Issuu on Google+


1

E l reporte llegó al conmutador de la policía judicial a

las dos en punto de la mañana, pero el capitán Sergio Miranda no se enteró de inmediato, porque el telefonista era nuevo en la chamba y se confundió al hacer la conexión. Había llamado a media docena de oficinas en las que no respondió nadie, salvo los agentes que habían muerto en el cumplimiento de su deber, y luego habló al archivo y a la intendencia y terminó por hablar a las cavernas del sexto piso, que estaban hundidas en un silencio absoluto y donde Rubén Adame se levantó como un resorte para contestar. Meses después, en las fondas y las cantinas donde solían reunirse los novatos de la judicial, se debatió con ardor lo que había sucedido esa noche: las dudas, los errores, los vuelcos de una indagación que empezó en una atmósfera de desconcierto y se quedó grabada para siempre en la memoria de los integrantes del quinto grupo y en la vida del capitán Sergio Miranda, que ingresó de golpe en el ojo de un huracán. ¿Habrían cambiado las cosas si la indagación hubiera ido a parar al turno de un grupo distinto? Quizá, pero la historia se había escrito por adelantado cuando Rubén Adame alzó el teléfono y se enteró de que la llamada había dado una infinidad de vueltas antes de aterrizar en la guardia de agentes, lo que fue un anuncio de que el diablo había metido la mano desde el primer instante. “¿A qué hora llegó el reporte?” había dicho Adame. “Hace media hora” respondió el telefonista.

Echeve-1.indd

11

07/09/2010, 16:41


12 “¿Media hora? ¿Y por qué no llamaste derecha la flecha? ¿Te quedaste dormido o te estabas haciendo una chaqueta?” “Llamé, capitán, pero nadie contestó y tuve que buscar otra línea.” “No soy capitán, soy tu padre. ¿A dónde llamaste?” “A la intendencia.” “¿A la intendencia? ¿Para qué?” “No sé —dijo el telefonista— estaba tratando de localizar a un agente.” “¿A dónde más llamaste?” “Al archivo, al Departamento de Personal...” “¿Al Departamento de Personal? Qué bruto eres.” Adame tomó una libreta y una pluma fuente. “Los datos, corazón, y no se te ocurra decirme que los perdiste. ¿Los perdiste?” El telefonista le dio la información: la calle, el número, el nombre del vecino que había reportado el incidente. “¿Es todo?” “Sí señor.” “El Señor está en los cielos. ¿Es todo?” “Todo.” Adame se dejó caer en la butaca del escritorio. “No me digas cómo te llamas, porque me voy a ver obligado a mencionarte en el informe y no te salva ni el pinche sindicato. ¿Estás en el sindicato?” “Acabo de ingresar. Si me reporta, capitán, me corren mañana antes del primer toquido.” “Tómate un café y dos aspirinas y no vuelvas a perder la brújula. Y por favor, corazón, no le digas capitán al primer pendejo que te contesta un teléfono.” Adame abandonó el escritorio y se dirigió al extremo del salón, donde había dos hombres jugando dominó bajo una lámpara de halógeno. La guardia de agentes era amplia y sombría y estaba llena de archiveros y sillas desvencijadas y en el pasillo de la derecha había una fila de armarios

Echeve-1.indd

12

07/09/2010, 16:41


13 en los que dormían a pierna suelta los expedientes de los atracos y los homicidios que no se iban a resolver nunca y estaban esperando que alguien se animara a arrojarlos a las aguas malolientes del archivo muerto. “Yo que tú me doblaba a seises —dijo Adame— pero ya no hay tiempo. Alerta roja. ¿Quién lo va a despertar?” Iriarte, que estaba en mangas de camisa, lo miró a través del humo de los cigarros. “Gracias por el consejo, pero no lo necesito. Voy adelante y jamás he perdido una mano con este maleta.” “Bájale —respondió el otro agente, que era oscuro y macizo y llevaba un bigote negro que se había convertido en la marca registrada de la casa. “¿Quién lo va a despertar?” repitió Adame. “El que sea menos yo —dijo Iriarte— la última vez me llevé una pamba.” “¿Y tú?” dijo Adame. “¿Yo?” respondió el otro agente, y Adame se dio cuenta de que no tenía más remedio que atravesar el salón y acercarse a la oficina donde el capitán Sergio Miranda estaba soñando con los trenes que había perdido desde la mañana en que ingresó a la judicial para escaparse del taller de su padre el relojero y ganar unos centavos que le permitieran inscribirse en la facultad de ingeniería. Adame se dirigió al fondo del corredor y se anunció con dos golpes discretos. “¿Capitán?” ¿Quién lo entendía? Su mujer, tal vez, o sus hijas, pero su mujer había muerto de una embolia dos años antes y sus hijas salieron corriendo después del funeral y no volvieron a darle la hora del día ni a contestarle el teléfono, el trato que se merecía un hombre que había puesto su carrera por encima de su familia y sus amigos y todo lo que no fuera perseguir alimañas en las cloacas de la ciudad. “¿Capitán?” “¿Qué pasa?” gritó Miranda, una voz grave y llena

Echeve-1.indd

13

07/09/2010, 16:41


14 de vigor, como si no hubiera estado durmiendo, su táctica favorita para demostrarle al mundo que Sergio Miranda era de concreto armado y se encontraba a años luz de ingresar al asilo de policías, a donde quería mandarlo la Comisión de Vigilancia desde la noche en que tomó una decisión equivocada y se le fue de las manos el Chacal de la Colonia Aurora. Adame entró a la oficina sin mover el aire. “Un muerto, capitán. Disculpe.” Miranda se levantó del sofá con un movimiento laborioso y se acercó al escritorio para servirse una taza de café. Era robusto, de pelo negro y abundante y tenía una cicatriz en la mejilla derecha y la mirada apacible de un búho. “¿Un muerto? ¿Dónde?” “En Tacubaya” respondió Adame. “Tacubaya es un país muy grande. ¿Dónde mero?” “En el lugar más extraño que pueda imaginarse.” “¿De veras?” Adame se acercó para ayudarlo a ponerse la gabardina. “Frente a la guarida de los rusos” dijo. Miranda le ordenó a un agente que acercara una patrulla a la puerta del edificio y se dirigió al elevador con Rubén Adame, que era su mano derecha y estaba destinado a remplazarlo en el puente de mando y a recibir la carga íntegra de los errores y los fracasos del quinto grupo. Los reporteros de la nota roja, que eran los peores enemigos de la judicial, habían montado una campaña de descrédito que todas las mañanas se hacía más agresiva, al grado que Miranda decidió ausentarse de las conferencias de prensa para evitar un incidente mayor, lo que estuvo por ocurrir en varias ocasiones. ¿Qué había pasado con el Chacal de la Colonia Aurora, que despareció en el aire la noche en que habían estado

Echeve-1.indd

14

07/09/2010, 16:41


15 a unos minutos de capturarlo? ¿Y por qué no hemos sabido nada, capitán, de la banda de hondureños que se roban los coches en el primer cuadro y los venden en Centroamérica? ¿Algún indicio de los traficantes de La Merced? ¿Ninguno? ¿Y de los cadeneros de la Algarín? ¿Tampoco? Lástima, capitán, no deje de avisarnos. Miranda abordó la patrulla y ordenó que tomaran por Mazatlán y Juan Escutia y no encendieran el radio. “¿El de adentro o el de afuera?” dijo Adame. “Los dos” respondió Miranda, y se quedó observando la oscuridad mientras pasaban como una exhalación bajo los semáforos estabilizados en amarillo y los zaguanes y los parques donde solían agazaparse los fantasmas de su juventud, que todas las noches lo visitaban a la misma hora para recordarle que la vida no regresaba nunca. “¿Le hablaron al forense?” “De inmediato” dijo Adame. “¿Y al Ministerio Público?” “También.” “¿A quién le tocó?” “Adivine.” “¿Izquierdo?” “Izquierdo, jefe. Lo siento.” Era la sexta vez en menos de tres meses que se veía obligado a llevar una indagación con David Izquierdo y se preguntó si la coincidencia de turnos no formaba parte de la estrategia que estaba desplegando el Departamento Administrativo para acelerar el día de su jubilación y seguir poniendo notas desfavorables en su expediente. Se habían enemistado desde la primera noche, cuando empezaron a discutir una cosa de procedimiento y terminaron por alzar la voz y cruzar insultos sobre el cadáver de un infeliz que habían asesinado en la azotea de un edificio. La policía judicial, capitán, no pasa de ser un auxiliar del Ministerio Público, le recomiendo que le eche una ojeada a la ley y al reglamento, es una lectura muy provechosa.

Echeve-1.indd

15

07/09/2010, 16:42


16 Miranda cerró la ventanilla y no volvió a decir una palabra hasta que pasaron frente al Instituto Melchor Ocampo y las rejas del Sagrado Corazón y se acercaron a media velocidad a la casona lúgubre donde se hospedaba la embajada de la Unión Soviética. “Despierten —dijo— a lo mejor nos invitan un vodka y una torta de caviar.” La embajada era enorme y estaba rodeada de árboles y sombras y tenía la apariencia de un castillo abandonado. Una verja de hierro, alta, negra, inaccesible, una torre de piedra y una hilera de ventanas apagadas. La calle estaba desierta, salvo por un grupo de vecinos que habían salido a echar un vistazo y los muchachos del servicio forense, un médico y dos ayudantes que se acercaron para saludarlo y ofrecerle un café y pedirle un cigarro. “Capitán” dijo el forense. “Doctor.” Miranda se acercó para observar el cadáver, que se encontraba frente a la puerta principal, donde había una garita y un farol encendido, pero ningún vigilante. “¿Ya lo examinó?” “Estaba esperando que llegara usted. Y el licenciado Izquierdo, porque no me gusta hacer diagnósticos en solitario. Usted dice.” “¿Ya tomó las fotografías?” “Hace un rato. De frente, de perfil, por arriba, por abajo. Le van a encantar. ¿Seguimos?” “Por favor.” El forense abrió un maletín y se frotó las manos, puto frío, capitán, hay que joderse, y Miranda se recargó junto a la garita de vigilancia para encender un cigarro y hacer su propio diagnóstico de la situación. “Increíble —dijo Adame— que le hayan dado en la madre en la puerta de una embajada.” Miranda tenía la idea neurótica de que los muchachos del servicio forense hacían el café entre los frascos de

Echeve-1.indd

16

07/09/2010, 16:42


17 formol y las pinzas y los cuchillos, pero aceptó el vaso y tomó unos sorbos para que no se ofendieran. “¿Cómo sabes que le dieron en la madre?” respondió. “Por la posición de las manos y las piernas. ¿O qué? ¿Un infarto? Jamás. Nadie se pone a caminar solo por Tacubaya en plena madrugada. Mucho menos un gallo como éste.” Julio Iriarte, el otro agente, soltó una carcajada. “Lo mataron allá adentro y lo echaron en la banqueta. Las garras del Kremlin son muy largas y las estamos viendo en el corazón del Distrito Federal. Se oyen apuestas. Para mí que le dieron un vodka envenenado o lo ahorcaron en el sótano.” “Seguro —dijo Miranda— no hay un método más efectivo para desviar las sospechas que arrojar al muerto en el zaguán de la casa de uno.” “A lo mejor es cierto —dijo Adame— lo que me contó mi abuelo hace muchos años. Rubén, me dijo, no lo vas a creer, pero en las embajadas soviéticas de todo el mundo siempre entra más gente de la que sale.” El forense alzó una mano y llamó a Miranda. “Tengo que abrirlo para rendir un informe detallado, pero puedo decirle algunas cosas sin temor de equivocarme. Lo mataron de un golpe en el parietal derecho y no han transcurrido menos de treinta horas desde que le dieron la bendición. No falta mucho para que se le hinchen los párpados y el estómago y empiece a aromatizar el ambiente.” “¿Treinta horas?” “Mínimo.” Miranda tomó un sorbo de café y llamó a Iriarte para que le diera otro cigarro. “¿Un golpe en la cabeza, doctor? ¿Está seguro?” “Casi. Pero la verdad oficial se la digo en la próxima entrega. ¿Está pensando que lo atropellaron? No lo piense. ¿Por qué? Setenta razones. Se las puedo cantar en fa sostenido mayor. ¿Mi opinión?” “Si es tan amable.”

Echeve-1.indd

17

07/09/2010, 16:42


9042c