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Índice

Introducción

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Capítulo I

El apólogo del rosal

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Capítulo II

Provocar lo temido

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Capítulo III

Revocando poderes

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Capítulo IV

Reclamar lo que no quiero que me den

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Sólo se es dueño de lo que se está dispuesto a perder

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Capítulo V

Capítulo VI

Un monje es más que un hábito 71

Capítulo VII

Viceversa

Capítulo VIII El actor-espectador

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Capítulo IX

Jugar en serio o no vale

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Capítulo X

Justo a mí me tocó ser yo

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Capítulo XI

Manual de instrucciones

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Capítulo XII

Tácticas antiestratégicas

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Introducción

Tácticas para el buen vivir No hay evidencias que aseguren que Sun Tzu haya vivido trescientos o cuatrocientos años antes de Cristo. Como en el caso de Homero, tampoco se puede comprobar con certeza su existencia. Lo único cierto es que su pensamiento sobre cómo comportarse en la guerra ha sobrevivido y es exitosamente fecundo en Occidente. Porque, además, sus enseñanzas permiten observar, desde un privilegiado atalaya, el acontecer humano. También es destacable que en su libro, traducido habitualmente como El arte de la guerra, en todo momento el autor trata de evitar enfrentamientos. Si llega la pelea frontal, es porque inevitablemente no queda otra solución. Pero siempre prefiere la transacción, el diálogo franco y, en ocasiones, la astucia para vencer al oponente y triunfar en la vida. Al considerar esta célebre obra, que algunos encuentran en extremo sofisticada y otros desechan por apócrifa, no he dejado de advertir que, sin embargo, ella se ha convertido en un tratado clásico por su original habilidad en el arte de proponer estrategias en innumerables campos –más allá de la guerra–, como la economía, la empresa, el arte, la sociedad, el deporte, las relaciones interpersonales, etc. A su vez he profundizado sobre aquella idea inicial donde todo “otro”, de alguna manera, puede ser visto co-

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mo alguien a conquistar y seducir, y hasta a vencer. Por eso mismo, me he propuesto comenzar por lo más simple: los recursos que, básicamente, cada uno de nosotros tiene, las principales conquistas que queremos alcanzar en nosotros mismos y en nuestro entorno y cómo tratar de llevar adelante las acciones y los modos correspondientes para alcanzar lo que realmente pretendemos obtener. Y de ningún modo favorecer conductas que nos lleven hacia un objetivo diferente del que fue planteado, o incluso a la inacción. En este sentido, también es destacable que el pensamiento recopilado en la época de Sun Tzu era, principalmente, una metodología y sus consideraciones para la conquista de territorios. Y justamente, entre los problemas que se han vuelto más angustiantes en la actualidad aparecen los conflictos que devienen frente al territorio interno y externo del ser humano. En ocasiones, al advertir que Jorge Luis Borges tenía una constante preocupación por pertenecer a la casta de los valientes guerreros de la independencia americana, me pregunto cómo habrá logrado transitar hacia una actividad que, hoy por hoy, es vista como en las antípodas: la de escritor. La mayoría de los familiares del autor de El Aleph habían sido soldados. Por este motivo, Borges confesó en su autobiografía que, como sabía que nunca podría serlo, se sentía avergonzado “por ser una persona destinada a los libros y no a la vida de acción”. Aquí encontramos otra útil referencia de cómo se vincula nada menos que una historia personal con el desarrollo de una vocación aparentemente alejada de su tradición más íntima y familiar. En este sentido, y ya generalizando, para conquistar ese “territorio” que nos es genuino y propio, tenemos que sa-


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ber que toda persona guarda, en diversa medida, a un conquistador por naturaleza. Y que no siempre es reconocido cabalmente y que, incluso, muchas veces se lo ignora hasta hacerlo desaparecer o, como en el caso del gran escritor argentino, se lo transforma en una profunda vocación de vida. Por eso también me he propuesto buscar y sacar a luz el modo para encontrar las mejores y las más adecuadas pautas “de conquista de territorios”. De este modo, con mi libro aspiro a acompañar a mis lectores para que encuentren sus propios senderos y trayectos en la conquista de territorios anhelados con los que sueñan y que, por algún motivo, hasta el momento no se han podido alcanzar. ¿Por qué motivo? Porque a lo mejor usan metodologías ya ineficaces, que no les son propias y que tampoco son adecuadas para los requerimientos de esa circunstancia. Y como las tácticas son el arte de ordenar los hechos de un modo racional, también he buscado ciertos ordenamientos que no son los convencionales. Me propuse, justamente, rever esos remanidos conceptos de estrategias, no porque descrea de todos ellos, sino porque la propuesta es usar aquello que he denominado antiestrategias, como camino positivo y también de alternativas. Justamente, cuando en el Capítulo II me refiero a provocar lo temido, hablo de la imagen del caminante que cuanto más pretende escaparse de su sombra, parece que esa sombra más insiste en seguirlo y en no despegarse de él. Más queremos alejarnos, pero más nos sigue esa endemoniada sombra, ya que, cuando uno teme, en algún lugar de su ser algo comienza a producirse: acciones y posiciones inconscientes que generan y anticipan lo temido. Y, finalmente, terminamos por encontrarnos con aquello temido, nada más que para tratar de escapar de la

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espera y de lo que se preanuncia como ominoso y terrible. Si nosotros no temiéramos, nuestras acciones serían más abiertas, simples y espontáneas. Y nada malo ocurriría. Porque para superar el temor, hay que mirarlo de frente, cara a cara, sin pretender esquivarlo. De lo que se trata es de no vivir en constante huida. Por otra parte, también nos pasamos la vida otorgando poderes y quedando a merced de todos aquellos con quienes convivimos y a quienes hemos cedido todo nuestro poder, o una parte importante del mismo. Otorgar poderes a los demás, no advirtiendo lo que esto significa, al final nos hace quedar a merced de aquellos con los que nos relacionamos. Una mañana, al salir de casa, podemos encontrar a un conocido que, con sólo mirarnos, nos dice: “Pero qué mala cara tenés”. Y, en verdad, si esa persona nos ve así puede ser porque quien ese día amaneció mal es precisamente ella, y eso nada tiene que ver con nosotros. Lo que ocurre es que solemos otorgarle poder a los demás, lo que también es darle importancia y prerrogativa a la voz del otro, hasta quedar expuestos al estímulo externo y a las situaciones ajenas; en definitiva, a la subjetividad y a los requerimientos que no son nuestros. Lo que piensa, siente y dice la gente puede no tener nada que ver con lo que nos pasa a nosotros, pero si añadimos estímulos foráneos y situaciones extrañas a nuestra vida, en un determinado momento se debe advertir que llega la hora de revocar esa serie de poderes otorgados. Algunos seguramente deben ser dados, ya que nadie puede suponer que lo ideal resulta del aislamiento absoluto y fuera de la sociedad. Y habrá poderes que estarán muy bien otorgados, pero no se puede dar poder de intrusión a cualquiera. Para eso se debe saber, en definitiva, en quién confiar. Estar aconsejados y


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acompañados por unos pocos no es problemático, pero estar en manos de cualquiera, sin conocer del todo su idoneidad, puede resultar grave. La clave es saber a quién y cuándo entregar ese poder y, al mismo tiempo, advertir que lo estamos otorgando, el porqué y el para qué. Pero dar poder implica también tener capacidad de recuperarlo. De ahí al reclamo, que debe reconocerse como la contrapartida del pedido, hay un paso. Las personas deberían entrenarse en el arte de pedir, ya que el reclamo es la manera más infructuosa de hacerlo. Como al pedir es posible lograr lo que se desea, muchos reclaman porque no quieren que eso finalmente les sea otorgado. Para tener autonomía hay que saber, además, que es necesario estar dispuesto a perder. De otro modo, eso que tememos perder se adueña de nosotros. Si hay algo que no puedo aceptar perder, eso termina adueñándose de mí, y yo ya no soy yo. Soy yo en función de lo que no puedo perder y, como esa situación es insostenible, entonces lo pierdo para recuperarme a mí. Además, cuando una persona realiza una actividad o participa de una competencia cualquiera dispuesta a jugarse el todo por el todo, tiene una fortaleza interior plena y es dueña de su vida. En cambio, quien tiene miedo a darlo todo y arriesgarse a fondo probablemente nunca logre su propósito. Asimismo, habitualmente creemos que nosotros tenemos una estructura imperturbable, inamovible y cristalizada, cuando en verdad somos poco más que una sumatoria de hábitos. Esos hábitos, junto con lo que deseamos exhibir, van conformándonos como personas y llegamos a creer que no tenemos alternativa alguna de cambio; incluso el saber popular parece confirmarlo con la frase “genio y figura hasta la sepultura”. Por otra parte,

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cuando nos planteamos algún cambio tenemos que dejar todo lo que hemos sido hasta ese momento. Y nadie quiere cambiar, de un día para otro, aquello que fue, y en definitiva lo constituye, y hace que él mismo y los demás lo reconozcan como ese individuo singular que cree ser. En Antiestrategias he tratado de añadir hábitos nuevos que se vayan incorporando, hasta cierto punto y de la manera más armónica y gradual, a lo que ya somos. Si incorporamos estos hábitos nuevos y funcionan con mayor eficacia, irán naturalmente desplazando, por simple selección, a los hábitos menos aptos, y esto será sin sufrimiento. Caerán en desuso, sin la sensación de pérdida, y ahí se instalarán como habitualmente se advierte que lo mejor desplaza del mercado a lo de menor utilidad. Querer cambiarlo todo es no aceptarse a sí mismo, por eso se debe comenzar por reconocerse y aceptarse como uno es. Aunque, indudablemente, si uno sigue repitiendo los mismos hábitos tendrá los mismos resultados, sin modificación posible. La medicina cuántica actual plantea que la materia que existe en el cuerpo humano se renueva constantemente. De este modo, en tres meses el estómago renueva totalmente sus células viejas; a su vez, el hígado no conserva un solo átomo de los que tenía seis meses atrás. Entonces, ¿por qué si alguien tiene una úlcera no puede curarse solo, con esa misma regeneración natural? Algunos especialistas dicen que el pensamiento crea una realidad física, y en la medida que nosotros, por más que tengamos una renovación celular permanente en todo el cuerpo, ofrezcamos siempre el mismo estímulo, vamos a tener idéntico resultado. También creemos, como producto de la cultura actual,


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que lo positivo es sólo buscar el placer y evitar a toda costa el dolor. Sin embargo, la vida tiene sentido en un ir y venir de una orilla a la otra, del dolor al placer, del malestar al bienestar, y una cosa no tiene sentido sin la otra. Cuando nos encontramos con el placer hay que aprovecharlo intensamente, y cuando llega el dolor es el momento de enfrentarlo. En este caso, también, aquel que se escapa del dolor nunca encontrará el bienestar. Se sabe que los militares pueden ser temidos y venerados, y viceversa, porque si aquel que toma decisiones en situaciones extremas –un docente o un padre de familia– siempre es bondadoso y no sabe poner límites ni decir que no, sólo logrará formar seres caprichosos e inservibles, tanto soldados como deportistas, hijos, novios, esposos y hasta los propios padres. Cuando un padre no sabe hacerse respetar, no logrará fácilmente, ni como algo natural, tener una familia plena, que se realice en su interacción con el entorno. En cuanto a las dos posiciones posibles ante la vida, suelen considerarse la de actor y la de espectador. No hay problema en mantenerse en cada uno de esos respectivos ámbitos, pero podemos imaginarnos saltando al otro lado, y concretarlo, ya que nadie está condenado a permanecer siempre en la butaca observando todo aquello que se desarrolla en el escenario. Ser actor, como ser espectador, es también desarrollar un hábito más allá de las aptitudes o tendencias naturales. Si uno se propone un hábito más fuertemente cercano al papel de actor –aunque eso no significa ser protagonista– va a terminar por conseguirlo. Para eso hay que ver qué antiestrategia desarrollar, ya que el espectador tiene un ingrediente de mayor pasividad, aunque eso no necesariamente es negativo. El bienestar se lo-

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gra más fácilmente al sentirse productivo y, por el contrario, creerse incapacitado para producir genera momentos de gran sufrimiento, envidia y displacer. Muchos espectadores así lo sienten e imaginan que nunca podrán subirse a ningún escenario. Y esto no es así, tan sólo depende de la decisión de cada uno e, incluso, de si se lo desea, ya que no es obligatorio. En las alternativas de la vida, como en las de la guerra, hay momentos de deponer las armas y buscar otras vías de resolución para enfrentar posiciones, sentimientos o actitudes. Hay que tener la flexibilidad para salir de un juego y meterse en otro. Si uno se plantea la vida como un juego, en ese momento que le toca vivir tiene posibilidades de integrar sensaciones nuevas. No hay que considerar que la experiencia es como poseer un peine cuando ya no se tiene más pelo; hay que desbaratar, una vez más, ese sentido común y jugar el siguiente partido sin estar pelado ni arruinado. Este game, dice el tenista, lo juego así. Y entonces analiza qué tiene que hacer. Y lo hace. Muchas veces también comparamos nuestra vida con la de otros, ya que suponemos que existen modelos fantásticos, que hubiera sido deseable nacer en otro lugar, con otras aptitudes y en otro marco sociocultural; hasta que nos damos cuenta de que se logra mejorar la calidad de vida cuando nos proponemos conscientemente ser aquello que somos. Seguir peleándonos con aquello que somos significa, muchas veces, gastar toda la energía que nos queda en sentir una envidia perniciosa que pretende destruir aquello que no se alcanza, ni se puede cambiar. Potenciar las condiciones propias y tener como modelos a alcanzar los éxitos de otros, en lugar de pretender destruirlos, será siempre el camino: apostar a los máximos ejem-


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plos y no destruir a quienes los han logrado. En síntesis, salirse del resentimiento tóxico, que tiende a paralizarnos. Para lograr todo esto, se debe usar cierto sentido personal y distintivo, confiar en él y en la autoestima, que, a su vez, es producto de la historia personal, de los hábitos que hemos tenido que poner a prueba, desarrollar, mejorar o cambiar radicalmente. Pero cuando estamos acostumbrados a actuar con la autoestima cuestionada, no confiamos en que podremos llegar a realizar algo concreto si no encontramos nuestro manual de instrucciones. Y muchas veces ese manual puede tener guías erróneas e incorporaciones que merecen ser revisadas y hasta desechadas. El problema surge cuando se han incorporado pautas que no sirven ni convienen, y ni siquiera nos damos cuenta de ello. O, por más que otros nos lo adviertan, resulta en vano. Entonces comenzamos a leer manuales de instrucciones que no sirven, porque jamás encontraremos uno hecho a nuestra justa medida. No alcanza la vida para leer los manuales, ni hay instructivos para todos los casos de la vida. Es por eso también que considero que el único espacio donde podemos sentir plenitud es en esa predecible actualidad. El poeta inglés John Keats dejó escrito en su célebre correspondencia lo siguiente: “Apenas recuerdo haber contado nunca con la felicidad... No la busco, como no sea en el Momento en que vivo; ya que nada me inquieta fuera del Momento. El sol poniente me devuelve siempre el equilibrio; o, si un gorrión llega a mi ventana, yo tomo parte de su existencia y picoteo en la arena”. La influencia de la cultura actual, con el peso ineludible de los entrometidos medios de comunicación, hace que vivamos en lo que pasó, en lo que aconteció en remo-

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tos territorios, y con planteos de vanas preocupaciones y un malestar permanente por lo que ya ocurrió, por lo que le pasó al otro y, en definitiva, no podemos modificar. En cambio, lo que propongo es comenzar y decidirse por una conexión con el presente y con el momento exacto cuando no hay angustias ni miedo. No buscarse ni adelante ni detrás. La vida es una cuestión de oportunidad y preparación. Y de nada sirve estar preparado si no captamos la oportunidad, si no la vemos aparecer; ya que tampoco es útil ninguna ocasión cuando no estamos preparados. Por eso nuestro momento está en la vida presente. C LAUDIA N OSEDA

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Capítulo I Apólogo del rosal

Conoce al adversario y conócete a ti mismo; así tu triunfo no correrá peligro. Conoce las características del terreno y hasta sus condiciones meteorológicas, así la victoria será total. SUN TZU , del Libro de la guerra


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e cuenta que en 1859 estaba Bismarck en San Petersburgo para conferenciar con Alejandro III, cuando le despertó curiosidad una guardia de soldados que, sin justificación aparente, daba vueltas alrededor de un cantero del parque. Al preguntarle al zar el porqué de la ronda militar, Alejandro III le confesó que no lo sabía. Él siempre la había visto allí y nunca se le había ocurrido preguntar el motivo. Tampoco ningún miembro de la corte rusa supo dar una explicación para aquella extraña costumbre, hasta que un día alguien respondió al interrogante del “canciller de hierro” alemán: más de un siglo atrás, una misión diplomática enviada por Felipe V a Rusia había obsequiado a Catalina I, entre otros presentes, un rosal de la mejor cepa española que la emperatriz hizo plantar en el princi-

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pal lugar del jardín, disponiendo una guardia permanente para protegerlo de todo riesgo. Un día, Catalina I murió y más tarde el rosal se secó, pero la ronda de la guardia siguió dando vueltas por siempre alrededor del mismo cantero vacío. Esta historia es un apólogo, es decir, tiene un sentido de fábula aleccionadora para que se vuelva más elocuente y comprensible una verdad importante y nos sirva de enseñanza sobre lo que ocurre con la mayoría de las costumbres y los dogmas mentales que nos rigen. Nos sorprendería advertir la frecuencia con que damos vueltas alrededor de patrones de pensamiento o de acción que no tienen razón de ser desde hace ya mucho tiempo, pero que, sin embargo, están tan arraigados en nuestra forma de ser que ni nos damos cuenta de su existencia, y hasta consideramos imposible prescindir de ellos. La forma en que encaramos nuestro presente es, en gran medida, el resultado de la solidificación de pensamientos, acciones y estrategias pasadas, cuya revisión aporta claridad a la comprensión de muchas de nuestras dificultades actuales. De la misma manera, abordar reflexivamente los pensamientos y acciones con los que vivimos actualmente servirá a la construcción de la realidad futura. Atreverse a remover la guardia del rosal ya inexistente es el gran desafío. Poner la inteligencia y nuestro comportamiento diario al servicio de vivir mejor, lo justifica.

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Capítulo V Sólo se es dueño de lo que se está dispuesto a perder 61 Capítulo II Provocar lo temido 25 Capítulo III Revocando poderes 37 Capí...

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