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Esther Hautzig

LA ESTEPA INFINITA MIS Aテ前S EN SIBERIA

Traducciテウn del inglテゥs de Santiago del Rey


Título original: The Endless Steppe Copyright © Esther Hautzig, 1968 Copyright de la edición en castellano © Ediciones Salamandra, 2008 Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A. Almogàvers, 56, 7º 2ª - 08018 Barcelona - Tel. 93 215 11 99 www.salamandra.info Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. ISBN: 978-84-9838-177-1 Depósito legal: B-8.068-2010 1ª edición, septiembre de 2008 5ª edición, febrero de 2010 Printed in Spain Impresión: Romanyà-Valls, Pl. Verdaguer, 1 Capellades, Barcelona


No habrĂ­a sido capaz de contar esta historia sin la ayuda de muchĂ­simas personas. Se la dedico a todas ellas con mi mayor gratitud.


Por razones obvias, algunos de los nombres que aparecen en este libro se han cambiado.


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Aquella mañana, cuando el maravilloso mundo en que vivía llegó a su fin, no regué las lilas que había junto al estudio de mi padre. La fecha era junio de 1941 y el lugar Vilna, una ciudad en el rincón nordeste de Polonia. Yo tenía diez años y creía que en una mañana como aquélla la gente de todo el planeta se dedicaba a cuidar de su jardín. Las guerras y las bombas se detenían en la entrada, sucedían al otro lado de sus cercas. Nuestro jardín era el centro de mi mundo, el lugar en que yo deseaba permanecer para siempre. La casa donde vivíamos estaba construida alrededor de ese jardín, y su tejado rojo se inclinaba hacia sus macizos de flores. Era una casa enorme y solemne con una fachada encalada. Allí vivía toda mi familia: mis padres, mis abuelos paternos, mis tías, mis tíos y mis primos. Mi abuelo era el propietario de la casa y mi abuela la gobernaba. Ellos vivían majestuosamente en su propio apartamento y los demás nos repartíamos en otros seis apartamentos independientes. Independientes, aunque no del todo privados. Allí no había puertas cerradas: la gente entraba y salía de los otros apartamentos para pedir algo prestado, para cotillear, para alardear o lamentarse un rato, 11


para contar el último chisme familiar. La nuestra era una familia enorme, bulliciosa, exuberante y afectuosa. Un paraíso para una hija única. Tras los ventanales que daban a nuestro jardín no había extraños, ni enemigos ni peligros acechando. Más allá del jardín, empezando por la avenida arbolada donde vivíamos, estaba mi ciudad, Vilna. Para disfrutar de la mejor vista había que subir a la colina del Castillo, y yo continuamente le pedía a la señorita Rachel, mi institutriz, que me llevara allí. Construida a orillas del río Wilja en una cuenca salpicada de verdes colinas, Vilna había sido descrita como «la capital de los bosques». Era una ciudad universitaria, una ciudad de parques y blancas iglesias, con torres rojas y doradas construidas por arquitectos italianos en un opulento estilo barroco; una ciudad de encantadoras casitas antiguas, arracimadas en las colinas. Una ciudad alegre y llena de vida, ideal para que un niño creciese en ella. Desde lo alto de la colina del Castillo se divisaba la sede del negocio familiar, que ocupaba media manzana, la sinagoga a la que solíamos acudir y una carretera que conducía a un lago idílico, junto al que teníamos nuestra casa de verano. Desde aquella colina, todo era tal como tenía que ser en el mejor de los mundos posibles, es decir, en mi mundo. Y yo no habría cambiado nada de él, ni el menor detalle. Los días de colegio desayunaba un panecillo con mantequilla —un panecillo muy blandito— y una taza de cacao. Cualquier intento de modificar este menú me parecía un complot para envenenarme. Para desayunar me sentaba a la mesa redonda del comedor, con mis jóvenes padres o con mi querida señorita Rachel. Mi padre —yo lo llamaba tata, «papá» en polaco— era mi persona favorita, un secreto que yo pensaba que debía ocultarle a mamá. Tata era muy alegre, le encantaba di12


vertirse, y no sólo inventaba chistes: también se reía de los míos, fueran graciosos o no. Mamá era alegre también y tenía un contagioso talento para tomar con humor los contratiempos, aunque pronto descubrí que era además una mujer muy enérgica y que, para ella, en el caso de una hija única ya bastaba con que uno de los padres fuese indulgente. Tuvimos nuestro primer encontronazo cuando sólo contaba cuatro años. Había empezado a asistir a un jardín de infancia y, una mañana, mientras hacía ejercicios en el suelo con otra docena de niñas, realicé un descubrimiento pasmoso. Todas habíamos flexionado las piernas por encima de la cabeza para tocar el suelo con la punta de los pies, y entonces, al mirar a uno y otro lado con el rabillo del ojo, vi que todas las braguitas eran de seda: de seda blanca, rosa, azul, amarilla; un precioso abanico de braguitas de seda, algunas incluso con encajes. Todas, salvo las mías. Las mías eran de algodón blanco y sin adornos. Le dije a mamá que había que solucionarlo de inmediato. Ella no lo vio así y yo repliqué que si no podía llevar braguitas de seda, no volvería al jardín de infancia. —Muy bien. Pues no vayas —me respondió. Y no fui; me quedé en casa hasta que me llegó el momento de ir al colegio al cumplir los siete años. Cuando hubo que elegir escuela, mamá consideró que para formar el carácter de una niña rica convenía una escuela en la que hubiera niños de todos los niveles económicos. Así pues, fui a la escuela Sophia Markovna Gurewitz, donde aprendí yidis y empecé a conocer la literatura y la cultura de mi gente. Me encantaba el colegio y me encantaba el orden que presidía mi vida. Mis días estaban planificados con la precisión de un horario de trenes. Los lunes, al salir de la escuela, tenía clases de piano; los martes, danza; los miércoles iba a la biblioteca e invariablemente discutía con el bibliotecario, 13


que se empeñaba en recomendarme libros infantiles, cuando lo que yo quería eran libros para mayores, sobre todo novelas de misterio, las más espeluznantes. Los jueves, mis primos y yo teníamos gimnasia con una dama musculosa que nos hacía ejercitarnos como si fuésemos candidatos a ingresar en el ejército prusiano, lo cual nos daba ataques de risa. Los viernes me dejaban que ayudara a mamá y la cocinera a preparar la comida del sabbat, o sea, a trenzar el challah —el pan ritual— y cortar los fideos. Los viernes, las siete cocinas de nuestra casa despedían los maravillosos aromas de siete comidas de sabbat idénticas: los mismos panes y bizcochos, los mismos pollos, las mismas sopas de pollo. Pero en 1939 los ejércitos de Hitler entraron en Polonia. Cuando cayeron las primeras bombas sobre Vilna me sentí aterrorizada, desde luego. Pero tuvimos suerte: ninguna bomba cayó en nuestro jardín. Aquel jardín era invulnerable. Por supuesto, hubo cambios. Tata fue reclutado por el ejército polaco para combatir al invasor alemán, pero mamá me aseguró que regresaría. Y siguió haciéndolo incluso cuando numerosas pruebas empezaron a indicar lo contrario. Como yo tenía mucha fe en ella, la creí. Fui la única. Poco después de que tata partiese, nos llegaron noticias de que todo su batallón había sido aniquilado. La familia se sumió en un profundo e inconsolable dolor. Todos, salvo mamá y yo. Mamá les decía que dejasen de llorar, que tata estaba vivo. Ellos la miraban desolados y le rogaban que recobrase el juicio y aceptara la espantosa realidad. Creían que aquella aberración se explicaba por el gran amor que le profesaba a su marido, pero cuando mamá llegó al extremo de pelearse con el rabino por aquel motivo, se pusieron todos fuera de sí. 14


Un lunes por la mañana, mamá despertó y anunció a todo el que quiso escucharla que el jueves tata estaría de vuelta en Vilna. Les dijo que dejaran de sollozar y se preparasen para su regreso. —Encárgate de conseguir un poco de queso del pueblo, de esa clase que tanto le gusta —le dijo a su pobre madre, que ahora no sólo lloraba por la pérdida de su yerno, sino también porque su hija se había vuelto loca. Luego se ocupó de que la casa quedara reluciente de arriba abajo, y la despensa, llena de la comida preferida de tata. El jueves, tal como había predicho mamá, tata regresó. Pero con el fin de preparar a todo el mundo para aquella sorpresa, se detuvo primero en casa de su suegra. Mi abuela abrió la puerta, echó una mirada a aquel «fantasma» y gritó: —Ay, Señor, no he conseguido el queso. A los ocho años, yo daba por sentados los poderes mentales de mamá. Tata nos contó una y otra vez que había caminado de aldea en aldea después de que su batallón fuese dispersado. A los escasos super vivientes les habían dicho que volvieran a sus casas como pudiesen. Vestido con una manta y una boina, simulando que se había vuelto loco, tata había escapado de los alemanes por muy poco en numerosas ocasiones antes de reunirse con nosotros. Ahora estaba en casa, pero en los dos años siguientes se habrían de producir otros cambios. En 1940 los rusos, a la sazón aliados de Alemania, ocuparon Vilna. Confiscaron el negocio familiar y nuestras propiedades, pero no nos echaron de nuestra casa ni de nuestro jardín. Los criados se fueron y la señorita Rachel se casó. Uno no siempre dispone de esos lujos menores, pero yo no los eché de menos. Mi mundo seguía intacto y yo no tenía ni el menor presentimiento de que estuviera a punto de llegar a su fin. 15


La mañana en que eso sucedió, me desperté muy temprano. Tenía un motivo. Como habíamos terminado la escuela, me dejaban dormir hasta más tarde. Y naturalmente, para disfrutar de ese privilegio especial había que estar despierto. En cuanto abrí los ojos y vi mis cortinas rosas y blancas ondeando a la suave brisa que subía del río Wilja, supe que iba a ser un día hermoso, un día perfecto de junio. Siguiendo la tradición familiar, tuve cuidado de levantarme con el pie derecho. Levantarse con el pie derecho implicaba buena suerte para todo el día. Hacerlo con el izquierdo, mala suerte. En Polonia, si uno quería tener buena suerte hacía caso de su familia. Me asomé a la ventana para ver si el abuelo estaba en el jardín. Ese jardín era el orgullo y la alegría de su vida. Era él quien daba instrucciones a los jardineros, quien los regañaba cuando no habían podado un árbol como es debido y quien los recompensaba de un modo espléndido cuando lograban salvar una planta enferma. —Recordadlo, niños —nos decía a mis primos y a mí—, recordad que siempre hay algo bueno en la gente que ama las flores. Aquella mañana el abuelo no estaba en el jardín. Pero yo me apoyé un minuto en el alféizar para admirar las rosas y peonías y la mata de lilas que regaría —eso pensaba— al cabo de un par de horas. Debían de ser las seis de la mañana. Tomé la novela de misterio que había guardado para una mañana como aquélla y volví a la cama. Desde la primera frase me perdí por completo para el resto del mundo. Por lo tanto, no oí nada. Llevaba ya muchas páginas cuando mi madre irrumpió en mi habitación. —Has de levantarte ahora mismo —me dijo, arrancándome la colcha. 16


—Pero ¿por qué, mamá? —repliqué indignada. —Esther, obedece por una vez sin hacer preguntas. ¡Rápido! Salté de la cama. —¿Qué ocurre? —Preguntas y más preguntas. Baja la voz. —Ella había convertido la suya en un susurro—. Esther… algo ha sucedido. Ha llamado el tío David y ha dicho… ha dicho que en el apartamento del abuelo hay soldados rusos. Tu padre ha salido para allí corriendo. Ni siquiera se ha vestido, aún lleva el pijama. Y todavía no ha vuelto. Vístete lo más deprisa que puedas y ven a mi habitación. ¡Soldados rusos! No discutí; hice lo que me decía y me arreglé las trenzas por el camino. La encontré sentada en la cama con una gran caja de cerillas de la cocina en su regazo. ¿Qué pretendía hacer con las cerillas en su dormitorio? ¿Y por qué me miraba de aquel modo tan extraño? ¿Sería posible que estuviera asustada? —Esther, tienes que llevarle esta caja a mi madre, a la abuela Sara. Inmediatamente. —¿Una caja de cerillas? ¿A la abuela Sara? ¿Para qué? —¡Esther! —Le temblaba la voz—. ¡Deja de hacer preguntas! Haz lo que te digo. Lleva esta caja a casa de tu abuela. Tengo la sensación de que nosotros no vamos a necesitar lo que he puesto dentro. Quiero que lo guarde la abuela. Sal por la puerta del jardín. Y no vayas por la calle principal, sino por los callejones. Ve corriendo y vuelve lo más rápido que puedas. ¿Me has oído? No te entretengas en casa de tu abuela ni un minuto más de la cuenta. Casi se me cayó la caja. —Esther… Esther, perdona mi enfado —añadió con tono amable—, pero… ¡Date prisa, por Dios, date prisa! Yo estaba muy asustada. Mucho más que cuando bombardearon la ciudad. Incluso un niño aprende enseguida en 17


qué consiste un bombardeo: sabe lo que podría ocurrir y se siente aliviado al ver que no ocurre. Pero ahora no sabía qué pasaba. No sabía cómo rezar, cómo negociar con Dios. Una debía ser explícita, pensaba yo entonces: «Querido Dios, no permitas, por favor, que caiga una bomba en la casa Rudomin de la avenida Pogulanka de Vilna. Si tienes la bondad de ocuparte de que no suceda tal cosa, prometo no replicarle a mi madre mañana…» Yo había tratado de negociar de una manera justa durante los bombardeos alemanes de 1939, pero ahora no podía rezar. No había un oscuro refugio, ni un regazo en el que esconder la cabeza cuando las bombas caían demasiado cerca, y tampoco contaba con las palabras tranquilizadoras de mamá para mitigar el terror de los cristales rotos y los ladrillos desplomándose. Crucé corriendo el estudio de mi padre para salir al jardín. En cuanto atravesé el umbral, supe que había cometido un error: había puesto el pie izquierdo primero. Quise retroceder y volver a hacerlo con el pie derecho, pero me daba miedo perder tiempo. Mientras pasaba corriendo, toqué las lilas y aspiré su fragancia. Las regaría después. El jardín no había cambiado; seguía tan hermoso y tan seguro como siempre. Dentro de sus límites no había nada capaz de amenazarme, y permanecería allí esperando mi regreso de aquel extraño recado. Llegué a la puerta trasera y salí al callejón. Lo recorrí volando. Por suerte, aquella mañana estaba desierto. Corriendo lo más deprisa que pude, en diez minutos llegué al edificio de apartamentos donde vivía mi abuela. Una vez allí, tuve que detenerme para recuperar el aliento antes de subir los escalones de dos en dos. Nadie respondió al primer timbrazo, ni al segundo. Me puse a aporrear la puerta con el tacón del zapato. Por fin, la voz soñolienta de mi abuela: —¿Quién es? 18


—Yo, abuela. Déjame entrar. Abrió la puerta y empezó a hacerme preguntas: ¿por qué iba a visitarla tan temprano?, ¿por qué venía jadeando?, ¿qué había en aquella caja? Yo quería gritarle lo que me había gritado mi madre: «¡No hagas preguntas! ¡No sé las respuestas!» Pero me limité a decirle lo que sabía: que en casa del abuelo Solomon había soldados rusos y que tata había ido allí en pijama. —¿En pijama? —repitió, como si aquello fuese lo más terrorífico de todo. —Sí, en pijama —confirmé, mientras empezaba a sentirme yo misma aterrorizada. Le tendí la caja y, cuando la abrió, nos quedamos boquiabiertas. Dentro de aquella gran caja de cerillas estaban las esmeraldas de mi madre y otras joyas: su collar, sus pendientes, todos sus anillos. Tenían un aspecto extraño allí dentro, fuera de sus estuches de terciopelo. Como si fuesen artículos de broma. Mi abuela cerró la caja. Con los ojos cerrados, empezó a mover los labios recitando una plegaria. —Abuela. Tengo que irme, abuela. Mamá me ha dicho que volviera en el acto. Abuela… supongo que mamá ha de tener algún motivo para enviarte todas sus joyas… Ella prosiguió con su plegaria. Yo me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla. La abracé y apoyé mi mejilla en su brazo. Habría querido decirle lo mucho que la quería, lo mucho que significaba para mí, y cuánto recordaba todos los días que había pasado conmigo cuando era pequeña, recortando muñecas de papel y construyendo casas de cartón. Pero no había tiempo. Sólo acerté a decirle: —Te quiero, abuela. Te quiero mucho. —Ay, mi niña… Dile a tu madre… —Se interrumpió y me besó el pelo. 19


—Nos veremos pronto, abuela —le dije, y salí corriendo. Mientras bajaba la escalera como una exhalación, se me ocurrió una idea terrible: nunca volvería a ver a mi abuela. «Dios, por favor —recé—, no me dejes tener pensamientos tan horribles.» Hice corriendo todo el trayecto de vuelta. Cuando llegué a la puerta del jardín, oí que el timbre de la puerta principal sonaba con insistencia. ¿Dónde estaría mamá? Estaba sentada en el comedor, ante la mesa vacía, con la barbilla apoyada en una mano. —Mamá, están llamando al timbre. ¿No lo oyes? ¿Abro? —No, ya voy yo. —Pero no se movió—. Siéntate, Esther. Estás sin aliento. ¿Le has dado la caja a la abuela? —Claro que se la he dado, mamá… El timbre… —Sí, el timbre. Se levantó despacio y, con mucha parsimonia, fue a abrir la puerta. Mi padre estaba en el umbral con las manos a la espalda. Junto a él, dos soldados rusos con la bayoneta calada en sus fusiles. Nadie pronunció una palabra. Papá y mamá se miraron con cautela, pero él mantenía sus ojos apartados de mí, como si le avergonzase que lo viera en pijama y con las bayonetas apuntándole. Lenta y silenciosamente, cruzó el vestíbulo, pasó junto al paragüero y entró en el comedor. Cuando llegaron al centro de la habitación, se quebró el silencio. —¡Al suelo! —gritó uno de los soldados—. ¡Todos al suelo! ¡Están detenidos! Evidentemente, antes de que hiciéramos una cosa tan absurda, mi padre hablaría con ellos y se marcharían. Él no había hecho nada malo: no había robado, ni matado a nadie ni cometido ningún delito. No podían detenerlo. Les exigi20


ría que se disculparan. Pero no: lo que hizo fue permanecer en silencio. Nos sentamos en el suelo; primero mi padre, luego yo. Por un instante pensé que mi madre iba a negarse. Mi padre debió de pensar lo mismo, porque murmuró su nombre suavemente: —Raya… Con evidente incomodidad, aunque decidida a mantener muy recta la espalda, mi madre se sentó también en el suelo. ¿Cómo era posible que nos detuvieran sin haber hecho nada malo? Decidí averiguarlo. —¿Por qué estamos detenidos? —pregunté. Mi madre alzó una mano como advirtiéndome, pero ya era demasiado tarde. Los soldados me miraron, luego a mis padres, que repentinamente habían palidecido, y por fin se miraron entre ellos. El que había dado la orden tenía unos ojillos brillantes y una nariz extraordinariamente gruesa. Fue él quien desplegó un largo papel y empezó a leer. —«… son capitalistas y, por tanto, enemigos del pueblo… serán enviados a otra parte de nuestro vasto e inmenso país…» Continuó leyendo y leyendo, como si las palabras fluyesen de sus enormes orificios nasales: tantas palabras y tan sombrías. La mayor parte me resultaba incomprensible. ¿Qué era un capitalista? Las únicas que tenían significado para mí eran las que venían a poner fin a mi mundo. Me iban a separar de mi casa, de la ciudad donde había nacido, de mis seres queridos. Yo no tenía la sensación de ser una enemiga del pueblo, sólo una enemiga de aquellos horribles soldados. Los odiaba. Los aborrecía. Los despreciaba. Deseaba que se murieran. Mi madre alargó un brazo y trató de aflojarme los dedos, que tenía completamente apretados. 21


—Estoy bien, mamá. De verdad —le dije, aunque más para tranquilizarme a mí misma que a ella. El soldado terminó de leer. Parecía muy satisfecho de haber cumplido tan admirablemente su deber. Volvió a doblar el papel como si se tratase de un documento precioso. Mi madre dijo en voz baja: —Esther, sube a tu habitación y recoge tu ropa. Yo no me moví. ¿No iba a haber discusión? ¿Ni súplicas? ¿Ninguna milagrosa inter vención de un adulto? Ella me dio un codazo y las dos nos incorporamos. Cuando mi padre dijo que iba a ayudarnos a hacer las maletas y empezaba a levantarse también, el otro soldado le apuntó con su bayoneta. —No se mueva —dijo—. Quédese donde está. Él obedeció, y se sostuvo la cabeza con las manos. Al llegar a mi habitación, fui a cerrar la puerta. —Deja la puerta abierta, niña —ordenó el soldado. Entré y miré alrededor. Aquélla era mi habitación: mis cortinas ondeaban con la brisa; mi papel pintado florecía en las paredes con sus diminutos capullos de rosa; mis muñecas se apelotonaban como siempre sobre el diván; mis libros permanecían en los estantes; la novela de misterio que estaba leyendo continuaba boca abajo sobre la cama. No, yo no pensaba salir de aquella habitación. Nadie podría obligarme. Antes que abandonarla, prefería concentrarme con todas mis fuerzas para caer muerta allí mismo. Cuando esto no funcionó, tuve ganas de arrojarme en la cama y ponerme a aullar. Pero la puerta estaba abierta y los soldados estaban allí fuera. No sé si fue por miedo o bravuconería, pero contuve las lágrimas y empecé a recoger mis cosas. ¿Qué ropa necesitaría uno en esa «otra parte de nuestro vasto e inmenso país»? Mi armario de roble estaba lleno de faldas y blusas, de uniformes del colegio y vestidos de fiesta. 22


Si de mí dependía, yo era feliz con una camisa y unos viejos pantalones cortos. Esta idea me puso otra vez al borde de las lágrimas. Los pantalones cortos y la camisa significaban libertad y diversión, días de despreocupada alegría en el campo, vacaciones en el mar. Cogí los álbumes de fotografías familiares, con tantos recuerdos de los días pasados en familia: picnics con mis tíos y mis primos en el bosque, baños en el mar, fotos de bebés, fiestas de cumpleaños y fotos de los mayores vestidos con lo que a nosotros, los niños, nos parecían auténticas antiguallas, que eran las que más risa nos daban. Aquellos álbumes se convirtieron de repente en mi posesión más preciada y los puse encima de la cama junto a algunos libros, entre ellos la novela de misterio aún inacabada. Los álbumes me hicieron pensar en otra cosa, en algo realmente extraño. La casa estaba muy silenciosa, demasiado silenciosa. ¿Dónde estaban todos? Me acerqué de puntillas a la ventana que daba al jardín. ¿Dónde estaba el tío David? ¿Y la tía Bertha? ¿Y la tía Sonia? ¿Dónde estaban? El jardín parecía desierto. No me llegaban voces ni risas de las ventanas. Volví al armario con una sensación espantosa… no miedo ni rabia, sino algo que no tenía nombre y era mucho peor. Recogí algunas ropas y las tiré sobre la cama. En el comedor, mi padre seguía sentado en el suelo. Tenía los hombros caídos y me miraba sin verme con ojos apagados. En una sola mañana, en un día perfecto de junio, mi joven padre se había convertido en un viejo. Me acerqué y, sin hacer caso de los soldados y su autoridad para decirme lo que podía o no podía hacer, le pedí permiso para ir a buscar a mi madre. Él asintió y me dio una palmadita en la mano. Mi madre también había cambiado. Ella solía estar siempre serena e impecablemente arreglada, pero ahora tenía la cara enrojecida y su bella corona de trenzas estaba 23


medio deshecha. Su enorme armario de caoba y sus cómodas, siempre en perfecto orden, mostraban un auténtico desbarajuste. Algunos vestidos yacían amontonados en el suelo, la lencería asomaba por los cajones. Mi madre apilaba ropa sobre la cama febrilmente, yendo de las cómodas al armario y del armario a la cama. Le pregunté si podía hacer algo; ya había terminado de recoger mis cosas y tenía una acuciante necesidad de mantenerme ocupada. Me daba pánico no hacer nada. —Ve a preguntarle a tu padre. ¿No ves que estoy atareada? —Y apartó la cara. Comprendí que estaba al borde de las lágrimas. Llorar iba contra las normas de nuestra casa; nosotros compartíamos nuestras alegrías y ocultábamos nuestras penas. Había sido siempre una dura disciplina, y en ese momento me pareció una disciplina muy cruel. ¿Por qué no podíamos llorar como el resto de la gente? —Si me necesitas, esta vez ya sabes dónde encontrarme. Supongo. A mi madre no la divirtió el comentario. Era un chiste sin gracia. Siempre se quejaban de que yo desaparecía continuamente, de que me iba a jugar cuando más me necesitaban. En el comedor todo seguía igual. Los soldados respiraban de un modo ruidoso; mi padre, con esfuerzo y ansiedad. Cuando sonó el teléfono, todos nos sobresaltamos, incluso los soldados. Mi padre se levantó maquinalmente, pero ellos lo empujaron para que se sentase otra vez. Un soldado cogió el auricular. —Soy el camarada Yurenko. Sí. Sí. La madre, el padre y la niña. Sí. Nada, salvo dos viejos. Al fondo del pasillo, con los camaradas Ivanov y Filipov. Los demás se han ido. No. No lo sé. Los apartamentos estaban vacíos. Estamos en diez minutos. 24


Colgó dando un golpe y ordenó a mi padre que se vistiese e hiciera el equipaje. Yo no sabía qué hacer ni adónde ir. Decidí quedarme en el pasillo junto a la habitación de mis padres. Me pareció que sólo habían pasado unos segundos cuando Yurenko quiso saber si estaban listos. —Desde luego que no —dijo mi madre—. Ni por asomo, camarada. Yo admiré su valor, aunque temí que se hubiese excedido. —Ya lo creo que van a estar listos —repuso el ruso—. En diez minutos nos vamos. Ni un minuto más. Mi madre, acertadamente, no discutió. Pidió a mi padre que llenara una cesta de mimbre con sábanas, un edredón, almohadas, un par de ollas y algunos cubiertos. ¿Para usarlos dónde?, me pregunté. Antes de abandonar el dormitorio, se las arregló para susurrarle a mi padre que había un poco de dinero escondido en su tocador. Cuando se dirigió a mi habitación con algunos vestidos en la mano, corrí hacia ella y le informé: —Mamá, hay camiones ahí fuera. Acabo de verlos. Ella se detuvo un instante. —Ah… así que hay camiones. ¿Por qué no has metido tus cosas en una maleta? —Mamá, ¿vamos a tener que ir en camión? ¿Como caballos? —No sé. ¿Qué más da? Esther… Esther, ¿por qué no has hecho lo que te dije? Ve a buscar una maleta ahora mismo. Yo no podía decirle que cerrar una maleta con mis pertenencias dentro era superior a mis fuerzas, que quería retrasar todo lo posible aquel chasquido final. —Mamá, ¿adónde han ido todos? La tía Sonia y el tío David… —¡Chist, Esther! Se han ido. Se han marchado cuando han oído que venían los soldados. Esther, esto no puedes 25


llevártelo. —Había cogido los álbumes de fotos—. Necesitamos todo el espacio para tu ropa. —Por favor, por favor. Tengo que llevármelos, los necesito. De verdad. Los pondré al fondo de la maleta y me llevaré menos ropa. Los vestidos me hacen mucha menos falta que estos álbumes. Preferiría ir descalza antes que… Mi madre no me hizo caso y empezó a elegir la ropa nerviosamente, moviendo las manos a toda velocidad. Casi en pleno ataque de histeria, rogué y supliqué. Ella se impacientó y al final adoptó una actitud muy severa. Los álbumes se quedaban allí. Después de echar un vistazo por encima del hombro, me susurró que podían llegar a interrogarnos sobre la gente que aparecía en las fotos. Aunque no entendí del todo lo que eso significaba, algo en su voz me obligó a callarme. Conteniendo las lágrimas, volví a colocar los álbumes en su estante. Los acaricié con disimulo y me despedí de ellos. Luego fui a buscar una maleta. Cuando mi madre salió de la habitación, yo metí atropelladamente toda la ropa en la maleta. Braguitas, camisetas, enaguas, un camisón, calcetines y pañuelos, una falda azul marino del colegio, un blusa blanca, un jersey rojo y azul de lana y tres vestidos de algodón. Me costó meter a presión un abrigo de invierno y estuve a punto de dejarlo fuera. Por fortuna no lo hice. Aquella mañana llevaba un vestido azul de algodón, calcetines azules de verano y unos zapatos negros. Sonó el timbre y sentí una súbita oleada de esperanza: ¡alguien había venido a salvarnos! Corrí hasta el comedor y miré por el pasillo. Yurenko estaba abriendo la puerta. Mi madre pasó rozándome y alcanzó el vestíbulo. —¿Quién es este hombre? —le preguntó Yurenko. Ella miró la cara completamente pálida de su hermano Liusik y dijo con mucha calma: —No lo sé. Nunca lo había visto. 26


El soldado cerró la puerta de una patada. Ella se daba ya media vuelta y yo iba a preguntarle por qué había dicho aquello, cuando me acordé de los álbumes y me mordí la lengua. Yurenko consultó su reloj. —Sus diez minutos han terminado. En marcha. Corrí a buscar mi equipaje justo cuando mi padre salía de su dormitorio. Con sus dos maletas de piel de cerdo revestida de tafilete, parecía todo un caballero a punto de marcharse de vacaciones: uno con una necesidad imperiosa de tomarse unas vacaciones. Mi madre iba tras él con la cesta de mimbre. Cuando salimos al sol del exterior, me di cuenta de que había puesto otra vez por delante el pie izquierdo. Pero ahora sabía que ningún pie derecho de este mundo iba a salvarnos. Fuera sólo quedaba un camión, y nos estaba esperando. Venía ya con un borroso montón de gente que guardaba silencio. Pero en la acera se oía el murmullo de las docenas de curiosos que se agolpaban para mirar. No entendía lo que decían, ni me importaba. Yurenko ordenó que subiéramos. Mi padre dejó las maletas en el suelo y me tomó en brazos. Yo oculté el rostro en su hombro y él me abrazó muy fuerte. Luego me depositó con suavidad junto a una mujer con un vestido de seda. La mujer no se inmutó. Papá ayudó a subir a mamá, que mantenía la cabeza muy alta pero tenía las mejillas arreboladas por la embarazosa maniobra que suponía encaramarse al camión. Subieron las maletas y la cesta y, por fin, lo hizo mi padre. Entre aquellas caras borrosas, distinguí la de mi abuelo y mi abuela. No había ningún otro miembro de nuestra familia. Saludé a mis abuelos con la mano, pero ellos no dieron señal de haberme visto. Entorné los párpados. Así era más fácil soportar la multitud que nos miraba embobada desde 27


la calle. También me ser vía para alejar las cosas, para alejarlas de mí y dejarme sumida en una especie de ensueño. Oí que alguien llamaba a mi madre. —¡Raya! La abuela Sara estaba junto al camión. Miró a su hija y se cubrió la cara con las manos. Pusieron el cerrojo de la puer ta trasera y arrancaron el motor. El camión empezó a avanzar retumbando por la avenida Pogulanka, pasó frente a la puerta de caoba de nuestra casa (una cortina se agitaba en la ventana del comedor), bordeó el muro de nuestro jardín y siguió adelante. Yo conocía cada casa de aquella avenida, cada árbol, cada losa desportillada de sus aceras. Con los párpados entornados, vi cómo mi mundo desaparecía para siempre. Alguien gritaba nuestros nombres histéricamente. —¡Raya! ¡Samuel! ¡Esther! ¿Qué ocurre? ¿Adónde os llevan? La voz se desvanecía, pero reconocí a la tía Sonia, que corría tras el camión con los brazos abiertos y el pelo al viento. —¡Sonia…! —le grité, y empecé a sollozar. Mi madre me cogió por los hombros y me pidió con suavidad que dejara de llorar. Oí también a otras personas del camión susurrar suavemente: —Chist… chist… Pero yo no paré; me pareció que ya era hora de llorar. Los demás permanecían callados. Mientras pasaban por las calles, por los parques y frente al mercado de Vilna, a la cruda luz del mediodía veían deambular a sus conciudadanos, que a aquella hora se ocupaban de sus cosas, hacían compras, se detenían a charlar o tomaban el sol en un banco. Todas las personas de aquel camión presenciaban en silencio el final de su mundo. 28


En la estación reinaba la confusión más absoluta. Una enorme masa de gente se aglomeraba allí. Llegaban camiones —centenares de camiones— de todas direcciones, cada uno lleno hasta los topes. Yo buscaba alguna cara familiar, pero sólo veía rostros afligidos y desconocidos. «¿Por qué nosotros? —me preguntaba una y otra vez—. ¿Por qué nosotros?» Un soldado con la pechera llena de condecoraciones, un héroe de guerra, se acercó al camión y dijo que iría llamándonos por nuestros nombres, que debíamos prestar mucha atención a sus órdenes. Lo escuchamos atentamente. La lista parecía interminable, pero no se olvidaron de nosotros. —Rudomin, Samuel, Raya y Esther —oímos por fin—; al segundo tren. Rudomin, Anna; al segundo tren. Rudomin, Solomon; al primer tren. Mi abuela dio un grito. Nunca he oído un chillido más espantoso, ni siquiera en una pesadilla. Surgido de las entrañas de aquella mujer frágil pero orgullosa, era un grito no sólo de dolor indecible, sino también de furia y de pura perplejidad. Miré a mi abuelo. Él contemplaba sin verla aquella confusión de personas, camiones y soldados. Mi abuela se puso a rogarle al soldado heroico: mi abuela, que nunca en su vida le había pedido nada a nadie. —Por el amor de Dios, déjeme ir con él. Quiero ir con mi marido. No me iré sin él. Por el amor de Dios, se lo suplico… El soldado se apartó bruscamente de ella y las medallas tintinearon en su pecho. —¡Tú, vieja, harás lo que te digo! ¡No quiero oírte más! En medio de su angustia, mi abuela pareció anonadada por el hecho de que alguien pudiera hablarle así. Se llevó un pañuelo a la boca y no volvió a decir nada más. Mi padre trató de rogarle al soldado, pero sus palabras quedaron aho29


gadas por las órdenes que el propio soldado seguía ladrando. Finalmente, llegaron al último nombre de la lista. La gente destinada al primer tren se despidió rápidamente de sus familiares y bajó del camión. Sin decir una sola palabra, mi abuelo pasó ante nosotros arrastrando los pies. —Solomon… —El gemido de la abuela se fue apagando lentamente. Me apretujé entre ella y mi padre. Con una mano le acariciaba el brazo a mi abuela, que sollozaba inconsolable, y con la otra me aferraba a papá. Me aferraba a él furiosamente, por miedo a que se lo llevaran también. ¿Quién sabía si el soldado no iba a cambiar de opinión? Cuando se hubieron llevado a todos los del primer tren, los sollozos de mi abuela se mezclaron con los del resto de la gente del camión. El soldado ordenó que formásemos una doble fila y nos hizo desfilar hacia el segundo tren. Yo caminaba con mi madre, mientras mi padre sostenía a la abuela. Cada uno de nosotros cargaba con una maleta —mamá con la cesta— y la mía no cesaba de golpear contra mi pierna o la de ella. Frente a nosotros, los vagones de ganado aguardaban su cargamento humano.

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