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Índice Nota del autor En el principio...

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PRIMAVERA La gran tradición de salir corriendo Encuentro con el Rebe Un poco de historia Vida de Henry La carpeta sobre Dios Vida de Henry La casa de la paz Vida de Henry El yugo diario de la fe Vida de Henry Ritual El final de la primavera

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VERANO Vida de Henry Las cosas que perdemos... Vida de Henry Comunidad Un poco más de historia Vida de Henry La mayor de las interrogantes Vida de Henry ¿Por qué la guerra? Vida de Henry

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Felicidad El final del verano

105 111 OTOÑO

El templo ¿Qué significa ser rico? La iglesia Viejo La iglesia Un buen matrimonio Vida de Henry Tus creencias, mis creencias Las cosas que encontramos... Acción de Gracias El final del otoño De un sermón del Rebe

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INVIERNO

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Solsticio de invierno El Bien y el Mal Vida de Cass Pidiendo perdón El momento de la verdad El Cielo La iglesia Adiós El discurso funerario ...Las cosas que dejamos atrás Epílogo

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Agradecimientos

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PRIMAVERA VERANO OTOテ前 INVIERNO

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Estamos en 1965...

y

... mi padre me lleva al oficio religioso del sábado por la mañana. –Tienes que ir —me dice. Yo tengo siete años, soy demasiado pequeño para hacer la pregunta lógica: ¿por qué yo tenía que ir y él no? En cambio, hago lo que me dicen y entro en el templo, recorro un largo pasillo y tuerzo hacia el pequeño santuario donde se celebra el oficio infantil. Llevo una camisa blanca de manga corta y corbata de gancho. Empujo la puerta de madera para abrirla. Los niños más pequeños están en el suelo. Los de tercer año bostezan. Las chicas de sexto llevan leotardos de algodón negro, se inclinan y susurran. Tomo un devocionario. Los asientos del fondo están ocupados, de modo que elijo uno de los de delante. De pronto se abre la puerta y se hace silencio en la habitación. Entra el sacerdote. Es alto como un gigante. Tiene el cabello oscuro y abundante. Luce unas vestiduras largas que se mueven como una sábana al viento cuando agita los brazos al hablar. Nos cuenta una historia de la Biblia. Nos hace preguntas. Recorre el estrado a grandes zancadas. Se acerca a mi asiento. Noto que me ruborizo y me arden las mejillas. Le pido a Dios que me haga invisible. “Por favor, Dios, por favor.” Es mi plegaria más ferviente del día.

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MARZO La gran tradición de salir corriendo

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dán se ocultó en el Jardín del Edén. Moisés huyó de Egipto para escapar de la ira del faraón. Jonás se subió a una nave y se lo tragó una ballena. Al hombre le gusta escapar de Dios. Es una tradición. Así pues, tal vez yo no hacía sino seguirla cuando, tan pronto como supe andar, empecé a huir de Albert Lewis. Él no era Dios, por supuesto, pero, a mis ojos, era lo que más se le parecía, un hombre santo, un clérigo, el gran jefe, el rabino principal. Mis padres se unieron a su congregación cuando yo era un bebé. Me sentaba en el regazo de mi madre mientras él pronunciaba sus sermones. Sin embargo, en cuanto me di cuenta de quién era —un siervo de Dios—, hui. Si lo veía venir por el pasillo, echaba a correr. Si tenía que pasar junto a su estudio, corría. Incluso siendo adolescente, si lo veía acercarse, me escabullía. Era un hombre alto, de un metro ochenta y cinco centímetros, y yo me sentía muy pequeño en su presencia. Cuando me miraba a través de sus lentes de montura negra, tenía la seguridad de que podía ver todos mis pecados y defectos. De modo que corría. Corría hasta que me perdía de vista.

En ello pensaba mientras conducía hacia su casa, una

mañana de primavera del año 2000, tras un temporal de lluvias. Unas semanas antes, Albert Lewis, que para entonces tenía ochenta y dos años, me había hecho esa extraña 20

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petición en un pasillo al término de una charla que yo ha­bía dado. ¿Harás mi discurso funerario? Me detuve en seco. Nunca me lo habían pedido. Nadie... y mucho menos una autoridad religiosa. La gente pasaba a nuestro lado, pero él siguió sonriendo como si aquélla fuera la pregunta más normal del mundo, hasta que yo le solté algo sobre que necesitaba tiempo para pensarlo. Al cabo de unos días, lo llamé. Le dije que de acuerdo, que aceptaba su petición. Hablaría en su funeral, pero a condición de que me dejara conocerlo como persona para así poder hablar de él como tal. Calculaba que harían falta unos cuantos encuentros. –Hecho —dijo. Me dirigía a su calle.

Lo cierto es que, en aquellos momentos, lo único que sabía

de Albert Lewis era lo mismo que cualquier integrante del público sabe de un actor: su expresión oral, su presencia escénica, el modo en que embelesa a la congregación con su voz autoritaria y sus brazos como aspas de molino. Antes habíamos estado más unidos, por supuesto. De pequeño había sido su alumno, y ofició en ceremonias familiares como la boda de mi hermana y el funeral de mi abuela. Sin embargo, la verdad es que llevaba veinticinco años sin frecuentarlo. Además, ¿cuánto sabes de tu pastor? Lo escuchas. Lo respetas. Pero ¿qué sabes de él como hombre? El mío era distante como un rey. Nunca había comido en su casa. Nunca había tenido trato social con él. Si tenía defectos humanos, yo no los veía. ¿Hábitos personales? No le conocía ninguno. Bueno, eso no es del todo cierto. Conocía uno. Sabía que le gustaba cantar. Todos los miembros de la congregación lo

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sabían. Durante sus sermones, cualquier frase podía convertirse en un aria. Durante las conversaciones, podía ponerse a cantar a grito pelado los sustantivos o los verbos. Aquel hombre era como su propio espectáculo de Broadway. Durante sus últimos años de vida, si le preguntabas qué tal estaba, fruncía el ceño, alzaba el dedo como un director de orquesta y entonaba con voz suave: El viejo rabino de cana cabellera, ya no es lo que era, ya no es lo que era... Pisé el freno. ¿Qué estaba haciendo? Yo no era el hombre indicado para esa tarea. Ya no era una persona religiosa. No vivía en este estado. El que hablaba en los funerales era él, no yo. ¿Quién hace el discurso funerario para el hombre que se dedica a hacerlos? Quise dar media vuelta, inventarme alguna excusa. Al hombre le gusta escapar de Dios. Pero yo fui en dirección contraria.

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Encuentro con el Rebe

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vancé por el camino de entrada y me detuve sobre el tapete rodeado de hierba y hojas desmenuzadas. Toqué el timbre. Incluso eso me resultó extraño. Supongo que no contaba con que un hombre santo tuviera timbre. Pensándolo ahora, la verdad es que no sé lo que esperaba. Era una casa. ¿Dónde iba a vivir, si no? ¿En una cueva? Si un timbre ya me parecía algo insólito, para lo que sin duda no estaba preparado era para el hombre que respondió a la llamada. Llevaba sandalias con calcetines, unas bermudas largas y una camisa de manga corta y cuello abotonado que vestía por fuera. Yo no había visto nunca al Rebe con otra cosa que no fuera un traje o las vestiduras ceremoniales. Así lo llamábamos cuando éramos adolescentes: “el Rebe”. Como una especie de superhéroe. La Roca. La Masa. El Rebe. Ya he mencionado que en aquel entonces era un hombre de una fuerza imponente, alto, serio, de mejillas anchas, cejas pobladas y una mata de cabello oscuro. –Hooooola, joven —me saludó alegre. –Este... hola —respondí, intentando no mirarlo fijamente. De cerca parecía más delgado y frágil. Vi sus brazos al descubierto por primera vez, finos y carnosos, salpicados con manchas de la edad. Los gruesos lentes descansaban sobre su nariz y el hombre parpadeó varias veces, como para fijar la vista, como un viejo erudito al que han interrumpido mientras se vestía. –Ennnntra —cantó—. Enn-trez! El color de su cabello, que peinaba con raya a un lado,

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estaba entre el gris y un blanco níveo, y llevaba su barba entrecana muy bien recortada, aunque me fijé en que se había dejado algunos trozos sin retocar. Recorrió el pasillo arrastrando los pies, conmigo a la zaga; yo miraba sus piernas huesudas mientras avanzaba con pasos pequeños para no chocar con él. ¿Cómo puedo describir lo que sentí ese día? Desde entonces he descubierto, en el libro de Isaías, un pasaje en el que Dios dice: Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos, más que vuestros pensamientos. Era así como esperaba sentirme: inferior, indigno. Aquel hombre era uno de los mensajeros de Dios. Se supone que debía admirarlo, ¿no? En cambio, iba avanzando a pasitos detrás de un anciano con calcetines y sandalias, y lo único que se me ocurrió pensar fue en el aspecto de bobo que tenía.

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Un poco de historia

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ebería contar por qué rehuía la tarea del discurso funerario y dónde estaba yo, religiosamente hablando, cuando empezó todo esto. Para ser sincero, en ninguna parte. ¿Sabes, lector, que el cristianismo habla de ángeles caídos? ¿O que el Corán cuenta la historia del espíritu Iblis, desterrado del cielo porque se negó a postrarse ante la creación de Dios? Aquí en la tierra, la caída es menos dramática. Vas a la deriva. Yerras. Yo lo sé. Lo hice. Oh, sí, podía haber sido una persona devota. Tuve un millón de oportunidades, que empezaron cuando era niño en un suburbio de clase media de Nueva Jersey y mis padres me inscribieron en la escuela de religión del Rebe tres días a la semana. Podía haber adoptado la doctrina. En cambio, iba allí a rastras, como un prisionero. Desde el interior de la camioneta —con los otros pocos niños judíos del vecindario—, miraba con añoranza por la ventanilla mientras nos alejábamos y veía a mis amigos cristianos jugando a la pelota. “¿Por qué yo?”, pensaba. Durante las clases, los profesores nos daban palitos de pretzel y yo chupaba la sal con aire soñador hasta que sonaba el timbre que me dejaba en libertad. Cuando tenía trece años, y otra vez por la insistencia de mis padres, no sólo había alcanzado la capacitación necesaria para celebrar mi bar mitzvá, sino que de hecho había aprendido a salmodiar la Torá, los rollos sagrados que contienen los primeros cinco libros del Antiguo Testamento.

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Incluso me había convertido en un lector habitual los sábados por la mañana. Vestido con mi único traje —azul marino, por supuesto—, me subía a una caja de madera para alcanzar a leer el pergamino. El Rebe se situaba a unos pasos de distancia y me observaba mientras yo recitaba. Podría haber hablado con él al terminar, haber discutido el fragmento de esa semana. Nunca lo hice. Me limitaba a estrecharle la mano después del oficio; luego, subía al coche de mi padre y nos íbamos a casa. La época de la escuela —una vez más, por insistencia de mis padres— la pasé en su mayor parte en una academia privada donde la mitad del día daban una educación laica y la otra mitad religiosa. Junto con el álgebra y la historia europea, estudié el Éxodo, el Deuteronomio, los Proverbios y los dos libros de los Reyes, todos ellos en su idioma original. Redacté trabajos sobre el arca, el maná, la cábala, las murallas de Jericó. Incluso me enseñaron una antigua variedad de arameo para que pudiera traducir comentarios talmúdicos, y analicé a estudiosos del siglo xii, como Rashi y Maimónides. Cuando llegó el momento, asistí a la Universidad de Brandeis, cuyo alumnado era mayoritariamente judío, y para contribuir al pago de mis estudios dirigí a grupos de jóvenes en un templo de las afueras de Boston. En otras palabras, cuando me licencié y salí al mundo real era tan versado en mi religión como cualquier otro seglar que conociera. ¿Y entonces? Podría decirse que entonces me alejé de todo ello.

No fue rebeldía. No fue una trágica pérdida de la fe. A decir verdad, fue apatía. Falta de necesidad. Mi carrera como periodista deportivo prosperaba; el trabajo dominaba mi vida.

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Pasaba los sábados por la mañana viajando para ver los partidos de futbol universitario. Los domingos por la mañana asistía a los profesionales. No iba a los oficios religiosos. ¿Quién tenía tiempo para eso? Yo estaba bien. Gozaba de buena salud. Ganaba dinero. Estaba ascendiendo en el escalafón. No necesitaba pedirle mucho a Dios, y me figuré que, como no estaba haciendo daño a nadie, Dios tampoco me exigía demasiado. No observé ningún tipo de ritual religioso. Salí con mu­chachas de distintas religiones. Contraje matrimonio con una hermosa mujer de cabello oscuro cuya familia era medio libanesa. En diciembre le compraba regalos de navidad. Nuestros amigos bromeaban. Un chico judío casado con una cristiana árabe... ¡que les vaya bien! Con el tiempo fui adoptando una actitud cínica hacia las demostraciones religiosas. Me asustaban las personas que exageraban demasiado la relación con el Espíritu Santo. Y la hipocresía santurrona que presencié en la política y los deportes —congresistas que acudían a la iglesia después de estar con sus amantes, entrenadores de futbol que infringían las normas y luego se arrodillaban para rezar una plegaria de equipo— sólo sirvió para empeorar las cosas. Además, los judíos en Estados Unidos, al igual que los devotos cristianos, los musulmanes o los hindúes que llevan sari, suelen morderse la lengua por cierta tensa sensación de que ahí fuera hay alguien al que le eres antipático. Así pues, me mordí la mía. De hecho, la única chispa que mantuve encendida durante todos aquellos años de alejamiento religioso fue la relación con el templo de Nueva Jersey de cuando era niño. Por algún motivo, nunca ingresé en ningún otro. No sé por qué. No tenía sentido. Yo vivía en Michigan, a casi mil kilómetros de distancia. Podía haber encontrado un lugar más cercano para rezar.

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En cambio, mantuve mi viejo asiento, y cada otoño tomaba un avión de vuelta a casa y acompañaba a mi padre y a mi madre durante los oficios de las fiestas mayores. Tal vez fuera demasiado terco para cambiar. Quizá el tema no era lo bastante importante como para que me molestara en hacerlo. Sin embargo, como consecuencia inesperada, hubo una pauta que permaneció calladamente ininterrumpida. Desde el día en que nací tuve un rabino y sólo uno. Albert Lewis. Y él tuvo una sola congregación. Ambos estábamos condenados a perpetuidad. Y supuse que eso era lo único que teníamos en común.

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