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POWER YOGA El mรกs completo entrenamiento de fuerza y flexibilidad

BERYL BENDER BIRCH FOTOGRAFรAS: NICHOLAS DESCIOSE


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ÍNDICE

Agradecimientos 7

1 DURO Y BLANDO 13

2 RESPIRAR PARA VIVIR 37

3 LA GENERACIÓN DE CALOR: LOS SALUDOS AL SOL 49

4 POTENCIA Y EQUILIBRIO: LA SERIE PRIMARIA – POSTURAS DE PIE 87

5 FUERZA Y RELAJACIÓN: LA SERIE PRIMARIA – POSTURAS EN POSICIÓN DE SENTADO I 131

6 UN TRABAJO CADA VEZ MÁS PRECISO: LA SERIE PRIMARIA – POSTURAS EN POSICIÓN DE SENTADO II 163


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7 PROTECCIÓN EN ESTADO DE DESPROTECCIÓN: LA SECUENCIA DE CIERRE 199

8 SALTO HACIA LA NADA: INTRODUCCIÓN A LA SEGUNDA SERIE 225

9 TERAPIA DE YOGA 259 Apéndice: información específica sobre lesiones 267 Axiomas del Power yoga 281 Bibliografía 283


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duro y blando

LA NATURALEZA DE LA MENTE Encerrados en la jaula estrecha y oscura que nosotros mismos nos hemos fabricado y que tomamos por todo el universo, muy pocos podemos empezar siquiera a imaginar otra dimensión de la realidad. Patrul Rimpoché cuenta el relato de una rana vieja que se había pasado la vida en un pozo húmedo. Un día fue a visitarla una rana del mar. —¿De dónde vienes? —preguntó la rana del pozo. —Del gran océano —respondió la otra. —¿Y es muy grande ese océano? —Es gigantesco.

—¿Como una cuarta parte de mi pozo, quieres decir? —Más grande. —¿Más grande? ¿Como la mitad de mi pozo? —No, aún más grande. —¿Es... es tan grande como este pozo? —Mucho más. No hay comparación. —¡No es posible! ¡Eso tengo que verlo yo misma! Y las dos se pusieron en camino. Cuando la rana del pozo vio el océano, sufrió tal impresión que la cabeza le estalló en mil pedazos.

SOGYAL RIMPOCHÉ: El libro tibetano de la vida y la muerte 1 1 Círculo de Lectores, S. A. Licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Ediciones Urano, S. A., © 1992 by Rigpa Fellowship, © 1994 by Ediciones Urano, S. A.


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LA BÚSQUEDA

Dondequiera que me dirigía, la búsqueda continuaba. Cuatro años en California contemplando el mar. Siete años en Colorado observando las montañas. En 1974 incluso viajé a India durante seis meses y busqué en las ciudades, en las montañas. El pretexto del viaje fue cubrir —trabajaba como fotógrafa para el East West Journal— un inmenso festival espiritual llamado Kumbha Mela que se lleva a cabo sólo cada doce años en las riberas del río Ganges. Cientos de miles de hindúes de toda India peregrinan hasta Hardwar, un pueblo pequeño situado al norte de Delhi, e intentan bañarse en el Ganges al mismo tiempo. Yo me encontraba en India para investigar. Fotografiar y escribir acerca de monjes, místicos y miríadas de visitantes era sólo una forma de validar mi propio deambular etéreo. Una noche, en el atestado mercado de Bombay semanas antes de llegar a Hardwar para el Kumbha Mela, me encontraba inmersa en mi propia búsqueda. En Bombay es muy habitual encontrar pequeñas fogatas de heces de búfalo encendidas durante la noche, por lo que sobre el agitado mar de la vida nocturna se cierne una cortina confusa de color amarillo intenso. El aroma es embriagador. Y el oscuro y turbulento misterio de una ciudad oriental por la noche resultaba irresistible para una joven reportera gráfica. Sentía verdadera curiosidad por descubrir qué estaba buscando. Era sinceramente inocente. Cuando aquellos dos amables caballeros de camisa blanca con cuello abierto y chaquetas amplias, cargados de libros, quisieron hablar de política pensé que tal vez encontraría la respuesta. Yo era una joven sumisa. Comentaron que todos los norteamericanos únicamente deseaban alojarse en el Hilton del Taj Mahal y disponer de papel higiénico y sábanas, y que no tenían ni idea de la vida india. «¡Yo

no soy así! Déjenme demostrarles que algunos de nosotros sí nos preocupamos, algunos tenemos los pies sobre la tierra», pensé. «Sentémonos en este puesto de té, que está bien iluminado», sugirieron. «¡Genial, sí! ¡Sentémonos en esta pequeña y pintoresca casa de té de paredes decoradas con imágenes de Ganesha, el dios elefante, y hablemos sobre las implicaciones socioeconómicas de las visitas de los turistas del Primer Mundo a los países del Tercer Mundo! ¡Claro! Casi tan bueno como los cafés de París en los años treinta con Chopin y Liszt», pienso ahora. Cuando la imagen de Ganesha y el reloj que se encontraba junto a uno de los hombres comenzaron a fundirse visualmente sobre la pared, me di cuenta de inmediato de que me encontraba en problemas. Entonces una voz gritó: «¡Fuera, ahora mismo!», y yo salté, tiré al suelo la silla en la que había estado sentada y me tambaleé hasta la puerta. A duras penas conseguí salir. Incluso en el momento en que escapaba en un taxi, que milagrosamente apareció de la nada frente al puesto de té, una mano intentó abrir la puerta del coche para seguirme en la oscuridad del asiento trasero. El taxista partió a toda velocidad. ¿Dónde acabaría esa búsqueda? Me pasé toda la noche despierta, sentada en una terraza con vistas al mar de Bombay, conmocionada. Siguiendo la cadena de luces que bordeaban el puerto y rodeaban la ciudad, me pregunté qué demonios buscaba. Las luces parecían fundirse y consumirse en el océano para renacer como fuegos artificiales. ¿Qué había contenido aquella bebida de lima que aquellos hombres insistieron en hacerme probar en lugar de chai, el té omnipresente que se sirve en India? ¿Y la voz que escuché? ¿Qué había sido eso, y de dónde había llegado? Quizá se había tratado de Ganesha el Elefante, dios de los viajeros y respetada figura de la mito-


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logía hindú por su don para eliminar los obstáculos. ¿Sola, por la noche, en Bombay? ¿Me había vuelto loca? ¿En qué pensaba? No pensaba. Buscaba a Dios. Dios me había permitido escapar aquella noche. Pero sólo cinco meses más tarde, cuando regresé a Nueva York, me di cuenta de que me habían drogado, había estado a punto de ser secuestrada y con toda certeza habría podido engrosar la lista de víctimas de la trata de blancas. Había estado a microsegundos de desaparecer de la faz de la tierra conocida. Las cosas no parecen reales hasta que las vives. Puedes llorar, mostrar tu comprensión y mover la cabeza en señal de repulsa, pero aunque se trate de una película o un programa de televisión informando sobre un secuestro, un bombardeo o un terremoto en San Francisco, no es real. No es real hasta que lo sientes, lo hueles, lo saboreas, lo vives. ¿Qué buscaba yo en Bombay aquella noche? Lo mismo que llevo buscando desde que tengo uso de razón. Lo mismo que todos buscamos de una forma u otra. La «respuesta» a la vida, signifique lo que signifique. La «verdad». La razón para vivir, morir o estar «aquí». ¿Y cuál es el fin de todo eso? Supongo que esperaba dar vuelta a la esquina y toparme con un alma —preferiblemente hombre y guapo, alguien como Cristo o Buda— que fuese capaz de materializar un par de plátanos y mostrarme el secreto de la vida. Pero no tardé mucho en darme cuenta de que si buscas a alguien capaz de sacarse un par de relojes de pulsera de la manga, es eso precisamente lo que encontrarás, y que dejarse impresionar por trucos de magia se convierte en un serio impedimento para la verdadera búsqueda de la verdad. Encontrar la verdad requiere un enorme esfuerzo. Yo finalmente encontré lo que buscaba en febrero de 1981, en Nueva York.

DE CALIFORNIA A COLORADO Con una especialización en filosofía y religión comparada por la Universidad de Siracusa obtenida en los sesen-

ta, me pareció más que adecuado trasladarme a la Costa Oeste a comienzos de los setenta. Eran los primeros días del potencial humano y los movimientos New Age, y California se había convertido en el epicentro. Yo hacía fotos y trabajaba como investigadora de biofeedback en Los Ángeles, estudiando los patrones de las ondas cerebrales durante la meditación. Un día, mientras caminaba por el campus de la UCLA, donde seguía un curso de anatomía y fisiología, tropecé. Me senté unos instantes para recuperarme y entonces descubrí un panfleto que anunciaba un curso de yoga, martes y jueves por la tarde. Me apunté. La verdad es que no estuvo mal; no era lo que buscaba pero mereció la pena. Algunas personas quedaron tan impresionadas por el gurú que impartía las clases y las técnicas de respiración que practicábamos con él que decidieron seguirle —cambiando sus nombres, su vestimenta, sus hábitos alimentarios— en pos de la «iluminación». A mí el hombre me parecía razonable, pero no un maestro iluminado. Terminé el curso, di las gracias y volví a mi búsqueda. Era 1971 en California. Si podías definirte como una persona de tipo introspectivo y no te importaba el smog, aquello era el cielo en la tierra. Con los años continué estudiando yoga y todo lo que California podía ofrecer, apuntándome a diversos cursos y talleres. Tras regresar de India en 1974 me trasladé a Winter Park, Colorado, para continuar mi búsqueda en un entorno más saludable, y comencé a enseñar yoga. Naturalmente, enseñaba a esquiadores. Trabajé con la patrulla de esquí, la escuela de esquí y el programa para esquiadores con minusvalías. Desde los parámetros del yoga rutinario, mi clase era bastante convencional. Bueno, quizá era un poco más enérgica que las clases «normales» porque todos éramos esquiadores. Casi todos esquiábamos a diario de nueve a cinco y estábamos acostumbrados a mantenernos en movimiento, entrenando. No descansábamos entre posturas, como se hace en muchas clases de yoga. Pero básicamente, desde un punto de vista físico, se trataba de una clase de «estiramiento» (¡tiembla!). Sin embargo, podía aplicar un buen número de técnicas que había aprendido mientras trabajaba en el campo del biofeedback. Así que en clase hacíamos muchísima visualización y relajación progresiva. También practicá-


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Duro y blando bamos el entrenamiento autonómico, que consistía en repetir frases como «Estoy relajado, en calma, en mi centro». Casi todos los alumnos de mi clase eran también esquiadores de competición, así que durante la época de carreras practicábamos una técnica llamada ensayo visual del comportamiento motor o VMBR (sus siglas en inglés). Se trataba de una estrategia de visualización en la que ensayabas mentalmente y paso a paso una actividad determinada, como una carrera de esquí, antes de ponerla en práctica. Las clases eran divertidas y alcanzaron gran popularidad, por lo que en poco tiempo casi todo el mundo que vivía en ese valle de montaña se había apuntado a mi programa de yoga. Cuando el equipo de esquí nórdico de Estados Unidos llegó al pueblo para entrenar durante unos meses en Devil’s Thumb Ranch (un complejo internacional de esquí de fondo próximo a Fraser), en cuestión de horas Marty Hall —entrenador del equipo— se encontró con un esquiador local que le habló de mis clases de yoga, y me llamó para ver si podía organizar clases para el equipo. Pero ya fuera por mi excesivo entusiasmo o porque estos chicos tenían menos flexibilidad que los demás, la cuestión es que un día después de su primera clase Marty volvió a llamarme para informarme de que todos se encontraban tan doloridos que no podían caminar, así que menos aún esquiar. Esa noche, mientras leía un libro de historias zen, encontré un proverbio que decía: «Sólo si puedes ser extremadamente blando y flexible puedes ser extremadamente duro y fuerte». No caló en mí de inmediato, como suele suceder con los koan o enseñanzas zen. Pero unas semanas más tarde, mientras caminaba una mañana por el pueblo, vi las palabras DURO Y BLANDO sobre la ladera de una montaña, como si se tratase del cartel de HOLLYWOOD en Los Ángeles. «Duro y blando» se convirtió en el nombre de mi programa de yoga y en la filosofía subyacente de todo lo que observé o experimenté en carne propia a partir de aquel momento. Todos los retos de mi vida me parecían una cuestión de encontrar el equilibrio entre duro y blando en cualquier situación. Los hombres y las mujeres que componían el equipo de esquí volvieron a clase. Hacíamos un poco de estiramiento, pero sobre todo nos

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centrábamos en las visualizaciones y el VMBR, y les encantaba. Pero reflexionando sobre aquella primera experiencia me preguntaba: ¿no es extraño que estos atletas del más alto nivel competitivo no puedan moverse más allá del rango de especificidad de su entrenamiento sin quedar maltrechos? ¿Qué les había causado tanto dolor? Para empezar, a pesar de que se encontraban en forma, no demostraban demasiada flexibilidad. Se apreciaba una gran rigidez en su espalda, hombros, muslos (especialmente) y tobillos. Se les notaba duros, no blandos. No es de extrañar que se lesionen con tanta facilidad y frecuencia, pensé. Cuando caen no hay maleabilidad. Se enfrentan a un rango de movimiento desacostumbrado, y algo se desgarra como resultado de tanta rigidez. Intenté visualizar lo que el estiramiento había hecho por estos atletas. Los músculos no querían estirarse y habían opuesto resistencia. Los músculos estaban habituados a contraerse en lugar de a relajarse. Por otra parte, lo único que hacían era esquiar. Seguían el mismo camino biomecánico entre los árboles del bosque día tras día, y yo les había pedido que probaran una ruta nueva. Habían utilizado músculos nuevos de una forma hasta entonces desconocida para ellos, y estaban sintiendo los efectos. En tercer lugar, yo les había ofrecido demasiado en poco tiempo. Y, por último, me di cuenta de que si los músculos hubiesen entrado un poco más en calor se habrían mostrado más dispuestos a estirarse con mayor facilidad. Éstos fueron algunos de mis primeros pensamientos sobre el papel del calor en el yoga, la importancia de lo que veinte años más tarde se llamaría «entrenamiento mixto», y el significado del equilibrio entre duro y blando, o fuerza y flexibilidad. Me di cuenta de que por muy en forma que se encontrase un individuo en su deporte específico, debía introducirse gradualmente en actividades que no le fuesen familiares desde el punto de vista muscular para evitar esguinces, dolores e incluso lesiones. En mis clases para principiantes comencé a trabajar de forma más suave, y en lugar de clases «sin compromiso» comencé a ofrecer «semestres» de yoga, en los que la intensidad de las clases se incrementaba progresivamente a medida que avanzaba el curso. Animé a mis alumnos

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