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ÍNDICE

Agradecimientos, 21 Breves consideraciones sobre la redacción, 23 Introducción, 27

PRIMERA PARTE

ANTES DE REDACTAR I. ¿Qué es redactar? (Un breve preámbulo), 31 1. La necesidad de comunicarse, 31 2. La comunicación, 32 2.1. La comunicación humana, 36 2.1.1. Señales y signos, 37 2.1.2. Signo lingüístico, 38 Código, 41 3. La lengua, 41 Variaciones de la lengua, 42 3.1. El habla, 43 3.2. Lengua, habla e idioma, 44 4. El lenguaje, 45 Lenguaje formal, lenguaje coloquial y lenguaje vulgar, 45 Lenguaje informativo, lenguaje expresivo y lenguaje directivo, 46 4.1. Lenguaje escrito, 48 5. Redacción, 49


ABECÉ DE REDACCIÓN

II. ¿Qué se necesita para redactar?, 51 (Un breve actualizador) Palabra y concepto, 51 Palabras y conceptos en la práctica, 52 Nociones esenciales, 52 1. Gramática, 54 1.1. Las palabras, 55 Sustantivos (o nombres sustantivos), 55 Artículos, 57 Adjetivos, 58 Pronombres, 64 Verbos, 70 Adverbios, 88 Preposiciones, 89 Conjunciones, 90 Interjecciones, 91 Un ejemplo esclarecedor, 92 Las palabras y sus ribetes, 96 Palabras y enunciados, 97 1.2. Ortografía, 99 1.2.1 Acentuación, 99 Referencias, 100 Acento prosódico, 100 Separación de vocales, 101 Separación de consonantes, 103 Clasificación de palabras según el acento, 104 Acento (orto)gráfico, 106 Acentuación de palabras agudas, 106 Acentuación de palabras graves, 107 Acentuación de palabras esdrújulas y sobresdrújulas, 108 Acento dierético, 110 Reconocimiento de un acento dierético, 110 Acento diacrítico, 112 Ley especial, 112 Tilde en palabras interrogativas y exclamativas, 119 Tilde en demostrativos, 126 Los adverbios terminados en –mente, 128

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1.2.2. Puntuación: otros signos ortográficos, 129 1.3. Morfosintaxis (un leve escrutinio), 129 1.3.1. La frase y la oración, 130 La frase, 130 La oración, 131 1.3.2. Elementos de la oración, 133 Más acercamiento, 135 1.3.3. Variedades de oraciones, 139 Oraciones simples, 139 Oraciones compuestas, 140 2. Semántica (un preludio), 143 3. Lógica (un preludio, también), 144

SEGUNDA PARTE

LENGUAJE ESCRITO I. La oración, 147 Retomando algunas definiciones, 147 1. Sujeto y predicado, 152 1.1. El sujeto, 154 1.1.1. Características del sujeto, 155 El sustantivo, núcleo del sujeto, 155 El sustantivo: nombre y pronombre, 156 Los adjuntos (modificadores directos): artículo y adjetivo, 158 Los sustantivos complementos (modificadores indirectos), 161 Complementos de complementos, 163 La traslación (o transposición), 167 Sujeto simple, sujeto compuesto y sujeto tácito, 167 Cuando hay problemas con el sujeto... ¿Cómo reconocerlo?, 171 1.2. El predicado, 175 1.2.1. El núcleo del predicado, 177 1.2.2. El complemento directo, 179 Complemento directo con a, 181 Palabras que pueden funcionar como complemento directo, 182 El pronombre personal de complemento directo, 182 Cómo localizar el complemento directo, 184

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ABECÉ DE REDACCIÓN

1.2.3. El complemento indirecto, 187 El pronombre de complemento indirecto, 189 1.2.4. Laísmo, leísmo y loísmo, 191 1.2.5. La doble sustitución, 191 1.2.6. Los complementos circunstanciales, 193 1.2.7. El orden de los complementos en el predicado, 196 2. Oraciones compuestas, 199 2.1. Oraciones coordinadas y subordinadas, 199 2.1.1. Las oraciones coordinadas, 199 2.1.2. Las oraciones subordinadas, 202 2.1.2.1. La subordinada sustantiva, 204 Subordinadas al sujeto, 204 Subordinadas de complemento directo, 205 2.1.2.2. Las subordinadas adjetivas, 206 Oraciones subordinadas especificativas, 208 Oraciones subordinadas explicativas, 209 2.1.2.3. La subordinada circunstancial, 209 II. Puntuación, 214 1. Uso del punto, 216 1.1. Para separar ideas, 217 1.2. Otras referencias del punto, 219 2. Uso de la coma, 219 2.1. Para separar elementos en serie, 220 2.2. Entre frases u oraciones de construcción semejante, 222 Como salvedad..., 223 2.3. En frases u oraciones incidentales, 225 Incidentales en detalle, 228 2.3.1. Con vocativos e interjecciones, 230 El ruido, el grito y la llamada, 232 2.3.2. Para evitar confusiones, 234 2.3.3. Subordinadas explicativas (introducidas por un relativo), 236 2.3.4. Respuestas “reforzadas”, 238 2.4. Antes y después de ciertas conjunciones o adverbios, 240 2.5. En variaciones sintácticas y oraciones bipartitas, 245 2.5.1. Variaciones sintácticas, 245 Regla general, 247

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2.5.2. Oraciones bipartitas, 250 Condicionales (introducidas por si), 250 De intensidad (construidas con tan o tanto), 251 Temporales (introducidas por cuando), 251 Causales, 251 Concesivas, 252 Cláusulas absolutas de gerundio y participio, 252 2.6. Para aproximar oraciones yuxtapuestas, 254 2.7. En casos de elipsis, 256 2.8. En sujetos de construcción compleja o extensa, 258 Usos adicionales de la coma, 260 Uso incorrecto de la coma, 261 3. Uso del punto y coma, 261 3.1. En algunas expresiones complejas que incluyen comas, 261 Elipsis de verbo, 263 Oraciones yuxtapuestas de construcción semejante, 264 En oraciones donde hay frases incidentales u oraciones subordinadas, 267 3.2. Algunas proposiciones yuxtapuestas, no semejantes, 269 Con el mismo sujeto, 270 Cuando hay estrecha relación en el sentido, 271 3.3. Antes y después de ciertas conjunciones o adverbios, en proposiciones largas, 271 4. Uso de los dos puntos, 273 4.1. Tras fórmulas de saludo, 273 4.2. Antes de una lista, 273 4.3. Antes de una cita, 276 4.4. Para conectar (o “separar”) oraciones, 276 4.5. Antes de ciertos giros y frases hechas, 277 4.6. Algunos usos jurídicos y administrativos, 278 5. Uso de los puntos suspensivos, 278 5.1. En enumeraciones abiertas o incompletas, 279 5.2. Cuando se deja ciertas frases incompletas, 279 5.3. Para indicar ironía, sorpresa, dramatismo, duda, temor..., 281 5.4. Para omitir parte de ciertas oraciones, 282 5.5. Para omitir parte de un texto, 283 6. Uso de los signos de interrogación y exclamación, 284 7. Uso de paréntesis, 287 8. Uso de corchetes (o llaves), 290


ABECÉ DE REDACCIÓN

9. Uso de la raya, 291 10. ¿Paréntesis, comas o rayas?, 293 ¿Cuándo usar paréntesis?, 294 ¿Cuándo usar rayas?, 294 11. Uso de comillas, 295 Combinación de comillas con otros signos, 297 12. Diéresis o crema, 298 13. Otros signos, 298

TERCERA PARTE

REDACCIÓN I. De la oración al discurso, 301 1. El párrafo, 301 Qué es un párrafo, 301 1.1. Construcción lógica de oraciones, 301 Orden de las ideas, 301 Coherencia en las frases: una prevención, 305 Cohesión en el párrafo (un anticipo), 307 1.2. Singularidad de propósito, 310 1.2.1. Tipos de párrafos, 312 Párrafos de introducción, 313 Párrafos de conclusión, 314 Párrafo de enumeración, 316 Párrafo de comparación / contraste, 317 Párrafo de desarrollo de un concepto, 319 Párrafo de enunciado de un problema / solución de un problema, 320 Párrafo de causa/efecto, 322 1.3. Cohesión, 323 1.3.1. Deixis o expresiones referenciales, 323 Algunas deixis, 325 1.3.2. Conexiones semánticas, 330 Sinonimia, 331 Antonimia, 337 Hiperonimia/Hiponimia, 339 Meronimia/Holonimia, 340

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Homonimia, 342 1.3.2.1. Mecanismos de repetición, 343 1.3.3. Marcadores del discurso, 344 1.3.3.1. Tipos de marcadores, 344 Estructuradores de la oración, 345 Conectores, 349 Reformuladores, 352 Operadores argumentativos, 355 Marcadores conversacionales, 356 1.4. Correcta conexión entre las frases que forman un párrafo (un breve preámbulo), 359 Apéndice: Palabras homófonas (ejemplos), 361 II. Formas de expresión escrita, 368 El texto, 368 1. La descripción, 369 Clases de descripción, 369 1.1. Tipos de descripción, 371 El objeto de la descripción, 371 La forma en que se describe, 375 1.2. Procedimientos empleados en la descripción, 377 Reglas del estilo descriptivo, 377 Formas verbales, 377 El sustantivo y el adjetivo, 379 Las estructuras sintácticas, 379 2. La narración, 381 El narrador y el punto de vista, 383 2.1. Los acontecimientos, 386 2.2. Los personajes, 387 2.3. El espacio, 388 2.4. El tiempo, 389 El lenguaje en los textos narrativos, 389 Algunos consejos prácticos, 390 Las estructuras sintácticas, 391 3. La argumentación, 392 ¿Qué es argumentar?, 392 Características de la argumentación, 394

ÍNDICE


ABECÉ DE REDACCIÓN

3.1. Estructura de los textos argumentativos, 396 3.1.1. Presentación o introducción, 397 3.1.2. Exposición de la tesis, 397 3.1.3. Cuerpo de la argumentación, 397 3.1.4. Epílogo o conclusión, 398 3.2. Tipos de argumentos, 400 Tipos generales, 400 Argumentos en detalle, 401 Apéndice: Lógica, 405 4. La exposición, 412 Características de los textos expositivos, 420 4.1. Estructuras expositivas, 423 4.2. La técnica informativa (una pincelada), 424 La pirámide invertida, 425 4.3. El comentario (otra pincelada), 426 5. Dos pequeños adjuntos, 430 Desarrollo de una idea, 430 Titulación, 430 Apéndice: Secciones accesorias de una carta, 431 III. El estilo, 438 1. El estilo y su obtención, 440 Voces y personas, 444 1.1. El estilo y las palabras, 445 Adjetivos y adverbios, 446 Pronombres: yo y uno, 449 1.2. Algunas figuras de construcción, 452 Hipérbaton, 452 Elipsis, 454 Pleonasmo, 454 Silepsis, 454 Traslación, 455 1.2.1. Otra pincelada de retórica (apéndice para literatos), 457 Comparación, 458 Metáfora, 458 Sinestesia, 459 Polisíndeton, 459

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1.3. Matices en tiempos verbales, 460 1.3.1. Presente, 460 Presente histórico, 461 Presente habitual, 461 Presente de anticipación, 462 Presente durativo, 462 Presente de obligación (o de mandato), 462 1.3.2. Pretérito, 463 Pretérito de eventualidad, 463 Pretérito de cortesía, 463 Pretérito imperfecto de conato, 463 1.3.3. Futuro, 464 1.3.4. Condicional, 464 Como remate..., 464 2. Corrección de estilo, 465 2.1. Directrices básicas para corrección de estilo, 466 2.1.1. Conectores, 466 2.1.2. Pronombres, adjetivos y adverbios, 467 2.1.3. Información irrelevante o imprecisa, 468 2.1.4. Siglas y lugares, 469 2.1.5. Sujeto y sustantivos, 470 2.1.5.1. Problemas de género, 470 Caso especial: femeninos con artículo masculino, 470 Ambiguos, ”comunes de dos” y bigéneres, 473 Femeninos irregulares, 474 2.1.5.2. Problemas de número, 475 Formas indistintas, 476 Plurales improcedentes, 476 2.1.6. Verbos, 477 2.2. Algunas faltas que evitar, 478 2.2.1. Abuso del posesivo “su” (una breve incursión), 478 2.2.2. Verbosidad, 479 2.2.3. “Cosismo”, 480 2.2.4. “Mismismo”, 481 2.2.5. “Aísmo”, 481 2.2.6. Vicios de dicción, 482 3. Práctica y métodos (corrección y paráfrasis), 485 “Sintetización”, 485

ÍNDICE


ABECÉ DE REDACCIÓN

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Limpieza de expresiones, 486 Amplificación, 488 Variaciones textuales, 489

CUARTA PARTE

A PÉNDICE I. Encauzamiento idiomático, 493 1. Sustantivos, 493 1.1. Algunos sustantivos nebulosos, 493 2. Adjetivos, 494 2.1. Algunos adjetivos nebulosos, 494 3. Verbos, 497 3.1. Errores diversos, 497 Errores de forma, 497 Errores de acentuación, 498 Errores provocados por el cambio de tiempos y modos, 498 Errores provocados por el mal empleo de gerundios, 499 Otros verbos que causan problemas, 499 3.2. Algunos verbos nebulosos, 500 4. Pronombres, 506 4.1. Un uso nebuloso de pronombres, 506 4.1.1. Uso de clíticos, 506 Formas verbales con clíticos, 506 Colocación de los clíticos con respecto al verbo, 508 Orden de las secuencias de clíticos, 512 Duplicación de complementos: “coaparición” del clítico y el complemento, 512 Discordancias en el uso de los clíticos, 515 Otras consideraciones sobre el uso de los clíticos, 516 5. Preposiciones, 517 6. Adverbios, 524 6.1. Algunos adverbios nebulosos, 524 7. Conjunciones, 529 7.1. Algunas conjunciones nebulosas, 529


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II. Vicios, 533 1. Gerundismo, 533 2. Leísmo, laísmo y loísmo, 536 3. Queísmo, 541 4. Dequeísmo, 544 III. Algunos prontuarios, 546 1. Las letras, 546 1.1. El alfabeto español, 546 1.2. Fonemas, letras y dígrafos, 547 1.3. Uso de letras, 548 2. Uso de preposiciones, 567 3. Uso de mayúsculas, 594 3.1. Mayúsculas en palabras o frases enteras, 595 3.2. Mayúsculas iniciales, 596 En función de puntuación, 596 En función de la condición o la categoría, 596 En función de otras circunstancias, 600 Empleos expresivos, 603 3.3. Minúscula inicial, 605 4. Uso de abreviaturas, 605 5. Otros signos ortográficos, 609 Guión, 609 Barra, 612 Apóstrofo, 613 Signo de párrafo, 613 Asterisco, 614 Usos no lingüísticos de algunos signos de puntuación, 614 6. División de palabras al final del renglón, 617

ÍNDICE


I. ¿QUÉ ES REDACTAR? (Un breve preámbulo)

1. La necesidad de comunicarse El ser humano no vive aislado, no realiza sus actividades apartado por completo de los demás: vive en sociedad.1 Esta sociabilidad no es una condición casual y sin alcance alguno ante la cual el hombre se entrega sin un motivo aparente. Al contrario, es una circunstancia prácticamente ineludible que representa viabilidad de desarrollo, tanto individual como colectivo, ya que la sociedad es la llave que puede abrir todas las puertas que el individuo no es capaz de franquear por sí solo. Así, vivir en sociedad no se restringe a estar o transitar cerca de otras personas; vivir en sociedad contempla, además, establecer una relación que forje acercamiento y comprensión... Esa relación afín es posible por medio de la comunicación. Una colectividad debe tener mecanismos para establecer y transmitir los fines para los cuales sus miembros fueron reunidos o concertados; necesita comunicarse. Si no existiese la comunicación entre las personas, la convivencia sería difícil o, incluso, imposible, y la capacidad de progreso de estas personas estaría en riesgo. Generar comunicación alude construir un vínculo mutuo, un lazo social. Esta consonancia también demanda un medio, la expresión: una exteriorización, especificación o declaración, mediante palabras u otros elementos análogos, de una idea, un pensamiento o un sentimiento, para darlo a entender. Luego, se debe tener en cuenta que expresarse no necesariamente implica comunicarse, pues la comunicación es un proceso mutuo y exige en quien recibe el mensaje la percepción exacta de lo que se quiso expresar. Si la expresión no es entendida, ésta se reduce a entrega infructuosa de información y, en consecuencia, sólo brinda la complacencia de haber manifestado lo que se quería o necesitaba. En cambio, manifestarse bien podría dar a la expresión un carácter social, podría proveer amplias posibilidades de que la expresión se cristalice en comunicación, a menos que el destinatario sea el limitado.

1 El término sociedad está tomado en su acepción de “agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida”.


ANTES DE REDACTAR

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De este modo, se entiende que la expresión debe trascender, debe entrañar comunicación. Para esto, debe ser consciente y deliberada (existe una inconsciente, cuando se reacciona sin ser partícipes de los fines y medios de ella). Esta consideración supone saber que toda expresión está constituida por contenido y forma. El contenido es lo que se quiere expresar; y la forma, las herramientas que se utilizarán. Entonces, para que la expresión logre comunicar es obligatorio, por una parte, saber qué se quiere decir y, por otra, estar al tanto de los instrumentos que se utilizarán, para emplearlos cabalmente. Sintetizando:

• El ser humano necesita comunicarse para poder desarrollarse. • La única herramienta posible para lograr la comunicación es la expresión. • Pero la expresión debe ser comprendida para alcanzar el ribete de “comunicación”. • Para que la expresión sea comprendida es necesario que sea deliberada, con esmero en la forma.

2. La comunicación Se planteó que todo ser humano necesita de una sociedad para desarrollarse, y que esta sociedad necesita de la comunicación para fijar y propagar sus propósitos. La comunicación, pues, debe ser deducida como el objetivo inicial de todo grupo, como el suceso que debería acarrear la posterior consecución de los “fines mayores”. En consecuencia, emerge un requerimiento inaugural: saber qué es la comunicación. Estar al tanto de qué es comunicarse ayudará a trazar un recorrido asentado en su consecución, y evitará algún posible desvío... Este tan empleado y a veces manoseado concepto, etimológicamente quiere decir “poner algo en común”; es decir, indica hacer a otro consorte de lo que se tiene, lo que se piensa, lo que se siente o lo que se desea. Además, no se trata de un “acto” aislado, sino de un proceso; esto es, conlleva un conjunto de fases encadenadas. Los elementos afines para que la comunicación sobrevenga son:2

2

Con los tres primeros elementos ya es posible realizar un diagrama, aunque sumamente precario, centrado sólo en entrega de información y, obviamente, unilateral.


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¿QUÉ ES REDACTAR? ✦

Emisor. Es la persona que enuncia el mensaje en la comunicación.

Basándose en una conversación cotidiana como ejemplo, el emisor sería quien inicia dicho diálogo.

Mensaje. Es la información que se quiere transmitir, el conjunto de signos.3 ...el mensaje sería, por ejemplo, la invitación a un festejo.

Receptor. Es la persona que recibe el mensaje en la comunicación. ...el receptor sería el destinatario del mensaje, el invitado.

Referente. Es la realidad externa a la que se refiere el mensaje. ...una celebración puntual.

Código común.4 Es el acervo de signos, y de reglas para combinar estos signos, que integran el mensaje. Debe ser común entre emisor y receptor. ✦

...la lengua española.5

✦ Canal de comunicación. Es la vía física de la cual el emisor se vale para emitir el mensaje. Por ejemplo: la voz, las manos, la cara, etc.

...la voz (todas las unidades físicas involucradas).

3

Un signo, como una mera puntualización simplificada, es cualquier señal que comunica o intenta comunicar algo. En el apartado 2.1.1 de este capítulo será abordada esta idea. 4 Un código, también como mera puntualización, es un sistema de signos y de reglas que permite formular y comprender un mensaje. En el apartado 2.1.2 de este capítulo se bosquejará lo que es un código. 5 Una lengua es un conjunto organizado de signos de lenguaje, utilizado por un conjunto humano. En el apartado 3 de este capítulo se planteará lo que es una lengua.


ANTES DE REDACTAR

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✦ Medio de comunicación. Es la vía externa, sea técnica, mecánica, tecnológica, etc. (que en ocasiones puede no estar presente), para que el mensaje llegue al receptor. Por ejemplo: un teléfono, un correo electrónico, etc.

...en este caso no hay, pero, por ejemplo, si la comunicación hubiera sido más formal: una tarjeta.

✦ Contexto del mensaje. Es el “marco común referencial” del mensaje, formado

por lo que se expresa antes, durante y después del mismo (y esto lo dota de significado completo); el entorno y las circunstancias en que se encuentra el emisor, y tal vez el receptor también. ...en este caso, hipotéticamente, la empresa donde emisor y receptor trabajan, en horario de colación, luego de que la semana anterior el ahora invitado convidara a todos a una recepción similar, etc.

Básicamente, la comunicación, enfocada en la redacción, contempla la siguiente lógica:6 EMISOR

RECEPTOR

(también llamado cifrador o codificador)

(también llamado descifrador o decodificador)

Se trata del escritor, que...

Se trata del lector, que...

• Elabora interiormente el mensaje que comunicará, guiado por un propósito (piensa, selecciona, jerarquiza, decide cómo expresarse). • Cifra el mensaje mediante el empleo de un código (lenguaje). • Expresa el mensaje, utilizando el lenguaje escrito (grafía).7

• Capta el mensaje mediante la vista (lectura). • Descifra el mensaje, reproduciendo en su interior la intención del emisor, a través de la comprensión. • Responde de algún modo al mensaje recibido (puede haber una respuesta que regrese al emisor).8

6 Para efectos prácticos, no será abordado ninguno de los muchos “modelos” de comunicación. En cambio, se atenderá una pauta sencilla, para comprender en qué consiste la comunicación, como referencia valiosa en la redacción, pero no como eje de este manual. 7 Una grafía es, de manera práctica, la “señal gráfica significante” (en el punto 2.1.2 se verá lo que es


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¿QUÉ ES REDACTAR?

Es imperioso buscar que toda expresión confluya en la comunicación, y no cercarse en la expresión señera. Y aunque expresión y comunicación son fenómenos estrechamente vinculados y se producen simultáneamente, la segunda no es automática ni logra ser siempre afianzada.

La comunicación, se podría decir, es una expresión con un plus: eficiencia y un sentido social. expresión

+

plus

=

comunicación

(eficiencia, sentido social)

Desde este punto de vista, un proceso de comunicación para ser perfecto requiere que el emisor y el receptor coparticipen en determinadas pautas culturales y en el empleo del sistema idiomático utilizado.9 Es decir, para que el lector pueda comprender el mensaje, debe recrear los contenidos de conciencia del emisor e identificarse con su intención... Una comunicación ideal sugiere en el receptor una copia exacta de lo que el emisor pensó, sintió y quiso decir. Esto prácticamente nunca ocurre con tal severidad (pero no por eso se debe desechar cualquier intención de lograr comunicación). ¿Por qué? Porque hay escollos, mentales o físicos, personales o ambientales, llamados ruidos, que de alguna forma entorpecen la perfección del proceso o, incluso, liquidan cualquier atisbo comunicativo. Por ende, se debe buscar la supresión de cada ruido que pudiere sobrevenir. Estos obstáculos se producen tanto en la labor del emisor como en la del receptor, y tienen múltiples orígenes: ignorancia, intolerancia, fanatismo, cerrazón, discriminación y cualquier tipo de segregación, contumacia o prejuicio; asimismo, confusión, oscuridad, distracción, poca legibilidad, mala redacción, etc. En la redacción, la responsabilidad mayor del éxito del proceso comunicativo atañe al emisor, ya que es éste quien debe adaptarse al entendimiento de los recep-

significante): el modo de escribir o representar los sonidos, y, en especial, el empleo de determinada letra o determinado signo gráfico para representar un sonido dado. 8 Estrictamente hablando, si la respuesta que regresa no es la que se espera, no hay comunicación, sino una simple entrega de información. Esta respuesta, si es efectiva, se llama retroalimentación. 9 El término idioma está tomado en su acepción de “lengua —sistema de comunicación verbal propio de una comunidad humana— de un pueblo o nación, o común de varios”. Lengua e idioma —además de habla— serán abordados en el apartado 3.2 de este capítulo.


ANTES DE REDACTAR

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tores y debe tratar de anular posibles trabas. El emisor, pues, debe evitar cualquier tipo de ruido, y eso implica operar un código común, realmente común, estandarizado.

2.1. La comunicación humana La comunicación humana asume las siguientes características: • Motivo. Es la causa por la que el emisor decide construir y enviar un mensaje. Nadie intenta comunicar algo sólo “porque sí”; siempre hay una razón. • Adecuación. Es el ajuste del mensaje al medio de comunicación y al tipo de receptor... No es favorable comunicarse de la misma manera con un profesor que con un niño de cinco años; y tampoco es propicio rendir cuentas al jefe oralmente, al igual que un niño lo hace a sus padres. • Intención. Es la finalidad de la comunicación. Ésta puede informar, expresar una orden, una súplica, una sugerencia, una crítica... Es la manera de intentar dar un zanjo o conclusión a lo que el motivo demanda. • Efecto. Es el resultado que el receptor puede presentar en su conocimiento o en su conducta, como consecuencia del mensaje. Nadie queda impávido ante lo que el mensaje intentó, aunque el efecto sea distinto al requerimiento del motivo (hay un manojo grande de posibilidades). Ejemplo: MOTIVO

ADECUACIÓN

INTENCIÓN

EFECTO

El hijo actúa de mala manera.

Se elabora un mensaje, adecuándolo a las posibilidades del hijo,

con la finalidad de que no reincida (dar remedio al motivo).

El niño se molesta

El niño se somete sumisamente

El niño finge estar de acuerdo

Entonces, debido a que es imprescindible, el ser humano precisa comunicarse, y lo intenta mediante la expresión. Pero, ¿cómo se produce dicho proceso?, ¿de qué


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¿QUÉ ES REDACTAR?

manera y con qué herramientas logra comunicarse el ser humano? ¿Hay variantes en las formas de expresión?

2.1.1. Señales y signos Las personas desde siempre se han valido de señales para “hacer saber algo a alguien” (intentar comunicarse); es decir, se han servido de una “realidad física que quiere decir algo”. La asociación mental de esa realidad con lo que se quiere decir algo es llamada signo. Entonces, un signo es algo que evoca la idea de cierta cosa. SEÑAL

SIGNO

Realidad física que quiere decir algo.

Asociación mental de la realidad con que se quiere decir algo.

Algunos ejemplos precisos de la asociación mental de una señal: SEÑAL

SIGNO

Determinada “señal” de tránsito (un rombo, habitualmente, que muestra una figura)

“Debo detenerme.” “Sólo puedo ir en este sentido.” “Se estrechará la calzada...”

El sonido del reloj despertador

“Debo levantarme.” “Ya dormí suficiente.” “Ya es hora...”

El ceño fruncido de un amigo

“Está enojado.” “Tuvo un mal día.” “Algo le pasa...”

Desde otro ángulo, el signo, a su vez, tiene dos planos: una cosa sensible, la “señal”, que se llama significante; y lo que se hace sentir por medio de esa cosa sensible, el significado. Para que exista signo es necesario que anteriormente se coincida con la convención de asignar un determinado significado a un determinado significante.


1 g Esa tarde de 1937 despertó de la siesta. Como en los viejos tiempos de las campañas armadas, la manta lo envolvió recordándole el cálido abrazo materno de los primeros años en la hacienda de San Juan Macui­ la. Puntual, encendió la radio. Se acercó a la ventana desde donde se veía, a lo lejos, el Palacio Nacional. Las tres y cuarto. El noticiero relámpago anunciaba: “xew, ‘La voz de la América Latina’, desde México”. Se calzó las botas federicas y, al momento de anudar la segunda, escuchó al locutor decir: “El señor presidente, Lázaro Cárdenas del Río, nombra al teniente coronel Rodolfo Sánchez Taboada goberna­ dor del Territorio Norte de la Baja California”. Se abotonó la guerrera y se colocó la gorra. Sobre la cómoda había dos fotografías: los amores del teniente coronel. En una, su esposa Emma con la pequeña Matilde en el regazo y su hijo Rodolfo a un lado. En la otra, su madre doña Margarita con un ramo de flores en brazos. “Ve y cumple”, le habría dicho ella, la mujer que se atrevió a montar en ancas y abrazarse a Tirso Sán­ chez Limón en un amanecer ruborizado por la luz de la luna. La frágil Margarita aún no cumplía los quince años pero en su interior bullía una mujer madura. Rodolfo añoraba la mirada de miel, la risa y sus rezos. La madre del teniente coronel nació acompañada por los reflejos titilantes de las velas de cera. Cuando la comadrona la alzó, Margarita agitó los bracitos y las pequeñas piernas tratando de asirse al vacío. Buscó las paredes cálidas, húmedas, conocidas. Se atragantó con la primera bocanada de aire y abrió los ojos. La matrona le sopló a la niña en la cara para que ésta llorara. La pequeña se estremeció y apretó los labios. La mujer le dio una nalgada. La niña se agitó como un papalote al viento. Su padre se acercó, y las miradas se encontraron; fue la primera imagen para esos ojitos claros. El hombre dio dos pasos atrás. Esperaba un machito, pero, al verla, se sintió tan orgulloso como el gallo invicto en el palenque de la feria del pueblo de Iztapalapa. –¿Francisco, por qué no llora mi niña? ¿Está viva? ¡Cuéntele los deditos! –Tranquila, Dolores. Mi hija no llora porque es una Taboada. En cuanto vistan a Margarita, se la pone en el pecho para que coma bien y me la abraza fuerte porque la noche está muy fría.

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La joven vio a su marido, repitió despacito la palabra “Margarita”. Se atrevió a preguntar el porqué del nombre. Él, con el aplomo de hombre recio, le explicó. –¿No la ve usted, madre? Es tan delicada como una flor y, qué caray, “Margarita” es un nombre elegante. El padre miró a la comadrona. Ella movió la cabeza de un lado a otro y le hizo una seña. Salieron del cuarto de adobe y madera. La mujer de voz aguda y rasposa le explicó que la joven madre estaba muy débil. Le darían caldo de gallina y esperarían el amanecer para ver si se reponía un poco. Dolores acercó el pezón a la boquita de la niña. Ambas sabían qué hacer a pesar de no haberlo aprendido. Margarita se unió a su madre. Nutrió su ser con el calostro y con el amor. Esa semana, Francisco deambuló por la cocina y el corral. Desde la ventana observaba cómo se ex­ tinguía su mujer mientras luchaba por amamantar a una extraña Margarita. Se recargaba en el marco de la puerta deseando acercarse, abrazarlas, besarlas; incluirse en la misteriosa complicidad surgida entre madre e hija. Las mujeres saben qué hacer con las crías; los hombres deben aprenderlo, concluyó Francisco. Cuando el alma de Dolores dejó el cuerpo, él no había aprendido lo suficiente. Plantó la cruz. Letras torcidas decían: “Dolores Bedolla, 1873”. Con el tiempo se olvidaron de la sepultura. Francisco llevó a su niña a Santa Rita Tlahuapan: la tierra de las encinas. Tlahuapan tenía acos­ tumbrada a su gente al frío, a los susurros del viento y a estar más cerca del cielo; sin embargo, para la pequeña Margarita, los dos mil seiscientos metros de altura no la acercaron lo suficiente al espíritu de su madre muerta. Cumplió el mes de vida arrullada entre los brazos de su tía Lola, la hermana de su padre; alimentada por una nodriza y vigilada de cerca por su prima Balbina, una niña de ojos grandes y cara risueña. Nadie se percató cuando Margarita dio los primeros pasos. Su padre se sorprendió al verla salir de la casa tras un guajolote, gritando “ahí e’tá”. La tía Lola decidió que ya era tiempo de que la sobrina aprendiera las primeras labores del hogar. Sus manitas suaves, como la masa de los tamales, agarraban el grano y lo lanzaban a las gallinas, una tarea obligatoria durante las mañanas y las tardes. Margarita era más pequeña y menuda que el resto de las niñas de su edad. Su tía lo achacaba a la falta de madre. La niña aprovechaba su condición y se escurría por entre la gente en la fiesta de Santa Rita, para ser la primera a la hora en la que se repartían el mole y los tamales de frijol. Se las ingeniaba para acompañar a los peones hasta la hacienda de Guadalupito las Dalias; en cuanto llegaba, se acer­ caba a la cocina y asomaba la carita a la ventana. Las cocineras la invitaban a pasar, le daban dulce de tejocote o de durazno y ya luego regresaba a Santa Rita Tlahuapan montada sobre el lomo de la burra de uno de los criados. 12


La tía Lola la descubrió. Se las ingenió para enseñar a la niña nuevas actividades. Margarita se dio cuenta del poder de la aguja sobre una tela y de lo que una mujer es capaz de hacer con un molcajete y un metate. Daba de comer a las aves de corral, preparaba las salsas, molía el maíz y los chiles, echaba tortillas. Descansaba por las tardes, junto con su prima Balbina, bordando servilletas y, al mismo tiempo, coreando las oraciones que la tía Lola les enseñaba. Margarita repetía las palabras nuevas que decía el sacerdote en los eternos sermones, pero no lo hacía frente a su tía Lola. Descubrió que la mejor manera de mantenerse a salvo era permanecer callada y obedecer. Balbina la vigilaba con esos ojos grandes y la engañaba con la expresión risueña. Las gallinas de postura y los guajolotes fueron los mejores compañeros de la infancia de Margarita. Ella aprendió a so­breponerse al dolor que causa la muerte luego de que su tía decidiera llevar a uno de sus amigos a la olla del mole poblano, la víspera de la fiesta de Santa Rita. Esa mañana, el ayudante no se presentó. Lola amarró las patas del animal y llamó a las niñas. Les ordenó detener el cuerpo sobre la plancha de madera mientras ella dejaba caer el hacha sobre el cuello. “¿Por qué lloran, chamacas? ¿A poco creyeron el cuento de mi hermano Francisco de que los guajolotes cuando son grandes se van a vivir al monte? Ya lo vieron, ya lo saben: los cuidamos y engordamos para echarlos en el mole”. Balbina empezó a llorar, su madre la agarró de la oreja y se la llevó adentro de la casa. Margarita se limpió las manitas en el delantal, se quedó quieta apretando la boca. Entendió. El cerdo, el borrego, los guajolotes y los pollos tienen el mismo destino. “¿También les pasaría eso a los niños gordos?”, pensó preguntárselo a su padre cuando lo viera. Lola estuvo muy ocupada con el guiso, y esa tarde perdió de vista a las niñas. Un gorrión huérfano y desmemoriado apareció en la hortaliza. Balbina lo vio primero. Le hizo una seña a Margarita. Ambas se aproximaron y lograron atraparlo. Le acondicionaron una jaula y lo llevaron bajo el techo del establo. Una ayudó a la otra para encaramarse y colocar la jaula a salvo de los gatos. A partir de ese momento compartieron el secreto, no sólo del gorrión sino de los juegos y visitas a la hacienda para comer dulce de tejocote y durazno, cuando la tía Lola estaba ocupada en la cocina. Aprendieron a preparar el caldo de haba, el mole poblano, el chilacayote y la salsa roja. Recitaban con gracia la letanía del rosario. Comenzaron a bordar blusas y se hacían collares con cuentas gruesas de colo­ res. Una a otra se trenzaban el pelo con listones y jugaban a la comidita con la loza de barro de la tía Lola. La tía las observó día a día y estableció nuevas tareas a cumplir. Por las mañanas lavarían la ropa y recogerían madera en el bosque; por las tardes asistirían al rosario. Esas faenas, aunadas al cotidiano cui­ dado de las gallinas, la molienda, el metate, el molcajete, el bordado y los rezos, no dejaron tiempo para juegos. Balbina se atrevió a protestar. Eso le valió irse a dormir con la boca reventada. Al día siguiente descubrieron abierta la puerta de la jaula del gorrión. 13


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DoĂąa Margarita Taboada de SĂĄnchez


Margarita cometió un gran pecado, de los que llevan al infierno. Maldijo, entre dientes, a su tía Lola. La mujer no la escuchó, pero Dios sí, y los remordimientos no la dejaron dormir. A los siete años, Margarita ya había hecho la primera comunión y alcanzó el privilegio del perdón a sus pecados. Se hincó en el confesionario. El rebozo tapaba su frente. Con un extremo, ocultaba su boca. Mas­ cando las palabras, le contó al sacerdote el suceso. Él le dejó de penitencia asistir al catecismo acompa­ ñada por su prima Balbina. El castigo se convirtió en un premio: Margarita y Balbina descubrieron la magia de las letras. La tía Lola, oportuna y pendiente de la educación de sus hijas, descubrió el silabario. Los reata­ zos duelen, las varitas de capulín queman, los chiles asados en el anafre ahogan, pero los golpes con el silabario destruyeron las ilusiones. Les quedó muy clara la advertencia de Lola: la lectura y la escritura las pondrían en la horrible tentación de enterarse de cosas inconvenientes. Eso orillaba al pecado. “Una mujer decente no lee ni escribe, emplea su pensamiento para adorar a Dios, y, las manos, para atender a los hijos y al marido”. Al día siguiente, y sin motivo alguno, la tía Lola hizo mole con los dos guajolotes tiernos. Margarita y Balbina los habían apartado para regalarlos al sacerdote que enseñaba a los niños a leer. Margarita maldijo a su tía, entre dientes y en secreto. No consideró la necesidad de confesarlo y tampoco sufrió de remordimientos. Con la enagua enredada en la cadera, la blusa bordada, la faja, el collar de cuentas, los listones en las trenzas y el rebozo de seda, caminó siempre con la frente en alto. Las agobiantes tareas impuestas por la tía Lola no le hicieron inclinar la cabeza. Bañada con chispas de luna llena se hizo mujer. A partir de entonces, las tardes de domingo en las que todas las jóvenes caminaban alrededor del parque y saboreaban la nieve de limón, fueron estrecha­ mente vigiladas por la mirada de la tía Lola. Los ojos de águila amargada no advirtieron el intercambio: Tirso Sánchez descubrió a Margarita. Se recargó en la pared del portal y esperó a que ella completara la vuelta alrededor del quiosco. Le sonrió. Margarita levantó aún más la cabeza, arqueó la ceja izquierda y sostuvo por unos segundos la mirada de aquel joven alto, esbelto, vestido de charro. Llegó la primera carta. Margarita fue con la joven que ayudaba al sacerdote para que se la leyera. Dictó la respuesta. Tras unas decenas de cartas consumidas por el fuego, Margarita tomó la decisión: huyó montada en ancas, abrazada a Tirso Sánchez, el hombre que, con tan sólo una mirada, le arrebató la voluntad. El teniente coronel deslizó su mano por encima del marco de la fotografía de su madre doña Mar­ garita, hizo una inhalación profunda y salió rumbo a su oficina para confirmar la sorpresiva noticia.

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2 g Le agradaban las caminatas largas, al igual que cabalgar en la montaña. “De aquí hasta el siguiente pue­ blo —les decía a sus soldados—, pero en línea recta.” Barrancas, arroyos, matorrales. “Los obstáculos están aquí adentro”, y señalaba con el dedo índice su frente. Del mismo modo, en una trayectoria sin quiebres, caminó hasta su oficina rumbo al Palacio Nacional. El presidente Lázaro Cárdenas del Río nombró al teniente coronel, en 1935, subjefe de la oficina de quejas de la presidencia de la república, un cargo de escritorio que lo mantenía alejado de las acciones militares. Dos años dedicado a organizar, jerarquizar y dar seguimiento a las inconformidades que pre­ sentaba la gente para que fueran atendidas por el presidente. Dos años de relativa paz interior, porque las añoranzas del pasado regresaban una y otra vez. El teniente coronel era hombre de campo, de accio­ nes, pero, a la vez, de lealtades. En esos dos años había trabajado para el general Lázaro Cárdenas, como antaño lo había hecho para Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, a pesar de las fiebres de traiciones y locuras en las luchas del ejército constitucionalista en contra de los villistas y los zapatistas. Con los años se dio cuenta que, para mandar, primero hay que aprender a obedecer. Esa tarde del 20 de febrero de 1937 tuvo claro que cumpliría si el presidente Cárdenas lo necesitaba en el Territorio Norte de la Baja California. Los vientos de febrero movían las ramas, apenas verdeando, de los árboles del parque. Las palomas revoloteaban en un techo vecino, y una señora de trenzas plateadas vertía en la calle el agua de una cu­ beta. Dos perros flacos se acercaban para beber del diminuto charco. Al fin, tiempos de paz, de aparente paz. Las batallas se enfrentaban de manera diferente, menos balas y más palabras. Observó a los perros. Alguna vez, los de esa especie, los de cuatro patas, fueron los únicos amigos. Margarita, su madre, le había enseñado a cuidar a los animales, en especial, a los caballos. Por eso se enlistó en la caballería. El teniente coronel supo, muchos años después, que su madre había huido de Santa Rita Tlahuapan a Cuautinchán montada en ancas y abrazada a Tirso. Desde entonces, ella tuvo predilección por los caballos. 16


La cabalgata de los enamorados se interrumpió repetidas veces. Unas para besarse y otras para que Margarita, no acostumbrada a esos trotes, descansara abrigada por los brazos de su enamorado. Tirso Sánchez Limón, el recio charro de Cuautinchán, se rindió ante el temblor y las lágrimas de Margarita. Le prometió amarla por siempre y no abandonarla jamás. Cumplió lo primero, pero el destino se encargó de romper el segundo ofrecimiento. “Eso pasa por casarse con hombres que nos doblan la edad. Nos dejan viudas y pobres”, sentenció la experimentada comadrona que atendió los once partos de Margarita y le ayudó a amortajar y a colocarle, sobre los ojos de Tirso, los dos pesos de plata. Los enamorados pidieron posada en San Martín Texmelucan, en la casa de unos clientes de Tirso. Él, experto en asuntos de amores, decidió ser paciente. Tendió un petate junto al camastro en el que Margarita descansó sin dormir. Al día siguiente llegaron a Cuautinchán, el nido de águilas. Desde que lo fundaron las tribus ol­ mecas-xicalanca, en el siglo ix, los lugareños habían sido guerreros. Antaño habían luchado en guerras floridas contra los de Atlixco, Tlaxcala y Huejotzingo, luego habían enfrentado a las tropas de Hernán Cortés, y, en ese año de 1888, enfrentaban al enemigo invisible de la sequía y la pobreza. La familia de Tirso tenía una vida austera pero digna, gracias a que comerciaba con los pueblos vecinos. Tirso se desplazaba a grandes distancias para llevar cargamentos de leña o ganado y obtenía lo suficiente para ayudar a los suyos. Se convirtió en un hábil vendedor y comprador, en un sagaz apostador en las peleas de gallos y en el rompecorazones de las solteras del Valle de Tepeaca. Bailador y encanta­ dor. Las jovencitas sufrían de mareos y desmayos al estar cerca de él —pretextos ideales para llamar la atención de Tirso. Varias tenían encendidas las veladoras en sus casas a los Santos Niños Mártires de Tlaxcala; pedían un milagrito para atrapar al Charro Sánchez, como le apodaban en la región. Santa Rita tuvo mayor influencia en el reino de los cielos, puesto que sin demasiadas invocaciones, la santa le cumplió la petición a Margarita Taboada: encontrar al hombre capaz de llevarla lejos de su tía Lola. En cuanto llegaron a Cuautinchán, presentó a Margarita. Fue un alivio para José de la Cruz Sán­ chez y para Soledad Limón, los padres de Tirso, pues temían que el Charro Sánchez terminara con dos balas en el cuerpo en alguna parranda en el barrio de El Alto en la ciudad de Puebla o en un asalto en la peligrosa Sierra de Río Frío. Estaban seguros de que al fin Tirso echaría raíces y se haría cargo de su primogénito Sebastián, cuya madre había muerto luego de que el niño naciera y a quien prácticamente habían criado los abuelos José y Soledad; también sería un buen ejemplo para Ramón, el hermano menor de Tirso, quien lo imitaba en todo. Margarita escuchó con atención la retahíla de recomendaciones de su suegra. En primer lugar estaba enviar el recado a su padre y a su tía asegurándoles el inminente y próximo casorio. Siguieron las concernientes al recato para evitar las habladurías de la gente, en especial, de las mujeres que todos los 17


días rezaban el rosario en la iglesia del convento franciscano. Para concluir, quedaron las obligaciones domésticas y el cuidado hacia Sebastián. Margarita sentía dolor en el cuerpo, tenía resfriado y una necia tos. Sus ojos se cerraban a pesar del intento por escuchar las palabras de la suegra. Al fin, llegó el momento del descanso. Margarita durmió junto a Prisciliana, su futura cuñada, y no abrió los ojos hasta pasado el mediodía. La habían dejado dor­ mir después de la terrible noche de fiebre en la cual ella deliró. Margarita repitió una y otra vez el nombre de “Dolores Bedolla”, su madre. Tirso y sus padres temieron que la difunta quisiera llevarse a su hija antes de verla casada con el Charro Sánchez. Como los milagros se repiten cuando menos se esperan, al amanecer escucharon a Margarita decir: “Madre, esté usted tranquila, aquí estaré bien”. En la mañana del domingo se casaron. Tirso Sánchez Limón lucía un traje de charro, y Margarita Taboada Bedolla, un vestido blanco bordado alrededor del cuello. El cabello de la novia iba trenzado y sujeto en la nuca. La suegra le regaló a Margarita unos aretes con abalorios verdes y lilas; su padre, Fran­ cisco Taboada, y la temible tía Lola les dieron la bendición. Después de la comida, éstos se regresaron a Santa Rita Tlahuapan. Se llevaron por la fuerza a la prima Balbina, quien no paró de sonreírle, durante la misa, al amigo de Tirso. Balbina suplicó el permiso: deseaba quedarse con Margarita unos días con el pretexto de ayudarla a organizar la nueva casa. Margarita escuchó a su tía decir: “Francisco, la ingrata de tu hija es muy mal ejemplo. Si Balbina se envalentona y me deja, ¡quién nos va a cuidar cuando seamos un par de viejos indefensos? Vámonos. Aquí hay muchas tentaciones para la niña”. La barbacoa, el mole poblano, los tamales, los frijoles de olla cocidos con una piedrita de teques­ quite para que estuvieran suaves como la manteca, las tortillas de maíz azul y las picosas salsas verde y roja, atrajeron a los vecinos de San Jerónimo Almoloya, Santa Rita Pardiñas y San Pedro Alpatláhuac, las tres comunidades más cercanas. Contrataron a la famosa banda de instrumentos de viento encargada de amenizar las fiestas patro­ nales, los entierros y las bodas del rumbo que va de la hacienda de Santiago de Texmelucan, en Oriental, a Tecali. Los músicos tocaron y tocaron hasta desafinarse por completo debido al efecto del pulque y el aguardiente. Esa primera noche, Tirso la sedujo con las palabras, con las manos. Le retiró toda la ropa y admiró la desnudez del cuerpo virgen. Margarita, dócil, obedeció a su marido, como se ordenaba en el cielo y en la tierra. Él mostró la destreza del jinete y la habilidad del gallero; la fuerza de quien ara la tierra y la delicadeza del sembrador. Mantuvo a Margarita entre su abrazo hasta que el gallo anunció el amanecer, y cosechó los espontáneos besos de su esposa en cuanto salió el sol. A la mañana siguiente, la suegra de Margarita se presentó con un regalo. Debido a los ataranta­ mientos por la preparación del banquete, la mamá de Tirso había olvidado darle aquello a su nuera. 18


Margarita desdobló un fondo blanco de algodón. Le llegaba hasta los tobillos. Escuchó con la boca abier­ ta y los ojos entornados. Era la prenda íntima de la mujer casada. Debía usarla siempre que el marido se le acercara para hacerle “esas cosas”. Por la ausencia de una madre que la orientara y ante la presencia de una tía con la sensibilidad de un lagarto, Margarita no sabía que una mujer respetable debía mantener oculta la desnudez, aun ante los ojos del marido. A partir de entonces, el Charro Tirso debió espiarla cuando se aseaba. Al hacerle el amor, Tirso cerraba los ojos y traía las imágenes a su mente. Margarita preparó todos los días el café de olla, los frijoles y las tortillas, los guisados. Mantuvo la ropa limpia y la casa en orden. Cuidó de Sebastián como si fuera su propio hijo. Ayudó a su suegra con los animales y pronto se ganó el cariño de la familia y, en especial, el respeto del Charro Sánchez. Él, sin darse cuenta, se subyugaba ante la presencia de su Margarita y no cejaba en el empeño de repetir la primera noche de desnudez. Cuando Tirso dormía, Margarita escuchaba la respiración de su Charro. Una pregunta la asaltaba: “¿Por qué estaba con él?”. En un principio la respuesta fue: “Para huir de la tía Lola”. Al paso de los días pensó que aquello había sido obra del destino y que ella simplemente había tenido el tino para obedecer. Durmió tranquila hasta que supo que esperaba un hijo. La pregunta la aterrorizaba: “¿Moriría, al igual que su madre Dolores, cuando ese hijo naciera?”. “No te adelantes, Margarita”, se repetía para consolarse. El teniente coronel observó a los perros relamiendo el agua. Recordó entonces al Pulgas y al Huesos, los guardianes de la casa en la hacienda de San Juan Macuila; a su madre cuando les echaba las sobras de la comida. Su hermano Tirso estaba preocupado por la suerte que les depararía a los animales si su padre decidiera llevarse a la familia a vivir a otro lugar. Margarita le explicó: “Cada día hay que hacer lo que corresponde. No podemos saltar del lunes al viernes. Hoy les doy de comer, mañana ya veremos”. Continuó caminando en dirección al Palacio Nacional. Dos años atrás había recibido el nom­ bramiento como subjefe del departamento de quejas de la presidencia de la república, junto con los capitanes primeros de caballería, Héctor Torres Rentería y Ángel Meza Martínez; el capitán segundo de caballería, Luis Sánchez Gómez; el capitán segundo de infantería, Gonzalo Herrera Frías, y el teniente de navío, Manuel Zermeño Araico, como ayudantes. Pensó en los asuntos pendientes y en la agobiante agenda que los mantenía ocupados los siete días de la semana. Lo inquietaba la noticia que escuchó por la radio: su nombramiento como gobernador del Territorio Norte de la Baja California. No se adelantaría. Esperaría a que el presidente Cárdenas se lo confirmara. Esa tarde, al igual que las demás, atendería su trabajo.

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3 g El amor puede ser escandaloso o discreto al igual que cualquier otra pasión humana que envanece o envilece. Margarita lo dedujo y optó por mantener las pasiones entre las paredes del cuarto matrimonial. Ante los demás, eran una pareja común. Sus confidentes: los guajolotes y los pollos, siempre confiables, escucharon las quejas del embarazo y los motivos de alegría surgidos en los cotidianos encuentros con la gente de Cuautinchán. La salud de Tirso se vio afectada por varios males inexplicables. Margarita estaba segura que dormir en cualquier lugar, cabalgar bajo el inclemente sol o en medio de vientos y lluvia, lo ponían en un gran riesgo, pero en realidad era la escasez de plata lo que lo abatía. Tirso aceptó un empleo en la hacienda de Los Álamos, en Amozoc. Atrás dejaron el poblado de Cuautinchán, la iglesia del convento franciscano, la vivienda de adobe, las plantas de tomates y de calabazas. Margarita metió en jaulas de madera los guajolotes tiernos, los pollos y las gallinas. Envolvió sus pertenencias en una sábana percudida y siguió a su Charro Sánchez. Miró por largo rato las anchas espaldas de Tirso, con el hombro derecho levemente más abajo. Se sintió orgullosa de su hombre: severo y tenaz bajo la luz del sol y dulce como un niño, cuando dormía. Las manos agrietadas de Tirso agarraban las riendas de las mulas que arrastraban la carreta. Tirso conocía los secretos del cuerpo de su mujer y de la tierra que él, afanoso, araba al parejo que los peones. También conocía las debilidades del cuerpo y la responsabilidad hacia su mujer y el hijo que estaba por llegar, pero ignoraba lo que enfrentaría al día siguiente. Esa incertidumbre le llenaba de nubarrones la sonrisa. Llegaron a la hacienda cansados y polvorientos. Lo primero que hizo Margarita fue buscar un rincón para acomodar a los animales. Instalarse en la pálida vivienda fue sencillo, porque sólo cargaban carencias. En unos días, Margarita empezó a engordar al mismo tiempo que uno de los guajolotes. Ella parió a los nueve meses sin ningún problema, y el guajolote fue sin protestar a la cazuela del mole para el festejo del bautizo. 20


Nació una niña hermosa y la llamaron Soledad, el mismo nombre de la abuela paterna. Pero, como la belleza no tiene nada que ver con la salud, la recién nacida empezó a enfermar. A los seis meses, una cajita blanca, las flores y la cruz recibían los llantos de los inconsolables padres y los familiares. Tirso se refugió en el trabajo de la hacienda de Los Álamos. Luego regresó a las peleas de gallos y a las carreras de caballos en las ferias vecinas. Así lograba aliviar las preocupaciones. Margarita aprendió a vivir con las ausencias y a disfrutar cuando su Charro Sánchez entraba silbando a la casa o cantaba en la caballeriza mientras cepillaba a los caballos. Margarita sembró una pequeña hortaliza; todos los días la regaba con agua bendecida con sus lá­ grimas. Comenzaba a acostumbrarse a Tirso y a su condición de mujer casada. Lo impensable aconteció de súbito una tarde mientras refregaba la cazuela: se dio cuenta que extrañaba la vigilancia de su tía Lola. Al menos en Santa Rita Tlahuapan había alguien tras ella. La pregunta surgió: “¿Sería por estar tan sola?”. Aún no se había restablecido el amor, cuando Margarita le anunció a Tirso que su vientre estaba de nuevo ocupado. Por las noches, al escuchar la respiración de Tirso, no podía evitar pensar si también se moriría ese hijo. Sí, desde el principio ella supo que dentro suyo crecía un varón: pateaba sin descanso, consumía las fuerzas de Margarita y la hacía comer las salsas de chile serrano como si fueran caramelos. Pensaba que ese hijo sería bravo como su padre, y ella tendría que refinarlo porque dos Charros Sánchez serían demasiados en una misma casa. Fantaseó con una familia numerosa como la que no tuvo, una casa grande, un gallinero. Margarita comenzó a recuperar la alegría; la guardó en su corazón para no perderla cuando llegara Tirso cargado de problemas. El teniente coronel caminaba disfrutando el trajín del centro de la ciudad. Le parecían muy cer­ canos los tiempos de Macuila y de cuando su madre, con una fe inexplicable, encomendaba a sus hijos a la Virgen. ¿Cuántas veces Margarita se hincó ante una imagen para suplicarle que trajera de regreso, sano y salvo, a su “soldadote”. Así le llamaron sus hermanos Tirso y Matilde, cuando Rodolfo se enlistó en el ejército carrancista, a pesar del disgusto que ocasionó a su madre. Rodolfo le expuso una decena de motivos y su madre le recomendó: “Ve y cumple, y, si en una familia han de llorar la muerte de alguien, que no sea en la nuestra”. Cuando Rodolfo ingresó, el 10 de noviembre de 1914, al 4º regimiento de la 1ª Brigada del cuerpo del Ejército de Oriente, bajo las órdenes del general Francisco Coss, el encargado de los novatos le dijo: “Subteniente Taboada, ganar o perder se trata de alcances. Que a ti no te alcance una bala, pero que las tuyas los alcancen a ellos”. Cumplió cabal el encargo de su madre y sobrevivió no por la protección de la Virgen, sino porque llevó al pie de la letra la primera recomendación recibida en el cuartel de San Andrés Chalchicomula —nombrada tiempo después Ciudad Serdán—, en donde se enlistó. Miró hacia el cielo, el sol de la tarde arrojaba rayos perpendiculares. Bajo la bóveda celeste y entre columnas, el Gran Arquitecto del Universo lo guiaba. Se aproximaba a su oficina. Cumpliría hasta el final 21


todas las tareas que se le presentaran en el camino que había elegido y mostraría a sus hermanos Tirso y Matilde lo que el Soldadote era capaz de hacer. Lo distrajo el saludo de una pareja que caminaba al otro lado de la avenida. El recorrer durante dos años las mismas calles, desde la casa de huéspedes hasta el Palacio Nacional, lo convirtieron en un conocido para todos los vecinos y comerciantes. Lo saludaron los niños de sexto de primaria, que a esa hora salían de la escuela; algunos hasta se le cuadraron. Rodolfo les sonrió y su mente regresó a los tiempos de caballitos de palo y canicas de vidrio. Al mayor de los hermanos Sánchez Taboada lo llamaron Tirso, como su padre. El primogénito nació puntual en una visita que sus padres hicieron al médico, en la ciudad de Puebla. Justo al cumplirse las cua­ renta semanas de gestación, y aun cuando Margarita consideraba que no era tiempo, una cabecita cubier­ ta con pelo negro y tieso apareció por entre las piernas de su madre. El médico giró la cabeza, ayudó a que saliera el hombro y luego el niño entero. La inseparable comadrona exclamó: “¡Margarita, ya tiene usted un niño!”. En cuanto el padre escuchó el llanto, lanzó un grito de felicidad y entró de inmediato al cuarto. Besó a su mujer en la frente. Una lágrima recorrió la áspera mejilla de aquel hombre; la atrapó enseguida con la punta de la lengua al llegar a la comisura de los labios. Era salada y dulce, como su vida entera. Para Margarita Taboada Bedolla, engendrar, parir y trabajar sin descanso se convirtieron en ac­ ciones naturales. Luego de Tirso, nació una niña en Amozoc más hermosa que la difuntita Soledad. Le dieron el nombre de Matilde, como su madrina: Matilde Martínez, patrona de la hacienda de Macuila. El Charro Sánchez miraba por las noches a su hija agarrada al pezón de su madre, y a Tirso, buscan­ do el calor junto a la espalda de Margarita. Apretaditos, como si el viejo colchón fuera el único espacio seguro. Sebastián sentía ya la presencia de Margarita como si fuera su verdadera madre, así que dormía tranquilo en un camastro, bajo la ventanita; Tirso, solo, abrazado a la cobija, arrullado por los ronquidos de sus tesoros. Los hermanos Rafael y Matilde Martínez le ofrecieron mejor paga y una casita en la hacienda de Macuila, en el pueblo de Villanueva, cerca de Acatzingo. Dejaron Amozoc y la parroquia de Santa María de la Asunción en donde Margarita acostumbraba a hacer sus peticiones protectoras. A pesar de la mejor paga y una vivienda de tres cuartos, las condiciones de la familia empeoraban, de modo que Margarita empezó a comerciar. Vendía lo mismo jabón que sal, azúcar, chucherías. Sin que su marido lo supiera, ahorraba en un cochinito de barro. Las hortalizas y su buena relación con los pollos y los guajolotes aliviaban el presupuesto para la comida. Las fieles gallinas ponían huevos rojos de yema amarilla; se esmeraban durante la semana y, al llegar el martes, el día de mercado en Acatzingo, Margarita tenía ya dos chiquigüites llenos. A pesar del fondo blanco de algodón, Tirso continuó en su empeño por convencer a su esposa de repetir la desnudez de la primera noche. Besos bandidos asaltaban las piernas de Margarita. Ella se 22

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I. ¿Qué es redactar? (Un breve preámbulo),31 A NTESDEREDACTAR Agradecimientos, 21 Breves consideraciones sobre la redacción, 23 Introducción...

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