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001-222 aventureras

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has estado lejos durante muchos años, y después vuelves y ves esta tierra extraña, que es la tuya… te emocionas.» Entre 1929 y 1939 fotografía Nueva York desde todos los ángulos: calles, tiendas, edificios, plazas, metro, trenes, estaciones, oficinas. Raramente aparecen personas en sus imágenes. Le interesa la estructura de la ciudad, que está creciendo como una gran selva. Y a su ritmo peculiar, que –dice– «no es el de la eternidad, ni tampoco el del tiempo normal, sino el del instante». Para mantenerse hace diversos trabajos de fotografía –publicidad, reportajes periodísticos, retratos–, pero dedica un día a la semana a su proyecto. Ese día da vueltas por toda la ciudad a la caza de imágenes. Necesita una entrega total para no desanimarse. El material para fotografiar es enorme, la gente poco colaboradora. Los policías con frecuencia le impiden que se pare y la obligan a alejarse porque entorpece el tráfico. Los vigilantes de los rascacielos sospechan de ella cuando pide subir al último piso, por temor a que quiera suicidarse. Algunas de sus fotos se han convertido en iconos, como el «cañón» creado por la estrecha Exchange Place, o la espléndida silueta del Flatiron Building, o la fachada del Blossom Restaurant, del que sale un camarero enfurruñado. Fotografía todas las fases de la construcción del Rockefeller Center, desde que se ponen los cimientos. Tiene prisa por captar las imágenes de una ciudad que está cambiando a un ritmo frenético, pero los pesados aparatos a menudo no están a la altura. «Si hubiera tenido máquinas fotográficas mejores…», suspira-

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oceano, mexico