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nes, Max Ernst– se hacen fotografiar por ella. Dos amigas millonarias, la norteamericana Peggy Guggenheim y la inglesa Anne Winifred Ellerman, le prestan el primer dinero para alquilar y montar su propio estudio. Tiene un estilo lúcido, casi desnudo, muy alejado del de Man Ray. Sobre su maestro de entonces tenía las ideas claras: «Sus retratos masculinos eran buenos, pero siempre hacía aparecer a las mujeres como pequeños objetos graciosos.» Por el contrario, ella cree en la necesidad de borrar la propia subjetividad de fotógrafo. Dedica a cada retrato un día entero, hablando mucho con la persona a la que va a fotografiar, tomando un té con ella. A menudo hace como si tirara decenas de fotos, pero sin película, para disfrutar del sujeto. Y después empieza a trabajar. «Para fotografiar a una persona debe haber un intercambio, una colaboración. La sesión es una especie de visita durante la que se conversa animadamente», explica. Sus retratos tienen enorme éxito. Las galerías parisienses le dedican exposiciones personales. Podría continuar así y hacerse rica. Pero el encuentro con un viejo fotógrafo francés cambia su vida. Él se llama Eugène Atget y vive en la miseria vendiendo postales a los pintores callejeros. Durante cuarenta años fotografió París desde todos los ángulos, construyendo un documento histórico excepcional que en ese momento está esparcido desordenadamente por su gélida casa. Berenice Abbott queda sorprendida por el realismo desnudo de sus fotografías y conmovida por el espectáculo de una pasión que había absorbido toda una vida. Cuando tiene algo de dinero le compra fotografías. Lo con-

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oceano, mexico