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Índice

Prefacio (1980), 13 Prefacio a la edición en español, 17 Prólogo, Stewart L. Udall, 23 primera parte. el apuro no comprendido de la humanidad, 31 La necesidad de una nueva perspectiva, 33 segunda parte. lo que algún día sucedería, ya ha llegado ayer, 47 La trágica historia del éxito humano, 49 La dependencia de una capacidad de carga fantasma, 68 Año decisivo: modos de adaptación, 89 tercera parte. el cerco y la evasión de la verdad, 107 El fin de la exuberancia, 109

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Rebasados

cuarta parte. hacia una comprensión ecológica, 125 Los procesos que importan, 127 Sucesión y restauración, 148 Causas ecológicas de cambio indeseado, 158 La naturaleza y la naturaleza del ser humano, 174 La industrialización: preludio al colapso, 189 quinta parte. resistencia y cambio, 215 La fe contra los hechos, 217 Vida bajo presión, 232 sexta parte. viviendo con la nueva realidad, 243 Retrocediendo hacia el futuro, 245 Reacciones ante un conocimiento molesto, 259 Volviendo, 269 Enfrentando sabiamente el futuro, 286 Epílogo, 313 Glosario, 319 Notas, 333 Bibliografía, 357 Índice, 369

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primera parte

El apuro no comprendido de la humanidad

La atención [...] aquella actitud mental que capta el mundo externo y lo manipula [...] está asociada con el hábito por una parte y con la crisis por otra. Cuando los hábitos funcionan sin tropiezo, la atención se relaja; no está activa. Pero cuando sucede algo que perturba el funcionamiento del hábito, entra en acción la atención y [...] establece nuevos y adecuados hábitos, o ésa es al menos su función. William Isaac Thomas, Sourcebook of Social Origins, p. 17. Los teóricos sociales de hoy trabajan con una matriz social que se desmorona [...] El orden antiguo tiene los dardos de cien rebeliones clavados en su piel. Alvin W. Gouldner, The Coming Crisis of Western Sociology, p. vii. [...] la humanidad se encuentra, en general, enfrentada a una condición de estrés del medio ambiente, que crece rápidamente y amenaza su bienestar, y aun su supervivencia, y [...] las actitudes corrientes y las instituciones públicas en general no están preparadas para manejar esta situación. Lynton K. Caldwell, Man and His Environment: Policy and Administration, p. xi. Las señales de estrés de los principales sistemas biológicos del mundo —bosques, zonas pesqueras, praderas y tierras de cultivo— indican que estos sistemas han llegado en muchos lugares a su límite. Pretender que soporten el triple o el cuádruple de la presión poblacional va contra la realidad ecológica. Lester R. Brown, The Twenty-ninth Day, p. 92. La importancia de las crisis estriba en que dan una señal de que ha llegado el momento de una reorganización. Thomas S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions, p. 76.

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L a necesidad de una nueva perspectiva

Competencia en el tiempo

E

l corresponsal de un periódico estadunidense visitó, en 1921, una comunidad de refugiados en las orillas del río Volga con la intención de escribir acerca del hambre en Rusia.1 Casi la mitad de la población de la comunidad ya había muerto de inanición. La tasa de mortalidad subía. Los que aún sobrevivían no tenían en realidad una perspectiva de vida larga. En un campo cercano, un soldado solitario cuidaba un enorme montón de sacos llenos de grano. El periodista estadunidense le preguntó al jefe de la comunidad, un hombre de barba canosa, por qué su gente no sometía al guardia, se apoderaba del grano y satisfacía su hambre. El viejo ruso le explicó, con dignidad, que los sacos contenían la semilla que sería sembrada en la próxima estación. “No le robamos al futuro”, dijo. Hoy la humanidad está atrapada en la tarea de robar vorazmente al futuro. De eso trata este libro. No es sólo un libro sobre la hambruna o el hambre. El hambre en el mundo moderno debe ser vista como uno de varios síntomas que reflejan una enfermedad más profunda de la condición humana —a saber, una competencia diacrónica, una relación por la cual el bienestar contemporáneo se obtiene a expensas de nuestros descendientes. Debido simplemente a los efectos del número de habitantes, a nuestro desarrollo tecnológico y a no querer tomar en cuenta las diferencias entre un método para aumentar la capacidad de carga humana en forma duradera y uno que sólo alcanza incrementos transitorios, hemos llegado al punto en que la satisfacción de las aspiraciones actuales de la humanidad depende de un despojo masivo de la posteridad. Los seres humanos de una generación se han convertido, en forma indirecta y sin quererlo, en antagonistas de las generaciones siguientes. Y sin

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embargo, los diagnósticos de nuestra grave situación —incluidos los análisis ecológicos— han ocultado un punto esencial. Una de las principales finalidades de este libro es mostrar que varias de las “soluciones” comúnmente propuestas para los problemas a que se enfrenta la humanidad no harán otra cosa que agravarlos. Es necesario evaluar los remedios que se proponen para diversos aspectos de nuestra difícil situación, preguntándonos si no van a empeorar la relación hostil entre quienes viven hoy y la próxima generación, y la siguiente... Es posible percibir las diferencias, hoy pasadas por alto, entre los métodos que aumentaban de forma permanente la capacidad de carga humana y los métodos más recientes, que sólo nos permiten transitoriamente evadir los límites del mundo, si comparamos la forma como la gente solía perseguir un buen nivel de vida con el método actual. A mediados del siglo xix la consigna era: “¡Ve al oeste, muchacho, y crece a la par del país!”, es decir, “ve adonde hay nuevas tierras de que apropiarte y utiliza ese incremento de capacidad de carga para prosperar”. Sin embargo, al principio del tercer siglo de existencia de Estados Unidos, el lema era: “¡Trata de acelerar la economía!”, es decir, trata de disminuir un poco más rápidamente la reserva finita de recursos limitados. Debido a que este libro pretende superar nuestra costumbre de confundir las técnicas que evaden los límites con aquellas que los elevan, es, en cierto sentido, un libro acerca de cómo leer noticias en forma lúcida en tiempos revolucionarios. Eso no puede hacerse sin disponer de ciertos conceptos, poco familiares, pero cada vez más indispensables. Capacidad de carga es uno de ellos. Hasta hace muy poco, sólo unas pocas personas que no tuvieran ocupaciones tales como el manejo de áreas silvestres, o ganadería ovina y bovina, conocían esta frase. Su importancia vital para todos nosotros comienza a ser obvia, pero en aquel momento no lo era. Tanto para los in­vestigadores como para el resto de las personas, ha llegado el momento de analizar con profundidad la relación que hay entre la capacidad cambiante de la Tierra para mantener a sus habitantes humanos y la carga también cambiante que le imponen la gran población existente y nuestras exigencias. La dirección que ha tomado recientemente el cambio hace que conocer y reflexionar acerca de esa relación sea de máxima importancia. Hemos llegado al término del periodo en que parecía no importar que casi nadie notara la diferencia entre los modos de agrandar la capacidad de carga humana y los modos de sobrepasarla.

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La necesidad de una nueva perspectiva

Hoy se ha vuelto de decisiva importancia reconocer que todas las criaturas, tanto la especie humana como las otras, imponen una carga a la capacidad que tiene su medio ambiente de suministrar lo que necesitan y de absorber y transformar lo que desechan. La capacidad de carga para un tipo de criatura (que vive una forma dada de vida) es la carga máxima permanentemente viable, que se encuentra inmediatamente por debajo de la carga que dañaría la capacidad de ese medio para mantener una vida de esa naturaleza. La capacidad de carga puede ser expresada cuantitativamente como el número de individuos que, viviendo de una manera dada, podemos ser mantenidos indefinidamente por un medio ambiente. Cuando la carga presente, en un momento determinado, resulta considerablemente inferior a la capacidad de carga, hay espacio para expandir el número de habitantes, para elevar los estándares de vida, o para ambas cosas. Si la carga aumenta hasta superar la capacidad de carga, ésta se reduce debido a la sobreutilización del medio.2 Es por eso que se ha vuelto relevante ver la diferencia entre aumentar el número de individuos que un medio puede mantener indefinidamente y sobrepasar ese número “aceptando” un daño ambiental. El uso excesivo de un medio ambiente pone en acción fuerzas que necesariamente, con el tiempo, reducirán la carga hasta equipararla a la capacidad reducida. Como se ve, lo anterior muestra que para entender en verdad nuestro futuro, es preciso poseer una interpretación ecológica muy lúcida de la historia. Por ejemplo, aunque la presión que ejercen la gran población mundial y nuestra tecnología sobre recursos claramente limitados ya ha puesto fuera de nuestro alcance varias soluciones —que hubieran sido previamente aceptables— para muchos de nuestros problemas,3 sigue habiendo una firme resistencia a reconocer el problema. Sin embargo, negarse a enfrentar los hechos, no los anula. Incluso los “alarmistas”, que han estado llamando la atención sobre los graves peligros que acosan a la humanidad, no tienen conciencia clara de nuestro aprieto actual. Hablo de “aprieto”, no de “crisis”, porque me refiero a condiciones cuyo origen no es reciente y que no van a mejorar en corto tiempo. En pocas palabras, ese aprieto y sus antecedentes pueden esbozarse de la siguiente manera: los seres humanos, a través de dos millones de años de evolución cultural, han logrado apropiarse varias veces de la capacidad total de la Tierra para mantener la vida, a expensas de otras criaturas. Y cada vez, la población humana ha crecido. Pero el ser humano ha aprendido ahora a

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El apuro no comprendido de la humanidad

confiar en una tecnología que aumenta la capacidad de carga humana de un modo necesariamente transitorio, tan transitorio como es prolongar la vida consumiendo las semillas necesarias para la siembra de alimentos del próximo año. La población humana, organizada en sociedades industriales y ciega a lo pasajero de una capacidad de carga basada en la dependencia de recursos limitados, ha respondido aumentando su tamaño en forma más exuberante que nunca, a pesar de que esto significa sobrepasar el número de habitantes que nuestro planeta puede mantener permanentemente.4 La consecuencia inevitable ha sido algo semejante a la bancarrota. Ideas viejas, situación nueva Las consecuencias han comenzado a hacerse realidad, pero no se las reconoce comúnmente por lo que son.5 Ha llegado el momento en que es necesario abandonar las viejas suposiciones que nos obligan a engañarnos acerca de lo que nos sucede.6 Nosotros y nuestros antecesores inmediatos hemos vivido en una época de crecimiento exuberante, sobrepasando la capacidad permanente de carga, sin saber lo que hacíamos. Los pasados cuatro siglos de magnífico progreso fueron posibles gracias a dos logros que no podrán repetirse: a) el descubrimiento de un segundo hemisferio, y b) el desarrollo de maneras de explotar los depósitos de energía ahorrados por el planeta: los combustibles fósiles. Las consiguientes posibilidades abiertas para una exuberancia económica y demográfica convencieron a la gente de que lo natural era que el futuro fuera mejor que el pasado. Durante un tiempo, tal convicción fue una premisa viable en la cual basar nuestras vidas e instituciones. Pero cuando el Nuevo Mundo alcanzó un nivel de población superior al del Viejo Mundo, y cuando el agotamiento de los recursos llegó a ser significativo, se hizo necesario ver el futuro a través de una lente diferente. Los presupuestos que fueron anteriormente viables, pero que se han vuelto obsoletos, deben ser remplazados por una nueva perspectiva, una que nos ayude a observar con mayor eficiencia y a entender con mayor precisión. Este libro pretende dar sentido a esa necesaria perspectiva. No es una tarea fácil puesto que la nueva forma de ver el mundo difiere marcadamente de los presupuestos tradicionales. Si consideramos que la nueva perspectiva no se parece en nada a la tradicional, su comienzo será desagradable y difícil de aceptar. Seguiremos deseando que algunas de las nuevas percepciones que

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La necesidad de una nueva perspectiva

tendremos gracias a ella, no estuvieran ocurriendo. Pero si hacemos uso de la sabiduría que le da su nombre a nuestra especie (Homo sapiens), tenemos que hacer frente al hecho de que engañarnos permanentemente acerca de situaciones desagradables no impide que sucedan, ni nos pone a salvo de sus consecuencias. La gente, acostumbrada a magníficas expectativas de progreso, se asustó al darse cuenta de que había perdido la confianza en el futuro. La idea de que la humanidad pudiera verse sujeta a privaciones, que simplemente no desaparecieran, era impensable en la “Era de la Exuberancia”. Pero es necesario hacerle frente a esta idea en el mundo “postexuberante” (es decir, posterior a la “Era de la Exuberancia”). Hubo un momento en que pareció que al fin se confrontaría esta idea cuando el presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, decidió, al poco tiempo de asumir el cargo, poner el acento en la conservación de la energía como respuesta al manifiesto agotamiento de combustibles otrora abundantes, en vez de recurrir a la forma tradicional estadunidense de “salir del paso produciendo” ante dificultades crecientes. Ya se habían perdido irremediablemente importantes opciones de solución cuando la humanidad irrumpió más allá de la capacidad de carga permanente.7 Ahora se deben asumir imperativos nuevos y diferentes. Y es necesario considerar su base ecológica. El ser humano es similar a cualquier especie en que es capaz de reproducirse más allá de la capacidad de carga de cualquier hábitat finito. Pero se distingue de todas las otras especies en ser capaz de reflexionar sobre este hecho y de descubrir sus consecuencias. Al observar a otras especies ha notado la dependencia que tienen éstas con respecto a la química del medio y a la energía solar. Ha tomado conciencia de la interdependencia multifacética de diversos organismos, su impacto en el hábitat, su fugacidad y su incapacidad para prever y evadir los procesos que los llevan a ser desplazados por otros organismos sucesores. Sin embargo, al reflexionar sobre nuestra propia especie, al menos hasta abril de 1977, un número demasiado grande de nosotros imaginábamos estar exentos de estas limitaciones, que éramos seres sobrenaturales. Hombres y mujeres en todo Estados Unidos, y en muchos otros países, confiaban en el progreso técnico para curar los mismos daños que éste causaba, hasta que un presidente, todavía no desgastado por los compromisos inherentes al ejercicio del cargo, indujo al congreso y al pueblo estadunidense a iniciar una discusión seria sobre la protección medioambiental.

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El apuro no comprendido de la humanidad

La naturaleza exige una reducción del dominio humano sobre el ecosistema del mundo.8 Los cambios que esto trae consigo son tan revolucionarios que estaremos tentados, en forma casi avasalladora, de prolongar y aumentar nuestra dominación a toda costa, en vez de reducirla. Y, como veremos, los costos serán inmensos. Es probable que hagamos muchas cosas que agraven una ya mala situación. Esperemos que la toma de conciencia, como la que ofrece este libro, sirva para reducir tales tendencias. La necesidad primordial de la humanidad “postexuberante” es mantenerse “humana” frente a las presiones deshumanizantes. Para alcanzar esto es necesario que aprendamos, de algún modo, a basar la “exuberancia del espíritu” en algo más duradero que en la vida expansiva, que la sostenía en el pasado reciente. No obstante, como si manejáramos un automóvil que ha quedado estancado en un camino fangoso, sentimos el impulso de apretar más fuertemente que nunca el acelerador y hacer girar las ruedas vigorosamente, en un esfuerzo por sacarnos del atolladero. Este reflejo sólo nos enterrará aún más hondo. Hemos llegado a un punto de la historia donde es esencial pensar en forma contraintuitiva. Plan del libro Para responder a esa necesidad, las seis partes de este libro quieren ser contribuciones que integren un urgente “cambio de paradigma”. La frase es de Thomas Kuhn, quien reconoció que, aun en las ciencias, las ideas fundamentales acerca de cómo funcionan las cosas pueden guiar nuestra percepción, en vez de ser simplemente resultado de lo que vemos. Un paradigma es una idea básica, subyacente, acerca de qué clase de cosa es aquello que tratamos de comprender. Tener una idea predefinida sobre la naturaleza de nuestro tema nos lleva a realizar cierta clase de investigaciones, y también nos impide hacer otras clases de preguntas (o ver que podríamos o que sería relevante hacerlas). Así, cuando surge la necesidad de hacer preguntas que el paradigma antiguo no permite, necesitamos un nuevo paradigma. Obtenemos algunas de nuestras ideas fundamentales acerca de cómo son y cómo funcionan las cosas mediante el lenguaje que usamos al hablar de ellas. Como lo ha establecido el filósofo Max Black, el vocabulario que usamos para describir lo que sucede en el mundo alrededor nuestro hará que ciertos aspectos de la realidad sean realzados y otros desatendidos. Usar nuevas palabras puede llevar a una nueva sensibilidad; puesto que el

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La necesidad de una nueva perspectiva

vocabulario es un filtro de la experiencia, da forma a la percepción y guía la comprensión. Este libro usa un vocabulario ecológico para describir y explicar fenómenos sobre los que la mayoría de las personas piensa en términos muy alejados de la ecología. Así, los tres capítulos de la segunda parte, siguiendo el esbozo del libro hecho por el presente capítulo, intentan provocar una experiencia verdaderamente capaz de abrirle los ojos al lector. El capítulo “La trágica historia del éxito humano” describe el proceso mediante el cual el Homo sapiens llegó a un punto muerto. Nuestro paradigma convencional, preecológico, ha impedido que veamos que es justamente eso lo que está sucediendo. El capítulo “La dependencia de una capacidad de carga fantasma” nos muestra cuán tristemente engañosas son algunas suposiciones que nos ha impuesto la cultura de la exuberancia. El capítulo “Año decisivo: modos de adaptación” delinea las respuestas alternativas de varios grupos de personas ante la obsolescencia de las expectativas tradicionalmente propias de la cultura de la exuberancia. Luego, la tercera parte (capítulo “El fin de la exuberancia”) pone de relieve el contraste entre el venerado sueño estadunidense y sus secuelas. Examina algunos de los hitos de la transformación de Estados Unidos, de una nación joven, vibrante, que personificaba las mayores esperanzas del mundo, en una nación que trata de manera torpe (junto con el resto de la humanidad) de arreglárselas en circunstancias “postexuberantes”. Esta sección sugiere, en forma expresa, que nuestra insistente preocupación por los aspectos exclusivamente políticos de estos acontecimientos nos ciega frente a la enormidad del cambio, sin protegernos del mismo. Los cinco capítulos de la cuarta parte detallan las consecuencias de nuestra imprudencia cuando confundimos un aumento de la capacidad de carga, transitorio e inseguro, con una expansión permanente de oportunidades y una forma durable de progreso. El capítulo “Los procesos que importan” expone principios básicos de ecología, principios que se han vuelto tan esenciales como el saber leer, pero que son habitualmente ignorados por la mayoría de los dirigentes, como los políticos. Los capítulos “Sucesión y restauración” y “Causas ecológicas de cambio indeseado” muestran cómo se aplican los principios ecológicos al ser humano. El capítulo “La naturaleza y la naturaleza del ser humano” corrige la mala interpretación de la singularidad del ser humano, que ha servido de excusa para ignorar estos principios. El capítulo “La industrialización: preludio al colapso”

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describe y explica el fatídico curso en que nos hemos embarcado cuando, comprensible, pero equivocadamente, nos declaramos independientes de la naturaleza. En la quinta parte, el capítulo “La fe contra los hechos” describe algunas estrategias usuales de evasión mental, mediante las cuales la gente del mundo “postexuberante” defiende su creencia de que es posible realizar sus extravagantes sueños. El capítulo “Vida bajo presión” muestra cómo, a medida que el mundo deja atrás la “Era de la Exuberancia”, más y más gente siente las presiones deshumanizantes. Una mayor competencia dentro de la especie tiende a socavar la esperanza y la decencia. Y las respuestas típicas ante la presión no hacen sino agravarla. Como veremos en la sexta parte, el futuro, que parecía, en general, remoto y aun improbable, está en este momento arribando. Algunos fenómenos que vistos desde la nueva perspectiva ecológica eran visiones amenazadoras anticipadas de nuestra inminente des-civilización, no fueron percibidos de ese modo —como se muestra en el capítulo “Retrocediendo hacia el futuro”— debido a las antiguas anteojeras que llevábamos puestas. “Reacciones ante un conocimiento molesto” es una reflexión agregada a la presente edición. El capítulo “Volviendo” describe los acontecimientos que permitieron por fin a empezar a retirar las anteojeras. El capítulo final muestra que la humanidad debe jugársela, en un futuro incierto, en una apuesta fenomenalmente alta, y que, irónicamente, mientras menos optimistas seamos en nuestras suposiciones acerca de las perspectivas humanas, mayores serán nuestras probabilidades de minimizar los futuros sufrimientos para nuestra especie. A fin de evitar deshumanizarnos, al punto de inclinarnos al genocidio, tenemos que dejar de exigir un progreso perpetuo. De modo inevitable, es necesario usar palabras inusuales para presentar una visión del mundo también inusitada. A fin de disminuir los problemas que esta terminología pueda causar hay un glosario al final del libro. Realismo necesario Vivimos en un mundo donde se hace cada vez más evidente que, por razones que nada tienen de políticas, los gobiernos y los políticos no pueden alcanzar el paraíso que nos suelen presentar. Pero los hábitos políticos persisten, y la gente ve cómo sus dirigentes continúan haciendo oscilar frente a ella

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las “zanahorias” que los hombres y mujeres comunes y corrientes saben que son inalcanzables. El resultado ha sido el desgaste de la fe en los procesos políticos. Y a medida que esa fe se desintegra, las sociedades a lo largo de todo el mundo están fallando, o volviéndose dictatoriales. Aun para los estadunidenses que presentan, frente al mundial retroceso de la libertad política, la orgullosa memoria de dos siglos de experimentación en la construcción de una nación democrática, la fe en la democracia ha sufrido serias tensiones.9 Es posible reducir esa tensión si los políticos tienen la perspicacia y el realismo suficientes y necesarios para descubrir y señalar a sus electores las razones no políticas de por qué ciertas metas tradicionales ya no están a nuestro alcance. La alternativa al caos es entregarse a la ilusión de que todo es posible. La humanidad ha aprendido a manipular muchas de las fuerzas de la naturaleza, pero los seres humanos no pueden, ni individualmente ni organizados en sociedad, alcanzar una omnipotencia total. Muchos de nosotros seguimos beneficiándonos, hasta el día de hoy, del mito de las posibilidades ilimitadas, propio de la colonización del que fuera el Nuevo Mundo. Pero las circunstancias ya no son las mismas que cuando ese mito tenía sentido. A menos que descartemos nuestra fe en la existencia de recursos ilimitados, estamos todos en peligro de convertirnos en las víctimas de esta creencia. En el mundo de hoy es imprescindible que todos aprendamos el siguiente principio clave: La sociedad humana forma parte inextricable de la comunidad biótica global y, en esa comunidad, la dominación humana ha tenido y tiene consecuencias autodestructivas. Ese principio nos explica el porqué de los obstáculos no políticos que ahora frustran las aspiraciones de la sociedad humana en todas partes del mundo. Los obstáculos se consideran como no políticos porque no son exclusivamente humanos. En ecosistemas que no llegan a ser globales, como veremos en la cuarta parte, otras especies dominantes, anteriores a la nuestra, también han sido inevitablemente autodestructivas. Nosotros y nuestros dirigentes tenemos que aprender de estos ejemplos, y hacer uso de la luz que arrojan sobre nuestra propia historia y nuestra propia situación. Ilustran un hecho crudo de la vida que hace falta reconocer en forma angustiosa; y

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reconocerlo nos ayudará de manera más eficaz a adaptarnos cuerdamente a un futuro duro pero ineludible. Por haber ignorado todo esto, nosotros, la especie humana, apretamos de manera inexorable las mordazas de la prensa mecánica alrededor de nuestra frágil civilización. Como veremos en los dos capítulos siguientes, ya hay más seres humanos vivos que lo que pueden mantener permanentemente los recursos renovables del mundo. Hemos construido sociedades complejas que dependen, por consiguiente, del rápido consumo de recursos limitados. El agotamiento de recursos ahora indispensables está reduciendo la capacidad de carga para nuestra especie en este planeta finito. Ésa es una de las mayores limitantes de este proceso que se cierra. La otra es la acumulación de sustancias dañinas que inevitablemente producen nuestros procesos vitales. Somos tantos, y usamos tanta tecnología, que la acumulación de esas sustancias es demasiado rápida para que el ecosistema global pueda procesarlas; de hecho, al sobrecargar los sistemas naturales de procesamiento, estamos destruyendo su limitada capacidad de arreglar lo que echamos a perder.10 Esta acumulación de materiales tóxicos también disminuye la capacidad de carga humana de la Tierra. Inconscientes de que vivíamos entre estas dos condiciones limitantes, la mayoría de la humanidad ha aplaudido, hasta hace poco, cada vuelta de manivela del tornillo del progreso. Visto desde la perspectiva arcaica que tratamos ahora de dejar atrás, parecía un progreso benéfico. Cientos de millones quieren que la manivela dé al menos una o dos vueltas más porque todavía no han podido participar plenamente de ese progreso. Y esto es lo que sus dirigentes continúan prometiendo. Inútil difamación El Homo sapiens no ha sido el primer tipo de organismo que ha experimentado este apretar del tornillo; ni siquiera la primera especie en infligirse a sí misma esta clase de destino. Algunos ejemplos de este fenómeno común, anteriores a la especie humana, encierran importantes lecciones para nosotros, como veremos. Para los seres humanos, a medida que la presión se intensifica, ignorar sus causas más profundas (e ignorar lo común que ha sido este fenómeno en la naturaleza) nos hace sucumbir con facilidad a la tentación de difamar a grupos particulares y a individuos. “Si al menos...”, nos sentimos tentados de exclamar, “si al menos esos... no estuvieran urdiendo

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sus viles negocios. Entonces la historia podría recuperar el curso del progreso milenarista”,* suponemos. “Ellos” son los obstáculos que impiden alcanzar beneficiosas metas. Según cuál de los grupos excluyentes sea el que así, sintiéndose ofendido, señala con el dedo, ese “ellos” se referirá a diversos grupos externos. En lugar de “esos...” algunos chinos maoístas devotos podrían decir “revisionistas rusos”. Acosados israelíes se referirían a los “terroristas” de la olp, mientras árabes resentidos hablarían de los “sionistas ladrones de tierras”. Unos airados católicos irlandeses señalarían a los “extremistas protestantes”, e iracundos protestantes del Ulster podrán decir “militantes del Ejército Republicano Irlandés provisional”. Negros de Rodesia, Zimbabwe, podrán referirse al “el régimen minoritario blanco colonialista”; Fidel Castro en Cuba señalaría a “imperialistas yanquis”; los automovilistas estadunidenses, molestos por los elevados precios de la gasolina, mencionarían al “cartel del petróleo”, y un largo etcétera. Y aunque la difamación a menudo proporciona una satisfacción emocional, no resuelve nuestro apuro común. Más bien, agrava las dificultades de la vida. Nuestras dificultades comunes no son en realidad causadas por villanos. Dentro del creciente número de grupos en lucha en este atribulado mundo, son pocos los que tienen conocimiento de los conceptos que les habrían permitido percibir que las privaciones propias y las de sus supuestos adversarios tienen raíces comunes. Sometida a presión, la gente abandona la frágil base común de entendimiento alcanzada por la humanidad. La presión también nos dificulta comprender el peso que tienen sobre nosotros los mecanismos impersonales de la naturaleza. Les corresponde a los que han sufrido la presión sólo marginalmente el descubrir y discutir su naturaleza, a fin de que todos tengan alguna posibilidad de evitar las acciones, a las que la presión tan fácilmente nos tienta, que tan sólo empeoran la situación. Desde luego, es necesario suprimir la presión a la que nos hemos sometido de manera colectiva. Pero es ya demasiado tarde para evadir el futuro. Este libro no es un llamado tardío para controlar aún más la natalidad, mucho menos un llamamiento a una nueva revolución o a una última

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La doctrina del milenarismo promete un próximo reinado de Cristo de mil años de paz y prosperidad. (N. del T.)

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orgía de arrepentimiento. No sirve de nada mesarse los cabellos, lamentando la supuesta “codicia” humana o su inmoral miopía. Lamentarse de los apetitos y la cortedad de vista humanos es inútil sin un esfuerzo por entenderlos, y ponerlos en perspectiva comparándolos con los de otras especies. La finalidad de este libro es, por consiguiente, arrojar luz sobre la naturaleza y las causas de la amenazante condición humana, con el fin de mitigar sus consecuencias sociales, emocionales y morales. Para mitigar los efectos de las presiones posteriores a la “Era de la Exuberancia”, debemos tomar conciencia de sus más profundas raíces. Tenemos que aprender a relacionarnos personalmente con lo que podría ser llamado “la realidad ecológica de la vida”. Tenemos que ver que esta realidad afecta nuestra vida en forma más decisiva y permanente que los acontecimientos que pueblan los titulares de la prensa. Entender ahora la condición humana en peligro requiere una perspectiva ecológica verdadera. Necesitamos una visión ecológica del mundo; no bastan nobles intenciones y algo de información sobre ecología. Este nuevo paradigma nos ayudará a ver cómo las costumbres autodestructivas de la humanidad son, en muchos sentidos, típicas de los caminos seguidos por otras criaturas. Mientras el lector no haya aceptado el cambio de paradigma que aquí se propone, le será sin duda difícil ver por qué es tan importante reconocer lo típico de nuestra desesperada situación, aparentemente sin precedentes. No le será fácil ver de qué modo proporciona consuelo el descubrir que nuestra condición actual es natural o inevitable. Como lo ha advertido Kuhn, es difícil, aun en discusiones científicas, para los partidarios de un paradigma comunicarse de modo eficaz con quienes perciben y razonan en términos de un paradigma diferente. Pero he tratado de alcanzar una comunicación que logre cruzar a través de la barrera del paradigma escribiendo con toda la claridad y persuasión de que soy capaz, aunque sea desde una perspectiva no convencional. Le pido al lector que haga un esfuerzo igualmente serio por lograr la reorientación del pensamiento plasmada en los capítulos siguientes. Éste no es un libro para leerlo de manera pasiva. Con algún esfuerzo, el lector podría llegar a aceptar la visión de que, puesto que los seres humanos no han sido las primeras criaturas que ensucian su propio nido, la condición presente o futura de nuestro mundo no tiene por qué significar una especial carga de culpa o de vergüenza. A medida que descubrimos los costos de habernos sobrepasado, las tendencias de la humanidad hacia una convivencia civilizada serán puestas a prueba

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hasta el punto de ruptura. Necesitarán verse reforzadas por la conciencia del hecho de que nuestra especie no ha sido la única en multiplicarse más allá de la capacidad de carga. Resulta decisivo darse cuenta de que lo que nos está sucediendo no es sino la consecuencia de los éxitos del pasado. A medida que cosechamos las tempestades de tribulaciones impuestas por un éxito excesivo, reflexionar ecológicamente sobre nuestra difícil condición global puede reducir la tentación de odiar a los que parecen estar ofendiéndonos.

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