bien que lo usó varias veces más antes de que alguien se diera cuenta. Los niños serán niños aun cuando sean simios. La anécdota que acabo de relatar describe el comportamiento de un mandril joven chacma observado por el primatólogo Richard Byrne.1 Con 27

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ella se ilustra el hecho —muy conocido desde hace tiempo, pero que en fechas más recientes se demostró que tiene enormes consecuencias para nuestra concepción de la mente humana— de que las raíces de la mentira yacen en lo profundo de nuestro pasado biológico. Aunque impresionantes en muchos sentidos, las manipulaciones sociales de mandriles, chimpancés y otras especies no humanas se realizan con facilidad gracias al talento para engañar. Los seres humanos también somos maestros de la mendacidad. No habría estado fuera de lugar dar a nuestra especie el nombre de Homo fallax (hombre mentiroso) en vez de Homo sapiens (hombre inteligente). Para entender el porqué, necesitamos explorar los orígenes de la mente humana moderna. La mentalidad de la Edad de Piedra En El origen de las especies (1859), Darwin predijo que la teoría evolucionista algún día proporcionaría nuevos fundamentos para la ciencia de la psicología; pero pasaría más de un siglo hasta que la verdad de estas palabras se confirmaran. El cambio vino cuando los avances en nuestra comprensión de la genética del comportamiento social marcaron el comienzo de la nueva ciencia de la sociobiología, esto es el estudio biológico del comportamiento social de los seres humanos y otros animales.2 Antes del trabajo pionero del biólogo de Harvard, Edmond O. Wilson, el estudio del comportamiento social humano había estado dominado por el dogma del determinismo cultural. De acuerdo con esta concepción, que prevalece en las ciencias sociales y conductuales, las fuerzas de la cultura son todopoderosas en la conformación del comportamiento humano. Se dice que la cultura debe ser autónoma, permanecer al margen de las fuerzas primitivas de la naturaleza, o por lo menos intocada por éstas. Presidido por el recuerdo aún fresco de la eugenesia nazi, es decir, el esfuerzo por “purificar” a la raza humana asesinando o esterilizando a los “defectuo28

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sos”, muchos científicos sociales manifestaban fuertes sospechas de cualquier teoría que pretendiera describir los fundamentos biológicos de la naturaleza humana. Algunos de ellos retrataban tentadoramente a los sociobiólogos como peligrosos neofascistas y partidarios del racismo, el sexismo y la preservación del statu quo político.3 En las siguientes tres décadas, la sociobiología humana se transformó en psicología evolucionista, un enfoque hacia la ciencia psicológica que estudia la mente desde el punto de vista de sus orígenes prehistóricos y evolucionistas. La psicología evolucionista no es una escuela de psicología más. Es una perspectiva sobre la totalidad de la psicología que afirma que somos animales humanos y que nuestras mentes, no menos que nuestros cuerpos, son productos de las fuerzas de la naturaleza que operan en un marco temporal de millones de años; la naturaleza humana se forjó en la lucha de nuestros ancestros para sobrevivir y reproducirse. Es difícil entender sin ayuda esta expansión de tiempo. Considérese de esta forma: si todo el tiempo que ha pasado desde el surgimiento de los primeros homínidos fuera un solo día, el periodo total de historia registrada, unos cinco mil años, ocuparía sólo los dos minutos finales. Los vestigios de cráneos prehistóricos sugieren que el cerebro humano alcanzó su forma presente hace alrededor de ciento cincuenta mil años. Vivimos en un ambiente muy distinto al de todas las poblaciones humanas, excepto unas cuantas del presente, emergiendo finalmente de la prehistoria equipada con una gama de pasiones, habilidades y capacidades mentales adaptadas a la vida de ese hábitat primigenio. La mente que usted y yo poseemos es, en esencia, una mente de la Edad de Piedra. La biología evolucionista no comparte la convicción popular y reafirmante de que las mentes humanas son herramientas para el autoconocimiento y la búsqueda de la verdad. La mente humana evolucionó por la misma razón que evolucionaron todos los demás órganos: a saber, porque contribuyó al éxito reproduc29

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tivo de sus propietarios. La naturaleza seleccionó esas capacidades mentales que ayudaron a diseminar nuestros genes, y aquellos que probaron ser inútiles fueron irremediablemente desplazados. Como sabe cualquier seductor, la honestidad y el éxito reproductivo no son por fuerza buenos compañeros de cama. Porque el engaño y el autoengaño ayudaron a nuestras especies a triunfar en la lucha interminable por la supervivencia, la selección natural los hizo parte de nuestra naturaleza. Somos animales mentirosos gracias a las ventajas de la deshonestidad aprovechadas por nuestros ancestros, la cual continúa siendo de utilidad para nosotros hoy día. Pero me estoy adelantando; permítaseme primero presentar el panorama del engaño humano, y dejemos el análisis de su evolución para capítulos posteriores. La ubicuidad del engaño El engaño es, y quizá siempre lo ha sido, una preocupación importante de la cultura humana. El mito fundacional de la tradición judeocristiana, la historia de Adán y Eva, gira alrededor de la mentira. Hemos hablado, escrito y cantado acerca del engaño desde que Eva le dijo a Dios: “La serpiente me engañó, y comí”. Nuestro apetito, al parecer insaciable, de historias de engaño se expande a los extremos de la cultura, del Rey Lear a Caperucita Roja. Estas narraciones son cautivadores porque hablan de algo fundamental de la condición humana. La mentira es una dimensión crucial de todas las asociaciones humanas, oculta en los fundamentos de las relaciones entre padres e hijos, esposos y esposas, empleados y empleadores, profesionales y sus clientes, gobiernos y sus ciudadanos. Mentir nos obliga, por su misma naturaleza, a borrar sus rastros porque para decir mentiras con efectividad debemos mentir acerca de la mentira. Esto representa un problema para cualquiera que intente probar la ubicuidad del engaño. Aunque gira alrededor de nosotros, el engaño es extrañamente elusivo, “difícil de explicar, 30

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aunque es algo con lo que estamos íntimamente familiarizados”.4 No necesitamos de encuestas y experimentos tan apreciados por los psicólogos para confirmar que las personas a menudo se mienten unas a otras, aunque estos estudios también han demostrado ser muy reveladores. Para luchar contra la deshonestidad, tenemos que abrir los ojos a ciertas verdades desagradables. Como destacó alguna vez el biólogo William Hamilton, el pensamiento evolucionista acerca del comportamiento humano no es tan complicado como la física. No requiere matemáticas muy sofisticadas, una instrumentación elaborada o complicadas cadenas lógicas. Observar el comportamiento humano a través de la lente darwiniana es difícil porque desdibuja en forma radical el abrigar ilusiones acerca de la naturaleza humana; nos lleva a violar tabúes mentales, entrar en áreas vedadas, abrir el libro del conocimiento prohibido. Exponer las redes nerviosas de nuestras relaciones con los demás y revelar las complejas estrategias de manipulación que aceitan las ruedas de la sociedad es “socialmente impensable”.5 Y pensar biológicamente acerca de la naturaleza humana significa desmantelar ilusiones compartidas. Aunque nos ufanamos de valorar la verdad por encima de todo, también estamos más o menos conscientes de que hay algo antisocial en la honestidad excesiva. Este dilema se ha plasmado a menudo en la literatura y el cine, desde el príncipe idiota Mishkin, de Dostoievsky, cuya inocencia y honestidad destruye las vidas de quienes lo rodean, hasta el filme de 1997, Liar, Liar! (¡Mentiroso, mentiroso!) en el cual un abogado causa estragos cuando se le condena a decir la verdad durante veinticuatro angustiosas horas. La biología evolucionista sugiere que ninguna persona normal sería capaz de tal proeza. Hemos nacido mentirosos. ¿Qué es una mentira? Cuando reflexionamos acerca de la mentira, por lo general, pensamos en falsedades verbales explícitas. La filósofa Sissela 31

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Bok, quien es vocera de esta perspectiva, define una mentira como cualquier declaración intencionalmente engañosa.6 ¿Eso es todo respecto a la mentira? Mark Twain no pensaba eso, y reconocía que, “por análisis y cálculo matemático, encuentro que la proporción de la mentira expresada con respecto a otras variedades es de 1 a 22,894. Por consiguiente, la mentira expresada no trae consecuencias, y no vale la pena andar por ahí incomodando y tratando de hacer creer que es un asunto importante”.7 Mis simpatías se inclinan por Twain más que por Bok, ya que la perspectiva de Twain es incluyente al mismo tiempo que biológicamente realista. Como vimos con Paul y Mel, y veremos en el capítulo , el engaño no es terreno exclusivo de nuestra especie. Muchos otros organismos hacen un uso liberal del engaño para conseguir sus propósitos. Por consiguiente, defino la mentira como cualquier forma de comportamiento cuya función es proporcionar a los demás información falsa o privar de la información verdadera. Aquí uso a propósito el término “función” y no “intención”. En el vocabulario de la biología evolucionista, la función de algo es aquella que se selecciona (metafóricamente, “se diseña”) para llevarla a cabo. Considérense los cuerpos de los insectos de que habitan las hojas de las plantas que mimetizan la forma y el color de ellas. Estos bichos no intentan engañar a las criaturas que quieren devorarlos y no pueden cambiar su apariencia física más de lo que podemos hacerlo usted y yo. El camuflaje, una forma de engañar, es, sin embargo, una función de su forma corporal. Mentir, en el sentido estricto del término que le asigna Bok, no es sino un detalle menor de la vasta tapicería de engaños de Twain.8 Mentir puede ser un acto consciente o inconsciente, verbal o no verbal, establecido o no establecido. Tener esto presente es vital para cualquier pretensión de entender el engaño, y es quizá el punto más importante abordado en este capítulo. Piénsese por un momento en todas las formas de deshonestidad que no requieren el uso de falsedades explícitas. Los implantes de senos, los injertos 32

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de cabello, las enfermedades simuladas, los falsos orgasmos y las sonrisas forzadas son sólo unos cuantos ejemplos de la mentira no verbal. Considérese también el uso ingenioso de la insinuación, la ambigüedad estratégica y la omisión crucial, como lo ejemplifica la vergonzosa declaración de Bill Clinton de que “no tuve relaciones sexuales con esa mujer [...] la señorita Lewinsky”. De acuerdo con el folclor del engaño, la gente ordinaria, decente, miente sólo en forma ocasional y sin consecuencias excepto en circunstancias extremas, moralmente justificables. Cualquier cosa que vaya más allá de la mentira blanca ocasional se considera un síntoma de locura o maldad: una propensión de enfermos mentales, criminales, abogados y políticos. Los buenos mentirosos, como dice el mito, siempre saben lo que están haciendo: calculan y se encuentran muy al tanto de sus mentiras. Se piensa que la gente que engaña sin saber que lo está haciendo por lo menos está confundida y, en el peor de los casos, es insana. La psicología evolucionista se opone a esta cómoda mitología. Mentir no es un acto excepcional; es normal, y más a menudo espontáneo e inconsciente que cínico y fríamente analítico. Nuestras mentes y organismos secretan engaño. “Todos”, escribe la escritora de ciencia y productora de televisión Sanjida O’Connell, “mienten con regularidad”. Los estudiantes universitarios mienten a sus madres en la mitad de sus conversaciones y a completos desconocidos ochenta por ciento del tiempo [...] por lo general, por beneficios financieros (uno es el precio de los libros en la librería y otro, cuando los padres preguntan), para hacer sentir mejor a los amigos consigo mismos y engañar a su familia al decir que la noche anterior estuvieron estudiando y no en el bar. La gente dice menos mentiras a quienes están cerca de ella, pero es probable que las parejas sean engañadas un tercio del tiempo, que es más de lo que las personas mienten a sus mejores amigos.9 33

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El juego diario de manejar impresiones estratégicas hierve de engaño. En realidad, nos acostumbramos tanto a nuestra mendacidad que rara vez reflexionamos sobre ello. Haga una pausa, vea, piense y tendrá una idea más precisa de la enorme gama de la deshonestidad humana. El psicólogo de la Universidad de Massachussets, Robert Feldman, filmó conversaciones de “aprende a conocerme” con una duración de diez minutos entre estudiantes voluntarios y un extraño, y después pidió a sus sujetos que vieran los videos para contar el número de mentiras que habían dicho. Encontró que, en promedio, la gente dice tres mentiras cada diez minutos de conversación.10 Parece una cantidad considerable de mentiras, pero tomando en cuenta el hecho de que era improbable que sus sujetos hubieran sido completamente veraces con él o consigo mismos, y también teniendo presente que su investigación medía sólo la frecuencia de mentiras verbales restringidas, explícitas, la tasa real de engaño debe ser mucho más alta. Nuestra verdadera apariencia a menudo se arregla con todo cuidado para presentar una imagen no totalmente cierta de nosotros al mundo. “¿Por qué”, se pregunta el sociobiólogo Richard Alexander, “si la verdad es nuestro objetivo y motivación, comenzamos a mentir desde el momento en que nos levantamos de la cama en la mañana, con ropa que modifica de manera positiva la forma de nuestro cuerpo, el maquillaje y los arreglos del cabello que mejoran nuestras pestañas o formas de cara, o cubren un lunar?” ¿Por qué consumimos nuestras horas de vigilia antes y después de dormir, y mientras nos afeitamos [...] o nos bañamos o vestimos, construyendo escenarios que nos permitan engañar de alguna manera a las personas con las cuales tenemos programado interactuar durante ese día? ¿Por qué proferimos exclamaciones de entusiasmo al reunirnos con alguien que en realidad debimos evitar...? ¿Por qué engañamos constantemente a los demás?11 34

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Las prendas de vestir pueden transformar en forma mágica un cuerpo manipulando de manera artificial la atención de los que observan. Hombros levantados, tan socorridos por los “modistos poderosos”, crean la ilusión de un tamaño y una fuerza intimidantes. Por el contrario, la ropa puede decir “no soy una amenaza” destacando la conformidad. Los zapatos de tacón alto, los sostenes que levantan los senos y la ropa que exagera el contraste entre las caderas y la cintura, crean una ilusión de hipersexualidad. Vestirse de negro da la impresión de delgadez, mientras que los colores, patrones o accesorios brillantes alejan la vista de un rasgo desagradable o la dirigen hacia algún atractivo físico. La prestidigitación visual hábil puede adelgazar caderas frondosas, hacer pequeño un gran trasero, o resaltar pechos pequeños. La ropa y la joyería también se usan para crear una imagen de riqueza y, por lo tanto, muy deseable. En buena medida puede decirse lo mismo de los recursos cosméticos ostensiblemente engañosos como pelucas o extensiones de pelo y los tintes, el maquillaje que oculta la edad, y la remoción del vello, todo lo cual se usa para sugerir con falsedad la promesa y excitación de la juventud. La magia de los cosméticos y la vestimenta no es una innovación moderna. La evidencia arqueológica revela que hace por lo menos 70,000 años nuestros ancestros adornaban sus cuerpos con ocre, un polvo rojo que se ha usado desde entonces con ese propósito. Las mujeres del Pleistoceno tal vez fueron las primeras en utilizar este precursor del lápiz labial para engañar a los hombres simulando la menstruación, o quizá para disimular el sutil rubor que acompaña la ovulación.12 Las mujeres egipcias de la antigüedad aplicaban una pasta verde, más o menos parecida a la moderna sombra para los ojos, con el fin de definir sus rasgos, oscurecían sus cejas con polvo para sombrear, coloreaban sus párpados para que los ojos parecieran más grandes, y adornaban la cabeza con elaboradas pelucas. Sus hermanas mesopotámicas se adornaban con pintura para exagerar el color y 35

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grosor de los labios, mientras que las elegantes señoras griegas y romanas se pintaban el cabello de rubio, se aplicaban maquillaje para ocultar manchas y dar luminosidad a la piel, y usaban la piedra pómez para eliminar el vello corporal indeseable.13 Moviéndonos del universo de la visión al del olfato, aplicamos desodorantes para esconder nuestro olor y nos bañamos en perfume para crear olores corporales alternativos. Las mujeres egipcias de la antigüedad acudían a los banquetes con conos de cera perfumados en sus cabezas. El sofocante calor de la noche egipcia derretía la cera, que se desparramaba por la peluca y las impregnaba de perfumes exóticos importados del África subsahariana para este propósito. Cleopatra, quien escribió un libro sobre el arte de elaborar perfumes, recibió a su futuro amante, Marco Antonio, vestida como Afrodita, la diosa del amor, en una embarcación cuyas velas estaban humedecidas con fragancias. Las antiguas prácticas de perfumarse eran increíblemente elaboradas en comparación con las de hoy día. Una mujer griega no simplemente se embadurnaba algún perfume antes de exhibirse en el ágora. El poeta Antífanes nos informa que ellas se untaban los pies con esencia egipcia, las mejillas y pezones con aceite de palma, uno de los brazos con bergamota, las cejas y el cabello con mejorana, y las rodillas y el cuello con tomillo, todo esto con el propósito de engañar al varón como si fuera su olor verdadero.14 El engaño nos sigue desde el nacimiento hasta la muerte, y se filtra en cada rincón de nuestras vidas privadas y públicas. La mayoría de las personas afirman que tratan de enseñar a sus niños a no mentir. Si bien es cierto que a menudo les decimos a los niños que no mientan, en realidad les mostramos cómo mentir de una manera socialmente aceptable. Se les instruye, so pena de castigo, a simular respeto por los ancianos, a escribir sentidas notas de agradecimiento por regalos de navidad que no les gustan y a reprimirse de decirle a la abuela que tiene mal aliento. Los niños aprenden a practicar esas formas de engaño que están públicamente prohibi36

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das pero son aprobadas en privado. La mentira socialmente apropiada no sólo se tolera, es obligada. Los niños que no desarrollan esta habilidad pagan el alto precio de la desaprobación, el castigo y el ostracismo social. Los adultos también enseñan con el ejemplo a mentir, engañando a los niños con “canciones de cuna, promesas, excusas, relatos para dormir y amenazas acerca de los peligros en el mundo”.15 Aunque se les dice que no deben mentir a sus padres, estos mismos padres no dudan en obsequiar a su descendencia narraciones supuestamente verdaderas de Santa Claus y el conejo Bugs. El engaño no verbal quizá sea parte de un enraizado bagaje psicológico que ha sobrevivido, pero la mentira verbal explícita es una adquisición gradual que descansa en una extrema sofisticación cognitiva. Los niños que son incapaces de mentir, como se decía de George Washington (en otra mentira que con frecuencia es mencionada a los niños), no son chicos y chicas “buenos”: tal vez sean autistas.16 A medida que crecemos, nuestro talento para el disimulo se afina. En un estudio, 92% de los estudiantes universitarios admitieron que habían mentido a una pareja sexual actual o anterior, y los investigadores terminaron preguntándose si el restante 8% no estaría mintiendo.17 Uno de cada tres aspirantes a un trabajo miente cuando busca empleo.18 Una vez contratados, trabajan con jefes que usan por rutina el engaño para maximizar la productividad. Los hombres se distinguen por exagerar su capacidad sexual, pero la investigación muestra que las mentiras de las mujeres en lo tocante a encuentros eróticos van en la dirección opuesta. Cuando las psicólogas, Terri Fisher y Michelle Alexander, pidieron a un grupo de mujeres que llenaran cuestionarios sobre su comportamiento y actitudes sexuales, encontraron que las que se hallaban conectadas a un detector de mentiras reportaron haber tenido el doble de amantes que aquellas que dijeron no tenerlos.19 Incluso en el matrimonio, que nuestra cultura mantiene como el 37

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parangón de la intimidad y la confianza, encontramos que los miembros de la pareja mantienen en secreto asuntos relacionados con el dinero, las experiencias del pasado (en particular experiencias sexuales), los coqueteos actuales, los “malos” hábitos, las aspiraciones y preocupaciones, los hijos, las opiniones reales acerca de los amigos y parientes, entre otras cosas.20 Un número sustancial de personas casadas en Estados Unidos han tenido o tienen, por lo menos, un romance clandestino.21 Los sociólogos Philip Blumstein y Pepper Schwartz interpretan esto como que el matrimonio hace a la gente más mentirosa que cuando es soltera; sin embargo, lo más probable es que sea una de los muchos terrenos donde tratamos de obtener nuestro pastel y de comérnoslo.22 Se piensa que el engaño es la norma más que la excepción en los negocios, y en la avenida Madison es un lugar común que una industria de publicidad que no recurra a él sea difícil de imaginar.23 Es legendaria la deshonestidad casi reflexiva de los políticos. Ni siquiera el médico de la familia se libra: 87% de los encuestados respondió que es aceptable engañar a los pacientes en ciertas circunstancias (incluyendo mentir a la esposa de un paciente que ha contraído una enfermedad sexualmente transmitida en un romance extramarital).24 La mentira es clave para el éxito en el combate. Hace dos mil años Sun Tzu escribió, en su manual para generales, que Toda guerra se basa en el engaño.25 En verdad es excelente planear en secreto, moverse en forma subrepticia, contrarrestar las intenciones del enemigo y frustrar sus esquemas, de modo que al final del día pueda obtenerse el triunfo sin derramar demasiada sangre.26 La historia del caballo de Troya, aunque no sea literalmente cierta, sí nos brinda una metáfora de la relación íntima entre la guerra y el engaño. Desde la narración bíblica de Gedeón y los ma38

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dianitas hasta el moderno avión invisible, la historia de la guerra es en buena medida un engaño y un contraengaño colectivos.27 El lenguaje de la guerra diseminado para consumo popular está lleno de eufemismos como “liquidación”, “daño colateral” y “toma” para esconder realidades brutales. El mito del héroe noble es una de las mentiras más arraigadas de la guerra moderna. Durante buena parte del siglo , individuos violentos, mentalmente inestables, y en especial, exconvictos fueron vistos como reclutas particularmente deseables. Como señaló un psicólogo militar durante la primera guerra mundial, el mejor soldado es “más o menos un carnicero natural, un hombre que fácilmente se somete a la dominación de personas intelectualmente inferiores”.28 Los hombres en combate a menudo no tienen una buena opinión de los “héroes”, considerándolos como “inhumanos y no confiables”.29 Asimismo, a nivel individual un buen peleador necesita saber cómo fintar. Joe Torres, un antiguo campeón mundial de peso ligero, en alguna ocasión le comentó a Floyd Patterson: “Fintar es mentir por completo [...] un gancho de izquierda después del golpe recto es una mentira clásica”.30 El engaño es excusable en la guerra, pero no en la ciencia. No obstante, algunos de nuestros más respetados iconos científicos no se han tentado el corazón para alterar los datos con tal de que se ajusten a sus propósitos. Isaac Newton intentó nulificar las críticas a su obra maestra, Principia mathematica, modificando datos cuidadosamente para que se ajustaran a su teoría; él finalmente proclamó una precisión inverosímil en sus mediciones de los fenómenos físicos.31 En 1712, una acre disputa explotó entre Newton y el filósofo y científico Gottfried Leibniz sobre la autoría del cálculo. Dicha disputa se resolvió a favor de Newton en un reporte publicado por la Sociedad Real Británica. En realidad el reporte, que de manera tendenciosa apoyaba el reclamo de Newton, ¡fue redactado clandestinamente por el propio sir Isaac!32 En 1936 el distinguido genetista sir Ronald Fisher señaló 39

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que Gregor Mendel, el titán científico que descubrió los principios fundamentales de la genética, al parecer “ajustó” sus datos casi de la misma manera que Newton. Los resultados de Mendel eran demasiado buenos para ser ciertos.33 En un estudio reciente Sigmund Freud, quien durante mucho tiempo fue considerado un modelo de intachable honestidad, fue retratado en una forma devastadora como un mentiroso serial.34 Las estrictas precauciones tomadas por la ciencia moderna puede limitar pero no borrar la inclinación de todos los seres humanos hacia el engaño. No es cierto que mentir sea, por lo general, un acto consciente y calculado. Como especie estamos muy bien entrenados en el arte del engaño, que se presenta en nosotros casi de una manera tan natural y expedita como respirar. Trate de rastrear las incontables mentiras que usted, que todos nosotros, perpetramos en un día ordinario y de inmediato descubrirá que usted rara vez se esfuerza para engañar. Incluso las mentiras verbales se deslizan por la lengua tan fácilmente que a menudo el mismo emisor no las detecta, lo cual nos lleva al tema del autoengaño. El enigma del autoengaño No sólo se nos facilita engañar a los demás, sino que también nos gusta engañarnos a nosotros mismos. Como sucede con la mentira, prefiero una definición extensiva que una restrictiva: el autoengaño es cualquier proceso mental o comportamiento cuya función es ocultar información de la propia mente consciente. El autoengaño ha sido un enigma para los psicólogos y filósofos por más de dos milenios. Hay una paradoja inherente en una persona que al mismo tiempo se engaña a sí misma y es víctima de su propio engaño. La visión popular del autoengaño es muy negativa. Se supone que el hecho de mentirse a uno mismo tiene su raíz en el miedo, la culpa o el trastorno mental. Algunos pensadores encuentran la idea tan descabellada que niegan la existencia del 40

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autoengaño auténtico.35 ¿Cómo es posible que tanto el engañador como el engañado sean la misma persona? Otros comparan el autoengaño con el engaño a los demás, sugiriendo que el primero debe implicar una fragmentación de la personalidad en varias submentes que se encuentran en interacción, y que el autoengaño sucede cuando uno de esos componentes logra engañar a los otros para conseguir su propósito.36 Podemos aceptar que, a pesar de la aparente paradoja implícita, el autoengaño es perfectamente verdadero y no tenemos que tragarnos la idea de las subpersonalidades para captarlo. El principal obstáculo para entender el autoengaño es un conjunto de creencias falsas y ajenas al sentido común acerca de la naturaleza de la mente humana. Estos conceptos son parte de lo que los filósofos llaman “la visión cartesiana del mundo”, debido a que quien las formuló en la forma más convincente y elegante fue el filósofo francés René Descartes, a principios del siglo . Descartes propuso que la mente es toda conciencia. En otras palabras, estamos conscientes de inmediato y en forma automática de todo lo que pasa por nuestras cabezas. Descartes también aseguraba que simplemente no podemos equivocarnos respecto a qué pasa en nuestro mundo interior: cada uno de nosotros es una autoridad única, infalible e irreprochable en nuestros estados mentales. Si esto es cierto, significa que la simple introspección, la práctica de ver en la mente será el único método requerido para el autoconocimiento. Asimismo, Descartes promovió la idea de que la mente, el yo o el alma es una entidad espiritual que se encuentra fuera del caótico reino material de las neuronas, las sinapsis y los neurotransmisores. Este yo absolutamente consciente es autónomo, capaz del libre albedrío y, en palabras de un cartesiano del siglo , “condenado a la libertad”.37 Por 250 años, la teoría de Descartes y sus variantes posteriores dominaron los intentos de entender la mente. Una de las personas que se encargaron de echar abajo el monopolio cartesiano 41

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fue un joven neurólogo llamado Sigmund Freud. Éste se encontraba bien informado de las nuevas investigaciones científicas sobre la hipnosis, los sueños, la enfermedad mental y los trastornos orgánicos del cerebro que cuestionaban la concepción cartesiana de la mente. Freud se dio cuenta de que la mente debía ser idéntica al cerebro y que la viscosa bola de tejido nervioso dentro del cerebro en cierta forma era responsable de la totalidad de nuestra vida mental subjetiva: de nuestros pensamientos, esperanzas, sueños, temores y fantasías. Freud aseguraba que el cerebro contiene un sinnúmero de módulos, de sistemas funcionales que llevan a cabo actividades específicas. De manera más controversial, propuso que la parte del cerebro que piensa es por completo distinta de la parte del cerebro que es consciente. En otras palabras, todo pensamiento es en esencia inconsciente, un concepto que abordaremos con más detalle en el capítulo . Para examinar la conciencia, la información tiene que pasar de la parte pensante a la parte productora de conciencia del cerebro. Este flujo de información toma tiempo y es controlado por un sistema de filtros cognitivos que determinan qué pensamientos ingresarán en la conciencia y cuáles serán excluidos de ella. De acuerdo con Freud, es precisamente la brecha entre cognición y conciencia, y la gran mentira que se encuentra entre ellas, lo que hace posible el autoengaño. En la historia de Freud el yo unificado, cartesiano, es un mito. No es más que una imagen proyectada en la pantalla de la conciencia, ilusión pura, una mirada seductora producida por una red masivamente interconectada de conmutadores electroquímicos en la máquina de carne y sangre que conocemos como cerebro. La introspección no puede profundizar en el funcionamiento de la maquinaria neural que la genera más de lo que significaría mostrar en un monitor de computadora una imagen de los procesos que tienen lugar dentro de la unidad de procesamiento. Además, el recuento subjetivo de nosotros mismos es muy tenden42

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cioso porque la información en la cual se basa se edita con todo cuidado antes de “publicarse” como una autorrepresentación consciente. El yo consciente es una ficción, una creación de la mente más que su apuntalamiento. Las fuentes del pensamiento, la emoción y el comportamiento se encuentran en esa oscura región de la mente que Freud llamaba el inconsciente.38 La mayoría de los contemporáneos de Freud se hallaban inmersos en la tradición cartesiana y consideraban que la concepción freudiana de la mente era absurda si no es que repugnante. Muchos psicólogos de la actualidad también encuentran fácil hacer a un lado los puntos de vista de Freud sobre la conciencia y el inconsciente, pues los ven nada más como especulaciones dudosas, pseudocientíficas; y, aun cuando muchas de las hipótesis de Freud acerca de la mente humana han sido puestas en tela de juicio, la investigación realizada por los psicólogos cognitivos y los neurocientíficos en los últimos cuarenta años ha reivindicado buena parte de la concepción general freudiana de la arquitectura de la mente humana. La idea de que los procesos mentales consisten únicamente en estados neurofisiológicos fue muy radical en 1895, pero en nuestros días es la posición común. Un numeroso grupo de psicólogos acepta ahora que la conciencia despliega más que genera información.39 Los científicos cognitivos suelen hablar de procesos mentales “no conscientes” o “automáticos”, evitando a menudo el término específico “inconsciente”, que significa lo mismo, por temor a ser tachados de freudianos. La literatura sobre psicología social ha confirmado en repetidas ocasiones el planteamiento de que la información sobre nuestros procesos mentales proporcionada por introspección es muy poco confiable.40 La noción de que los seres humanos se engañan a sí mismos en lo que respecta a sus propios deseos es el leitmotiv de la psicología freudiana, pero Freud y sus seguidores no se preocuparon por brindar evidencia científica de sus planteamientos. Con toda seguridad, tal evidencia se fortalecería con la viabilidad de 43

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su propuesta de que la conciencia se basa en el autoengaño. Por fortuna, hoy en día no se tiene que hacer ese tipo de investigación. Hay una pequeña pero sugerente literatura científica acerca del autoengaño. El wishful thinking [los buenos deseos o ilusiones positivas] es la tendencia a creer algo simplemente porque nos gustaría que fuera cierto; es un tipo de autoengaño al que todos estamos propensos. Una amplia encuesta entre estudiantes de bachillerato reveló que 70% pensaba que tenía una capacidad de liderazgo por encima del promedio, mientras que sólo 2% se ubicaba por debajo del promedio. La totalidad del millón de estudiantes encuestados pensaba que tenía una capacidad por arriba del promedio para tener éxito con los demás. De ellos, 60% se ubicó en el 10% superior, mientras que 25% se consideró dentro del 1% más alto. Estas cifras no pueden atribuirse simplemente a la inexperiencia de la juventud: una encuesta entre profesores universitarios reveló que todos, excepto 7%, creían que eran mejores que el promedio en su trabajo.41 La sexualidad es un rico depósito de pensamiento de autoengaño. En un sorprendente estudio experimental muy citado en la literatura, dos grupos de hombres heterosexuales vieron diversos filmes eróticos.42 Uno de los grupos estaba compuesto por hombres que se sentían cómodos en presencia de homosexuales, mientras que el segundo estaba integrado en su totalidad por hombres homofóbicos. Cada uno de los grupos vio una selección de filmes gráficos que mostraban erotismo de tipo homosexual, lesbiano y heterosexual. Asimismo, los participantes fueron conectados a un pletismógrafo, un aparato que mide, entre otros, los cambios sutiles en la circunferencia del pene. Las lecturas del pletismógrafo demostraron que los filmes lesbianos y heterosexuales excitaron a ambos grupos de hombres, pero que sólo los hombres homofóbicos se excitaron físicamente con los filmes homosexuales. Sin embargo, cuando los experimentadores les preguntaron al respecto, todos 44

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los hombres homofóbicos negaron de manera terminante que la visión de hombres teniendo relaciones sexuales entre sí los hubieran estimulado. Por supuesto, es posible que estuvieran mintiendo, pero también es posible que se engañaran a sí mismos sobre sus respuestas sexuales. Si en este momento tal conclusión parece poco convincente, lo parecerá menos cuando se haya terminado de leer este libro. La mayoría de nosotros tiende a adoptar el obsoleto principio cartesiano de que la motivación es transparente en primera persona, es decir, que todos sabemos por qué hacemos lo que hacemos, a pesar de la considerable evidencia de que esto no siempre es cierto. Considérese el fenómeno del “espectador” tan apreciado por los psicólogos sociales. El 13 de marzo de 1964 una mujer llamada “Kitty” Genovese fue brutalmente atacada y apuñalada en repetidas ocasiones cuando caminaba del estacionamiento a su departamento en la ciudad de Nueva York. Su atacante volvió tres veces durante los treinta y cinco minutos transcurridos entre el primer asalto y la última, mortal puñalada, y aunque ella gritó: “¡Oh, Dios mío, me apuñaló. Por favor, ayúdenme!” y después exclamó: “¡Me estoy muriendo!”, ninguna de las treinta y ocho personas que observaban la escena desde las ventanas de su apartamento se molestó en llamar a la policía. Posteriormente, todos los testigos declararon que supusieron que alguien más había llamado al 911. En lo que se ha convertido en un estudio clásico del comportamiento de ayuda, dos psicólogos sociales, Bibb Latané y John Darley, se inspiraron en el asesinato de Genovese para investigar lo que llamaron “efecto del espectador”. En un experimento, diseñaron situaciones en las cuales los sujetos se enfrentaban a alguien que sufría un ataque epiléptico (simulado), mientras que en otros casos esto sucedía en presencia de varios espectadores. Como se puede deducir, cada vez fue menos probable que los sujetos ayudaran a la persona a medida que aumentaba el número de espectadores, un efecto atribuido a la “difusión de la 45

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responsabilidad”, la suposición de que alguien más prestará ayuda. Latané y Darley plantearon la hipótesis de que la decisión de no ayudar cuando hay otras personas alrededor es perfectamente consciente, y se sorprendieron al descubrir que sus sujetos ni por asomo percibieron el impacto de la presencia de otras personas en su propio comportamiento. “Hicimos esta pregunta en todas las formas que se nos ocurrieron: con sutileza, en forma directa, de manera diplomática, bruscamente. Siempre obtuvimos la misma respuesta. Los sujetos afirmaron de manera repetida que las otras personas presentes no habían influido en su comportamiento”.43 La decisión de no ayudar se basó más bien en consideraciones inconscientes. Aun cuando estos individuos creían que su comportamiento no tenía nada que ver con la presencia de otras personas a su alrededor, fue evidente que se engañaron a sí mismos. La literatura de psicología social está llena de ejemplos similares. Muchos profesionales de la salud mental defienden la idea de que la depresión y otros trastornos emocionales en buena medida tienen su origen en el pensamiento irracional. Las personas depresivas, afirman, tienen falsas ideas acerca de sí mismas y de las demás; se autoengañan y están fuera de la realidad. Se asegura que el pensamiento irracional, de autoengaño, es un factor que distingue a las personas deprimidas de las “normales”, pero ya se vio que esta homilía psiquiátrica es un error mayúsculo.44 La investigación científica lleva a la conclusión opuesta, la de que los depresivos parecen tener una mejor captación de la realidad que los psiquiatras “normales” que los tratan. Lauren Alloy, de la Universidad de Temple en Filadelfia, y Lyn Abramson, de la Universidad de Wisconsin, diseñaron un experimento en el cual una de las investigadoras manipuló el resultado de una serie de juegos. Tanto los sujetos deprimidos como los no deprimidos tomaron parte en estos juegos fijos. Los psicólogos saben de tiempo atrás que el pensamiento “normal” incluye un elemento de grandiosidad: tendemos a darnos crédito cuando los eventos obran 46

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en nuestro favor, pero se los achacamos a otros cuando van en nuestra contra. Como era de esperar, los sujetos no deprimidos sobreestimaron el grado en que habían influido en el resultado cuando el juego se manipuló para que ellos lo hicieran bien, y minimizaron su contribución al resultado cuando lo hicieron de manera deficiente. Volviendo a los sujetos deprimidos, Alloy y Abramson encontraron que los individuos con depresión evaluaron ambas situaciones en una forma más realista. La sorpendente conclusión, es que los depresivos podrían sufrir un déficit de autoengaño. El reconocido psicólogo conductual Peter Lewinsohn obtuvo resultados similares; encontró que las personas deprimidas a menudo son capaces de juzgar las impresiones ajenas sobre ellos con mayor exactitud que los sujetos no deprimidos. De hecho, la capacidad de estas personas para realizar juicios interpersonales correctos degeneró a medida que sus síntomas disminuyeron como respuesta al tratamiento.45 Otros han encontrado que los niveles altos de autoengaño se hallan estrechamente correlacionados con las nociones convencionales de salud mental, y que los sujetos que padecen algunos de los llamados “trastornos mentales” evidencian niveles menores de autoengaño que la gente “normal”.46 Esta investigación plantea (aunque, por supuesto, no da pruebas concluyentes) que la “normalidad” —cualquiera que sea el significado del término— puede fundamentarse en el autoengaño. Elimine o inutilice el fundamento, y tal vez surjan la depresión u otros problemas emocionales. Si la salud mental depende de una dosis libre de autoengaño entonces será posible que, como destaca en forma irónica el filósofo David Nyberg: “El autoconocimiento no sea más que el inicio de la locura”.47 Si es cierto que somos mentirosos naturales, se deduce que la investigación científica de la naturaleza humana va a contrapelo de la propia naturaleza humana. Es paradójico por partida triple que si bien somos el único animal que ha desarrollado una mente con el notable poder de analizar científicamente su propia 47

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naturaleza, esta misma mente ha sido configurada por fuerzas de selección natural que se oponen al resultado de esta investigación y lo descartan.48 Tal vez el mejor lugar para comenzar sea la observación del papel que desempeña la deshonestidad en otros organismos. Al hacerlo, podemos comenzar a entender cómo es el engaño natural y adquirir un sentido de las estrategias que hemos heredado de nuestros ancestros prehumanos en el largo y penoso camino de la evolución.

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Apéndice I: Creatividad inconsciente, 227 Apéndice II: Enfoques psicológicos y mecanismos de defensa, 231 Coda: El genio maligno de Descarte...

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