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001-222 aventureras

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Si hubiera sido un animal habría sido una ardilla. Era pequeña y rápida y timidísima. Siempre llevaba pantalones, más prácticos para subirse a los rascacielos, y un chalequito lleno de bolsillos diseñado por ella. No era fácil que hablara de sí misma, sobre todo de los primeros años de su vida porque no habían sido muy felices: «La última cosa de la que me apetece hablar es de mi infancia», cortaba en seco a los periodistas. Había nacido en 1898 en Springfield, en Ohio, en una familia en vías de desintegración, y se había ido pronto de casa, con las ideas claras sobre el amor: «El matrimonio es el final para una mujer que quiere trabajar. Sólo es bueno para los hombres.» Con el pelo cortado a lo chico para celebrar el título de bachiller («Según iba cayendo al suelo, me iba sintiendo más ligera y más libre») y con un curso de periodismo en la universidad no terminado («La guerra lo complicó todo»), en 1918 se va a vivir a Nueva York para llevar a cabo, como dirá un día, su personal «revuelta contra el Medio Oeste». Greenwich Village, que acababa de ser proclamado república independiente por Marcel Duchamp, era el lugar idóneo para declarar la guerra a los va-

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oceano, mexico