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BOSSA NOVA RUY CASTRO E XTRACTO


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rimera voz: “Éste es el encuentro...” Segunda voz: “...con Tom...,” Tercera voz: “...Vinicius...,” Cuarta voz: “...João Gilberto...” Las cuatro al unísono: “...y la participación especial de Os Cariocas”. Las voces, como estrellas sonoras abriéndose, eran las de Os Cariocas. Así empezaba en la boîte Au Bon Gourmet el concierto definitivo de bossa nova: Antonio Carlos Jobim, Vinicius de Moraes y João Gilberto juntos por primera vez en un escenario, con el eficiente acompañamiento de Otávio Bailly al contrabajo y Milton Banana a la batería, y dirigido por Aloysio de Oliveira. Este espectáculo pretendía poner de nuevo a la bossa nova en su sitio, después de todas las libertades que se habían venido tomando en su nombre, y recordarle a todo el mundo que seguía siendo un fino producto musical: de hecho, el más fino y musical de todos. La idea había sido del empresario de la noche Flávio Ramos, propietario hasta entonces del Jirau: una boîte hi-fi (animada con discos) en la que los clientes digerían el strogonoff de pollo y el mortífero picadillo en la misma pista, al ritmo de los twists y hully-gullies. Ramos consideraba, con toda la razón, que aquellos hi-fis dejaban mucho que desear; más que nada, porque su sueño confeso era el de ser una especie de Humphrey Bogart en Casablanca y tener un night-club al que fuese inexcusable ir, como el Rick’s de la película. Y había espacio para ello en la noche carioca, que para Ramos se limitaba en aquella época al Sacha’s, ya sin su antiguo brillo, y al Top Club del barón Stuckart (el Bottle’s Bar no contaba, porque era tan estrecho que siempre tenía más clientes fuera que dentro). Cierta noche de aquel 1962, Flávio Ramos asistió a la actuación de Sylvinha Telles en el Bottle’s, en la que ella cantaba sobre un playback 3


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con arreglos de Nelson Riddle. Dicho así pudiera parecer lo más, ya que Riddle era el arreglista de Sinatra y no había mayor gloria que la de ser acompañada por él. Pero la realidad era que el encargado del playback, Aloysio de Oliveira, estaba separado de la cantante por una precaria cortina de baño, tras la que accionaba una arcaica grabadora Webster conectada a un amplificador RCA que había conocido mejores tiempos (en la Segunda Guerra Mundial). No era ésa precisamente la idea que Flávio Ramos tenía de un espectáculo digno de aquella música. Entonces, intervino el azar. El organizador de banquetes y restaurateur José Fernandes, una leyenda de la noche carioca, iba a trasladarse a Brasilia y vendía a precio de saldo su restaurante Au Bon Gourmet, en la avenida Copacabana, con todos sus terciopelos rojos. Flávio se hizo con él, cambió la decoración entera y transformó sus seis metros por cuarenta en un local de espectáculos con capacidad para trescientas personas. Lo equipó con una batería de focos, adquirió micrófonos Shure y, en asociación con Aloysio, programó el primer concierto nada menos que con Tom Jobim, Vinicius de Moraes, João Gilberto y Os Cariocas. Y, de haber estado Frank Sinatra de paso por Río, lo hubiese incluido también. La previsión era que el espectáculo se mantuviese un mes, pero el lleno de todas las noches hizo que Ramos lo prorrogase dos semanas más. Lo cierto es que acabó por fatiga terminal de todos sus participantes: los artistas y los productores. El desgaste era diario. El concierto, fijado para las doce de la noche, no empezaba nunca a su hora porque, a pocos minutos del inicio, faltaba siempre alguien; por lo general, João Gilberto. Flávio Ramos le telefoneaba desesperado y el otro respondía, con voz de quien se acaba de despertar: —¿Pero ya es la hora, Flavinho? Espera, que me doy un bañito rápido y salgo para allá. A Flávio le invadía el pánico: —¡No, no vengas! ¡Tú no te muevas de ahí! Báñate y quédate donde estás. ¡Te mando el coche! Y el Cadillac negro de Flávio Ramos salía para Ipanema en busca de João Gilberto. La experiencia le enseñó que, para evitar sobresaltos, lo mejor era convertirlo en costumbre y, por precaución, extendió la cortesía a Tom y a Vinicius, que se encontraba internado en la clínica São Vicente, en una de sus curas de desintoxicación. Más de una vez suce4


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dió que el Cadillac se plantó en la clínica y Vinicius no estaba allí. Pero no andaba lejos del Bon Gourmet; de hecho, estaba justo en el bar de al lado, bebiendo con Badeco, de Os Cariocas, un whisky nacional llamado Mansion House: cosa extraña, ya que podrían estar sirviéndose de los escoceses que Flávio Ramos les dejaba en el camerino. Vinicius había necesitado un permiso oficial de Itamaraty (Ministerio de Asuntos Exteriores) para participar en el espectáculo. Como era comprensible, la Casa de Rio Branco no veía elegante que uno de sus vicecónsules cantase sambas en una boîte con un vaso de whisky en la mano, y encima cobrando por ello. Pero todo podía perdonársele, siempre y cuando renunciase al vil metal. Vinicius le propuso entonces a Flávio Ramos que, a cambio de sus emolumentos, sus invitados pudieran asistir gratis al espectáculo. Ramos aceptó, pero no contaba con que Vinicius fuese a arrastrar cada noche a una horda de seis u ocho invitados que bebían como peces y nunca parecían saciados de ostras ni de filete con salsa tártara, las especialidades del Bon Gourmet. Una vez hechas las cuentas a final de temporada, Vinicius quedó debiéndole dinero a Flávio Ramos. Durante las primeras veladas Vinicius mantuvo el decoro diplomático, y cantó vestido de traje y bebiendo poco, como le había pedido Itamaraty. Pero al final ya actuaba con ropa sport y pasaba de administrarse las copas: y fue entonces cuando ofreció sus mejores performances (no tan sueltas, naturalmente, como las que daría en el futuro, cuando ya no pertenecía a Itaramaty). Buena parte del éxito de los conciertos se debió a lo inusitado de ver al poeta cantando por primera vez en público. El espectáculo acaparó varias portadas de revistas y recibió elogios de todos los periódicos. Los espectadores hacían reservas para dos o tres noches por semana: les sabían a poco los cuarenta y cinco minutos de duración. Durante el concierto, se interrumpía el servicio de camareros y todo el mundo escuchaba con fervor religioso. El único ruido era el de los suspiros del empresario Alberto Betty Faria y el gemido de alguna dama de la sociedad –”¡Qué boniiito!”, habitualmente– cuando Tom, Vinicius, João Gilberto y Os Cariocas interpretaban, en primicia mundial, “Garota de Ipanema”. ***

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Cinco de los mayores clásicos de la bossa nova se estrenaron en el espectáculo del Bon Gourmet: “Só danço samba”, de Tom y Vinicius; “Samba do avião”, sólo de Tom; “Samba da bênção” y “O astronauta”, de Baden Powell y Vinicius; y por último, según el orden de presentación, “Garota de Ipanema”. La noche del estreno, en agosto de 1962, nadie sabía lo que iba a seguir cuando Tom se puso a tocar unas notas al piano y João Gilberto canturreó: —Tom, ¿por qué no nos haces ahora una canción/ que nos pueda decir,/ contar qué es el amor? A lo que Tom respondía: —Vaya, Joãozinho, yo no sabría/ si Vinicius no hace la poesía... El vate recogía el desafío: —Para que esa canción se realizase/ haría falta que João la cantase... João Gilberto, con insospechada modestia, completaba: —Oh, ¿pero quién soy yo?/ Sin vosotros, no sé./ Mejor la cantamos los tres.... Y ya juntos: —Olha que coisa mais linda, mais cheia de graça... [Mira qué cosa más bonita, más llena de gracia...] Fue un gran momento en la vida de todos los presentes: un momento que se repitió noche tras noche, durante cuarenta y cinco días, y que hizo que nadie recordase después que allí se estrenaron además las otras canciones. Y mucho menos que también formaron parte del concierto “Corcovado”, “Samba da minha terra”, “Insensatez”, “Samba de uma nota só”, “Se todos fossem iguais a você” y, con Os Cariocas, “Devagar com a louça”. Por suerte, todo aquello quedó grabado, y más de una noche incluso: en esta ocasión, por el abogado Jorge Karam, otro enamorado del sonido y de la bossa nova. Combinando esas cintas podría hacerse un gran disco, si sus participantes lo permitiesen. La temporada de O encontro en el Bon Gourmet fue, probablemente, el momento decisivo de la bossa nova en Brasil. Salvó su música en una época en que el movimiento ya se había agotado como novedad y en que hasta la publicidad lo había abandonado por otros reclamos más comerciales. Fue un espectáculo del personal de Aloysio (ni el recién llegado Baden Powell participó, salvo en la composición de sus canciones con Vinicius), y nadie podía sospechar que el núcleo estaba a punto de deshacerse. En el monólogo de “Samba da bênção”, el poeta se refe6


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ría a Jobim como “colaborador querido, que ya viajaste conmigo tantas canciones, y aún hay tantas por viajar”. Las había, sin duda: pero se quedaron todas en el limbo, porque, después de aquella fabulosa hornada de 1962, ya no volvieron a componer juntos. El motivo que ambos alegaron fueron los viajes. Y es cierto que Tom se marcharía a finales de aquel año a Nueva York y volvería sólo esporádicamente; y que Vinicius sería destinado otra vez a París, aunque esto no iba a impedirle seguir componiendo con Baden, Carlinhos Lyra, Moacyr Santos y, brevemente, Edu Lobo. Era el final de la colaboración entre Tom y Vinicius, aunque su amistad sí se prolongaría durante miles de borracheras más. En cualquier caso, si se trataba de dejar de trabajar juntos, no podría haber mejor canción de despedida que una de las últimas que hicieron: “Garota de Ipanema”. *** Ya se ha dicho, aunque el personal no parece resignarse: Tom y Vinicius no compusieron “Garota de Ipanema” en el bar que se llamaba Veloso y que después se llamó Garota de Ipanema, en la calle que era Montenegro y que se convirtió en Vinicius de Moraes, esquina con Prudente de Moraes (sin ningún parentesco). Nunca fue el estilo de la pareja escribir música en mesas de bares, por más que en ellos hubiesen gastado las mejores horas de sus vidas. Tom compuso meticulosamente la melodía, al piano, en su nueva casa de la calle Barão da Torre, y su destino iba a ser una comedia musical titulada Blimp [Dirigible], que Vinicius ya tenía entera en la cabeza, pero que nunca llevó al papel. Vinicius, por su lado, escribió la letra en Petrópolis, como había hecho seis años antes con la de “Chega de saudade”, y le dio tanto trabajo como ésta. Para empezar, no nació titulándose “Garota de Ipanema”, sino “Menina que passa”, y toda su primera parte era diferente. Decía así: “Vinha cansado de tudo/ De tantos caminhos/ Tão sem poesia/ Tão sem passarinhos/ Com medo da vida/ Com medo do amor/ Quando na tarde vazia/ Tão linda no espaço/ Eu vi a menina/ Que vinha num passo/ Cheia de balanço/ Caminho do mar” [Venía cansado de todo/ de tantos caminos/ tan sin poesía/ tan sin pajarillos/ con miedo a la vida/ con miedo al amor/ cuando en la tarde vacía/ tan bonita en el espacio/ vi a la chica/ con aquellos andares/ toda cimbreante/ camino del mar]. 7


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En cuanto a la famosa chica, es cierto que fue en el Veloso, en el invierno de 1962, cuando Tom y Vinicius la vieron pasar. No una, sino innumerables veces, y no siempre camino del mar, sino también camino del instituto, del taller de costura y hasta del dentista. Sobre todo porque Heloísa Eneida Menezes Paes Pinto, más conocida como Helô, diecinueve años, metro sesenta y nueve, ojos verdes y cabello negro, largo y liso, vivía en la Montenegro y era ya muy admirada en el propio Veloso, donde entraba con cierta frecuencia a comprar tabaco para su madre... y salía rodeada de una sinfonía de silbidos. La canción fue compuesta y estrenada en el espectáculo del Bon Gourmet en agosto. Los primeros en grabarla en Brasil fueron Pery Ribeiro, en la Odeon, y el Tamba Trio, en la Philips; ambos en enero de 1963, para que ninguna de las dos compañías se sintiese agraviada (Claudette Soares, muy avispada, también logró grabarla rápido, en la Mocambo, pero estaba tan poco familiarizada con la letra que cambió el “balançado que parece um poema” [balanceo que parece un poema] por un “balanceado” [balanceado], que iba mal de métrica). Y, en mayo de ese 1963, el propio Tom lanzó la canción en Estados Unidos, en su primer disco realizado allí, The composer of ‘Desafinado’. A partir de entonces, sólo en los dos primeros años (que fueron los dos primeros años de la beatlemanía), “Garota de Ipanema” se grabó más de cuarenta veces en Brasil y en Estados Unidos, algunas de ellas por artistas como Nat King Cole, Peggy Lee y Sarah Vaughan. La garota Helô silbaba diariamente la canción camino del mar, sin saber que había sido su musa. Aunque lo cierto es que ya se debía de estar oliendo algo porque, desde 1962, dos chicos bien informados de la revista Fatos & Fotos –el redactor Ronaldo Bôscoli y el fotógrafo Hélio Santos– le insistían sin descanso para que se dejase fotografiar en la playa, con uno de aquellos bikinis que entonces parecían osados y hoy darían para confeccionar varios paracaídas. Al final lo consiguieron, pero sólo después de que el padre de la chica, un general de la línea dura, se asegurase de sus buenas intenciones. Hasta tres años después, en 1965, cuando Helô tenía ya veintidós años y estaba prometida, Tom y Vinicius no le revelaron a ella –ni al grueso de la prensa– quién era. Se produjo entonces un gran revuelo, que el general y el prometido vivieron con una mezcla de orgullo y resquemor: todos querían conocer a la coisa mais linda e mais cheia de graça. Río celebraba aquel año su cuarto 8


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centenario y Helô resultaba perfecta como símbolo oficial de la ciudad, con su uniforme de estudiante. Pero el general y el novio no lo permitieron. Dos años después, en 1967, el Cinema Novo decidió rodar La chica de Ipanema y, ¿quién mejor para interpretar el personaje del título, tostándose en bikini al sol de aquella playa? Pero de nuevo el general y el ya marido se interpusieron entre Helô y los ojos del mundo. La canción siguió despertando fantasías universales a propósito de la mítica garota, pero los años fueron pasando y el mundo, cansado de luchar, optó por volver a su vida y dedicarse a otros asuntos. Y se había olvidado ya del tema cuando, veinticinco años después de aquella tarde en el Veloso, el mundo pudo apreciar al fin, esta vez au grand complet, los méritos de la “Garota de Ipanema” original: en el número de mayo de 1987 de la edición brasileña del Playboy. En fin, veinticinco años no son veinticinco días. *** —Tom, dile al gringo éste que es un idiota —le ordenó João Gilberto a Tom Jobim, en portugués. —Stan, João dice que su sueño siempre ha sido grabar contigo —le transmitió Jobim, en inglés. —Funny —respondió irónicamente Stan Getz—. Por su tono de voz, no parece que esté diciendo eso... La grabación del disco Getz/Gilberto no fue tan plácida como sus fantásticos ocho cortes pudieran hacer creer. En aquella época, Getz sólo se relacionaba con la humanidad con tres o cuatro copas interpuestas, y era un poco torpe para casi todo. Pocos días después del concierto de la bossa nova en el Carnegie Hall, habían mantenido un primer encuentro Getz, Jobim, João Gilberto y el productor Creed Taylor, dueño de la compañía Verve, en el Rehearsal Hall del propio Carnegie. Querían ver si había feeling para grabar el disco. João cantó y tocó “Samba de uma nota só”, con Tom al piano, para mostrarle a Getz cómo debía hacerse. Getz ya había grabado la canción un año antes, en su disco Jazz samba, con Charlie Byrd, pero no la había captado bien. Y, por lo visto, seguía sin captarla. Luchando contra la impaciencia y contra su pelo rebelde, Tom le pidió al fotógrafo David Drew Zingg, amigo suyo y de Creed Taylor, y que era quien los había puesto en contacto: 9


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—David, date un salto a la delicatessen de la esquina y compra una botella de whisky para el amigo, a ver si se desatasca. Getz se desatascó. La experiencia de tocar bossa nova con músicos brasileños le tenía cohibido. En Jazz samba, por ejemplo, había empleado a dos bateristas norteamericanos, Buddy Deppenschmidt y Bill Reichenbach, que daban la impresión de tener lumbago comparados con el ritmo y la elasticidad con que se desenvolvía Milton Banana. Pero no siempre las dos estrellas que firmaban el disco se trataban con tal suavidad. Cuanto más en susurros quería cantar João Gilberto, más insistía Getz en soplar como si en vez de pulmones tuviese fuelles gigantes o como si el micrófono fuese sordo (más adelante, João Gilberto llegaría a quejarse también de que Getz re-ecualizó el disco haciendo que su saxofón sonase aún más alto, para mantenerse en primer plano todo el tiempo). Tampoco lograban ponerse de acuerdo en la elección de la toma definitiva de entre las grabadas con cada canción, y era Creed Taylor el que tenía que desempatar. Fue un récord que los ocho cortes se grabaran en sólo dos días (18 y 19 de marzo de 1963), incluyendo “Garota de Ipanema” con Astrud Gilberto. La historia de que la participación de Astrud en el disco fue casual es otra que se ha venido repitiendo con gran candor desde entonces, sobre todo después de que el sencillo con “Garota de Ipanema” vendiese dos millones de copias. Y, ciertamente, era una historia tan perfecta que resultaba irresistible para contársela a los nietos: a la esposa del artista, que hasta entonces sólo había cantado en la intimidad del hogar, la invitan a intervenir en un corte y se convierte en un fulminante éxito mundial; mayor incluso que el de su propio marido. En los viejos tiempos, Hollywood pagaba para que los guionistas le inventasen fábulas así. Lo cierto es que la única casualidad en la participación de Astrud Gilberto en el disco fue el hecho de que nadie allí, excepto ella, y tal vez João Gilberto, sabía que eso iba a ocurrir. En la cabecita de Astrud, la idea de grabar de manera profesional no era nueva. No había sido un capricho el que hubiese ensayado con João Gilberto hasta la extenuación, tres años antes, su actuación en A Noite do amor, do sorriso e a flor [La noche del amor, la sonrisa y la flor], en la Facultad de Arquitectura; ni que él, tan riguroso, le hubiese dado el visto bueno para cantar en público, y hasta la hubiese acompañado. Con toda seguridad, Astrud hubiera seguido actuando en los siguientes espectáculos amateurs de la 10


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bossa nova… si hubiesen llegado a tener lugar (A noite do amor, do sorriso e a flor fue el último de esa clase y, a partir de entonces, los chicos partieron hacia el profesionalismo). El caso es que, en aquel segundo día de grabación del Getz/Gilberto, Astrud les pidió a João y Stan participar en “Garota de Ipanema”, cantando la versión en inglés. João se desentendió, pero ella insistió y consiguió que los otros la apoyasen. Creed Taylor pensó que iría bien una voz femenina, y que tampoco le vendría mal al disco que alguien cantase en una lengua menos exótica; Tom ya había oído antes a Astrud y sabía que daría la talla; y a Getz, francamente, le daba un poco igual. João finalmente aceptó y, en alguna de las cuatro o cinto tomas, hasta llegó a entusiasmarse. El corte, que salió larguísimo (cinco minutos y quince segundos), contenía la parte de João, en portugués; la entrada de Astrud, en inglés; el solo de Getz al saxo; el solo de Tom al piano; y la vuelta de Astrud con Getz para terminar. Tal duración no hubiese sido mala de haberse tratado de un disco para el mercado jazzístico, sin aspiraciones comerciales. A Taylor le gustó tanto el resultado, que les sugirió repetir la fórmula en el corte que faltaba, “Corcovado”. Pero ya debía de tener algo en la cabeza, porque les pidió que la hiciesen un poco más corta, y “Corcovado” salió con cuatro minutos y quince segundos. La cinta con Getz/Gilberto permaneció meses en el cajón de Creed Taylor, mientras éste decidía qué hacer con ella. No era el primer disco en que reunía a Stan Getz con brasileños. En febrero, había grabado Jazz samba encore!, juntando a Stan y Luiz Bonfá, con Jobim al piano y, en seis de los cortes, con la mujer de Bonfá, Maria Helena Toledo, cantando en portugués. Era un disco excelente, mucho mejor que el de Getz con Charlie Byrd, pero ni con el signo de exclamación del título se había conseguido animar a los compradores. Y no quería que ocurriese lo mismo con Getz/Gilberto. Cuanto más lo escuchaba, especialmente los dos cortes con Astrud, más convencido estaba Creed Taylor de que sería una tontería comercializarlo sólo como un disco de prestigio. A finales de año, Taylor hizo lo que su razón le pedía, aunque le doliese relativamente el corazón: aplicó el bisturí y extirpó la parte vocal de João Gilberto en “Garota de Ipanema”. Con eso, economizó un minuto y veinte segundos y redujo la duración del corte a tres cincuenta y cinco, que ya era buena para 11


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que sonase en la radio. La empaquetó en un sencillo, la lanzó en la sección latina de la compañía y cruzó los dedos. Nadie sabe por qué pasan estas cosas, pero el disco con sólo Astrud disparó hacia el éxito el elepé entero, que coleccionó premios Grammy y les hizo ganar mucho dinero a todos los implicados. O a casi todos.

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